viernes, 21 de noviembre de 2008

La Revolucion Cubana, Latinoamerica y el Caribe en 1959


La Revolución Cubana y su inserción en la contradictoria realidad latinoamericana-caribeña en 1959
. (I Parte)
Por Orlando Cruz Capote*

En el desfavorable marco ideopolítico regional latinoamericano y caribeño, la Revolución Cubana, a partir del primero de enero de 1959, desplegó una intensa proyección internacional. (1) A la dirigencia revolucionaria del proceso no le eran ajenas o desconocidas las doctrinas al uso en la política exterior de Washington. Desde finales de la década del 40, las élites de poder de esa potencia imperialista-capitalista se habían pronunciado a través de numerosos discursos, documentos oficiales y artículos de prensa, acerca de cuáles eran los lineamientos de ese país hacia América Latina y el Caribe, y con respecto al resto del mundo. Tales cuerpos doctrinarios eran claramente agresivos e iban desde la política de “contención del comunismo”, la “represalia masiva”, hasta la “disuasión atómica”, conjuntamente con la “política al borde del abismo” (brinkmanship), que se habían elaborado bajo el pretexto de la Guerra Fría y se enfilaron hacia el naciente campo socialista este europeo y la Unión Soviética. Pero tales políticas, ideologizadas al máximo, trataron de contener “en última instancia” al movimiento de liberación nacional y social en todas las regiones del planeta. Uniéndose a estas formulaciones, las viejas intenciones de la Doctrina Monroe -“America para los americanos”-, el Destino Manifiesto y las permanentes estrategias de considerar a Latinoamérica como su “traspatio natural” o “tercera frontera”.

La defensa del “mundo libre” y el “occidente cristiano” contra el comunismo, constituyó la coartada perfecta para evitar el surgimiento de nuevos países y gobiernos con una alternativa nacionalista y social radical -socialista- que pusiera en crisis la hegemonía norteamericana en el área latinoamericana-caribeña y en el Sur subdesarrollado. La percepción de las autoridades del Imperio del Potomac sobre la realidad mundial, consistía en que la presencia del bloque socialista en la Europa del Este, incluyendo en primer lugar a la URSS y al que se sumaría la China popular, servían como un contrapeso estratégico que permitiría una retaguardia de apoyo para los cambios socioeconómicos y políticos en los países periféricos. Aunque esta reasimilación y relectura, muy ideologizante, de los Acuerdos de Yalta (1945), no era ni siquiera creíble porque en ese pacto, en realidad, se concebía al mundo dividido en zonas de influencias, euroasiáticas esencialmente, entre los EE.UU. y la URSS, y nunca más allá de esas fronteras. Sin embargo, los gobernantes estadounidenses trataron de ahogar cualquier intento de variar el mapa político planetario, con el slogan muy publicitario pero efectivo de “¡Ahí vienen los rusos!”. Y esa retórica política-reaccionaria se aplicó en el caso de la Guatemala del nacionalista Jacobo Arbenz en 1954, al amparo de la tristemente famosa “Resolución 93”, aprobada en la lX Conferencia Interamericana de Caracas, de la Organización de Estados Americanos (OEA) que señalaba, sin tapujos, “la necesidad de la solidaridad continental para la preservación de la integridad política de los Estados Americanos contra la intervención del comunismo internacional” (Declaración de la solidaridad para la preservación de la integridad política de los Estados Americanos contra la intervención del comunismo internacional", Inter-American Conference 10th. Caracas, 1954. Final Act., Washington, 1954, en Archivo del MINREX de Cuba).

Por ello, ante tal contexto hemisférico y mundial, uno de los primeros pasos de la política exterior de la Revolución Cubana fue la de insertarse en el sistema de relaciones políticas internacionales, en especial, en su región geográfica natural, la América Latina y el Caribe, a pesar de la omnipresencia de los EE.UU. y de su instrumento panamericano, la OEA, creada en 1948 y del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR-1947). Pero esa incorporación cubana se realizó con un nuevo discurso que llevó como sello indiscutible el signo político del bloque socioclasista que había tomado el poder en la Isla. Tal proyección internacional tenía que ser necesariamente patriótica, nacional-antiimperialista, latinoamericanista, tercermundista, solidaria y en plena correspondencia con la actitud que asumieran los gobiernos con respecto a Cuba.

El Comandante en Jefe Fidel Castro lo hizo tangible en un programa televisivo en el primer trimestre de 1959, cuando expresó que “[...] Se habla mucho de antiimperialismo, pero un antiimperialismo verbal [...] Nosotros lo primero que hemos hecho aquí, es restablecer plenamente nuestra soberanía nacional, como un derecho del pueblo cubano, y de una manera abierta y clara y terminante. [...] Después hemos promovido la necesidad de estrechar los vínculos entre los pueblos de América Latina; primero, sobre una base de identificación política, sobre una base de identificación con una causa justa, con la Revolución Cubana, que ha servido en este momento de vínculo entre los distintos pueblos de la América Latina. Les hemos pedido el respaldo a los pueblos de la América Latina; les hemos dicho que estamos conscientes de que la fuerza de la opinión pública de los pueblos de la América Latina la necesita la Revolución Cubana para triunfar. [...] Una de las primeras cosas de las que deben convencerse los pueblos de América Latina, es que tienen que eliminar ese cáncer que se llama las castas militares, y que constantemente están en acecho de los pueblos para tratar de subyugarlos”. (Fidel Castro Ruz Comparecencia por CMQ- TV, La Habana, 6 de marzo de 1959, Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado, Archivo del Instituto de Historia de Cuba)

En los primeros pronunciamientos de la dirección revolucionaria posterior al triunfo del Primero de Enero de 1959, se evidencia una línea de continuidad con respecto a aquellas concepciones y expresiones proclamadas en el exilio y luego en la Sierra Maestra y, aún más, la prosecución del ideal latinoamericanista solidario de las epopeyas libertarias del siglo decimonónico y de lo mejor del pensamiento y accionar revolucionario radical y antiimperialista del siglo XX. Al unísono, continuaba latente y con pleno potencial, el espíritu nacional revolucionario y latinoamericanista de la gesta liberadora y social cubana en sus diferentes períodos y etapas. Por eso, en un lugar prominente, la dirección revolucionaria se declaró partidaria del respeto inalienable de cualquier pueblo de implantar en su país el sistema sociopolítico y económico que decidiera; contraria a la violación de los principios de no intromisión e intervención en los asuntos internos de otros Estados; acorde con la idea de la convivencia, la cooperación, la amistad y la solidaridad entre los gobiernos y pueblos, y abanderada de la lucha por el desarrollo y la paz hemisférica y mundial.

En ese afán de búsqueda de unidad y articulación urgente, la vanguardia política cubana distinguió dos grupos fundamentales de formas de gobiernos en la América Nuestra: las democracias burguesas representativas y las dictaduras. Hacia cada una de ellas se elaboró una política diferenciada, e incluso, muy variada al interior de cada una de las mismas.

Esclareciendo meridianamente la posición cubana acerca de la interpretación del derecho internacional y la solidaridad entre los desposeídos y oprimidos, el máximo líder del proceso revolucionario afirmaba, el 24 de abril de 1959, desde el Parque Central de Nueva York que, “[...] Desde aquí decimos que Cuba y el pueblo de Cuba y los cubanos, dondequiera que estemos, seremos solidarios con los anhelos de liberación de nuestros hermanos oprimidos [...] No quiere decir que nosotros vayamos a intervenir en otras naciones, porque hay un principio que es vital para los pueblos de nuestra América, el principio de no intervención, el derecho a que no se intervenga en nuestros pueblos [...] Se nos ha preguntado si creemos que las revoluciones deben exportarse y hemos respondido que no [...], que las revoluciones se hacen por los propios pueblos, que los propios pueblos son capaces de conquistar su libertad. Pero hay algo que los pueblos oprimidos necesitan y es la solidaridad. [...] sembremos fe y estaremos sembrando libertades; sembremos aliento y estaremos sembrando libertades; sembremos solidaridad y estaremos sembrando libertades. [...] Cuba está ahí. Allá en nuestra patria tienen acogida generosa los perseguidos políticos. Allá en nuestra patria los demócratas de todo el continente encontrarán siempre el aliento y la fe de todos los cubanos”. (Fidel Castro Ruz Discurso en el acto de masas en el Parque Central de Nueva York, el 24 de abril de 1959. En, El Pensamiento de Fidel Castro. Selección temática, T. I, Vol.II, Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución socialista de Cuba, Editora Política, La Habana, pp. 608-609).

De esa forma, fueron duramente repudiadas las dictaduras de República Dominicana, Paraguay, Nicaragua y Haití, las cuales fueron emplazadas y criticadas en la arena internacional, ya fuera en el marco de la OEA o en la Organización de Naciones Unidas (ONU), proclamando que la Isla sería una segunda patria para aquellos combatientes que necesitaran de un exilio seguro y una base de apoyo para continuar la lucha en sus países. Muy en especial, fueron acusadas las tiranías caribeñas de Santo domingo y Haití. Hacia estos gobiernos tiránicos, aunque no se tomó la iniciativa de romper las relaciones diplomáticas, a excepción de Santo Domingo, se establecieron vínculos de muy bajo nivel o de una relación crítica, realizándoseles denuncias sistemáticas por violar los más elementales derechos humanos de sus ciudadanos, además de ser serviles lacayos de los imperialistas norteamericanos y componentes esenciales de su sistema hegemónico.

En fecha tan temprana, como el 15 de enero de 1959, Fidel Castro en un pronunciamiento en el Club de Rotarios, en La Habana, además de resaltar la importancia y el significado del proceso revolucionario cubano para los demás pueblos latinoamericanos, condenó a la dictadura trujillista, la acusó de ponerse del lado de las campañas anticubanas de algunos círculos de poder y de la prensa norteamericana y profetizó el derrocamiento inevitable de ésta y otras tiranías en el hemisferio gracias a la lucha mancomunada de sus pueblos, el apoyo solidario de los gobiernos y pueblos democráticos y progresistas del continente. Y el 22 de enero, en una conferencia de prensa, definió su pensamiento bolivariano y martiano, ante la pregunta de un periodista, al decir que, “[...] Yo quisiera, un sueño que tengo en mi corazón [...] sería ver un día a la América entera unida y no solamente dándonos la mano ahora para resolver nuestro problema, sino ser todos una sola fuerza como debiéramos serlo, porque tenemos la misma raza, el mismo idioma y el mismo sentimiento. [...] Esto tal vez sea una utopía, pero yo les digo mi sentimiento en eso. [...] Se le han hecho muchas estatuas a Bolívar y muy poco caso a sus ideas, es la verdad [...]. ” (Fidel Castro Ruz Conferencia de prensa, en el hotel Habana Riviera, la Habana, 22 de enero de 1959, Idem., p. 565.)

Magnitud especial tuvo la referencia hacia el caso puertorriqueño. Al respecto expresó que “[...] soy martiano sobre el problema de Puerto Rico. Usted sabe que Martí era partidario de un Puerto Rico libre. [...] Creo que esa es una opinión que la puedo sostener, un sentimiento que emana de nuestra tradición libertadora [...]”. (Fidel Castro Ruz, Idem., p. 607.) La solidaridad con los presos políticos nacionalistas de esa pequeña Isla hermana fue incesante así como la lucha por su liberación inmediata. También se convirtió en accionar de primera línea de la incipiente política exterior cubana, la reincorporación del caso borinquen al grupo-comité de des-colonización de la ONU y, con ello, el reinicio de lograr su inclusión en la lista de países coloniales a los cuales Estados Unidos debían otorgarles su independencia y soberanía, aunque en la década del 50 le había concedido el eufemístico estatus de Estado Libre Asociado.

Los pronunciamientos de solidaridad con las causas justas y democráticas y el rechazo a los gobiernos totalitarios-tiránicos tenían sólidos basamentos. Y no solo vistos desde el ángulo político y diplomático sino a través de una óptica revolucionaria y ética de profundas raíces humanistas, que estaban en correspondencia con el pensamiento antidictatorial que animó la lucha político insurreccional y con la política democrática-popular de la Revolución Cubana. Como lo afirmó el historiador y politólogo haitiano Gerard Pierre Charles, al escribir que “[...] Cuba no solo instaba a la opinión pública y a las naciones del continente a combatir a esos regímenes, sino también proclamaba su derecho y decisión de brindar toda clase de ayuda a los revolucionarios de estos países, en su combate emancipador”. (Gerard Pierre-Charles El Caribe a la hora de Cuba, Casa de las Américas, La Habana, 1981, p. 183).

La Revolución Cubana necesitó insertarse en su medio natural geográfico, histórico, lingüístico y cultural fundamental, aunque con una visión latinoamericanista y antiimperialista, por lo tanto nacional y antipanamericanista autóctona, siempre del lado de los pueblos y las fuerzas sociopolíticas más avanzadas. Ello además le granjeaba prestigio y le permitía consolidar un amplio movimiento solidario para con su proceso revolucionario. Y este objetivo debía lograrse con principios, pero con una realpolitik que les permitiera, sin concesiones, una selección crítica hacia cuáles gobiernos democráticos burgueses podía asociarse o coexistir, aunque fuera transitoriamente, para lograr el propósito cubano de preservar su Revolución y lograr la unidad latinoamericana. En tal sentido fue significativo el nombramiento de Raúl Roa García en febrero de 1959, como embajador cubano en la Organización de Estados Americanos y en junio como Secretario de Estado, luego Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba. La presencia de esta personalidad revolucionaria en las esferas del poder político, a pesar de la continuidad de algunos ministros reformistas, despertó amplios resquemores y recelos no solo en las autoridades de Washington, sino en las propias democracias representativas del subcontinente y sus oligarquías en el poder, porque su amplia trayectoria política latinoamericanista y antiimperialista era destacable desde la década del 30 del propio siglo XX.

Los discursos iniciales de éste y otros dirigentes de la Revolución Cubana, llamando a las masas populares a incorporarse de manera protagónica a los cambios, eran observados con admiración por parte de algunos y, como un mal ejemplo a seguir, por la mayoría de los políticos burgueses tradicionales. No obstante, el impacto del éxito guerrillero rebelde y revolucionario cubano fue in crescendo y su repercusión marchó simple y llanamente indetenible en la opinión pública subcontinental. En esa lógica, la naciente Revolución debía aprovechar ese eco positivo en muchos sectores, incluso burgueses -aquellos que proclamaban su derecho nacional capitalista, separados de las ansias monopolistas exógenas-, para servir de ejemplo en la lucha antitiránica y contra la dependencia norteña, levantar la solidaridad con el proceso en curso, evitar un aislamiento prematuro del mismo y neutralizar las intenciones norteamericanas de desviar y revertir el cauce revolucionario isleño. Se trataba de alejar al máximo posible la intervención estadounidenses y un dictamen-pronunciamiento de la OEA en contra de la Revolución Cubana. Y a decir verdad, estos últimos objetivos se lograron en cierta medida durante ese primer año 1959. Todos los gobiernos latinoamericanos y caribeños reconocieron al nuevo gobierno de Cuba. Esta actitud estuvo justificada, en parte, porque los EE.UU. habían dado ese paso el 7 de enero.

Por ello, y gracias a la política diferenciada hacia las democracias representativas burguesas, el primer gobierno en reconocer al joven proceso revolucionario fue el de Venezuela y no por azar. Ello sucedió el 6 de enero de 1959, un día antes del reconocimiento de Cuba por los EE.UU. Como tampoco correspondió a la contingencia el hecho de que el inicio del periplo internacional del Comandante en Jefe Fidel Castro, por los diferentes países del hemisferio y el mundo se diese en tierra bolivariana, país al cual arribó el 23 de enero de 1959. Ese fue el pueblo que había derrocado al dictador Marco Pérez Jiménez. Así comenzó “La Operación Verdad” en la cual Cuba, en las palabras de su máximo líder, expuso tempranamente las ideas de la Revolución y, al mismo tiempo, intentó desbaratar las campañas insidiosas en su contra, a raíz de los juicios a los criminales de guerra.

El caso venezolano ocupó un lugar especial en los intentos de Cuba revolucionaria de reinsertarse en la región. La oposición democrática y progresista venezolana había derrotado al régimen dictatorial de Pérez Jiménez, en 1958. Poco después hubo un tránsito democrático que llevó al poder y a la presidencia de ese país, al Dr. Rómulo Betancourt. Tal proceso interno venezolano sirvió de acicate a los revolucionarios cubanos en la contienda guerrillera y clandestina contra Batista. Además, el triunfo popular venezolano amplió la base de solidaridad hacia Cuba, al convertir a ese país latinoamericano-caribeño en la sede de uno de los principales grupos de exiliados político-revolucionarios cubanos. La Radio Rebelde, inaugurada el 24 de febrero de 1958, contó a partir de entonces con la posibilidad de reproducir y amplificar con mayor potencia su señal de trasmisión hacia Cuba, gracias a las instalaciones venezolanas a las cuales tuvo acceso y apoyo. También en esa capital se celebró la reunión entre las diferentes fuerzas insurreccionales y oposicionistas a Batista, en julio de 1958, firmándose el conocido Pacto de Caracas. Asimismo algunas expediciones aéreas que trajeron armas y otros medios para la lucha guerrillera se organizaron y partieron desde tierras venezolanas.

Esa amistad y solidaridad provenía desde las gestas independentistas latinoamericanas encabezadas por El Libertador, Simón Bolívar, el cual en una carta escrita en Kingston, Jamaica, el 6 de septiembre de 1815, expresó que, “[...] Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse [...] ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar de discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. [...] Las islas de Puerto Rico y Cuba que, entre ambas, pueden formar una población de 700 a 800.000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independentistas. Más, ¿no son americanos estos insulares?, ¿no son vejados?, ¿no desean su bienestar? [...]” (Documentos. Simón Bolívar, Colección Literatura Latinoamericana, 2da Edición, Casa de las Américas, La Habana, 1975, pp.41-43). Y retomando el tema de portorriqueño y cubano, en una misiva dirigida al General Andrés Santa Cruz, Bolívar reafirmó, en 1827, que [...] Parece llegado el momento de que hagamos la deseada expedición a La Habana y Puerto Rico, pues que ninguna ocasión se presenta más favorable. La Inglaterra nos dará buques y dinero. Así debe Ud. tener las tropas colombianas y peruanas en el mejor pie de marcha para cuando yo las pida”. (Idem., p. 319).

No era nada extraño entonces que entre las democracias representativas burguesas en América latina y el Caribe, la nación venezolana (2) ocupara un lugar especial para Cuba revolucionaria. Esta actitud estaba también respaldada por la actitud hostil del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo contra el proceso democrático de ese país. En aquellos momentos, en el panorama político latinoamericano, Venezuela democrática aunque burguesa, era la antítesis de la República Dominicana dictatorial. Las coincidencias políticas e ideológicas de los procesos cubano y venezolano no eran ni siquiera lo más importante para promover un compromiso o una alianza de Cuba y las fuerzas representadas en el gobierno de Caracas -muy heterogéneas en su espectro ideopolítico-, en especial, de su Presidente Rómulo Betancourt, sino lo básico fueron las movilizaciones populares encabezadas por los trabajadores sindicalizados y los estudiantes venezolanos, fundamentalmente, que se sucedían en esa nación solicitando mayor radicalización de su proceso y que, además, mostraron de inmediato una gran solidaridad y apoyo hacia la Revolución Cubana.

Para el Gobierno Revolucionario constituyó una política de principios apoyar y encontrar una mancomunidad con ese pueblo y las fuerzas progresistas de la Venezuela democrática con el fin de enfrentar de forma unida las campañas difamatorias contra los dos gobiernos, respaldar la lucha del pueblo dominicano y, como corolario, contar con el voto favorable a Cuba del gobierno venezolano en la OEA, y el voto de Cuba a favor de la tierra de Bolívar en el mismo organismo regional, en caso de que fueran sentenciados por los EE.UU. y sus acólitos. Y tales fueron los múltiples objetivos de la visita de Fidel Castro a ese hermano país entre el 23 y el 27 de enero. Pronunciando varios discursos, brindando entrevistas y reuniéndose con el Presidente Rómulo Betancourt, así como con otros ministros, senadores y representantes, el 25 de enero, el máximo dirigente cubano hizo llegar la verdad de Cuba al pueblo y gobierno venezolano. Allí expuso los propósitos de la Revolución en la Isla en su presente y para el futuro y, como punto clave, se conversó acerca de la realidad dictatorial en República Dominicana y se acordó, entre ambos mandatarios, un plan conjunto para ayudar a los patriotas de ese país. Ello evitaría que el sátrapa quisqueño continuara sus planes desestabilizadores contra Venezuela y Cuba. La idea de crear y apoyar una fuerza dominicana e internacional para derrocar al dictador se la hizo llegar el propio Betancourt a Fidel. Este último fue receptivo a los planteamientos venezolanos, no por la propuesta de su presidente, sino por los principios internacionalistas que sustentaba la Revolución. Además, se previó -a juicio de este autor- la posibilidad de iniciar la creación de un frente común, con dos países en un comienzo, contra el imperialismo norteamericano, los gobiernos tiránicos y los más clientelistas y seguidistas al mismo. A Cuba le era necesaria una revolución o frente continental para poder hacer frente a la ya incipiente embestida imperial norteamericana y de sus seguidores.

El llamado de solidaridad del máximo líder cubano con el proceso democrático venezolano llegó hasta el extremo de expresar la convicción, en el Congreso de ese país el 24 de enero, de que Cuba estaba dispuesta a apoyar al pueblo bolivariano no solo moralmente sino con el posible envío de hombres y armas en caso de agresión externa. Fidel expresó en aquel momento histórico que, “[...] De ahora en adelante, sepan los tiranos que para hacer daño a Venezuela, hay que contar con Cuba, así como hay que contar con Venezuela cuando se piense en dañar a los cubanos. Allá tenemos hombres y armas para cuando se necesiten [...]” (Fidel Castro Ruz Discursos para la historia, Imprenta Gall, Monte 516, La Habana, 1959).

Otro momento, en la consolidación de las nuevas relaciones que se intentaban construir con América Latina, fue la continuación de la gira de Fidel Castro por Trinidad-Tobago, Brasil, Argentina y Uruguay, entre el 26 de abril hasta el 8 de mayo. (3) Una mirada aguda hacia ese viaje permite corroborar los esfuerzos cubanos de mejorar las relaciones con los gobiernos democráticos de la región, incluso de hacer coincidir algunas ideas radicales de Cuba con la de otros procesos nacional-reformistas, que se manejaban por algunos mandatarios latinoamericanos. Tal fue el caso del Presidente de Brasil Juscelino Kubitschek, quien había proclamado la necesidad de que se aprobara un plan económico-financiero por parte de los Estados Unidos de América, denominado “Operación Panamericana”, de ayuda hacia los países de la región. (4) Sin similitudes en el monto de la ayuda, la forma de pagos y usos de tales financiamientos y otras medidas comerciales y tributarias, Fidel Castro arribó a Buenos Aires, Argentina, el 1ro de mayo, (la visita se extendió hasta el día 3 de propio mes), con la idea de lanzar la idea de un apoyo financiero de mayor alcance y dimensión para los países latinoamericanos.

En tierras argentinas, Fidel participó en la Reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) y adelantó una propuesta cubana de desarrollo económico social para la región. En ese plan Fidel solicitó un préstamo de EE.UU., por un monto de 30 mil millones de dólares, pagaderos en 10 años. Ello incluía transformaciones estructurales profundas en las economías latinoamericanas, como las reformas agrarias y otras medidas sociales, pero el trasfondo fundamental del pronunciamiento cubano era el llamado urgente a la liberación y la unidad latinoamericana. La propuesta cubana en Buenos Aires, quedó en el vacío relativo, al declarar el delegado norteamericano que era completamente idealista. Sin embargo, un año después el propio presidente D. Eisenhower enarboló un plan de ayuda al subcontinente, consistente en 500 millones de dólares. Y el próximo presidente del imperio, J. F. Kennedy en 1961, lanzó su programa denominado Alianza Para el Progreso, con un presupuesto de 20 mil millones para América Latina y el Caribe. Aunque los propósitos de ambos mandatarios -en especial Kennedy- eran los de evitar el surgimiento de “nuevas Cuba”.

Igualmente, a su paso por los demás países mencionados, Fidel Castro expuso las líneas fundamentales del proyecto revolucionario cubano, ganándose no solo la admiración de los pueblos y los sectores más revolucionarios y progresistas, sino de algunos demócratas sinceros en los gabinetes ministeriales, congresos y cámaras, así como en los partidos de oposición de esas naciones. Otros pasos dados en ese sentido, fue la visita del Presidente Osvaldo Dorticós Torrado efectuada al año siguiente, entre el 22 de mayo y el 14 de junio de 1960, a Argentina, Uruguay, Brasil, Perú, Venezuela y México,

A pesar de las presiones norteamericanas y algunos antagonismos con las dictaduras de Trujillo, Duvalier (hijo), Somoza y contradicciones con el gobierno de Panamá, Cuba logró reinsertarse en el panorama político latinoamericano y caribeño, aunque con ciertas limitaciones políticas y económicas. Ello constituyó un logro de la joven diplomacia revolucionaria, a pesar de algunos acontecimientos que fueron aprovechados por los EE.UU. y algunos gobiernos de la región para acusar a Cuba de intervencionista y convocar a la OEA, para analizar las tensiones en el Caribe.

Por otra parte, algunos de los principios básicos de esa política regional diferenciada, según el carácter democrático-representativo o dictatorial de los gobiernos, tuvieron también una rápida aplicación práctica hacia los regímenes que tenían un orden represivo a lo interno de sus sociedades, un rumbo exterior anticubano y un alto grado de entreguismo con respecto a los Estados Unidos. La solidaridad con los movimientos revolucionarios fue la respuesta cubana.

Notas bibliográficas y referencias:

  1. La proyección internacional de Cuba es más abarcadora que la política exterior, esta última remitida a su Ministerio de Relaciones Exteriores. En el caso de la primera, participan otras instituciones y organizaciones partidistas, de masas y sociales.
  2. Otros gobiernos con estas características fueron: México, Brasil, Uruguay, Chile, Argentina, etc.
  3. Esta gira contempló, además, a los EE.UU., Canadá y, finalmente, Puerto España.
  4. El plan de Kubitschek estaba a tono con los conceptos que habían ganado adeptos en los EE.UU., luego de la gira de Milton Eisenhower por el sur del hemisferio, en 1958. Y que fue aprobado, además, por el republicano Nelson Rockefeller (candidato a la presidencia) y el senador demócrata John F. Kennedy. Sin embargo, Richard Nixon era opuesto a esa ayuda económica y sí a un aumento en la ayuda militar a los regímenes latinoamericanos, fundamentalmente, sus fuerzas armadas y aparatos de seguridad.
Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, Cuba