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domingo, 28 de junio de 2015

Para un 29 de junio: entre la Texaco y el Danzonete

Por Manuel David Orrio
Cubainformacion-Martianos-Hermes

Definitivamente, Cuba es un país “extraño”. Contrasta que cuando  en 1960 apenas iniciaba una Revolución de mucha influencia en el siglo XX, e incluso en el XXI, en las victrolas de los bares habaneros la cantante  Paulina Álvarez imperaba con una estrofa: “Danzonete/ Danzonete/ yo quiero bailar contigo/ al compás del Danzonete…”
Ocurrió  un 29 de junio de 1960. El Gobierno Revolucionario, dirigido por Fidel Castro, había comenzado a importar petróleo desde   la entonces Unión Soviética; exigía su refinación a las compañías  estadounidenses radicadas en el país; pero éstas, en anuencia con las órdenes geopolíticas  de la entonces Administración Eisenhower, se negaban a cumplir los mandatos cubanos.
La tensión crecía; la promulgación de la Primera Ley de  Reforma Agraria, en mayo de 1959, lesionó gravemente a los intereses norteamericanos. Según el historiador y periodista Pedro Antonio García, “De los más de 30 mil propietarios de tierras, el 1,5 (ya fueran cubanos o no cubanos, fundamentalmente compañías yanquis) poseían el 46% del área cultivable; en total (incluyendo a los anteriores) los latifundistas grandes y medianos constituían el 9,4 % y poseían el 73% del agro cubano.”
Washington reaccionó: urdía planes de agresión militar; acciones subversivas ya estaban en marcha. Ejemplo fue la quema de cañaverales, abierto sabotaje contra la principal agroindustria criolla. Pero en las victrolas de los bares habaneros  Paulina Álvarez imperaba.
Las petroleras estadounidenses radicadas en Cuba, ESSO, Texaco y SHELL, aferradas a sus prepotencias. Desde el Potomac se practicaba una hegemonía continental que consideraba inadmisible una presencia soviética, por lo cual  las importaciones cubanas del crudo  “de Moscú” fueron percibidas   como  una rebelión.
Una de estas empresas, la Texaco, se negó a obedecer la orden del Gobierno cubano. Quizás imaginaron sus directivos que de bravata no pasaba, o quizás  todo  pareció  tan de juego como podrían serlo las cadencias del Danzonete.
El 28  de junio de 1960 el Gobierno Revolucionario emitió la Resolución 188, la cual  ordenaba a la Texaco, hoy Chevron, procesar el petróleo soviético. Y el 29, ante  el desacato, se procedió a la intervención de su refinería. Entretanto, Paulina Álvarez honraba un título otorgado por el pueblo: “Emperatriz del Danzonete”.
¿Quién fue Paulina Álvarez, cómo el azar la hizo coincidir  con la Texaco?
Paulina Álvarez cumplió 48 años de edad el mismo día en que el Gobierno Revolucionario intervino a la Texaco. Parece una coincidencia arrastrada por los pelos. Pero para quien vivió el momento, como  este periodista, quedó en su memoria que a un bar habanero entró un hombre. A voz en cuello gritaba: “¡caballeros, ahora sí Fidel se “mandó”, está interviniendo a la Texaco!” Justo en ese minuto se escuchaba, desde la victrola del bar, uno de los  más sonados éxitos de la Emperatriz: “Aprieta más”. Como si  la voz ordenara no detenerse.
Según los archivos de Cubarte, “Paulina Álvarez nació en Cienfuegos el 29 de junio de 1912. Disfrutó de la fama y el reconocimiento nacional como la Emperatriz del Danzonete, aunque su espléndida voz le permitió incursionar, con igual éxito, en  los  boleros, sones y guarachas.
“Poseía desde temprana edad  sólidos conocimientos de música. La familia viajó a la capital del país cuando ella tenía seis años y, reconocida su vocación, sus padres la inscribieron en la Academia Municipal de La Habana, hoy Amadeo Roldán, donde estudió teoría y solfeo, piano, guitarra y canto.
“Aunque cantó en famosas orquestas, la cienfueguera se echó literalmente a los cubanos en un bolsillo cuando estrenó en 1930 el Danzonete “Rompiendo la rutina, al que Aniceto Díaz hizo los arreglos pertinentes para la voz de esta singular artista.
“Quizás como nadie la Emperatriz del Danzonete recibió uno de los homenajes mayores a una cantante cubana, cuando más de 15 orquestas tocaron en su honor en los salones de la Cervecería La Polar. Tuvo además la satisfacción, ya en las postrimerías de su carrera, de realizar en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán, por primera vez en la historia de ese foro, un recital de canciones cubanas, acompañada por una agrupación de música popular.
“La popular artista se presentó por última vez en la televisión cubana en el programa Música y Estrellas, el 2 de mayo de 1965. Cantó y bailó en aquel memorable escenario con otro grande de la música cubana, ya también fallecido, el Maestro Barbarito Diez, y con la Orquesta Aragón, surgida igualmente en Cienfuegos, su patria chica.
“Pocos meses después murió en La Habana; dejó tras de sí una aureola de gloria y de respeto. Paulina fue una Emperatriz que, hasta hoy, carece de sustituta en el ámbito musical cubano.”
Revolución, Texaco, Danzonete, todo el mismo día. Definitivamente, Cuba es un país “extraño”.

sábado, 4 de octubre de 2014

Fidel: Los héroes de nuestra época


Mucho hay que decir de estos tiempos difíciles para la humanidad. Hoy, sin embargo, es un día de especial interés para nosotros y quizá también para mu­chas personas.

A lo largo de nuestra breve historia revolucionaria, desde el golpe artero del 10 de marzo de 1952 promovido por el imperio contra nuestro pequeño país, no pocas veces nos vimos en la necesidad de tomar importantes decisiones.

Cuando ya no quedaba alternativa alguna, otros jóvenes, de cualquier otra nación en nuestra compleja situación, hacían o se proponían hacer lo mismo que nosotros, aunque en el caso particular de Cuba el azar, como tantas veces en la historia, jugó un papel decisivo.

A partir del drama creado en nuestro país por Estados Unidos en aquella fecha, sin otro objetivo que frenar el riesgo de limitados avances sociales que pudieran alentar futuros de cambios radicales en la propiedad yanki en que había sido convertida Cuba, se engendró nuestra Revo­lución Socialista.

La Segunda Guerra Mundial, finalizada en 1945, consolidó el poder de Estados Unidos como principal potencia económica y militar, y convirtió ese país —cuyo territorio estaba distante de los campos de batalla— en el más poderoso del planeta.
La aplastante victoria de 1959, podemos afirmarlo sin sombra de chovinismo, se convirtió en ejemplo de lo que una pequeña nación, luchando por sí misma, puede hacer también por los demás.

Los países latinoamericanos, con un mínimo de honrosas excepciones, se lanzaron tras las migajas ofrecidas por Estados Unidos; por ejemplo, la cuota azucarera de Cuba, que durante casi un siglo y medio abasteció a ese país en sus años críticos, fue repartida entre productores ansiosos de mercados en el mundo.

El ilustre general norteamericano que presidía entonces ese país, Dwight D. Eisenhower, había dirigido las tropas coaligadas en la guerra en que liberaron, a pesar de contar con poderosos medios, solo una pequeña parte de la Europa ocupada por los nazis. El sustituto del presidente  Roosevelt, Harry S. Truman, resultó ser el conservador tradicional que en Estados Unidos suele asumir tales responsabilidades políticas en los años difíciles.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas —que constituyó hasta fines del pasado siglo XX, la más grandiosa nación de la historia en la lucha contra la explotación despiadada de los seres humanos— fue disuelta y sustituida por una Federación que redujo la superficie de aquel gran Estado multinacional en no menos de cinco millones 500 mil kilómetros cuadrados.

Algo, sin embargo, no pudo ser disuelto: el espíritu heroico del pueblo ruso, que unido a sus hermanos del resto de la URSS ha sido capaz de preservar una fuerza tan poderosa que junto a la República Popular China y países como Brasil, India y Sudáfrica, constituyen un grupo con el poder necesario para frenar el intento de recolonizar el planeta.
Dos ejemplos ilustrativos de estas realidades los vivimos en la República Popular de Angola. Cuba, como otros mu­chos países socialistas y movimientos de liberación, colaboró con ella y con otros que luchaban contra el dominio portugués en África. Este se ejercía de forma administrativa directa con el apoyo de sus aliados.

La solidaridad con Angola era uno de los puntos esenciales del Movimiento de Países No Alineados y del Campo So­cialista. La independencia de ese país se hizo inevitable y era aceptada por la co­munidad mundial.

El Estado racista de Sudáfrica y el Go­bierno corrupto del antiguo Congo Belga, con el apoyo de aliados europeos, se preparaban esmeradamente para la conquista y el reparto de Angola. Cuba, que desde hacía años cooperaba con la lucha de ese pueblo, recibió la solicitud de Agostinho Neto para el entrenamiento de sus fuerzas armadas que, instaladas en Luanda, la capital del país, debían estar listas para su toma de posesión oficialmente establecida para el 11 de noviembre de 1975. Los soviéticos, fieles a sus compromisos, les habían suministrado equipos militares y esperaban solo el día de la independencia para enviar a los instructores. Cuba, por su parte, acordó el envío de los instructores solicitados por Neto.
El régimen racista de Sudáfrica, condenado y despreciado por la opinión mundial, decide adelantar sus planes y envía fuerzas motorizadas en vehículos blindados, dotados de potente artillería que, tras un avance de cientos de kilómetros a partir de su frontera, atacó el primer campamento de instrucción, donde varios instructores cubanos murieron en heroica resistencia. Tras varios días de combates sostenidos por aquellos valerosos instructores junto a los angolanos, lograron detener el avance de los sudafricanos hacia Luanda, la capital de Angola, adonde había sido enviado por aire un batallón de Tropas Especiales del Ministerio del Interior, transportado desde La Habana en los viejos aviones Britannia de nuestra línea aérea.

Así comenzó aquella épica lucha en aquel país de África negra, tiranizado por los racistas blancos, en la que batallones de infantería motorizada y brigadas de tanques, artillería blindada y medios adecuados de lucha, rechazaron a las fuerzas racistas de Sudáfrica y las obligaron a retroceder hasta la misma frontera de donde habían partido.
No fue únicamente ese año 1975 la etapa más peligrosa de aquella contienda. Esta tuvo lugar, aproximadamente 12 años más tarde, en el sur de Angola.

Así lo que parecía el fin de la aventura racista en el sur de Angola era solo el comienzo, pero al menos habían podido comprender que aquellas fuerzas revolucionarias de cubanos blancos, mulatos y negros, junto a los soldados angolanos, eran capaces de hacer tragar el polvo de la derrota a los supuestamente invencibles racistas. Tal vez confiaron entonces en su tecnología, sus riquezas y el apoyo del imperio dominante.

Aunque no fuese nunca nuestra intención, la actitud soberana de nuestro país no dejaba de tener contradicciones con la propia URSS, que tanto hizo por nosotros en días realmente difíciles, cuando el corte de los suministros de combustible a Cuba desde Estados Unidos nos habría llevado a un prolongado y costoso conflicto con la poderosa potencia del Norte. De­sa­parecido ese peligro o no, el dilema era decidirse a ser libres o resignarse a ser esclavos del poderoso imperio vecino.

En situación tan complicada como el acceso de Angola a la independencia, en lucha frontal contra el neocolonialismo, era imposible que no surgieran diferencias en algunos aspectos de los que po­dían derivarse consecuencias graves para los objetivos trazados, que en el caso de Cuba, como parte en esa lucha, tenía el derecho y el deber de conducirla al éxito. Siempre que a nuestro juicio cualquier aspecto de nuestra política internacional podía chocar con la política estratégica de la URSS, hacíamos lo posible por evitarlo. Los objetivos comunes exigían de cada cual el respeto a los méritos y experiencias de cada uno de ellos. La modestia no está reñida con el análisis serio de la complejidad e importancia de cada situación, aunque en nuestra política siempre fuimos muy estrictos con todo lo que se refería a la solidaridad con la Unión Soviética.

En momentos decisivos de la lucha en Angola contra el imperialismo y el racismo se produjo una de esas contradicciones, que se derivó de nuestra participación directa en aquella contienda y del hecho de que nuestras fuerzas no solo luchaban, sino que también instruían cada año a miles de combatientes angolanos, a los cuales apoyábamos en su lucha contra las fuerzas pro yankis y pro racistas de Sudáfrica. Un militar soviético era el asesor del gobierno y planificaba el empleo de las fuerzas angolanas. Discrepábamos, sin embargo, en un punto y por cierto importante: la reiterada frecuencia con que se defendía el criterio erróneo de emplear en aquel país las tropas angolanas mejor entrenadas a casi mil quinientos kilómetros de distancia de Luanda, la capital, por la concepción propia de otro tipo de guerra, nada parecida a la de carácter subversivo y guerrillera de los contrarrevolucionarios angolanos. En realidad no existía una capital de la UNITA, ni Savimbi tenía un punto donde resistir, se trataba de un señuelo de la Sudáfrica racista que servía solo para atraer hacia allí las mejores y más suministradas tropas angolanas para golpearlas a su antojo. Nos oponíamos por tanto a tal concepto que más de una vez se aplicó, hasta la última en la que se demandó golpear al enemigo con nuestras propias fuerzas lo que dio lugar a la batalla de Cuito Cuanavale. Diré que aquel prolongado enfrentamiento militar contra el ejército sudafricano se produjo a raíz de la última ofensiva contra la supuesta “capital de Savimbi” —en un lejano rincón de la frontera de Angola, Sudáfrica y la Namibia ocupada—, hacia donde las valientes fuerzas angolanas, partiendo de Cuito Cuanavale, antigua base militar desactivada de la OTAN, aunque bien equipadas con los más nuevos carros blindados, tanques y otros medios de combate, iniciaban su marcha de cientos de kilómetros hacia la supuesta capital contrarrevolucionaria. Nuestros audaces pilotos de combate los apoyaban con los Mig-23 cuando estaban todavía dentro de su radio de acción.

Cuando rebasaban aquellos límites, el enemigo golpeaba fuertemente a los valerosos soldados de las FAPLA con sus aviones de combate, su artillería pesada y sus bien equipadas fuerzas terrestres, ocasionando cuantiosas bajas en muertos y heridos. Pero esta vez se dirigían, en su persecución de las golpeadas brigadas angolanas, hacia la antigua base militar de la OTAN.

Las unidades angolanas retrocedían en un frente de varios kilómetros de ancho con brechas de kilómetros de separación entre ellas. Dada la gravedad de las pérdidas y el peligro que podía derivarse de ellas, con seguridad se produciría la solicitud habitual del asesoramiento al Presidente de Angola para que apelara al apoyo cubano, y así ocurrió. La respuesta firme esta vez fue que tal solicitud se aceptaría solo si todas las fuerzas y medios de combate angolanos en el Frente Sur se subordinaban al mando militar cubano. El resultado inmediato fue que se aceptaba aquella condición.

Con rapidez se movilizaron las fuerzas en función de la batalla de Cuito Cuanavale, donde los invasores sudafricanos y sus armas sofisticadas se estrellaron contra las unidades blindadas, la artillería convencional y los Mig-23 tripulados por los audaces pilotos de nuestra aviación. La artillería, tanques y otros medios angolanos ubicados en aquel punto que carecían de personal fueron puestos en disposición combativa por personal cubano. Los tanques angolanos que en su retirada no podían vencer el obstáculo del caudaloso río Queve, al Este de la antigua base de la OTAN —cuyo puente había sido destruido semanas antes por un avión sudafricano sin piloto, cargado de explosivos— fueron enterrados y rodeados de minas antipersonal y antitanques. Las tropas sudafricanas que avanzaban se toparon a poca distancia con una barrera infranqueable contra la cual se estrellaron. De esa forma con un mínimo de bajas y ventajosas condiciones, las fuerzas sudafricanas fueron contundentemente derrotadas en aquel territorio angolano.

Pero la lucha no había concluido, el imperialismo con la complicidad de Israel había convertido a Sudáfrica en un país nuclear. A nuestro ejército le tocaba por segunda vez el riesgo de convertirse en un blanco de tal arma. Pero ese punto, con todos los elementos de juicio pertinentes, está por elaborarse y tal vez se pueda escribir en los meses venideros.

¿Qué sucesos ocurrieron anoche que dieron lugar a este prolongado análisis? Dos hechos, a mi juicio, de especial trascendencia:

La partida de la primera Brigada Mé­dica Cubana hacia África a luchar contra el Ébola.

El brutal asesinato en Caracas, Vene­zuela, del joven diputado revolucionario Robert Serra.

Ambos hechos reflejan el espíritu heroico y la capacidad de los procesos revolucionarios que tienen lugar en la Patria de José Martí y en la cuna de la libertad de América, la Venezuela heroica de Simón Bolívar y Hugo Chávez.

¡Cuántas asombrosas lecciones encierran estos acontecimientos! Apenas las palabras alcanzan para expresar el valor moral de tales hechos, ocurridos casi simultáneamente.

No podría jamás creer que el crimen del joven diputado venezolano sea obra de la casualidad. Sería tan increí­ble, y de tal modo ajustado a la práctica de los peores organismos yankis de inteligencia, que la verdadera casualidad fuera que el repugnante hecho no hubiera sido realizado intencionalmente, más aún cuando se ajusta absolutamente a lo previsto y anunciado por los enemigos de la Revolución Venezolana.

De todas formas me parece absolutamente correcta la posición de las autoridades venezolanas de plantear la necesidad de investigar cuidadosamente el carácter del crimen. El pueblo, sin embargo, expresa conmovido su profunda convicción sobre la naturaleza del brutal hecho de sangre.

El envío de la primera Brigada Médica a Sierra Leona, señalado como uno de los puntos de mayor presencia de la cruel epidemia de Ébola, es un ejemplo del cual un país puede enorgullecerse, pues no es posible alcanzar en este instante un sitial de mayor honor y gloria. Si nadie tuvo la menor duda de que los cientos de miles de combatientes que fueron a An­gola y a otros países de África o América, prestaron a la humanidad un ejemplo que no podrá borrarse nunca de la historia humana; menos dudaría que la acción heroica del ejército de batas blancas ocupará un altísimo lugar de honor en esa historia.

No serán los fabricantes de armas letales los que alcancen merecido honor. Ojalá el ejemplo de los cubanos que marchan al África prenda también en la mente y el corazón de otros médicos en el mundo, especialmente de aquellos que poseen más recursos, practiquen una religión u otra, o la convicción más profunda del deber de la solidaridad humana.

Es dura la tarea de los que marchan al combate contra el Ébola y por la supervivencia de otros seres humanos, aun al riesgo de su propia vida. No por ello debemos dejar de hacer lo imposible por garantizarle, a los que tales deberes cumplan, el máximo de seguridad en las ta­reas que desempeñen y en las medidas a tomar para protegerlos a ellos y a nuestro propio pueblo, de esta u otras enfermedades y epidemias.

El personal que marcha al África nos está protegiendo también a los que aquí quedamos, porque lo peor que puede ocurrir es que tal epidemia u otras peores se extiendan por nuestro continente, o en el seno del pueblo de cualquier país del mundo, donde un niño, una madre o un ser humano pueda morir. Hay suficientes médicos en el planeta para que nadie tenga que morir por falta de asistencia. Es lo que deseo expresar.

¡Honor y gloria para nuestros valerosos combatientes por la salud y la vida!

¡Honor y gloria para el joven revolucionario venezolano Robert Serra junto a la compañera María Herrera!

Estas ideas las escribí el dos de octubre cuando supe ambas noticias, pero preferí esperar un día más para que la opinión internacional se informara bien y pedirle a Granma que lo publicara el sábado.





Fidel Castro Ruz
Octubre 2 de 2014
8 y 47 p.m.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

A propósito de noviembre: el acto más elevado de cultura es la libertad de un pueblo

Por Hugo Chinea Cabrera*

El esfuerzo libertario ha sido siempre un acontecimiento cultural y su consecución en cada momento histórico expresión de los valores que han movido al hombre a lo largo de su historia.

Condenado a ser libre, como aseguraba J.P. Sastre, el hombre tiene esta larga tradición como sucesión de eslabones de la extensa ligadura que recorre su memoria como indicio de sí mismo en el planeta que inventó con su presencia.

La libertad, aún cuando en su originaria e incipiente organización social no fuera para el hombre un concepto racionalizado, fue el hecho que como tendencia normativa modeló su propia realización. El hombre se verificaba en la medida que cobraba autonomía y libertad sobre el medio y lo hacía parte de su perspectiva de vida económica y social.

La libertad y el hombre aparecen unidos en una relación dialéctica en donde se afirman en un proceso íntimo de signo reconciliable que traza toda la acción de su movimiento histórico, su fuerza y desarrollo.

Las revoluciones sociales que tuvieron sus orígenes en la desintegración de las comunidades colectivistas primitivas de las que surgió la esclavitud, más tarde el feudalismo, y las sucesivas revoluciones burguesas de los siglos XVII en Inglaterra, finales del XVIII en Francia y Estados Unidos y de principios del XIX en América latina, se inspiraron en los nobles ideales de la libertad.

En nombre de la libertad millones de hombres sacrificaron sus vidas y continúa siendo motivo hoy de cruentas guerras de conquista en las que perecen pueblos enteros defendiendo sus legítimos derechos en una confrontación entre concepciones opuestas de la libertad.

Es en esa lucha que se dirime hoy el futuro de la humanidad.

Aquél socialismo que enjuiciamos ahora en retrospectiva y que fuera acuñado como real -negándose a toda nueva versión teórica y confirmándose como único y auténtico-, llevó, sin embargo, a millones de seres humanos que lo vivieron en sus geografías a una autonomía personal desconocida hasta entonces.

 La conquista de las nuevas libertades que fueron aspiración e inspiración esencial de sus vanguardias políticas, encabezada por Lenin, significó el hecho más trascendente de la historia moderna al reivindicar a las clases y sectores más numerosos y oprimidos.

Los siervos que en la Rusia del 17 que trabajaron la tierra para un señor feudal y los paupérrimos obreros urbanos de un capitalismo recién nacido en ese vasto territorio, saltaron repentinamente de un sistema social infrahumano al socialismo que llevó al país –entre vientos y mareas-, a un protagonismo universal aún no igualado como potencia mundial.

La revolución de Octubre (o de noviembre), irrumpió en la contemporaneidad dejando bien delimitado al mundo en dos sistemas sociales contrapuestos, en dos civilizaciones cuyos remanentes son visibles en los tiempos que corren.

A partir de la Revolución rusa, se extendió por Europa y el resto del mundo el ideal renovado de la libertad más cara: la emancipación de la explotación de unos hombres por otros hombres, que bien se traduce en la liberación de las grandes mayorías del gran capital y sus metrópolis expoliadoras de pueblos enteros del planeta.

 Su intento de perfección desbordó sus posibilidades reales y las conquistas económicas, sociales y científicas alcanzadas se disolvieron 70 años después en un retroceso -¿zigzag? -histórico que se devela todos los días por diferentes autores y sus protagonistas.

Pueblos tan aparentemente inaccesibles, como el persa, aunque efímeramente, vivió también la influencia de la Revolución de Octubre en su propio territorio
Irán, ( significa tierra de los arios), uno de los países más grande del mundo en extensión y con una población que ronda los 70 millones de seres humanos, es cuna de civilizaciones que como otros pueblos, conquistado y liberado más de una vez por otros pueblos, vive en sus tierras desde la Edad de Piedra.

Atribuido el origen de su cultura en el Asia Central, la iraní se considera una de las más influyentes en la cultura medio oriental y de Asia Central, China, la India, a las que ha contribuido históricamente. Su vínculo ancestral en el mundo islámico explica su influencia y respeto entre esos pueblos.

El conflicto geofágico entre Rusia e Inglaterra protagonizado en el pasado siglo XX en tierras del Medio Oriente y la existencia de un movimiento revolucionario, los jangali, iniciado desde 1914, en el territorio de Gilan, llevaron a la creación de la República Socialista Soviética de Persia, como una República Soviética, en 1920 .

Errores de muy diverso carácter, entre ellos la ausencia de una política agraria y los conflictos del Partido Comunista de Irán con las restantes fuerzas internas en pugna facilitaron su disolución un año después mediante un Tratado de Amistad entre la URSS y el gobierno central persa.

El pueblo de la República Islámica de Irán, desde 1979 en que abolió la monarquía hereditaria ha vivido dedicado a su desarrollo.

El enfrentamiento crucial que tiene lugar ahora mismo entre el pueblo Iraní y el Imperialismo muestra de manera evidente la disyuntiva que acompaña al hombre desde sus albores: su sometimiento o la libertad, aún a costas de su propia existencia.

Esta enorme fuerza de decisión del pueblo iraní por su libertad sintetiza los valores culturales más genuinos de su nación y concita a los restantes pueblos del planeta, especialmente a los pueblos revolucionarios y sus vanguardias, a respaldarlo y dar su apoyo a su derecho irrenunciable al progreso y la justicia, a la sagrada causa de la libertad del hombre.

El tema de la libertad conserva toda su frescura polémica y se enfrenta a nuevos y nuevos desafíos de enfoque en razón de la misma complejidad que vive la sociedad actual.

Los días de precario equilibrio que afronta el planeta, entre la supervivencia y la destrucción, polarizan como nunca antes los análisis de la pugna principal entre la vida en un capitalismo en crisis y la vida en un socialismo que ofrece diferentes jóvenes variantes.

Las ideas más avanzadas para crear una sociedad socialista forman plataforma de estructuras políticas y de gobiernos en diversos países, como en Cuba y otros de Latinoamérica, cuyo signo distintivo lo es el beneficio de las mayorías, la conquista de la mayor suma de felicidad posible.

Mientras para los capitalistas el ideal de la libertad se circunscribe a realizarse como tales mediante el sobre consumo, la explotación del hombre y de la naturaleza hasta el borde del exterminio de la especie, para el individuo puesto del otro lado tal objetivo, el socialista, se realiza a través de su independencia y soberanía, de la libertad de sus pueblos, primero que la suya personal.

¿Y después de conquistar la libertad, qué?

La libertad, hombre, para moldear la vida de tu pueblo, con tu pueblo y para tu
pueblo.

*Sociólogo cubano; ejerció como periodista y dirigió algunos órganos de prensa nacionales fundamentalmente en su arista cultural. Durante casi una década, dirigió la Sección de Cultura del Departamento de Ciencia, Cultura y Centros Docentes del Comité Central. Parte de su obra narrativa ha sido publicada en antologías cubanas, latinoamericanas y en otros países.