jueves, 8 de octubre de 2009

Un minuto de silencio

imagen_che.JPGHoy tuve el honor y el placer de –una vez más- participar en un Taller de Pensamiento Revolucionario, en una de las dependencias de nuestro Ministerio del Interior. Se debatían en nuestra comisión trabajos dedicados a las figuras de Fidel, Camilo y Che, haciéndose énfasis en estas dos figuras, al iniciarse en este día la Jornada patriótica que honra un aniversario más de la muerte de estos dos paradigmas de nuestra Historia.

Allí tuve la alegría infinita de escuchar a varios jóvenes que debatían sobre la vida y el ejemplo del Che, y me congratulaba de poder palpar que seguía encendida la llama de su ejemplo.  Horas después, me tropecé por casualidad con un número atrasado del Magazín La Calle del Medio (el número 14 de Junio de este año) y allí encontré este texto, que traigo hoy como un modesto homenaje al Che y a todo lo que hoy sigue representando para este pueblo que no lo olvida:

Un minuto de silencio
Por Amílcar Pérez Riverol

Me han preguntado por tu Patria
y alzó su mano para responder
/ toda la América.
Me han preguntado por tus hijos
y desfilaron ante mí,
/ barrigas hambrientas,
y piecitos descalzos.
Me han preguntado por tu nombre,
y aunque no he olvidado el Ernesto,
sólo se me ocurrió decir, Che.

Es común escuchar el recelo de nuestros mayores por la “la juventud”. No son pocos los que sin pensarlo demasiado aprietan el gatillo para sentenciar con desmedida vehemencia: “la juventud está perdida, ya no respeta”. Hay que decir que en ocasiones, el veredicto, sin dejar de ser absolutista, podría aceptarse como justo. Pero fíjese que digo “en ocasiones”. Tengo la impresión de que la mayoría de las veces el uso de la frase y, lo que es peor aún, la creencia real en el fenómeno, son demasiado superficiales. Por tanto, difiero y dudo en torno a decidir quién es realmente el que “está perdido”. No me gusta separar generaciones. Más que bloques espaciados, somos continuidad y tenemos que estar preparados para establecer sólidas conexiones con los que, con identidad propia, vienen “empujando” detrás.

Yo mismo muchas veces he estado a punto de soltar el veredicto. Tengo 25 años. ¿Cuánta “juventud perdida” puede caber detrás de mí? ¿Hasta qué punto es justo catalogar de irrespetuoso o perdido a un joven por tener un estereotipo que nos parezca raro, que transgreda? Y si la tan nombrada pérdida se tradujera incluso en hechos o indisciplinas, ¿no les parece más efectivo salvar que sentenciar? Debemos racionalizar el uso de la frase, en definitiva, esa “juventud” es consecuencia de nosotros mismos. Yo en particular digo que puede llegar a sorprendernos, que no está perdida. Por supuesto respeto a quien, con sus razones, pueda tener otro criterio. Los míos se fortalecieron con esta breve historia que es también un argumento. Han pasado varios meses desde que Laura me consiguió El Argentino y Guerrilla, las dos películas dirigidas por el norteamericano Steven Soderbergh e inspiradas en la vida de nuestro Ernesto Guevara. Gracias a ella, dos días después de la presentación en el teatro “Karl Marx”, El Argentino se estrenaba en mi lejano hogar de Quivicán. Disfrutar de la primera parte fue reconfortante. Un delicioso ejercicio que me conmovió en la fortaleza de los Acevedo, me divirtió con las ocurrencias de Camilo y me sacudió, lo digo con total sinceridad, en el parecido físico de Benicio del Toro con el Che. Agradezco también, en mi humilde criterio, su excelente actuación.

Me faltaba Guerrilla, pero la pospuse a conciencia. Las referencias a su final,  cortesía de amigos que ya la habían visto, me alejaron por varios meses de enfrentarla. Pero tendría que ser alguna vez. Y fue anoche, en el cine Yara. Delante de mí entró un numeroso grupo de adolescentes. Estuve a punto de disparar la sentencia.

¿Razón? Pues su vestimenta pasada de colores terminaba en todos los casos con las estrellas de los muy de moda Converse. ¿Una más convincente? El mediano escándalo con que anunciaron su entrada a la sala. Afortunadamente, no desenfundé.

No poseo la formación que me permita disertar sobre los valores artísticos de Guerrilla. Ejerzo en cambio la mesura de esperar y aprender como siempre de las voces autorizadas. Quiero sencillamente compartir con ustedes la experiencia que me regaló asistir ayer a su proyección e inevitable final. El grupito de la entrada estaba sentado a mis espaldas. Estoy seguro de que ninguno pasaba de los 18 años. Yo, ya saben, con mis 25. Y aquí viene lo mejor.

Como cubanos que crecimos asegurando que seríamos como el Che, que lo vemos día a día moviéndose por las calles, escapando al lente de Korda, que “aprendimos a quererlo desde su histórica altura”, no estábamos preparados para verlo morir. Nosotros, que no vivimos su entrada a Santa Clara, que no estuvimos junto a él en una fábrica y que sólo sabemos de su voz por “esa gran humanidad que ha dicho basta”, no estábamos preparados para verlo morir. Desamparados ante aquella verdad, al parecer inevitable, le tributamos denso y respetuoso silencio.

Sucedió así. El voluntario salió de entre las filas. Apuntó y disparó bajo el cuello de “Fernando”, nuestro Che. Él, herido como ya estaba, se levantó para recibir la muerte de la misma forma en que había vivido, de pie. Les aseguro que aquella bala escapó de la pantalla y se multiplicó para ir a golpear en cada pecho.

Segundos más tarde vimos su rostro escoltado por soldados. El rostro tapado, porque quienes lo mataron –y se me antoja que incluso Soderbergh– saben que no existe el rostro de Guevara muerto.

Recordé en ese instante aquel “la juventud ya no respeta”. Mire usted. Parafraseando al argentino cuando les hablaba a los Acevedo, afirmo que “no hubo ni hay nada de esa lógica acá”. El silencio con que aquellos “mocosos “se agrandaron para despedir al Che mientras partía hacia su victoria sobre la muerte, desmintió definitivamente la sentencia. Generaciones, contradicciones, estereotipos y creencias aparte, todos ofrendamos espontáneo y monolítico respeto a Ernesto
Guevara. Un hombre que creyó en el Hombre y extendió sus límites.

La revista Cuba en su edición de noviembre de 1967, refiriéndose a la noche del 18 de octubre del propio año, subrayaba: “una voz y un millón de silencios”. Ese día, en velada solemne dedicada al Che, Fidel se dirigió a millones de cubanos aún mudos de consternación. Yo, que no estuve en la Plaza aquella noche, estoy seguro de haber presenciado ayer ese silencio. Sí. Era el mismo. Los tiempos cambian, pero Ernesto Guevara y su ejemplo quedan. No hay dudas. Era el mismo silencio de la Plaza o de la tarde de octubre de 1997 cuando desembarcó para descansar por siempre en su querida Patria.

Pasé la prueba. Vi Guerrilla. Tal vez en unos días ya no recordaré muchos detalles. Lo que no podré olvidar jamás será la noche en que no hubo aplausos ni lágrimas en el cine Yara. No eran pertinentes. Lo que no podré olvidar jamás es el silencio de aquellos adolescentes que se marcharon calzando una estrella en sus Converse, pero otra mucho más grande sobre la frente.

© CM

No hay comentarios: