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jueves, 28 de enero de 2016

El trato del esqueleto



Por Omar Segura*

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 Raúl Roa García, el "Canciller de la dignidad", al conceder una entrevista [1] en ocasión de conmemorarse en 1968 el centenario del inicio de nuestras luchas por la independencia, fue “retado” por el “luciferino entrevistador”, Ambrosio Fornet, a “retratar o definir con una frase” diferentes personajes y hechos de la etapa republicana. Al responder en relación con el Tratado de Reciprocidad Comercial de 1902, firmado entre Cuba y Estados Unidos, impuesto por esta nación a la Isla en el marco de la Enmienda Platt y del Tratado Permanente de Relaciones, Roa, con su aguzado ingenio y capacidad de síntesis, lo definió como “la variante yanqui del trato del esqueleto”, recurriendo a esta expresión que, en tono jocoso, definía como una de las partes, independientemente de su posición en el “trato”, llevaba siempre las de perder.

 La imposición de tratados se convirtió en una práctica de esa potencia imperialista, desde sus inicios, como un medio que refrendara legalmente sus afanes, expansionistas, anexionistas y de dominación.

 Cuba, la siempre codiciada “fruta”, fue objeto de esta política desde su inicio como República, condición ganada por su intransigencia y sus luchas, escamoteadas por el vecino del norte cuando ya los patriotas cubanos habían hecho la mayor parte del trabajo. Este tratado de “reciprocidad” comercial, firmado por el gobierno de la Isla en condiciones de ocupación militar,  estaba dirigido a imponer la posibilidad del control de Estados Unidos sobre la emergente república.

 Precisamente ese Tratado de 1902, que fuera ajustado posteriormente -en 1934- daba un trato abiertamente discriminatorio a los productos cubanos, y concedía a Cuba un lugar poco ventajoso al comercio con el poderoso vecino.

 Encontró en la época no poca oposición entre personalidades destacadas de la Isla. El patriota Manuel Sanguily dejó muy clara ante el Senado su posición, y alertó sobre las verdaderas intenciones del gobierno estadounidense y los posibles perjuicios que para Cuba conllevaría su aplicación. Sobre esas y otras aristas del Tratado, se manifestaron, entre otros, hombres como Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras, Emilio Roig de Leuchsenring, Raúl Cepero Bonilla y Jacinto Torras. 

Otros tiempos, otro panorama, otras medidas

 El tiempo, las luchas y la Revolución cambiaron el panorama. Ya Cuba no era la Isla que Estados Unidos administraba y controlara a sus antojos desde aquel entonces, 1898, y hasta el Primero de Enero de 1959.

 Al ver cómo su codiciada presa se les iba de las garras, y como represalia a su “díscolo” comportamiento, la potencia del norte decide romper sus vínculos con la Isla y, encima, aplicarle medidas tendientes a estrangularla, asfixiarla y aislarla económicamente para originar el hambre, la miseria y el caos interno que posibilitara volver a hacerse de su presa.

 Más de medio siglo y más de diez administraciones no dieron los resultados esperados.

 Al fin se dieron cuenta de que a las malas no caminaba la cosa. Lejos de perjudicar a la Isla, ellos también resultarían perjudicados. No solo se ganaron la animadversión de los cubanos. La Humanidad, casi en pleno, se puso de parte de estos y apoyó sus luchas. Se precisaba aplicar una nueva política, nuevos métodos, pero manteniendo los objetivos originarios: lograr que “la fruta” madurara y cayera en sus manos.

 El nuevo inquilino de la Casa Blanca, Barak Obama, se percata de ello e inicia una nueva era para reanudar las relaciones interrumpidas por más de medio siglo.
 Esta decisión sería dada a conocer públicamente, de forma simultánea por ese mandatario y el Presidente cubano, General de Ejército Raúl Castro Ruz, el 17 de diciembre de 2014.

 A partir de entonces, encuentros bilaterales entre representantes de los dos gobiernos, apertura de embajadas en los respectivos países, entre otras medidas adoptadas por las partes han matizado este proceso, donde la parte cubana plantea negociar sobre bases de reciprocidad y sin lesionar la soberanía ni admitir injerencias en los asuntos internos de cada país.

 Las negociaciones han venido caminando; algunas medidas se han tomado por ambos gobiernos, aunque sin adoptarse por la parte estadounidense decisiones medulares que resuelvan el problema principal que afecta a la nación cubana: el mantenimiento del bloqueo y la devolución de la base naval de Guantánamo, entre otras medidas incluidas en leyes refrendadas por diferentes administraciones estadounidenses, que violan, incluso, el Derecho Internacional, y que corresponde a esa parte resolver para hacer realidad el pleno disfrute de relaciones en justo plano de equidad y reciprocidad. 

Las nuevas medidas aprobadas por Obama

 Recientemente, en el marco de este proceso, los departamentos del Tesoro y de Comercio de los Estados Unidos anunciaron el martes 26 nuevas medidas relacionadas con Cuba en materias como las transacciones financieras, las exportaciones y los viajes.

 Sin pretender negar los avances obtenidos en esta reanudación de las relaciones EE. UU.-Cuba, no podemos sentirnos satisfechos. No es, como dicen algunos, que nos quejábamos de que Estados Unidos no nos vendiera bienes y servicios, y ahora nos quejamos de que nos quieran vender.

 Lo que no entendemos, más que simplemente “quejarnos”, es que este proceso no muestre reciprocidad, sea selectivo y que todo lo que se aprueba esté dirigido a poner al Estado contra la pared, y demagógicamente “empoderar al pueblo”, cuando de lo que realmente tratan es de empoderar a quienes trabajan y cobran para revertir el socialismo: los disidentes, los anexionistas. Es decir, que los revolucionarios, los militantes del Partido o los que les “huelan extraño” no entran en su concepto de pueblo.

 Otros han pedido que los cubanos no tomen estos resultados “como una ‘victoria’ contra el imperio debido a los ‘justos reclamos del pueblo…’”, y lo atribuyen a un gesto de “buena voluntad” por parte de USA para el descongelamiento de las relaciones bilaterales.

 Quienes así se expresan, desconocen (o pretenden desconocer) que, además de una victoria (así, sin comillas) de los cubanos, es, además, una victoria de todos los pueblos, que casi unánimemente han votado año tras año, por la eliminación de esa absurda y criminal política. Además, sin la resistencia de los cubanos, pésele a quien le pese, y disgústele a quien le disguste, eso no hubiera sido posible. Esto lo han reconocido no pocas personas, incluso, de diferentes creencias e ideas.
 En cuanto a lo de que es “un gesto de buena voluntad por parte de USA para el descongelamiento de las relaciones bilaterales”, diré que si se analizan bien -PERO BIEN- los discursos pronunciados por la parte estadounidense, desde el del presidente Obama el 17 de diciembre, en ellos se admite que el objetivo de la política estadounidense hacia Cuba se mantiene intacto y se reconoce tácitamente que el centro de las medidas pretenden desconocer al Estado cubano, el verdadero representante de este pueblo.

 ¿Tendrán esas personas pleno conocimiento de cuál ha sido la política hacia Cuba desde los inicios de esa gran nación? ¿O no conocen la política de la Fruta Madura?

 ¿Pretenderán reeditar, por otras vías y con otros términos, el Tratado de Reciprocidad Comercial? ¿Querrán aplicarnos el “trato del esqueleto”?
 Todos los gobernantes, sin excepción, desde los Padres Fundadores, han anhelado  -y lo han expresado- anexar nuestra estrella a su bandera. Lo que sucede es que “la fruta” está bien agarrada de su árbol, que tiene un tronco robusto y profundas raíces. Demostrado por la Historia.

 La verdadera Historia, no la que algunos pretenden revisar e imponernos.

Notas

 [1] Publicada en la Revista Cuba bajo el título “Tiene la palabra el camarada Roa”

Con informaciones extraídas de
 http://www.ecured.cu/Tratado_de_Reciprocidad_Comercial
 http://www.ecured.cu/Enmienda_Platt
 http://www.ecured.cu/Ra%C3%BAl_Roa

*Periodista cubano

domingo, 20 de septiembre de 2015

América Latina y el Caribe en el contexto del 17D

Por Elier Ramírez Cañedo*
 
Raúl Castro y Barack Obama. Foto: Pablo Martínez/ AP
Raúl Castro y Barack Obama. Foto: Pablo Martínez/ AP

Es cierto que la primera variable a considerar a la hora de entender el “nuevo enfoque” de política hacia Cuba, anunciado por el presidente Barack Obama el 17 de diciembre de 2014, es la propia resistencia del pueblo cubano y la sabiduría de su liderazgo histórico, quienes durante más de 50 años han vencido las más disímiles variantes de agresión diseñadas por once administraciones estadounidense para lograr el “cambio de régimen” en la Isla. Sin esa resistencia y sobrevivencia del proyecto cubano sería imposible analizar otros factores que también incidieron en el curso actual adoptado por la administración Obama en cuanto a la política hacia Cuba.

Por demás, Cuba arribó al 17D en medio de un proceso de actualización de su modelo económico y social y en el momento más exitoso de su historia en el escenario internacional, elementos que indudablemente fueron tomados en cuenta por la administración demócrata para la reevaluación de su política hacia la Mayor de las Antillas. Cuba entra además en esta nueva etapa de pie, no de rodillas, sin la menor sombra a su soberanía o concesión alguna que signifique la abjuración a los principios proclamados y defendidos por la Revolución durante décadas.

Sin embargo, la capacidad de sobrevivencia de la Revolución Cubana no hubiera sido suficiente para producir una revisión de la política de los Estados Unidos hacia Cuba como la que hemos visto del 17 de diciembre a la fecha. Otro grupo de variables también han tenido un rol significativo. Entre ellas, sin duda, la variable América Latina y el Caribe, en medio de importantes desplazamientos en la correlación de fuerzas a nivel internacional, ha sido la de mayor impacto. Los cambios ocurridos en la región, desde la llegada de Hugo Chávez al poder en  Venezuela en 1998 hasta la actualidad, explican también en gran medida el 17D.

La administración Bush resultó ser un fracaso en cuanto a su política hemisférica. Años que fueron muy bien aprovechados por las fuerzas progresistas y de izquierda en la región, las cuales igualmente ganaron terreno ante los nefastos efectos que dejaron en la región los políticas de ajuste neoliberal.

Si nos guiamos por las llamadas estrategias de “seguridad nacional” de los Estados Unidos, podríamos caer en el error de pensar que América Latina y el Caribe, no es la región por excelencia que, desde el punto de vista geopolítico, reviste la mayor importancia para los intereses de los Estados Unidos. El hecho de que la región no aparezca mencionada con frecuencia en estos informes, no significa que esté lejos de  formar parte de las máximas prioridades de la política exterior de los Estados Unidos. “Más allá de la retórica y de argucias diplomáticas –destaca Atilio Borón-, América Latina es, para los Estados Unidos, la región del mundo más importante”.[i]

Recordemos que en América Latina, y muy especialmente en Sudamérica, existe una exorbitante riqueza de recursos naturales. Posee casi el 50% del agua dulce del planeta y las mayores reservas probadas de petróleo en Venezuela y submarinas en el Litoral Paulista en Brasil. México, Ecuador, Perú, Colombia y Argentina también cuentan con grandes reservas de petróleo. Además de eso, en la región se concentran grandes yacimientos de gas y ríos que proporcionan energía hidroeléctrica. Siete de los países de la región se encuentran entre los diez productores de minerales claves para el complejo militar  industrial norteamericano. La mitad de la biodiversidad del planeta también se halla en América Latina y el Caribe.[ii] Esto y mucho más, lo conocen bien los Estados Unidos, sobre todo en tiempos en que se acrecienta la lucha por apropiarse de los bienes comunes del planeta.

Por otro lado, para nadie es un secreto que un fallo de los Estados Unidos en la imposición de su voluntad en América Latina y el Caribe como el que hemos visto en los últimos años, cuestiona su decisión de recuperar o mantener el liderazgo en otras regiones del mundo. En un momento de relativo declive de la hegemonía de los Estados Unidos a nivel global, y cuando otros actores internacionales, en especial China y Rusia, disputan cada vez más a Washington esta supremacía, incluso en su “histórico traspatio” -dentro de muy poco se estará abriendo un canal interoceánico por Nicaragua, a partir de una gran inversión china- Estados Unidos necesita replegarse hoy más que nunca hacia lo que consideran también como su área natural de influencia, en busca de una recomposición más efectiva de su liderazgo. La situación en América Latina y el Caribe se les ha ido tanto de las manos que necesitan hacerlo de un modo diferente.

Por el momento, Washington aspira lograr la rearticulación de esa hegemonía a través de vías y mecanismos mucho más inteligentes y sutiles, dentro de la concepción estratégica que Joseph Nye[iii] ha denominado poder inteligente, y que consiste en una mejor articulación en la política exterior norteamericana de los instrumentos tradicionales del poder duro (hard power) como son: el uso del poderío militar y la coerción económica con los instrumentos del “poder blando” (soft power) relacionados con la capacidad de persuasión utilizando la diplomacia, los medios de comunicación, la promoción del modo de vida norteamericano y la asistencia al exterior.[iv]

Y es en esa estrategia donde Cuba se convierte en una pieza fundamental para Washington, pues su arcaica, fallida e impopular política hacia la Isla se había convertido en un impedimento para hacer avanzar sus intereses en la región; en una especie de muro de contención hacia propósitos mayores.Las Cumbres de las Américas en las que había participado el presidente Obama, antes de la más reciente celebrada en Panamá, habían sido la muestra más elocuente de esa realidad. En especial la VI, realizada en Cartagena de Indias, Colombia, en abril del 2012, donde Obama recibió fuertes críticas de prácticamente todos los países presentes por la ausencia de Cuba en esos foros, incluso, con declaraciones de varios mandatarios latinoamericanos en las que señalaban que, de no estar Cuba en la próxima cumbre, dejarían de asistir. Como resultas, la política de aislamiento de los Estados Unidos contra Cuba durante años fue provocando un autoaislamiento de los Estados Unidos y una pérdida significativa en su capacidad de influir en Cuba y en el hemisferio. Así lo ha reconocido el propio Obama y su secretario de Estado, John Kerry.

Como ha señalado el destacado investigador cubano Jesus Arboleya, la absurda política de los Estados Unidos hacia Cuba amenazaba con poner en riesgo todo el sistema panamericano creado por los Estados Unidos para garantizar su dominación en América Latina y el Caribe.[v] Quitarse de encima lo que algunos autores han denominado “la distracción cubana” para poder trabajar en otros objetivos mucho más estratégicos en el hemisferio dentro de su agenda de “seguridad nacional”, se hacía entonces indispensable para Washington. De ahí que Cuba hoy tenga ese altísimo nivel de prioridad –antes inimaginable- que estamos observando en la política exterior de los Estados Unidos. Prácticamente el mismo que tuvo en el siglo XIX, al considerarse un puente imprescindible para la expansión de la dominación de los Estados Unidos en el continente.

Solamente en los años 70 del siglo pasado, América Latina y el Caribe, había sido un factor también determinante –aunque en menor medida a lo que es hoy- para la administración Ford-Kissinger -y luego también la de James Carter- a la hora de intentar avanzar hacia una mejor relación con Cuba.[vi] En aquellos años, amplios sectores de la élite de poder de los Estados Unidos valoraban que el éxito de la política de la administración republicana hacia la región –el llamado “nuevo diálogo”-, dependía en gran medida de una política de distensión con Cuba. Después de Viet Nam, Watergate, el golpe de estado a Salvador Allende, la revelación para el público norteamericano y mundial de numerosos planes de asesinatos contra líderes extranjeros, era necesario construir una nueva imagen de los Estados Unidos hacia el hemisferio. Un mejoramiento de las relaciones con Cuba formaba parte de esa estrategia de limpieza de imagen pública y a la vez el resultado –entre otros factores- de una fuerte presión de los países de la región exigiendo el cambio.

La mayoría de los países en el hemisferio ahora se oponen a las sanciones de la OEA –le decía Stephen Low a Henry Kissinger el 30 de agosto de 1974; la constante introducción del tema cubano amenaza con distorsionar el nuevo diálogo; y la aplicación de nuestras sanciones de negativa comercial a terceros países ahora nos cuesta más de lo que le cuesta a Castro. El tema de Cuba también  está complicando nuestras relaciones con Canadá y algunos países europeos y asiáticos”.[vii] Asimismo, El 27 de marzo de 1975 el asesor del subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Harry Shlaudeman, hizo una valoración que pudiera estar hoy en boca de alguna figura clave dentro de la administración Obama: “Si alguna ventaja entraña para nosotros el fin del perpetuo antagonismo reside en eliminar a Cuba de las agendas nacional e interamericana —anular el simbolismo de un asunto intrínsecamente trivial (…) Nuestro interés es dejar atrás el problema de Cuba, no prolongarlo indefinidamente”.[viii]

Por lo tanto, podemos concluir que el respaldo de América Latina y el Caribe ha sido fundamental para Cuba a la hora de hacer frente a la asimetría que siempre han caracterizado las relaciones con los Estados Unidos. Cuando Cuba se sienta en la mesa de negociaciones con la gran potencia del Norte lo hace consiente que tiene detrás la solidaridad de toda una región que es hoy cada vez más vital para los intereses de “seguridad nacional de los Estados Unidos” o más bien para los intereses de seguridad imperial de la clase dominante en ese país. De ahí que, cuando Estados Unidos negocia con Cuba, está también negociando de manera indirecta con América Latina y el Caribe, y con otros actores en el escenario internacional que han exigido durante años un cambio en el enfoque de la política hacia la Mayor de las Antillas.

Con el nuevo curso de política que la administración Obama está siguiendo con Cuba, Washington está tratando de hacer converger los intereses particulares  hacia Cuba, con los regionales y globales, en una variante de política ganar-ganar, al decir de Hillary Clinton.[ix] De ahí la gran campaña de opinión pública, de símbolos e imágenes, que se han estado moviendo detrás de cada paso dado por la administración Obama en su política hacia la Isla. No fue casual, que las primeras medidas de flexibilización de la política de Estados Unidos hacia Cuba –aumento de los viajes y las remesas-, adoptada por la administración Obama, se hayan anunciado pocos días antes de la realización de la  Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, como  tampoco que, el anuncio del 17 de diciembre, se hubiera efectuado a pocos meses de la celebración Cumbre de las Américas en Panamá.

La nueva política de Washington hacia la Habana no deja también de procurar crear confusión y división dentro de las fuerzas progresistas y de izquierda en la región y afectar en lo posible el avance de los procesos y mecanismos de integración entre nuestros países, desplazando su mayor atención y concentración de recursos e instrumentos hacia el objetivo de revertir el proceso revolucionario en Venezuela, por lo que representa ese país en toda la arquitectura integracionista de los países del Sur y el Caribe, así como por sus recursos naturales. Destruyendo la Revolución Bolivariana, consideran se establecería el efecto dominó que revertería uno a uno los procesos revolucionarios del continente y una vez presentes en Cuba, después de establecidas las relaciones diplomáticas y económicas, su pensamiento pragmático –siempre errado a la hora de aplicarlo a nuestro país- los conduce a vaticinar  que a la Isla no le quedaría otra alternativa que sucumbir dócilmente a sus pies. Máxime, cuando se acerca el cambio generacional en la dirección del país. “Si nos acercamos –dijo Obama el 21 de diciembre de 2014 al ser entrevistado por un programa de CNN-, tendremos la oportunidad de influir en el curso de los acontecimientos en un momento en que va a haber cambios generacionales en ese país. Creo que debemos aprovecharlo y tengo intención de hacerlo”.[x]
 
Los hechos comprueban que la actitud de Cuba en relación con sus vecinos latinoamericanos y caribeños, así como con los procesos de integración se mantiene incólume. El resuelto apoyo del gobierno y pueblo cubano a Venezuela, luego que el presidente Obama declarara que esa nación representaba una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos, fue la señal más importante a la hora de marcar cual es la hoja de ruta de Cuba.

Estados Unidos debería entender de una vez –expresó el presidente Raúl Castro en Caracas el 17 de marzo de 2015-  que es imposible seducir o comprar a Cuba ni intimidar a Venezuela. Nuestra unidad es indestructible. Tampoco cederemos ni un ápice en la defensa de la soberanía e independencia, ni toleraremos ningún tipo de injerencia, ni condicionamiento en nuestros asuntos internos. No cejaremos en la defensa de las causas justas en Nuestra América y en el mundo, ni dejaremos nunca solos a nuestros hermanos de lucha. Hemos venido aquí a cerrar filas con Venezuela y con el ALBA y a ratificar que los principios no son negociables”.[xi]
 
Si precisamente los logros alcanzados en materia de integración y unidad en América Latina y el Caribe han tenido un influjo importante  en las posiciones  “conciliadoras” de Washington con La Habana, cómo pensar que Cuba pudiera ahora asumir la conducta ingenua y poco ética de abandonar el camino que desde los inicios de la Revolución ha caracterizado la política exterior de nuestro país hacia la región -aún en momentos de total aislamiento- y que tanta sangre y sacrificio ha costado al pueblo cubano. Pero además, no puede encontrarse en la historia de la Revolución Cubana, ningún hecho donde el gobierno cubano haya afectado los compromisos y la solidaridad con otras naciones para agradar a los Estados Unidos. Así fue en los años 70, cuando Estados Unidos pedía que, a cambio de la “normalización” de las relaciones, Cuba retirara sus tropas de África.

Cuba jamás vinculó en la agenda de su política exterior el proceso de “normalización” de las relaciones con los Estados Unidos con su activismo internacional y solidaridad con las causas del Tercer Mundo. Fue Estados Unidos, en aquella coyuntura, el que estableció ese nexo dañino, importándole más el conflicto este-oeste, que la normalización de las relaciones con la Isla; el que mezcló los asuntos bilaterales con los multilaterales, pretendiendo ser juez y árbitro de la proyección internacional de Cuba.

Si para los Estados Unidos la mejor estrategia –como ya estamos viendo en la actualidad- es emplearse a fondo para revertir  los procesos de cambios que hoy se viven en nuestro hemisferio, apoyar la restauración conservadora y fracturar a través de los más disímiles y sofisticados instrumentos la integración y unidad de la región, para Cuba será siempre fortalecer aún más los vínculos y los procesos de integración con los gobiernos y pueblos latinoamericanos, así como con esos países que hoy contribuyen a la formación de un mundo multipolar, agrupados fundamentalmente en el grupo de los BRICS, como el único camino emancipador posible.

El 17D puede considerarse uno de los resultados políticos más importantes del cambio de época que hoy vive América Latina y el Caribe, también la presencia de Cuba por primera vez en una Cumbre de las Américas, así como el hecho de que el presidente Obama tuviera que retractarse de la ofensiva y ridícula orden ejecutiva del 9 de marzo del 2015 donde se calificaba a Venezuela como una amenaza extraordinaria e inusual a la “seguridad nacional” de los Estados Unidos. En otros tiempos de triste recordación en el hemisferio, eso hubiera implicado irremediablemente la invasión de los marines yanquis.

No obstante, pienso que América Latina y el Caribe, debería avanzar también la integración en el área militar –aunque primero o paralelamente habría que deshacerse de todo el sistema interamericano de defensa creado por los Estados Unidos desde 1948-, pues basándonos en la historia de los imperios, no podemos descartar un escenario futuro en que, los Estados Unidos, ante el fracaso de sus objetivos estratégicos en América Latina y el Caribe y el incremento de las dificultades para el acceso a los recursos naturales con los cuales sostienen sus supremacía militar y los altos patrones de consumo de su sociedad, opte nuevamente por privilegiar los mecanismos más abiertamente agresivos e intervencionistas. No es fortuito que los Estados Unidos en los últimos años hayan venido incrementando su presencia militar en la región en las zonas que pueden generar mayor conflictividad a sus intereses y donde se encuentran los recursos naturales más estratégicos de cara al futuro. Actualmente Washington posee 77 bases militares operando en la región. Tampoco es accidental la reactivación de la IV Flota desde mediados de 2008.

Notas
[i] Atilio Borón, América Latina en la Geopolítica Imperial, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p.66.
[ii] Atilio Borón, El papel de América Latina y el Caribe en el tablero de la geopolítica mundial, en: El imperialismo norteamericano. Pasado, presente y futuro, Editorial de Ciencias Sociales-Ruth Casa Editorial, La Habana, 2014, pp.129-151.
[iii] Graduado en la Universidad de Princenton y doctor en Harvard. Especializado en los estudios de las Relaciones Internacionales. Actualmente es profesor de la Kennedy School of Government de la Universidad Sandwich, New Hampshire.
[iv] Véase Abel Enrique González Santamaría, La Gran Estrategia. Estados Unidos vs América Latina, Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2013, pp.283-284.
[v] Jesús Arboleya, Tres preguntas básicas sobre el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Progreso Semanal, 5 de enero de 2015.
[vi]Véase Elier Ramírez Cañedo y Esteban Morales Domínguez, “De la confrontación a los intentos de “normalización”. La política de los Estados Unidos hacia Cuba”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014.
[vii]  Memorándum de Stephen Low a Kissinger, “Política hacia Cuba”, 30 de agosto de 1974, www.gwu.edu/~nsarchiv/ (traducción del ESTI)
[viii] Memorándum de Harry Shlaudeman a William Rogers, 27 de marzo de 1975, www.gwu.edu/~nsarchiv/ (traducción del ESTI)
[ix] Discurso de Hillary Clinton en Miami, Florida, 31 de julio del 2015.http://time.com/3980244/hillary-clinton-florida-cuba-race-voting/
[x] Barack Obama, Entrevista con el programa “State of the Union”, en CNN, 21 de diciembre de 2014.
[xi] Discurso del General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la IX Cumbre Extraordinaria del ALBA-TCP, convocada en solidaridad con el hermano pueblo de Venezuela, efectuada en Caracas, República Bolivariana de Venezuela, el 17 de marzo de 2015. (Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)
*Académico cubano. Doctor en Ciencias Históricas. Coautor del libro “De la confrontación a los intentos de normalización. La política de los Estados Unidos hacia Cuba”.
Tomado de Cubadebate

sábado, 5 de septiembre de 2015

En crisis la industria del odio a Cuba

Por Manuel E. Yepe*

vigiliamambisa

El proceso hacia la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos comenzó oficialmente con las reaperturas de las embajadas respectivas en Washington y La Habana, pero nadie ignora que tomará mucho tiempo reparar las ruinas provocados por la absurda política imperial, a fin de recorrer el complejo camino sin peligrosos contratiempos.

No se trata de que no se sepa cuál es la meta. Todo está previsto -casi hasta los mínimos detalles- acerca de lo que son las relaciones normales entre naciones en infinidad de libros y tratados sobre Derecho Internacional, público y privado, que explican los procederes que definen la no injerencia y la normalidad.

Jean-Guy Allard, veterano periodista canadiense acreditado en La Habana y colaborador habitual de Radio Habana Cuba y el diario Granma, opinó en entrevista que le hiciera Dick Emanuelsson, subdirector de la agencia de noticias Anncol, de Colombia, que “lo bueno para Cuba es que la maquinaria de desinformación de EEUU ha tenido que lavar la imagen de Cuba para hacer viable el cambio.

“Cuando al imperio le convino, la Isla pasó a ser, de un día para el otro, de diabólica a simpática. Cuba se ha convertido en un país decente en los medios estadounidenses. Al día siguiente de ese giro mediático, muchos países europeos, confirmando su servilismo execrable, volaban hacia La Habana a presentar sus respetos. Ya en eso Cuba ganó”.

Pero ahora, dice Allard, urge levantar el infame bloqueo –que eufemísticamente Estados Unidos denomina embargo- y terminar con más de medio siglo de maltratos a los cubanos. “No se puede martirizar a un pueblo durante cinco décadas sin pagar por los daños, que son enormes”.

Allard, quien se ha convertido en un muy destacado observador de las tensiones en las relaciones entre Washington y La Habana, hace notar que “hasta ahora la presencia norteamericana en Cuba ha significado espionaje, infiltración, captación y penetración. Habrá que ver si con la nueva diplomacia entre vecinos que se anuncia será más civilizada”.

Observando el desarrollo las relaciones de Washington con los demás países progresistas de América Latina, el experto periodista se pregunta: “¿Cuál será el nuevo “look” de la actividad subversiva de EEUU en La Habana? Seguramente no renunciarán a la injerencia, la afinarán”.

El prestigioso periodista franco-canadiense considera que hasta ahora la actuación de toda la disidencia en Cuba está –o ha estado– orientada al consumo exterior, de donde provienen las donaciones que propiciaron su existencia y los mantienen con vida. “Los disidentes cubanos, tan promocionados por la prensa afuera, son poco menos que transparentes en Cuba”, hizo notar Allard.

Respecto a la situación de los enemigos de la revolución en el extranjero, Jean-Guy Allard opina que “ya se ve la confusión en el zoológico del anticastrismo. No saben de qué forma reciclarse”.

“Esta industria, que generó millones durante décadas e hizo la fortuna de cientos de miameros, ya no da. Miami, la ciudad de la CIA, pasó a capital del narco y ahora se dice que es la Meca del porno. La Miami anticubana se inició con los gánsteres de Batista y se desarrolló con el dinero de la CIA. Tendrá, tarde o temprano, que reorientarse hacia la nueva relación entre vecinos”.

La Industria del odio ha sido descrita como la maquinaria más lucrativa en el estado de Florida. Creada hace cincuenta y cinco años por el Presidente Eisenhower para fomentar y destacar los logros de los cubanos que viven en “democracia” frente a los que viven en Cuba, degeneró poco a poco en una bien estructurada mafia con puntas mortales en casi todo el hemisferio.

Con una enorme variedad de tentáculos omnipresentes, a veces con dominio absoluto en aspectos educativos, financieros, sociales, judiciales, religiosos, políticos, laborales y culturales en el sur de la Florida… y un poco más allá, nadie ha podido aspirar a ejercer un liderazgo sin su aprobación y sus bendiciones.

Por avivar llamas de una guerra que eventualmente derroque al gobierno cubano, esta industria ha estafado al gobierno de Estados Unidos miles de millones de dólares.

La decadencia moral colocó a la Florida en el pináculo de muchas estadísticas de delincuencia concentrando el mayor grupo de funcionarios, políticos o administrativos acusados, en la cárcel, en libertad condicional o buscados en la nación; los más grandes fraudes de Medicare y Medicaid, y el mayor centro de comercio de drogas en la nación, entre otras linduras.

Este ambiente criminal ha concentrado en el Sur de la Florida la residencia de la mayor y más diversa colección de ex dictadores, terroristas y asesinos latinoamericanos.

*Periodista cubano, especializado en temas de política internacional. Enviado por su autor, publicado en su blog Manuel Yepe: Opiniones desde Cuba: https://manuelyepe.wordpress.com/2015/09/05/en-crisis-la-industria-del-odio-a-cuba/
 
Imagen agregada: Saavedra, personaje bufo de "Vigilia Mambisa" una de las más gritonas organizaciones contrarrevolucionarias

jueves, 3 de septiembre de 2015

Cuba en los medios estadounidenses: algunas consideraciones al respecto

 Por Olga Rosa González Martín*


El podio en la Embajada de los EEUU, donde hablaría el Secretario de Estado John Kerry este 14 de agosto en La Habana. Foto: Ramón Espinosa/ AP
El podio en la Embajada de los EEUU, donde hablaría el Secretario de Estado John Kerry este 14 de agosto en La Habana. Foto: Ramón Espinosa/ AP

Para los estadounidenses ha sido de una forma y para los cubanos de otra completamente diferente. Y es que no podemos obviar que en los procesos de construcción de la realidad hay mediaciones que en el caso de la historia compartida entre Cuba y los Estados Unidos pasa no sólo por la raíz histórica del conflicto sino por elementos geopolíticos, ideológicos, culturales; en esencia, por la propia cultura política de los estadounidenses que, sin lugar a dudas, está marcada por el Destino Manifiesto y el papel de liderazgo que a nivel internacional los Estados Unidos consideran que deben tener.

Por otro lado, tampoco debe obviarse el hecho de que, por lo general, cuando de política exterior se trata, es el ejecutivo quien impone la agenda. En el caso de Cuba, en particular, tal y como apunta Saul Landau aunque discutible, los medios toman su lead, sin sentido crítico alguno, de la Casa Blanca. De ahí la importancia de prestarle atención a la manera en que los medios le están explicando al mundo la relevancia del 17 de diciembre de 2014. Cuando repasamos lo que se ha publicado sobre el proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba y el futuro y complejo proceso de normalización de relaciones que debe seguirle, nos damos cuenta de que, posiblemente, lo dicho por McNamara puede repetirse.

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre el papel de los medios de comunicación en el mundo. Mucho también sobre el papel que han desempeñado estos en los Estados Unidos en función de los intereses de las élites estadounidenses en la consecución de sus objetivos de política exterior. Sin embargo, lo que nadie niega es que si en algo han sido inteligentes y han demostrado tener pensamiento estratégico y éxito, es en contarles a sus ciudadanos y al mundo lo que les interesa y de la manera en que les interesa. En esto, el paradigma ha sido Samuel Adams (propagandista de la causa de la independencia) quien, junto a James Rivington (líder de los conservadores) y John Dickinson (líder de los liberales), fue el artífice de una intensa campaña de propaganda inter-colonial que pasó a la historia como el esfuerzo más sostenido de difusión de ideas hecho en esos años (1763-1783).[1]
Según Adams, para ganar el conflicto había que cumplir con cinco requisitos básicos: justificar las razones de la lucha, dar a conocer las ventajas de la victoria, levantar a las masas al alimentarle el odio hacia el enemigo, neutralizar cualquier argumento lógico y razonable propuesto por la oposición y presentar todos los temas en blanco y negro de forma tal que hasta el más simple obrero pudiera entenderlos.[2]

Y aunque han pasado 232 años desde 1783 hasta la fecha, los cierto es que las recomendaciones de Adams pueden aplicarse a la manera en que las élites estadounidenses les han contado a su pueblo –y a buena parte del mundo también– la historia del conflicto entre los Estados Unidos y Cuba, especialmente después del triunfo de la Revolución cubana.[3] Como diría el propio Robert McNamara en la primera sesión de la Conferencia Tripartita sobre la Crisis de Octubre celebrada en La Habana en enero de 1992:

Se ha enseñado a los estadounidenses que fueron los Estados Unidos los que liberaron a Cuba de España, mientras que los cubanos aprendieron que esta liberación fue resultado de su larga lucha por la independencia.
-Los estadounidenses se consideran idealistas y desinteresados por no haberse anexado a Cuba a raíz de la Guerra Hispano-Norteamericana; los cubanos, en cambio, piensan que los Estados Unidos han tratado de valerse de todas las oportunidades para dominar su nación.
-Los estadounidenses creen que utilizaron la Enmienda Platt para mediar en los litigios internos de Cuba y resolverlos, los cubanos tienden a pensar que la enmienda se diseñó para permitir a Estados Unidos intervenir en el país con fines egoístas.
-Por último, los estadounidenses se inclinan a pensar que sus inversiones en Cuba contribuyeron al desarrollo del país, y el gobierno cubano ha sabido interpretar esas relaciones económicas como una explotación.[4]

Esta frase demuestra cuán importante es la manera en que se cuenta una historia. Para los estadounidenses ha sido de una forma y para los cubanos de otra completamente diferente. Y es que no podemos obviar que en los procesos de construcción de la realidad hay mediaciones que en el caso de la historia compartida entre Cuba y los Estados Unidos pasa no sólo por la raíz histórica del conflicto sino por elementos geopolíticos, ideológicos, culturales; en esencia, por la propia cultura política de los estadounidenses que, sin lugar a dudas, está marcada por el Destino Manifiesto y el papel de liderazgo que a nivel internacional los Estados Unidos consideran que deben tener. Por otro lado, tampoco debe obviarse el hecho de que, por lo general, cuando de política exterior se trata, es el ejecutivo quien impone la agenda. En el caso de Cuba, en particular, tal y como apunta Saul Landau aunque discutible, los medios toman su lead, sin sentido crítico alguno, de la Casa Blanca.[5]

De ahí la importancia de prestarle atención a la manera en que los medios le están explicando al mundo la relevancia del 17 de diciembre de 2014. Cuando repasamos lo que se ha publicado sobre el proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba y el futuro y complejo proceso de normalización de relaciones que debe seguirle, nos damos cuenta de que, posiblemente, lo dicho por McNamara puede repetirse.

Si fuéramos a hacer una ‘división histórica’ en torno a la manera en que la prensa estadounidense ha presentado Cuba hasta el 17 de diciembre de 2014 pudiéramos hablar de tres etapas o fases:

1.- Cuba como un apéndice natural de los Estados Unidos, un vecino al que hay que ayudar, una mujer a rescatar, una fruta madura a recoger, un niño o bebé al que hay que enseñar, guiar;
2.- un paraíso a disfrutar luego de que con la ayuda estadounidense los cubanos dejaran de ser ignorantes, bárbaros, brutos, supersticiosos, oprimidos, viciosos y, finalmente, abrazaran la civilización;
3.- una dictadura en la que se violan todos los derechos que debe eliminarse para implantar una democracia al estilo estadounidense.

En la primera etapa estamos hablando del siglo XIX en el que no sólo se justifican los intereses expansionistas de los Estados Unidos a partir de la Ley de Gravitación Política, la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, sino de su intervención en la Guerra Hispano-Cubano-Americana que frustra la independencia de Cuba, dejando de ser colonia para ser un protectorado estadounidense. Sin embargo, no es hasta finales del siglo que Cuba aparece como noticia y elemento de interés para el público estadounidense. Con la ayuda de los principales periódicos del país en un momento en que se desarrolla el sensacionalismo en el periodismo como parte de la rivalidad entre Hearst y Pulitzer, se orquestó una excelente campaña propagandística[6] que, en esencia, mostraba a Cuba como una pequeña isla ubicada en el Caribe, colonizada por una potencia europea que había cometido atrocidades y de la cual no se podía liberar por su debilidad y hasta incapacidad. Se hizo toda una historia en la que se enfatizaba en la necesidad de que Estados Unidos interviniera para liberar y salvar a los cubanos del yugo español.[7] De esta manera, se vendió la imagen de los estadounidenses como héroes y la de los cubanos como aquellos que nada o bien poco hicieron para alcanzar su libertad. Así, la Guerra Hispano-Cubano-Americana pasó a la historia estadounidense como la Guerra Hispano-Americana (Hispanic-American War), obviando la participación de los cubanos en el conflicto y la historia de sus luchas por la independencia de la nación.
Si algo ejemplifica el sentimiento de los Estados Unidos como salvadores y garantes de que Cuba, finalmente, alcanzaría la civilización, fue la Proclama del General John Brook en la toma de posesión del gobierno de Cuba en enero de 1899:

Al Pueblo de Cuba: habiendo venido como representante del presidente para continuar el propósito humanitario por el cual mi país intervino para poner término a la condición deplorable de esta Isla (…) el gobierno actual se propone dar protección al pueblo para que vuelva a sus ocupaciones de paz, fomentando el cultivo de los campos abandonados y el tráfico comercial (…) Para ello se valdrá de la administración civil aunque esté bajo un poder militar para el interés y el bien del pueblo de Cuba y de todos los que en ella tengan derechos y propiedades».[8]

Una vez ocupado el territorio cubano, el gobierno de Estados Unidos consolidó el control de la isla con la imposición de la Enmienda Platt en la Constitución de 1901, el Tratado Permanente, el Tratado de Reciprocidad Comercial y el Tratado Naval. Durante todo este tiempo, y hasta el triunfo de la Revolución en 1959, Cuba fue una verdadera neocolonia. La economía cubana estaba en manos estadounidenses y, supuestamente, todo marchaba bien. La política de Buen Vecino de Roosevelt fue para «ayudar a Cuba y a los latinoamericanos» mientras dormían su siesta. De ahí que esa segunda etapa de representación de Cuba en los medios estadounidenses sirviera para que periodistas de la talla de Matthews que cubrieron las acciones del movimiento revolucionario cubano en la Sierra Maestra no entendieran la esencia de la revolución cubana como parte de un proceso histórico que no solo se centraba en la lucha por la independencia nacional sino que tenía un marcado carácter anticolonialista y antiimperialista.

Es por ello que cuando triunfa la Revolución y el gobierno cubano revolucionario comienza a aplicar medidas de carácter nacionalista que no necesariamente se ajustaban a lo que los Estados Unidos esperaban de una revolución tercermundista (adopción de los estándares democráticos estadounidenses), la misma prensa que había minimizado o ignorado por completo la represión de Batista y que le había prestado escasa atención al control ejercido por la mafia sobre los clubes y hoteles de La Habana, ahora se convertía en un categórico defensor de la «democracia cubana» y en un crítico de Fidel por no celebrar elecciones al estilo estadounidense.[9]

Así se produce la ruptura total de las relaciones entre los dos países, pero a la opinión pública de los Estados Unidos, y a la del mundo también,[10] se le dice que es el nuevo gobierno de La Habana el que pone punto final a casi dos siglos de «buenas relaciones» con Washington. Surgen, entonces, los cuatro grandes pretextos sobre los que se comenzaría a perfilar la política de los Estados contra Cuba y que, a su vez, se convierten en los macro temas sobre los que se construye la «realidad» cubana en el país norteño. Estos son: la expropiación de propiedades a compañías estadounidenses, Cuba como país comunista, Cuba como país que apoya el terrorismo internacional (desde 1982 y hasta 2015) y, por último, la violación de derechos y la necesidad de la llamada transición hacia la democracia.

De ahí que por más de 50 años, los líderes revolucionarios hayan sido satanizados por los medios estadounidenses y la imagen que se ha dado sobre los cubanos es la de un pueblo que vivió bajo la «represión» de un «dictador» que no respetaba los más mínimos derechos humanos, que no permitía elecciones libres y democráticas y que no pretendía abandonar el poder bajo ningún concepto;[11] los «exiliados» en Miami son las víctimas que han logrado escapar de la «tiranía» y los contrarrevolucionarios que viven en la isla son los «disidentes» que abogan pacíficamente por una Cuba libre y democrática.[12]

Es por ello que las noticias de tipo humano y las historias de vida debían destacarse para que se viera que a Cuba no la habían abandonado sólo los ricos sino la gente de pueblo que también se oponía a las medidas que se estaban tomando. La invasión de Playa Girón debía darse a conocer –y así se hizo- como un conflicto entre cubanos sin que mediara la intervención de los Estados Unidos.[13] La idea de una Revolución que comenzó con «fusilamientos masivos» a criminales de guerra luego de juicios sumarísimos y que después se convirtió en una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos (Crisis de Octubre) estuvo presente tanto en el discurso político como en el informativo hasta terminada la Guerra Fría. La presencia militar de Cuba en algunos países africanos también fue muy bien utilizada en los planes propagandísticos que comenzaron a mostrar a Cuba como un «satélite» de la URSS, socavando así cualquier posibilidad de que se viera el proceso revolucionario como algo exitoso, sino más bien como un sistema parasitario incapaz de articular estrategias de desarrollo político, económico y social independientes a las de la antigua Unión Soviética.

De ahí que cuando en los años 80 se estudia como parte de la Guerra Fría la construcción de las imágenes que sobre Cuba hacen el Christian Science Monitor, el Journal of CommerceLos Angeles Times, el Miami Herald, el New York Times, el San Francisco Chronicle Examiner, el Washington Post, el Wall Street Journal,así como Business WeekForbesFortuneHarpersNewsweekNew York Review of BooksTime y U.S. News and World Report, los principales temas publicados en una muestra de 396 artículos[14] son: derechos humanos (19.4%), cubano-americanos (11.6%), política exterior de Cuba (11.1%), la política de los Estados Unidos hacia Cuba (10.9%), Fidel Castro y el sistema de partido único (9.6%) y la economía cubana (8.1%). Estos fueron tratados de una
manera selectiva, generalmente negativa y occidentalizada. Los temas cubiertos reflejaron típicamente los intereses de la política exterior oficial de los Estados Unidos, ignoraron los intereses de Cuba y desatendieron temas de posible interés para el público estadounidense como la asistencia médica, seguridad laboral, educación y calidad de vida.[15]

Asimismo, al analizar la manera en que ABC, CBS y NBC cubrieron Cuba entre 1988 y 1992, Soderlund et. all, apuntan que para finales de la Guerra Fría los principales temas sobre Cuba fueron: (1) tráfico de drogas y la relación de Castro con Manuel Noriega de Panamá; (2) retirada de Cuba de Angola; (3) visita de Mijail Gorvachov a Cuba y relaciones Cuba-URSS/Rusia; (4) juicio y ejecución del General Arnaldo Ochoa; (5) crisis de la economía cubana; (6) abusos de derechos humanos en Cuba; (7) Juegos Panamericanos; (8) Fidel Castro como gobernante y personalidad; y (9) nuevos elementos en torno a la Crisis de los Misiles a partir de una serie de encuentros entre participantes cubanos, soviéticos y estadounidenses.[16] De manera general, estos autores concluyen que Castro y los sistemas económico y político cubanos fueron presentados de manera muy negativa, viéndolos todavía dentro de los marcos de la Guerra Fría.[17]

Con el llamado fin de la Guerra Fría y con la tranquilidad de que ya la isla no constituía una amenaza para los Estados Unidos, la «realidad» de Cuba comienza a perfilarse a partir de la dinámica interna de lo que ocurre en el país y se deja a un lado el activismo internacional de Cuba. Así, surge lo que Prieto González calificó como la tríada mercado-pluripartidismo-elecciones libres.[18] El énfasis en que la economía cubana había caído en crisis fue uno de los platos fuertes en el orden del día. Fundamentalmente, se hizo hincapié en los pobres resultados que se estaban alcanzando en la industria azucarera y en la reducción de las importaciones provenientes, en su gran mayoría, de los países socialistas y de la URSS. De esta manera, se destacaba la dependencia de Cuba de la antigua Unión Soviética y se demostraba la incapacidad del sistema económico cubano de satisfacer las necesidades básicas de la población. El tema del bloqueo no fue de los prioritarios y tampoco lo fueron las reformas económicas adoptadas por la dirección del país, aunque sí fueron criticadas por no corresponderse con las recetas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional. Por otro lado, comienza a cubrirse sin mucha relevancia la relación entre Cuba y Canadá, además del turismo.

Ya para finales de la década del 90 tiene lugar la crisis de Elián González Brotóns y en un estudio hecho sobre la manera en que The Washington Post, The New York Times y de The Wall Street Journal presentan el caso se concluye que la imagen dada sobre Cuba fue negativa, aún y cuando los dos primeros periódicos tuvieron una postura mucho más objetiva que el último.[19]

En 2003, Soderlund analizó la cobertura que la televisión estadounidense hizo sobre la visita del ex presidente Carter a Cuba y concluyó que, de manera general, y en contraste con resultados obtenidos de estudios hechos sobre la cobertura que The New York Times había realizado sobre Cuba entre 1959 y 1996, los medios estadounidenses habían presentado a Fidel Castro en términos menos negativos.[20]

Por su parte, en su estudio realizado en Cuba sobre la manera en que The New York Times cubrió el tema Cuba entre febrero y marzo de 2003, Garcés demostró que las fuentes oficiales constituyeron el 88,4% de las 162 informaciones que se examinaron (133 noticias y más 29 notas interpretativas), mientras que las fuentes alternativas, definidas por el autor del estudio como organizaciones no gubernamentales y otros grupos miembros de la sociedad civil, fueron solo el 11,6%.[21]

En esta última década también se han hecho investigaciones en torno a la cobertura que sobre Cuba ha realizado la gran prensa estadounidense y se obtuvieron los siguientes resultados: tanto The Washington Post como The New York Times y The Wall Street Journal continúan enfocando la realidad cubana a partir de la llamada tríada mercado-pluripartidismo-elecciones libres, donde los ‘disidentes’ son ‘reprimidos’ pues viven bajo la ‘represión absoluta de un tirano que no permite a los cubanos hablar libremente y mucho menos pensar’, porque siempre están bajo la mirada vigilante del ‘régimen opresor’.[22] Asimismo, CNN, por ejemplo, le dedicó 24 productos comunicativos al tema de la muerte del contrarrevolucionario Orlando Zapata y el 46.7% de ellos versó sobre la contrarrevolución, el 19.23% sobre la relación Cuba-Estados Unidos y el 15.38% sobre la situación interna.[23]

Cuando se produce la enfermedad del Comandante en julio de 2006 y hasta el momento en que se hace la elección del Consejo de Estado en febrero de 2008, The Washington Post –si bien mantuvo los temas mencionados anteriormente- presentó  

puntos de ruptura con posiciones anteriores y que reflejaron el disenso entre las élites de poder, a partir de la enfermedad de Fidel Castro. La principal ruptura identificable fue la que invocó al pragmatismo para pedir un cambio de táctica en la política que produjera resultados más efectivos al lidiar con el problema cubano. El alejamiento de la línea dura, puesta en práctica no solo por la Administración de George W. Bush, pasaba por levantar las prohibiciones de viajes de los cubano-americanos y, más adelante, de los ciudadanos estadounidenses; una segunda idea implicaba la concesión de mayores facilidades en el comercio, aunque esto no significaba el levantamiento absoluto del embargo (bloqueo), pero sí, al menos, un paso hacia una posible normalización.[24]

Esta ruptura, no obstante, se corresponde con el debate entre las élites políticas en torno a Cuba.[25] Por otro lado, tanto The New York Times como The Washington Post le han dado al tema del bloqueo en la última década un perfil tan bajo que, a pesar del encuadre desfavorable que se le dio al bloqueo entre el 2006 y el 2010, careció de la magnitud y la resonancia necesaria para activar la opinión pública estadounidense a favor de una normalización de la relaciones entre Cuba y los EE.UU.[26]

Si bien puede considerarse que, de manera general, la cobertura negativa en torno a Cuba en los Estados Unidos ha estado marcada, entre otros elementos, como dijimos al principio, por la propia cultura política estadounidense que no les permitió a sus periodistas comprender el proceso revolucionario en toda su magnitud, tampoco puede obviarse el hecho de la inaccesibilidad de la mayoría de los líderes de Cuba[27] y de los funcionarios públicos de la isla a los medios estadounidenses. Y esto es importante porque aquí radica la necesidad de prestarle atención a la manera en que los medios le están explicando al mundo la relevancia del 17 de diciembre de 2014.

Hasta ahora, y de manera muy preliminar, pues el proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas anunciado por Obama y Raúl Castro en diciembre de 2014 aún está en curso y un análisis más preciso de la cobertura de la gran prensa estadounidense y de los medios en general al respecto lleva mucho más tiempo,[28] elaboraría en calidad de premisa, quizás, que la agenda en torno al proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas, así como aquella en torno al futuro proceso de normalización de relaciones, ha seguido imponiéndose por los Estados Unidos y por fuentes estadounidenses, aunque se destaca la habilidad de Josefina Vidal, directora general de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores, en las conferencias de prensa ofrecidas a los medios luego de las rondas de negociaciones, que han marcado los pasos que han conducido al proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas.

Sin embargo, más allá de las figuras de Raúl Castro como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y de Josefina Vidal, es casi nula la presencia de los funcionarios públicos cubanos explicándole al mundo las implicaciones que para Cuba, sus respectivos ministerios, y su sistema social en general tendría este proceso. En una muestra de sólo veinte artículos[29] seleccionada entre el 17 de diciembre de 2014 y junio de 2015 se constata que las fuentes predominantes fueron las estadounidenses, específicamente las siguientes: el presidente Obama, Roberta Jacobson, Subsecretaria de Estado y jefa de la delegación estadounidense que condujo las rondas de negociaciones con Cuba; los senadores Marco Rubio, Robert Menéndez, Jeff Flake de Arizona, así como los representantes Barbara Lee’s (D-Calif.), Mark Sanford (R-S.C.); Rep. Mario Díaz-Balart (R-Fla.);Nancy Pelosi, Líder de la Minoría de la Cámara; Jeb Bush, antiguo gobernador de la Florida y aspirante a la presidencia; Rick Scott, gobernador de la Florida; Sarah Stephens, directora del Center for Democracy in the Americas; Robert Muse, abogado estadounidense especializado en la legislación estadounidense en torno a Cuba; Michael Shifter de Diálogo Inter-Americano; James Williams, director de Engage Cuba; Rob Rowe, vicepresidente y consejero asociado de la Asociación de Bankeros Estadounidenses (American Bankers Association), Josh Earnest, secretario de prensa de la Casa Blanca; Ron Christaldi, presidente a la Gran Cámara de Comercio de Tampa (Greater Tampa Chamber of Commerce); entre otros.

Desde la academia cubana ha habido mayor participación en los debates que antes, destacándose en la muestra Rafael Hernández de la Revista Temas; Omar Everleny del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana; Jesús Arboleya, del Centro de Investigaciones de Política Internacional, además de otros profesores de la Universidad de La Habana. En los artículos estudiados también se citaron a los llamados disidentes Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas, Berta Soler, etc. Sin embargo, no aparece declaración alguna emitida por un ministro o un ministerio, de un parlamentario cubano. Nada. Es como si no tuvieran nada que decir en torno al acontecimiento más importante del conflicto entre Cuba y los Estados Unidos después del triunfo de la Revolución, por solo reducirlo a su estado bilateral, aunque estamos claros de que se trata de un conflicto con una notable dimensión multilateral.

De ahí que abogue no sólo por la necesidad de que se defina desde las instituciones cubanas cómo se va a dialogar con los Estados Unidos, cómo les van a explicar tanto a sus públicos internos como externos la manera en que se relacionarán con ese país. Si bien es cierto que la mayor parte de las medidas anunciadas por el Presidente Obama están encaminadas a fortalecer el sector privado en Cuba, lo cierto es que eso tendrá que hacerse dentro del marco legal existente en el país. Por lo tanto, las instituciones cubanas tendrán que mediar en estos procesos.

Mas, esto no debe dejarse a la buena voluntad, pues se ha demostrado que todavía prima el concepto de «fortaleza sitiada» en Cuba. Por lo tanto, se impone la necesidad de una ley de comunicación en Cuba –no sólo ley de medios- que regule el ejercicio de la comunicación en todos sus niveles para que el sistema de comunicación pública cubano pueda, entre otras cosas, funcionar como debe ser.

Notas

[1]Para más detalles ver: Michael Emery and Edwin Emery: The Press and America: An Interpretative History of the Mass Media, 7th edition, Englewood Cliffs, N.J.: Prentice Hall, ©1992.
[2] Ibídem, pp. 46-47.
[3] Para más detalles ver Jon Elliston: Psywar on Cuba. The declassified history of US anti-Castro Propaganda, Ocean Press, Australia, 1999.
[4] Robert McNamara en “El Mundo al Borde de la Guerra Nuclear, Conferencia Tripartita, 1992”, Primera Sesión, 9 de enero de 1991, Editora Política, 2013, p.7.
[5] Saul Landau: “U.S. Media Images of Postrevolutionary Cuba Shaped by Government Policy and Commercial Grammar”, Latin America Perspectives, Issue 150, Vol. 33, No. 5, September 2006, p. 125.
[6] Sin embargo, historiadores como Ian Mugridge consideran que aunque Hearst exageró un considerable número de noticias sobre Cuba, había suficiente información sobre los horrores que realmente tenían lugar en Cuba a partir de las informaciones de fuentes oficiales estadounidenses que eran suficientes como para despertar la indignación en contra de las acciones españolas. Para más detalles, ver Thomas G. Paterson: U.S. Intervention in Cuba, 1898: Interpreting the Spanish-American-Cuban-Filipino War, ponencia presentada en evento sobre la Guerra de 1898 en el Instituto de Historia de Cuba entre el 29 de junio y el 1 de julio de 1994.
[7] Miralys Sánchez Pupo: “La prensa norteamericana llama a la guerra, 1898”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998.
[8] Proclama del General John Brooke en la toma de posesión del gobierno de Cuba, Cuartel General de la División de Cuba, Enero 1ro, 1899.
[9] Saul Landau: “U.S. Media Images of Postrevolutionary Cuba Shaped by Government Policy and Commercial Grammar”, Ob, cit., 122.
[10] Interesante resulta el siguiente documento: Arthur Schlesinger, Memorandum to the Political Warfare Subcommittee of the Cuban Task Force, May 8, 1961, en Jon Elliston: Psywar on Cuba. The declassified history of US anti-Castro Propaganda, Ob. cit., pp. 68-71.
[11] Para ampliar sobre el tema de la imagen de Cuba en Estados Unidos ver, entre otros, los artículos del investigador cubano Alfredo Prieto González: “La prensa y la opinión pública norteamericana hacia América Latina”, Cuadernos de Nuestra América, Vol. VI, No. 12, enero-junio, 1989; “Cuba en la prensa norteamericana: la conexión cubana”, Cuadernos de Nuestra América, Vol. VII, No. 15, julio-diciembre, 1990; “Cuba en los Medios de Difusión Norteamericanos”, Revista Temas, No. 2, abril-junio, 1995; Olga Fernández: “La Gran Prensa Norteamericana Editorializa a Cuba: Años 90”, ponencia presentada en la XXII Conferencia de la Latin American Studies Association (LASA), Marzo 16-18, 2000, Hyatt Regency, Miami, Florida; William H. Flanigan y Nancy H. Zingale: “Forty Years of United States Public Opinión toward Cuba”, ponencia presentada en evento sobre elecciones presidenciales del año 2000 en Estados Unidos, Centro de Estudios sobre Estados Unidos de la Universidad de La Habana, Cuba; Bill Solomon: “Cubriendo Cuba: la crisis de los balseros. Agosto-septiembre de 1994”, Revista Temas, No. 20-21, enero-junio, 2000; del mismo autor: “Self Reflections: U.S. Press Coverage of Cuba”, ponencia presentada en la American Sociological Association Conference, 2000.
[12] Para profundizar en el tema ver, entre otros, Jesús Arboleya Cervera: “La Contrarrevolución Cubana”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000; Hernando Calvo Ospina y Katlijn Declercq, “¿Disidentes o Mercenarios?”, Casa Editora Abril, 2003; Rosa Miriam Elizalde y Luis Baez: “Los Disidentes”, Editora Política, 2003.
[13] Interesantes en este sentido resultan los siguientes documentos: Arthur Schlesinger, Memorandum for the President “Cuba: Political, Diplomatic and Economic Problems”, April 10, 1961, en Jon Elliston: Psywar on Cuba. The declassified history of US anti-Castro Propaganda,Ob. cit., pp. 40-44; Memorandum from C. Tracy Barnes of the Central Intelligence Agency to the President’s Special Assistant (Schlesinger), April 11, 1961, en Ibídem, pp. 45-46.
[14] Flora Biancalana, June Kress, Janis Lewin, Ed McCaughan and Cecilia Platt: Tropical Gulag. The Construction of Cold War Images of Cuba in the United States, Draft Document, Global Options, Research and Advocacy on World Affairs, 1986, p. 58.
[15] Ibídem, p. 56.
[16]Walter C. Soderlund, Ronald H. Wagenberg and Stuart H. Surlin: The Impact of the End of the Cold War on Canadian and American TV News Coverage of Cuba: Image Consistency or Image Change? Canadian Journal of Communication, Vol. 23, No. 2, 1998.
[17]Ibídem.
[18] “Cuba en los medios de difusión norteamericanos, Revista Temas, No. 2, abril-junio, 1995.
[19] Para más detalles ver Olga Rosa González Martín: “Gran prensa y opinión pública estadounidense: Elián González”, Colección Foro, Editora Política, La Habana, 2005, ISBN: 959-01-0652-8.
[20]Soderlund, Walter C.: “U.S. Television Network News Coverage of the Carter Visit to Cuba, May 2002.” Paper prepared for presentation at the “Annual Meeting of the Canadian Political Science Association”, Halifax, Nova Scotia, Canada, 2003.
[21] Garcés Gorra, Raúl: La construcción simbólica de la opinión pública. Escenarios teóricos y prácticas mediáticas contemporáneas, Tesis Presentada en Opción al Grado de Doctor en Ciencias de la Comunicación, 2007, p. 108.
[22] Para más detalles ver Olga Rosa González Martín: Gran prensa y opinión pública estadounidense: Elián González, Colección Foro, Editora Política, La Habana, 2005; «Cuba, África y el Medio Oriente: ¿iguales y diferentes?», Tricontinental, No. 174/2012, Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), Cuba, pp. 13-18; «La opinión pública de Estados Unidos y Canadá hacia Cuba: un estudio comparativo», En Montero Contreras, Delia y Raúl Rodríguez Rodríguez (Comp.): Políticas públicas, relaciones bilaterales e identidad en Canadá. Una nueva connotación en el inicio del siglo XXI, Editorial Félix Galván,  Universidad de La Habana, Cuba, 2007, ISBN: 978-959-16-0534-4, pp. 111-133.
[23] Olga Rosa González Martín: Cuba, África y el Medio Oriente: ¿iguales y diferentes?”, Ob. cit., p. 17.
[24] Miguel Ernesto Gómez Masjuán: «Cuba en el The Washington Post: ¿tiempo de cambio? Un análisis del discurso periodístico desde la proclama del Comandante en Jefe hasta la elecciones del nuevo Consejo de Estado», Tesis en Opción al Grado de Master en Ciencias de la Comunicación, Marzo, 2009, p. 172.
[25] Todas las visiones negativas que la gran prensa presenta en torno a Cuba sirven como justificación al gobierno estadounidense para mantener tanto a Radio y a TV Martí como parte de su sistema de transmisiones civiles para el exterior. Para un estudio en torno al mismo ver Olga Rosa González Martín: «El sistema de transmisiones de los Estados Unidos hacia el exterior: cambios y tendencias actuales» en Colectivo de Autores: Los EE.UU a la luz del siglo XXI, Ob, cit., pp. 326-350.
[26] Matthew Edward SWEENEY: «Framing the Cuban Embargo: US Media Coverage, Public Opinion and Foreign Policy Responsiveness on the Cuban Embargo from 1990 to 2010», Tesis presentada en Opción al Título de Master en Relaciones Internacionales, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad del Salvador, Buenos Aires, Junio 2011, pp. 54-55.
[27] Saul Landau: “U.S. Media Images of Postrevolutionary Cuba Shaped by Government Policy and Commercial Grammar”, Ob. cit., 119.
[28] Habría que esperar a la inauguración de las embajadas en La Habana y en Washington, además de que habría que considerar los rasgos que tipifican la comunicación en red (hipertextualidad, multimedialidad e interactividad) pues estamos trabajando con las versiones online.
[29] Michael D. Shear: “For Obama, More Audacity and Fulfillment of Languishing Promises”, The New York TimesDEC. 17, 2014, http://www.nytimes.com/2014/12/18/us/politics/cuba-action-is-obamas-latest-step-away-from-a-cautious-approach.html (consultado el 13/07/2015); Damien Cave: “In U.S.-Cuba Embrace, Rusty Gears of Cold War Diplomacy Finally Move”, The New York Times, DEC. 17, 2014, http://www.nytimes.com/2014/12/18/world/americas/in-us-cuba-embrace-rusty-gears-of-cold-war-diplomacy-finally-move.html (consultado el 13/07/2013); Tom Hayden: “Why the US-Cuba Deal Really is a Victory for the Cuban Revolution. The left should recall and applaud the long resistance of tiny Cuba to the northern Goliath”, The Nation, December17, 2014, http://www.thenation.com/article/why-us-cuba-deal-really-victory-cuban-revolution/ (consultado el 10/07/2015); Mark Mazzetti, Michael S. 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(Fuente Pensar en Cuba)
Tomado de Cubadebate

*Investigadora del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), de la Universidad de La Habana