jueves, 26 de junio de 2014

Muchos de mis amigos ven con suspicacia a Vincenzo... yo, tengo que decirlo, encuentro en él a alguien que ama a Cuba y que la defiende... hasta de aquellos que la aman... demasiado:

¿Solidarios con Cuba?

Por Vincenzo Basile

La anécdota reproducida en el post Espacio libre de estalinistas describe un acontecimiento que se relevó necesario e imprescindible para la evolución de mi peculiar conciencia revolucionaria.

Claramente no fue un caso aislado. En los primeros momentos de mi actividad de solidaridad con Cuba, no sólo he sido calificado de revisionista burgués, sino hasta de agente de la USAID, explotador del turismo sexual y otros apelativos muy poco agradables para reproducirlos integralmente. Todo ello sólo por rechazar los esquemas interpretativos típicos de la guerra fría, solamente  por ejercer mi elemental derecho a opinar y por dar mi personal visión de Cuba, desde una perspectiva completamente libre de cualquier tipo de triunfalismo y, sobre todo, dogmatismo, los dos auténticos enemigos de las revoluciones. 

El primero no permite el levantamiento de la crítica necesaria para erradicar de la sociedad socialista esas contradicciones que han permanecido tras el triunfo revolucionario y se manifiestan, inevitablemente, durante el largo periodo de transición hacia el fin de la historia. El segundo es mucho más peor. Es la niebla que cae sobre el intelecto. Es el freno que detiene el progreso teórico que bloquea el progreso práctico. Es el más grande obstáculo en la edificación y en el fortalecimiento del socialismo, del comunismo o de cualquier otra obra humana que pretenda plasmar la realidad.

No voy a hablar de la necesidad de eliminar el triunfalismo en Cuba, el tema ha sido largamente abordado en otras ocasiones. Lo que aquí se pretende discutir es la necesidad de eliminar estos males entre las filas de los movimientos solidarios con Cuba. Expulsar este bloqueo histórico que afecta a muchos de los educadores que personalmente he conocido, los que deberían movilizar a las masas, intentar instruir a la opinión pública mundial, enseñarle al mundo la realidad cubana y ofrecerle una visión alternativa de los hechos. Esto es seguramente -o por lo menos debería ser- el objetivo atávico que guía a todos los que hemos emprendido esta sincera tarea de ponernos al lado del pueblo de Cuba y de defender su Revolución.

Pero, como dicho, algunos de ellos -aunque inconscientemente- representan un inmenso daño para la solidaridad con Cuba, en el momento en que su atributo principal, el motor interno que los guía, no es el amor a la Isla, sino una asfixiante y anacrónica mezcla de dogmatismo y triunfalismo.

Estas personas, en primer lugar, en sus discursos son unos extremos, a veces fanáticos. Ellos pretenden ser ‘buenos comunistas’, y tal vez lo son, pero actúan con violencia verbal, intransigencia política e intolerancia al pensamiento ajeno. Su actividad no consiste en difundir la verdad de Cuba entre las masas desinformadas, sino en reunirse con su estrecho círculo de compañeros para hablar de algo que ellos -por supuesto- ya saben. Es decir, estas personas no crean discursos contra-hegemónicos, no informan a los desinformados sino a los que ya están bien conscientes de la realidad cubana, anulando completamente el objetivo último de su tarea.

Por otro lado, si un incauto visitante -sin una precisa connotación política pero potencialmente interesado a conocer la realidad cubana- se encuentra en una de esas reuniones, frente a tanta intolerancia y a una símil carga ideológica de todo el discurso, decepcionado abandonará la reunión y su interés a conocer un aspecto distinto de la realidad de la Isla.

Este ‘solidario con Cuba’ no tolera que este visitante no es un comunista y no acepta que su objetivo principal -como solidario- no es convertirlo, más bien ofrecerle una visión distinta de la realidad y de la sociedad cubana, los logros de su sistema social, político y económico, pero también las contradicciones que caracterizan a una realidad claramente imperfecta, evitando así caer en el dogmatismo ideológico. Imagínense a un grupo de estalinistas intentando imponer su punto de vista a personas que quieren conocer a una Cuba distinta de la que representan los medios internacionales pero que no comparten sus visiones sobre la antigua URSS. Sería el caos.

Si el incauto visitante preguntase, por ejemplo, sobre los bajos salarios cubanos o sobre la emigración, podría encontrar respuestas como “Cuba es perfecta. Los que se quejan de los salarios son unos gusanos, unos contrarrevolucionarios. ¡Qué se vayan a Miami!” o “A los que se quejan deberían deportarlos en el barrio más pobre de Haití, para enseñarle como es el capitalismo”. Y no se trata de hipótesis, sino de experiencias reales, ocurridas, a las que asistí con desconcierto y profunda pena.

Esta gente no quiere aceptar que Cuba es pobre y con muchísimas necesidades materiales, algunas  -por supuesto- debidas al la guerra económica del vecino, y otras a gestiones internas ineficientes. No quiere aceptar que el salario cubano no alcanza. No quiere admitir que en Cuba hay corrupción y excesivo secretismo. Estos ‘solidarios’ no separan emigración económica y emigración política (que prácticamente ya no existe). Su visión de Cuba está anclada a la guerra fría, a un discurso viejo, del siglo pasado, que quiere fomentar rígidas separaciones que ya no existen en Cuba, entre las nuevas generaciones cubanas.

Pero, sobre todo, estas personas se caracterizan por una profunda perversidad. Ellos, en la mayoría de los casos, han viajado a Cuba y han visto con sus propios ojos lo bello y lo malo de este país. Luego, tras regresar en su odiado capitalismo, han olvidado los aspectos negativos de Cuba y han idealizado un proyecto humano imperfecto, elevándolo a modelo para su sueño, un sueño límpido que tiene que ser protegido por quienes intentan mancharlo. Así, con todas sus necesidades satisfechas en su rico país, tienen la arrogancia de establecer como tiene que vivir el cubano, hasta cuando el cubano tiene que sacrificarse, cuando el cubano puede quejarse y cuando esta queja lo convierte en un contrarrevolucionario. Estas personas deciden cuando la queja se hace peligrosa, cuando la crítica legítima se convierte en algo que puede manchar su infantil visión paradisiaca y romántica -y de ninguna manera dialéctica- de la Revolución cubana.

Los solidarios con Cuba, los verdaderos solidarios, no pueden ser estas personas. Deben ir más allá de estos anacrónicos esquemas. Deben ser capaces de discutir y debatir. No se trata de abandonar su eventual idea política, su pensamiento revolucionario, su pensamiento comunista. El solidario con Cuba, puede ser marxista, trotskista, estalinista, maoísta y hasta socialdemócrata. Si ama a Cuba, su idea política no es relevante. Se trata, otra vez, de preguntarse claramente cuál es el objetivo que deberían perseguir. Este objetivo es ofrecer a la opinión pública internacional una visión alternativa de los hechos. Establecido esto, el solidario verdadero debe entender que su objetivo no lo puede conseguir a través de un discurso intensamente cargado de ideología, con consignas y lemas de otras etapas. A mucha gente esto no le interesa. La gente quiere -y debe- conocer la Cuba real, la Cuba escondida por los grandes medios, sin necesidad de reproducir -ni imponer- anacrónicas visiones del mundo.

Los solidarios verdaderos no pueden presentar un discurso lleno de triunfalismo. No pueden presentar a Cuba como un paraíso. No deben repetir el discurso oficial. Tienen que hablar de lo bueno y de lo malo, de los logros y de los errores. Nadie, nunca, creerá en el cuento de la sociedad perfecta, un cuento que -privado de cada relevancia intelectual y muestra de una carente capacidad de pensamiento- no tiene sentido alguno.

Esto tiene que cambiar. Esta gente debe ser alejada de estos movimientos para impedir que los sigan dañando con su actitud inútil, violenta y aislante. Hasta que sigan militando en movimientos por Cuba, cada día, miles de potenciales amigos del pueblo cubano se alejarán siempre más de la realidad de la Isla, una realidad que se les ha presentado de manera dogmática, triunfalista y anacrónica. Cuba no es una masa gris y obediente. Cuba es variedad, es unidad en la diversidad, es un crisol de mil tonalidades. Y nuestra misión es enseñárselas al mundo, sin perjuicios ni imposiciones ideológicas.

Tomado de su Blog Desde mi insula