Mostrando entradas con la etiqueta sociedad y evolucion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociedad y evolucion. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de julio de 2008

Ciencia ficción, Por Rosa Miriam Elizalde

c
Si usted le pregunta a un matemático qué es la belleza, este le dirá probablemente que la belleza es una ecuación. Por ejemplo, E=mc². Cuentan que una vez le preguntaron al físico Paul Dirac su opinión acerca de la verdad o la falsedad de la inmortal fórmula de Einstein, y él respondió sencillamente: «Qué más da si es verdad o mentira, ¡es tan bella!». Y es bella, sin dudas. Albert Einstein se esforzó en construir una teoría armoniosa de la naturaleza. Tan elegante y bella que no desmereciera al universo o al menos de la concepción que el físico tenía de él.

La grandeza de Einstein, cuyas biografías refieren de sus dificultades para hablar cuando era niño y su mediocridad como estudiante, reside, frente a otros descubridores, en que su teoría es indisoluble de la persona que la elaboró. Einstein, él solo, cambió el rumbo de la historia científica abriendo los nuevos campos que ni siquiera se intuían, con una concepción ética que en cierto modo ha sido traicionada después. Hoy la ciencia, que debía liberar al hombre y asegurar su felicidad y la belleza del mundo, nos provee de gases, bacterias y misiles «inteligentes». Se sabe que Einstein nunca formó parte del proyecto de la bomba lanzada sobre Hiroshima, aunque sus descubrimientos estimularon el desarrollo de la energía nuclear. Después de la triste comprobación de la efectividad de la bomba atómica en agosto de 1945, diría: «Hubiera preferido ser fontanero».

Pero de que es bella, es bella. La fórmula concebida por un hombre de 26 años, que luego trastornaría al universo científico con su Teoría de la Relatividad, fue posible por su particular visión del cosmos y por ideales marcados, esencialmente, por la bondad, la belleza y la verdad. Los antiguos griegos lo sabían: las palabras Bello y Bien son sinónimos. También conocían que hay una relación de hermandad entre el arte y la naturaleza, y entre el individuo y su colectividad, entre lo externo humano y su universo íntimo.

Pero no tiene nada de bello, ni de bueno y ni siquiera de ciencia-ficción esas películas «para niños» que vemos de vez en cuando por la TV y abundan en DVD clandestinos o no, donde enormes monstruos prehistóricos acaban con todo y luego miran a la cámara como Humphrey Bogart en El halcón maltés. ¿Cómo tragarse eso como una medianamente seria especulación científica, cuando el futuro anda inventándose ahora mismo y apenas le da tiempo a la genuina imaginación?

Las películas de ese género y los dibujos animados han pervertido de tal modo la fantasía de nuestros hijos que, francamente, tengo esperanzas de que puedan algún día fascinarse con algo tan extraño para el mundo cotidiano de un niño contemporáneo, como una florecita silvestre, un arco iris o un perro que le ladra a la luna. Lo trágico es que la ciencia avanza aplastando a los conservadores, a los moralistas, a los espíritus pusilánimes, pero también a los progresistas, a los iluminados, a los soñadores.

Si Julio Verne profetizó el viaje a la Luna más de cien años antes de que una nave espacial se posara en el satélite compañero, la realidad traspasó hace rato esos límites y hasta los ridiculizó: los descendientes del escritor terminaron inventando el ataúd espacial y vendieron en subasta pública los inhóspitos terrenos de Marte. Nada ha sido capaz de detener el ciego camino de la ciencia y todo parece indicar que ninguna ley podrá ordenar la conquista salvaje de los laboratorios. Con la clonación, la puerta de entrada a la vida está a punto de ser violada, y para colmo de males, vivimos en la expectativa apocalíptica de una modernidad fundada en el racismo, el fanatismo del mercado y la tecnología desaforada, mundialista, así en la paz como en la guerra.

«¿Habremos perdido al hombre que fuimos?», se preguntaba un poeta, Pablo Neruda. «¿Al hombre antes del hombre, al otro, al que miraba por dentro y volaba sin más alas que el espíritu?». La pérdida de esa experiencia ha sido trágica. Las sondas que se envían al espacio y la búsqueda de las señales de radio hablan de una nostalgia infinita por esa relación primeriza y virginal, por esa necesidad de perseguir el misterio que enlazaba a la criatura humana con los árboles, con los astros, con las tormentas y las aves.

Otro escritor chileno, Raúl Zurita, decía que sin ética y sin sueños, ¿de qué sirve la ciencia o su fantasía, que es la ciencia-ficción? «Sin ética lo único que se logra es matar el río del universo, el río que posibilitó nuestra existencia para que participásemos también de ese diálogo general que mantienen las cosas entre sí, desde el polvo y las hierbas hasta las más lejanas galaxias. Si muere ese río habremos perdido la oportunidad de seguir siendo partícipes de esa maravilla. Es simple: la maravilla pervivirá, solo que ya no existirá para nosotros».

Imagen clásica de la famosa Revolucion de los claveles


http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2008-07-22/ciencia-ficcion/

martes, 8 de julio de 2008

Algunas ideas sobre las razas por Orlando Licea Díaz


Un problema que, lamentablemente, ha causado daños a la causa común por la felicidad de los seres humanos todos, que aún tiene raíces y manifestaciones, y que puede estar en el origen de algunas posiciones equivocadas, es el de las razas. José Martí le dedicó tiempo, estudio especial y muchas reflexiones a este problema, que deberían estar en la cabecera de todos los blancos y de todos los negros, de todos los asiáticos y de todos los árabes, en fin, de todos los hombres dignos y responsables del planeta, de todos aquellos que por razón del color de la piel, riqueza material, poder, nacionalidad, género, edad, profesión o cualquier otra razón, se sientan inferiores o superiores al resto del género humano. Tomemos de base algunas reflexiones de Martí sobre el tema, publicadas en el Artículo “Mi Raza” (Patria el 16 de abril de 1893).

“Esa de racista está siendo una palabra confusa, y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos... Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad... El racista blanco, que le cree a su raza derechos superiores, ¿qué derecho tiene para quejarse del racista negro, que le vea también especialidad a su raza? El racista negro, que ve en la raza un carácter especial, ¿qué derecho tiene para quejarse del racista blanco?... La paz pide los derechos comunes de la naturaleza: los derechos diferenciales, contrarios a la naturaleza, son enemigos de la paz. El blanco que se aísla, aísla al negro. El negro que se aísla, provoca a aislarse al blanco... Hombre es más que mulato, más que blanco, más que negro. Cubano es más que mulato, más que blanco, más que negro... La afinidad de los caracteres es más poderosa entre los hombres que la afinidad del color... Los hombres de pompa e interés se irán de un lado, blancos o negros; y los hombres generosos y desinteresados se irán de otro. Los hombres verdaderos, negros o blancos, se tratarán con lealtad y ternura, por el gusto del mérito, y el orgullo de todo lo que honre a la tierra en que nacimos, negro o blanco. La palabra racista caerá de los labios de los negros que la usan hoy de buena fe, cuando entiendan que ella es el único argumento de apariencia válida, y de validez en hombres sinceros y asustadizos, para negar al negro la plenitud de sus derechos de hombre. De racistas serán igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro. Muchos blancos se han olvidado ya de su color y muchos negros. Juntos trabajan, blancos y negros, por el cultivo de la mente, por la propagación de la virtud, por el triunfo del trabajo creador y de la caridad sublime... El mérito, la prueba patente y continua de cultura, y el comercio inexorable acabarán de unir a los hombres. En Cuba hay mucha grandeza, en negros y blancos.” (OC T2 Pág.298)
Resulta antinatural, dañino y pernicioso, -para el blanco, para el negro, para la sociedad y para la especie humana-, crear categorías basadas en el color de la piel o cualquier otra característica de mera apariencia. Imagínense una selección de equipos deportivos según el color del deportista, independiente de la calidad del jugador: un % de negros, otro % de mulatos, otro % de chinos, otro % de albinos, otro % de árabes etc. de acuerdo a la composición de la población total.

Lo mismo –acaso mucho más significativo aun, por la trascendencia y el daño potencial– ocurre en política, trabajo, o cualquier otra actividad social. Se puede perder un juego deportivo cualquiera por una mala selección de jugadores, y también se puede perder en justicia, productividad, eficacia y eficiencia, dicha y felicidad por la misma mala selección. El mérito, la cultura y el talento han de ser las únicas fuentes de diferenciación entre los hombres. Así todas las personas, negras, blancas, chinas, indias, árabes o mestizas se verían motivados a cultivar estos valores, que son los que realmente ensalzan y diferencian al ser humano, y no a perder tiempo y esfuerzo en acorralar y acorralarse. Aceptar la representación y diferenciación, en cualquier actividad, por la raza a que se pertenece, o cualquier otra característica biológica, es aceptar el racismo, es aceptar que el color de la piel divide a los hombres.

La biología como ciencia especializada, cuyos financiamientos muchas veces provienen de fuerzas dominantes, a las que gustaría y halagaría que se demostrase una diferencia esencial entre las razas, ha demostrado que el género humano pertenece a una sola. Así que, no sólo por justicia, sino también por razón científica, cualquier racismo es falso.
Cierto es que, en la historia del “desarrollo” de la vida por la especie humana, desarrollo que quizás sería más justo designar como del sufrimiento y de la muerte. Unas razas, y hasta podría decirse que una raza, se ha nutrido, -como vampiro horrendo-, de la sangre y la vitalidad de las otras. El problema no está en la raza, sino en la mente de vampiro. Lo que hay que erradicar en todas las razas es el vampirismo, que desnutre y enferma a la especie humana toda, (incluidos los vampiros), no vaya a ser que las razas que hoy dan la sangre, quieran alimentarse también de la sangre y el sudor de la que hoy les hace padecer, por no tener el mismo color, o el mismo sexo o las mismas riquezas. (En defensa del vampiro hay que decir que estos no consumen la sangre de sus congéneres.)

Estamos en una época decisiva de la historia humana en la que el racismo a nivel planetario cobra nuevos bríos, la mente de vampiro, disfrazada un tiempo de virtudes y derechos, vuelve a desnudarse. Se comienza a hablar de enfrentamiento de civilizaciones, del peligro árabe y musulmán, etc. Cobra nueva fuerza la guerra de sexos, y ha aparecido una nueva y misteriosa raza, que se parece más a un fantasma que a una realidad, la de los terroristas, cuando el principal terrorista es la mentalidad vampira y diabólica, que ha venido dominando hace demasiado tiempo ya la vida en el planeta. Se justifica y practica la tortura, aparecen campos de concentración para emigrantes y “terroristas” y ya tendremos ocasión de observar como se le agregan otras categorías. Se reniega activamente de la primera misión del estado, garantizar el bienestar de sus ciudadanos, o lo que es lo mismo, ya le es abiertamente indiferente a los vampiros, si la gente (horror, su misma gente, horror, su propia raza) tiene hambre, si tiene frío, si sufre, si enferma o si muere.

La barbarie no es futura, es ya presente. No nos ilusionemos, el problema es más serio de lo que comúnmente se piensa, a los vampiros les está sobrando sangre y trabajan activamente para hacer desaparecer un por ciento importante de sus víctimas. Y, sin embargo, la mente de vampiro, (o lo que es lo mismo, el afán de poder, de riquezas, de dominio, de control…) sigue pensando que tiene de su parte la razón, que sus acciones están justificadas. En cierto sentido podríamos afirmar con certeza que el primer y horrible acto de racismo, lo comete el vampiro racista contra sí mismo, al castrar, reprimir y combatir las mejores cualidades de nuestra especie, encerrándolas en algún oscuro rincón de su mente o de su alma, al convertirse a sí mismo en un mero instrumento de poder y dominio, de sufrimiento y muerte. ¡Y que existan aún seres que quieran ser vampiros! ¡Que se justifique el vampirismo! Aún a costa de convertirse en seres deformes, mutilados, enfermos de maldad y de egoísmo.

Por cierto que tenemos un concepto erróneo de lo que fue la barbarie. Entonces, los seres humanos eran menos vampiros y más humanos que hoy, pues eran seres naturales, regidos por las leyes de nuestra verdadera naturaleza, no enajenada. En nuestro obcecado afán de ser superiores, parece como si ellos también fuesen una raza diferente, cuando son nuestros hermanos, y acaso fueron mucho más felices que nosotros, aunque tuviesen una vida precaria en el sentido material. La alternativa Socialismo o Barbarie, podría se enunciada de esta otra manera, Socialismo o desaparición de nuestra especie, Socialismo o muerte.

Ayer oí decir, con horror, que el vampiro diabólico preferirá morir antes que aprender a alimentarse de miel, el verdadero alimento de la especie humana. Y que arrastrará en su muerte a toda la especie, que el apocalipsis es la alternativa actual del ser humano. (Pues la barbarie la estamos viviendo ya) Confiemos en que aún pueda aprender la cruel mente de vampiro, a rescatar el espíritu de nuestra raza, (espíritu de amor, de solidaridad, de desinterés, de nobleza y de esperanza) escondido en algún recóndito rincón de su cerebro, o de su alma.

martes, 24 de junio de 2008

La condición humana, Por Carlos Rodríguez Almaguer

“Todo empuja, precipita, exaspera, exacerba, arrastra. Se tiene
miedo de quedarse atrás. Se quiere ir, por arrogancia humana y
por tener segura la subsistencia, al nivel de todo lo que se ve.(…)
La actividad es tremenda, el sueño inquieto, el ansia permanente.
Las fuerzas no se reparan en el grado en que se pierden.”

José Martí

<<"...esa institución básica de toda sociedad que es la familia"


Por todas partes y en todos los idiomas se escucha la gran preocupación que embarga a nuestra especie en los albores del siglo XXI: el temor a la autodestrucción colectiva y la conciencia clara de que no es una posibilidad sino una realidad que comenzó hace ya mucho tiempo y por varios caminos. La triste certidumbre de que es necesario frenar esta carrera vertiginosa hacia el abismo, y a la vez de que no tenemos voluntad ni comprensión suficiente para hacerlo, mantiene a unos pocos en un estado de permanente desasosiego, exacerbado por la indolencia y el cinismo de los principales causantes del desastre, y la apatía de las mayorías ocupadas únicamente en el aquí y el ahora.

Lo que nos exigen los tiempos no es solo la solución de un problema, sino la capacidad para armar el enorme rompecabezas que representan las múltiples aristas del asunto. Por un lado la destrucción ininterrumpida e inmisericorde del medio ambiente imprescindible a nuestra vida; por otro, la insistencia en un modo de vivir consumista y enajenado, que es capaz de mantener al ser humano en la angustia por no tener tal o más cual cosa, y a la vez le imposibilita comprender lo insustituible que es alimentarse correctamente, respirar bien, tener buena salud, vivir esa plenitud espiritual que es la verdadera y única felicidad posible.

De una parte las guerras imperiales que, apenas cubiertas con las hojitas de parra de cualquier desvergonzada excusa, buscan apropiarse de los recursos no renovables que se agotan apresuradamente luego de una explotación anárquica y brutal; de la otra, las guerras del odio motivadas por todos los tipos de fanatismos que los hombres hemos lanzado sobre la tierra en las formas más diversas. El panorama luce, bajo la lobreguez de la muerte y con los ribetes brillantes de las explosiones, inevitablemente apocalíptico.

Por un lado el hambre innecesaria e injustificable, con su boca insaciable y oscura, devorando millones de seres humanos cada día sin importarle raza, idioma ni sexo; por el otro las enfermedades prevenibles y curables en su mayoría, que arrebatan ante nuestros ojos su cuota de vidas, sin que hagamos otra cosa que levantar el puño de impotencia, virar la cara dura de la impiedad, o cerrar los ojos ciegos del egoísmo.

Por un lado la instrucción sin educación, que convierte a los seres humanos en máquinas inteligentes, calculadores sin más sentimientos que la búsqueda aberrante de placeres efímeros, recolectores de tarecos innecesarios, y psicóticos narcisistas; por el otro la ciencia sin conciencia, que utiliza el inmenso caudal de conocimientos alcanzados por la humanidad en su desarrollo para ponerlo al servicio de la acumulación excesiva de riquezas en manos de unos pocos; las máquinas que en lugar de disminuir el esfuerzo del trabajo del hombre para que pueda entregarse por más tiempo a su crecimiento espiritual, como único modo de alejarse de la bestia primigenia que somos al nacer cuando solo nos rigen los instintos biológicos, lo desplazan y desemplean relegándolo a los sitios oscuros de la miseria, la desesperación y la ferocidad que ellas engendran en todo lo que tocan. La ciencia ha logrado disminuir el costo de producción de los alimentos, sin embargo cada día el precio de éstos está más cerca del cielo que el espíritu mismo de los hombres. La ciencia sin conciencia ha convertido el duro bregar que personas esclarecidas han mantenido durante años para arrancarle a la naturaleza sus secretos y dominarlos, en armas eufemísticamente llamadas “inteligentes” para matar a más personas y a mayor distancia, sin que esa proclamada “inteligencia” sea capaz de distinguir a un genocida de un poeta.

Por una parte la ininterrumpida desaparición de culturas e identidades que han formado durante miles de años parte del conglomerado humano y sin las cuales este no estará completo; por la otra el ataque permanente a esa institución básica de toda sociedad que es la familia, el hogar donde nace y crece el ser humano. La familia dinamitada de hoy no puede ni dispone de tiempo ni de método para formar en el alma de los niños los valores que le permitirán enfrentar con éxito y resistir con dignidad los embates de este mundo al revés.

Nadie tiene ni tendrá por sí solo todas las repuestas a estos e infinidad de otros problemas actuales a que los que estamos obligados a buscar solución. Solo la solidaridad en los métodos, la aplicación y la evaluación conjunta de los resultados, unida a la disposición de comenzar a hacer lo que esté a nuestro alcance en el lugar en que nos toque, podrá ayudarnos.

Hago mías estas palabras de Ernesto Sábato al inicio de su libro La resistencia:

“Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que –únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.”