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domingo, 20 de octubre de 2013

Céspedes y la herencia de Independencia, Libertad e Igualdad en Cuba

Por Wilkie Delgado Correa 

 “Hija, le contesté: “yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano”


La recordación de los acontecimientos ocurridos hace ciento cuarenta y cinco años y que se desencadenaron a partir del grito independentista protagonizado por Carlos Manuel de Céspedes y sus seguidores el 10 de octubre de 1868 en su ingenio La Demajagua , nos lleva de las manos al acto supremo de rebeldía del pueblo cubano, en que la libertad, además de constituir una aspiración, se hizo una conquista, pues se reconocía la igualdad de los ciudadanos. Y al proclamarse la libertad de las primeras colectividades de esclavos, pertenecientes al líder revolucionario y sus seguidores, se selló el destino de la abolición de la esclavitud en Cuba, al incorporarse los esclavos libres al ejército libertador como soldados y ciudadanos iguales.

 Aquel día el General en Jefe Céspedes, relata el General Masó, “reunió a sus esclavos y los declaró libres desde aquel instante, invitándoles para que nos ayudasen si querían, a conquistar nuestras libertades; lo mismo hicieron con los suyos los demás propietarios que le rodeábamos”.

 En voz de Céspedes, se escuchó: “Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar la independencia. Los que me quieran seguir que me sigan; los que se quieran quedar que se queden, todos seguirán tan libres como los demás”.

 Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo nació en Bayamo el 18 de abril de 1819 y murió en el poblado de San Lorenzo, Sierra Maestra, el 27 de febrero de 1874. Había nacido en cuna rica, poseyó propiedades que le permitieron vivir en forma opulenta hasta que su espíritu rebelde y libertario lo impulsó a encabezar el levantamiento armado contra España. A partir de entonces tuvo una existencia trashumante en los campos insurrectos de Cuba libre, experimentó las satisfacciones del heroísmo y la gloria ínsitas a su condición de libertador, conoció de las privaciones materiales y de los sufrimientos físicos y espirituales, desafió las persecuciones, los peligros y los martirios que desató la metrópoli española con su guerra de exterminio, sobre él, los jefes y los soldados del Ejército Mambí y el resto del pueblo cubano. Y, prácticamente abandonado a su suerte después de un proceso de destitución de su cargo, murió combatiendo solitario frente a las tropas españolas que asaltaron aquel remoto paraje para capturarle vivo o muerto.

 El iniciador de la guerra magna de la independencia y el primer presidente de la República de Cuba en Armas, se comportó como un soldado consecuente y un revolucionario irreductible al enfrentar con las armas al enemigo numeroso que lo conminaba a la rendición y a darse preso el día de su muerte en combate.

 Un hito importante de su despunte como líder futuro del movimiento revolucionario cubano, que refleja su espíritu rebelde y la visión singular de apreciar la venidera confrontación armada con España, se manifiesta en la Arenga de Céspedes en la Convención de Tirsán, primera reunión de los representantes de los grupos de conspiradores de Oriente y Camagüey anteriores al alzamiento. San Miguel del Rompe, 4 de agosto de 1868.

 “Señores: La hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!”

 Y cuando llegó el momento de desatar y encabezar la insurrección armada que hubo de surgir adelantada por las circunstancias de la orden de arresto contra él y otros revolucionarios, Céspedes no titubeó en declarar el inicio de la lucha armada contra España en su ingenio La Demajagua. En el Juramento de Céspedes el 10 de octubre de 1868, dirigido a la bisoña tropa de sus soldados, se muestra la determinación y convicción de las ideas contenidas en el mismo.

 “¿Juráis vengar los agravios de la patria? –Juramos, respondieron todos.- Juráis perecer en la contienda antes que retroceder en la demanda?- Juramos, repitieron aquellos- Enhorabuena –añadió Céspedes- sois unos patriotas valientes y dignos. Yo, por mi parte, juro que os acompañaré hasta el fin de mi vida, y que si tengo la gloria de sucumbir antes que vosotros, saldré de la tumba para recordaros vuestros deberes patrios y el odio que todos debemos al gobierno español. Venganza, pues, y confiemos en que el cielo protegerá nuestra causa”.
 En la noche del 11 al 12 de octubre de 1868, después de la derrota sufrida en su ataque al poblado de Yara, sólo un puñado de hombres inició su marcha hacia la Sierra. Fue en esas circunstancias que, ante una observación pesimista de alguien, Céspedes se irguió sobre los estribos y replicó: “¡Aún quedamos doce hombres, basta para hacer la independencia de Cuba!”
 La toma de Bayamo ocurrió el 20 de octubre, fecha en que Perucho Figueredo puso letra al himno de la Revolución y fue entonado por la población bayamesa. Las fuerzas revolucionarias permanecieron en posesión de la ciudad hasta que el 12 de enero de 1869, y ante la imposibilidad de retenerla después de una defensa heroica, se decidió abandonarla e incendiarla.
 Este himno entrañó un legado extraordinario para los cubanos de todos los tiempos al poner en los labios del pueblo el llamado a la lucha por la patria y proclamar la convicción de que “no temáis una muerte gloriosa/ que morir por la patria es vivir”. Luego devino en Himno Nacional de Cuba, y la fecha del 20 de octubre fue proclamada Día de la Cultura Nacional
 Al constituirse la República de Cuba en Armas y a la hora de elegir a Céspedes como su primer presidente, la gente intuía la grandeza del hombre que fuera capaz de echarse un pueblo a los hombros. Reconocían la fortaleza de espíritu de aquel que, sin más armas que el ímpetu y la rebeldía, había decidido, cara a cara de un imperio implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quitara a un tigre su último cachorro, como diría José Martí muchos años después.
 Es revelador al respecto el discurso de Céspedes al asumir la presidencia, el 11 de abril de 1869:
 “Cuba ha contraído, en el acto de empeñar la lucha contra el opresor, el solemne compromiso de consumar su independencia o perecer en la demanda: en el acto de darse un gobierno democrático, el de ser republicana.
 Este doble compromiso, contraído ante la América independiente, ante el mundo liberal, y lo que es más, ante la propia conciencia, significa la resolución de ser heroicos y ser virtuosos.
 Cubano: Con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República.
 Contad vosotros con mi abnegación”.
 Y al año siguiente Céspedes tuvo la ocasión de ser fiel al compromiso de abnegación suprema  Recibió la carta del capitán general Caballero de Rodas de fecha el 1 de junio de 1870 en el campamento de Cuyajal. El emisario desmontó de su cabalgadura y acto seguido la había puesto en manos del Presidente. Después de leerla detenidamente, Carlos Manuel la colocó sobre la mesa y después de un corto paseo por la habitación, la tomó nuevamente y empezó a releerla. Su rostro se mantuvo inalterable, aunque todos presagiaban que algo grave había ocurrido. El general español le comunicaba que tenía en su poder a su hijo Oscar, quien había caído prisionero por fuerzas de su mando. Dejaba en manos de Carlos Manuel la salvación, a condición que abandonase la Revolución. Ofrecía absolutas garantías para que se embarcara por el puerto que eligiera. Después de conocer su contenido, Carlos Manuel quedó solo. Allí estuvo durante varias horas, arrimado a la mesita, como si estuviera paralizado.
 Rehusó ingerir alimento alguno. Ya tarde en la noche, a la luz de dos velas, escribió la respuesta que por la mañana darla al emisario. Decía al capitán general Caballero de Rodas:
 “Es mi poder la carta de V.E. donde me informa de la fatal desgracia en que mi hijo Oscar ha sido hecho prisionero por fuerzas de su mando, y a su vez la combinación que me hace V.E. para salvar a mi hijo, de que abandone el país ofreciéndome lugar de salida. Duro se me hace pensar que un militar digno y pundonoroso como V.E. pueda permitir semejante venganza, si no acato su voluntad, pero si así lo hiciere, Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueran por nuestras libertades patrias”.
 Y después de muchos años de luchas, grandezas, sufrimientos y enfermedades, se produjo su destitución a finales de 1873.
 El día 19 de febrero, a pocos días de su muerte, Céspedes da testimonio de esa igualdad que proclamara al frente de los destinos de Cuba.
 ”Estaba yo sentado junto a una de las niñas más bellas, cuando la liberta Bríjida, negra francesa de gran jeta y formas nada afeminadas, se asomó por una de las aberturas que hacían las pencas de la glorieta y me dijo en su jerga con voz un tanto doliente. “Presidente, (estos malvados no han venido en apearme el tratamiento) hágame el favor de salir a oírme una palabra!” Yo salí muy risueño con la ocurrencia, cuando ella tomándome las manos, me dijo: “Mi Presidente, mi amo, nosotros venimos aquí a bailar siempre para divertirlo a Ud. con quien únicamente queremos tener que hacer, y esta noche, porque están aquí estas gentes, nos manda el Prefecto a bailar lejos, donde estamos con mucha molestia. Yo sé bailar danza y vals; (efectivamente baila muy bien) pero nosotras nos conformamos con que nos dejen poner nuestro baile en la cocina”.
 “Hija, le contesté: “yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano, y veré con el Prefecto que es lo que pasa; porque él es el que gobierna”.
 A ciento cuarenta y cinco años del inicio de aquella epopeya por la independencia de Cuba y la larga marcha hacia la libertad, igualdad y justicias plenas, vale la pena afianzar en la memoria esos pasajes inolvidables que han sido una huella indeleble de nuestra cultura de resistencia, creación y patriotismo.
 *Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

lunes, 9 de abril de 2012

José Antonio Aponte, dos siglos en la memoria

Por Luis Pavón Massó


José Antonio Aponte tenía aquel oficio y también el de soldado. Había recibido entrenamiento en los batallones de pardos y mestizos, creados y luego abandonados por el gobierno español, a principios del siglo XIX.

Formando en estos batallones había participado en las confrontaciones militares de España contra Inglaterra, en apoyo a la independencia norteamericana. Concretamente, se conoce su participación en la acción contra Nueva Providencia, posesión inglesa en Las Bahamas, donde las tropas enviadas desde Cuba resultaron triunfadoras.

Era pues, artista de la madera y profesional de las armas. Su amor, su máxima devoción, era la libertad, en favor de la cual fraguó la conspiración antiesclavista y antiespañola que abarcó a gran parte de la Isla y, además de La Habana, tuvo manifestaciones en Holguín y Bayamo, entre otros puntos de la geografía cubana, y fue sangrientamente reprimida Peñas Altas, territorio habanero.

Inspirado en la lucha del pueblo haitiano, que años antes se había levantado victorioso contra los colonialistas franceses, y en relación con algunos revolucionarios de este país, Aponte tejió la gran conspiración, descubierta y a la postre derrotada por la tiranía colonial.
Por su amor a la libertad, el carpintero de Jesús Peregrino fue condenado a muerte junto a sus compañeros más cercanos, el 9 de abril de 1812.

El “cristiano” Salvador José de Muro y Salazar, marqués de Someruelos —a quien apenas se menciona al hablar de la barbarie colonial en Cuba— hizo decapitar a Aponte y a otros de sus compañeros y sus cabezas fueron exhibidas durante varios días en el barrio de Guadalupe.

El fulgor de su ejemplo no ha podido ser cegado.

Durante años, las clases dominantes de la colonia hablaron de la maldad de Aponte. “Más malo que Aponte”, dice uno de los personajes de Cecilia Valdés, situándolo como paradigma de crueldad. Era lógico: ningún crimen comparable con amar la libertad y luchar por ella.

Historiadores y estudiosos honestos, principalmente después del triunfo revolucionario de 1959, han dado a este iniciador de nuestras luchas su lugar entre los que dieron sus vidas por la patria.

Fuente Cuba ahora


 


 
Intervención en el Acto Nacional en Conmemoración del Bicentenario del movimiento revolucionario liderado por José Antonio Aponte, de Felipe de J. Pérez Cruz, Presidente de la filial La Habana de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC).

Para descargar en pdf:
Aponte-Primer-intelectual-organico-del-movimiento-revolucionario-po...




Imagenes Foto Abel Ernesto (AIN)




jueves, 15 de marzo de 2012

En el bicentenario cubano: La sublevación de los esclavos del Este de la Habana

Muy conocida en la historiografía nacional, la Sublevación de Aponte tuvo su reflejo en el Este de nuestra Capital: Hoy día el recuerdo de aquellos sitios y momentos históricos se esconde entre la maleza...
En el bicentenario cubano: La sublevación de los esclavos del Este de la Habana
Por Mario J. González Martín

El 15 de marzo de 1812 es un hito de singular importancia en la historia Cuba. En esa fecha, hace doscientos años, tomó cuerpo insurreccional una de las primeras conspiraciones de negros y mulatos que habían adquirido una visión de sí mismos, conformada e influida por su participación activa en los cambios de una época en revolución. Estos precursores intentaron esbozar un proyecto de emancipación social y política, que tenía en su centro la abolición de la esclavitud y la independencia frente a la metrópoli española. Recogían el imaginario heroico de las tradiciones combativas de las milicias de pardos y morenos participantes en la defensa y resistencia frente al ataque y toma de La Habana por los ingleses en 1762, la participación en las batallas de la independencia de los Estados Unidos, y las frecuentes guerras coloniales.

Como consecuencia de lo que se reveló entonces como la Conspiración de Aponte, ocurrió la toma e incendio del ingenio Nuestra Señora del Carmen y San Joseph o “Peñas Altas”, en el Partido de Guanabo, al noreste de La Habana, y el intento de levantar en armas a la vecina hacienda azucarera Santa Ana y San Juan de Dios, ubicada en “los Sitios de Santa Ana”, lugar que hoy se conoce como Tumba Cuatro. Los principales líderes de este movimiento fueron José Antonio Aponte y sus lugartenientes Clemente Chacón, Salvador Ternero y Juan Bautista Lisundia.

Los hechos

Un día antes, el 14 de marzo, los dos jefes protagonistas de las acciones armadas: Juan Bautista Lisundia y Juan Babier, junto al mulato Estanislao Aguilar, habían preparado las condiciones para ejecutar la sublevación desde el cercano ingenio San Gabriel de Tivo-Tivo, contiguo al centro del Corral Guanabo de Abajo, donde hoy se erige el poblado de Campo Florido. Desde este lugar marcharon al ingenio “Santísima Trinidad” a celebrar un Tambor, en esta ceremonia levantaron a parte de la dotación de esclavos, con los que emprendieron el asalto y quema del Ingenio Peñas Altas.

La partida de alrededor de dos decenas de hombres armados, luego de dar fuego a las instalaciones del Peñas Altas y machetear a los moradores blancos que residían en el mismo, se dirigieron al el Ingenio Santa Ana con igual propósito; pero fueron contenidos a medio camino entre ambas haciendas por una milicia organizada por el mayoral de este último ingenio, Antonio Orihuela, compuesta por pobladores blancos de la cercana comarca y esclavos de la propia dotación del Santa Ana, conminados a traicionar a los suyos por la prédica del párroco del pueblo de Guanabo Manuel Donoso, quien se había trasladado al lugar.

La supremacía en hombres y armas de la partida del mayoral, contuvo y dispersó el intento rebelde. Luego llegaron tropas armadas que culminaron las acciones represivas, redujeron al resto de los insurgentes esclavos refugiados en los montes cercanos y los condujeron junto a otros implicados a la capital.

Estos hechos por sí solos, no pasarían de ser una rebelión más, entre las muchas que antes y después de esa fecha protagonizaron esclavos y descendientes libres como forma de lucha, si no fuera por la connotación que tenían dentro del plan conspirativo dirigido desde la capital por José Antonio Aponte y Ulabarra. En la estrategia de Aponte, la insurrección armada de esclavos de los ingenios, era el factor de integración entre el grupo social más explotado y mayoritario – el negro recluido en la plantación azucarera - y la propuesta separatista de los mulatos y negros libres de la ciudad, que aspiraban a una revolución inspirada en el ejemplo haitiano.
 
También habían trabajado los conspiradores  para sumar a esclavos urbanos en acciones dentro de las casas señoriales de la ciudad. La idea era la de neutralizar el día señalado para la insurrección en la capital, a sus amos y otros servidores que le fuesen fieles, haciéndose de las armas. Esta parte del plan conspirativo se promovió fundamentalmente a través de las relaciones entre conductores de carruajes, libres y esclavos, –quienes tenían un estatus relativo de privilegios –, pero en la práctica no dio los resultados esperados, y fue incluso por la vía que la conspiración fue delatada con antelación.

Juan Babier

En las acciones de los días 14 y 15 de marzo, tuvo un protagonismo sustantivo Juan Babier, quien compartía con Aponte, en la capital de la Isla, - y con Hilario Herrera “el inglés” en la zona de Puerto Príncipe-, el propósito de concertación entre las intenciones libertarias generadas en tierras cubanas, y los acontecimientos conspirativos emancipadores que se expandían por el norte y sur de América, y en el Caribe tenían su vórtice difusor en la Revolución de Haití.

Juan Babier era de origen congo igual que Clemente Chacón, y fue presentado por este a Aponte como un emisario enviado del rey negro de Santo Domingo, Henri Christophe, para auxiliar y promover el levantamiento. Durante  el tiempo en el que se preparó el complot, aprovechó su procedencia de Charleston, para construir una relación conspirativa con otros esclavos o negros libres llegados desde las plantaciones sureñas de los Estados Unidos que habitaban cerca, o formaban parte de las dotaciones de los ingenios a insurreccionar.

Babier, fue la clave de la concertación entre los principales complotados locales, con el brigadier negro de origen dominicano Gil Narciso que combatió a los franceses de Santo Domingo bajo las banderas del Ejército Real Español. Narciso y sus oficiales y tropa, estaban en esos momentos de paso en La Habana, aislados en Casa Blanca.  

El secreto conspirativo y fraternal, que sirvió de logia a estas concertaciones para proteger a sus principales líderes, nunca ha podido ser revelado documentalmente, ni siquiera desde los severos interrogatorios a que fueron sometidos los cubanos y los militares dominicanos; quienes, siempre negaron su relación con la conspiración y el conocimiento de este enlace, aunque los hechos apuntaban a lo contrario.

A Juan Babier lo encontramos en la víspera del alzamiento, en el Ingenio Tivo Tivo, en el bohío de María Sixta -conocida como la morena “inglesa” por su procedencia estadounidense-. Barbier se viste con una casaca que previamente había ocultado en el lugar, con el propósito de encarnar la figura del fallecido general de las huestes negras dominicanas Jean François, que años atrás había sido el jefe de Gil Narciso.
 
Desde la jerarquía militar que autoasumió Babier, convocó a la revolución, con una danza africana cuyos tambores ejecutaba Juan Bautista Lisundia.  Arengó a los esclavos del Ingenio Trinidad a marchar sobre el Peñas Altas, y para ello  invocó la ayuda de sus orichas y la que pensaba recibirían de las tropas dominicanas acuarteladas en La Habana y desde de Haití. Según afirmaba Babier, en la vecina isla existían miles de hombres dispuestos a socorrer a los alzados en Cuba.

Juan B. Lizundia

El otro capitán de Aponte entre los sublevados era Juan B. Lizundia. El liderazgo que ejerció Lisundia sobre los esclavos que se sumaron a la revuelta tenía un carácter diferente al de Babier y no descansaba en los prestigios de los insurrectos antillanos.  Revelaba la principal arista conspirativa de los dirigentes de la conspitación, la que los relacionaba por los mutuos vínculos sociales: el nacimiento criollo, el origen de clase y la hermandad religiosa.

Lisundia era un negro criollo de primera generación, hijo de Clemente Chacón negro congo libre, soldado del Batallón de Morenos en el que Aponte fue cabo. Se conocía  que oficiaba con jerarquía religiosa – Tocador de Tambores – entre los negros congos que trabajaban en las canteras de la ciudad.
 
La ascendencia de Lisundia se basaba en su origen familiar que los vinculaba con  las dotaciones de esclavos de los hacendados con iguales nombres, dueños de ingenios y tierras en los sitios donde se desataron los hechos armados. También con quienes habían compartido ellos y sus ancestros, las trincheras militares en acciones de guerra en defensa del terruño local.

Si se parte de la información que nos aportan los apellidos de los principales complotados negros (Chacón el ex esclavo padre y Lisundia, el hijo de esclavo libre; incluso Aponte) y del conocimiento de las familias de dueños de esclavos a los que pertenecían las propiedades y las dotaciones que se insurreccionan, podemos  conjeturar por qué fue en el Este de La Habana, y no en otro sitio, donde los conspiradores convocaron a la rebelión. Se trata de que el accionar conspirativo de estos activistas revolucionarios estaba facilitado por las redes de sustentación filial en las  cuales se habían educado y construido sus proyectos de vida.

De ahí la preeminencia del plan de llamar a las armas a las dotaciones de estas plantaciones levantadas en una de las zonas de mayor concentración de la explotación del trabajo esclavo en la producción azucarera de entonces pero también donde tenían los lugartenientes de Aponte -negros y mulatos libres- y él mismo, su base de procedencia y relaciones familiares esclavas de las cuales provenían y a la vez desde donde habían conformado su accionar y su imaginario épico militar como miembros de milicias armadas exitosas en acciones de guerra, que les servían de inspiración ideológica para enfrentar el reto de revolucionar el sistema de dominación.

Salvador Ternero y Clemente Chacón

La actividad de Salvador Ternero, se enlazaba con Clemente Chacón, para aportar al grupo de conjurados su influencia sobre los negros y mulatos citadinos que serían llamados a la insurrección en el marco de la ciudad. Ternero como capataz del Cabildo Mina Guaguí, era uno de los líderes negros locales más reconocidos entre sus congéneres. Ternero era tenido por  "revoltoso" por las autoridades coloniales, y ya  había guardado prisión tras su participación en el motín anti francés de 1808.

Ternero fue uno de los conjurados que había tomado relación directa con los militares dominicanos de paso por La Habana y conjugaba este papel con su experiencia militar como miliciano de la 5ta. Compañía del Batallón de Morenos Leales. En el plan conspirativo general estaba encargado de las acciones urbanas contra el Cuartel de Dragones.  Clemente Chacón sería el responsable de atacar el Castillo de Atarés.

Como Aponte, Ternero y Chacón eran depositarios de un sólido prestigio social, ganado desde los reductos gremiales del artesanado urbano de negros y mulatos libres. El primero: era carpintero y artista; el segundo aserrador y el tercero zapatero y pulpero, pero también con declarada influencia entre los canteros-constructores de la Ciudad.

Ellos habían logrado superar las diferencias de origen que dividían a los negros de acuerdo al lugar de procedencia africana. Aponte era lucumí; Chacón, congo y Ternero, mina, y cada cual había aportado a la causa común no solo su experiencia de hombres maduros que rebasaban la cuarta década de vida y que habían vivido de forma activa la convulsos cambios políticos y económicos que transformaban a Cuba, pero también a las metrópolis y a los otros territorios coloniales americanos durante el transcurso de esos años.

A su ideario transformador de la realidad estos dirigentes de la conspiración habían incorporado el conocimiento del poder de convocatoria dentro de sus semejantes, por la autoridad religiosa sedimentada en sus creencias ancestrales transculturadas con la fe católica. En ello era definitiva la pertenencia y jerarquía a las cofradías y cabildos de nación. Aponte como cófrade de los carpinteros negros de San Joseph en el Convento de San Francisco, y Ternero como capataz del Cabildo de La Nación Mina Guagui, cuya sede fue también centro de la conspiración.  

Aponte, el líder histórico

Aponte y sus sus lugartenientes Hilario Herrera, Francisco Javier Pacheco, Clemente Chacón, Salvador Ternero, Juan Barbier, José del Carmen Peñalver y Juan Bautista Lisundia, fueron apresados por las autoridades colonialistas días después de los acontecimientos de Peñas Altas, y ahorcados el 9 de abril de 1812. Sus cabezas se colgaron públicamente en la capital como escarmiento.

José Antonio Aponte aparece en la historia como la figura central de la insurrección que se inició el 15 de marzo de 1812, su figura ha asumido ribetes de leyenda popular. A este primer jefe popular revolucionario la historiografía le ha dedicado una justa y creciente atención. En estos días de bicentenario volveremos sobre su labor conspirativa.

Bibliografía Utilizada.

•    Barcia, Ma. Del Carmen. Los ilustres apellidos: negros en la Habana colonial. Editorial Ciencias Sociales, Ciudad de la Habana, 2009.
•    Cornide Hernández, María Teresa. De la Havana, de siglos y de familias. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2008.
•    Franco, José Luciano. Las conspiraciones de 1810 y 1812. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1977.
•    García, Gloria. Conspiraciones y Revueltas. Editorial Oriente. Santiago de Cuba, 2003.
•    García Rodríguez, Mercedes. Entre haciendas y plantaciones. Editorial Ciencias Sociales, La Habana 2007
•    González Martin, Mario J. Evolución y desarrollo de la Industria azucarera en el este de La Habana. El eje productivo Guanabo-Rio Blanco-Canasí. Museo Municipal de La Habana del Este. Trabajo Mecanografiado. 1981.
•    Torres Cuevas, Eduardo. Historia de la masonería cubana. Imagen contemporánea, La Habana 2005.

*Miembro de la UNHIC, especialista en la Historia de La Habana