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| Raúl Castro y Barack Obama. Foto: Pablo Martínez/ AP |
Es cierto que la primera variable a considerar a la hora de entender
el “nuevo enfoque” de política hacia Cuba, anunciado por el presidente Barack Obama
el 17 de diciembre de 2014, es la propia resistencia del pueblo cubano y
la sabiduría de su liderazgo histórico, quienes durante más de 50 años
han vencido las más disímiles variantes de agresión diseñadas por once
administraciones estadounidense para lograr el “cambio de régimen” en la
Isla. Sin esa resistencia y sobrevivencia del proyecto cubano sería
imposible analizar otros factores que también incidieron en el curso
actual adoptado por
la administración Obama en cuanto a la política hacia Cuba.
Por demás,
Cuba arribó al 17D
en medio de un proceso de actualización de su modelo económico y social
y en el momento más exitoso de su historia en el escenario
internacional, elementos que indudablemente fueron tomados en cuenta por
la administración demócrata para la reevaluación de su política hacia
la Mayor de las Antillas.
Cuba entra además en esta nueva etapa
de pie, no de rodillas, sin la menor sombra a su soberanía o concesión
alguna que signifique la abjuración a los principios proclamados y
defendidos por la Revolución durante décadas.
Sin
embargo, la capacidad de sobrevivencia de la Revolución Cubana no
hubiera sido suficiente para producir una revisión de la política de los
Estados Unidos hacia Cuba como la que hemos visto del 17 de diciembre a
la fecha. Otro grupo de variables también han tenido un rol
significativo. Entre ellas, sin duda,
la variable América Latina y el Caribe, en medio de importantes desplazamientos en la correlación de fuerzas a nivel internacional, ha sido la de mayor impacto.
Los
cambios ocurridos en la región, desde la llegada de Hugo Chávez al
poder en Venezuela en 1998 hasta la actualidad, explican también en
gran medida el 17D.
La administración Bush resultó ser un fracaso en cuanto a su política hemisférica.
Años que fueron muy bien aprovechados por las fuerzas progresistas y de
izquierda en la región, las cuales igualmente ganaron terreno ante los
nefastos efectos que dejaron en la región
los políticas de ajuste neoliberal.
Si
nos guiamos por las llamadas estrategias de “seguridad nacional” de los
Estados Unidos, podríamos caer en el error de pensar que América Latina
y el Caribe, no es la región por excelencia que, desde el punto de
vista geopolítico, reviste la mayor importancia para los intereses de
los Estados Unidos. El hecho de que la región no aparezca
mencionada con frecuencia en estos informes, no significa que esté lejos
de formar parte de las máximas prioridades de la política exterior de
los Estados Unidos. “
Más allá de la retórica y de argucias diplomáticas –destaca
Atilio Borón-,
América Latina es, para los Estados Unidos, la región del mundo más importante”.[i]
Recordemos
que en América Latina, y muy especialmente en Sudamérica, existe una
exorbitante riqueza de recursos naturales. Posee casi el 50% del agua
dulce del planeta y las mayores reservas probadas de petróleo en
Venezuela y submarinas en el Litoral Paulista en Brasil.
México, Ecuador, Perú, Colombia y Argentina también cuentan con grandes
reservas de petróleo. Además de eso, en la región se concentran grandes
yacimientos de gas y ríos que proporcionan energía hidroeléctrica. Siete
de los países de la región se encuentran entre los diez productores de
minerales claves para el complejo militar industrial norteamericano. La
mitad de la biodiversidad del planeta también se halla en América
Latina y el Caribe.
[ii]
Esto y mucho más, lo conocen bien los Estados Unidos, sobre todo en
tiempos en que se acrecienta la lucha por apropiarse de los bienes
comunes del planeta.
Por otro lado, para nadie es un secreto que
un fallo de los Estados Unidos en la imposición de su voluntad en
América Latina y el Caribe como el que hemos visto en los últimos años,
cuestiona su decisión de recuperar o mantener el liderazgo en otras
regiones del mundo.
En un momento de relativo declive de la
hegemonía de los Estados Unidos a nivel global, y cuando otros actores
internacionales, en especial China y Rusia, disputan cada vez más a
Washington esta supremacía, incluso en su “histórico traspatio” -dentro
de muy poco se estará abriendo un canal interoceánico por Nicaragua, a
partir de una gran inversión china- Estados Unidos necesita replegarse
hoy más que nunca hacia lo que consideran también como su área natural
de influencia, en busca de una recomposición más efectiva de su
liderazgo. La situación en América Latina y el Caribe se les ha ido tanto de las manos que necesitan hacerlo de un modo diferente.
Por
el momento, Washington aspira lograr la rearticulación de esa hegemonía
a través de vías y mecanismos mucho más inteligentes y sutiles, dentro
de la concepción estratégica que Joseph Nye
[iii] ha denominado
poder inteligente,
y que consiste en una mejor articulación en la política exterior
norteamericana de los instrumentos tradicionales del poder duro
(hard power) como
son: el uso del poderío militar y la coerción económica con los
instrumentos del “poder blando” (soft power) relacionados con la
capacidad de persuasión utilizando la diplomacia, los medios de
comunicación, la promoción del modo de vida norteamericano y la
asistencia al exterior.
[iv]
Y
es en esa estrategia donde Cuba se convierte en una pieza fundamental
para Washington, pues su arcaica, fallida e impopular política hacia la
Isla se había convertido en un impedimento para hacer avanzar sus
intereses en la región; en una especie de muro de contención hacia
propósitos mayores.Las Cumbres de las Américas
en las que había participado el presidente Obama, antes de la más
reciente celebrada en Panamá, habían sido la muestra más elocuente de
esa realidad. En especial la VI, realizada en Cartagena de Indias,
Colombia, en abril del 2012, donde Obama recibió fuertes críticas de
prácticamente todos los países presentes por la ausencia de Cuba en esos
foros, incluso, con declaraciones de varios mandatarios
latinoamericanos en las que señalaban que, de no estar Cuba en la
próxima cumbre, dejarían de asistir. Como resultas, la política de
aislamiento de los Estados Unidos contra Cuba durante años fue
provocando un autoaislamiento de los Estados Unidos y una pérdida
significativa en su capacidad de influir en Cuba y en el hemisferio. Así
lo ha reconocido el propio Obama y su secretario de Estado, John Kerry.
Como
ha señalado el destacado investigador cubano Jesus Arboleya, la absurda
política de los Estados Unidos hacia Cuba amenazaba con poner en riesgo
todo el sistema panamericano creado por los Estados Unidos para
garantizar su dominación en América Latina y el Caribe.
[v]
Quitarse de encima lo que algunos autores han denominado “la
distracción cubana” para poder trabajar en otros objetivos mucho más
estratégicos en el hemisferio dentro de su agenda de “seguridad
nacional”, se hacía entonces indispensable para Washington. De ahí que
Cuba hoy tenga ese altísimo nivel de prioridad –antes inimaginable- que
estamos observando en la política exterior de los Estados Unidos.
Prácticamente el mismo que tuvo en el siglo XIX, al considerarse un
puente imprescindible para la expansión de la dominación de los Estados
Unidos en el continente.
Solamente en los años 70 del siglo
pasado, América Latina y el Caribe, había sido un factor también
determinante –aunque en menor medida a lo que es hoy- para la
administración Ford-Kissinger -y luego también la de James Carter- a la
hora de intentar avanzar hacia una mejor relación con Cuba.
[vi]
En aquellos años, amplios sectores de la élite de poder de los Estados
Unidos valoraban que el éxito de la política de la administración
republicana hacia la región –el llamado “nuevo diálogo”-, dependía en
gran medida de una política de distensión con Cuba. Después de Viet Nam,
Watergate, el golpe de estado a Salvador Allende, la revelación para el
público norteamericano y mundial de numerosos planes de asesinatos
contra líderes extranjeros, era necesario construir una nueva imagen de
los Estados Unidos hacia el hemisferio. Un mejoramiento de las
relaciones con Cuba formaba parte de esa estrategia de limpieza de
imagen pública y a la vez el resultado –entre otros factores- de una
fuerte presión de los países de la región exigiendo el cambio.
“
La mayoría de los países en el hemisferio ahora se oponen a las sanciones de la OEA –le decía Stephen Low a Henry Kissinger el 30 de agosto de 1974
;
la constante introducción del tema cubano amenaza con distorsionar el
nuevo diálogo; y la aplicación de nuestras sanciones de negativa
comercial a terceros países ahora nos cuesta más de lo que le cuesta a
Castro. El tema de Cuba también está complicando nuestras relaciones
con Canadá y algunos países europeos y asiáticos”.
[vii]
Asimismo, El 27 de marzo de 1975 el asesor del subsecretario de Estado
para Asuntos Interamericanos, Harry Shlaudeman, hizo una valoración que
pudiera estar hoy en boca de alguna figura clave dentro de la
administración Obama: “Si alguna ventaja entraña para nosotros el fin
del perpetuo antagonismo reside en eliminar a Cuba de las agendas
nacional e interamericana —anular el simbolismo de un asunto
intrínsecamente trivial (…) Nuestro interés es dejar atrás el problema
de Cuba, no prolongarlo indefinidamente”.
[viii]
Por
lo tanto, podemos concluir que el respaldo de América Latina y el
Caribe ha sido fundamental para Cuba a la hora de hacer frente a la
asimetría que siempre han caracterizado las relaciones con los Estados
Unidos. Cuando Cuba se sienta en la mesa de negociaciones con
la gran potencia del Norte lo hace consiente que tiene detrás la
solidaridad de toda una región que es hoy cada vez más vital para los
intereses de “seguridad nacional de los Estados Unidos” o más bien para
los intereses de seguridad imperial de la clase dominante en ese país.
De ahí que,
cuando Estados Unidos negocia con Cuba, está también negociando de manera indirecta con América Latina y el Caribe,
y con otros actores en el escenario internacional que han exigido
durante años un cambio en el enfoque de la política hacia la Mayor de
las Antillas.
Con el nuevo curso de política que la administración
Obama está siguiendo con Cuba, Washington está tratando de hacer
converger los intereses particulares hacia Cuba, con los regionales y
globales, en una variante de política ganar-ganar, al decir de Hillary
Clinton.
[ix]
De ahí la gran campaña de opinión pública, de símbolos e imágenes, que
se han estado moviendo detrás de cada paso dado por la administración
Obama en su política hacia la Isla. No fue casual, que las primeras
medidas de flexibilización de la política de Estados Unidos hacia Cuba
–aumento de los viajes y las remesas-, adoptada por la administración
Obama, se hayan anunciado pocos días antes de la realización de la
Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, como tampoco que, el
anuncio del 17 de diciembre, se hubiera efectuado a pocos meses de la
celebración Cumbre de las Américas en Panamá.
La nueva
política de Washington hacia la Habana no deja también de procurar crear
confusión y división dentro de las fuerzas progresistas y de izquierda
en la región y afectar en lo posible el avance de los procesos y
mecanismos de integración entre nuestros países, desplazando su mayor
atención y concentración de recursos e instrumentos hacia el objetivo de
revertir el proceso revolucionario en Venezuela, por lo que representa
ese país en toda la arquitectura integracionista de los países del Sur y
el Caribe, así como por sus recursos naturales. Destruyendo la
Revolución Bolivariana, consideran se establecería el efecto dominó que
revertería uno a uno los procesos revolucionarios del continente y una
vez presentes en Cuba, después de establecidas las relaciones
diplomáticas y económicas, su pensamiento pragmático –siempre errado a
la hora de aplicarlo a nuestro país- los conduce a vaticinar que a la
Isla no le quedaría otra alternativa que sucumbir dócilmente a sus pies.
Máxime, cuando se acerca el cambio generacional en la dirección del
país. “
Si nos acercamos –dijo Obama el 21 de diciembre de 2014 al ser entrevistado por un programa de CNN-,
tendremos la oportunidad de influir en el curso de los acontecimientos
en un momento en que va a haber cambios generacionales en ese país. Creo
que debemos aprovecharlo y tengo intención de hacerlo”.[x]
Los
hechos comprueban que la actitud de Cuba en relación con sus vecinos
latinoamericanos y caribeños, así como con los procesos de integración
se mantiene incólume. El resuelto apoyo del gobierno y pueblo cubano a
Venezuela, luego que el presidente Obama declarara que esa nación
representaba una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos,
fue la señal más importante a la hora de marcar cual es la hoja de ruta
de Cuba.
“Estados Unidos debería entender de una vez –expresó
el presidente Raúl Castro en Caracas el 17 de marzo de 2015-
que es imposible seducir o comprar a Cuba ni intimidar a Venezuela. Nuestra unidad es indestructible.
Tampoco cederemos ni un ápice en la defensa de la soberanía e
independencia, ni toleraremos ningún tipo de injerencia, ni
condicionamiento en nuestros asuntos internos. No cejaremos en la
defensa de las causas justas en Nuestra América y en el mundo, ni
dejaremos nunca solos a nuestros hermanos de lucha. Hemos venido aquí a
cerrar filas con Venezuela y con el ALBA y a ratificar que los
principios no son negociables”.[xi]
Si
precisamente los logros alcanzados en materia de integración y unidad
en América Latina y el Caribe han tenido un influjo importante en las
posiciones “conciliadoras” de Washington con La Habana, cómo pensar que
Cuba pudiera ahora asumir la conducta ingenua y poco ética de abandonar
el camino que desde los inicios de la Revolución ha caracterizado la
política exterior de nuestro país hacia la región -aún en momentos de
total aislamiento- y que tanta sangre y sacrificio ha costado al pueblo
cubano. Pero además, no puede encontrarse en la historia de la
Revolución Cubana, ningún hecho donde el gobierno cubano haya afectado
los compromisos y la solidaridad con otras naciones para agradar a los
Estados Unidos. Así fue en los años 70, cuando Estados Unidos pedía que,
a cambio de la “normalización” de las relaciones, Cuba retirara sus
tropas de África.
Cuba jamás vinculó en la agenda de su política
exterior el proceso de “normalización” de las relaciones con los Estados
Unidos con su activismo internacional y solidaridad con las causas del
Tercer Mundo. Fue Estados Unidos, en aquella coyuntura, el que
estableció ese nexo dañino, importándole más el conflicto este-oeste,
que la normalización de las relaciones con la Isla; el que mezcló los
asuntos bilaterales con los multilaterales, pretendiendo ser juez y
árbitro de la proyección internacional de Cuba.
Si para los
Estados Unidos la mejor estrategia –como ya estamos viendo en la
actualidad- es emplearse a fondo para revertir los procesos de cambios
que hoy se viven en nuestro hemisferio, apoyar la restauración
conservadora y fracturar a través de los más disímiles y sofisticados
instrumentos la integración y unidad de la región, para Cuba será
siempre fortalecer aún más los vínculos y los procesos de integración
con los gobiernos y pueblos latinoamericanos, así como con esos países
que hoy contribuyen a la formación de un mundo multipolar, agrupados
fundamentalmente en el grupo de los BRICS, como el único camino
emancipador posible.
El 17D puede considerarse uno de los
resultados políticos más importantes del cambio de época que hoy vive
América Latina y el Caribe, también la presencia de Cuba por
primera vez en una Cumbre de las Américas, así como el hecho de que el
presidente Obama tuviera que retractarse de la ofensiva y ridícula orden
ejecutiva del 9 de marzo del 2015 donde se calificaba a Venezuela como
una amenaza extraordinaria e inusual a la “seguridad nacional” de los
Estados Unidos. En otros tiempos de triste recordación en el hemisferio,
eso hubiera implicado irremediablemente la invasión de los marines
yanquis.
No obstante, pienso que América Latina y el Caribe,
debería avanzar también la integración en el área militar –aunque
primero o paralelamente habría que deshacerse de todo el sistema
interamericano de defensa creado por los Estados Unidos desde 1948-,
pues basándonos en la historia de los imperios, no podemos descartar un
escenario futuro en que, los Estados Unidos, ante el fracaso de sus
objetivos estratégicos en América Latina y el Caribe y el incremento de
las dificultades para el acceso a los recursos naturales con los cuales
sostienen sus supremacía militar y los altos patrones de consumo de su
sociedad, opte nuevamente por privilegiar los mecanismos más
abiertamente agresivos e intervencionistas. No es fortuito que los
Estados Unidos en los últimos años hayan venido incrementando su
presencia militar en la región en las zonas que pueden generar mayor
conflictividad a sus intereses y donde se encuentran los recursos
naturales más estratégicos de cara al futuro. Actualmente Washington
posee 77 bases militares operando en la región. Tampoco es accidental la
reactivación de la IV Flota desde mediados de 2008.
Notas
[i] Atilio Borón,
América Latina en la Geopolítica Imperial, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p.66.
[ii] Atilio Borón, El papel de América Latina y el Caribe en el tablero de la geopolítica mundial, en:
El imperialismo norteamericano. Pasado, presente y futuro, Editorial de Ciencias Sociales-Ruth Casa Editorial, La Habana, 2014, pp.129-151.
[iii]
Graduado en la Universidad de Princenton y doctor en Harvard.
Especializado en los estudios de las Relaciones Internacionales.
Actualmente es profesor de la Kennedy School of Government de la
Universidad Sandwich, New Hampshire.
[iv] Véase Abel Enrique González Santamaría,
La Gran Estrategia. Estados Unidos vs América Latina, Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2013, pp.283-284.
[v] Jesús Arboleya, Tres preguntas básicas sobre el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Progreso Semanal, 5 de enero de 2015.
[vi]Véase
Elier Ramírez Cañedo y Esteban Morales Domínguez, “De la confrontación a
los intentos de “normalización”. La política de los Estados Unidos
hacia Cuba”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014.
[vii] Memorándum de Stephen Low a Kissinger, “Política hacia Cuba”, 30 de agosto de 1974,
www.gwu.edu/~nsarchiv/ (traducción del ESTI)
[viii] Memorándum de Harry Shlaudeman a William Rogers, 27 de marzo de 1975,
www.gwu.edu/~nsarchiv/ (traducción del ESTI)
[x] Barack Obama, Entrevista con el programa “State of the Union”, en CNN, 21 de diciembre de 2014.
[xi]
Discurso del General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del
Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los
Consejos de Estado y de Ministros, en la I
X Cumbre Extraordinaria del ALBA-TCP,
convocada en solidaridad con el hermano pueblo de Venezuela, efectuada
en Caracas, República Bolivariana de Venezuela, el 17 de marzo de
2015. (Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)
*Académico
cubano. Doctor en Ciencias Históricas. Coautor del libro “De la
confrontación a los intentos de normalización. La política de los
Estados Unidos hacia Cuba”.