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miércoles, 25 de febrero de 2015

Entre amigos, con Una gota de rojo


Café Teatro Una Gota de Rojo
 Por Teatro del Puerto

Anoche comenzó  la quinta  temporada del Café Teatro Una Gota de Rojo, a cargo  de  Teatro  del  Puerto,  coordinado  por  Mala  Vista  Producciones  y auspiciado  por  la  Asociación  Hermanos  Saíz  de  La  Habana. 

 El  abundante público que respondió a  la  invitación, disfrutó de un espectáculo  itinerante que ocupó cinco espacios de La Madriguera, incluido un final con descarga, música y conversación entre amigos en el Café Paria.

 Como invitado especial tuvimos  al  bajista  y  compositor  búlgaro-canadiense  Ivaylo  Valtchev, acompañado  por  el  percusionista  cubano  Roldán  Ross.  Las  anfitrionas  del espacio  fueron  las actrices Gina Caro, Yilian Fernández y Anabel Plá,  todos bajo la dirección de Milva Benítez Reinoso:

















miércoles, 24 de septiembre de 2014

Buena Fé: Despejando dudas en dos excelentes entrevistas


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“Yo no sé con quién voy a quedar bien, pero sí sé con quién no quiero quedar mal”.

La pasada noche, justo antes de comenzar un maravilloso concierto dedicado al destacado intelectual cubano Julio Fernández Bulté, y al cine cubano, Israel Rojas Fiel, Director de la popular agrupación Buena Fe, tuvo un encuentro íntimo con algunos periodistas y blogueros, justo minutos antes de comenzar su actuación en el teatro Lázaro Peña.

En esta ocasión, a manera de conversatorio el cantante hizo un breve recorrido sobre los actuales acontecimientos que vive la agrupación bajo presiones y amenazas de grupos radicales e intolerantes desde Miami, quienes se han encargado de enrarecer la llegada y pacífico desempeño de la actuación del grupo en el marco del intercambio cultural Cuba-EE:UU.

Sobre esta situación, y precisamente porque uno de los reproches que la ultraderecha miamense esgrime contra Buena Fe es tacharlos de comunistas, supuse que saber de primera mano su posición sería una interesante oportunidad para sellar el asunto.

Carlos Alberto Pérez: Israel, estamos viendo en las redes sociales una serie de fotografías de gente con carteles que dicen “Buena Fe comunistas”. Vamos a hacer un ensayo aquí: ¿es Buena Fe comunista? ¿Qué tiene preparado Buena Fe para dar como respuesta allá e Miami? Esa es la primera pregunta. La segunda tiene que ver con Ricardo Arjona, quien sabemos que desde hace algún tiempo está colaborando con ustedes. ¿Va a haber alguna sorpresa en el concierto de Miami? ¿Se va a aparecer él por allí, que sabemos le gusta tanto el mercado aquel?

Israel Rojas Fiel: Bueno a ver, voy a empezar por la segunda. Arjona está de gira por Chile, Argentina, por el Sur. De hecho, ayer mismo nos mandamos un par de mails donde yo le comentaba que precisamente iba a estar en Miami, por si él estaba por allá vernos, pues tenemos compromisos discográficos juntos y me contestó que no, que estaba trabajando para aquella zona.

Sobre si somos comunistas o no yo les diría lo mismo que dice Calle 13. Calle 13 dice “cada vez que me dicen comunista yo pienso ¿y tú?”. Es decir, si ser comunista es algo malo ¿ser capitalista es algo bueno? Yo les diría eso.

Yo creo que tengo una formación comunista, y verdaderamente en muchas cosas siento serlo. Hay otras en las que lamentablemente he visto tanta gente que dice ser comunista y hace cosas tan horribles que a veces me apena, pero yo sí sé a dónde voy y con quién no quiero quedar mal. Yo no sé con quién voy a quedar bien, pero sí sé con quién no quiero quedar mal; y no quiero quedar mal con mi abuelo que lo alfabetizó la revolución, no quiero quedar mal con mis padres, con mis hijos. Yo quisiera que mis hijos no se fueran del país, ¿para qué te voy a engañar? Yo quiero que canten el himno de Bayamo y no el himno de Ecuador, ni el de Estados Unidos…Y sé que estamos jodidos fíjate. Fíjate si estamos jodidos que Silvio acaba de decir que “a veces ya no encuentra motivos para cantarle a la esperanza”, y con eso me la puso difícil, porque yo tenía un canción precisamente que decía que a mí me hubiese gustado nacer en la época de la esperanza, en la década de los 80, o de aquellos 70 maravillosos, terribles por un lado pero maravillosos por otro. En aquel momento en que todo el mundo halaba parejo y que no teníamos nada, pero teníamos todo. En el que todos nos creíamos que sí, que sí se podía. Me hubiese encantado haber nacido en aquel tiempo y no haber tenido dudas, y cantar aquellas canciones, pero me tocó cantar en esta época, la de la incertidumbre, la de la neblina, pero dentro de la neblina y la incertidumbre yo quiero que me cojan en el barco, aunque el barco salga todo hecho leñas. Yo soy de los que no va a abandonar el barco. Voy a estar aquí bajo lluvia, sol o sereno, porque además yo me creo el cuento de Elpidio Valdés, que ayer mismo estaba viéndolo con mi hijita. Yo me creo que soy de esos mambises, que todavía vale la pena pelear. No me voy a meter a rayadillo ni aunque me lo ofrezcan, ni aunque parezca bueno.

CAP: Y nosotros te agradecemos por eso.

IRF: Gracias.

Publicado en La Chiringa de Cuba

Y la 2da:

Israel Rojas: “Corres siempre la suerte de tu país”

LA HABANA. Si uno se asomaba este domingo por entre la balaustrada de la casona de 17 y D podía, además de oír, ver. Era un palco de “llega y pon” en plena acera en el que algunos se quedaron buen rato con la nariz entrometida y la frente apoyada sobre la piedra limítrofe; mirando, reconociendo, apropiándose del momento menos glamoroso de una banda: cuando ensayar un tema se puede volver una letanía. 

La música inundaba el barrio, y ya desde la calle 15 se podían reconocer las melodías de Buena Fe y la voz gentil de Israel Rojas, el líder de esta agrupación; un joven que parece dispuesto a discursar sobre Cuba todo el tiempo. 

Maldita culpa. Llego y están precisamente escarbando en la culpa. Suenan el piano y la batería. Se oye a Israel: “Si corre el llanto // si no resulta, // lo que me jode,// lo que me insulta //…que la culpa //la maldita culpa //no la tiene nadie.” Y uno llena de culpables metafóricos, probables, innombrables, ese estribillo. Oírlo ahí, de primera mano, enardece. 

Al fin termina el ensayo y llega mi turno. Le pregunto si sigue Progreso Semanal y me sorprende con un sí tan inmediato que me animo a pedir recomendaciones de lector interesado. Hemos pactado una conversación sobre Miami y el nuevo concierto que preparan  para el 18 de septiembre en esa ciudad. Y cae todo junto como un torrente.

Israel Rojas: En Miami, aun cuando han cambiado algunas variables desde el punto de vista demográfico, y demográfico-político, la tendencia al “no me importa” es muy fuerte. La gente se va de Cuba pensando que sus carencias materiales se deben a la política y luego se desentienden de la política, hasta que les vuelve a llamar a la puerta. Pero mientras tanto no quieren participar, no quieren militar, no les importa. Están tan asqueados, tan atormentados, que no quieren saber nada de eso. Pero lamentablemente esa posición es un paso de avance si uno la compara con la tradicional postura de irse y convertirse en un enemigo de los procesos que se han vivido en este país. Irse y no querer saber nada ni de aquí ni de allá es lamentablemente un doloroso paso de avance. Es como venir de los números negativos al cero y ojalá que de ahí al “me importa un poco”.

Milena Recio: O sea, ¿te parece mejor la opción del apoliticismo que la de militar en contra de Cuba con una actitud acérrima como lo hicieron otras generaciones de migrantes en el pasado?

IR: Sí lo creo. Y por eso lo que le pasa a Progreso Semanal es que tiene que andar con unos contenidos muy alternativos, porque pretende encender el interés político desde allí sin extremismos. Progreso Semanal la tiene muy difícil porque en Miami el razonamiento más aceptado socialmente es “si te importa tanto aquello, regresa”. Y a eso algunas personas responden: –No, este es mi lugar, aquí quiero vivir, me siento bien aquí; pero eso no significa que no me importe lo que está pasando aquí en Miami y allá en Cuba, y quiero ser un ser humano racional que piense, que analice, que avance en función de lograr un puente, un objetivo.

Yo creo que Progreso Semanal tendrá que aprender mucho en materia de seducción, pero no pueden perder el rumbo que llevan; es una luz en función de lograr un cubanoamericanismo constructivo.

MR: ¿Qué sería un “cubanoamericanismo constructivo”?

IR: Sería alguien que tiene sus raíces en Cuba, que respeta profundamente a su país, respeta las decisiones que toman los cubanos que no son cubanoamericanos y que en consecuencia con eso tiende puentes; sabe que solamente respetando podrá ser respetado. Un cubanoamericanismo constructivo, según mi humilde juicio, sirviría además para construir una comunidad que tenga una voz identitaria dentro de Estados Unidos. Alguien podría decir que ya la tienen, pero yo digo que no es verdadera. Es prefabricada debido a una coyuntura sociopolítica que ya está cambiando. En el futuro, el peso político de la comunidad cubana podría ser similar al de otras comunidades como la dominicana. Y probablemente va a ser tragada, engullida, por comunidades más fuertes y numerosas como la mexicana, por ejemplo. 

Entonces ese cubanoamericanismo constructivo tiene que buscar las raíces y los puentes, zafarse de la Cuba que fue antes del ´59. Cuando un cubanoamericano siente con orgullo los logros de nuestros atletas, de nuestros artistas, de un político –¿por qué no?–, de cualquier cubano que haga algo extraordinario, es un paso de avance. El cubanoamericanismo anclado en el pasado y en el estribillo de que hemos vivido durante tantos años en una dictadura férrea, horrible, desgraciada, maldita, es como decir que los cubanos somos unos cobardes carneros por haberla tolerado. 

Siempre siento como una ofensa ese tipo de frases, porque yo no soy un cobarde; soy un hombre feliz; fui a la universidad, soy culto –aunque pueda seguir cultivándome–; tengo sueños y he realizado muchos de mis sueños y he visto realizar los de mi familia; tengo una participación política activa; voy a los 1º de mayo no porque me obliguen sino porque lo siento, porque me encanta, porque es una fiesta. O sea cada vez que alguien me tira en la cara ese pastel, yo sencillamente le respondo que me está irrespetando.

MR: Pero para lograr ese cubanoamericanismo activo, militante, de nuevo signo que tú estás postulando, ¿no sería necesario que también esa comunidad cubana pudiera participar de una manera más activa en los destinos de Cuba, del país nuclear?

IR: Sería maravilloso…

MR: ¿No sería imprescindible?

IR: ¿Cómo te lo digo con el corazón en la mano? Sería lo ideal. Pero ya sabemos que lo óptimo no siempre es lo práctico. Mientras se mantenga la histórica animadversión del gobierno de Estados Unidos, de sus clases dominantes, en su propósito de regir y dominar los destinos de este país, habrá muchos obstáculos.

MR: ¿Es posible que el gobierno cubano, el de hoy y el del futuro mediato pueda aliarse con su comunidad para establecer lazos más poderosos en función de consagrar esa idea de un cubanoamericanismo pro Cuba?

IR: Yo creo que todavía falta mucho por hacer en materia de riesgos políticos. Esa tarea le toca a nuestros políticos de hoy: saber apreciar cuáles son –lo digo en términos musicales– los plugs que le van faltando a la Patria, para crearlos; para que el que tenga el conector se pueda conectar a Cuba. Yo digo, por ejemplo, que es lamentable que a nadie se le haya ocurrido aún crear una organización, una sola, que tenga como miembros activos con pleno derecho a los de adentro y a los de afuera.

Mira, estamos en la sede de la Sociedad Cultural “José Martí”. El día que cubanos de Cuba, de Japón o de Barcelona puedan ser miembros…, ese día, vamos a empezar a dar pasos de avance porque se pueden canalizar esas inquietudes, con vínculos muchos más engrasados, más directos, más coaxiales, entre la gente. Yo creo que estamos obligados a eso.
 ¿Sabes por qué? Son cada día más los cubanos jóvenes que emigran. Perdemos un potencial enorme si Cuba no cultiva las maneras de aprovechar la relación con esos muchachos que han decidido residir en otro lugar. Ya sabemos que la motivación migratoria principal es económica, pero la vida no se detiene. La gente cuando llega comienza a tener otras motivaciones que pueden mutar o evolucionar hacia intereses políticos, a preguntarse por qué en el país no se hace esto o aquello. Y además, por qué no aprovechar también experiencias positivas que el cubano emigrado aprende en otros países: de administración, tecnológicas, de innovación, de nuevas formas de organización social que pueden ser provechosas para nuesta realidad. Nosotros los cubanos no nos las sabemos todas. Hay mucho que aprender.

Si tú miras la relación de Ecuador y el gobierno de Correa con su emigración, es un ejemplo de lo que podría ser en el futuro la relación de Cuba con su emigración. En Cuba se ha hecho mucho, y yo no creo que no haya voluntad de seguir haciendo más. Pero lamentablemente –te lo digo con dolor– mientras exista esa hostilidad por parte del país receptor (Estados Unidos), esa voluntad manifiesta, expresa, legal (porque es una hostilidad legalizada), es muy difícil hacerlo.

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MR: ¿Y la comunidad cubana en Miami y en Estados Unidos podría participar en la demolición de ese status de relación entre los dos países?

IR: En sus manos está. Eso no está en las manos de los cubanos de Cuba. Nosotros podemos apoyar resistiendo, apoyando las causas justas del mundo; podemos aprovechar la multipolaridad que está tomando el mundo, para desarrollarnos. Pero que cambie más rápido está en las manos de los cubanos que ya están allá y que mañana serán ciudadanos norteamericanos y tendrán voz y voto. Si alguien que hoy vive en Estados Unidos me pregunta qué maneras tiene de ser patriota, yo le diría: –Ejerce el voto; hazte ciudadano y ejerce el voto. Tú puedes apoyar una tendencia distinta. Tú puedes decir: –No quiero apoyar el bloqueo, no quiero apoyar los actos de hostilidad; quiero cuestionarme por qué la USAID quiere venir con una sonrisa en los labios y con un puñal detrás; por qué puñeta se mantiene una situación hostil para con Cuba que no se repite –aunque se esgrimen las mismas justificaciones– con Arabia Saudita, o con China o con Viet Nam. O sea, está en ellos. Está en ellos informarse, ejercer esa voluntad. No es fácil; es muy difícil. ¿Tiene muchas variables? Las tiene. Pero yo creo que esa es la manera.

MR: Cuando ustedes salieron de Guantánamo, cuando todavía cantaban “Guantanamero” en 2000 o 2001, ¿pensabas alguna vez en ir a actuar a Miami?

IR: Jamás. Mira cuando uno comienza en esta carrera, uno está como pescado en nevera: con muchos sueños pero con los ojos abiertos y sin saber cómo funciona. Dentro de esos sueños está ganarse un Grammy, estar en los grandes espectáculos, llenar un stadium. Luego cuando uno se mete bien en este negocio y comprende su ABC se da cuenta de que si no está en esos circuitos muy mediáticos, muy de lentejuelas, cuesta mucho trabajo llegar a hacer eso. Los cubanos que lo han logrado casi todos doblan la curva de los 60 años. Y a uno le encantaría poder hacerlo joven, como un puertorriqueño, como un mexicano… Eso para un cubano que vive en Cuba es un sueño erróneo, es un sueño que si te tomas a pecho estás destinado a frustrarte. Lo mejor es soñar con otros caminos, con otras alternativas; con disfrutar cada concierto, tratar de llenar las plazas en Cuba y fuera de Cuba con los que te quieran oír. Uno quiere llegar a todo el mundo. No solo a las personas de izquierda, solidarias, que suelen seguirnos, que van por motivaciones políticas; sino también a aquellos que, siendo no tan politizados o de derecha, tampoco quieren que jueguen con su soledad, o se enamoran, sueñan, y comparten con nosotros algunas inquietudes humanas. Eso desde Cuba es una quimera, tal como funciona hoy.

MR: Por estar fuera del mercado musical…

IR: Y por las políticas de bloqueo, por las políticas de aislamiento, por la agresividad contra nuestro país… Corres siempre la suerte de tu país. Cuando descubrí eso permuté de quimeras. Me fijé sueños más realizables, menos frustrantes, que me permitieran hacer llevadero este trabajo tan divertido pero también tan esclavizante –siempre lejos de tu familia. Entonces mi Grammy está en el teatro Karl Marx, cuando la gente sale del concierto con los ojos agua´os, o salen contentos; cuando los pusiste de pie en un tema que tú específicamente querías que se lo llevaran a la casa y tú ves luego el feed back… Ese es mi Grammy.

MR: ¿Tu Grammy está también en llenar el Miami Dade County Auditorium?

IR: Sí, como ha pasado. Cuando pudimos ya llegar a Estados Unidos y descubrimos que había un público que se había llevado nuestra música desde Cuba, y que había contagiado a otros que no nos conocían y les pareció chévere el trabajo –no importa cuál fuera su signo político– y fueron a los conciertos, y lo disfrutaron… Esos son los premios que uno se lleva a la tumba.

Aquel primer concierto en el Teatro Artime… Hubo aquí alguna gente que se puso molesta porque tocamos en un teatro que tenía por nombre Manuel Artime, y yo te voy a ser honesto, yo ni sabía quién era, me enteré después. Y si me preguntaran les diría que para mi fue un orgullo tocar en ese recinto, no importa cómo se llamara. Por lo que pasó en ese concierto… Los que fueron allí -aunque luego nos odien porque luego descubrieron que nuestros postulados políticos son definitivamente revolucionarios y eso les molestó-, ese día se fueron felices. Ese día nosotros logramos que fueran felices, que se sintieran contentos, inspirados; aquellas canciones hicieron de ese lugar un trocito de Cuba. Y eso para uno es algo maravilloso.

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MR: ¿Se volvió a repetir esa experiencia en Miami las próximas veces?

IR: Se volvió a repetir en el Miami Dade County Auditorium. La última vez que estuvimos sí fue una experiencia espectacular.

MR: ¿Es lo mismo que esperan para el 18 de septiembre?

IR: Queremos incluso hacer más. Porque queremos llevar un espectáculo que hicimos aquí hace tres años, que consiste en un homenaje al cine cubano a través de la música de Buena Fe. A partir de aquellas imágenes que nos acompañan siempre. ¡Coño te vas a morir y esas imágenes te van a acompañar! El grito de Luis Alberto García en Clandestinos –“Miralles, te la entrego viva, ¡está viva!…”–; las frases cómicas de Juan Padrón en Vampiros en La Habana; Miravalles cayéndole atrás a la vaca “Campanaaaa”…; o esa escena del joven Martí en El ojo del Canario, en que durante el juicio grita “Viva Cuba Libre”…

Debe ser un concierto hermoso, emocional, que nos hermane a todos desde la cultura, desde el cine… Comienza con “Cuba Va”, como un homenaje al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, y a partir de ahí va viajando por diferentes momentos del cine cubano a partir de canciones de Buena Fe. Eso ya lo hicimos aquí en Cuba donde las nostalgias son más de épocas que territoriales o de ambientes, y fue muy hermoso. Y se nos ocurrió que si lo hacíamos en un lugar como Miami donde las nostalgias están a flor de piel, deberá develar una cosa mágica. Yo sé que el 18 de septiembre, que es jueves, no es un buen día para hacer conciertos, que la crisis económica…; pero algo me dice que los que vayan a ese concierto se van a ir diciendo que menos mal que fueron…Y estoy muy contento con eso.

MR: Hay personas en Miami que viven queriendo tender puentes pero otras mantienen el rencor. Están dolidos, fueron maltratados, pasaron por situaciones muy duras en su vida debido a las políticas tanto de Cuba como de Estados Unidos… Mantienen una zona de no perdón ¿Qué tú le dirías a esas personas?

IR: En primer lugar les diría que les respeto su dolor. Hace poco yo conversaba con unos amigos, y les decía: –Tú te imaginas ahora que el país está permitiendo esto de los negocios privados, paladares, y esas cosas, si volviera una “ofensiva revolucionaria”… Hay gente que tenía su “paladar” (su negocio) y se fueron de Cuba porque se lo quitaron. Imagínate si esa gente lo heredaron de sus abuelos, de sus padres y justo cuando triunfa la Revolución en la que pusieron todas sus expectativas, un día perdieron su negocio familiar –que la vida demostró que además le era útil a la Patria. Ese es un pequeño ejemplo. A esa gente que no malversó, que no pisoteó a su pueblo, que no puso una bomba, yo, no solamente les respeto su dolor, sino que me solidarizo cien por ciento con ellos.

MR: ¿Y cómo podrían ser reparados?

IR: Yo no sé si algún día haya una cura para tanto dolor, una cura efectiva, una cura legal. Ojalá, te lo juro. Pero ya sabemos que la vida no es siempre es justa. No siempre te ama quien tú quieres que te ame, no siempre los hijos te salen como tú los diseñaste en tu cabeza, no siempre la salud te acompaña como tú quisieras y no por eso uno deja de vivir. Uno sigue avanzando, sigue amando a los hijos como salieron, sigue amando su cuerpo aunque te falte un pedazo porque lamentablemente el cáncer te mordió o un accidente te lo quitó. No hay manera de seguir adelante como no sea cultivando amor, apostando por lo positivo, tratando en lo posible de dejar atrás rencores, heridas y tratar de aprovecharlas para enriquecerse uno. Tomar la experiencia y avanzar hacia el amor, hacia el futuro, hacia la concordia, la misericordia. Les podría decir también ¿qué sería de este pueblo si nosotros nos quedamos anclados en el dolor profundo del atentado contra el avión cubano en Barbados o del profundísimo dolor que ha creado el bloqueo contra Cuba? ¿Qué sería de nosotros?

Mira, a mi me encanta la pelota y pienso en esto que han hecho de que no permiten que los atletas cubanos jueguen en la liga mexicana que fue algo hecho ex profeso, pa´ joder… Si yo me aparezco en un stadium a tirarle un huevo a un jugador de Estados Unidos, un muchacho que no tiene culpa por llevar el nombre de su país en el pecho… ¿Qué sería? Así la vida no tiene sentido. En Cuba hay ya una generación que entiende eso y que practica el perdón. Habría que preguntarles a algunas personas que viven en Estados Unidos si entienden nuestro dolor y si están dispuestos a practicar esa voluntad de acercamiento, de diálogo, de perdón. Solamente cuando seamos capaces de saldar esas deudas estaremos listos espiritualmente, que es lo fundamental.

MR: ¿Qué esperas de la prensa de Miami en este regreso?

IR: No espero nada. Nosotros manejamos nuestra propia prensa por Facebook. Trabajamos con nuestro sitio y corremos nuestros riesgos. Como ya aprendí que nunca seremos todo lo libres que queremos porque siempre seremos manipulables, aquí y allá… Aquí en Cuba un medio digital, muy leído, tratando de dar peso a su línea editorial nos manipuló de una manera que nos hizo mucho daño. Las razones ya las he explicado. Me ha pasado en Cuba. ¿Qué no me habrá pasado en Miami? Con lo de las Damas de Blanco y aquello de la “puñetera”, con que soy un oficialista, que si soy castrista, que no sé qué… De la prensa establecida de Miami, no espero nada. De Progreso Semanal espero que publique esta entrevista.
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Fotografía: Gabriel Dávalos
Progreso Semanal/ Weekly autoriza la reproducción total o parcial de los artículos de nuestros periodistas siempre y cuando se identifique la fuente y el autor.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Silvio Rodríguez: La única forma de convivir es que nos respetemos

Por Julio César Guanche*/Cartas Desde Cuba.-
Entrevista con Silvio Rodríguez
Silvio Rodríguez, el músico cubano que compuso la banda sonora de una época en América latina, tiene un lugar propio entre los grandes hitos de la cultura contemporánea. En el ambiente político cubano de los 60, siendo él un joven aprendiz de trovador, tenía fama de crítico. Hoy es un hombre maduro que no gusta ya de ofrecer grandes titulares a la prensa. En el lapso de estas décadas, ha compartido la canción de la trova con un género más polémico: la intervención política. Rodríguez hace tiempo sabe qué lugar ocupa y dónde quiere estar. Llega tranquilo a los escenarios, esparce un mazo de canciones insólitas, escucha a las personas pedirle temas que él ya no recuerda y se despide como si los aplausos le produjeran agobio. Quizás sea porque Silvio Rodríguez es un hombre tímido, que alguna vez pensó que podía vivir a solas con su guitarra. Sin embargo, a estas alturas no parece tener predilección por la vida bucólica, profiere todavía algún exabrupto y  no sabemos si se animará a contar aún sus historias no autorizadas. Por lo pronto, aquí asegura que le interesa sobre todo la posibilidad de ser sincero a la hora de hablar sobre política en Cuba.
Después del cierre del programa televisivo Mientras tanto, en el momento en que se forjaba cierto “mito negativo” sobre usted, Alfredo Guevara le llamó al ICAIC. A partir de allí surgiría la experiencia del Grupo de Experimentación Sonora. Imagino que el proyecto exigía coincidencias en valores, pero no unanimidad de criterios políticos para formar parte de esa experiencia. Si es así, ese suceso muestra una búsqueda política de importancia: le decía a los censores que se podía y se debía convivir entre diferencias. El resultado de aquel proyecto ha devenido fundamental para la cultura cubana contemporánea. ¿Cuánto ha cambiado la Cuba de entonces y la de ahora? Pensando en hoy, ¿cuáles cree que son las mejores maneras en que podemos convivir?

Antes de que Alfredo me llamara al ICAIC, debo decir que  Haydée nos abrió las puertas de Casa de las Américas. Por entonces yo estaba tomando conciencia de cómo era “la calle”, ya que desde los 17 hasta los 20 me los pasé en unidades militares. Mis criterios políticos eran revolucionarios, radicales, guevaristas, tercermundistas. Pero la realidad de la vida civil me puso los pies en la tierra con cierta brusquedad, aunque también con su fascinación. Un día eras un recluta del SMO* y al día siguiente estabas cantando ante las cámaras. Unos meses después te podían botar por decir algo que, aunque a ti te pareciera correcto, a otro se le antojaba indebido. Alrededor constantemente había congresos y eventos de cultura, salones de mayo, lo último del cine europeo, premios literarios al que venían grandes escritores. Simultáneamente se lanzaba una “Ofensiva revolucionaria”… El Grupo de Experimentación Sonora fue hijo de aquellos tiempos que a veces titulamos “la barbarie”. En realidad eran contradictorios, porque convivían una enorme compulsión social y expresiones exquisitas. Fue la época del florecimiento del cine cubano, del cartel, nació el Caimán Barbudo, Lezama escribió Paradiso… Creo que tanto entonces como ahora, la única forma de convivir es que nos respetemos. El respeto es un principio que, por supuesto, no todo el mundo entiende igual: generalmente los más fuertes tratan de imponer su punto de vista, más cuando existen intereses (ver el mundo). Yo siempre he esperado que avancemos hacia el entendimiento afuera y adentro, en todos los rincones de la vida.

Desconozco si a usted le gusta mirar deportes en la televisión cubana, aunque sé que ha dicho que fue un pésimo pelotero. Ahora, déjeme usar este tema solo como metáfora. Yasiel Puig, Yoennis Céspedes, Alexei Ramírez, Kendry Morales, como ahora seguramente lo será José Dariel Abreu, son grandes figuras de las grandes ligas de béisbol de los EE.UU. ¿Le gustaría verlos jugar sentado en la sala de su casa? Más, ¿le gustaría verlos jugar con el uniforme de Cuba en el próximo clásico mundial de béisbol? Pero le decía que era una metáfora, porque el tema es más amplio: ¿qué cree que sería más útil hacer en el futuro con ese tipo de distinciones, como los “de adentro y de afuera”, “glorias deportivas y desertores”, “revolucionarios y traidores”?

No soy muy “deportista”, lamentablemente, pero tengo amigos que sí lo son y los he escuchado. Más que estar de acuerdo, creo que era inevitable que Cuba se flexibilizara en este sentido. No sé si las medidas recientes, que ya suponen un avance, traigan otras en el futuro. Debo decir que espero que la apertura sea realmente eso y no una asimilación, o algo todavía más triste, como la compra de nuestro espíritu nacional. Estoy de acuerdo en que nuestros deportistas jueguen en todas partes y en que ganen lo que merecen ganar, pero que también se fortalezca nuestra bandera en el deporte.

Hoy existen en Cuba diversas discusiones, y experimentaciones en curso, en el campo económico que buscan combinar, no sin problemas, la propiedad estatal, la propiedad cooperativa y la propiedad privada. Le sugiero pensar en este problema, pero sobre el campo político. Recuerdo una frase suya: “Y, ¿quién coño le habrá dicho a ese que la Revolución es propiedad privada de nadie?”. Entonces, ¿cuál es para usted el tipo de “propiedad” más conveniente para participar de lo político?

Eso lo dije en una circunstancia especial, ante una injusticia. Me acababan de botar del país. Y lo dije porque la Revolución que yo abracé era inclusiva y llamaba al honor. Para mí estaba claro que sentir que mi país me pertenecía no era para agraviarlo sino para tratar de honrarlo. ¿Qué era dignificar entonces y qué lo es ahora? Básicamente lo mismo: ser sincero. Es decir, poderlo ser, no solo desde una posición de autoridad. Para participar de lo político probablemente no haya condición mejor que tener confianza para ser sincero, poder serlo cabalmente, aunque te equivoques.

Usted ha pasado mucho trabajo para terminar determinadas canciones, como “Rabo de nube”. La creación artística es siempre un acto complejo, como lo es la creación política. Se ha anunciado que Cuba tendrá, en un lapso no lejano, una nueva Constitución, o al menos una Constitución reformada, en lo que debería ser un ejemplo de acto complejo de creación política. Seguramente, componer “Rabo de nube”, como la canción extraordinaria que es, es más fácil que hacer una Constitución para un país. Ahora bien, ¿tiene alguna sugerencia para componer del mejor modo posible esta última?

Estuve años con la idea de esa canción porque no lograba concretarla, hasta que apareció una tarde, en México DF, quizá cuando menos la esperaba. Pero la política no depende de seres tan veleidosos como las musas, sino de factores que se entrelazan y presionan por aquí y por allá. Por supuesto que también hay trazados y perspectivas, principios e ideologías. Yo no soy un político y seguramente hago lecturas equivocadas de esos signos que nos muestran fragmentariamente lo que sucede. Seguirle la pista a lo cierto, a lo determinante, a veces puede ser confuso. Yo creo que, incluso los políticos, vivimos en cierta medida esperando. Ellos menos, por supuesto. Pero refiriéndonos a nuestra realidad específica, según yo la percibo, aún estamos en una fase muy cambiante o experimental, para redactar una nueva Constitución. Pertenezco a esa clase de cubanos que piensan que Martí es infinito. Así que creo que cuando haya una próxima Constitución, esta deberá seguir profundizando en las visiones de nuestro Apóstol.

Usted es una persona intranquila. Es también un gestor cultural. Ojalá es una de sus grandes ocupaciones. ¿Tiene en mente otros proyectos sociales en los que quisiera involucrarse en estos días en Cuba? ¿Aún quiere terminar sus días en San Antonio de los Baños?

No me creo tan intranquilo, pero sí he vivido ya unos cuantos años y eso, cuanto menos, acumula. Por ejemplo, mi obsesión por construir estudios se debió a que perdí canciones porque en aquellos tiempos no era fácil grabar. Hoy en día hasta con el teléfono se graba… Aún así veo que hay talentos atrapados por las leyes del comercio; la ignorancia acusa a la cultura de no vender. A mí me interesa lo valioso, no el reporte de ventas. Comprendo que hay que hacer sostenible toda la sociedad. Pero estoy a favor de lo que está sustentado por lo mejor del acervo cultural. Para que lo valioso sea sostenible hay que prestarle atención y promoverlo.

Uno de mis proyectos preferidos comenzó hace algo más tres años: conciertos en los barrios más afectados, sobre todo de la ciudad de La Habana. Hacemos dos presentaciones todos los meses, excepto en julio y en agosto, por el calor. Hace poco hicimos el concierto número 45. Le hemos puesto “La gira interminable”, porque queremos continuar. A Antonio Guerrero le encanta esto, e hizo unos pasteles de fotos que tomé a la gente en sus barrios. No son actos políticos, llevamos todo tipo de música y solo nos orienta nuestro sentido común (y cuando descubrimos algún barrio con más necesidades). Los trabajadores de Ojalá lo hacemos todo, con apoyo logístico de la empresa de giras de Cultura, y ya se nos han sumado artistas de muy variadas disciplinas.

No sé si quiera terminar mis días en San Antonio, pero desde hace años un grupo de amigos, todos de allí, estamos empeñados en hacer una Fundación para la conservación del Río Ariguanabo (que está destruido) y de sus bosques; también para influir culturalmente en el pueblo. Hemos pasado por todos los procesos; hemos elevado todas las cartas; nos han recibido todos los funcionarios y todos, muy sonrientes, nos han dicho que todo está “perfecto”. Lamentablemente es una “perfección” virtual, porque no se ha aprobado la Fundación. Incluso doné a este proyecto el premio ALBA cultural que me otorgaron en 2010. Pero todo ha sido inútil. Nadie parece tener lo que hay que tener para decirnos: “ya es legal la Fundación”.

¿Sigue haciendo, una vez al año, algo que no se puede hacer?
 
A veces ardo, pero siempre recuerdo al sabio que decía: “Ojo con los espejos, que la muerte presume”.

*Julio César Guanche, abogado, escritor, ensayista, investigador, profesor y editor cubano. Es profesor adjunto de la Universidad de La Habana. Desde 1998 hasta junio de 2001 laboró como director de la revista Alma Mater, órgano de la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba. Entre julio de 2001 y enero de 2006, trabajó en el Instituto Cubano del Libro, donde dirigió, entre otras, la editorial Ciencias Sociales.

Fuente: Martianos

viernes, 1 de noviembre de 2013

Algo sobre poemas y letras de canción


Por Luis Toledo Sande*

En una prestigiosa institución tuvo lugar, hará una década, un memorable foro que trató, entre otros temas del patrimonio cultural de nuestra América, la riqueza de la cancionística en la región. Animado por esa riqueza, que tanto nos honra, ¡y nos alegra!, alguien valoró los textos de las canciones y, defendiéndolos contra prejuicios elitistas o de similar carácter, sostuvo: “Son verdaderos poemas”.
Las generalizaciones suelen ser imprecisas, y alguien matizó: “Ni son ni tienen por qué ser poemas. Un poema puede funcionar bien como letra de canción, y una letra de canción puede tener altos valores poéticos; pero no son lo mismo. Grandes canciones se han escrito asimismo en nuestros países, y en otros. De los nuestros disfrutamos desde canciones clasificadas como líricas hasta el repertorio de Los Panchos; grandes boleros y diversas contribuciones de la trova, la ‘nueva’ y la ‘vieja’, ambas también con boleros en su haber”.
Pudo haber añadido que la canción es de tal poder de comunicación que, salvo quizás poetas de gran jerarquía literaria y afectiva, como José Martí o Antonio Machado, lo más probable es que, si un poema se musicaliza y la canción triunfa, los registros de derechos de autor no impidan que se acabe dando crédito al músico solamente. Pero ni la altura de Martí bastó para que un agente aduanero, de poca simpatía con el quehacer revolucionario entre cuyos pilares sobresale la obra del poeta héroe, permitiese pasar por la frontera a su cargo libros de textos martianos cuando, movido por su ignorancia, las respuestas del viajero a su interrogatorio le hicieron suponer que Martí era el autor de La guantanamera. Y hasta un poema de Machado puede recibirse como “obra de Joan Manuel Serrat”.
María Teresa Vera no quiso opacar el peso de Guillermina Aramburu como autora de la letra de Veinte años, pero la difusión popular, y hasta la de mayor profesionalidad, han destacado, cuando no absolutizado, el papel de la compositora y cantante. Un intérprete verdadero puede ser proclamado creador de composiciones debidas a otros. Así, una que fuese cantada por Benny Moré paraba en creación suya, y creador del ritmo Pilón mereció ser llamado Pacho Alonso, aunque las piezas correspondientes fueran de su amigo, coterráneo y compadre Enrique Bonne.
Cosa muy diferente son ciertas manipulaciones mercantiles, como la que reveló en Cubarte, no hace mucho, Guillermo Rodríguez Rivera: la atribución de canciones de Compay Primo, Lorenzo Hierrezuelo, a Compay Segundo, Francisco Repilado. Sin recato, aunque ello supusiera sepultar a un artista imprescindible, fundamental en Los Compadres, y en Cuba, la empresa productora echó mano al nombre del que entonces vendía más, dada una combinación de sus indudables virtudes, algo como de arqueología y el efecto del fenómeno Buena Vista Social Club, que no benefició a Hierrezuelo, muerto años antes.
No se agota con ello la nómina de quienes, por lo menos de Ernesto Lecuona para acá, han musicalizado textos de Martí, pero un buen ejemplo lo dio Teresita Fernández al salir airosa de batirse con todo Ismaelillo: “hasta con sus espacios en blanco”, ha reiterado ella. No siempre los poemas de mayor altura son los que más éxito alcanzan musicalizados. Se ha dicho que, a su modo, el mayor acierto de Amaury Pérez con poemas de Martí radicó en haber sabido escoger algunos de los que Martí relegó, anteriores al deslindante Ismaelillo.
Hace años, refiriéndose al plan de Julio García Ruda, entonces compositor en formación, de emplear Abdala, texto del Martí adolescente, para componer una ópera, el maestro Carlos Fariñas elogió ese proyecto —cuyo destino ignoramos— y lo contrastó con óperas célebres basadas en escritos que, a su juicio, si no eran banales, tampoco son comparables en cuanto a trascendencia con el precoz poema dramático martiano. El camino de los textos a los que se pone música, o que se escriben para ella, tiene sus particularidades: en Cuba ha sido o es un lugar común decir que Gustavo Sánchez Galarraga logró como letrista de Lecuona más éxito que como poeta, o, para decirlo con mayor propiedad, como autor de poemas.
En el foro aludido al inicio, quien reclamó dar a cada texto, fuese poema o letra de canción, el lugar merecido por sus valores, citó de memoria un fragmento de Para vivir, de Pablo Milanés: “Muchas veces te dije que antes de hacerlo/ había que pensarlo muy bien,/ que a esta unión de nosotros/ le hacía falta carne y deseo también,/ que no bastaba que me entendieras/ y que murieras por mí,/ que no bastaba que en mi fracaso/ yo me refugiara en ti”. Luego comentó: “Esa canción es no solo un claro testimonio de los años de mayor altura del autor en cuanto a creatividad musical y textual, y a calidad interpretativa, sino también una de las más grandes canciones cubanas; pero difícilmente un poeta de apreciable profesionalidad quisiera tener ese texto en un libro suyo. Si se le quita el soporte que le da la estructura musical, no parece que se sostenga como poema. Se le aprecia no únicamente por sus aciertos poéticos de letra de canción, sino porque ya no hay manera de leerlo, ni de pensarlo siquiera, sin sentir que cabalga sobre dicha montura”.
Una letra de canción, sobre todo si es buena y sabe tocar las fibras del alma, tiene tal poder que incluso aunque incluya pifias verbales puede conmover a los lingüistas más rigurosos. En general, las pifias son indeseables, y a veces horrorosas; pero a menudo ocurre lo que sucede con un familiar querido: es nuestro aunque no domine el idioma, así como nos pertenece lo que él, o ella, nos dice. ¿Será cierta la anécdota de la profesora de español que rechazó a un enamorado no porque él fuera cursi y en una carta la llamara “mi corazón”, sino porque, al hacerlo, escribió corasón, así, con ese? Los sentimientos son sentimientos, no trazos gráficos, aunque estos sean importantísimos para expresarlos y cultivarlos.
La comunicación cotidiana, o estrictamente personal, tiene su propia manera de ser asumida como acto de intimidad, y grandes documentos suscitan un respeto colectivo que llega a ser paralizante. ¿Cómo corregir, en la más conocida de las cartas de Ernesto Guevara, el pasaje donde se lee: “Me recuerdo en esta hora de muchas cosas”? El mismo guerrillero tenía vocación literaria y conocimientos para haber hecho la rectificación adecuada: “Me acuerdo en esta hora de muchas cosas” o “Recuerdo en esta hora muchas cosas”. Pero esa carta es el testamento de un héroe que no la escribió en las bondades del sosiego.
Sin llegar a documentos de tal trascendencia, hay deslices con los que no solo convivimos, ya sea por voluntad propia o a regañadientes: algunos son compañía entrañable, y no estamos dispuestos a prescindir de ella. En eso brillan algunas canciones. Al panameño Carlos Eleta Almarán quizás no se le recuerde por haber sido un hombre de empresa, o promotor del boxeador Roberto Durán, Manos de Piedra. Hasta el nombre del empresario puede ignorarse, pero su bolero Historia de un amor se recuerda y se agradece. ¿Cómo ser indiferente a la melodía y el texto dedicados a un amor “como no habrá otro igual”? Y ¿quién se detendrá a reprochar el desliz presente en el lamento ocasionado por ese amor, que —lo proclama el compositor— “me hizo comprender/ todo el bien, todo el mal/ que le dio luz a mi vida/ apagándola después”? El mal uso de ese gerundio es palmario, pero ¿vamos a sustituir “apagándola después” por “y me la apagó después”?
Nuestro Sindo Garay legó entre otras joyas el bolero La tarde. Sea la letra suya, o de la poeta puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió —como se ha dicho—, o de quien o de quienes sea, el trovador, por haberla utilizado, es el responsable de que esa canción tenga la que tiene, y en ella ha hecho historia lo que se tiene por error lexical: la confusión de agolparse con golpearse. No es el momento para palabras terminantes sobre este asunto, ni tal es el propósito del articulista, y, como es frecuente al reproducirse el texto de una canción, del siguiente fragmento hay diferentes versiones. Pero cabe atenerse a esta: “Las penas que a mí me matan/ son tantas que se atropellan/ y como de acabarme tratan,/ se agolpan unas a otras/ y por eso no me matan”.
También se oye, o se lee, “y como de matarme tratan”, y no falta un cambio “purificador”: el de “se agolpan” por “se mellan”; pero una alteración como esta última daña la eufonía del texto y suprime las asociaciones derivables de “se agolpan”, donde la idea del tumulto valdría para explicar por qué las penas se paralizan y no logran matar al sujeto lírico de la canción. De ahí quizás, y de la voluntad de librar de falta semántica al compositor, que a veces en lugar de “se agolpan unas a otras” se oiga, o se lea, “se agolpan unas con otras”.
Pero con ello persiste la idea de agolpamiento, no de golpeadura, aunque vale la pena recordar que, según el Diccionario de la Academia Española de la Lengua, agolpar tiene esta primera acepción: “juntar de golpe en un lugar”, y entre los sujetos con que se ejemplifica el uso de ese verbo aparecen precisamente las lágrimas. Si estas se juntan de golpe, ¿no pueden neutralizarse y perder efecto? Se dirá que buscamos piedad para salvar a Sindo; pero él no necesita perdón alguno para asegurarse la permanencia que su obra le ha ganado, y debe seguir ganándole mientras haya sentimiento y gusto musical en este mundo.
Además, Sindo no buscaba la “originalidad” que parecen perseguirse al escribir cosas como esta: “Para comer libertades me tienen que fenecer”, lo cual equivale a decir: “Me tienen que suicidar”. Ser de veras poético no es siempre algo que se logre a voluntad. Una metáfora empieza por ser lenguaje figurado, y pierde efectividad cuando se agota por el abuso. Y la enunciación “Necesito una estrella que brille con luz propia y natural” no es tan metafórica. Hasta en una clase elemental de física la estrella se define, literalmente, como un cuerpo celeste que brilla con luz natural y propia.
Lo peor que puede ocurrirle a una canción no es tener deslices gramaticales que, en casos como los de Almarán y Sindo —gran autodidacta el segundo, y tal vez también el primero— pueden deberse a la circunstancia de componer en la penumbra de un bar con atmósfera etílica. Tampoco lo peor serían las imágenes infelices o fallidas. Esos pueden ser o son defectos que sería preferible que ninguna canción tuviera; pero algunas, a pesar de tenerlos, se las arreglan para saltar, con su saldo de aciertos, por encima de imperfecciones, y se afincan en eso que tan tranquilamente, como si fuera lo más simple del mundo, suele llamarse inmortalidad. Algunas, incluso correctísimas, ni de lejos rozan semejante logro.
Entre lo peor de una canción, o de algo que se proponga serlo, figura lo que no puede reprochársele ni a Sindo ni a Almarán: cultivar la chabacanería y el mal gusto. Para transitar por los senderos del doble sentido sin caer en la grosería se necesita el ingenio de un Ñico Saquito o de un Guayabero, y esos no siempre abundan, aunque lo parezca. Hoy prospera la chapucería, promovida incluso por compositores que han tenido muchas más posibilidades que aquellos de adquirir una sólida formación técnica y cultural, no solo la pericia para hacer sonar bien los instrumentos y las voces. El arte es más que eso.
Cada época tiene —los crea— los ritmos, los géneros y los modos musicales de su preferencia, que llegan a caracterizarla, y ninguno es fatalmente detestable, ni ha ocurrido que borre los precedentes ni impida el surgimiento de otros. Abominable en una canción puede resultar lo grosero que se monta sobre una estructura musical determinada, sea cual sea. Pero lo que más debe preocupar no es que circunstancialmente le toque a un género o a otro ser el soporte difusor de lo indeseable, aunque haya autores capaces de darles otro uso a esos mismos géneros. Lo más grave estriba en por qué un tiempo determinado en un país concreto se presta para la difusión de valores o, mejor dicho, desvalores que urge combatir y erradicar, y prosperan porque no concitan el rechazo eficaz de hornadas de ciudadanos en cuya instrucción se han invertido recursos que merecerían dar resultados mucho mejores. Como diría Hamlet, y esta vez sin asomo de duda: “Esa es la cuestión”.
No solamente música y canciones pueden convertirse en portadores de lo chabacano. Si en ellas ocurre, búsquense fuera de ellas las motivaciones de un mal que aflorará también en la vida cotidiana, y dañará quién sabe cuántas esferas del funcionamiento general de la sociedad, incluidas otras manifestaciones del arte. Hace poco, la Televisión Cubana trasmitió para todo el país, en horario estelar, una actuación de su compañía de ballet insignia, felicitada por haber cumplido cincuenta años, y el estribillo o casi texto único de la pieza musical utilizada era “Tóquenme los timbales”, expresión que hace tiempo perdió su valor de doble sentido en beneficio de una sola de las significaciones posibles.
¡Ah!, para no dejar duda al respecto: buena o mala, pobre o extraordinaria, puede ser una letra de canción, como bueno o malo, pobre o extraordinario, puede ser un poema.

Publicado originalmente en
http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/algo-sobre-poemas-y-letras-de-cancion/24958.html

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
  Atiende el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”
http://luistoledosande.wordpress.com   
Foto: Sindo Garay, copia web

lunes, 19 de agosto de 2013

¿Somos consecuentes con la diversidad cultural?: El reflejo en los medios audiovisuales

Por Pedro de la Hoz

La generación que me precedió creyó que los mau mau eran los malos de la película, que los Halcones Negros se hallaban amenazados por el peligro amarillo y que tras la Cortina de Hierro una horda de mujiks enfurecidos pretendían borrar del mapa a la cultura occidental. Una estrella de cine respetable debía mostrar el cabello lacio y los ojos claros y las actrices negras estaban destinadas a representar papeles en la servidumbre doméstica. Los tambores africanos, las arpas llaneras, los violines chinos y las quenas andinas eran, cuando más, meras referencias folclóricas.

A partir del siglo XX, con el desarrollo de la radio, el cine y la televisión y la industria del entretenimiento, los medios masivos de comunicación tuvieron una influencia decisiva en la formación de gustos, patrones y modelos estéticos, asociados al ejercicio de la hegemonía.

Ahora, en tiempos de globalización, este fenómeno ha alcanzado proporciones insospechadas, pero también ha generado instancias de resistencia y demandas de respeto hacia las identidades de los pueblos, que apuntan a la aceptación de la diversidad cultural y la necesidad de diálogos e intercambios en pie de igualdad.

En Cuba no estamos ajenos a esta situación planetaria. Por una parte somos hijos de la llamada civilización occidental, pero por otra, y eso lo hemos aprendido mucho más luego del triunfo revolucionario, somos hijos de un proceso de la transculturación de afluentes africanos, europeos, y de culturas originarias comunes a la cuenca del Caribe.

A esa fragua contribuyeron en los dos últimos siglos inmigrantes asiáticos y antillanos. Poseemos un sentido de identidad y pertenencia —que debemos cultivar en las generaciones presentes y futuras— para nada congelado y ajeno al estrecho nacionalismo y a la xenofobia.

Ello se reforzó con la apertura de Cuba hacia el mundo desde la segunda mitad de la pasada centuria. Centenares de miles de cubanos tuvieron la oportunidad de convivir con otras identidades al cumplir misiones en decenas de países de África, Asia, América Latina y el Caribe y cursar estudios en la extinta Unión Soviética y Europa del Este.

La promoción de los valores de la diversidad cultural forma parte sustantiva de la política cultural de la Revolución, en cuya aplicación nuestros medios masivos de comunicación desempeñan un papel preponderante.

Se sabe, sin embargo, que toda política requiere un diseño, una voluntad y una plasmación concreta que depende de la sensibilidad, el talento, la vocación y la consagración de los ejecutores. Sin esta conjunción de factores hubiera sido imposible que los lectores cubanos dispusieran de decenas de traducciones de novelistas africanos, que el ICAIC contara en su catálogo con valiosos documentales sobre expresiones culturales del llamado Tercer Mundo, que entre las instituciones emblemáticas del centro histórico capitalino figuren casas dedicadas a las culturas de otros países y continentes, que la Casa de las Américas haya hecho historia más allá de nuestras fronteras y que Santiago vibre cada julio con la intensidad caribeña de la Fiesta del Fuego.

Siento que esa voluntad se expresa todavía de manera desigual en la actual programación de la radio y la televisión y en algunas de sus prácticas. En los espacios musicales de la radio es infrecuente escuchar grabaciones de músicos contemporáneos de África, tan afines a nuestra idiosincrasia. CMBF marca la excepción, con un programa sabatino dedicado exclusivamente a mostrar que otras culturas musicales existen.

Si bien la televisión registró en Universidad para Todos un hito al transmitir los cursos sobre historia africana dictados ejemplarmente por el profesor Ramón Sánchez Porro, mantuvo el espacio Iguales y diferentes y le ha dado aliento a proyectos puntuales defendidos por Víctor Torres, Alberto Faya, Jorge Gómez y el incansable Guille Vilar, los músicos y las músicas de África y Asia y una importante zona no comercial de América Latina, el Caribe y la mismísima Europa apenas cuentan.

No se trata solo de omisiones y carencias. Por estos días, en las transmisiones del Mundial de Atletismo de Moscú —un esfuerzo que debemos aplaudir—, se escuchó una expresión alarmante: entraba en la liza un corredor de Indonesia y hubo que oír un pésimo chiste sobre su nombre y apellido. Antes, a la hora de descifrar ciertas abreviaturas de los países participantes, otra expresión, alusiva a las incompresibles dificultades de los narradores para identificarlas, demostró un estrecho conocimiento del mapamundi.

El respeto a la diversidad cultural no se impone, se cultiva y promueve. No es cuestión de cuotas ni porcentajes en la programación y menos de asimilación acrítica de exponentes. Verbigracia, la arribazón de filmes indios —por cierto, la más numerosa producción mundial—, sin una criba cualitativa.

Es cuestión de educarnos para el disfrute y la apreciación de lo que nos puede y debe enriquecer y hacernos más plenos.

Fuente Periódico Granma

domingo, 20 de enero de 2013

Con la música cubana a todas partes

Por Luis Toledo Sande

La presentación, en la III Jornada sobre Cultura Cubana en Medios Digitales, de una buena ponencia sobre el portal D’Cuba Jazz —acogido por Cubarte, Centro de Informática en la Cultura— sirvió, entre otras, para dos cosas. La primera fue apreciar las virtudes del espacio dedicado a una expresión musical que, nacida en los Estados Unidos, ha crecido en mutuo enriquecimiento con la música de otros pueblos, en especial de nuestra América, incluida Cuba. En la base de ese intercambio cultural ha sido determinante la presencia africana, asociada en sus orígenes a la monstruosa esclavitud. Por ahí empezó, para que estas notas no salgan de territorio cubano, el todo mezclado que con gracia poética y acierto captó Nicolás Guillén y fue fruto, perdurable y germinador, de la transculturación estudiada por Fernando Ortiz con ojos y corazón puestos en la integración humana.

Pero la ponencia sirvió asimismo para mostrar un hecho en el que tal vez no se había pensado lo bastante, quizás porque lo descartaba el subconsciente: Cubarte, que tan noble labor despliega desde el Ministerio de Cultura, no ha logrado conformar un portal dedicado enteramente a la música cubana. Tal falta es particularmente sensible porque, más allá de la dignidad revolucionaria, y de metáforas grandiosas signadas por buenas aspiraciones, si acaso en algo Cuba ha sido o es potencia, es en la música.

Para no poner más que algunos ejemplos de la literatura y la plástica, ha tenido escritores extraordinarios, desde José María Heredia hasta Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, pasando por Cirilo Villaverde, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Julián del Casal, José Lezama Lima y otros, con un José Martí que lo ilumina y lo desborda todo. Y ha tenido relevantes pintores: entre ellos Carlos Enríquez, para algunos el de fibra más genial, o Wifredo Lam, el que mayor reconocimiento ha merecido internacionalmente.

¿Cómo esbozar una idea de la cifra y la variedad de músicos que ha dado Cuba? Sin ir más atrás, se debe recordar al menos lo que va de Esteban Salas y Nicolás Ruiz Espadero a Leo Brouwer. La nómina, inabarcable, no cesa de crecer y sumar diversidad —riqueza— en la gestación y la combinación de géneros y estilos, y en la quiebra de lindes trazados, no de preferencia por los artistas mismos, entre culto y popular, que no equivale, ¡no!, a vulgaridad, ni se ha de confundir con ella. En cuanto a clasificaciones, vengan de prejuicios o del afán de la utilidad para el estudio, no siempre honran a un tesoro acumulado en permanente diálogo con el mundo.

Por su intensidad y su grandeza el legado musical cubano se ha hecho más resistente que los centrales azucareros, y eso que hasta musical y caballerescamente se ha dicho, y no se ha desmentido, que “sin azúcar no hay país”, lo cual no supone rendir culto de resignación a monocultivo alguno, ni a dependencias nocivas. Ni el bloqueo imperialista ni el aislamiento explicable por la hostilidad enemiga ni huracán de ningún tipo han podido arruinar la música cubana, ni impedir que se aprecie en el mundo, ya sea sola o nutriendo fusiones como la llamada salsa. En esta última el aporte cubano ha sido básico, incluso por la irradiación que la Mayor de las Antillas ha tenido entre sus hermanas, y en ámbitos continentales. Así ha llegado a Nueva York, y hasta el lejano Oriente.

Sin desconocer ni menospreciar lo producido en otros pueblos de América, y del conjunto mundial, cabe decir que en ello, como en la vitalidad musical de Brasil y de los Estados Unidos, los otros vértices de un portentoso triángulo afincado señaladamente en géneros bailables, pero que no acaba en ellos, ha sido decisiva la mezcla de etnias iniciada desde la esclavitud. No digamos mezcla de razas, porque, si se habla de seres humanos, el término raza debería reducirse para siempre a un vocablo en el diccionario histórico de la opresión, o en el correspondiente museo de antigüedades, donde sirva, más que para enjuiciar el pasado, como lección hacia un futuro donde la injusticia social, y las discriminaciones que le han dado asidero, no pasen de ser un mal recuerdo.

Lo turbador, y a la vez sedante, al valorar en esto el trabajo de Cubarte —que con tantos buenos conocedores de música cuenta—, radica en que el foro mencionado al inicio sirvió asimismo para conocer otro componente de la realidad: la ausencia de un portal dedicado enteramente a la música cubana en sus distintas manifestaciones no se ha debido a desidia de Cubarte, que tan alta responsabilidad tiene y cumple, desde el Ministerio de Cultura, en la coordinación del trabajo digital para difundir, defender y salvaguardar el patrimonio artístico y literario de la nación. En gran medida la señalada ausencia obedece a un hecho del cual el país, sin sucumbir a chovinismos, debe sentirse orgulloso y responsable: la propia riqueza de la música cubana, que hace complejo todo intento de valorarla y promoverla inteligentemente en su conjunto.

Pero lo que más debe preocupar en este caso no es dicha riqueza, sino algo que también se apreció en las intervenciones hechas durante la Jornada por varias personas, algunas de ellas con responsabilidad en el tema: entre las dificultades que han impedido crear un espacio como el que viene reclamándose, parece haber funcionado, si es que no sigue operando, cierto espíritu que se manifiesta cuando una institución siente que sus funciones, y quizás sus prerrogativas, peligran por la cooperación entre ella y otras de su campo.

Cuba tiene en su música uno de los tesoros que con mayor lucidez debe atender a todos los niveles, y centralmente, y nada de él debe descuidar. Al decirlo, no se propone monopolio alguno. Se piensa en lo que la música representa para la nación en el plano cultural, y en el económico. Este último no debe ser objeto de veneración pragmática, pero en él pudiera aportar la música más, si no lo hace ya, que los centrales azucareros, de más fácil demolición que los ritmos y maneras expresivas que definen a la nación en el mundo.

Cuando los medios digitales ejercen tanta influencia en el planeta, cumpliría propósitos de primer orden un portal dedicado a la totalidad de la música cubana, y apoyado, cuidado y alimentado por quienes desde ángulos distintos tienen responsabilidad y necesaria pasión en esa esfera. Muchos fines podrían citarse, pero baste, de momento, uno: impedir que, por descuido, tendencias, modas, intereses, desconocimiento o torpe o dolosa manipulación se cometan injusticias en la valoración y el reconocimiento de figuras o zonas del acervo musical de la nación. Buena Vista Social Club, digamos, contribuyó comercialmente a revitalizar figuras, y también pudiera dar pie a injusticias, aunque no se intente culpar de ellas a quienes idearon y pusieron en marcha aquel “fenómeno”.

A veces parecería que figuras como Barbarito Diez, Miguelito Cuní o Pacho Alonso, y hasta Benny Moré si los descuidos crecieran, no hubiesen existido, o se tienen por menores, porque murieron antes de que hubiera podido beneficiarlos el poder promocional de Buena Vista. O que Omara Portuondo debiera su grandeza al hecho de que ese plan la acogió, y tal vez le exigió poner freno de ancianidad a su energía escénica. Pongamos otro ejemplo, que parece haber pasado sin el proceso legal que debió haber suscitado, aunque en el propio portal Cubarte lo denunció Guillermo Rodríguez Rivera: el injusto olvido del primero de los Compadres, Lorenzo Hierrezuelo, ha llegado al extremo de no dársele los créditos que le correspondían, como intérprete y compositor, en un disco editado por una compañía que todo se lo acreditó al también relevante Francisco Repilado, Compay Segundo, de menor presencia real que Hierrezuelo en las grabaciones de ese disco. Tal manipulación se internutre con lo que en torno a la figura de Repilado ocurre hoy incluso en la imaginería con que intentan subsistir distintos establecimientos locales en Cuba.

El portal cuya creación se reclama debería ser uno de los instrumentos útiles para fortalecer la institucionalidad capaz de impedir que una mal aplicada, burlada, torpe o inexistente política de difusión distorsione la música cubana o la someta a desventajas con respecto a otras, y condene al olvido géneros y vertientes enteras. Impedirlo no es responsabilidad solo de instituciones formal y estatalmente llamadas al cuidado y la difusión del patrimonio nacional. Hoy día los centros de recreación, las vendutas privadas (con amparo legal) de discos piratas y hasta los medios de transporte público influyen en la formación del gusto, para no generalizar y decir su deformación, y en el mal conocimiento de la música cubana.

Es posible —real: lo atestigua el autor de este artículo— que en un ómnibus de turismo no haya manera de que el turista, nacional o de otro país, oiga música cubana, porque el chofer y el guía turístico nada de ella cargan consigo en sus memorias digitales, y tal vez tampoco en las otras. Como si la música cubana, tan gustada en el mundo, no interesara, ni valiera la pena favorecer su mejor conocimiento. Esto, desde el punto de vista profesional, supone ignorar que la visita a un país, como turista o como sea, debe suscitar el deseo de conocer no solo sus playas y sus hoteles. Esos ómnibus son propiedad social, administrada por el Estado. No integran, todavía al menos, cooperativas de cuentapropistas.

Otra área en que las instituciones responsabilizadas con el cuidado del patrimonio artístico cubano, y en particular de su música, deben operar activamente, es en la educación, y así está planteado estatal y partidistamente como parte de la política cultural del país. Llegados a este punto, parece que no está de más recordar que en el concepto política cultural el vocablo rector no es el adjetivo cultural, sino el sustantivo política. Recientemente el portal Cubarte publicó, y otros órganos reprodujeron, y fue ampliamente bien recibido y comentado, un valioso artículo de Oni Acosta, un texto que las instituciones aludidas deberían tener seriamente en cuenta, no para leerlo y desentenderse de él.

Ese trabajo libra al autor del presente artículo de extenderse en consideraciones y ejemplos abordados con tino y valor por Acosta. Pero sería ingenuo aspirar a que un artículo, o dos, o tres, o varias decenas de ellos, resuelvan problemas afincados, con raíces sociales, en la costumbre, la inercia, la ignorancia y la desprevención, y quién sabe en cuántos otros caldos de cultivo para lo indeseable. ¿Acaso han bastado resoluciones y lineamientos del Estado y del Partido? La educación, que es cosa seria, vital, requiere tenacidad y hasta prédica repetitiva, aunque “a Dios rogando y con el mazo dando”. Se necesitan caminos y modos para que la repetición sea culturalmente eficaz, persuasiva, no mero acto cansón y autoritario, condenado de antemano a ser poco efectivo, o al fracaso.

No hay que repudiar en sí un género musical u otro. Cada época y cada ambiente tienen sus expresiones musicales predominantes, que no obligan a desentenderse de las otras y descuidar su preservación, y ningún género está fatalmente destinado a promover la grosería y la vulgaridad, males que están a la vista en el país, para quienes quieran verlos y no darlos por cosa natural y disfrutable. Si se ha probado que la sonata Claro de luna, de Beethoven, ejerce influencia benéfica sobre el sistema nervioso y la conducta de quienes la disfrutan, otros productos podrían hacer lo contrario. Pero no es cuestión de imponer o condenar géneros, ni de arrancar los cabellos a problemas que deben enfrentarse en su raíz.

Si actitudes indeseables expresan protesta, lo certero no será repudiarlas sin más, sino ir al fondo para saber contra qué reaccionan, y si lo hacen con razón. Si la protesta es válida, se debe aspirar a que tenga calidad cultural, y atenderla como corresponda. Lo merece un pueblo que, en medio del acoso imperialista y limitaciones materiales, ha puesto, por encima de la alimentación del cuerpo, la del alma. Eso significa el digno esfuerzo por llenar el país de escuelas, que —también en lo relativo a la música y cómo disfrutarla— deben ser fraguas de espíritu además de propagar verdaderamente conocimientos, o de poco valdrían.

En una sociedad las cosas no suelen darse como elementos desgajados. Cada una remite a otras muchas, y es necesario ver el árbol y el bosque, oír tanto la nota musical y la palabra como la obra en que ellas se inscriban, sea pieza para sandunguear, canción trovadoresca, sinfonía o concierto. La música cubana es de una significación tal para la patria que nadie ha de sentirse dueño o administrador de bodega cuando puede y debe cumplir la misión de guardián amoroso de un tesoro. Todos los esfuerzos, individuales y colectivos, serían pocos para protegerlo y salvarlo, en bien de la nación a la que pertenece, y que lo debe honrar: una nación que merece perpetuarse como país habitable, vivible, con el placer de lo hermoso y edificante, no en el padecimiento de la chabacanería que prepara incluso para hacer que las insatisfacciones justas conduzcan a desaguisados contrarios a los ideales educativos por los que se ha luchado, y muchos y muchas han muerto.

(Detalles en el órgano. XIV)

Cubarte, 20 de enero de 2013
http://cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/con-la-musica-cubana-a-todas-partes-detalles-en-el-organo-xiv/24054.html