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viernes, 22 de enero de 2016

Migrantes cubanos: Travesía de alto riesgo (+Fotos, Infografía y Mapa)

Por


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En noviembre pasado, las autoridades de Costa Rica desarticularon el núcleo de una red internacional de tráfico de cubanas y cubanos.(Foto: Internet)
Mientras más de 7 000 migrantes cubanos aguardan en Costa Rica por seguir viaje hacia Estados Unidos, Escambray relata la historia de un matrimonio de espirituanos que venció ese itinerario, cuajado de extorsiones, asaltos, coyotes, policías corruptos…
Si no hay plata, los matamos aquí mismo
Ley de Ajuste: un imán solo para cubanos
Cuando menos, en una ratonera se siente Yunialsy en aquel cuarto de hotel de décima categoría en la ciudad de Turbo, Colombia. Recostada al espaldar de la cama y con las rodillas en el mentón, intenta calmar el cosquilleo frío que le salta en el estómago. “Cubanos no se duerman, los estamos velando para matarlos”. La advertencia escrita venía de las paredes. No. Venía de los hombres, quizás de los que yacían desperdigados por el suelo en el vestíbulo con olor a marihuana.
Yunialsy lo intuía, como también su esposo Miguel José, quien se recuesta al mismo espaldar. No pegarán los ojos, por si las moscas; aunque, ¿cómo podría defenderse esta pareja de cubanos, a miles de kilómetros de Sancti Spíritus, en medio de la noche antioqueña, en una de sus paradas en la ruta hacia Estados Unidos?
En mayo del 2015 se apareció Damián en la casa del matrimonio.
—Si quieren irse, es ya, les urgió.
El deshielo de las relaciones diplomáticas anunciado al unísono el 17 de diciembre de 2014 por los presidentes Raúl Castro y Barack Obama cebó la expectativa ante la posibilidad de la eliminación de la Ley de Ajuste Cubano, aprobada en 1966 por el Congreso de Estados Unidos, que le concede un tratamiento diferenciado y único en el mundo, al admitir de modo inmediato y automático a cualquier persona nacida en la isla, sin importar la vía empleada para arribar al territorio norteamericano.
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Infografía. ( tomada de El Financiero)
Luego de vender la casa y de casi ahogarse en deudas, Yunialsy y Miguel José arriban el 5 de junio al aeropuerto de Quito, Ecuador. A las afueras, Damián y su esposa colombiana aguardan por ellos para trasladarlos al apartamento de este traficante de cubanos.
—Anoten todo, le aclaró al amanecer a la pareja en la sala.
Más precavida que su esposo, la muchacha apunta teléfonos, lugares, nombres de contactos, evidencia de una lucrativa red de tráfico de cubanos y cubanas que implica a “coyotes” y a otros miembros en Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México y Estados Unidos. Según el periódico Granma, el pasado año esa travesía internacional de cubanos y cubanas pudo dejar una estela de alrededor de 30 millones de dólares, exprimidos de los bolsillos de los propios habitantes de la isla y de sus familiares y amigos diseminados por medio planeta.
Pero a Yunialsy le importa un bledo la millonaria cifra y le lanza una pregunta al regordete de Damián.
—¿Y tú no vas con nosotros hasta salir de Colombia?
—Sí, pero en otro bus. Denme todo el dinero; yo se los cuido.
—Pero, mira…, interviene Miguel José.
— Si no es así, esto se jodió aquí mismo.
El traficante rastrilló las palabras en son de “lo toman o lo dejan”.
Mochila al hombro, el matrimonio salió en bus de Quito a Ipiales, ciudad colombiana fronteriza con Ecuador, con la recomendación de Damián cimbrándoles en los oídos: “Ni se les ocurra hablar con alguien. Ese tonito los chivatea”.
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En el intento de llegar a territorio de los Estados Unidos, los migrantes se han convertido en víctimas de traficantes y de bandas delincuenciales. (Foto: Getty Images)
Punto en boca en todo el trayecto. “7:45 pasado meridiano”, anuncia Radio Ipiales, desde la bocina del bus. “Informaciones a esta hora: Luego de dos años y medio del asesinato de 23 taxistas nocturnos en el municipio de Ipiales, los familiares denuncian…”.
La pareja deja atrás la noticia; finge no escucharla y se abisma en la noche de la urbe en busca de un hostal cercano a la terminal de buses hacia Medellín, recomendada por Damián. Poco antes del amanecer, otro coyote está plantado frente a ellos, Gabriel, cuyo porte nada se semeja al hijo del telegrafista de Aracataca, García Márquez.
— ¿Y mi plata?
El saludo, muy cordial, por cierto. De los dólares que Yunialsy separó a escondidas y previsoramente en la casa de Damián, en Quito, le deja caer 50.
—No hablo paja (mentira, en el diccionario cubano); el chofer los recogerá afuera de la terminal. Será una maricada montar dentro; la policía está…
La frase en suspenso de aquel hombre con voz sheriff vendría a aguar el itinerario siguiente. Vencida la ciudad de San Juan de Pasto, en el primer retén…
—Documentos.
Una sola palabra les cuesta 50 dólares, y mucho más. Al parecer, los uniformados le tomaron la chapa al bus y en el próximo retén la policía se dirige a ellos sin pestañear. La misma palabra y otros 50 dólares que descargan a la cloaca de la corrupción. Las extorsiones suman 400 dólares al arribar a Medellín, una ciudad picada de sur a norte por el río Aburrá y sentada a horcajadas entre montañas andinas; mas, ni Yunialsy ni Miguel José están ahora para disfrutar el paisaje.
En el camino de Medellín a Turbo, los espirituanos casi se dan de narices con Damián.
—Al fin apareces, compadre, le espeta Miguel José a quien lleva a cuestas casi todo el dinero que prácticamente le regalaron en bandeja de plata en Quito. ¿Qué tajada se llevará esta versión cubana de coyote que ha hecho un trillo entre La Habana, Quito y Medellín? Poca, poquísima: 3 600 dólares.
—Nos vemos en Turbo, intenta animarlos Damián.
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Yunialsy y Miguel José pasaron una noche interminable en la ciudad de Turbo, Antioquia, Colombia. (Foto: Internet)
Alrededor de las dos de la mañana del lunes arriban a Turbo, al noroeste de Medellín. Nadie los espera en una ciudad sin reponerse aún de la resaca dominguera. Caminan sin rumbo.
—Tengan cuidado, los van a matar, les alertan, y ellos aceleran el paso hasta que llegan a un hotel; sin embargo, no les permiten entrar por ser cubanos. Súplicas a la señora que continúa en sus trece.
—Si se quedan, nos caen a tiros a todos.
Telefonean a Damián, que duerme a piernas sueltas con su mordida verde de almohada. En la cartilla de instrucciones, dictada por el coyote, Yunialsy descubre el nombre de otro contacto en Turbo, quien llega tambaleándose sobre un motor por causa de tanto alcohol en sangre.
—Me llevo a uno primero y al otro después.
No bastan los ruegos de la joven, quien se queda tragada por la noche en una esquina. “Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!…”, implora de rodillas. Y piensa que no estuviera pasando por esta zozobra de no habérseles denegado las visas en la entonces Oficina de Intereses de EE.UU. en La Habana. Cuando ya cree a su marido sin vida, escucha aproximarse la moto.
— ¡Ay, mi madre! “Padre nuestro, que estás…”.
Por ahora, Yunialsy es escuchada. La evidencia está en que sigue recostada al espaldar de la cama de este hotelucho, junto con Miguel José, quien tampoco ha pegado un ojo durante la noche, presto a salir corriendo de aquella ratonera al despuntar el día.
Golpes secos en la puerta, tan secos como la voz del hombre del motor que les exige 900 dólares en total por los servicios prestados —incluidas la ración por venir del lanchero y de otro guía— por el cruce esa noche de la frontera de Colombia con Panamá, junto a otros migrantes de la isla. Toda una maquinaria bien aceitada.
Llueve. Y salen a partir el monte que los separa de la costa; distante a unos 10 kilómetros. Casi nada. Se tornan sombras mudas; los paras y los asaltantes que conocen esos atajos de memoria permanecen a la caza en busca de su “vacuna”; pero los aguaceros y el fango los ahuyentaron. Otra noche sin dormir. Y ahí están Yunialsy y Miguel José, picados por los mosquitos y el miedo.
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Cuando la lancha da señales de vida a las siete de la mañana, se arma el sálvese quien pueda en el abordaje. Veinticinco personas intentan acomodar los huesos en una embarcación de apenas 10 capacidades, para cruzar el Golfo de Urabá. Debido a ese mismo oleaje, que ahora zarandea la lancha, padres cubanos verían el mar encrespado llevarse a su hijo meses después; cuentan que al pisar tierra firme buscaron alambres para suicidarse.
Un año atrás, siete migrantes (¿cubanos, nepalíes, ghaneses?) zozobraron también; por Turbo se corrió el rumor: los propios coyotes los lanzaron al mar, después de quitarles todo el dinero. “Son personas como uno y demás, y sus familias en el otro lado del mundo no saben qué pasó con ellos”, comentó el sepulturero del pueblo, Evelio Cortés, a la prensa colombiana.
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El sepulturero de la ciudad de Turbo, Colombia, ha enterrado a varios migrantes ahogados en el Golfo de Urabá. (Foto: Andrés Abello)
Sobre esas aguas de incertidumbre en el Urabá, navegan los espirituanos durante dos horas y media. A más de 100 metros de la costa panameña, los conminan a tirarse ante el temor de ser interceptados por los guardafronteras. Cunde el pánico. Varios hombres se arrojan, mochila en mano. Otros se niegan; igual, las mujeres. En ese justo momento, una lancha que curiosea entra en el juego y, billetes verdes por medio a sus tripulantes, los acerca a la orilla.
Empapados aún, sortean el diente de perro, no así la “multa” a la entrada de la montaña por vencer, que les reclaman —a golpe de pistola— otros apostados en el camino, empecinados en su filosofía: para ellos, un extranjero es un cajero automático rodante.
—Cincuenta pesitos por cada uno; si no, los matamos.
Yunialsy y Miguel José, que solo habían visto armas de juguete, desembolsan la cuantía sin chistar. Al lado, un habanero rebusca, mas, el bolsillo no clona billetes. Dos de los armados, que llevan gorra de camuflaje, arrastran al muchacho hacia la orilla y, sin recato, encuentran la bestial fórmula de cobrarle el peaje con su cuerpo. Después lo tiran al camino, y ahí se queda el habanero, consumido por la impotencia y la vergüenza.
En escasos minutos se enfrentan a la escarpada mole de tierra y piedra. Resbalan, como tantos otros. Con su brazo izquierdo fracturado en plena jungla —antes de zarpar la lancha en Colombia—, la mujer más gruesa del grupo suplica ayuda. Sus coterráneos parecen no oír el reclamo. Más caídas al bajar la montaña, que casi los desparrama en la costa.
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El matrimonio de espirituanos debió aguardar tres jornadas en Puerto Obaldía. (Foto: Internet)
Con el Mar Caribe de vigía, marchan hasta topar con Puerto Obaldía, donde se entregan a la Policía panameña, que no los extorsiona. Por primera vez, respiran cierto sosiego desde la partida de Quito. Medio millar de cubanos deambula por el pueblo, con servicio eléctrico solo de seis de la tarde a seis de la mañana. Tres noches por 30 dólares en un hotelito no les asusta el bolsillo a Miguel José y a Yunialsy; pero sí a otra pareja que opta por plantar su campamento debajo de una mata repleta de almendras, que les salvan de la hipoglucemia.
—Mami, mami; estamos entrando a Panamá. Todo bien, bien.
¿Alguien le reprocharía a Yunialsy por Ia mentira piadosa? Sí es certeza la partida a Ciudad de Panamá en avioneta a 180 dólares por persona. De ahí, en bus hasta la ciudad de Paso Canoas, mitad panameña, mitad costarricense, donde permanecen el fin de semana.
Con el permiso de ingresar a suelo tico, hasta el lunes no pueden seguir rumbo norte, hacia Nicaragua. Desconocen que tal dilación podría obedecer a la estratagema de la ramificación en tierra costarricense de una red internacional de trata de seres humanos —desarticulada en noviembre pasado— de retardar los viajes para exprimirles aún más la cartera a inmigrantes en hoteles y escondites diversos en ese país.
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Las autoridades de Costa Rica desarticularon el núcleo de una red internacional de tráfico de personas. (Foto: Dirección General de Migración y Extranjería de Costa Rica)
El Ganga, un coyote que olfatea a los cubanos a mil kilómetros a la redonda, guía a los espirituanos, junto a un numeroso grupo de coterráneos de la isla, hasta las cercanías de Peñas Blancas, en el cantón de La Cruz —último suspiro geográfico de Costa Rica—, adonde arriban en busetas. Minutos después se esfuman en el monte para evadir la vigilancia fronteriza.
—Papi, ¿qué es esto?, inquiere un niño no mayor de cinco años.
—Un campismo, mi’jo.
Nicaragua adentro, deciden entregarse al Ejército. Veinte dólares por persona y van directo al control migratorio en Managua. Honduras, otra parada. En San Pedro de Sula —la urbe más violenta del planeta— intentan conciliar el sueño; antes, reciben un training sobre el manejo de las pistolas que les ha prestado el “guía” por si se presenta cualquier emergencia. Antes, telefonean al coyote de México, país que de solo mencionar los aterra debido a los posibles riesgos.
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El coyote, pieza clave en la red de traficantes de personas. (Foto: Internet)
Yunialsy y Miguel José nunca han leído una línea acerca de los maras; por ello, se sienten más confiados en Guatemala, adonde llegan apenas nueve de los más de 40 del grupo de cubanos que entraron con la pareja a Nicaragua. Los restantes quedaron a la vera de la camino, devanándose los sesos en cómo hacerse del dinero que les exigen los coyotes para continuar la ruta. Por ejemplo, El Ringo les reclama ahora 500 dólares por dejarlos en una vivienda clandestina en las inmediaciones de la frontera con México, que pasan el 23 de junio.
A las dos de la madrugada, inician el cruce del río con la nariz a ras del agua. Miguel José tropieza con una piedra del fondo, y la corriente le lleva la mochila y los pasaportes, que irían a parar al mismísimo Golfo de México.
Tres días y tres noches de caminata por el monte, ríos, hasta encallar en un pantano inundado de mosquitos; ahí permanecen ocultos durante horas, también bajo el asedio de cocodrilos. Luego, a riesgo de ser descubiertos, en ocasiones abordan alguna camioneta que los adelanta hasta un escondrijo de México D.F.
Como sardinas en lata se sienten en aquella casa, de donde salen a cuentagotas hacia la frontera con EE.UU. A sabiendas de que por plata baila hasta el mono, la joven se acerca a la dueña de la casa al tercer día.
—Te doy un regalito, si nos sacas ya.
—Órale pues. Esta noche.
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Migrantes de diversas naciones cruzan la costa oriental de México en embarcaciones. (Foto: BBC Mundo)
Dieciocho horas en el camarote de una rastra sin comer ni hablar hasta Nuevo Laredo. Al pisar con los maltrechos zapatos el asfalto del puente sobre el río Bravo, recuerdan el consejo que pasa de boca en boca entre los migrantes cubanos. “Cuando estén allí, caminen y no hagan caso a nadie”. Pero, Yunialsy y Miguel José olvidan la sugerencia y no caminan. Corren, corren; porque en esas decenas de metros se juegan algo más que los casi 18 000 dólares que les mordieron coyotes, policías, lancheros… en los casi de 8 000 kilómetros vencidos en 26 días de travesía.
—Somos cubanosss, dicen jadeando a las autoridades de Inmigración de EE.UU., frase convertida en una acepción de “abracadabra” para ingresar a los dominios de Washington. Así y todo, no es hasta el segundo día que reciben el permiso de entrada.
En ese instante —como máquina engrasada— ya aguarda por la pareja —1 300 dólares mediante—, un bus, que por mucho que avanza en la carretera en busca de Miami, no deja atrás la pesadilla vivida por Miguel José y Yunialsy, quienes, aún hoy, sienten el mismo cosquilleo frío en el estómago de aquella noche en el hotelucho de Turbo.
Nota: Escambray mantuvo en el anonimato los nombres de los protagonistas de esta historia.
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Los migrantes centroamericanos no poseen los privilegios de los de la isla caribeña, favorecidos por la Ley de Ajuste Cubano. (Foto: CBP Arizona)

lunes, 11 de agosto de 2014

Tras la estela del rayo: Cuba es número uno en perdidas de vidas por este flagelo

Aunque no es el tipo de textos que acostumbro publicar, creo que merece la pena su lectura; tuve oportunidad de ver los estragos de un rayo caído en una palma, cuando estudiaba en el Pedagógico Enrique J. Varona, en Ciudad Libertad y la experiencia fue absolutamente terrorífica... cristales rotos a mas de 5 metros de distancia, bancos de piedra partidos al medio... brrrr! El autor nos alerta de que Cuba es número uno en pérdidas de vidas por este flagelo... (sin contar la pérdida de equipos eléctricos y electrónicos, como pueden atestiguar los vecinos de mi municipio, Habana del Este). Así que, a no jugar con los rayos, eh?

Tras la estela del rayo

Por Lissette Martín Foto: Jorge Luis Sánchez

“Te acuerdas de Santa Bárbara cuando truena”, suele decirse en esta Isla cuando las personas, en caso de apuro, invocan a la que el sincretismo religioso le identifica como Changó. Cuentan que su mismo padre fue quien la decapitó en la cima de una montaña, tras lo cual un rayo lo alcanzó a él, dándole muerte también.

Pero en estos detalles no se detiene el experto en tormentas eléctricas, del Instituto de Geofísica y Astronomía (IGA), Reniel E. Suares Pérez, quien con sus 44 años de labor acumula más de dos décadas de estudios, investigaciones y aportes.

“Entre los fenómenos meteorológicos los rayos son los que más vidas cobran y hay dos formas de morir por sus consecuencias: impacto directo, es decir, que caiga sobre la persona, o por estar cerca del accionar de la tensión generada al caer –se le denomina tensión de paso-, de ahí la importancia de colocar los pies bien juntos cuando pasamos una tormenta eléctrica.

“En Cuba las tormentas eléctricas se producen durante todo el año, pero desde mediados del mes de abril hasta finales de noviembre se registra la mayor prevalencia de los rayos”, asegura, tras indicar que resulta necesaria mayor percepción de riesgo e información entre la población y las entidades, en pos de evitar sus impactos. “Todos son peligrosos”, advierte.

Una descarga de rayo ocurre entre 10 microsegundos y 100 milisegundos, alcanza una temperatura de 27 mil grados centígrados y es capaz de propagarse a una velocidad de 340 metros por segundo. Por otra parte, su tensión o voltaje abarca desde uno hasta 1000 kilovolt y la intensidad de la corriente abarca desde cinco hasta 300 kiloamperes. “Si comparamos estos parámetros y la pequeña intensidad de corriente soportable por el cuerpo humano quedamos en total desventaja”, dice.

Un estudio realizado por el Grupo de Electricidad Atmosférica (ELAT), organismo vinculado al Ministerio de Ciencia y Tecnología de Brasil, revela cómo en nuestro país ocurren 5,9 muertes por millón de habitantes, debido a la alta densidad de descargas eléctricas por kilómetros cuadrados, y a la insuficiente noción de cómo mitigar y manejar la ocurrencia de este fenómeno atmosférico.

El propio estudio destaca que no conocer la proximidad de una tormenta eléctrica, elegir como refugio lugares inseguros y el desconocimiento de los efectos secundarios de la caída de un rayo, contribuyen a que Cuba encabece la lista de países latinoamericanos donde mueren más personas por los rayos. “Por eso resulta un imperativo ampliar la información sobre los peligros de vulnerabilidad y riesgo que ocasionan sobre las personas, edificaciones o, cualquier objeto y superficie de la tierra”, insiste el especialista, y llama a la observancia de estas acciones:
*Si nos encontramos en espacios abiertos prestar atención al aumento de la nubosidad, que por lo general ocurre a partir del mediodía con el alza de la temperatura y guarecernos.
*No refugiarse bajo árboles, lugares con techos o cubiertas de guano, paja o madera.
*No permanecer en la playa, presas y ríos durante las tormentas eléctricas.
*No tener miedo a prestar ayuda a una persona impactada por un rayo
*Los lugares seguros son: vehículos completamente cerrados (debemos mantener las piernas unidas y no pegarnos a la parte metálica), y edificaciones con ventanas y puertas cerradas con techos o cubiertas de concreto de más de 10 centímetros de espesor; también edificaciones con cubiertas de metal son seguras si están diseñadas para la protección contra el rayo, según las normas vigentes.
*No tocar ni conectar ningún equipo eléctrico o electrónico durante el paso de una tormenta eléctrica, tam-poco pilas de agua, cañerías, tijeras, sombrillas; no debemos hablar por teléfono.
*Para mitigar los efectos de la tensión de paso, permanecer con los pies unidos cuando nos encontremos de pie sobre la superficie de la tierra o pisos.
En cuanto a la protección en la playa exhortó a salir del agua inmediatamente y guarecernos ante la evidencia de una tormenta eléctrica, pero como por lo general es una zona desprotegida un paliativo es agacharnos, con los pies bien unidos.

Y en las casas ¿en qué aérea debemos ponernos?

-Siempre separados de las ventanas, pues si es de vidrio puede romperse por la caída de un rayo en una edificación cercana y no morir por su impacto sino por algún cristal que salte.

“Lo indicado es sentarse sin separar los pies o en un lugar donde no se tenga contacto con el suelo, porque en una vivienda también ocurre la tensión de paso.

Clientes confiados

Reniel Suares Pérez integra el Departamento de protección contra tormentas eléctricas a edificaciones y áreas abiertas, vulnerabilidad y riesgo del IGA. “Acumulamos más de dos décadas de labor cercana con empresas y organismos de todo el país, fundamentalmente de Salud, Turismo y la Industria; en ese tiempo, más de un centenar de entidades han recibido los servicios que prestamos.”

“Nuestro principal cliente es, desde hace 14 años, Aguas de La Habana, preservándole todos los pozos que bombean hacia la ciudad; también atendemos instalaciones de la red hotelera del país, así como grandes industrias confiadas en la calidad de nuestro trabajo, el cual se rige por las normas vigentes y está certificado, además, por la Agencia de Protección Contra Incendios.

¿Cómo pueden los interesados acceder a sus servicios?

-Las entidades pueden acercarse al departamento comercial de nuestro Instituto, sito en calle 212, número 2906, esquina 29, reparto La Coronela, en el capitalino municipio de La Lisa; también a través del correo electrónico suarez@iga.cu, o el teléfono 271- 0644, extensión 105. Por nuestra parte hacemos una visita inicial para apreciar la estructura donde trabajaremos, se toman datos preliminares y el cliente recibe una oferta económica. Igualmente, le entregamos un informe descriptivo de todo cuanto hemos instalado y le aseguramos el mantenimiento al año siguiente, sin costo alguno.

Basta un segundo

El trabajo de toda una vida en un centro puede echarse a perder en apenas un segundo si no existe un adecuado sistema de tierra, de supresores o el de pararrayos. Ese mensaje lo transmiten Suares y sus compañeros del departamento en los colectivos adonde llevan sus saberes.

“Hemos diseñado cursos con categoría 1 para maestría en el tema de protección contra tormenta eléctricas en edificaciones y áreas abierta; en lo que va de año ya impartimos cinco y próximamente comenzamos uno para la empresa COPEXTEL. Asimismo, desde hace tres años lo hacemos con entidades del petróleo.

Más adelante señaló que preparan cursos diferenciados de acuerdo a los diferentes niveles de los participantes, y conferencias para ingenieros, técnicos y personal que instala estos sistemas en industrias y organismos del país. No han faltado eventos organizados con la presencia de líderes mundiales en el tema.

“Todos estamos expuestos a los rayos”, afirma a modo de conclusión este estudioso apasionado de los rayos, quien no se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, sino que confía en lo aprendido sobre estos fenómenos y cada día hace más por contribuir a mitigar sus impactos.

Tomado de Tribuna de La Habana