Lo hará, en primer lugar, porque nunca antes como ahora, unas elecciones estadounidenses se habían convertido en planetarias. Si alguien dudaba aún del avance imparable de la globalización, pues ahí lo tiene: todo el mundo, de norte a sur y de este a oeste, ha estado pendiente de este duelo crucial, pues todo el mundo veía, con razón, que su resultado sobrepasaría de largo las fronteras del Estado que elige presidente.
A ese interés universal ha contribuido también, de un modo decisivo, el hecho de que uno de los candidatos sea afroamericano, en un lugar que mantuvo la segregación racial hasta bastante después de que el Tribunal Supremo -¡en 1954!- declarase contraria a la Constitución la doctrina «separados pero iguales». Que en menos de medio siglo un país pueda pasar de segregar por ley a los negros de los blancos a elegir un presidente negro tiene una trascendencia muy superior a que gane los comicios un republicano o un demócrata. Por eso, la elección de Obama supondría para Estados Unidos un cambio sideral, que no sería menor si el candidato demócrata se hubiera presentado por el partido de McCain.
Hay, a mi juicio, un tercer motivo trascendental para considerar históricas estas elecciones del año 2008: que acabarán con el que ha sido, muy probablemente, el peor período presidencial de la historia americana. Bush ha arruinado, hasta extremos pavorosos, el prestigio de Estados Unidos en el mundo, lo que, dadas las condiciones en que hoy se plantean las grandes batallas geoestratégicas, ha contribuido a desprestigiar también al único sistema que ha demostrado ser capaz de combinar razonablemente libertad y bienestar: el sistema constitucional de las democracias de Occidente.
Los ocho terribles años de presidencia de Bush hijo han hecho recaer, así, sobre las espaldas de Barack Obama, una responsabilidad y una ilusión descomunales: en EE.?UU. y en el resto del planeta. Por el bien de todos, hay que esperar y desear que, si al final el candidato del cambio llega a presidente, tantas esperanzas no se vean defraudadas y no terminen produciendo aquel efecto al que, lleno de pesimismo, se refería Daniel Defoe en su novela universal:
«Amamos hoy lo que odiaremos mañana».
http://www.lavozdegalicia.es/opinion/2008/11/05/0003_7286795.htm
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