viernes, 25 de julio de 2014

Una pantalla entre los niños que mueren y los que viven

Se titulaba Mediática. Aunque no fue el pri­mer premio en su año, creo todavía que era el mejor de aquella edición del concurso na­cional de cuentos breves, que promovía el se­manario local de mi provincia.

Como la mayoría de los cubanos, su autor, el poeta Alexander Besú Guevara, conoce de la guerra y sus horrores por el televisor. No fue siquiera combatiente en África, y está del conflicto más cercano lo que el mar separa a Cuba de cualquier lugar en guerra.

Pero ver la muerte de un niño por las balas y las bombas, nos convierte a todos en víctimas de cualquier guerra lejana, aunque últimamente, de tanta imagen recurrente, ya se nos haga habitual el consumo de una realidad sangrienta y deshumanizada.

Mediática decía: "Mis hijos leen la prensa. Son pequeños y no comprenden; sin embargo, sus ojos son auténticos salideros de una líquida tristeza. La causa salta a la vista desde el lead de una noticia en primera plana: “Cuatro civiles muertos —incluyendo una mariposa imprudente—, fue el saldo de víctimas que dejó ayer la metralla de los tanques sionistas en un asentamiento palestino de la Franja de Gaza”. La redacción no está al alcance de mis hijos, pero coño, lo de la mariposa no debieron publicarlo".

Mediática se reeditó en mi mente hace muy poco, con el agravante de los cuatro civiles convertidos en niños. Desde el viernes último he querido confiar a los días la urgencia personal de borrar ese recuerdo terrible mostrado por Telesur, previa advertencia a la sensibilidad.

Cuatro niños muertos, despedazados sus cuerpecitos en una playa de Gaza, fue el precio que pagó la inocencia infantil por atreverse a provocar, con un juego de fútbol, a un buque israelí a millas de distancias, que les lanzó dos misiles; uno para matar y el otro… no sé.

El reporte no superó el tiempo breve de cualquier noticia; pero lo perturbador de las imágenes lo alargó de diferentes formas: en un espasmo interior, un apretón de dientes, en la vergüenza por ver de qué es capaz la raza hu­mana cegada por la violencia, el abuso de poder, la ambición imperial y el odio fascista contra sus semejantes.

Fue difícil conciliar el sueño con la misma pregunta dando vueltas: ¿A dónde vamos?
Como nunca, agradecí la suerte de tener a mi niña mayor dormida. Sé del buen hábito de respetarle un horario adecuado para el sueño; pero toda rutina se altera con las vacaciones de verano, y no es fácil desprenderla temprano de tanta película infantil grabada.

Tiene cinco años, pero es capaz de leer pa­labras completas. He logrado negociarle al DVD -al menos- el tiempo del noticiero estelar. Ella me acompaña y ya sabe cuando en el cintillo bajo dice UCRANIA. Lo ha visto todos estos días, y por eso se extrañó con las mismas imágenes de bombas y cañones hablando de otro lugar.

“Mira, igual que Ucrania. ¿Qué quiere decir PA-LES-TI-NA, eh?

Por suerte ese reporte no traía imágenes de madres con niños muertos en brazos, y era muy larga la oración que informaba de los más de 300 civiles asesinados en la ofensiva sionista. Suerte aún mayor que no fuera el crudo reportaje de Telesur, dado más tarde.
Todavía no he podido responderme la pregunta ¿a dónde vamos?, pero algo he entendido de ¿por qué hemos llegado?

Pensé en los juegos virtuales de disparos y sangre, en la rapiña imperial de usurpar las riquezas de otros pueblos, en el uso a conveniencia del terrorismo de Estado, las políticas beligerantes, la subversión mediática basada en la desinformación y el montaje fílmico con que Occidente pinta sus sociedades de ocio y de consumo.

Por si acaso, revisé el bulto de discos y solo encontré películas de barbies, hadas y mariposas. Temí hasta por las mariposas, no vaya a ser que se preocupe más por ellas que por un niño muerto aparecido de pronto en la pantalla.

Este domingo, por lo menos, no hubo riesgo posible. Como miles de infantes en Cuba, cayó rendida a la cama, temprano. Exprimió el disfrute del Día de los Niños que la Isla celebró de punta a cabo. Casi amaneció en el cine para es­trenar un Meñique en 3D, que más que un largometraje nuevo, es un filme de elevada factura que en colores, canciones y argumentos, dice de cuanto mensaje educativo, sano y atractivo, puede ofrecerse a los pequeños con los mismos códigos de la estética y la alta tecnología.

Después del cine fue el parque infantil, y en la tarde la casa se volvió un concierto de canciones y juguetes por el suelo… hasta quedar dormida con el esbozo de una sonrisa, sin asomo de miedo.

En Gaza, el mismo domingo, murieron otros niños, esta vez no filmados con la triste elocuencia del día del crimen en la playa. Pero murieron, y Luis Carlos Suárez, otro amigo poeta que escuchó el reporte, sacó de su legajo de versos sin publicar, un fragmento que le duele mucho:
…el niño sin rodillas está arrodillado / su sombra es corta / no se reconoce/ se ha quedado pequeño / tiene la misma edad y es menor su estatura / Hoy sueña que tiene brazos y sus hermanos juegan / ¿Por qué despertar ahora? / ¿Por qué abrir los ojos a la oscura luz de su día?
Con los pequeños tan cerca, extenuados de jugar, en Cuba estas poesías nos parecen terribles fantasías; pero las noticias dicen que todo aquello es verdad, que la crueldad es posible, y que para el egoísmo humano empoderado de misiles y cañones, el futuro no existe si los niños también son enemigos.

Tomado de Periódico Granma