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lunes, 1 de septiembre de 2008

El día después del paso de Gustav, por Zenia Regalado y Amaury E. Del Valle

Provincia de Pinar del Río
Muchas familias quisieran que no lloviera para no ver mojarse más lo poco que les dejó el Huracán Gustav. Foto: Roberto Meriño

Fotos Roberto Meriño

Imágenes de los estragos de Gustav a su paso por Cuba

Gustav dejó heridas desgarradoras en lo humano, lo material y en el corazón de la naturaleza de la más occidental de las provincias cubanas

No hay actualmente pueblo en el mundo que le tenga mayor aprensión a las lluvias que los pinareños. No se trata de que no las necesiten para la agricultura, para llenar las presas o cualquier otro menester. Pero hoy muchas familias quisieran que no lloviera para no ver mojarse más lo poco que les dejó el huracán Gustav.

Según datos preliminares del Consejo de Defensa Provincial, el más mortífero meteoro que recuerda este territorio dejó sin techo o con graves afectaciones en estos a unos 120 000 hogares.

Esta cifra representa —para que se tenga una idea de la magnitud del desastre— muchas más viviendas dañadas que las 102 000 que en su conjunto dejaron los cuatro huracanes que azotaron en los últimos años el territorio pinareño.

Y resguardarse de las lluvias, el viento o el sereno es apenas uno de los múltiples problemas que tienen por delante los damnificados.

En muchos lugares se avizora que la electricidad demorará en llegar largo tiempo, por lo cual apenas hay con qué cocinar, e incluso qué hacer, pues no escasean quienes perdieron sus víveres en el infierno que significó Gustav.

Soluciones emergentes hay muchas. La presidenta del Consejo de Defensa Provincial, Olga Lidia Tapia Iglesias, explicaba ayer que se decidió dar una cuota extra de combustible en los municipios impactados, así como volver a entregar la canasta básica mensual a las familias afectadas.

No faltan las iniciativas locales, como la que se puso en marcha en Viñales, donde se comenzó a repartir carbón a los núcleos familiares, para que puedan cocer sus alimentos. O la de Marta Alemán, en el perdido pueblecito de Maguelles, que llevó los «mandados» de la destruida bodega para su casa, donde hoy el portal es un mostrador improvisado para despachar arroz, azúcar y hasta leche.

Estas son algunas de las variantes para paliar el impacto que tiene y tendrá en la alimentación de la población el paso de Gustav, que ha ocasionado cuantiosas pérdidas en la agricultura e incluso en los alimentos acumulados, como sucedió en Viñales, donde unas 15 000 toneladas de víveres fueron dañadas al derrumbarse el almacén municipal.

Igualmente en los territorios se activan los comedores municipales y la gastronomía popular, y las panaderías producen ininterrumpidamente gracias a los grupos electrógenos, que permitieron que siguieran con vida lugares vitales como los centros de salud y de producción de alimentos.

Se confía en este equipamiento para ir restaurando poco a poco la electricidad en la provincia, proceso que demorará en muchos lugares, dada la magnitud de los daños. En el caso de las torres de alta tensión, un centenar de estas yacen en el suelo luego de que Gustav las estrujara como si fueran de papel.

Los grupos electrógenos se están utilizando incluso en localidades como Bahía Honda, para que la gente pueda escuchar la radio y ver la televisión, pues el municipio quedó mudo y sordo desde que llegó Gustav, el cual arrancó las líneas telefónicas, y dejó al territorio sin señal de televisión y radio.

La batidora Gustav


El pueblo de Los Palacios, a casi 60 kilómetros de la capital pinareña, muestra una imagen fantasmagórica. Parece un lugar bombardeado, mordido en todas sus construcciones como si un ser sobrenatural se hubiera empeñado en dejar sin techo a la mayoría de las viviendas, y en virar al revés todo vestigio verde. Las raíces están al desnudo y los troncos derribados.

Ni siquiera el parque, recientemente reanimado y del cual se preciaban sus pobladores, dejó un mínimo espacio para el descanso. Igual suerte corrieron comunidades vecinas, como Paso Real, San Diego y Paso Quemado.

En cualquier esquina de Los Palacios se encuentran testimonios de destrozo, pues según datos preliminares hubo unos 4 500 derrumbes totales y alrededor de 6 500 viviendas fueron afectadas en los techos.

En el quinto piso del edificio uno, en el pueblo de Los Palacios, Miriam Hernández Canino pasó junto a su hija terribles momentos en los que pensaba que ambas morirían. Con el nerviosismo aún en el rostro relató a los reporteros la angustia del azote de Gustav, el cual demostró que un huracán categoría cuatro se burla de persianas de madera y también de las de aluminio.

«Primero escuchamos cómo explotaba una de las persianas metálicas del cuarto. Corrimos y nos acostamos en la cama, entre dos colchones, pensando únicamente en salvar la vida. Después estallaron todas las demás. La fuerza de los vientos se llevó mis dos sillones de aluminio, que recogimos después a dos cuadras del edificio. El refrigerador fue derribado.

«Nunca pensé ver una cosa así en un edificio de apartamentos», afirma mientras se mueve nerviosa de un lado para otro en su hogar que está patas arriba, como otros miles, a dos días del paso de Gustav.

Miriam decidió quedarse en su hogar; pero una vecina suya de la tercera planta, Idania Valdés Hernández, se fue para la casa de su mamá, quien vive en bajos. Al regreso, encontró dos clósets de los cuartos prácticamente triturados, como si algún animal se hubiera dedicado a morderlos pedazo a pedazo. Una parte de la ropa voló nadie sabe adónde.

Las persianas de su apartamento son de madera. Todo indica, según lo que ella dedujo, que al penetrar los fuertes vientos por una, arrancaron después la puerta del cuarto de su hijo, la cual posiblemente salió disparada como un proyectil y rompió el balcón.

A pocos metros de allí, otros vecinos, prácticamente en pánico ante las fibras que volaban cual aspas de helicóptero, no encontraron más refugio que el dugout del estadio, donde mismo se refugian los peloteros del sol, el cual, por estar más bajo que el nivel de la tierra, les sirvió de refugio, aun cuando los muros y hasta parte de las gradas cedieron ante las embestidas del viento.

Incluso en el preuniversitario del municipio, donde se albergaban 198 personas, las ventanas volaron hacia cualquier parte, y hubo que utilizar la nevera de la cocina para salvaguardar a mujeres y niños.

Los récords del récord


Gustav indudablemente marcará un hito, con sus récords de diverso tipo, y con una fuerza que demostró no creer en nada, como lo evidencian las más de cien torres de alta tensión caídas, o los cientos de kilómetros de líneas telefónicas y de electricidad que yacen en el piso.

Para despejar cualquier duda sobre las infernales ráfagas, hasta la estación meteorológica de Paso Real de San Diego llegó el mismo doctor José Rubiera, jefe del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología.

Lo primero que pidió fue consultar la gráfica que registraba la fuerza de los vientos, cuya última marca registra una ráfaga de 340 kilómetros por hora, momento en el cual el equipo cedió ante el empuje de la naturaleza.

Rubiera precisó que con esa cifra se rompió el récord de velocidad máxima del viento para Cuba, que databa del 18 de octubre de 1944, cuando en Casablanca se registraron 262 kilómetros por hora.

Gustav penetró por tierra firme en un punto cercano a Punta Carraguao y salió, después de avanzar a unos 18 kilómetros por hora, por la localidad de Manuel Sanguily, al norte, en el municipio de La Palma.

La naturaleza, incluso, se dañó a sí misma. Viñales, Paisaje Cultural de la Humanidad, llora hoy la pérdida de sus senderos naturales, y apenas comienzan las evaluaciones para determinar hasta qué punto fue impactada la flora y fauna del lugar.

Lo que sí ya se sabe, es que sitios como el emblemático Mirador y el hotel Los Jazmines, construidos en 1960, no podrán acoger a turistas durante un buen tiempo, pues ambos fueron seriamente afectados.

En el hotel, la última planta cedió completa, e incluso los aires acondicionados salieron volando y cayeron en múltiples lugares, entre estos encima de autos estacionados en el parqueo.

También La Ermita, Rancho San Vicente y hasta el mismo Mural de la Prehistoria fueron devastados por el huracán, que sacudió hasta sus cimientos a toda la Sierra del Rosario, y a sitios emblemáticos como Mil Cumbres o la Comunidad de Las Terrazas.

Quizá con alguna tecnología satelital pueda apreciarse el surco de destrucción dejado por Gustav de norte a sur en Pinar del Río, pero desde las alturas de Sierra del Rosario, en el camino a Bahía Honda, pudiera ser posible, con buenos prismáticos, seguirle la huella al huracán, que en muchos lugares solo dejó como testigos los penachos desnudos y quemados de las palmas reales que lograron sostenerse.

Los apuros del otro cepeda

Recorriendo el pueblo cuyo nombre hiere ahora los sentidos, Los Palacios, y en busca de testimonios de cómo sus pobladores vivieron más de seis horas como si estuvieran dentro de una centrífuga, nos hablaron de una de las residentes de más edad: Eustasia Fuentes Báez, de 80 años.

«Esta casa de madera y tejas que ahora se regaron por todos lados allá arriba, es de 1950. Era de tabla y la construimos de mampostería. En 1944 yo vivía en Los Pinos, San Cristóbal. Aquel ciclón no fue como este. La casa en la que yo vivía entonces, era de madera y guano, pero no le pasó nada. Fue un paseíto que comenzó a las dos de la madrugada y duró unas dos horas.

«Este Gustav nos azotó más de seis horas, pues hubo personas en la casa que midieron el tiempo mientras escuchábamos cómo todo volaba allá afuera».

Carlos Cepeda González, hermano del pelotero Frederich Cepeda, tiene mucha menos edad que Eustasia, pero llevaba 24 años detrás del timón sin un accidente... hasta que Gustav se cruzó en su camino.

Iba con su rastra remolcando un contenedor con 104 refrigeradores, cuando la lluvia ya no le dejó ver nada. Decidió pararse debajo de un puente a esperar a su otro compañero, para emparejar ambos camiones y anclarlos. El viento no lo dejó.

Las 35 toneladas de mercancía, y el peso de la misma cuña, fueron levantados por el viento y tiradas contra las columnas del puente, mientras que el atontado Cepeda salía de la cabina sin creer todavía lo que pasó.

Solidaridad repartida

La solidaridad y el apoyo moral se multiplican como bálsamo en los territorios azotados por Gustav. De una casa salen alimentos para varias, un vaso de café se comparte en cuatro, y hay viviendas que se han convertido en almacén para las pertenencias de sus vecinos.

La gastronomía popular tiene ahora ante sí el gran desafío de ayudar a paliar los problemas con la cocción de alimentos al faltar el fluido eléctrico.

Se buscan alternativas para el abasto de agua, la rehabilitación de las unidades gastronómicas o el alojamiento temporal de los afectados, apelando en muchas ocasiones a la solidaridad de familiares y vecinos.

Poco a poco comienzan a llegar algunos recursos al territorio: tejas de asbestocemento, acero y puntillas, según información de la Presidenta del Consejo de Defensa provincial.

Ya prestan su ayuda solidaria brigadas de linieros de la Unión Eléctrica Nacional procedentes de provincias como Guantánamo, Santiago de Cuba, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Villa Clara y Cienfuegos, quienes trabajan en la provincia levantando postes y recomponiendo tendidos de cables en los ocho municipios más afectados, mientras que con fuerzas propias se han ido restableciendo paulatinamente los demás territorios y algunas zonas de la capital provincial.

El camino no será fácil. Los daños son abrumadoramente cuantiosos. Pero los pinareños, gente sencilla y trabajadora, saben que no están solos.

Un pueblo preparado para vivir por Jorge Jorge González



No soy especialista en Meteorología, poco sé a profundidad de huracanes, de tornados o de otros fenómenos naturales similares, salvo que pueden matar en un segundo las esperanzas de muchos y destruir en igual tiempo la obra creadora de hombres, mujeres y pequeños aspirantes a ser como aquellos que le dieron el aliento vital…sólo soy un hombre común que, a lo largo de más de cinco décadas, casi todas ellas compartidas con su pueblo en Revolución, ha aprendido que lo más importante a preservar por todos, cuando nos amenaza un evento catastrófico de origen natural es, en primer lugar, la totalidad de los seres humanos y en segundo, tercer o cuarto plano, el resto de las cosas materiales que nos rodean y nos sirven para llevar una existencia plena o satisfactoria, de ahí que ahora, me sienta tan orgulloso al conocer la noticia de que : NO HUBO QUE LAMENTAR NI UN SOLO FALLECIDO durante el paso por Cuba del huracán de gran intensidad Gustav.

Durante más de una semana, cada día conocíamos de las decenas y decenas de muertos que iba dejando por su paso en la República Dominicana, Haití, Jamaica y Gran Caimán, cuando aun Gustav no había llegado a la categoría de huracán y muchos amigos me escribían preocupados por la posibilidad de que el desastre que nos anunciaban pudiera dejar una estela interminable de muertos y heridos, además de los daños económicos que serían cuantiosos y nos pedían que alertáramos a todos aquellos que pudiéramos para que se prepararan para lo peor; a todos les agradecía su gesto y les decía que no se preocuparan , que la Revolución y sus instituciones en cada lugar, por remoto que se encontrara, tenía previsto un plan de contingencia para la ocasión y dispuestos los recursos médicos y materiales para que nada sucediera con las vidas de nuestros ciudadanos e incluso, con sus bienes esenciales…algunos, los más incrédulos, los acostumbrados a que los gobiernos de sus países muy poco hacen en casos similares, dejando que cada familia se las arregle como pueda, sin brindarles auxilio inmediato a las víctimas, ni preocuparse por sus perdidas, me escribían de nuevo a veces con comentarios nada hermosos dudando de mis palabras y la seguridad que les manifestaba, no importa, al final sabía que tenía la razón de mi lado y la experiencia práctica de tantos ciclones pasados junto a mi pueblo.

Desolador ha sido el saldo y escalofriantes las imágenes que ahora, ya reinstalado el sistema eléctrico en mi zona de residencia, después de casi treinta horas interrumpidas por cables en el piso, transformadores explotados como bombas en guerra, árboles frutales destrozados, me permiten visualizar que nuestros daños comunales no significan nada ante la tragedia y destrucción que causó el meteoro a su paso por la Isla de la Juventud y Pinar del Rio; allí, pueblos enteros quedaron sin cubiertas en los techos de sus casas, muchas viviendas ya no existen, cosechas listas para ser recogidas fueron a parar al mar y otras en pleno desarrollo no servirán siquiera como abono pues el agua y el viento se encargaron de arrasarlas precisamente ahora cuando los precios de los alimentos en el mercado mundial son prácticamente inalcanzables por nuestros pobres países. Parecería que la recuperación sería imposible y esos miles y miles de personas damnificados esta vez tendrán que esperar sólo un milagro celestial que les ayude a paliar el hambre, la sed y la recuperación de un por ciento de sus desperdigados o destruidos bienes materiales, de por sí pocos y nada ostentosos. Sé que no será así pues el milagro en Cuba es permanente y no necesita que el Vaticano le de su visto bueno y tome nota de los dispuestos a testificar a su favor; desde el propio año 1959 aquí comenzó a desarrollarse un proceso de cambios sociales en el que el ser humano ha sido el protagonista por excelencia y todos saben –los que lo han perdido todo y los que apenas hemos dejado de tener electricidad por unas horas- que la ayuda les llegará sin falta, que sus casas volverán a levantarse y los techos aparecerán, no por arte de magia, sino porque el país les brindará el apoyo moral y material que pueda , que días más, días menos, brigadas solidarias de todas las provincias repararán las calles, los tendidos eléctricos y la vida volverá a la normalidad ; que los máximos dirigentes del estado no se esconderán en algún “bunker” subterráneo o tomarán un avión que los aleje de la tragedia, no, estarán allí donde ocurrió el fenómeno dándole ánimo al más necesitado y llevando un mensaje de esperanza y la certeza de que nadie será olvidado en este instante de infortunio.

Casi medio millón de nuestros ciudadanos fueron puestos a buen recaudo con el tiempo suficiente: unos en escuelas, otros en casas seguras de familiares, amigos o vecinos con los que quizás jamás habían cruzado un saludo, compartiendo allí los pocos alimentos y mantas disponibles, pero con la confianza de que sus vidas no correrían peligro alguno; nada había sido dejado al azar pues meses, años de trabajo acumulados por la Defensa Civil estaban detrás como garantía suficiente para que todo el engranaje funcionara como un reloj de alta precisión y así sucedió esta vez y seguramente seguirá siendo ésta la tónica del futuro, cuando nuevos huracanes nos azoten.

Una sola palabra me viene a la mente en este instante para resumir y agradecer a alguien que nos haya preparado para vivir:

¡REVOLUCIÓN!