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viernes, 12 de febrero de 2016

Sobre la actualidad del ideal socialista (1)

Por Darío Machado Rodríguez*

Con la mirada puesta en el congreso del partido.

RCBaez_CubasocialismosXXI 

Es innegable que el ideal socialista sufrió un colapso en su prestigio, no solo en la desaparecida URSS y en los extintos países socialistas de Europa Oriental, sino también en Cuba, aunque los efectos más fuertes y duraderos del también catalogado como “desmerengamiento” se dieron aquí en el terreno económico; mientras, la identificación de la idea del socialismo como imagen de una sociedad mejor y más justa para Cuba se mantuvo y mantiene predominante en nuestros días.
Sin embargo, se produjo en estos años un debilitamiento de ese ideal y con ello una tendencia en la comunicación de contenido sociopolítico a no emplear el vocablo socialismo para acreditar la proyección social del país, mucho menos la frase “construcción del socialismo”, expresiones esenciales inherentes a la formulación del ideal socialista, vergonzantemente silenciados por algunos. En su lugar han surgido frases sustitutas como “proyecto social cubano”, “la sociedad que construimos” “proyecto de país”, etc., que de hecho son formulaciones válidas, pero obvian incluir en las expresiones el contenido socialista. Esa tendencia todavía hoy se revela y puede ser no solo el resultado de las vicisitudes mundiales del socialismo, sino también –hay que reconocerlo- de las dudas sobre su viabilidad por el desgaste que ha producido la tenaz acción de la guerra económica contra Cuba, el mencionado colapso del socialismo en Europa Oriental y la URSS, nuestros errores e insuficiencias y el hecho de continuar siendo un sendero ignoto requerido de mucha experimentación.
Pero si bien es un camino no desandado por completo en ningún lugar del mundo, no significa que el propio camino no sea socialista.
Siempre he afirmado que el socialismo en Cuba es simultáneamente realidad, ideal y experimentación. Es realidad por las transformaciones profundas ocurridas en la sociedad cubana y por las prácticas sociopolíticas y culturales que se mantienen, ideal porque en su horizonte hay propósitos considerados alcanzables y aún no realizados, y experimentación porque al ser efectivamente un camino ignoto, la experimentación es necesaria e inevitable.
Por ello sigue siendo válida la expresión construcción del socialismo o construcción social de orientación socialista, frase a la cual suelo acudir en un intento de caracterizar de modo resumido el proceso que constituye el tipo de sociedad cubana actual. Y lo es con todo derecho, porque predomina la propiedad social socialista sobre los medios fundamentales de producción de bienes y servicios y demás propiedades socializadas, por el papel de la planificación, por las normas socialistas de su gestión, por las pautas de distribución del producto social, por la cultura política predominante, por el poder político revolucionario, por las leyes vigentes, por las formas organizativas y por muchas otras razones.
Por otra parte, la descripción general de la sociedad cubana como una sociedad de orientación socialista, no solo incluye características socialistas fundamentales que son resultado de las transformaciones revolucionarias, así como su dirección, sino también su horizonte, su ideal y supera la discusión escolástica acerca de si Cuba es socialista o si no lo es. Lo es y no lo es a la vez.
De cualquier manera, disipada la polvareda de la implosión del campo socialista este-europeo, se comenzaron a ver con mucha claridad los efectos nocivos de la restauración capitalista en esa región del mundo y lo que ha significado la barbarie de los intentos de expansión hegemónica del imperialismo mundial en todos los órdenes (2).
Hoy, a las puertas del VII Congreso del PCC y en medio del mundo convulso y desafiante en que vivimos, es de particular interés incorporar al debate social el tema del ideal socialista.
Y es que el socialismo en Cuba, en tanto creación heroica, necesita hoy más que nunca levantar el ideal socialista, necesita enarbolarlo como finalidad estratégica, lo cual elementalmente requiere también el sustantivo y el adjetivo que mejor lo identifican: socialismo y socialista.
En otras palabras, tanto las acciones socialistas, como su teoría, ideología e ideal, forman parte de las fortalezas de la revolución socialista cubana.
Los ideales y el ideal del socialismo
Hay muchos modos de pensar qué es un ideal, realidad que se desprende lógicamente de la rica diversidad y complejidad de la vida social (3).
Cuando hablamos de ideal socialista, o ideal de socialismo, nos estaremos refiriendo al ideal social, al ideal sociopolítico y cultural, un ideal complejo y abarcador que se relaciona con la totalidad social, con los ideales que existen en la sociedad.
No pocas veces se ve el ideal social reducido al ideal político, de gobierno, y no se habla del ideal cultural, de ideal de bienestar, ni se desmenuzan los eslabones mediadores que enlazan la vida cotidiana con la política, el gobierno, los derechos.
El ideal social o ideal de sociedad es como todo proceso y realidad humana, un producto histórico concreto y en consecuencia cambiante.
En Cuba prerrevolucionaria existían diferentes ideales sociales, predominando en la sociedad el ideal democrático burgués. Éste, aunque fuertemente jaqueado por las contradicciones que reproducía y profundizaba el capitalismo dependiente (sin que ello alcanzara a constituirse en estado consciente en las mayorías acerca de sus causas profundas) y por el desprestigio que sufría a causa de los episodios dictatoriales como el existente en la década de 1950, era el que se reproducía en el mundo simbólico con mayor intensidad e influencia en la conciencia ciudadana.
El ideal socialista, asumido y defendido por un reducido grupo de convencidos, organizados o no políticamente, lograba solo una escasa influencia en la sociedad que estaba además confundida por la aviesa manipulación estereotipada de los conceptos de socialismo y comunismo.
Un ideal socialista cubano
Fueron las leyes revolucionarias de los primeros años generadas a partir de la destrucción del viejo Estado burgués dependiente, junto con las convicciones que reproducían los líderes de la revolución y muy especial el magisterio ideológico y político de Fidel, los que en su interacción lograron instalar en breves años el ideal socialista como concepto estratégico para la salvación de la nación cubana.
Un primer punto de partida al enfocar el tema del ideal socialista es definir si existe un único ideal socialista o tantos ideales socialistas como realidades sociohistóricas culturales existen en la humanidad.
El socialismo, en su calidad de sociedad nacida de las entrañas del capitalismo, donde quiera que emerja tendrá una serie de rasgos distintivos similares en la medida que se trate efectivamente de una superación del modo capitalista de producción y de vida. Pero el ideal socialista en tanto realidad social existirá en el mestizaje inevitable con las características sociohistóricas, culturales, presentes en cada sociedad humana.
El modo en que se visualiza, por ejemplo, el bienestar esperado en una sociedad socialista, el modo en que se valora la distribución del producto social, el modo en que se organiza la vida política, etc., como componentes del ideal socialista será obligadamente diferente en cada sociedad.
Esa misma relación realidad-ideal es la que explica que el ideal socialista sea un ideal obligadamente múltiple, que tiene una expresión en diferentes ámbitos de la realidad social, el ideal socialista no es una utopía, tampoco es una fe, sino la expresión consciente de un futuro posible.
Ideal, utopía y fe
Tanto los ideales, como las utopías y las distintas formas de la fe constituyen factores que influyen en las actitudes y acciones de los seres humanos y en ese aspecto tienen una similitud funcional, pero sus contenidos y significados difieren.
Utopía e ideal se parecen, pero no son lo mismo, si bien en el lenguaje propagandístico político el término utopía se emplea con reconocido éxito, eso no lo hace idéntico al ideal. Vale también recordar que el término utopía y el adjetivo que de este se deriva: utópico, utópica, son empleados para desautorizar determinados ideales tildados de irrealizables, aunque de hecho no lo sean, por lo que tales manejos solo procuran desvalorizarlos, precisamente por ser realizables. Es lo que ocurre con la desvalorización del ideal socialista cuando lo califican de “utopía”.
La utopía es expresión más de la imaginación que de la realidad, mientras que el ideal tiene un importante basamento en lo que es más cercanamente palpable y alcanzable con el esfuerzo individual y colectivo.
La utopía no necesita cambiar en períodos relativamente cortos de tiempo, el ideal está en constante transformación, es más flexible y práctico que la utopía. La utopía está más cerca de la fe, el ideal está más cerca de la razón.
La anterior distinción no resta fuerza al papel de la utopía en la sociedad, simplemente la distingue del ideal socialista.
El ideal socialista concita a la credibilidad consciente a partir de premisas reales, tangibles, en el sistema a cuya construcción colectiva se aspira por la sociedad.
En cuanto a la fe, esta denota la creencia en algo o alguien sin que medie una certeza consciente, sino solo la sensación de esa certeza. La palabra tiene un significado religioso, aunque se emplea hoy con otros significados: por ejemplo cuando un notario “da fe” de una firma, o en la frase “fe de erratas”, etc.
La fe no necesita la evidencia. Cuando una persona esta auto-imbuida de una determinada fe, obedece preceptos y mandamientos de la doctrina con la cual se identifica. Aunque la realidad en la que vive los cuestione, procura convencidamente encontrar la explicación que se avenga a la doctrina, a los preceptos, sobreseyendo las complejidades que cuestionen su fe.
El ideal socialista y la concepción del mundo
Por su amplitud, por los horizontes que abarcan los ideales sociales, estos se relacionan esencialmente con la concepción del mundo prevaleciente en las personas y grupos sociales, insertándose en esta última como parte coherente, afín, de la visión integral de unos y otros acerca de nuestra existencia en el planeta.
La persistencia espacial temporal de un ideal depende de los factores que lo condicionan, en cuyo conjunto el “ideal” aparece como la variable dependiente, que una vez surgida es esencial para pasar del conocimiento de la realidad social a jugar un papel mayor en la acción transformadora.
El fuerte debilitamiento del ideal socialista en las sociedades de los países ex-socialistas de Europa y en la desaparecida URSS puede explicarse principalmente por el debilitamiento y la in-funcionalidad de las condicionantes que lo sostenían, tanto las de orden material como las de orden espiritual y en especial por la desarticulación en lo ideológico, lo económico, lo político y lo organizativo entre ambos planos de la unidad material del mundo.
En el mundo de hoy en el que los medios de comunicación y las tecnologías asociadas han tenido un desarrollo cuantitativo exponencial y en muchos lugares se ha producido una deformación de la política que ha tendido cada vez más a ser función del mercado, los ideales pueden ser enarbolados desde intereses totalmente opuestos a lo que estos ideales argumentan y promueven, simplemente por su manipulación para obtener coyunturalmente apoyo popular.
Lo anterior es una razón más para no dejar el ideal socialista en fórmulas generales, vacías, sino rica y rigurosamente argumentadas.
Para promover el ideal socialista no basta con afirmar que se está por el socialismo, flaco favor le hace a la práctica esta simpleza.
El ideal socialista es un concepto complejo.
En la realidad cubana actual se pueden identificar no solo diferentes formas de existencia del ideal socialista, sino también formas de ideal capitalista. No hablo aquí de proporciones, sino de aspectos cualitativos.
Un ideal social es, como lo es la ideología que lo identifica, un producto histórico cultural, una generalización que resulta de la experiencia histórica, que visualiza, representa, resume el tipo de sociedad, las bases de su organización, las finalidades de su construcción, las pautas, leyes y normativas legales de su funcionamiento.
La fidelidad al ideal socialista en Cuba no puede ser una postura dogmática ni una declaración formal para no aparentar dejación de los propósitos originarios de la revolución, sino un eje capaz de resumir y articular voluntades, al que no se puede renunciar sin debilitar la única posibilidad de sostener y desarrollar el país en libertad, independencia y soberanía.
Para comprender el ideal socialista en la sociedad cubana actual, es preciso definir el conjunto de condicionantes que lo hacen vigente, ya que en la integración que significa el ideal se expresarán los valores presentes en estas condicionantes.
El ideal socialista tiene invariantes, que pueden relacionarse con su estructura básica, con los principios compartidos, a partir de los cuales evoluciona y se desarrollar el ideal. Relacionar los principios con las invariantes en modo alguno significa que los principios no cambian, que no se desarrollan. Aquí el término de invariante no hay que entenderlo como algo que no cambia, todo cambia, sino que se relaciona con la estabilidad. Se refiere al conjunto de principios que en su evolución y desarrollo mantienen una integración estable capaz de conservar el equilibrio y evolucionar enriqueciéndose en medio de las informaciones que aparecen continuamente desde la exterioridad del sistema “ideal socialista”.
Pero todo el asidero de ese sistema: “ideal socialista”, se encuentra en la conciencia de la sociedad cubana, incluyendo la presencia del sujeto que trabaja por su actualización y enriquecimiento, anclaje social y desarrollo armónico en la sociedad.
El ideal socialista cubano –repito- es como la ideología: un producto histórico cultural, es realidad en la conciencia social cubana y en el modo en que se expresa conscientemente en el mundo simbólico, mientras que la eficacia de su conceptuación está en razón directa con el grado en que el concepto que sobre ella se construye sea capaz de recoger lo esencial de esa realidad de modo articulado y coherente, explique su génesis, actualidad y proyección futura con valor práctico para la aceptación, convencimiento y movilización popular.
La construcción del ideal socialista, en tanto acto racional, resultado de la actividad humana, puede en cualquiera de sus formas y expresiones, estar más o menos identificado con la realidad social, y su eficacia como agente para movilizar la acción social estará también en dependencia de la calidad de su elaboración, de su formulación.
Las funciones del ideal socialista cubano, lo que es extensivo a cualquier otro ideal social, constituyen el elemento más dinámico del ideal socialista, están en la interfase ideal–sociedad y expresan precisamente la necesidad del ideal, y serán funcionales realmente a las necesidades sociales si las expresan.
Es ese precisamente el ámbito en el que las ciencias sociales en su integración con el centro de gravedad del sujeto político pueden realizar su mayor aporte, al proveer la información y los análisis más cercanos a la realidad social, contenidos que aporten la necesaria terrenalidad a la construcción de la expresión del ideal en un momento histórico dado.
La complejidad del ideal socialista emana precisamente de su terrenalidad. Después de ser enunciado el término, su pensamiento concreto se abre en numerosos ámbitos del acontecer ciudadano, donde radican esas condicionantes.
El ideal socialista sería una formulación vacía si se reduce a contenidos generales. Su explicación y argumentación tiene que abarcar esos disímiles ámbitos de la realidad social. Es ahí donde está lo principal en el debate acerca del ideal socialista en Cuba.
Si algún aporte de utilidad mayor pueden hacer las ciencias sociales, es el de estudiar y conocer como funcionan los eslabones mediadores entre los diversos ámbitos de la vida social en el que resulta significativo el funcionamiento del ideal socialista, lo que contribuirá a conocerlo y a conceptuarlo, y proponer programas de acción que afinen su funcionamiento armónico.
Naturalmente, no es ni puede ser la pretensión de este texto que solo aspira a estimular el debate en torno al ideal socialista, intentar una explicación medianamente exhaustiva sobre estos ámbitos y el modo en que en ellos funciona o debería funcionar el ideal socialista, sino apenas esbozar un panorama del conjunto, pero sí es dable ejemplificar con una aproximación en uno de ellos, el ámbito económico.
Al dirigir la mirada hacia la complejidad del ideal socialista, encontramos aspectos fundamentales que son principios de su existencia y finalidad social: la igualdad social, la justicia social, la cooperación, la emulación, el ideal económico, el ideal político, el ideal jurídico, el ideal ético, el ideal estético, el ideal organizativo, el ideal ciudadano, el ideal familiar, etc.
El ideal socialista debe contener también el criterio acerca de la estructura socioclasista y las reglas para incidir en la modelación de la movilidad social, de manera que las normativas, gratificaciones, reconocimientos, remuneraciones, etc. sean adecuadamente comprendidas y asumidas por la sociedad como justas, lógicas y aceptables, lo que sentará las bases para evitar que las diferencias sociales se perciban como indebidas, como privilegios espurios y para que no condicionen la estructuración de una imagen como pertenecientes a una clase ajena al ideal de toda la sociedad a quienes por sus capacidades y desempeño participen en mayor proporción del producto social, y específicamente a aquellos que ocupen posiciones en las estructuras de dirección económica, administrativa o política. De ello hay que hablar.
El ideal real y el ideal explicitado
El desarrollo del ideal socialista tiene lugar como resultado de las contradicciones, inequidades e injusticias del capitalismo y contra la inercia de la dominación y el poder hegemónico del modo capitalista de vida. Eso significa que el capitalismo seguirá funcionando y depredando a la humanidad y a la naturaleza mientras no exista un poder organizado que rompa su existencia inercial y perversa, de ahí que sin la acción política a favor de su superación, o lo que es igual a favor del socialismo, por más que resulte inicuo el accionar del capitalismo no podrá ser superado.
La influencia del capitalismo llega por múltiples vías, en el terreno económico, comercial, financiero, diplomático, militar, y muy especialmente a través de las guerras culturales y es preciso para su enfrentamiento renovar y fortalecer el ideal socialista desde bases realistas.
Para ello, es importante diferenciar entre el ideal que se ha consensuado y explicitado en un momento dado y el ideal real que está en permanente cambio y renovación, de donde se colige la importancia simbólica y práctica que tiene reverlo constantemente en sus disímiles aristas e integralmente.
El ideal socialista “vivo”, es decir, el que existe en sus disímiles formas y contextos complejos en la sociedad, vive en contraposición con todo el andamiaje práctico y simbólico de la influencia del capitalismo, del que está afuera y el que tenemos dentro, de ahí la importancia concreta e ineludible de su formulación y de la batalla de ideas por su divulgación, explicación, y continuo enriquecimiento.
Es precisamente en su formulación donde se pueden crear las premisas para alcanzar el máximo de eficiencia funcional del ideal socialista junto con el desarrollo cultural, en el proceso de retroalimentación desde el ideal formulado hacia la sociedad.
Esa formulación debe corresponderse en sus elementos básicos con lo que predomina realmente en la conciencia social. De ahí lo decisivo de aprenderlo para alcanzar una adecuada formulación del ideal que si bien nunca será igual a la realidad, no debe entrar en contradicción con lo que resulta socialmente entendible, asimilable y funcional, so pena de fracasar (4).
La explicación del ideal socialista desde la ciencia del ejemplo es un elemento fundamental para su extensión. En ella juegan un determinado papel los institutos ideológicos, la intelectualidad, los ideólogos, pero la expresión del ideal socialista en forma de planteo conceptual, tiene que evitar toda manipulación voluntarista o utópica para que empalme eficientemente en la conciencia ciudadana.
Si la formulación práctica del ideal no resulta efectiva para conmover y sumar conciencias será muy difícil cuando no imposible aspirar a convertirlo en una herramienta de promoción del sentimiento colectivista, del altruismo, la solidaridad y la justicia social.
De ahí que las aspiraciones generales del socialismo en una realidad sociocultural histórica concreta, expresadas en el ideal socialista, necesitan de su argumentación terrenal, de la explicación de las posibilidades concretas de su realización, de su identificación con los intereses de la gente, solo así el ideal se podrá afianzar y desarrollar.
El ideal socialista formulado “con los pies sobre la tierra” puede obtener los resultados prácticos que se requieren para demostrar la necesidad, posibilidad y viabilidad del modo socialista de producción y de vida y con ello una sólida identificación de la gente con ese ideal.
Un ciudadano puede tener conocimiento de un ideal, pero no identificarse con él, no compartirlo y, en consecuencia, carecer de influencia en su modo de pensar y actuar, salvo aquella influencia que sirve para reafirmar cualquier otro ideal o la ausencia de ideales. Por ello es dable hablar de “ideal asumido” o de “ideal compartido”, como calidad de la identificación con este de personas o grupos sociales.
El ideal compartido, asumido, incorporado, aparece como una síntesis modélica, pensada o imaginada de modo específico en cada coyuntura histórica, ejerciendo una influencia en la conducción de los caminos del pensamiento de las personas y en la orientación de sus acciones.
El ideal, como representación mental, es una abstracción que se forma bajo la influencia de una compleja serie de condicionamientos generados en la interrelación del sujeto con la realidad.
En tanto constructo subjetivo, el ideal en su conformación se va tejiendo desde los patrones, la información, la cultura de quienes lo sustentan, proceso en el cual los intereses juegan un papel transversal
El proceso de identificación de la persona con un ideal se ve influido y modelado desde edades tempranas, en el seno de la familia, la escuela, la comunidad, el grupo de amigos y en la sociedad en general, sobre todo a través de la acción de los medios de comunicación social, y de modo creciente en los medios que ofrecen las nuevas tecnologías de información y comunicación.
Los productos culturales (dibujos animados, novelas, anuncios, cortos, películas, el teatro, los show, los anuncios, y un largo etcétera) que ofrecen los medios en general, tradicionales y nuevos, reflejan de disímiles formas los ideales, bien alimentándolos, bien contrarrestándolos. Así, por ejemplo, la publicidad comercial del capitalismo, reproduce un ideal de bienestar que deriva en el confort hedonista afín a los intereses mercantiles de ese sistema y a su práctica habitual de crear en la gente necesidades artificiales, provocando estados mentales de carencia de algo que no necesitan para así estimular el consumismo.
Lo ético y lo estético están presentes en la conformación y afianzamiento de los ideales. El ideal estético de los seres humanos constituye uno de los principales factores de modelación de cualquier ideal, al acercarse a la perfección. Si bien el ideal socialista debe rechazar de plano el consumismo, la aspiración a su promoción y asimilación no puede presentar un socialismo feo y aburrido, que desilusiona, sino ser capaz de reconocer en él lo alegre, bello y esperanzador de la superación socialista de la realidad capitalista.
Sobre el papel del ideal
Cuando los individuos y grupos sociales se identifican con un ideal, este se traduce en convicciones que pautan los comportamientos humanos y refuerzan las actitudes transformadoras que significan ese ideal compartido, su búsqueda, su realización.
Al ser el ideal una realidad histórica concreta, es también cambiante, no solo a escala del individuo, sino en su dimensión social.
El hecho de ser el ideal una realidad cambiante significa que puede atemperarse o sublimarse, en dependencia de factores coyunturales, pero en ningún caso en su formulación puede perder su condición de constructo ideológico, de modelo que impulsa la realización de objetivos individuales y sociales.
De ahí que, independientemente de la existencia o no de generalizaciones conceptuales resultantes de diferentes conceptuaciones, el ideal socialista en la sociedad cubana ha existido por más de medio siglo, tanto en la ideología y la política de la revolución socialista, como en la subjetividad, en el modo en que han idealizado el socialismo los individuos y ha ejercido su influencia en la sociedad.
En otras palabras, el ideal socialista de hoy tiene como antecedentes la experiencia socialista en la sociedad cubana, las generalizaciones conceptuales expresadas por las instituciones ideológicas y políticas, por el liderazgo de la revolución socialista, por la intelectualidad, por la actividad cultural, las formas en que ha sido asumido socialmente y desde ahí expresado, reproducido y enriquecido en los más disímiles procesos y formas de la comunicación social.
En la medida en que los objetivos se van realizando en la sociedad los ideales se consolidan en la conciencia de las mayorías convirtiéndose en patrimonio subjetivo, cultural que puede ser conceptualizado y devuelto al torrente socializador fortaleciéndose culturalmente.
Si la ideología es el instrumento que permite un abordaje útil en la interpretación de la realidad social, el ideal como elemento de la ideología constituye el marco referencial general de esa interpretación, al constituir la proyección de mayor alcance en las metas estratégicas que entraña la ideología como proyecto de socialidad.
Al surgir como resultado de la necesidad de liberación frente a las condiciones que impone el capitalismo en el mundo, el ideal socialista implica una posición analítica crítica ante la realidad capitalista.
La realización del papel del ideal socialista responde al mismo conjunto de funciones de la ideología socialista. Además de la función analítica crítica, consustancial a su naturaleza de ideal anticapitalista, pueden reconocerse otras funciones fundamentales, todas interactuando y separables solo en la abstracción: la función aglutinadora (de identificación y cohesionadora), la función orientadora, la función educativa, la función reguladora, la función de dirección, la función de movilización y organización, la función valorativa. Puede considerarse también como una función del ideal socialista la de promover un sentimiento de seguridad en el porvenir, confianza en el futuro, esperanza de un mundo mejor.
En su función educadora, por ejemplo, el ideal socialista pone sus miras en un ser humano saludable, en armonía con sus semejantes, con la naturaleza, culto, instruido, colectivista, solidario, humanista, ajeno al consumismo hedonista, con altas necesidades culturales, es decir, muy diferente al tipo de “pieza de recambio del sistema” en que lo convierte el capitalismo.
En el ejercicio de la actividad política el ideal socialista actúa cohesionando, movilizando las voluntades, organizando, orientando, regulando la conducta, promoviendo el empoderamiento de la sociedad, la participación en el análisis de la situación y en las decisiones, etc.
Cuba no puede renunciar a la promoción del ideal socialista
En un artículo publicado en Cubadebate el 5 de octubre de 2015 titulado “El socialismo es ahora” abordé el ideal socialista: “No se oyen lo suficiente en nuestro mundo simbólico y político los conceptos de socialismo, construcción del socialismo, ética socialista y la discusión acerca de los desafíos que ello implica y el esclarecimiento de los caminos para superarlos, no tenemos una concreción del ideal socialista. Como todo ideal el propósito socialista está necesitado de la terrenalidad de la explicación que lo vincule a lo cotidiano en los diferentes ámbitos del acontecer social. Esa acción ideológica y política que encarne en la ofensiva de ideas que se necesita es pobre hoy y debe ser objeto de la atención del VII Congreso del Partido.”
Luego de 5 décadas de actividad política cultural de promoción del socialismo, en la imagen de sistema social existente en la gran mayoría del pueblo cubano persiste un conjunto de condicionantes que reafirman el ideal socialista entendido de las más disímiles formas dentro de un conjunto de conceptos, principios y códigos compartidos.
Trabajar en la actualización del ideal socialista, no renunciar a los términos que lo identifican y que forman parte de nuestras mejores tradiciones, no renunciar a la herencia del esfuerzo del pueblo por construir una sociedad socialista, justa, humanista, solidaria, constituye un arma para la defensa de la soberanía, la independencia, la identidad cultural y de un provenir de justicia social para todos.
*Licenciado en Ciencias Políticas. Diplomado en Teoría del proceso ideológico y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.
NOTAS
(1) El Instituto de Filosofía de Cuba ha emprendido una investigación en torno a este tema, de la cual tengo el honor de formar parte. El presente artículo ha sido inspirado en esa iniciativa.
(2) El socialismo como ideal social es producto de la reacción ante las injusticias y en ese contexto es necesario. En el caso cubano funciona como modelo eficiente para el desarrollo en un mundo dominado por el capitalismo transnacional lo que convierte en una posibilidad y una decisión, una vía eficiente para el desarrollo y con ello para el aseguramiento de una respuesta positiva a las necesidades básicas de la sociedad en su conjunto y una vía para la realización de las aspiraciones individuales y sociales más generales.
(3) De esta manera, por ejemplo, desde la perspectiva de la vida en pareja se forman distintos ideales de personas para compartirla, también se forman ideales de vivienda, de vestimenta, de tipo de trabajo, y muchos otros. Los ideales entrañan disímiles metas de vida.
(4) Sirva de ejemplo para aclarar lo anterior el concepto y práctica del igualitarismo. Si hoy en el ideal socialista formulado y esgrimido en la actividad ideológica política se incluye el igualitarismo como componente universal, en particular la generalización de la distribución igualitaria de bienes y servicios, no sería asimilable por la mayor parte de la ciudadanía.

Enviado por su autor para La Polilla Cubana

jueves, 7 de enero de 2016

Sin echar el laurel en la olla

Por LUIS TOLEDO SANDE
El valor histórico del balcón del Ayuntamiento de Santiago de Cuba creció el 1° de enero de 1959, cuando desde allí Fidel, junto a Raúl, confirmó el triunfo de la Revolución.
El valor histórico del balcón del Ayuntamiento de Santiago de Cuba creció el 1° de enero de 1959, cuando desde allí Fidel, junto a Raúl, confirmó el triunfo de la Revolución. (Foto: Autor no identificado)

Sin restar importancia a las dos guerras llamadas mundiales, ni a la liberación de naciones como China y Vietnam –esta, además, con la ejemplar victoria sobre la invasión estadounidense en su haber–, del siglo XX cabe destacar cuatro procesos revolucionarios diversos: en orden cronológico, la Revolución Mexicana, la Revolución de Octubre, la Segunda República Española y la Revolución Cubana. Tres de ellos se ubican en ámbitos de la lengua española, hecho contrastante con el escaso prestigio que suele concederse a las ciencias sociales expresadas en ese idioma.

Pero ese ángulo, de interés y merecedor de atención frente a expresiones de colonialismo fomentadas desde otras áreas culturales, requeriría un análisis particular. El presente artículo apenas bordea el significado de la Revolución Cubana desde su fragua y su llegada al poder, y en su existencia hasta hoy. Haberla ubicado en el conjunto de procesos aludidos mueve a rozar por lo menos algunos rasgos de los tres que la acompañan en el esbozo.

La Revolución Mexicana, cuyo carácter pionero en aquel siglo no parece tenerse tan en cuenta como sería justo, fue un paso de avance en la transformación de un país de nuestra América frente a la herencia feudal que le llegó de su formación como colonia. La importancia de esa Revolución no debe ocultarla ningún estancamiento sufrido con el tiempo y al influjo de los forcejeos clasistas y presiones externas, lo que se dice sin afán de agotar el tema.

La de Octubre no se limitó a “diez días que estremecieron el mundo”: sumó décadas de una siembra emancipadora que incluyó tanto liberar a Rusia y sus colonias del zarismo como propiciar el nacimiento de varias naciones marcadas por aspiraciones socialistas. Generó, en fin, valiosas transformaciones internas y un baluarte para la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial.

A pesar de grandezas tales, deficiencias y males internos contrarios al socialismo le impidieron llegar viva a los finales de la centuria en que tantos logros cosechó y nutrió tantas esperanzas, aunque haya interesados en negar unos y otras. Las causas del desmontaje antisocialista de los frutos de esa Revolución, incluida la propia Unión Soviética, deben seguir estudiándose. Ninguna precaución será ociosa para que errores y aberraciones como los allí entronizados no se reproduzcan y den al traste con otros proyectos justicieros.

Burocráticamente declarada irreversible por decretos que pretendían blindar el socialismo desde oficinas, la realidad que se logró construir en el camino abierto por aquel extraordinario Octubre fue demolida. Además de ser una tragedia en sí, ello ha dado asideros para negar legitimidad y valor a todo empeño revolucionario.

Esa tendencia dolosa se aprecia en análisis distorsionadores del pasado y el presente de la humanidad, aunque se trate de un afán democrático tradicional como la Segunda República Española, derrotada por una implacable alianza internacional de la reacción fascista, sin descontar los que puedan haber sido errores en su sostenimiento y su defensa.

Contra la dignidad de ese ensayo fundador –en cuyas filas se vertió sangre cubana– se lanzan hoy perros de la propaganda capitalista, en complicidad con la herencia del fascismo que nutrió en España el denominado Bando Nacional. Este, artífice del levantamiento anticonstitucional y terrorista contra la República, enlutó el país durante décadas y finalmente preparó la sucesión monárquica, sobre la cual se fabricó una transacción “democrática” enfilada a silenciar el pensamiento de izquierda y sepultar las aspiraciones republicanas. El sometimiento a la OTAN no es casual.
Secuelas de un desmontaje
La entrada el 8 de enero, en La Habana, de la Caravana de la Victoria, encabezada por Fidel, fue recibida con desbordado entusiasmo.
La entrada el 8 de enero, en La Habana, de la Caravana de la Victoria, encabezada por Fidel, fue recibida con desbordado entusiasmo. (Foto: Autor no identificado)

Volviendo a los afanes socialistas, se debe recordar que alguien tan objetivo, de pensamiento científico y de honradez militante al servicio del socialismo como Vladimir Ilich Lenin, sostuvo la inviabilidad de la plena construcción de un proyecto de esa índole en un país aislado. Sobran razones para entender las vicisitudes con que ha tenido que vérselas el experimento cubano.

Pero ese experimento lo puso en práctica una Revolución que triunfó el 1° de enero de 1959 y viene, por largo camino, de sus propias raíces, desde antes de 1868, con su propio Octubre vivido en ese año. Eso le ha permitido relacionarse con el mundo sin dejar de ser ella, y no solo llegar viva al siglo XXI: continúa su marcha, su pujanza, con el deber de fortalecerse, y enfrentando desafíos colosales, ya abiertos o enmascarados.

Entre los obstáculos que la rodean está la propaganda lanzada mundialmente contra todo lo que huela a revolución. En el caso de Cuba, tal campaña tiene sus recursos predilectos. Uno es sostener que la etapa más próspera del país fueron los años durante los cuales se entronizó la tiranía encabezada, al servicio del imperialismo estadounidense, por Fulgencio Batista, exponente mayor de los crímenes y el latrocinio sufridos por la nación.

El triunfo de la Revolución Cubana, y el apoyo con que desde la lucha insurreccional la abrazó la mayoría del pueblo, se debieron a su carácter popular: esa mayoría vio y encontró el camino para lograr, junto con la justicia social, la soberanía que la intervención estadounidense le arrebató en 1898.

Esa realidad explica que en 1961, tercer año tras la toma del poder, cosechara dos victorias íntimamente vinculadas, e impensables sin el apoyo mayoritario y entusiasta del pueblo: el aplastamiento de la invasión mercenaria en Playa Girón y sus inmediaciones, y la declaración del país como territorio libre de analfabetismo, gracias a la masiva Campaña Nacional de Alfabetización que hoy sigue dando frutos dentro y fuera de Cuba.
Fundamento
La presencia de campesinos de todo el país en la celebración del 26 de Julio en La Habana, en el propio 1959, mostró el carácter popular de la Revolución, y entre sus testimonios dejó este Quijote de la Farola.
La presencia de campesinos de todo el país en la celebración del 26 de Julio en La Habana, en el propio 1959, mostró el carácter popular de la Revolución, y entre sus testimonios dejó este Quijote de la Farola. (Foto: KORDA)

Esos logros, y otros, se buscaron y se percibieron asociados a la herencia martiana. Presente en la nación desde el siglo XIX, devino –como expresó Fidel Castro, guía de la obra desatada con los hechos aurorales del 26 de julio de 1953– fundamento moral de la acción armada iniciada entonces y, en consecuencia, de los logros cosechados en ese camino. En él, 1961 aportó otro nutriente explícito, asumido en la médula nacional de la obra revolucionaria: en Girón se combatió también en defensa del socialismo.

El carácter socialista de la Revolución se proclamó precisamente en la despedida de duelo de los mártires del bombardeo que, como ablandamiento artillero,  el imperialismo lanzó contra Cuba en vísperas de la invasión mercenaria. Esta, así y todo, fue derrotada en poco más de 60 horas. Fue una victoria de pueblos, porque a partir de entonces, como también dijo el guía histórico de la Revolución, todos los de nuestra América, no solo el cubano, “fueron un poco más libres”. Tal realidad abonó la simpatía que la Revolución cosechó en la región desde el mismo 1959.

El carácter popular que le permitió alcanzar el poder se consumó en logros masivos, como las leyes de Reforma Agraria y de Reforma Urbana, y la disminución de las grandes diferencias acumuladas entre el campo y la ciudad, sobre todo en lo tocante a la capital. En medio de las dificultades económicas de un país bloqueado, ese afán de equidad, sin el cual la Revolución habría estado sumamente incompleta, generó construcciones –carreteras, industrias, embalses de agua, edificios para diversos usos sociales: escuelas, centros de atención médica, viviendas– que transformaron hasta la imagen física del país.

Ello, asumido con sed de equidad para toda la nación, pudiera explicar el detenimiento constructivo y las dosis de pérdida de esplendor material padecido por la capital. Ese hecho, tendenciosamente desgajado del contexto, lo esgrimen los enemigos de la Revolución para denigrarla, y aunque no existieran contra ella tales campañas de descrédito, constituye uno de los frentes en que mayor esfuerzo por la recuperación necesita seguir acometiendo.

La búsqueda de equidad entre los territorios de la nación es también inseparable de logros que esta ha venido disfrutando desde 1959 en terrenos tan vitales como la educación y la salud, la ciencia y el deporte. En el quehacer literario –incluida la vertiente editorial– y en otras expresiones artísticas –cine, música, danza, plástica– se ha vivido, encaminado por instituciones que le han dado gloria al país, un apogeo sin precedentes.
Datos, esencia
Las nacionalizaciones de empresas que explotaban al país –extranjeras muchas de ellas, y en gran parte estadounidenses– fueron respaldadas por el pueblo.
Las nacionalizaciones de empresas que explotaban al país –extranjeras muchas de ellas, y en gran parte estadounidenses– fueron respaldadas por el pueblo. (Foto: Autor no identificado)

El auge lo ha caracterizado la búsqueda de masividad, con un amplio movimiento de aficionados en los distintos sectores poblacionales, y favoreciendo el desarrollo de individualidades sobresalientes, que han merecido admiración y lauros en distintas partes del planeta. Espectáculos artísticos de alto nivel están al alcance de la población, con entrada a precios módicos, o libre, al igual que los deportivos. Mantener ese camino es una de las señales con que en medio de severas dificultades la Revolución ratifica su lealtad, también en esas esferas, al José Martí que entendió que “ser culto es el único modo de ser libre”.

Enumerar las conquistas alcanzadas en los diversos frentes antes mencionados pudiera ser necesario ante quienes opten por desconocerlas, pero en esos casos resultaría estéril. Las personas honradas pueden disponer de la información que emana de la propia realidad. Alúdase solo a los altos grados de instrucción generalizada y a los índices de mortalidad infantil y esperanza de vida que hacen de Cuba un país ejemplar en esas esferas, como reconocen instituciones y organismos internacionales de la mayor relevancia.

Los logros están presentes asimismo en la amplia colaboración de Cuba con numerosos pueblos, y se aprecian hasta en una emigración que, a diferencia de la de otros países –y no solo entre los que clasifican como no desarrollados–, sobresale por su preparación técnica y profesional. Quien conozca la realidad de los inmigrantes en otras naciones, podrá dar fe de esas diferencias.

Anécdotas y experiencias de tal realidad abundan. El autor de este artículo no pasará de recordar la gratitud con que el embajador de un pueblo hermano acogió la iniciativa de una universidad, europea, de ofrecer a emigrantes de su pueblo cursos para adiestrarlos en tareas concretas.

Eran  las peor pagadas, y más despreciadas –por lo menos antes del reconocimiento de la etapa de crisis que allí se gestaba– entre los naturales de la nación a la que habían ido a parar: en ese caso, empalmar cables, vestir camas, limpiar ancianos…; en otros correspondería hablar de la agricultura y la construcción. Al final de la ceremonia en que su embajador había expresado gratitud a la universidad, un colega diplomático, amigo del articulista, le dijo a este: “Los emigrantes de tu país no necesitan esa ayuda”.

Pero Cuba ha tenido que desempeñarse en condiciones anormales, porque muy pronto contra la Revolución se lanzó la hostilidad de la mayor potencia mundial, los Estados Unidos. La poderosa nación imperialista, acostumbrada desde su gestación, y en su desarrollo –en él se ubica el robo de más de la mitad del territorio de México–, a dominar y saquear a otros países, no le perdonó a Cuba su dignidad nacional y su servicio al pueblo. Con esa orientación el gobierno cubano acometió nacionalizaciones indispensables, y en ello también tuvo un rotundo respaldo popular.
Patente imperial
El 2 de septiembre de 1960, en respuesta a las maniobras de la OEA en la reunión de San José, Costa Rica, para aislar a Cuba, la Primera Declaración de La Habana encarnó la firmeza de la Revolución y su latinoamericanismo, propio de la historia nacional.
El 2 de septiembre de 1960, en respuesta a las maniobras de la OEA en la reunión de San José, Costa Rica, para aislar a Cuba, la Primera Declaración de La Habana encarnó la firmeza de la Revolución y su latinoamericanismo, propio de la historia nacional. (Foto: Autor no identificado)

Pronto la hostilidad del vecino del Norte se expresó en un bloqueo económico, financiero y comercial que aún perdura, y en agresiones armadas. En estas se inscriben la invasión mercenaria de 1961 y las bandas de alzados –también mercenarias– que fomentó en distintos sitios del país, y que en sus monstruosos actos terroristas cometieron asesinatos, entre otros, de alfabetizadores.

En aquellos actos figuran la explosión del vapor francés La Coubre en el puerto de La Habana, y la voladura de un avión cubano en pleno vuelo sobre Barbados. Esta última acción, así como otras, la orquestaron agentes del imperio que gozan de libertad en la nación que se autopromueve como el modelo de  la democracia.

Cuando hoy, en su licencia imperial, el presidente estadounidense propone cambiar la política que su gobierno ha mantenido contra Cuba durante más de medio siglo, y dice que tal política no ha conseguido su propósito, solo queda una opción para interpretar sus palabras. Si a pesar del enorme daño económico, material y en vidas que esa política le ha causado a Cuba, el cabecilla del imperio la estima fallida, es porque ha sido planeada con un superobjetivo: destruir a la Revolución y restablecer en la mayor de las Antillas la dominación con que desde 1898 los Estados Unidos ensayaron aquí el neocolonialismo, “su sistema de colonización”, como lo denunció Martí pensando en los planes imperiales contra nuestra América en general.

Pese a todo, Cuba –y por eso ha obligado al imperio a buscar un cambio de imagen– perdura como ejemplo de resistencia. Ha dado apoyo ideológico y moral a otros pueblos, y protagonizado un aporte internacionalista que –aunque se propongan silenciarlo ingratos y enemigos– contribuyó a las mejores transformaciones emancipadoras en África. Lo han reconocido pueblos y guías políticos como Nelson Mandela en Sudáfrica, y varios en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y otros de nuestra América.

La proclamación del carácter socialista de la Revolución fue abrazada por la gran mayoría del pueblo, y defendida desde el siguiente día en Girón.
La proclamación del carácter socialista de la Revolución fue abrazada por la gran mayoría del pueblo, y defendida desde el siguiente día en Girón. (Foto: Autor no identificado)

Allí, plantando cara al vecino poderoso, se han desafiado las maquinaciones de la Organización de Estados Americanos y del Área de Libre Comercio para las Américas. De ese enfrentamiento han surgido alternativas de dignificación soberana como la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Resurgen las banderas del socialismo, en busca de actualización creativa, aunque no sea más, ni menos, que por entre las estructuras del sistema capitalista.

Pero el imperio no cesa en sus planes, y dispone de enormes recursos. En general, con el individualismo y el pragmatismo consustanciales al sistema capitalista, propala el neoliberalismo. Estimula las llamadas desideologización y despolitización, máscaras del afán de erradicar el pensamiento revolucionario.

Promueve y apoya cuanto pueda conducir a la reversión de planes nacionales molestos para su manía de dominarlo todo. Ahora, con respecto a Cuba en particular, intenta dar la imagen de un cambio de actitud, y propone otros métodos para lograr lo que la resistencia y la creatividad cubanas le han impedido conseguir.
Golpistas de etiqueta
Todo eso, de lo cual las campañas contra Cuba son inseparables, explica distintas formas de golpes de Estado que en Honduras y en Paraguay han venido a sustituir el gorilismo armado, que no debe considerarse definitivamente cancelado; los intentos golpistas en Venezuela, Bolivia y Ecuador; las campañas y amenazas contra la misma Venezuela bolivariana; la creación de nuevas bases militares en Colombia; la propaganda y las maniobras para alimentar la oposición contra los gobiernos de Brasil y Argentina.
La victoria de Girón y la erradicación del analfabetismo marcaron el alcance y la naturaleza de la obra revolucionaria.
La victoria de Girón y la erradicación del analfabetismo marcaron el alcance y la naturaleza de la obra revolucionaria. (Ambas fotos: Autor no identificado)

En esta última la derecha consiguió electoralmente el éxito contra las fuerzas progresistas que habían sacado al país del hundimiento en que lo atascó el desafuero neoliberal. El saludable optimismo no basta para ignorar que, con la guerra mediática y económica, el imperio y sus cómplices intentan aplastar cuanto proyecto justiciero le salga al paso. Sería torpe considerar a Venezuela un caso aislado.

Los zarpazos de la derecha neoliberal –que va por más en el mundo– se dan cuando en varios países las urnas han devenido camino de triunfo para proyectos emancipadores, y los medios imperiales de propaganda fabrican la imagen de que todo acto armado por parte de los pueblos es terrorismo repudiable. Los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, sin embargo, desencadenan guerras genocidas y consiguen edulcorarlas con falacias lingüísticas tan perversas como calificarlas de humanitarias: deformación de sentido que ha pasado incluso al periodismo revolucionario, o de izquierda al menos, para hablar de crímenes y desastres de lesa humanidad.

Es difícil –heroico, digamos sin rodeos– conseguir un triunfo revolucionario valiéndose de los mecanismos y procedimientos que el capitalismo ha perfeccionado para defender sus intereses. Pero la persistencia de la Revolución Cubana la explica su toma del poder por la lucha armada con decisiva participación popular. Y se ha mantenido gracias al decisivo apoyo de la mayoría del pueblo.
De las Marchas del Pueblo Combatiente y de los actos en reclamo del retorno del niño Elián González a la patria nació la Tribuna Antimperialista, llegada para quedarse cerca de la que ha vuelto a ser la Embajada de los Estados Unidos en Cuba.
De las Marchas del Pueblo Combatiente y de los actos en reclamo del retorno del niño Elián González a la patria nació la Tribuna Antimperialista, llegada para quedarse cerca de la que ha vuelto a ser la Embajada de los Estados Unidos en Cuba. (Foto: YAMIL LAGE)

No es casual que todo lo relativo a Cuba sea tergiversado o satanizado, con saña, por la propaganda imperialista. Para actuar, el país debe guiarse únicamente por la norma de la justicia y lo correcto: ni hacer para complacer al enemigo, ni dejar de hacer por no parecer que presta atención a sus campañas.

Cuanto haga será sometido a lentes distorsionadores, para desconocer sus aciertos y atribuirle errores o magnificar los que cometa. El esperado afinamiento en su política migratoria, por ejemplo, deja sin argumentos a no pocos infundios lanzados contra ella, y en igual medida los mismos que los propalaban intentan revertir el efecto de sus aciertos.

El contexto internacional está signado por la preponderancia de las fuerzas del imperio, y las circunstancias nacionales de Cuba se ven severamente dañadas por el bloqueo que este le ha impuesto durante más de medio siglo. Contra semejante engendro se proyecta el clamor de pueblos, avalado en votaciones de la Asamblea General de la ONU, pero  groseramente las burla el mismo gobierno que anuncia la voluntad de cambiar su política hacia Cuba.
Desplazamientos y persistencias
El mayor reto que se le presenta al país radica en mantener el afán de asegurar la justicia social en un contexto internacional con frecuencia sórdido. En él –ha escrito Fernando Martínez Heredia en su libro El corrimiento hacia el rojo, título alusivo a los ciclos de expansión y contracción material del universo– se aprecia “un mundo extraño, en el cual reinan el lucro y el hambre, y no parece haber futuro para la decencia”.

No caben en pocas líneas las instituciones cuyo intenso trabajo testimonia la atención brindada a la cultura. La Feria del Libro –que no se limita a La Habana–, es una de las múltiples evidencias de esa realidad.
No caben en pocas líneas las instituciones cuyo intenso trabajo testimonia la atención brindada a la cultura. La Feria del Libro –que no se limita a La Habana–, es una de las múltiples evidencias de esa realidad. (Foto: Autor no identificado)

Ante ello lo pertinente y digno no será cruzarse de brazos y renunciar a construir un mundo mejor, que es posible, además de necesario para que la humanidad llegue a merecer en plenitud ese nombre. Como añade el mismo autor citado, “la indecencia carece totalmente de legitimidad”.

La búsqueda de la decencia en las relaciones humanas a todos los niveles define lo que un país como Cuba, que ha llegado hasta donde está gracias a la construcción revolucionaria, debe tener en la brújula de sus replanteamientos en pos de una eficiencia económica indispensable para mantener el proyecto justiciero que tanto esfuerzo y tanta sangre ha costado. La seducción economicista y pragmática no será garantía para ningún empeño revolucionario erigido sobre la convicción de que la historia lo avalará, aunque tampoco deba ignorar los requerimientos de la economía.

La Cuba que halló en Martí el fundamento moral para su transformación, debe recordar el reclamo del Maestro, quien en “Crece” (abril de 1894) se planteaba si la revolución que él fraguaba tendría posibilidad de triunfar. Ante la duda, razonable, sostuvo que el gran deber patrio y humano sería hacer posible la revolución, o, por lo menos, acometerla del modo más eficaz. Lo innoble sería traicionar la grandeza del sacrificio.

La celebración de los Juegos Panamericanos de 1991 fue un justo reconocimiento al deporte cubano, que ha cosechado impresionantes victorias en el mundo.
La celebración de los Juegos Panamericanos de 1991 fue un justo reconocimiento al deporte cubano, que ha cosechado impresionantes victorias en el mundo. (Foto: Autor no identificado)

Se avanzaba hacia la guerra que estallaría el 24 de febrero de 1895, y afirmó: “Era ambiente la revolución, y hoy es plan. Era un sentimiento inútil y cómodo: como corona de adelfas era, y de laurel, que no hay derecho a arrancarse de la frente para sazonar, con sus hojas ensangrentadas, la olla de la comodidad”. Comprendía que, aunque imperfecto, lo hecho antes del 10 de octubre de 1868 –la “preparación gloriosa y cruenta” asumida en el Manifiesto de Montecristi (marzo de 1895), ya en pie la nueva guerra–, se inscribía en la gloria de la cual sería deshonroso huir: “¡infeliz, en la memoria de los hombres, quien eche el laurel en la olla!”. Ratificó así la base ética de su pensamiento y de su conducta.

Como otros suyos, aquel texto de Martí de 1894 sigue trazándole a Cuba el gran deber de hoy, cuando acomete una nueva etapa en una permanente sucesión de institucionalizaciones. Ese empeño, que empezó con el desmontaje, desde 1959, de las estructuras capitalistas, vivió un momento señero cuando en 1976 se aprobó, en proceso hondamente democrático, popular, la Constitución que ratificó a Cuba como república y como Estado socialista, llamado, por tanto, a tener la guía de trabajadores y trabajadoras, nada parecido al capitalismo de Estado.

Con esas luces entra la Revolución en su año 58, cuando se prepara el VII Congreso del Partido que tiene la misión de guiarla, y el cual en su anterior Congreso aprobó los Lineamientos para acometer lo que se ha denominado actualización del modelo económico cubano.
Utilidad y virtud
Se debe hacer lo necesario para que la Revolución mantenga ese espíritu productivo y –siempre Martí– orientado por la utilidad de la virtud, superior a la virtud de la utilidad, y para que dentro de muchas décadas se pueda seguir hablando de ella como de una realidad viva, no de un proceso estancado en resignaciones o sacado de rumbo por deformaciones que serían deplorables. Cuando se ha tenido como brújula echar la suerte con los pobres de la tierra, y se ha vivido más de un siglo de luchas revolucionarias, sería criminal abandonar el camino que esa brújula ha venido indicando.

Al Centro Nacional de Investigaciones Científicas, pionero y emblemático en su esfera, se han sumado numerosas y relevantes instituciones que aseguran el futuro de Cuba como país de ciencia y conciencia.
Al Centro Nacional de Investigaciones Científicas, pionero y emblemático en su esfera, se han sumado numerosas y relevantes instituciones que aseguran el futuro de Cuba como país de ciencia y conciencia. (Foto: Autor no identificado)

Sabedor de que “ni hombres ni pueblos pueden rehuir la obra de desarrollarse por sí,–de costearse el paso por el mundo”–, Martí sostuvo: “No yerra quien intenta componer un pueblo en la hora en que aún se lo puede; sino el que no lo intenta. Si no se lograse la composición, se lograría al menos el conocimiento de las causas por que no podía lograrse; y eso limpiaría el camino para lograrla mañana”.
El error es humano, pero la rectificación, también humana, es además sabia, y lo que se haga debe regirse por la ética: “Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”. Pero no valdrían autocomplacencias a estas alturas de un camino en que el “Patria y Libertad” de los mambises condujo al “Libertad o Muerte” del Ejército Rebelde, lema que el logro de la libertad convirtió en “Patria o Muerte” y frente a la saña enemiga fue coronado por un “Venceremos” que hoy resulta más fuente de responsabilidad y compromiso consciente que nunca antes.
La Revolución, que en las actuales circunstancias urge mantener, puede verse como la que en su tiempo –con el ejército español en Cuba y el estadounidense dispuesto a invadirla– Martí vaticinaba que podría ser inevitable luego. Más de un siglo después –con una Cuba que ha encarado y vencido desafíos tremendos–, la realidad es otra, y tampoco se debe olvidar un hecho: a lo largo del devenir humano, las revoluciones no han sido términos en la historia.
En sus mejores frutos –incluso a pesar de errores y hasta de traiciones– han representado actos de transición o fuentes de luz hacia logros de mayor alcance. Para Martí, como se lee en su texto de 1894 citado, la meta era la que puede seguir orientando a Cuba hoy y siempre: el “fin humano del bienestar en el decoro”. Nada menos.
A espectáculos de compañías danzarias –Ballet Nacional, Conjunto Folclórico Nacional y otras–, del movimiento teatral y de agrupaciones musicales –como la Orquesta Sinfónica Nacional, en la foto– el público accede a precios módicos o con entrada libre. (Foto: L.T.S.)
A espectáculos de compañías danzarias –Ballet Nacional, Conjunto Folclórico Nacional y otras–, del movimiento teatral y de agrupaciones musicales –como la Orquesta Sinfónica Nacional, en la foto– el público accede a precios módicos o con entrada libre. (Foto: L.T.S.)
En la Escuela Latinoamericana de Medicina estudian jóvenes de escasos recursos, provenientes de la región e incluso de los Estados Unidos. Ha sido visitada, entre otros, por Ban Ki-moon, secretario general de la ONU.
En la Escuela Latinoamericana de Medicina estudian jóvenes de escasos recursos, provenientes de la región e incluso de los Estados Unidos. Ha sido visitada, entre otros, por Ban Ki-moon, secretario general de la ONU. (Foto: CUBADEBATE, AFP/Pool)
Las criminales restricciones impuestas por el bloqueo son un grave obstáculo para la salud, pero Cuba mantiene una atención médica socializada y de alta calidad. Así en el Cardiocentro Pedriático William Soler, al que corresponde la foto.
Las criminales restricciones impuestas por el bloqueo son un grave obstáculo para la salud, pero Cuba mantiene una atención médica socializada y de alta calidad. Así en el Cardiocentro Pedriático William Soler, al que corresponde la foto. (Foto: Autor no identificado)
También a pesar del bloqueo se mantiene la educación universal y libre de pago para todas las personas en edad escolar, y fuera de ese sector disfrutan igualmente ese logro incontables interesados en superarse profesionalmente. Se incluyen centros para educación especial, como la Escuela Solidaridad con Panamá, del municipio Boyeros , en La Habana, para niños con discapacidad físico-motora.
También a pesar del bloqueo se mantiene la educación universal y libre de pago para todas las personas en edad escolar, y fuera de ese sector disfrutan igualmente ese logro incontables interesados en superarse profesionalmente. Se incluyen centros para educación especial para niños con discapacidad físico-motora. (Foto: www.aclifim.sld.cu)
Del 17 de diciembre de 2014, la memoria patriótica cubana guarda especialmente el completamiento del regreso de los Cinco luchadores antiterroristas que sufrieron injusta prisión en cárceles del imperio.
Del 17 de diciembre de 2014, la memoria patriótica cubana guarda especialmente el completamiento del regreso de los Cinco luchadores antiterroristas que sufrieron injusta prisión en cárceles del imperio. (Foto: ESTUDIOS REVOLUCIÓN)


Tomado de Revista Bohemia

domingo, 11 de octubre de 2015

La cultura en el centro de la vida

Por Luis Toledo Sande*
RCBaez_La nueva conquista 

En 1961, su tercer año en el poder, la Revolución Cubana logró dos victorias de pareja relevancia: fue aplastada la invasión mercenaria en Playa Girón y sus inmediaciones, y la patria se convirtió en territorio libre de analfabetismo. Ambas victorias mostraron su rumbo y su alcance, y merecen seguir definiendo su existencia frente a desafíos que no cesan.

Alguna cronología “objetiva” señala que el 3 de enero del propio 1961 los Estados Unidos y Cuba habían roto relaciones. Pero las rompió la potencia del Norte, en respuesta a la decisión de independencia y soberanía del país caribeño. Aún antes de los hechos de Playa Girón, el gobierno estadounidense tramaba o ponía en práctica acciones enfiladas a derrocar una Revolución llegada para darle a Cuba la independencia y la soberanía que desde 1898 aquella potencia, entonces en desarrollo, le había impedido lograr.

En un sitio como BBC Mundo, insospechable de ánimos filocomunistas, se lee: “Hoy sabemos que en marzo de 1960, el entonces presidente de los Estados Unidos, Dwight Einsenhower, autorizó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para que iniciara el entrenamiento de refugiados cubanos para una posible invasión”. Tal autorización es impensable sin pasos previos.

No había que ser muy previsor para intuir que la decisión de romper relaciones con Cuba no la tomaba el imperio para que el pueblo cubano viviera mejor, para que revirtiese las calamidades que había sufrido bajo gobiernos manejados desde Washington mediante su Embajada en La Habana, o con intervenciones directas. Procuraba tener las manos libres para patrocinar actos como la invasión mercenaria, cruentas acciones terroristas y un férreo bloqueo económico, financiero y comercial aún hoy vigente.

Mientras ataca, se canta a sí mismo

El imperio no logró aplastar a Cuba; pero le ha causado grandes daños. Además, creó en el continente escuelas de lucha antiguerrillera donde se enseñaban torturas, y promovía —no ha dejado de hacerlo— golpes de Estado para seguir contando en la región con gobiernos similares al derrocado en Cuba por la lucha revolucionaria. Y ha mantenido prácticas políticas y culturales para edulcorar su propia imagen y aplacar el espíritu combativo de los pueblos.

Desde perspectivas revolucionarias, el recuento de aquellos años suele subrayar la pujanza de la lucha, pero no cabe menospreciar lo alcanzado por falacias imperiales como la Alianza para el Progreso: puesta en marcha también en 1961 por la administración estadounidense que cargó con la derrota de Girón, duró una década, pero su influencia desbordó ese lapso. Como una muestra de sus derivaciones, dígase que en 1983 se creó, y todavía perdura, la llamada Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés), igualmente concebida para insuflar el espíritu contrainsurgente y la cultura de la dominación imperial.

Algunas décadas después del apogeo que tuvo tras el triunfo de la Revolución Cubana, el movimiento de guerrillas se vio en general sin asideros, llamado a cesar para no ser visto o presentado como vandalismo. Con su propaganda, en el seguimiento de cuanto durante años hizo contra todo lo que tuviera visos de lucha por la liberación nacional, el imperio tilda de terrorista cuanta acción armada lo contraríe.

Pero continúa haciendo uso de las armas cuando se le antoja. Aunque la dignidad de los pueblos y de sus mejores representantes permanece en pie, y hasta por la vía electoral logra triunfos, nada debe llevar a la desmovilización del pensamiento revolucionario. Aquellos triunfos no son irreversibles, ni sus defensores deben desentenderse de las maquinaciones imperiales. Para ejemplificarlas, bastaría recordar los devastados Irak y Libia, la amenazada Venezuela bolivariana y el apoyo a Israel contra Palestina. ¿Cree alguien que ya Cuba está fuera de esos planes?

Con desfachatez gemela de su pragmatismo, el imperio lo aplica todo a mantener una hegemonía contra la cual surgen competidores y, sobre todo, se yergue la rebeldía de pueblos y vanguardias emancipadoras. Pero él tiene reservas para una duración prolongada. La llamada Guerra Fría fue una contienda para afinar procedimientos políticos y culturales de dominación, y uno de ellos radica en la invitación permanente a no pensar.

El imperio promueve el olvido de la historia, que está llena de crímenes perpetrados —y en marcha— por él, y es fuente de lecciones para la voluntad emancipadora. Con su poderío, si la invitación al olvido no funciona, auspicia espectáculos para sobreponerlos a la historia. Se ha visto en torno al restablecimiento de sus relaciones diplomáticas con Cuba.

Símbolos, historia

En la reapertura de su Embajada en La Habana desplegó una intensa dramaturgia, como señaló Rosa Miriam Elizalde en Símbolos, artículo publicado en Cubadebate: automóviles mostrados como prueba de la eficacia de la industria yanqui y no de la inventiva cubana para mantenerlos funcionando a pesar del bloqueo; tres marinos en representación de un signo de continuidad que no se correspondiera con la defensa por Cuba de la independencia y la soberanía que ganó en 1959; un poema descafeinado para idealizar las relaciones entre “vecinos” sin adjetivos que los diferencien…

¿A quién le conviene enmascararse sino al lobo que le pide a Cuba muestras de buena voluntad para retomar relaciones que ella no rompió? ¿Invadió Cuba a los Estados Unidos? ¿Ha patrocinado allí actos terroristas en que murieron ciudadanos estadounidenses y de otras nacionalidades? ¿Ha bloqueado por más de medio siglo la economía del agresivo vecino? Esos actos los ha perpetrado contra Cuba el imperio. Obra de seres humanos, la Revolución Cubana ha cometido errores; pero no está entre ellos su radical antimperialismo, que es parte señera de su honor.

El 14 de agosto, junto a la Tribuna Antiimperialista habanera —a la que nadie debe venir a suavizarle el nombre en un afán contemporizador grato al imperio— ocurrió algo que se inscribe, claro está, en la historia. La bandera de las barras y de las estrellas volvió allí por gestión del imperio que cambia de táctica para lograr contra Cuba lo que no consiguió con la hostilidad evidente. No retornó como emblema del pueblo estadounidense, con el cual nunca ha roto el cubano, como tampoco fue el gobierno de este país el que rompió las relaciones diplomáticas entre ambas naciones.

Frente a euforias desmedidas en torno a ese 14 de agosto, Fernando Martínez Heredia introdujo, en Cubadebate, algo más que un matiz: llamarlo histórico “podría ser una hipérbole perdonable, si no estuvieran en juego la soberanía nacional y la sociedad que hemos creado en el último medio siglo”. La precisión, que contradice entusiasmos expresados hasta por algún (o alguna) profesional cubano de la información, irrita al avispero neoliberal y proanexionista, furioso ante cada expresión del pensamiento revolucionario.

Pero ese avispero no es lo que ha de preocuparnos. Centremos la atención en nosotros mismos, en el deber que tenemos con la claridad en asuntos tan significativos. No basta decir que un político estadounidense se ha pronunciado contra el bloqueo, si lo que ha hecho es señalar su inoperancia y reclamar tácticas efectivas para conseguir contra Cuba lo que no obtuvieron las agresiones. Es necesario no propiciar falsas expectativas si en la Casa Blanca se instala ese político (o esa política, pues el imperio, que ha ensayado en su presidencia con un hombre “no-blanco”, ¿rehusaría hacerlo con una mujer rubia, para dar otra imagen de cambio? They can!)

Como diversas voces han venido advirtiendo —y el autor de este artículo no repetirá lo que ha escrito en textos publicados en Cubadebate y Cubarte, y reproducidos en otros órganos digitales—, el asunto no empezó ni terminará en aquel espectáculo escenificado junto al Malecón habanero. La batalla cultural está en el centro de lo que Cuba necesita atender con desvelo para mantener la defensa de su independencia y su soberanía, y su derecho, también deber irrenunciable, a cultivar la justicia social.

Es indispensable mantener alerta el pensamiento, y ello supone una actitud profundamente cultural. El imperio, que invierte en fomentar y difundir vacíos culturales, no deja de pensar ni un momento en cómo conservar y fortalecer su poderío por distintos caminos, incluidos los productos audiovisuales que le convengan. Se emplea aquí el concepto de producto, asociado a la generación fabril y al mercado de bienes materiales, no para aceptar un término de moda, sino como reconocimiento de que no siempre lo difundido merece llamarse obra en el sentido cultural de la palabra.

A menudo los rigen lacras como la explotación mercantil de la imagen de la mujer, y la estética del nuevorriquismo, en la cual aspira el imperio a tener en todas partes —y, por tanto, en Cuba— un aliado conceptual para sus fines. Calzan también esos productos la invitación a una vida muelle inalcanzable, pero cuya representación puede desatar confusiones, espejismos paralizantes.

Caballos de Troya que se reproducen

El peligro lo refuerza el efecto de imágenes reiteradas hasta imponerse como modelos supranacionales, supraculturales, para sustituir el razonamiento por la aceptación resignada, acrítica, de la propaganda dominante. Por su eficacia pragmática, los productos que la calzan no solo se reproducen y llegan a todas partes según salen de sus fábricas: también minan las concepciones con que se hacen los que por nacionalidad son, y por alcance y perspectivas deberían ser, nuestros aportes audiovisuales.

Asimismo ocurre que, para estimular al colectivo de un centro de trabajo de cualquier sector, incluidos la prensa y el que gremialmente clasifica como cultural, se le oferta —palabra de médula mercantil— una sesión de esparcimiento harto cuestionable. Irrumpen en ella audiovisuales orientados por conceptos y prácticas que deberíamos rechazar, o que incluso, a nivel consciente, repudiamos, pero de hecho aceptamos por inercia. En las fiestas —parece decírsenos— podemos ser acríticos, aceptar cualquier cosa.

No hay que esperar que eso ocurra solamente en sitios de recreación bautizados con nombres tan marcados ya como Las Vegas, y otros. En nuestros centros de trabajo, aun en aquellos con explícitas responsabilidades en la formación de valores culturales, éticos, políticos, ideológicos, se puede celebrar una fecha histórica de la patria con música representativa de las peores groserías. En algún caso es usada hasta para competencias infantiles de baile.

Si en niños y niñas se ven modos de bailar en los cuales la grosería de las letras la refuerzan gestos, más que sexistas, procaces, estamos ante un indicio de que semejantes prácticas se han extendido, y calan. Pero ¿a qué se le abren así las puertas si no a una mayor grosería y a una conducta zafia, impropias, en especial, para esas edades? Parece que se ha generalizado la idea de que niñas y niños deben consumir también la música que conscientemente se supone que rechazamos.

En distintos entornos se hacen entre niñas elecciones de misses, remedos de certámenes como el de la Miss Universo, que ahora aparece con voluntad humorística en un espacio de la Televisión Cubana. Sobre esta última, y sobre la radiodifusión en general, deberían tener mayores y eficaces prerrogativas, y participación, el Ministerio de Cultura y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con toda la responsabilidad cultural y política, profesional, de ambos.

En lo privado hogareño cada quien consumirá los productos culturales o seudoculturales que desee. En sus preferencias tendrán peso decisivo su preparación y su gusto en materia cultural, estética. La educación debe servir para iluminar deslindes sensatos, sanos. No se requiere ser un académico para saber que la grosería y la estulticia no son buenas aliadas de los propósitos elevados.

Lo peor es que productos detestables no solo lleguen por vías como el famoso “paquete”, o por emisoras enemigas, sino que se trasmitan por nuestros medios de información y prosperen en nuestros centros de trabajo, en el transporte público y en otros entornos sociales, con abuso de decibeles incluido. Si no hubiera ocurrido ya en actos de graduación escolar, sintámonos felices; pero los cuidados para impedir que suceda no estarán de más.

Si de pueblo se trata

Uno de los males que debemos prevenir o erradicar, se haya en asumir mal el concepto de pueblo. No es cosa de venir a defender a estas alturas nociones caducas propias de aristocracias variopintas. Pero el contrario deseable para oponerlo a la aristocracia no es el lumpen, la marginalidad que puede ser arrastrada a las peores causas, sino los valores de una verdadera civilidad popular.
José Martí admiraba —y como trabajador se identificaba con ellas— a las que en los Estados Unidos llamó “las tremendas capas nacientes”: los obreros que combatían la injusticia, por lo cual algunos fueron linchados. Supo diferenciarlos claramente de “la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón”.

Estúdiese en lo hondo para ver hasta qué punto, en nombre de un mal entendido democratismo, lo peor de la sociedad puede haber infectado entre nosotros el torrente circulatorio nacional, hasta minar proyecciones culturales. No hay pueblo homogéneo: su diversidad es parte de su riqueza, y de sus complicaciones. Pero le haría un gran mal a la nación que en ella acabara imponiéndose lo vulgar, lo menos válido para desarrollar la civilidad, la disciplina social, que no es lo que más parece abundar hoy.

Eso lo ha señalado, para recabar que se combatan las deformaciones, la máxima dirección del país. El llamamiento debe ser atendido por cada ciudadano que desee lo mejor para la patria, y, con el mayor sentido de responsabilidad, por las organizaciones políticas y de masas, y las instituciones estatales de todos los sectores, y aún más por aquellas con misiones concretas en ese terreno.

A realizadores de ciertos productos audiovisuales se les oye decir: “Yo no trabajo para los críticos, sino para el pueblo”. Lo dicen especialmente si, después de haber sido impugnados, reciben un premio de la popularidad. Pero aquellas palabras darían para un tratado. ¿Basta, al enjuiciar el trabajo de un cirujano, la simpatía con que hable de él una determinada cantidad de sus pacientes?

Nadie es infalible, pero la evaluación integral de un médico, ¿no debe expresar el criterio de honrados profesionales de la Medicina? Generalizar sobre la base de lo que opina una muestra de la sociedad puede ser impreciso, riesgoso, sobre todo si no se conoce bien la composición de la muestra, ni se tiene debidamente en cuenta quiénes se sienten más animados a formar parte de ella.

Más que repudiar o aceptar que algunos productos artísticos, y a veces seudoartísticos, tengan éxito, valdría la pena indagar por qué pueden gustar entre amplios sectores de la población, sean o no sean jóvenes. La aspiración de trabajar para el pueblo —la cual, si se entiende y se asume bien, es plausible en sí misma— trae a la memoria algo de lo dicho por Antonio Machado, mediante las voces de sus heterónimos Juan de Mairena y Abel Sánchez, sobre lo que significa “escribir para el pueblo”.

De profunda raíz popular y elevada expresión —lo que hizo de él uno de los grandes poetas de la lengua española—, Machado sostuvo: “Escribir para el pueblo […] ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. […] Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra”.

 Otros nombres, de antes y de después, incluido el suyo, sería justo añadir al punteo intercultural hecho por el gran poeta; pero no hay aquí espacio para tanto, ni es forzoso hacerlo. Lo citado basta para advertir su elevada concepción del pueblo, en términos de ascensión, no de empobrecimiento y descenso.

Todo el tiempo

A las manifestaciones artísticas y literarias suele darse el nombre de cultura, que corresponde a la obra toda de los seres humanos al asumir el mundo y contribuir al mejoramiento propio y al de su entorno. En ese ámbito se inscriben aquellas manifestaciones, cuya dignidad será tanto mayor cuanto más enriquezcan ellas el afán de superación, en lo material y en el espíritu, diferencia esencial entre los seres humanos y las otras especies animadas.

Mucho más que unos cuantos párrafos, el tema requiere la meditación de conocedores, de especialistas, y de la ciudadanía en pleno. Este artículo no ha expresado más que algunas preocupaciones sobre algo en lo cual, importante en sí y como parte de reclamos todavía mayores, la sociedad debe bracear con denuedo y lucidez.

Cada punto esbozado daría para largas reflexiones. Como en estos días todo pasa o se hace pasar —mesura o desmesura, lucidez o euforia, racionalidad o embullo mediante, según quién y cómo observe— por el reinicio de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, asunto de grandes implicaciones culturales, estos apuntes estarían todavía más incompletos si no tuvieran en cuenta algunos hechos.

Gracias a su capacidad de resistencia, su lealtad a la historia patria y su claridad de ideas, la mayoría del pueblo cubano consiguió que el imperio fracasara en sus planes. Por ello la ruptura de relaciones diplomáticas en enero de 1961, y la agresiva hostilidad preparada incluso antes de esa fecha, no le permitieran al monstruo engullir a Cuba, convertirla en el dominio colonial, el patio para experimentos y vertedero que siempre aspiró a tener en ella.

Nadie se baña dos veces en el mismo río, pero el río sigue su curso sin ser enteramente otro; y el imperio continúa siendo el mismo. En circunstancias acaso más complejas que nunca antes, el pueblo cubano tiene la misión de impedir que el imperio logre con respecto a Cuba, usando otros procedimientos, lo que no obtuvo bloqueándola y agrediéndola: tragarse definitivamente a la nación que le ha dado al mundo el ejemplo de hacerse respetar frente al poderoso vecino. Eso sí es histórico, más que por haber sucedido, como todo, en la historia, por ocupar en ella un sitio aleccionador.

*Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Administra el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”



Fuente Bohemia
Tomado de Cubadebate