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miércoles, 25 de febrero de 2015

Eusebio Leal en el acto por el aniversario 120 del reinicio de nuestras Guerras Independentistas (+ Video)


Intervención de Eusebio Leal Spengler, Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el acto por el aniversario 120 del reinicio de la Guerra de Independencia y de condecoración a los Cinco Héroes, en el Palacio de Convenciones, el 24 de febrero del 2015, “Año 57 de la Revolución”

Querido General Presidente Raúl Castro Ruz;
Queridos compañeros Gerardo, Antonio, Ramón, Fernando y René;
Queridos compañeras y compañeros;
Cubanas y cubanos:

Un día como hoy, como se ha dicho, hace 120 años comenzó el levantamiento del pueblo cubano para alcanzar su definitiva y total independencia. El amor a esa libertad, a esa soberanía, a esa esperanza, se inició mucho tiempo atrás, quizás desde el instante mismo en que empezó a formarse lo que llamamos comúnmente la identidad. Los que llegaron de distintas latitudes de Europa, ya de la España conquistadora o del África, o los vestigios de las comunidades indígenas, en trance de extinción pero sobrevivientes, unieron sus sangres para formar algo que José Martí llamaría en palabras emotivas “dulcísimo misterio”.

El concepto de cubano viene del nombre de nuestra isla, Cuba. Nunca pudo ser cambiado, prevaleció por sobre el intento de darle otros nombres, otras atribuciones. El nombre, sonoro y breve, quedó prendido en el corazón de los que lo escucharon por vez primera. Más allá del mar azul del Caribe, que se descubre desde la orilla de nuestras playas o desde el aire, Cuba aparece con la forma tan hermosa con que a las puertas del golfo de México establece la isla su presencia y su naturaleza.

En realidad nunca nos llamamos isleños, a pesar de que no es una, sino muchas islas las que conforman nuestra realidad. En el seno de ellas fueron surgiendo, a lo largo de los años, percepciones donde todo lo anterior que traía el conquistador o el conquistado como memoria fue cediendo lugar a algo diferente, que surgió en la manera de construir, que siendo igual o pareciéndolo era distinta. Surgió en el horizonte de la poesía, del canto campesino, de la voz de los poetas de más vuelo. Surgió también, tempranamente, en el pensamiento de los más inquietos, entre los que comenzaron a llamarse criollos.

Entonces éramos solamente un país. El país es un espacio. La patria comenzó a ser un sueño, una aspiración, y la nación, un derecho por el que había que luchar, una nación con leyes, una nación que sería depositaria y respetuosa de su propia cultura, una na­ción que sabría ir al futuro desde el pasado.
Allá en su retiro, muy cerca de Cuba, adonde quiso ir a morir ante la imposibilidad de llegar a ella, el presbítero Félix Varela exclamaba: “No hay patria sin virtud ni virtud con impiedad”. Pero, además, los últimos que le vieron afirman que les dijo: “Ofrezco todos mis sufrimientos y sacrificios por Cuba”.

Ese mismo sentimiento llevó a Heredia, en el padecimiento de su destierro, a sembrar en el alma cubana el espíritu de una patria, y eso alentó a los primeros que se rebelaron y encontraron que no había fronteras que cruzar más que el océano, que la lucha en última instancia sería aquí; que contra el cepo, el látigo, la discriminación, la humillación y la negación propia de la humanidad surgiría un día de redención y de libertad.

José Martí, autor del intento y del fundamento de la unidad de la nación cubana, creyó firmemente que no venía nuestra América ni de Rousseau ni de Washington, venía de sí misma. Al mismo tiempo, en la medida en que aún muy joven fue madurando su pensamiento, se acercó más a esa sufriente raíz de los orígenes: a Guaicaipuro, a Hatuey, a Guarina, a Cao­nabo, a todos los que enfrentaron el saber, como ha afirmado un pensador latinoamericano, que un determinado día y en una determinada hora nos habíamos enterado de que, primero, éramos indios; segundo, que nuestras teologías y nuestras ideas del bien o del mal eran distintas; que debíamos soberanía a un rey distante y que todo debía ser cambiado.

Sin embargo, más allá del dolor y el sufrimiento de aquellas primeras comunidades, que soportaron la mordida de los lebreles, el hierro de las cadenas y el fuego, como Hatuey, en Yara, donde vivía por los siglos la tradición de que en tiempos de tribulación o de esperanza un fuego misterioso se encendía en la noche iluminando el monte, Cuba fue forjándose, fue haciéndose y fue, desde lo que Martí juzga “la inocencia culpable” de un patriciado que, obteniendo su riqueza de la esclavitud, comenzó sin embargo a dar­se cuenta de que ya sus hijos no necesariamente pensaban como ellos, que necesitaban ardorosamente un cambio y que ese cambio pasaba por una autentificación de su identidad.

Cada pueblo nombrado, o cada una de las siete primeras ciudades, excepto tres, llevaron la impronta del lar indígena.
Así, Santa María del Puerto del Príncipe sobre el Camagüey, San Salvador sobre el Bayamo, La Habana sobre las huellas de Habaguanex, y así cada uno de los rincones y lugares repetían en la toponimia del suelo una presencia más antigua que empezaba a convertirse ya solo en una arqueología. O confundida con la sangre del conquistador dio a luz, como ha señalado el que fuera ilustre diputado de nuestra Asamblea, Cintio Vitier, el primer maestro, Miguel Velázquez que allá en Santiago de Cuba, donde tiene un modesto monumento, hablaba de que era tierra dominada y como de señorío. Un sentido de rebeldía antiguo vino desde abajo, y ese sentimiento rebelde se fue convirtiendo en más fuerte en la medida en que la esperanza de cualquier cambio político, fundado en la consideración del conquistador sobre el conquistado, era prácticamente imposible.

A la sublevación de los esclavos que primero llevaron los nombres de su lugar de origen: Juan Congo, Antonio Carabalí, Miguel Fula; sucedió el apellido que en la pila recibieron de sus amos: Morales, Ar­menteros, Cárdenas y así de esa gran cofusión y amalgama indo-hispano-africana, fue surgiendo nuestra identidad orgullosamente mestiza de la sangre y de la cultura.

Se hizo pronto realidad en la música, como lo fue en la poesía; era diferente en el paisaje tan distinto a las áridas pero hermosas tierras de Castilla, o la brumosa Galicia o Asturias, o las Islas Canarias... era otra cosa. Y para los propios africanos la tierra tenía sus misterios: ciertos árboles les recordaban los suyos, algunos que consideraban sagrados fueron objeto de sus cultos. Y muy pronto fue naciendo, lentamente, lentamente, lentamente, una aspiración que fue convirtiendo el país en el sueño de una patria.

A los grandes precursores, a los que murieron con la esperanza de construirla, debe Cuba todavía sentidos homenajes.

Y como decía hace unas horas un juicioso historiador: la historia de nuestras luchas todavía, a pesar de todo lo que está escrito, está por escribirse. Faltan muchas biografías, muchos heroísmos, muchos silencios, muchas lágrimas que nadie enjugó que deben ser cantadas por los poetas, como pedía José Martí a José Joaquín Palma, cuando le decía a su ilustre amigo, biógrafo de Céspedes, bayamés de cuna: “Lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros despedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador: el delito de haber sabido ser esclavo, se paga siéndolo mucho tiempo todavía”.

Y luego dirá: “Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar:
tenemos agraviada a la legión gloriosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos”.
Y los que se anticiparon y se conjuraron, estuvieron dispuestos a perderlo todo, a sacrificarlo todo.

Ya a principios del siglo XIX la América parecía haber resuelto el problema y una inquietud profunda sacudía de una u otra parte el continente. Valientes pensadores explicaron los derechos de una América independiente, y algunos líderes se atrevieron a de-safiar el poder y a morir como Gual y España en una plaza de Caracas, siendo ejecutados antes de que llegara la hora.

Exactamente en Cuba, en el silencio de las logias, trabajaron “Frasquito” Agüero y otros para hacer un texto constitucional de una república ideal, utópica y futura. Los años pasaron y al parecer para muchos, unido a la trata esclavista, el destino de Cuba pasaba necesariamente por ser una estrella más de la unión del sur de Estados Unidos, algunos invocaban hasta la providencia divina para asegurarlo. Sin embargo, otros creían todo lo contrario: Cuba no debe esperar más que solidaridad; pero nuestro problema debemos resolverlo nosotros mismos, y esa solución, invocada ya por Varela y enseñada por Luz en su escuela, como educador y formador de una juventud rebelde, adquirió dimensión en lo que él llamó “el sol del mundo moral” que caerían reyes e imperios, pero que jamás caería del pecho humano.

Mucho debe Cuba a Luz, y Martí afirma que lloró dos ve­ces, por Luz y por Lincoln, dice, sin haber conocido a Luz ni a Lincoln. Luego, del segundo, dice que supo, y aconsejado por un mal político y por un mal hombre, quiso lanzar sobre Cuba toda la hez del Sur derrotado.

Sin embargo, venidos de allá?? de América, donde ha­­bían pre­senciado el gran debate en el Sur y el Norte, no pocos cubanos quisieron luchar también por la libertad de su patria. En Cuba el movimiento de búsqueda de la anexión a la nación norteamericana se fue debilitando en la medida en que el Sur iba siendo derrotado. Otros creían que era posible un camino: reformas, reformas y solo reformas. La aspiración a una concesión política, más que a una conquista política.
De esa ardua batalla entre dos corrientes surgió una victoriosa que se empezó a manifestar en distintos puntos del occidente, el centro y el oriente.

Ya en 1851, en una plaza de Camagüey, Joaquín de Agüero era ejecutado. Se dice que un joven, un adolescente fue llevado al dramático escenario de su ejecución y que mojó en su sangre su pañuelo; sería el que algunos llamarían: Bayardo y otros El Mayor, el letrado, el poderoso defensor de las ideas políticas y sociales, el que sería Mayor General del Ejército Libertador y líder del pensamiento abolicionista en Camagüey.

Mientras, en Oriente, más allá de Jobabo se reunían una y otra vez, y así lo hicieron por penúltima vez en lo que llamaron la Convención de Tirsán, en un lugar nombrado San Miguel del Rompe. Allí se escuchó la voz del más inquieto, del hombre de pequeña estatura, de grande y variado talento, abogado que había recorrido el mundo, buen jinete, jugador, afortunado, amante del amor y los placeres de la vida, pero dispuesto a renunciar a todo clamó por un levantamiento sin esperar más.

Otros con más riqueza, pero con no menos determinación aspiraban a un nuevo periodo de zafra para reunir con qué hacer la batalla definitiva, y sin embargo un juramento surgió de todos los conjurados: Si esta conspiración es descubierta, el primero al que intenten apresar, se levantará.

La madrugada del 9 al 10 de octubre Céspedes, en el patio de su ingenio La Demajagua, con apenas 37 hombres, a la vista del Golfo de Guacanayabo y contemplando en el horizonte la sierra magnífica, se dirigió a aquellos compañeros suyos proclamando no solamente la necesidad de luchar y arrebatar las armas del adversario, único camino posible, sino lanzando un tizón encendido sobre una isla esclavista. Sus propios esclavos serían libres y tendrían el derecho a luchar por su libertad y por su patria.

El concepto de patria se había unido a la ambición por una nación y en una fecha venturosa tomaron la primera de las ciudades orientales. Esa primera ciudad fue Bayamo, que después entregaron a las llamas en el momento en que todo parecía perdido. A las puertas de las casas de los conjurados o de los jóvenes más comprometidos llegaron los primeros guerrilleros solicitando pan y armas. En San Luis uno tocó a la puerta de Marcos y de Mariana, la insigne Mariana —este año es el bicentenario de su nacimiento—. Poderosa madre de una nación que en ese momento pone a sus hijos de rodillas y les hace jurar, ante el Cristo que toma de la pared del aposento, que lucharán hasta morir por su patria, juramento que se cumplió para casi todos.

Años de lucha y de sacrificio. Ninguna historia, ni española ni cubana, ha logrado hablar en toda su magnitud de lo que sufrió la familia, el niño, la mujer cubana, el campesino cubano. Peleábamos contra un ejército aguerrido y batallador, que venía de vindicar sus querellas en la península, en las largas guerras carlistas y ahora, en Cuba, por decenas de miles enfrentaban el levantamiento de los cubanos. Ya habían surgido entre nosotros guerrilleros temibles. Ante el temor de la toma inexorable de Bayamo, esperó con un puñado de hombres escogidos, en un punto llamado las Ventas de Casanova, un guerrero dominicano acostumbrado a combatir en la guerra de restauración de su propia patria y contra el invasor extranjero; allí demostró que esa arma, usada hasta ahora para vindicaciones de honor o cortar caña, sería la más importante en la lucha. Todavía se conserva en un museo en la península, una carabina cortada de un solo golpe por un machetazo fiero; tal fue el combate que duró segundos, que duró momentos, lo que permitió dar cuenta al enemigo de que había nacido un adversario, hijo de su sangre, que sería capaz de luchar por su libertad y alcanzarla.

Bayamo fue incendiada como una nueva Numancia y eso les anunció el futuro y el destino. Ya en 1853, en una humilde casa de la calle Paula, hijo de español y de española, había nacido José Martí. En ese mismo año muere el Padre Varela, en San Agustín de la Florida, y muere Domingo del Monte, en Bar­celona, dos poderosos pensadores se extinguen. Pero más me interesa el primero; el segundo, hombre de gusto, literato, diseñador de vida social y pensador agudo. El primero, revolucionario integral, que opta por la abolición de la esclavitud, por el reconocimiento de la independencia americana, que se convierte en defensor de los pobres, que publica su periódico y lo envía a Cuba.

Sus discípulos le lloraron, pero nadie sabía entonces que en la propia pila bautismal en que había sido bautizado José Julián, había sido también bautizado el Padre Varela. Cuando desapareció uno, nació el otro.

Y ese joven llamado a un poderoso destino es el que hoy evocamos, al conmemorar la hazaña de la unidad de la nación que él hizo nacer de la desesperación por el fracaso del magno esfuerzo después de tanto sacrificio; él, que leyó con amargura lo que ocurrió en los Mangos de Baraguá y escribió al General Antonio que tenía ante sí una de las páginas más hermosas de la historia de Cuba; él, que sintió como propio el honor de todo el pueblo y las lágrimas de ese pueblo; él, que sufrió las reconvenciones en su hogar; él, que llegó a tener una relación tan intensa y profunda con un padre, que siendo soldado y español, alcanzó a entender, al verlo herido y llagado, prisionero y enflaquecido, que su destino era otro, quizás diseñado en su hermoso poema Abdala, cuando presenta el duelo entre el yugo y la estrella y pide lo uno y lo otro, y está convencido, como afirma, de que esa estrella ilumina y mata.

Exilio, Centroamérica, la América del Sur, los cubanos dispersos, las acusaciones recíprocas, finalmente España, los Estados Unidos. Allí vivió 14 años, y fue, como han afirmado sus cronistas, el cubano que más entendió en su tiempo aquella nación. Admiró las virtudes de Emerson, las del padre Flanagan. Admiró la obra colosal de la construcción del puente de Brooklyn. Asistió puntualmente a las conferencias de Oscar Wilde, a las exposiciones de teatro; enamorose candorosamente de la hermosa bailarina española Charito Otero. Pero más que todo, se dio cuenta del gran fenómeno que en aquella nación se forjaba y que, como había afirmado Bolívar en un momento de extraordinaria lucidez, parece llamada por la providencia a colmar a la América Latina de pobreza y miseria en nombre de la libertad. Se dio cuenta de que si en 1868 nada pudieron esperar, de que, a pesar de que allí siempre existieron, existen y existirán amigos poderosos de Cuba, hubo una dicotomía entre el sentimiento de los amigos y la voluntad de un Estado que siempre quiso de una manera manifiesta impedir la realización de una independencia que creyó inoportuna. Creyó más bien en el cumplimiento de una doctrina trazada por uno de sus políticos, que planteaba que solamente extendiendo la mano en el momento de la madurez de la fruta, esta caería sencillamente en sus palmas.

No obstante todo ello, pasó de ser el orador de última fila, al primero. Cada acto del 10 de Octubre, cada conmemoración cubana, el horroroso recuerdo del 27 de Noviembre, terrible suceso que le sorprendió en España, vuelve todos los años a llevar al orador a la tribuna y a unir lo que estaba desunido. Y de mil octavillas surgió un periódico, Patria, y de mil discursos surgió una orientación política, y de mil disposiciones y pequeñas organizaciones soñó con la creación de un partido político para dirigir una guerra de liberación nacional, anticipándose al concepto de que es imposible hacer una revolución sin una teoría revolucionaria. Su teoría no era otra que nuestra historia, nuestro sacrificio, nuestro esfuerzo. Éramos una nación en ciernes, de derecho, pero no de hecho.

Llamado a poner empatía en la discordia, unió a Gómez y a Maceo. Es inocultable que después del fracaso de 1884 y del encontronazo de Nueva York, ya no había posibilidad de una amistad fecunda para iniciar un nuevo proceso. Hoy diríamos: no hay condiciones objetivas. Sin embargo, Maceo, en Costa Rica, preparaba a su contingente. Preparaba Gómez, en la soledad de Montecristi, en República Do­minicana, o cuando antes se encontraron en la construcción del canal de Panamá amigos dispuestos a ayudar, a dar amparo, a ofrecer techo y pan a los emigrados que por todas partes soñaban y querían su patria. Y de esa forma surgió la organización un 10 de abril, que es un día crítico en la historia de Cuba, el día de la gloriosa Asamblea Constituyente de Guáimaro, donde nació la utopía democrática del pueblo cubano; pero donde también se le puso plomo a las alas de la revolución, donde se pensó que era posible hacer una república de leyes cuando no éramos dueños más que del espacio que pisaban los campamentos y los caballos de los libertadores. En medio de esa realidad, un 10 de abril hace nacer su creación más completa: el partido político, un partido unitario que convocaría al pueblo cubano a una guerra que él consideró inevitable y, después, necesaria.

Inevitable, porque en sus sentimientos nobles, generosos, en su íntima y profunda convicción él había reclamado en su famoso Manifiesto a la República Española, que no le pediría lo imposible, pero le pedía lo posible: los derechos conculcados de Cuba, la representación de Cuba, el derecho de estudiar, de interpretar, de conocer que éramos diferentes. Nada de esto fue escuchado, solamente muchos solidarios en España y en otras partes del mundo creían en la causa de Cuba.

Ahora todo sería más difícil: había un alto desarrollo de la tecnología militar, una situación nueva en el continente americano, las repúblicas sufrían los padecimientos de sus propias divisiones cuando habían dejado intactos trono y altar después del esfuerzo inmenso de la primera batalla.
Recordaban aún las dolorosas palabras de Bolívar en Santa Marta: “He arado en el mar”; la tristeza de San Martín al regresar y encontrar su país dividido; la pena de O’Higgins al morir en Lima, apartado de su tierra amada; el dolor tremendo de Francisco de Morazán al verse capturado y ejecutado por sus propios compañeros, y aún pesaba aquella maldición casi bíblica que había lanzado Miranda, cuando el gran precursor al ser entregado prisionero a las puertas de una nave española, que lo llevará a una prisión perpetua y definitiva, al reconocer los que cometen aquel parricidio, responde: “Bochinche y solo bochinche es lo que saben hacer ustedes”.

Por sobre toda esa historia se levantó Martí, era vasta y grande su cultura como ha señalado uno de sus biógrafos, subía y bajaba escaleras como quien no tenía pulmones, su voz era clara y nítida, su poder de convencimiento grande. Era, al mismo tiempo, un escritor incansable, cuya hermosa letra inicial se ha­bía transformado prácticamente en líneas inteligibles solo para los paleógrafos. Faltaba tiempo, le faltaba tiempo.

Cuando todo estuvo preparado y dispuesto, cuando creyó que todo estaba organizado, cuando había logrado visitar a Mariana Grajales en Jamaica, que ya ciega le acaricia la cabeza y prácticamente con este gesto noble y de rodillas envía un abrazo fraterno al hijo que tanto amaba, a la madre que nunca pudo ver su patria libre; cuando ya separado de todo bien personal, lejos su esposa, apartado de su hijo, muerto su padre, dispersos sus amigos, se le vio pobre en Estados Unidos, trabajando en el invierno ganando el pan, fundando la Liga para educar a los negros cubanos, que bajo la orientación de Rafael Serra se reunían y le llamaban, con cariño y con devoción, Maestro y Apóstol. ¡Qué torpeza tratar de despojarlo de un título tan importante, Apóstol: el que lleva la palabra, el que trasmite un mensaje nuevo y ese fue su mensaje!

Cuando en el puerto de Fernandina se perdieron las naves creyó enloquecer, pero transformándose de José Martí en Orestes, que fue siempre el seudónimo de sus escritos y su seudónimo político, viajó de inmediato a la República Dominicana para buscar al general Gómez en Montecristi, en aquella casa donde en breves días, el 25 de marzo, se cumplirán también 120 años de la firma del poderoso Manifiesto llamando a las armas al pueblo cubano, a los españoles que nada debían de temer si respetaban la patria que había de fundarse. Hubo discordias, no se lograba entender qué estaba ocurriendo. Hoy es fácil para nosotros hacerlo a través de un teléfono, de un mensaje; entonces solamente era el telégrafo con su lenguaje críptico el que anunciaba que la hora había llegado.

Maceo había estado años antes en Cuba y conocía el estado político del país, y en este momento, vacilaba en poder salir hacia Cuba, porque no sabía qué estaba pasando en Estados Unidos y el dinero que se ofrecía para fletar una nave y llegar sanos y salvos no aparecía.

Gómez estaba igualmente pobre en Santo Do­mingo, apenas unos centavos para poder tomar esa determinación, y otros patriotas esperando en distintos lugares, y en Cuba mucha gente avisada en Oriente, en el Occidente, en Matanzas. De pronto el General dio la orden: “Es necesario el alzamiento”, y Martí no vaciló en enviar el telegrama, que su amigo recoge en la estación de la Western Union en la calle Obispo, en La Habana Vieja: “Giros agotados”, lo cual significaba que se había agotado el tiempo. Era la noche del 24 de febrero; el Capitán General tenía la convicción y las informaciones de que se tramaba realmente un movimiento.

Algunos dirigentes fueron capturados en La Ha­bana. Juan Gualberto Gómez, comprometido con su hermano y amigo José Martí, se fue a Matanzas, a Ibarra, en busca del ingenio Vellocino de Oro donde había nacido, para levantarse con un grupo de compañeros y cumplir su palabra.

En Santiago, Guillermo Moncada quiso morir cumpliendo su palabra, enfermo de tisis, pero en el campo de Cuba libre.
En Baire se levantaron, y en Bayate se alzó también Bartolomé Masó, y todo el mundo esperaba solamente la llegada de los líderes. Allá en España la conmoción fue grande, se había desmentido la propaganda autonomista, se había desmentido la propaganda anticubana de que todos eran sueños disparatados de un profeta enloquecido. Ahora solamente faltaba el arribo.

En admirable disciplina y en presencia de los generales y oficiales que estaban en Costa Rica, juraron Antonio y Flor aceptar las condiciones de viajar en las que el segundo le planteaba al primero, y así salieron hasta tomar la goleta Honor y arribar el 1ro. de abril a las costas de Cuba, en un punto del litoral baracoano: “Soy yo, Antonio Maceo, que he vuelto”, gritó en lo alto del camino, mientras fogoneaba con su arma a los guerrilleros de Baracoa. El 11 de abril, día glorioso y memorable, en Playitas de Cajobabo desembarcaban Máximo Gómez y José Martí.

Hace 20 años el Jefe de la Revolución me pidió contar esta historia. Con profunda emoción y como se sube a encender la llama en lo alto del cenotafio donde están los restos de los caídos, traté de cumplir mi deber. Confieso que ha sido un gran honor aquel y este que usted, General Presidente, hoy me ha conferido.

Pero algo más debo decir: El hecho importante y trascendental es que entonces concluí mis palabras clamando porque se levantaran de las tumbas los muertos gloriosos del 10 de Octubre y del 24 de Febrero; clamé por los mártires, por las heroínas, por las cubanas que bordaron banderas pidiéndoles atravesarnos en el camino de un enemigo y adversario implacable que, todo parecía indicar, venía esta vez a cercenar de forma definitiva, jugando con los azares de la historia, el destino de Cuba; pero no fue posible.

Hoy, 20 años después, estamos aquí de pie, en una coyuntura diferente. Nos hemos presentado con hidalguía bajo los mismos mangos orientales, para enfrentarnos con el caballeroso adversario que ofrece al menos detener por un tiempo la mano agresora y darnos la oportunidad de discutir lo que lógicamente será necesario debatir bastante.

Ahora más que nunca hace falta la unidad de la nación, ahora más que nunca la prenda más preciosa debe ser conservada. La fortaleza que nos ha permitido llegar hasta aquí fue aquella que vi esa otra noche de abril en Playitas de Cajobabo cuando, convocados por el líder de la Revolución, llegamos a aquella hora oscura de la noche a la orilla de la playa. Él llevaba la bandera cubana en el asta que le trajo uno de sus ayudantes, y entonces, entrando en el agua a la altura prácticamente del tobillo, se abrió de pronto en el cielo la luna blanca y movió la bandera de Cuba hacia el Sur, hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, diciendo: ¡Aquí estamos!
Y aquí estamos hoy, ¡oh, patria amada!, ¡oh, bandera dulce, por la cual tantos lucharon! No importa que tú, Maestro generoso, te hayas ido tan pronto, aquel 19 de mayo, tuviste una profunda convicción, convicción profunda: “Yo sé desaparecer, pero mis ideas prevalecerán”.

Y esas ideas han prevalecido. Fueron las ideas que se defendieron en el proceso histórico del Moncada. Fueron las que conquistaron a los muchachos que se reunían en la calle de Prado para escuchar la voz de aquel joven que había irrumpido en la universidad como un torbellino, y de quien me dijo una de sus hermanas: un día volvió a la casa y papá ya lo sabía: “Vienes a buscar al chiquito”. El chiquito está aquí con nosotros, y el grande está con nosotros todavía.

¡Viva Cuba! (Ovación)

sábado, 21 de febrero de 2015

Sobre hombros de gigantes

PorAlí Ramón Rojas Olaya*

Ahora resulta que los yanakonas seguidores de López siguen deshonrando la estatua de Martí en Chacaito montados en la cabeza del gigante caribeño creador de La edad de oro, hecho que repudiamos enérgicamente porque quienes lo hacen tienen objetivos radicalmente opuestos a los principios martianos. La figura de Martí, al igual que nuestro escudo bolivariano irrespetado por el caricaturista neogranadino Vladdo, merece todo el respeto del mundo.

Al ejército martiano de batas blancas
que cura al pueblo bolivariano barrio adentro

Cuando los visionarios se empinan en hombros de gigantes vislumbran con mayor claridad sus propósitos, así acercan las utopías. En el ensayo A hombros de gigantes publicado en 1985 Robert K. Merton, sociólogo estadounidense, sistematiza a todos los autores europeos a quienes se les adjudica la frase: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado en hombros de gigantes”. Acá modelan por la pasarela de la historia el filósofo bretón neoplatónico Bernardo de Chartres (1130), el teólogo navarro Diego de Estella (1578), el profesor inglés Robert Burton (1621), el poeta inglés John Donne (1625), el clérigo inglés George Hakewill (1627), el filósofo francés Marin Mersenne (1634) y el científico inglés Isaac Newton (1675).

Lo que nunca pensaron estos escritores es que el 11 de marzo de 1949 el marine estadounidense Richard Choinsgy iba a darle una errada lectura a la frase en cuestión, cuando, junto a otros congéneres que paseaban etílica y procazmente por La Habana, trepó la estatua de José Martí, esculpida por José Vilalta Saavedra y develada el 24 de febrero de 1905 en Parque Central, hasta sentarse sobre la cabeza del Apóstol cubano y desde allí orinarla. Al día siguiente el pueblo y dirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios entre estos Fidel Castro se concentraron en la Plaza de Armas frente a la embajada norteamericana para protestar por la afrenta y exigir que los culpables fueran juzgados por los tribunales cubanos. Lamentablemente los policías del presidente Carlos Prío Socarrás arremetieron contra los manifestantes y protegieron las vidas de los marines. Al final un consejo de guerra condenó sólo a Choinsgy a 15 días de prisión en las celdas de un barco estadounidense. El cuerpo de Marines de los Estados Unidos invade Nuestra América desde su creación, el 10 de noviembre de 1775, ocho meses antes de la separación de Inglaterra el 4 de julio de 1776.

El 18 de febrero de 2014 Leopoldo López profanó la estatua del poeta y maestro cubano ubicada en Chacaito antes de entregarse a la justicia y salvarse de un asesinato planeado en sus mismas filas. Ahora resulta que los yanakonas seguidores de López siguen deshonrando la estatua de Martí en Chacaito montados en la cabeza del gigante caribeño creador de La edad de oro, hecho que repudiamos enérgicamente porque quienes lo hacen tienen objetivos radicalmente opuestos a los principios martianos. La figura de Martí, al igual que nuestro escudo bolivariano irrespetado por el caricaturista neogranadino Vladdo, merece todo el respeto del mundo. Un verdadero viajero bolivariano al ver la estatua de Martí “sin sacudirse el polvo del camino, sin preguntar dónde se come ni donde se duerme, al ver la estatua de Martí debe llorar ante ese gigante que se mueve como un padre cuando se le acerca a un hijo”.

Estos dos retoños del imperialismo, Choinsgy por nacimiento y López por nacionalización, erraron al montarse sobre los hombros del gigante cubano. La estatua fue mal escogida. Debieron montarse en la de Domingo Faustino Sarmiento, sirviente de la explotación ejercida por el gigante de siete leguas. Martí luchó por liberar su amada Nubia en hombros de los gigantes Bolívar, Rodríguez, Miranda y Sucre. Estos Libertadores logran ver a América liberada porque se montan en los hombros de José Leonardo Chirino, Manuelote, Tupak Katari, Mackandal, Fedon, Anacaona, Guaicaipuro, Cayaurima, Chacao, Macaracuay, Caricuao, Caurimare. Fidel ve Cuba liberada porque se monta en hombros de Martí. Chávez ve la Revolución Bolivariana porque se monta en los hombros de Bolívar. Fidel y Chávez logran ver el Alba de Nuestra América porque se montan en los hombros de Bolívar y Martí. Nunca más un marine o un yanakona profanará a Martí ni a ningún emancipador bolivariano. Si no alcanzan a ver sus innobles propósitos, y Sarmiento no les satisface, móntense sobre las sandalias de George Washington y una vez allí aprovechen de lamerlas hasta que queden bien lustradas.

Publicado por 

*Escritor y profesor universitario venezolano. Doctor en Ciencias de la Educación y Licenciado en Educación Matemática de la UCV. Coordinador Nacional del Programa Nacional de Formación de Educadores de la UBV y Miembro del Grupo de Investigación y Difusión en Educación Matemática (Gidem).
**Yanacona (probablemente del quechua "yanakuna", "negros") fue un término empleado como equivalente a "auxiliar" o "ayudante", y especialmente usado para denominar a los porteadores de los ejércitos del Tawantinsuyu o "Imperio Inca". Los españoles, durante la Conquista del Perú, comenzaron a usar la denominación para referirse a los pueblos indígenas que tenían de servidumbre, ya fuera en sus encomiendas o integrados a las formaciones militares como "indios auxiliares". La palabra fue también usada durante la conquista de otras áreas de Sudamérica. La utilización despectiva del vocablo es de origen mapuche, quienes denominaban Yanaconas en su acepción de "servil" y "cobarde" a los Incas y otros indígenas de etnias quechuas que servían como soldada del conquistador español. (Wikipedia)

jueves, 18 de abril de 2013

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

Nos dice su autor: "Hace ya tiempo escribí este artículo que, a raíz de los acontecimientos en Venezuela, vuelve a tener vigencia, sobre todo por el retrato de las fuerzas reaccionarias locales que hace Martí y su sugerencia de como neutralizarlas. Te ruego compartirlo"

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

Por Orlando Licea Díaz
Una y otra vez, mientras disfrutaba el reencuentro con un amigo, y escuchaba las ideas de un grupo de entusiastas estudiosos, ansiosos por resolver el enigma de la Revolución Bolivariana, por dar cauce seguro, sólido y estable al compromiso sagrado de liberar, no sólo a Venezuela a Cuba o al Ecuador, sino a la América toda, del sufrimiento acumulado durante siglos de dominio y explotación inicuos, venía a mi mente la frase de Martí que encabeza este intento y lo mucho que nos queda por aprender y aplicar del pensamiento de nuestros ancestros, sagrados e ilustres, en la lucha por la felicidad de nuestros pueblos.
Terminadas las horas de intercambio y disfrute, de interacción activa, vino la necesaria reflexión, y la decisión de escribir estas líneas, que intentan ser una especie de aviso sobre la urgente necesidad de poner el pensamiento y la obra de Martí, de Bolívar, del Che y de todos los que nos antecedieron en la lucha por una América unida, feliz y próspera. Lo haré con un ejemplo, el análisis del ensayo Nuestra América, escrito por Martí hace ya tiempo, pero de una impactante actualidad.
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos”.
No hay que perder tiempo buscando en Nostradamus: las profecías para la América Latina están hechas por los americanos mismos, y Martí, junto a Bolívar, son los dos grandes profetas de nuestras tierras. En estos mismos días el gigante de las siete leguas anda metiendo sus narices por diversos rincones de nuestra patria común, a ver cómo reaccionamos. Y si no superamos pronto el espíritu de aldeano, nos puede poner en un instante la bota encima: 
“Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.
Si Martí escribió y sufrió, si previó y avisó y alertó, sobre los peligros que asechaban a nuestra América cuando el gigante era apenas un niño y aún no había enseñado a las claras sus intenciones de dominio universal, si dio respuesta clara, precisa y concisa al interrogante de cómo pararlo e inmovilizarlo, antes de que pusiese sus manos y sus botas, empapadas de fango y sangre, sobre nuestros románticos, valerosos y sufridos pobladores. ¿A que buscar consejo y soluciones en lejanas tierras? ¿A qué estimular, bajo pretextos varios, la división sectaria que nos debilita?
“A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡Bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades Pues, ¿quién es el hombre? ¿El que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero”.
Gusanos en Cuba, Escuálidos en Venezuela y, con otros nombres y matices en otros pueblos, este segmento lamentable de la población de nuestros países, sigue existiendo y constituye quizás un peligro mayor que el gigante mismo.  
“A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.
Genial respuesta a los que quieren imponer desde afuera, como una y otra vez lo han hecho -y lamentablemente logrado en ocasiones- modelos de gobierno hechos a la medida para facilitar que la bota pise sobre césped blando y no sobre espinas, piedras afiladas y volcánica lava, como corresponde a su diabólica vocación opresora.
“Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador”.
Chávez ha sido un creador, Fidel igual, Evo lo está siendo, y Correa y cuantos han arribado al poder con la intención noble y sagrada de convertirlo en un modo de hacer felices a los seres humanos de estas tierras. Es la única manera de lograr, en un mundo diseñado para la opresión, que los pueblos prosperen y adelanten.
“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”.
Mucho habría que comentar sobre estas afirmaciones martianas, urge reunirnos para analizarlas e incorporarlas a nuestro cotidiano quehacer y que pensar. Otro insigne latinoamericano, Aníbal Ponce, desarrollando esta idea, demostró que los programas escolares son eficaces instrumentos para detener nuestros ímpetus liberadores y para hacer fracasar los movimientos sociales y las revoluciones que intenten poner a nuestras tierras en condición de ser habitadas por seres humanos libres y felices.
“Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros, de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen”.
El tigre, con sus garras de terciopelo, nos está husmeando: se le siente, se le huele, el tigre de afuera y la hiena de adentro, dispuesta a alimentarse de las carroñas y los despojos. Y hay urgencia en desarrollar los sentidos, en seguir los consejos de Martí, en enseñarnos como somos, uno en carne y sangre, un solo pueblo y una sola nación, dividida artificialmente para facilitar el dominio. Y de materializar el sentido de la vida de Bolívar, la unidad de todos los pueblos de América Latina, estamos a tiempo; si nos tardamos, no quedará laringe para lamentaciones, ni ojos para lágrimas. Martí sigue insistiendo:
“El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá; con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”.
¡Téngase bien en cuenta que estas líneas fueron escritas por Martí aun antes de que el tigre hubiese puesto sus garras sobre los pueblos de Nuestra América!.
 
“Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales”.
 
“Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la critica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar.”
Aunque quizás innecesaria, valga la aclaración de que Martí no divide a Nuestra América en naciones, sus problemas son comunes, por las venas corre la misma sangre, y cumplirán el mismo destino:
“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas”.
A continuación lo más trascendente e inaudito, Martí se va a referir al peligro que para Nuestra América representan los Estados Unidos; ya una vez nos hicimos sordos a su clamor, y pusieron sus botas sobre nuestros sagrados pueblos, la historia nos ha dado una segunda oportunidad, y esta vez estamos corriendo los mismos peligros y tenemos oportunidad de ensayar las mismas soluciones, este autor confía en que esta vez nuestros sentidos estén más aguzados.
“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones intimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”.
 
“como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento,  vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad. No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas”.
De paso señala Martí otro peligro y otra arma: hacer énfasis en las diferencias de raza; en Cuba misma, vestida de necesidad de desarrollo, se ha venido hablando demasiado del problema racial, debía hablarse más del problema humano.
Como “Pensar es servir”, quisiera terminar con el llamado urgente a reflexionar sobre el pensamiento de Martí, y a la necesidad imperiosa de aplicarlo consecuentemente. Martí, Bolívar y el resto de nuestros próceres no son pasado, son presente vivo y, más que eso, constituyen un futuro que hemos de actualizar. Por último quisiera agradecer a mi amigo venezolano Luis Vargas por las provocaciones que dieron lugar a estas líneas.
Bibliografía: José Martí. Obras Completas. Vol. 6 Nuestra América.