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lunes, 5 de enero de 2015

Cuba a 56 años de la victoria. La revolución infatigable

por Oliverio Comte (Punto Final)

 Entrevista a Olga Fernández Ríos, doctora en filosofía y miembro de la Academia de Ciencias de Cuba
Tras reconocer el fracaso de más de medio siglo de bloqueo económico y comercial contra Cuba, el presidente de Estados Unidos Barack Obama anunció el pasado 17 de diciembre que Cuba y Estados Unidos reanudarán relaciones diplomáticas. La noticia sorprendió al mundo, porque como señaló el presidente de Cuba, Raúl Castro – quien agradeció el apoyo del Vaticano y del gobierno de Canadá -, las negociaciones se llevaron a cabo al más alto nivel y en total hermetismo. Las primeras medidas fueron inmediatas: Cuba liberó a Alan Gross, espía norteamericano detenido en 2009, acusado de participar en acciones desestabilizadoras, y el gobierno norteamericano excarceló a Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero, tres de los cinco cubanos, que se infiltraron en Miami para evitar ataques terroristas contra Cuba.
Pero lo cierto, es que Cuba lucha en muchos frentes, y la madre de las batallas, se libra hoy en tierras cubanas, donde el Presidente Raúl Castro lidera un proceso de cambio paulatino del modelo económico, que dará mayor autonomía a la empresa estatal y permitirá desarrollar nuevas formas de emprendimientos privados o trabajo por cuenta propia. Las transformaciones tienen su origen en el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, impulsado por el Comandante Fidel Castro en 1986, que fue interrumpido por la caída del campo socialista. En abril de 2011, en el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, se aprobaron los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, documento que incluye los principales cambios económicos y las transformaciones sociopolíticas a implementar.
Como era de esperar, algunos agoreros han vaticinado el retorno al capitalismo y aplauden con indisimulado frenesí lo que para ellos es una suerte de “perestroika caribeña”. Sin embargo, según señaló a Punto Final, Olga Fernández Ríos, académica e investigadora del Instituto de Filosofía de Cuba y de la Universidad de La Habana, doctora en ciencias filosóficas y miembro de la Academia de Ciencias de Cuba, la realidad es muy distinta. “Uno de los elementos centrales aprobados en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, es la continuidad de la estrategia socialista”, sostuvo.
Para Olga Fernández, consejera académica de la Embajada de Cuba en Chile, entre 2005 y 2010, y actual subdirectora de la Revista “Marx Ahora”, la modificación del modelo en Cuba es una necesidad, acorde con el propio desarrollo de la Revolución Cubana, que ha creado las condiciones para avanzar hacia un modelo menos centralizado. “Que quede claro: hoy estamos siendo más marxistas que nunca”, puntualizó.
Garantizar el socialismo 

Usted regresó a Cuba en 2010 luego de su permanencia en Chile y ha vivido de manera directa un proceso complejo de cambios políticos, impulsados por el gobierno cubano. ¿Cuál es su visión de estas transformaciones?
Efectivamente, mi regreso se produce en un momento muy importante, porque se ratifica de manera clara la continuidad del proceso de construcción socialista, fruto de un debate popular en el país, que se venía dando desde 2007. En el centro de este debate nacional está la necesidad de implementar un cambio de modelo en el desarrollo socialista, lo que no quiere decir que estemos dando un paso atrás en la transición socialista. El objetivo es desarrollar las relaciones socialistas en el marco de un nuevo modelo, que de cuenta de las nuevas condiciones en el país y en el mundo.

¿Cuáles son esas nuevas condiciones que determinan el cambio?
El modelo anterior, correspondió a determinadas condiciones, donde existían países socialistas, aliados políticos y comerciales de Cuba. Luego de la caída del campo socialista, comenzó un debate sobre la necesidad de hacer transformaciones. Este proceso ha sido lento, porque cambiar un modelo de desarrollo en Cuba, que quedó totalmente aislada y con el bloqueo económico de Estados Unidos, es muy complejo. Una transformación de esta naturaleza hay que hacerla con mucho cuidado con un gran tacto político y económico. En 2011, en el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, hito muy importante en los cambios del modelo de desarrollo económico y social de nuestro país, se ratificaron las posiciones adoptadas a comienzos de la década de los 90 de ampliar las formas de propiedad social.

¿Qué fue lo que se ratificó concretamente?
Se aprobaron los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, documento que incluye los principales cambios que se harán en términos económicos y las transformaciones sociopolíticas correspondientes. Se ratificó desarrollar formas de propiedad personal, lo que en Cuba llamamos trabajo por cuenta propia, que no contradice ni atenta contra la formación de relaciones socialistas. Se validó la necesidad de desarrollar fórmulas cooperativas de producción, afines con los intereses socialistas, que históricamente se habían circunscrito al área agrícola.

Dada la profundidad e importancia de los cambios aprobados, ¿cuál fue la participación del pueblo cubano en este proceso de discusión?
El documento de los lineamientos fue analizado y discutido en todo el país en los centros de trabajo, sindicatos, organizaciones barriales, campesinas, de profesionales, intelectuales y artistas. Yo participé como miembro del Instituto de Filosofía, con un doble propósito: como cubana comprometida en preservar nuestro proyecto revolucionario, ajustado a las nuevas condiciones históricas, y como profesional interesada en comprender a cabalidad un proceso complejo de cambio social, que busca garantizar el socialismo, implementando cambios inéditos. La revolución cubana es muy marxista, porque tiene una gran capacidad de autocrítica. El marxismo es crítica y autocrítica y se alimenta de los datos que la historia brinda. Hoy la realidad nos señala que no podíamos seguir con el mismo modelo, y como marxistas asumimos el reto de cambiar, sin renunciar a los principios del socialismo.

De acuerdo a lo expresado por usted, la discusión de los cambios fue transversal, lo que debiera fortalecer las transformaciones. ¿Cuál es el nivel de identificación de los cubanos con el proceso de cambio a medida que se ha ido implementando?
Hay una identificación mayoritaria con el proceso, porque los cambios se ajustan a las condiciones concretas de Cuba. Existe plena conciencia en el pueblo que somos un país bloqueado, con Estados Unidos a 200 millas, desarrollando una política agresiva hacia la revolución durante más de 50 años. Hemos reconocido nuestros propios errores, dejando muy en claro que con el modelo anterior, la revolución acumuló importantísimos logros: altos niveles de justicia social, seguridad alimentaria, desarrollo de la salud, educación, seguridad social, desarrollo de la ciencia y la cultura. Fue un modelo que obedeció a condiciones históricas concretas. Cuba era un país subdesarrollado, que iniciaba la construcción del socialismo, que sufrió la agresión constante del imperialismo norteamericano: invasión directa en Playa Girón, terrorismo, ataques biotecnológicos, intentos de asesinato a Fidel Castro, entre otras muchas operaciones violentas. Todos los países Latinoamericanos, salvo México, rompieron relaciones con nosotros. En esas condiciones, se aplicó un modelo con fuerte influencia de la Unión Soviética y del campo socialista, que fueron nuestros aliados políticos y económicos, y era nuestro derecho hacerlo. Todo lo que describo, lo hemos vivido los cubanos, y por ello, hoy entendemos que ese modelo, que respondía a esas condiciones concretas, para el momento actual es excesivamente centralizado y hay que modificarlo.

¿Perestroika caribeña? 

No obstante lo que usted plantea, hay quienes sacan cuentas alegres y ven el proceso de reformas en Cuba como una especie de “Perestroika Caribeña”, que como la soviética significará el retorno al capitalismo. ¿Cuál es su opinión?
Para aquellos que sueñan con una perestroika en Cuba, les tengo una muy mala noticia: uno de los elementos centrales en los lineamientos aprobados en abril de 2011, es la continuidad de la estrategia socialista. Queda muy claro que la principal forma económica que rige en el país, es la empresa estatal socialista y que se continuará asegurando salud, educación gratuita y seguridad social. Estamos hablando de una ampliación del concepto de propiedad social, pero dentro de esa ampliación está definido que la empresa estatal socialista, relacionada con los medios fundamentales de producción, seguirá siendo estatal. El gran transporte, las grandes fábricas, importantes recursos económicos de la producción azucarera, niquel y de la prospección de petróleo, seguirán siendo estatales. En nuestro proceso de cambios está muy claro que la propiedad estatal sobre los medios fundamentales de producción, que son los que garantizan la continuidad del socialismo, seguirán en manos del estado.

La propiedad de los medios fundamentales de producción seguirá siendo estatal, pero existe en la práctica una descentralización que abre espacio al emprendimiento privado en ciertas áreas. ¿Cómo se traduce ese proceso en la realidad concreta de Cuba?
Se traduce en la combinación de una descentralización económica con una definición muy clara que Cuba no va a renunciar a la propiedad estatal sobre los principales medios de producción, a la planificación social, a la estrategia de desarrollo socialista. En ese marco esencial, es perfectamente compatible con el socialismo, el trabajo por cuenta propia, pequeños emprendimientos familiares en ámbitos de servicio y de producción a pequeña escala de alimentos para el consumo diario, confección de ropa y artesanía. El sector cooperativo, que sólo existía en Cuba en el área de la agricultura, se ha ampliado al sector urbano. Se han creado importantes cooperativas en el sector de transporte y de producción a escala local en diferentes ramas de la producción. Estamos haciendo estos cambios, porque entendemos que el socialismo no tiene por qué desarrollarse, a partir de un modelo único. En ninguna parte está escrito que el socialismo haya que construirlo sólo identificado con la propiedad estatal. El concepto de propiedad social es mucho más abierto y amplio que el de propiedad estatal.}

Influjo del Che 

El Che expresó que el socialismo no puede ser un vulgar método de repartición económica. “El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación”, señaló. ¿Qué relación e influencia tiene este planteamiento con el actual proceso de cambio en Cuba?
En el modelo anterior, el estado era responsable del empleo de la inmensa mayoría de los cubanos, lo que era insostenible. Este estado protector generó una serie de contradicciones en términos de la subjetividad de las personas, fundamentalmente en la responsabilidad individual ante el trabajo. Raúl Castro ha dicho con razón, que Cuba es el único país del mundo donde la gente puede vivir sin trabajar. Este paternalismo estatal resquebrajó el trabajo como valor y generó mucho daño al bajar la productividad. Pasamos de la igualdad al igualitarismo, que no son lo mismo. La igualdad tiene parámetros, pero no te exime como ser humano de tus responsabilidades. Esa dinámica de un estado paternalista que subsidiaba todo afectó la economía del país, y a nivel subjetivo provocó una forma de enajenación, que fue caldo de cultivo para la corrupción y el burocratismo. En este aspecto, como en muchos otros, el Che fue visionario.

¿Qué medidas se están impulsando para terminar con el burocratismo?
La lucha contra la burocracia no es nueva en Cuba. El Che calificó el burocratismo como uno de los fenómenos que más debe combatirse en una revolución socialista e identificó entre sus causas la falta de conciencia revolucionaria y el conformismo. En 1965, Fidel Castro, señaló que el socialismo tiene que cuidarse del burocratismo tanto como del imperialismo, porque es más peligroso. Dijo que era un enemigo clandestino que estorba la producción al consumir en tareas innecesarias las mejores inteligencias y la energía del pueblo. El actual proceso de cambio, demuestra que el Presidente Raúl Castro y la dirección del país tienen muy clara la magnitud de este problema. Por ello, se están transformando los métodos y estilos de dirección, que eran muy centralizados, potenciando la participación entre las bases y los niveles centrales. Se está trabajando para que el aparato estatal sea más operativo, lo que obliga a despojarlo de mecanismos burocráticos. Se estima que hay un excedente de 800 mil personas que trabajan en dependencias del estado, y en el proceso de discusión, hubo propuestas de eliminar esos puestos de trabajo y que esas personas pasaran a desempeñarse en el trabajo por cuenta propia. También se propuso terminar con la libreta que asegura a todos los cubanos una canasta familiar mensual de alimentos básicos.

 Sin embargo, ambas medidas fueron rechazadas al calor del debate popular. Esto demuestra dos cosas: la importancia que da el gobierno a la participación y opinión del pueblo, y que en Cuba se realizarán transformaciones importantes, pero jamás aplicando políticas de shock propias del capitalismo. No se puede dejar en la calle de un día para otro a 800 mil personas. Hay que generar condiciones para un cambio gradual, situando en el centro la dignidad humana, como siempre lo ha hecho nuestra revolución.

La ampliación del concepto de propiedad social implica en la práctica desarrollar formas de propiedad personal o trabajo por cuenta propia, lo que permitirá a algunos cubanos aumentar sus ingresos, lo que ya ocurre con las personas que reciben remesas en dólares de familiares que residen en el extranjero. ¿La revolución mantendrá políticas de seguridad social igualitarias para todos los cubanos, independientemente de su nivel económico?
Todos los cubanos, independientemente de sus ingresos, seguirán teniendo derecho a salud, educación y seguridad social. En otros ámbitos, como la construcción de viviendas, se han adoptado subsidios diferenciados. Por ejemplo, las familias que han perdido sus casas producto de un huracán o que han sufrido derrumbes por antigüedad de los inmuebles, reciben actualmente un subsidio importantísimo para construcción, reparación o ampliación de sus viviendas. En la búsqueda de fórmulas de subsidios diferenciados en la vivienda y en otros ámbitos, donde el estado mantiene una responsabilidad importante en relación con las necesidades de la población, juegan un papel esencial los municipios. La descentralización se está aplicando de manera concreta y efectiva, lo que permite dar un paso importante para eliminar la burocracia y la corrupción.

¿Qué contradicciones e impactos a nivel subjetivo puede generar este nuevo escenario donde efectivamente habrá niveles de diferencia social?
Naturalmente, no todo es miel sobre hojuelas. Todo cambio implica un riesgo, y en nuestro caso, las diferencias sociales pueden generar individualismo, entre otras contradicciones. En una economía con sectores emergentes, puede haber personas que ganen más que otras que reciben un salario del estado. Aquí tenemos un reto muy importante, que no es sólo del gobierno, sino de la sociedad en su conjunto. En Cuba, el pueblo siempre ha participado en las discusiones y en la toma de decisiones, pero con los cambios se está potenciando con más fuerza la participación popular, la educación y la cultura.

 Estos tres aspectos son centrales para enfrentar con éxito las contradicciones propias del proceso de transformaciones. También es fundamental definir claramente el límite que va a tener la propiedad individual. Las cuotas de propiedad privada que haya, tienen que existir en un equilibrio, que no ponga en riesgo el socialismo.


Tomado de Cuba en Defensa de la Humanidad

domingo, 26 de mayo de 2013

¡Viva la República!

Por Luis Toledo Sande*

Si en Cuba se hiciera una encuesta sobre cómo periodizar el devenir histórico del país, probablemente predominaría esta parcelación u otra similar: 

1) prehistoria -si la impronta europea no anima a decir “historia precolombina”-; 2) llegada de los europeos -o, con inicial mayúscula, Descubrimiento, otro concepto caro al pensamiento eurocéntrico-, conquista y colonización -en cuyas décadas finales se insertarían las luchas por la independencia; 3) República -u otras nociones equivalentes, como “período republicano”-; 4) Revolución.

¿No son acaso esas etapas, en esencia, las que rigen el estudio profesional y la enseñanza institucionalizada de la historia de Cuba? Pero ni en la historiografía ni en ninguna otra área del saber, de la vida, las periodizaciones sustituyen la realidad a la que se aplican. La tradición lexical acumulada en los siglos durante los cuales se ha llamado mesa al objeto identificado con ese nombre, no ha de suscitar que la abstracción resumida en él impida ver o imaginar la enorme cantidad de variantes de ese mueble que de hecho o en potencia existen en el mundo.

Las cuatro etapas esbozadas para explicar los caminos de Cuba darían margen a discusiones varias; pero este artículo, aunque aquí y allá necesite mirar a las otras, se centra en la tercera. Eso que en las representaciones de la historia de Cuba suele denominarse la República -así, sin otras precisiones- arrastra la mar de ideas, y cabe suponer que de modo inconsciente han llegado a imponerse las menos felices, máxime al valorar la realidad desde perspectivas revolucionarias, insatisfechas con los acontecimientos.

La explicación pudiera estar en los contrastes vividos por el país entre el tamaño y la importancia del concepto república, por un lado, y por otro, o conjuntamente, el tamaño y la importancia de la frustración de los ideales que ese concepto encierra en general, y en particular para la nación cubana y sus luchas emancipadoras. Desde la etapa marcada por el colonialismo, las aspiraciones revolucionarias se definieron por la búsqueda de fundar la República cubana independiente.

El propósito republicano se irguió como programa en acción desde el 10 de abril de 1869, cuando, a solo seis meses del inicio de la primera guerra por la independencia, se reunió la Asamblea de Guáimaro, que constituyó la primera República de Cuba en Armas. En medio de la contienda, esa era la mayor expresión de una nacionalidad que pugnaba por emerger como Estado nación independiente. Con justicia y orgullo el territorio de Guáimaro, en la provincia de Camagüey, está delimitado en la Carretera Central por grandes vallas donde se lee: “Aquí nació la República de Cuba”.

Se conocen tanto las vicisitudes de la República allí fundada como el desenlace trunco de aquella década de lucha, frente al cual los valores patrióticos y republicanos fueron ratificados por la Protesta de Baraguá. También es sabido que, al darle continuidad al afán liberador, José Martí, lejos de limitarse a desaprobar las insuficiencias y los errores de una y de otra, enalteció el bufido del honor que en el levantamiento del 10 de octubre de 1868 protagonizó Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua, y escogió el 10 de abril para la proclamación, en 1892, del Partido Revolucionario Cubano.

Todo lo grande atendía, y todo lo débil quiso sanear también, el guía revolucionario que fundó esa organización para que las fuerzas independentistas no se atascaran en el conflicto entre militarismo y civilismo, y combinaran adecuadamente la soltura de la acción armada y el respeto debido a la patria, para que esta no parase en secretaría del ejército llamado a liberarla. Entre otros textos suyos sobre el tema, son claras y terminantes las notas -a menudo objeto de suposiciones impropias, como las calificó Manuel Isidro Méndez- que en su Diario de campaña escribió acerca de la entrevista de La Mejorana.

Martí fue ejemplarmente fiel a los ideales concentrados en su discurso del 26 de noviembre de 1891 en Tampa, cuando daba pasos decisivos hacia la fundación del Partido Revolucionario Cubano. En la médula de esos ideales figuran conocidas líneas cuyo final -y sobre eso habrá que volver- no por casualidad ni por mero ornamento afectivo está estampado al frente de la constitución socialista, aprobada en 1976, de la República de Cuba: “si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

Afincado en ese pensamiento, braceó para organizar las fuerzas independentistas y preparar la guerra, atento siempre a forjar la realidad que deseaba para la futura patria emancipada. Lo auxiliaron talento, eticidad y tesón, y el estudio del mundo. Desde joven advirtió la médula feudal de Europa, y conoció manquedades en diversas encarnaciones republicanas, como en la primera y tambaleante República española; o en una sociedad modélica para otros: los Estados Unidos, cuya derivación en “república cesárea” denunció; o en nuestra América, donde los proyectos independistas habían incumplido lo que para él era un deber principal: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.

No era un aldeano vanidoso quien amasaba para Cuba un ideal de república al que nadie pudiera llevar “moldes o frenos”, y que impidiese a los opulentos sentarse sobre el sacrificio de los humildes. Para eso -lo sabía y lo tuvo presente en el núcleo de sus preocupaciones y de su labor- el pueblo cubano necesitaba independizarse de España e impedir a tiempo que se consumaran, a partir de la dominación de las Antillas, los planes expansionistas de los Estados Unidos. Tenía en mente esos desafíos cuando se planteó lograr, ya en campaña, la Asamblea encaminada a constituir democráticamente, y sin trabas para la indispensable acción militar, la segunda República de Cuba en Armas. Con esa aspiración mantuvo firme en La Mejorana sus fundadores puntos de vista.

La Asamblea tuvo lugar en Jimaguayú en el mismo año de 1895, pero cuando ya Martí había muerto en combate, en una guerra cuya efectividad planeada por él para la arrancada fracasó por los conocidos sucesos de Fernandina. En ese puerto floridano la acción de autoridades estadounidenses, auxiliadas por lo que parece haber sido la complicidad de un cubano desleal, imposibilitó que el levantamiento protagonizado el 24 de febrero tuviera el carácter sorpresivo favorable para asegurar el éxito de la contienda.

No hay que desbarrancarse en especulaciones para estar seguros de una cosa: por muchos méritos que alcanzara, la Asamblea que fue no podría ser como habría sido con la presencia de Martí. Y tampoco lo sería el intento constituyente de La Yaya, en 1897, cuando el Ejército Libertador había perdido también al general Antonio Maceo y sufría quebrantos que le alejaban la posibilidad de un triunfo rápido, como el que Martí sabía indispensable para conjurar la voracidad imperialista de los Estados Unidos. El acierto de su previsión se confirmó en 1898, cuando ese país intervino para frustrar la posible victoria cubana contra el ejército de la monarquía española, la cual prefirió humillarse y -cobro mediante- pactar con la potencia invasora antes que aceptar el triunfo de los patriotas rebeldes.

En la Cuba intervenida se constituyó una república que de ninguna manera podría consumar las aspiraciones de soberanía y justicia por las cuales los independentistas habían luchado, vertido sangre y, en una alta cifra, muerto. El desgaste y la desunión con que los defensores de la independencia habían llegado a tales circunstancias, el oportunismo que ejercieron autonomistas y anexionistas, las ansias de soberanía acumuladas durante décadas, generaron modos diversos de resignación y quietismo, y promovieron la imagen de que Cuba había salido victoriosa, gracias a los yanquis, según los cómplices de la intervención, o en el pensamiento de ilusos confundidos. En lo que debió ser el nacimiento de una forma de gobierno capaz de representar plenamente el Estado nación, aquel contexto suscitó que se llamase la República -como si lo fuera por antonomasia o encarnase la única o la mayor realización posible- a la proclamada el 20 de mayo de 1902.

Aquella república no podía dar al país la realidad por la que él había combatido, y si generaba ilusiones y espejismos, también mostraba, sobre todo a los más esclarecidos, que no se había llegado al estadio de soberanía y justicia por el que habían luchado muchos de sus mejores hijos, e hijas. Junto a gritos de “¡Viva la República!”, aumentaron las aspiraciones de llegar a tener una república digna, verdadera.

También creció la luz sobre un hecho: la beligerancia dio a Cuba un camino diferente del reservado a Puerto Rico, que entonces no llegó a alzarse como ella -miembros de su vanguardia patriótica optaron por unirse a la cubana-, y pasó de colonia de España a colonia de los Estados Unidos. Esa potencia, que no ignoraría lo que el Ejército Libertador cubano había representado y podía volver a representar, logró que esa fuerza se desactivara, y desplegó aquí el plan, previsto por Martí como peligro para toda nuestra América, de ensayar un nuevo “sistema de colonización”.

Frente a ese sistema, que luego se llamaría neocolonialismo, el espíritu de lucha del pueblo de Cuba mantuvo en pie los ideales republicanos. Por lo menos desde Julio Antonio Mella hasta Fidel Castro, pasando por Antonio Guiteras y otros líderes, la vanguardia revolucionaria cubana del siglo XX mostró plena claridad en cuanto a qué era lo digno: afincada en las aspiraciones que Martí encarnó, fue lúcida en lo relativo a la necesidad de darle a la patria una república legítima. La lucha contra la Enmienda Platt cesó cuando en 1934 ese engendro fue legalmente derogado, y en lo formal Cuba pasó de protectorado a república neocolonial. En ese braceo se fortaleció la lucha antiimperialista y se acendraron los ideales republicanos.

Indicio de esa realidad fue el intento sanador concentrado en la Asamblea Constituyente de 1940, en la que brilló la más radical izquierda organizada, incluyendo a los comunistas. En la medida en que la constitución aprobada la burlaron sistemáticamente los gobernantes de turno, su defensa devino uno de los pilares de la lucha revolucionaria. La más alta expresión de esa defensa correspondería a la avanzada de la generación que se llamó del centenario de Martí: su líder, Fidel Castro, sometido a juicio por los sucesos insurreccionales del 26 de julio de 1953, en el centro del alegato con que fundamentó los motivos de esos hechos enfatizó la necesidad de hacer valer la Constitución del 40 y, por tanto, las aspiraciones republicanas avaladas en ella.

Complejos retos y caminos esperaban a la Revolución que triunfó el 1 de enero de 1959. Pero, por ser ella verdadera, ni unos ni otros podían desviarla de los ideales republicanos. Por muchas traiciones que estos hayan sufrido en el mundo, y en la propia Cuba, en la lucha contra las monarquías y sus reminiscencias políticas, ideológicas y funcionales son, para la humanidad, un logro que merece ser fortalecido, profundizado, no abandonado. ¿No está en rescate el Capitolio Nacional para sede del parlamento revolucionario cubano?

Para redondear una primera etapa en la institucionalización del socialismo en el país, se aprobó en 1976 la Constitución de la República de Cuba, y en 1977 se establecieron los órganos de gobierno correspondientes. Valorar esos hechos como realidad programática, no como formulación vacía de significado, demanda no seguir regalando el rótulo la República -y sus derivados, como período republicano-a una etapa que, aunque marcada asimismo por ímpetus revolucionarios, se caracterizó por la frustración de los más profundos ideales republicanos. Mantener aquella tradición verbal tendría sentido si se quisiera negar o impedir que la nación cubana de hoy sea también una república, a cuya cabeza organizativa actúan los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba; o si se optara por figurar entre quienes sostienen que Cuba solamente brilló como nación desde el 20 de mayo de 1902 hasta el 31 de diciembre de 1958.

Cuba está envuelta en el afán de perfeccionar su funcionamiento social y, para ello, su economía. Tal fin debe conducirla -citemos el lema en boga- a un socialismo próspero y sustentable. En ese camino, tanto más si consigue tan altas y dignas metas, merece revalidar para ella, con plena dignidad, el grito de “¡Viva la República!”.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

Atiende Luis Toledo Sande: artesa de este tiempo


Fuente: CUBARTE