domingo, 12 de abril de 2015

VII Cumbre de las Américas: Victoria histórica de la unidad Latinoamericana y Caribeña

Por Lohania Aruca Alonso *
 
Ninguna otra palabra que Victoria, con mayúscula,  he podido hallar para expresar la inmensidad histórica de lo que hemos vivido en la vida real o en la realidad virtual mediante las transmisiones televisivas, durante los dos días finales de las VII Cumbre y la Cumbre de los Pueblos, celebradas en Panamá. Y, aquí no se tratará solamente de definir una contrapartida de la derrota del imperio en relación con la asistencia de Cuba y con su errada interpretación sobre el agresivo e irrespetuoso decreto -por demás ultrapasado y contradictorio tratamiento político,  sencillamente antihistórico,  hacia la hermana Venezuela Bolivariana.

Lo más relevante de los hechos que abordamos, en mi modesta opinión, es que su resultado final ha marcado un momento muy alto del desarrollo ético, moral y cultural dentro de la presente etapa de la historia política de América Latina y El Caribe. Quedó demostrado y sin lugar a duda alguna, como señaló el presidente de Ecuador Rafael Correa, en la conclusión de la Cumbre de los Pueblos: la gran diferencia que existe entre la decadente política imperialista del Norte, y la voluntad política irrevocable e invencible de asumir y ejercer la independencia y la soberanía total por parte de los pueblos y gobiernos del Sur del Río Bravo hasta la Patagonia y del Gran Caribe.

Hubo unanimidad sin discusión entre los 33 mandatarios latinoamericanos y caribeños al recibir con respeto y sincero cariño a la representación de Cuba, por primera vez invitada y concurrente a la VII Cumbre de las Américas, que fue concebida, auspiciada y organizada por la Organización de los Estados Americanos (OEA, a la cual la República de Cuba no pertenece hasta hoy, por razones esencialmente de carácter ideológico)y el gobierno de los Estados Unidos de América, nuestro histórico vecino-adversario, actualmente en proceso de restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba a través del reconocimiento de sus errores políticos y de la cabal legitimidad del gobierno revolucionario cubano.

El presidente Barack Obama también saludó con honestidad la incorporación de la mayor isla y archipiélago del Caribe a este encuentro, así como el representante de Canadá. No había otra alternativa, porque la declaración franca y firme de Latinoamérica y El Caribe fue absoluta y determinante: NO HAY CUMBRE SIN CUBA.

Lecciones de Historia viva y de respeto a ella, fueron los discursos que escuchamos de boca de Presidentes y Presidentas. Particularmente destacado y aplaudido, en más de cinco ocasiones, fue la emotiva disertación del presidente de Cuba Raúl Castro Ruz; el más largo de los pronunciamientos al consumir los 48 minutos adeudados a Cuba por ignorarnos en las anteriores seis (6) Cumbres, como jocosamente Raúl les recordó a los asistentes, más los ocho (8) asignados oficialmente a cada intervención presidencial. 
Considero que su exposición clara y sustanciosa, creó la marca de alta política y ética definitivamente establecida para lo que sucedería en el resto de las dos largas sesiones del plenario de la VII Cumbre.

Además de ofrecer una explicación histórica contundente alrededor de la legitimidad de la Revolución Cubana y de la injusticia de la política imperialista contra ella, del derecho indiscutible de Cuba a pertenecer al Continente de América y participar con entera libertad y soberanía plena en el devenir regional -desde el siglo XIX hasta hoy día-, hizo gala del conocimiento y comprensión de la realidad contemporánea,  y de extrema generosidad -rasgos estos que distinguen a los verdaderos revolucionarios- cuando expresó con bizarría y total  franqueza su valoración en torno a Barack Obama, a su ejecutoria como Presidente de los EE. UU., especialmente referida al cambio político planteado hacia la futura normalización de relaciones bilaterales con Cuba socialista, y,  en lógica congruencia, hacia la totalidad de la región compartida y del mundo, representado simbólicamente en la ONU.

Las intervenciones sucesivas de Argentina, Venezuela en la sesión de la mañana y en la tarde del presidente Daniel Ortega de Nicaragua, aportaron más elementos esclarecedores acerca de la historicidad del imperialismo yanqui y de sus diferencias con la América nuestra.  De ningún modo somos antiestadounidenses (porque los canadienses ya han aclarado que “norteamericanos” los abarca en un conjunto que ellos no desean-, somos antiimperialistas, como reacción lógica contra políticas de sometimiento colonial o neocolonial de los nuevos pueblos americanos que ganaron sus respectivas independencias, con sobrada valentía en largas luchas políticas y militares por alcanzarlas. Razón fundamental que nadie puede ignorar.

Conceptos del siglo XX como cooperación, interdependencia (que no equivale a dependencia colonial o neocolonial), subdesarrollo, crecimiento económico, etc. van siendo ampliados y mejorados en el siglo XXI por los que proponen cambios más profundos: desarrollo humano, complementación económica, inclusión social, respeto a los derechos de la Madre Tierra, Región de Paz, entre otros. Los más antiguos,  que atañen a la libertad, igualdad, fraternidad, independencia y soberanía nacional, dignidad y derechos humanos individuales, y los colectivos añadidos recientemente, se exigen como la necesidad histórica de los pueblos americanos,  que no admiten “pasar por modernos” sin gozar plenamente de ellos.

¿Cuál es el decoro que da brillo al país más rico y de la más alta tecnología del mundo, que, en paralelo con la acumulación de esos logros humanos,  discrimina con argumentos insustanciales, como el color de la piel, las diversidades étnicas, sexuales, religiosas o culturales, a sus ciudadanos y ciudadanas? ¿Sobre qué bases, si es que puede haber alguna real, racional,  sostiene ese país una “guerra infinita” por la democracia y los derechos humanos?

Bolívar, Martí, Hostos, Maceo, Gaitán, Guevara, Arnulfo Arias, Chávez, y todos los pensadores y combatientes por la independencia latinoamericana y caribeña estuvieron presentes en la espiritualidad de la VII Cumbre de las Américas, algunos fueron nombrados y todos recordados; unidos al reconocimiento a Fidel, Raúl, Maduro, Evo, Correa…Tampoco fueron olvidados Thomas Jefferson, George Washington, Abraham Lincoln, ni el sueño del pastor afroamericano Martin Luther King, tan radicalmente opuesto al egoísta y tan promocionado “American Dream”, con su edulcorado materialismo vulgar a pulso.

La Cumbre de los Pueblos fue de todos y  todas. En ella sí brilló el decoro de millones de hombres y mujeres que luchan sin descanso por salir de la miseria y la pobreza, por el derecho a la vida saludable de una nueva generación de niños y niñas educados, que no merecen el destino de “los condenados de la Tierra” enunciado por Franz Fanon.

Estuvieron acompañados del sentimiento amoroso y rebelde de la canción trovadoresca y apasionada de quien anuncia “yo me muero como viví": junto a su pueblo y a los juglares revolucionarios y mártires de Nuestra América, Silvio Rodríguez.

Hermosísimo regalo de Cuba a la inauguración de esa Otra Cumbre, que envolvió la noche mágica de Ciudad Panamá.
Las batallas ganadas en la VII Cumbre de las Américas y en la Cumbre de los Pueblos, ya pasaron a la Historia, y ésta sí cuenta y mucho en el futuro de los pueblos y las naciones. 

Sus intensas jornadas de foros, plenarios, reuniones de toda índole y participantes de todas las etnias, sexos, jerarquías y niveles sociales americanos e integradas por jóvenes y menos jóvenes, fueron coronadas por la Victoria. Ahora, en el período que media entre esta y la VIII a celebrarse en Perú, en el 2018, hay que prepararse aún más.

Conquistar toda la Justicia es un ideal exigente; ser hermanos y hermanas en una sola América constituye un paradigma cada vez más necesario y actual, que comienza a alumbrar,  cada vez con más claridad,  el camino inédito ¡nada fácil! de este cambio de época.

“La lucha continúa, la victoria es cierta” (Agostinho Neto).

La Habana, domingo, 12 de abril de 2015.


*Cubana. Periodista e investigadora histórica y cultural. Licenciada en Historia, con especialidad en Urbanismo. Máster en Ciencias Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba Miembro de la UNEAC, la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción y la UPEC. Cumplió tareas como funcionaria del Servicio Exterior del MINREX en Cuba