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viernes, 9 de enero de 2015

¡Democracia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Por Aquiles Córdova Morán*
 
Ciudad de México.- En el año que terminó, vivimos una verdadera orgía de democracia: “primavera árabe”, “revoluciones de colores”, combatientes “moderados” por la libertad, son algunos de los bellos nombres con que la prensa occidental nos presentó las terribles masacres ocurridas en Túnez, Libia, Egipto, Siria, Palestina, Irak, Afganistán y Ucrania. Si damos crédito a la explicación de los medios, en todos estos casos lo que ocurrió (y sigue ocurriendo en varios de ellos) fue un levantamiento popular (de jóvenes, precisan algunos) en contra de dictadores sanguinarios que se mantenían en el poder desde varias décadas atrás. El fin era sacudirse su oprobiosa dictadura e instaurar en su lugar la panacea infalible y largamente añorada: la democracia occidental con su división de poderes, sus partidos políticos “que representan entre todos a la sociedad entera”, con sus elecciones periódicas en las que el pueblo, mediante el voto universal, libre y secreto, elige a sus gobernantes y labra así su felicidad.

 Esto en teoría. En la realidad, lo que hoy vemos es un Túnez altamente inestable y con graves problemas de desempleo, de crecimiento económico y de una creciente pobreza y desigualdad entre sus ciudadanos; una Libia convertida, casi literalmente, en un montón de ruinas por los misiles de la OTAN, sumida en la violencia y el terrorismo; un Egipto sin paz ni estabilidad internas y, en lugar de la bota de Mubarak, la bota militar, aunque un tanto disfrazada, sobre su cuello; los “moderados” de Siria, luego de haber reducido a escombros medio país y de haber sustraído una parte del territorio a la soberanía del Estado Sirio, súbitamente se quitaron el disfraz de moderados y se convirtieron en el feroz y fanático Emirato Islámico que hoy tiene a Irak dividido en tres pedazos y lleva a cabo una “limpieza étnica” que implica el destierro o la muerte de cristianos, kurdos y otras minorías. En fin, Ucrania, gracias a su revolución de colores, hoy se halla dividida en dos zonas antagónicas y sometida al yugo de una camarilla nazi-fascista cuya única tarea es poner al país bajo el paraguas atómico de la OTAN y, de ese modo, convertirlo en una base militar cuyos misiles apunten a la cabeza y al corazón de la Federación Rusa. No son pues, estos resultados, algo de que pueda enorgullecerse la democracia occidental.

 No hace tanto, escuché el comentario televisado de un escritor de reconocida solvencia intelectual que opinaba sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre EE.UU. y Cuba. Casi me caigo de la silla cuando lo oí afirmar, con toda seriedad, que el hecho era plausible porque podía ser el final de la “férrea dictadura de los hermanos Castro” sobre la Isla. ¿Férrea dictadura? El espacio no me permite entrar en detalles, pero creo indispensable señalar que Cuba es, según la ONU, el país latinoamericano con el mayor índice de desarrollo humano; el país donde la desigualdad social, medida por el famoso coeficiente de Gini, es una de las menores del planeta; el país donde los servicios educativos y de salud, ambos de excelente calidad, alcanzan realmente a toda la población de la Isla. Y todo esto ha ocurrido a pesar del feroz e ilegal bloqueo económico de EE.UU. y, desde luego, bajo la “férrea dictadura” de los hermanos Castro. Cabe preguntarse entonces: ¿qué tenía en mente el comentarista que hizo esta afirmación? Casi con seguridad hacía suya la versión imperialista de que la falta de derechos humanos, de libertades civiles y políticas y la ausencia de partidos, campañas electorales manipuladoras y elecciones libres mediante voto universal, en Cuba y en cualquier parte del mundo, son signos inequívocos de una “férrea dictadura”. Por lo visto, resulta asaz difícil, si no imposible, liberarse de la cárcel ideológica en que nos ha sumido la propaganda ideológica de los medios al servicio del capital mundial. Aun así, creo que los partidarios decididos de la democracia occidental se pueden dividir en dos grupos: los interesados, es decir, los que la usan como herramienta eficaz de propaganda y de manipulación ideológica, a sabiendas de que mienten; y los que lo son por honradez intelectual, porque están plenamente convencidos de que es así. Del primer grupo no hay nada que decir. No por ahora, al menos. Del segundo creo que, sin faltarles al respeto, puede decirse que cometen un error de apreciación que consiste en confundir la democracia real, la que existe y opera en los países capitalistas, con su concepto teórico.  Confunden la democracia real con la democracia ideal.

 Se olvidan estos últimos, en primer lugar, que la democracia es una forma de Estado y de gobierno (y no un modo de producción y de distribución de la riqueza social) razón por la cual puede funcionar con cualquier tipo de estructura económica cuando las circunstancias lo exigen o lo permiten. Prueba de ello es que fue creación de la Grecia clásica (la de los siglos V y IV a.C.); más específicamente: del Ática y de su capital Atenas, que vivían bajo un sistema de producción esclavista. Es decir, la democracia fue un descubrimiento político de los esclavistas griegos a quienes prestó excelentes servicios, como lo prueba la historia; y justo por eso hoy esa democracia, en su versión moderna, presta servicios parecidos a los esclavistas modernos, a los grandes capitalistas que viven de explotar el trabajo asalariado. Visto así el problema, resulta obviamente absurdo afirmar que esta democracia trae por sí sola bienestar económico, político y social al pueblo trabajador. Si así fuera, saldrían sobrando las organizaciones gremiales, los sindicatos, etc., para la defensa de los intereses laborales del obrero, y habría que resucitar la ley Le Chapelier que sancionaba con pena capital a los promotores y organizadores de sindicatos. Pero todo mundo sabe que no es así.

 En segundo lugar, olvidan que nuestra democracia difiere de la griega en que ésta era una democracia directa, es decir, ejercida por el pueblo reunido en asamblea, mientras que aquélla es una democracia indirecta, representativa, porque el crecimiento de la población en cada país, ante todo, volvió impracticable la segunda. Pero el concepto de representación no tiene un significado único, perfectamente definido y no susceptible de interpretación; por el contrario, admite diversas interpretaciones y aplicaciones en los hechos, de las cuales la democracia partidaria, con su división clásica de poderes, es sólo una de estas posibles variantes, no la única, la universalmente válida, como piensan los bienintencionados y como exigen los que ven en este dogma la mejor arma para propagar y defender sus intereses por el mundo entero. De aquí se sigue que puede haber democracia en un país, es decir, puede haber participación activa, efectiva y eficiente de las masas populares, tanto en la formación del gobierno como en la toma de las decisiones trascendentes para la vida social, aunque no haya muchos partidos políticos ni compra de votos y de conciencia para ganar las elecciones.
Los funestos resultados que la “democracia” al estilo norteamericano ha arrojado en los países arriba citados, así como el secuestro del poder y de la toma de decisiones por una pequeñísima élite de poderosos y privilegiados en los países de “libre empresa”, demuestra que este tipo de democracia está totalmente agotado. Es más: su aplicación a raja tabla es, en buena medida, la responsable de la absurda concentración de la riqueza y del incontenible crecimiento correlativo de la pobreza que se están difundiendo por el planeta; y es también la causa de que ni se encuentren ni puedan aplicarse las medidas correctivas adecuadas para frenar el proceso. La democracia del capital está al cabo de sus días junto con él, y se hace indispensable, por tanto, encontrar nuevas y más perfectas formas de acción y de  representación popular. Esto es lo que intenta la “férrea dictadura de los hermanos Castro”, y esto es lo que no entienden sus detractores, de buena o de mala fe.


*Secretario general del Movimiento Antorchista

Publicado en Antorcha Campesina

viernes, 26 de diciembre de 2014

ESCARAMUZAS POLÍTICAS: Grave error creer que Cuba debe ser capitalista


Por Gloria Analco, @GloriaAnalco

 
Una nueva confrontación de enormes proporciones se está estableciendo en las relaciones Cuba-Estados Unidos, buscando ambos países ganar la última batalla de un largo enfrentamiento que ha superado el medio siglo. Ahora, con el establecimiento de relaciones diplomáticas, la guerra será en corto y sin parangón en la historia. Estaremos asistiendo -en primera fila- a tal confrontación en la que el Gobierno de Cuba intentará, por todos los medios a su alcance, salvar el socialismo en una época que pretende seguir siendo neoliberal, y el Gobierno de Estados Unidos, a su vez, tratará de poner en práctica diversos métodos que contribuyan a destruir a la Revolución Cubana desde dentro de la isla.

 Hay que recordar que hace exactamente 56 años Fidel Castro triunfó e instauró en Cuba un régimen de corte popular que derivó en un sistema socialista al estilo ruso y que sobrevivió a la hostilidad de Estados Unidos. Suponer que el fuerte choque de ideas que se produjo en el siglo XX entre el socialismo y el capitalismo ha quedado superado, significa desconocer la Historia e ignorar todo lo que en ese tiempo ha estado en juego. Son dos sistemas diametralmente opuestos: uno a favor de los pueblos y el otro a favor de las élites. Así de simple es este asunto. Uno propone repartir los ingresos entre la población, vía los programas sociales, el otro acumularlo entre los grupos privilegiados.

 Las nuevas relaciones Cuba-Estados Unidos serán un tête à tête sobre la viabilidad de ambos sistemas, y nunca antes como ahora se ha puesto en serias dudas que el neoliberalismo sea el camino a seguir, una de tantas derivaciones del capitalismo. En estas condiciones será bastante interesante observar el desenlace, en el conocimiento de que ambos gobiernos parten de la creencia de que con el acercamiento diplomático sus históricas posturas saldrán ganando. Hay que asumir que Cuba lleva la ventaja.

 Desde que cayó el bloque socialista europeo arreció la agresividad de EE.UU. en contra de la isla. Fidel Castro lo denunció, en 1994, con estas palabras: “… quieren penetrarnos, reblandecernos, crear todo tipo de organizaciones contrarrevolucionarias y desestabilizar el país cualesquiera que sean las consecuencias”. Y, efectivamente, ha habido muchas tensiones internas en Cuba en los años 90’s y 2000’s, creadas por los servicios especiales de la CIA, que han operado por medio de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA), buscando generar el caos político en la isla, cosa que nunca han conseguido. La finalidad ha sido querer mostrarle al pueblo cubano las “bondades del capitalismo” para que fuerce un cambio político en la isla. A todo ese embate, que ha sido inútil, hay que incluir la incursión bélica a la isla de grupos de Miami, azuzados por EE.UU. y que cobraron varias víctimas.

 El Gobierno de Cuba, por tanto, está bastante entrenado en combatir a esas fuerzas adversas y también para poner en serias dudas la sentencia del artículo que Francis Fukuyama tituló -en 1989- con una pregunta: “¿El fin de la historia?”, que le venía convenientemente como anillo al dedo a Estados Unidos para, a partir del desarrollo de esa idea, poner fin a la disputa ideológica entre ambos sistemas, aunque nada en el mundo estuviera resuelto.

 Pero la Historia no se escribe así, sino con hechos concretos como el siguiente: una parte mayoritaria del pueblo cubano siempre se ha sumado a la tarea de combatir la interferencia extranjera en su país. Además, otra prueba que no deja lugar a dudas es que la niñez tiene en Cuba una gran importancia, y es en ese país donde no hay un solo niño desnutrido, según la UNICEF, lo cual muestra fehacientemente a qué ha estado dedicado el Gobierno de Cuba: a robustecer a su pueblo y no a sus élites.

*Reportera mexicana, publica en Uno más uno y otros órganos de prensa. Colaboradora habitual de Cuba coraje. Trabajo enviado por su autora
 Foto cortesía blog Oggun Guerrero

lunes, 23 de junio de 2014

Más sobre cultura de la propiedad privada (y más)

Por Luis Toledo Sande*

 Mi artículo “Cultura de la propiedad privada o ¡Cuidado con ese culto!” motivó diversos comentarios en Cubarte, donde se publicó el 12 de marzo pasado, y en otros sitios que lo reprodujeron.

Tareas varias me impidieron responderlos entonces, pero en mi artesa reproduje los que en ella recibí, y anuncié que los contestaría. Es lo que hago ahora, en el Portal donde el artículo se dio a conocer. No menciono los nombres —¿todos reales?— de los comentaristas, porque discutir ideas puede ser más útil que una mera polémica personalizada.

Comienzo por algo que creía haber dicho en aquel texto, pero quizás no lo hice claramente, a juzgar por uno de los comentarios, que no sólo se dirigieron al autor. En las circunstancias cubanas el restablecimiento de ciertas formas de propiedad privada les propicia empleo a quienes podrían perderlo debido a la racionalización de la fuerza de trabajo en áreas de administración estatal. Sin el control que deben ejercer el Estado y las organizaciones llamadas a velar por el respeto a las leyes, la justicia y la ética —en primer lugar el Partido, la Central de Trabajadores de Cuba y los sindicatos—, dicha racionalización podría generar traumas que ni moral mi tácticamente podría permitirse el país.

Otro comentario, ubicable en el polo opuesto, condena el restablecimiento mencionado y cita para ello el Manifiesto comunista, donde Marx y Engels refutaron a los burgueses que acusaban a la Internacional de querer abolir la propiedad privada, cuando de hecho ya en Europa estaba abolida para la gran mayoría. Los fundadores del socialismo científico proclamaron sin ambages el propósito de destruir un régimen basado en la desigualdad, y ripostaron a sus adversarios: “Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso es a lo que aspiramos”.

Frente a ello no faltará tal vez razón a quien sostenga que hoy las metas predominantes son la redistribución cuantitativa y una mayor justicia, y resultan insuficientes. Los pueblos y las grandes masas de excluidos merecen más, y lo reclaman. Pero no parece que se pueda ser categórico y acertado si se afirma que el mundo sigue siendo exactamente como la Europa de 1848. También los burgueses han aprendido un montón de entonces para acá, y es mayor el peso con que la tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, para decirlo glosando un texto célebre.

Sobre todo con el fin de refutar el criterio, extendido, de que la propiedad social es ineficiente por naturaleza, vale preguntarse si es una ley que los comunistas puedan administrar bien los medios de producción fundamentales, por lo general más complejos, y no aquellos que, aparte de ser menores, tienen menos peso en la producción total. Pero no hay que diluirse en conjeturas para plantear las cosas de otro modo: cuando, en la práctica, se ha administrado a la vez centrales azucareros y hospitales, y guaraperas y barberías, la complejidad y la importancia vital de los primeros, que tanta prioridad reclaman, ¿ha dado margen a la atención que también las segundas requieren para funcionar con eficiencia? Es más: ¿se han administrado siempre bien los primeros? Dilemas de esa índole no se dan solo en países orientados a construir el socialismo, cuya consumación plena no se ha conocido aún en el mundo. También se han visto en la administración pública capitalista.

Otro punto nada desdeñable: militar, incluso con la mejor disposición personal, en un partido que se autoproclame comunista y hasta intente serlo de veras, no basta para ser comunista. Para serlo se requieren grados de consagración y plenitud que hoy parecen constituir metas más que realidades, por lo menos en planos masivos y visibles. Además, ¿bastaría ser comunista, o querer serlo —incluso asumir las tareas con entrega y honradez ejemplares, de las que no abundan como se quisiera—, para ser un administrador eficiente?
Cuando, refiriéndose a peligros que acechan a Cuba, Fernando Martínez Heredia ha dicho que “en la acera de enfrente hasta el sentido común es burgués”, no lo ha hecho para avalar resignación de ninguna índole frente a semejante realidad, sino para que estemos advertidos sobre los riesgos que corremos, y no vayamos a creer que estamos libres de ser contagiados por aquella acera. ¿No nos llegan entusiastas expresiones del pensamiento burgués hasta por caminos que, como la radiodifusión —televisión incluida—, no están por cierto en manos de empresas privadas o mixtas, o extranjeras?

Cuando se reclama de palabra o con hechos que Cuba acabe de convertirse en un país “normal”, donde proliferen y se vean satisfechos los mismos gustos que en otras aceras, ¿qué norma se invoca? De ahí también que la necesidad de actualizarnos no nos haga buscar una actualidad signada por el meridiano del capitalismo. Nuestro colega —imbuido del espíritu de Marx y del Che— no anda pidiendo que abracemos normas tales, y eso no debe ignorarlo ningún comentarista.

Y si Silvio Rodríguez pide que los ricos, aun sin dejar de serlo, piensen un poco en quienes no tienen la misma suerte que ellos, ¿debemos suponer que apuesta por la eternidad de la injusticia? Con su guitarra y sus canciones, y sin ser un líder político ni un redentor, ¿ha de pedírsele que tenga fuerzas para desatar una revolución mundial que rompa las estructuras opresivas cimentadas durante siglos, y luego aspirar a que se eliminen las monstruosidades? ¿Está mal que, ante la terca persistencia de tales estructuras, clame al menos por un poco menos de desequilibrio? ¿Ha dicho que solamente a eso puede o debe aspirarse?

Cuando, después de pedir perdón por la utopía, el trovador confiesa que otro camino le parece injusto y mucho más doloroso, ¿estará entrampado en las prédicas “antiterroristas” del imperio, o expresa la desesperación de quien ve que una revolución que llegue a la raíz no es precisamente lo más vislumbrable hoy? Suponemos que, por muy solidario que sea, y por grande que resulte su conciencia histórica, no es sensato pedirle al artista que tenga fuerza bastante, y seguidores, para fundar una nueva Internacional Comunista capaz de surtir en pos de la justicia los efectos deseables no alcanzados por las precedentes.

Respondido ya el comentario hecho sobre/contra el trovador, conste que quien esto escribe disfrutaría ver que esa nueva y eficaz Internacional Comunista estuviera ya en marcha triunfal: es más, en el poder. Quisiera ver un mundo regido por la equidad, la ética, la libertad y la belleza, y que, de llamarse comunista, honre su nombre. Pero meter en un mismo saco a todos los gobiernos de “izquierda” —puesto el término, además, entre comillas— y exigirles que de la noche a la mañana acaben con la burguesía y con la propiedad privada pudiera ser, cuando menos, un acto de ilusión infinita.

Sobre todo lo sería si, como asoma en algún comentario, se exige que se acabe con ellas para luego intentar algo como el proyecto de revolución bolivariana que se intenta llevar a cabo en Venezuela, ojalá que solo fuera contra viento y marea. O sea, si no se puede alcanzar de sopetón el todo, ¿el papel de la crítica que se cree portadora única de los ideales revolucionarios consiste en probar que no vale la pena esforzarse para ir alcanzando logros parciales como pasos hacia un estadio superior de justicia social?

Por ese camino el capitalismo tendría la eternidad segura, digan lo que digan ciertos izquierdistas que nada consiguen modificar en sus países, en alguno de los cuales aún se juega zarzueleramente a la monarquía. Conste asimismo que no se trata de imponer cotos, ni territoriales ni de otra índole que no sean el sentido común y la honradez, a la crítica, ni a los críticos: ello pararía en un aldeanismo conveniente a las derechas de este mundo. Pero no basta con llamarse antisistema: urge luchar de veras, no de palabra, contra el sistema que se rechaza. Más preciso y fértil sería erguirse como anticapitalista, y serlo de veras.

En la práctica, a fuerza de ser antisistema impenitente se puede llegar a preferir el estancamiento y la asfixia de Cuba, a la que es cómodo exigirle, exigirle, exigirle… sin poner el hombro, no solo declaraciones, en el afán con que ella se ve forzada a tratar de sobrevivir en un contexto nada diseñado para proyectos como el que la convirtió en una honrosa anomalía sistémica a nivel mundial. En ello radican los méritos, si alguno tiene, por los cuales ha suscitado tanta atención internacional, y propiciado que incontables personas se aferren a la permanencia de su proyecto como un camino de esperanza frente a tantas calamidades planetarias.

Eso es de veras un digno compromiso para Cuba, que debe resolver en primer lugar los problemas de su pueblo, no por egoísmo nacionalista, sino porque, en su territorio, solo él puede objetivamente mantener un proyecto capaz de suscitar admiración y abonar esperanzas. Si ese pueblo desapareciera, aplastado ya, más que agobiado, por penurias cotidianas —causadas no solo, pero sí en gran medida, y no se ha repetido lo bastante, por la hostilidad del imperio—, pasaría a la historia como una nueva Numancia, y dejaría de funcionar como un ejemplo de resistencia fértil al cual asirse en busca de esperanza.

De ahí también la responsabilidad de la dirección del país en cada paso que dé. Pero otra cosa sería no actuar, no hacer nada en busca de mejorar la vida de la población, para complacer a quienes le dan palo si él boga, y si no boga también le dan palo. Hay quien viene a sostener, nada menos, que solo idiotas pueden confiar en que las transformaciones emprendidas por Cuba tienen algo que ver con los ideales de la justicia social. Es el pueblo cubano, con la realidad cotidiana sobre sus hombros, el primero que debe rechazar lo que traicionara esos ideales, y no sería desmedido pedir un voto de confianza para él, que ha sacado de su territorio a dos imperios y derrocado tiranías vernáculas. Eso debe saberse dentro y fuera de sus lindes. ¿Por qué suponer que unas pocas décadas de “acomodo revolucionario” —llamémoslo así— lo han privado de su empuje emancipador?

Pero cuando la nación se plantea el ineludible deber de revertir los desequilibrios entre los salarios y el costo de la vida, surgen entonces voces que vienen a convencernos de que este pueblo no debe aspirar a que le suban sus sueldos. Con poses proféticas admiten que ello será posible, si acaso, y solo parcialmente, en el sector de la Salud, para el que ya se han aprobado aumentos significativos en una nación donde las profesiones no se ven como negocio y está llamada a atender a la totalidad de sus pobladores, no a un grupo de ellos.

Aparte de asegurar que los demás trabajadores cubanos nunca tendrán incrementos salariales significativos, tales profetas reclaman que alguien se lo diga, para que no se engañen. Hay profetas que menosprecian la inteligencia de este pueblo y el valor del trabajo que él hace no solamente en la Salud. De paso, olvidan que aquí el Estado tiene el deber de administrar los recursos con sentido de equidad, y asegurarle una vida digna a toda la población, a todas las personas que trabajen y sean honradas. La nación no solo necesita médicos, y su producto interno bruto debe contribuir al bienestar general, sin atenerse —y menos aún con la ortodoxia que en esto, curiosamente, vienen a exigirle— a una división internacional del trabajo diseñada para el consumismo capitalista, nada equitativo.

Para todo eso el país necesita una economía sustentable, pero en esa aspiración tropieza con los mismos teoricistas —resérvese el rótulo de teóricos para otros usos— que le reprochan cuanto haga por lograrla. Incluso, reclaman que se niegue valor a la idea de que el aumento de la producción puede y debe abrirle el camino al mejoramiento de los salarios. ¿Adónde quieren llevar a Cuba? O ¿dónde quieren que ella se quede cuando afirman, con el dedito índice levantado, que los trabajadores cubanos jamás podrán tener un poder adquisitivo superior al que hoy tienen? Se habla del pueblo que, cualesquiera que sean sus defectos —¿otros no los tienen?—, ha mantenido vivo un proyecto justiciero a menos de noventa millas del imperio al que tantos se someten en distintos lares, un pueblo que, contra su voluntad, tiene al agresivo imperio dentro de sus fronteras nacionales, en Guantánamo.

La tenacidad de ciertas profecías, sobre las cuales el articulista preferiría no volver, obliga a posponer la reflexión sobre otros comentarios. Los hay de sesgos muy diversos, y algunos revelan lúcida comprensión sobre la complejidad del reto que Cuba encara, y sobre los cuidados que debe poner en sus transformaciones. Algunos son tan sugerentes como uno, enviado a Cubadebate, sobre la necesidad de conocer verdaderamente el significado de propiedad social, y las diferencias entre la particular, la estatal, la cooperativa y, curioso neologismo, la estaticular. Tela habrá para seguir cortando, tanto con tijeras sociales como de propiedad personal. Pero ¿tendrá tanta paciencia el deseado público lector?

 *Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
    Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Recibido por correo electrónico

viernes, 20 de junio de 2014

¡Viva la UNEAC!

Por Luis Toledo Sande*

En la clausura de una reciente asamblea gremial, el principal orador calzó ideas propias citando algo que le había contado la dirigente política de una provincia cubana. Ella —pudo haber sido él: no tiene aquí el género, que es factual, otra intención que mostrar el avance de la mujer en la vida del país— le expresó su desconcierto por un hecho: en una reunión de la filial de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) en su territorio, las intervenciones giraron mayoritariamente sobre otras entidades. Solo una pequeña parte abordó cuestiones internas de dicha organización.

Al oír la anécdota, alguien desde el fondo del salón pronunció el viva que da título a este artículo, y que expresó el reconocimiento de algo inocultable: durante décadas la UNEAC ha sido un espacio de discusión sobre problemas fundamentales del país, con las miras centradas en salvar no solo las conquistas del socialismo, sino el sistema justiciero que estas encarnan y sin él podrían venirse abajo, y el espíritu democrático, participativo, sin el cual no habrá socialismo que valga. Semejantes ímpetus se explican porque la vanguardia de la intelectualidad literaria, artística y de pensamiento de la nación está mayoritariamente identificada con el destino de su pueblo, del cual se sabe parte. Y si bien esa vanguardia no está solo en la UNEAC y sus foros, sobresale en una y en otros, que no por gusto han tenido el aval de la presencia de los guías de la Revolución, empezando por Fidel Castro.

Esa proyección de la UNEAC difiere de cierta tendencia según la cual cada centro de trabajo o de estudio, cada institución, se limitaría a valorar sus respectivas áreas, y que puede estar animada por el deseo de que cada pedazo del país resuelva sus problemas internos. Pero por ese camino los centros y las instituciones se desentenderían de la realidad nacional, y terminarían desconociéndose a sí mismos. Felizmente, nada hasta ahora ha posibilitado el triunfo de tal tendencia, y es de esperar que se le mantenga a raya, sin renunciar a la superación interna de las distintas porciones administrativas o funcionales.

Habría que hacer consideraciones concretas sobre la voluntad de los miembros de la UNEAC de ir más allá de sus fronteras. Después de todo, en su mayoría integran, a la vez, otros centros e instituciones, ni siquiera solo de la llamada gremialmente cultura. El aludido desbordamiento de linderos lo han reforzado, o lo han hecho necesario, los déficits funcionales de instituciones responsabilizadas con un desempeño más abarcador y activo: díganse, para no mencionar más que dos de ellas, el sistema de organismos del Poder Popular —desde la base hasta la cúspide— y también, si es que no sobre todo, la prensa. Contra deficiencias de aquel y de esta se ha pronunciado reiteradamente la dirección del país, de manera señalada Fidel Castro y Raúl Castro, y se pronuncia asiduamente, con seria preocupación asimismo, la generalidad del pueblo.

En vez de lamentar el desbordamiento crítico protagonizado por la UNEAC —cuyas posibles fallas internas tampoco habrá que desconocer— se debería apreciar lo mucho que hay de positivo en él, y procurar que los organismos alcanzados por sus análisis se perfeccionen y cumplan cabalmente su papel. Todo eso es necesario para asegurar que el experimento cubano siga un buen camino, sin desviaciones que lo alejarían de la brújula afianzada en la justicia social. Sería ingenuo pensar, por ejemplo, que todas las críticas lanzadas contra el igualitarismo tienen la mejor orientación.

Es plausible que, gracias a cambios necesarios, felices, en la política migratoria del país, niños y niñas ajedrecistas puedan competir en el exterior. Pero si ello se afinca en que el equipo cubano no lo formen precisamente los mejores talentos, los que mejor juegan, sino que entre los más destacados se escogen los niños y las niñas cuyos familiares puedan pagarles el viaje —acaso sin que se sepa de dónde sale el dinero, y aunque se supiera y su origen fuese el más limpio del mundo—, no solo se arrincona el igualitarismo, sino que se le da un golpe demoledor a la justa equidad. El mensaje iría directamente, en primer lugar, a personas que, por su edad, están llamadas a reproducir lo que se les trasmita, lo que se les enseñe, y por una senda como la esbozada es obvio que tendríamos un funcionamiento social menos igualitario, pero ni remotamente más justo. Tal dinámica satisfaría, eso sí, a fanáticos y beneficiarios del pragmatismo economicista, orientación propia del capitalismo.

Muchos riesgos puede abonar el exceso de confianza, la ausencia de la percepción que debe fomentarse rigurosamente por igual contra epidemias biológicas —dígase el cólera, por ejemplo— y contra torceduras de índole social. No pueden dejarse las cosas a la inercia, a la confianza ciega en la buena voluntad de nadie, ni a la fatalidad, por muy buenos que se crea que pueden ser los resultados de esas actitudes. Insístase en que ya, además de saberse —y nunca debió ignorarse— que el socialismo es reversible, se conoce asimismo que su triunfo no es un acto inevitable, ni siquiera donde se crea que existen o pudieran crearse las mejores condiciones para que sea próspero y sustentable. Hay lúcidas reflexiones revolucionarias, socialistas —como la hecha recientemente por Darío Machado—, sobre qué deben significar para nosotros conceptos como prosperidad, avance y desarrollo. Y habrá que insistir seguramente en el significado de socialismo. No basta el comodín de decir que aún no se ha construido en parte alguna y no se sabe cómo se hace.

Todo eso se debe debatir, en la UNEAC y en todas partes, con el mayor orden posible, pero sin coyundas frustrantes. Se trata de buscar y encontrar un buen funcionamiento en la nación, en la sociedad, en el pueblo, que no es monolítico ni homogéneo, pero debe ser el beneficiario principal de cuanto se haga para bien de la patria. Esta se ha de entender como un pedazo de la humanidad, y además valorarse en sí misma, para beneficio de sus pobladores, pues ningún todo podrá marchar bien si no lo hacen sus componentes.

No se trata de complacer a nadie que, aunque siga viviendo de lo que pueda sacarle al capitalismo, condene cuanto Cuba haga en busca de bienestar para su pueblo, para no hundirse y pasar a ser, si acaso —porque los medios dominantes no facilitarían otra cosa—, un mero tema escarnecido en textos donde se hable de intentos frustrados de fundar un tipo de sociedad no capitalista. Conozco, en varios países, ejemplos de verdadera solidaridad con Cuba, compañeras y compañeros que sinceramente la apoyan, aunque objetivamente no tengan para sí más alternativa que seguir viviendo bajo el capitalismo, a veces con monarquías que ni siquiera tendrían que ser corruptas para ser repudiables: bastaría su condición de régimen arcaico incompatible con la democracia y asentado sobre bases cuya demolición ha costado mucha sangre a la humanidad como para que sobrevivan impunemente en espectáculos zarzueleros (dicho sea con perdón de las buenas zarzuelas).

Las críticas endiabladas contra Cuba, contra todo cuanto ella haga para subsistir en medio de un bloqueo que no cesa, de deficiencias internas y de penurias insufribles aun en medio de los grandes esfuerzos del Estado por mantener los mayores logros de la voluntad socialista, no vienen precisamente de esas personas solidarias. Vienen de algunas que se atrincheran en atalayas de sabiduría teoricista —no teórica, que es otra cosa— y certifican que en Cuba ningún cambio busca salvar la justicia social, sino conducirla al capitalismo. De ser esto cierto, el pueblo cubano tendría la misión histórica de impedirlo, y en ello podría contar, aunque no fuera más ni menos que en el plano moral, con el apoyo de personas honradas, cualesquiera que sean sus nacionalidades y plazas de residencia.

Difícilmente esos luchadores se encuentren entre quienes acudan a los seudónimos, aunque tuvieran —y a veces hasta de eso carecen— el talento necesario para conseguir que sus textos parezcan obras de distintos autores, y no de uno solo “multiplicado” en busca de que las críticas contra Cuba parezcan hechas por varias personas. De poco vale que se quieran disfrazar de obreros aguerridos como se disfraza de Caperucita Roja el lobo: la oreja peluda, los colmillos y las uñas se les ven por debajo del antifaz y de la vestimenta. No importa la pasión que simulen para reclamarles a cubanas y cubanos lo que cierta “Solidaridad de barro” refutada hace años en un textículo escrito y publicado en este país: “Hermano, resiste, por ti y por mí / las privaciones. / Yo volveré bien firme a la faena / de ingerir, por los dos, buenos jamones”.

Son los mismos que calumnian soezmente, que dicen y se desdicen, y, después de despotricar contra Cuba, de condenarla con magistral vehemencia usando como pretexto el restablecimiento de una pequeña propiedad privada que tal vez no debió haber suprimido nunca, se van a un bar para refrescarse a golpe de cerveza, y pagan con un dinero que por esa vía engrosa como norma las arcas de la propiedad privada, no las de una congregación justiciera. Ni Cuba ni ellos se hallan en un planeta regido por el más puro comunismo, sino en el mundo que es, dominado por una realidad contra la cual, hasta donde sabemos, nada concreto hacen los más feroces críticos de Cuba. ¿Hacen algo?

En el afán por despojar a Cuba de toda fuerza que le dé aliento, ponen ellos en duda que existan los jóvenes de vocación anticapitalista mencionados por algún científico social cubano. Invitado por el Movimiento Juvenil Martiano, que está adscrito a la Unión de Jóvenes Comunistas, frecuentemente participo en un plan de animación ideológica llamado Diálogo de Generaciones. Lo he hecho varias veces en La Habana, y —va para unas semanas, tomando para eso parte de mis vacaciones— en un recorrido por las cinco provincias orientales, una cada día, y con tres o cuatro encuentros en cada una de ellas.

No he recibido remuneración material alguna, ni he aspirado a ella. He tenido, sí, una remuneración mucho más importante: el gusto de ver la cifra y la calidad de personas que abogan por mantener el camino socialista e impedir el regreso del capitalismo, un retorno que no está en los planes del Estado y el Partido, y que el pueblo tiene el deber de impedir que llegue a estar en ellos, porque alguien logre colarlo en las líneas trazadas. Habrá otros componentes del pueblo, pero aquí se habla del fraguado en Baraguá y en el Partido Revolucionario Cubano; en la lucha contra un imperio presto ayer y hoy al zarpazo; en la gesta del 26 de Julio y su continuación en la Sierra Maestra. Ese pueblo ratificó su voluntad justiciera en vísperas de la agresión imperialista por Playa Girón y sus inmediaciones, y en la derrota infligida en menos de setenta y dos horas a los mercenarios invasores.

Ese pueblo existe. No hay que perder tiempo intentando convencer de ello a supercríticos y sabios empeñados en negarlo a toda costa. Los intelectuales que forman parte de ese pueblo no son dos ni tres; aunque también eso negarán aquellos sabios que se disfrazan de obreros puros, rojos hasta los tuétanos. Esos quieren que Cuba desparezca, y borrar a cuanta persona defienda el derecho de este país a tomar las medidas necesarias para no perecer. Si pereciera, lo menos grave sería que tales sabios saldrían a vociferar su “convicción” de que ninguna otra cosa es posible, y a festejar, refrescándose con cerveza, su triunfo como agentes de la sabiduría, y quién sabe si de otras formas de inteligencia.

Ellos arremeten contra todo el que —con limpia conciencia de lucha más que con los remilgos de andar creyéndose intelectual o artista: serlo es un hecho y no da ningún derecho especial— defienda la posibilidad de Cuba de mantenerse viva en su camino, y busque alumbrar opciones válidas para este empeño. Contra quienes así actúan es curioso que aquellos críticos concentren su rabia, expresada a veces de manera que da asco. No es un procedimiento nuevo: en él han coincidido la derecha más recalcitrante y lo que suele llamarse extrema izquierda, sin ser siquiera una izquierda cierta.

De ello ha habido antecedentes en el afán de dejar a Cuba sin raíces históricas: no han faltado maniobras para desprestigiar a héroes como Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara, e incluso para negar a José Martí, a quien ya apareció alguien que le rindiera, aunque involuntariamente, un homenaje reservado a grandes: ese alguien sostuvo que la obra martiana, de tan colosal que es, no puede haber sido escrita por una sola persona, sino por todo un equipo; y ya antes hubo quien mereciera ser puesto de vuelta y vuelta por haber intentado ridiculizar al héroe. Si contra gigantes se han lanzado fantoches que dan náusea, ¿qué puede quedar para el resto del mundo? Pero Cuba marcha —por ello, aunque la cita no venga del Quijote, hay perros que le ladran—, y tiene instituciones que corren la suerte del pueblo al cual pertenecen. Es justo que se les den sus vivas. Para los fantoches, aunque se disfracen de obreros con lengua aguerrida, aplíquese lo de César Vallejo: ¡Allá ellos!

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
    Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Publicado originalmente en Portal Cubarte

¿Y qué pasa con los pobres de Cuba?

Sin ánimo de polemizar ni de desmentir lo que acá expresa Juan Manuel (con mucho, a mi modesto entender, de los que mejor retratan nuestra realidad) quería puntualizar algunas ideas que me surgen con la lectura de este texto... ¿Existen diferencias entre los distintos sitios habitacionales de mi Patria? Evidentemente sí, cuando conozco casos en las zonas en las que he vivido los ultimos 25 años o más, en que los casos sociales son tratados a través de la trabajadora social del Policlínico Gregorio Ortiz, ubicandolos en asilos de ancianos, o son atendidas en comedores al efecto, personas que no mantienen vinculo laboral por enfermedad u otras causas. Donde vecinos sin dicho vínculo recibieron su ATEC-Panda a pagar en modestísimas cuotas, donde otros en igual condición fueron beneficiados por los módulos de cocina, o cambiaron sus ventiladores y refrigeradores...

¿De qué iría la historia, entonces? De garantizar que dichos servicios, instituidos por nuestro gobierno, sean ofrecidos a todos los que lo necesitan, por supuesto. Pero también de que aquellos que forman parte de esa masa poblacional en desventaja, sea receptiva de este esfuerzo: y me refiero a aquellos que -pudiendo hacerlo- no han cumplido sus compromisos de pago, a aquellos que re-vendieron esos artículos sin siquiera concluir sus pagos, a aquellos que rechazan ayuda médica y continúan sumidos en el vicio del alcohol... Si como bien dice Juan Manuel " la maravillosa herejía" les dio las oportunidades, veamos por qué no las aprovecharon y no permitamos la repetición de tan nefastos hechos.
Con todos y para el bien de todos, dijo el Maestro. Y ese todos también nos engloba. NO cerremos los ojos ni miremos, cómplices, hacia otro lado. Y no permitamos, efectivamente, que estos temas se los robe el enemigo. Porque somos nosotros los que hemos de resolverlos.

¿Y qué pasa con los pobres de Cuba?

Por  Juan Manuel Alvarez Tur (@Alvarez_Tur)

Tenemos una masa importante de cubanos y cubanas viviendo en condiciones de pobreza. No se publicitan los estudios académicos al respecto, pero de manera empírica lo puedo afirmar, porque he visto el fenómeno. Pobreza de todo tipo. Esto es: gente que no tiene capacidad pecuniaria para mejorar las condiciones de su vivienda, comer y vestirse de manera básica, ni posibilidades reales tampoco para acceder a la cultura. 



A veces encontramos personas con estas características agrupadas en una misma ubicación geográfica, y otras tantas, con cierta tonalidad oscura en su piel como denominador común.

Cuando la pobreza toma color. Foto: Lilian Cid (Cubaxdentro)
¿Una manifestación de vulnerabilidad social? Foto: Lilian Cid (Cubaxdentro)

¿Cuándo tendremos datos oficiales sobre el tema? ¿Cuándo estará en las agendas de las reuniones del Consejo de Ministros y las sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular? ¿La zona de desarrollo del Mariel y el ingreso por los servicios profesionales en el exterior permitirán diseñar acciones afirmativas para esas personas y zonas económicamente más vulnerables? ¿Y qué pasa con aquellos que mueren hoy, ahora, bajo esas condiciones de vida? ¿Qué significa “no quedar desamparado”? Si nos atenemos a que los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución marcan de algún modo esa agenda de problemas fundamentales a resolver, hay que tener en cuenta entonces que ella se preocupa más por las aperturas económicas que por fijar acciones concretas e integrales para desterrar la inopia de los más retrasados en la reproducción de la vida material. Ahora se discute mucho sobre los salarios, el fin de la dualidad monetaria, si las aprobaciones de nuevas cooperativas y licencias para particulares avanzan muy lento, o si los automóviles, el acceso a Internet y las líneas móviles se tasan en precios excesivamente altos.

Los pobres pueden, por ejemplo, abrazar un proyecto de trabajo por cuenta propia, ¿pero pueden entrar con éxito todos a ese mercado laboral? Esas posibilidades están jerarquizadas. No es lo mismo un cartel anunciando “pan con croqueta” escrito a lápiz que uno digital, bien rimbombante y moderno, promocionando “pizzas”. Estamos entrando de lleno en el mundo de la competencia, que es desleal y abrumadoramente discriminatorio. Esta realidad, subliminal, viene escondida dentro de la noción de “sentido común”, que como decía recientemente en la Universidad de las Ciencias Informáticas, el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia, no ha dejado de ser burgués. Imagino que alguno dirá que el pobre tendrá otro igual o más pobre que él para que le compre su pan con croqueta. ¿Así vamos a construir socialismo en Cuba?

La explotación entre las personas vuelve a enseñorearse, ahora en un campo quizás más fértil, porque va resultando extemporáneo recordar a un hombre que ayudó mucho a entender de qué iba el asunto, como Carlos Marx.

Recientemente la prensa digital cubana se hacía eco de una nota de The New York Times que alababa las reformas económicas cubanas. Yo creo que debemos preocuparnos cuando desde el Norte celebran lo que hacemos. Me parece que lo medido en verdad por ellos es cuánto capitalismo le estamos inyectando a la vida cubana. Nos están evaluando con su vara y nos estamos tragando el “elogio”.

Existen prácticas para subsidiar servicios y productos a ciudadanos que viven en contacto directo y permanente con la carencia de ciertas oportunidades de índole material, pero ni es suficiente ni llega a todos. Cuba ha sido y es un ejemplo para muchos en el mundo porque fue más allá de lo que parecía posible, como plantea Martínez Heredia. Él también afirma que se debe tener conciencia de lo que está mal, y yo digo también que hacerla pública, sobre todo desde la dirección del país, para palpar  la implicación de éste con los problemas fundamentales, y tener definida una línea base, que estará supeditada al influjo de nuestras dificultades propias y el bloqueo estadounidense fundamentalmente.

Tenemos guetos donde las personas viven sumidas en el alcohol y tienen que hacer lo indecible para sobrevivir. Tampoco me llamo a cuento. A mi juicio la mayoría de la población, por la izquierda o por la derecha, se las arregla. Yo me refiero a esos que llamamos “casos sociales críticos”. Eso da para otra pregunta, ¿qué metodología determina un caso social crítico? Hay indigentes, individuos que piden limosnas y otros que no bucean precisamente en abisales y limpias aguas. Eso es incompatible con el socialismo, y no hay que esperar a que los ricos produzcan muchas riquezas, para que entonces tributen más y después, y solo después, sea posible rescatar a mucha gente del área subterránea en que se encuentran. ¿Y las voluntades? ¿Y la capacidad para convocarlas? ¿La perdimos totalmente? ¿Y la presión de los ciudadanos para resolver esas realidades?

Es una gran deficiencia decir que los que van ahora arrastrándose por la vida “se lo merecen”, “que no estudiaron”, o como escucho decir sobre los que piden limosnas, que “son descarados” que “hacen mucho dinero así”. Tiene que haber penetrado una cantidad notable de miseria moral y material en una persona para que asuma ese modus vivendi. Y si bien es cierto que por la vida le pasaron oportunidades dentro de la maravillosa herejía que ha significado hasta hoy la Revolución Cubana, también lo es que fue una incapacidad de todas las estructuras de nuestra sociedad el que no las aprovechara.

Para seguir siendo una Revolución lo que triunfó en Cuba en 1959, no puede desistir en el empeño de hacer realidad, de verdad, aquello de que ella es de los, por los, y para los humildes, que no saben qué es Internet, que no tienen cuentas en CUC como para preocuparse por el Día Cero, ni piensan en un carro y tampoco les interesa cuándo viene la televisión digital porque ni televisor tienen. Quisiera que nos ocupáramos más por eso, hasta donde podamos, aunque sólo sea para poner en claro como mínimo cuál es el umbral de la pobreza. 

No podemos regalar el tema a los enemigos del proceso revolucionario. Al mismo tiempo la sociedad civil debe utilizar todos los mecanismos existentes, y crear otros nuevos para reducir progresivamente ese lastre social tan injusto. No podemos continuar indiferentes. Hagámosle caso a uno de los hombres más grandes que ha dado este país, el General Antonio Maceo, cuando decía: “El que baja para subir al caído, enaltece su nombre colocándose por encima de todos”.

Publicado en su Blog CubaxDentro

martes, 24 de abril de 2012

Ciro Pérez Santana: el pirata político

Por Vincenzo Basile

Desde el pasado 13 de abril, un grupo creciente de llamados ex presos cubanos, sigue en huelga de hambre frente al Ministerio español de Asuntos Exteriores en Madrid. Los “nuevos disidentes”, esta vez, denuncian el abandono por parte del nuevo ejecutivo de Mariano Rajoy -quien les cortó todas las ayudas financieras otorgadas por el precedente gobierno de Zapatero- y una situación de profunda desesperación.

El último “desesperado” (y tal vez arrepentido por creer en el canto de la sirena) es Ciro Pérez Santana, quien está siguiendo todas las etapas de la desilusión.

En octubre del 2010, Ciro Pérez llegaba a España. Ocho días más tarde ya se daba cuenta de cual sería su futura vida en el capitalismo español. En una entrevista contaba su trágica situación por tener a su madre gravemente enferma en un hospital de Madrid, a su hermana que no podía viajar desde Miami para verlos y pedía ayuda a todos los “hermanos exiliados” ya que ni siquiera “podían comer”. Estaban llenas de amargura y decepción casi infantil sus palabras: “España es un país que yo pensé.. que no iba a tener que sufrir más. Llevo aquí ocho días y he sufrido en esos ocho días lo que no he sufrido en 17 años en las cárceles de Castro. Estoy agradecido al gobierno español por haberme sacado de ahí. Pero no se saca a una persona de un lugar para dejarlo morir en otro.”

Tras años de silencio, en los úlimos días, se volvió a hablar de Ciro Pérez cuando Martí Tv publicaba otra entrevista del llamado “disidente” -titulada “Expatriado en huelga de hambre en Madrid pide volver a Cuba”- en la que el llamado “expatriado” anunciaba su voluntad de regresar a Cuba para sacar a su familia de la situación de desamparo que viven en España, culpabilizando al nuevo gobierno de Rajoy y a sus recientes medidas por una situación que –como él afirmó en 2010- vive desde cuando llegó a España.

Al mismo tiempo, en el blog anticubano Frente Común Cubano, se publicaba una entrevista más que Ciro Perzer otorgó telefónicamente a Alfredo Viso, un supuesto ex compañero de celda en Cuba, en la que el entrevistado contó su historia de desamparo en España y volvió a hacer su típico llamado a la “solidaridad del exilio”: “Cualquier ciudadano, hermano que se solidarice con nosotros, que quiera hacernos llegar cualquier ayuda para nosotros podernos mantener aquí, nosotros les vamos a estar muy agradecidos lo mismo da que nos manden un centimo como lo que puedan mandarnos porque nosotros estamos aquí y nuestros familiares están sin ningún recurso, lo que puedan nosotros se lo vamos a agradecer, pero lo que más vamos a agradecer es que rieguen en el mundo entero y pidan la solidaridad del mundo entero para que nuestra situación se normalice para que se nos de una solución razonable para nuestras familias. Ese es nuestro llamado.

Es evidente el intento de Ciro Pérez de querer seguir jugando el papel del “disidente decepcionado” y de inserirse [sic.] en todas las cuestiones políticas cubanas para seguir viviendo de ayudas extranjeras; lo que choca frontalmente con la supuesta búsqueda de libertad y de capitalismo que esa persona afirmaba querer.

Hay que recordar que Ciro Pérez Santana –que los medios internacionales definen “preso político”- en Cuba fue condenado varias veces hasta cuando, en 1994, lo sentenciaron a 20 años de prisión por piratería (secuestro de un barco), intento de salida ilegal de la isla, tenencia ilegal de armas de fuego robadas en una estación de policía y lesiones (El País). Vale la pena recordar también que el código penal español, en el artículo 616-ter, penaliza el delito de piratería al establecer que “el que con violencia, intimidación o engaño, se apodere, dañe o destruya una aeronave, buque u otro tipo de embarcación o plataforma en el mar, o bien atente contra las personas, cargamento o bienes que se hallaren a bordo de las mismas, será castigado como reo del delito de piratería con la pena de prisión de diez a quince años.” 

Es decir, una prueba más de como algo que en todos los países del mundo sería sancionado como delito común, cuando ocurre en Cuba se convierte en un asunto de conciencia o, a lo mejor, político. Claramente eso no puede funcionar en eterno y los medios internacionales -que ahora silencian la desesperación de Ciro Pérez”- quizá se hayan dado cuenta de lo peligroso que puede ser confiar en un “pirata político”.


Tomado de Capítulo cubano

jueves, 5 de abril de 2012

Las contradicciones de Carlos Saladrigas

Por Edmundo García*

Carlos Saladrigas pronunció unas palabras en La Habana que han sido ampliamente comentadas fuera de Cuba. Tengo algunas opiniones sobre ellas que quiero compartir y, al hacerlo, voy a referir ocasionalmente una entrevista que sostuvimos en enero del 2009, que puede leerse íntegramente en la página de “La noche se mueve”. Las ideas allí recogidas pueden ayudar a entender lo expuesto recientemente por Saladrigas en la conferencia “Cuba y su Diáspora: Actitudes y políticas que debe adoptar la diáspora para reintegrarse en Cuba”, ofrecida en el Centro Cultural Félix Varela el viernes 30 de marzo de 2012, unas horas después del regreso del Papa Benedicto XVI a Roma desde Cuba.

Durante nuestra conversación, a un día de la toma de posesión del Presidente Barack Obama, le pregunté a Saladrigas por los orígenes de su interés en la política y hablamos de su tío, Carlos Eduardo Ramón Saladrigas y Zayas, que tuvo varios cargos en la era republicana, entre ellos el de Primer Ministro de Batista (1940-42) y candidato a las elecciones de 1944; que finalmente ganó Ramón Grau San Martín. Llama la atención que mientras hablábamos sobre estos temas históricos, Saladrigas reconoció que él no tiene vocación política y optó por definirse fundamentalmente como empresario. Y esto es importante para el debate actual, porque precisamente lo que veo detrás de ciertas inconsecuencias de palabra y de hechos en las proyecciones de Saladrigas obedece a su falta de ubicación, olfato y sentido de lo político.

Saladrigas dice entonces algo que ha repetido por estos días: que “la confrontación y el embargo han sido extremadamente útiles para el gobierno cubano” y que “ha ayudado al régimen cubano a obtener una legitimidad, que no ha podido obtener por otras formas”. Lo volvió a exponer en La Habana, en entrevista con el periodista Fernando Ravsberg para BBC Mundo, lo que demuestra que Saladrigas sigue desconectado de algunas realidades. La primera, que la revolución cubana (no el “régimen cubano”, como él le llama) tiene una legitimidad histórica desde su origen, que sale del hecho demostrado y vivido de que aquella república que algunos tratan de pintar como un paraíso interrumpido, era en verdad una sociedad quebrada por diferencias abismales entre ricos y pobres, entre negros y blancos, entre campo y ciudad, etc., y además con un tutelaje neocolonial que marcó antropológicamente la mentalidad histórica de los políticos de entonces. A quien quiera documentarse al respecto le recomiendo un libro de mucha actualidad: “La Historia me absolverá”, que contiene el proyecto social de la revolución cubana.

El proceso cubano tiene legitimidad popular, expresada individual, colectiva y masivamente; aunque Saladrigas opine que las muestras de adhesión revolucionaria son “una táctica… que usa Castro”, como ha repetido más de una vez. Y la revolución tiene también una legitimidad internacional mostrada en las votaciones contra el bloqueo en la ONU, en la representatividad y el respeto de Cuba en el sistema de relaciones entre países; donde la solidaridad de la isla con los más necesitados no ha faltado, a pesar de los pocos recursos.

Yo no puedo creer que una persona tan hábil como Saladrigas, que ha pasado por Harvard y otras instituciones educativas, crea eso de que el bloqueo a Cuba es una jugarreta del gobierno cubano para justificar políticas. Las agresiones contra Cuba unen más al pueblo cubano y agrandan las razones de sus dirigentes; pero ellas tienen un costo real para los cubanos. Las autoridades cubanas han ido desglosando el costo que la política de bloqueo ha tenido sobre Cuba; no en abstracto, no en símbolos, sino en productos y equipos médicos sin adquirir, en pagos sin recibir, en eventos sin participar, en transacciones comerciales frustradas, en confiscaciones monetarias del patrimonio cubano, etc. El efecto de esa política se suma en miles de millones de dólares de pérdidas para la economía y la sociedad, lo que es un cruel, inmoral e ilegal castigo sobre el pueblo cubano. Y en este artículo no quiero entrar en el alto costo que ha significado para Cuba la necesidad de contrarrestar la política de guerra sucia y terrorismo, que han apoyado varias administraciones norteamericanas.

Saladrigas dijo que Cuba debía tener una solución “elegante” y que debía comportarse de manera “seria” ante Obama. Todavía a estas alturas no queda muy claro qué solución y qué tipo de “elegancia” desea el empresario para Cuba. Me pregunto si Saladrigas estará dispuesto a preguntarle al Pte. Obama si ahora él está listo para comportarse elegantemente con Cuba.

Como sea, persisten las contradicciones en el discurso de Saladrigas. Porque si de lo que estamos hablando es de reformas en y para Cuba, de “actualización del Socialismo”, ¿cómo quiere participar Saladrigas en ese proceso si considera que en Cuba “el sistema está fracasado”? Después de esto puedo pensar que Saladrigas no entiende el proceso de reformas en Cuba; o lo entiende, pero no lo comparte, en cuyo caso, no sabría de qué diálogo y de qué acercamiento está hablando. Me gustaría agregar que en medio de las críticas posibles a cualquier realidad, de críticas que hacen incluso las autoridades cubanas en búsqueda de la superación de errores, es necesario reconocer que en los marcos de ese mismo proceso criticado se lograron resultados indiscutibles, reconocidos a nivel internacional; y que bajo la administración de esa misma burocracia que hoy también se critica, Cuba obtuvo logros en educación, erradicó enfermedades e instauró un sistema de justicia social que nadie niega en el mundo. Y muy importante: el condumio a ningún cubano le ha faltado, porque las estadísticas demuestran que en Cuba no hay problemas de desnutrición ni niños famélicos en las calles.

Saladrigas dijo en La Habana que había “histéricos” dentro y fuera de Cuba que estaban obstruyendo el futuro de la isla. Lo primero que me gustaría es que Saladrigas citara por lo claro, con nombres y apellidos, quiénes son los “histéricos” en ambas partes. Para que las palabras de Saladrigas tengan crédito, para que oyentes y lectores le respeten, Saladrigas debería decir: “Miren, yo creo que en La Habana fulano y mengano están inmovilizando el avance de Cuba; y en Miami, este y aquel otro están frenando el desarrollo de la nación cubana”; y así se entendería mejor. Saladrigas, como orador, usa términos pintorescos como “histéricos” e “históricos”, pero a mí no me parece que sean clasificaciones serias que ayuden a sacar adelante una política, y ni siquiera un sólido sistema de ideas. Saladrigas debió tener valor político para identificar, en La Habana y en Miami, las personas y grupos que padecen de lo que él considera histeria social.

No me queda claro tampoco si son histéricos u otra cosa peor algunos de los disidentes y opositores que conoce Saladrigas en Cuba, y que llevan bastante tiempo en sus propósitos. Es curioso que entre todos ellos Saladrigas elija para distinguir al señor Dagoberto Valdés, quien ha sido identificado por los órganos de la Seguridad del Estado del Ministerio del Interior con información gráfica, como colaborador de intereses extranjeros para promover un cambio de gobierno en Cuba. No sé cómo puede Saladrigas en medio de una visita que se supone de buena voluntad, celebrar a todo bombo, como amado y respetado profundamente, a un personaje que es considerado por las autoridades cubanas un desleal opositor aliado a servicios de inteligencia norteamericanos y de otros países; y menos me es coherente esta devoción de Saladrigas por alguien que se pliega a planes extranjeros, con su afirmación de que no está de acuerdo con presiones sobre Cuba desde el exterior. Le pregunto a Saladrigas: ¿Qué más presión desde el exterior puede haber que un proyecto para derrocar al gobierno cubano? No lo entiendo; aunque puede que toda esta incoherencia demuestre eso que decía Saladrigas de sí mismo: no tiene vocación política.

A lo mejor mi estilo periodístico es muy incisivo, pero me gusta decir las cosas por lo claro; y lo claro es que a mí me provocan muchas dudas las posiciones ambivalentes de Saladrigas. Yo lo veo decir una cosa aquí y otra allá; lo veo participar en una reunión y decir una cosa dentro y luego otra distinta a la prensa afuera; o participar en eventos donde se proyectan posiciones contra Cuba, después de haber viajado a la isla y afirmar que quiere contribuir al éxito de las reformas. Por ejemplo, en el mismo Centro Cultural Félix Varela, Saladrigas ha dado conferencias antes de esta última sobre su experiencia como empresario, porque supone que puede ser útil a personas que participan en las reformas económicas que viene implementando el gobierno cubano; pero pasan unas semanas o unos pocos meses y Saladrigas aparece en un evento de la Heritage Foundation junto a personajes como Roger Noriega, el Senador Marco Rubio, Carlos García el director de la mal llamada Radio y Televisión Martí y el cabildero anticubano Mauricio Claver Carone, para ver cómo se puede usar la Internet para provocar un descongelamiento que conduzca a un cambio de régimen en Cuba. Tengo que reconocer que Saladrigas fue el más moderado del grupo, y que incluso dijo cosas que en ese contexto tan derechista pueden ser hasta positivas, pero eso no niega la incongruencia en sus proyecciones.

Personalmente le comuniqué a Saladrigas, cuando recién llegaba de su primer viaje a Cuba, que yo había hablado con el ejecutivo del “Cuba Study Group” Tomás Bilbao, quien había participado por teleconferencia desde Washington en el desprestigiado y anticubano programa “A mano limpia” de Oscar Haza, compartiendo burlas sobre la salud del líder de la Revolución Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, cuando este convalecía de su enfermedad. Le dije a Saladrigas que terminando el citado programa yo había hablado con Bilbao para decirle que me parecía mentira que se prestara a esas ofensas, precisamente en el momento en que el “Cuba Study Group” intentaba un acercamiento a Cuba. Le añadí a Saladrigas que un comportamiento tan fuera de lugar era inexplicable, y él aseguró que investigaría lo sucedido. Pero hasta el momento no ha habido reacción: Bilbao sigue donde estaba y Saladrigas ni siquiera ha contestado al respecto.

A esta torpeza siguió otra. El propio Saladrigas compareció en el programa del flotillero Ramón Saúl Sánchez Rizo en “La Poderosa 6.70” de Miami a las 6 de la tarde; un hombre conocido por su historial de violencia anticubana, donde el empresario sugirió que una caída suave del socialismo, a través del acercamiento, ladrillo a ladrillo como en Europa del Este, podría suceder en otro lugar (¿Cuba?). Me parece más que una torpeza una estupidez política: ¿cómo puede Saladrigas, cómo puede cualquier político, comparecer en un programa de radio o televisión sugiriendo al aire que se ha propuesto cambiar al mismo gobierno a quien le ha ofrecido conversar? Quiero insistir en que desde el momento en que le hice esas observaciones desde el programa “La Tarde se Mueve”, Saladrigas no me ha respondido correos ni se ha decidido a regresar a mi estudio; al que por supuesto está invitado.

No quería concluir sin retomar una pregunta que le hice una vez a Saladrigas: “¿por qué las fuerzas políticas, que se llaman moderadas en Miami, en las cuales usted se incluye, por qué no han creado un PAC, un comité de acción que influya, que haga lobby en el Congreso, para llevar adelante las ideas políticas que ustedes respaldan? ¿Por qué la ultraderecha sí hace un trabajo de lobby tan fuerte y tan sostenido, y las llamadas fuerzas moderadas no?”. Para hacer más específico el argumento: ¿Por qué no han hecho Saladrigas y el “Cuba Study Group” una acción concreta para quitar el bloqueo y sacar a Cuba de la ofensiva lista de países que promueven el terrorismo confeccionada por el Departamento de Estado; criticada por altas personalidades civiles y militares de este país, incluyendo a generales del Pentágono? Pero todavía más: ¿por qué Saladrigas no ha hablado claro desde La Habana u otro lugar, para que saquen a Cuba de esa lista? Creo que Saladrigas debe empezar a emprender acciones sólidas; porque no es hablando en foros académicos en la Brookings Institution u otro lugar que puede ayudar a Cuba, sino poniendo los recursos para lobbies congresionales, que es la forma en que se hace política en los Estados Unidos.

Finalmente hay otro lado práctico del que parecen cojear los proyectos cubanos de Carlos Saladrigas; y este es muy importante porque también toca a su condición como empresario. Quizá se explique por su falta de conocimiento de lo que significa realmente dirigir un país; por un fallo al momento de sopesar las diferencias entre un proyecto personal y un proyecto nacional; lo cierto es que con la sabiduría de siempre, antes de toda esta polémica por las palabras en el Centro Cultural Félix Varela de La Habana, el Comandante en Jefe Fidel Castro había descrito con exacto ojo clínico la llamada contribución de Carlos Saladrigas a las reformas en Cuba. Esto fue lo que dijo Fidel en la Reflexión titulada “¿Quién quiere entrar en el basurero?” (22 de febrero de 2008):
“Carlos Saladrigas me suena en el oído como nombre y apellido que escuché muchas veces cuando, como colegial de 18 años, concluía mis estudios en el quinto y último curso de Bachillerato. Era el candidato escogido por Batista al terminar el último año de su mandato constitucional. Antes había sido su Primer Ministro. Estaba finalizando la segunda guerra mundial. ¡Qué barato nos quiere comprar el nuevo Carlos Saladrigas! Con el dinero de Miami, ‘el mayor fondo de ayuda que ninguna transición ha conocido en la historia’, algo que Estados Unidos no ha podido lograr con todo el dinero del mundo. La realidad es otra y esta no se oculta a los que observan con realismo los acontecimientos que tienen lugar en Cuba”.


*Edmundo García periodista cubano independiente residente en EE.UU., conductor del programa "La Noche se Mueve".

Fuente original: Martianos-Hermes-Cubainformación-Cubasolidaridad
Estos textos pueden ser reproducidos libremente siempre que sea con fines no comerciales y cite una de las fuentes

Imagen agregada cortesia de Noticias Marti

domingo, 1 de abril de 2012

FIDEL: El mundo maravilloso del capitalismo

Reflexiones del Compañero FIDEL: El mundo maravilloso del capitalismo

La búsqueda de la verdad política siempre será una tarea dura, aun en nuestros tiempos cuando la ciencia ha puesto en nuestras manos un gran número de conocimientos. Uno de los más importantes fue conocer y estudiar el fabuloso poder de la energía contenida en la materia.

El descubridor de esa energía y su posible empleo era un hombre pacífico y bonachón que, a pesar de su repudio a la violencia y a la guerra, solicitó su desarrollo a Estados Unidos, presidido entonces por Franklin D. Roosevelt, de conocida posición antifascista, líder de un país capitalista en profunda crisis, que había contribuido a salvar con fuertes medidas que le ganaron el odio de la extrema derecha de su propia clase. 

Hoy ese estado impone al mundo la más brutal y peligrosa tiranía que ha conocido nuestra frágil especie.

Los despachos procedentes de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN se refieren a las fechorías cometidas por ellos y sus cómplices. Las ciudades más importantes de Estados Unidos y de Europa reflejan constantes batallas campales entre los manifestantes y la policía bien entrenada y alimentada, con carros blindados y escafandras, repartiendo golpes, patadas y gases contra mujeres y hombres, torciendo manos y cuellos de jóvenes y viejos, mostrando al mundo las cobardes acciones que se cometen contra los derechos y la vida de los ciudadanos de sus propios países.

¿Hasta cuándo pueden durar semejantes barbaries?

Para no ser extenso, ya que estas tragedias se irán presentando cada vez más por la televisión y la prensa en general, y serán como el pan que cada día se niega a los que menos tienen, citaré el despacho cablegráfico, recibido hoy, de una importante agencia de noticias occidental:
“Buena parte de las costas japonesas del Pacífico podrían quedar inundadas por una ola gigantesca superior a los 34 metros (112 pies) si se produjera un sismo poderoso, según los cálculos revisados de un panel del gobierno.

“Cualquier tsunami desencadenado por un terremoto de magnitud 9 en la depresión de Nankai, que va desde la principal isla nipona de Honshu hasta la isla sureña de Kyushu, podría alcanzar los 34 metros de altura, señaló el comité.

“Un cálculo anterior en el 2003 estimaba que la altura máxima de dicha ola sería inferior a los 20 metros (66 pies)”.

“La planta de Fukushima había sido diseñada para resistir una tsunami de 6 metros (20 pies), menos de la mitad de altura de la ola que la impactó el 11 de marzo del 2011”.

Pero no hay razones para preocuparse. Otro despacho fechado hace dos días, el 30 de marzo, nos puede tranquilizar. Procede de un medio realmente bien informado. En breves palabras sintetizaré: “Si usted fuera futbolista, jeque árabe o directivo de una gran multinacional ¿Qué tipo de tecnología le haría suspirar?

“Recientemente, unos conocidos almacenes de lujo en Londres inauguraron una sección entera dedicada a amantes de la tecnología con abultadas billeteras.

“Televisores de un millón de dólares, cámaras de video Ferrari y submarinos individuales son algunos de los fetiches para hacer las delicias del millonario”.

“El televisor del millón de dólares es la joya de la corona”.

“En el caso de Apple, la empresa se compromete a entregar sus nuevos productos el mismo día de lanzamiento en el mercado”.

“Pongamos que hemos salido de nuestra mansión y ya estamos cansados de rondar por ahí con nuestro yate, limousine, helicóptero o jet. Todavía nos queda la opción de comprar un submarino individual o para dos personas”.

La oferta prosigue con celulares con carcasa de acero inoxidable, procesador de 1,2 GHz y 8 G de memoria, y tecnología NFC para realizar pagos a través del celular. Videocámara con sello Ferrari.

¡Verdad compatriotas que el capitalismo es cosa maravillosa! Quizás nosotros seamos culpables de que cada ciudadano no tenga un submarino particular en la playa.

Son ellos y no yo quien mezcló en este mismo saco a los jeques árabes y los directivos de las grandes transnacionales con los futbolistas. Al menos estos últimos entretienen a millones de personas y no son enemigos de Cuba. Debo aclararlo.







Fidel Castro Ruz
Abril 1 de 2012
8 y 35 p.m.