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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Disfruten su freedom


Tristeza siento por los que se han ido sin ver más allá. Me causa desconsuelo la imagen en los ojos de quienes todavía tienen tatuada La Habana, pero no los juzgo. Entiendo las razones, pero insisto, no vieron más allá.

Crecí en el barrio de Buena Vista, de los más modestos de la capital cubana en pleno Periodo Especial. Algunas mañanas partía a la escuela con tan sólo un pan con aceite y un agua con azúcar en la barriga, pero iba contento.  


José Martí se llama la primaria que me forjó en el amor a mi país y a mis compañeros. Mercedes fue mi maestra de Historia y Lengua Española, quien además alimentó con hazañas y aventuras mi infantil delirio. Eso no puedo olvidarlo.

Era difícil esa época, pero tuve la suerte de conocer otras realidades que me sirvieron para contrastar y lo hice, no con la conciencia de un adulto contaminada de intereses, sino con la pureza de mis primero años.

Tuve la fortuna de estar un tiempo en Bolivia gracias al trabajo de mi papá. Allí pude abrir los ojos en otra realidad. Ya no iba a la escuela con un pan con aceite y un agua con azúcar, pero entre mis compañeros habían quienes ni siquiera iban con bocado alguno. Disfruté esos años porque me llené de juegos y códigos nuevos. Aprendí cómo se relacionaban los niños felices “que en la falda de los cerros iban a jugar”. Pero no puedo sacar de mi memoria la anécdota aquella cuando mi madre vio a una niña de 5 o 6 años en la calle descalza y se llenó de espanto. 

Mi madre, cubana al fin, jamás había visto eso, así que cargó con la niña hasta nuestra casa, la bañó, le dio ropas nuevas y unos 50 bolivianos y la dejó en el Mercado Rodríguez, donde la habíamos encontrado. Al otro día unos diez pequeñines estaban en la puerta de mi casa para que mi madre los ayudara a ellos también.

Algunos dirán que yo soy fatal, como “Chicho”, por haberme ido a Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, pero están equivocados. Bolivia es uno de los países más ricos de América, tiene selva, llano, montaña, frutas, ganado, gas y muchos minerales. En La Paz, ciudad donde vivía, no todos andaban con los pies desnudos. Quien ha ido a esa bella ciudad sabrá que La Paz tiene tres realidades: el Alto, el Centro y la Zona Sur. El primero es un lugar pobre y desgarrador, las imágenes del Alto son fuertes, a veces de niños en los latones de basura buscando sobras de comida o lamiendo los paquetes de galletas buscando desesperados la última miga perdida en el sobre; el Centro es la zona de oficinas y comercial donde nosotros vivíamos y que está llena de barrios acomodados, modestos y pobres; y abajo, lejano de todos está la Zona Sur, llena de calles bellas, edificios altos, de una arquitectura exquisitamente moderna, donde nadie va la escuela descalzo, ni en bus escolar, sino en el auto del padre que lo va a dejar, un auto del año.

En mi Cuba no existen esos contrastes. No puedo negar que si hay diferencias, pero es falso decir que la sociedad cubana es una sociedad de ostentaciones.

Jamás olvidaré a Elizabeth, la compañerita más bonita de José Martí, quien recibía mes a mes la remesa de su padre, un hombre que llevaba años en “la otra orilla”.  Ella llevaba una latica de Tukola, un sándwich de la tienda, mientras que otros nos teníamos que fajar con el diminuto pan de la bodega. El tema, es que con Elizabeth tuvimos la oportunidad de compartir un buchito de su Tukola, porque ella no vivía en la Zona Sur, sino en Buena Vista, a una cuadra de mi casa. Ambos éramos compañeros de la misma escuela y juntos, con nuestras pañoletas bien atadas al cuello, prometíamos cada mañana ser como el Che.

Al pasar de los años descubrí nuevos amores, la literatura, la poesía, la trova y el rock. Me hice cientos de amigos en el mundo de los frikis, como le decimos en Cuba al mundo del rock, y con ellos aprendí nuevas visiones. En la calle G teníamos horas de halagos a la música de Pink Floyd, de Led Zeppelin, pero también nos poníamos a discutir sobre la realidad y “lo dura que estaba la cosa”. Nadie en esa discusión negaba que “la cosa” estaba fea, pero el debate que algunos planteábamos, era poder descubrir el origen del problema. Hablar del Bloqueo sonaba a poner el disco rayado, al discurso repetitivo que sonaba en la radio y la televisión, eso parecía ser verdad. Era tanta la reiteración del mensaje ese, que ya no era tema y pocos prestaban atención a las nuevas medidas que podían aplicar Clinton, Bush u Obama. Tuvimos que ser insidiosos y eso nos ayudó a no ser tan sólo críticos y mucho menos automarginados, como sucedió con algunos, quienes se restaron del debate y decidieron reclamar en los tumultos donde nadie los escuchaba. Muchas quejas se gritaron al vacío, pero quienes se restaron, no participaban en las discusiones de las asambleas locales y mucho menos en las juntas de los CDR.

Por un tiempo la cosa se contaminó seriamente, porque había mucha necesidad. Nacieron los cuenta propistas, que hoy tienen su auge, pero al mismo tiempo nacieron quienes alimentaron la desvergüenza regalando propinas por aquí y por allá, alimentando el oportunismo.
A pesar de esto y de aquello, de las necesidades y alguna que otra carencia, era feliz con mi guitarra vieja, descargando con el piquete en el malecón, sonando “Lágrimas negras” en el parque del Amadeo Roldan o divirtiéndonos un rato en la Casona de la Trova. Esas madrugadas eran libres. La confronta siempre estaba antes que nosotros, pero nos íbamos cantando alegres hasta “El Niágara”, mientras que el eco de las calles nos hacía el coro. Allí pedíamos un refresco dispensado, un disco con queso crema y a esperar que llegara la guagua. Al final nos montábamos en la 222 hasta la calle 58, lugar donde me dejaba caer rumbo a 60 y 25. Luego entraba a mi casa, tiraba los zapatos, vacilaba un poco la noche y me dormía con la música de los grillos.

Otra vez, por las circunstancias de la vida, tuve la oportunidad de conocer el país de mi padre, Chile. Mi viejo me pidió que estudiara aquí junto a él, para recuperar todos los años que estuvimos alejados, pero la condición a eso, era que al final retornaría a Cuba.

Todos los días en Chile han sido de añoranza. Me he sumado a las luchas de los estudiantes y los trabajadores del que es también mi país, porque mi padre me enseñó que antes que cubano, soy latinoamericano, pero a pesar de ello, no puedo zafarme de mi tierra. Cada mañana me levanto, pongo Radio Reloj por Internet y trato de inventarme una rutina como si estuviera en La Habana.

A veces me da tristeza cuando “pregunto por un viejo amigo” y me cuentan “que nos lo ha podrido el enemigo” o que “degollaron su alma en nuestras manos”. Más desazón me da cuando converso con aquellos que se han ido y me hablan de oportunidades, de progreso, de buena vida. Yo aquí estoy rodeado de objetos que sólo me dan soledad. No hallo en el computador un amigo con el cual descargar, ni con el cual esperar infinitas horas la guagua; no hallo las madrugadas calurosas, ni los mosquitos; pero tampoco el sabor del mamocillo, ni de la guayaba.

Hay otros que me hablan de la desilusión, de Martí, de la cita aquella donde critica el socialismo y los veo tan lejanos al apóstol aunque lo citen mil veces. La lejanía la siento porque desconocen ellos que Martí y Fidel tuvieron como impulso el mismo motor humanista; desconocen que ambos se equivocaron alguna vez. He conocido algo a Martí y siento que me falta un millón, pero conciencia tengo de que este hijo de la sociedad feudal, al conocer el capitalismo, sintió admiración porque supo de la meritocracia, el emprendimiento y una sociedad sin esclavitud, pero no pocos años pasaron para que descubriera la política Monroe, la ambición imperialista, la gula insaciable de los monopolios, la desdicha de los trabajadores, hechos que lo llevaron a escribir sobre Marx cuando falleció:

“Karl Marx estudió los modos de enseñar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos”.

“Aquí están buenos amigos de Carlos Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los obreros europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer el bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha”.

No critico a nadie que se haya marchado por temas económicos o de otra índole, pero permítanme ser como soy, construir el país que quiero, permítanme llamarle autonomía a ese sentimiento que llevo en el pecho. Pido humildemente que nadie venga de afuera a decirme cuál es mi camino y a quienes lo hagan desde el país que más agrede a mi bastión, que disfruten su freedom. Yo soy feliz con mi libertad, que la puedo compartir porque es inmensa y a la vez “cabe en un grano de maíz”.

Tomado de Mauricio Leandro: Blog cubano no financiado por el gobierno de Estados Unidos

sábado, 22 de mayo de 2010

Miami: ¿Nostalgia de qué?

Por M. H. Lagarde

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Los cubanos de Miami se han inventado en sus cabezas una Cuba mítica que nunca existió, o que solo existió para unos pocos, y cada año suelen organizar la exposición "CubaNostalgia", una suerte peregrinaje a la Cuba “cotidiana de ayer”.

En esta ocasión, en la cita que tiene lugar en el Fair-Expo Center, las nuevas generaciones de cubanos residentes en esa ciudad pueden realizar “un viaje sentimental a la vida cotidiana de la Cuba anterior a la Revolución liderada por Fidel Castro” a través de “la exposición de todo tipo de objetos, libros, cuadros, imágenes y música”.

Dedicada este año a homenajear al legendario cantante y compositor cubano Benny Moré, CubaNostalgia cuenta además entre sus platos fuertes con un mapa de La Habana que comparte protagonismo con otro de la isla en 1950 desplegado en el suelo de una sala, que, de acuerdo con los organizadores de esta cita con el pasado, permite un "viaje imaginario" a esta ciudad y "visualizar el tejado de la casa donde uno vivía".

Según Leslie Pantín, presidente de la exposición, resulta especialmente evocador la recreación de la desaparecida tienda de ropa "El Encanto" de La Habana, "que fue una de las mejores de América", y el visitante que lo desee podrá fotografiarse junto a un falso escaparate de la tienda, en el que se exhibe ropa de esa época que conserva todavía la etiqueta original.

No sé, pero por lo menos en el cable de EFE que use como referencia para escribir esta nota, no se aclara si los organizadores le explicarán a los jóvenes de Miami cómo El Encanto se convirtió en un infierno el día 13 de abril de 1961 cuando un incendio, parte de las acciones de sabotajes que precedieron a la invasión a Playa Girón, la desapareció del mapa de La Habana que esos mismos jóvenes ahora contemplan.

La tienda, que estaba situada en la esquina de Galeano y San Rafael, dejó de existir tras la detonación 3 bombas colocadas por un miembro del grupo terrorista MRP, uno de los grupos contrarrevolucionarios organizados por la CIA.
incendio-_tienda-el-encanto.jpgEn el incendio de “una de la tiendas más grande de América”, que tuvo un costo de 20 millones de dólares, perdió la vida la empleada Fe del Valle y 18 personas resultaron lesionadas.

Por cierto, Ninoska Pérez, presidenta de la organización del exilio Consejo por la Libertad de Cuba, quien tiene previsto exponer su “obra pictórica” en Cubanostalgia, bien podría motivar a algunos de sus amigos para que diera una conferencia sobre cómo El Encanto se convirtió en un símbolo del terrorismo de Estados Unidos contra la Isla.

Pero no todo es pasado en Fair-Expo Center. La organización Roots of Hope aprovechará la feria para poner en marcha el proyecto "Teléfonos celulares para Cuba", una iniciativa sin ánimo de lucro que se basa en la recogida de teléfonos móviles usados para enviárselos a la población cubana.

De acuerdo con El Nuevo Herald, el programa Celulares para Cuba, de la organización Raíces de Esperanza, ha conseguido llevar más de 1,500 aparatos a Cuba.

Según Felice Gorordo, cofundador de la organización: "Tenemos mucha fe en el poder de la comunicación descentralizada. No queremos dominar, simplemente estamos tratando de promover mejores formas de comunicación entre los cubanos''.

"Obviamente no damos los nombres de quienes reciben los teléfonos ni decimos cómo llegaron, pero lo hacemos de una forma muy transparente", puntualizó Gorordo. "El gobierno de Estados Unidos nos deja enviar estos celulares y, al mismo tiempo, Cuba ha dicho que ahora es legal que un cubano pueda conectarse a un móvil. Estamos funcionando bajos las leyes''.

El Nuevo Herald, como es habitual, asegura que la iniciativa no es política –en Miami nada es político, ni siquiera sacar a pasear por las calles al terrorista Posada-, pero las intenciones de Roots of Hope parecen estar en línea con las orientaciones dadas por George W. Bush el 20 de mayo de 2008 cuando en un acto de solidaridad con la causa cubana aseguró:

“Ya que Raúl [Castro] está permitiendo que los cubanos tengan teléfonos celulares por primera vez, vamos a cambiar nuestra política para permitir que los estadounidenses envíen celulares a familiares en Cuba''.  [...]

"Si Raúl Castro habla en serio sobre sus reformas en Cuba, permitirá que estos teléfonos lleguen al pueblo cubano. A través de estas medidas, Estados Unidos extiende una mano al pueblo cubano''.

Cabe preguntarse. ¿De qué realmente tienen nostalgia los cubanos en Miami? ¿De un pasado imaginario, de un futuro inexistente, o simplemente de un presente deja al desnudo el fracaso de su anexionismo?