lunes, 15 de febrero de 2010

Una valoración en El Nuevo Herald del mercenarismo en Cuba


Nuestro hermano Lagarde replica un artículo aparecido en el Nuevo Herald, que pone los puntos sobre las íes y le gana -de hecho- acerados comentarios a su autor:

periodismo%20independiente-edit.jpgSi se contabilizan los millones de dólares dedicados al incremento del periodismo independiente en Cuba, y se contrapone esta cifra con el valor de la información enviada desde la isla, hay que concluir que en Estados Unidos la palabra se paga a un alto precio. O al menos algunas palabras o las palabras de algunos.

Cabe preguntarse qué importancia han tenido tantos y tantos artículos de poca calidad, así como reportajes mal hechos, que desde hace años llegan a la Florida y a todo el mundo gracias a la existencia de supuestas “agencias” que aquí en Miami los recogen y distribuyen. ¿Han ayudado a conocer mejor la realidad cubana? ¿Han sacado a la luz hechos importantes? ¿Se puede creer en lo que se afirma en muchos de ellos? En la mayoría de los casos, estas preguntas tienen una respuesta negativa.

Mientras en Miami hay demagogos y tergiversadores, que perciben ingresos substanciosos gracias a estos materiales -cuya veracidad de contenido no debe ser cuestionada, según el canon del anticastrismo imperante en esta ciudad-, sus autores en la isla reciben migajas, y eso sólo en el mejor de los casos. Los dos aspectos anteriores son hasta cierto punto secundarios ante el derroche que representan viajes, congresos y reuniones de acólitos en los puntos más diversos del planeta, siempre y cuando se trate de una ciudad con buenos hoteles.

La clave aquí no es que varias organizaciones de Miami y Washington se dediquen a estas labores, sino que las lleven a cabo con el dinero de los contribuyentes norteamericanos. No es correcto que con fondos fiscales se financien programas que intentan producir un cambio de régimen en Cuba. Lo que tiene que hacer Washington es acabar de tirar a la basura cualquier plan -concebido por burócratas, políticos y vividores- para una supuesta transición democrática en la isla, y limitar la ayuda en este sentido a un fondo humanitario para los opositores presos.

Quienes en esta ciudad apoyan de forma activa a la disidencia expresan que este movimiento no debe ser aislado, que las voces de quienes protestan, critican o se oponen pacíficamente al gobierno de La Habana deben ser escuchadas en todo el mundo.

o que no aclaran es cuál es el bolsillo del que salen esos dólares. Si los exiliados en Miami estuvieran dispuestos a aportar recursos para estas labores, sería entonces un esfuerzo privado, que siempre y cuando se realice dentro de las leyes establecidas es perfectamente legal. Sin embargo, lo que quieren muchos de los que dirigen esas organizaciones es que el gobierno subvencione una labor de cambio de régimen, en que el aparente patriotismo corre por su cuenta mientras el dinero sale de otra parte.

Pero hay más. ¿Por qué parte de ese sector, que dice que su prioridad es llevar la democracia al lugar desde donde salieron para el exilio, llevan años haciendo todo lo que esté a su alcance para impedir cualquier medida que facilite que la realidad cubana se abra al mundo?

Es cuestión de prioridades, repetirán algunos. Hay que impedir que el régimen castrista tenga los recursos necesarios para “exportar su revolución”; se debe hacer todo lo posible a fin de no brindarle "el oxígeno monetario'' ahora que agoniza; no se puede “premiar” a un régimen represivo; la entrada de divisas sólo sirve para incrementar la represión. Se trata de la retórica de la justificación del fracaso, ante la incapacidad para transitar formas nuevas, que pueden ser de mayor efectividad en la defensa de los derechos humanos


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