viernes, 1 de febrero de 2013

Alicia Alonso: la tangible trascendencia del vuelo




Por Daniela Saidman*
** La legendaria bailarina, directora del Ballet Nacional de Cuba, fue galardona con el Premio de las Artes, que otorga la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA).

Aún tiene esa mirada que sabe volar, aunque casi no pueda ver. Como si cada paso fuera una brisa despeinando sus plumas de cisne o la prolongación de la contundencia de la Carmen de Bizet. Sus ojos, esos ojos que en cada imagen develan un batir de alas, un sentir de sueños se extiende en las tablas de los teatros con la magia de un decorado que siempre lleva una estrella ondeando tras los telones. Alicia Alonso (La Habana, Cuba, 21 de diciembre de 1920) es un mito edificado en la dulzura del movimiento, en la realidad del compromiso del arte, en la tangible trascendencia del vuelo.

Bailarina y coreógrafa, la Giselle de Nuestra América, ha recibido más de un centenar de premios y distinciones a lo largo de su carrera. La Orden José Martí de la República de Cuba o el título de Embajadora de Buena Voluntad de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura, son dos de los galardones que reconocen su trabajo como intérprete, coreógrafa, educadora y sobre todo como una artista íntegra y profundamente comprometida con su tierra y con su pueblo.

Giselle de Nuestra América

Ella misma cuenta que comenzó el ballet a los nueve años. Primero bailó en Cuba y después de casarse con Fernando Alonso, cuando tenía quince, subió a las tablas de Estados Unidos. Pocos años después el hermoso cisne que ya era sufrió de una enfermedad ocular, que la dejó parcialmente ciega. Para ella las luces de los escenarios eran camino que alumbraba la música. Y a pesar de esto, entre 1939 y 1940 fue solista en el American Ballet. “Desde la primera operación de desprendimiento de retina que me hizo Castroviejo en Nueva York, al principio de mi carrera, me están retirando. Pienso que soy una de las bailarinas del mundo que ha hecho su carrera a base del retiro”, confesó Alicia en una entrevista hace años atrás.

El 2 de noviembre de 1943, la Alonso protagonizó la famosa sustitución en Giselle que debió ser interpretada por otra grande de la danza clásica, Alicia Markova. Desde entonces su nombre es un hito en la historia de la danza en el mundo.  Sus pasos que parecen apenas rozar el suelo, la llevaron entre 1955 y 1959, con los ballets rusos de Montecarlo como estrella invitada. Además fue la primera bailarina del hemisferio oeste en actuar en la entonces Unión Soviética y la primera representante del continente americano en bailar con el Bolshoi y el Kirov, en los teatros de Moscú y Leningrado (hoy San Petersburgo), en 1957 y 1958. Así como brilló en el Ballet de la Ópera de París y el Royal Danish Ballet, entre otras muchas compañías.

Cuba danza

Fue en 1948 cuando Alicia Alonso fundó la primera compañía profesional de ballet en la historia de Cuba. Primero con el nombre de Ballet Alicia Alonso, y desde 1955, y por voluntad de la propia Alicia, lleva el nombre de Ballet Nacional de Cuba.

Los primeros años fueron de arduo trabajo, de incorporación de piezas coreográficas que serían importantes en su repertorio como las versiones completas de Giselle, Coppelia, Las sílfides y el Grand pas de quatre. En 1954 la compañía realizó el estreno en América Latina de la versión completa de El lago de los cisnes. Por primera vez se presentaban en el Teatro Colón, de Buenos Aires.

Apenas unos años después el Ballet de Cuba, con Alicia Alonso como estandarte, se enfrentó a la agresión del gobierno de Fulgencio Batista, quien trataba de convertirlo en su agente propagandístico. La posición libertaria del matrimonio Alonso y la convicción de que el arte es un ejercicio pleno de compromiso, no sólo los llevaron a denunciar públicamente la agresión, sino que Alicia dejó de bailar en Cuba hasta la llegada de la Revolución. Lejos de los escenarios de su país, la Alonso llevó consigo a los Estados Unidos a algunas de las más prometedoras figuras del ballet cubano.

Desde 1959 el Ballet Nacional de Cuba, no sólo emprendió una gran gira por Latinoamérica, sino que se convirtió en una embajada cultural de la revolución cubana.

Todo lo demás es historia. Alicia baila, vive bailando, vive enseñando a bailar. Vive vibrando con la música, con los sueños que ella supo hacer realidad. Cuba, ese país de estrechas fronteras y de amplias esperanzas, tiene uno de los ballets más importantes, no sólo de la América mayúscula, sino del mundo, y lleva y llevará siempre impreso, grabado a fuego y saltos, a piruetas y piano, el nombre de Alicia Alonso.

Embajada de la revolución

Alicia Alonso ha reconocido en múltiples entrevistas que desde la llegada de Fidel, el gobierno revolucionario se volcó en esta institución cultural con todos los afectos disponibles. “Nos dieron” comentaba la propia Alicia “un teatro, escuelas gratuitas, orquesta; pudimos examinar e incluir en nuestro ballet a todos los talentos de la isla y utilizar los talleres nacionales para hacer los decorados. Pudimos escoger a los niños y entrenarlos técnica y artísticamente. Si no tuvimos lo mejor fue por la situación, pero dispusimos de todo lo que había. Así nació o, mejor, floreció, la escuela cubana de ballet. A partir de entonces son cubanos la mayor parte de nuestros artistas, concedemos becas y enviamos a nuestros profesores a ayudar a otros países, justo al contrario que al principio. Esto nos hace muy felices”.

*(Ciudad Guayana, 1977) Poeta y periodista en diversos medios digitales

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