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jueves, 2 de enero de 2014

Saludemos en este nuevo año y que las virtudes puedan más que nuestros defectos

Por  Wilkie Delgado Correa*

 En este pedazo del mundo denominado Cuba se ha celebrado no solamente el advenimiento del nuevo año, sino también el 55 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana
 Siempre habrá motivos para las esperanzas con cada nuevo año que llega. Nadie nunca espera lo peor. Con suficientes razones y garantías o no para aspirar a un escalón más alto de la existencia humana, a los seres humanos nos guía una intuición ancestral y especial de supervivencia, desarrollo y bienestar. Por eso y, sostenidos por la perseverancia, cada día de comienzo de año, esa especie de etapa de relevo de sueños, se propone nuevos y más prometedores augurios.  

 En todas partes del mundo, al menos en la parte más visible de cada pueblo, las fiestas han matizado ese instante definitorio entre el año viejo y este nuevo año 2014. Siempre será motivo para la indagación e investigación antropológica y sociológica, conocer en qué colectividades humanas y en qué estamentos preteridos de las llamadas sociedades civilizadas, han pasado “sin penas ni glorias” las festividades por el año nuevo, y las causas esenciales que determinan esos resultados.

 En este pedazo del mundo denominado Cuba se ha celebrado no solamente el advenimiento del nuevo año, sino también el 55 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, ocurrido el 1 de enero de 1959, que constituye el hito más prominente de nuestra historia en el siglo XX. En aquella primera ocasión se festejó con ribetes de fiesta nacional la conquista de la libertad y la derrota de una tiranía entronizada desde 1952, tras una larga y cruenta lucha del pueblo cubano, librada en montañas, llanos y ciudades, bajo la guía de Fidel Castro.

 Cincuenta y cinco años después del triunfo, la Revolución Cubana continúa en el poder y, a pesar de todos los “pesares”, como se pudiera decir sintéticamente, está siendo esencialmente la misma aunque como ha sido siempre en este lapso histórico se renueva de acuerdo con las circunstancias y los tiempos. Sus enemigos históricos, el imperialismo norteamericano y la reacción contrarrevolucionaria, nunca han cesado sus planes para destruirla e instaurar el viejo régimen que fuera destronado aquel primero de enero y en los años posteriores, a medida que las medidas y obras revolucionarias iba construyendo una nueva sociedad. Hoy, junto con aquellas mismas fuerzas, asoman sus “orejas peludas”, nuevos enemigos solapados, coligados o no con los anteriores, que coinciden con ellos y buscan retrotraernos al pasado capitalista tan pronto puedan sobrepasar una invisible e impredecible frontera de seguridad y salvación de la misión histórica de la Revolución.

 En el discurso de Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, existen elementos cardinales de la reflexión que exige este momento político y su devenir.

 Si los cubanos han sido capaces de salir triunfantes después de las más duras batallas por la sobrevivencia de la Revolución y la nación cubana, si se han mantenido fieles a las ideas cardinales que han sido fuente nutricia desde el 10 de octubre de 1868 hasta el presente, tenemos fe y confianza en que la unidad supere a la desunión, pues la división en política es la muerte; que los consensos puedan más que las discrepancias; que la previsión permita ver más lejos que la improvisación cegata, pues como dijera José Martí: “Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los pueblos. Gobernar no es más que prever”. “”…prever es el deber de los verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público…”. “En prever está todo el arte de salvar”. “Salvarse es prever”.  “Prever es vencer”. “Nadie quiere convencerse de que prever es ver antes que los demás”.

 En fin, existen muchos retos para Cuba. ¿Y cuántos otros muchos retos existen para el mundo, a corto y largo plazo? Sortearlos a pesar de los peligros grandes y pequeños que acechan en los caminos, es la condición del triunfo salvador.

 Por eso, ante este reciente 2014, es válido este mandato de José Martí: “Saludémonos en este nuevo año con la esperanza de que nuestras virtudes podrán más que nuestros defectos”.
 
*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.
 Imagen agregada RCBaez sobre foto de Ismael Francisco

jueves, 18 de abril de 2013

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

Nos dice su autor: "Hace ya tiempo escribí este artículo que, a raíz de los acontecimientos en Venezuela, vuelve a tener vigencia, sobre todo por el retrato de las fuerzas reaccionarias locales que hace Martí y su sugerencia de como neutralizarlas. Te ruego compartirlo"

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

Por Orlando Licea Díaz
Una y otra vez, mientras disfrutaba el reencuentro con un amigo, y escuchaba las ideas de un grupo de entusiastas estudiosos, ansiosos por resolver el enigma de la Revolución Bolivariana, por dar cauce seguro, sólido y estable al compromiso sagrado de liberar, no sólo a Venezuela a Cuba o al Ecuador, sino a la América toda, del sufrimiento acumulado durante siglos de dominio y explotación inicuos, venía a mi mente la frase de Martí que encabeza este intento y lo mucho que nos queda por aprender y aplicar del pensamiento de nuestros ancestros, sagrados e ilustres, en la lucha por la felicidad de nuestros pueblos.
Terminadas las horas de intercambio y disfrute, de interacción activa, vino la necesaria reflexión, y la decisión de escribir estas líneas, que intentan ser una especie de aviso sobre la urgente necesidad de poner el pensamiento y la obra de Martí, de Bolívar, del Che y de todos los que nos antecedieron en la lucha por una América unida, feliz y próspera. Lo haré con un ejemplo, el análisis del ensayo Nuestra América, escrito por Martí hace ya tiempo, pero de una impactante actualidad.
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos”.
No hay que perder tiempo buscando en Nostradamus: las profecías para la América Latina están hechas por los americanos mismos, y Martí, junto a Bolívar, son los dos grandes profetas de nuestras tierras. En estos mismos días el gigante de las siete leguas anda metiendo sus narices por diversos rincones de nuestra patria común, a ver cómo reaccionamos. Y si no superamos pronto el espíritu de aldeano, nos puede poner en un instante la bota encima: 
“Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.
Si Martí escribió y sufrió, si previó y avisó y alertó, sobre los peligros que asechaban a nuestra América cuando el gigante era apenas un niño y aún no había enseñado a las claras sus intenciones de dominio universal, si dio respuesta clara, precisa y concisa al interrogante de cómo pararlo e inmovilizarlo, antes de que pusiese sus manos y sus botas, empapadas de fango y sangre, sobre nuestros románticos, valerosos y sufridos pobladores. ¿A que buscar consejo y soluciones en lejanas tierras? ¿A qué estimular, bajo pretextos varios, la división sectaria que nos debilita?
“A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡Bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades Pues, ¿quién es el hombre? ¿El que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero”.
Gusanos en Cuba, Escuálidos en Venezuela y, con otros nombres y matices en otros pueblos, este segmento lamentable de la población de nuestros países, sigue existiendo y constituye quizás un peligro mayor que el gigante mismo.  
“A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.
Genial respuesta a los que quieren imponer desde afuera, como una y otra vez lo han hecho -y lamentablemente logrado en ocasiones- modelos de gobierno hechos a la medida para facilitar que la bota pise sobre césped blando y no sobre espinas, piedras afiladas y volcánica lava, como corresponde a su diabólica vocación opresora.
“Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador”.
Chávez ha sido un creador, Fidel igual, Evo lo está siendo, y Correa y cuantos han arribado al poder con la intención noble y sagrada de convertirlo en un modo de hacer felices a los seres humanos de estas tierras. Es la única manera de lograr, en un mundo diseñado para la opresión, que los pueblos prosperen y adelanten.
“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”.
Mucho habría que comentar sobre estas afirmaciones martianas, urge reunirnos para analizarlas e incorporarlas a nuestro cotidiano quehacer y que pensar. Otro insigne latinoamericano, Aníbal Ponce, desarrollando esta idea, demostró que los programas escolares son eficaces instrumentos para detener nuestros ímpetus liberadores y para hacer fracasar los movimientos sociales y las revoluciones que intenten poner a nuestras tierras en condición de ser habitadas por seres humanos libres y felices.
“Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros, de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen”.
El tigre, con sus garras de terciopelo, nos está husmeando: se le siente, se le huele, el tigre de afuera y la hiena de adentro, dispuesta a alimentarse de las carroñas y los despojos. Y hay urgencia en desarrollar los sentidos, en seguir los consejos de Martí, en enseñarnos como somos, uno en carne y sangre, un solo pueblo y una sola nación, dividida artificialmente para facilitar el dominio. Y de materializar el sentido de la vida de Bolívar, la unidad de todos los pueblos de América Latina, estamos a tiempo; si nos tardamos, no quedará laringe para lamentaciones, ni ojos para lágrimas. Martí sigue insistiendo:
“El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá; con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”.
¡Téngase bien en cuenta que estas líneas fueron escritas por Martí aun antes de que el tigre hubiese puesto sus garras sobre los pueblos de Nuestra América!.
 
“Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales”.
 
“Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la critica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar.”
Aunque quizás innecesaria, valga la aclaración de que Martí no divide a Nuestra América en naciones, sus problemas son comunes, por las venas corre la misma sangre, y cumplirán el mismo destino:
“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas”.
A continuación lo más trascendente e inaudito, Martí se va a referir al peligro que para Nuestra América representan los Estados Unidos; ya una vez nos hicimos sordos a su clamor, y pusieron sus botas sobre nuestros sagrados pueblos, la historia nos ha dado una segunda oportunidad, y esta vez estamos corriendo los mismos peligros y tenemos oportunidad de ensayar las mismas soluciones, este autor confía en que esta vez nuestros sentidos estén más aguzados.
“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones intimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”.
 
“como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento,  vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad. No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas”.
De paso señala Martí otro peligro y otra arma: hacer énfasis en las diferencias de raza; en Cuba misma, vestida de necesidad de desarrollo, se ha venido hablando demasiado del problema racial, debía hablarse más del problema humano.
Como “Pensar es servir”, quisiera terminar con el llamado urgente a reflexionar sobre el pensamiento de Martí, y a la necesidad imperiosa de aplicarlo consecuentemente. Martí, Bolívar y el resto de nuestros próceres no son pasado, son presente vivo y, más que eso, constituyen un futuro que hemos de actualizar. Por último quisiera agradecer a mi amigo venezolano Luis Vargas por las provocaciones que dieron lugar a estas líneas.
Bibliografía: José Martí. Obras Completas. Vol. 6 Nuestra América.

martes, 26 de marzo de 2013

Mella, la teoría revolucionaria y el Partido: Un legado para nuestra militancia

Por Felipe de J. Pérez Cruz*


Julio Antonio Mella nació el 25 de marzo de 1903 en la ciudad de La Habana, y sin haber llegado a cumplir los 26 años de vida, marcó con su ineludible presencia, todo el Siglo XX cubano. Es una figura histórica vital y polémica, pensador de herejías precursoras, militante decisivo para entender el movimiento comunista de su tiempo.

La acción criminal del imperialismo y su lacayo de turno al frente de la neocolonia, sólo le permitió dedicar seis años a la lucha revolucionaria -de finales del 1922 al 10 de enero de 1929- y en ese tiempo alcanzó el más alto protagonismo de su generación y nos legó un pensamiento de riqueza extraordinaria, con una diafanidad y agudeza que hoy, no sólo sorprende sino que, sobre todo, mantiene frescura y trascendencia, actualidad. Mella es imprescindible para pensar el socialismo en el Siglo XXI.

En el 110 aniversario del nacimiento de Mella, desde el escenario de socialismo cubano, sus logros y retos, considero oportuno tratar el tema de Mella y el Partido. Los principios martianos y leninistas del actual Partido Comunista de Cuba, constituyen fundamentos de orden ideológico, teóricos, organizativos y táctico-estratégicos, que están en la base del proyecto revolucionario y su sistema político. Sin embargo no siempre nos ocupamos de su estudio y debate. En esta dirección el fundador Julio Antonio Mella nos dejó una propuesta no suficientemente conocida.


La militancia comunista
Antes del contacto con el movimiento obrero y comunista, Julio Antonio Mella, líder del movimiento estudiantil y de la Reforma Universitaria, no comprendía en toda su dimensión, la protesta de los trabajadores, no podía hacerlo desde los arranques vitalistas de revolucionarismo juvenil. Entonces creía en la necesidad de una élite, preferentemente de jóvenes, que destruyera mediante la acción las lacras neocoloniales y las ominosas diferencias sociales. Mella reclamaba para sí el protagonismo del peruano Manuel González Prada (1844-1918): “los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra” (1). Pronto comprenderá que la revolución no es “una cuestión de glándulas, canas y arrugas,” y que a pesar del ímpetu y la rebeldía juvenil, también hay jóvenes tan viejos como el pensamiento retrógrado del que son portadores.

En medio del combate estudiantil encontrará Mella la solidaridad militante de la clase obrera. El sindicalismo revolucionario de Alfredo López (1894-1926) y el magisterio del marxista Carlos Baliño (1848-1926), le ratifican que no puede haber verdadera reforma universitaria sin liberación nacional y socialismo; y que la unidad obrero estudiantil tiene un carácter estratégico, en el combate revolucionario. La vinculación de Mella con la clase obrera, con López y Baliño, le abren una nueva y definitoria universidad. Eran precisamente los momentos en que maduraba el proceso de constitución de la clase obrera cubana como una clase nacional con conciencia de sí y para sí. Y López y Baliño representan las figuras cimeras de este proceso.

De la mano del precursor Carlos Baliño, desde finales de 1923 Julio Antonio se acercó al incipiente movimiento marxista cubano. En diciembre de 1923 es un activo miembro de la Agrupación Comunista de La Habana. La presencia de Carlos Baliño y de los militantes de esta Agrupación, en la fundación de la Universidad Popular “José Martí” el 3 de noviembre de ese año resulta un hecho indicador de tal relación. Cuando Mella el 31 de enero de 1924, tras el fallecimiento de Vladimir Ilich Lenin (1870-1924) (2), interviene en el homenaje realizado en el ultramarino pueblo de Regla, en la colina que quedó desde entonces bautizada con el nombre del genial conductor de la Gran Revolución de Octubre, ya cumplía su primera tarea de Partido. 


José Martí
El joven que se adentraba en el mundo de la militancia comunista, lo hacía acompañado de José Martí Pérez (1853-1895). Desde muy joven había encontrado en los textos del Apóstol la ideología revolucionaria y la eticidad que lo compulsan a rebelarse contra las lacras de la república neocolonial. El avanzado pensamiento martiano le daría a Julio Antonio Mella una gran ventaja sobre otros revolucionarios que en Latinoamérica y el Caribe abrazaron la causa del proletariado.

Con Martí, Mella parte de un escalón superior. Martí aporta a Mella junto a su sustantiva eticidad revolucionaria -el valor del ejemplo-, un método histórico político de conocimiento de la sociedad. La política y la sociedad no fueron concebidas por Martí como asuntos puramente teóricos, sino como cuestiones vivas y concretas, que debían ser analizadas con el propósito de actuar sobre ellas de acuerdo con fines y objetivos fijados de antemano (3).

En momentos en que Carlos Marx (1818-1883), y Federico Engels (1820-1895) desarrollaba su sólida argumentación anticapitalista, Martí toma la especificidad de la América Latina y el anticolonialismo como sus puntos de partida e instrumentos intelectuales, supera al liberalismo e inicia los análisis críticos de la modernidad desde el mundo colonial y el anticolonialismo. Y con esta perspectiva hace una propuesta singular de superación mediante procesos de liberación que instituyan individuos más libres y capaces, constructores de sociedades liberadas con Estados nacionales, formación de ciudadanía y justicia social. Se trata esencialmente de una propuesta de superación del liberalismo predominante.

De Martí y también de los filósofos Enrique José Varona (1849-1933) y José Ingenieros (1877-1925), Julio Antonio Mella, aprendió el valor de la subjetividad humana, del componente espiritual, de la dignidad, la moralidad y el patriotismo de los hombres. Al entroncar con el marxismo encuentra, precisamente los principios integrativos de esos valores universales, con la realidad económica social y las formas y vías de su realización efectiva. El leninismo le abre una dialéctica de continuidad, cambios y rupturas que serían decisivas para su innovadora mirada marxista.

El nacionalismo revolucionario y antiimperialismo martianos se le revelan en toda su trascendente dimensión. Mella comprende al hombre que se adelantó a su tiempo, y supo ver como la independencia de Cuba pasaba por una definición ideológica acerca del papel nefasto de los Estados Unidos y en consecuencia, la necesidad de lograr la unión latinoamericana y caribeña contra su enemigo principal. Así llega a entender que el antiimperialismo martiano a la altura de la segunda década del Siglo XX, sólo sería viable si era anticapitalista, y que la ideología más avanzada para pensar el futuro era la comunista. Y fue totalmente consecuente con estos hallazgos (4).

La lectura de la trascendencia de Martí se completa en Mella con el magisterio de Carlos Baliño. Reconocido como activista marxista en el seno de los emigrados cubanos en Tampa y Cayo Hueso a fines del siglo XIX, Baliño entendió la magnitud y pertinencia de la tarea nacional liberadora de José Martí, y lo secundó en la fundación del Partido Revolucionario Cubana en 1892. En la república neocolonial, oligárquica y burguesa, que los Estados Unidos imponen contra la nación a partir 1902, el veterano marxista se dedicará a forjar la conciencia socialista y marxista en la naciente clase obrera, en lucha constante con las concepciones obreristas, anarquistas y anarcosindicalistas, que no consideraban el problema nacional. En tal misión una y otra vez recurriría a levantar el legado de Martí y de la emigración proletaria que fue base y sostén del Partido Revolucionario Cubano. No es casual que Julio Antonio conociera a Baliño en el local obrero del barrio centro-habanero de Cayo Hueso, fundado en 1912 por los tabaqueros cubanos repatriados

En la tradición de Baliño, Mella declaró a la clase obrera cubana de la época, heredera y continuadora de Martí, y defendió con tesón la línea del ideario democrático revolucionario martiano en los combates de los comunistas cubanos. Esta concepción será el nervio central de la Universidad Popular “José Martí”.
Martí posee una visión totalizadora sociocultural del devenir histórico y el presente de los pueblos (5) que se proyecta desde el Sur colonizado y representa una alternativa civilizatoria, que difiere del eurocentrismo que caracteriza a las teorías surgidas en el Viejo Continente, aspecto que el marxismo no pudo superar. Se destaca en tal contribución la definición martiana sobre la necesidad de asumir crítica y creadoramente el pensamiento más avanzado de la época que se vive, desde el saber también crítico y creador de las tradiciones culturales nacionales, y el valor de los estudios y la construcción histórica, como fuentes de formación de valores e instrumental político prospectivo, en función de la interpretación y transformación revolucionaria de la realidad social. Y este legado preparó a Mella para asumir el marxismo y el leninismo desde una postura creadora, opuesta a los dogmas y las asimilaciones miméticas de experiencias revolucionarias válidas en otras circunstancias.
Mella comprende el extraordinario paso dado por el hombre en el camino de su liberación con el triunfo de la Gran Revolución de Octubre, sin embargo, en su primigenio homenaje a Lenin afirma: “No pretendemos implantar en nuestro medio, copias serviles de revoluciones hechas por otros hombres en otros climas...” (6). La diáfana comprensión del problema del sujeto de la Revolución, le ratifica que para el nuevo mundo que abrieron Lenin y los bolcheviques “...lo principal son Hombres, es decir, seres que actúen con su propio pensamiento y en virtud de su propio raciocinio, no por el raciocinio del pensamiento ajeno”(7).

Julio Antonio Mella en 1924, con solo 21 años, llega de la mano de Martí, de manera inequívoca, al problema central que estaría en el centro de los debates, de las victorias y derrotas del movimiento comunista de América Latina y el mundo, hasta hoy: “La causa del socialismo en general,...es la causa del momento, en Cuba, en Rusia, en la India, en los Estados Unidos y en la China. En todas partes. El solo obstáculo es saberlo adaptar a la realidad del medio” (8).. Ningún otro dirigente comunista europeo, asiático o latinoamericano vio tan tempranamente este eje fundamental, determinante en toda la historia posterior del movimiento comunista. Lo seguiría José Carlos Mariátegui (1895-1930) en 1928, con su conocido: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He ahí una misión digna de una generación nueva”(9).


La fundación del Partido
Los días 16-18 de agosto de 1925, Mella participa en la fundación del primer Partido Comunista de Cuba (PCC). Fue delegado al Primer Congreso Nacional de Agrupaciones Comunistas por la Agrupación Comunista de La Habana y la de Manzanillo, que al no tener recursos económicos para enviar a sus representantes delegó en el joven. El hecho significativo de ser designado por la Agrupación Comunista de La Habana, donde militaban reconocidos luchadores del movimiento obrero, y aún algo más sorprendente, que comunistas como los manzanilleros, alejados de la capital, al otro extremo del país, también hicieran recaer sobre Mella su confianza, nombrándolo para representarlos, y su posterior elección como dirigente del PCC, nos ratifica lo enorme que era el prestigio alcanzado por joven líder del movimiento de la Reforma Universitaria. 

Durante las sesiones del Congreso, Julio Antonio tuvo una activa participación en las discusiones y debates. Cumplió cabalmente la responsabilidad que se le dio -las secretarías Prensa y Publicidad-, y sobre todo se destacó por su modestia y honradez revolucionarias: preguntó lo que no sabía, discutió con fervor sus ideas, mostrando su capacidad de atender las opiniones contrarias a las suyas y aceptarlas cuando estas eran las más correctas. El Congreso fue para Mella una escuela, sus maestros, los revolucionarios más experimentados y, sobre todo, el comunista mexicano Enrique Flores Magón (1877-1954), representante del partido de su país y de la Internacional Comunista.

Los presupuestos programáticos aprobados en el Congreso, ratificaron los veintiún puntos aprobados en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista (1920), y en tanto el Partido que nace asume su membresía como Sección de la Internacional Comunista. En el Congresos se fijan las demandas específicas de la clase obrera, los trabajadores y campesinos cubanos, como la jornada de ocho horas y no al pago en vales; el derecho al uso de todas las vías de comunicación controlados por los monopolios; la creación de un impuesto sobre el capital y la nacionalización de los servicios públicos. El nuevo Partido enarbolará la lucha contra la discriminación racial y apoyará los posicionamientos de las mujeres trabajadoras en el movimiento feminista. 

El primer Congreso de los comunistas cubanos definió que la tarea principal de los militantes, era la de llevar las tesis revolucionarias al seno de las organizaciones de masa de los trabajadores y el pueblo, a los sindicatos y liceos, a los campesinas, la juventud y la intelectualidad. El PCC se propuso ampliar su impacto político desde el trabajo de base, y para ello incrementar la creación de células del Partido.

Mella fue elegido, con solo 22 años, miembro del Comité Central del PCC junto con su maestro Carlos Baliño de 77 años, cinco trabajadores y otro intelectual.


Lenin y Martí: una genuina articulación
La aprehensión del marxismo y el leninismo en Julio Antonio Mella estuvo condicionada al limitado y fragmentado conocimiento de las obras de los clásicos que existía en la época y el débil desarrollo de la filosofía y la sociología marxista al desaparecer sus más geniales creadores. Debido a ello y a las propias condiciones en que esta descollante figura desarrolló sus luchas, su visión del marxismo tiene las limitaciones comunes al movimiento comunista internacional de aquellos años, pero lo verdaderamente trascendente es como a pesar de esto, alcanzó una estatura teórica de notable relieve, original y coherente, eminentemente revolucionaria, dentro de la propia teoría y práctica revolucionarias de la época.

Hay en Mella un constante crecer ideológico y político. Sí a principios de 1925 Mella asume la Revolución Social como un “hecho fatal e histórico, independiente de la voluntad de los visionarios propagandistas”(10), en 1926 ya percibe que lo más importante es estar “capacitados para aprovechar el momento histórico” (11) y en 1927 comprende las alternativas que se avecinan y proclama en ruptura con esa visión “fatalista”, así afirma “que la liberación nacional y social no se nos concederá por misericordia” (12). Ya sobre 1928, el pensamiento de Julio Antonio ha madurado extraordinariamente, lo que se aprecia de manera nítida en la revisión que realiza, con vistas a una nueva publicación, de su trabajo de 1924, “Cuba un pueblo que jamás ha sido libre” (13). Gira mucho alrededor de la estrategia y las tácticas adecuadas de la revolución latinoamericana y, en particular para el logro de su desenlace positivo en Cuba.

De Lenin, con más pasión y certeza aún, reincorpora Julio Antonio Mella una definitiva lectura de Martí. En “Glosas al pensamiento de José Martí", ensayo escrito por Mella en 1926, el joven pensador dejó testimonio de su profunda mirada sobre el legado ideológico y político del Apóstol. Este sería el primero y más medular ensayo sobre José Martí de la primera mitad del Siglo XX cubano.

La obra organizativa y el programa liberador e internacionalista del Partido Revolucionario Cubano, con sus bases proletarias en Tampa y Cayo Hueso, enriquecen su concepción revolucionaria de la Historia de Cuba y le demuestran las raíces precursoras de los ideales de justicia social e independencia nacional que enarbolan los comunistas. El democratismo revolucionario y la necesidad y el hacer organizacional martianos dentro de un partido político, su labor propagandística y periodística, el trabajo de masas, le dotan de esencias que confirman, la teoría y práctica partidista leninista, ya para el momento en camino de una empobrecedora esquematización burocrática.

En Mella se produce una genuina articulación del pensamiento martiano con el marxismo y el leninismo. Es que Mella incorpora el marxismo y el leninismo a la ideología revolucionaria cubana como programa de asimilación cognoscitivo, valorativo y práctico transformador de la realidad. Y comprende desde sus primeras incursiones teóricas al socialismo, que éste sólo puede funcionar en una cultura de manera histórico concreta, fundido con la herencia espiritual y práctico transformadora en la que se incluye. Así inició el controvertido pero vital camino, de identificar y reconocer en las obras de Marx, Engels y Lenin - así como en la Gran Revolución Socialista de Octubre y en los procesos revolucionarios del momento, en la India y China-, junto a sus extraordinarios méritos, lo estrictamente referido al pasado siglo XIX o comienzos del XX, lo ruso o asiático, de lo universal e históricamente trascendente. Esta claridad ontológica le otorga al joven líder cubano, una visión política novedosa frente a la mayoría de sus contemporáneos del movimiento comunista, que seguían acríticamente los puntos de vista y las orientaciones elaboradas por el Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética.

Mella comprende primero que muchos otros dirigentes comunistas la esencia del planteamiento de Lenin sobre el problema nacional en las condiciones de un país subdesarrollado y semicolonial. Ve con claridad que la ideología encarna los intereses de determinados sujetos sociales concretos, ante todo clasistas, pero su miraje no reduce el marxismo al estrecho análisis sociológico o económico que por entonces, dado el desconocimiento del conjunto de las obras y la vida revolucionaria de Marx, Engels y Lenin, predominaba. Precisamente el estudio de las tesis leninistas llevaría a Mella a fijar las limitaciones de la estrategia y la táctica de la Internacional Comunista en el ámbito latinoamericano; matizadas en conjunto, por un desconocimiento de la tradición y la cultura de nuestros pueblos, a lo que se sumaba la apreciación esquemática del proceso histórico y del movimiento revolucionario del área. Un punto cardinal será la defensa de la tesis de que la revolución socialista en los países coloniales y neocoloniales tenía que ser ante todo nacional, y definitivamente antiimperialista.

En 1926 Julio Antonio afirma: “La lucha contra el imperialismo de todas las fuerzas y tendencias es la lucha más importante en el momento actual... tenemos el deber de plantear el problema “nacionalista” para unos, el “social” para otros pero antiimperialista para todos” (14). A la crítica del mesianismo y de las propuestas pseudo revolucionarias de Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA dedica en 1927 ¿Qué es el ARPA?, uno de sus principales trabajos teóricos sobre la revolución latinoamericana. Un año después (1928) Mariátegui en su ruptura definitiva con Haya de la Torre, confirmará los criterios del joven comunista cubano: "La revolución latino-americana, será nada más y nada menos que una etapa, una fase de la revolución mundial. Será simple y puramente la revolución socialista. A esta palabra agregad, según los casos, todos los adjetivos que queráis: «antiimperialista», «agrarista», «nacionalista-revolucionaria». El socialismo los supone, los antecede, los abarca a todos" (15).


El Partido
La militancia en el Partido de los comunistas vincula definitivamente a Julio Antonio Mella con el trabajo político diario, en el seno de la clase obrera y del pueblo. ¿Qué es un comunista? se preguntaría, para responderse: “El revolucionario sincero que acepta el programa del Partido y contribuye diariamente con su trabajo a realizarlo” (16).

Para Julio Antonio el Partido tenía entre sus más trascendentales tareas la de “construir la vanguardia inteligente del proletariado. Pues no “basta QUERER emancipase” había “que saber” hacerlo. Había que estar preparados para “comprender y dar satisfacción al anhelo justo de las multitudes” (17).

Para Mella tanto el “obrero inculto” –en el sentido de la instrucción educacional y la cultura política que necesita un revolucionario- como el intelectual reformista que no ha roto el puente que lo une a la burguesía, son sujetos que deben ser reeducados dentro del Partido. Y propone: “Enseñar a los obreros lo que es el socialismo como crítica, como organización, como ciencia, y pone al no obrero en contacto con la masa trabajadora, en la célula, en el comité, en la local, en el campo, en la distribución de propaganda. He aquí el trabajo que hará al partido verdadera vanguardia de la clase obrera y campesina”. Esta labor de crear trabajadores de la Revolución hará al partido fuerte y de un solo haz, irrompible en la lucha de hoy y capaz mañana de realizar su misión desde el poder” (18).

El estudio resulta para Mella una condición de principio. Sus compañeros recuerdan el especial cuidado que concedía a la preparación teórica. La preocupación de Mella y su círculo más cercano de amigos y colaboradores por el estudio de la historia y la teoría revolucionaria ayudó a su toma de partido y creó las sólidas bases de su sorprendente madurez teórica. 

Mella privilegia la labor directa de los militantes persona a persona: “cada miembro del Partido debe ser un propagandista diario y eficaz”... El comunista que lo lleva un poco de convencimiento a alguien en los días que pasan entre junta y junta es un comunista inútil, una rémora (19).

Mella defendía una posición principista sobre la disciplina que partía de la concepción partidista leninista y se aleja diametralmente del autoritarismo, el voluntarismo y la negación de la democracia interna, que se instauró en el movimiento comunista internacional a partir del decisivo XIV Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética (1925). Junto a la defensa de la “necesidad de una dirección, de una disciplina...” (20), Mella postula también la necesidad “de un estudio, de un perfeccionamiento diario en la acción y la teoría, para servir mejor la causa”(21).

Resulta importante subrayar que Julio Antonio no asume el criterio de “funcionario” para el cuadro profesional del Partido, concepto creado por el liderazgo estalinista tras burocratizar la dirección del Partido y fundirla con el Estado. De la mano de Lenin aboga por la necesidad de la formación de los intelectuales orgánicos del proletariado, de “revolucionarios profesionales”, procedentes de las filas intelectuales y obreras, a los que define como “trabajadores de la revolución”. Nada es en Julio Antonio “funcional” a una jerarquía burocrática partidista.

La concepción de sometimiento y anulación del individuo, tanto en aras de la gran causa, como en la adoración al “gran líder” –a su vez transmutada en obediencia a los dictados de la burocracia partidista-, que paralizó el aporte de los sujetos colectivos en el diseño, la organización y evaluación del proyecto socialista soviético, sería fuertemente cuestionada por Mella. Así la imprescindible “unidad de pensamiento en el Partido” será para el joven líder un proceso de “creación” en el que participa toda la militancia y el pueblo revolucionario: “Esta labor-insistía- no es solamente del Comité Ejecutivo y de la redacción del órgano oficial del Partido, sino que ha de ser también obra de los locales del Partido, de las células en la fábricas, de los simpatizantes en general”(22).

Preservar el carácter de vanguardia lúcida, organizada y combativa del Partido Comunista, en la lucha revolucionaria; asegurar la solidez y unidad orgánica e ideológica de su militancia y organizaciones; y el cuidar y profundizar constantemente la estrecha vinculación de los comunistas con las masas, con su sentir y necesidades históricas; constituyen las tres ideas centrales que recorren la concepción de Mella sobre el Partido. 


Mella, teoría y praxis
El recorrido político ideológico de Julio Antonio Mella desde las posiciones del romanticismo antiimperialista hasta las de serio y persistente luchador comunista, es el fruto de una comprometida visión martiana del mundo y de la Revolución, que el joven líder supo articular con la teoría científica, la metodología y el instrumental, creado por Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Ilich Lenin. En Mella se expresan las doctrinas básicas de la ideología de la Revolución Cubana: acerca de la independencia nacional, el antiimperialismo, el latino americanismo, la emancipación social y la dignificación del hombre.

Mella construye teoría revolucionaria, precisa y define el lugar, el papel y la naturaleza de nuevo tipo del Partido Comunista martiano y leninista que necesita la Revolución, y lo piensa tanto para que cumpla su tarea inmediata de la toma del poder, como en la perspectiva de las misiones des enajenadoras y constructivas que se acometerán tras el triunfo de Revolución Socialista. La riqueza de su aporte resulta vital en la impostergable y urgente tarea de pensar el socialismo que queremos y podemos construir, en la misión de fortalecer el Partido de la Revolución, martiano, marxista, leninista, comunista.

Julio Antonio Mella reconoce el papel de las ideas en la lucha y al mismo tiempo señala la necesidad de la acción concreta. En sus Glosas martianas, junto a las trincheras de ideas -en perfecta consecuencia- sitúa las trincheras de piedras. La vinculación entre teoría y práctica, entre la idea y la acción, constituiría para Julio Antonio Mella la clave de la transformación social y este es el mensaje que trasladó a sus contemporáneos, y a quienes hoy peleamos el socialismo.

La práctica del hacer revolucionario, el trabajo concreto de masas, la articulación y la madurez de los sujetos y las personalidades resultarán decisivas. No siempre una buena teoría halla la oportunidad histórica, la inteligencia y audacia de sus promotores, la debilidad operacional de las resistencias. Julio Antonio Mella comprendió esta realidad y con agudeza proclamaba: “donde cambia el aspecto de la cuestión es cuando hay que practicar las frases. Entonces se da uno cuenta del gran abismo que va de la realidad a la teoría” (23). Los esfuerzos del fundador cubano por poner en práctica los criterios más revolucionarios, el cómo enfrentó y venció las contradicciones dentro de las propias filas del movimiento comunista de la época; conforman una historia que merece ser más conocida, y a la que dedicaremos otra entrega.


Notas
  1. Julio Antonio Mella: Editorial de “Juventud”, en Mella: Documentos y Artículos. La Habana : Editorial de Ciencias Sociales, 1975. p. 79.
  2. Falleció el 21 de enero de 1924.
  3. Ver: Isabel Monal: “José Martí, del liberalismo al democratismo antimperialista. Revista Casa de las Américas, La Habana, Año XIII, N. 76. Enero-febrero, 1973.
  4. Fernando Martínez Heredia: “Los dilemas de Julio Antonio Mella, Rebelión, http://www.rebelion.org 30-05-2005.
  5. Ver. Olivia Miranda: Historia, Cultura y política en el pensamiento revolucionario martiano. La Habana : Editorial Academia, 2002.
  6. Julio Antonio Mella: “Lenine coronado”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit., p. 87.
  7. Julio Antonio Mella: Lenine coronado”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 88
  8. Julio Antonio Mella: “Los Nuevos Libertadores”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 124.
  9. José Carlos Mariátegui: “Aniversario y Balance”, en Amauta Año III, No 17. Lima, setiembre de 1928.
  10. Julio Antonio Mella: Cuba un pueblo que jamás ha sido libre”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 182.
  11. Julio Antonio Mella: “Carta a Sarah Pascual”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 257.
  12. Julio Antonio Mella: “Mensaje de Mella a los Estudiantes”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 279.
  13. Ver ejemplar de “Cuba, un pueblo que jamás ha sido libre”. Imprenta El ideal. Federación de Torcedores. 1925, en Archivo del Instituto de Historia de Cuba (AIHC), La Habana, Fondo Primer Partido Comunista de Cuba, PE, 2.1/1/8/1-22.
  14. Julio Antonio Mella “Carta a Gustavo Aldereguía”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 259.
  15. José Carlos Mariátegui: "Aniversario y balance", Ob. cit.
  16. Julio Antonio Mella: “Nuestras enfermedades infantiles”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 427.
  17. Julio Antonio Mella: “Mensaje a los compañeros de la Universidad Popular”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 229.
  18. Julio Antonio Mella: “Nuestras enfermedades infantiles” en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 428
  19. Julio Antonio Mella: “Nuestras enfermedades infantiles”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 427.
  20. Julio Antonio Mella: “Nuestras enfermedades infantiles”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 427.
  21. Julio Antonio Mella: “Cursillo para corresponsales”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 290.
  22. Ident. ant.p.288.
  23. Julio Antonio Mella: Proletarios de todos los países, uníos...”, en Mella: Documentos y Artículos. Ob. cit. p. 200

*Doctor en Ciencias Pedagógicas. Profesor e investigador. Presidente en La Habana, de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC).


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viernes, 18 de mayo de 2012

Del alma de la revolución, y del deber de América en Cuba

Por Guillermo Castro Herrera*
Conferencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá, 18 de mayo de 2012.

Para Fernando Martínez Heredia, parlamentario en una trinchera

Hace 51 años ya, el 9 de abril de 1961, se planteaba Ernesto Guevara la pregunta de si Cuba debía ser considerada una excepción o la vanguardia de la lucha revolucionaria en América Latina. Era una pregunta justa entonces, y lo sigue siendo hoy, aun cuando haya cambiado mucho el mundo desde entonces y, con el mundo, hayan cambiado los términos en que sea posible plantear hoy el problema.

Cabría decir hoy, por ejemplo, que Cuba ha ocupado una posición de vanguardia en el proceso de formación de la América Latina contemporánea debido a las características excepcionales de su propio proceso de formación histórica. De este modo, si en la coyuntura de los años 60 Cuba resultó finalmente excepcional, esa misma excepcionalidad desempeñó un papel de primer orden en su capacidad para enfrentar con éxito las terribles presiones de la Guerra Fría, y las del ajuste neoliberal que resultó del fin de aquel período histórico, y desempeñar un papel de excepcional trascendencia histórica en la preservación de las capacidades de lucha y solidaridad de nuestra América.

Ese papel de Cuba en América subyace en una circunstancia en que la América nuestra se ha constituido en un centro de referencia planetario para la formación de una cultura y una política nuevas. Ya no sorprende, en verdad, que Jean Luc Melenchon, el candidato de la izquierda en las recientes elecciones en Francia, reconozca el aporte a la construcción de la propuesta política de su movimiento de la experiencia de los pueblos de Uruguay, Argentina, Ecuador y Bolivia en el enfrentamiento a las peores consecuencias del neoliberalismo. Y este aporte, a su vez, llega a Europa a través de los espacios de participación y dialogo de movimientos como el Foro Social Mundial, nacido y forjado desde la América nuestra también.

No es el caso discutir aquí el detalle de esa excepcionalidad, aunque es indispensable recordar algunos de los rasgos que la caracterizan. El primero y más visible de ellos radica en el hecho de que fuera Cuba la última colonia española en lanzarse a la lucha por su independencia entre 1868 y 1878, cuando el resto de las repúblicas hispanoamericanas entraban de lleno a la consolidación de sus Estados liberales oligárquicos, tras el prolongado período de conflictos internos que siguió a la independencia conquistada entre 1810 y 1825.

Si bien la guerra del 68 no logró obtener la independencia por la cual lucharon los cubanos, demostró la incapacidad de España para derrotar a los insurgentes, con los que se vio obligada a pactar. Además, y sobre todo, tuvo un impacto decisivo en la formación de la identidad nacional cubana, y en la depuración de muchos de los conflictos internos generados por la dominación colonial.

Esto ayuda a entender un segundo rasgo excepcional. En efecto, la segunda fase militar de la lucha de los cubanos por su independencia, entre 1895 y 1898, expresó ya todas las características fundamentales de una guerra de liberación nacional, encaminada a la conquista del poder político para emprender un vasto programa de reforma social, económica y cultural, destinado a crear en la Isla un Estado liberal de carácter democrático y no oligárquico, como habían llegado a ser los del resto de la región.

A lo anterior contribuyeron dos circunstancias puntuales.  Una, la presencia en el movimiento revolucionario cubano de un contingente de intelectuales y profesionales de capas medias sin equivalente en los movimientos de independencia de comienzos del XIX. La segunda, en que esa intelectualidad, que tuvo en Martí su más alto exponente, pudo y supo someter a crítica las debilidades del Estado liberal oligárquico, y los peligros que anunciaba la fortaleza creciente del imperialismo en el sistema mundial.    
La presencia de esa intelectualidad está vinculada, además, a un tercer rasgo excepcional: el hecho de que los fines democráticos que alentaban en el proceso revolucionario animaran, desde mediados de la década de 1880, la creación de los medios políticos y culturales necesarios para alcanzarlos, de entre los cuales destacan el Partido Revolucionario Cubano, finalmente establecido en 1891, y su periódico Patria, que le dio voz y perfil. La singular modernidad de esos medios ha sido destacada ya por múltiples estudios. Lo que cabe recalcar aquí es que quienes convocaron a la guerra del 95 lo hicieron a partir de un previo proceso de construcción de un sujeto político nuevo, que reconocía en el Partido Revolucionario una fuente de autoridad moral y política en la medida en que participaba de un modo activo en su vida interna y en la lucha por establecer una república democrática sobre las ruinas de la última colonia española en América.

El alma de la revolución…

El proceso de creación de estas condiciones para la lucha de liberación nacional alcanza expresiones de una singular claridad en tres textos ejemplares de la obra martiana. Nos referimos al ensayo Nuestra América, publicado en México y en Nueva York en enero de 1891; al discurso pronunciado por Martí en el tercer aniversario del Partido Revolucionario Cubano, en 1894, que ha llegado a nosotros con el título El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América y, en 1895, el Manifiesto de Montecristi, que anunció el inicio de la guerra de liberación, y definió lo esencial de sus fines y sus medios.

El primero de ellos, Nuestra América, sintetiza la crítica martiana al Estado liberal oligárquico, y llama a su reforma cultural y moral en nombre de la creación de las condiciones políticas indispensables para resistir con éxito los peligros de la expansión del imperialismo norteamericano, entonces naciente, sobre las jóvenes naciones hispanoamericanas. Hay, aquí, un claro llamado a la joven intelectualidad liberal hispanoamericana, de orientación radical y democrática - que reconocía en Martí al primero entre sus iguales -, a conducir aquel proceso de reforma, proclamando la necesidad de entender que nuestras repúblicas “han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos”, y que gobernante, en pueblos nuevos como los nuestros – donde se imita demasiado, se desdeña lo propio, y se tiende constantemente a reproducir los hábitos del privilegio -, “quiere decir creador”. Y frente a esa situación propone el programa mínimo necesario para encararla y superarla. “A lo que es”, dice, “allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien […] El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Esta necesidad de conocer, y de gobernar a nuestros países conforme al conocimiento resultaba tanto más urgente cuanto que la persistencia de los hábitos del mal gobierno entre nosotros venían del hecho de que no había sido atendido aún el problema central de la independencia, que “no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”, de lo cual dependía a su vez la posibilidad de una relación con el sistema mundial guiada por el más sencillo y sensato de los principios: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo;” decía, “pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.”

Esta advertencia se hacía aún más urgente en cuanto se advertía que en ese mundo era visible un peligro para nuestra América, que no le venía “de sí”, sino “de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña.” Y ante ese peligro, de un modo característico en toda su obra política, Martí no se limitaba a advertir el peligro, sino que se adelantaba de inmediato a proponer a forma más adecuada para encararlo:

El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. […] Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente […] ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental.

Esta visión de nuestra América y su lugar en el mundo desempeñó un papel de primer orden en la concepción del programa del Partido Revolucionario Cubano. La independencia de Cuba, en efecto, no podía tener mejor garantía que la de la afirmación de la del resto de los Estados hispanoamericanos. Esa íntima relación tiene una admirable expresión en el discurso que pronunciara Martí en 1894 con motivo del tercer aniversario de la creación del Partido, titulado – justamente – El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América. Allí, el carácter democrático del Partido es definido en directa relación con su propósito mayor: llevar a cabo la empresa, “americana por su alcance y espíritu, de fomentar con orden y auxiliar con todos sus elementos reales –por formas que con el desembarazo de la energía ejecutiva combinan la plenitud de la libertad individual–  la revolución de Cuba y Puerto Rico para su independencia absoluta.”

Tal empresa, a su vez, demanda crear el sujeto colectivo capaz de llevarla a cabo. Por ello, y para ello, se ha de entender, dice, que
“A su pueblo se ha de ajustar todo partido público, y no es la política más, o no ha de ser, que el arte de guiar, con sacrificio propio, los factores diversos u opuestos de un país de modo que, sin indebido favor a la impaciencia de los unos ni negación culpable de la necesidad del orden en las sociedades–sólo seguro con la abundancia del derecho–vivan sin choque, y en libertad de aspirar o de resistir, en la paz continua del derecho reconocido, los elementos varios que en la patria tienen título igual a la representación y la felicidad”.

Y añade:
“Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, ni el empeño pueril de realizar en una agrupación humana el ideal candoroso de un espíritu celeste, ciego graduado de la universidad bamboleante de las nubes.[…] Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia. Hay que deponer mucho, que atar mucho, que sacrificar mucho, que apearse de la fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta, alzando por el cuello a los pecadores, vista el pecado paño o rusia: hay que sacar de lo profundo las virtudes, sin caer en el error de desconocerlas porque vengan en ropaje humilde, ni de negarlas porque se acompañen de la riqueza y la cultura”.

 “Franca y posible  –culmina– la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma, y perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución”.
Definido en esos términos el proceso de reforma espiritual que demanda la independencia como medio para erradicar de Cuba el legado terrible del colonialismo, Martí pasa a considerar ese propósito en el marco del escenario mundial en que ha de ser llevado a cabo, en los términos más claros y enérgicos. “Hay que prever,” dice, “y marchar con el mundo”, pues “la junta de voluntades libres del Partido Revolucionario Cubano,” carecería de valor si, “aunque entendiese los problemas internos del país,” y el modo de ponerles remedio, “no se diera cuenta de la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal”. Por lo mismo, añade, es necesario “tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes.”  Y define enseguida el carácter y alcance de los deberes que demandan ese valor correspondiente a su grandeza:
“En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, –mero fortín de la Roma americana;–y si libres, –y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles, –hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar”.
Por lo mismo, advierte,
“Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos [porque] la independencia de Cuba y Puerto Rico no es sólo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”.
Pocos meses después, al iniciar el tramo final del camino hacia su caída en combate, Martí elabora, en diálogo franco y sincero con Máximo Gómez – junto a Antonio Maceo, grande entre los grandes de la guerra del 68 – el Manifiesto de Montecristi, en el que el alma de la revolución se traduce en el llamado a la guerra que había venido a ser necesaria para encarnarla en una república nueva, construida con todos y para el bien de todos los que la deseaban. A esa guerra – concebida como medio para culminar la revolución iniciada en 1868 - se iba, no invocando la voluntad de uno u otro caudillo, sino “en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo”.

Ese carácter de empresa colectiva, concebida y organizada por medios democráticos en nombre del interés general de la nación cubana, permitía convocar a la guerra necesaria en Cuba “con la plena seguridad”
“de la competencia de sus hijos para obtener el triunfo, por la energía de la revolución pensadora y magnánima, y de la capacidad de los cubanos, cultivada en diez años primeros de fusión sublime, y en las prácticas modernas del gobierno y el trabajo, para salvar la patria desde su raíz de los desacomodos y tanteos, necesarios al principio del siglo, […] en las repúblicas feudales o teóricas de Hispano-América […] que conocían sólo de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear por ellas”.
Cuba, en efecto, volvía a la guerra “con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América”, y capaz por tanto de constituir su patria “desde sus raíces [...] con formas viables, y de sí propia nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía.” Eso permitía definir con especial claridad los propósitos del empeño a que eran convocados los cubanos:
“Conocer y fijar la realidad; componer en molde natural, la realidad de las ideas que producen o apagan los hechos, y la de los hechos que  nacen de las ideas; ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura que modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país […]:–ésos son los deberes, y los intentos, de la revolución”.
Y permitía eso también poner en su justa perspectiva el alcance de la empresa a que se convocaba:
“La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones [de] americanas, y al equilibrio aun vacilante del mundo.
…y el deber de América en Cuba

Hay, en el Manifiesto de Montecristi, un párrafo especialmente conmovedor. “Honra y conmueve pensar”, se dice allí,
“que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.
Desde la excepcionalidad de su condición histórica, Cuba ha cumplido sin duda alguna con su deber hacia América. Su guerra de liberación nacional inauguró nuestra contemporaneidad en el plano político, como Nuestra América la había anunciado en el cultural. De esa contemporaneidad da cuenta el carácter de los medios políticos y culturales creados para abrirle paso, como de la eficacia de esos medios da cuenta la creación de una identidad nacional cubana capaz de resistir y persistir ante toda forma de opresión y todo intento de agresión. Y da cuenta de ella, también, el hecho de que a 117 años de su caída en combate, podamos hablar con Martí, y no simplemente de él.

América, la nuestra, cumple hoy por su parte con su deber hacia Cuba. Se niega a la complicidad con los que quisieran ver a Cuba excluida de las Américas y, en el momento en que se renueva de la Patagonia al río Bravo la lucha de nuestros pueblos por el derecho al ejercicio fecundo de su identidad, se renueva también el reconocimiento a Cuba por el cumplimiento de los deberes hacia América que emanan del alma de su revolución. No se le reclaman los errores en que pueda haber incurrido – derivados, cuando más, del cumplimiento del mandato martiano de consolar aun a costa del riesgo de errar, “porque el que consuela nunca yerra” -, sino que se camina con ella en el sendero de las rectificaciones que se propone, entendiéndolas como la expresión, allá, del mismo proceso de búsqueda de caminos nuevos hacia un destino común en que coinciden todas nuestras sociedades.

El alma de la revolución se expresa, hoy, en los hechos que confirman – como lo preveía Nuestra América en 1891 – que nuestros países “se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.” Ya no somos “una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño.” El indio ya no está mudo; el negro ya no está “solo y desconocido, entre la olas y las fieras”; el campesino encuentra ahora compatriotas solidarios en la ciudad.

Hoy, de nuevo, se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “«¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son”, mientras los jóvenes de nuestra América se ponen otra vez “la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación.” El alma de la revolución está en América, con Cuba, como está la América atendiendo a su deber en Cuba. Estamos todos, sin duda, en la hora del recuento y de la marcha unida: ¡Se han puesto en fila los árboles, de nuevo, y empezamos a andar los pueblos en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes!

Muchas gracias

 

Bibliografía

Martí, José:

-“Nuestra América.” La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891; El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

-“El tercer año del partido revolucionario cubano.” ( El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América.) Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894.

-Manifiesto de Montecristi. Montecristi, República Dominicana, 25 de marzo de 1895. José Martí / Máximo Gómez

* Sociólogo, escritor y educador panameño;  Miembro del Centro de Estudios Latinoamericanos de Panamá CELA e investigador del Instituto de Estudios Nacionales IDEAN de la Universidad de Panamá, entre otros.

Imagen agregada: pintura Jorge ARCHE