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jueves, 10 de diciembre de 2015
Declaración del Capítulo Cubano de la Red en Defensa de la Humanidad sobre los acontecimientos en Venezuela
Ante los recientes acontecimientos en la República Bolivariana de Venezuela, el capítulo cubano de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales En Defensa de la Humanidad, da a conocer su posición:
Sentimos como nuestro el destino de la Revolución Bolivariana y del pueblo venezolano como su protagonista, fieles a la idea martiana “Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo”.
El chavismo, como cuerpo colectivo y sujeto histórico de una radical transformación social, será capaz de sobreponerse a la adversa coyuntura que condujo al resultado electoral del 6 de diciembre, se rearticulará y saldrá victorioso como fuerza emancipatoria nacional y de Nuestra América y única alternativa al capitalismo neoliberal que hoy impera mundialmente. Las compañeras y compañeros venezolanos continúan su lucha y defienden con firmeza las conquistas sociales del proceso revolucionario, liderado siempre por la presencia y las ideas del Comandante Hugo Chávez Frías, quien situó a Venezuela y a América Latina y el Caribe en el sitial más alto de la dignidad.
Denunciamos la arremetida imperialista contra Venezuela que llegó al extremo de catalogarla, por decreto ejecutivo –aún en vigor- como un peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos. Asimismo, el acaparamiento, la especulación y el desabasto que, como parte de la incesante guerra económica, sometieron a la población venezolana la continua incertidumbre, presión psicológica y agobio.
Rechazamos el cerco mediático terrorista de que es objeto la Revolución Bolivariana y sus líderes; el uso de la mentira, las campañas de desinformación y descrédito, sostenido durante años por los oligopolios que controlan la difusión masiva en el mundo.
Consideramos que tal hostilidad creó una situación totalmente asimétrica para que el Gran Polo Patriótico pudiera enfrentar las pasadas elecciones, y negó de manera raigal la posibilidad de que los electores se expresaran libremente, coartados por el conjunto abrumador de las agresiones, las falacias y la subversión ideológica a escala cotidiana.
Expresamos la más firme convicción de que en Venezuela prevalecerá la unidad para salvar la Patria y triunfará el proyecto histórico que abrió una nueva época en esta zona del mundo, e hizo realidad la propuesta del Libertador Simón Bolívar de dar la mayor suma de felicidad posible a nuestros pueblos y conformar la unidad e integración de las naciones al sur del Río Bravo. La lucha por la construcción de una nueva sociedad apenas comienza.
La Habana, 10 de diciembre de 2015
Publicado en:
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domingo, 19 de octubre de 2014
Hacer de la Revolución una estrella
Versión de las palabras pronunciadas por el Dr. Eusebio Leal en el homenaje que la Asamblea Nacional del Poder Popular, encabezada por su presidente Esteban Lazo, le rindiera este sábado a destacados escritores, artistas y trabajadores de la cultura, a propósito del 20 de octubre, Día de la Cultura Nacional
Durante
nueve días hemos acompañado en secreto al Ejército Libertador, recién
ordenado, en su marcha hacia su destino: la que fue la primera capital
de la Revolución, la heroica ciudad de Bayamo. A decir de Máximo Gómez, a
ella, a Bayamo, reservaría la historia un lugar preferente. Llegada la hora terrible, en medio del desconcierto, se abría un destino arduo y difícil, y en tales circunstancias dieron fuego a una de las villas primadas de Cuba, para convertirla en una montaña de pavesas antes de entregarla al adversario. Una nueva Numancia recordaría al opresor la estirpe que, como raíz medular, alimentaba el sentimiento del pueblo que lo había acunado.
Nuestro pueblo comenzó su epopeya aquel día 10 de octubre. A un hombre de valor supremo, pequeño de estatura, hombre de la cultura, intelectual, que había recorrido el mundo —privilegio que no tenían todos—; que tenía el don de conocer lenguas diversas, que escribía versos, como los que le inspiraron la majestad del Pico Turquino, le tocó conducir al pueblo cubano.
Siente uno el alma conmovida cuando lee las cartas, las narraciones, el dolor infinito de los que estaban lejos, o de aquellos que veían partir a los suyos sin poderlos asistir en la soledad del monte. ¡Tal fue el desafío! De ahí surgieron figuras apolíneas de la historia de Cuba; figuras que, asistidas de una conciencia clara, o desarrollando sus cualidades intelectuales a través de la lucha, se dieron cuenta de la soledad de nuestro esfuerzo, y de la necesidad de la unidad nacional. Este gran hombre, murió el 27 de febrero de 1874 sin ver realizados sus sueños.
Pero Cuba tuvo privilegios particulares. Martí, hombre nuevo, nacido de aquellas esperanzas, fue la voz más alta de Cuba: Una voz pura y elevada, un hombre que supo valorar exactamente la intensidad del dolor profundo. Siendo hijo de madre y padre españoles, se entregó por completo al culto patrio desde los días de su más temprana juventud. Hombre, como Céspedes, no perfecto, pero sí admirable en su obra, se consagró a ella con su voz perfectamente timbrada, con su capacidad de escribir sin reposo, con su capacidad de orar y convertir a las multitudes sin los artilugios de la amplificación. Así se le vio en Centroamérica, en las islas, en el istmo panameño, en la ciudad de Nueva York; en todas partes logró unir lo que estaba deshecho.
Y uniendo, después de la derrota y del desamparo y del olvido, halló en Antonio Maceo y en Máximo Gómez los aliados indispensables para que el pueblo cubano volviese a tomar las armas, único camino de alcanzar la libertad.
Soldado, como le creó Máximo Gómez a la orilla de una playa, fue capaz, después de crear un partido político para dirigir una Revolución, después de crear un periódico para centrar el ideal de Cuba, llamándolo Patria, sintió, como compañera de su destino, a la muerte que lo acechó en el lugar en que se confrontan los ríos más caudalosos del oriente de Cuba, allá donde el sol se eleva entre las montañas, entre el Cauto y el Contramaestre.
Tenía 42 años cuando se apagó su vida, pero tenía una certeza profunda que dejó plasmada en palabras inolvidables: "Mi verso crecerá bajo la yerba, yo también creceré". Esa fue la ilusión de los que sin patria habían seguido la huella trazada bajo los mangos de Baraguá por Antonio: aquel hombre de hermosa figura, de pensamiento tan fuerte como su brazo; aquel que fue llamado de bronce no solo por su color sino también por su capacidad, que rozó la inmortalidad hasta aquel 7 de diciembre, día en que los cubanos inclinamos la cabeza ante todos los que murieron por la libertad.
Tuvo como compañero de armas a un extranjero ilustre, a uno que venía de las islas de Hostos y de Betances, y ese viejo militar —no tan viejo ahora cuando sabemos su edad cierta—, el chino viejo como le llamaron, fue el que escuchó aquellas solemnes palabras en la casita de Montecristi: El Partido Revolucionario Cubano viene hoy a rogar a usted que, repitiendo su sacrificio, ayude a la Revolución, como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar, dentro y fuera de la Isla, el Ejército Libertador (...) Yo ofrezco a usted, sin temor de negativa, este nuevo trabajo hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres...
¡Qué certeza profunda! ¡Qué tristeza cuando oímos esas palabras! Sin embargo, más allá de todo ello quedó marcada en el tiempo y en la historia universal la huella de los cubanos redimidos en espíritu y que esperaban en carne alcanzar la libertad.
Fue un intelectual, Fidel Castro Ruz, el joven abogado quien, en la Universidad de La Habana, cuando nada podía esperarse porque nadie sabía de él, de su procedencia, levantaría su voz uniendo allí a todos en medio de ese fermento que para la juventud cubana fue, precisamente, nuestra acrópolis, la Colina sagrada, el lugar donde el Alma Mater todavía nos espera. Por esa Colina descendieron en muchas ocasiones, muchos jóvenes apaleados y perseguidos. De ella surge la figura de José Antonio Echeverría y de tantos otros que dieron su vida por Cuba.
Llegan los días azarosos del Moncada y del Granma. No olvidemos que por esa escalinata también un joven cubano llevaba al frente la bandera. Esa bandera que sostiene hoy cuando el líder histórico de la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe, descansa en su reposo físico, mas no intelectual. Sus palabras, como las más recientes, Lo que no debemos olvidar, son una lección en medio del debate que por largos años ha sostenido la Revolución a pesar de que, al paso del tiempo, sentimos en nuestros cuerpos a veces el cansancio, las heridas, la incomprensión; a veces el choque, porque no se bebe en la fuente de la renovación y revolución total de la que hablaron tan tempranamente el propio Céspedes, Martí, Fidel. Una revolución totalizadora que nos permita remediar los temas de hoy, que nos permita escribir el poema de hoy, hacer la literatura para hoy y para mañana, tributar para hoy y para los que vienen detrás.
Esta Revolución que supo construir su soberanía y su derecho, tiene el derecho de encontrar su propio camino. Debo decir con franqueza que no encuentra émulos en la faz de la tierra. Encuentra amigos, pero, desgraciadamente, creo, no encuentra émulos en su proeza. Solos en la Isla, con amenazas y promesas, sobrevivimos. Nuestro es el problema y nuestra es también la solución.
Tenemos que tener mente amplia, ojos de largo alcance. Tenemos que tener sentido común, no podemos agraviar la esperanza, ni entregar el destino al caos. Nuestra verdadera tarea es hacer de la Revolución una estrella que lleva sobre la frente todo el que ha vivido en su apogeo, y que a veces ni su propia ignominia podrá borrar.
FOTO AIN/ Abel PADRÓN PADILLA
martes, 14 de octubre de 2014
Cuba: soberanía y futuro, y los bordes temidos de la alteridad
En el día de ayer les compartimos un trabajo de IPS sobre el primer encuentro, realizado en la Ciudad de Matanzas, del Proyecto Cuba Posible. Hoy, uno de los participantes en el encuentro, el narrador y crítico cultural Alberto Abreu, nos hace llegar su valoración del mismo; esperamos poderles ofrecer en algún momento, las ponencias presentadas.Cuba: soberanía y futuro, y los bordes temidos de la alteridad
Seguiremos con interés este proyecto que pudiera convertirse, sí, en un espacio facilitador del diálogo, desde la alteridad y el respeto, desde la unión y siempre desde la valoración de una soberanía -como me escribiera ayer uno de mis lectores- que defienda que, "Para Cuba soberanía sin antimperialismo, sin internacionalismo, sin socialismo-comunismo: martiano, marxista, leninista y fidelista, no es soberanía"
Por Alberto Abreu Arcia*
Cuando el lector de Afromodernidades lea estas notas ya se habrán cerrado las puertas del primer coloquio “Cuba: soberanía y futuro”, una de las primeras acciones realizadas por el proyecto Cuba Posible, la cual reunió, durante dos días, a más de sesenta intelectuales provenientes de Cárdenas -ciudad sede-, La Habana, Holguín, Villa Clara y Santiago de Cuba. Conceptos como: sociedad civil, ciudadanía, democracia participativa, crisis del modelo socioeconómico, soberanía popular, cambio… estuvieron entre los más escuchados y debatidos en el evento. Por ejemplo, Ovidio D´Angelo inició su intervención refiriéndose a “ciertos prejuicios y estereotipos” no sólo por parte de Estados Unidos sino también del propio Estado cubano con respecto al concepto de la sociedad civil. Posteriormente analizó cómo la complejidad del tejido social y la subjetividad de nuestra población constituyen, en la actualidad, los grandes desafíos que debemos encarar en los empeños por construir una sociedad civilizada, popular y emancipatoria.
También aludió a algunos datos, arrojados por investigaciones recientes, los cuales plantean que la quinta parte de las familias que conforman la sociedad cubana son disfuncionales, viven en un contexto de un fuerte deterioro socioeconómico y en condiciones de pobreza. Subrayó que las expectativas sociales de la población cubana, en el presente, solo se circunscriben a pensar en el hoy, “el diario”, en cómo yo puedo sobrevivir sin importarme el otro(s). Lo que plantea un reto monumental a la hora construir las bases de una soberanía, sustentada en la idea de ciudadanías inspiradas en la colectivización y solidaridad. A esto se añade, observó D´Angelo, el desgaste y descontextualización de organizaciones sociales como el Poder Popular y los C.D.R. las cuales se han rutinizado y perdido sentido. Con respecto al impacto que está teniendo en la sociedad cubana el nuevo escenario de apertura económica se preguntó: “¿Qué tipo de propiedad privada deberíamos estar proponiendo desde un enfoque socialista, emancipatorio en lugar de ese despelote abierto a cualquier opción que incluso se está dando con las cooperativas?” Y observó que se está haciendo muy poco para construir solidaridad.
Rafael Hernández, por su parte, desde la perspectiva de las ciencias políticas proponía un grupo de preguntas, al tiempo que demandaba del auditorio: respuestas. Éstas fueron algunas de ellas: “¿Cómo se ha fundado este equilibrio de poderes en Cuba? ¿Cuándo? ¿Ha cambiado este equilibrio de roles y poderes a lo largo de cinco décadas o es el mismo? ¿Hemos tenido etapas o hemos estado siempre igual? ¿Han evolucionado las normas y regulaciones que han regulado las funciones del sistema político?[…] ¿Es el sistema político cubano lo que la ciencia política llama un sistema abierto o cerrado? ¿Dónde termina el sistema político y comienza la sociedad?”
En las sesiones se habló (reflexionó) en voz alta y de manera clara, como de niños nos enseñaron nuestros padres que se debía cantar el himno nacional. Aquí, como dicen en mi barrio, se le llamó al pan: pan y al vino: vino. Algunas intervenciones se extendieron más de la cuenta. Más que preguntar dirigidas al panel o a los conferencistas devinieron en una especie de catarsis intelectual. Lo que demuestra la necesidad que existe entre nosotros de escenarios de este tipo, que permita la discusión lucida, abierta y respetuosa sobre los problemas más candentes de la realidad cubana.
Sin embargo, mientras escuchaba con atención las diferentes intervenciones, no pude evitar varias preguntas relacionadas con el tema del coloquio y enunciadas desde mi posicionamiento como negro y homosexual. ¿Cómo ser audible mi voz, preocupaciones e interrogantes dentro de esa plataforma plural, de unidad dentro de la diferencia y de futuridad a la cual ha convocado Cuba Posible? A la hora de mapear conceptos como soberanía, ciudadanía y sus sucesivos avatares por el imaginario de la nación cubana: ¿describen negros, homosexuales, mujeres y otros sujetos deshitoriados el mismo itinerario que el resto de las identidades históricamente hegemónicas?, ¿acaso no fueron la noción de ciudadano moderno, las constituciones, los manuales de urbanidad, las gramáticas de la lengua, anclados en la ideología higienista de la modernidad, en control sobre los lenguajes corporales y el deseo otro, los dispositivos disciplinarios que desde los inicios del proyecto de modernidad latinoamericano confinaron a las márgenes, a los espacios residuales de la nación a estas identidades?, ¿a la hora de leer la historia de la nación cubana, la ciudadanía históricamente subyugada de estos sujetos no opera como un contradiscurso que revela lo que Calvert Casey llamó “la patriotería aristocratizante” de los padres fundadores de la nación?, ¿acaso en sus escritos no están codificados tanto sus intereses de clases como su imagen ideal y excluyente de lo nacional, contraria a la comunidad imaginada por las capas populares y subalternas de la sociedad? Y lo que todavía puede ser más preocupante: ¿Hasta qué punto las ciencias sociales y el pensamiento historiográfico cubano al hablar de pluralidad, diferencia, soberanía y respeto al otro continúa reproduciendo criterios de ordenamiento, clasificación y jerarquización de la razón occidental, y los paradigmas teóricos de la hegemonía: hablando en nombre de una historia única, lineal, totalizadora, y de un sujeto universal sin rostro, color de piel, que no toma en cuentas nuestras múltiples memorias de una nación formada en la diferencia colonial ?
En
esta dimensión se movían las preguntas que formulé a Julio Cesar
Guanche cuando, concluida su conferencia, solicité la palabra. Su
respuesta fue más allá: se pronunció por la creación de un marco legal y
jurídico que protegiera los derechos de estas identidades cuya
ciudadanía ha sido históricamente subyugada. Reclamo que varios
activistas contra la homofobia y la discriminación racial venimos
realizando desde hace bastante tiempo.Desde luego, Cuba Posible recién acaba de nacer. Mucho trecho tiene por andar, trabajar, soñar para, finalmente, ubicarse en esos espacios de representatividad, autoridad y reconocimiento, y convertirse en un enclave imprescindible para el dialogo y la confrontación sabia y responsable dentro de la comunidad intelectual cubana y la sociedad toda. Pero su alumbramiento ha sido un acontecimiento feliz y oportuno.
Finalmente, pienso que una contribución significativa del proyecto Cuba Posible al complejo imaginario social y político de este nuevo milenio estaría en trabajar porque que estas identidades y sujetos subalternos puedan hablar por sí y desde sí, contar sus percepciones sobre la ciudadanía, sus modos de ser democrático, articular el relato de sus memorias, y gestos de contrainsurgencia frente a un poder y una escritura de la Historia con mayúscula concebidos como blanco, varón, heterosexual, y hacerlos sin mediaciones ni el rol ventrílocuo del otro de la hegemonía.
También (aprovechando la vastísima experiencia acumulada en este sentido por el Centro de Cristiano de Reflexión y Diálogo-Cuba durante estos años) Cuba Posible pudiera convertirse en un espacio facilitador del diálogo, las alianzas, negociaciones, y el diseño de estrategias conjuntas entre organizaciones como el CENESEX, el capítulo cubano de la Articulación Regional Afrodescendiente para las Américas y el Caribe (ARAAC), blogueros y otros proyectos comprometidos, al igual de Cuba Posible, con los pobres de la tierra, y que hemos decido amar y construir una nación con todos y para el bien de todos, pero desde el respeto a la alteridad.
Tomado de su Blog Afromodernidades
*Narrador, ensayista, curador y crítico cultural.
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lunes, 13 de octubre de 2014
Primera acción de Cuba Posible apuesta a la soberanía
Les confieso que no conozco mucho de este proyecto que iré estudiando a la par de ustedes pero, si de algo estoy segura, es de que todas las Cuba posibles apostarán siempre, y ante todo, a la soberanía:
Primera acción de Cuba Posible apuesta a la soberanía
El coloquio "Cuba: soberanía y futuro" rindió homenaje a monseñor Carlos Manuel de Céspedes (1936-2014).
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| Participaron 64 intelectuales y activistas de la ciudad sede, La Habana, Holguín, Villa Clara y Santiago de Cuba. Archivo IPS Cuba |
Asuntos
relativos a la soberanía en el imaginario nacional, la integración
mundial y latinoamericana, en el sistema político, la sociedad civil y
educación, fueron presentados por el jurista Julio César Guanche, los
ensayistas Jesús Arboleya y Rafael Acosta, el politólogo Rafael
Hernández, el psicólogo Ovidio D'Angelo, la historiadora Berta Álvarez,
el sociólogo Aurelio Alonso y el periodista David Corcho.
Participaron 64 intelectuales y activistas de la ciudad sede, La Habana, Holguín, Villa Clara y Santiago de Cuba en el coloquio titulado "Cuba: soberanía y futuro", el primer paso del proyecto definido como una plataforma de diálogo y apoyado por la Universidad de Oslo, Noruega.
La joven iniciativa consiste en realizar encuentros y aspira a tener un sitio web y editar cuadernos sobre actualidad cubana en versiones impresa y digital.
Rita María García, directora del ecuménico CCRD-C y del
comité rector del proyecto, expresó en la inauguración que Cuba Posible
brinda espacio para que "todas las personas de buena fe puedan exponer
sus consideraciones, criterios y propuestas".
Resaltó además que el tema a analizar resulta "del mayor interés para toda la ciudadanía" y conminó a "encontrar la unidad dentro de la diversidad" en los debates.
El coloquio comenzó en una fecha señalada de la historia local, el 10 de octubre, Día de la Independencia Nacional. Ese día de 1868 el "Padre de la Patria", el abogado Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874), liberó a sus esclavos y se levantó en armas contra la colonia española.
Además, rinde homenaje a monseñor Carlos Manuel de Céspedes (1936-2014), descendiente del líder de las luchas de liberación nacional y relevante voz de la intelectualidad y el catolicismo en la etapa socialista.
Por su parte, el laico católico Roberto Veiga, autor de la idea original del proyecto junto a Lenier González, indicó que "es posible pensar diferente y trabajar juntos" unidos por "cierta mística del deber con Cuba".
En un programa apretado, las diversas conferencias suscitaron amplios debates.
Guanche analizó dos dimensiones claves e interrelacionadas de la soberanía, la nacional y ciudadana, esta última con un enfoque inclusivo que reconoce las particularidades de grupos sociales históricamente discriminados como las mujeres, afrodescendientes y la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros, intersexuales y queer.
Mientras,
Arboleya habló de la necesidad de que la integración latinoamericana
suceda más a nivel de actores sociales y no en exclusivo por las
voluntades estatales. Indicó que el creciente sector privado y
cooperativo de Cuba resulta esencial en ese sentido.
El experto en materia migratoria, sostuvo además que se requieren más acciones para que la comunidad cubana en el exterior participe en la economía local. Y valoró que el país ya está preparado para tener una política de libre movimiento de personas.
Acosta expuso que el gobierno debe "diversificar la política interna" a la par de disminuir los puntos de fricción y fortalecer los de encuentro en el ámbito regional. "La reforma no solo necesita cambios económicos, sino también políticos", especificó, en referencia a las transformaciones impulsadas por el presidente Raúl Castro desde 2008.
Mencionó que en materia de política se avecina un momento de "tensión" con la noticia de que Cuba asistirá en 2015 a la VII Cumbre de las Américas. Esta será la primera vez que la nación caribeña participe en el cónclave desde que fue excluida en 1962 de la Organización de Estados Americanos.
Entonces, La Habana y Washington, que mantienen un conflicto ideológico de más de medio siglo, se sentarán juntos a la mesa.
Rafael Hernández, Ovidio D'Angelo y Berta Álvarez realizaron un panel con aportes al tema central desde el sistema político, la sociedad civil y la educación.
D'Angelo remarcó la urgencia de reconocer y permitir la formación de más organizaciones civiles, que tributen a las agendas políticas locales.
Integrantes
del consejo directivo del proyecto y sus coordinadores se reunieron con
la prensa. De izquierda a derecha: Rita M. García, Aurelio Alonso,
Roberto Veiga, Lenier González y Julio César Guanche.En tanto, Álvarez
llamó al sector intelectual y oficial a definir y atemperar a los
tiempos que corren la educación cubana, que afronta problemas como la
crisis de valores, "sociedad disfuncional", ausencia de base material y
falta de motivación entre docentes y estudiantes, entre otros.
La última presentación corrió a cargo de Alonso que se refirió a los "aspectos que sostienen la soberanía sobre los cuales resulta fácil el consenso y aspectos sobre los cuales resulta más difícil el acuerdo".
En la clausura, el reverendo Raimundo García, fundador en 1991 del CCRD-C, instó a "construir la fraternidad cubana", "desechar la doble moral y buscar la manera de instaurar en el país lo que vale".
Destacó que "tenemos una enorme responsabilidad con nuestros niños y jóvenes".
El comité rector de Cuba Posible está integrado por Rita María García, Raimundo García, Veiga y González, que son además coordinador y vice-coordinador general respectivamente.
Mientras el consejo de dirección reúne a figuras renombradas de la academia cubana como Alonso, Guanche, la investigadora Mayra Espina, el escritor Víctor Fowler y el economista Pavel Vidal, radicado en Colombia. (2014)
Tomado de IPS-Cuba
Participaron 64 intelectuales y activistas de la ciudad sede, La Habana, Holguín, Villa Clara y Santiago de Cuba en el coloquio titulado "Cuba: soberanía y futuro", el primer paso del proyecto definido como una plataforma de diálogo y apoyado por la Universidad de Oslo, Noruega.
La joven iniciativa consiste en realizar encuentros y aspira a tener un sitio web y editar cuadernos sobre actualidad cubana en versiones impresa y digital.
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| La directora del CCRD Rita María García estuvo a cargo de las palabras inaugurales |
Resaltó además que el tema a analizar resulta "del mayor interés para toda la ciudadanía" y conminó a "encontrar la unidad dentro de la diversidad" en los debates.
El coloquio comenzó en una fecha señalada de la historia local, el 10 de octubre, Día de la Independencia Nacional. Ese día de 1868 el "Padre de la Patria", el abogado Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874), liberó a sus esclavos y se levantó en armas contra la colonia española.
Además, rinde homenaje a monseñor Carlos Manuel de Céspedes (1936-2014), descendiente del líder de las luchas de liberación nacional y relevante voz de la intelectualidad y el catolicismo en la etapa socialista.
Por su parte, el laico católico Roberto Veiga, autor de la idea original del proyecto junto a Lenier González, indicó que "es posible pensar diferente y trabajar juntos" unidos por "cierta mística del deber con Cuba".
En un programa apretado, las diversas conferencias suscitaron amplios debates.
Guanche analizó dos dimensiones claves e interrelacionadas de la soberanía, la nacional y ciudadana, esta última con un enfoque inclusivo que reconoce las particularidades de grupos sociales históricamente discriminados como las mujeres, afrodescendientes y la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros, intersexuales y queer.
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| Julio César Guanche defendió la necesidad de soberanía ciudadana. |
El experto en materia migratoria, sostuvo además que se requieren más acciones para que la comunidad cubana en el exterior participe en la economía local. Y valoró que el país ya está preparado para tener una política de libre movimiento de personas.
Acosta expuso que el gobierno debe "diversificar la política interna" a la par de disminuir los puntos de fricción y fortalecer los de encuentro en el ámbito regional. "La reforma no solo necesita cambios económicos, sino también políticos", especificó, en referencia a las transformaciones impulsadas por el presidente Raúl Castro desde 2008.
Mencionó que en materia de política se avecina un momento de "tensión" con la noticia de que Cuba asistirá en 2015 a la VII Cumbre de las Américas. Esta será la primera vez que la nación caribeña participe en el cónclave desde que fue excluida en 1962 de la Organización de Estados Americanos.
Entonces, La Habana y Washington, que mantienen un conflicto ideológico de más de medio siglo, se sentarán juntos a la mesa.
Rafael Hernández, Ovidio D'Angelo y Berta Álvarez realizaron un panel con aportes al tema central desde el sistema político, la sociedad civil y la educación.
D'Angelo remarcó la urgencia de reconocer y permitir la formación de más organizaciones civiles, que tributen a las agendas políticas locales.
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| Integrantes del consejo directivo del proyecto y sus coordinadores se reunieron con la prensa. De izquierda a derecha: Rita M. García, Aurelio Alonso, Roberto Veiga, Lenier González y Julio César Guanche. |
La última presentación corrió a cargo de Alonso que se refirió a los "aspectos que sostienen la soberanía sobre los cuales resulta fácil el consenso y aspectos sobre los cuales resulta más difícil el acuerdo".
En la clausura, el reverendo Raimundo García, fundador en 1991 del CCRD-C, instó a "construir la fraternidad cubana", "desechar la doble moral y buscar la manera de instaurar en el país lo que vale".
Destacó que "tenemos una enorme responsabilidad con nuestros niños y jóvenes".
El comité rector de Cuba Posible está integrado por Rita María García, Raimundo García, Veiga y González, que son además coordinador y vice-coordinador general respectivamente.
Mientras el consejo de dirección reúne a figuras renombradas de la academia cubana como Alonso, Guanche, la investigadora Mayra Espina, el escritor Víctor Fowler y el economista Pavel Vidal, radicado en Colombia. (2014)
Tomado de IPS-Cuba
viernes, 20 de junio de 2014
¡Viva la UNEAC!
Por Luis Toledo Sande*
En
la clausura de una reciente asamblea gremial, el principal orador calzó
ideas propias citando algo que le había contado la dirigente política
de una provincia cubana. Ella —pudo haber sido él: no tiene aquí el
género, que es factual, otra intención que mostrar el avance de la mujer
en la vida del país— le expresó su desconcierto por un hecho: en una
reunión de la filial de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de
Cuba) en su territorio, las intervenciones giraron mayoritariamente
sobre otras entidades. Solo una pequeña parte abordó cuestiones internas
de dicha organización.
Al oír la anécdota, alguien desde el fondo del salón pronunció el viva que da título a este artículo, y que expresó el reconocimiento de algo inocultable: durante décadas la UNEAC ha sido un espacio de discusión sobre problemas fundamentales del país, con las miras centradas en salvar no solo las conquistas del socialismo, sino el sistema justiciero que estas encarnan y sin él podrían venirse abajo, y el espíritu democrático, participativo, sin el cual no habrá socialismo que valga. Semejantes ímpetus se explican porque la vanguardia de la intelectualidad literaria, artística y de pensamiento de la nación está mayoritariamente identificada con el destino de su pueblo, del cual se sabe parte. Y si bien esa vanguardia no está solo en la UNEAC y sus foros, sobresale en una y en otros, que no por gusto han tenido el aval de la presencia de los guías de la Revolución, empezando por Fidel Castro.
Esa proyección de la UNEAC difiere de cierta tendencia según la cual cada centro de trabajo o de estudio, cada institución, se limitaría a valorar sus respectivas áreas, y que puede estar animada por el deseo de que cada pedazo del país resuelva sus problemas internos. Pero por ese camino los centros y las instituciones se desentenderían de la realidad nacional, y terminarían desconociéndose a sí mismos. Felizmente, nada hasta ahora ha posibilitado el triunfo de tal tendencia, y es de esperar que se le mantenga a raya, sin renunciar a la superación interna de las distintas porciones administrativas o funcionales.
Habría que hacer consideraciones concretas sobre la voluntad de los miembros de la UNEAC de ir más allá de sus fronteras. Después de todo, en su mayoría integran, a la vez, otros centros e instituciones, ni siquiera solo de la llamada gremialmente cultura. El aludido desbordamiento de linderos lo han reforzado, o lo han hecho necesario, los déficits funcionales de instituciones responsabilizadas con un desempeño más abarcador y activo: díganse, para no mencionar más que dos de ellas, el sistema de organismos del Poder Popular —desde la base hasta la cúspide— y también, si es que no sobre todo, la prensa. Contra deficiencias de aquel y de esta se ha pronunciado reiteradamente la dirección del país, de manera señalada Fidel Castro y Raúl Castro, y se pronuncia asiduamente, con seria preocupación asimismo, la generalidad del pueblo.
En vez de lamentar el desbordamiento crítico protagonizado por la UNEAC —cuyas posibles fallas internas tampoco habrá que desconocer— se debería apreciar lo mucho que hay de positivo en él, y procurar que los organismos alcanzados por sus análisis se perfeccionen y cumplan cabalmente su papel. Todo eso es necesario para asegurar que el experimento cubano siga un buen camino, sin desviaciones que lo alejarían de la brújula afianzada en la justicia social. Sería ingenuo pensar, por ejemplo, que todas las críticas lanzadas contra el igualitarismo tienen la mejor orientación.
Es plausible que, gracias a cambios necesarios, felices, en la política migratoria del país, niños y niñas ajedrecistas puedan competir en el exterior. Pero si ello se afinca en que el equipo cubano no lo formen precisamente los mejores talentos, los que mejor juegan, sino que entre los más destacados se escogen los niños y las niñas cuyos familiares puedan pagarles el viaje —acaso sin que se sepa de dónde sale el dinero, y aunque se supiera y su origen fuese el más limpio del mundo—, no solo se arrincona el igualitarismo, sino que se le da un golpe demoledor a la justa equidad. El mensaje iría directamente, en primer lugar, a personas que, por su edad, están llamadas a reproducir lo que se les trasmita, lo que se les enseñe, y por una senda como la esbozada es obvio que tendríamos un funcionamiento social menos igualitario, pero ni remotamente más justo. Tal dinámica satisfaría, eso sí, a fanáticos y beneficiarios del pragmatismo economicista, orientación propia del capitalismo.
Muchos riesgos puede abonar el exceso de confianza, la ausencia de la percepción que debe fomentarse rigurosamente por igual contra epidemias biológicas —dígase el cólera, por ejemplo— y contra torceduras de índole social. No pueden dejarse las cosas a la inercia, a la confianza ciega en la buena voluntad de nadie, ni a la fatalidad, por muy buenos que se crea que pueden ser los resultados de esas actitudes. Insístase en que ya, además de saberse —y nunca debió ignorarse— que el socialismo es reversible, se conoce asimismo que su triunfo no es un acto inevitable, ni siquiera donde se crea que existen o pudieran crearse las mejores condiciones para que sea próspero y sustentable. Hay lúcidas reflexiones revolucionarias, socialistas —como la hecha recientemente por Darío Machado—, sobre qué deben significar para nosotros conceptos como prosperidad, avance y desarrollo. Y habrá que insistir seguramente en el significado de socialismo. No basta el comodín de decir que aún no se ha construido en parte alguna y no se sabe cómo se hace.
Todo eso se debe debatir, en la UNEAC y en todas partes, con el mayor orden posible, pero sin coyundas frustrantes. Se trata de buscar y encontrar un buen funcionamiento en la nación, en la sociedad, en el pueblo, que no es monolítico ni homogéneo, pero debe ser el beneficiario principal de cuanto se haga para bien de la patria. Esta se ha de entender como un pedazo de la humanidad, y además valorarse en sí misma, para beneficio de sus pobladores, pues ningún todo podrá marchar bien si no lo hacen sus componentes.
No se trata de complacer a nadie que, aunque siga viviendo de lo que pueda sacarle al capitalismo, condene cuanto Cuba haga en busca de bienestar para su pueblo, para no hundirse y pasar a ser, si acaso —porque los medios dominantes no facilitarían otra cosa—, un mero tema escarnecido en textos donde se hable de intentos frustrados de fundar un tipo de sociedad no capitalista. Conozco, en varios países, ejemplos de verdadera solidaridad con Cuba, compañeras y compañeros que sinceramente la apoyan, aunque objetivamente no tengan para sí más alternativa que seguir viviendo bajo el capitalismo, a veces con monarquías que ni siquiera tendrían que ser corruptas para ser repudiables: bastaría su condición de régimen arcaico incompatible con la democracia y asentado sobre bases cuya demolición ha costado mucha sangre a la humanidad como para que sobrevivan impunemente en espectáculos zarzueleros (dicho sea con perdón de las buenas zarzuelas).
Las críticas endiabladas contra Cuba, contra todo cuanto ella haga para subsistir en medio de un bloqueo que no cesa, de deficiencias internas y de penurias insufribles aun en medio de los grandes esfuerzos del Estado por mantener los mayores logros de la voluntad socialista, no vienen precisamente de esas personas solidarias. Vienen de algunas que se atrincheran en atalayas de sabiduría teoricista —no teórica, que es otra cosa— y certifican que en Cuba ningún cambio busca salvar la justicia social, sino conducirla al capitalismo. De ser esto cierto, el pueblo cubano tendría la misión histórica de impedirlo, y en ello podría contar, aunque no fuera más ni menos que en el plano moral, con el apoyo de personas honradas, cualesquiera que sean sus nacionalidades y plazas de residencia.
Difícilmente esos luchadores se encuentren entre quienes acudan a los seudónimos, aunque tuvieran —y a veces hasta de eso carecen— el talento necesario para conseguir que sus textos parezcan obras de distintos autores, y no de uno solo “multiplicado” en busca de que las críticas contra Cuba parezcan hechas por varias personas. De poco vale que se quieran disfrazar de obreros aguerridos como se disfraza de Caperucita Roja el lobo: la oreja peluda, los colmillos y las uñas se les ven por debajo del antifaz y de la vestimenta. No importa la pasión que simulen para reclamarles a cubanas y cubanos lo que cierta “Solidaridad de barro” refutada hace años en un textículo escrito y publicado en este país: “Hermano, resiste, por ti y por mí / las privaciones. / Yo volveré bien firme a la faena / de ingerir, por los dos, buenos jamones”.
Son los mismos que calumnian soezmente, que dicen y se desdicen, y, después de despotricar contra Cuba, de condenarla con magistral vehemencia usando como pretexto el restablecimiento de una pequeña propiedad privada que tal vez no debió haber suprimido nunca, se van a un bar para refrescarse a golpe de cerveza, y pagan con un dinero que por esa vía engrosa como norma las arcas de la propiedad privada, no las de una congregación justiciera. Ni Cuba ni ellos se hallan en un planeta regido por el más puro comunismo, sino en el mundo que es, dominado por una realidad contra la cual, hasta donde sabemos, nada concreto hacen los más feroces críticos de Cuba. ¿Hacen algo?
En el afán por despojar a Cuba de toda fuerza que le dé aliento, ponen ellos en duda que existan los jóvenes de vocación anticapitalista mencionados por algún científico social cubano. Invitado por el Movimiento Juvenil Martiano, que está adscrito a la Unión de Jóvenes Comunistas, frecuentemente participo en un plan de animación ideológica llamado Diálogo de Generaciones. Lo he hecho varias veces en La Habana, y —va para unas semanas, tomando para eso parte de mis vacaciones— en un recorrido por las cinco provincias orientales, una cada día, y con tres o cuatro encuentros en cada una de ellas.
No he recibido remuneración material alguna, ni he aspirado a ella. He tenido, sí, una remuneración mucho más importante: el gusto de ver la cifra y la calidad de personas que abogan por mantener el camino socialista e impedir el regreso del capitalismo, un retorno que no está en los planes del Estado y el Partido, y que el pueblo tiene el deber de impedir que llegue a estar en ellos, porque alguien logre colarlo en las líneas trazadas. Habrá otros componentes del pueblo, pero aquí se habla del fraguado en Baraguá y en el Partido Revolucionario Cubano; en la lucha contra un imperio presto ayer y hoy al zarpazo; en la gesta del 26 de Julio y su continuación en la Sierra Maestra. Ese pueblo ratificó su voluntad justiciera en vísperas de la agresión imperialista por Playa Girón y sus inmediaciones, y en la derrota infligida en menos de setenta y dos horas a los mercenarios invasores.
Ese pueblo existe. No hay que perder tiempo intentando convencer de ello a supercríticos y sabios empeñados en negarlo a toda costa. Los intelectuales que forman parte de ese pueblo no son dos ni tres; aunque también eso negarán aquellos sabios que se disfrazan de obreros puros, rojos hasta los tuétanos. Esos quieren que Cuba desparezca, y borrar a cuanta persona defienda el derecho de este país a tomar las medidas necesarias para no perecer. Si pereciera, lo menos grave sería que tales sabios saldrían a vociferar su “convicción” de que ninguna otra cosa es posible, y a festejar, refrescándose con cerveza, su triunfo como agentes de la sabiduría, y quién sabe si de otras formas de inteligencia.
Ellos arremeten contra todo el que —con limpia conciencia de lucha más que con los remilgos de andar creyéndose intelectual o artista: serlo es un hecho y no da ningún derecho especial— defienda la posibilidad de Cuba de mantenerse viva en su camino, y busque alumbrar opciones válidas para este empeño. Contra quienes así actúan es curioso que aquellos críticos concentren su rabia, expresada a veces de manera que da asco. No es un procedimiento nuevo: en él han coincidido la derecha más recalcitrante y lo que suele llamarse extrema izquierda, sin ser siquiera una izquierda cierta.
De ello ha habido antecedentes en el afán de dejar a Cuba sin raíces históricas: no han faltado maniobras para desprestigiar a héroes como Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara, e incluso para negar a José Martí, a quien ya apareció alguien que le rindiera, aunque involuntariamente, un homenaje reservado a grandes: ese alguien sostuvo que la obra martiana, de tan colosal que es, no puede haber sido escrita por una sola persona, sino por todo un equipo; y ya antes hubo quien mereciera ser puesto de vuelta y vuelta por haber intentado ridiculizar al héroe. Si contra gigantes se han lanzado fantoches que dan náusea, ¿qué puede quedar para el resto del mundo? Pero Cuba marcha —por ello, aunque la cita no venga del Quijote, hay perros que le ladran—, y tiene instituciones que corren la suerte del pueblo al cual pertenecen. Es justo que se les den sus vivas. Para los fantoches, aunque se disfracen de obreros con lengua aguerrida, aplíquese lo de César Vallejo: ¡Allá ellos!
Al oír la anécdota, alguien desde el fondo del salón pronunció el viva que da título a este artículo, y que expresó el reconocimiento de algo inocultable: durante décadas la UNEAC ha sido un espacio de discusión sobre problemas fundamentales del país, con las miras centradas en salvar no solo las conquistas del socialismo, sino el sistema justiciero que estas encarnan y sin él podrían venirse abajo, y el espíritu democrático, participativo, sin el cual no habrá socialismo que valga. Semejantes ímpetus se explican porque la vanguardia de la intelectualidad literaria, artística y de pensamiento de la nación está mayoritariamente identificada con el destino de su pueblo, del cual se sabe parte. Y si bien esa vanguardia no está solo en la UNEAC y sus foros, sobresale en una y en otros, que no por gusto han tenido el aval de la presencia de los guías de la Revolución, empezando por Fidel Castro.
Esa proyección de la UNEAC difiere de cierta tendencia según la cual cada centro de trabajo o de estudio, cada institución, se limitaría a valorar sus respectivas áreas, y que puede estar animada por el deseo de que cada pedazo del país resuelva sus problemas internos. Pero por ese camino los centros y las instituciones se desentenderían de la realidad nacional, y terminarían desconociéndose a sí mismos. Felizmente, nada hasta ahora ha posibilitado el triunfo de tal tendencia, y es de esperar que se le mantenga a raya, sin renunciar a la superación interna de las distintas porciones administrativas o funcionales.
Habría que hacer consideraciones concretas sobre la voluntad de los miembros de la UNEAC de ir más allá de sus fronteras. Después de todo, en su mayoría integran, a la vez, otros centros e instituciones, ni siquiera solo de la llamada gremialmente cultura. El aludido desbordamiento de linderos lo han reforzado, o lo han hecho necesario, los déficits funcionales de instituciones responsabilizadas con un desempeño más abarcador y activo: díganse, para no mencionar más que dos de ellas, el sistema de organismos del Poder Popular —desde la base hasta la cúspide— y también, si es que no sobre todo, la prensa. Contra deficiencias de aquel y de esta se ha pronunciado reiteradamente la dirección del país, de manera señalada Fidel Castro y Raúl Castro, y se pronuncia asiduamente, con seria preocupación asimismo, la generalidad del pueblo.
En vez de lamentar el desbordamiento crítico protagonizado por la UNEAC —cuyas posibles fallas internas tampoco habrá que desconocer— se debería apreciar lo mucho que hay de positivo en él, y procurar que los organismos alcanzados por sus análisis se perfeccionen y cumplan cabalmente su papel. Todo eso es necesario para asegurar que el experimento cubano siga un buen camino, sin desviaciones que lo alejarían de la brújula afianzada en la justicia social. Sería ingenuo pensar, por ejemplo, que todas las críticas lanzadas contra el igualitarismo tienen la mejor orientación.
Es plausible que, gracias a cambios necesarios, felices, en la política migratoria del país, niños y niñas ajedrecistas puedan competir en el exterior. Pero si ello se afinca en que el equipo cubano no lo formen precisamente los mejores talentos, los que mejor juegan, sino que entre los más destacados se escogen los niños y las niñas cuyos familiares puedan pagarles el viaje —acaso sin que se sepa de dónde sale el dinero, y aunque se supiera y su origen fuese el más limpio del mundo—, no solo se arrincona el igualitarismo, sino que se le da un golpe demoledor a la justa equidad. El mensaje iría directamente, en primer lugar, a personas que, por su edad, están llamadas a reproducir lo que se les trasmita, lo que se les enseñe, y por una senda como la esbozada es obvio que tendríamos un funcionamiento social menos igualitario, pero ni remotamente más justo. Tal dinámica satisfaría, eso sí, a fanáticos y beneficiarios del pragmatismo economicista, orientación propia del capitalismo.
Muchos riesgos puede abonar el exceso de confianza, la ausencia de la percepción que debe fomentarse rigurosamente por igual contra epidemias biológicas —dígase el cólera, por ejemplo— y contra torceduras de índole social. No pueden dejarse las cosas a la inercia, a la confianza ciega en la buena voluntad de nadie, ni a la fatalidad, por muy buenos que se crea que pueden ser los resultados de esas actitudes. Insístase en que ya, además de saberse —y nunca debió ignorarse— que el socialismo es reversible, se conoce asimismo que su triunfo no es un acto inevitable, ni siquiera donde se crea que existen o pudieran crearse las mejores condiciones para que sea próspero y sustentable. Hay lúcidas reflexiones revolucionarias, socialistas —como la hecha recientemente por Darío Machado—, sobre qué deben significar para nosotros conceptos como prosperidad, avance y desarrollo. Y habrá que insistir seguramente en el significado de socialismo. No basta el comodín de decir que aún no se ha construido en parte alguna y no se sabe cómo se hace.
Todo eso se debe debatir, en la UNEAC y en todas partes, con el mayor orden posible, pero sin coyundas frustrantes. Se trata de buscar y encontrar un buen funcionamiento en la nación, en la sociedad, en el pueblo, que no es monolítico ni homogéneo, pero debe ser el beneficiario principal de cuanto se haga para bien de la patria. Esta se ha de entender como un pedazo de la humanidad, y además valorarse en sí misma, para beneficio de sus pobladores, pues ningún todo podrá marchar bien si no lo hacen sus componentes.
No se trata de complacer a nadie que, aunque siga viviendo de lo que pueda sacarle al capitalismo, condene cuanto Cuba haga en busca de bienestar para su pueblo, para no hundirse y pasar a ser, si acaso —porque los medios dominantes no facilitarían otra cosa—, un mero tema escarnecido en textos donde se hable de intentos frustrados de fundar un tipo de sociedad no capitalista. Conozco, en varios países, ejemplos de verdadera solidaridad con Cuba, compañeras y compañeros que sinceramente la apoyan, aunque objetivamente no tengan para sí más alternativa que seguir viviendo bajo el capitalismo, a veces con monarquías que ni siquiera tendrían que ser corruptas para ser repudiables: bastaría su condición de régimen arcaico incompatible con la democracia y asentado sobre bases cuya demolición ha costado mucha sangre a la humanidad como para que sobrevivan impunemente en espectáculos zarzueleros (dicho sea con perdón de las buenas zarzuelas).
Las críticas endiabladas contra Cuba, contra todo cuanto ella haga para subsistir en medio de un bloqueo que no cesa, de deficiencias internas y de penurias insufribles aun en medio de los grandes esfuerzos del Estado por mantener los mayores logros de la voluntad socialista, no vienen precisamente de esas personas solidarias. Vienen de algunas que se atrincheran en atalayas de sabiduría teoricista —no teórica, que es otra cosa— y certifican que en Cuba ningún cambio busca salvar la justicia social, sino conducirla al capitalismo. De ser esto cierto, el pueblo cubano tendría la misión histórica de impedirlo, y en ello podría contar, aunque no fuera más ni menos que en el plano moral, con el apoyo de personas honradas, cualesquiera que sean sus nacionalidades y plazas de residencia.
Difícilmente esos luchadores se encuentren entre quienes acudan a los seudónimos, aunque tuvieran —y a veces hasta de eso carecen— el talento necesario para conseguir que sus textos parezcan obras de distintos autores, y no de uno solo “multiplicado” en busca de que las críticas contra Cuba parezcan hechas por varias personas. De poco vale que se quieran disfrazar de obreros aguerridos como se disfraza de Caperucita Roja el lobo: la oreja peluda, los colmillos y las uñas se les ven por debajo del antifaz y de la vestimenta. No importa la pasión que simulen para reclamarles a cubanas y cubanos lo que cierta “Solidaridad de barro” refutada hace años en un textículo escrito y publicado en este país: “Hermano, resiste, por ti y por mí / las privaciones. / Yo volveré bien firme a la faena / de ingerir, por los dos, buenos jamones”.
Son los mismos que calumnian soezmente, que dicen y se desdicen, y, después de despotricar contra Cuba, de condenarla con magistral vehemencia usando como pretexto el restablecimiento de una pequeña propiedad privada que tal vez no debió haber suprimido nunca, se van a un bar para refrescarse a golpe de cerveza, y pagan con un dinero que por esa vía engrosa como norma las arcas de la propiedad privada, no las de una congregación justiciera. Ni Cuba ni ellos se hallan en un planeta regido por el más puro comunismo, sino en el mundo que es, dominado por una realidad contra la cual, hasta donde sabemos, nada concreto hacen los más feroces críticos de Cuba. ¿Hacen algo?
En el afán por despojar a Cuba de toda fuerza que le dé aliento, ponen ellos en duda que existan los jóvenes de vocación anticapitalista mencionados por algún científico social cubano. Invitado por el Movimiento Juvenil Martiano, que está adscrito a la Unión de Jóvenes Comunistas, frecuentemente participo en un plan de animación ideológica llamado Diálogo de Generaciones. Lo he hecho varias veces en La Habana, y —va para unas semanas, tomando para eso parte de mis vacaciones— en un recorrido por las cinco provincias orientales, una cada día, y con tres o cuatro encuentros en cada una de ellas.
No he recibido remuneración material alguna, ni he aspirado a ella. He tenido, sí, una remuneración mucho más importante: el gusto de ver la cifra y la calidad de personas que abogan por mantener el camino socialista e impedir el regreso del capitalismo, un retorno que no está en los planes del Estado y el Partido, y que el pueblo tiene el deber de impedir que llegue a estar en ellos, porque alguien logre colarlo en las líneas trazadas. Habrá otros componentes del pueblo, pero aquí se habla del fraguado en Baraguá y en el Partido Revolucionario Cubano; en la lucha contra un imperio presto ayer y hoy al zarpazo; en la gesta del 26 de Julio y su continuación en la Sierra Maestra. Ese pueblo ratificó su voluntad justiciera en vísperas de la agresión imperialista por Playa Girón y sus inmediaciones, y en la derrota infligida en menos de setenta y dos horas a los mercenarios invasores.
Ese pueblo existe. No hay que perder tiempo intentando convencer de ello a supercríticos y sabios empeñados en negarlo a toda costa. Los intelectuales que forman parte de ese pueblo no son dos ni tres; aunque también eso negarán aquellos sabios que se disfrazan de obreros puros, rojos hasta los tuétanos. Esos quieren que Cuba desparezca, y borrar a cuanta persona defienda el derecho de este país a tomar las medidas necesarias para no perecer. Si pereciera, lo menos grave sería que tales sabios saldrían a vociferar su “convicción” de que ninguna otra cosa es posible, y a festejar, refrescándose con cerveza, su triunfo como agentes de la sabiduría, y quién sabe si de otras formas de inteligencia.
Ellos arremeten contra todo el que —con limpia conciencia de lucha más que con los remilgos de andar creyéndose intelectual o artista: serlo es un hecho y no da ningún derecho especial— defienda la posibilidad de Cuba de mantenerse viva en su camino, y busque alumbrar opciones válidas para este empeño. Contra quienes así actúan es curioso que aquellos críticos concentren su rabia, expresada a veces de manera que da asco. No es un procedimiento nuevo: en él han coincidido la derecha más recalcitrante y lo que suele llamarse extrema izquierda, sin ser siquiera una izquierda cierta.
De ello ha habido antecedentes en el afán de dejar a Cuba sin raíces históricas: no han faltado maniobras para desprestigiar a héroes como Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara, e incluso para negar a José Martí, a quien ya apareció alguien que le rindiera, aunque involuntariamente, un homenaje reservado a grandes: ese alguien sostuvo que la obra martiana, de tan colosal que es, no puede haber sido escrita por una sola persona, sino por todo un equipo; y ya antes hubo quien mereciera ser puesto de vuelta y vuelta por haber intentado ridiculizar al héroe. Si contra gigantes se han lanzado fantoches que dan náusea, ¿qué puede quedar para el resto del mundo? Pero Cuba marcha —por ello, aunque la cita no venga del Quijote, hay perros que le ladran—, y tiene instituciones que corren la suerte del pueblo al cual pertenecen. Es justo que se les den sus vivas. Para los fantoches, aunque se disfracen de obreros con lengua aguerrida, aplíquese lo de César Vallejo: ¡Allá ellos!
*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país. Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Publicado originalmente en Portal Cubarte
jueves, 11 de abril de 2013
Sobre ¿Un problema racial?: Nuevas opiniones se suman al debate
Cuba tiene la obligación moral de librar esta batalla: Mi contribución al debate
Por Zuleica Romay Guerra • La Habana, Cuba
El mundo cambió en Europa y Norteamérica, sacudido por manifestaciones estudiantiles, demandas obreras y reclamos de derechos civiles. Se volvió menos gobernable con montañas sudamericanas tomadas por guerrillas y colonias africanas empeñadas en ser países. En esa ebullición de fuerzas desatadas, el movimiento afrodescendiente americano intentó articularse, inspirado por el pensamiento, los métodos de lucha y el discurso contestatario de un nuevo liderazgo tercermundista.
Mas las batallas antisistémicas de organizaciones y movimientos sociales encabezadospor descendientes de africanos durante los años sesenta del pasado siglo fueron objeto, en la década siguiente, de una operación contrainsurgente, ejecutadapor el capital transnacional. Veinte años después se reavivaron los rescoldos, mientras alguien –con razón apresurada y mucho eco mediático– pronosticaba el fin de la historia. De la historia toda, no de aquella que escribieron los dominadores de siempre, dando por sentada nuestra minusvalía cultural.
La Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe (ARAAC), es resultado de ese proceso de refundación política y de los años de lucha que lo antecedieron.En los umbrales del tercer milenio era otro el escenario. Debilitado el liderazgo de la miope y siempre dividida izquierda teorizante; diluido el socialismo europeo en sus contradicciones y espejismos; comprobada la falacia desarrollista de las recetas neoliberales; espantado el mundo ante los efectos devastadores de nuevas guerras de rapiña, la rebeldía entretejió sus redes para crear alianzas, construir consensos, reinventar formas de comunicación y fundar un nuevo tipo de sensibilidad transnacional, que articula representaciones, símbolos, objetivos, discursos, y nos hace compartir un mismo sueño.
La Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe (ARAAC), es resultado de ese proceso de refundación política y de los años de lucha que lo antecedieron. La incorporación de la mayor de las Antillas a ARAAC y la constitución del Capítulo cubano, en septiembre de 2012, coincidieron con el encuentro en La Habana de casi una treintena de líderes y activistas sociales por la equidad racial de Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Puerto Rico, República Dominicanay Venezuela, y afianzaron nuestro compromiso de estimular la participación ciudadana en la lucha contra todo tipo de discriminación.
La reunión de La Habana respondió a una solicitud de varios líderes de ARAAC, persuadidos de que ningún país ha llegado tan lejos como Cuba en la materialización de los ideales de justicia social y equidad racial. Ninguno ha aportado el sudor y la sangre de cientos de miles de sus hijos para contribuir a la emancipación de África, un continente del que toda la humanidad será siempre deudora. Vinieron a acá porque Cuba tiene la obligación moral –obligación que dimana de su ejemplo– de librar esta batalla hasta el final.
Trascendido el idealismo ciego y el silencio vergonzoso, comenzamos a dejar atrás el sentimiento de culpa ante la persistencia del problema. Comprendemos mejor que la pelea cubana contra los demonios del racismo es mucho más larga, complicada y difícil de lo que creyeron nuestros padres, cuando el entusiasmo por los grandes progresos sociales de los primeros años de la Revolución, les hizo subestimar la magnitud del reto: desracializar las relaciones sociales hasta que el color de la piel pierda la significación social que hoy tiene en nuestros países, donde el cepo y el grillete fueron sustituidos por los grillos mentales de la colonialidad.
...desracializar las relaciones sociales hasta que el color de la piel pierda la significación social que hoy tiene en nuestros países, donde el cepo y el grillete fueron sustituidos por los grillos mentales de la colonialidad.
Por estos días retomamos el examen de problemas que han sido expuestos y argumentados por intelectuales y artistas de nuestro país. Parte de los ricos intercambios que hoy tienen lugar en la sociedad cubana se deben al compromiso y capacidad de argumentación de una vanguardia intelectual formada por la Revolución. Bisnietos de africanos y criollos esclavizados, nietos de hombres y mujeres sin renta ni futuro, hijos de obreros y campesinos al fin cultos y libres, contribuimos en la medida de nuestras facultades a estimular la capacidad transformadora del debate social. Y hemos de hacerlo con responsabilidad, transparencia y compromiso con una obra tan imperfecta como la naturaleza humana que la ha creado, pero capaz de defenderse por sí misma en el difícil y digno quehacer de cada día.
Durante esta semana he participado en ejemplares intercambios entre los miembros de ARAC. Ejemplares por su descarnada y afectuosa sinceridad, por la profundidad y madurez de muchos de los planteamientos, por la gallardía al realizar críticas y señalar ingenuidades, por la persistente vocación de trabajar unidos y poner freno a egocentrismos y vanidades, por la forma respetuosa de analizar nuestras diferencias de criterios en cuanto a las tácticas, y por la coincidencia de opiniones sobre nuestros objetivos estratégicos.
El documento contentivo de la posición de ARAC ante las polémicas del momento es resultado de un ejercicio inherente a la voluntad de hacer Revolución. Nuestras discusiones no necesitan moderadores prejuiciados, relatores amarillistas ni escépticos profetas.ARAC es un proyecto revolucionario, defendido por personas conscientes de que el capitalismo no tiene nada que ofrecer a los negros y mestizos de este país. Muy cerca de nosotros, en la nación más rica del mundo, muchísima gente como yo son irremediablemente pobres; no tienen periódicos ni gobierno que defiendan sus intereses, aunque hayan elegido a un hombre negro para ocupar un trono.
Lo que puede dividirnos, cubanos todos en nuestros matices y colores, es no dirimir nuestras diferencias de opinión confrontando argumentos.Confieso que no le temo a los disensos. Lo que puede dividirnos, cubanos todos en nuestros matices y colores, es no dirimir nuestras diferencias de opinión confrontando argumentos. Es asumir que la quiebra de la unanimidad conduce a algún tipo de fractura institucional. Mi seguridad descansa en el conocimiento que tengo de mi país y sus posibilidades, en la certeza de que en 2020 el gobierno de Cuba no estará formado por politicastros ni empresarios capitalistas. Mi seguridad se reafirma con la solidaridad y la confianza de los líderes de ARAAC en diferentes países de Nuestra América, quienes son conscientes de la manipulación mediática y la denuncia hipócrita.
El debate asombra –y el disenso regocija– a quienes de tanto pregonar nuestros presuntos miedos, han terminado por creer en sus mentiras. Así, se desata el sensacionalismo alrededor de un tema que no solo está en las redes y en la calle, sino que ha llegado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y ha adquirido densidad política en los objetivos de trabajo del Partido Comunista de Cuba y en el discurso del presidente Raúl Castro. Creo que hemos avanzado lo suficiente, y con el consenso necesario, para que el proceso no tenga vuelta atrás. Ampliaremos cada vez más el consenso sobre lo que debe hacerse, cuándo hacerlo, con qué medios y a qué velocidad. ARAC surgió precisamente para contribuir a ello.
Zuleica Romay Guerra: Investigadora y escritora cubana. Premio Extraordinario de Estudios sobre la presencia negra en las Américas y el Caribe contemporáneos, en la edición 53 del Premio Casa de las Américas 2012, con su investigación Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad.
Este y los vínculos siguientes son tomados de La Jiribilla:
Derivas con (por, y desde) Zurbano: Dolor, alegría y resistencia
Víctor Fowler • La Habana, Cuba
La Jiribilla pone a disposición de sus lectores el artículo enviado por nuestro colaborador, el poeta y ensayista Víctor Fowler, a propósito de los enfoques sobre el tratamiento del tema racial que por estos días se pueden leer en nuestro sitio. Como el propio Fowler afirma, este es el espacio “natural de aparición” de un texto que pretende integrarse al debate como parte de la política editorial de la revista: colocar la opinión de los intelectuales y artistas en torno a temas de nuestra cultura, en el universo de sitios web de información sobre Cuba.
http://www.lajiribilla.cu/articulo/4278/dolor-alegria-resistencia
Roberto Zurbano acusa al NYT de "manipulaciones y violaciones éticas"
Andrea Rodríguez, The Associated Press • La Habana, Cuba
LA HABANA -- El importante funcionario cultural cubano anunció el viernes que fue degradado, casi dos semanas después de que publicó un artículo de opinión en el diario The New York Times, en el cual criticó el "racismo flagrante" en la isla.
http://www.lajiribilla.cu/articulo/4251/roberto-zurbano-acusa-al-nyt-de-manipulaciones-y-violaciones-eticas
Cuba, EE.UU. y el mundo de los contratos
Fernando Martínez Heredia • La Habana, Cuba
No diré nada acerca del racismo y las cuestiones de raza. He escrito un buen número de textos y hablado numerosas veces acerca de esos temas, y lo seguiré haciendo. No lo haré ahora, porque a mi juicio se trata de otra cuestión, una cuestión fundamental para la sociedad cubana.http://www.lajiribilla.cu/articulo/4254/cuba-eeuu-y-el-mundo-de-los-contratos
El imperialismo de EE.UU. es el enemigo histórico y el enemigo actual de la existencia de una nación independiente en Cuba y de todo proceso de liberación y de vida digna del pueblo cubano. Nunca le fue posible a Cuba tener en EE.UU. un buen vecino.
jueves, 4 de abril de 2013
¿Un problema racial?: Opiniones diversas sobre un mismo tema
A
propósito de un controversial y -en nuestra modesta impresión-
extemporáneo artículo del escritor Roberto Zurbano, algunos
intelectuales cubanos han publicado sus opiniones al respecto. A la de
Guillermo Rodríguez Rivera, primera que nos acercó al tema, a partir de
su lectura en el Blog Segunda Cita, agregamos algunos vinculos a un
Dossier que publicara La Jiribilla y también, descargable en pdf , el
texto que nos enviara el Doctor Orlando Cruz, Investigador Auxiliar del
Instituto de Filosofía analizando el artículo de marras:
Una opinión
Por Guillermo Rodríguez Rivera
Lo primero que llamó mi atención fue que Diario de Cuba –que es una publicación declaradamente opositora a la Revolución Cubana–, acogiera in extenso, las opiniones de un ensayista cubano que vive en la Isla y que, sin duda, se ubica en el ámbito de la que ellos (los del Diario) llaman “oficialidad” cubana, como estima la publicación a todo el que trabaje en cualquier entidad estatal del país: ahora mismo, el 75% de la población laboral de la nación.
Roberto Zurbano, el ensayista al que aludo, porque son sus declaraciones las que recoge la publicación de nombre cubano, radicación madrileña y aires miamenses, es director del Fondo Editorial de Casa de las Américas y, como puntualiza el Diario, “vicepresidente de la Asociación de Escritores de la oficialista UNEAC”. [*Ver nota de esta Institución]
Me pareció escandaloso que un negro cubano y revolucionario afirmara de modo terminante que “para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado”. Es perfectamente lógico que semejante declaración le sirva a Diario de Cuba para colocarla como cintillo de la información que resume las opiniones de Roberto Zurbano, y que el escritor cubano diera originalmente a The New York Times.
Como Zurbano, además de ser cubano es negro y revolucionario, considero que hay ciertas apreciaciones conceptuales que lo han conducido a unas conclusiones superficiales en torno a los complejos problemas que aborda. Me parece necesario aclararlas.
El primer asunto que quiero tratar es la confusión que existe en las opiniones del ensayista al abordar conceptos como racismo y discriminación racial. En el caso que nos ocupa, el racismo anti-negro es la idea de la inferioridad de la raza negra. Se trata de la raza que fue esclavizada por casi cuatro siglos y, después, ha sufrido las consecuencias de esos siglos de opresión.
Tan temprano como en marzo de 1959, Fidel Castro advertía las complejidades y dificultades del problema. Decía ese mes, en un discurso, que el de la discriminación racial es uno de los problemas más complejos y más difíciles de los que la Revolución tiene que abordar… Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás la más difícil de todas las injusticias de las que han existido en nuestro medio ambiente… Hay problemas de orden mental que para una revolución constituyen valladares tan difíciles como los que pueden constituir los más poderosos intereses creados [1].
Cuando Fidel está refiriéndose a asuntos “de orden mental”, está subrayando que el racismo solo puede ser parcialmente resuelto por las leyes y resoluciones que pudiera dictar el gobierno de la Revolución y advierte que el prejuicio racial no está únicamente en los económicamente poderosos, en los enemigos de la Revolución, sino en gente que no tiene latifundios, ni tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios en su cabeza [2].
Son los siglos de esclavitud y los prejuicios que generó esa forzada interiorización del negro, los que conforman la perspectiva racista y desembocan en la praxis que es la discriminación racial.
El instrumento legal contra la discriminación racial se desplegó a fondo en el marco de la Revolución Cubana, del mismo modo que se puso en juego un amplio dispositivo ideológico contra el racismo que, de hecho, transformaron en vergonzantes las manifestaciones de discriminación que podían aparecer. La Revolución Cubana desarrolló un estado de opinión mayoritaria entre los cubanos, que obligaba a aquel que la sentía, a enmascarar cualquier manifestación de racismo.
La Revolución Cubana no solo inició la lucha contra el racismo y la discriminación sino que puede decirse que nunca esa lucha había sido tan a fondo como en ese momento de nuestra historia.
En otro artículo, Zurbano manifestaba que el racismo solo podía manifestarlo quien ejercía el poder. En verdad, quien no ejerce el poder también puede ser racista, pero tendrá dificultades mucho mayores para que su racismo desemboque en la práctica que es la discriminación.
Pero el único poder en un estado no es el central, ese que dicta layes, decretos y resoluciones. Mucho más abajo un director, un administrador, un jefe de personal, ejercen un poder efectivo que puede pasar y a veces pasa por encima de los criterios de ese poder central, claro que sin hacerlo explícito. Finalmente, puede ejercerse incluso la discriminación privada, la que dispone la sola persona en el ámbito que domina.
Pero la apertura de los puestos de trabajo, de los medios de comunicación, de los centros y las oportunidades de estudio a los cubanos de todos los colores, es algo que no puede ignorarse, porque resulta una falsedad cuando se hace. Zurbano, que nació y creció en tiempos de revolución, debía indagar –si es que no lo conoce– el asunto con sus mayores, antes de formular ante la prensa norteamericana una opinión que acaso la complazca, pero que desacredita sin ningún fundamento real a la Revolución Cubana.
Los procesos radicales de la historia cubana han generado en diversos momentos la esperanza del fin de la discriminación racial. Es lo que creyó uno de los más importantes líderes negros cubanos, Juan Gualberto Gómez, quien supuso que la proclamación de la independencia cubana tras el fin de la esclavitud, solucionaría el problema de la subordinación de negros y mulatos cubanos en una sociedad que los había discriminado.
Pero la república surgida en 1902, tras cuatro años de intervención norteamericana y la imposición de la Enmienda Platt, ya no era la proyectada república “con todos y para el bien de todos” proclamada por Martí y apoyada por Antonio Maceo.
Cuando triunfa la Revolución en 1959 y se proclama socialista en 1961, el mulato comunista Nicolás Guillén acaso tuvo las mismas esperanzas que Juan Gualberto medio siglo atrás. Guillén sabía que la igualdad de derechos de las razas no podía darse en medio de la opresiva sociedad de clases, en las que negros y mulatos arrastraban la desventaja de más de trescientos años de esclavitud. Pero eso había terminado. Cuando Guillén publica Tengo, su primer libro ya en la Revolución, escribe:
Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
La conclusión del texto era plenamente optimista:
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.
Nicolás Guillén, comunista, creo que sí pensaba, porque era obvio, que la Revolución había comenzado para los negros cubanos. Acaso creyó también que ya todo se había conseguido y ahí sí se equivocaba.
Casi treinta años después se produce el derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista europeo. Cuba pierde el suministro de la energía que la mantenía viva y el 85 % de su comercio. Para no rendirse ante la contrarrevolución, el país tiene que hacer transformaciones que, en efecto, implicaron enormes sacrificios para la inmensa mayoría de los cubanos, blancos y negros. Los que lo vivimos, no olvidamos aquel agosto de 1993, cuando la ciudad de La Habana se apagaba y encendía alternadamente cada 8 horas. Hubo que sacrificar brutalmente el consumo de la población justamente para obtener los recursos a fin de que esa misma población subsistiera, para mantener actuantes los sistemas de salud y educación, y los demás servicios vitales.
Zurbano hace un arbitrario sesgo de la población que, automáticamente dice que fue escindida en dos porciones absoluta y claramente delimitadas:
La primera es la de los cubanos blancos, que han movilizado sus recursos para entrar en una nueva economía impulsada por el mercado y cosechar los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La otra es la de la pluralidad de los negros, que es testigo de la muerte de la utopía socialista
La “utopía” socialista la vimos morir blancos, indios, mulatos, negros, zambos y “jabaos” de todas las categorías. Nos pasó a médicos, albañiles, arquitectos, obreros, maestros, deportistas, profesores, peones agrícolas, ingenieros.
Los que pudieran emerger como beneficiarios de esa anormal situación no son en manera alguna “los blancos”, presentados como una compacta, solvente y masiva unidad, sino la exigua minoría de gerentes y sus colaboradores y acólitos, que no representaría ni el 0,1% de la población del país, integrada por blancos, negros y mulatos. Otra parte de la población, también minoritaria aunque creciente, empezó a buscar lenta pero indeteniblemente, la forma de ir accediendo, en los avatares de las necesidades cotidianas, a esos mínimos beneficios que empezaban a deslizarse hacia un reducido sector de sus conciudadanos.
Zurbano acepta en sus declaraciones –que reproduce también la opositora Martí Noticias– la engañosa idea de convertir en dólares, de acuerdo con la tasa de cambio cubana, los salarios de los trabajadores, pero esa conversión no puede tener en cuenta el reducidísimo costo de la vivienda en Cuba, y los servicios gratuitos de salud y educación que hacen que los 20 dólares que aparentemente gana un trabajador, le permitan vivir. El salario entra forzosamente en relación con los gastos que deben asumirse: en otros sitios, con ese salario, el mismo trabajador sería un limosnero.
Creo que Roberto Zurbano necesita conocer mejor la conformación y las peculiaridades de la población cubana, para entender mejor las de su zona negra, que es la que parece importarle. Y yo empezaría por decir que ese es un problema cambiante, en la realidad y en la misma percepión del fenómeno.
En los primeros años del pasado siglo, la norteamericana Irene Wright trataba así el tema racial en Cuba:
Los nativos [los cubanos] son negroides. Algunos “pasan por blancos”, como expresa la ilustrada expresión coloquial. Algunos son, posiblemente, blancos; sin embargo, pocos se preocuparían de someter su linaje a un escrutinio a fin de probarlo. Sólo los [norte]americanos piensan cosas inferiores sobre el cubano, porque si él no es de color, es al menos matizado [3].
Es curioso que esta “cubanóloga” de la época, estadounidense, catalogue como “negroides” a los cubanos, y es obvio que la Wright no está aludiendo esencialmente al color de la piel de los habitantes de la Isla. Lo precisa inmediatamente después. Cuando se refiere a los cubanos de piel blanca, aquellos en que no existen los rasgos físicos de la raza negra, aclara:
“la sangre negra está allí […] en una cierta voluptuosidad de la figura y, obviamente, en la alegre visión de la vida en general” [4].
Mujer de una nación en la que la cultura del blanco sojuzgó las de los negros; en la que el negro fue también esclavizado pero, además, aculturado, despojado de sus tambores, sus cantos y sus creencias, está comprobando con inquietud la esencial mulatez espiritual del cubano: cómo esas culturas negras han actuado sobre el cubano blanco para comunicarle esa “alegre visión de la vida” que ella entiende casi como una propiedad de la sangre negra.
Desde una perspectiva ideológica colocada en las antípodas de las de la Wright, Nicolás Guillén rechazaba la pertinencia del término “afrocubano” para calificar la poesía que escribe.
A partir del criterio de Fernando Ortiz que califica nuestra cultura de “blanquinegra”, Guillén sostiene que lo cubano ya tiene en lo africano uno de sus componentes, que va unida en él a la impronta española. Guillén, que aludió a los dos abuelos que eran los ancestros del cubano, reclamaba para su poesía el calificativo de “mulata”, `porque pensaba que mulata era también Cuba. No hay que decir afrocubano, porque lo cubano implica, incluye lo africano.
Para Zurbano, como ocurre en la cultura norteamericana, lo no puramente blanco es negro. Pero llamar negro a un mulato únicamente apresa una porción de su identidad. Zurbano reclama lo que llama un “conteo preciso de los afrocubanos”, pero esa precisión quedaría vulnerada al “contar” como negros a los mulatos, en los que la ascendencia española coexiste con la africana. Creo que despojar de la impronta española al puro (si es que existiera esa pureza) negro cubano, es también desconocer su identidad [5]. De alguna manera el “ajiaco” al que alude Fernando Ortiz; el “todo mezclado” que proclama Nicolás Guillén, devienen auténticas imágenes de la cubanidad.
La Revolución Cubana se ha defendido sabiamente de aquello que ha querido destruir la unidad del pueblo. Esa unidad garantizó su invulnerabilidad en los días de las agresiones militares de las décadas de los sesenta y setenta. Acaso la preservación de la seguridad del país hizo que el abordaje del tema racial fuera considerado lesivo para el mantenimiento de la unidad de los cubanos.
Tiene razón Zurbano cuando afirma que es la crisis económica que vive el país en los años noventa la que pone de relieve el tema del racismo, cuando es el propio Fidel Castro quien lo aborda en uno de los congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Zurbano opina que, cuando Raúl Castro abandone la presidencia en el año 2018, no puede esperarse que los cubanos elijamos un presidente negro, por lo que él llama “la insuficiente conciencia racial” que existe en Cuba.
Pero Cuba ya tuvo un presidente no blanco: fue el general Fulgencio Batista y Zaldívar aunque, de acuerdo a los parámetros de Zurbano, habría que clasificarlo como negro.
Estados Unidos, que ha visto surgir en su seno una burguesía negra, eligió en 2008 su primer presidente negro. Barack Obama pertenece a la misma clase política burguesa que los republicanos Colin Powell y Condoleeza Rice y como ellos, así sea con matices, es un defensor de la política imperial que también defendieron los presidentes blancos, porque la burguesía no tiene raza sino intereses e ideología.
Quiera Dios, o Elegguá, que abre los caminos, que cuando los cubanos tengamos que elegir un presidente en 2018, no pensemos en el color de su piel, sea esta del color que sea, sino en el hombre que está cubriéndose con ella y, sobre todo, en lo que ese hombre tenga en la cabeza.
[1] Cf. Pérez, Wilder: “Raza y desigualdad en Cuba actual: boceto de un tema adolescente”, en Caminos, La Habana. No. 58, 2010, p. 94
[2] Idem.
[3] Wright, Irene: Cuba, MacMillan, Nre York, 1919., pp- 83-88.
[4] Idem.
[5] La médico y genetista Beatriz Matcheco ha realizado recientemente un estudio en cubanos de todos los colores de piel y absolutamente todos llevan en su sangre, genes europeros y africanos.
Tomado del Blog Segunda Cita
Vea, a propósito del texto en cuestión, los links que recoje el Dossier que publicara la Jiribilla
Nunca como hoy se han debatido tanto en Cuba los temas del racismo de modo tan recurrente. Acuciosos investigadores, activistas, miembros de organizaciones sociales y dirigentes políticos han conformado grupos de trabajo, realizado eventos, publicado libros y promovido conmemoraciones tan trascendentales como el bicentenario de la conspiración de José Antonio Aponte y el centenario de la masacre de los Independientes de Color.
No negamos que el tema de la racialidad, de los prejuicios, de las pretericiones por el color de la piel es asignatura aún pendiente. Estoy consciente y sé que no vivo en una sociedad perfecta.
El hombre piensa como vive, y Zurbano es un hombre nacido con la Revolución o algunos años antes, lo que no le permitió conocer la otra Cuba.
Entrevista con la Dra. Graziella Pogolotti, crítica de arte, prestigiosa ensayista y destacada intelectual cubana, promotora de las Artes Plásticas Cubanas. Graziella es también la presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura, vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y miembro de la Academia Cubana de la Lengua.
Bajo un título carente de rigor histórico y objetividad, Roberto Zurbano trata de caracterizar la situación de los negros en la Cuba de hoy. Como evaluador crítico del tema que soy, podemos compartir algunas de sus aseveraciones, pero no en términos tan absolutos y mucho menos, con la carencia de objetividad con que estas se formulan. Tampoco las conclusiones a que el autor arriba.
Tengo en mis manos el artículo de opinión de Roberto Zurbano Torres, publicado en The New York Times el pasado 23 de marzo, que reza textualmente en su presentación: “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn´t Begun” (Para los negros cubanos, la Revolución no ha comenzado). Y da una serie de argumentos, sus argumentos, que pueden ser ampliamente analizados.
En un artículo publicado recientemente por el diario estadounidense The New York Times se lee: “Para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado”, afirmación que le atribuye al escritor cubano Roberto Zurbano. Cinco imprescindibles aclaraciones...
Este mensaje fue enviado por el profesor y politólogo August Nimtz al editor del The New York Times, en respuesta al artículo “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t Begun”, de Roberto Zurbano, publicado el pasado 24 de marzo.
Leo, con estupor, a Roberto Zurbano en The New Yok Times. Y no por lo que dice, que ni es mucho ni es nuevo, y ni siquiera por lo que no dice, sino por lo que debiera haber dicho y no quiso o no se le ocurrió. Otra oportunidad perdida, otro más que muerde el polvo.
“Nuestro país no puede estar al margen del debate contra el racismo, la discriminación étnica y la xenofobia” / Heriberto Feraudy
| Fotomonaje sobre fotos de Roberto Chile y Cubadebate |
Por Guillermo Rodríguez Rivera
Lo primero que llamó mi atención fue que Diario de Cuba –que es una publicación declaradamente opositora a la Revolución Cubana–, acogiera in extenso, las opiniones de un ensayista cubano que vive en la Isla y que, sin duda, se ubica en el ámbito de la que ellos (los del Diario) llaman “oficialidad” cubana, como estima la publicación a todo el que trabaje en cualquier entidad estatal del país: ahora mismo, el 75% de la población laboral de la nación.
Roberto Zurbano, el ensayista al que aludo, porque son sus declaraciones las que recoge la publicación de nombre cubano, radicación madrileña y aires miamenses, es director del Fondo Editorial de Casa de las Américas y, como puntualiza el Diario, “vicepresidente de la Asociación de Escritores de la oficialista UNEAC”. [*Ver nota de esta Institución]
Me pareció escandaloso que un negro cubano y revolucionario afirmara de modo terminante que “para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado”. Es perfectamente lógico que semejante declaración le sirva a Diario de Cuba para colocarla como cintillo de la información que resume las opiniones de Roberto Zurbano, y que el escritor cubano diera originalmente a The New York Times.
Como Zurbano, además de ser cubano es negro y revolucionario, considero que hay ciertas apreciaciones conceptuales que lo han conducido a unas conclusiones superficiales en torno a los complejos problemas que aborda. Me parece necesario aclararlas.
El primer asunto que quiero tratar es la confusión que existe en las opiniones del ensayista al abordar conceptos como racismo y discriminación racial. En el caso que nos ocupa, el racismo anti-negro es la idea de la inferioridad de la raza negra. Se trata de la raza que fue esclavizada por casi cuatro siglos y, después, ha sufrido las consecuencias de esos siglos de opresión.
Tan temprano como en marzo de 1959, Fidel Castro advertía las complejidades y dificultades del problema. Decía ese mes, en un discurso, que el de la discriminación racial es uno de los problemas más complejos y más difíciles de los que la Revolución tiene que abordar… Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás la más difícil de todas las injusticias de las que han existido en nuestro medio ambiente… Hay problemas de orden mental que para una revolución constituyen valladares tan difíciles como los que pueden constituir los más poderosos intereses creados [1].
Cuando Fidel está refiriéndose a asuntos “de orden mental”, está subrayando que el racismo solo puede ser parcialmente resuelto por las leyes y resoluciones que pudiera dictar el gobierno de la Revolución y advierte que el prejuicio racial no está únicamente en los económicamente poderosos, en los enemigos de la Revolución, sino en gente que no tiene latifundios, ni tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios en su cabeza [2].
Son los siglos de esclavitud y los prejuicios que generó esa forzada interiorización del negro, los que conforman la perspectiva racista y desembocan en la praxis que es la discriminación racial.
El instrumento legal contra la discriminación racial se desplegó a fondo en el marco de la Revolución Cubana, del mismo modo que se puso en juego un amplio dispositivo ideológico contra el racismo que, de hecho, transformaron en vergonzantes las manifestaciones de discriminación que podían aparecer. La Revolución Cubana desarrolló un estado de opinión mayoritaria entre los cubanos, que obligaba a aquel que la sentía, a enmascarar cualquier manifestación de racismo.
La Revolución Cubana no solo inició la lucha contra el racismo y la discriminación sino que puede decirse que nunca esa lucha había sido tan a fondo como en ese momento de nuestra historia.
En otro artículo, Zurbano manifestaba que el racismo solo podía manifestarlo quien ejercía el poder. En verdad, quien no ejerce el poder también puede ser racista, pero tendrá dificultades mucho mayores para que su racismo desemboque en la práctica que es la discriminación.
Pero el único poder en un estado no es el central, ese que dicta layes, decretos y resoluciones. Mucho más abajo un director, un administrador, un jefe de personal, ejercen un poder efectivo que puede pasar y a veces pasa por encima de los criterios de ese poder central, claro que sin hacerlo explícito. Finalmente, puede ejercerse incluso la discriminación privada, la que dispone la sola persona en el ámbito que domina.
Pero la apertura de los puestos de trabajo, de los medios de comunicación, de los centros y las oportunidades de estudio a los cubanos de todos los colores, es algo que no puede ignorarse, porque resulta una falsedad cuando se hace. Zurbano, que nació y creció en tiempos de revolución, debía indagar –si es que no lo conoce– el asunto con sus mayores, antes de formular ante la prensa norteamericana una opinión que acaso la complazca, pero que desacredita sin ningún fundamento real a la Revolución Cubana.
Los procesos radicales de la historia cubana han generado en diversos momentos la esperanza del fin de la discriminación racial. Es lo que creyó uno de los más importantes líderes negros cubanos, Juan Gualberto Gómez, quien supuso que la proclamación de la independencia cubana tras el fin de la esclavitud, solucionaría el problema de la subordinación de negros y mulatos cubanos en una sociedad que los había discriminado.
Pero la república surgida en 1902, tras cuatro años de intervención norteamericana y la imposición de la Enmienda Platt, ya no era la proyectada república “con todos y para el bien de todos” proclamada por Martí y apoyada por Antonio Maceo.
Cuando triunfa la Revolución en 1959 y se proclama socialista en 1961, el mulato comunista Nicolás Guillén acaso tuvo las mismas esperanzas que Juan Gualberto medio siglo atrás. Guillén sabía que la igualdad de derechos de las razas no podía darse en medio de la opresiva sociedad de clases, en las que negros y mulatos arrastraban la desventaja de más de trescientos años de esclavitud. Pero eso había terminado. Cuando Guillén publica Tengo, su primer libro ya en la Revolución, escribe:
Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
La conclusión del texto era plenamente optimista:
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.
Nicolás Guillén, comunista, creo que sí pensaba, porque era obvio, que la Revolución había comenzado para los negros cubanos. Acaso creyó también que ya todo se había conseguido y ahí sí se equivocaba.
Casi treinta años después se produce el derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista europeo. Cuba pierde el suministro de la energía que la mantenía viva y el 85 % de su comercio. Para no rendirse ante la contrarrevolución, el país tiene que hacer transformaciones que, en efecto, implicaron enormes sacrificios para la inmensa mayoría de los cubanos, blancos y negros. Los que lo vivimos, no olvidamos aquel agosto de 1993, cuando la ciudad de La Habana se apagaba y encendía alternadamente cada 8 horas. Hubo que sacrificar brutalmente el consumo de la población justamente para obtener los recursos a fin de que esa misma población subsistiera, para mantener actuantes los sistemas de salud y educación, y los demás servicios vitales.
Zurbano hace un arbitrario sesgo de la población que, automáticamente dice que fue escindida en dos porciones absoluta y claramente delimitadas:
La primera es la de los cubanos blancos, que han movilizado sus recursos para entrar en una nueva economía impulsada por el mercado y cosechar los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La otra es la de la pluralidad de los negros, que es testigo de la muerte de la utopía socialista
La “utopía” socialista la vimos morir blancos, indios, mulatos, negros, zambos y “jabaos” de todas las categorías. Nos pasó a médicos, albañiles, arquitectos, obreros, maestros, deportistas, profesores, peones agrícolas, ingenieros.
Los que pudieran emerger como beneficiarios de esa anormal situación no son en manera alguna “los blancos”, presentados como una compacta, solvente y masiva unidad, sino la exigua minoría de gerentes y sus colaboradores y acólitos, que no representaría ni el 0,1% de la población del país, integrada por blancos, negros y mulatos. Otra parte de la población, también minoritaria aunque creciente, empezó a buscar lenta pero indeteniblemente, la forma de ir accediendo, en los avatares de las necesidades cotidianas, a esos mínimos beneficios que empezaban a deslizarse hacia un reducido sector de sus conciudadanos.
Zurbano acepta en sus declaraciones –que reproduce también la opositora Martí Noticias– la engañosa idea de convertir en dólares, de acuerdo con la tasa de cambio cubana, los salarios de los trabajadores, pero esa conversión no puede tener en cuenta el reducidísimo costo de la vivienda en Cuba, y los servicios gratuitos de salud y educación que hacen que los 20 dólares que aparentemente gana un trabajador, le permitan vivir. El salario entra forzosamente en relación con los gastos que deben asumirse: en otros sitios, con ese salario, el mismo trabajador sería un limosnero.
Creo que Roberto Zurbano necesita conocer mejor la conformación y las peculiaridades de la población cubana, para entender mejor las de su zona negra, que es la que parece importarle. Y yo empezaría por decir que ese es un problema cambiante, en la realidad y en la misma percepión del fenómeno.
En los primeros años del pasado siglo, la norteamericana Irene Wright trataba así el tema racial en Cuba:
Los nativos [los cubanos] son negroides. Algunos “pasan por blancos”, como expresa la ilustrada expresión coloquial. Algunos son, posiblemente, blancos; sin embargo, pocos se preocuparían de someter su linaje a un escrutinio a fin de probarlo. Sólo los [norte]americanos piensan cosas inferiores sobre el cubano, porque si él no es de color, es al menos matizado [3].
Es curioso que esta “cubanóloga” de la época, estadounidense, catalogue como “negroides” a los cubanos, y es obvio que la Wright no está aludiendo esencialmente al color de la piel de los habitantes de la Isla. Lo precisa inmediatamente después. Cuando se refiere a los cubanos de piel blanca, aquellos en que no existen los rasgos físicos de la raza negra, aclara:
“la sangre negra está allí […] en una cierta voluptuosidad de la figura y, obviamente, en la alegre visión de la vida en general” [4].
Mujer de una nación en la que la cultura del blanco sojuzgó las de los negros; en la que el negro fue también esclavizado pero, además, aculturado, despojado de sus tambores, sus cantos y sus creencias, está comprobando con inquietud la esencial mulatez espiritual del cubano: cómo esas culturas negras han actuado sobre el cubano blanco para comunicarle esa “alegre visión de la vida” que ella entiende casi como una propiedad de la sangre negra.
Desde una perspectiva ideológica colocada en las antípodas de las de la Wright, Nicolás Guillén rechazaba la pertinencia del término “afrocubano” para calificar la poesía que escribe.
A partir del criterio de Fernando Ortiz que califica nuestra cultura de “blanquinegra”, Guillén sostiene que lo cubano ya tiene en lo africano uno de sus componentes, que va unida en él a la impronta española. Guillén, que aludió a los dos abuelos que eran los ancestros del cubano, reclamaba para su poesía el calificativo de “mulata”, `porque pensaba que mulata era también Cuba. No hay que decir afrocubano, porque lo cubano implica, incluye lo africano.
Para Zurbano, como ocurre en la cultura norteamericana, lo no puramente blanco es negro. Pero llamar negro a un mulato únicamente apresa una porción de su identidad. Zurbano reclama lo que llama un “conteo preciso de los afrocubanos”, pero esa precisión quedaría vulnerada al “contar” como negros a los mulatos, en los que la ascendencia española coexiste con la africana. Creo que despojar de la impronta española al puro (si es que existiera esa pureza) negro cubano, es también desconocer su identidad [5]. De alguna manera el “ajiaco” al que alude Fernando Ortiz; el “todo mezclado” que proclama Nicolás Guillén, devienen auténticas imágenes de la cubanidad.
La Revolución Cubana se ha defendido sabiamente de aquello que ha querido destruir la unidad del pueblo. Esa unidad garantizó su invulnerabilidad en los días de las agresiones militares de las décadas de los sesenta y setenta. Acaso la preservación de la seguridad del país hizo que el abordaje del tema racial fuera considerado lesivo para el mantenimiento de la unidad de los cubanos.
Tiene razón Zurbano cuando afirma que es la crisis económica que vive el país en los años noventa la que pone de relieve el tema del racismo, cuando es el propio Fidel Castro quien lo aborda en uno de los congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Zurbano opina que, cuando Raúl Castro abandone la presidencia en el año 2018, no puede esperarse que los cubanos elijamos un presidente negro, por lo que él llama “la insuficiente conciencia racial” que existe en Cuba.
Pero Cuba ya tuvo un presidente no blanco: fue el general Fulgencio Batista y Zaldívar aunque, de acuerdo a los parámetros de Zurbano, habría que clasificarlo como negro.
Estados Unidos, que ha visto surgir en su seno una burguesía negra, eligió en 2008 su primer presidente negro. Barack Obama pertenece a la misma clase política burguesa que los republicanos Colin Powell y Condoleeza Rice y como ellos, así sea con matices, es un defensor de la política imperial que también defendieron los presidentes blancos, porque la burguesía no tiene raza sino intereses e ideología.
Quiera Dios, o Elegguá, que abre los caminos, que cuando los cubanos tengamos que elegir un presidente en 2018, no pensemos en el color de su piel, sea esta del color que sea, sino en el hombre que está cubriéndose con ella y, sobre todo, en lo que ese hombre tenga en la cabeza.
[1] Cf. Pérez, Wilder: “Raza y desigualdad en Cuba actual: boceto de un tema adolescente”, en Caminos, La Habana. No. 58, 2010, p. 94
[2] Idem.
[3] Wright, Irene: Cuba, MacMillan, Nre York, 1919., pp- 83-88.
[4] Idem.
[5] La médico y genetista Beatriz Matcheco ha realizado recientemente un estudio en cubanos de todos los colores de piel y absolutamente todos llevan en su sangre, genes europeros y africanos.
Tomado del Blog Segunda Cita
Vea, a propósito del texto en cuestión, los links que recoje el Dossier que publicara la Jiribilla
Nunca como hoy se han debatido tanto en Cuba los temas del racismo de modo tan recurrente. Acuciosos investigadores, activistas, miembros de organizaciones sociales y dirigentes políticos han conformado grupos de trabajo, realizado eventos, publicado libros y promovido conmemoraciones tan trascendentales como el bicentenario de la conspiración de José Antonio Aponte y el centenario de la masacre de los Independientes de Color.
No negamos que el tema de la racialidad, de los prejuicios, de las pretericiones por el color de la piel es asignatura aún pendiente. Estoy consciente y sé que no vivo en una sociedad perfecta.
El hombre piensa como vive, y Zurbano es un hombre nacido con la Revolución o algunos años antes, lo que no le permitió conocer la otra Cuba.
Entrevista con la Dra. Graziella Pogolotti, crítica de arte, prestigiosa ensayista y destacada intelectual cubana, promotora de las Artes Plásticas Cubanas. Graziella es también la presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura, vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y miembro de la Academia Cubana de la Lengua.
Bajo un título carente de rigor histórico y objetividad, Roberto Zurbano trata de caracterizar la situación de los negros en la Cuba de hoy. Como evaluador crítico del tema que soy, podemos compartir algunas de sus aseveraciones, pero no en términos tan absolutos y mucho menos, con la carencia de objetividad con que estas se formulan. Tampoco las conclusiones a que el autor arriba.
Tengo en mis manos el artículo de opinión de Roberto Zurbano Torres, publicado en The New York Times el pasado 23 de marzo, que reza textualmente en su presentación: “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn´t Begun” (Para los negros cubanos, la Revolución no ha comenzado). Y da una serie de argumentos, sus argumentos, que pueden ser ampliamente analizados.
En un artículo publicado recientemente por el diario estadounidense The New York Times se lee: “Para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado”, afirmación que le atribuye al escritor cubano Roberto Zurbano. Cinco imprescindibles aclaraciones...
Este mensaje fue enviado por el profesor y politólogo August Nimtz al editor del The New York Times, en respuesta al artículo “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t Begun”, de Roberto Zurbano, publicado el pasado 24 de marzo.
Leo, con estupor, a Roberto Zurbano en The New Yok Times. Y no por lo que dice, que ni es mucho ni es nuevo, y ni siquiera por lo que no dice, sino por lo que debiera haber dicho y no quiso o no se le ocurrió. Otra oportunidad perdida, otro más que muerde el polvo.
“Nuestro país no puede estar al margen del debate contra el racismo, la discriminación étnica y la xenofobia” / Heriberto Feraudy
Nota de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de CubaUNEAC • La Habana, Cuba
A partir de la publicación en The New York Times, el pasado 23 de marzo, del texto “Para los negros en Cuba la Revolución no ha comenzado aún”, ha aparecido en Internet que el escritor Roberto Zurbano es vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC. Esa información no responde a la realidad, pues Roberto Zurbano hace años dejó de pertenecer al Ejecutivo de nuestra Asociación.
Nancy Morejón
Presidenta de la Asociación de Escritores de la UNEAC.
Según aclaración de Ernesto Pérez Castillo y Rodríguez Ribera, Zurbano es “Director del Fondo Editorial de esa institución” [Casa de las Américas]
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