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viernes, 27 de febrero de 2015

José Martí y la Guerra Necesaria

Por Luis Toledo Sande
“Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”
Patria libre, cordialidad entre pueblos y equilibrio del mundo

Martí visto por Ernesto García Peña
Así vio en 1990 a José Martí el artista
Ernesto García Peña. (Fotocopia: E.C.L.)
Cuando el 25 de marzo de 1895 José Martí le escribe al dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Yo alzaré el mundo”, no incurre en un exabrupto de vanidad contrario a su ética y su conducta, sino que resume el sentido con que ha preparado la guerra iniciada el anterior 24 de febrero. En la misma carta refuerza ideas que ha venido expresando desde tiempo atrás, incluso en textos relacionados directamente con el Partido Revolucionario Cubano, cuya fundación se proclama en Nueva York el 10 de abril de 1892.
En las Bases de esa organización, llamadas a prudencia ante graves obstáculos que deben vencerse para preparar y hacer una contienda eficaz, apunta que se actuará “sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”, y sin “atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales”.
Saber que el Partido se ha creado y tendrá base operativa entre compatriotas emigrados en los Estados Unidos -desde donde se extiende a otras tierras de América y trenza redes conspirativas en Cuba, centro de su programa- da luz sobre una cautela que no es indiferencia irresponsable o cómplice.
El reclamo, en las Bases citadas, de fundar “la nueva República indispensable al equilibrio americano”, remite a textos anteriores suyos, y lo explicitan, entre otros, aquel de Patria del 17 de abril de 1894 en el cual saluda la entrada del Partido en su tercer año de vida, y desde el subtítulo expone que la organización encarna “el alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”.
El primer artículo de las Bases precisa el fin de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Ello conduce al fondo de ideas pilares expuestas en El tercer año del Partido Revolucionario Cubano, como esta: “las Antillas esclavas acuden a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.
El entorno
Federico Henríquez y Carvajal
En la citada carta a Federico Henríquez y Carvajal,
Martí, en marcha hacia la guerra, afirma: “Ahora
hay que dar respeto y sentido humano, y amable,
al sacrificio”. (Foto: INTERNET)
No habla desde las nubes. Ha residido por más de una década en los Estados Unidos, y el trienio 1889-1891 le ha mostrado la necesidad de acelerar los preparativos de la guerra. En los dos primeros de esos años sesiona el Congreso Internacional de Washington, como fruto del cual tiene lugar en el último de ellos la Comisión Monetaria Internacional, en la misma ciudad. Con ambos intenta el poder anfitrión romper en beneficio propio el equilibrio mundial. Martí combate al primero en la prensa, en la tribuna y en numerosas cartas, y contra la Conferencia actúa desde dentro, como representante de Uruguay.
El poderoso país procura lograr en todo el continente pactos comerciales que le resulten ventajosos, calzados con la circulación dominante del dólar. No impulsa un panamericanismo sano, sino el imperialista que ha llegado al siglo XXI y ha empleado tanto argucias económicas y políticas como violencia armada, a tono con su política internacional, contra la que resisten y luchan pueblos, y gobiernos dignos.
Para espigar, en lo dicho por Martí sobre aquellos foros, unos pocos de los desentrañamientos que alumbren su concepción de la guerra para liberar a Cuba, recordemos advertencias como esta, acerca del primero: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.
A los países de América ya independientes de España se les presenta un reto decisivo: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” No se trata de una forma de dominio accidental, sino de todo un sistema, que no tardará en llamarse neocolonialismo.
Junto a compatriotas, en un antiguo fuerte de Cayo Hueso, en prácticas de tiro. NOTA: La foto es de interés, y ya está visto con Diseño cómo destacar el rostro de Martí para que se distinga
José Martí, junto a compatriotas emigrados, durante una práctica
de tiro (hoy diríamos preparación combativa) en un antiguo
fuerte de Cayo Hueso, 1893. (Foto: ICONOGRAFÍA MARIANA)
Pero Cuba y Puerto Rico, todavía colonias, no están representadas en el Congreso, ni lo estarán en la Comisión Monetaria. Lo que para ellas reservan los planes estadounidenses lo pronostica Martí en particular con respecto a su patria. Se aprecia en cartas a su colaborador Gonzalo de Quesada, quien, secretario de la delegación argentina en el Congreso Internacional mencionado, será secretario suyo en el Partido Revolucionario Cubano.
Es conocida la previsión que estampa en una de esas cartas: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”. Los sucesos de 1898 certificarán la claridad de la visión martiana.
Un mundo
Para preparar la guerra y los cimientos de la república futura, funda Martí el Partido Revolucionario Cubano, y sabe que este sería nulo, “aunque entendiese los problemas internos” de Cuba y quisiera resolverlos, si ignorase “la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal. Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”.
Para estos últimos, a inicios del siglo XIX, aunque el sembrador Simón Bolívar y otros intuyeran el peligro que se gestaba en los Estados Unidos, ese país no representaba la amenaza que en las postrimerías de la centuria significaba, con implicaciones más graves aún, para territorios dominados por el coloniaje español: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,–mero fortín de la Roma americana;–y si libres–y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.
A Manuel mercado Martí envió la carta que se considera su testamento politico
Manuel Mercado, presente en los Versos
sencillos
de José Martí: “yo tengo/
Allá en México un amigo”
,
recibió la carta que se considera por
excelencia el testamento político
del héroe.
(Foto: Cortesía de ALFONSO HERRERA
FRANYUTTI)
Por qué está en juego el honor de esa república lo expone Martí con una advertencia increpante y nutrida de realidad: “en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles–hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. De semejante política -Martí lo advierte claramente de diversas maneras- se derivarán males hasta para el mismo pueblo de la voraz nación.
Frente a desafíos colosales, tarea colosal: “Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Declara que “la verdadera grandeza” radicará en “asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”. El calificativo innecesario es tenue ante los intereses en juego.
Encrucijada
Lo que se decide es vital: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. En la carta a Henríquez y Carvajal, donde ratifica su voluntad -de alcance planetario- de “servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, dice en términos rotundos: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Con hechos como el saqueo a México, y los planes de dominar la economía y la política del continente, el honor de la potencia ya estaba lastimado. Con el aumento de sus prácticas expansivas, generadoras de desequilibrio mundial, se quebrantaría aún más.
El mismo día en que escribe aquella carta, fecha Martí el texto que se conoce con el título de Manifiesto de Montecristi, primer programa público de la gesta que ya arde en Cuba. No lo mueven ni prudencias mal entendidas ni entusiasmos infundados, sino el conocimiento de los conflictos medulares que el independentismo tiene ante sí: “En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos”.
Caída de martí en Dos Ríos
La tragedia de Dos Ríos, imaginada en 1917 por el pintor
Esteban Valderrama. (Fotocopia: E.C.L.)
La contienda tiene una enorme significación: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. Para salvar ese equilibrio se necesita crear “un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”, afirma.
A Henríquez y Carvajal le dice: “De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y [Máximo] Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?” Líneas más adelante convoca: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.
Deber mayor
Otro texto epistolar refuerza el sentido con que el revolucionario cubano concibe la guerra. Ya en Cuba, entre las prisas y contingencias de la contienda, le escribe al mexicano Manuel Mercado, su confidente por excelencia, la carta fechada 18 de mayo de 1895. La muerte lo sorprende al siguiente día y tensa el carácter testamentario del texto, cumbre de lo que ha sostenido durante años.
A Mercado le resume conversaciones que ha tenido, en campaña, con Eugene Bryson, corresponsal en Cuba de The New York Herald, de las cuales nace el mensaje que el patriota dirige a ese diario estadounidense, donde se publica, en traducción mutilada y adulterada, el mismo día en que él muere. El texto se conoce en su plenitud gracias a que el original, en español, se salvó.
El mismo corresponsal le confiesa que el militar y político español Arsenio Martínez Campos, con quien se ha entrevistado, le ha dicho que el gobierno español se entenderá con el estadounidense antes que aceptar la victoria cubana. Eso le confirma a Martí sus previsiones sobre el tema. A Mercado empieza por decirle: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber–puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo–de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.
Monumento a martí en el cementerio de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba
El Mausoleo que guarda los restos del héroe en el cementerio
de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba, es venerado sitio de
peregrinación. (Foto: EDUARDO PALOMARES)
No es resolución de última hora, sino decisión pensada y madura: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, afirma, y añade: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.
Lo que Martí, y no del todo, ha mantenido “en silencio y como indirectamente”, no es su pensamiento antimperialista, sino el hecho de que, en su proyecto, la lucha armada no se dirige ya en lo fundamental contra el poder de España, aunque todavía este no ha sido derrotado, sino contra los planes de los Estados Unidos. Proclamarlo habría sido una torpeza en quien, por sus mismas labores conspirativas, se ha visto obligado a vivir largamente en ese país.
A ello alude en la carta: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:–y mi honda es la de David”, palabras ubicadas entre el relato de su plática con Bryson y estas otras sobre la gesta cubana y su contexto: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos–como ese de Vd. y mío,–más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia,–les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos”.
Con la masa creadora
Martí advierte a Mercado hasta sobre la pretensión de la emergente potencia norteña de elevar a presidente de México a un político más fácil para ella de manejar que el caudillo Porfirio Díaz. La actitud entonces de este último explicará que Martí –quien abandona México a finales de 1876 ante el levantamiento anticonstitucional de ese político–, al parecer se entrevista con él en 1894 en pos de apoyo para la revolución cubana. Se sabe que lo intentó.
Urge allegar recursos para una contienda que debe vencer grandes valladares. El anexionismo y el autonomismo se agitan en la isla y sus cúpulas se apiñan entre los más opulentos. A las dos tendencias pudiera aplicar Martí la caracterización que en el texto destina a la segunda: “especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.
Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre, en La Habana. NOTA: Si no funcionara para la edición impresa, pudiera mantenerse para la digital
José Martí: palmas, bandera y sol en la Plaza
de la Revolución que lleva su nombre.
(Foto: L.T.S.)
Aunque “la actividad anexionista” le resulta igualmente repudiable, Martí aprecia que es “menos temible por la poca realidad de sus aspirantes”. En otras palabras: ansiarán que Cuba se convierta en un estado más de la federación norteña, pero no es lo que interesa a los gobernantes de esta, que se proponen someterla. En tales circunstancias el anexionismo, como el autonomismo, pero plegado más explícitamente que este a los designios de la nación del Norte, abona un ambiente favorable a los planes que la rigen desde el gobierno.
La revolución está en los inicios de su etapa armada, y se le oponen obstáculos enormes. No ignora Martí la posibilidad del fracaso; pero sabe que la guerra es necesaria para preservar el espíritu independentista y, en todo caso, dejar trazada la senda hacia futuros afanes liberadores.
La historia no es el simulacro o farsa en que quisieran tornarla ciertos representantes de una academia promovida desde el poderoso Norte, sino un conjunto de fuerzas actuantes, materiales y morales, que no se borran con maniobras deshonrosas para exterminar el pensamiento liberador y sustituirlo por la ideología del sometimiento.
Cultivando la vocación de dignidad y soberanía, el pueblo cubano se mantiene fiel a un legado que le reclama su constante mejoramiento en la utilidad de la virtud, y solidaridad con otros pueblos, empezando por los de nuestra América. Olvidarlo sería una mayúscula deslealtad a cuanto Martí hizo y, de no haber caído en combate, habría seguido haciendo. Como siguen haciéndolo su ejemplo y su ideario.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Eusebio Leal en el acto por el aniversario 120 del reinicio de nuestras Guerras Independentistas (+ Video)


Intervención de Eusebio Leal Spengler, Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el acto por el aniversario 120 del reinicio de la Guerra de Independencia y de condecoración a los Cinco Héroes, en el Palacio de Convenciones, el 24 de febrero del 2015, “Año 57 de la Revolución”

Querido General Presidente Raúl Castro Ruz;
Queridos compañeros Gerardo, Antonio, Ramón, Fernando y René;
Queridos compañeras y compañeros;
Cubanas y cubanos:

Un día como hoy, como se ha dicho, hace 120 años comenzó el levantamiento del pueblo cubano para alcanzar su definitiva y total independencia. El amor a esa libertad, a esa soberanía, a esa esperanza, se inició mucho tiempo atrás, quizás desde el instante mismo en que empezó a formarse lo que llamamos comúnmente la identidad. Los que llegaron de distintas latitudes de Europa, ya de la España conquistadora o del África, o los vestigios de las comunidades indígenas, en trance de extinción pero sobrevivientes, unieron sus sangres para formar algo que José Martí llamaría en palabras emotivas “dulcísimo misterio”.

El concepto de cubano viene del nombre de nuestra isla, Cuba. Nunca pudo ser cambiado, prevaleció por sobre el intento de darle otros nombres, otras atribuciones. El nombre, sonoro y breve, quedó prendido en el corazón de los que lo escucharon por vez primera. Más allá del mar azul del Caribe, que se descubre desde la orilla de nuestras playas o desde el aire, Cuba aparece con la forma tan hermosa con que a las puertas del golfo de México establece la isla su presencia y su naturaleza.

En realidad nunca nos llamamos isleños, a pesar de que no es una, sino muchas islas las que conforman nuestra realidad. En el seno de ellas fueron surgiendo, a lo largo de los años, percepciones donde todo lo anterior que traía el conquistador o el conquistado como memoria fue cediendo lugar a algo diferente, que surgió en la manera de construir, que siendo igual o pareciéndolo era distinta. Surgió en el horizonte de la poesía, del canto campesino, de la voz de los poetas de más vuelo. Surgió también, tempranamente, en el pensamiento de los más inquietos, entre los que comenzaron a llamarse criollos.

Entonces éramos solamente un país. El país es un espacio. La patria comenzó a ser un sueño, una aspiración, y la nación, un derecho por el que había que luchar, una nación con leyes, una nación que sería depositaria y respetuosa de su propia cultura, una na­ción que sabría ir al futuro desde el pasado.
Allá en su retiro, muy cerca de Cuba, adonde quiso ir a morir ante la imposibilidad de llegar a ella, el presbítero Félix Varela exclamaba: “No hay patria sin virtud ni virtud con impiedad”. Pero, además, los últimos que le vieron afirman que les dijo: “Ofrezco todos mis sufrimientos y sacrificios por Cuba”.

Ese mismo sentimiento llevó a Heredia, en el padecimiento de su destierro, a sembrar en el alma cubana el espíritu de una patria, y eso alentó a los primeros que se rebelaron y encontraron que no había fronteras que cruzar más que el océano, que la lucha en última instancia sería aquí; que contra el cepo, el látigo, la discriminación, la humillación y la negación propia de la humanidad surgiría un día de redención y de libertad.

José Martí, autor del intento y del fundamento de la unidad de la nación cubana, creyó firmemente que no venía nuestra América ni de Rousseau ni de Washington, venía de sí misma. Al mismo tiempo, en la medida en que aún muy joven fue madurando su pensamiento, se acercó más a esa sufriente raíz de los orígenes: a Guaicaipuro, a Hatuey, a Guarina, a Cao­nabo, a todos los que enfrentaron el saber, como ha afirmado un pensador latinoamericano, que un determinado día y en una determinada hora nos habíamos enterado de que, primero, éramos indios; segundo, que nuestras teologías y nuestras ideas del bien o del mal eran distintas; que debíamos soberanía a un rey distante y que todo debía ser cambiado.

Sin embargo, más allá del dolor y el sufrimiento de aquellas primeras comunidades, que soportaron la mordida de los lebreles, el hierro de las cadenas y el fuego, como Hatuey, en Yara, donde vivía por los siglos la tradición de que en tiempos de tribulación o de esperanza un fuego misterioso se encendía en la noche iluminando el monte, Cuba fue forjándose, fue haciéndose y fue, desde lo que Martí juzga “la inocencia culpable” de un patriciado que, obteniendo su riqueza de la esclavitud, comenzó sin embargo a dar­se cuenta de que ya sus hijos no necesariamente pensaban como ellos, que necesitaban ardorosamente un cambio y que ese cambio pasaba por una autentificación de su identidad.

Cada pueblo nombrado, o cada una de las siete primeras ciudades, excepto tres, llevaron la impronta del lar indígena.
Así, Santa María del Puerto del Príncipe sobre el Camagüey, San Salvador sobre el Bayamo, La Habana sobre las huellas de Habaguanex, y así cada uno de los rincones y lugares repetían en la toponimia del suelo una presencia más antigua que empezaba a convertirse ya solo en una arqueología. O confundida con la sangre del conquistador dio a luz, como ha señalado el que fuera ilustre diputado de nuestra Asamblea, Cintio Vitier, el primer maestro, Miguel Velázquez que allá en Santiago de Cuba, donde tiene un modesto monumento, hablaba de que era tierra dominada y como de señorío. Un sentido de rebeldía antiguo vino desde abajo, y ese sentimiento rebelde se fue convirtiendo en más fuerte en la medida en que la esperanza de cualquier cambio político, fundado en la consideración del conquistador sobre el conquistado, era prácticamente imposible.

A la sublevación de los esclavos que primero llevaron los nombres de su lugar de origen: Juan Congo, Antonio Carabalí, Miguel Fula; sucedió el apellido que en la pila recibieron de sus amos: Morales, Ar­menteros, Cárdenas y así de esa gran cofusión y amalgama indo-hispano-africana, fue surgiendo nuestra identidad orgullosamente mestiza de la sangre y de la cultura.

Se hizo pronto realidad en la música, como lo fue en la poesía; era diferente en el paisaje tan distinto a las áridas pero hermosas tierras de Castilla, o la brumosa Galicia o Asturias, o las Islas Canarias... era otra cosa. Y para los propios africanos la tierra tenía sus misterios: ciertos árboles les recordaban los suyos, algunos que consideraban sagrados fueron objeto de sus cultos. Y muy pronto fue naciendo, lentamente, lentamente, lentamente, una aspiración que fue convirtiendo el país en el sueño de una patria.

A los grandes precursores, a los que murieron con la esperanza de construirla, debe Cuba todavía sentidos homenajes.

Y como decía hace unas horas un juicioso historiador: la historia de nuestras luchas todavía, a pesar de todo lo que está escrito, está por escribirse. Faltan muchas biografías, muchos heroísmos, muchos silencios, muchas lágrimas que nadie enjugó que deben ser cantadas por los poetas, como pedía José Martí a José Joaquín Palma, cuando le decía a su ilustre amigo, biógrafo de Céspedes, bayamés de cuna: “Lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros despedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador: el delito de haber sabido ser esclavo, se paga siéndolo mucho tiempo todavía”.

Y luego dirá: “Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar:
tenemos agraviada a la legión gloriosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos”.
Y los que se anticiparon y se conjuraron, estuvieron dispuestos a perderlo todo, a sacrificarlo todo.

Ya a principios del siglo XIX la América parecía haber resuelto el problema y una inquietud profunda sacudía de una u otra parte el continente. Valientes pensadores explicaron los derechos de una América independiente, y algunos líderes se atrevieron a de-safiar el poder y a morir como Gual y España en una plaza de Caracas, siendo ejecutados antes de que llegara la hora.

Exactamente en Cuba, en el silencio de las logias, trabajaron “Frasquito” Agüero y otros para hacer un texto constitucional de una república ideal, utópica y futura. Los años pasaron y al parecer para muchos, unido a la trata esclavista, el destino de Cuba pasaba necesariamente por ser una estrella más de la unión del sur de Estados Unidos, algunos invocaban hasta la providencia divina para asegurarlo. Sin embargo, otros creían todo lo contrario: Cuba no debe esperar más que solidaridad; pero nuestro problema debemos resolverlo nosotros mismos, y esa solución, invocada ya por Varela y enseñada por Luz en su escuela, como educador y formador de una juventud rebelde, adquirió dimensión en lo que él llamó “el sol del mundo moral” que caerían reyes e imperios, pero que jamás caería del pecho humano.

Mucho debe Cuba a Luz, y Martí afirma que lloró dos ve­ces, por Luz y por Lincoln, dice, sin haber conocido a Luz ni a Lincoln. Luego, del segundo, dice que supo, y aconsejado por un mal político y por un mal hombre, quiso lanzar sobre Cuba toda la hez del Sur derrotado.

Sin embargo, venidos de allá?? de América, donde ha­­bían pre­senciado el gran debate en el Sur y el Norte, no pocos cubanos quisieron luchar también por la libertad de su patria. En Cuba el movimiento de búsqueda de la anexión a la nación norteamericana se fue debilitando en la medida en que el Sur iba siendo derrotado. Otros creían que era posible un camino: reformas, reformas y solo reformas. La aspiración a una concesión política, más que a una conquista política.
De esa ardua batalla entre dos corrientes surgió una victoriosa que se empezó a manifestar en distintos puntos del occidente, el centro y el oriente.

Ya en 1851, en una plaza de Camagüey, Joaquín de Agüero era ejecutado. Se dice que un joven, un adolescente fue llevado al dramático escenario de su ejecución y que mojó en su sangre su pañuelo; sería el que algunos llamarían: Bayardo y otros El Mayor, el letrado, el poderoso defensor de las ideas políticas y sociales, el que sería Mayor General del Ejército Libertador y líder del pensamiento abolicionista en Camagüey.

Mientras, en Oriente, más allá de Jobabo se reunían una y otra vez, y así lo hicieron por penúltima vez en lo que llamaron la Convención de Tirsán, en un lugar nombrado San Miguel del Rompe. Allí se escuchó la voz del más inquieto, del hombre de pequeña estatura, de grande y variado talento, abogado que había recorrido el mundo, buen jinete, jugador, afortunado, amante del amor y los placeres de la vida, pero dispuesto a renunciar a todo clamó por un levantamiento sin esperar más.

Otros con más riqueza, pero con no menos determinación aspiraban a un nuevo periodo de zafra para reunir con qué hacer la batalla definitiva, y sin embargo un juramento surgió de todos los conjurados: Si esta conspiración es descubierta, el primero al que intenten apresar, se levantará.

La madrugada del 9 al 10 de octubre Céspedes, en el patio de su ingenio La Demajagua, con apenas 37 hombres, a la vista del Golfo de Guacanayabo y contemplando en el horizonte la sierra magnífica, se dirigió a aquellos compañeros suyos proclamando no solamente la necesidad de luchar y arrebatar las armas del adversario, único camino posible, sino lanzando un tizón encendido sobre una isla esclavista. Sus propios esclavos serían libres y tendrían el derecho a luchar por su libertad y por su patria.

El concepto de patria se había unido a la ambición por una nación y en una fecha venturosa tomaron la primera de las ciudades orientales. Esa primera ciudad fue Bayamo, que después entregaron a las llamas en el momento en que todo parecía perdido. A las puertas de las casas de los conjurados o de los jóvenes más comprometidos llegaron los primeros guerrilleros solicitando pan y armas. En San Luis uno tocó a la puerta de Marcos y de Mariana, la insigne Mariana —este año es el bicentenario de su nacimiento—. Poderosa madre de una nación que en ese momento pone a sus hijos de rodillas y les hace jurar, ante el Cristo que toma de la pared del aposento, que lucharán hasta morir por su patria, juramento que se cumplió para casi todos.

Años de lucha y de sacrificio. Ninguna historia, ni española ni cubana, ha logrado hablar en toda su magnitud de lo que sufrió la familia, el niño, la mujer cubana, el campesino cubano. Peleábamos contra un ejército aguerrido y batallador, que venía de vindicar sus querellas en la península, en las largas guerras carlistas y ahora, en Cuba, por decenas de miles enfrentaban el levantamiento de los cubanos. Ya habían surgido entre nosotros guerrilleros temibles. Ante el temor de la toma inexorable de Bayamo, esperó con un puñado de hombres escogidos, en un punto llamado las Ventas de Casanova, un guerrero dominicano acostumbrado a combatir en la guerra de restauración de su propia patria y contra el invasor extranjero; allí demostró que esa arma, usada hasta ahora para vindicaciones de honor o cortar caña, sería la más importante en la lucha. Todavía se conserva en un museo en la península, una carabina cortada de un solo golpe por un machetazo fiero; tal fue el combate que duró segundos, que duró momentos, lo que permitió dar cuenta al enemigo de que había nacido un adversario, hijo de su sangre, que sería capaz de luchar por su libertad y alcanzarla.

Bayamo fue incendiada como una nueva Numancia y eso les anunció el futuro y el destino. Ya en 1853, en una humilde casa de la calle Paula, hijo de español y de española, había nacido José Martí. En ese mismo año muere el Padre Varela, en San Agustín de la Florida, y muere Domingo del Monte, en Bar­celona, dos poderosos pensadores se extinguen. Pero más me interesa el primero; el segundo, hombre de gusto, literato, diseñador de vida social y pensador agudo. El primero, revolucionario integral, que opta por la abolición de la esclavitud, por el reconocimiento de la independencia americana, que se convierte en defensor de los pobres, que publica su periódico y lo envía a Cuba.

Sus discípulos le lloraron, pero nadie sabía entonces que en la propia pila bautismal en que había sido bautizado José Julián, había sido también bautizado el Padre Varela. Cuando desapareció uno, nació el otro.

Y ese joven llamado a un poderoso destino es el que hoy evocamos, al conmemorar la hazaña de la unidad de la nación que él hizo nacer de la desesperación por el fracaso del magno esfuerzo después de tanto sacrificio; él, que leyó con amargura lo que ocurrió en los Mangos de Baraguá y escribió al General Antonio que tenía ante sí una de las páginas más hermosas de la historia de Cuba; él, que sintió como propio el honor de todo el pueblo y las lágrimas de ese pueblo; él, que sufrió las reconvenciones en su hogar; él, que llegó a tener una relación tan intensa y profunda con un padre, que siendo soldado y español, alcanzó a entender, al verlo herido y llagado, prisionero y enflaquecido, que su destino era otro, quizás diseñado en su hermoso poema Abdala, cuando presenta el duelo entre el yugo y la estrella y pide lo uno y lo otro, y está convencido, como afirma, de que esa estrella ilumina y mata.

Exilio, Centroamérica, la América del Sur, los cubanos dispersos, las acusaciones recíprocas, finalmente España, los Estados Unidos. Allí vivió 14 años, y fue, como han afirmado sus cronistas, el cubano que más entendió en su tiempo aquella nación. Admiró las virtudes de Emerson, las del padre Flanagan. Admiró la obra colosal de la construcción del puente de Brooklyn. Asistió puntualmente a las conferencias de Oscar Wilde, a las exposiciones de teatro; enamorose candorosamente de la hermosa bailarina española Charito Otero. Pero más que todo, se dio cuenta del gran fenómeno que en aquella nación se forjaba y que, como había afirmado Bolívar en un momento de extraordinaria lucidez, parece llamada por la providencia a colmar a la América Latina de pobreza y miseria en nombre de la libertad. Se dio cuenta de que si en 1868 nada pudieron esperar, de que, a pesar de que allí siempre existieron, existen y existirán amigos poderosos de Cuba, hubo una dicotomía entre el sentimiento de los amigos y la voluntad de un Estado que siempre quiso de una manera manifiesta impedir la realización de una independencia que creyó inoportuna. Creyó más bien en el cumplimiento de una doctrina trazada por uno de sus políticos, que planteaba que solamente extendiendo la mano en el momento de la madurez de la fruta, esta caería sencillamente en sus palmas.

No obstante todo ello, pasó de ser el orador de última fila, al primero. Cada acto del 10 de Octubre, cada conmemoración cubana, el horroroso recuerdo del 27 de Noviembre, terrible suceso que le sorprendió en España, vuelve todos los años a llevar al orador a la tribuna y a unir lo que estaba desunido. Y de mil octavillas surgió un periódico, Patria, y de mil discursos surgió una orientación política, y de mil disposiciones y pequeñas organizaciones soñó con la creación de un partido político para dirigir una guerra de liberación nacional, anticipándose al concepto de que es imposible hacer una revolución sin una teoría revolucionaria. Su teoría no era otra que nuestra historia, nuestro sacrificio, nuestro esfuerzo. Éramos una nación en ciernes, de derecho, pero no de hecho.

Llamado a poner empatía en la discordia, unió a Gómez y a Maceo. Es inocultable que después del fracaso de 1884 y del encontronazo de Nueva York, ya no había posibilidad de una amistad fecunda para iniciar un nuevo proceso. Hoy diríamos: no hay condiciones objetivas. Sin embargo, Maceo, en Costa Rica, preparaba a su contingente. Preparaba Gómez, en la soledad de Montecristi, en República Do­minicana, o cuando antes se encontraron en la construcción del canal de Panamá amigos dispuestos a ayudar, a dar amparo, a ofrecer techo y pan a los emigrados que por todas partes soñaban y querían su patria. Y de esa forma surgió la organización un 10 de abril, que es un día crítico en la historia de Cuba, el día de la gloriosa Asamblea Constituyente de Guáimaro, donde nació la utopía democrática del pueblo cubano; pero donde también se le puso plomo a las alas de la revolución, donde se pensó que era posible hacer una república de leyes cuando no éramos dueños más que del espacio que pisaban los campamentos y los caballos de los libertadores. En medio de esa realidad, un 10 de abril hace nacer su creación más completa: el partido político, un partido unitario que convocaría al pueblo cubano a una guerra que él consideró inevitable y, después, necesaria.

Inevitable, porque en sus sentimientos nobles, generosos, en su íntima y profunda convicción él había reclamado en su famoso Manifiesto a la República Española, que no le pediría lo imposible, pero le pedía lo posible: los derechos conculcados de Cuba, la representación de Cuba, el derecho de estudiar, de interpretar, de conocer que éramos diferentes. Nada de esto fue escuchado, solamente muchos solidarios en España y en otras partes del mundo creían en la causa de Cuba.

Ahora todo sería más difícil: había un alto desarrollo de la tecnología militar, una situación nueva en el continente americano, las repúblicas sufrían los padecimientos de sus propias divisiones cuando habían dejado intactos trono y altar después del esfuerzo inmenso de la primera batalla.
Recordaban aún las dolorosas palabras de Bolívar en Santa Marta: “He arado en el mar”; la tristeza de San Martín al regresar y encontrar su país dividido; la pena de O’Higgins al morir en Lima, apartado de su tierra amada; el dolor tremendo de Francisco de Morazán al verse capturado y ejecutado por sus propios compañeros, y aún pesaba aquella maldición casi bíblica que había lanzado Miranda, cuando el gran precursor al ser entregado prisionero a las puertas de una nave española, que lo llevará a una prisión perpetua y definitiva, al reconocer los que cometen aquel parricidio, responde: “Bochinche y solo bochinche es lo que saben hacer ustedes”.

Por sobre toda esa historia se levantó Martí, era vasta y grande su cultura como ha señalado uno de sus biógrafos, subía y bajaba escaleras como quien no tenía pulmones, su voz era clara y nítida, su poder de convencimiento grande. Era, al mismo tiempo, un escritor incansable, cuya hermosa letra inicial se ha­bía transformado prácticamente en líneas inteligibles solo para los paleógrafos. Faltaba tiempo, le faltaba tiempo.

Cuando todo estuvo preparado y dispuesto, cuando creyó que todo estaba organizado, cuando había logrado visitar a Mariana Grajales en Jamaica, que ya ciega le acaricia la cabeza y prácticamente con este gesto noble y de rodillas envía un abrazo fraterno al hijo que tanto amaba, a la madre que nunca pudo ver su patria libre; cuando ya separado de todo bien personal, lejos su esposa, apartado de su hijo, muerto su padre, dispersos sus amigos, se le vio pobre en Estados Unidos, trabajando en el invierno ganando el pan, fundando la Liga para educar a los negros cubanos, que bajo la orientación de Rafael Serra se reunían y le llamaban, con cariño y con devoción, Maestro y Apóstol. ¡Qué torpeza tratar de despojarlo de un título tan importante, Apóstol: el que lleva la palabra, el que trasmite un mensaje nuevo y ese fue su mensaje!

Cuando en el puerto de Fernandina se perdieron las naves creyó enloquecer, pero transformándose de José Martí en Orestes, que fue siempre el seudónimo de sus escritos y su seudónimo político, viajó de inmediato a la República Dominicana para buscar al general Gómez en Montecristi, en aquella casa donde en breves días, el 25 de marzo, se cumplirán también 120 años de la firma del poderoso Manifiesto llamando a las armas al pueblo cubano, a los españoles que nada debían de temer si respetaban la patria que había de fundarse. Hubo discordias, no se lograba entender qué estaba ocurriendo. Hoy es fácil para nosotros hacerlo a través de un teléfono, de un mensaje; entonces solamente era el telégrafo con su lenguaje críptico el que anunciaba que la hora había llegado.

Maceo había estado años antes en Cuba y conocía el estado político del país, y en este momento, vacilaba en poder salir hacia Cuba, porque no sabía qué estaba pasando en Estados Unidos y el dinero que se ofrecía para fletar una nave y llegar sanos y salvos no aparecía.

Gómez estaba igualmente pobre en Santo Do­mingo, apenas unos centavos para poder tomar esa determinación, y otros patriotas esperando en distintos lugares, y en Cuba mucha gente avisada en Oriente, en el Occidente, en Matanzas. De pronto el General dio la orden: “Es necesario el alzamiento”, y Martí no vaciló en enviar el telegrama, que su amigo recoge en la estación de la Western Union en la calle Obispo, en La Habana Vieja: “Giros agotados”, lo cual significaba que se había agotado el tiempo. Era la noche del 24 de febrero; el Capitán General tenía la convicción y las informaciones de que se tramaba realmente un movimiento.

Algunos dirigentes fueron capturados en La Ha­bana. Juan Gualberto Gómez, comprometido con su hermano y amigo José Martí, se fue a Matanzas, a Ibarra, en busca del ingenio Vellocino de Oro donde había nacido, para levantarse con un grupo de compañeros y cumplir su palabra.

En Santiago, Guillermo Moncada quiso morir cumpliendo su palabra, enfermo de tisis, pero en el campo de Cuba libre.
En Baire se levantaron, y en Bayate se alzó también Bartolomé Masó, y todo el mundo esperaba solamente la llegada de los líderes. Allá en España la conmoción fue grande, se había desmentido la propaganda autonomista, se había desmentido la propaganda anticubana de que todos eran sueños disparatados de un profeta enloquecido. Ahora solamente faltaba el arribo.

En admirable disciplina y en presencia de los generales y oficiales que estaban en Costa Rica, juraron Antonio y Flor aceptar las condiciones de viajar en las que el segundo le planteaba al primero, y así salieron hasta tomar la goleta Honor y arribar el 1ro. de abril a las costas de Cuba, en un punto del litoral baracoano: “Soy yo, Antonio Maceo, que he vuelto”, gritó en lo alto del camino, mientras fogoneaba con su arma a los guerrilleros de Baracoa. El 11 de abril, día glorioso y memorable, en Playitas de Cajobabo desembarcaban Máximo Gómez y José Martí.

Hace 20 años el Jefe de la Revolución me pidió contar esta historia. Con profunda emoción y como se sube a encender la llama en lo alto del cenotafio donde están los restos de los caídos, traté de cumplir mi deber. Confieso que ha sido un gran honor aquel y este que usted, General Presidente, hoy me ha conferido.

Pero algo más debo decir: El hecho importante y trascendental es que entonces concluí mis palabras clamando porque se levantaran de las tumbas los muertos gloriosos del 10 de Octubre y del 24 de Febrero; clamé por los mártires, por las heroínas, por las cubanas que bordaron banderas pidiéndoles atravesarnos en el camino de un enemigo y adversario implacable que, todo parecía indicar, venía esta vez a cercenar de forma definitiva, jugando con los azares de la historia, el destino de Cuba; pero no fue posible.

Hoy, 20 años después, estamos aquí de pie, en una coyuntura diferente. Nos hemos presentado con hidalguía bajo los mismos mangos orientales, para enfrentarnos con el caballeroso adversario que ofrece al menos detener por un tiempo la mano agresora y darnos la oportunidad de discutir lo que lógicamente será necesario debatir bastante.

Ahora más que nunca hace falta la unidad de la nación, ahora más que nunca la prenda más preciosa debe ser conservada. La fortaleza que nos ha permitido llegar hasta aquí fue aquella que vi esa otra noche de abril en Playitas de Cajobabo cuando, convocados por el líder de la Revolución, llegamos a aquella hora oscura de la noche a la orilla de la playa. Él llevaba la bandera cubana en el asta que le trajo uno de sus ayudantes, y entonces, entrando en el agua a la altura prácticamente del tobillo, se abrió de pronto en el cielo la luna blanca y movió la bandera de Cuba hacia el Sur, hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, diciendo: ¡Aquí estamos!
Y aquí estamos hoy, ¡oh, patria amada!, ¡oh, bandera dulce, por la cual tantos lucharon! No importa que tú, Maestro generoso, te hayas ido tan pronto, aquel 19 de mayo, tuviste una profunda convicción, convicción profunda: “Yo sé desaparecer, pero mis ideas prevalecerán”.

Y esas ideas han prevalecido. Fueron las ideas que se defendieron en el proceso histórico del Moncada. Fueron las que conquistaron a los muchachos que se reunían en la calle de Prado para escuchar la voz de aquel joven que había irrumpido en la universidad como un torbellino, y de quien me dijo una de sus hermanas: un día volvió a la casa y papá ya lo sabía: “Vienes a buscar al chiquito”. El chiquito está aquí con nosotros, y el grande está con nosotros todavía.

¡Viva Cuba! (Ovación)

lunes, 23 de febrero de 2015

La espada que levantó la previsión martiana

Por Armando Hart Dávalos
En los próximos años, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrá que tener, como garantía decisiva, la unidad alcanzada hasta aquí, la cual se ha nutrido de las ideas y los sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo.
 
El 24 de febrero es una fecha de gran significación martiana, ya que marca el comienzo en 1895, de la «guerra necesaria, humanitaria y breve» que organizó y convocó el Apóstol para alcanzar la ansiada independencia de España. Refiriéndose a lo sucedido en la guerra del 68, Martí afirmó: «Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos». Aludía así a las divisiones y pugnas entre los patriotas que condujeron al fracaso de aquel esfuerzo heroico mantenido durante diez años.
Enfrentado a las frustraciones y el desánimo que dejó aquella primera contienda, Martí extrajo como conclusión esencial que la nueva guerra había que dirigirla de otro modo. Y para ello concibió y organizó el Partido Revolucionario Cubano, eficaz instrumento para forjar la necesaria e imprescindible unidad y para dirigir la guerra con criterio político. Ese partido, constituido en las filas de la emigración en los Estados Unidos primero, y con representación, más tarde, en suelo cubano, se propuso alcanzar no solo la independencia de Cuba, sino también la de Puerto Rico. La primera conclusión, por tanto, que puede extraerse es que, desde sus inicios, el objetivo esencial de la Revolución Cubana no obedece, exclusivamente, a intereses locales ni se reduce a objetivos nacionales; la Revolución Cubana, especialmente después que aparece la figura de Martí, es un suceso de interés y connotación universales.
Consagrado por entero a la causa de la independencia, en el seno del imperialismo naciente, vislumbró antes que nadie, los peligros que se avecinaban para alcanzarla y venciendo incomprensiones y reveses, firmó junto a Mayía Rodríguez, como representante personal del mayor general Máximo Gómez, nombrado por Martí jefe del nuevo Ejército Libertador, y a Enrique Collazo, representando a la Junta Revolucionaria de La Habana, la orden del alzamiento para Cuba, el 29 de enero de 1985, en Nueva York. Esa orden especificaba que el alzamiento se haría con la mayor simultaneidad posible en la segunda mitad del mes de febrero y no antes, y fue dirigida a Juan Gualberto Gómez como representante de Martí en Cuba. Fue precisamente en la reunión de los jefes que habrían de encabezar el alzamiento en el Occidente que acordaron la fecha del 24 de febrero, aceptada también por los jefes de la región oriental y de Las Villas. El Camagüey se comprometió a secundarlo poco después de iniciado.
El cable de Juan Gualberto a Martí, confirmándole la conclusión del período preparatorio con el texto «Giros aceptados» recuerda mucho al enviado por Fidel a Duque de Estrada en Santiago de Cuba, con «Obra agotada», para el alzamiento del 30 de noviembre de 1956, en apoyo al desembarco de los expedicionarios del yate Granma.
Poco después de iniciada la contienda, el 25 de marzo de 1895, desde Montecristi, pueblo de Santo Domingo donde residía Máximo Gómez, se daba a conocer el Manifiesto: El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, firmado por Martí y Gómez, exponiendo los fundamentos de la revolución que se iniciaba.
Desde las primeras líneas del Manifiesto de Montecristi se destaca que el propósito inmediato de la revolución, iniciada casi 30 años antes en Yara, era el «saneamiento y emancipación del país para el bien de América y del mundo». Este objetivo, de interés universal, aparece como lo más sustantivo del ideario martiano y está presente a lo largo del texto que suscribió con Gómez; en dicho texto se plantea asimismo que:
La guerra de independencia de Cuba, nudo de haz de islas donde se han de cruzar, en plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno el heroísmo juicioso que las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y el  equilibrio aún vacilante del mundo.
Más adelante se subraya:
La revolución cumplirá mañana el deber de explicar de nuevo al país y a las naciones las causas locales, y de ideas de interés universal, con que para el adelanto y servicio de la humanidad reanuda el pueblo emancipador de Yara y Guáimaro una guerra digna del respeto de sus enemigos y el apoyo de los pueblos por su rígido concepto del derecho del hombre, y su aborrecimiento de la venganza estéril y la devastación inútil.
Tal interés se fundamenta y enlaza con los propósitos que se exponen en los Estatutos de Partido Revolucionario Cubano de Martí, de «Auxiliar y apoyar la independencia de Puerto Rico» y, además, como se recoge en el propio Manifiesto, alcanzar y asegurar unas Antillas libres, que a su vez, garanticen y protejan a una América libre.
La pregunta que debemos hacernos es por qué Martí quería una Cuba libre, unas Antillas libres y una América libre; ello lo expresó de una manera tan diáfana que no debería dar lugar a dudas o confusiones. En su artículo con motivo de la conmemoración del segundo aniversario del Partido Revolucionario Cubano, publicado en 1894, señaló:
En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, mero fortín de la Roma americana; —y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, de la independencia para la  América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.
Se observa aquí cómo el Apóstol no pretendía agudizar el conflicto, al que calificó de innecesario, entre la América mestiza y la América sajona. Martí hubiera preferido buscar una solución al conflicto que no condujera a un antagonismo feroz. Pretendía que surgieran unas Antillas libres para servir a los pueblos de nuestra América, e incluso, al propio pueblo de los Estados Unidos que según expresa, «hallará en el desarrollo de su territorio más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores». Y aspiraba, como queda dicho, a garantizar de esta forma, el equilibro del mundo. En el propio Manifiesto de Montecristi, Gómez y Martí agregan:
Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral de América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.
A 120 años de aquel 24 de febrero de 1895, podemos extraer algunas enseñanzas para el presente y el porvenir; recordemos que la existencia y fortaleza de la nación cubana ha estado siempre fundamentada en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural, y Fidel Castro, al evitar que «el Apóstol muriera en el año de su centenario» (1953) —como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país—. Fidel hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la Patria.
En los próximos años, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrán que tener, como garantía decisiva, la unidad alcanzada hasta aquí, la cual se ha nutrido de las ideas y sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura a lo largo de toda nuestra historia. Ahora la tarea consiste en interpretar y actualizar  el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones de cubanos, para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución Cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y, desde luego, mucho más complejo que en el que vio la luz en 1959 nuestra histórica Revolución Cubana.

Tomado de Juventud Rebelde