Por Rosa C. Báez
Me
recuerdo niña, coreando el estribillo, en “corretajes” con los
amiguitos del barrio… me recuerdo también con aquellos “faroles” que mi
padre nos hacía a todos, tomando los pomos de conserva que mami
atesoraba, y llenándolos de cocuyos, sintiéndonos brigadistas… me
recuerdo ayudando a enseñar a los que no sabían leer y escribir por los
contornos… pero mucho antes, recuerdo la gritería un 1º de enero que
me hizo llenarme de aquel nombre: Fidel…
Recuerdo
los ómnibus saliendo de mi barrio, no sé con rumbo cuál, para pedirle
que no dejara sus cargos porque ¿qué revolución tendríamos sin él?
Recuerdo
la tarde en que una gritería enorme, con decenas de muchachos corriendo
detrás de un jeep, me dejaría con rabieta porque no me dejaron correr
también detrás, en aquel jeep verde olivo donde todos decían “ahí va
Fidel”.
Recuerdo
verlo pasar delante de mí, en una caravana de autos, llegando a la
Plaza; también mi emoción desenfrenada en la Ciudad Deportiva, al verlo
instalarse en un palco contiguo, mientras con sus manos y su sonrisa
pedía cordura, para que continuara el partido de básquet…
Recuerdo
su voz en los altavoces, en mi beca de Ciudad Libertad, dándonos el
triste anuncio de la muerte del Che, o mi abrazo sollozante a mis
compañeras cuando junto a la madriguera del yanqui anunciaba, “los 10
millones no van”…
Luego
lo recuerdo cuando en la Biblioteca Nacional, por primera vez después
de sus “Palabras a los Intelectuales” asistió a la presentación de un
libro de Gerardo, el de Los Cinco… recuerdo el orgullo y la emoción de
que fuera mi área de trabajo la escogida para servir como puesto de
mando… recuerdo verlo, allá delante, a unas filas de distancia…
Recuerdo
la eterna ansia de poder estrechar su mano, recuerdo la alegría de
haber sido la portadora de la feliz noticia a los 4 vientos: “Yayabo
está en la calle”…
Pero
sobre todo, recuerdo el orgullo infinito de poder responder Sí en
Argentina cuando mis interlocutores me preguntaban, a cada paso, si era
de “la Cuba de Fidel”.
Así
estás, Fidel de Cuba, en cada uno de mis tiempos. Así estás, Comandante
infinito, en cada obra, en cada idea, en cada avance de esta Cuba que
es tan tuya como nuestra… en cada hombre que ha estado en tu presencia,
como aquél que en otras tierras, conserva intacto en su corazón el día
que gritaba en aquella carrera que tú estabas acompañando desde la
tribuna presidencial…
Así
estás, hoy en tu 87 cumpleaños, venciendo las tormentas, los infundios,
las mentiras: siendo ejemplo para cada revolucionario del mundo, siendo
todavía y siempre, aquel de mi coro infantil:
“Fidel, Fidel, qué tiene Fidel, que los americanos no pueden con él”