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miércoles, 7 de enero de 2015
viernes, 17 de octubre de 2014
12 de octubre: Día de la Resistencia Indígena versus Encuentro de Culturas
Por Felipe de J. Pérez Cruz*
En La Habana el acto previsto quedó pospuesto por las inclemencias del tiempo, no así la recordación de la trascendencia del acontecimiento, que contó con una emotiva y sabia intervención del Maestro Ever Fonseca, Premio Nacional de Artes Plásticas. Fonseca haciendo gala de sus dotes de pedagogo –vocación que nunca ha abandonado-, se impuso a la tormenta y al “apagón” eléctrico, e hizo de las sombras luces de intelección. A los compañeros de la Televisión que estaban presentes, las condiciones atmosféricas le impidieron transmitir el testimonio de la conmemoración. Pensamos realizar la actividad en su idea original el día 28 de octubre, que es el “12” para Cuba, pues ese día hace 522 años arribó el Almirante a nuestro archipiélago.
Los historiadores, maestros y maestras y jóvenes que nos acompañaban, las bellas niñas de la compañía de Modas J. Leal, que van a presentar una colección de vestidos con motivos inspirados en el mundo aborigen, sus compañeros compañeras de la escuela y el barrio, los padres y madres, y el numeroso grupo de seguidores del Grupo Musical Cubanos en la Red, no perdimos ni un átomo de entusiasmo, y nos volveremos a ver el 28. Lo que nos preocupa vista al pasado 12 y próximo 28, es que ni uno solo de los medios nacionales se refirió a la efeméride, y hasta donde conozco, tampoco lo hicieron los órganos provinciales. No se trata de que “la culpa” esté en la prensa. En los noticieros no existieron requerimientos informativos, porque en la mayoría de las instituciones gubernamentales y en las asociaciones de la sociedad civil, no se promovieron actividades sobre la efeméride. Sin dudas el problema de fondo rebasa con creces lo conmemorativo.
Resulta evidente que aún es insuficiente el apoyo que recibimos en este combate de ideas, de ciencia y conciencia, por la reivindicación histórica que merecen nuestros aborígenes. El reconocimiento político de la Revolución Cubana a las luchas centenarias del movimiento indígena en la región, está sustentado en numerosas declaraciones oficiales del Gobierno, el Partido Comunista de Cuba y las asociaciones y organizaciones revolucionarias, sin embargo el tema no es solo un asunto de solidaridad. Somos parte de la historia compartida de más de medio milenio de resistencias y luchas anticolonialistas y antimperialistas
En Cuba estamos acostumbrados a ganarle peleas a la naturaleza y al imperio, y lo hacemos con destreza y rapidez, pero desafortunadamente la solución de algunos de nuestros pequeños-grandes conflictos, y en particular las demandas que se hacen desde la ciencia y la cultura, no reciben siempre una rápida y oportuna atención, y las respuestas y soluciones necesarias y posibles se extiende en el tiempo, y acumulan más desacuerdos. En el tema que nos ocupa, el no hacer de los compañeros que tienen responsabilidades en la educación de masas, la información y la promoción cultural, resulta de mayor preocupación cuando además de la inacción y el silencio, se mantienen y promocionen posicionamientos que no son sustentables desde el estudio, la ideología y la ética revolucionaria.
Es que la insistencia de conmemorar en Cuba el Día de la Resistencia Indígena, no se puede asumir sin batir lanzas contra los más significativos mitos colonialistas, enquistados en la historiografía, la enseñanza, la promoción de la historia y el trabajo cultural. Mitos que están suficientemente descodificados desde los resultados de los estudios realizados en las últimas décadas, pero que se mantienen, porque las razones de ciencia no han logrado trascender el espacio académico. Y quizás el más insostenible de esos mitos, es el que continúa afirmando el descubrimiento europeo de lo que hoy llamamos América, con la denominación de “encuentro de culturas”, o “de civilizaciones”.
¿Encuentro de culturas?
El 12 de octubre de 1492, la expedición militar de conquista comandada por el Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón, no promocionó un “encuentro de culturas” y si un acto de dominación y despojo. Al llegar a la isla de Guanahaní (que los hispanos bautizaron como San Salvador), situada en el archipiélago de las Bahamas, tomaron posesión de la nueva tierra en nombre de los europeos Reyes Católicos. Similar actuación tendrían lugar el 28 de octubre al arribar a esta la isla que sus habitantes taínos llamaban Cuba. Esta operación de apropiación se repetiría en cada nueva isla o territorio “descubierto”.
El Almirante Colón, sus capitanes y soldados, secuestraron en sus naves a sus primeros intérpretes, y se apropiaron de la cultura alimentaria y de los saberes aborígenes que les ayudaron a sobrevivir en las nuevas tierras. Frente a las costas de la actual provincia de Guantánamo, el 28 de noviembre de 1492, el Almirante invasor realizó el primer acto de guerra hecho por los europeos en América, para amedrentar a los indígenas que se mostraban inamistosos con los visitantes.
En diciembre de 1492, Colón encontró la amable acogida del cacique Guacanagarí, del cacicato de Marién, que se extendía por el norte de la isla de Quisqueya, que hoy ocupan los pueblos de Haití y República Dominicana. Tras el naufragio de la Santa María, una de las naves de la expedición, Colón construyó en tierras de Marien el fuerte Navidad, primera fortaleza colonialista en América, y al retirarse de la Isla rumbo a España, dejó en la instalación a 39 de sus acompañantes.
Tras la partida de Colón, no se produjo el “encuentro” de la cultura hispana de la que eran portadores los 39 expedicionarios dejados en el fuerte Navidad, con sus vecinos del cacicato de Marien. Emularon los soldados de los Reyes Católicos en maldades contra los poblados aborígenes cercanos, robaban los alimentos, maltrataban y acuchillaban a sus moradores, y secuestraban a las mujeres para poseerlas. Guacanagarí interesado en construir una alianza con Colón, que le situara con poder sobre los caciques vecinos, permitió el régimen de tropelías de los hispanos, pero cuando estos salieron de los límites de Marien, para continuar sus desatinos y crueldades, encontraron el rechazo y la muerte. El cacique Caonabo lideró una fuerza de ataque que sitió el fuerte Navidad, ajustició a sus ocupantes y redujo a cenizas la fortaleza.
El Almirante virrey y gobernador
El 25 de septiembre de 1493, el Almirante Colón zarpó de Cádiz al mando de una expedición militar invasora de gran envergadura, con 17 navíos, y unos 1.200 soldados. Llevaba en sus naves suficientes cañones, mosquetes, pólvora y municiones de guerra, no faltaba un buen número de caballos, y perros adiestrados en rastrear y matar, y también portaba las primeras semillas europeas y ganado. De regreso al Caribe, ya virrey y gobernador por las Capitulaciones de Santa Fe, contrato de negocios firmado con los reyes, Colón no compartió con los aborígenes sus semillas, ni el ganado, sí fue pródigo en utilizar para el logro de la dominación y explotación de los aborígenes, todo el arsenal de coerción, terror y muerte que poseía.
Colón
no reveló a su aliado Guacanagarí sus conocimientos de cartografía y
navegación, ni le regaló una brújula y un cuadrante y le mostró cómo
usarlos. Los mapas, tablas y almanaques, la sonda y el reloj de arena,
continuaron siendo desconocidos para el cacique después del “amistoso
encuentro” con el jefe invasor. Las ballestas, arcabuces y cañones,
quedaron a buen resguardo del afán de alianza de poder que movía a
Guacanagarí. El saber astronómico Colón lo utilizó para engañar,
aterrorizar y dominar a los habitantes de Jamaica, en vísperas de un
eclipse solar, haciéndose pasar por un dios o demonio que podía
arrebatarles el astro rey. El Almirante sabía que el monopolio del
conocimiento y de la técnica, eran poderosas armas de dominación a su
favor.
Colón conoció y no se disculpó por los crímenes de los soldados del fuerte Navidad, más bien se aprestó a vengarse de los indígenas atacantes. Sobre los restos del fuerte, fundó en diciembre de 1493, la primera villa hispana en América, la Isabela, que sería la base de operaciones para iniciar la conquista militar de Quisqueya. Aprovechó el asombro frente al desconocido sonido de la campana de la Isabela, para urdir el secuestro, hacer prisionero y vencer la resistencia armada del cacique quisqueyano Caonabo. Luego con las armas avanzadas y la superior tecnología de guerra que poseía, sembró el terror y la muerte en la vecina Isla, arrolló la resistencia indígena, quemó y destruyó cacicatos, y repartió el botín de indígenas prisioneros, para que fueran esclavizados en los lavaderos de oro y las haciendas. La citadas Capitulaciones otorgaban al Almirante y virrey la décima parte de todas las ganancias que se obtuvieran en su almirantazgo.
Mientras Colón destruía la floreciente cultura taína de Quisqueya, en Europa teólogos y sabios discutían si los aborígenes eran seres humanos o animales. La Real Cédula del 20 de junio de 1500, donde se condenaba la esclavitud de los indígenas y los declaraba jurídicamente vasallos libres de la Corona de Castilla, llegó después de las crueles campañas que el Almirante desató en 1495 y 1496 contra los cacicatos quisqueyanos, obligando a cada uno de sus habitantes a entregarle diariamente un cascabel lleno de oro.
La actuación desleal y criminal del Almirante Cristóbal Colón, sería multiplicada en las acciones de apropiación, depredación y crueldad genocida, de los soldados que a nombre de los reyes europeos destruyeron la organización civilizatoria del mundo indígena americano. Esta fue la tarea que cumplió en Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524), destacado por su actuación contra los indígenas de Quisqueya. El hijo del Almirante, Diego Colón entonces gobernador de la isla renombrada por los hispanos como La Española, designó a Velázquez al mando de la invasión a la mayor de las Antillas.
La conquista de Cuba
En
la literatura histórica, a partir de las dos visiones polares que
existen: la del propio Diego Velázquez y la que brinda el padre
Bartolomé de las Casas , capellán de las tropas invasoras, existe una
información suficiente sobre el cruento acontecimiento. Una síntesis
precisa de lo que realmente sucedió en la historia, la aportan los
historiadores holguineros Hernel R. Pérez Concepción y Mayra San Miguel
Aguilar, en texto recién publicado en su provincia:
La colonización de la Isla por las huestes de Diego Velázquez destruyó en poco tiempo todo lo construido por el aborigen, tanto en su aspecto espiritual como material, apoyándose en la fuerza bruta para imponerse; sin dejar de asimilar un conjunto de aportes “cedidos” por loa aborígenes en el proceso de transculturación vivido por la sociedad de la Isla en el siglo XVI y subsiguiente.
El choque de estas dos culturas (española y americana) trajo que la de menor desarrollo, en este caso la aborigen, sufriese un trauma desarticulador que hace de este la causa principal de la disminución violenta del indígena americano. A la par que el indio se asimilaba y se integraba a la sociedad creada por el europeo, iba muriendo como grupo cultural en un proceso marcado por los signos del etnocidio.
Decodificación en clave de emancipación
La decodificación en clave de emancipación y dignificación humana, nos califica y cualifica el hacer y lo por hacer en la historiografía y la cultura revolucionaria. La teoría y en ella la epistemología tienen un valor metodológico que no podemos soslayar. La historia realmente probada aporta verdades que precisan de su más exacta lectura: Es necesario introducir en la historiografía cubana el concepto expedición militar de conquista, en lugar del ambiguo, apacible e inexacto concepto de viaje de descubrimiento, o el aún insuficiente término de expedición, para el acontecimiento que se desató a partir de la salida del puerto ibérico de Palos de las naves comandadas por Colón, el 3 de agosto de 1492. Esta expedición militar de conquista fue de hecho el primer acto de guerra y de dominación del colonialismo europeo contra el territorio y los pueblos que vivían en la región que hoy llamamos América, en tanto su trascendencia histórica lo es también político-filosófica, ética y cultural.
Resulta inobjetable desde la verdad histórica, incorporar el término invasión militar, a la tradicional denominación de Segundo Viaje o Expedición realizada por el Almirante Cristóbal Colón (1451-1506),en tanto tal denominación cualifica el carácter de la operación militar de conquista, que se desarrolló a partir de entonces, y que bajo el mando del Almirante Colón, ya empoderado como virrey y gobernador, partió del territorio ibérico el 25 de septiembre de 1493, con el definido objetivo de invadir, conquistar, ocupar y apoderarse del oro y las riquezas de la isla caribeña de Quisqueya y sus pobladores, y extender la exploración y conocimiento de la región con similares fines de dominación y expropiación económica.
La historiografía de matriz colonialista que hemos heredado, en el interés de negar y menospreciar la resistencia indígena, y desdibujar la violencia genocida de tan dramático acontecimiento de dominación, ha silenciado que la conquista y colonización se llevó a cabo mediante una guerra de rapiña colonialista que el Estado español desató contra los pueblos que vivían en las islas del Caribe y en el territorio continental. Que fue a su vez la primera guerra colonialista del proceso mundial de internacionalización y acumulación originaria del capital, y la primera guerra colonial contra los pueblos de Nuestra América.
La guerra colonial del Estado español contra los pueblos caribeños y americanos, tuvo su episodio cubano a partir de 1510, con la expedición militar y la invasión que la historiografía nacional ha denominado conquista y colonización (1492-1553). Reconocer la conquista y colonización de Cuba en su condición de episodio de la guerra colonial iniciada en Quisqueya, nos permite asumir que esta fue la primera guerra colonialista de la historia de Cuba.
Los indígenas que habitaban Quisqueya, Borinquén, Jamaica, Cuba, no fueron mansos ni se dejaron victimizar impunemente. Sus resistencias no pueden continuar subvaloradas y reducidas a escaramuzas. Fueron genuinos episodios de guerra justa, lo que cualifican a Caonabo, Anacaona, Hatuey, Guarina, Guamá, Casiguaya, Enriquillo, a aquellos hombres y mujeres, quienes a pesar de la abrumadora superioridad militar de los invasores, bajo el liderazgo de caciques-jefes militares, defendieron su libertad y espacio vital.
Desde la huella documental de la legislación colonial, se ha tratado de “salvar” la culpa de los reyes y el papado. Cierto es que en 1542 -36 años después de muerto Colón-, la Corona española proclamó las llamadas Leyes Nuevas, en las que se prohibía la esclavitud de los indígenas, se ordenaba que todos quedaran libres de los encomenderos, y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona. Y se conoce también con evidencias documentales, como el cumplimiento de lo dispuesto fue saboteado por los encomenderos, gobernantes coloniales y obispos en no pocos territorios, Cuba entre estos. Antes igual suerte de doble moral y violación fragrante, había tenido el cumplimiento de las Leyes de Burgos (1512- 1513), que reglamentaban y “suavizaban” la explotación en las encomiendas.
La perspectiva de que fuimos parte de una guerra del naciente Estado colonial hispano, contra los pueblos indígenas del Caribe y América, nos recoloca en el eje decisivo de nuestra historia nacional. Pelearon nuestros antepasados aborígenes, como parte de un gran mosaico de pueblos, todos agredidos por un abusivo Estado, pionero en el diseño de políticas terroristas de exterminio masivo y explotación intensiva. Tal Estado respondió a las apetencias del régimen de expolición mundial capitalista, lo que explica la emulación de genocidios con la metrópoli española, por sus pares de Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, contra los pueblos de América, África y Asia.
El impacto de la barbarie europea cambió drásticamente la estructura de los modos de vida y la cultura de los indígenas. Confrontados con formas de explotación que destruían sus lógicas productivas, forzados en sistemas dominantes de poder social, económico y político que les eran extraños y abusivos, que les arrebataban sus derechos colectivos a la tierra, a la expresión libre, y a la vida misma. Sus religiones y creencias fueron criminalizadas, sus líderes quemados en la hoguera por herejes. La propuesta ideológico-cultural colonialista, en su realización feudalizante, rezumará el oscurantismo clerical del medioevo. Todo ello conformó la masiva operación de etnocidio que también fue la conquista y colonización.
El investigador estadounidense Henry Farmer Dobyns ha estimado en 110 millones la población total de América, de la que afirma que un 95% de murió en los primeros 130 años después de la llegada del Almirante.
Frente a tanta barbarie ¿dónde queda el encuentro de culturas, el pretendido afán civilizatorio? Definitivamente no hubo encuentro. Se produjo la invasión y expansión militar europea sobre una parte del planeta que faltaba por unir al naciente patrón de acumulación capitalista. Y ello se haría como magistralmente lo describió Carlos Marx: rezumando sangres y lodo.
Los dos discursos
La llegada el 12 de octubre de 1492, de la expedición militar de conquista comandada por el Almirante Cristóbal Colón, fue promocionada como “encuentro de culturas o de civilizaciones”, por nuestro Ministerio de Cultura, cuando se conmemoraba el Medio Milenio del “descubrimiento” en 1992. La decisión –lo sustentamos en su momento y lo hemos planteado en otros acercamientos más recientes al tema - no se justifica, pero se entiende para el momento en la búsqueda de una plataforma de comunicación menos colonialista, que la que entonces promovía el hispanismo conservador, con el concurso unánime de las oligarquías que desgobernaban el continente americano. La operación de propaganda política e influencia cultural del Medio Milenio, utilizaba el controvertido acontecimiento, con el objetivos de revivir la esencia racista y colonialista de la ya envejecida plataforma hispanoamericana, ahora devenida como “iberoamericana”, relanzar los intereses del Reino español en la región, y crear un clima favorable para que las transnacionales de casa matriz española se incorporaran con ventajas, al festín del reparto neoliberal que por entonces se cernía sobre los pueblos de Nuestra América.
Es abrumador el conjunto de documentos y hechos probados, que demuestran la fragilidad de las aventuras conceptuales, que han tratado de “evitar” las categorías genocidio y etnocidio, como las más exactas, para definir el proceso que desata el descubrimiento europeo, y la guerra de rapiña de la conquista y colonización. Han transcurridos más de veinte años de debates amables y explicaciones de ciencia, asistimos al aprendizaje colectivo que en temas de indigenismo culto y propositivo, nos ha proporcionado la reemergencia del nuevo nacionalismo indígena latinoamericano, contamos con el universo plural descolonizador que se articula bajo el concepto de Socialismo en el Siglo XXI, las fuerzas revolucionarias y progresistas en los gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, no han dudado en sustentar con leyes y decretos, la certera cosmovisión descolonizadora del movimiento indígena –incluida la conmemoración del Día dela Resistencia Indígena-; pero en la institucionalidad cultural y mediática de Cuba persiste el decir del “encuentro de culturas”.
La Casa de las Américas desarrolló el pasado mes de agosto el Coloquio Internacional "Actuales desafíos de los pueblos indígenas de América", para promover el tema indígena en torno a los tópicos de la agenda de la Conferencia Mundial de los Pueblos Indígenas de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que recién acaba de celebrarse en Nueva York. Este Coloquio abrió su espacio a la Mesa Indigenidad cubana en el alba del siglo XXI, que contó entre sus ponentes y público con una nutrida representación de los más calificados especialistas y promotores cubanos en los estudiosy la cultura aborigen.
No hay razón para queentre nosotros, en Cuba Revolucionaria y socialista, la colonialidad subsista en las mentalidades y se resista a reaprender. Menos podemos admitir la tentación de contemporizar con los consensos burgueses, en aras de “acceder” a sus mercados tarifados.
Como afortunadamente en la enseñanza de la historia, si ha avanzado el enfoque descolonizador –y esto es bueno reconocerlo ante tanta crítica no siempre justa y bien centrada, sobre lo que no se enseña de Historia de Cuba-, ahora colocamos a los jóvenes estudiantes y a los padres y madres que estudian y reaprenden junto a ellos, frente a dos discursos. En el aula el profesor y la profesora enseñan sobre el crimen de la conquista, y la prensa y los noticieros culturales les hablan de una fiesta iberoamericana en Holguín, el próximo 28 de septiembre, por el “encuentro de culturas”, y para “endulzar” la masacre se refieren a “partos dolorosos” con “resultados gratificantes”. He sido abordado en estos días sobre tan insostenible dualidad, por algunos de mis vecinos-padres y madres, y varios de mis alumnos hoy en la honrosa tarea de maestros y maestras. A unos y otros les he ratificado el criterio de ciencia y conciencia que sustento: Hablar de “encuentro de culturas” en 1992 fue un error de política cultural, mantener esa postura 22 años después e incluso intentar justificar lo injustificable, es aferrarse a un discurso político mentiroso, tergiversador y cruel.
La Historia como disciplina y cultura
El nervio emancipador que rescata el Día de la Resistencia Indígena, fertiliza lo que el Partido de la Revolución –en unión democrática de millones de voluntades e inteligencias que fueron consultadas-, ha expresado en los Objetivos aprobados durante la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba. Debemos terminar con las dilaciones y los silencios inexplicables, no hay justificación alguna para que errores históricos develados por los especialistas se sigan reiterando, menos que nuestros directivos, funcionarios y periodistas, continúen promoviendo enfoques que se distancian de nuestra opción ideológica martiana y fidelista.
La Historia como disciplina y cultura, resulta fundamental para proyectar y hacer política. La política puede dictar con los recursos ideológicos y materiales que desata, uno u otro curso de la historiografía, pero a la política siempre le resultará imposible cambiar lo que realmente pasó en la Historia. Los enfoques historiográficos “amables” empiezan y terminan tergiversando y manipulando.
Para los cientistas e intelectuales marxistas o no, Vladimir Ilich Lenin dejó su insuperable concepto de partidismo científico: "Nada ni nadie, ni persona ni causa enarbolada alguna, justifica el separarnos de la verdad". Y en el tema que tratamos como en muchos otros campos, nuestro compromiso histórico, político y ético, quedó para todos los tiempos definido por José Martí: “Con Guaicaipuro, Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”.
Del mismo autor y sobre este tema, publicamos en el año 2013:
Imágenes
1. Conmemoración de la llegada del Amirante Colón (Fiesta Iberoamericana), Bariay, Holguín
2. Guacanagari hablando con Colón, Ilustración para el libro Columbus and Columbia (Manufacturers' Book Co, 1893).
3. El suplicio de Hatuey
Reflexiones después de la efeméride
Este
año retomamos el propósito de conmemorar en Cuba, el 12 de octubre como
Día de la Resistencia y Cultura Indígena. La fecha que marca la llegada
de la expedición militar de conquista del Almirante Cristóbal Colón
(1446-1506) al territorio insular del continente que hoy nombramos
América,debe ser una efeméride dedicada a la justicia histórica.
Consagrada a la recordación y el homenaje a los pueblos aborígenes que
se enfrentaron al genocidio y etnocidio del colonialismo europeo,
resistieron el embate de la explotación capitalista, se hicieron
simiente de la forja de la nación cubana, y nos legaron sus culturas y
cosmovisiones.En La Habana el acto previsto quedó pospuesto por las inclemencias del tiempo, no así la recordación de la trascendencia del acontecimiento, que contó con una emotiva y sabia intervención del Maestro Ever Fonseca, Premio Nacional de Artes Plásticas. Fonseca haciendo gala de sus dotes de pedagogo –vocación que nunca ha abandonado-, se impuso a la tormenta y al “apagón” eléctrico, e hizo de las sombras luces de intelección. A los compañeros de la Televisión que estaban presentes, las condiciones atmosféricas le impidieron transmitir el testimonio de la conmemoración. Pensamos realizar la actividad en su idea original el día 28 de octubre, que es el “12” para Cuba, pues ese día hace 522 años arribó el Almirante a nuestro archipiélago.
Los historiadores, maestros y maestras y jóvenes que nos acompañaban, las bellas niñas de la compañía de Modas J. Leal, que van a presentar una colección de vestidos con motivos inspirados en el mundo aborigen, sus compañeros compañeras de la escuela y el barrio, los padres y madres, y el numeroso grupo de seguidores del Grupo Musical Cubanos en la Red, no perdimos ni un átomo de entusiasmo, y nos volveremos a ver el 28. Lo que nos preocupa vista al pasado 12 y próximo 28, es que ni uno solo de los medios nacionales se refirió a la efeméride, y hasta donde conozco, tampoco lo hicieron los órganos provinciales. No se trata de que “la culpa” esté en la prensa. En los noticieros no existieron requerimientos informativos, porque en la mayoría de las instituciones gubernamentales y en las asociaciones de la sociedad civil, no se promovieron actividades sobre la efeméride. Sin dudas el problema de fondo rebasa con creces lo conmemorativo.
Resulta evidente que aún es insuficiente el apoyo que recibimos en este combate de ideas, de ciencia y conciencia, por la reivindicación histórica que merecen nuestros aborígenes. El reconocimiento político de la Revolución Cubana a las luchas centenarias del movimiento indígena en la región, está sustentado en numerosas declaraciones oficiales del Gobierno, el Partido Comunista de Cuba y las asociaciones y organizaciones revolucionarias, sin embargo el tema no es solo un asunto de solidaridad. Somos parte de la historia compartida de más de medio milenio de resistencias y luchas anticolonialistas y antimperialistas
En Cuba estamos acostumbrados a ganarle peleas a la naturaleza y al imperio, y lo hacemos con destreza y rapidez, pero desafortunadamente la solución de algunos de nuestros pequeños-grandes conflictos, y en particular las demandas que se hacen desde la ciencia y la cultura, no reciben siempre una rápida y oportuna atención, y las respuestas y soluciones necesarias y posibles se extiende en el tiempo, y acumulan más desacuerdos. En el tema que nos ocupa, el no hacer de los compañeros que tienen responsabilidades en la educación de masas, la información y la promoción cultural, resulta de mayor preocupación cuando además de la inacción y el silencio, se mantienen y promocionen posicionamientos que no son sustentables desde el estudio, la ideología y la ética revolucionaria.
Es que la insistencia de conmemorar en Cuba el Día de la Resistencia Indígena, no se puede asumir sin batir lanzas contra los más significativos mitos colonialistas, enquistados en la historiografía, la enseñanza, la promoción de la historia y el trabajo cultural. Mitos que están suficientemente descodificados desde los resultados de los estudios realizados en las últimas décadas, pero que se mantienen, porque las razones de ciencia no han logrado trascender el espacio académico. Y quizás el más insostenible de esos mitos, es el que continúa afirmando el descubrimiento europeo de lo que hoy llamamos América, con la denominación de “encuentro de culturas”, o “de civilizaciones”.
¿Encuentro de culturas?
El 12 de octubre de 1492, la expedición militar de conquista comandada por el Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón, no promocionó un “encuentro de culturas” y si un acto de dominación y despojo. Al llegar a la isla de Guanahaní (que los hispanos bautizaron como San Salvador), situada en el archipiélago de las Bahamas, tomaron posesión de la nueva tierra en nombre de los europeos Reyes Católicos. Similar actuación tendrían lugar el 28 de octubre al arribar a esta la isla que sus habitantes taínos llamaban Cuba. Esta operación de apropiación se repetiría en cada nueva isla o territorio “descubierto”.
El Almirante Colón, sus capitanes y soldados, secuestraron en sus naves a sus primeros intérpretes, y se apropiaron de la cultura alimentaria y de los saberes aborígenes que les ayudaron a sobrevivir en las nuevas tierras. Frente a las costas de la actual provincia de Guantánamo, el 28 de noviembre de 1492, el Almirante invasor realizó el primer acto de guerra hecho por los europeos en América, para amedrentar a los indígenas que se mostraban inamistosos con los visitantes.
En diciembre de 1492, Colón encontró la amable acogida del cacique Guacanagarí, del cacicato de Marién, que se extendía por el norte de la isla de Quisqueya, que hoy ocupan los pueblos de Haití y República Dominicana. Tras el naufragio de la Santa María, una de las naves de la expedición, Colón construyó en tierras de Marien el fuerte Navidad, primera fortaleza colonialista en América, y al retirarse de la Isla rumbo a España, dejó en la instalación a 39 de sus acompañantes.
Tras la partida de Colón, no se produjo el “encuentro” de la cultura hispana de la que eran portadores los 39 expedicionarios dejados en el fuerte Navidad, con sus vecinos del cacicato de Marien. Emularon los soldados de los Reyes Católicos en maldades contra los poblados aborígenes cercanos, robaban los alimentos, maltrataban y acuchillaban a sus moradores, y secuestraban a las mujeres para poseerlas. Guacanagarí interesado en construir una alianza con Colón, que le situara con poder sobre los caciques vecinos, permitió el régimen de tropelías de los hispanos, pero cuando estos salieron de los límites de Marien, para continuar sus desatinos y crueldades, encontraron el rechazo y la muerte. El cacique Caonabo lideró una fuerza de ataque que sitió el fuerte Navidad, ajustició a sus ocupantes y redujo a cenizas la fortaleza.
El Almirante virrey y gobernador
El 25 de septiembre de 1493, el Almirante Colón zarpó de Cádiz al mando de una expedición militar invasora de gran envergadura, con 17 navíos, y unos 1.200 soldados. Llevaba en sus naves suficientes cañones, mosquetes, pólvora y municiones de guerra, no faltaba un buen número de caballos, y perros adiestrados en rastrear y matar, y también portaba las primeras semillas europeas y ganado. De regreso al Caribe, ya virrey y gobernador por las Capitulaciones de Santa Fe, contrato de negocios firmado con los reyes, Colón no compartió con los aborígenes sus semillas, ni el ganado, sí fue pródigo en utilizar para el logro de la dominación y explotación de los aborígenes, todo el arsenal de coerción, terror y muerte que poseía.
Colón
no reveló a su aliado Guacanagarí sus conocimientos de cartografía y
navegación, ni le regaló una brújula y un cuadrante y le mostró cómo
usarlos. Los mapas, tablas y almanaques, la sonda y el reloj de arena,
continuaron siendo desconocidos para el cacique después del “amistoso
encuentro” con el jefe invasor. Las ballestas, arcabuces y cañones,
quedaron a buen resguardo del afán de alianza de poder que movía a
Guacanagarí. El saber astronómico Colón lo utilizó para engañar,
aterrorizar y dominar a los habitantes de Jamaica, en vísperas de un
eclipse solar, haciéndose pasar por un dios o demonio que podía
arrebatarles el astro rey. El Almirante sabía que el monopolio del
conocimiento y de la técnica, eran poderosas armas de dominación a su
favor.Colón conoció y no se disculpó por los crímenes de los soldados del fuerte Navidad, más bien se aprestó a vengarse de los indígenas atacantes. Sobre los restos del fuerte, fundó en diciembre de 1493, la primera villa hispana en América, la Isabela, que sería la base de operaciones para iniciar la conquista militar de Quisqueya. Aprovechó el asombro frente al desconocido sonido de la campana de la Isabela, para urdir el secuestro, hacer prisionero y vencer la resistencia armada del cacique quisqueyano Caonabo. Luego con las armas avanzadas y la superior tecnología de guerra que poseía, sembró el terror y la muerte en la vecina Isla, arrolló la resistencia indígena, quemó y destruyó cacicatos, y repartió el botín de indígenas prisioneros, para que fueran esclavizados en los lavaderos de oro y las haciendas. La citadas Capitulaciones otorgaban al Almirante y virrey la décima parte de todas las ganancias que se obtuvieran en su almirantazgo.
Mientras Colón destruía la floreciente cultura taína de Quisqueya, en Europa teólogos y sabios discutían si los aborígenes eran seres humanos o animales. La Real Cédula del 20 de junio de 1500, donde se condenaba la esclavitud de los indígenas y los declaraba jurídicamente vasallos libres de la Corona de Castilla, llegó después de las crueles campañas que el Almirante desató en 1495 y 1496 contra los cacicatos quisqueyanos, obligando a cada uno de sus habitantes a entregarle diariamente un cascabel lleno de oro.
La actuación desleal y criminal del Almirante Cristóbal Colón, sería multiplicada en las acciones de apropiación, depredación y crueldad genocida, de los soldados que a nombre de los reyes europeos destruyeron la organización civilizatoria del mundo indígena americano. Esta fue la tarea que cumplió en Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524), destacado por su actuación contra los indígenas de Quisqueya. El hijo del Almirante, Diego Colón entonces gobernador de la isla renombrada por los hispanos como La Española, designó a Velázquez al mando de la invasión a la mayor de las Antillas.
La conquista de Cuba
En
la literatura histórica, a partir de las dos visiones polares que
existen: la del propio Diego Velázquez y la que brinda el padre
Bartolomé de las Casas , capellán de las tropas invasoras, existe una
información suficiente sobre el cruento acontecimiento. Una síntesis
precisa de lo que realmente sucedió en la historia, la aportan los
historiadores holguineros Hernel R. Pérez Concepción y Mayra San Miguel
Aguilar, en texto recién publicado en su provincia:La colonización de la Isla por las huestes de Diego Velázquez destruyó en poco tiempo todo lo construido por el aborigen, tanto en su aspecto espiritual como material, apoyándose en la fuerza bruta para imponerse; sin dejar de asimilar un conjunto de aportes “cedidos” por loa aborígenes en el proceso de transculturación vivido por la sociedad de la Isla en el siglo XVI y subsiguiente.
El choque de estas dos culturas (española y americana) trajo que la de menor desarrollo, en este caso la aborigen, sufriese un trauma desarticulador que hace de este la causa principal de la disminución violenta del indígena americano. A la par que el indio se asimilaba y se integraba a la sociedad creada por el europeo, iba muriendo como grupo cultural en un proceso marcado por los signos del etnocidio.
Decodificación en clave de emancipación
La decodificación en clave de emancipación y dignificación humana, nos califica y cualifica el hacer y lo por hacer en la historiografía y la cultura revolucionaria. La teoría y en ella la epistemología tienen un valor metodológico que no podemos soslayar. La historia realmente probada aporta verdades que precisan de su más exacta lectura: Es necesario introducir en la historiografía cubana el concepto expedición militar de conquista, en lugar del ambiguo, apacible e inexacto concepto de viaje de descubrimiento, o el aún insuficiente término de expedición, para el acontecimiento que se desató a partir de la salida del puerto ibérico de Palos de las naves comandadas por Colón, el 3 de agosto de 1492. Esta expedición militar de conquista fue de hecho el primer acto de guerra y de dominación del colonialismo europeo contra el territorio y los pueblos que vivían en la región que hoy llamamos América, en tanto su trascendencia histórica lo es también político-filosófica, ética y cultural.
Resulta inobjetable desde la verdad histórica, incorporar el término invasión militar, a la tradicional denominación de Segundo Viaje o Expedición realizada por el Almirante Cristóbal Colón (1451-1506),en tanto tal denominación cualifica el carácter de la operación militar de conquista, que se desarrolló a partir de entonces, y que bajo el mando del Almirante Colón, ya empoderado como virrey y gobernador, partió del territorio ibérico el 25 de septiembre de 1493, con el definido objetivo de invadir, conquistar, ocupar y apoderarse del oro y las riquezas de la isla caribeña de Quisqueya y sus pobladores, y extender la exploración y conocimiento de la región con similares fines de dominación y expropiación económica.
La historiografía de matriz colonialista que hemos heredado, en el interés de negar y menospreciar la resistencia indígena, y desdibujar la violencia genocida de tan dramático acontecimiento de dominación, ha silenciado que la conquista y colonización se llevó a cabo mediante una guerra de rapiña colonialista que el Estado español desató contra los pueblos que vivían en las islas del Caribe y en el territorio continental. Que fue a su vez la primera guerra colonialista del proceso mundial de internacionalización y acumulación originaria del capital, y la primera guerra colonial contra los pueblos de Nuestra América.
La guerra colonial del Estado español contra los pueblos caribeños y americanos, tuvo su episodio cubano a partir de 1510, con la expedición militar y la invasión que la historiografía nacional ha denominado conquista y colonización (1492-1553). Reconocer la conquista y colonización de Cuba en su condición de episodio de la guerra colonial iniciada en Quisqueya, nos permite asumir que esta fue la primera guerra colonialista de la historia de Cuba.
Los indígenas que habitaban Quisqueya, Borinquén, Jamaica, Cuba, no fueron mansos ni se dejaron victimizar impunemente. Sus resistencias no pueden continuar subvaloradas y reducidas a escaramuzas. Fueron genuinos episodios de guerra justa, lo que cualifican a Caonabo, Anacaona, Hatuey, Guarina, Guamá, Casiguaya, Enriquillo, a aquellos hombres y mujeres, quienes a pesar de la abrumadora superioridad militar de los invasores, bajo el liderazgo de caciques-jefes militares, defendieron su libertad y espacio vital.
Desde la huella documental de la legislación colonial, se ha tratado de “salvar” la culpa de los reyes y el papado. Cierto es que en 1542 -36 años después de muerto Colón-, la Corona española proclamó las llamadas Leyes Nuevas, en las que se prohibía la esclavitud de los indígenas, se ordenaba que todos quedaran libres de los encomenderos, y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona. Y se conoce también con evidencias documentales, como el cumplimiento de lo dispuesto fue saboteado por los encomenderos, gobernantes coloniales y obispos en no pocos territorios, Cuba entre estos. Antes igual suerte de doble moral y violación fragrante, había tenido el cumplimiento de las Leyes de Burgos (1512- 1513), que reglamentaban y “suavizaban” la explotación en las encomiendas.
La perspectiva de que fuimos parte de una guerra del naciente Estado colonial hispano, contra los pueblos indígenas del Caribe y América, nos recoloca en el eje decisivo de nuestra historia nacional. Pelearon nuestros antepasados aborígenes, como parte de un gran mosaico de pueblos, todos agredidos por un abusivo Estado, pionero en el diseño de políticas terroristas de exterminio masivo y explotación intensiva. Tal Estado respondió a las apetencias del régimen de expolición mundial capitalista, lo que explica la emulación de genocidios con la metrópoli española, por sus pares de Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, contra los pueblos de América, África y Asia.
El impacto de la barbarie europea cambió drásticamente la estructura de los modos de vida y la cultura de los indígenas. Confrontados con formas de explotación que destruían sus lógicas productivas, forzados en sistemas dominantes de poder social, económico y político que les eran extraños y abusivos, que les arrebataban sus derechos colectivos a la tierra, a la expresión libre, y a la vida misma. Sus religiones y creencias fueron criminalizadas, sus líderes quemados en la hoguera por herejes. La propuesta ideológico-cultural colonialista, en su realización feudalizante, rezumará el oscurantismo clerical del medioevo. Todo ello conformó la masiva operación de etnocidio que también fue la conquista y colonización.
El investigador estadounidense Henry Farmer Dobyns ha estimado en 110 millones la población total de América, de la que afirma que un 95% de murió en los primeros 130 años después de la llegada del Almirante.
Frente a tanta barbarie ¿dónde queda el encuentro de culturas, el pretendido afán civilizatorio? Definitivamente no hubo encuentro. Se produjo la invasión y expansión militar europea sobre una parte del planeta que faltaba por unir al naciente patrón de acumulación capitalista. Y ello se haría como magistralmente lo describió Carlos Marx: rezumando sangres y lodo.
Los dos discursos
La llegada el 12 de octubre de 1492, de la expedición militar de conquista comandada por el Almirante Cristóbal Colón, fue promocionada como “encuentro de culturas o de civilizaciones”, por nuestro Ministerio de Cultura, cuando se conmemoraba el Medio Milenio del “descubrimiento” en 1992. La decisión –lo sustentamos en su momento y lo hemos planteado en otros acercamientos más recientes al tema - no se justifica, pero se entiende para el momento en la búsqueda de una plataforma de comunicación menos colonialista, que la que entonces promovía el hispanismo conservador, con el concurso unánime de las oligarquías que desgobernaban el continente americano. La operación de propaganda política e influencia cultural del Medio Milenio, utilizaba el controvertido acontecimiento, con el objetivos de revivir la esencia racista y colonialista de la ya envejecida plataforma hispanoamericana, ahora devenida como “iberoamericana”, relanzar los intereses del Reino español en la región, y crear un clima favorable para que las transnacionales de casa matriz española se incorporaran con ventajas, al festín del reparto neoliberal que por entonces se cernía sobre los pueblos de Nuestra América.
Es abrumador el conjunto de documentos y hechos probados, que demuestran la fragilidad de las aventuras conceptuales, que han tratado de “evitar” las categorías genocidio y etnocidio, como las más exactas, para definir el proceso que desata el descubrimiento europeo, y la guerra de rapiña de la conquista y colonización. Han transcurridos más de veinte años de debates amables y explicaciones de ciencia, asistimos al aprendizaje colectivo que en temas de indigenismo culto y propositivo, nos ha proporcionado la reemergencia del nuevo nacionalismo indígena latinoamericano, contamos con el universo plural descolonizador que se articula bajo el concepto de Socialismo en el Siglo XXI, las fuerzas revolucionarias y progresistas en los gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, no han dudado en sustentar con leyes y decretos, la certera cosmovisión descolonizadora del movimiento indígena –incluida la conmemoración del Día dela Resistencia Indígena-; pero en la institucionalidad cultural y mediática de Cuba persiste el decir del “encuentro de culturas”.
La Casa de las Américas desarrolló el pasado mes de agosto el Coloquio Internacional "Actuales desafíos de los pueblos indígenas de América", para promover el tema indígena en torno a los tópicos de la agenda de la Conferencia Mundial de los Pueblos Indígenas de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que recién acaba de celebrarse en Nueva York. Este Coloquio abrió su espacio a la Mesa Indigenidad cubana en el alba del siglo XXI, que contó entre sus ponentes y público con una nutrida representación de los más calificados especialistas y promotores cubanos en los estudiosy la cultura aborigen.
No hay razón para queentre nosotros, en Cuba Revolucionaria y socialista, la colonialidad subsista en las mentalidades y se resista a reaprender. Menos podemos admitir la tentación de contemporizar con los consensos burgueses, en aras de “acceder” a sus mercados tarifados.
Como afortunadamente en la enseñanza de la historia, si ha avanzado el enfoque descolonizador –y esto es bueno reconocerlo ante tanta crítica no siempre justa y bien centrada, sobre lo que no se enseña de Historia de Cuba-, ahora colocamos a los jóvenes estudiantes y a los padres y madres que estudian y reaprenden junto a ellos, frente a dos discursos. En el aula el profesor y la profesora enseñan sobre el crimen de la conquista, y la prensa y los noticieros culturales les hablan de una fiesta iberoamericana en Holguín, el próximo 28 de septiembre, por el “encuentro de culturas”, y para “endulzar” la masacre se refieren a “partos dolorosos” con “resultados gratificantes”. He sido abordado en estos días sobre tan insostenible dualidad, por algunos de mis vecinos-padres y madres, y varios de mis alumnos hoy en la honrosa tarea de maestros y maestras. A unos y otros les he ratificado el criterio de ciencia y conciencia que sustento: Hablar de “encuentro de culturas” en 1992 fue un error de política cultural, mantener esa postura 22 años después e incluso intentar justificar lo injustificable, es aferrarse a un discurso político mentiroso, tergiversador y cruel.
La Historia como disciplina y cultura
El nervio emancipador que rescata el Día de la Resistencia Indígena, fertiliza lo que el Partido de la Revolución –en unión democrática de millones de voluntades e inteligencias que fueron consultadas-, ha expresado en los Objetivos aprobados durante la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba. Debemos terminar con las dilaciones y los silencios inexplicables, no hay justificación alguna para que errores históricos develados por los especialistas se sigan reiterando, menos que nuestros directivos, funcionarios y periodistas, continúen promoviendo enfoques que se distancian de nuestra opción ideológica martiana y fidelista.
La Historia como disciplina y cultura, resulta fundamental para proyectar y hacer política. La política puede dictar con los recursos ideológicos y materiales que desata, uno u otro curso de la historiografía, pero a la política siempre le resultará imposible cambiar lo que realmente pasó en la Historia. Los enfoques historiográficos “amables” empiezan y terminan tergiversando y manipulando.
Para los cientistas e intelectuales marxistas o no, Vladimir Ilich Lenin dejó su insuperable concepto de partidismo científico: "Nada ni nadie, ni persona ni causa enarbolada alguna, justifica el separarnos de la verdad". Y en el tema que tratamos como en muchos otros campos, nuestro compromiso histórico, político y ético, quedó para todos los tiempos definido por José Martí: “Con Guaicaipuro, Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”.
*Doctor
en Ciencias Pedagógicas. Profesor e investigador. Presidente en La
Habana, de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC).
Del mismo autor y sobre este tema, publicamos en el año 2013:
Imágenes
1. Conmemoración de la llegada del Amirante Colón (Fiesta Iberoamericana), Bariay, Holguín
2. Guacanagari hablando con Colón, Ilustración para el libro Columbus and Columbia (Manufacturers' Book Co, 1893).
3. El suplicio de Hatuey
sábado, 26 de abril de 2014
Cómo ser Willy Toledo
En los días en que estuve totalmente incomunicada de Internet, se publicó este trabajo que me complazco en compartirles:
Cómo ser Willy Toledo
Por Rafael Narbona

Hace
tiempo, me enviaron un correo anónimo, comparándome con Willy Toledo:
“Se te está poniendo la misma cara de imbécil”. Es evidente que no tengo
el carisma ni la notoriedad del famoso actor, pero a los ojos de la
derecha (y de la presunta izquierda) mis opiniones me sitúan entre las
hordas de rojo-separatistas y perro-flautas que pretenden destruir
España. Nunca me he planteado ser Willy Toledo, pero entiendo lo que
significa nadar contra corriente en una sociedad tristemente manipulada
por los grandes medios de comunicación y con enormes dosis de
intransigencia. En nuestro maltratado país, Willy Toledo ha malogrado su
carrera por culpa de su rebeldía y de su sentido de la ética y el
compromiso. Se ha atrevido a defender la Revolución cubana, la Venezuela
de Hugo Chávez y el derecho de autodeterminación de los pueblos. Se ha
fotografiado con el número de preso de Arnaldo Otegi, ha abogado por los
derechos de los palestinos, los saharauis y los mapuches, y no ha
establecido distinciones entre Libia e Irak a la hora de condenar a las
intervenciones militares de la OTAN. Solidario, simpático y sin pelos en
la lengua, Willy Toledo se enorgullece de haber atraído las antipatías
de figuras tan execrables como Mario Vargas Llosa y Rosa Montero. No le
molesta, pues sólo reconoce como enemigos a los energúmenos de la
extrema derecha o a las plumas venales al servicio de un capitalismo
disfrazado de economía de mercado.

No le conozco personalmente [Vea, a propósito Una Tarde con Willy Toledo
], pero me encantaría saber cómo ha sobrellevado el papel de paria
apaleado por la derecha neoliberal y la socialdemocracia neoliberal. No
pido excusas por la reiteración de adjetivos, pues estimo que las
fronteras ideológicas entre el PSOE y el PP son simple retórica
electoral. El neoliberalismo es la plaga que devasta el planeta desde el
duunvirato compuesto en los ochenta por Margaret Thatcher y Ronald
Reagan, dos presidentes que emplearon el terrorismo de estado con
inaudita desvergüenza, atribuyendo sus crímenes a la intención de
propagar la libertad y la democracia hasta el último confín del planeta.
La confluencia ideológica entre los partidos socialdemócratas y
neoliberales se manifiesta nítidamente al leer los cinco grandes diarios
de la prensa española, agrupados en la plataforma Kiosko. El País ha atacado con la misma saña que el ABC, El Mundo y La Razón a Willy Toledo. Jorge M. Reverte ha escrito en El País:
“Toledo ha apoyado públicamente la dictadura de Raúl Castro en Cuba
[…]. Y apoya públicamente, con un lenguaje chulesco y retador, la
retórica amenazante y la práctica violenta de un personaje tan siniestro
como Nicolás Maduro […]. Willy Toledo me representa menos que Rajoy,
porque no sé cómo se le quita”. Reverte no menciona que la dictadura de
Raúl Castro es –según Unicef- “el único país sin desnutrición
infantil”. Esto se debe a que el gobierno cubano garantiza una canasta
básica alimenticia y promueve la lactancia materna. Además, entrega un
litro de leche diaria a todos los niños de cero a siete años, junto con
otros alimentos, como compotas, zumos y galletas, respetando siempre el
principio de la equidad. Por el contrario, en la democrática España de
Rajoy ya hay dos millones y medio de niños y niñas con graves problemas
de malnutrición. Algunos dirán que no debe confundirse la malnutrición
con la desnutrición y no se equivocan, pero esta distinción es tan
endeble como la diferencia entre penuria y pobreza. En cuanto a la
malnutrición en Cuba, según Unicef, la tasa se sitúa en el 0%. El último informe de Cáritasha señalado que España es el segundo país de la UE con una tasa más alta de pobreza infantil. Sólo nos supera Rumanía. Cáritas ha
apuntado que con 2.600 millones de euros se podría resolver el
problema. Es una cantidad inferior a la que se necesita para el “rescate
de las autovías”. En un gesto de cinismo e indignidad sin precedentes,
Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda, ha afirmado que el informe de Cáritas “no se ajusta a la realidad” y que no debería provocar debates en ese sentido.
En
cuanto al “siniestro Nicolás Maduro”, su presunta dictadura nace de
unas elecciones libres, donde la mayoría decidió apoyar a la Revolución
bolivariana, con sus imperfecciones, sí, pero también con sus grandes
logros en materia social: reducción de la mortalidad infantil en un 50%,
erradicación del analfabetismo, construcción de 350.000 escuelas,
notable incremento del salario mínimo, pensiones para todos los
trabajadores (incluidas las amas de casa y los que nunca habían
cotizado), provisión de alimentos para las familias más pobres, con
rebajas de un 60% en los precios (sistema Mercal), grandes
inversiones en la red de hospitales y una política medioambiental que
prohibió la pesca de arrastre. Se dice que en Venezuela no hay
democracia, pero los grandes medios de comunicación están en manos de la
oposición, que instiga sin descanso a la sublevación. El “movimiento
estudiantil” que ha incendiado las calles de Caracas, saboteando
servicios de abastecimiento de alimentos y reduciendo a escombros
recintos universitarios, no es representativo ni defiende el bienestar
común. En 1998, había 600.000 universitarios. Gracias al chavismo, el
número creció hasta 2’5 millones y se construyeron 11 universidades, el
75% de carácter público. Los estudiantes que se manifiestan y aparecen
en la CNN, BBC o FOX News no superan los 40.000 y casi todos están
matriculados en universidades privadas. Son los hijos de las oligarquías
financieras y empresariales, que perdieron sus privilegios cuando
Chávez nacionalizó el petróleo para mejorar las condiciones de vida de
los sectores más desfavorecidos. Los supermercados no están
desabastecidos, pero hay escasez de leche, harina, aceite y papel
higiénico. Es una escasez artificial, planificada, semejante a la que
organizó el Departamento de Estado norteamericano en el Chile de 1973
para derrocar a Salvador Allende. La guerra económica contra la
Revolución bolivariana se combina con una ofensiva mediática, que
infringe todos los códigos éticos del periodismo. Se han utilizado
fotografías de la represión policial en España, Chile, México e incluso
Egipto. Por ejemplo, se recurrió al rostro desfigurado de Unai Romano
como ejemplo de brutalidad policial, pero en realidad se trata de la
foto de un vasco torturado por la Guardia Civil en 2011.
Es
cierto que han muerto 34 personas en los disturbios, pero casi todos
los casos se han producido cerca de las “guarimbas”, barricadas
levantadas en las zonas residenciales que cortan el tráfico. Casi todas
las víctimas han sido policías o ciudadanos que intentaban retirar las
barricadas y han caído abatidos por francotiradores. Algo semejante ha
sucedido en Damasco y Kiev. El director de la Red Voltaire, el
periodista y activista Thierry Meyssan, ha denunciado que Estados Unidos
se encuentra detrás de estos crímenes. Es altamente probable, pues su
objetivo es exacerbar la violencia para forzar un cambio de gobierno.
Esta estrategia es menos costosa que una intervención militar directa.
El “siniestro Maduro” al que apoya el “pijoflauta” de Willy Toledo (por
utilizar la expresión del inefable Alfonso Ussía) ha aplicado sanciones
contra los agentes y los mandos implicados en excesos. Luisa Ortega,
fiscal general, ha declarado que investiga 59 casos de presuntas
violaciones de derechos humanos. Al margen ha ordenado la detención de
17 agentes. En España, un joven ha perdido un testículo y otro la visión
de un ojo por culpa de las pelotas de goma lanzadas por la Unidad de
Intervención Policial (UIP) durante las Marchas de la Dignidad
celebradas el 22 de marzo, pero no hay ningún agente detenido o
investigado. Por el contrario, Cristina Cifuentes, infausta Delegada del
Gobierno en Madrid, ha desplegado su habitual agresividad verbal para
defender la impecable y modélica actuación de la UIP.
Para los diarios españoles de la plataforma Kiosko,
la verdad es irrelevante. Willy Toledo es un agente de Castro y del
“siniestro Maduro” y vive a cuerpo de rey en La Habana, conspirando
contra la democracia, la libertad y la paz mundial. En 1990, el director
Spike Jonze urdió una divertida ficción cinematográfica, que narraba la
insólita peripecia de un titiritero neoyorkino que logra introducirse
en la mente del actor John Malkovich (Cómo ser John Malkovich).
No sé si alguien ha fantaseado con deslizarse en la mente de Willy
Toledo, pero yo a veces he sentido que los dos navegábamos en las mismas
aguas turbulentas. No tengo su talento interpretativo ni su atractivo
personal, pero he cometido las mismas imprudencias: condenar la
intervención de la OTAN en Libia, simpatizar con el SAT y la izquierda
abertzale, afirmar que el Estado de Israel ejecuta un programa de
limpieza étnica en Cisjordania y un verdadero genocidio en Gaza, elogiar
las letras antifascistas de Obrint Pas y Los chicos del maíz,
cuestionar la Monarquía y la financiación pública de la Iglesia
Católica, exigir la exhumación de las fosas del franquismo, denunciar
que en el Estado español se tortura, acusar a Estados Unidos de
terrorismo. En definitiva, he actuado como un “antisistema”. No me
desagrada el término. Willy Toledo afirma “soy antisistema, radicalmente
antisistema”, pues “lo lógico, desde el punto de vista humanístico, es
ser antisistema”. No puede ser de otra manera, cuando “este sistema es
el que tiene sumidas a cuatro quintas partes de la humanidad en la
pobreza, la violencia, la desesperación y el hambre”.No creo ser el único que coincide con Willy Toledo, pero yo cometí la temeridad de expresar las mismas opiniones en las aulas de los centros educativos de la Comunidad de Madrid, donde trabajaba como profesor de filosofía, con plaza de funcionario de carrera. Ingenuamente, también las expuse en un blog con mi nombre al pie de cada artículo. A partir de entonces, mi vida se convirtió en un infierno. En mi último destino –situado en un barrio obrero de la periferia madrileña-, sufrí el acoso de una pandilla de skinheads, que pintarrajearon “¡Rafa Narbona, comunista!” en uno de los muros exteriores del instituto. La pintada no se borró en tres semanas. La dirección –afín al PSOE- se alió con profesores de extrema derecha –hay bastantes en la Comunidad de Madrid- y con los padres conservadores –no son una minoría- para transformar mi trabajo en un penoso viacrucis. En algunas clases, los alumnos ultras me recibieron con cruces gamadas y la gaviota del PP dibujadas con tiza en la pizarra. La verdad es que yo no advertía mucha diferencia, pues apreciaba en los dos símbolos la misma carga antidemocrática. Los que me apoyaron lo hicieron en el pasillo, nunca de forma pública. Incapaz de soportar la presión, pedí la baja por depresión. La Consejería de Educación inició a las pocas semanas la tramitación de mi jubilación y yo no presenté ninguna objeción, pues me encontraba en un estado lamentable. Soy profesor desde 1998. En 2004, sufrí una depresión y me diagnosticaron trastorno bipolar. Nunca lo oculté. De hecho, entregué un informe médico a la inspección al recibir el alta. Sin embargo, hasta 2012 nadie me sugirió que mi enfermedad pudiera resultar incompatible con mi trabajo. De hecho, publiqué el 9 de marzo de 2011 un artículo titulado “El trastorno bipolar y el coronel Kurtz” en el Diario de Alcalá de Henares, hablando abiertamente de mi lucha contra la enfermedad. En esas fechas, era profesor en el mismo Alcalá de Henares y el texto circuló entre profesores, padres y alumnos, sin causarme ningún problema. Todo cambió un año y medio después, cuando escribí varios artículos políticamente incorrectos y empezaron a difundirse por la red. El sistema me escupió y ahora soy un profesor jubilado. Algunos habrían preferido que un consejo de guerra franquista me hubiera enviado a las tapias del Cementerio del Este, pero la sangre no llegó al río. Una jubilación anticipada carece del dramatismo de un despido o un fusilamiento, pero puede desempeñar una función parecida en cuanto a forma de exclusión.
A
Willy Toledo le “jubilaron” también, pues al menos en España le
cerraron las puertas de las series televisivas, las salas de teatro y
los rodajes cinematográficos. Sería un acto de presunción establecer
analogías, pero nuestras peripecias sacan a la luz las entrañas de un
país que desprende un insoportable hedor a franquismo. En Razones para la rebeldía,
Willy Toledo relata que celebró con sus padres la victoria del PSOE en
1982. Hijo de un prestigioso cirujano torácico opuesto a la dictadura,
el pequeño Guillermo se subió a un buzón de correos y agitó una bandera
roja. Un fotógrafo de El País captó el momento y lo
inmortalizó. “Ingenuos de nosotros”, escribe Willy al recordar el gesto,
que por entonces sólo tenía 12 años. Yo tenía 19 y admito que aproveché
la mayoría de edad para votar al PSOE. Nunca pensé que se trataba de
una opción revolucionaria, pero me pareció que significaría un verdadero
cambio político y social. No podía imaginarme que en realidad votaba al
felipismo y su infame cortejo: terrorismo de estado, corrupción,
reconversiones industriales, agresivo neoliberalismo. Willy Toledo ha
dejado de votar: “Personalmente, no voto porque no estoy dispuesto a
participar en un fraude”. Se considera rojo y entiende que “ser rojo
significa, ni más ni menos, ser humanista, luchar y pelear por mejores
condiciones para la vida de los seres humanos”. Dicho de otro modo:
tener compasión, ser consciente del sufrimiento del otro. La compasión
es un término cristiano, pero su auténtico significado es
revolucionario. El Che decía que el verdadero revolucionario “está
guiado por grandes sentimientos de amor”. No resignarse ante el
sufrimiento ajeno implica una rebeldía beligerante y combativa. “Los
avances sociales –apunta Willy Toledo- nunca nos los han servido en
bandeja, siempre hubo que luchar para conseguirlos. A los argelinos la
independencia les costó un millón de muertos, el intento de defender la
República española dejó cientos de miles de vidas. El único modo en que
Cuba, Rusia o China se pudieron sacudir una dictadura fue con violencia,
y no porque los revolucionarios fueran originalmente violentos, sino
porque el que tenían enfrente actuaba con violencia”.
No
sé cómo se siente por dentro Willy Toledo. Desde fuera, parece un
hombre con grandes dosis de coraje y convicción. Parece humano,
divertido y sencillo, no “chulesco”, como afirma con mala baba Jorge M.
Reverte. Eso sí, si alguien quiere ser como Willy Toledo, deslizarse
subrepticiamente en su interior y revivir sus experiencias como
personaje de enorme repercusión mediática, sólo necesita defender de
forma pública y notoria a Fidel Castro, Hugo Chávez o Arnaldo Otegi. En
el mejor de los casos, Alfonso Ussía, Rosa Montero, Elvira Lindo, Vargas
Llosa o Fernando Savater exprimirán el lenguaje para enlazar exabruptos
y frases canallescas. En el peor, si sólo eres un trabajador o un
simple activista político, perderás el empleo, muchos de tus antiguos
amigos te darán la espalda y te difamarán, la policía te apaleará apenas
surja la oportunidad y la Audiencia Nacional te honrará con un juicio
por “enaltecimiento del terrorismo”. Tal vez pierdas las ganas de ser
como Willy Toledo, pero al menos sabrás que en el Estado español la
libertad de expresión y el compromiso con los pobres, los parias y los
excluidos aún tiene un precio.
Fuente: http://rafaelnarbona.es/?p=7234
sábado, 18 de enero de 2014
Cultura, historia y un águila que sí caza moscas
Por Luis Toledo Sande*
Hace
cerca de un año, en un coloquio fértil -y celebrado en Cuba, no en
otros lares- oí una ponencia que ahora rozaré levemente. Si quien la
presentó, persona joven y de notable inteligencia, sólo se hubiera
propuesto enaltecer las edificaciones de utilidad pública hechas
construir antes de 1959 en Cienfuegos -también pudieran ponerse ejemplos
de otras ciudades cubanas- por la alta burguesía local, que tenía los
recursos para ello, habría poco o nada que discutir. El valor social,
masivo y sin racismo de tales edificaciones creció con una revolución
que triunfó en el año mencionado y las puso verdaderamente en función de
intereses nacionales y populares que -¿saldrá sobrando recordarlo?- no
caracterizaban a los millonarios, por muy grande que fuera o se
considere su filantropía.
Pero la ponencia iba más allá de sostener que aquella burguesía en particular era buena, generosa, aparte de encantadora y democrática: según el texto, a tal punto lo era que integrantes suyos hasta iban a los entierros de sus empleados. En algún momento brotó lo que pudiera tenerse como tesis central: dando por sentado lo antes dicho, el caso de esa urbe mostraba que un hijo suyo, Carlos Rafael Rodríguez, cuyo centenario se cumpliría apenas unos días después del coloquio en el cual se presentó la ponencia, había errado al calificar de conservadora y antinacional a la alta burguesía cubana.
Era difícil que tales criterios pasaran inadvertidos. Entre quienes les salieron al paso estuvo el autor de un texto dedicado poco antes a la recordación de aquel eminente intelectual y político a quien no habrá que perdonar las imprecisiones o errores que hubiera cometido (hasta donde sabemos, no era un dios ni pretendió serlo). Pero más injusto aún sería responsabilizarlo por el hecho de que hoy el marxismo y los ideales comunistas en general no estén de moda en el mundo. Lo más probable es que esta circunstancia figure entre revisiones como la dirigida a su obra en aquel encuentro.
La aludida refutación a la ponencia recordó que entre las grandezas históricas y culturales de las que puede blasonar Egipto, e incluso sacar dividendos de ellas por la vía del turismo, sobresalen las famosas Pirámides. Solo que sería por lo menos tan cuestionable afirmar que los faraones allí sepultados las concibieron con ese fin, como olvidar que ellos ordenaron su construcción, no las hicieron. Con ese trabajo corrieron incontables seres humanos cuyos nombres hoy nadie conoce, y a quienes habitualmente se pasa por alto, aunque muchos de ellos habrán muerto en el esfuerzo hecho para levantar obras que hoy siguen desafiando la imaginación y mereciendo que se les considere maravillas.
Tal vez aquellas personas creían que acataban un mandato divino, o simplemente cumplían el papel que “les tocaba”, pero nada echa por tierra esta verdad: fueron brutalmente explotadas, condenadas a trabajar para erigir tumbas que ratificarían como imagen y realidad el poder político y económico, asegurado por la ideología dominante, de monarcas que, de paso, procuraban asegurarse, o hacer ver que se aseguraban, la perpetuidad y el bienestar de su alma, ya fueran ellos el poetizado Tutankamón o cualquier otro.
No hay que retacearles a los burgueses cienfuegueros ni de ningún otro sitio las virtudes personales que tuvieran, ni olvidar que sus “pirámides” -de etiqueta y encanto que constituían evidencia de sus riquezas- se construían con mano de obra explotada, un hecho que no debemos ignorar cuando la explotación de unos seres humanos por otros sigue siendo realidad generalizada en el planeta. Tampoco se necesita ignorar la posible sinceridad de gestos como el de ir a entierros de empleados fieles, para suponer que acciones como esas podían figurar entre los recursos extraeconómicos válidos para ganar la lealtad de los siervos, sobre todo en ciudades relativamente pequeñas, donde resultaba o resulta más factible exhibir relaciones patriarcales de signo feudal.
No insistamos más en una ponencia que no carecía de aciertos en otros órdenes, ni ha de verse como un hecho aislado, sino como expresión de tendencias contemporáneas en las cuales se trenzan marcas diversas, como las del repliegue de las izquierdas y la propensión de representantes suyos a perpetuar códigos de poder nacidos de las desigualdades sociales, y como la euforia de las derechas exitosas, que tienen de su lado aquel repliegue, cuyo significado se refuerza con la extendida resignación que los medios dominantes cultivan con abarcadora eficacia. En ello los auxilia la desprevención de algunos, sin descontar el posible servilismo voluntario de otros, ni ignorar el peso de la realidad.
El culto a los valores del llamado Occidente cristiano -dígase con mayor exactitud: del capitalismo dominante, concentrado en un imperio que explícitamente revalida la guerra entre civilizaciones- lo fomentan los centros de poder con el concurso de sus potentes recursos mediáticos. Procuran que la lucha ideológica parezca demodé, cosa del pasado, mientras ellos mantienen una incesante campaña -enmascarada por imágenes diversas incluso cuando se trata de acciones bélicas genocidas- para que su ideología sea la única o, por lo menos, se acepte con pasividad como si no hubiera otra posible.
El imperio ha impuesto la imagen de una globalización con arreglo a la cual el mundo es una aldea homogénea, a pesar de las abismales diferencias que hay entre unos países y otros, y dentro de cada país, por poderoso que sea. A la vez, difunde la idea de que se ha llegado a una modernidad que representa los valores e intereses imperiales, y a la cual no es razonable, en caso de que sea posible, oponerse.
Ambos extremos o rostros de una misma realidad se apoyan en la colonización cultural, y en las últimas décadas el centro de influencia “académica” se trasladó a los Estados Unidos. Lo que huela a violencia revolucionaria es calificado de terrorismo, y la violencia imperial es un recurso para defender o imponer la democracia, intereses civilizados, aunque los frutos conseguidos sean los que están a la vista en Irak y en Libia, por ejemplo.
Si en tal urdimbre hay textos que cuenten con la propulsión en medios dominantes, no son los que tengan visos de defender ideales comunistas, sino los que se enfilen a devaluarlos. Es algo que se puede hacer, o se hace, a propósito de sucesos identificables con los excesos del llamado estalinismo, y si en medio de eso se puede citar el asesinato de un intelectual y político víctima de la persecución soviética, mejor. Similar rasero se aplica para devaluar realidades como la Segunda República Española, proyecto democrático y fundador derrocado por un bando fascista que durante décadas sumió a España en el terror.
Cualquier hecho puede ser sometido a lentes de tal índole, siempre que hacerlo invite a la parálisis social, y refutar esas maniobras puede ser tenido por acto inculto, de muy mal gusto.
La desmovilización de las izquierdas en gran parte del mundo es el mayor aliado que en su afán de perpetuarse puede tener el imperio, cuyo poderío mediático ni remotamente supone la exclusión del uso de la fuerza militar. A las personas honradas podría servirles de brújula, para orientarse en hechos y pensamiento, saber qué defiende el imperio. No coincidir con él no necesariamente garantizará abrazar siempre lo más acertado, pero será una guía para no caer en el bando de los mayores errores y horrores. Parézcalo o no lo parezca, el imperio mete su hocico en todas partes, o tiene quienes lo metan por él.
Si un país conoce esa realidad es Cuba, que lleva más de medio siglo enfrentándola con firmeza, y debe seguir haciéndolo: en primer lugar, para bien de su pueblo, y también porque es objeto de la mirada expectante o inquieta de quienes en el mundo siguen buscando en su resistencia pabilo para la esperanza. Por tanto, debe proponerse, para alcanzarlo, el mayor acierto en sus decisiones de toda índole, y su prensa debe contribuir con eficacia a señalar peligros, vengan del asedio enemigo o de errores propios.
Los planes enemigos incluyen sembrar confusiones y cizaña. Recientemente un despacho aparecido en un sitio digital contrarrevolucionario anunció que el águila yanqui volverá al monumento que frente al Malecón de La Habana recuerda a las víctimas del hundimiento del acorazado Maine. El mismo sitio, que afirma haber recibido la supuesta información de cubanos bien enterados sobre el programa de restauración constructiva de la capital del país, sostiene -como dando voz a presuntos estados de opinión- que unos reaccionan ante la noticia “con sorpresa y otros con la esperanza de que Cuba vuelva a la normalidad”.
Así, según la nota, se rectificaría un “disparate”: el cometido en mayo de 1961, días después de la victoria del pueblo cubano sobre mercenarios del imperio en Playa Girón, dato que el texto pasa por alto, al derribar “el águila norteamericana” que coronaba el monumento, y -añade el texto- “los bustos de Leonard Wood, William Mc Kinley y Theodore Roosevelt”.
Llama la atención que, al reclamar la vuelta a su estado original, no se mencionen las más de doscientas cincuenta víctimas del hundimiento del Maine, en cuya memoria se inauguró el monumento en 1925, como expresa una de las dos tarjas centrales, que se conservan hoy.
Reclaman, aunque no sabemos que formaran parte del monumento -no aparecen en fotos ni se mencionan en textos consultados anteriores a mayo de 1961, ni los recuerdan personas que lo conocieron antes de esa fecha-, la restitución de los bustos de tres representantes conspicuos del imperio directamente vinculados, dos de ellos, con la intervención en la guerra que los patriotas cubanos libraban contra el colonialismo español, y, el tercero, con la instauración en Cuba de una república maniatada por la Enmienda Platt, contexto en el cual se construyó el monumento, y que algunos quisieran restablecer junto con el águila.
Los contrarrevolucionarios dejan ver su orientación: “Si los Estados Unidos se hubieran apoderado de Cuba, algo que fácilmente habrían logrado al finalizar la guerra de independencia”, los cubanos no sufrirían “una dictadura militar de más de medio siglo, ni el país estuviera destruido”. Anexionistas -y autonomistas- de hoy son continuadores de aquellos a quienes José Martí repudió a lo largo de su vida, como ratificó en carta a Manuel Mercado el día antes de caer en combate para frenar los planes de los Estados Unidos desatados con su intervención militar de 1898, que frustró la independencia de Cuba.
Según investigaciones -alguna de ellas hecha incluso en la Cuba revolucionaria- el hundimiento del Maine, suceso utilizado como pretexto por los gobernantes de los Estados Unidos para desatar la intervención que Martí quiso impedir, no fue el resultado de una operación española ni de un autoatentado de los Estados Unidos, sino de un accidente.
Ahora bien, cualquiera que haya sido la causa del desastre, los marinos estadounidenses muertos en él fueron víctimas físicas de la explosión, y víctimas morales del imperio que usó su muerte como pretexto para consumar sus planes injerencistas. El siglo XX traería nuevas evidencias de cómo actúa ese imperio: ahí están los sucesos de Pearl Harbor; y el XXI casi se estrenó con el derribo de las Torres Gemelas, que aún genera graves sospechas.
A diferencia de otras, la Revolución Cubana no se caracterizó precisamente por la iconoclasia que en otros lares derribó monumentos. Para la vocación independentista del pueblo cubano, derribar de aquel monumento el águila imperial -no la tarja que recuerda a las víctimas del hundimiento del barco, ni la que cita la Resolución en que el gobierno de los Estados Unidos supuestamente se comprometía a reconocer la plena independencia de Cuba- era un acto más legítimo que perpetuar aquella insignia. No hay por qué restablecerla para obedecer un sentido acrítico de la restauración urbana, y menos aún por aceptación de una “normalidad” que negaría la historia revolucionaria del pueblo cubano y de su lucha, pasada y presente, y futura en un plazo que se prevé largo, contra el imperio encarnado en fuerzas que Martí calificó de ultraaguilistas.
El monumento sería fiel a la historia, y a la voluntad del pueblo cubano si en vez de restituir el águila imperial se añade adecuadamente una placa en la cual se informe sobre su derribo, y se expliquen, para quienes no las conozcan, las razones. Incluso, dado que no llegó a hacerse realidad la ilusión de que su lugar lo ocupase una paloma de la paz, obra de Picasso, tal vez lo más acertado sería poner al pie del monumento, como símbolo de rotundo rechazo al imperio, la que se derribó en 1961, esté como esté.
Un proverbio latino en el que se valora ese animal, genéricamente, como símbolo de grandeza, sostiene: “águila no caza moscas”. Pero la imperial, que representa la voracidad ajena a toda norma ética, caza cuanto convenga a sus intereses. La dificultad para ello, en este caso, no radica en el instinto de la voraz ave, sino en que Cuba no es un insecto.
*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país. Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Atiende el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”
Publicado originalmente en el Portal Cubarte
Imagen agregada sobre fotos de Roberto Chile y Mural pintado en 2010 en dicho monumento por Brigada Martha Machado
Pero la ponencia iba más allá de sostener que aquella burguesía en particular era buena, generosa, aparte de encantadora y democrática: según el texto, a tal punto lo era que integrantes suyos hasta iban a los entierros de sus empleados. En algún momento brotó lo que pudiera tenerse como tesis central: dando por sentado lo antes dicho, el caso de esa urbe mostraba que un hijo suyo, Carlos Rafael Rodríguez, cuyo centenario se cumpliría apenas unos días después del coloquio en el cual se presentó la ponencia, había errado al calificar de conservadora y antinacional a la alta burguesía cubana.
Era difícil que tales criterios pasaran inadvertidos. Entre quienes les salieron al paso estuvo el autor de un texto dedicado poco antes a la recordación de aquel eminente intelectual y político a quien no habrá que perdonar las imprecisiones o errores que hubiera cometido (hasta donde sabemos, no era un dios ni pretendió serlo). Pero más injusto aún sería responsabilizarlo por el hecho de que hoy el marxismo y los ideales comunistas en general no estén de moda en el mundo. Lo más probable es que esta circunstancia figure entre revisiones como la dirigida a su obra en aquel encuentro.
La aludida refutación a la ponencia recordó que entre las grandezas históricas y culturales de las que puede blasonar Egipto, e incluso sacar dividendos de ellas por la vía del turismo, sobresalen las famosas Pirámides. Solo que sería por lo menos tan cuestionable afirmar que los faraones allí sepultados las concibieron con ese fin, como olvidar que ellos ordenaron su construcción, no las hicieron. Con ese trabajo corrieron incontables seres humanos cuyos nombres hoy nadie conoce, y a quienes habitualmente se pasa por alto, aunque muchos de ellos habrán muerto en el esfuerzo hecho para levantar obras que hoy siguen desafiando la imaginación y mereciendo que se les considere maravillas.
Tal vez aquellas personas creían que acataban un mandato divino, o simplemente cumplían el papel que “les tocaba”, pero nada echa por tierra esta verdad: fueron brutalmente explotadas, condenadas a trabajar para erigir tumbas que ratificarían como imagen y realidad el poder político y económico, asegurado por la ideología dominante, de monarcas que, de paso, procuraban asegurarse, o hacer ver que se aseguraban, la perpetuidad y el bienestar de su alma, ya fueran ellos el poetizado Tutankamón o cualquier otro.
No hay que retacearles a los burgueses cienfuegueros ni de ningún otro sitio las virtudes personales que tuvieran, ni olvidar que sus “pirámides” -de etiqueta y encanto que constituían evidencia de sus riquezas- se construían con mano de obra explotada, un hecho que no debemos ignorar cuando la explotación de unos seres humanos por otros sigue siendo realidad generalizada en el planeta. Tampoco se necesita ignorar la posible sinceridad de gestos como el de ir a entierros de empleados fieles, para suponer que acciones como esas podían figurar entre los recursos extraeconómicos válidos para ganar la lealtad de los siervos, sobre todo en ciudades relativamente pequeñas, donde resultaba o resulta más factible exhibir relaciones patriarcales de signo feudal.
No insistamos más en una ponencia que no carecía de aciertos en otros órdenes, ni ha de verse como un hecho aislado, sino como expresión de tendencias contemporáneas en las cuales se trenzan marcas diversas, como las del repliegue de las izquierdas y la propensión de representantes suyos a perpetuar códigos de poder nacidos de las desigualdades sociales, y como la euforia de las derechas exitosas, que tienen de su lado aquel repliegue, cuyo significado se refuerza con la extendida resignación que los medios dominantes cultivan con abarcadora eficacia. En ello los auxilia la desprevención de algunos, sin descontar el posible servilismo voluntario de otros, ni ignorar el peso de la realidad.
El culto a los valores del llamado Occidente cristiano -dígase con mayor exactitud: del capitalismo dominante, concentrado en un imperio que explícitamente revalida la guerra entre civilizaciones- lo fomentan los centros de poder con el concurso de sus potentes recursos mediáticos. Procuran que la lucha ideológica parezca demodé, cosa del pasado, mientras ellos mantienen una incesante campaña -enmascarada por imágenes diversas incluso cuando se trata de acciones bélicas genocidas- para que su ideología sea la única o, por lo menos, se acepte con pasividad como si no hubiera otra posible.
El imperio ha impuesto la imagen de una globalización con arreglo a la cual el mundo es una aldea homogénea, a pesar de las abismales diferencias que hay entre unos países y otros, y dentro de cada país, por poderoso que sea. A la vez, difunde la idea de que se ha llegado a una modernidad que representa los valores e intereses imperiales, y a la cual no es razonable, en caso de que sea posible, oponerse.
Ambos extremos o rostros de una misma realidad se apoyan en la colonización cultural, y en las últimas décadas el centro de influencia “académica” se trasladó a los Estados Unidos. Lo que huela a violencia revolucionaria es calificado de terrorismo, y la violencia imperial es un recurso para defender o imponer la democracia, intereses civilizados, aunque los frutos conseguidos sean los que están a la vista en Irak y en Libia, por ejemplo.
Si en tal urdimbre hay textos que cuenten con la propulsión en medios dominantes, no son los que tengan visos de defender ideales comunistas, sino los que se enfilen a devaluarlos. Es algo que se puede hacer, o se hace, a propósito de sucesos identificables con los excesos del llamado estalinismo, y si en medio de eso se puede citar el asesinato de un intelectual y político víctima de la persecución soviética, mejor. Similar rasero se aplica para devaluar realidades como la Segunda República Española, proyecto democrático y fundador derrocado por un bando fascista que durante décadas sumió a España en el terror.
Cualquier hecho puede ser sometido a lentes de tal índole, siempre que hacerlo invite a la parálisis social, y refutar esas maniobras puede ser tenido por acto inculto, de muy mal gusto.
La desmovilización de las izquierdas en gran parte del mundo es el mayor aliado que en su afán de perpetuarse puede tener el imperio, cuyo poderío mediático ni remotamente supone la exclusión del uso de la fuerza militar. A las personas honradas podría servirles de brújula, para orientarse en hechos y pensamiento, saber qué defiende el imperio. No coincidir con él no necesariamente garantizará abrazar siempre lo más acertado, pero será una guía para no caer en el bando de los mayores errores y horrores. Parézcalo o no lo parezca, el imperio mete su hocico en todas partes, o tiene quienes lo metan por él.
Si un país conoce esa realidad es Cuba, que lleva más de medio siglo enfrentándola con firmeza, y debe seguir haciéndolo: en primer lugar, para bien de su pueblo, y también porque es objeto de la mirada expectante o inquieta de quienes en el mundo siguen buscando en su resistencia pabilo para la esperanza. Por tanto, debe proponerse, para alcanzarlo, el mayor acierto en sus decisiones de toda índole, y su prensa debe contribuir con eficacia a señalar peligros, vengan del asedio enemigo o de errores propios.
Los planes enemigos incluyen sembrar confusiones y cizaña. Recientemente un despacho aparecido en un sitio digital contrarrevolucionario anunció que el águila yanqui volverá al monumento que frente al Malecón de La Habana recuerda a las víctimas del hundimiento del acorazado Maine. El mismo sitio, que afirma haber recibido la supuesta información de cubanos bien enterados sobre el programa de restauración constructiva de la capital del país, sostiene -como dando voz a presuntos estados de opinión- que unos reaccionan ante la noticia “con sorpresa y otros con la esperanza de que Cuba vuelva a la normalidad”.
Así, según la nota, se rectificaría un “disparate”: el cometido en mayo de 1961, días después de la victoria del pueblo cubano sobre mercenarios del imperio en Playa Girón, dato que el texto pasa por alto, al derribar “el águila norteamericana” que coronaba el monumento, y -añade el texto- “los bustos de Leonard Wood, William Mc Kinley y Theodore Roosevelt”.
Llama la atención que, al reclamar la vuelta a su estado original, no se mencionen las más de doscientas cincuenta víctimas del hundimiento del Maine, en cuya memoria se inauguró el monumento en 1925, como expresa una de las dos tarjas centrales, que se conservan hoy.
Reclaman, aunque no sabemos que formaran parte del monumento -no aparecen en fotos ni se mencionan en textos consultados anteriores a mayo de 1961, ni los recuerdan personas que lo conocieron antes de esa fecha-, la restitución de los bustos de tres representantes conspicuos del imperio directamente vinculados, dos de ellos, con la intervención en la guerra que los patriotas cubanos libraban contra el colonialismo español, y, el tercero, con la instauración en Cuba de una república maniatada por la Enmienda Platt, contexto en el cual se construyó el monumento, y que algunos quisieran restablecer junto con el águila.
Los contrarrevolucionarios dejan ver su orientación: “Si los Estados Unidos se hubieran apoderado de Cuba, algo que fácilmente habrían logrado al finalizar la guerra de independencia”, los cubanos no sufrirían “una dictadura militar de más de medio siglo, ni el país estuviera destruido”. Anexionistas -y autonomistas- de hoy son continuadores de aquellos a quienes José Martí repudió a lo largo de su vida, como ratificó en carta a Manuel Mercado el día antes de caer en combate para frenar los planes de los Estados Unidos desatados con su intervención militar de 1898, que frustró la independencia de Cuba.
Según investigaciones -alguna de ellas hecha incluso en la Cuba revolucionaria- el hundimiento del Maine, suceso utilizado como pretexto por los gobernantes de los Estados Unidos para desatar la intervención que Martí quiso impedir, no fue el resultado de una operación española ni de un autoatentado de los Estados Unidos, sino de un accidente.
Ahora bien, cualquiera que haya sido la causa del desastre, los marinos estadounidenses muertos en él fueron víctimas físicas de la explosión, y víctimas morales del imperio que usó su muerte como pretexto para consumar sus planes injerencistas. El siglo XX traería nuevas evidencias de cómo actúa ese imperio: ahí están los sucesos de Pearl Harbor; y el XXI casi se estrenó con el derribo de las Torres Gemelas, que aún genera graves sospechas.
A diferencia de otras, la Revolución Cubana no se caracterizó precisamente por la iconoclasia que en otros lares derribó monumentos. Para la vocación independentista del pueblo cubano, derribar de aquel monumento el águila imperial -no la tarja que recuerda a las víctimas del hundimiento del barco, ni la que cita la Resolución en que el gobierno de los Estados Unidos supuestamente se comprometía a reconocer la plena independencia de Cuba- era un acto más legítimo que perpetuar aquella insignia. No hay por qué restablecerla para obedecer un sentido acrítico de la restauración urbana, y menos aún por aceptación de una “normalidad” que negaría la historia revolucionaria del pueblo cubano y de su lucha, pasada y presente, y futura en un plazo que se prevé largo, contra el imperio encarnado en fuerzas que Martí calificó de ultraaguilistas.
El monumento sería fiel a la historia, y a la voluntad del pueblo cubano si en vez de restituir el águila imperial se añade adecuadamente una placa en la cual se informe sobre su derribo, y se expliquen, para quienes no las conozcan, las razones. Incluso, dado que no llegó a hacerse realidad la ilusión de que su lugar lo ocupase una paloma de la paz, obra de Picasso, tal vez lo más acertado sería poner al pie del monumento, como símbolo de rotundo rechazo al imperio, la que se derribó en 1961, esté como esté.
Un proverbio latino en el que se valora ese animal, genéricamente, como símbolo de grandeza, sostiene: “águila no caza moscas”. Pero la imperial, que representa la voracidad ajena a toda norma ética, caza cuanto convenga a sus intereses. La dificultad para ello, en este caso, no radica en el instinto de la voraz ave, sino en que Cuba no es un insecto.
*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país. Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Atiende el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”
Publicado originalmente en el Portal Cubarte
Imagen agregada sobre fotos de Roberto Chile y Mural pintado en 2010 en dicho monumento por Brigada Martha Machado
viernes, 13 de diciembre de 2013
Embajada de Cuba critica artículos irrespetuosos con la Revolución cubana de El Mundo y ABC
El Embajador cubano Eugenio Martínez Enríquez envió cartas a los diarios El Mundo y ABC, en respuesta al editorial “Grandeza y algo de miseria en el adiós a Mandela” y el artículo “Los negros en Cuba, fuera del Gobierno, del turismo y la TV”, respectivamente.En ambos casos los rotativos intentan señalar de forma irrespetuosa que la Revolución cubana no cuanta con suficientes méritos para ocupar el lugar prestigioso que le fue otorgado durante el servicio religioso oficial en memoria del expresidente sudafricano Nelson Mandela.
La costumbre de desviar las noticias sobre Cuba hacia procesos que no guardan relación con las verdaderas noticias sobre Cuba, no debería sorprendernos, pero su diario lo logra. Bapela Mbete, Coordinadora Nacional del Congreso Nacional Africano, invitó al quinto presidente que hablaría a Sudáfrica y al mundo durante el ceremonial a Nelson Mandela. Era el Presidente cubano. Al hacerlo, la señora no vaciló en recordar que correspondía hablar al Presidente de “una pequeña Isla, el país que liberó a Sudáfrica; el país vencedor en la batalla de Cuito Cuanavale”, incluyó la misiva.
Esa frase y la ovación de los sudafricanos, serían suficiente para que todos los cubanos nos sintiéramos orgullosos de nuestra historia y de nuestro Presidente, quien recordó en su discurso que “Cuba, que lleva en sus venas sangre africana, surgió en la lucha por la independencia y por la abolición de la esclavitud y, posteriormente, ha tenido el privilegio de combatir y construir junto a las naciones africanas.” Su diario puede intentar confundir a muchos, pero ya no puede confundir a África, ni al mundo que observó como brilló el dignatario cubano y toda Cuba en Johannesburgo.
Su editorial olvida y omite que la contribución de Cuba, que costó más de 2 mil vidas de mis connacionales (blancos, negros, mestizos por igual), liberó para siempre a Sudáfrica y al mundo del más cruel sistema de discriminación racial denominado apartheid. Sólo similar a la esclavitud practicada durante siglos por las potencias occidentales en varios países como en Cuba que apenas se abolió hace 127 años. No alcanzaría el tiempo para resarcir el mayor crimen racial de la historia. Cuba ha hecho un enorme esfuerzo y Sudáfrica, su pueblo y Mandela, lo reconocieron, concluyó.
*Eugenio Martínez Enríquez, Embajador de Cuba ante el Reino de España
Tomado de Tercera Información
viernes, 8 de noviembre de 2013
“Refugiados” cubanos en España: Sin médicos españoles y con medicamentos… de Cuba
![]() | ||
Lourdes no tiene acceso a la sanidad pública a pesar
|
Al concluir la conferencia
en el Centro de la Diversidad Cultural de Venezuela en España, me
comentaron sobre la plataforma “Yosísanidaduniversal” y acerca de este
reportaje publicado originalmente en eldiario.es, cuyo enlace me enviaron luego por correo electrónico, acompañado de las siguientes observaciones:
“Yosísanidaduniversal” es una plataforma de profesionales sanitarios y usuarios
del sistema sanitario público español que lucha por conseguir la
derogación del Decreto 16/2012 por el que se retiró el derecho a la
asistencia sanitaria pública de los inmigrantes sin permiso de
residencia.
Los ciudadanos cubanos a los que se refiere esta noticia sí tienen permiso de residencia, pero al ser autorizados a residir en España
por reagupamiento familiar, debido a las modificaciones legales que
introdujo en el año 2012 el gobierno del Partido Popular, el INSS
(Instituto Nacional de la Seguridad Social) no les reconoce el derecho a
la asistencia sanitaria pública e indica que deben contratar un seguro
sanitario privado para no ser “una carga al sistema sanitario público
español”. Como los ciudadanos cubanos son de una edad avanzada y además
tienen enfermedades crónicas, las compañías privadas de seguros
sanitarios no les dan cobertura al no ser rentables económicamente, por
lo que la única opción que les queda es acudir a médicos privados
pagando cada consulta y asumiendo el coste de los medicamentos.
Es
muy llamativo que Lázaro, el ciudadano cubano residente en España y que
consiguió el reagrupamiento familiar de sus padres, sea calificado en
la noticia como “refugiado”. Al mismo tiempo, denuncia y se indigna con
toda razón por la falta de cobertura sanitaria a sus padres, pero es
paradójico que diga que necesita que “sus amigos, cuando viajan a Cuba,
les traigan medicinas porque allí son más baratas”. Durante muchos años
era una tradición fomentada por los medios de comunicación comerciales
españoles insistir en la necesidad de que los turistas españoles
llevasen medicamentos a la población cubana cuando viajasen a Cuba por
las “tremendas carencias que sufrían los cubanos” y ahora resulta que un
“refugiado” cubano en España precisa que le traigan medicinas desde
Cuba.
Vivir en España legalmente pero sin sanidad: “Mi madre se muere y no podemos pagar los médicos”
Lourdes
tiene osteorporosis, diabetes e hipertensión y no tiene tarjeta
sanitaria a pesar de que cuenta con residencia legal por reagrupación
familiar. La reforma del Gobierno español rechaza a personas que han
obtenido un permiso de residencia no laboral después del 24 de abril de
2012. No sabe si la cantidad de insulina con la que se está medicando es
la adecuada.
Lázaro
y su familia viven con miedo. “Mi madre se está muriendo poco a poco
porque no sabemos cómo está, no sabemos la insulina que necesita, no
sabemos nada. Solo que cada vez está peor”, explica con impotencia.
Lourdes, sufre diabetes, hipertensión, osteoporosis y unos dolores que
aumentan cada día. No está segura de que su medicación sea la adecuada
pero parece que de momento un médico tampoco va a solucionar su
preocupación. Aunque reside de forma legal en España, le han negado el
acceso a la sanidad pública, y casi no le ofrecen posibilidades para
asegurarse en la privada: tiene 71 años, tres enfermedades y muy baja
rentabilidad para un sistema de pago.
Lázaro
es cubano, llegó a España como refugiado y, por tanto, tiene permiso de
residencia. Sus padres, Lourdes e Hilario, llegaron reagrupados en
febrero de este año. Ambos han solicitado la tarjeta sanitaria en
oficinas de la Seguridad Social en cuatro ocasiones, y en cada una de
ellas se les ha rechazado, según denuncian desde Médicos del Mundo. La
razón: la reforma sanitaria del Gobierno no solo excluye a inmigrantes
en situación irregular, también rechaza a personas que han obtenido un
permiso de residencia no laboral después del 24 de abril de 2012.
Estas
características apuntan a los padres de inmigrantes que han llegado por
reagrupación familiar como principales víctimas de esta forma de
exclusión casi invisible. Dada su edad, no solo no pueden trabajar, sino
que verán muy difícil encontrar un seguro médico privado a un precio
asequible. “Se trata de una de las formas de exclusión más agresivas,
les dejan en la estacada”, señala Verónica García, activista del
colectivo Yo Sí, Sanidad Universal.
En
ningún momento fueron informados de que no iban a tener cobertura
sanitaria cuando solicitaron la reagrupación familiar. “Nunca nos
avisaron de nada. Aunque verdaderamente no tenía opción de dejarles en
Cuba. Allí estaban solos y mi madre necesitaba que la cuidásemos; lo que
no sabía es que no iba a poder hacerlo en España”, lamenta Lázaro.
Su
rostro no está envejecido pero refleja cansancio y mucho dolor. Lourdes
intenta ser amable, pero está agotada. Tiene 71 años y padece diabetes,
osteoporosis, dolores intensos de huesos e hipertensión arterial.
Necesita a diario insulina, metformina, calmantes y relajantes
musculares, entre otros. Un gran botiquín que eleva el coste mensual a
más de 100 euros, un precio excesivo para una casa de seis habitantes
con un ingreso fijo de 460 euros al mes. No tiene medidor de glucosa,
necesario para controlar las subidas y bajadas de azúcar en sangre, por
lo que el suministro de insulina se lo hace ella misma sin saber la
cantidad exacta que debe inyectarse.
La
primera vez que acudieron a urgencias fue atendida, aunque todo gracias
a una pequeña mentira fruto de la desesperación de su hijo. “Tuve que
decir que se me había olvidado la tarjeta sanitaria en casa, y funcionó.
Le inyectaron insulina y le hicieron unos análisis”, reconoce. La
segunda vez que los dolores obligaron a Lourdes a acudir al hospital no
fue posible recibir asistencia: les derivaron a una clínica privada cuyo
coste es de 65 euros por consulta, al que se suman otros 400 para su
seguimiento, junto con el precio de los análisis y las pruebas… “El
único dinero que entra en casa es el salario de mi hijo, que no llega a
los 500 euros”, dice Lourdes. “¿Qué vamos a hacer entonces?”
Sus
hijos se pusieron en marcha, no iban a permitir que su madre fuese
ignorada de tal forma. Estaban dispuestos a pagar otro seguro médico
privado; ya encontrarían la forma de financiarlo. No obstante, los
precios eran inalcanzables. “La oferta que me hicieron es casi hiriente.
Dicen que con 71 años no pueden asegurarla pero lo harían a cambio de
incluir a cuatro personas más menores de 35 años por 600 euros”.
“Estamos
viviendo de la solidaridad, si no…, no sé cómo llegaríamos”, lamenta
Lázaro. La familia de su mujer y algunos conocidos están siendo un gran
sustento para ellos. Cuando algunos amigos viajan a Cuba, les traen las
medicinas que en España no pueden comprar. Allí son más baratas. La
situación está derivando en la automedicación de Lourdes. “Empecé a
tomar unas pastillas que me regaló una amiga, pero no sé si me van
bien”, llega a reconocer. No nota mejoría con ninguna de la medicación
que toma. “El otro día leí en un prospecto que, si tomo una medicina y
no noto nada, tendría que visitar a mi médico… ¿A qué médico?”, se
pregunta.
Cada
día, cuenta su familia, Lourdes está un poco peor que el anterior. “No
me encuentro bien, siempre estoy malita. Tengo muchos dolores, desde la
cabeza hasta los dedos de los pies… Estoy muy malita todos los días”,
lamenta. Está preocupada. Los que la quieren aseguran que la batalla por
encontrar un médico de cabecera le está pasando una factura mayor de la
que ya le cobran sus enfermedades. “Está bastante deprimida”, dice
Hilario, mientras su mujer se limpia de nuevo los ojos con un pañuelo
que no separa de sus manos.
“¿Cómo
se va a sentir hacia esta indiferencia? Se siente desamparada”, salta
Lázaro, inundado en rabia. Con palabras más calmadas, casi sin fuerzas,
Lourdes responde. “Se me quitan las ganas de vivir…”. De nuevo arrastra
rápidamente su mano hacia sus ojos, pero un pañuelo no es suficiente
para cubrir todo su rostro. Rompe a llorar. Sufre al sentirse como una
víctima. Ella es fuerte, siempre lo fue, dicen los tres familiares que
la rodean. “Con lo que era ella…, siempre activa, siempre feliz, y dando
comida a todo aquel que lo necesitaba… No paraba quieta”, se apresura a
decir uno de sus hijos para intentar arrancar la sonrisa de su madre. Y
los dientes se asoman, aunque de forma tímida, como si reír también
doliese.
“Nadie
puede imaginar cómo es ver a tu madre morir en vida y no poder hacer
nada. Que a nadie le importe. Uno siente impotencia. Solo queremos que
un médico le haga un seguimiento. ¿Es eso tan caro para el Estado?”,
dice Lázaro mientras su madre le mira y sus ojos vuelven a humedecerse.
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sábado, 19 de octubre de 2013
Iroel Sánchez: “Hoy la solidaridad con la isla lo que exige es el combate contrainformativo”
Acto en Alicante sobre la guerra mediática contra Cuba
El
pasado jueves 17 tuvo lugar en Alicante un acto con Willy Toledo e
Iroel Sánchez, destacado miembro del cine y la cultura el primero y
escritor y periodista el segundo, bajo el título de "la guerra mediática
contra Cuba".
El acto, organizado por la Asociación de Amistad con Cuba Miguel Hernández fue presentado por una activista de la misma, que señalo que los medios de comunicación, pese a los bien pensantes, no son independientes, motivo por el cual no existe la libertad de prensa en nuestro país. Incidió en la idea señalando que no hay medios buenos y medios malos, sino que todos están al servicio de la clase dominante: mintiendo, tergiversando y haciendo cuanto les sea necesario para mantener la ideología que sustenta el capitalismo.
Por su parte, Iroel Sánchez hablo de la relación funcional, que desde hace más de cincuenta años, tiene lugar entre la política de EEUU y los medios de comunicación, y cómo manipulan la realidad. Por otro lado, señaló que no es necesario ser un especialista en la materia para defender a Cuba, pues los datos están en internet, y, al contrario, para lo que es necesario ser un especialista es para engañar en la forma en que lo hacen, para dar construir una visión contrapuesta a la realidad objetiva. Posteriormente puso un vídeo en el que era entrevistado en Canal Sur, y donde las preguntas que se le hacían tenían la intencionalidad de hacer visible algo que no se corresponde con la realidad cubana. Finalmente, además de varias anéctodas y señalar que Cuba es el único país del mundo con un Indice de Desarrollo Humano adecuado y que sólo necesita consumir 0,8 veces el planeta -lo que lo hace sostenible- acabó diciendo que es necesario acabar con la impunidad a la hora de hablar de Cuba: que no se pueda decir cualquier cosa sin que haya una respuesta por parte de la izquierda, pues si bien en otros tiempos Cuba requería ayuda material hoy la solidaridad con la isla lo que exige es el combate contrainformativo.
Willy Toledo caricaturizó el nivel de la disidencia cubana, al tiempo que lanzó un fuerte alegato en favor de Cuba, que no hace guerras en el extranjero, a excepción de la lucha contra el apartheid, y no pertenece a organizaciones terroristas como la OTAN, y donde la clase trabajadora tiene un gran bienestar social. Así mismo, señaló que Cuba nunca mandaría a cincuenta matones a desahuciar una familia, comparando nuestra realidad con la cubana. Finalmente, arremetió contra la izquierda que sucumbe ante el sistema y es incapaz de defender a Cuba, así como los periodistas e "intelectuales" que no son más que la voz de sus amos.
Finalmente, tras las exposiciones tuvo lugar un largo debate en el que, además de reflexionar sobre las cuestiones planteadas surgieron otros temas como la nula capacidad del capitalismo de introducirse en Cuba ante la preparación de su pueblo, o bien que, desde 1959, fecha de la Revolución Cubana, sólo dos presidentes del gobierno no han visitado la isla: Franco y Zapatero, lo que ilustra la política actual de la que en su día fue socialdemocracia.
Fuente Mundo Obrero
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| Mesa en la conferencia del 17 de octubre en la sede de Comisiones Obreras en Alicante |
El acto, organizado por la Asociación de Amistad con Cuba Miguel Hernández fue presentado por una activista de la misma, que señalo que los medios de comunicación, pese a los bien pensantes, no son independientes, motivo por el cual no existe la libertad de prensa en nuestro país. Incidió en la idea señalando que no hay medios buenos y medios malos, sino que todos están al servicio de la clase dominante: mintiendo, tergiversando y haciendo cuanto les sea necesario para mantener la ideología que sustenta el capitalismo.
Por su parte, Iroel Sánchez hablo de la relación funcional, que desde hace más de cincuenta años, tiene lugar entre la política de EEUU y los medios de comunicación, y cómo manipulan la realidad. Por otro lado, señaló que no es necesario ser un especialista en la materia para defender a Cuba, pues los datos están en internet, y, al contrario, para lo que es necesario ser un especialista es para engañar en la forma en que lo hacen, para dar construir una visión contrapuesta a la realidad objetiva. Posteriormente puso un vídeo en el que era entrevistado en Canal Sur, y donde las preguntas que se le hacían tenían la intencionalidad de hacer visible algo que no se corresponde con la realidad cubana. Finalmente, además de varias anéctodas y señalar que Cuba es el único país del mundo con un Indice de Desarrollo Humano adecuado y que sólo necesita consumir 0,8 veces el planeta -lo que lo hace sostenible- acabó diciendo que es necesario acabar con la impunidad a la hora de hablar de Cuba: que no se pueda decir cualquier cosa sin que haya una respuesta por parte de la izquierda, pues si bien en otros tiempos Cuba requería ayuda material hoy la solidaridad con la isla lo que exige es el combate contrainformativo.
Willy Toledo caricaturizó el nivel de la disidencia cubana, al tiempo que lanzó un fuerte alegato en favor de Cuba, que no hace guerras en el extranjero, a excepción de la lucha contra el apartheid, y no pertenece a organizaciones terroristas como la OTAN, y donde la clase trabajadora tiene un gran bienestar social. Así mismo, señaló que Cuba nunca mandaría a cincuenta matones a desahuciar una familia, comparando nuestra realidad con la cubana. Finalmente, arremetió contra la izquierda que sucumbe ante el sistema y es incapaz de defender a Cuba, así como los periodistas e "intelectuales" que no son más que la voz de sus amos.
Finalmente, tras las exposiciones tuvo lugar un largo debate en el que, además de reflexionar sobre las cuestiones planteadas surgieron otros temas como la nula capacidad del capitalismo de introducirse en Cuba ante la preparación de su pueblo, o bien que, desde 1959, fecha de la Revolución Cubana, sólo dos presidentes del gobierno no han visitado la isla: Franco y Zapatero, lo que ilustra la política actual de la que en su día fue socialdemocracia.
Fuente Mundo Obrero
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