Por Victoria Ginzberg
...desaparecido en agosto de 1976, en un barril de metal lleno de cemento
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Homenaje a Crescencio Nicomedes Galañena Hernández
y a Jesús Cejas Arias, desaparecidos en 1976.
Imagen: Bernardino Avila
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Crescencio Nicomedes Galañena Hernández fue
una de las víctimas del terrorismo de Estado. Se comprobó que estuvo
secuestrado en Orletti junto a otro funcionario de la embajada. Sus
restos fueron hallados por un grupo de chicos 36 años después.
El
11 de junio pasado, un grupo de chicos que cazaba cuises y ratones en
un predio ubicado frente al aeródromo de San Fernando reparó en un
barril de metal oxidado con capacidad para 200 litros. Estaba roto. Los
chicos vieron huesos y llamaron al 911. La policía descubrió luego otros
dos toneles similares que también tenían restos óseos. Después de
analizarlos, se estableció que uno de los cuerpos pertenece a Crescencio
Nicomedes Galañena Hernández, un diplomático cubano desaparecido el 9
de agosto de 1976.
El
caso lo condujo el fiscal de San Isidro Luis Angelini, a cargo del área
ejecutiva de investigaciones criminales de San Fernando. El funcionario
judicial dio intervención al Equipo Argentino de Antropología Forense
(EAAF). Según confirmaron a Página/12 fuentes judiciales, la pericia
realizada por ese organismo –cuyos integrantes no quisieron ayer hacer
declaraciones– indicó que el cuerpo era con el 99,99 por ciento de
probabilidades del diplomático cubano. El expediente pasará ahora al
juzgado de Daniel Rafecas, quien tiene a su cargo la causa por los
delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino Automotores
Orletti, donde fue visto por última vez Galañena Hernández. Será la
Justicia Federal la encargada de certificar la identificación.
Galañena
Hernández fue secuestrado junto a Jesús Cejas Arias el 9 de agosto de
1976, en el barrio de Belgrano. Acababan de salir de la embajada cubana,
donde trabajaban. Cuatro días después, el 13 de agosto, La Opinión
publicó que “la embajada cubana en Buenos Aires está trabajando en
estrecho contacto con el gobierno argentino en la búsqueda de dos
miembros de la representación, acerca de quienes se presume que habrían
sido secuestrados. Los dos hombres, Jesús Cejas Arias y Crescencio
Galañena Hernández, integrantes ambos del personal administrativo de la
embajada cubana, no han sido vistos desde que salieron de la embajada el
lunes”. El 17 de agosto, en el mismo diario, se informó que “La agencia
de noticias Associated Press recibió ayer un sobre, por correo simple y
con estampilla argentina, conteniendo las credenciales de los empleados
administrativos de la embajada de Cuba, cuyo texto en letra manuscrita y
despareja dice: ‘Nosotros (Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena)
ambos cubanos nos dirigimos a usted para que por este medio comunicar
que hemos desertado de la embajada para gozar de la libertad del mundo
occidental’, la nota no lleva firma al pie ni ninguna otra aclaración.
La Cancillería argentina certificó la autenticidad de la credenciales”.
De esta forma la dictadura argentina montó un operativo para hacer creer
que los dos hombres habían abandonado el régimen cubano y no tener que
dar explicaciones por la desaparición de dos diplomáticos.
Pero
Cejas Arias y Galañena Hernández estaban cautivos en Automotores
Orletti, el centro clandestino que fue en Buenos Aires sede del Plan
Cóndor, es decir, de la coordinación represiva de las dictaduras del
Cono Sur. Según una investigación del periodista norteamericano John
Dinges, el agente de la CIA Michael Townley y el cubano-estadounidense
Guillermo Novo Sampoll habrían viajado a la Argentina para interrogar a
Cejas Arias y Galañena Hernández. “Ellos cooperaron en la tortura y el
asesinato de los dos diplomáticos cubanos”, habría declarado ante la
jueza María Servini de Cubría el represor Manuel Contreras Sepúlveda, ex
jefe de la DINA, la policía secreta pinochetista. Townley fue el autor
del asesinato en 1976 en Washington de Orlado Letelier, canciller de
Salvador Allende.
“El
inmueble donde funcionó Automotores Orletti –describió el juez Rafecas
cuando procesó a los represores que actuaron en ese centro clandestino–
era uno más de una larga hilera de casas bajas, en una típica calle, de
un típico barrio de la zona oeste capitalina, como era el de Flores
(...) Orletti muestra a las claras que el terrorismo de Estado en la
Argentina de 1976 pudo moverse con naturalidad también en espacios de
normalidad –y no de excepción– que no debió enfatizar el secreto sino
que actuó a la vista de quien quiera ver y escuchar; que se adaptó para
funcionar en un espacio donde antes había un hogar y un taller, y que a
su término, aquel hogar y aquel taller regresaron, se acondicionaron y
hasta aprovecharon las mejoras efectuadas por los ocupantes anteriores.”
Los
sobrevivientes relataron que las víctimas generalmente estaban en la
planta inferior o garaje, donde los mantenían tabicados y atados. Allí
se escuchaban gritos de la planta superior, donde funcionaba el cuarto
de tortura. Uno de los métodos crueles utilizados por los represores del
centro regenteado por la SIDE consistía en que los secuestrados eran
esposados y colgados de un gancho hasta que los pies quedaban a unos 20 o
30 centímetros del piso y en ese estado se les aplicaba electricidad en
el cuerpo.
Por
el secuestro y la desaparición de Galañena Hernández y Cejas Arias ya
fueron condenados en Argentina el general retirado Rodolfo Cabanillas,
quien se desempeñó como jefe de la División de la SIDE “Operaciones
Tácticas 18” (que correspondía a Orletti) y los represores Raúl
Guglielminetti, Eduardo Alfredo Ruffo y Honorio Carlos Martínez Ruiz.
No
es la primera vez que se encuentran víctimas que pasaron por Orletti,
en barriles. En 1976 fueron hallados siete recipientes de este mismo
tipo en el canal de San Fernando que contenían cadáveres y cemento. Los
cuerpos fueron enterrados como NN en el cementerio de San Fernando y
pudieron ser identificados tiempo después. En 1989 se supo que uno de
ellos era Marcelo Gelman, hijo del poeta Juan Gelman.
Los
tres tambores encontrados en junio, hace menos de dos meses, también se
hallaron en un predio de San Fernando, en donde se estaban realizando
trabajos de movimiento de tierra para, aparentemente, construir
viviendas y donde antes había una tosquera. Estaban numerados y rellenos
de concreto. Allí se mantuvieron los restos de Galañena Hernández hasta
que el grupo de niños que cazaba vio los huesos. El fiscal Luis
Angelini ordenó que la Superintendencia de la Policía Científica realice
una búsqueda intensiva para determinar si hay más barriles en el predio
y también que se analicen los encontrados con el fin de determinar si
estuvieron en ese sitio durante 36 años o fueron recientemente
depositados allí.
Rafecas
había señalado en su resolución, al hacer alusión a los barriles
hallados en 1976: “El proceso de la deshumanización, que comenzaba con
la captura y continuaba en el campo de detención y tortura, tuvo en
estos casos un final que difícilmente pueda ser superado desde la
perspectiva de la eliminación de todo vestigio de condición humana para
con los cautivos: hay que caer en la cuenta de que personas con las que
compartimos una misma cultura, una misma civilización, ejecutaron de un
disparo en la cabeza a hombres y mujeres que estaban a su merced; luego
se procuraron tambores, arena y cemento; luego, no sin esfuerzo, y
seguramente de propia mano, colocaron los cadáveres en los tambores, los
rellenaron, los sellaron, llevaron con sus brazos la carga de restos
humanos hasta los camiones y finalmente arrojaron los tambores al río”.