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martes, 1 de octubre de 2013

A propósito de blogueros y periodistas...

Quien ha tropezado con esta Polilla Cubana por los enrevesados vericuetos de la "super carretera", habrá podido notar que siempre se presenta como una "difusora de noticias en web", pues mi amada profesión es la de bibliotecaria y, como no poseo estudios de periodismo y no me apetece el rol de intrusa profesional, no me digo periodista; apenas si bloguera, pues no soy -como acostumbra mencionar mi compañera Norelys Morales- una "gestora de contenidos" si no, y repito, alguien cuya tarea y alegría es compartir a los cuatro vientos aquello que considero de relevancia para ser conocido por los que, ellos sí, producen textos de elevada valía. Tal vez por ello también usé la "vestimenta" que cortara y cosiera el estimado Juan Marrero en su post publicado en "Sin secretismo", la magnífica sección de Cubaperiodistas, porque me dolió, en mi nombre y en el de los otros, los que hacen buen periodismo, sin diplomas ni carnets, en sus blogs. Felizmente, de las filas de esos, se alzó la voz de un bloguero cubano, Harold Cárdenas, fundador del Blog La Joven Cuba y uno de los promotores del primer encuentro de blogueros cubanos, el Blogazo X Cuba y a su artículo dio cumplida respuesta Marrero. Acá los dejo con el intercambio y el link al post que lo originara.
Sin prisa, pero sin pausa
Juan Marrero
http://www.cubaperiodistas.cu/sin_secretismo/23.htm



El escribidor de blogs
Por Harold Cárdenas Lema*

Soy un pecador, cometí el pecado original de no tener una formación como periodista o comunicador social y aún así pretender dar una mirada sobre mi realidad. Comprendí mi grave error cuando leí un artículo publicado el 26 de septiembre en el sitio oficial de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). Yo que creía ser bloguero aprendí en ese texto que esa palabra no existe, no se menciona, soy solo un “escribidor de blogs” que no está afiliado al movimiento periodístico nacional.

 Resulta difícil no sentirse aludido en un escrito tan ambiguo. En él se dice que los medios nacionales están mejorando en la lucha contra el secretismo, una opinión que comparto pero la considero un resultado multifactorial, un producto de la acción constante de los inconformes en nuestra sociedad, algo a lo que han contribuido también los blogueros cubanos y el autor desconoce.

 Si la intención era hacer referencia a que algunos pecan de hipercríticos e ignoran los pasos positivos de los últimos años, entonces comulgo con la idea e incluso ya hemos hecho referencia a ella anteriormente, pero lo publicado deja un sabor muy negativo que es difícil de ignorar.

 Quizás si los blogueros hubieran sido un movimiento feliz carente de contradicciones ese artículo no hubiera provocado el dolor que expreso, más aún cuando fue escrito por un funcionario de larga trayectoria en el periodismo de nuestro país. Quizás el autor desconoce de las sanciones laborales que sufrieron los primeros en una blogosfera que en estos días llega a convocar a Julián Assange a mostrar su solidaridad con Cuba, que están en la primera línea de defensa de este país, que se equivocan en ocasiones pero lo hacen trabajando voluntariamente por un país mejor, cuando muchos otros no se atreven a arriesgar sus miserias.

 En el artículo se les reclama a los blogueros creerse “dueños de decir todo lo que les venga en ganas”, nada más parecido a la libertad de expresión, nada más parecido a lo que debe ser el espíritu de una Revolución por muy bloqueada que esté. Si el autor se refería a la responsabilidad que implica esta labor, créame que un bloguero siente la misma presión que un periodista que quiere ser objetivo y útil a su sociedad.

 Nunca he buscado distinciones entre aquellos que escriben en la web, la calidad o el valor de un texto no radica en un título universitario o no, ni siquiera lo había pensado pero obviamente otros sí. Hace unos días vi a una estudiante de periodismo preguntar en una conferencia cuántos de los blogs más consultados son escritos por periodistas, la pregunta era retórica e incluía cierta malicia pero no dejaba de señalar algo sintomático: no se puede despreciar o hacer diferencias entre profesionales o no, el sectarismo no conduce a ninguna parte.

 Confieso que el mencionado artículo me deja preocupado, quizá debo esperar a que se otorguen las licencias para los “escribidores de blogs”, debo tener cuidado de no violar alguna ley o resolución, digo, otra que no sea la 127 que sí tengo que irrespetar a diario para seguir existiendo en la web.

 Soy un pecador, cometí el pecado original de no tener una formación como periodista o comunicador social y aún así pretender dar una mirada sobre mi realidad. Soy un escribidor de blogs que se comunica mediante ellos por falta de otra vía, este artículo me ha dolido porque muestra cuánto desconocimiento existe aún sobre la blogosfera entre algunos funcionarios del mundo periodístico, este es un hecho… y parafraseando al autor en cuestión: “nadie lo puede tapar con un dedo”.
  *Joven profesor universitario, fundador de uno de los blogs más polémicos de nuestra blogosfera, La Joven Cuba

Tomado de La Joven Cuba
 
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Respuesta sincera a un pecador de otro pecador
Por Juan Marrero

Harold Cárdenas es un joven bloguero que se ha molestado con el comentario que publiqué en cubaperiodistas.cu, en la sección Sin Secretismo [Link más arriba], relacionado con algunas señales que se han dado en los medios en respuesta a la cerrazón informativa luego del IX Congreso de la UPEC. No tuve intención alguna de negar a nadie su derecho a dar una mirada a la realidad ni desconocer la contribución de algunos blogueros en la lucha contra el secretismo, y mucho menos atizar divisiones entre quienes ejercen el periodismo como profesión y aquellos que hacen lo que se ha dado en llamar periodismo ciudadano, gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación. 

 Mi única intención fue llamar la atención sobre algunos hipercríticos que andan por la blogosfera y que actúan, a veces, de modo irresponsable, enjuiciando lo humano y lo divino, y de ahí la oración que utilicé de que se consideran “dueños de decir todo lo que les venga en ganas”. El propio Harold advirtió mi intención y lo reconoce.

 No fueron para ti, Harold, ni para los blogueros que trabajan con honestidad, mis alusiones en el artículo “Sin prisa, pero sin pausa”. A los jóvenes que escriben en blogs, periodistas profesionales o no, y lo hacen con altura y constructivamente, los respeto. Saludo que en JovenCuba expongas tus opiniones de la forma en que lo has hecho, aunque no comparta algunas de ellas. Solo te pregunto: ¿Por qué te pones una vestimenta que no está hecha a tu medida?

 Quiero, además, recordarte que la UPEC ha tenido mucho que ver en el desarrollo del movimiento de blogueros en Cuba. No ha estado a espaldas de él. Las aulas del Instituto Internacional de Periodismo José Martí han estado abiertas para la formación de muchos jóvenes blogueros. Tú mismo estuviste recientemente participando en el taller dado por el editorialista de La Jornada y en la videoconferencia La Habana-Londres con Julián Assange, fundador de Wikileaks. Y cuando yo era vicepresidente de la UPEC, electo por dos congresos, siempre alenté el desarrollo de ese movimiento.

 Si me preguntases si algo de lo que escribiste me molestó, con sinceridad te diría que solamente ese título que me endilgaste de “funcionario de larga trayectoria en el periodismo de nuestro país”. Lo que he hecho a lo largo de más de 55 años es hacer periodismo,  pero no cualquier periodismo, sino un periodismo para clavar la verdad en los corazones y servidor de ideas justas y dignas.  He tenido como principio comunicar lo poco que sé y aprender lo mucho que no sé todavía. De las nuevas realidades de la blogosfera estoy aprendiendo en estos tiempos, ya en el ocaso de mi existencia. 

 Harold comienza su nota diciendo “Soy un pecador, cometí el pecado original de no tener una formación como periodista o como comunicador social…” Y te digo que yo también soy un pecador, cometí el pecado original de no tener un título universitario y no tengo ni postgrados, ni másters ni candidato a doctor… pero he sido y soy un periodista del pueblo y para el pueblo por más de 55 años. 

 Me han dicho que otros blogueros han hecho comentarios sobre la nota que publiqué en Cubaperiodistas.cu No voy, por supuesto, a contestar individualmente a cada uno. Mis ideas principales son las que he expuesto en esta sincera respuesta a Harold. 

Fuente Cubaperiodistas.cu



Fuente Cubaperiodistas.cu

sábado, 22 de junio de 2013

La prensa en el centro de la cultura, de la vida

Por Luis Toledo Sande*
 

 
Que los medios encargados de hacerlo no informen con pleno vigor sobre las reuniones en que los trabajadores de la prensa defienden revolucionariamente que ella afiance sus virtudes y -como ha exigido la máxima dirección del país- se libre de déficits que menguan su efectividad, no significa que dichas reuniones no sean vigorosas. En ellas, acaso más que en la brega cotidiana, donde pudieran predominar formas de una “inercia” que viene de lo establecido vuelto costumbre, trabajadores del sector expresan ideas y actitudes contrarias felizmente a la debilidad, la grisura, la resignación y la parálisis.

Lo hacen porque saben que se necesitan conceptos válidos para perfeccionar -como parte de la sociedad en su conjunto- la información, que es un bien público y debe ser de ley, exista o no exista una ley de la información. Los obstáculos en ese camino son disímiles y pueden tener gran peso. Pero no enfrentarlos con la decisión de vencerlos sería funesto para el país, cuyo perfeccionamiento no debe reducirse a la economía. Si prevalecieran resortes capaces de frenar los ideales socialistas, a los que deben servir los cambios económicos necesarios, las conquistas del socialismo estarían en peligro junto con él.

Sería ingenuo creer que el logro de aspiraciones semejantes resultará fácil. La prensa debe estar atenta a los obstáculos que lo dificulten, porque le toca informar acerca de ellos para que sean revertidos, y porque atentan contra el desarrollo que ella misma necesita alcanzar. Entre los obstáculos figuran las carencias económicas del país, inseparables de deficiencias internas que se agravan por el férreo bloqueo económico, financiero y comercial que el imperio le ha impuesto al país durante medio siglo, y cuyo cese no se vislumbra.

No cabe desconocer tales escollos, pero el líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, ha dicho que, no obstante el enorme asedio lanzado contra ella desde el exterior, lo que podría derrocarla serían sus propios errores y en especial la corrupción, objetivamente contrarrevolucionaria. Esperar a que el bloqueo expire para luego erradicar esos males, y esperar a que esté asegurada la eficiencia económica para entonces perfeccionar el funcionamiento social cotidiano, pudiera favorecer el advenimiento de una sociedad que estaría harto lejos de representar los ideales por los que se ha vertido sudor y sangre.

No hay que ilusionarse con un pronto levantamiento del bloqueo, y menos aún esperar que el imperio lo suspenda con el ánimo de facilitarle a Cuba la construcción del socialismo. Luchar contra el bloqueo es un deber político y moral; aunque, de levantarse, quizás sería porque el imperio hubiera decidido librarse ya de la influencia de la camarilla -de origen cubano en gran parte- que ha hecho de la contrarrevolución un negocio altamente lucrativo. Pero tal camarilla no es una adherencia anómala del poder en los Estados Unidos, sino parte de él, en el que tiene peso, y en sus tendencias dominantes la gran potencia no parece encaminarse a la apertura comercial como un medio más eficaz que la abierta hostilidad para influir en Cuba y torcerle el camino.

Si el bloqueo es una forma particularmente visible de la reacción imperialista contra una Cuba que molesta porque decidió alcanzar y defender su soberanía, y buscar la justicia social, hay razón para vaticinar que el imperio solamente dejaría de reaccionar contra ella si dejara de resultarle incómoda y no mereciera ya el honor de ser objeto de su tirria. Tal vez no estén descaminados quienes ven el bloqueo como parte de un conflicto histórico que viene del siglo XIX y, en cuanto a persistencia, pudiera tener derivaciones comparables con las que median entre el Israel sionista y la Palestina agredida.

Uno de los propósitos -y no el menos malvado- que con mayor o menor conciencia animan a los promotores de la hostilidad imperialista contra Cuba, pudiera ser que en ésta se generalizase una mentalidad defensiva capaz de conducirla a un autobloqueo letal. En ello tendría su parte una prensa que, atascada en la idea de no permitir que el enemigo le trace su agenda, evada dar al pueblo toda la información que éste necesita, reclama y merece, y eternice prácticas como las que hace décadas Fidel Castro llamó síndrome del silencio o del misterio, y en años recientes Raúl Castro ha tildado de secretismo y enfáticamente ha llamado a erradicarlas.

En la resistencia que parece actuar contra ese llamamiento se yerguen a veces las sombras de la perestroika y la glásnot, nombres de aspiraciones -en ruso, como se sabe, transformación y transparencia, respectivamente- que en la otrora Unión Soviética eran necesarias, pero terminaron manipuladas como recursos para desmontar el socialismo llamado real y desintegrar la propia URSS. Ante fantasmas como esos, lejanos ya para nuevas hornadas de periodistas y ciudadanos en general -muchos nacidos cuando la URSS ya no era presentada como el modelo a seguir-, es necesario ir a la historia, a la vida, en busca de verdades rotundas.

Frente a lo que parece ser la tendencia a olvidarlo, se debe insistir en una máxima sostenida por Lenin: la verdad es revolucionaria, no porque los hechos que ella expresa sean necesariamente revolucionarios, sino porque ninguna práctica revolucionaria puede triunfar cuando la verdad se desconoce, se enmascara o se falsea.

Si la perestroika y la glásnot fueron inicialmente consignas capaces de movilizar y entusiasmar a poblaciones enteras y a partidos que debían ser comunistas de verdad -en los hechos y con la actitud de sus militantes, empezando por los dirigentes- pero estaban desmovilizados en la rutina de la obediencia verdadera o simulada, no se debió al poder mágico de palabra alguna, sino a que la sociedad necesitaba cambios. Ninguna supuesta o real transparencia informativa dio al traste con el socialismo: lo demolieron la inercia y las deformaciones acumuladas en el funcionamiento cotidiano de la sociedad, y, sobre todo, las mafias que en torno al poder político o en él, se formaron al amparo de ocultamientos, misterios, silencios y secretos avalados o impuestos.

Ignorar esos hechos puede servir para calzar autocomplacencias, pero no para encontrar vías y actitudes necesarias cuando se quiere transformar acertadamente la realidad. Si de voluntad marxista se trata, el camino errado puede conducir a que se echen por la borda las luces del materialismo histórico, y a dictaminar que un traidor más o menos taimado y otro adicto al alcohol pueden echar abajo la obra de todo un partido. No se menosprecie el papel de las personalidades, pero tampoco se olvide que ellas por sí solas no hacen la historia ni echan abajo partidos numerosos y bien pertrechados de ideas, de buenos ejemplos y de una claridad ideológica difícil de imaginar allí donde falte la transparencia indispensable. La convocatoria a lograrla puede tropezar, más que con fantasmas, con hechos asociables formalmente a la subjetividad, pero objetivos por su peso y por sus efectos prácticos.

Realidades como las que vivieron la URSS y en general el denominado campo socialista europeo aportan lecciones a los movimientos revolucionarios en el mundo: no para impedir las transformaciones necesarias y la debida y legítima claridad en la información, sino para asumirlas resueltamente y con lucidez. Además de que en Cuba sería suicida posponerlas al levantamiento del bloqueo o a la solución de problemas económicos que en efecto urge vencer, la solución de éstas ni siquiera depende por completo de la voluntad nacional: también el afán socialista sufre los efectos de la crisis sistémica global del capitalismo.

Es necesario impedir que al amparo de calamidades provocadas o reforzadas por el asedio imperialista prosperen justificaciones y se afiancen cortinas a cuyo amparo -fueran ellas de hierro o de silencio- surja o crezca la corrupción generadora de mafias, como hemos recordado que ocurrió en los países europeos llamados socialistas. De igual modo, que las desigualdades sociales resulten inevitables no es razón para abandonar el ideal de justa igualdad -por muy inalcanzable que esta resulte o parezca ser-, ni para olvidar que las desigualdades pueden ser aliadas de la corrupción y de otros males, sobre todo si las autoridades y la prensa no cumplen su papel esclarecedor, un papel que en particular a la segunda es necesario exigirle y permitirle.

Habrá problemas materiales que resolver en la prensa, como en otros sectores. Pero sería calamitoso esperar a tener todas las computadoras y la conectividad necesarias -¡ojalá se tuvieran pronto!-, la capacidad editorial y poligráfica convenientes y los cambios salariales apremiantes no solo en ella, para luego buscar la soltura informativa ineludible en la brega revolucionaria. Se puede ver con ojeriza y devaluar de antemano a quienes critiquen los déficits de la prensa; pero si las críticas tienen una determinada cantidad de razones, de aciertos, lo sensato no es limitarse a ignorarlas, repudiarlas o negarles valor. Lo que el país necesita es eliminar los hechos que dan razones a la impugnación de la realidad.

Antonio Machado, quien tenía en mente la España que él representaba y defendía -un ideal aplastado por la sedición fascista que se adueñó del poder durante décadas-, podía desear para ella una república cristiana, democrática y liberal, virtudes de las cuales a una república como la Cuba de hoy, laica y no guiada por prédicas liberales, le corresponde cultivar para sí la democracia: una democracia verdadera y basada en la plena participación popular. Pero algo enseña lo que el machadiano Juan de Mairena sostiene con otro personaje: “En una república […] conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión del pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas”.

El poeta sevillano -hombre que era, “en el buen sentido de la palabra, bueno”- creó heterónimos, especialmente Juan de Mairena, para desplegar debates dialécticos en sus textos. En ese juego tan serio asumió como lo demoníaco fértil “la emisión del pensamiento” y como práctica útil, eso que en la sabiduría colectiva se ha definido como ejercer de abogado del diablo. Se trata de confrontar ideas, de propiciar la polémica orientada a iluminar los caminos por donde triunfe el bien, una aspiración que incluye saber que el Demonio no tiene la razón, pero conviene oírle sus razones, para dejarlo sin ellas, no reduciéndolas al silencio, sino transformando la realidad que les dé base.

La discusión sería estéril o no del todo fértil, si se limitara a hacer trizas lo dicho por el enemigo, aunque también eso es necesario, como en las circunstancias en que, buscando para Cuba una revolución verdadera y victoriosa, vivió antes de 1959 el Fidel Castro que publicó en aquellos años, en La Habana: “¡Mientes, Chaviano!” y otros artículos similares. El citado fue parte de una labor para la cual el líder halló en Bohemia el espacio por el cual, pensando también -no solamente- en aportes de esa revista posteriores a 1959, pudo calificar a dicha publicación como “nuestro más firme baluarte”.

La franqueza y el coraje son necesarios asimismo dentro de la obra revolucionaria, para enfrentar responsablemente actitudes y hechos en que de algún modo haya motivos para ver obstáculos opuestos a la Revolución. Siempre será preferible la necesidad de hacer rectificaciones justas -para eso sirven el diálogo y la polémica- antes que apoyar errores con la connivencia del silencio. Debe preocupar que quien practique el secretismo lo haga sabiendo que no corre por ello ningún peligro, y que lo costoso sea no observar la prudencia capaz de conducir al falseamiento o la ocultación de la realidad.

A varios ejemplos se ha referido este articulista en otros textos, y habría más. Hace décadas Fidel Castro reaccionó enérgicamente ante una poda hecha en el testamento político de José Antonio Echeverría para ocultar su religiosidad, y más recientemente Raúl Castro reaccionó también con ardor contra la discriminación de una trabajadora religiosa. Pero aún alguien puede suprimir en un texto la alusión a la religiosidad de un héroe, sin que nada le ocurra por ello, como, que sepamos, ningún riesgo corre quien frena la información sobre hechos inocultables que el pueblo acaba conociendo por rumores (o por medios enemigos).

Si la intensidad y la honradez de los debates que protagonizan trabajadores de la prensa no son reflejadas vigorosamente, para favorecer su buen efecto, por órganos que pueden o deben hacerlo, ¿no será porque prevalecen prácticas que la dirección del país ha llamado a erradicar? Cuanto más persistan -en la prensa pueden sobrevivir como “prerrogativas de quien dirige” y “líneas editoriales”-, mayor será el peligro de que la nación no logre a tiempo y bien los cambios que le urgen. No es cuestión de fantasmas, ni de imitaciones.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.


Atiende Luis Toledo Sande: artesa de este tiempo

Fuente: CUBARTE; (Detalles en el órgano, XV)
 Fecha: 2013-06-21


Imagen agregada RCBáez

jueves, 21 de febrero de 2013

Cultura informativa y cambio de mentalidad

Por Luis Toledo Sande*


En el camino trazado por Fidel, líder histórico de la Revolución Cubana, quien hace años convocó a erradicar el llamado “síndrome del silencio”, el general de ejército Raúl Castro Ruz ha insistido en la necesidad, o urgencia, de erradicar el secretismo. Lo ha hecho con particular fuerza, pero no solamente en ese foro, en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el que fue repudiado ese mal, como en la posterior Conferencia de la organización. Los Lineamientos acordados ratificaron la necesidad de abonar lo que de hecho sería una cultura informativa a la altura de la instrucción que, obra de la misma brega revolucionaria, empezó a generalizarse en el país desde 1959.

El mismo dirigente impugnó la práctica abusiva en que algunos incurren al evocar la seguridad nacional para ocultar hechos que el pueblo debe conocer y son inocultables. No pueden ser secretos un asesinato cometido en la Autopista Nacional; o malos manejos, de efectos objetivamente contrarrevolucionarios, que causen víctimas mortales en un centro de atención médica cualquiera, no digamos ya en un hospital insignia de los hermosos logros de la Revolución en materia de salud; o incendios que también provoquen muertes o dañen la economía nacional; o un apagón que deje sin luz a medio país; o brotes epidémicos peligrosos para la población.

Ni con mucho se ha querido aquí esbozar un inventario. Apenas se han mencionado algunos ejemplos conocidos de acontecimientos que sería ingenuo considerar secretos. Desde que ocurren devienen, en distintos grados, de conocimiento público: son inocultables, haya o no haya las agilidades de Internet y de la telefonía celular que, no obstante las limitaciones, son una realidad a la cual sería insensato renunciar.

Las causas de los hechos podrán requerir investigación para anunciarlas y enfrentarlas con la debida seriedad, y, a veces, para detectar conexiones con otros episodios y protagonistas delictivos. Pero los acontecimientos se anuncian solos, y los rumores prosperan más si falta la información confiable, necesaria también para impedir que se den velos de silencio o insuficiente claridad tras los cuales pueden prosperar lacras como la corrupción, que, de hecho, es contrarrevolucionaria.

No informar rápida y claramente, digamos, sobre la aparición de enfermedades para impedir que el país sea blanco de campañas enemigas sería, entre otras cosas, ignorar que tal aparición acabará sabiéndose, y que el enemigo no necesita datos reales para difamar a Cuba: los inventa. Sería también, o sobre todo, soslayar que, cuanto más puntual y precisa resulte la información dada, más confiable se vuelve a los ojos de quienes defienden a Cuba en el mundo, o simplemente quieren conocerla, y, en primer lugar, para la propia población nacional.

Conceptualmente y en la práctica la buena cultura de la información sustenta un criterio: la falta de agilidad o claridad informativas sobre una epidemia -física o moral- conspira contra la percepción de peligro, necesaria para generar la conciencia sobre las medidas que se deben aplicar contra la propagación de la enfermedad. Y no es lo mismo una dolencia que produzca manchas en las uñas -aunque tampoco esa deba descuidarse- que otra capaz de causar muertes, por muy controlada que esté. Si el terror se estimula por la propaganda desenfrenada, también o más aún cunde por el ocultamiento.

El propio Raúl ha reclamado que también en la información generemos un cambio de mentalidad. No hacerlo sería nocivo para los ideales revolucionarios, que se afianzan con la civilidad y el funcionamiento de un pueblo participante y bien informado. Esas virtudes son igualmente necesarias para la correcta actualización del modelo económico, con la cual se busca una eficiencia que, lejos de ser un fin, es un medio indispensable para preservar las conquistas justicieras logradas con las banderas del socialismo, y propiciar un mejor funcionamiento del país, civilidad incluida. Pero no todas las mentalidades son dadas a cambiar con la misma facilidad, y, si es saludable estar alertas contra cambios impostados, también puede ser necesaria la sustitución de mentes (de personas) que constituyan frenos para las transformaciones requeridas.

La información es tarea visible de la prensa, que da la cara ante el pueblo, del cual es parte orgánica. Pero la efectividad de esa tarea no depende únicamente de los medios de información. Son también determinantes las instituciones y cuantas personas estén llamadas a exigir y propiciar que la prensa desempeñe cabalmente su papel, sin desbordamientos irresponsables ni cortapisas frustrantes. Es cierto: hay riesgos que enfrentar, y los límites no son siempre fáciles de establecer o percibir; pero nada sería más letal que la resignación y la parálisis propiciadas por prácticas informativas deficientes, basadas en una mesura desmedida. El desprestigio imperante en la prensa capitalista no debe conducir a la prensa revolucionaria a conformismo de ningún tipo. De incurrir en él, correría el riesgo de estancarse en la inoperancia.

Puesto que la prensa pertenece al pueblo, este -para cuya preparación cultural el país ha invertido grandes recursos- tiene derecho a exigirle que desempeñe bien su labor. Y cada colectivo de la prensa debe atender celosamente su labor en su centro de trabajo. Pero ello no es razón para que se desentienda de lo que ocurra fuera de sus límites inmediatos.

Privilegiar, más que el enfrentamiento de los problemas, consideraciones formales o de procedimiento -que deben ocupar su justo lugar-, puede acercarse al espíritu burocrático contra el cual también ha llamado a luchar la dirigencia de la Revolución, desde su más alto nivel. Atascarse en la inmediatez rodeante puede objetivamente conducir a la indiferencia ante lo mal hecho en otros ámbitos, mientras que el país es uno solo y una sola es la Revolución. Esa comprensión es también un acto profundamente cultural.

Si en el terreno de la salud física hay que saber enfrentar enfermedades, en otras esferas es necesario librar a la población de la justa cólera que pudiera generarle el saberse mal informada, o de la resignación pasiva que, ante ello, no sería ciertamente una ventaja. Todos tenemos mucho que aprender en un pueblo beneficiado por el empeño educativo de una Revolución que, desde los primeros momentos, hizo suyo el reclamo de su autor intelectual -“Ser culto es el único modo de ser libre”-, y no lo invitó a creer, sino a leer. Sería un sinsentido apostar por un periodismo gris, cuando lo que se necesita es fomentar la luz, no para usarla de lámpara ornamental, sino para orientarse con ella.

Nota: El texto da continuidad a otros del autor aparecidos en el mismo portal: especialmente al artículo “Información y participación ciudadanas (Detalles en el órgano. VIII)”.

Publicado originalmente en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana

Fuente Blog Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo


*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

Imagen agregada RCBaez

martes, 19 de junio de 2012

Los Cinco de Cuba y las verdades ocultas

Por Salvador Capote


 
El profesor Martin Garbus, uno de los más prestigiosos juristas estadounidenses, integrante del equipo de defensa de los patriotas cubanos encarcelados en Estados Unidos, y sus colegas Tom Goldstein y Richard Klugh, presentaron recientemente una moción ante la Corte del Distrito Sur de la Florida, a nombre de Gerardo Hernández Nordelo –uno de los Cinco- , con el fin de obtener la orden pertinente para que el gobierno entregue documentos que obran en su poder y que se negó a divulgar durante el proceso judicial.

La moción forma parte de la apelación colateral iniciada en junio de 2010, basada en el derecho que tienen sus defendidos de conocer el alcance de la campaña de publicidad negativa contra ellos financiada por el gobierno para asegurar que fuesen declarados culpables.

Involucrados en la cobertura incendiaria pagada por el gobierno antes, durante y después del juicio contra los Cinco, se encuentran 84 periodistas, locutores y comentaristas de varios órganos de la prensa escrita, siete canales de televisión y 13 estaciones de radio. (1)

En enero de 2009, el Comité Nacional por la Libertad de los Cinco, basándose en la Ley de Libertad de Información (“Freedom of Information Act, FOIA”) solicitó al Buró de Gobernadores de Transmisiones (“Broadcasting Board of Governors, BBG”), agencia oficial de propaganda del gobierno,  y a su Oficina de Transmisiones a Cuba (“Office of Cuba Broadcasting, OCB”) información sobre los pagos realizados  a periodistas de Miami creadores de una atmósfera envenenada que impidió  la realización de un juicio justo en esta ciudad. (2)

Varios meses más tarde, la OCB entregó muy limitada información preliminar sobre pagos realizados a algunos de estos periodistas. Desde entonces, la agencia se ha negado a liberar toda la información que posee sobre los contratos suscritos con la prensa de Miami, en particular los anteriores a 1999, de vital importancia para la defensa de Gerardo.

No obstante, el esfuerzo realizado durante varios años por el Comité Nacional por la Libertad de los Cinco, y la Sociedad para la Fundación de la Justicia Civil, logró poner al descubierto una cantidad impresionante de materiales probatorios de esta operación gubernamental. El periódico “Liberation” ha publicado hasta ahora más de 2,200 páginas de contratos entre periodistas de Miami y Radio-TV Martí (3). Aunque estos documentos constituyen sólo una parte minúscula de los que la OCB se niega a liberar, constituyen prueba suficiente de que el gobierno que juzgó a los Cinco pagaba al mismo tiempo a los periodistas que creaban la atmósfera que hacía inevitable la condena.

Recordemos que las leyes estadounidenses prohíben claramente la utilización de fondos federales para financiar la propaganda encubierta dentro del territorio de Estados Unidos.

Los pagos secretos, realizados principalmente a través de Radio y TV Martí, a periodistas supuestamente independientes, no sólo son contrarios a la ética de los comunicadores sino que violan flagrantemente la ley y revelan que la condena a los Cinco fue determinada por razones políticas.

En el período que va desde el 27 de noviembre del año 2000 hasta el 8 de junio de 2001 -que corresponde al tiempo transcurrido desde el inicio del proceso contra los Cinco hasta que fueron considerados culpables por el jurado- el Nuevo Herald publicó 806 artículos, y “The Miami Herald” 305, que podían influir negativamente en el proceso judicial (4). Esta sobresaturación de la prensa creando un clima hostil contra los Cinco debería bastar para que el sistema judicial de Estados Unidos declarase nulo un juicio que nunca debió realizarse en Miami.

FOIA es una ley federal que permite solicitar información al gobierno acerca de sus acciones. El gobierno está obligado a entregar toda la información requerida siempre que no esté clasificada o, por ley, exenta de divulgación. Está en vigor desde 1967 pero ha sufrido modificaciones a través de los años, sobre todo a partir de 1982. Con la escalada de guerras de agresión, operaciones encubiertas, programas de entrenamiento en técnicas represivas (Escuela de las Américas), apoyo a dictadores latinoamericanos, golpes de estado, asesinatos extrajudiciales, detenciones arbitrarias, prisiones clandestinas, torturas de prisioneros etc., la necesidad de sucesivas administraciones norteamericanas de mantener secretas sus acciones dieron por resultado varias enmiendas y órdenes ejecutivas que mellaron casi completamente el filo de esta ley, incluyendo la Orden Ejecutiva de 2009 del presidente Obama, aberración jurídica que permite reclasificar retroactivamente  documentos que estén ya en trámite de entrega.

Numerosas operaciones encubiertas y los documentos relacionados con ellas permanecen total o parcialmente en secreto. Mencionaré entre las principales el derrocamiento de gobiernos electos democráticamente como los de Guatemala e Irán en la década de los 50, el financiamiento de partidos políticos pro-USA en Europa, la invasión a Cuba por Playa Girón en 1961, el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973, las operaciones militares secretas en Vietnam, Cambodia y Laos -financiadas con el tráfico de heroína-  y la guerra sucia contra Nicaragua en los 80.

Mantener a toda costa el secreto de sus acciones tomó carácter obsesivo en las administraciones republicanas.  Al término del mandato del presidente Ronald Reagan permanecían clasificados cerca de 7 millones de documentos. Pero el delirio del secretismo alcanzó su clímax con George W. Bush. Sólo en 2004, su administración clasificó 15.6 millones de documentos a un costo de 7.2 billones de dólares. Inventó, además, nuevas categorías de clasificación y mediante una orden ejecutiva selló todos los archivos presidenciales a partir de 1980. (5)

Durante la administración Bush-Cheney la tasa de clasificación de documentos aumentó en un 75 %. En 2005, por cada $1 gastado en desclasificar viejos secretos, las agencias federales gastaron $148 creando y almacenando otros nuevos (6). Por otra parte, una directiva interna del Fiscal General John Ashcroft de 12 de octubre de 2001 convirtió las solicitudes al FOIA en procesos extremadamente lentos, difíciles y costosos.

El secretismo ha servido para manipular a la opinión pública, impedir el análisis crítico tanto de la política interna como exterior del país y ocultar los errores y actos ilegales de los funcionarios del gobierno. También  se ha utilizado con frecuencia contra opositores domésticos. Si mucho tienen que clasificar es porque tienen mucho que ocultar. No son extraños, por tanto, los obstáculos impuestos por la OCB a las solicitudes de información del Comité Nacional por la Libertad de los Cinco.

Pero el ocultamiento de evidencias que atañen al juicio contra los cinco patriotas cubanos abarca mucho más que documentos escritos. La Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI) solicitó en 1996 al gobierno de Estados Unidos que mostrase las imágenes satelitales que posee y que demostrarían que las avionetas de Hermanos al Rescate violaban la soberanía de Cuba y que fueron derribadas en el espacio aéreo cubano. La solicitud fue rechazada. Tanto en el juicio como en los dieciséis años transcurridos, el gobierno de Estados Unidos se ha negado sistemáticamente a mostrar las imágenes del satélite, ocultando de este modo una prueba decisiva que anularía los cargos y las sentencias  impuestas a Gerardo y  a sus compañeros (7).

El gobierno de Estados Unidos no permitió, además, la presentación por la defensa de los numerosos testigos y abundantes pruebas de las acciones terroristas realizadas contra Cuba.

Esta información era crucial para la defensa porque evidenciaba que el objetivo de los Cinco no era otro que el de monitorear a las organizaciones mafiosas de Miami con el fin de impedir acciones hostiles contra su patria.

El secretismo culpable se completa con el muro de silencio mediático en torno a los Cinco. Durante el juicio, y en los meses anteriores y posteriores a éste, la histeria de los medios de Miami, alimentada con fondos federales, logró crear lo que en Estados Unidos llaman un “jurado de linchamiento”, mientras el resto del país ignoraba completamente lo que sucedía en esta ciudad. Consumado el crimen, una férrea censura impide que el pueblo estadounidense conozca la verdad. Pero somos ya millones en el mundo los que tenemos como cuestión de honor y de principios el mantener contra la infamia una denuncia universal y permanente.

Notas

(1)     Prensa Latina, 13 de junio de 2010.
(2)     Gloria la Riva, National Press Club, Washington, DC., June 2, 2010.
(3)     El BBG –agencia gubernamental-  y su “Office of Cuba Broadcasting, OCB”, operan Radio y TV Martí.
(4)     Salvador Capote: “Los Cinco y la propaganda encubierta”, Cubadebate, 2 de diciembre de 2009.
(5)     J. R. Norton: “Saving General Washington”, Penguin, N.Y., 2006, pp. 71-72.
(6)     Mark Green: “Losing Our Democracy”, Sourcebooks Inc., 2006, p. 265.
(7)     Ricardo Alarcón: “La verdad secuestrada”, Cubadebate, 20 de julio de 2011.

Sugerencia; vea además:

El recurso de hábeas corpus de Gerardo Hernández, uno de los 5 Héroes cubanos

¿Por qué derribó Cuba dos aviones norteamericanos de Hermanos al Rescate?