Por Graziella Pogolotti
Dos
veces dice patria el Himno de Bayamo. La primera, nos contempla
orgullosa. Encarna el ideal que ha tomado cuerpo en el nacimiento de la
nación. La segunda alude al combate, entendido como siembra y
resurrección, muerte y continuidad en la plenitud del ser.
En
pueblos como los nuestros, cultura y nación son procesos inseparables
de permanente construcción. Y los símbolos pertenecen al ámbito de la
cultura. Un 20 de octubre cristalizaba en el Himno de Bayamo el acto
audaz de cortar de un solo tajo el nudo gordiano que nos ataba a la
metrópoli. Junto a la libertad política, Carlos Manuel de Céspedes en
La Damajagua emancipó a sus esclavos y los convidó a participar en el
esfuerzo común por hacer una nación, solo verdadera si pertenecía a
todos, rompiendo las cadenas impuestas por España y el grillete infame
soldado por la sacarocracia criolla.
Forjado
en la pelea, firme, flexible y delicado hilo de acero, el Himno de
Bayamo nos ha acompañado en las buenas y en las malas, en la euforia del
triunfo y en el dolor de las pérdidas. Su letra y sus notas nacieron de
una memoria artística, del contacto con una realidad concreta y de los
sueños que inspiran el combatir, el hacer y el fundar, tareas
permanentes todas, porque fundamos en cada amanecer, creamos lo grande y
lo pequeño en la tarea de cada día y soñamos siempre porque ellos son
fuente inextinguible de aliento vital.
Y
no ha sido fácil. En aquel octubre cobraba forma la lucha contra el
coloniaje. Lo que estaba comenzando en el enfrentamiento con España —la
más larga entre las guerras de independencia del Continente— continuaría
en la lucha antimperialista y ha pasado ahora a la resistencia ante el
dominio planetario del capital financiero. Desde el principio tuvimos
conciencia de nuestra condición de latinoamericanos. Mediado ya el siglo
XX descubrimos nuestra pertenencia al más amplio territorio de un
llamado tercer mundo, ubicado en otras geografías e infiltrado cada vez
más en el corazón de las potencias hegemónicas.
Rubén
Martínez Villena nos había llamado a “extirpar la dura costra del
coloniaje”. Tardamos un buen tiempo en asimilar el verdadero alcance de
su mensaje. Soberanía e independencia eran inseparables de un verdadero
proyecto de emancipación humana. La guerra necesaria tiene que librarse
simultáneamente en múltiples instancias: la económica, la política, la
social y la cultural. Porque la opresión secular se instauró mediante la
violencia y la castración de las culturas originarias. Intentaron
modelar nuestras conciencias y lo siguen haciendo con el empleo de
métodos más sofisticados y seductores. Construyen ilusorias expectativas
de vida, inoculan sentimientos de inferioridad e instauran el
autoritarismo de un modelo único.
Por
razones geográficas y por el desarrollo de una economía que, desde el
siglo XIX, se orientó hacia la monoproducción y el comercio
internacional, el proceso histórico cubano nunca ha permanecido al
margen del panorama internacional. Mucho menos lo está ahora en el
contexto de la globalización neoliberal. El derrumbe del campo
socialista repercutió duramente en los niveles de vida y en el tejido
social del país, con la consiguiente repercusión en el plano de los
valores.
Hoy se acrecienta la visibilidad de las desigualdades. En tales
circunstancias, el papel de la subjetividad adquiere una importancia de
primer orden. Educación y cultura asumen un papel estratégico,
aparejada a los problemas del desarrollo económico.
El
indispensable cambio de mentalidad no puede derivarse de conceptos
economicistas y tecnocráticos. De acuerdo con nuestra tradición de
pensamiento, habrá de ser humanista, vale decir, integradora, en el polo
opuesto a la instrumentalización del ser humano propuesta por el modelo
hegemónico. Es el momento de proceder a un anclaje en lo más profundo
de la nación y reencontrarnos en el qué somos, de dónde venimos y hacia
dónde vamos, para poder responder de la manera más efectiva al desafío
de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar: “inventamos o erramos”.
Inventar
no implica improvisar. Exige estudio e investigación. Ha llegado la
hora del actuar y el pensar, de retomar en función del presente el
enorme capital intelectual acumulado por la nación cubana desde sus
orígenes, nunca para repetir fórmulas de antaño, sino para beneficiarnos
todos del espíritu que animó a los fundadores y se mantuvo vivo en
medio del desamparo de la república neocolonial. La clave estuvo siempre
en aguzar el bisturí hacia dentro conjugando la interdependencia de los
factores económicos, sociales y culturales.
Letra
y notas del Himno de Bayamo son el canto de la nación y la cultura
imbricadas. Símbolo sagrado del grito de independencia, sintetizan el
rico imaginario que nos identifica y en el que nos reconocemos. Es fruto
de la memoria acumulada por las manos bien negras que hicieron el
azúcar blanco junto a las manos blancas que hicieron el tabaco negro, al
decir de Fernando Ortiz, de los constructores que edificaron pueblos y
ciudades, de los mitos que vinieron de todas partes, de quienes nos
enseñaron a pensar, de los poetas, músicos y pintores que mostraron lo
que todavía no era visible, del campamento mambí donde todos aprendieron
a sobrevivir, del modo de celebrar y de compartir. Por esas y tantas
otras razones, el 20 de octubre se rinde homenaje a la cultura nacional.
Tomado de Periódico Granma
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domingo, 19 de octubre de 2014
sábado, 19 de octubre de 2013
Himno Nacional: más que texto y sonido
Por Luis Toledo Sande*
Si
se piensa en la historia de la humanidad, decir que una nación se formó
en guerras no aclara quizás mucho, pues tal ha sido el camino por donde
ha marchado de una manera o de otra la generalidad del mundo. Pero si
se dice que un pueblo se fraguó en luchas por su liberación, y no
arrastrado por fuerzas opresoras, la idea alcanza una precisión mucho
mayor. Ese es el caso de Cuba. De ahí el significado que para ella
tienen sus símbolos patrios, que se han fijado al calor de sus luchas
por la independencia, y en el siglo XX se afincaron en el enfrentamiento
al imperialismo, que frustró el triunfo independentista y, a los
gobiernos vernáculos que actuaron como lacayos del poder foráneo y
entronizaron la corrupción y en general las peores herencias de la
colonia, aparte de enlutar a la nación, sobre todo en el caso de la
tiranía machadista y de la batistiana.
En países regidos por intereses opresivos la población se ha visto asiduamente llevada por la realidad a ver los símbolos nacionales como propios de poderes que no la representan, cuando no de fuerzas que la avasallan y contra las cuales ella debe luchar. A Cuba -como a otros pueblos que han transitado caminos similares, aunque este artículo se centra en ella- la han movido las luchas por su emancipación y el afán de construir un modelo justiciero de sociedad. Eso explica la actitud, como de mística revolucionaria y combativa, ante el escudo, la bandera y el Himno Nacional.
“Ella es sencilla […]/ pero si siente de la patria el grito/ todo lo deja, todo lo quema,/ ese es su lema, su religión”, escribió Sindo Garay de la mujer bayamesa en la canción que le dedicó. Pudo haber hablado en general de la mujer cubana, pero la de Bayamo devino símbolo de la nación, por su papel, junto a los hombres, en la revolución independentista iniciada el 10 de octubre de 1868. Ese papel se reafirmó el 20 del mismo mes, cuando los mambises entraron victoriosamente en aquella ciudad, y el 11 de enero de 1869, cuando sus pobladores la quemaron antes que dejarla caer en poder del ejército español.
Junto con la historia de aquellos hechos, el trovador tenía de su lado el Himno Nacional, en cuyo llamado a los bayameses para que corriesen al combate, se ha sentido representado todo el pueblo de Cuba. Desde la Revolución Francesa, mientras no llegaron los estancamientos políticos e ideológicos que detuvieron o convirtieron en cosa del pasado sus ímpetus emancipadores, los revolucionarios y progresistas de toda Francia podían sentirse representados en La marsellesa, que, escrita en 1792, devino más tarde himno oficial de una nación cuyos rumbos son conocidos. Los patriotas cubanos protagonistas del estallido del 68, o vinculados con él, no fueron una excepción: en ese espíritu quisieron tener La bayamesa, como se tituló inicialmente el que se convertiría en Himno Nacional.
Cubanos y cubanas se han educado, generación tras generación, en el respeto a su Himno, a su bandera y a su escudo. El primero de ellos es el tema central del presente artículo, escrito en la proximidad del Día de la Cultura Cubana, que desde 1980 se celebra cada 20 de octubre, con lo cual se perpetúa en la memoria la fecha de 1868 en la cual se interpretó por primera vez, en el Bayamo tomado por los patriotas rebeldes, la letra de La bayamesa, cuya música se había estrenado antes, en la misma ciudad, en una festividad religiosa pública.
Aunque tenga aire de leyenda el relato según el cual lo escribió sentado en la silla de su cabalgadura de combatiente el día del estreno, el texto La bayamesa es también obra de Perucho Figueredo, como la música. Ambos integran desde aquel 20 de octubre una unidad que ha enardecido al pueblo cubano en la defensa de la libertad y la justicia, tanto en la guerra como en la paz. No han sido pocos los combatientes, hombres y mujeres, que han muerto heroicamente en esa defensa. El Himno proclama que “morir por la patria es vivir”, pero su espíritu no termina en su valor para la lucha armada: abona el valor requerido para la acción en la cotidianidad.
Por eso es legítima y necesaria la existencia de normas que regulen —al igual que en el caso de la bandera y el escudo— los modos de usar el Himno. En el centro de esas normas se halla la Ley No. 42 de 1983, De los símbolos nacionales. Pero no todo se reduce a ella, que, dirigida a fomentar el respeto en torno a dichos símbolos, tampoco tiene por qué generar parálisis en torno a ellos: la veneración deja de cumplir su cometido plenamente si no la acompaña de modo natural la relación afectiva con lo respetado. La propia Ley pudiera ser objeto de revisión o replanteo siempre que sea de veras necesario.
Vendría bien, por ejemplo, saber en qué se fundamenta la aseveración, hecha en ese documento, de que al escudo lo orlan un ramo de laurel y otro de encina. Desde la infancia nos acostumbramos a leer y oír que son respectivamente uno de laurel, símbolo de la victoria, y otro de olivo, representación de la paz. ¿Tiene la encina igual significado que el olivo? ¿Son símbolos intercambiables en la heráldica?
En el caso del Himno, ¿sería desdeñable que legalmente, y desde ese camino en el quehacer educacional y por medio de la divulgación necesaria, se fijara una letra que empiece por ser gramaticalmente correcta? Ello sería de gran valor en sí mismo, y por la importancia de que niñas y niños no encuentren en ese documento, resumen de ideales, ninguna validación de incorrecciones, por menudas que estas sean o se considere que son. No se trata de divulgar, como en un museo, la copia de un facsímil, sino de acuñar en la vida, del mejor modo posible, un texto que ha sufrido modificaciones a lo largo de su historia, empezando por la supresión de una buena parte de él, así como en la música se introdujeron modificaciones para atenuar el propósito original de rendirle homenaje a La marsellesa por la vía de la herencia sonora.
Modificaciones textuales y melódicas han dado por fruto una pieza ágil, de contundente brevedad y de musicalidad electrizante. Una letra canónica incluso por la puntuación propiciaría, para empezar, que los primeros versos dijeran: “Al combate corred, bayameses,/ que la patria os contempla orgullosa”. De ese modo el gentilicio bayameses cumpliría debidamente su papel de vocativo. Algo similar ocurriría con el último verso, en el cual lo más razonable es percibir en valientes un adjetivo en función sustantiva, como vocativo intercambiable con bayameses, de acuerdo con el contexto.
Así el verso sería: “¡A las armas, valientes, corred!”, con las comas que no tiene en las versiones conocidas. Puesto que la valentía no es virtud propia de las armas, sino de quienes las empuñan, otra opción sería atribuir a valientes función adverbial y, por tanto, no indicaría el carácter de los patriotas llamados a la lucha, sino el modo como deben correr a ella, y en ese caso se justificaría la ausencia de las comas; pero no parece lo más probable.
Ajustes gramaticales necesarios son apenas un ejemplo de la inconveniencia de generar parálisis con respecto a símbolos que deben combinar solemnidad y vida, como una obra emotiva y respetuosa que Hubert de Blanck aportó a la música cubana: Paráfrasis para piano compuesta alrededor del Himno. Sería contraproducente frenar en la ciudadanía la relación personal con el Himno y con los otros símbolos nacionales y reducirla a lo estrictamente protocolar o marcial.
En ningún caso se trata de menoscabar el sentido, místico si se quiere, que debe rodear a símbolos cuyo valor convocante, incluso para el sacrificio en el combate, debe preservarse con veneración para cuando sea necesario. Que nos entusiasme o hasta enardezca ver grandes cantidades de banderas en desfiles y otros actos patrióticos y revolucionarios, no borra luego el mal sabor que deja ver gran número de ellas revueltas con la basura. Si no hay manera de utilizar banderas que puedan ser, también en lo material, objeto del debido cuidado, y conservar la debida dignidad incluso en ese plano, ¿no sería preferible reducir la cifra empleada y priorizar la calidad?
Pero tal vez las mayores expresiones de irrespeto, o de respeto insuficiente, se observan hoy en lo tocante al Himno, cuya correcta interpretación de viva voz, no solo la profesional grabada por coros y orquestas, debería cultivarse más asiduamente. Cabría compararse ese ideal con lo que opera en las oraciones de carácter religioso cuando, en lugar de recibirse solamente por el oído, pasan por la vibración personal, por la fonación propia de cada feligrés: por su cuerpo. Cada vez es más fácil ver que en un acto —multitudinario o modesto—, a la hora del Himno hay personas que no adoptan la debida actitud de atención.
No se pretende agotar aquí esa realidad con un ejemplo aislado, como el que se pudo ver en el estadio Latinoamericano, en la ceremonia que daría comienzo a una serie de juegos entre un equipo visitante —de una nación no precisamente célebre por fomentar entre sus ciudadanos un verdadero patriotismo— y uno cubano. Sin hablar de lo que pudo apreciarse en el público, los peloteros foráneos mantuvieron una postura adecuada ante el Himno Nacional de su país y ante el de Cuba; pero entre los integrantes del equipo anfitrión no fue unánime esa conducta ante ninguno de los dos.
El comportamiento necesario en este asunto no es cosa que pueda hacerse depender de imposiciones solamente, ni en lo fundamental. Un papel primordial corresponde a la educación, no solo a la que se debe cultivar en la escuela, sino a esa otra, vital, decisiva, que se debe desarrollar desde la cuna por todos los medios posibles, con todos los recursos de la sociedad, incluida en ella, como célula básica, la familia. En el fondo es también una cuestión profundamente cultural, que no debe confundirse con la mera instrucción, aunque esta desempeña un papel nutricio decisivo para la cultura a nivel de la sociedad y en el plano personal de cada quien.
La indispensable labor educativa y cultural ha de formar ciudadanos que se desempeñen correctamente en la sociedad, con una conducta que de modo integral encarne valores, principios, normas e ideales de utilidad y perfeccionamiento humanos. En una colectividad en que se quebrante la disciplina y prosperen la grosería y actitudes chabacanas en general, ni los símbolos más sagrados escapan a los efectos indeseables de esa realidad.
Una adecuada formación cultural podría contribuir a que no se convirtiera en artículo de moda una bandera determinada, sea la británica o la de cualquier otra nación. No solo se debe respetar la bandera propia, sino también las ajenas, que no tienen por qué parar en adorno de prendas de calzar o vestir. Pero la invasión de banderas de otros países ¿a qué conduce, qué favorece? Mención aparte merece la de los Estados Unidos, ante la cual no cabe ingenuidad posible: debe respetarse como representación de ciudadanos honrados de ese país, pero es también el símbolo de una nación imperial cuyo gobierno ha sido y es violentamente hostil contra Cuba. No aboguemos por prohibiciones, sino, en primer lugar, por el valor de las convicciones propias, y por la utilidad de la persuasión.
La historia de Cuba, vista no solamente como cosa del pasado, sino en las implicaciones que tiene en la vida de su población hoy, debería ser suficiente para estar advertidos sobre hechos y perspectivas raigales. Unos y otras tienen su fuente mayor en la vida, y a ella sirven. Son necesarios para una buena orientación en ella. Se asumen de manera recta y fértil cuando se entienden y se abrazan como algo decisivamente cultural.
Como este artículo saluda el Día de la Cultura Cubana, no será ocioso recordar que, lejos de agotarse en lo estrechamente gremial, la cultura, tanto a nivel planetario como en una comunidad determinada —un país, por ejemplo—, es la obra de los seres humanos. Junto con elementos materiales e informativos la integran también, señaladamente, las normas de conducta, el modo de relacionarse las personas entre sí y fomentar valores y normas insoslayables para el buen funcionamiento colectivo.
Reitérese que en Cuba la formación de la nacionalidad pasó por la lucha armada necesaria en busca de la emancipación y la justicia, y esa historia tiene un día bautismal: el 10 de octubre de 1868. Ese hito —que no es ni debe ser de mero asueto— está marcado por el alzamiento fundador que tuvo lugar en 1868, y tuvo continuidad de profunda significación cultural el 20 de ese mes con el conocimiento público de la letra del Himno.
Es justo celebrar en honor de esa efeméride el Día de la Cultura Cubana, pero es necesario impedir que el 10 acabe reducido a un día de asueto. En esa historia, si la bandera es mucho más que tela, formas y colores, el escudo no es el simple remedo emblemático de un arma antigua y el Himno Nacional es mucho más que palabras y música. Debemos cuidarlos.
En países regidos por intereses opresivos la población se ha visto asiduamente llevada por la realidad a ver los símbolos nacionales como propios de poderes que no la representan, cuando no de fuerzas que la avasallan y contra las cuales ella debe luchar. A Cuba -como a otros pueblos que han transitado caminos similares, aunque este artículo se centra en ella- la han movido las luchas por su emancipación y el afán de construir un modelo justiciero de sociedad. Eso explica la actitud, como de mística revolucionaria y combativa, ante el escudo, la bandera y el Himno Nacional.
“Ella es sencilla […]/ pero si siente de la patria el grito/ todo lo deja, todo lo quema,/ ese es su lema, su religión”, escribió Sindo Garay de la mujer bayamesa en la canción que le dedicó. Pudo haber hablado en general de la mujer cubana, pero la de Bayamo devino símbolo de la nación, por su papel, junto a los hombres, en la revolución independentista iniciada el 10 de octubre de 1868. Ese papel se reafirmó el 20 del mismo mes, cuando los mambises entraron victoriosamente en aquella ciudad, y el 11 de enero de 1869, cuando sus pobladores la quemaron antes que dejarla caer en poder del ejército español.
Junto con la historia de aquellos hechos, el trovador tenía de su lado el Himno Nacional, en cuyo llamado a los bayameses para que corriesen al combate, se ha sentido representado todo el pueblo de Cuba. Desde la Revolución Francesa, mientras no llegaron los estancamientos políticos e ideológicos que detuvieron o convirtieron en cosa del pasado sus ímpetus emancipadores, los revolucionarios y progresistas de toda Francia podían sentirse representados en La marsellesa, que, escrita en 1792, devino más tarde himno oficial de una nación cuyos rumbos son conocidos. Los patriotas cubanos protagonistas del estallido del 68, o vinculados con él, no fueron una excepción: en ese espíritu quisieron tener La bayamesa, como se tituló inicialmente el que se convertiría en Himno Nacional.
Cubanos y cubanas se han educado, generación tras generación, en el respeto a su Himno, a su bandera y a su escudo. El primero de ellos es el tema central del presente artículo, escrito en la proximidad del Día de la Cultura Cubana, que desde 1980 se celebra cada 20 de octubre, con lo cual se perpetúa en la memoria la fecha de 1868 en la cual se interpretó por primera vez, en el Bayamo tomado por los patriotas rebeldes, la letra de La bayamesa, cuya música se había estrenado antes, en la misma ciudad, en una festividad religiosa pública.
Aunque tenga aire de leyenda el relato según el cual lo escribió sentado en la silla de su cabalgadura de combatiente el día del estreno, el texto La bayamesa es también obra de Perucho Figueredo, como la música. Ambos integran desde aquel 20 de octubre una unidad que ha enardecido al pueblo cubano en la defensa de la libertad y la justicia, tanto en la guerra como en la paz. No han sido pocos los combatientes, hombres y mujeres, que han muerto heroicamente en esa defensa. El Himno proclama que “morir por la patria es vivir”, pero su espíritu no termina en su valor para la lucha armada: abona el valor requerido para la acción en la cotidianidad.
Por eso es legítima y necesaria la existencia de normas que regulen —al igual que en el caso de la bandera y el escudo— los modos de usar el Himno. En el centro de esas normas se halla la Ley No. 42 de 1983, De los símbolos nacionales. Pero no todo se reduce a ella, que, dirigida a fomentar el respeto en torno a dichos símbolos, tampoco tiene por qué generar parálisis en torno a ellos: la veneración deja de cumplir su cometido plenamente si no la acompaña de modo natural la relación afectiva con lo respetado. La propia Ley pudiera ser objeto de revisión o replanteo siempre que sea de veras necesario.
Vendría bien, por ejemplo, saber en qué se fundamenta la aseveración, hecha en ese documento, de que al escudo lo orlan un ramo de laurel y otro de encina. Desde la infancia nos acostumbramos a leer y oír que son respectivamente uno de laurel, símbolo de la victoria, y otro de olivo, representación de la paz. ¿Tiene la encina igual significado que el olivo? ¿Son símbolos intercambiables en la heráldica?
En el caso del Himno, ¿sería desdeñable que legalmente, y desde ese camino en el quehacer educacional y por medio de la divulgación necesaria, se fijara una letra que empiece por ser gramaticalmente correcta? Ello sería de gran valor en sí mismo, y por la importancia de que niñas y niños no encuentren en ese documento, resumen de ideales, ninguna validación de incorrecciones, por menudas que estas sean o se considere que son. No se trata de divulgar, como en un museo, la copia de un facsímil, sino de acuñar en la vida, del mejor modo posible, un texto que ha sufrido modificaciones a lo largo de su historia, empezando por la supresión de una buena parte de él, así como en la música se introdujeron modificaciones para atenuar el propósito original de rendirle homenaje a La marsellesa por la vía de la herencia sonora.
Modificaciones textuales y melódicas han dado por fruto una pieza ágil, de contundente brevedad y de musicalidad electrizante. Una letra canónica incluso por la puntuación propiciaría, para empezar, que los primeros versos dijeran: “Al combate corred, bayameses,/ que la patria os contempla orgullosa”. De ese modo el gentilicio bayameses cumpliría debidamente su papel de vocativo. Algo similar ocurriría con el último verso, en el cual lo más razonable es percibir en valientes un adjetivo en función sustantiva, como vocativo intercambiable con bayameses, de acuerdo con el contexto.
Así el verso sería: “¡A las armas, valientes, corred!”, con las comas que no tiene en las versiones conocidas. Puesto que la valentía no es virtud propia de las armas, sino de quienes las empuñan, otra opción sería atribuir a valientes función adverbial y, por tanto, no indicaría el carácter de los patriotas llamados a la lucha, sino el modo como deben correr a ella, y en ese caso se justificaría la ausencia de las comas; pero no parece lo más probable.
Ajustes gramaticales necesarios son apenas un ejemplo de la inconveniencia de generar parálisis con respecto a símbolos que deben combinar solemnidad y vida, como una obra emotiva y respetuosa que Hubert de Blanck aportó a la música cubana: Paráfrasis para piano compuesta alrededor del Himno. Sería contraproducente frenar en la ciudadanía la relación personal con el Himno y con los otros símbolos nacionales y reducirla a lo estrictamente protocolar o marcial.
En ningún caso se trata de menoscabar el sentido, místico si se quiere, que debe rodear a símbolos cuyo valor convocante, incluso para el sacrificio en el combate, debe preservarse con veneración para cuando sea necesario. Que nos entusiasme o hasta enardezca ver grandes cantidades de banderas en desfiles y otros actos patrióticos y revolucionarios, no borra luego el mal sabor que deja ver gran número de ellas revueltas con la basura. Si no hay manera de utilizar banderas que puedan ser, también en lo material, objeto del debido cuidado, y conservar la debida dignidad incluso en ese plano, ¿no sería preferible reducir la cifra empleada y priorizar la calidad?
Pero tal vez las mayores expresiones de irrespeto, o de respeto insuficiente, se observan hoy en lo tocante al Himno, cuya correcta interpretación de viva voz, no solo la profesional grabada por coros y orquestas, debería cultivarse más asiduamente. Cabría compararse ese ideal con lo que opera en las oraciones de carácter religioso cuando, en lugar de recibirse solamente por el oído, pasan por la vibración personal, por la fonación propia de cada feligrés: por su cuerpo. Cada vez es más fácil ver que en un acto —multitudinario o modesto—, a la hora del Himno hay personas que no adoptan la debida actitud de atención.
No se pretende agotar aquí esa realidad con un ejemplo aislado, como el que se pudo ver en el estadio Latinoamericano, en la ceremonia que daría comienzo a una serie de juegos entre un equipo visitante —de una nación no precisamente célebre por fomentar entre sus ciudadanos un verdadero patriotismo— y uno cubano. Sin hablar de lo que pudo apreciarse en el público, los peloteros foráneos mantuvieron una postura adecuada ante el Himno Nacional de su país y ante el de Cuba; pero entre los integrantes del equipo anfitrión no fue unánime esa conducta ante ninguno de los dos.
El comportamiento necesario en este asunto no es cosa que pueda hacerse depender de imposiciones solamente, ni en lo fundamental. Un papel primordial corresponde a la educación, no solo a la que se debe cultivar en la escuela, sino a esa otra, vital, decisiva, que se debe desarrollar desde la cuna por todos los medios posibles, con todos los recursos de la sociedad, incluida en ella, como célula básica, la familia. En el fondo es también una cuestión profundamente cultural, que no debe confundirse con la mera instrucción, aunque esta desempeña un papel nutricio decisivo para la cultura a nivel de la sociedad y en el plano personal de cada quien.
La indispensable labor educativa y cultural ha de formar ciudadanos que se desempeñen correctamente en la sociedad, con una conducta que de modo integral encarne valores, principios, normas e ideales de utilidad y perfeccionamiento humanos. En una colectividad en que se quebrante la disciplina y prosperen la grosería y actitudes chabacanas en general, ni los símbolos más sagrados escapan a los efectos indeseables de esa realidad.
Una adecuada formación cultural podría contribuir a que no se convirtiera en artículo de moda una bandera determinada, sea la británica o la de cualquier otra nación. No solo se debe respetar la bandera propia, sino también las ajenas, que no tienen por qué parar en adorno de prendas de calzar o vestir. Pero la invasión de banderas de otros países ¿a qué conduce, qué favorece? Mención aparte merece la de los Estados Unidos, ante la cual no cabe ingenuidad posible: debe respetarse como representación de ciudadanos honrados de ese país, pero es también el símbolo de una nación imperial cuyo gobierno ha sido y es violentamente hostil contra Cuba. No aboguemos por prohibiciones, sino, en primer lugar, por el valor de las convicciones propias, y por la utilidad de la persuasión.
La historia de Cuba, vista no solamente como cosa del pasado, sino en las implicaciones que tiene en la vida de su población hoy, debería ser suficiente para estar advertidos sobre hechos y perspectivas raigales. Unos y otras tienen su fuente mayor en la vida, y a ella sirven. Son necesarios para una buena orientación en ella. Se asumen de manera recta y fértil cuando se entienden y se abrazan como algo decisivamente cultural.
Como este artículo saluda el Día de la Cultura Cubana, no será ocioso recordar que, lejos de agotarse en lo estrechamente gremial, la cultura, tanto a nivel planetario como en una comunidad determinada —un país, por ejemplo—, es la obra de los seres humanos. Junto con elementos materiales e informativos la integran también, señaladamente, las normas de conducta, el modo de relacionarse las personas entre sí y fomentar valores y normas insoslayables para el buen funcionamiento colectivo.
Reitérese que en Cuba la formación de la nacionalidad pasó por la lucha armada necesaria en busca de la emancipación y la justicia, y esa historia tiene un día bautismal: el 10 de octubre de 1868. Ese hito —que no es ni debe ser de mero asueto— está marcado por el alzamiento fundador que tuvo lugar en 1868, y tuvo continuidad de profunda significación cultural el 20 de ese mes con el conocimiento público de la letra del Himno.
Es justo celebrar en honor de esa efeméride el Día de la Cultura Cubana, pero es necesario impedir que el 10 acabe reducido a un día de asueto. En esa historia, si la bandera es mucho más que tela, formas y colores, el escudo no es el simple remedo emblemático de un arma antigua y el Himno Nacional es mucho más que palabras y música. Debemos cuidarlos.
*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país. Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.Atiende el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
martes, 14 de agosto de 2012
El Himno Nacional cumple 145 años
Escúchalo aquí:
El 14 de agosto de 1867 es la fecha en la cual comenzó la bella y heroica historia de la marcha guerrera La Bayamesa, compuesta por el líder independentista Perucho Figueredo (1819-1870), devenida Himno Nacional de Cuba.
Según diversas fuentes, incluida la tradición oral, la noche del 13 de agosto de 1867, se reunieron tres de los principales conspiradores de la ciudad de Bayamo: Francisco Vicente Aguilera Tamayo, Francisco Maceo Osorio y Pedro (Perucho) Figueredo Cisneros, en la casa de este último.
Uno de los acuerdos del encuentro fue constituir, la noche siguiente y en el propio lugar, el Comité Revolucionario de Bayamo para organizar el ansiado levantamiento armado contra el dominio español en la mayor de las Antillas.
En el intercambio, además, Figueredo, quien era músico, quedó encargado de componer el himno de los patriotas, "nuestra Marsellesa", diría Maceo Osorio.
Perucho cumplió la encomienda en la madrugada del día 14, y por la noche, tras la presentación del Comité, realizó al piano la primera interpretación de aquella música sublime.
Casi doce meses después, el músico Manuel Muñoz Cedeño hizo la instrumentación de la obra y, en atrevida acción conspirativa, la ofreció al público como parte de una ceremonia religiosa el 11 de junio de 1868 dentro de la Iglesia Parroquial Mayor y delante de las autoridades peninsulares de la comarca.
Cuentan las fuentes que el gobernador militar de Bayamo, coronel Julián Udaeta, sospechó que se trataba de una marcha guerrera, pero la ignorancia le impidió confirmarlo. Ese detalle fue aprovechado por los patriotas para interpretar la pieza varias veces más en las narices del peninsular.
En medio de la volátil situación política del archipiélago, sobre todo en la zona oriental, la gestión del Comité Revolucionario de Bayamo y de la Junta Revolucionaria de Oriente posibilitó el inicio de la primera guerra cubana contra el dominio colonial de España el 10 de octubre de 1868.
Días más tarde, el 20 de octubre, cuando las tropas insurrectas acababan de concretar su primera gran victoria, la toma de Bayamo, el pueblo y su naciente ejército libertador estrenarían la letra de la vibrante marcha. Participaron negros y blancos, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, cubanos y extranjeros, trabajadores manuales e intelectuales.
El estreno oficial de la marcha, no obstante, ocurrió el 8 de noviembre de 1868, cuando la interpretó en el atrio de la Parroquial Mayor la banda de Manuel Muñoz y el coro integrado por seis muchachas negras e igual cantidad de blancas. Así nació el Himno Nacional de Cuba, ese que ha sembrado en nuestros corazones la convicción de que "morir por la patria es vivir". (Martín Corona Jerez, AIN)
Tomado de Granma
El 14 de agosto de 1867 es la fecha en la cual comenzó la bella y heroica historia de la marcha guerrera La Bayamesa, compuesta por el líder independentista Perucho Figueredo (1819-1870), devenida Himno Nacional de Cuba.Según diversas fuentes, incluida la tradición oral, la noche del 13 de agosto de 1867, se reunieron tres de los principales conspiradores de la ciudad de Bayamo: Francisco Vicente Aguilera Tamayo, Francisco Maceo Osorio y Pedro (Perucho) Figueredo Cisneros, en la casa de este último.
Uno de los acuerdos del encuentro fue constituir, la noche siguiente y en el propio lugar, el Comité Revolucionario de Bayamo para organizar el ansiado levantamiento armado contra el dominio español en la mayor de las Antillas.
En el intercambio, además, Figueredo, quien era músico, quedó encargado de componer el himno de los patriotas, "nuestra Marsellesa", diría Maceo Osorio.
Perucho cumplió la encomienda en la madrugada del día 14, y por la noche, tras la presentación del Comité, realizó al piano la primera interpretación de aquella música sublime.
Casi doce meses después, el músico Manuel Muñoz Cedeño hizo la instrumentación de la obra y, en atrevida acción conspirativa, la ofreció al público como parte de una ceremonia religiosa el 11 de junio de 1868 dentro de la Iglesia Parroquial Mayor y delante de las autoridades peninsulares de la comarca.
Cuentan las fuentes que el gobernador militar de Bayamo, coronel Julián Udaeta, sospechó que se trataba de una marcha guerrera, pero la ignorancia le impidió confirmarlo. Ese detalle fue aprovechado por los patriotas para interpretar la pieza varias veces más en las narices del peninsular.
En medio de la volátil situación política del archipiélago, sobre todo en la zona oriental, la gestión del Comité Revolucionario de Bayamo y de la Junta Revolucionaria de Oriente posibilitó el inicio de la primera guerra cubana contra el dominio colonial de España el 10 de octubre de 1868.
Días más tarde, el 20 de octubre, cuando las tropas insurrectas acababan de concretar su primera gran victoria, la toma de Bayamo, el pueblo y su naciente ejército libertador estrenarían la letra de la vibrante marcha. Participaron negros y blancos, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, cubanos y extranjeros, trabajadores manuales e intelectuales.
El estreno oficial de la marcha, no obstante, ocurrió el 8 de noviembre de 1868, cuando la interpretó en el atrio de la Parroquial Mayor la banda de Manuel Muñoz y el coro integrado por seis muchachas negras e igual cantidad de blancas. Así nació el Himno Nacional de Cuba, ese que ha sembrado en nuestros corazones la convicción de que "morir por la patria es vivir". (Martín Corona Jerez, AIN)
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