Mostrando entradas con la etiqueta símbolos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta símbolos. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de septiembre de 2015

¿Los batistianos llegaron ya?

Iroel Sánchez y Luis Toledo Sande
Parte de la "obra" de Fulgencio Batista
Parte de la "obra" de Fulgencio Batista
Reproduzco un texto del escritor Luis Toledo Sande, publicado originalmente en la revista Bohemia, y añado al final varias preguntas y una reflexión.
Que no nos priven las palabras o Fulgencio Batista, ¿un santo constructor?
Cuando en vísperas del pasado 26 de Julio me dirigía al Centro de Estudios Martianos –situado en una de las esquinas de Calzada y 4, en El Vedado habanero– para hacer un trámite profesional, no imaginaba nada parecido a la sorpresa que me esperaba a pocos metros de esa institución. Extenuado por el viaje en una mañana de fuerte calor, sentí la necesidad de sumar algo al desayuno que había ingerido presurosamente, y recordé el timbiriche particular instalado a pocos metros de allí cuando el llamado cuentapropismo no vivía el apogeo que tendría años más tarde. Al acercarme, noté que le había surgido un rival colindante mucho mejor plantado, con entradas por la calle 4 y por Línea.

Cafetería-4
“Plan de obras del presidente Batista. Ministerio de Obras Públicas”. El mensaje lo enfatiza, al pie de la foto, una mesita adosada a la pared y en la cual se reproduce la franja donde aparece el cartel. Foto: Luis Toledo Sande/ Bohemia

La mitad superior muestra, en construcción, el trecho de la calle Línea desde cerca de la nueva cafetería hasta el túnel por donde se rebasa en automóvil la ría del Almendares. Foto: Luis Toledo Sande/ Bohemia
La mitad superior muestra, en construcción, el trecho de la calle Línea desde cerca de la nueva cafetería hasta el túnel por donde se rebasa en automóvil la ría del Almendares. Foto: Luis Toledo Sande/ Bohemia
Poco tiene que ver con los empeños iniciales para revitalizar, por vía privada, la gastronomía nacional. Es otra cosa. Higiene y recursos se unen a una oferta variada, bien servida y no mal cobrada. “Desconocía este sitio”, le dije a uno de los empleados, y me respondió con corrección: “Abrimos hace dos meses”.
No hay duda: aquello se hizo con dinero. ¿Acumulado de qué modo? ¿Dentro del país? Aunque el local es pequeño, con espacio para pocas mesas, se ve bien, confortable. Es un servicio tipo “paraditos”, pero acogedor. Pronto me percaté de la foto de apreciable tamaño con que el propietario, o los propietarios, decidieron personalizar –palabra de moda– su negocio. Bien tomada, bien impresa, bien montada en una estructura vítrea. Allí hay solvencia.
La mitad superior muestra, en construcción, el trecho de la calle Línea desde cerca de la nueva cafetería hasta el túnel por donde se rebasa en automóvil la ría del Almendares. La mitad inferior corresponde a la imagen del mismo tramo, pero con el empaque actual de la célebre arteria urbana. Su nombre –informa la enciclopedia EcuRed– rinde tributo a la vía por donde transitaron los trenes precursores del tranvía que existió hasta mediados del siglo XX, y que aún muchos añoran.
También rinde tributo, sobre todo, a la justa voluntad popular de borrar otros nombres con que los gobiernos de turno la bautizaron: primero, en 1918, Avenida del Presidente [Thomas Woodrow] Wilson, expresión del intervencionismo de los Estados Unidos; luego, en los años 50, Doble Vía General Batista, marrullería del criminal golpista a quien todavía algunos procuran enaltecer.
Me acerqué para ver, en el borde inferior, lo que supuse un recuadro añadido para indicar créditos: fuente documental, fotógrafo, diseñador del montaje… Pero forma parte de la imagen original, y es un cartel con texto en caracteres de apreciable puntaje: “Plan de obras del presidente Batista. Ministerio de Obras Públicas”. El mensaje lo enfatiza, al pie de la foto, una mesita adosada a la pared y en la cual se reproduce la franja donde aparece el cartel.
El texto, parco, parecería querer borrar años de historia. De hecho, voluntades aparte, se inscribe en maniobras dirigidas a idealizar a un tirano cuya ejecutoria abarca incontables y brutales asesinatos y torturas, y gran saqueo de las arcas de la nación. A ese tirano se alude, sin más, como si hubiera sido un gobernante a quien sería justo agradecer un plan de obras públicas, y cuyo Ministerio del ramo se ve exculpado de la gran corrupción que practicó.
En la Cuba actual se ha querido que no nos parezcamos a contextos donde el concepto de reformas y la introducción o crecimiento de modos de propiedad privada –que en determinadas circunstancias y para fines concretos puede ser necesaria, pero caracteriza al capitalismo, que la refuerza como dogma en su etapa neoliberal–, llevaron al desmontaje, programado, de todo afán de construir el socialismo. A este lo definen, entre otras cosas, el peso de la propiedad social en los medios fundamentales de producción y de servicios.
Los términos cuentapropismo y cuentrapropista, y sus derivados, que se han puesto en boga, designan formas de gestión administrativa y de propiedad correspondientes a lo privado y a la privatización. Si lo olvidáramos, acabaríamos con los sentidos privados por la “magia” de las palabras, y la desmemoria podría empujarnos a comportamientos, ideas y decisiones torpes, como pasar por alto quién fue Batista, y qué hizo.
Mucho habrá que seguir esclareciendo, y regulando, para el correcto funcionamiento de la propiedad privada que crece entre nosotros. Una vertiente concierne al movimiento sindical, que debe asegurar la protección a trabajadores y trabajadoras del sector privado, o de gestión no estatal, para quienes ya no será necesario vérselas precisamente con posibles errores, insuficiencias o deformaciones en un Estado erigido con la voluntad de velar por los intereses colectivos, del pueblo. Ahora necesitarán, cada vez más, protección frente a dueños que se enriquecen con la plusvalía extraída de la fuerza de trabajo que explotan, cualesquiera que sean los salarios que paguen, y a quienes voceros del imperio han declarado que ven como germen de una clase social en que tendrían aliados.
Por mucho que ganen quienes trabajan en ese sector, hay una realidad que deben conocer: sus empleadores –ojalá todos paguen escrupulosamente los debidos impuestos–, no tienen que construir ni mantener escuelas, centros de salud ni otros modos de servicios fundamentales para la población. Esto va dicho sin desconocer que quienes siguen trabajando en el ámbito de la propiedad social, administrada por el Estado, y básica para el socialismo, también necesitan que sus salarios crezcan en términos absolutos y en relación con el costo de la vida.
Ese tema requiere estudiarse a fondo, y los presentes apuntes se centran someramente en la foto ya comentada, y en sus alcances. No es una política de prohibiciones lo que urge tener: ellas pueden acabar siendo contraproducentes, si no lo son o lo han sido ya. Pero prohibiciones necesarias hay y habrá, y deben cumplirse al servicio de una adecuada cultura de civilidad y orden. (Tomado de Bohemia)
Mis preguntas:
¿Cuál es la postura ante lo que relata Toledo Sande de aquellas organizaciones donde militan víctimas de la dictadura de Fulgencio Batista? No estoy llamando a ninguna acción extrema ni a prohibiciones absurdas pero el silencio y la renuncia al debate son los mejores aliados de la desmovilización y la derrota, ¿no debería la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana del área donde está enclavada esta cafetería hacer llegar su parecer, en boca de algún combatiente de la clandestinidad o el hijo de algún mártir de la tiranía que se cuentan por miles en toda Cuba, a los dueños de este lugar donde se homenajea el "Plan de obras del Presidente Batista"?
¿Los revolucionarios cubanos vamos a continuar en silencio ante la reescritura de nuestra historia, la degradación de nuestros símbolos o su hibridación y sustitución nada ingenua por otros, como ya ha ocurrido recientemente más de una vez en nuestros medios de comunicación?¿Qué sucederá cuando no viva la generación que enfrentó a la dictadura batistiana?
¿Para defender la memoria de la Revolución hay que pedir permiso al organismo superior?¿Como los militantes del Partido Comunista de la Unión Soviética contemplaremos disciplinadamente las tareas de desmontaje del socialismo que ya empiezan a ejecutarse por sus referentes simbólicos?
¿Es casual que sitios como el Parque Lenin o el Coppelia, símbolos de la democratización de la recreación y el acceso de las mayorías al refinamiento, abierto por el proyecto colectivo de la Revolución, languidezcan entre el mal servicio y el deterioro estructural, mientras se asienta la idea de que lo bueno y lo bello son patrimonio exclusivo del pasado prerrevolucionario?¿Por qué cada vez más al Estadio Latinoamericano se le llama en nuestros medios el "Estadium del Cerro"?
¿Es una Habana para turistas la que va a esperar sus 500 años, reproduciendo las celebraciones con tufo colonial que a diferencia de lo sucedido con el medio milenio de Santiago de Cuba tuvieron lugar en buena parte de las villas fundadas por los españoles?¿O como en Santiago, los barrios hechos por la Revolución y hoy más o menos barbarizados (Camilo Cienfuegos, San Agustín, Alamar, Mulgoba, Reparto Eléctrico..) podrán renovar su (falta de) urbanismo y elevar la calidad de vida de cientos de miles de trabajadores habaneros que nunca han podido sentarse en una paladar?
¿Será el remozado Capitolio de La Habana vieja forma para una democracia nueva o un casacarón que entre mármoles y bronces, tan caros a las dictaduras y las plutocracias, olvide consagrar el nombre de Jesús Menéndez, el parlamentario negro y obrero que impuso a los yanquis y la burguesía cubana un trato justo para los trabajadores azucareros y por eso lo asesinaron sin que valiera su inmunidad parlamentaria en "el periodo más democrático de la historia contemporánea de Cuba", según dice el diario español El País bajo la firma de un "historiador" cubano?
Son algunas preguntas que me destraba este artículo de Luis Toledo Sande porque nuestro problema no es cómo decide ambientar el dueño de una cafetería su negocio sino por qué éste cree legítimo hacerlo con un tributo al que -enseñan nuestras escuelas y repite nuestra televisión- es el asesino de miles de cubanos,  y cómo funciona el resto de la sociedad en relación con ello.

miércoles, 15 de julio de 2015

El alto precio del símbolo

¿Dónde podemos encontrar, a precios razonables, una bandera cubana para colgar en nuestro cuarto o que suba con nosotros el Pico Real del Turquino? ¿Por qué se venden en divisas, y tan caros, los pulóveres del Che que muchos jóvenes quisieran tener?

 
Foto: Kaloian/Archivo JR
 
Una demanda recurrente emanada de los debates previos al X Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) es el acceso a artículos que promuevan, en diferentes soportes, la identidad nacional y la cubanía.

El tema ha sido durante años un reclamo de las nuevas generaciones y ha alcanzado los medios de comunicación (periódicos, revistas, emisoras, blogs…), lo cual evidencia el interés de quienes denuncian que esto ha traído como una de sus consecuencia más notables el empleo cada vez mayor de simbologías extranjeras.

En el texto Plantando bandera, publicado por Soy Cuba,  la periodista Yurislenia Pardo señalaba que «Los espacios que no se llenan con lo autóctono, con lo tradicional, con lo nuestro, entonces nos los ocupan con lo foráneo. Muestra de esto es la oleada de prendas de vestir y otros accesorios que revelan la bandera británica, la brasileña, la norteamericana, entre otras que andan y desandan este suelo  a diario».

En ese sentido, en la web Cubahora, con su reportaje de análisis Entre azules y rojos, y no precisamente cubanos el periodista Alejandro Ulloa García cuestionaba: «¿Cómo ha sido tan fácil introducir y comercializar entre cubanos un símbolo foráneo, en detrimento de los nacionales?». Y esa cuestión lleva a una interrogante más preocupante: ¿Será todo eso muestra de que cada vez nos interesamos menos por lo nuestro?

No debe ser así cuando son tantos los que ansían tener prendas que los identifiquen como cubanos, pero nunca han podido acceder a ellas. Es posible, para un estudiante o un trabajador con el salario promedio del país, pagar lo que cuestan sin afectar notablemente los ingresos en su hogar.

En el blog La Joven Cuba, Osmany Sánchez se preguntaba «¿Dónde podemos encontrar una bandera cubana para ponerla en la oficina o en nuestro cuarto? ¿Dónde encontrar un busto de Martí, Mella, Guiteras, José Antonio, Che o cualquier otro patriota nuestro? ¿Por qué se venden sólo en divisas (y bien caros por cierto) los pulóver con la imagen del Che?»
En las tiendas recaudadoras de divisas de ARTEX pueden encontrarse algunas prendas con logos e imágenes identitarias de nuestro país. Foto: Rouslyn Navia/ Soy Cuba

HABLEMOS DE PRECIOS

En la Tienda de ARTEX La Internacional, situada en Obispo, en La Habana, los pulóveres con imágenes del Che, la bandera cubana o un sencillo texto con la palabra CUBA tenían precios que oscilaban entre los 12.95 y los 14.55 CUC.
A media cuadra de distancia, tres locales contiguos dan cabida a vendedores por cuenta propia que ofertan un mayor surtido de artículos. Allí, los pulóveres cuestan de 10 a 18 CUC «de acuerdo a la calidad del tejido y los materiales de su confección», según explicó una de las vendedoras.

Gorras, boinas, bolsas, todas con imágenes atractivas para que los visitantes foráneos se lleven un souvenir que les recuerde la Isla. Y, para los más enamorados de esta tierra, entre las propuestas se incluyen también banderas cubanas con precios que comienzan en los 10 CUC y pueden llegar a los 30, teniendo en cuenta las dimensiones de la pieza. 

Una mayor variedad de artículos pueden encontrarse entre las ofertas de los trabajadores por cuenta propia. Foto: Rouslyn Navia/ Soy Cuba

Los cuentapropistas han segmentado con inteligencia sus mercados: venden ropa y accesorios de estilo importado (aunque se trate de confección local) a los cubanos,  mientras que buena parte de la producción nacional artesanal tiene como destinatario primordial a los extranjeros. De este modo, ponen al alcance del bolsillo de los primeros los productos con símbolos foráneos, mientras que para los segundos (y a precios superiores) colocan artículos con la bandera cubana, imágenes del Che, etc.

Esa situación niega la posibilidad de portar la simbología nacional a los más identificados con ella: los propios cubanos.

¿Economía vs identidad?

Pero ¿cómo se convirtió en lujo de pocos el uso de prendas que resaltan la cubanía? ¿Cómo vino a ser más barato desfilar el Primero de Mayo con un pulóver made in China que con la imagen del Che en el pecho y la bandera de la estrella solitaria en las manos? ¿Por qué casi no se encuentran nuestras insignias colgando en los balcones del barrio los Primero de Enero, 26 de Julio o 27 de Septiembre?

«Cierto que hay consideraciones de tipo económico, pero la producción simbólica es vital en la lucha ideológica contemporánea y no siempre lo económico es lo decisivo. (…) desde una pequeña bandera, hasta pegatinas de entidades que prestan servicio público, o con motivos literarios, son imposibles de conseguir en Cuba.

«¿No los prefieren nuestros jóvenes? Hace pocos años, la acogida de pulóveres y abanicos con versos y pinturas cubanas en un Festival del Libro demostró que sí. ¿O es la ausencia de una estrategia que estimule la presencia de nuestra identidad en esos productos, regule sus precios y lidere su uso inteligente, lo que nos falta?», expresaba al respecto Iroel Sánchez en Sin símbolos pero sin amos.

Foto: Rouslyn Navia/ Soy Cuba

En tanto Ulloa, en su texto, argumentaba: «En Cuba existe una extrema carencia de producciones nacionales enfocadas en la identidad cubana. La falta de una simbología comerciable —o al menos asequible al bolsillo de todos los cubanos —, o de estrategias de marketing con base en la nacionalidad y la identidad cubanas que potencien un mercado para estos productos nacionales, hacen que una vulnerable juventud asuma cualquier tipo de “moda”, sea cual sea, sin la guía estética o la intencional influencia del mercado simbólico o estético nacional».

El joven Harold Cárdenas Lema, en un escrito titulado El símbolo perdido, publicado en el blog La Chiringa de Cuba, destacó a su vez: «Cuba necesita una dosis muy grande de patriotismo, nacionalismo e identificación con su cultura e historia. En la solución a estos problemas, los símbolos del país juegan un papel importante, daremos los primeros pasos el día que comencemos a utilizar mejor no solo la bandera o el escudo, sino toda la simbología revolucionaria».

Las bolsas, teniendo en cuenta el material con que están confeccionadas, pueden variar sus precios desde los 10, 12,15 hasta 18 CUC. Foto: Rouslyn Navia/ Soy Cuba

Políticamente correcto pero ¿legal?

¿Es permisible o correcto el uso de la imagen de próceres y símbolos nacionales en gorras, pulóveres, jarras, llaveros o mochilas?

El debate al respecto pareciera tornarse en ocasiones confuso pues estos productos se comercializan en divisas en las tiendas estatales, aun cuando el Reglamento de la ley de los símbolos nacionales establezca que está prohibido usar la bandera como distintivo o anuncio; parte del vestuario; pintada, grabada o dibujada en los vehículos (excepto aeronaves); reproducidas en artículos de uso no oficial o como réplica en cualquier material con propósitos ornamentales o comerciales.

El tema no hubiera alcanzado mayores dimensiones si el año pasado en un Congreso organizado por LABIOFAM, esta empresa no hubiera incluido la  presentación de dos perfumes que  llevarían como marcas los nombres de «Ernesto» y «Hugo», en homenaje al Che y al Comandante eterno de la Revolución Bolivariana. La publicación de la noticia atrajo la atención de cientos de usuarios que, a través de las redes sociales, denunciaron fuertemente el hecho.
El Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros emitió, entonces, una respuesta ante la queja popular donde condenaba la iniciativa. 

El valor de los pulóveres depende de la calidad del tejido, según los cuentapropistas. Foto: Rouslyn Navia/ Soy Cuba


Aleida Guevara, hija del Guerrillero Heroico, afirmó en una ocasión: «Nosotros estamos en contra de la explotación indiscriminada de la imagen de mi papá. Y no aceptamos que la foto del Che esté en ninguna botella de vino o en ropa interior. Nos parece una falta de respeto todo eso. Pero que haya camisetas de jóvenes o banderas que se usan para el combate cotidiano, no podemos estar molestos por eso. Lo que sí quisiéramos es que siempre los beneficios económicos de todo esto fueran a parar a la gente que realmente lo necesita. En todo caso, todo depende del contexto en el uso de su imagen».

En relación con otras latitudes, en Cuba existe mayor conocimiento del legado y la trascendencia de la obra de Ernesto Guevara, por lo que su rostro en un pulóver tiene una connotación diferente.

En el blog La esquina de Lilith, su joven autora expresaba «Para mí portar al Che (en una prenda) es manifestarme, es alzar mi voz y decir que me siento comprometida con lo que representa: la utopía de un mundo mejor, el proyecto de equidad y justicia social, la plena realización de los hombres y mujeres».

Las banderas cubanas, según su tamaño, pueden costar «en la calle» entre 10 y 30 CUC. Foto: Rouslyn Navia/ Soy Cuba

Todos vibramos de emoción cuando Alexander Abreu, trompeta en mano, preludia las notas de nuestro Himno Nacional. La canción y el video de Me dicen Cuba emocionaron nuestras esencias patrióticas, a ello se debió parte de su éxito y popularidad, muestra de que estamos ansiosos de encontrar esas otras maneras de expresar la alegría de formar parte de esta Isla más allá de consignas o del cumplimiento cabal de nuestro pedacito en la gran tarea de construir día a día una nación.

Sentirse cubano es mucho más que mostrar una bandera en el pulóver, es algo que se lleva en la sangre, un orgullo que nace del alma. Pero nadie podría tildarnos de locos por querer expresar también ese amor infinito a la tierra que nos vio nacer coreando El Necio en una plaza, con la imagen del Che en el pecho o agitando nuestra bandera en alto, todo lo cual, más que un capricho de juventud, es una necesidad de símbolos.

Tomado de Soy Cuba
*

sábado, 21 de febrero de 2015

Sobre hombros de gigantes

PorAlí Ramón Rojas Olaya*

Ahora resulta que los yanakonas seguidores de López siguen deshonrando la estatua de Martí en Chacaito montados en la cabeza del gigante caribeño creador de La edad de oro, hecho que repudiamos enérgicamente porque quienes lo hacen tienen objetivos radicalmente opuestos a los principios martianos. La figura de Martí, al igual que nuestro escudo bolivariano irrespetado por el caricaturista neogranadino Vladdo, merece todo el respeto del mundo.

Al ejército martiano de batas blancas
que cura al pueblo bolivariano barrio adentro

Cuando los visionarios se empinan en hombros de gigantes vislumbran con mayor claridad sus propósitos, así acercan las utopías. En el ensayo A hombros de gigantes publicado en 1985 Robert K. Merton, sociólogo estadounidense, sistematiza a todos los autores europeos a quienes se les adjudica la frase: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado en hombros de gigantes”. Acá modelan por la pasarela de la historia el filósofo bretón neoplatónico Bernardo de Chartres (1130), el teólogo navarro Diego de Estella (1578), el profesor inglés Robert Burton (1621), el poeta inglés John Donne (1625), el clérigo inglés George Hakewill (1627), el filósofo francés Marin Mersenne (1634) y el científico inglés Isaac Newton (1675).

Lo que nunca pensaron estos escritores es que el 11 de marzo de 1949 el marine estadounidense Richard Choinsgy iba a darle una errada lectura a la frase en cuestión, cuando, junto a otros congéneres que paseaban etílica y procazmente por La Habana, trepó la estatua de José Martí, esculpida por José Vilalta Saavedra y develada el 24 de febrero de 1905 en Parque Central, hasta sentarse sobre la cabeza del Apóstol cubano y desde allí orinarla. Al día siguiente el pueblo y dirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios entre estos Fidel Castro se concentraron en la Plaza de Armas frente a la embajada norteamericana para protestar por la afrenta y exigir que los culpables fueran juzgados por los tribunales cubanos. Lamentablemente los policías del presidente Carlos Prío Socarrás arremetieron contra los manifestantes y protegieron las vidas de los marines. Al final un consejo de guerra condenó sólo a Choinsgy a 15 días de prisión en las celdas de un barco estadounidense. El cuerpo de Marines de los Estados Unidos invade Nuestra América desde su creación, el 10 de noviembre de 1775, ocho meses antes de la separación de Inglaterra el 4 de julio de 1776.

El 18 de febrero de 2014 Leopoldo López profanó la estatua del poeta y maestro cubano ubicada en Chacaito antes de entregarse a la justicia y salvarse de un asesinato planeado en sus mismas filas. Ahora resulta que los yanakonas seguidores de López siguen deshonrando la estatua de Martí en Chacaito montados en la cabeza del gigante caribeño creador de La edad de oro, hecho que repudiamos enérgicamente porque quienes lo hacen tienen objetivos radicalmente opuestos a los principios martianos. La figura de Martí, al igual que nuestro escudo bolivariano irrespetado por el caricaturista neogranadino Vladdo, merece todo el respeto del mundo. Un verdadero viajero bolivariano al ver la estatua de Martí “sin sacudirse el polvo del camino, sin preguntar dónde se come ni donde se duerme, al ver la estatua de Martí debe llorar ante ese gigante que se mueve como un padre cuando se le acerca a un hijo”.

Estos dos retoños del imperialismo, Choinsgy por nacimiento y López por nacionalización, erraron al montarse sobre los hombros del gigante cubano. La estatua fue mal escogida. Debieron montarse en la de Domingo Faustino Sarmiento, sirviente de la explotación ejercida por el gigante de siete leguas. Martí luchó por liberar su amada Nubia en hombros de los gigantes Bolívar, Rodríguez, Miranda y Sucre. Estos Libertadores logran ver a América liberada porque se montan en los hombros de José Leonardo Chirino, Manuelote, Tupak Katari, Mackandal, Fedon, Anacaona, Guaicaipuro, Cayaurima, Chacao, Macaracuay, Caricuao, Caurimare. Fidel ve Cuba liberada porque se monta en hombros de Martí. Chávez ve la Revolución Bolivariana porque se monta en los hombros de Bolívar. Fidel y Chávez logran ver el Alba de Nuestra América porque se montan en los hombros de Bolívar y Martí. Nunca más un marine o un yanakona profanará a Martí ni a ningún emancipador bolivariano. Si no alcanzan a ver sus innobles propósitos, y Sarmiento no les satisface, móntense sobre las sandalias de George Washington y una vez allí aprovechen de lamerlas hasta que queden bien lustradas.

Publicado por 

*Escritor y profesor universitario venezolano. Doctor en Ciencias de la Educación y Licenciado en Educación Matemática de la UCV. Coordinador Nacional del Programa Nacional de Formación de Educadores de la UBV y Miembro del Grupo de Investigación y Difusión en Educación Matemática (Gidem).
**Yanacona (probablemente del quechua "yanakuna", "negros") fue un término empleado como equivalente a "auxiliar" o "ayudante", y especialmente usado para denominar a los porteadores de los ejércitos del Tawantinsuyu o "Imperio Inca". Los españoles, durante la Conquista del Perú, comenzaron a usar la denominación para referirse a los pueblos indígenas que tenían de servidumbre, ya fuera en sus encomiendas o integrados a las formaciones militares como "indios auxiliares". La palabra fue también usada durante la conquista de otras áreas de Sudamérica. La utilización despectiva del vocablo es de origen mapuche, quienes denominaban Yanaconas en su acepción de "servil" y "cobarde" a los Incas y otros indígenas de etnias quechuas que servían como soldada del conquistador español. (Wikipedia)

viernes, 26 de septiembre de 2014

Los símbolos son sagrados


En el Congreso recientemente organizado por LABIOFAM, se incluyó la presentación de dos perfumes que, según declaraciones a la prensa internacional de funcionarios de esa empresa, llevarían como marcas los nombres de “Ernesto” y “Hugo”, en un supuesto “ho­menaje” a los comandantes Ernesto “Che” Guevara y Hugo Chávez Frías.
Los pormenores de esta acción irresponsable fueron analizados a fondo en la noche de ayer, viernes 26 de septiembre, con el director de la empresa y los funcionarios que presentaron el producto, aún en fase de desarrollo, por lo cual no está producido comercialmente ni mucho menos registrado. Quedó esclarecido que no es cierto que los familiares del “Che” y Chávez hubiesen aprobado semejante utilización de sus nombres, como afirmó uno de los funcionarios a la agencia de noticias norteamericana AP.
Por este grave error serán tomadas las medidas disciplinarias que correspondan.
Iniciativas de esta naturaleza no serán aceptadas jamás por nuestro pueblo ni por el Gobierno Revolucionario.
Los símbolos ayer, hoy y siempre, son sagrados.

Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros


Publicado en Periódico Granama

Nota relacionada Yahoo Noticias (AP)

martes, 2 de septiembre de 2014

¿Banderas nada más?: Portadores de realidades y conceptos, los símbolos no existen al margen de la historia y el entorno social

Texto y fotos por Luis Toledo Sande
En un acto de contenido patriótico.
Cada día se ven por todas partes más banderas de distintos países o referencias visuales a ellas, usadas unas y otras como “adornos” en ropa y en artículos disímiles. Abundan en vehículos, desde rastras hasta bicitaxis, pasando por ómnibus, autos de paseo y tractores, hasta como forro de asientos. Tal proliferación viola normas establecidas para su uso.

El modo como se asumen las banderas tiene raíces, motivaciones y alcances significativos. Han tenido alto valor en la representación y la movilización de colectivos humanos, y lo han aprovechado religiones y poderes, como las Cruzadas, que, en el fondo, el expansionismo colonialista europeo extendió. Diferente es el influjo irradiador que para los pueblos de nuestra América, y para otros de similar historia, tienen sus banderas nacidas en las luchas por la independencia, proceso contrario a los designios de los conquistadores y sus herederos directos.

Entre los conceptos vinculados con las banderas descuellan otros que florecieron en el siglo XIX y han llegado por caminos varios a nuestra época, asociados también con ideas de hoy, o con ausencia relativa de pensamiento. El internacionalismo, que calzó principios sembradores, en el auge de la lucha de clases propagó asimismo el criterio de que los obreros no tenían patria.

Ese aserto, en pueblos para los cuales el patriotismo ha sido un valor básico, puede escocer; pero se erigió sobre bases: la emergente burguesía –que llegó al poder usando a los trabajadores como tropas armadas–, y aquellas otras clases que mantuvieron sus privilegios feudales, eran las dueñas de todo: de una totalidad que incluía, junto con los símbolos que los representaban, los estados nacionales regidos por ellas.

Metrópolis van, metrópolis vienen

La bandera británica sobresale entre
las usadas para cubrir cualquier parte
del cuerpo
Así se llegó a la realidad propia de las potencias opresoras, tanto las coloniales de viejo sello como las imperialistas, a menudo también con colonias a la antigua usanza. Contra una potencia del primer grupo, España –que José Martí calificó de filicida y todavía hoy en la estela colonialista algunos siguen llamando “la madre patria”–, le tocó a Cuba protagonizar una intensa y larga lucha de liberación. La victoria que merecía se la arrebató en 1898 la intervención de una potencia de nuevo tipo, los Estados Unidos, hija putativa de la Gran Bretaña colonialista que había pugnado exitosamente con su rival ibérica.

Desde hace tiempo España tiene menor poderío que esas dos potencias, pero sigue siendo, como las otras dos, una nación que se constituyó haciendo uso del llamado “derecho de conquista”.

Sobre esa historia existen estudios diversos, y conocimiento más o menos generalizado, aunque se oculte, o se quiera ignorar.

Razones de peso explican que las banderas de las tres naciones mencionadas, y las de otras, se sientan asociadas a saqueos de pueblos, y a genocidios. Para la generalidad de los respectivos pobladores que ellas representan oficialmente, carecen del valor afectivo que para los suyos guardan las que se distinguen por encarnar sacrificios en pos de la libertad.

Para conocer esa realidad –en general, y concretamente la de aquellas tres potencias– el mundo tiene una fuente de primer orden en un legado que para cubanas y cubanos ofrece, además, comunicación especialmente familiar: los textos de Martí. Aportan una interpretación luminosa de los nexos entre Cuba y España, de la historia de las potencias colonialistas europeas en su conjunto, y de sus acciones contra otros pueblos. Con especial claridad previsora esas páginas muestran la emergencia, en Norteamérica, del poder imperialista que ya se aprestaba a apoderarse de Cuba y de nuestra América toda, y a romper el equilibrio del mundo.

Símbolos y realidades


Con respecto a las insignias, en particular, de los Estados Unidos y de España, ambos de directa significación para su patria, Martí legó consideraciones cardinales, como suyas. En el pórtico de Versos sencillos se refirió a las maniobras del primero de esos países en “aquel invierno de angustia” de 1889-1890, cuando sesionó, en Washington, la conferencia internacional que marcó el nacimiento, a gran escala, del panamericanismo imperialista. En ese texto plasmó su crispación ante la imagen del águila estadounidense apretando “en sus garras los pabellones todos de la América”.

El águila, que en ese caso simboliza, más que altura, voracidad, no está en la bandera de los Estados Unidos, pero sí en su escudo, y en su relación con el mundo. Las realidades de aquel foro, ocultas para otros, él las denunció en crónicas, discursos y cartas, y le provocaron el malestar físico por el que tuvo que hacer el reposo durante el cual escribió el citado poemario.

Sus estrofas entregan un recuento autobiográfico del revolucionario que en 1895 llegaría con documentación haitiana a Cuba para incorporarse a la guerra que él contribuyó decisivamente a preparar. Al recrear el espectáculo, que él disfrutó en Nueva York, de la célebre bailarina española, testimonia en ese libro: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera;/ Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”.
De la que algunos llaman “la madre
patria”
 La historia de las potencias y su actitud hacia pueblos oprimidos por ellas no acabó en el pasado: vive y se manifiesta de disímiles formas. Encima de quien lo señale caerá, entre otros, el avispero de cosmopolitas ultramodernos apasionados de la globalización, quienes rabiarán contra lo que huela a patriotismo revolucionario reverenciarán la aldea global diseñada por los poderosos.

 Tal es la imagen del mundo que quieren vender, ayudados por sus cómplices, los cabecillas de maniobras encaminadas a dominar –desde sus bases comerciales, militares y mediáticas instaladas también en aldeas, aunque sean de gran tamaño– las aldeas todas del planeta. En sus ardides son capaces de revolver aviesamente, o buscar que otros los esgriman, hasta los postulados de un internacionalismo contrario a ellos desde la médula.

Diversidad sí, desarraigo no

Aunque en profunda crisis sistémica, el capitalismo conserva fuerza para sobornar y confundir. No es casual que por todas partes pululen las banderas de países poderosos, señaladamente la británica y la estadounidense, y también la española, no la de la república asesinada por el nacionalismo fascista y terrorista, sino la del león colonialista y monárquico.

Los juegos olímpicos celebrados en Londres en 2012 sirvieron, entre otras cosas, para producir enormes cantidades de banderas británicas. En Cuba su arribazón podía parecer una forma de celebrar los 250 años de la toma de La Habana por los ingleses. La presencia de esas banderas en todo tipo de objetos perdura, y quizás refuerza la multiplicación de otras.

Salvo las excepciones señaladas, las fotos que ilustran el presente artículo fueron tomadas en seis provincias cubanas, aunque no se indique la procedencia, pues no se trata de señalar particularidades, sino una realidad que se generaliza. El texto no intenta agotar el tema, que daría para una investigación multidisciplinaria.

El fin principal de la indagación no debe ser la validación de prohibiciones. Quede eso dicho en previsión del avispero anunciado, aunque toda sociedad necesita controles y restricciones. Urge propiciar y fomentar el adecuado pensamiento ante la marcha del mundo en general, y en esa tarea corresponde un papel insustituible a la información y a la educación. No todo puede fiarse a proscripciones, ni dejarse a la espontaneidad y la inercia.
 
Para pueblos como el cubano el concepto de patria tiene una significación vital. La legitimidad de sus luchas por la independencia la avaló la propia incorporación a ella del incipiente movimiento obrero. Hasta el anarquismo dio aquí pruebas de comprender que, si los obreros no tenían patria, su mejor alternativa sería conquistarla. Esa fue una de las mayores lecciones dadas por el gesto de activistas obreros como José Dolores Poyo, Serafín Bello y otros que, seguidos por numerosos compatriotas, colaboraron con Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano, apoyo en el que también sobresalieron el marxista Carlos Baliño y el socialista Diego Vicente Tejera.
 Dignificación de un símbolo

La enseña nacional en servicios brindados por cuentapropistas
–apláudase tal uso si abona sentimientos patrióticos–
Lúcidamente en guardia contra el autonomismo y el anexionismo, Martí señaló el derrotero seguido por la enseña que llegó a encarnar los ideales de la verdadera independencia. En “El 10 de abril”, artículo de 1892 publicado en Patria, se refirió a la Asamblea de Guáimaro, de la que en 1869 nació nuestra primera República en Armas, y dijo que allí “el pabellón nuevo de Yara”, “la bandera nueva que echó al mundo Céspedes”, cedió, “por la antigüedad y por la historia, al pabellón, saneado por la muerte de López y de Agüero”. Sí, porque enarbolando esa bandera se había echado “a morir con los Agüeros el Camagüey”.

En el pórtico de Versos sencillos había repudiado Martí el anexionismo de Narciso López. Sabía que la muerte de este, a raíz de la expedición en que trajo la bandera a Cárdenas en 1851, fue una de las que sanearon esa enseña, de la que dijo Martí en su discurso del 17 de abril de 1892 en el Hardman Hall neoyorquino, recién fundado el Partido Revolucionario Cubano: “No levantamos aquí bandera nueva, sino que ondeamos otra vez la bandera de los padres”. La dignificaron definitivamente los patriotas que habían confirmado y seguirían confirmando que el rojo del triángulo honra la sangre derramada para lograr la plena independencia.

Para Cuba su bandera está indisolublemente asociada al sacrificio y el heroísmo, como el Himno Nacional, surgido del independentismo indoblegable. Es un deber cultivar el respeto amoroso hacia ambos, y ello conduce a fomentar también el respeto a los símbolos de otros pueblos, si se sienten representativos de estos, y a no rendir culto, ni en apariencia, a los que puedan verse como emblemas de fuerzas conquistadoras.


Las reglamentaciones sobre el uso de los símbolos patrios deben acendrar el respeto que ellos merecen, no propiciar que, de tan intocables, acaben resultando ajenos. No se estimule que cubanos exitosos se sientan con derecho a estampar su firma sobre la bandera. Pero alegra ver que personas jóvenes, y no tan jóvenes, llevan al cuello escarapelas que la representan y, aunque no sean de óptima factura –mejorarlas sería una meta útil–, recuerdan la que traía Martí al caer en combate y, según lo sabido, había pertenecido a Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.
 Patria y humanidad

Tan injusto y frustrante como convertirlos en dogma y justificación de aislamiento sería olvidar los versos en que, ante la imagen del pabellón estadounidense impuesto por la interventora potencia norteamericana, Bonifacio Byrne exclamó: “Que no deben flotar dos banderas/ Donde basta con una: ¡la mía!” De ella dice: “Orgullosa lució en la pelea,/ Sin pueril y romántico alarde;/ ¡Al cubano que en ella no crea/ Se le debe azotar por cobarde!”.

Cuba ha dado pruebas de un internacionalismo ejemplar. Pero antes que ver a cubanas y cubanos vistiendo camisetas y otras piezas con banderas británicas, estadounidenses o españolas que por distintas vías inundan el país, ¿no sería más estimulante que llevaran la enseña nacional? “Patria es humanidad”, escribió Martí, y añadió: “es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer”. Su sentido de universalidad venía del subsuelo, no de la atmósfera.

No nos confundan los cosmopolitas que, aunque diciendo otra cosa, vengan a proponer una diversidad desarraigada. Más atendible es el disgusto de una compañera latinoamericana ante jóvenes de Cuba envueltos en la bandera de Alemania para celebrar, en el coliseo de la Ciudad Deportiva habanera, el triunfo de aquel país en el reciente campeonato de fútbol dirimido en Brasil.

Además de las banderas foráneas ya mencionadas, otra que abunda en nuestro entorno es la canadiense. En el caso de las latinoamericanas, una apreciación que podría someterse a prueba estadística sugiere que la de Venezuela ha tenido el atractivo que le viene del proyecto bolivariano y la relación de este y su líder Hugo Chávez con Cuba, su pueblo y su Revolución.

Más allá de los goles

Fuera de esos ejemplos, quizás la presencia que alcanzan otras banderas latinoamericanas se relaciona, en especial, con el prestigio que los países respectivos tienen en el reino del futbol. Y este, más que el deporte que debe y merece seguir siendo, parece constituir crecientemente una forma de opio de los pueblos: un opio que remite a las alucinaciones de la globalización y al culto del dinerismo, en dimensiones que difícilmente se expliquen por la importancia de los goles para la humanidad, y con esperanzas que actualizan a gran escala aquella ilusión propulsada con un lema comercial y político: “Usted sí puede tener un Buick”.

Ahora un héroe del futbol –otros deportes requerirían comentarios similares–, un crack africano, pero triunfador en Europa, se puede establecer en Londres y –no es metáfora ni hipérbole– comprar varios Mercedes Benz para su uso personal. ¿Y qué queda para la generalidad de los jóvenes del mundo, entre ellos también futbolistas? Lo de siempre, el encantador capitalismo tiene una sola cosa mala: no todos pueden ser burgueses y tener un Mercedes.

En lo relativo a las banderas entre nosotros, si se van a violar impune y masivamente las normas que regulan su uso, ¿no sería preferible que proliferasen las cubanas? Para eso, desde luego, su producción tendría que alcanzar las cantidades necesarias, y una distribución adecuada a tal fin, con precios asequibles para el pueblo trabajador.


Mercados vacíos de banderas cubanas favorecen el uso indiscriminado o la invasión de banderas de cualquier otro país, llegadas ya se sabe cómo. Pero no son de cualquier nación precisamente, sino de las poderosas, que con recursos variopintos venden su imagen, su discreto encanto. En el mar de banderas que pululan, ¿se ven acaso algunas de países de África, donde están muchas de nuestras raíces? Frente a excesos y déficits, estimula ver que una joven –pudiera ser también un joven– en una institución del país pinta o hace pintar en su rostro la bandera patria, y no de otras naciones, o de equipos deportivos de otros países.
 Tampoco se trata de que la bandera cubana se convierta en imagen para diseñar chancletas y ropa interior, o toallas para secarse todo. Eso se hace en países donde el mercado manda mucho más que el espíritu, mucho más que los valores patrióticos y la emancipación humana, mientras la manipulación del patriotismo justifica masacres “en cualquier oscuro rincón del mundo”.

Melodías celestes

Hace pocos años circuló la imagen de una aspirante de extrema derecha a la vicepresidencia de los Estados Unidos, que posó vistiendo un biquini estampado con la bandera de su país, y apuntando con un fusil. No se trata de apostar a la pudibundez: símbolos son símbolos.

Cuba no está libre del culto a “lo de afuera”, que, propio de excolonias, se refuerza en épocas de crisis material, económica. En ese contexto alcanza un significado específico el hecho de que un establecimiento privado se “engalane” con un pedazo de bandera británica –tal vez porque los propietarios no consiguieron una completa–, y se haga llamar Txiringuito. Así asume la versión en eusquera, lengua vasca, de chiringuito, vocablo que atendibles acarreos lingüísticos identifican como nacido en Cuba, y llevado de aquí a España. En otros lares pueden adaptarlo a distintos idiomas; pero, para nosotros, es natural que siga siendo chiringuito.

Pero acaso más alarmante que transformar sin necesidad esa palabra sea que un hotel cubano, no precisamente de propiedad privada, ostente numerosas banderas y por ningún lado aparezca entre ellas la del país. Hoy en La Habana el blasón del Futbol Club Barcelona (el Barça) puede verse lo mismo en un almendrón particular, compartiendo espacio con la bandera británica, o con otra, que ondeando en la antena de un automóvil estatal. Son signos visuales que no cabe considerar al margen del pensamiento; y, si respondieran a la ausencia de él, requerirían mayor atención aún.
 No sobra insistir en que la llamada desideologización no es tal: ninguna persona normal vive sin ideología, aunque lo pretenda.

Los promotores del desarraigo procuran desmontar todo pensamiento de raíz y alcance nacionales, emancipador, y sustituirlo por el que conviene a los intereses de la transnacionalización imperialista.

Esta dispone de recursos poderosos para colarse en todas partes, y pasar, ante desprevenidos e incautos, como “el pensamiento moderno”, el conjunto de ideas que no parecen tales, sino melodías celestes válidas para poner en el reino de la moda, también regido por los poderosos, a quien pueble con ellas su cabeza.


*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

Tomado de su página cultural en Bohemia, donde encontrará estás y otras imágenes que por razones técnicas no agregamos acá

sábado, 19 de octubre de 2013

Himno Nacional: más que texto y sonido

Por Luis Toledo Sande*

 Si se piensa en la historia de la humanidad, decir que una nación se formó en guerras no aclara quizás mucho, pues tal ha sido el camino por donde ha marchado de una manera o de otra la generalidad del mundo. Pero si se dice que un pueblo se fraguó en luchas por su liberación, y no arrastrado por fuerzas opresoras, la idea alcanza una precisión mucho mayor. Ese es el caso de Cuba. De ahí el significado que para ella tienen sus símbolos patrios, que se han fijado al calor de sus luchas por la independencia, y en el siglo XX se afincaron en el enfrentamiento al imperialismo, que frustró el triunfo independentista y, a los gobiernos vernáculos que actuaron como lacayos del poder foráneo y entronizaron la corrupción y en general las peores herencias de la colonia, aparte de enlutar a la nación, sobre todo en el caso de la tiranía machadista y de la batistiana.

En países regidos por intereses opresivos la población se ha visto asiduamente llevada por la realidad a ver los símbolos nacionales como propios de poderes que no la representan, cuando no de fuerzas que la avasallan y contra las cuales ella debe luchar. A Cuba -como a otros pueblos que han transitado caminos similares, aunque este artículo se centra en ella- la han movido las luchas por su emancipación y el afán de construir un modelo justiciero de sociedad. Eso explica la actitud, como de mística revolucionaria y combativa, ante el escudo, la bandera y el Himno Nacional.

“Ella es sencilla […]/ pero si siente de la patria el grito/ todo lo deja, todo lo quema,/ ese es su lema, su religión”, escribió Sindo Garay de la mujer bayamesa en la canción que le dedicó. Pudo haber hablado en general de la mujer cubana, pero la de Bayamo devino símbolo de la nación, por su papel, junto a los hombres, en la revolución independentista iniciada el 10 de octubre de 1868. Ese papel se reafirmó el 20 del mismo mes, cuando los mambises entraron victoriosamente en aquella ciudad, y el 11 de enero de 1869, cuando sus pobladores la quemaron antes que dejarla caer en poder del ejército español.

Junto con la historia de aquellos hechos, el trovador tenía de su lado el Himno Nacional, en cuyo llamado a los bayameses para que corriesen al combate, se ha sentido representado todo el pueblo de Cuba. Desde la Revolución Francesa, mientras no llegaron los estancamientos políticos e ideológicos que detuvieron o convirtieron en cosa del pasado sus ímpetus emancipadores, los revolucionarios y progresistas de toda Francia podían sentirse representados en La marsellesa, que, escrita en 1792, devino más tarde himno oficial de una nación cuyos rumbos son conocidos. Los patriotas cubanos protagonistas del estallido del 68, o vinculados con él, no fueron una excepción: en ese espíritu quisieron tener La bayamesa, como se tituló inicialmente el que se convertiría en Himno Nacional.

Cubanos y cubanas se han educado, generación tras generación, en el respeto a su Himno, a su bandera y a su escudo. El primero de ellos es el tema central del presente artículo, escrito en la proximidad del Día de la Cultura Cubana, que desde 1980 se celebra cada 20 de octubre, con lo cual se perpetúa en la memoria la fecha de 1868 en la cual se interpretó por primera vez, en el Bayamo tomado por los patriotas rebeldes, la letra de La bayamesa, cuya música se había estrenado antes, en la misma ciudad, en una festividad religiosa pública.
Aunque tenga aire de leyenda el relato según el cual lo escribió sentado en la silla de su cabalgadura de combatiente el día del estreno, el texto La bayamesa es también obra de Perucho Figueredo, como la música. Ambos integran desde aquel 20 de octubre una unidad que ha enardecido al pueblo cubano en la defensa de la libertad y la justicia, tanto en la guerra como en la paz. No han sido pocos los combatientes, hombres y mujeres, que han muerto heroicamente en esa defensa. El Himno proclama que “morir por la patria es vivir”, pero su espíritu no termina en su valor para la lucha armada: abona el valor requerido para la acción en la cotidianidad.

Por eso es legítima y necesaria la existencia de normas que regulen —al igual que en el caso de la bandera y el escudo— los modos de usar el Himno. En el centro de esas normas se halla la Ley No. 42 de 1983, De los símbolos nacionales. Pero no todo se reduce a ella, que, dirigida a fomentar el respeto en torno a dichos símbolos, tampoco tiene por qué generar parálisis en torno a ellos: la veneración deja de cumplir su cometido plenamente si no la acompaña de modo natural la relación afectiva con lo respetado. La propia Ley pudiera ser objeto de revisión o replanteo siempre que sea de veras necesario.

Vendría bien, por ejemplo, saber en qué se fundamenta la aseveración, hecha en ese documento, de que al escudo lo orlan un ramo de laurel y otro de encina. Desde la infancia nos acostumbramos a leer y oír que son respectivamente uno de laurel, símbolo de la victoria, y otro de olivo, representación de la paz. ¿Tiene la encina igual significado que el olivo? ¿Son símbolos intercambiables en la heráldica?

En el caso del Himno, ¿sería desdeñable que legalmente, y desde ese camino en el quehacer educacional y por medio de la divulgación necesaria, se fijara una letra que empiece por ser gramaticalmente correcta? Ello sería de gran valor en sí mismo, y por la importancia de que niñas y niños no encuentren en ese documento, resumen de ideales, ninguna validación de incorrecciones, por menudas que estas sean o se considere que son. No se trata de divulgar, como en un museo, la copia de un facsímil, sino de acuñar en la vida, del mejor modo posible, un texto que ha sufrido modificaciones a lo largo de su historia, empezando por la supresión de una buena parte de él, así como en la música se introdujeron modificaciones para atenuar el propósito original de rendirle homenaje a La marsellesa por la vía de la herencia sonora.

Modificaciones textuales y melódicas han dado por fruto una pieza ágil, de contundente brevedad y de musicalidad electrizante. Una letra canónica incluso por la puntuación propiciaría, para empezar, que los primeros versos dijeran: “Al combate corred, bayameses,/ que la patria os contempla orgullosa”. De ese modo el gentilicio bayameses cumpliría debidamente su papel de vocativo. Algo similar ocurriría con el último verso, en el cual lo más razonable es percibir en valientes un adjetivo en función sustantiva, como vocativo intercambiable con bayameses, de acuerdo con el contexto.

Así el verso sería: “¡A las armas, valientes, corred!”, con las comas que no tiene en las versiones conocidas. Puesto que la valentía no es virtud propia de las armas, sino de quienes las empuñan, otra opción sería atribuir a valientes función adverbial y, por tanto, no indicaría el carácter de los patriotas llamados a la lucha, sino el modo como deben correr a ella, y en ese caso se justificaría la ausencia de las comas; pero no parece lo más probable.

Ajustes gramaticales necesarios son apenas un ejemplo de la inconveniencia de generar parálisis con respecto a símbolos que deben combinar solemnidad y vida, como una obra emotiva y respetuosa que Hubert de Blanck aportó a la música cubana: Paráfrasis para piano compuesta alrededor del Himno. Sería contraproducente frenar en la ciudadanía la relación personal con el Himno y con los otros símbolos nacionales y reducirla a lo estrictamente protocolar o marcial.

 En ningún caso se trata de menoscabar el sentido, místico si se quiere, que debe rodear a símbolos cuyo valor convocante, incluso para el sacrificio en el combate, debe preservarse con veneración para cuando sea necesario. Que nos entusiasme o hasta enardezca ver grandes cantidades de banderas en desfiles y otros actos patrióticos y revolucionarios, no borra luego el mal sabor que deja ver gran número de ellas revueltas con la basura. Si no hay manera de utilizar banderas que puedan ser, también en lo material, objeto del debido cuidado, y conservar la debida dignidad incluso en ese plano, ¿no sería preferible reducir la cifra empleada y priorizar la calidad?

Pero tal vez las mayores expresiones de irrespeto, o de respeto insuficiente, se observan hoy en lo tocante al Himno, cuya correcta interpretación de viva voz, no solo la profesional grabada por coros y orquestas, debería cultivarse más asiduamente. Cabría compararse ese ideal con lo que opera en las oraciones de carácter religioso cuando, en lugar de recibirse solamente por el oído, pasan por la vibración personal, por la fonación propia de cada feligrés: por su cuerpo. Cada vez es más fácil ver que en un acto —multitudinario o modesto—, a la hora del Himno hay personas que no adoptan la debida actitud de atención.

No se pretende agotar aquí esa realidad con un ejemplo aislado, como el que se pudo ver en el estadio Latinoamericano, en la ceremonia que daría comienzo a una serie de juegos entre un equipo visitante —de una nación no precisamente célebre por fomentar entre sus ciudadanos un verdadero patriotismo— y uno cubano. Sin hablar de lo que pudo apreciarse en el público, los peloteros foráneos mantuvieron una postura adecuada ante el Himno Nacional de su país y ante el de Cuba; pero entre los integrantes del equipo anfitrión no fue unánime esa conducta ante ninguno de los dos.

El comportamiento necesario en este asunto no es cosa que pueda hacerse depender de imposiciones solamente, ni en lo fundamental. Un papel primordial corresponde a la educación, no solo a la que se debe cultivar en la escuela, sino a esa otra, vital, decisiva, que se debe desarrollar desde la cuna por todos los medios posibles, con todos los recursos de la sociedad, incluida en ella, como célula básica, la familia. En el fondo es también una cuestión profundamente cultural, que no debe confundirse con la mera instrucción, aunque esta desempeña un papel nutricio decisivo para la cultura a nivel de la sociedad y en el plano personal de cada quien.

La indispensable labor educativa y cultural ha de formar ciudadanos que se desempeñen correctamente en la sociedad, con una conducta que de modo integral encarne valores, principios, normas e ideales de utilidad y perfeccionamiento humanos. En una colectividad en que se quebrante la disciplina y prosperen la grosería y actitudes chabacanas en general, ni los símbolos más sagrados escapan a los efectos indeseables de esa realidad.

Una adecuada formación cultural podría contribuir a que no se convirtiera en artículo de moda una bandera determinada, sea la británica o la de cualquier otra nación. No solo se debe respetar la bandera propia, sino también las ajenas, que no tienen por qué parar en adorno de prendas de calzar o vestir. Pero la invasión de banderas de otros países ¿a qué conduce, qué favorece? Mención aparte merece la de los Estados Unidos, ante la cual no cabe ingenuidad posible: debe respetarse como representación de ciudadanos honrados de ese país, pero es también el símbolo de una nación imperial cuyo gobierno ha sido y es violentamente hostil contra Cuba. No aboguemos por prohibiciones, sino, en primer lugar, por el valor de las convicciones propias, y por la utilidad de la persuasión.

La historia de Cuba, vista no solamente como cosa del pasado, sino en las implicaciones que tiene en la vida de su población hoy, debería ser suficiente para estar advertidos sobre hechos y perspectivas raigales. Unos y otras tienen su fuente mayor en la vida, y a ella sirven. Son necesarios para una buena orientación en ella. Se asumen de manera recta y fértil cuando se entienden y se abrazan como algo decisivamente cultural.

Como este artículo saluda el Día de la Cultura Cubana, no será ocioso recordar que, lejos de agotarse en lo estrechamente gremial, la cultura, tanto a nivel planetario como en una comunidad determinada —un país, por ejemplo—, es la obra de los seres humanos. Junto con elementos materiales e informativos la integran también, señaladamente, las normas de conducta, el modo de relacionarse las personas entre sí y fomentar valores y normas insoslayables para el buen funcionamiento colectivo.

Reitérese que en Cuba la formación de la nacionalidad pasó por la lucha armada necesaria en busca de la emancipación y la justicia, y esa historia tiene un día bautismal: el 10 de octubre de 1868. Ese hito —que no es ni debe ser de mero asueto— está marcado por el alzamiento fundador que tuvo lugar en 1868, y tuvo continuidad de profunda significación cultural el 20 de ese mes con el conocimiento público de la letra del Himno.

Es justo celebrar en honor de esa efeméride el Día de la Cultura Cubana, pero es necesario impedir que el 10 acabe reducido a un día de asueto. En esa historia, si la bandera es mucho más que tela, formas y colores, el escudo no es el simple remedo emblemático de un arma antigua y el Himno Nacional es mucho más que palabras y música. Debemos cuidarlos.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Atiende el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”