lunes, 29 de junio de 2015

No somos pasarela

Por José Alejandro Rodríguez

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Cuba está de moda, andan pregonando por el mundo, como si este país fuera pasarela de ocasión, efímera fiebre de sábado en la noche o evanescente escenario de curiosidades al son de la compleja y dilatada normalización de las relaciones con Estados Unidos.

Después de medio siglo tirante, ahora Obama reconoció que fue infructuosa la carta de la hostilidad abierta hacia la «majadera» Cuba. Negocia mientras mantiene debajo de la manga un as de tácticas y estrategias sutiles. Pero no acaba de eliminar el bloqueo, aunque suavice ciertas clavijas, y empiecen a llegar a La Habana turistas autorizados por las 12 excepciones.

Ahora hasta The New York Times hace guiños a Cuba, con un «cheak to cheak». Y todo el mundo quiere estar en La Habana satanizada, vaya a saber por qué: artistas, hombres de negocios y gurúes de la comunicación, personajes del jet set… Cada quien vela por su trozo en el pastel que sueñan repartirse, como si los cubanos no los estuviéramos midiendo, y no precisamente para ropa.

Algunos se han apurado en vivir intensamente lo que consideran las postrimerías de La Habana (¿o Havana?) de Castro. Y en su fiebre de redescubridores, se pasean por el Malecón en suntuosos y descapotables «almendrones» Chrysler y Buick o Impalas de alquiler, como si viajaran al final del socialismo en Cuba, apresando las instantáneas «últimas» de aquello que les fue vedado durante tantos años.

Pero también se confunden entre nosotros muchos norteamericanos sencillos y comunes, que desean revertir con calidez los años de distancia. Se asombran del cariño cubano, de la desmesura sentimental y de la comunicación tan expansiva que respira la Isla bajo el sol impertinente. Constatan que esta ciudad cuarteada, bella en su estática milagrosa, no es el pandemónium que siempre les contaron.
Además de las tenazas económicas que puedan derribarse, la gente tan tremenda de este país añora vivir en paz y convivencia con el vecino, siempre con un ojo abierto hasta durmiendo de hartazgos reconciliatorios. Y compartir las claves y zonas de convergencias que por tradiciones y razones históricas nos unen —Hello, Hemingway—, mas allá de lo que nos ha separado.

Se inicia un vuelco histórico en el tradicional diferendo Estados Unidos-Cuba. Y hay que ponerle todas las velas a San Lázaro para que el acercamiento anunciado en el día de Babalú Ayé, el 17 de diciembre, fructifique y se consolide de la manera más respetuosa desde ambas orillas.

Siempre habrá en este gradual rencuentro de Cuba y EE.UU. actores que pretendan, desde ambas naciones, reproducir las viejas y gastadas configuraciones que no sirvieron. Siempre habrá aquí adentro gente que reviva los modelos serviles y genuflexos. Pero esta reconsideración histórica valdrá en la medida en que Cuba vindique, como siempre lo ha hecho, su dignidad y soberanía.

Los desafíos son grandes para nuestra nación, que no podrá cubrirse con una campana de cristal ante todo lo que sobrevenga de esta reconciliación. Más bien, la entereza para sortear los peligros, incluido el de que se horaden los cimientos de lo que tanto hemos apuntalado, dependerá sobre todo de la voluntad histórica del pueblo y el Gobierno cubanos, pero también de la eficacia y eficiencia que insuflemos a nuestro modelo socialista, de los cabos que no dejemos sueltos, de los atavismos y torceduras que erradiquemos de raíz, de las fisuras que no abandonemos a su suerte. Hay mucho por hacer en Cuba para alcanzar la plenitud y la madurez de los cambios.

Ahora, cuando tantos desde Estados Unidos y del resto del mundo redescubren Cuba bajo la anuencia del descongelamiento, suena frívolo y volátil el eslogan de que este país está de moda. Se abren compuertas, pero esta salpicadura de tierra firme en el Caribe permanece hace mucho tiempo abierta al mundo. Abierta a las buenas intenciones de paz y sana convivencia, al tiempo que, con Nicolás Guillén, cierra la muralla al diente de la serpiente.


Tomado de Juventud Rebelde

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