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miércoles, 25 de febrero de 2015

Eusebio Leal en el acto por el aniversario 120 del reinicio de nuestras Guerras Independentistas (+ Video)


Intervención de Eusebio Leal Spengler, Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el acto por el aniversario 120 del reinicio de la Guerra de Independencia y de condecoración a los Cinco Héroes, en el Palacio de Convenciones, el 24 de febrero del 2015, “Año 57 de la Revolución”

Querido General Presidente Raúl Castro Ruz;
Queridos compañeros Gerardo, Antonio, Ramón, Fernando y René;
Queridos compañeras y compañeros;
Cubanas y cubanos:

Un día como hoy, como se ha dicho, hace 120 años comenzó el levantamiento del pueblo cubano para alcanzar su definitiva y total independencia. El amor a esa libertad, a esa soberanía, a esa esperanza, se inició mucho tiempo atrás, quizás desde el instante mismo en que empezó a formarse lo que llamamos comúnmente la identidad. Los que llegaron de distintas latitudes de Europa, ya de la España conquistadora o del África, o los vestigios de las comunidades indígenas, en trance de extinción pero sobrevivientes, unieron sus sangres para formar algo que José Martí llamaría en palabras emotivas “dulcísimo misterio”.

El concepto de cubano viene del nombre de nuestra isla, Cuba. Nunca pudo ser cambiado, prevaleció por sobre el intento de darle otros nombres, otras atribuciones. El nombre, sonoro y breve, quedó prendido en el corazón de los que lo escucharon por vez primera. Más allá del mar azul del Caribe, que se descubre desde la orilla de nuestras playas o desde el aire, Cuba aparece con la forma tan hermosa con que a las puertas del golfo de México establece la isla su presencia y su naturaleza.

En realidad nunca nos llamamos isleños, a pesar de que no es una, sino muchas islas las que conforman nuestra realidad. En el seno de ellas fueron surgiendo, a lo largo de los años, percepciones donde todo lo anterior que traía el conquistador o el conquistado como memoria fue cediendo lugar a algo diferente, que surgió en la manera de construir, que siendo igual o pareciéndolo era distinta. Surgió en el horizonte de la poesía, del canto campesino, de la voz de los poetas de más vuelo. Surgió también, tempranamente, en el pensamiento de los más inquietos, entre los que comenzaron a llamarse criollos.

Entonces éramos solamente un país. El país es un espacio. La patria comenzó a ser un sueño, una aspiración, y la nación, un derecho por el que había que luchar, una nación con leyes, una nación que sería depositaria y respetuosa de su propia cultura, una na­ción que sabría ir al futuro desde el pasado.
Allá en su retiro, muy cerca de Cuba, adonde quiso ir a morir ante la imposibilidad de llegar a ella, el presbítero Félix Varela exclamaba: “No hay patria sin virtud ni virtud con impiedad”. Pero, además, los últimos que le vieron afirman que les dijo: “Ofrezco todos mis sufrimientos y sacrificios por Cuba”.

Ese mismo sentimiento llevó a Heredia, en el padecimiento de su destierro, a sembrar en el alma cubana el espíritu de una patria, y eso alentó a los primeros que se rebelaron y encontraron que no había fronteras que cruzar más que el océano, que la lucha en última instancia sería aquí; que contra el cepo, el látigo, la discriminación, la humillación y la negación propia de la humanidad surgiría un día de redención y de libertad.

José Martí, autor del intento y del fundamento de la unidad de la nación cubana, creyó firmemente que no venía nuestra América ni de Rousseau ni de Washington, venía de sí misma. Al mismo tiempo, en la medida en que aún muy joven fue madurando su pensamiento, se acercó más a esa sufriente raíz de los orígenes: a Guaicaipuro, a Hatuey, a Guarina, a Cao­nabo, a todos los que enfrentaron el saber, como ha afirmado un pensador latinoamericano, que un determinado día y en una determinada hora nos habíamos enterado de que, primero, éramos indios; segundo, que nuestras teologías y nuestras ideas del bien o del mal eran distintas; que debíamos soberanía a un rey distante y que todo debía ser cambiado.

Sin embargo, más allá del dolor y el sufrimiento de aquellas primeras comunidades, que soportaron la mordida de los lebreles, el hierro de las cadenas y el fuego, como Hatuey, en Yara, donde vivía por los siglos la tradición de que en tiempos de tribulación o de esperanza un fuego misterioso se encendía en la noche iluminando el monte, Cuba fue forjándose, fue haciéndose y fue, desde lo que Martí juzga “la inocencia culpable” de un patriciado que, obteniendo su riqueza de la esclavitud, comenzó sin embargo a dar­se cuenta de que ya sus hijos no necesariamente pensaban como ellos, que necesitaban ardorosamente un cambio y que ese cambio pasaba por una autentificación de su identidad.

Cada pueblo nombrado, o cada una de las siete primeras ciudades, excepto tres, llevaron la impronta del lar indígena.
Así, Santa María del Puerto del Príncipe sobre el Camagüey, San Salvador sobre el Bayamo, La Habana sobre las huellas de Habaguanex, y así cada uno de los rincones y lugares repetían en la toponimia del suelo una presencia más antigua que empezaba a convertirse ya solo en una arqueología. O confundida con la sangre del conquistador dio a luz, como ha señalado el que fuera ilustre diputado de nuestra Asamblea, Cintio Vitier, el primer maestro, Miguel Velázquez que allá en Santiago de Cuba, donde tiene un modesto monumento, hablaba de que era tierra dominada y como de señorío. Un sentido de rebeldía antiguo vino desde abajo, y ese sentimiento rebelde se fue convirtiendo en más fuerte en la medida en que la esperanza de cualquier cambio político, fundado en la consideración del conquistador sobre el conquistado, era prácticamente imposible.

A la sublevación de los esclavos que primero llevaron los nombres de su lugar de origen: Juan Congo, Antonio Carabalí, Miguel Fula; sucedió el apellido que en la pila recibieron de sus amos: Morales, Ar­menteros, Cárdenas y así de esa gran cofusión y amalgama indo-hispano-africana, fue surgiendo nuestra identidad orgullosamente mestiza de la sangre y de la cultura.

Se hizo pronto realidad en la música, como lo fue en la poesía; era diferente en el paisaje tan distinto a las áridas pero hermosas tierras de Castilla, o la brumosa Galicia o Asturias, o las Islas Canarias... era otra cosa. Y para los propios africanos la tierra tenía sus misterios: ciertos árboles les recordaban los suyos, algunos que consideraban sagrados fueron objeto de sus cultos. Y muy pronto fue naciendo, lentamente, lentamente, lentamente, una aspiración que fue convirtiendo el país en el sueño de una patria.

A los grandes precursores, a los que murieron con la esperanza de construirla, debe Cuba todavía sentidos homenajes.

Y como decía hace unas horas un juicioso historiador: la historia de nuestras luchas todavía, a pesar de todo lo que está escrito, está por escribirse. Faltan muchas biografías, muchos heroísmos, muchos silencios, muchas lágrimas que nadie enjugó que deben ser cantadas por los poetas, como pedía José Martí a José Joaquín Palma, cuando le decía a su ilustre amigo, biógrafo de Céspedes, bayamés de cuna: “Lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros despedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador: el delito de haber sabido ser esclavo, se paga siéndolo mucho tiempo todavía”.

Y luego dirá: “Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar:
tenemos agraviada a la legión gloriosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos”.
Y los que se anticiparon y se conjuraron, estuvieron dispuestos a perderlo todo, a sacrificarlo todo.

Ya a principios del siglo XIX la América parecía haber resuelto el problema y una inquietud profunda sacudía de una u otra parte el continente. Valientes pensadores explicaron los derechos de una América independiente, y algunos líderes se atrevieron a de-safiar el poder y a morir como Gual y España en una plaza de Caracas, siendo ejecutados antes de que llegara la hora.

Exactamente en Cuba, en el silencio de las logias, trabajaron “Frasquito” Agüero y otros para hacer un texto constitucional de una república ideal, utópica y futura. Los años pasaron y al parecer para muchos, unido a la trata esclavista, el destino de Cuba pasaba necesariamente por ser una estrella más de la unión del sur de Estados Unidos, algunos invocaban hasta la providencia divina para asegurarlo. Sin embargo, otros creían todo lo contrario: Cuba no debe esperar más que solidaridad; pero nuestro problema debemos resolverlo nosotros mismos, y esa solución, invocada ya por Varela y enseñada por Luz en su escuela, como educador y formador de una juventud rebelde, adquirió dimensión en lo que él llamó “el sol del mundo moral” que caerían reyes e imperios, pero que jamás caería del pecho humano.

Mucho debe Cuba a Luz, y Martí afirma que lloró dos ve­ces, por Luz y por Lincoln, dice, sin haber conocido a Luz ni a Lincoln. Luego, del segundo, dice que supo, y aconsejado por un mal político y por un mal hombre, quiso lanzar sobre Cuba toda la hez del Sur derrotado.

Sin embargo, venidos de allá?? de América, donde ha­­bían pre­senciado el gran debate en el Sur y el Norte, no pocos cubanos quisieron luchar también por la libertad de su patria. En Cuba el movimiento de búsqueda de la anexión a la nación norteamericana se fue debilitando en la medida en que el Sur iba siendo derrotado. Otros creían que era posible un camino: reformas, reformas y solo reformas. La aspiración a una concesión política, más que a una conquista política.
De esa ardua batalla entre dos corrientes surgió una victoriosa que se empezó a manifestar en distintos puntos del occidente, el centro y el oriente.

Ya en 1851, en una plaza de Camagüey, Joaquín de Agüero era ejecutado. Se dice que un joven, un adolescente fue llevado al dramático escenario de su ejecución y que mojó en su sangre su pañuelo; sería el que algunos llamarían: Bayardo y otros El Mayor, el letrado, el poderoso defensor de las ideas políticas y sociales, el que sería Mayor General del Ejército Libertador y líder del pensamiento abolicionista en Camagüey.

Mientras, en Oriente, más allá de Jobabo se reunían una y otra vez, y así lo hicieron por penúltima vez en lo que llamaron la Convención de Tirsán, en un lugar nombrado San Miguel del Rompe. Allí se escuchó la voz del más inquieto, del hombre de pequeña estatura, de grande y variado talento, abogado que había recorrido el mundo, buen jinete, jugador, afortunado, amante del amor y los placeres de la vida, pero dispuesto a renunciar a todo clamó por un levantamiento sin esperar más.

Otros con más riqueza, pero con no menos determinación aspiraban a un nuevo periodo de zafra para reunir con qué hacer la batalla definitiva, y sin embargo un juramento surgió de todos los conjurados: Si esta conspiración es descubierta, el primero al que intenten apresar, se levantará.

La madrugada del 9 al 10 de octubre Céspedes, en el patio de su ingenio La Demajagua, con apenas 37 hombres, a la vista del Golfo de Guacanayabo y contemplando en el horizonte la sierra magnífica, se dirigió a aquellos compañeros suyos proclamando no solamente la necesidad de luchar y arrebatar las armas del adversario, único camino posible, sino lanzando un tizón encendido sobre una isla esclavista. Sus propios esclavos serían libres y tendrían el derecho a luchar por su libertad y por su patria.

El concepto de patria se había unido a la ambición por una nación y en una fecha venturosa tomaron la primera de las ciudades orientales. Esa primera ciudad fue Bayamo, que después entregaron a las llamas en el momento en que todo parecía perdido. A las puertas de las casas de los conjurados o de los jóvenes más comprometidos llegaron los primeros guerrilleros solicitando pan y armas. En San Luis uno tocó a la puerta de Marcos y de Mariana, la insigne Mariana —este año es el bicentenario de su nacimiento—. Poderosa madre de una nación que en ese momento pone a sus hijos de rodillas y les hace jurar, ante el Cristo que toma de la pared del aposento, que lucharán hasta morir por su patria, juramento que se cumplió para casi todos.

Años de lucha y de sacrificio. Ninguna historia, ni española ni cubana, ha logrado hablar en toda su magnitud de lo que sufrió la familia, el niño, la mujer cubana, el campesino cubano. Peleábamos contra un ejército aguerrido y batallador, que venía de vindicar sus querellas en la península, en las largas guerras carlistas y ahora, en Cuba, por decenas de miles enfrentaban el levantamiento de los cubanos. Ya habían surgido entre nosotros guerrilleros temibles. Ante el temor de la toma inexorable de Bayamo, esperó con un puñado de hombres escogidos, en un punto llamado las Ventas de Casanova, un guerrero dominicano acostumbrado a combatir en la guerra de restauración de su propia patria y contra el invasor extranjero; allí demostró que esa arma, usada hasta ahora para vindicaciones de honor o cortar caña, sería la más importante en la lucha. Todavía se conserva en un museo en la península, una carabina cortada de un solo golpe por un machetazo fiero; tal fue el combate que duró segundos, que duró momentos, lo que permitió dar cuenta al enemigo de que había nacido un adversario, hijo de su sangre, que sería capaz de luchar por su libertad y alcanzarla.

Bayamo fue incendiada como una nueva Numancia y eso les anunció el futuro y el destino. Ya en 1853, en una humilde casa de la calle Paula, hijo de español y de española, había nacido José Martí. En ese mismo año muere el Padre Varela, en San Agustín de la Florida, y muere Domingo del Monte, en Bar­celona, dos poderosos pensadores se extinguen. Pero más me interesa el primero; el segundo, hombre de gusto, literato, diseñador de vida social y pensador agudo. El primero, revolucionario integral, que opta por la abolición de la esclavitud, por el reconocimiento de la independencia americana, que se convierte en defensor de los pobres, que publica su periódico y lo envía a Cuba.

Sus discípulos le lloraron, pero nadie sabía entonces que en la propia pila bautismal en que había sido bautizado José Julián, había sido también bautizado el Padre Varela. Cuando desapareció uno, nació el otro.

Y ese joven llamado a un poderoso destino es el que hoy evocamos, al conmemorar la hazaña de la unidad de la nación que él hizo nacer de la desesperación por el fracaso del magno esfuerzo después de tanto sacrificio; él, que leyó con amargura lo que ocurrió en los Mangos de Baraguá y escribió al General Antonio que tenía ante sí una de las páginas más hermosas de la historia de Cuba; él, que sintió como propio el honor de todo el pueblo y las lágrimas de ese pueblo; él, que sufrió las reconvenciones en su hogar; él, que llegó a tener una relación tan intensa y profunda con un padre, que siendo soldado y español, alcanzó a entender, al verlo herido y llagado, prisionero y enflaquecido, que su destino era otro, quizás diseñado en su hermoso poema Abdala, cuando presenta el duelo entre el yugo y la estrella y pide lo uno y lo otro, y está convencido, como afirma, de que esa estrella ilumina y mata.

Exilio, Centroamérica, la América del Sur, los cubanos dispersos, las acusaciones recíprocas, finalmente España, los Estados Unidos. Allí vivió 14 años, y fue, como han afirmado sus cronistas, el cubano que más entendió en su tiempo aquella nación. Admiró las virtudes de Emerson, las del padre Flanagan. Admiró la obra colosal de la construcción del puente de Brooklyn. Asistió puntualmente a las conferencias de Oscar Wilde, a las exposiciones de teatro; enamorose candorosamente de la hermosa bailarina española Charito Otero. Pero más que todo, se dio cuenta del gran fenómeno que en aquella nación se forjaba y que, como había afirmado Bolívar en un momento de extraordinaria lucidez, parece llamada por la providencia a colmar a la América Latina de pobreza y miseria en nombre de la libertad. Se dio cuenta de que si en 1868 nada pudieron esperar, de que, a pesar de que allí siempre existieron, existen y existirán amigos poderosos de Cuba, hubo una dicotomía entre el sentimiento de los amigos y la voluntad de un Estado que siempre quiso de una manera manifiesta impedir la realización de una independencia que creyó inoportuna. Creyó más bien en el cumplimiento de una doctrina trazada por uno de sus políticos, que planteaba que solamente extendiendo la mano en el momento de la madurez de la fruta, esta caería sencillamente en sus palmas.

No obstante todo ello, pasó de ser el orador de última fila, al primero. Cada acto del 10 de Octubre, cada conmemoración cubana, el horroroso recuerdo del 27 de Noviembre, terrible suceso que le sorprendió en España, vuelve todos los años a llevar al orador a la tribuna y a unir lo que estaba desunido. Y de mil octavillas surgió un periódico, Patria, y de mil discursos surgió una orientación política, y de mil disposiciones y pequeñas organizaciones soñó con la creación de un partido político para dirigir una guerra de liberación nacional, anticipándose al concepto de que es imposible hacer una revolución sin una teoría revolucionaria. Su teoría no era otra que nuestra historia, nuestro sacrificio, nuestro esfuerzo. Éramos una nación en ciernes, de derecho, pero no de hecho.

Llamado a poner empatía en la discordia, unió a Gómez y a Maceo. Es inocultable que después del fracaso de 1884 y del encontronazo de Nueva York, ya no había posibilidad de una amistad fecunda para iniciar un nuevo proceso. Hoy diríamos: no hay condiciones objetivas. Sin embargo, Maceo, en Costa Rica, preparaba a su contingente. Preparaba Gómez, en la soledad de Montecristi, en República Do­minicana, o cuando antes se encontraron en la construcción del canal de Panamá amigos dispuestos a ayudar, a dar amparo, a ofrecer techo y pan a los emigrados que por todas partes soñaban y querían su patria. Y de esa forma surgió la organización un 10 de abril, que es un día crítico en la historia de Cuba, el día de la gloriosa Asamblea Constituyente de Guáimaro, donde nació la utopía democrática del pueblo cubano; pero donde también se le puso plomo a las alas de la revolución, donde se pensó que era posible hacer una república de leyes cuando no éramos dueños más que del espacio que pisaban los campamentos y los caballos de los libertadores. En medio de esa realidad, un 10 de abril hace nacer su creación más completa: el partido político, un partido unitario que convocaría al pueblo cubano a una guerra que él consideró inevitable y, después, necesaria.

Inevitable, porque en sus sentimientos nobles, generosos, en su íntima y profunda convicción él había reclamado en su famoso Manifiesto a la República Española, que no le pediría lo imposible, pero le pedía lo posible: los derechos conculcados de Cuba, la representación de Cuba, el derecho de estudiar, de interpretar, de conocer que éramos diferentes. Nada de esto fue escuchado, solamente muchos solidarios en España y en otras partes del mundo creían en la causa de Cuba.

Ahora todo sería más difícil: había un alto desarrollo de la tecnología militar, una situación nueva en el continente americano, las repúblicas sufrían los padecimientos de sus propias divisiones cuando habían dejado intactos trono y altar después del esfuerzo inmenso de la primera batalla.
Recordaban aún las dolorosas palabras de Bolívar en Santa Marta: “He arado en el mar”; la tristeza de San Martín al regresar y encontrar su país dividido; la pena de O’Higgins al morir en Lima, apartado de su tierra amada; el dolor tremendo de Francisco de Morazán al verse capturado y ejecutado por sus propios compañeros, y aún pesaba aquella maldición casi bíblica que había lanzado Miranda, cuando el gran precursor al ser entregado prisionero a las puertas de una nave española, que lo llevará a una prisión perpetua y definitiva, al reconocer los que cometen aquel parricidio, responde: “Bochinche y solo bochinche es lo que saben hacer ustedes”.

Por sobre toda esa historia se levantó Martí, era vasta y grande su cultura como ha señalado uno de sus biógrafos, subía y bajaba escaleras como quien no tenía pulmones, su voz era clara y nítida, su poder de convencimiento grande. Era, al mismo tiempo, un escritor incansable, cuya hermosa letra inicial se ha­bía transformado prácticamente en líneas inteligibles solo para los paleógrafos. Faltaba tiempo, le faltaba tiempo.

Cuando todo estuvo preparado y dispuesto, cuando creyó que todo estaba organizado, cuando había logrado visitar a Mariana Grajales en Jamaica, que ya ciega le acaricia la cabeza y prácticamente con este gesto noble y de rodillas envía un abrazo fraterno al hijo que tanto amaba, a la madre que nunca pudo ver su patria libre; cuando ya separado de todo bien personal, lejos su esposa, apartado de su hijo, muerto su padre, dispersos sus amigos, se le vio pobre en Estados Unidos, trabajando en el invierno ganando el pan, fundando la Liga para educar a los negros cubanos, que bajo la orientación de Rafael Serra se reunían y le llamaban, con cariño y con devoción, Maestro y Apóstol. ¡Qué torpeza tratar de despojarlo de un título tan importante, Apóstol: el que lleva la palabra, el que trasmite un mensaje nuevo y ese fue su mensaje!

Cuando en el puerto de Fernandina se perdieron las naves creyó enloquecer, pero transformándose de José Martí en Orestes, que fue siempre el seudónimo de sus escritos y su seudónimo político, viajó de inmediato a la República Dominicana para buscar al general Gómez en Montecristi, en aquella casa donde en breves días, el 25 de marzo, se cumplirán también 120 años de la firma del poderoso Manifiesto llamando a las armas al pueblo cubano, a los españoles que nada debían de temer si respetaban la patria que había de fundarse. Hubo discordias, no se lograba entender qué estaba ocurriendo. Hoy es fácil para nosotros hacerlo a través de un teléfono, de un mensaje; entonces solamente era el telégrafo con su lenguaje críptico el que anunciaba que la hora había llegado.

Maceo había estado años antes en Cuba y conocía el estado político del país, y en este momento, vacilaba en poder salir hacia Cuba, porque no sabía qué estaba pasando en Estados Unidos y el dinero que se ofrecía para fletar una nave y llegar sanos y salvos no aparecía.

Gómez estaba igualmente pobre en Santo Do­mingo, apenas unos centavos para poder tomar esa determinación, y otros patriotas esperando en distintos lugares, y en Cuba mucha gente avisada en Oriente, en el Occidente, en Matanzas. De pronto el General dio la orden: “Es necesario el alzamiento”, y Martí no vaciló en enviar el telegrama, que su amigo recoge en la estación de la Western Union en la calle Obispo, en La Habana Vieja: “Giros agotados”, lo cual significaba que se había agotado el tiempo. Era la noche del 24 de febrero; el Capitán General tenía la convicción y las informaciones de que se tramaba realmente un movimiento.

Algunos dirigentes fueron capturados en La Ha­bana. Juan Gualberto Gómez, comprometido con su hermano y amigo José Martí, se fue a Matanzas, a Ibarra, en busca del ingenio Vellocino de Oro donde había nacido, para levantarse con un grupo de compañeros y cumplir su palabra.

En Santiago, Guillermo Moncada quiso morir cumpliendo su palabra, enfermo de tisis, pero en el campo de Cuba libre.
En Baire se levantaron, y en Bayate se alzó también Bartolomé Masó, y todo el mundo esperaba solamente la llegada de los líderes. Allá en España la conmoción fue grande, se había desmentido la propaganda autonomista, se había desmentido la propaganda anticubana de que todos eran sueños disparatados de un profeta enloquecido. Ahora solamente faltaba el arribo.

En admirable disciplina y en presencia de los generales y oficiales que estaban en Costa Rica, juraron Antonio y Flor aceptar las condiciones de viajar en las que el segundo le planteaba al primero, y así salieron hasta tomar la goleta Honor y arribar el 1ro. de abril a las costas de Cuba, en un punto del litoral baracoano: “Soy yo, Antonio Maceo, que he vuelto”, gritó en lo alto del camino, mientras fogoneaba con su arma a los guerrilleros de Baracoa. El 11 de abril, día glorioso y memorable, en Playitas de Cajobabo desembarcaban Máximo Gómez y José Martí.

Hace 20 años el Jefe de la Revolución me pidió contar esta historia. Con profunda emoción y como se sube a encender la llama en lo alto del cenotafio donde están los restos de los caídos, traté de cumplir mi deber. Confieso que ha sido un gran honor aquel y este que usted, General Presidente, hoy me ha conferido.

Pero algo más debo decir: El hecho importante y trascendental es que entonces concluí mis palabras clamando porque se levantaran de las tumbas los muertos gloriosos del 10 de Octubre y del 24 de Febrero; clamé por los mártires, por las heroínas, por las cubanas que bordaron banderas pidiéndoles atravesarnos en el camino de un enemigo y adversario implacable que, todo parecía indicar, venía esta vez a cercenar de forma definitiva, jugando con los azares de la historia, el destino de Cuba; pero no fue posible.

Hoy, 20 años después, estamos aquí de pie, en una coyuntura diferente. Nos hemos presentado con hidalguía bajo los mismos mangos orientales, para enfrentarnos con el caballeroso adversario que ofrece al menos detener por un tiempo la mano agresora y darnos la oportunidad de discutir lo que lógicamente será necesario debatir bastante.

Ahora más que nunca hace falta la unidad de la nación, ahora más que nunca la prenda más preciosa debe ser conservada. La fortaleza que nos ha permitido llegar hasta aquí fue aquella que vi esa otra noche de abril en Playitas de Cajobabo cuando, convocados por el líder de la Revolución, llegamos a aquella hora oscura de la noche a la orilla de la playa. Él llevaba la bandera cubana en el asta que le trajo uno de sus ayudantes, y entonces, entrando en el agua a la altura prácticamente del tobillo, se abrió de pronto en el cielo la luna blanca y movió la bandera de Cuba hacia el Sur, hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, diciendo: ¡Aquí estamos!
Y aquí estamos hoy, ¡oh, patria amada!, ¡oh, bandera dulce, por la cual tantos lucharon! No importa que tú, Maestro generoso, te hayas ido tan pronto, aquel 19 de mayo, tuviste una profunda convicción, convicción profunda: “Yo sé desaparecer, pero mis ideas prevalecerán”.

Y esas ideas han prevalecido. Fueron las ideas que se defendieron en el proceso histórico del Moncada. Fueron las que conquistaron a los muchachos que se reunían en la calle de Prado para escuchar la voz de aquel joven que había irrumpido en la universidad como un torbellino, y de quien me dijo una de sus hermanas: un día volvió a la casa y papá ya lo sabía: “Vienes a buscar al chiquito”. El chiquito está aquí con nosotros, y el grande está con nosotros todavía.

¡Viva Cuba! (Ovación)

martes, 19 de mayo de 2009

La vigencia de José Martí

Por Armando Hart Dávalos

Rendimos emocionado tributo de recordación al Apóstol en el aniversario 114 de su caída en combate en Dos Ríos y de su ascenso a la inmortalidad. Es una ocasión propicia para exaltar su pensamiento y sobre todo su vigencia en estos tiempos que vivimos, sin duda los más complejos y dramáticos de la historia de la especie humana.
Se suelen comparar estos instantes con la crisis del capitalismo en 1929; sin embargo, la situación es muchísimo más grave y solo comparable con la caída del imperio romano a mediados del primer milenio. Pero aún más, porque lo que está en peligro es la vida sobre la Tierra.
Hace más de un siglo, Rosa Luxemburgo sentenció: socialismo o barbarie. Hoy podríamos decir: barbarie si tenemos suerte. Ante este desafío universal, los cubanos tenemos el deber insoslayable de mostrar al mundo quién fue José Martí, el más profundo y universal pensador de lo que se llamó Nuevo Mundo, es decir, desde Alaska a la Patagonia, en la historia del hombre.

En fin, cada día se hace más necesario conocer y promover cabalmente las ideas de quien Rubén Darío llamó «Maestro». Fue precursor del modernismo en la poesía; es considerado entre los mejores prosistas de habla castellana, ensayista capaz de abordar, destacar e identificar todo lo nuevo que se reveló en la ciencia y la cultura de su tiempo. Entusiasta crítico de arte y, en primer lugar, organizador del Partido Revolucionario Cubano en la última guerra de independencia (1895-1898).

La clave de su vida como revolucionario y como pensador la podemos encontrar en que en su carácter y en su mente logró articular ciencia, conciencia y acción. Y lo hizo a partir de su ética, porque Martí era un hombre medularmente ético.

La dignidad de su conducta se entiende cuando se toma en cuenta que no era un guerrero, pero a su vez tenía conciencia de que la guerra constituía una necesidad objetiva para la independencia de Cuba, y comprendía que debía enseñar con el ejemplo. Ahí está la raíz de la tragedia de su caída en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, a poco tiempo de iniciada la guerra que él preparó y convocó. En ello está la esencia de su virtud educativa, y la prueba definitiva de la consecuencia de su vida.

Ante la crisis universal que enfrentamos, Martí se presenta como el paradigma que puede ayudarnos a encontrar los caminos hacia el futuro. Hoy, cuando están en marcha en América Latina distintos procesos revolucionarios y de profundo contenido popular, podemos encontrar las formas correctas de hacer política y de defender culturas fundamentadas en la tradición latinoamericana y en las ideas de José Martí, quien procura el logro de aspiraciones radicales a la igualdad y justicia social, y al propio tiempo aspira a unir el mayor número de fuerzas posible para alcanzar esos objetivos, es decir, «Con todos, y para el bien de todos».

Para recorrer este camino de forma unida orientémonos por José Martí cuando dijo: «Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos».

Para la realización de todo este esfuerzo se requiere de una cultura general integral como la que tiene América Latina. Los grandes pensadores latinoamericanos, desde Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, Félix Varela y José de la Luz y Caballero hasta los de hoy, tuvieron una aspiración a la cultura general integral. ¿Cuál es la originalidad de Martí y de Fidel? Que ambos volcaron esa cultura en lo que el Apóstol llamó el arte de hacer política. Su definición de política resulta muy esclarecedora:

«La política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios, de convertir los reveses en fortuna; de adecuarse al momento presente, sin que la adecuación, cueste el sacrificio, o la merma importante del ideal que se persigue; de cejar para tomar empuje; de caer sobre el enemigo, antes de que tenga sus ejércitos en fila, y su batalla preparada».

La percepción martiana de la política es una categoría de la práctica. Repasen la definición del Apóstol y observarán que esta resulta válida para cualquier práctica política, independientemente de los fines que se persigan. Pero esa práctica tiene en Martí una función regida por la ética, y esta se define, como señaló Luz y Caballero, concibiendo la justicia como el sol del mundo moral. Lo dice también el Apóstol: «(...) dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos»1. Obsérvese que hay una diferencia entre política como práctica y ética como principio.

En Maquiavelo, representante del pensamiento burgués en ascenso en el siglo XV, el objetivo de la política es el de dividir para vencer. Esto porque la política no se atiene a principios éticos y se vuelve oportunista. En el pensamiento martiano, la articulación de esas categorías es un componente esencial. Ética, política y derecho, sobre el fundamento de la cultura general integral, es la fórmula latinoamericana y caribeña que presenta al mundo de hoy.

El principal error práctico de la llamada izquierda del siglo XX fue divorciar la política de la cultura; el primer deber de los hombres de cultura está en buscar la relación con la política práctica. Ahí está la clave del socialismo que necesita el siglo XXI.

Cada día tengo mayor satisfacción al recordar que la Generación del Centenario de Martí, la de Fidel, desde hace más de medio siglo mantiene la cultura ética como tema central. Recordemos la definición de Fidel del concepto Revolución, formulado el Primero de mayo de 2000, y constatemos allí los estrechos vínculos entre la ética y la práctica política.

En la articulación de cultura, ética, derecho y política solidaria se halla la fórmula del amor triunfante y del equilibrio del mundo postulada por el Maestro.

Una prueba de la fuerza real de la ética, de la que no se hizo un profundo análisis filosófico científico, la da el hecho de que las religiones la han tomado como elemento esencial. Por eso, Martí dijo que Dios estaba en la idea del bien. Nosotros, procurando buscar la idea del bien en la práctica concreta de la vida y de la historia, tenemos que analizar la importancia de las condiciones económico-sociales y del desarrollo cultural en general.

En relación con el derecho, recuerdo, como postulaba Martí, que lo esencial estaba en la justicia. Subrayaba también el Apóstol:

«Todo hombre es una fiera dormida. Es necesario poner riendas a la fiera. Y el hombre es una fiera admirable: le es dado llevar las riendas de sí mismo».

Las riendas están en la cultura, y el derecho es la única forma culta de ejercer la violencia; y cuando se viola la ley y se crean condiciones para la violencia, se están creando situaciones graves en el orden público. Este es uno de los temas esenciales que debiéramos discutir a la luz de la tradición ética y jurídica cubana.

En cuanto a la política solidaria, recordemos que Martí era un hombre radical y al mismo tiempo armonioso. Hay quienes son radicales y no son armoniosos, y por ello crean innumerables problemas. Hay quienes intentan ser armoniosos y no son radicales, y no logran nada realmente efectivo. El pensamiento revolucionario de Martí está insertado en estas dos categorías fundamentales: armonioso y radical.

Ha llegado la hora de superar esquemas y dogmatismos que nos llegaron de fuera con diferentes etiquetas y estudiar la vida y la obra de todos los pensadores y forjadores de grandes ideas a lo largo de la historia. Es la única forma política y científica para hallar un camino que nos libere de los sistemas opresivos y nos permita arribar a una genuina humanidad, como la que soñaron los grandes utópicos. Y esto solo lo podemos hacer con principios científicos y cultivando el amor y la solidaridad.

Por estas razones, hemos venido insistiendo en la necesidad de estudiar lo que hemos llamado cultura de hacer política, presente en Martí y en Fidel. Promover estas investigaciones, sobre el fundamento del pensamiento de Bolívar y de Martí, es un deber con la ciencia histórica con el pensamiento filosófico y con el futuro político de América y del mundo.

Esas investigaciones profundas deben partir del método electivo de la tradición filosófica cubana, de la vida y obra de los precursores Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, Félix Varela y José de la Luz y Caballero, quienes podrían mostrarnos los hilos invisibles de que nos habló Martí, que unen a los hombres en la historia. Ellos asumieron el más elevado pensamiento filosófico, político y social del Viejo Mundo, lo reelaboraron y así concibieron la América nuestra.

Si en Europa pusieron en antagonismo las ideas de unos sabios respecto de otros, América buscó siempre la articulación y la armonía; por eso ha podido recrear el pensamiento universal y situarlo como la opción necesaria del siglo XXI. Mientras que en Europa se divide y antagoniza el patrimonio de sus sabios, en América se promueve la mejor síntesis del pensamiento de todos sus sabios sobre el fundamento de la justicia como sol del mundo moral y del derecho, en cuya esencia está la búsqueda de la justicia por el hombre. Esa es América, la de Bolívar y Martí, dos gigantes que junto a la inmensa legión de próceres y pensadores, constituyen referentes indispensables para la búsqueda de los caminos que conducen al socialismo del siglo XXI.

1 José Martí, Periódico Patria, Nueva York, 14 de abril de 1893, t. 2, p. 298.

José Martí en la poesía de Benedetti


"Hay hombres que hasta después de muertos, dan luz de aurora" dijo el Maestro y a 114 años de su muerte en campaña, sigue siendo esta frase paradigmatica cuando pensamos en él.

Hace apenas un día que otro hombre -poeta y revolucionario, como Martí- nos dejó con la nostalgia infinita de su presencia y su poesía... un hombre que como Martí sufriera el destierro y amara esta tierra que nos vío nacer...

A Martí dedicó Benedetti estos versos que hoy quiero compartir, como modesto homenaje de admiración a ambos:

José Martí pregonero
Tu nombre es como el crisol
donde se funde la hazaña
tu nombre es como la caña
que endulza con lluvia y sol
de su destino naciente
sólo tu pueblo es el dueño
cual figuraban en tus sueño
por fin es libre tu gente
josé marti pregonero
no moriste en tu pregón
tus versos viven y son
pregones de un pueblo entero
tu isla exporta el verano
y hay flambollán y justicia
la buena tierra nutricia
da frutos para el cubano
tu nombre es como el crisol
donde se funde la hazaña
tu nombre es como la caña
que endulza con lluvia y sol
tan sobrio y tan desbordante
tan bueno y tan orgulloso
tan firme y tan generoso
tan pequeño y tan gigante
tan profundamente isleño
tan claramente cubanotan latinoamericano
en tu suelo y en tu sueño
siempre nos tienes despierto
con tu constante mirada
con tu suerte despejada
y con tu fe de ojos abiertos
tu nombre es como el crisol
donde se funde la hazaña
tu nombre es como la caña
que endulza con lluvia y sol.

Mario Benedetti

Véase "La Poesía Cubana de Mario Benedetti", de Jaime Ibáñez Quintana, en http://www.ucm.es/info/especulo/numero33/pcbened.html
Poema en http://www.poesia-inter.net/mb78500.htm

sábado, 11 de abril de 2009

El Partido en el pensamiento político de José Martí

Por Carlos Rodríguez Almaguer

“Los hombres van en dos bandos:
los que aman y fundan;
los que odian y deshacen.”

José Martí

El pensamiento político de José Martí mantuvo un franco proceso de maduración que abarcó desde las tertulias en el colegio del maestro Rafael María de Mendive, pasando por las trágicas experiencias del presidio político, el destierro en España, sus vivencias en México, Guatemala y Venezuela, hasta el análisis profundo y desprejuiciado de las fuerzas, vicios, inmoralidades y desórdenes que en los Estados Unidos de Norteamérica se escondían tras las bambalinas del progreso, y ya habían iniciado en el alma de aquella poderosa república su obra de destrucción.

Las permanentes lecturas, unidas a la observación y el análisis de cada realidad en que vivió, y al trato de los hombres y mujeres con los que de una u otra manera se relacionó, fueron básicamente las fuentes principales de las que se nutrió su vastísima cultura, en la que ocupa un lugar prominente su cultura política. No comprender su pensamiento político como un proceso, y asumir como única o definitiva la posición que adoptó en determinada fase del mismo, ha conllevado a recurrentes errores cuando no a tergiversaciones las más de las veces motivadas por la mala fe hacia el proceso revolucionario que triunfó en Cuba en enero de 1959.

Persiguiendo el mezquino objetivo de desacreditar la raíz martiana de la Revolución que lidera Fidel, los corifeos de la anti Cuba ha hecho énfasis en dos temas fundamentales, entre los muchos que han manejado. Uno de ellos es la supuesta oposición de Martí al ideal socialista y específicamente a la figura de Carlos Marx, basándose en la casi totalidad de los casos, en dos momentos de reflexión martiana en torno a ese asunto. A saber, la crítica que hace, en marzo de 1883, a los métodos violentos de lucha cuando escribe el elogio ante la muerte de Carlos Marx.

En esta ocasión refiere que “espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, y afirma además que el Prometeo de Tréveris fue “hombre comido del ansia de hacer bien. Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.” No obstante esta observación, la realidad política de Cuba lo llevaría casi una década después a convertirse en el principal organizador de una violenta guerra que él llamó “necesaria” y la proclamó “sin odio”. El otro momento objeto de manipulaciones es su análisis del libro titulado La futura esclavitud, escrito por Herbert Spencer y cuyo título gusta ser presentado por los manipuladores como una expresión de Martí acerca del socialismo. Sin embargo, nunca dicen nada respecto a que el mencionado análisis martiano concluye señalándole a Spencer su celo excesivo en criticar a ese determinado tipo de socialismo que se proponía por entonces en Inglaterra, y cuyo pecado capital consistía —según el autor del libro— en la sobre protección que dicho Estado socialista ejercería sobre los pobres.

Así concluye el análisis martiano:
“Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Nosotros diríamos a la política: ¡yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.”
El otro tema objeto especial de manipulación es el referido al partido único. Cabe señalar que desde su enfrentamiento en la metrópoli a la hipocresía republicana que exigiendo ese derecho para España, lo negaba a los cubanos que cada día morían en la manigua como expresión máxima de su vocación republicana y su deseo de independencia, Martí fue decepcionado por los conceptos de partido. Así, durante su estancia en México, Guatemala y Venezuela, tiene una nueva visión de lo que podían ser los partidos políticos manipulados por los caudillos victoriosos de las continuas guerras civiles en que, desangrándose, las repúblicas nacidas del proceso iniciado en 1810 purgaban los vicios heredados de tres siglos de dominación colonial.

Y es precisamente refiriéndose al caso mexicano, luego del golpe de Estado perpetrado por el general Porfirio Díaz, que derribó al gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor del Benemérito Benito Juárez, que Martí, habiendo abandonado el país azteca por estar en desacuerdo con tal procedimiento, visita La Habana, camino a Guatemala, para preparar el regreso de sus padres, y desde allí, en carta del 11 de marzo de 1877 dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado, desmiente las versiones que en aquel país corrían de que el derrocado presidente Lerdo de Tejada estuviera en La Habana, y comenta sobre la situación de aquella república: “Veo a México en camino de una reacción conservadora; ni es nueva para U. mi añeja certidumbre de que así había de suceder.- ¡Quién sabe si el partido liberal-(siempre es desgracia para la libertad que la libertad sea un partido)-tiene el derecho de sentirlo!”

Esta expresión entre paréntesis, refiriéndose a la denominación de un partido político, ha sido manipulada hasta la saciedad por los enemigos de la Revolución. Dicha así, fuera de contexto, pareciera que no compartía Martí la idea de un solo partido. Sin embargo, cinco años después de este comentario, y diez antes de fundar el Partido Revolucionario Cubano, le escribe al general Máximo Gómez, el 20 de julio de 1882, una carta de la que cito solamente dos párrafos, para que sea el propio Martí quien explique impelido por qué peligros llegó al convencimiento del partido único como solución definitiva al problema cubano. En ella le dice el Apóstol al Generalísimo:
“Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como ésa es la naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de atajarlas.

¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”

Como vemos, no surge la idea del partido único solo ante la triste realidad de la colonia, sino y sobre todo, por el peligro tremendo de la anexión a los Estados Unidos.

Una semana antes de la constitución del Partido Revolucionario Cubano, escribe en Patria, el 3 de abril de 1892: “Puede ser un partido mera hoja de papel, que la fe escribe, y con sus manos invisibles borra el desamor. Puede ser la obra ardiente y precipitada de un veedor que en el ansia confusa del peligro patrio, congrega las huestes juradas, en su corazón flojo, al estéril cansancio. Pero el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible; sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”.

Esta concepción de la unidad de lo mejor y más valioso de nuestro pueblo en una sola organización, es la cumbre del pensamiento político cubano a lo largo de sus dos siglos de forja y combate. Cuando en el nacimiento de la parodia de república que nos permitieron los nuevos amos disimulados, nuestra política pretendió reproducir la pésima representación teatral en que suele convertirse el pluripartidismo de las “democracias occidentales”, degeneró hasta la corrupción, la tiranía y la infamia.

Por eso ante cada peligro o ataque que hemos padecido en estos últimos 50 años, y en los que en el futuro podamos enfrentar, la unidad de los mejores hijos de esta tierra, por su patriotismo, por su desinterés, por su humanismo, en torno al Partido heredero del que fundó Martí, ha sido y seguirá siendo la única garantía de continuar disfrutando de la soberanía, la identidad, la nacionalidad que tantos sacrificios ha costado.

Cuba estará a salvo mientras podamos repetir con honor esta verdad martiana: “el Partido existe, seguro de su razón, como el alma visible de Cuba”.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Marx en Marti II

El Socialismo Americano
Por Orlando Licea Díaz

A partir de la publicación del artículo “Marx y su Obra en el Pensamiento de José Martí” se originaron una serie de comentarios e interrogantes, que, por una parte, sacaron a relucir el tema a la luz pública, y por otra, reabrieron las puertas al estudio de este aspecto -no muy divulgado- del pensamiento de nuestro Héroe Nacional.

Como pienso que urge, para los revolucionarios y la gente honesta y progresista del planeta -especialmente la de Nuestra América-, conocer las fuentes nutricias de lo que se ha dado en llamar Socialismo del Siglo XXI, o lo que es casi lo mismo, Socialismo Americano, con el fin de ir perfilando el mapa de lo que sería una sociedad más justa, en la que todos los seres humanos tuviesen la dicha, no sólo de satisfacer sus necesidades materiales -alimentación, vivienda, vestuario- sino también las psicológicas, políticas, sociales y espirituales, superando la enajenación esclavizante que producen las sociedades consumistas y de clase, de la que no escapa los que detentan el poder.

Los representantes del orden burgués, o clasista o diabólico, como prefiera llamarle, están, día a día, acelerando el paso por el camino que conduce a la destrucción definitiva de nuestra cultura y nuestra especie, adoptando una posición realmente cerril ante los retos que la contemporaneidad está planteando a los representantes de la especie humana. Si estos representantes -estúpidos además de diabólicos- profundizaran un poco en el asunto, se darían cuenta, como desde hace ya mucho advirtieron los utópicos -que no por serlo dejaron de tener razón- de que ellos mismos pierden en salud, en plenitud, en disfrute y dicha verdadera, con el orden enajenado, en el que equivocadamente creen llevar la mejor parte, por lo que, si tuviesen un mínimo de inteligencia y bondad, debían inscribirse en la filas de los que intentan mejorar al mundo.

En un momento afirmé que a Martí habría que considerarlo el precursor del Socialismo Americano, que -con distintos matices-, va surgiendo en el seno de nuestra querida y sufrida tierra. Y que había que contar muy en serio con sus reflexiones acerca del tema, a la hora de intentar el diseño de un mundo mejor. Trataré de demostrarlo en estas líneas.

Por curiosidad, pedí en las Obras Completas de José Martí, usando un buscador, diferentes palabras clave que tienen que ver con la doctrina socialista. Mayúscula sorpresa me llevé al comprobar que las siguientes palabras aparecen aproximadamente y en diferentes contextos con la siguiente frecuencia:

Carlos Marx 5 referencias (Dedicó un artículo a su muerte. Estuvo en el funeral que se organizó en Nueva York)

Socialismo 99 referencias

Comunismo 32 referencias

Anarquismo 57 referencias

Monopolio 60 referencias

Proletariado 14 referencias

Obrero 499 referencias (En todos los tomos aparece la palabra)

Clase y clase social 123 referencias

Imperialismo 3 referencias

Soberbio 175 (En todos los tomos)

Humilde 123


Incluí las palabras, soberbio y humilde, por considerar que en el pensamiento martiano, es una forma indirecta de referirse a dos grupos sociales con características tales que podrían identificarse, sin mucho esfuerzo con una especie peculiar del concepto clases sociales. De hecho, el concepto de sociedad en general para Martí, y en especial el de una sociedad más justa, parte de lo subjetivo del ser humano, de los valores, del espíritu de la especie y nada más lógico que buscar entonces las características psicológicas esenciales que caracterizan a las clases sociales y bautizarlas con ellos.

No hay espacio, -por a la intención de este artículo- para perfilar, en toda su riqueza y complejidad, las concepciones de Martí acerca de estos asuntos. Sólo pretendo llamar la atención sobre el tema.

Otro momento significativo para comprender la aproximación martiana a las ideas del socialismo y el marxismo, es la publicación de un artículo titulado “La Futura Esclavitud” (La América, Nueva York, abril de 1884. O.C. Tomo 15 Pág. 388) en el que analiza y refuta las posiciones de Herbert Spencer - que había publicado un trabajo con este título- acerca del socialismo. Veamos, con palabras de Martí, su posición al respecto.

“Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven como el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.”

Me he permitido la licencia de poner en negrita y subrayar aspectos que a mi modesto juicio considero esenciales. En primer lugar la adhesión y simpatía de Martí por las idea socialista a la que considera una “nobilísima tendencia” “nacida de todos los pensadores generosos”. Martí, quien se afilió siempre a todo lo noble que encontró en su vida, ¿no está declarando implícitamente su adhesión a la idea socialista? ¿No fue Martí un pensador generoso más?

A continuación viene un pero martiano, que lo ubica como profeta y fundador. Un pero al que debíamos prestar mucha atención los empeñados en construir un mundo mejor, más justo y más humano. A los peros de Martí hay que enfrentarlos con valor, pues vienen de unas de las mentes más preclaras, justas y honestas que ha producido la tierra americana. Y además comprometido hasta la médula con los pobres de la tierra. Ante estos peros, algunos han retrocedido amilanados, posponiendo una y otra vez su análisis, lo que ha dejado espacio a los enemigos de la especie humana para tergiversar su significado.

¿Acaso no ha constituido -y constituye- uno de los más serios problemas de la construcción del socialismo la productividad del trabajo? Martí simplemente nos está diciendo que a este asunto hay que prestarle la debida atención desde el principio. Si ojeamos con esta mirada la obra martiana veremos como, con la humildad propia del genio, supo conocer sus limitaciones y posponer respuestas para problemas que no eran de solución sencilla. Pero nos dejó el método para enfrentarlos y resolverlos.

Y sigue Martí profundizando y aclarando, el propio esquema del artículo nos dice mucho, y prevé otros asuntos que luego han constituido verdaderos retos para los emancipadores de la especie humana. Veamos:

“Tendencia al socialismo de los gobiernos actuales.-La acción excesiva del Estado. -Habitaciones para los pobres.-La nacionalización de la tierra.-El funcionarismo”

¿Hasta donde debe llegar la acción del estado en un mundo más justo? Este tema es tan arduo, que Engels y Marx llegaron a la conclusión de que lo mejor sería hacerlo desaparecer, pues constituye una institución opresora por su misma naturaleza y esencia.

El problema de la vivienda, muy ligado al de la familia, -y al de las clases- ha sido otro reto colosal para los diseñadores de una sociedad más justa. Engels incluso le dedicó un estudio especial.

¡Y que decir del funcionarismo o el burocratismo! Comején absurdo que corroe por dentro, confundiéndose con la madera misma y escondiéndose en ella, hasta que termina por destruirla, si no se fumiga a tiempo. -Y lo mejor es prevenirla, vacunando a la madera, lo que saben muy bien los que han tenido que sanar una madera infectada.

Y luego de razonar y predecir concluye Martí, con una sentencia definitiva, que deja muy clara su posición en el asunto, así como su adhesión a la idea socialista:

“Nosotros diríamos a la política: ¡yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.”

En carta dirigida a Fermín Valdés Domínguez (Nueva York, mayo, 1894) Martí le expresa a su amigo:

“Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas: y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas,-- y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados. Unos van, de pedigüeños de la reina,--como fue Marat,-cuando el libro que le dedicó con pasta verde-a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1º de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.” (O.C. T 3 Pág. 168)

Mucho sugiere este breve párrafo martiano. -de nuevo me tomé licencia para subrayar-. A quien estas líneas escribe -acaso pecando de excesiva admiración- no le cabe duda de que Martí está expresando su adhesión al socialismo y que este es el sistema por el que va a optar en el destino de su patria, “en nuestro pueblo no es tanto el riesgo” y “explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo”, son frases que implícitamente declaran su propósito.

De nuevo aparecen peros, y unos peros de nuevo proféticos, de nuevo significativos. Señala dos peligros a la idea socialista, el de lecturas incompletas y extranjerizas, o lo que es lo mismo, una aproximación superficial a un problema muy complejo y la aplicación de fórmulas ajenas a las condiciones de los pueblos de nuestra América, la necesidad de un SOCIALISMO AMERICANO. Por supuesto, no se le escapa al agudo pensar político martiano el peligro del oportunismo, al que denuncia con filo de acero. ¡Cuántas amargas experiencias no han tenido los verdaderos representantes de nuestros pueblos con esta dañina plaga! El oportunista es peor aún que el burócrata, pues actúa a la luz, desacatando con su conducta lo que proclama con su verbo.

El término socialismo americano, y su necesidad histórica fue por primera vez, y antes de que nadie lo hubiese previsto, en la obra de Martí:

“Los Caballeros del Trabajo son un congreso permanente de trabajadores. A cada problema, una resolución. La sociedad debate en secreto, pero manda, y ocho mil obreros, diecisiete mil obreros, los mineros todos del Oeste, como a un golpe de martillo, abandonan el trabajo. Y son tales las arcas de la sociedad que pueden mantener en huelga meses sobre meses a diecisiete mil obreros. Misteriosos, constantes, enormes, fieles son las manos que llenan esas arcas. Y se extienden, se extienden. Son poderosas, porque nacen directamente de sus propios problemas. NO ES EL SOCIALISMO EUROPEO QUE SE TRASPLANTA. NO ES SIQUIERA UN SOCIALISMO AMERICANO QUE NACE.” (O.C. Tomo 10 Pág. 308)

Y esta idea de la necesidad de buscar cauces propios de la mente y de la realidad americana al futuro y necesario socialismo, no es una afirmación casual, se repite, al menos en otra ocasión, lo que implica una sistemática preocupación por el asunto:

“¿Y la federación de obreros que está agregándose la de agricultores, y es toda de norteamericanos socialistas? ¿Y la misión del rico Huntington, el monje episcopal, que vive entre los pobres, como el ruso Tolstoi, y les ha abierto club, donde vayan a hablar, en conversación absolutamente libre, sobre los modos de sacarle los cimientos al orden social de hoy, y ponerle otros más seguros, sin que se venga abajo la casa? Lo que queremos, dicen, es resolver nuestros problemas con remedios nuestros. Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de la medicina, según falte este u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo”.

“Asimilarse lo útil es tan juicioso, como insensato imitar a ciegas. El dinerismo nos pudre y guerreamos contra el dinerismo. Antes teníamos más hombres felices: ahora tenemos más fieras y más bestias. ¿O se vive para probar que se es más bribón que el vecino, so pretexto de ser más inteligente, y será el mejor de la sociedad, el “aristo” nuevo, el que más dinero mal ganado acumule y pague más Pommard, o más Liebfrauenmilch, a los alfonsos de las bailarinas? ¿No son odiosos estos viejos carnudos, con ojos como lentejuelas, y estos jóvenes vendidos, fríos y envenenados? Otros viejos queremos, que no cambien, por unas cuantas trufas más, la corona de la vejez: otros jóvenes queremos, que no vivan de limosna, sino de sí, ni vayan de pajes secretos de la política, abriendo y cerrando la puerta de las mancebías, ni vayan de insolentes por la calle, con coche y plastrón, y tiemblen, como el caballo ante el látigo, en las antesalas del poderoso o del vulgo. Y van estos bostonianos y socialistas de salón, hasta pedir que se nacionalicen las industrias, para que no haya estos magnates tentadores y estos políticos venales, y no se trabaje para tener más que el vecino, ni para cultivar lo grosero y feroz del hombre, sino para vivir a poco costo, en albedrío individual, y con tiempo y gusto para las cosas del corazón y de la mente. “Ya vendrá”, dice un comentador, “quién dé con el modo, -puesto que no es más que cuestión de modo,-de echar abajo sin violencia este orden de acumulaciones inmorales, sin contrariar la naturaleza individual, y aun los defectos inevitables: y por tanto necesarios: del carácter del hombre.”

“Y vienen a ser estas mesas de fin de año como una tribuna de la nación: donde se oye con igual gusto al adinerado henchido y al reformador fogoso, porque con ambos se prueba el hábito de pensar en alta voz, y de tener al aire libre las ideas, que a menos que no resulte hecho de miasma el hombre, ha de bastar, en lucha igual, para irlo poniendo, de peldaño en peldaño, donde no tenga, para vivir en casa limpia, que salir por el mundo alquilando el lomo o devorando semejantes. Trabajar es lo verdadero, y decir sin miedo lo que se piensa: he ahí las dos raíces.”

(JOSÉ MARTI La Nación. Buenos Aires, 20 de febrero de 1890)

Cualquier espíritu sensible vibra ante estos análisis martianos, insiste en la necesidad de un socialismo que nazca de la entraña del suelo americano, y describe la esencia de los problemas sociales desde la mirada de lo subjetivo, de la vida real y cotidiana, de los valores e ideales de los hombres.

Los trabajos periodísticos sobre los acontecimientos de Chicago, que dieron lugar a la celebración del 1 de Mayo como el Día Internacional de los Trabajadores, son un modelo de honestidad y método de enfrentamiento con la vida desde la mirada de los humildes de la tierra. Termina valorando justamente al anarquismo, erróneo como método y como fin, pero justificable como ansia de redención.

“La aristocracia es una política, y la democracia otra. El zarismo es política, y es política la anarquía, -la anarquía, que en mucho corazón ferviente es el título de moda de la aspiración santa y confusa a la justicia, y en manos del gobierno español, que echa anarquistas por todas partes, es un habilísimo instrumento.” (Obras Completas Tomo 1 Pág. 335)

“entre los hombres compasivos y viriles que ven en el mundo más desigualdad de la que conviene a su permanencia y dicha, y tanta hambre innecesaria de un lado como pompa innecesaria de otro, han prendido, más de lo que aparece, las ideas vehementes de reforma social, cuyo mismo nombre temido de anarquía, que para el cubano de suyo moderado y generoso jamás significará lo que para pueblos más odiadores y violentos, enciende en el corazón de sus prosélitos fieles, por el propio peligro que va en él, y por los crímenes que ya se han cometido contra él, un ansia de sacrificio poco desemejante de la que llevaba al circo a los mártires cristianos. Con este nombre común de anarquía se han cobijado precipitadamente, por la liga de la piedad social, los cubanos de opuestos sistemas de reformación, y de los más varios métodos; y el desdén ignorante de sus compatriotas, o el miedo excesivo, hubiera contribuido, más que la tentadora novedad, a lanzar en brazos de los más ambiciosos e inquietos a los que pudieran refrenarlos con el consejo y la virtud, si la natural claridad de la mente criolla, y la fuerza de amor humano que mueve estas ideas en los cubanos piadosos, sobreponiéndose a la amargura de las sospechas injustas, no les hubiese traído a declarar que no puede ser digno de la libertad para sí quien ve a todos a su alrededor sin libertad, y se niega a trabajar por la libertad de todos. No ha caído en la red española el cubano que ama y estudia las reformas sociales: no se ha negado, por odio a los meros nombres de patria y gobierno y política, a defender lo que en la esencia de ellos hay de equidad y ventura humanas: no ha logrado el gobierno español, como quería, partir en dos, en dos bandos odiosos, a los cubanos que han servido a su país con tanto sacrificio y fe como quienes más en Cuba, a los obreros cubanos: no ha conseguido el gobierno español,-que quería alzar una revolución social en que no cree contra una revolución política que teme,-que se aborrezcan unos cubanos y otros, que los que demandan derechos para sí en su patria, rehúsen trabajar por la creación de la patria en cuya libertad descansaran mañana para abogar por sus derechos. Vibra y gime, de dolor por el hombre, mucha alma cubana en el club “Enrique Roig”.

“Hijos tiene allí Cuba, dígase alto, que en nada ceden, ni por la caridad, ni por el desinterés, ni por la cultura, ni por la elocuencia, a ningún otro cubano. En Cuba, tenemos gérmenes de patria. Tenemos raíz nueva que poner donde la raíz podrida. Amor enérgico tenemos, donde ha habido odio enérgico. Lo excesivo se podará de sí propio, porque es mucha de veras la sensatez criolla, y porque el hombre se acomoda siempre a la verdad; pero lo nuevo surgirá de mil fuentes, y los cubanos que desconfían hoy de su pueblo se abrazarán, mañana, sorprendidos. En el club “Enrique Roig”, Segade preside. Baliño razona, Izaguirre entusiasma, todos, como decía Baliño en noche memorable, “ponen tan alta la bandera de Cuba, que, por mucha ira que revuelva a sus pies la pasión del hombre, jamás llegue a la bandera el fango humano”.” (Obras Completas Tomo 2 Pág. 198)

Un artículo no tiene suficiente espacio para poner en detalle las ideas, sólo para sugerir, una vez más se intuye que Martí, en plena tarea emancipadora, comprende la necesidad de las reformas sociales, -del socialismo- pero que era imprudente en el momento por que iba a dividir a los cubanos. Baliño, su amigo personal al que se refiere en esta cita, fundó más tarde el Partido Comunista Cubano.

Martí hizo el prólogo del libro “Cuentos de Hoy y de Mañana” de Rafael de Castro Palomino. Y más tarde escribió un artículo acerca de este. Y ¿Cuál era el tema del libro? dejemos que sea el verbo mismo de Martí quien nos lo aclare:

“En el segundo cuento, que titula el autor Del caos no saldrá la luz, narra el señor Palomino, con oportuno artificio y de muy clara manera, cómo vivió y por que murió un cierto ensayo de sociedad comunista; pone en planta y acción, para que la cura de los que lean sea más viva y directa, los elementos actuales y razones confesadas del partido comunista, y cuenta, como por vía de literatura y consejo de ejemplo, por qué razón nacieron y por cuál perecieron las sociedades comunistas instaladas en los Estados Unidos, y por cuáles, y con qué fines, y de qué manera subsisten las que aún no han desaparecido.”

Vale aquí repetir lo que dice al concluir el prólogo de este benemérito libro:

“Este libro, que enseña todo esto, es más que un buen libro: es una buena acción”.”
La América
, Nueva York, octubre de 1883

En estos trabajos dice Martí cosas como estas: (Obras Completas Tomo 5 Pág. 101)

“De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia.”

“¡Quién, quién no ha meditado,-que del nombre de hombre quiera ser digno, y no arrastre su vida, como su piel un cerdo,-quién no ha meditado en los visibles y afligentes dolores de los hombres; en las desigualdades injustas de su condición, no fundadas en desigualdades análogas de sus aptitudes; en el contraste ilícito, que quema los ojos, de esas existencias de quirites romanos, empapadas de jugos de flores, y en senos de lúbricas famosas y tentadoras sagas adormecidas, y esas otras bestiales existencias, torcidas de manera que las cabezas de los hombres son en ellas meras cabezas de martillo? ¡Quién, de mozo fresco e ingenuo, viendo a ociosos mancebos o a cortejadores viles de doncellas ricas, no ha imaginado manera de anular la herencia, que estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio; y la dote, que lleva como de la mano la desventura de la mujer y el rebajamiento del hombre? ¡Quién, con nobles empeños, no ha aderezado a sus solas cuadros de distribución de los productos, de modo que el dueño holgado toque a un poco menos, y el apurado obrero a un poco más? ¡Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del apóstol en la frente, y en la mano la espada de batalla? ¡Quién no se ha levantado impetuoso, y retrocedido con desmayo, de ver cuánta barrera cierra el paso a los que sin más caudal que una estrella en la frente y un himno en los labios, quieren lanzarse a encender el amor y a pregonar la redención por toda la tierra? ¡Quién no ha reconstruido en su cerebro la “Utopía” de Moro, y la “Occeana” de Harrington?”

“El mundo está en tránsito violento, de un estado social a otro. En este cambio, los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólanse los confundidos elementos, disipanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo: ahora estamos, en cosas sociales, en medio del combate.”

“explica a los trabajadores-porque no hay hombre hoy que no lo sea, a no ser un vil, y leer es trabajar-las raíces de sus males; la inconveniencia de deslucir con la ira la justicia; la necesidad de conocer los elementos de un problema para poder resolverlo; las flaquezas de los nobles sistemas ideológicos discurridos para ver de equilibrar y asentar sobre bases menos inseguras, crueles y desproporcionadas la vida humana; las tentativas varias que con nombre y apariencia de cosa novísima, sacan de las cenizas de edades pasadas reformadores más vehementes que afortunados; los métodos vagos y confusos, como nubes de aurora, ya cercana al día, con que almas evangélicas, movidas del ansia heroica de la redención, procuran resolver de antemano, con prisa saludable que anuncia y espolea, problemas de demasiada monta para que los precipite voluntad alguna aislada. ¡Ay, que las leyes históricas no las tuercen, ni el espectáculo del apostolado, ni las querellas desgarradoras del martirio, ni los febriles ímpetus del genio! ¡Otro manda, y nosotros andamos! ¡Ay, que cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra, y salga de ella fruta sana y nueva! ¡Ay, que los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer su alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres!”

“Los problemas que engendran cambios, sobre todo, no se resuelven sino en momentos críticos y extremos, en que accidentes, acaso inesperados y fútiles, ponen en brusco relieve los daños que hacen necesaria la transformación; exacerban y precipitan, a grado de resolución, las cóleras y raciocinios paciente y dolorosamente acumulados, y despiertan de súbito al héroe, dormido siempre en el fondo del hombre.”

Ya se va haciendo demasiado largo el artículo por lo que no queda otro remedio que cortarlo y anunciar una tercera parte, pues quedan cosas esenciales por decir.

Despido éste con una “misteriosa” frase de Martí:

“Hay una gran política universal, y esa sí es la mía y la haré: la de las nuevas doctrinas”.

(O.C. Tomo 7 Pág. 98)

martes, 7 de octubre de 2008

Desde Nueva York: Del dicho al hecho, hay tremendo trecho...

Recientemente, el compañero Fidel Castro, le pidió a los intelectuales, que hay que trabajar con las manos también; refiriéndose a que se debe producir más, para el bien de todos. Y el seis de AGOSTO, 2008, yo había escrito la nota que adjunto aqui, la cual muy bien se ajusta al caso. Les reitero mis saludos de siempre, Anselmo.

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DESDE NUEVA YORK

¿Recuerdan Cuando Fidel Predicó con el Ejemplo?

Posiblemente piense usted:

¿Y cuándo es que Fidel no ha predicado con su ejemplo?

Pero es que yo me refiero al ejemplo más descomunal, con que pueda predicar hombre alguno: Cortar caña...

Si, el compañero Fidel Castro, sudó bastante cortando caña, sembrado el más noble EJEMPLO.

Porque los hombres de ALMA GRANDE, no se acomplejan.








El CHE GUEVARA, también trabajó duro en Cuba, por la REVOLUCION.


José Martí, se quitó el TRAJE de la INTELECTUALIDAD, y empuño el MACHETE para liberar a Cuba del imperio español.

¡Cuánto heroísmo!



Reciban mi abrazo de siempre,

Anselmo Liberato.

viernes, 23 de mayo de 2008

El tráfico ilegítimo de las ideas a través de la Historia, por Orlando Cruz Capote*

Alguien escribió una vez que las mentiras burdas son más fáciles de descubrir, pero que las medias mentiras (aquellas disfrazadas) son más difíciles de desentrañar. Y la Historia, con mayúscula, siempre ha sido un campo de batalla científico-académico-ideopolíti
co y educativo. Con sus otras funciones heurísticas, gnoseológicas, teóricas, metodológicas, morales-cívicas, éticas, etc., la historia es un arma de la política. Pero lo cierto es que ningún pueblo puede sobrevivir sin su historia, o de las múltiples historias que lo nutren, porque sería como una nación con ciudadanos sin memoria alguna.

La historia es pasado, presente y se relanza hacia el futuro, de ahí su función pronosticadora. Por eso no sólo se trata simplemente -que ya es bastante- de precisar una visión de quiénes somos, de dónde venimos, cómo somos, por qué somos y hacia adónde vamos. La historia ya es pasado, cuando transcurren sólo segundos. Esa historia, la más reciente, tiene grandes riesgos porque las apreciaciones y percepciones -con sus diversas formas de interpretación- transitan por una visión menos madura y concienzuda, acaso también porque están presentes los protagonistas y el objeto y/o sujeto de estudio no tiene el distanciamiento prudente y necesario para que el historiador pueda describirla, elucidarla y demostrarla con mayor objetividad y rigor científico. Pero toda historia actual tiene sus raíces en el pasado, que no se repite nunca como un círculo, sino que se manifiesta como una espiral.

Y quien realiza y analiza esa historia tiene definido, consciente e inconscientemente, su posición teórica, metodológica y clasista, así como el carácter ideológico y político de sus valoraciones, su cosmovisión y conoce, por lo tanto, de qué lado se posiciona: de parte de los vencidos o de los vencedores. Las posiciones ideológicas y políticas de los historiadores, o de los que tratan de hacer la historia, pues en ella participan casi todos los miembros de una sociedad sociohistóricamente determinada, a veces como protagonistas activos y otras como entes pasivos, siempre salen a relucir a través de sus escritos e indagaciones.

Nadie puede escapar a la época en que vive y se desarrolla, de su marco epocal nacional e internacional. Como tampoco existe la "famosa" neutralidad académica, la asepsia ideológica, el nihilismo y el apoliticismo desde la ciencia histórica y otras ciencias sociales o humanísticas. El partidismo y la objetividad coexisten y las ciencias no están divorciadas ni subordinadas a la política y la ideología. Hablando con propiedad, muchas veces se complementan y aunque, en algunos momentos, se contradicen de forma antagónica o no con la política ejercida, constituyen tensiones y dinámicas que coadyuvan al esfuerzo de interpretar y reflejar la realidad.

La Historia, como cualquier otra disciplina o saber científico se nutre de las leyendas, los mitos, las narraciones escritas y orales, de la documentación material y de otras fuentes, a veces intangibles, que han sobrevivido a los espacios-tiempos históricos de corta, mediana y larga duración, así como también se sustenta en las crónicas, los discursos, la cultura, la idiosincrasia, la psicología social, las costumbres, el folclor, los hitos históricos - hechos y procesos -, etc. También la familia, la escuela, la comunidad, el centro de trabajo, los lugares de reunión y esparcimiento son lugares donde se habla y se comenta la historia de un país, de una nación, de una región o la historia universal humana.

Pero siempre hay algunos que trafican -mercantilmente, que significa obtener dinero fácil- con las ideas extraídas por el conocimiento histórico, por las indagaciones e investigaciones que otros acometen o ellos mismos asumen. Son aquellos que pregonan acerca de que la "historia oficial" es dogmática e ideologizante y que, la que ellos elaboran, que sería acaso la oficialista que siempre es panfletaria, se convierte en la única variante para lograr un posicionamiento real y legítimo ante el pasado y devenir de la sociedad. Haciendo malabares -repletos de subjetivismos malintencionados- con los datos auténticos, se dan a la tarea de mostrar las múltiples "interpretaciones" de los acontecimientos y procesos históricos, olvidando que sólo la verdad es revolucionaria y que a esa verdad histórica se debe arribar con humildes aproximaciones objetivas que no siempre son conclusorias.

En la actualidad, para algunos, las re-lecturas históricas constituyen una moda light. Esos se pasan la vida revisando la papelería y los testimonios, los más viejos y nuevos escritos para hallar, a toda ultranza, nuevas variantes de definiciones "objetivas" de las historias. Desde teorías y metodologías contemporáneas -siempre con la visión light y con posicionamientos clasistas desde los poseedores de las riquezas- estos abordan los acontecimientos y procesos históricos con una banalidad e intencionalidad que ponen en duda sus propósitos y la ética profesional de sí mismos. Las virtudes de quienes las realizan son pocas o ninguna. Tratan de apoyarse en fuentes y hechos históricos y "darles una vuelta" a la interpretación de los mismos, que incluyen tergiversaciones de la actuación de las personalidades histórico-políticas en la tradición de una nación.

Y no es malo que existan varias historias, pero lo que parece poco serio es que la historia se manipule, sea falaz, se dogmatice desde el ángulo de la proclamación de lo antidogmático, se convierta en descarado diversionismo para tratar de confundir, hacer vacilar y producir un desencanto entre los heterogéneos lectores, que muchas veces son pueblos enteros.

De la historia más reciente.

Ahora que el gobierno cubano ha demostrado fehacientemente, con pruebas irrefutables de la Seguridad del Estado, que la contrarrevolución mercenaria interna, enemiga del proceso revolucionario y socialista, ha estado recibiendo dinero y apoyo de todo tipo por parte del gobierno de los Estados Unidos de América, de sus agencias especiales y, en el colmo de los colmos, de los grupos terroristas de origen cubano que viven en ese país -radicados allí luego de su estampida a partir del primero de enero de 1959, y sostenidos gracias a la Ley de Ajuste Cubano de 1966- se pretende realizar una comparación de estos traidores menguados y sietemesinos, con aquellos héroes y mártires, muchas veces anónimos, que apoyaron la causa martiana en la preparación y la ejecución de la Segunda Guerra de Independencia de Cuba (1895-1898).

Si no fuera un problema que alcanza una connotación demasiado seria, movería a risa tal pretensión. Pero en este mundo tan adoctrinado por la burguesía transnacionalizada del imperialismo-capitalista neoliberal, elaboradora del pensamiento único, así como por la acción de sus fundaciones de Thinks Tanks ("tanques pensantes") y por sus poderosos medios de comunicación masiva, aquellos que practican día a día el terrorismo mediático, la Revolución Cubana no puede darse el lujo de dejar de ofrecer una repuesta científica válida a los actuales justificadores de un acto tan canalla como cínico.

El Apóstol y Héroe Nacional José Martí y Pérez, uno de los iniciadores, además, de la era del modernismo en las letras hispanoamericanas, organizó, preparó y financió esa guerra con la ayuda fundamental de los obreros tabaqueros de Tampa, Cayo Hueso y otras ciudades de los EE.UU., los cuales conformaron los pilares básicos del Partido Revolucionario Cubano (PRC) creado por él, en 1892. Esa organización única, de frente clasista y popular amplio, estaba constituida por clubes-delegaciones y sus objetivos inmediatos eran liberar a Cuba y Puerto Rico del colonialismo español. Sus miembros eran partidarios de la independencia de su patria, como alternativa viable para suprimir la opresión nacional del yugo ibérico y evitar, también, las ansias expansionistas y depredadoras del naciente imperialismo norteamericano.

Nadie como Martí en aquel siglo decimonónico para tener una visión unitaria y coherente del momento histórico que vivía y de mirar futuristamente a una Cuba libre e independiente. Se trataba de no aislar ni excluir del proceso libertario y de justicia social a todos aquellos que quisieran colaborar. Por eso, entre los que apoyaron la causa independentista aparecen nombres y apellidos de personas de alta y mediana posición clasista, aunque tampoco fueron mayoritarios. El alma de la nación cubana estaba en aquellos trabajadores manuales e intelectuales de menores ingresos económicos que, incluso, entregaban sin vacilación sus salarios o parte de estos a las arcas de la empresa mayor. Pero nunca se aceptó dinero mal habido, ni manchado de sangre, ni aquel que comprometiera la liberación nacional y social de la Isla, como tampoco a la futura República con todos y por el bien de todos, donde la primera ley debía de ser la dignidad plena del hombre.

Nadie como Martí para poseer una mirada profunda de la sociedad española y la norteamericana. Nunca confundió a los pueblos con los gobiernos de esas naciones y supo delimitar con agudeza a los posibles aliados de los independentistas cubanos. Tampoco subestimó a los potenciales compañeros de alianzas y compromisos internos, de corto, mediano y largo alcance. Su estrategia no estuvo divorciada de la táctica, con sus métodos incluidos, pero no mezcló unos con otros. Tampoco titubeó en responder con argumentos rotundos y profundos, y con plena convicción y pasión revolucionaria, a las propuestas de los anexionistas, los reformistas y los autonomistas, verdaderos enemigos y escollos para la causa nacional liberadora cubana. A los traidores los llamó por su nombre. Hombre humanista y universal fue implacable con los que, haciéndose pasar por patriotas, desertaron de las filas y se pusieron, oportunistamente, al servicio del enemigo externo e interno. En la República martiana, con todos y para bien de todos, no tenían espacio los que vendían sus ideas al mejor postor y, mucho menos, los que eran sus adversarios en el empeño independentista y en la lucha por alcanzar una justicia social superior, más igualitaria y equitativa.

¿Qué se pretende entonces con una comparación tan tosca entre los independentistas de 1895 -o de cualquier otra época revolucionaria cubana- y los denominados eufemísticamente "disidentes" y "perseguidos políticos" en la Cuba actual? ¿A quién se trata de engañar? ¿Por qué se recurre a la historia pasada, heroica y trascendental, ante los abominables hechos actuales de los mercenarios pagados por el imperialismo norteamericano?

Se trata, ante todo, de una campaña de propaganda difamatoria de la Historia de la Nación Cubana, de buscar legitimidad histórica y política, a cualquier precio, ante los bochornosos acaeceres de los neoplattistas de nuestros días. De mentir para timar a los ignorantes o desconocedores de la historia revolucionaria de la Mayor de las Antillas. En un episodio en que vale todo, vuelven a mostrar muy pocos escrúpulos y muchas irreverencias, irrespetos y carencias de ética, aquellos que lanzan tales infamias y comparaciones falaces. No es justo que los que escriben esos libelos y panfletos, tratando de justificar a los traidores actuales, que han sido los Judas y Caínes de todos los tiempos, merezcan ser llamados periodistas, historiadores e intelectuales, incluso gente común con una opinión "acertada" acerca de la cotidianidad nacional. Esas personas están tratando de engañar a la opinión pública internacional y, ¿por qué no?, a algunos dentro de la propia sociedad cubana.

Hace bastante tiempo se conoce que Cuba no debió su independencia a los Estados Unidos de América, y que sí sufrió el escarnio de ser campo de batalla de la primera guerra imperialista de la historia para ser convertida en protectorado y neocolonia de ese Estado-nación imperialista luego de una lucha tenaz contra el colonialismo español; que vivimos más de medio siglo encadenados al poderoso vecino del Norte, a solo 90 millas de sus costas, por una Enmienda Platt, una base militar impuesta en nuestro propio territorio, por los Tratados de "Reciprocidad" Comercial, tan leoninos y dañosos para la independencia del país, y los dictados de una democracia representativa burguesa dirigida y tutelada por los embajadores norteños, reales pro-cónsules, que no vacilaron en imponer dictaduras civiles y militares para frenar las luchas populares y revolucionarias.

Tampoco debe desconocerse que, en nuestro esfuerzo patriótico-nacional y antiimperialista, nos construimos, a base de conciencia política y práctica martiana y marxista fundamentalmente, un re-despertar de la conciencia nacional en la segunda y tercera décadas de la pasada centuria, ante el proceso de frustración que sobrevino a la intervención yanqui en la guerra cubano-española; que hicimos la Revolución del 33 para derrocar al tirano Machado; que pudimos re-nacionalizar la República en 1940, con la aprobación popular de una Constitución progresista. Y que, posteriormente, contra el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 y la imposición de la dictadura de Fulgencio Batista, sanguinario personaje que por estos días es recordado antipatrióticamente por los mismos que ahora brindan dinero a los mercenarios, tuvimos un asalto al Cuartel Moncada, un 26 de julio de 1953, una Historia me Absolverá, un exilio preparatorio muy similar al martiano, un Granma y una guerra de guerrillas en las montañas y los llanos que derrocó al títere y hombre fuerte de turno del imperialismo norteamericano, y que culminó en la victoria de la Revolución el primero de enero de 1959, proclamada socialista dos años más tarde.

Nadie puede, entonces, distorsionar los hechos y procesos históricos como por arte magia. Los alquimistas de la contrarrevolución externa e interna y de la mafia cubano-americana, que son los representantes de la presidencia más neoconservadora e impopular de la historia contemporánea de los EE. UU., no tienen derecho alguno a pensar que pueden entrometerse en los asuntos internos cubanos. Ya no son los tiempos de las intervenciones y ocupaciones yanquis (1898-1902, 1906-1909 y de otras presencias indeseables de los marines yanquis en nuestro territorio nacional) que, aunque tuvieron una respuesta digna y a la altura de la conciencia política de aquella época, ahora tendrían una resistencia popular-militar indetenible en su contra, una verdadera Guerra de Todo el Pueblo que lograría a la larga el desgaste y la derrota del invasor. Un Girón multiplicado.

Asimismo, las comparaciones históricas no pueden manipularse al antojo de unos cuantos "pensadores" al servicio de la mayor potencia imperialista de la historia de la humanidad, acérrima enemiga de la Revolución. Ya no estamos en los años de la década del 90, en que apostaron a la caída de la ficha cubana bajo el efecto dominó del derrumbe del muro de Berlín y la desaparición del campo socialista este-europeo y la Unión Soviética. No hubo "hora final de Castro" ni la habrá. Ya las teorías acerca del fin de la historia, de las ideologías, las utopías y el choque de las civilizaciones no obnubilan a los ingenuos ni a los decepcionados, porque han sido superadas por la propia historia rebelde y subversiva de los explotados y marginados, los discriminados y los olvidados. Estos volvieron al escenario político -acaso no estaban tan lejos de allí- y hoy son los protagonistas activos de una nueva historia. La Revolución Bolviariana en Venezuela, la Revolución en Bolivia, los procesos de izquierda en Brasil, Ecuador, Uruguay y Nicaragua, incluso el espíritu integracionista del Sur geopolítico latinoamericano, que incluye a Argentina, Chile, Paraguay y a algunos pueblos y países centroamericanos y caribeños están anunciando nuevos tiempos para la historia presente y futura de Nuestra América.

Son muy ricas y profundas las tradiciones histórico-patrióticas, solidarias e internacionalistas de la historia cubana, es muy poderosa su cultura nacional, que no excluye lo mejor de la universal, y es muy alto el nivel educacional del ciudadano de la calle en la Cuba de hoy para que se piense que la mentira pueda abrirse paso. En esta batalla política, lo mejor de la historiografía cubana es un baluarte que no debe subestimarse. Los mejores historiadores de Cuba, como el resto de la intelectualidad nacional, fueron y son partes integrantes del proceso revolucionario cubano, protagonistas y trabajadores incansables para conformar una Conciencia y una Identidad Nacional en constante construcción. Algunos de ellos, desde Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Calixto García, entre otros del siglo XIX, compendiaron, en parte, lo mejor de esa época que les tocó vivir y fueron los fundadores de la Nación y la Nacionalidad Cubana. En el siglo XX, Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez, Carlos Baliño, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras, Pablo de la Torriente Brau, Blas Roca, Jesús Menéndez, Abel Santamaría, Frank País, Camilo Cienfuegos, Ernesto Che Guevara, y muchos otros, fueron los artífices de la nueva era histórica, consolidando esa fragua redentora de la historia de una nación: la cubana. Y como síntesis de ese decursar histórico revolucionario están las figuras de José Martí y Fidel Castro, sus máximos exponentes.

No se puede desmontar la historia de la nación cubana con mentiras y deformaciones perversas. Está mucho en juego: la independencia, la nación, la patria, el socialismo, junto a las conquistas sociales, económicas y políticas alcanzadas por todo un pueblo en Revolución. Esa es una verdad irrefutable y una realidad contundente a tener en cuenta por los mercenarios y traidores y sus mecenas políticos: los gobernantes y las elites de poder norteamericanas y sus aliados europeos.

Esta es una Revolución que llegó para quedarse. Una eterna herejía revolucionaria y comunista que continúa encaminándose hacia un Socialismo en el Siglo XXI, renovado y superior, como única alternativa ante el sistema de dominación múltiple del capital y su barbarie destructiva global. Y su perfeccionamiento crítico y autocrítico es tarea de los cubanos que vivimos en este VERDE CAIMAN.

*Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, Cuba