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martes, 17 de noviembre de 2015

Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba


 Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba
En los últimos días, se ha creado una compleja situación, a raíz de que más de mil ciudadanos cubanos han estado arribando a Costa Rica desde otros países de la región con la intención de viajar hacia los Estados Unidos.


Estas personas han salido de Cuba de manera legal hacia diferentes países de América Latina, cumpliendo todos los requisitos establecidos por las regulaciones migratorias cubanas. En el intento de llegar a territorio de los Estados Unidos se han convertido en víctimas de traficantes y de bandas delincuenciales, que de manera inescrupulosa lucran a partir del control del paso de estas personas por Sudamérica, Centroamérica y México.

Las autoridades cubanas se han mantenido en permanente contacto con los gobiernos de los países implicados, con el objetivo de encontrar una solución rápida y adecuada, que tome en consideración el bienestar de los ciudadanos cubanos.

El Ministerio de Relaciones Exteriores desea enfatizar que estos ciudadanos son víctimasde la politización del tema migratorio por parte del Gobierno de los Estados Unidos, de la Ley de Ajuste Cubano y, en particular, de la aplicación de la llamada política de “pies secos-pies mojados”, la cual confiere a los cubanos un tratamiento diferenciado y único en todo el mundo, al admitirlos de forma inmediata y automática, sin importar las vías y medios que utilizan, incluso si llegan de manera ilegal a su territorio.

Esta política estimula la emigración irregular desde Cuba hacia los Estados Unidos y constituye una violación de la letra y el espíritu de los Acuerdos Migratorios en vigor, mediante los cuales ambos países asumieron la obligación de garantizar una emigración legal, segura y ordenada.

El Ministerio de Relaciones Exteriores denuncia que el gobierno estadounidense mantiene también en vigor el llamado “Programa de Parole para Profesionales Médicos Cubanos”, aprobado en el año 2006, por el presidente George W. Bush, para alentar a médicos y otro personal cubano de la salud a abandonar sus misiones en terceros países y emigrar a los Estados Unidos. Esta es una práctica censurable dirigida a dañar los programas de cooperación cubanos y a privar de recursos humanos vitales a Cuba y a muchos países que los necesitan.
El Ministerio de Relaciones Exteriores reitera una vez más que la política de “pies secos-pies mojados” y el “Programa de Parole para Profesionales Médicos Cubanos”, son incongruentes con el actual contexto bilateral, obstaculizan la normalización de las relaciones migratorias entre Cuba y los Estados Unidos y crean problemas a otros países.

El Ministerio de Relaciones Exteriores ratifica que los ciudadanos cubanos que hayan salido legalmente del país y cumplan con la legislación migratoria vigente tienen derecho a retornar a Cuba, sí así lo desean.

El Ministerio de Relaciones Exteriores reafirma el compromiso del gobierno de Cuba con una emigración legal, segura y ordenada.

Fuente Radio Rebelde

miércoles, 7 de enero de 2015

Cuba: Una pregunta pertinente

Iroel Sánchez
El 15 de marzo de 1878, en el lugar conocido como Mangos de Baraguá, Santiago de Cuba, el General Antonio Maceo rechazó un acuerdo que le ofrecía el máximo representante de España en esta Isla por no contener las dos banderas por las que llevaban una década de lucha armada los  cubanos: la independencia del país y la abolición de la esclavitud. El imperio español había logrado la división de los patriotas cubanos con el llamado Pacto del Zanjón pero no pudo sumar a su estrategia a quien se había convertido en el más admirado de los combatientes surgidos de la clases populares que se unieron a la Revolución de 1868 y que no se cansó de luchar por los objetivos revolucionarios.

Aquel acto de Maceo es venerado en Cuba, de los contemporáneos que lo atacaron por no pactar una paz sin independencia no se acuerda nadie. El 19 de febrero del 2000 en la misma arboleda de Baraguá, en medio de la lucha por el regreso del niño Elián González a Cuba, se hizo el Juramento de Baraguá, cuyo principal inspirador fue el Comandante Fidel Castro. Poco después Elián regresó a Cuba y comenzó la batalla por el retorno de los cinco héroes antiterroristas que este 17 de diciembre volvieron a su país, como preconizara Fidel el 13 de junio de ese mismo año.

Como dijo el escritor cubano Francisco López Sacha: “Se impuso el sentido común, y en las negociaciones pesó la solidaridad mundial, sin que Cuba hiciera ni una sola concesión de principios”. Baraguá se impuso una vez más al Zanjón.

En los grandes medios de comunicación llueven los análisis equidistantes entre Cuba y Estados Unidos. Igualando agresores y agredidos, algunos han logrado escribir sobre lo sucedido el 17 de diciembre sin mencionar el júbilo de los cubanos por el regreso de los héroes antiterroristas presos en EE.UU., para ellos, ese es el periodismo veraz y objetivo con el que debemos solucionar las deficiencias de la prensa cubana para estar a la altura de los desafíos que se avecinan. Otros, anuncian el fin de una lucha de ideas que sólo avanza hacia una etapa más aguda. A todos, les haría bien leer tres fragmentos muy actuales del Juramento de Baraguá:

“¡La Ley de Ajuste Cubano debe cesar!
“¡La Ley Helms-Burton debe cesar!
“¡La Ley Torricelli debe cesar!
“¡Las enmiendas introducidas de contrabando en muchas leyes del Congreso de Estados Unidos para agravar los sufrimientos de nuestro pueblo, deben cesar!
“¡El bloqueo en su conjunto y la criminal guerra económica contra Cuba deben cesar!
“¡Las amenazas, las campañas subversivas, los planes de desestabilización, deben cesar!
“Y a su debido tiempo, ya que no constituye objetivo prioritario en este instante aunque sí justísimo e irrenunciable derecho de nuestro pueblo, ¡el territorio ilegalmente ocupado de Guantánamo debe ser devuelto a Cuba!
“(…)
“…la formación y profundización de la más sólida conciencia revolucionaria, y el esfuerzo por alcanzar los más elevados conocimientos y la más amplia e integral cultura, son actividades que en nuestra Patria no se detendrán jamás mientras haya injusticia por reparar, mientras exista el sistema imperialista, y aun cuando deje de existir, porque siempre será necesario luchar por un mundo más solidario y más humano.
“(…)
“Algunos se impacientan y desean medidas más drásticas de las más variadas categorías, incluso violentas, para salvar al niño y librarlo de sus sufrimientos. Los pretextos para un conflicto armado entre Estados Unidos y Cuba es lo que más desean los traidores anexionistas. Esa superpotencia solo es poderosa en el campo de las armas. En el de las ideas es huérfana y está indefensa. Con inteligencia y con ideas lograremos nuestros objetivos.
“Vamos a pulverizar su asquerosa hipocresía, sus groseras mentiras, sus repugnantes y egoístas doctrinas imperiales, con las que pretenden gobernar el mundo. No les quedará ni la mínima credibilidad necesaria para engañar a alguien en este país o en el resto del planeta.
“Y en medio de esa lucha pacífica de ideas, nuestra vida seguirá adelante, continuaremos nuestro épico esfuerzo por vencer las dificultades, por el desarrollo económico y social de nuestra Patria, excepto que se pretenda un día la imposible y loca tarea de destruirnos por la fuerza, interrumpiendo la vida normal de nuestro país. En ese caso, no habrá para los agresores un día de tregua ni de calma, y nada volvería a ser normal para ellos.
“A nuestros niños y adolescentes no les faltarán los espacios de recreación sana y alegre, a la vez que enriquecedora de sus inteligencias y sus vidas. Todo nuestro pueblo tendrá igual derecho y espacio para la alegría y a la vez el constante incremento de sus valores morales y espirituales, con los cuales sabremos garantizar el indispensable bienestar material que podemos conquistar con nuestra inteligencia y nuestro trabajo.
“¡Nadie se rendirá! Y cansarse en esta lucha sería, para un patriota y revolucionario cubano, más bochornoso que rendirse. ¡Veremos quién tiene más razón, más motivación, más voluntad de luchar!
“¡Veremos quién se cansa primero!
“¡Veremos quién resiste más!”

Ya sabemos quién resistió más y quién se cansó primero, pero -como ha recordado el Presidente Raúl Castro- aún están en pie los instrumentos de agresión contra nuestro país, a pesar de que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha reconocido el fracaso del bloqueo y ha declarado que trabajará por ponerle fin.

Los Cinco son héroes para los cubanos porque, lejos de pactar y reconocerse culpables como les propuso E.E.U.U., prefirieron el desafío al pacto sin honor.

Es cierto que Washington ha proclamado un nuevo comienzo en sus relaciones con La Habana pero, a juzgar por recientes noticias, insiste en crear nuevos líderes en Cuba a fuerza de dinero, olvidando que con su obstinación por castigarnos ya los creó a base de injusticias y arbitrariedades: Los Cinco. Sólo los que hicieron la Revolución de 1959 tienen una autoridad moral similar a ellos en Cuba. Para los cubanos, son los Antonio Maceo del siglo XXI porque, como él, nunca mendigaron nada y sólo se deben a su pueblo. Pueden suscribir lo que el hombre de Baraguá escribió al Coronel  Federico Pérez Carbó:

“…mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer sin su ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”.

Irónicamente, lo único que debemos a EE.UU. los cubanos de hoy es habernos demostrado que hijos del pueblo de Cuba -puestos a elegir- siguen siendo capaces de asumir la conducta de Antonio Maceo.

El gobierno cubano, que supo llevar esta negociación con firmeza e inteligencia ejemplares estuvo a la altura de su pueblo, el que nunca habría aceptado la liberación del “contratista” estadounidense preso en Cuba sin que eso implicara el regreso de Los Cinco. Es el mismo pueblo que no perdonaría jamás a quien entregara su emblemática Plaza de la Revolución, aunque fuera un solo minuto, a personas pagadas por Estados Unidos para ante la prensa mundial denostar su Revolución, provocar una respuesta que sería documentada y manipulada como intolerancia y entrar en una peligrosa espiral ante la resistencia de los zanjoneros -apoyada en vivo por el aparato mediático transnacional- a abandonar un espacio tan sagrado como Baraguá.

Un gobierno cubano que aceptara eso caería, no porque lo tumbara la contrarrevolución sino porque perdería el apoyo popular.

En París, cuna de los Derechos del hombre según la Democracia al estilo occidental, los autores de la provocación del día 30 de diciembre pasado no estarían en libertad. La Prefectura de Policía de París exige que la petición de autorización para concentraciones en lugares públicos se haga “al menos un mes antes de la fecha de la manifestación”. Además, “este plazo será de tres meses como mínimo si el evento proyectado agrupará a mucha gente”, “cada petición debe comportar toda la información útil sobre el organizador (persona física o moral) y sobre la manifestación (naturaleza, fecha, lugar, horario, número de participantes…)”. Los organizadores tienen la obligación de “suscribir una póliza de seguros que garantice en el plano de la responsabilidad civil todos los riesgos relativos a la manifestación proyectada (participantes, público y obras públicas). La póliza de seguros debe comportar la garantía máxima […] calculada en función del evento asegurado, respecto a los siguientes riesgos: daños corporales, materiales e inmateriales”. La Prefectura de Policía insiste en este punto: “El organizador debe asumir la tarea de la seguridad general en el sitio dedicado a la manifestación. En caso de daños por imprudencia o negligencia, la responsabilidad civil, incluso penal, del organizador puede evocarse sobre la base de los artículos 1382 y siguientes del Código Civil y de los artículos 121-1, 121-2, 223-1 y 223-2 del Código Penal”.

Se conoce que la Prefectura de Policía de París rechaza decenas de peticiones todas las semanas por “no respetar el plazo para hacer la petición; marcha susceptible de causar problemas de seguridad, de orden público o de tránsito; rechazo del organizador a aceptar las obligaciones o prescripciones que presenta la Prefectura de Policía; opinión desfavorable de la alcaldía de París o de un servicio consultado; incompatibilidad entre la marcha prevista y el lugar escogido; organizador que no respetó sus obligaciones en una petición anterior o que ignoró las prescripciones de la Prefectura de París, etc.”. (http://www.google.com/url?q=http%3A%2F%2Fwww.prefecturedepolice.interieur.gouv.fr%2FDemarches%2FProfessionnel%2FSecurite-et-accessibilite-des-batiments%2FManifestation-sur-la-voie-publique-ou-tout-espace-ouvert-au-public&sa=D&sntz=1&usg=AFQjCNEZRrbhmOWWzFJSglTe6Sxep0M1xg)

Lo que no se conoce es que el gobierno de una potencia extranjera lleve decenios y cientos de millones dólares tratando de provocar este tipo de situaciones en París. Como recordé en un comentario la actuación salvaje de la Prefectura de París la hemos visto bastante a menudo pero ni The New York Times, ni El País, ni el Departamento de Estado la consideran violación de Derechos Humanos.

Hay quien sugiere que las autoridades cubanas debían haberse convertido en cómplices de la farsa y movilizar personas que sólo aportarían legitimidad a una provocación urdida desde el extranjero. En vez del relato de la retención temporal de un pequeño grupo de personas en instalaciones que por las mismas descripciones de los detenidos parecen más albergues de Escuelas en el campo (Ver en Diario de Cuba el texto titulado “Performance en el Vivac“) que una mazmorra de las que gestiona Estados Unidos en Guantánamo, tendríamos entonces en la pantallas del mundo las imágenes de un enfrentamiento violento  en el corazón político-administrativo del país.

¿O alguien cree seriamente que los cuatro gatos convocados desde Miami para gritar sus resentimientos y sabotear los acuerdos entre Cuba y EE.UU. se iban a retirar tranquilamente una vez consumido su minuto de celebridad mientras tenían toda la prensa del planeta a su disposición y el despliegue previo de mensajería spam de todo tipo que hicieron convocando a su “performance”? ¿Hay que cerrar los ojos ante el surgimiento y evolución de las guarimbas antichavistas en Venezuela y el Maidán ucraniano? Demasiada responsabilidad pero también experiencia tienen las autoridades cubanas para pecar de ingenuas cuando La Habana está mucho más cerca de EE.UU. que Caracas y Kiev.

Una pregunta que considero muy pertinente en esta hora:
¿Con quién dialogó Maceo, con los ralladiyos -cubanos antiindependentistas pagados por el imperio español- o con el Gobernador General de España en Cuba? (Publicado en CubAhora)

Tomado de su blog La Pupila Insomne

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Normalización de relaciones entre Cuba y EEUU? La pelota está en terreno de Obama



Robert Muse, abogado estadounidense y uno de los juristas que mayor conocimiento tiene de los reglamentos que involucran las tensos vínculos entre Cuba y EEUU, asegura sin dudar que "la normalización de las relaciones entre las dos naciones requerirá una serie de acciones presidenciales" y propone una guía de cómo podría suceder… "cuando Barack Obama quiera". Proponemos a continuación el análisis de Muse publicado en la revista Americas Quarterly.

Cuba-Estados Unidos: ¿Nueva normalización? 
La normalización de las relaciones entre las dos naciones requerirá una serie de acciones presidenciales. Aquí está la guía de cómo podría suceder… cuando quiera.
Robert Muse*

Hillary Clinton señaló en una reciente entrevista que le gustaría ver a EEUU “avanzar  hacia la normalización de las relaciones” con Cuba. Esta notable declaración –de un posible próximo presidente-  llegó al final de una crítica a la actual política de EEUU que insiste en reformas políticas y de otro tipo como pre-condición para modificar las actuales sanciones impuestas por EEUU al país.

En la visión de Clinton, el embargo contra Cuba ha fortalecido a los Castro porque pueden culpar de todo a esta política. Adoptando esta nueva postura, se ha diferenciado de la política “cuidadosamente calibrada” de su esposo en respuesta el desarrollo positivo (por el gobierno) en Cuba. En su lugar ahora favorece una política unilateralista que incondicionalmente podría normalizar las relaciones privando de este modo al gobierno de Cuba desde hace mucho tiempo de las quejas de larga data con EEUU esto -según su punto de vista- ha sido explotado para mantener el apoyo al pueblo cubano.
Sin embargo, al hablar de la normalización de relaciones con Cuba, Clinton se centró exclusivamente en el embargo. Al hacerlo, ella parecía confundir la ausencia de medidas punitivas impuestas a un país con relaciones normales. Pero la normalización es más que eso.
Una metáfora que muestra las naciones-estados como vecinos que viven en la misma comunidad puede ser útil para ilustrar lo que ven como la normalización de las relaciones. Para empezar estas relaciones implican mucho más que abstenerse de las hostilidades activas. También incluyen la ampliación entre sí de los derechos, privilegios y atenciones que se derivan del principio de que todos los residentes comparten por igual los beneficios de pertenecer a un barrio. Lo que habría que ver es ¿cómo sería en el caso de EEUU y Cuba?
Normalización: Cómo hacerlo
Para que EEUU tenga relaciones normales con Cuba, debe hacer dos cosas: en primer lugar, eliminar las medidas punitivas impuestas a ese país; y en segundo lugar, extender a Cuba los beneficios de las naciones que está en paz. Un ejemplo de esto último es la concesión de igualdad de acceso a uno que otro mercado. Esto significa ir más allá de levantar la actual prohibición estadounidense de las importaciones cubanas y la prohibición sobre las exportaciones estadounidenses a Cuba. Esto requerirá que EEUU permita a Cuba – un miembro de la Organización Mundial del Comercio (OMC) – el mismo acceso al mercado se que extiende a los productos de otros países miembros de la OMC. (Como veremos en un momento, esto es mucho más simple de lo que parece.)
En primer lugar, es necesario remover cualquier idea errónea de que el presidente no tiene autoridad para normalizar las relaciones con Cuba. La larga y estrecha participación del Congreso en la política entre EEUU y Cuba fomentó la creencia errónea de que la autoridad presidencial con respecto a Cuba había sido precedida por el Congreso. Un ejemplo de hasta qué punto esta creencia es errónea es que en 2006, cuando el entonces presidente Fidel Castro transfirió la autoridad de Jefe de Estado a su hermano Raúl, el Departamento de Estado de EEUU afirmó que era incapaz de responder a ese evento con cualquier regulación en la política entre EEUU y Cuba.
Según un informe de Reuters de una conferencia de prensa del Departamento de Estado, no “habría ningún cambio en la política hacia Cuba, mientras Castro o su hermano Raúl se mantuvieran en el cargo, porque las leyes estadounidenses restringen las relaciones de EEUU con el gobierno comunista.” De acuerdo con un funcionario del Departamento de Estado citado en el informe, “esta es una de nuestras políticas más estricta. Nuestras manos están atadas por las leyes.”
Eso es simplemente incorrecto. El actual o el futuro ocupante de la Casa Blanca tiene la autoridad para normalizar las relaciones con Cuba. Estos son algunos de los pasos.

1. Poner fin a las medidas punitivas aplicadas a Cuba


El primer paso en la normalización de las relaciones con Cuba es dejar de castigar al país. Hay un conjunto de medidas punitivas que afectan a la mayoría de los cubanos y que sirven como puntos de reunión en contra de EEUU. Ellos son:

La aplicación extraterritorial del embargo para interrumpir el comercio de Cuba con terceros países.

Este aspecto del embargo implica cosas tales como la insistencia de EEUU en la regulación de las exportaciones de artículos de terceros países a Cuba que contienen pequeñas cantidades de componentes de origen estadounidense. Por ejemplo, Cuba no podría comprar aviones civiles de la compañía europea Airbus SAS porque algo de tecnología de origen estadounidense se incorpora a los aviones de la compañía. Tampoco, por la misma razón, podría Cuba, sin grandes dificultades, buscar y arrendar una plataforma de exploración petrolera para perforar en sus aguas territoriales. Además, EEUU se apodera de los fondos e impone enormes sanciones a las transacciones legítimas entre Cuba y terceros países que utilizan las transferencias en dólares estadounidenses procesados a través de las instituciones financieras.

Más recientemente, como parte de un acuerdo de casi 9 mil millones de dólares, EEUU extrajo un acuerdo con el banco francés BNP Paribas, que le obliga a cancelar todas las transacciones que involucran a Cuba y prohibe nuevos negocios en cualquier moneda (por ejemplo euros) con ese país. Los cubanos son conscientes de todo esto y creen que este tipo de aplicaciones de medidas extraterritoriales del  embargo de EEUU sólo hacen su vida más difícil.

La inclusión de Cuba en la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo del Departamento de Estado.

Más de una docena de años atrás, el ex Asesor Especial del presidente Bill Clinton sobre Cuba, Richard Nuccio, dijo: “Francamente, yo no conozco a nadie dentro o fuera del gobierno que cree en privado que Cuba pertenece a la lista de terroristas. Las personas que lo defienden saben que es un cálculo político. Mantiene una cierta parte de los votantes en la Florida feliz, y no cuesta nada”.

Sin embargo los cubanos pueden ver a su gobierno, encuentran la designación de su país como partidario del terrorismo falsa, difamatoria y deshonesta.
La Ley de Ajuste Cubano de 1966 da al Fiscal General de EEUU la facultad de conceder la residencia permanente a cualquier ciudadano cubano que pone un pie en suelo estadounidense.
Mientras que algunos cubanos dan la bienvenida a esta única dispensación, muchos más la ven como una anomalía política de EEUU que lleva a los familiares y vecinos a arriesgarse a morir en balsas en el intento de llegar a la Florida.

El encarcelamiento a largo plazo de tres oficiales de inteligencia cubanos en cárceles de EEUU.

Como la mayoría de los cubanos lo  ven, estos hombres han estado en la cárcel por el delito de intentar obtener información sobre grupos en EEUU que estaban conspirando para poner bombas en hoteles en Cuba para atemorizar a los turistas extranjeros. Mientras que los agentes cubanos no estaban libres de  culpa (violaron la Ley de Registro de Agentes Extranjeros de EEUU y no todas las organizaciones de exiliados cubanos eran su objetivo), su encarcelamiento continuo es visto por los cubanos como excesivo. Ahora han estado más de 16 años en las cárceles de máxima seguridad, con gran parte de ese tiempo en régimen de aislamiento.

La continua ocupación de territorio nacional en la Bahía de Guantánamo en Cuba sin el consentimiento del pueblo cubano.


Los patriotas cubanos ven la retención de prisioneros como un ejercicio de poder de EEUU que  viola los términos de un tratado que permite el uso de la Bahía de Guantánamo para “carboneras o estaciones navales sólo, y para ningún otro propósito”.

2. Normalización de las relaciones

La autoridad del presidente de EEUU a derogar o modificar el embargo comercial a Cuba es esencialmente sin restricciones.
El embargo prohíbe a los ciudadanos estadounidenses y a las compañías de “participar en transacciones” con el gobierno de Cuba y con entidades cubanas. El estatuto que autoriza el embargo es el de Comercio con el Enemigo, que otorga al presidente, en los términos más amplios, la autoridad para instituir y mantener las sanciones económicas sobre países considerados hostiles a los EEUU. Esta autoridad ha sido delegada a la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) del Departamento del Tesoro. En la práctica, el embargo es un conjunto de disposiciones promulgadas individualmente a través de la OFAC y de la autoridad ejecutiva. En conjunto, esas reglas y órdenes ejecutivas se establecen en el Reglamento de Control de Activos Cubanos (CACR, por sus siglas en inglés).
El poder de la rama ejecutiva para ampliar, revisar y modificar las disposiciones del embargo del CACR es irrestricto. Las primeras palabras de la primera sección del CACR son: “todas las [...] transacciones están prohibidas salvo que esté específicamente autorizado por el Secretario de Hacienda [...] por medio de reglamentos, resoluciones, instrucciones, licencias o de otra manera [...] “[énfasis añadido].
Dando a la OFAC  la expresa facultad para modificar el embargo a través de la creación de nuevas normas (ya sea por la reglamentación o la creación de nuevas excepciones por lo general con licencia para el embargo), la prohibición de la importación de productos de origen cubano, por ejemplo, podrán ser revocadas en una de estas dos maneras: (1) la eliminación de la actual disposición prohibiendo las del CACR  través de la reglamentación de la OFAC; o (2) la promulgación de una licencia general que autoriza esas importaciones.
Del mismo modo, el presidente posee la autoridad ejecutiva para revocar las restricciones a las exportaciones de EEUU a Cuba. El presidente John F. Kennedy prohibió esas exportaciones mediante la emisión de la Proclama Presidencial 3447. El presidente Barack Obama o un sucesor es tan libre de rescindir la proclamación que hizo Kennedy. Y una vez que Cuba se retire de la lista de naciones que patrocinan el terrorismo del Departamento de Estado, el requisito legal de que las exportaciones de los EEUU deben estar autorizadas por el Departamento del Comercio ya no se aplicará. (Véase más adelante una explicación de cómo Cuba puede ser removido de la lista.)
De ello se deduce que si el presidente tiene la autoridad para abolir un total de restricciones a las exportaciones de EEUU a Cuba, tiene el poder de eliminar tales medidas extraterritoriales punitivas como la que prohíbe las exportaciones procedentes de terceros países a Cuba de los productos fabricados en el extranjero que contienen un 10 por ciento o más de materiales de origen estadounidense.
La eliminación de Cuba de la lista del Departamento de Estado de naciones que patrocinan el terrorismo requiere nada más que un informe del Presidente al Congreso.
La eliminación de Cuba de la lista se puede lograr fácilmente, en una u otra forma. La primera opción es que el Presidente presente un informe al Congreso que certifique que (1) se ha producido un cambio fundamental en el liderazgo y las políticas del gobierno cubano; (2) el gobierno no está apoyando los actos de terrorismo internacional; y (3) el gobierno ha dado garantías de que no va a apoyar los actos de terrorismo internacional en el futuro. La segunda opción es la de presentar un informe al menos 45 días antes de la retirada del país de la lista que certifique que (1) el gobierno no ha proporcionado ningún tipo de apoyo para el terrorismo internacional durante el período de seis meses; y (2) el gobierno ha dado garantías de que no va a apoyar los actos de terrorismo internacional en el futuro.
Las certificaciones se  pueden ser dadas fácilmente porque Cuba ha cumplido con ambos criterios. El presidente de Cuba en aquel momento (1982) ya no están en el poder, y Cuba ya no apoya a los movimientos guerrilleros de izquierda, la política que consiguió que apareciera  en el primer lugar de la lista. Cuba ciertamente no ha proporcionado apoyo al terrorismo internacional en los últimos seis meses, y el gobierno cubano ha proporcionado las garantías necesarias de que no va a proporcionar este tipo de apoyo en el futuro. Por ejemplo, en abril de 2013, Josefina Vidal, directora de la División de Asuntos de América del Norte en el Ministerio de Relaciones Exterioresde Cuba, entregó una nota del gobierno del país a la Sección de Intereses de EEUU en La Habana, diciendo que Cuba “rechaza y condena inequívocamente todos los actos de terrorismo, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia, y con cualquier motivación”.
El estatus privilegiado dado a los ciudadanos cubanos bajo la Ley de Ajuste Cubano de 1966 puede ser rescindido en cualquier momento por el Presidente.
La Ley dice que “cualquier ciudadano cubano [...] que ha estado físicamente presente en los EEUU durante al menos un año, puede ser ajustado por el Fiscal General, en su discreción, [.. .] a la de un extranjero legalmente admitido para residencia permanente “. Todo lo que necesita para poner fin a la actual política es una directiva del Presidente al Fiscal General que le ordene cesar la concesión de la residencia permanente a los cubanos que ingresan a los EEUU sin visado.
Un presidente puede ejercer sus facultades de indulto establecidas en el Artículo II, Sección 2 de la Constitución de EEUU para poner fin al encarcelamiento de los tres restantes oficiales de inteligencia cubanos.
La conmutación de penas (reduciéndolos a tiempo cumplido) es inherente en el poder de perdón del Presidente. En el caso de los tres miembros restantes del original “Cinco Cubanos” que todavía permanecen en la cárcel, una conmutación de su pena podría, en esta fecha, significar que han cumplido 16 años de prisión. Una ventaja adicional, además de abordar el sentido de la injusticia del pueblo cubano, es que una conmutación podría ayudar a facilitar la liberación del contratista de la USAID Alan Gross, quien está encarcelado en Cuba y todavía no está a un tercio del camino de una pena de 15 años.
Y sí, el Presidente también puede resolver las reclamaciones de Cuba sobre la continua presencia de EEUU en la Bahía de Guantánamo.
El derecho de EEUU para establecer y ocupar una base naval en la Bahía de Guantánamo se remonta a 1901, con modificaciones en 1903 y 1934. En este último año, EEUU y Cuba firmaron un tratado que estipula que:
“En tanto que los Estados Unidos de América no podrá abandonar la estación naval en Guantánamo o que los dos gobiernos no se pongan de acuerdo para la modificación de sus límites actuales, la estación seguirá teniendo la extensión territorial que ahora tiene [...]”.

La Constitución de EEUU otorga al Presidente la facultad de realizar tratados en nombre de EEUU, pero no dice nada sobre el poder de suspender los tratados. Ese poder,  sin embargo, se llevó a cabo por el presidente. El Artículo II, Sección 1, provee al presidente el “poder ejecutivo” de  EEUU. Ese poder encuentra su principal aplicación en la ejecución de las leyes en la nación. En virtud del artículo VI de la Constitución, los tratados se consideran leyes de los EEUU. En caso de que el presidente decida, en lo establecido en el tratado de 1934, a “abandonar” Guantánamo, la ejecución de esa prerrogativa del tratado sería, al mismo tiempo, dar por terminado el tratado mismo. EL precedente legal apoya la conclusión de que el Congreso sería impotente para revertir dicha acción. En EEUU v Curtiss-Wright Export Corp. (1936), la Corte Suprema dijo:

“Es importante tener en cuenta que estamos tratando aquí [con ...] un poder muy delicado, plenario y exclusivo del Presidente como el único órgano del gobierno federal en el campo de las relaciones internacionales – un poder que no requiere, como base para su ejercicio una ley del Congreso [...]” [énfasis añadido].

Confiando en esa autoridad, el entonces presidente Jimmy Carter fue capaz en 1980 de suspender el tratado de defensa mutua con Taiwán como consecuencia del  reconocimiento del gobierno chino en Beijing. Del mismo modo, el presidente George W. Bush en el año 2001 dio aviso a Rusia y se retiró del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM, por sus siglas en inglés) ratificado por el Senado en 1972.

3. Dirigirse hacia  la completa normalización de las relaciones
Comercio
Cuba y EEUU son miembros fundadores de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Cuando se estableció la OMC en 1995, tanto EEUU como Cuba aceptaron el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) como vinculante para todos los miembros. El artículo I del Acuerdo prohíbe a los signatarios discriminar entre las naciones signatarias la extensión de los beneficios comerciales. Por ejemplo, si una nación otorga una reducción del tipo arancelario sobre un producto a otra nación, debe extender esa tasa a todos los miembros de la OMC. Esto significa que tanto EEUU como Cuba deben ampliar el tratado de Nación Más Favorecida (NMF) a otros miembros exportadores de productos, como resultado los productos cubanos se les debe permitir ampliarse a EEUU en términos tan favorables como a los  otros miembros de la OMC.
Sin embargo, en 1962, EEUU invocó el artículo XXI del GATT de exención cuando Kennedy emitió la Proclama de 3447 (mencionada anteriormente) para establecer el embargo actual en Cuba. En virtud de este artículo, cualquier nación puede optar por salir de las obligaciones establecidas en  el  GATT bajo el reclamo de la    ”necesaria protección de sus intereses esenciales de seguridad.” Todo lo que tendrá la condición de NMF aplicada a los productos de origen cubanos como una rescisión presidencial de la invocación del artículo XXI de EEUU.

Protecciones de la Propiedad Intelectual

Actualmente, la protección de la propiedad intelectual entre EEUU y Cuba está cubierta por un acuerdo de 85 años, la Convención General Interamericana de Protección Comercial y de Marcas. Una serie de acontecimientos en materia de propiedad intelectual (cybernames, etc.) se han producido esos años. Uno de los primeros pasos más útiles en la restauración de relaciones normales con Cuba sería la negociación de un nuevo acuerdo que recíprocamente proteja la propiedad intelectual de los nacionales de cada país.

Cooperación Ambiental

EEUU y Cuba comparten el Caribe. Como un elemento de la normalización de las relaciones, tiene sentido que los dos países entren en acuerdos que garanticen la cooperación recíproca para proteger las aguas del Caribe y los frágiles entornos de sus islas.

Conclusión
Algunos aspectos de la normalización de las relaciones – aunque muy pocos – exigen al Congreso actuar. Por ejemplo, cualquier embajador que el Presidente de EEUU nombre para Cuba requeriría la confirmación por parte del Senado de EEUU. La representación actual de los jefes al frente de las Secciones de Intereses degrada las relaciones bilaterales. EEUU mantiene relaciones diplomáticas con Rusia, Nicaragua, Venezuela y otros países, mientras que no tiene simpatía por los gobiernos de esas naciones. Se puede hacer lo mismo con Cuba.
Otra área en la que el Congreso iba a jugar un papel es en la promulgación de medidas de protección de inversión para los inversores de EEUU en Cuba. El Congreso tiene un papel en esto porque tales protecciones son garantizadas más a menudo por los tratados bilaterales de inversión que requieren la ratificación del Senado. Pero una vez más, el papel del Congreso en el proceso de normalización es pequeño.
Está claro que un Presidente, utilizando la autoridad inherente de la oficina, puede dirigir a  EEUU hacia allí. Cuando llegue el momento, sigue habiendo una serie de pasos que EEUU – y Cuba – deben tomar para establecer verdaderamente las relaciones entre los dos enemigos de la Guerra Fría que van más allá del sólo hecho del levantamiento del embargo. Sin embargo, algunos de los elementos más punitivos del embargo podrían convertirse en herramientas de creatividad, la diplomacia centrada por acciones ejecutivas. La pregunta es cuándo, no cómo.


*Robert Muse es abogado y tiene su bufete en Washington.

Tomado de Fanal Cubano

martes, 29 de julio de 2014

Cultura de la honradez o La carga necesaria

Por Luis Toledo Sande*

 

En 1973, en su discurso del acto central con que se honraron los sucesos ocurridos en Santiago de Cuba y Bayamo el 26 de julio veinte años atrás, Fidel Castro, guía de aquellos hechos y de la Revolución desatada con ellos, exclamó antes del Patria o Muerte final: “Desde aquí te decimos, Rubén: el 26 de Julio fue la carga que tú pedías”. Acababa de citar el “Mensaje lírico civil” de Martínez Villena, un texto enlace de la dignidad de la poesía y la civilidad por la cual la vanguardia del pueblo cubano había combatido durante décadas, y que seguía quebrantada. Ejemplo él mismo de la lucha revolucionaria, el autor del “Mensaje” proclamó en los versos citados: “Hace falta una carga para matar bribones, / para acabar la obra de las revoluciones”, y tenía en mente un fin mayor: “para que la República se mantenga de sí, / para cumplir el sueño de mármol de Martí”.

Los actos armados de 1953 fueron el brote ígneo de una nueva etapa de insurgencia para  transformar una realidad nacional que negaba las aspiraciones de los fundadores de la patria. Era contraria en especial a los ideales del José Martí que había abrazado como brújula el afán de que la ley primera de la república buscada fuera “el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”, declaración en la cual el sentido del propio legado martiano autorizaría a sustituir hombre por ser humano, para conjurar la herencia patriarcal.

Sería un grueso acto de ignorancia, o de invidencia voluntaria, desconocer lo hecho por la Revolución Cubana para abonar la aspiración rectora que Martí legó a nuestra Constitución vigente y, aún más, a la necesaria cultura de funcionamiento social afincada en la ética como baluarte de la civilidad y la ley. Y sería un suicidio nacional menospreciar esos valores porque hayamos satanizado el concepto de república al identificar estrechamente con él a la Cuba que existió de 1902 a 1958, cuyas calamidades tampoco autorizan a subvalorar los ímpetus revolucionarios vividos en esa etapa. Entre ellos se ubican los que desde 1953 protagonizó la vanguardia de la generación del centenario martiano.

Soslayar la importancia de la ética y de la civilidad republicana nos haría cómplices de una realidad ante la cual el propio guía histórico de la Revolución expresó el 17 de noviembre de 2005: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”. Puso por encima de la hostilidad que “ellos”, los enemigos, han lanzado contra la Revolución desde el exterior, los males que pueden minarla desde dentro, y ninguno es más letal que la corrupción, crecida en el desorden y la indisciplina.

Tampoco puede Cuba permitirse autocomplacencia alguna por el hecho de que los índices de la corrupción que hay en ella puedan ser o parecer irrisorios comparados con la que prima en otros lares del mundo. Para ella cualquier grado de corrupción es grave, porque resulta medularmente incompatible con el proyecto de justicia social con que está responsabilizada como aspiración.

No es casual que el discurso pronunciado por Fidel Castro en noviembre de 2005, lo recordara de manera explícita y perentoria el general de ejército Raúl Castro ante la Asamblea Nacional del Poder Popular el 7 de julio de 2013. A despecho de normas de silencio que pudieran estimarse buenas, no se detuvo por previsibles usos que haría de sus palabras “la gran prensa internacional, especializada en denigrar a Cuba y someterla a un frenético escrutinio”, con campañas que no se detendrán por muy prudente que sea la prensa revolucionaria, cuya “discreción” puede equivaler al incumplimiento de su tarea.

Sin ignorar riesgos, el dirigente puntualizó que seguía una razón fundamental: “no debemos restringirnos” cuando es necesario “debatir con toda crudeza la realidad, si lo que nos motiva es el más firme propósito de rebasar el ambiente de indisciplina que se ha arraigado en nuestra sociedad y ocasiona daños morales y materiales nada despreciables”. Y añadió: “Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de veinte años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”.

En ese punto citó el discurso de Fidel de 2005 y enumeró problemas cuya erradicación urge, empezando por el hecho de que “una parte de la sociedad ha pasado a ver normal el robo al Estado”. Sería útil saber qué porciento de la sociedad integra la parte que considera normal hurtarle al Estado, como se denomina comúnmente el saqueo de la propiedad social, con la que, para cuidarla y administrarla, están responsabilizados los organismos estatales, y el Estado mismo, que no es propietario. Quizás la connivencia se haya generalizado en el cuerpo social por los caminos de la llamada pequeña corrupción cotidiana.

Por esos vericuetos se entroniza una cultura de la tolerancia y la complicidad opuesta desde la raíz a la cultura de la honradez, necesaria para que la propiedad social funcione como es debido y los valores justicieros ocupen el lugar y desempeñen el papel activo que les corresponden. No cabe responsabilizar por completo del mal a las penurias que el pueblo viene sufriendo como consecuencia del encarnizado bloqueo imperialista, en primer lugar, y, también, del insuficiente trabajo y la ineficiencia en la administración de los recursos. Ver como causa única las penurias aludidas sería desentenderse de un hecho que debe hacernos reflexionar, no solo para conocerlo, sino para actuar mejor: no será exagerado ni irresponsable afirmar que en Cuba parece haberse perdido aquella cultura de la decencia popular que hacía a los humildes decir de sí mismos con orgullo: “pobres, pero honrados”.

Quien no olvide que el lenguaje es la expresión material del pensamiento, dará justa importancia a un hecho en el cual no será impertinente insistir: las palabras decencia y decente se perciben en retirada, si no olvidadas ya, mientras que, en la otra cara de la moneda, robar se suplanta por luchar, resolver y otros eufemismos. Las calamidades no se dan solas, aisladas: minan a la sociedad en su conjunto, y así la prostitución —que en sus versiones actuales quizás tenga más bases en el quebranto de la familia y en el desorden social desde edades tempranas que en la precariedad económica— ha dado lugar a términos como jinetera y jineterismo, y dejemos el punto ahí para olvidar que alguna vez a las jineteras hubo quienes las llamaron mambisas, por su condición de “luchadoras”.

Claro, es “moralmente” más cómodo comprar artículos diversos —alimentos, piezas de repuesto, ropa, calzado, cosméticos…—, y dialogar con esas personas si las llamamos luchadores y jineteras que si les decimos ladrones y prostitutas. Pero no es cuestión de vocablos, sino de normas de comportamiento y convivencia, y resulta imprescindible conocer las raíces, para tratar de limpiar de esas yerbas el país.
Probablemente parte de esas raíces se hundan en el llamado igualitarismo, no visto como aspiración que no se ha alcanzado plenamente ni en los socializados servicios funerarios, sino como fruto de prácticas y nociones que han llevado a confundir al pueblo con el lumpen. En su discurso citado, Raúl Castro señaló: “Conductas, antes propias de la marginalidad, como gritar a viva voz en plena calle, el uso indiscriminado de palabras obscenas y la chabacanería al hablar, han venido incorporándose al actuar de no pocos ciudadanos, con independencia de su nivel educacional o edad”.

Conceptos como centro y marginalidad son dinámicos, y sus connotaciones se mueven. En estas líneas no se pretende analizar a fondo el hecho de que, si uno sale por sus medios, como un paisano más, y recorre las calles de una ciudad como La Habana a pie o haciendo uso del transporte público, puede percatarse de que, a menudo, en el centro activo se ve a la chusma, y, como arrinconadas, a las personas decentes. Y un aliado natural de esa chusma son los delincuentes de cuello blanco que hasta la usan como intermediaria en el trasiego comercial —clandestino, se dice, pero con alta eficiencia— de artículos sustraídos de almacenes cuya administración se les ha confiado a ellos, o a ellas.

La chabacanería es ostentosa; pero cabe conjeturar que el núcleo duro del desorden se hallará en el manejo turbio de la propiedad social. Y quizás ese nocivo torcimiento se afinque, mucho más que en el mal entendido igualitarismo, en la vulneración de la igualdad, de la honradez con que debe ejercer su papel quien administre no un emporio privado —cuyos dueños harán todo lo posible y lo imposible para que no les roben—, sino quienes asuman la tarea de administrar, en representación del Estado, bienes públicos.

Por eso hay razones más que suficientes para alarmarse ante alguna tendencia que asoma a pedir piedad, o falta de vigilancia, para funcionarios públicos que “luchan”. En apoyo de esa tendencia se dice que nadie quiere dirigir, y que no está bien que la población ponga ojos vigilantes, de antemano, sobre quienes acepten hacerlo. Muchos no querrán ocupar cargos de dirección, pero no faltarán, ni escasearán, quienes compitan con el macao para mantenerse en su concha. Si lo hacen para defender causas justas, merecen ser felicitados; pero si los guía el propósito de mantener ventajas materiales no siempre bien habidas, toda vigilancia será poca. 

Nadie tiene derechos especiales sobre los bienes de la patria, que van desde el pago del transporte hasta las mayores empresas, y pasan por la información.
Difícilmente lo que le haya hecho mal al país sea el exceso de control eficaz. Lo más probable es lo contrario, y no será la fiscalización la fuente de daños que lamentar.

Arduo será probar que se equivoca quien sostenga que el origen mayor de calamidades no está en descubrir deformaciones, sino en que estas se den y, al darse, muestren cómo personas llamadas a representar el orden y la honradez acumulan beneficios inmorales, nómbrese como se nombre la causa legal que se les siga cuando se descubren sus manejos. El intento de desterrar el igualitarismo mal asumido no debe conducirnos a olvidar que quien, en Cuba, acepte dirigir o administrar recursos de propiedad social, no debe aspirar a las ventajas materiales que logra un negociante exitoso en un país capitalista.

La brújula no debe descuidarse, sino todo lo contrario, porque la realidad se haga más compleja en la medida en que las formas de propiedad se diversifiquen y se interconecten. En ese entorno serán mayores los peligros; pero únicamente la legalidad, establecida claramente y aplicada con el debido rigor a partir de la Constitución, y una conciencia ciudadana cultivada con esmero, podrán poner freno a irregularidades y delitos que hacen peligrar no solo a la economía de la nación, sino a la propia sobrevivencia de esta frente a los desafíos que la asedian por fuera y por dentro. Si se da alguna contradicción entre la ética y la ley, habrá que revisar y replantearse la segunda.

En los rejuegos terminológicos promovidos por adalides de la desideologización, no es imposible oír que se desapruebe, como supuesta maniobra deslegitimadora, la aplicación del calificativo de bandidos con que se bautizó a los alzados contrarrevolucionarios que intentaron derrocar a la Revolución armados por el imperio. De hecho eran bandidos: integraban bandas. Pero está sobre el tapete algo más que un aséptico deslinde etimológico. Se trata de saber quiénes son los enemigos del pueblo.

Si aquellos bandidos sobresalieron entonces entre los enemigos de la Revolución, popular desde sus cimientos, hoy la ponen en peligro —con mayores posibilidades de éxito quizás, puesto que no forman bandas aisladas y pueden confundirse, o se confunden, con el resto de la sociedad— los que medran con la corrupción y propician que ésta se generalice. Hay que afinar la puntería en cuanta medida se aplique para no darles cuartel. Urge impedir que las normas, lejos de poner coto a los delincuentes —dicho sea en el sentido más etimológico de la palabra, aplicable a quien viola la ley—, genere más restricciones que, en vez de favorecer la productividad, ofrezcan asideros y trillos para las infracciones y, por tanto, para la corrupción, con la cual colaboran los burócratas de la inercia y las trabas.

No hay mecanismo infalible, pero cada ley, cada control, cada declaración jurada de contribuyente o funcionario, cuanto se haga en ese terreno, debe combinar prevención y pulso educativo, y la represión que sea justo y menester aplicar. Sigue siendo necesaria una carga contra los bribones, para perfeccionar la obra de la Revolución que barrió “la costra tenaz del coloniaje”, y para que no se vuelvan inútiles “en humillante suerte, / el esfuerzo y el hambre y la herida y la muerte”. Continúa en pie el reclamo de una meta mayor: “para que la República se mantenga de sí, / para cumplir el sueño de mármol de Martí”. Sólo así se le rendirá a Rubén Martínez Villena el mejor tributo a su memoria.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.     Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

martes, 11 de febrero de 2014

Escalemos el peldaño que nos separa de los irracionales

Hace unas horas, recibí un correo electrónico de una amiga que me visitara hace algunas semanas... pensé compartirlo en un grupo de facebook que ha sido creado por la periodista Elsie Carbó, creadora de los blogs Grillos azules y El Sato cubano, llamado Ley de Protección para los animales en Cuba  desde donde, desde hace bastante tiempo, abogamos junto a Elsie por una ley que proteja a los animales, sean afectivos o de tiro, en fin, esos seres a los que tanto debemos y que confían en nosotros... Allí, en el grupo de facebook, encontré este artículo y decidí entonces publicarlo en mis blogs, junto a la carta de mi amiga y el link de un fotorreportaje publicado en Cubadebate, donde los "top models", como diría mi abuelita "lloran ante los ojos de Dios"...

Y tal vez, el ser celestial no pueda hacer mucho por ellos, pero creo que nosotros sí: estamos a tiempo de escalar, nuevamente, ese peldaño que nos distingue de los irracionales...

De la calle a la agonía: perros callejeros en Cuba

Por Angélica Menéndez Hidalgo y Lis L. Morales Sánchez

Allí estaba él, pasaba los días y las noches vigilando su sueño, ese sueño del que nunca retornas. Echado a su lado jamás renunció. Nadie se explicaba cómo descubrió el paradero de la tumba, y pasó mucho tiempo para que los veladores del cementerio lo dejaran quedarse. Hasta que la muerte se lo llevó también a él.

Este relato no es ficción, ocurrió en Cuba en el año 1931. Se trata de la mascota de Jeannette Ryder, quien ha sido símbolo de la lucha por los derechos de los animales en Cuba.

Sin embargo, muchos seres humanos no comprenden el cariño y la amistad que una mascota puede brindarles y, por tanto, no son capaces de retribuirles siquiera con un mínimo de responsabilidad y respeto.

Sobre este tema, María Gloria Vidal, presidenta de la Sociedad sobre Bienestar Animal, señala que “nuestra población adolece de cierta cultura y nivel de responsabilidad sobre la tenencia de animales y cuando surge alguna contradicción para mantenerlos, entonces la solución es deshacerse de ellos. La mayoría de las veces son echados a la calle”.

Esta conducta es tan nociva que, incluso, puede implicar la propagación de enfermedades zoonóticas, las cuales son  transmitidas de animales a personas.

Especialistas afirman que el 70 por ciento de las enfermedades de la humanidad son de esta clasificación, por lo que no se puede concebir la salud humana sin el cuidado de los animales.

El Programa de Zoonosis en Cuba está insertado dentro del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), y se dedica a controlar y prevenir todas las enfermedades zoonóticas. Las de mayor incidencia en nuestro país son la leptospirosis y la rabia.

Según Yusaima González, Jefa Nacional de ese Programa, las autoridades sanitarias del país mantienen un control epidemiológico, atendiendo cada año a unas 30.000 personas mordidas por animales, de ellas un 90 por ciento por perros. 
Además de la sistemática recogida de animales callejeros.
Nora García, Presidenta de la Asociación Cubana de Protección a Animales y Plantas (Aniplant) destacó la poca capacitación de las personas encargadas de esta tarea, la brutalidad y la falta de equipos adecuados, entre ellos el jamo, el lazo y la ropa protectora.

En el año 2000, en el Centro de Prensa Internacional, se organizó el primer encuentro de control de población canina, auspiciado por la Asociación Mundial de Protección Animal.
Estuvieron presentes más de cien veterinarios, dirigentes del MINSAP y se intercambiaron implementos de recogida humanitaria, jamos, lazos adecuados. Además, se propusieron planes de trabajo a favor de los animales, principalmente perros y gatos.

Sin embargo, la presidenta de Aniplant detalla que  ni el Instituto de Higiene y Epidemiología, ni el MINSAP han puesto en práctica lo que allí se habló.

Este evento no ha sido la única tentativa de solucionar el tema. Se une la Ley de Protección y Bienestar Animal, propuesta desde finales de los años ochenta y que continúa como una de las mayores aspiraciones de los amantes de los animales en Cuba.

 “La solución no es tan difícil”

En el ámbito internacional también se hace referencia a la necesidad de que exista una legislación para un mejor control. Por ello, “la falta de apoyo legal en nuestro país no ha permitido el registro de identificación de animales, que obliga a los dueños a ser responsables de sus mascotas” expresó María Gloria Vidal.

La esterilización es la forma más efectiva a nivel mundial para la disminución de las poblaciones vagabundas caninas. En Cuba es muy  poco utilizada, pues solo se practica a través de la gestión de Aniplant y de veterinarios dispuestos a colaborar sin beneficio material.

El primer estudio sobre las ventajas de las esterilizaciones —que pueden ser para ambos sexos— realizado en Estados Unidos, demostró que en cinco años se disminuye en un 80 por ciento la población ambulante.

Por otra parte, los investigadores concuerdan en que la eutanasia —muerte rápida y sin dolor— debería ser el último método a emplear para disminuir las poblaciones vagabundas caninas.

Lamentablemente, en nuestro país —como primera medida— se aplica la forma de sacrificio, con la inyección de estricnina, método extremadamente doloroso, según Nora García.
Agrega que los perros recogidos son hacinados, su alimentación es precaria y no reciben agua por lo que practican canibalismo.

Estudios realizados por los investigadores de Aniplant demuestran que el método de eutanasia no es el más efectivo pues la natalidad sobrepasa los sacrificios. El aumento va en una escala geométrica. En cinco años, a partir de una pareja original, pueden reproducirse 7000 cachorros.

La esterilización, por su parte es mucho más económica y con mejores resultados a largo plazo. Según una investigación realizada por Aniplant en 2012, en un año se invierte en esterilizaciones un total aproximado de 1500 cuc, por cada 5000 perros. Mientras en sacrificios se gastan  más de 10 000 litros de gasolina, solo en transporte  utilizado en la recogida de los animales.

El programa cubano de control de poblaciones caninas necesita una revisión a fondo y que todas las partes involucradas comiencen a trabajar de forma más unida. Para lograr una solución humanitaria, no basta con ideas, deben consolidarse acciones concretas.

 Tomado de CubaTV

Esta es la carta de mi amiga: la foto es de mi mascota, Toby, que recogí de la acera de mi casa, infestado de pulgas y garrapatas, cojeando y bastante agresivo por los maltratos recibidos:
"Pensé mucho antes de escribirte esto porque no querría sumarte problemas pero creo que puedes comprender y sentir a mi ritmo. La historia:

 Antes de llegar a LA HABANA, creo que te contamos yo fui para Topes de Collantes para hacer un tratamiento de asma, obesidad y una investigación no muy grave pero cansadora, todo resultó más que bien, y pude comprobar lo maravilloso del trabajo de la Revolución, ya que yo y otro señor fuimos los únicos extranjeros, todos los demás eran  cubanos con todos los tratamientos existentes totalmente gratis y con la misma idoneidad y servicios de primer nivel.

 Mi rutina consistía en salir a caminar entre otras cosas, todos los días varios kilómetros hacia los 4 puntos cardinales, y  siempre pasaba por poblaciones donde veía sin excepción perros en muy mal estado, digamos deplorable salvo a los que eran de sus casas, los otros algunos ya sin fuerza tirados con los ojos cerrados etc. yo siempre llevaba parte de mi desayuno para darles pero eran muchos, imposible cubrir nada… hasta que un día con un profesor y varios pacientes fuimos caminando hacia la universidad y pasamos por unas casas. 

Allí vi a perro todo huesos tirado como siempre pero con exhalaciones , todos los demás volvieron quedándome rezagada… el profe y yo, al volver el perro se levantó tambaleante y volvía a caer.

 Había trabajando dos hombres el campo, allí mi corazón estalló y empezé a gritar y llorar, a pedir que lo maten que no se podía dejar sufrir así a un animal, ellos enseguida contestaron que esos animales no era de ellos, que no tenían culpa etc. pero ante mi desesperación y la participación de mi profe corrieron a traerle leche y pan que el animal en principio huyó temeroso y luego ante nuestra insistencia vino muy despacio y lo comió con mucha dificultad, a esta altura espero  que ya esté muerto sin al fin sufrir tanto.

 Otra mujer de una pequeña bodega, con un perro propio tirado muy mal me dijo al yo preguntar, que estaba así porque estaba enamorado!!! Me dirás que por qué te cuento todo esto??

 Porque lo medité y pienso que tal vez se pudiera recurrir a alguna organización o quizá gente con influencia etc. , que recorra y constate la horrible situación de los perros abandonados o no, que sufren hasta morir frente a la vista de todos.

 Comprendo totalmente que los  pobladores siguen en cierta forma con carencias y dificultades aún hoy, el bloqueo inmundo no cesa y es un tema, que todos los restos van a parar a los puercos para su engorde etc.,  pero no se puede ignorar el sufrimiento de los animalitos, el cubano no es así en general ama a las mascotas pero en todos los campos incluso los nuestros el hombre es más brutal, tal vez más insensible.

 Poli, disculpa todo esto, pero me persigue y me prometí hacer algo tal vez tú puedas, vi vuestro amor hacia el perrito que también fue recogido y me dije, ah ella sea quizá la persona indicada.

 Para dar a conocer la situación basta con recorrer toda la primera área de Topes de Collantes alrededor del Kurt hotel.
Vea además, no apto para menores ni para almas sensibles por la tristeza que imprimen las fotos:

¿Los perros callejeros van al cielo?

Texto y fotos Javier Montenegro
http://www.cubadebate.cu/fotorreportajes/2012/07/06/los-perros-callejeros-van-al-cielo/

sábado, 28 de septiembre de 2013

Estado de derecho: Entre Cuba y el mundo*

Por Carlos Fernández Liria
Estado de derechoSupongo que todos estaremos de acuerdo en que no basta con que la Constitución diga que hay Estado de Derecho para que admitamos que, en efecto, lo hay. 

Fundamentalmente, decimos que una sociedad está en Estado de Derecho cuando en ella hay una división de poderes, es decir, cuando el poder que legisla, el poder que juzga y el poder que gobierna son independientes entre sí, de modo que, por ejemplo, el gobierno puede ser llevado a los tribunales para ser juzgado con arreglo a unas leyes que no han hecho ni jueces ni gobernantes.

Pero esto es una cosa que decimos, igual que puede decirlo la Constitución. Lo difícil no es estar más o menos de acuerdo con esa definición. Lo difícil es averiguar lo que ponemos en juego para distinguir una sociedad que dice estar en estado de Derecho, de una sociedad que efectivamente lo esté. Así por ejemplo, en el 17 de abril de 1989, Pinochet declaró que Chile ya estaba lo suficientemente maduro para volver a ser un Estado de Derecho, que él ya había matado a suficientes marxistas, comunistas e izquierdistas y, que, por tanto, ya podían convocarse elecciones sin peligro de que ganaran las izquierdas, aunque, desde luego –advirtió-, “si gana una opción de izquierdas o se toca a uno solo de mis hombres, se acabó el Estado de Derecho”. El 17 de abril de 1989, por tanto, los medios de todo el planeta celebraron la vuelta de Chile a la democracia. Y, desde entonces, ha habido democracia y Estado de Derecho en Chile, ya que, puesto que no ha ganado las elecciones ninguna opción de izquierdas, no ha sido necesario volver a dar un golpe de Estado. En 1990 ganó Patricio Alwyn, un antiguo golpista democristiano y, cuando han ganado los socialistas, han seguido, como si tal cosa, haciendo lo que mandaba el FMI, porque durante los dieciséis años de dictadura ya aprendieron eso de que quien manda, manda, y que si no, ya se sabe, “se acabó el Estado de Derecho”.

El caso es que, puesto que se celebran elecciones y no ganan las izquierdas y por tanto no hay golpes de Estado, podemos decir que en Chile hay Estado de Derecho. Lo mismo ocurre en Colombia: durante estas últimas décadas, los paramilitares se han ocupado de matar a tiempo –a veces “justo a tiempo”, el día antes- a todos los que siendo de izquierdas podían ganar las elecciones, de modo que luego los comicios electorales se han podido celebrar sin sacar los tanques a la calle, a causa de lo cual podemos decir en nuestra prensa democrática que Colombia es una democracia y está más o menos en Estado de Derecho (al contrario, ya se sabe, que Cuba). En Haití dejó de haber Estado de Derecho en 1990, a causa de que, por abrumadora mayoría, había ganado las elecciones el peligroso cura izquierdista Aristide, que amenazó en seguida con subir el salario mínimo 20 centavos, por lo que, ante semejante fallo del sistema democrático, se hizo necesario dar un golpe de Estado, implantar una dictadura y matar a varios miles de personas, entre torturas horrorosas; como resulta que no se mató a los suficientes, en el 2000 volvió a ganar las elecciones Aristide, por lo que se hizo necesario otro golpe de Estado en julio de 2001, que, como fracasó, hizo necesario otro más, en diciembre de 2001, que fracasó también, por lo que se recurrió a bloquear todas las ayudas de Banco Interamericano de Desarrollo y todos los créditos del FMI, hundiendo la economía haitiana en un abismo sin fondo, y así hasta el golpe de Estado de este año 2004, que ha triunfado por fin, con la complicidad, por cierto de toda Europa; en cuanto se haya matado a todos los que tengan el propósito electoral de subir el salario mínimo de las Alpha Industries, en Haití se podrá restaurar, sin riesgo, el Estado de Derecho.

La historia de Latinoamérica está plagada de casos así. Pero, los paladines de la democracia y las libertades, como Mario Vargas Llosa, no ven nada raro en todo esto. Sin ir más lejos, aunque Chávez ganó en cuatro años ocho consultas electorales, a sus ojos y los de nuestra prensa democrática no ha cabido duda, en todo este tiempo, de que es un dictador -ya que es de izquierdas. Si hubiera triunfado el golpe “cívico-militar” del 2002, si se hubiera asesinado a Chávez y se hubieran exterminado a unas cuantas decenas de miles de bolivarianos, de modo que ya no se corrieran riesgos electorales, no cabe duda de que a los ojos de nuestros bienaventurados medios de comunicación se habría dejado a Venezuela bien madurita para la democracia y la división de poderes. De hecho, como se recordará, el golpe de Estado de abril del 2002 que colocó por 24 horas al jefe de la patronal en el poder, fue celebrado por El País, El mundo y todos las televisiones españolas y europeas como una “tranquila” “restauración de la democracia”.

Cuento todo esto que siempre suelo contar para que se vea que con semejantes criterios no hay manera de averiguar si las sociedades que dicen estar en Estado de Derecho realmente lo están, de modo que habrá que poner manos a la obra para buscar otro criterio, al menos si no queremos estar hablando por hablar (aunque bien es verdad que es una actividad bastante bien pagada en el Grupo PRISA, en tanto resulte eficaz para impedir que se hable de lo que hay que hablar). En España, por ejemplo, la última vez que ganó una opción electoral lo suficientemente de izquierdas como para molestar un poco a los Botín y los March, fue en 1936, y el desliz se pagó tan caro como todos sabemos. Lo mismo pasó en Grecia (1967). Y en Italia no pasó, porque EEUU ya se encargó de advertir que como pasara invadirían el país. Uno no se puede cansar de repetir que, en toda la historia del siglo XX no ha habido ni una sola vez en que una opción electoral de izquierdas haya podido intervenir en los asuntos del capital sin que el experimento no haya sido corregido por un pinochetazo.

Así ha sido nuestro tan cacareado Estado de Derecho: un Estado de Derecho en el que las izquierdas jamás han tenido derecho a ganar las elecciones. Las izquierdas han tenido derecho -como lo tienen, por ejemplo, hoy día en toda Europa- a intentar ganar las elecciones, eso sí. Pero no a ganarlas, porque entonces se monta la de Dios y “se acabó el Estado de Derecho”. Esto es una cosa que la historia del siglo XX ha grabado en el alma de los votantes con sangre y con fuego: si se quiere que haya democracia y Estado de Derecho, hay que votar a las derechas. También se puede votar a las izquierdas que hagan políticas de derechas. Pero no a las izquierdas que hagan políticas de izquierdas. Así pues, no es que las izquierdas de izquierda se hayan empeñado en ser revolucionarias. De ninguna manera. Es que no se les ha dejado, jamás, otra opción. La opción no ha sido nunca, o Castro o Allende, la opción ha sido o Castro vivo o Allende muerto.

Mirando el siglo XX a lo largo, resulta que a lo que hemos llamado Estado de Derecho no es exactamente a lo que antes definimos como tal, sino más bien a ese paréntesis entre dos golpes de Estado en el que el capital se puede permitir convocar elecciones porque no hay posibilidad de que ganen las izquierdas (suficientemente diezmadas en el golpe anterior: así por ejemplo, en España, para poder gozar de 25 años de democracia que llevamos por ahora, tuvimos que tener 40 de dictadura para purgar las malas hierbas).

Así pues, es de lo más interesante investigar qué diablos es lo que estamos diciendo cuando decimos que en España hay Estado de Derecho y en Cuba no. Porque, en efecto, algo decimos, de todos modos. ¿En dónde reside la fuente de las evidencias empíricas que convierten a los países europeos en Estados de Derecho y a Cuba, en cambio, no? Para dar con alguna evidencia empírica, pensemos, por ejemplo, en lugar de en Vargas Llosa, en ciertos izquierdistas, críticos del castrismo como el que más: “yo, en Cuba, estaría en la cárcel”, suelen argumentar. Yo no estaría tan seguro, pero, vete a saber. Lo interesante, sin embargo, es empezar por reflexionar por qué no están en la cárcel en España y por qué sí lo habrían estado en el Chile de Pinochet. ¿Será porque Chile era una dictadura y España no lo es? ¿O no será más bien al revés, invirtiendo causas y efectos? ¿No será que Chile fue una dictadura porque había que meter en la cárcel a cierta gente? ¿No será que para impedir que las izquierdistas ganaran las elecciones, era necesario que Chile fuera una dictadura y España, en cambio, donde las izquierdas no pueden ganarlas o son tan de derechas como la derecha, no es necesario recurrir a métodos tan contundentes? ¿Para qué meter en la cárcel a los cuatro imbéciles de izquierdas que quedan por ahí haciendo el payaso en Internet? Supongo que se advierte que es muy distinto plantear las cosas de una manera que de otra. En nuestros benditos Estados de Derecho no se nos mete en la cárcel no porque sean Estados de Derecho, sino porque somos inofensivos. Si algún día dejáramos de serlo, se nos arrancaría la piel a tiras. Bastaría con que tuviéramos alguna posibilidad de ganar las elecciones y cumplir, por ejemplo, con nuestra promesa electoral de nacionalizar la banca, para que acabáramos enterrados en cal viva (y no sólo nosotros sino todos los que tuvieran cara de querer subir un centavo el salario mínimo, que así se empieza y no se sabe cómo se acaba).

Si aquí no se mete en la cárcel a ese tal Fulano de tal que siendo tan izquierdista está tan convencido de que “en la dictadura castrista” estaría en la cárcel, seguro que no es porque en España haya libertad de expresión, sino porque seguro que ese Fulano de tal no tiene aquí ninguna posibilidad de hacerse oír ni de influir en nada que tenga importancia. Si un directivo loco pusiera en las manos de ese Fulano la sección de economía del Telediario, le despedirían al día siguiente. Y si entonces bajara un dios de los cielos para hacerle director vitalicio de los Informativos, y él pretendiera seguir siendo tan izquierdista como siempre había sido en esta bendita democracia, a las veinticuatro horas le habrían pegado un tiro en la nuca. Pero nunca es necesario llegar a esos extremos. Normalmente ni siquiera es necesaria la censura. Pero no porque haya libertad de expresión, no. Nadie niega que haya libertad de expresión, pero si no hay censura no es porque haya libertad de expresión: es, más bien, porque todos los periodistas a los que habría que censurar (con la consiguiente merma de la libertad de expresión) están en el puto paro. Es como una vez que me decía un periodista de El País que a él jamás le habían censurado ni le habían llamado de dirección para indicarle lo que tenía que decir. Resultará increíble, pero ni por un momento se le pasaba por la cabeza que era precisamente por eso, por lo muy espontáneamente que su libertad de expresión encajaba con la línea editorial de El País (que ni había que llamarle la atención, oye), por lo que había sido contratado y por lo que no se le ponía de patitas en la calle. Más cómicos aún son los periodistas en paro que siguen creyendo en la libertad de expresión porque nada ni nadie les impide decir lo que quieran en la página web que leen sus amigos.

¿Alguna vez nos hemos preguntado en serio por qué en las democracias europeas o en los EEUU no hay (casi) presos políticos? No hay presos políticos no porque haya libertades políticas, sino porque la política no tiene la menor posibilidad de intervenir en el curso de la realidad. Vivimos en una sociedad hasta tal punto chantajeada por sus estructuras económicas, que se puede permitir el lujo de ser todo lo democrática que quiera, ya que, de todos modos, ninguna intervención democrática tiene ninguna posibilidad de prosperar (2 ). Ahí donde la palabra no tiene ninguna posibilidad de intervenir en el curso de las cosas, ¿por qué no decretar la libertad de expresión más absoluta? Ahí donde las asociaciones que no tengan un millón de euros de capital son absolutamente impotentes, ¿por qué no decretar la libertad de asociación y de reunión, el pluripartidismo y su puta madre? Está bien eso de decretar la libertad de prensa en una sociedad como ésta; al noventa y cinco por ciento de los ciudadanos nos tranquiliza de la hostia saber que si tuviéramos tanto dinero como Polanco nada nos impediría decir lo que nos diera la gana en El País o en El Mundo o en El AntiGlobo que decidiéramos fundar. ¿Pero de veras creemos que es así? ¿De verdad pensamos que si tuviéramos tanto dinero como Polanco podríamos ser comunistas en un medio de comunicación que no fuera irrelevante? ¡Vamos, hombre, nada de eso! Si eso fuera así, si los comunistas pudieran tener un imperio mediático (porque, por ejemplo, Georges Soros hubiera tenido el capricho de nombrarles herederos), se prohibiría la libertad de prensa de inmediato, se metería en la cárcel a todos los que abrieran la boca y se les arrancaría con alicates las uñas de los pies. Nunca ha sido de otra forma; eso es lo que ha ocurrido sin excepción cada vez que la izquierda ha tenido, además de la libertad de palabra, la posibilidad de hacerse oír.

De todos modos, su actitud siempre será admirable, comparada con la que pusieron en práctica en las legislaturas del PSOE cuando, al ver que no podían hacer la política de izquierdas para la que habían sido votados, se pusieron, sin más a hacerla de derechas, como Dios manda.

Perra vida ésta en la que nunca ha habido libertades políticas más que bajo la condición de que esas libertades fueran impotentes. En Cuba, por ejemplo, hay, eso es verdad, pocas libertades políticas. Es obvio por qué es así: porque en Cuba las libertades políticas no serían impotentes; por el contrario tendrían unos efectos espectaculares y algunos de ellos, por cierto –como suele pasar en los países en guerra y Cuba lo está-, corrosivos y suicidas.
Así pues, conviene ordenar la cuestión para ver cómo se pueden hacer las comparaciones de manera que tengan sentido. Mientras no se haga este esfuerzo, todas las conversaciones y discusiones sobre Cuba están destinadas a dar vueltas sobre tópicos, estupideces y supercherías. Lo que se suele decir es que en los países capitalistas, así de media, hay muchas libertades (y poca Sanidad y Educación), mientras que en Cuba hay mucha Sanidad y Educación, pero pocas libertades. Pues no, se trata de una simetría mal montada. Lo que tenemos, por un lado, es que, bajo el capitalismo, hay muchas libertades porque el capitalismo mismo garantiza que no será posible hacer nada de importancia con ellas: las libertades no cotizan en Bolsa y, por tanto, el Ministro de Economía no tiene por qué tenerlas muy en cuenta a la hora de explicar al consejo de ministros lo que se puede y no se puede hacer. Y, por el otro lado, en Cuba, hay pocas libertades porque incluso las pocas que hay tienen efectos muy relevantes de los que sería largo hablar.

Pero que conste que no hemos entrado para nada en el tema de si en Cuba hay o no algo parecido a un Estado de Derecho y que soy muy consciente de ello. Me limito a señalar que, si no queremos decir tonterías, a la hora de explicar por qué no hay Estado de Derecho en Cuba conviene que dejemos claro qué es lo que estamos diciendo cuando decimos que sí lo hay, por ejemplo, en España. O mejor, la cuestión resulta aún más llamativa en abstracto: ¿cómo consideramos que una realidad social está “en Estado de Derecho”? ¿Qué entendemos por eso? Existen, al menos, dos posibilidades:

Una. Constatando que se da una coincidencia entre la realidad y el Derecho que es obra del Derecho. (Las cosas “pasan así” porque el derecho exige que pasen así)

Dos. Constatando que se da una coincidencia entre la realidad y el Derecho que es obra de la realidad. (Las cosas “pasan así” y a veces coinciden con lo que exige el Derecho y a veces no, así es que, a la parte en la que se da la coincidencia, la llamamos Estado de Derecho y a la otra la consideramos, por ejemplo, en “vías de desarrollo o de madurez”)

Es importante reparar en el hecho de que sólo la primera posibilidad tiene algo que ver con lo que la Ilustración llamó Estado de Derecho. Y lo más importante es reparar en que nosotros, los que decimos que representamos la punta de lanza del Estado de Derecho en este mundo, desde Bush y Aznar a Uribe y Blair, consistimos en estar siempre en la posibilidad Dos y decir que estamos en la Uno. Esta es nuestra gran mentira, en la que colaboran a diario todos nuestros periodistas (que no están en paro) y la mayor parte de nuestros intelectuales.

La cosa se entenderá rápidamente con un ejemplo. Uno puede hacer un recorrido turístico por los barrios residenciales del norte de Madrid, sin sentir en ningún momento que el curso de las cosas se estrelle o se dé de bofetadas contra el Derecho. Son barrios habitados por gente culta y de clase media alta o alta a secas; en ellos nadie encuentra ningún motivo para violar la ley si por violar la ley se entienden cosas como robar en un supermercado, atracar un banco, trapichear con heroína, en fin, ese tipo de cosas por el que la gente acaba en la cárcel (3 ). En estos barrios, los policías son unos señores que, más que nada, cuando se te pierde el niño te lo traen de la mano con una piruleta para que no llore. Los policías son la instancia que vela por esa milagrosa coincidencia entre cotidianeidad y derecho a la que llamamos ciudadanía. Es en sitios así donde se respira eso a lo que llamamos “Estado de Derecho”; la mejor prueba de ello es que todo el mundo tiene la sensación de que la Ley no está ahí para reprimir su libertad, sino para garantizar sus derechos. Las cosas se mueven con arreglo a derecho, y el derecho se lleva bien con el moverse de las cosas, de tal modo que no tiene que estar todo el tiempo vigilando, reprimiendo, castigando, disciplinando, regañando, interviniendo, en fin, en los asuntos humanos. ¿Cómo no considerar entonces que esos “asuntos humanos” han alcanzado un estatus al que hay que llamar, como quiso siempre el pensamiento ilustrado, mayoría de edad, madurez ciudadana, civilización e Ilustración?

Más o menos, el 15 % de la población mundial es mayor de edad en este sentido. Se trata de un 15 % para el que el curso de sus asuntos no entra en conflicto, sino todo lo contrario, con las exigencias de la razón y del derecho.

Ahora bien, lo verdaderamente ilustrado sería que esta coincidencia entre realidad y derecho se debiera a la capacidad del derecho para actuar sobre la realidad, para educar y enderezar el curso de los asuntos humanos y que, por tanto, el milagro por el que en La Moraleja nadie atraca bancos ni trafica con heroína ni roba en los supermercados (ni los policías pegan palizas si no que llevan piruletas), que todo eso se debiera a la exquisita educación racional de sus ciudadanos o a las virtudes incontestables del régimen político español, y no, como es obvio, a que es absurdo robar un banco del que eres propietario o dar instrucciones a tu criada para que te robe el desodorante al hacer la compra en el supermercado. En La Moraleja, la realidad y el derecho coinciden por la sencilla razón de que ahí no hay motivo alguno para violar la ley. Es una tontería robar cuando te puedes permitir el lujo de pagar. Pero, claro, sería chocante que los vecinos de La Moraleja argumentaran que si a los vecinos de San Blas o del Piti se les suele pillar más a menudo que a ellos robando coches y atracando bancos es porque han recibido peor educación o porque han asumido más torpemente las virtudes de la división de poderes plasmada en el ordenamiento constitucional español.

Sin embargo, por ridículo que resulte ese argumento es exactamente el mismo que utilizamos para considerar que los países europeos o los EEUU están en Estado de Derecho. Es, sin duda, cierto que, entre nosotros, el curso de la realidad no viola demasiado las exigencias de la ley. Pero eso no ocurre en absoluto porque la ley haya encontrado, a través de nuestros inigualables ordenamientos constitucionales, procedimientos adultos y liberales para hacerse respetar y obedecer, sino porque, en una situación económicamente bastante privilegiada, la realidad no tiene mucha necesidad de contradecir lo exigido legalmente. Es el curso de la realidad ─tres siglos de colonialismo, dos guerras mundiales, instituciones económicas y militares tan poderosas como el Banco Mundial o la OTAN, etc.─ el que nos ha puesto en la situación de una casual coincidencia con las exigencias racionales; en absoluto se ha debido a un procedimiento exitoso de la razón o a la eficacia de un modelo político recomendable. Si tuviéramos que explicar a un ama de casa venezolana cómo se llega a ser ciudadana de la Moraleja, o del Estado de Derecho, sería absurdo proponerle un estudio concienzudo de las Constituciones europeas. En la Moraleja, simplemente, se nace con menos ganas de violar la ley que en un suburbio de Caracas. O al menos, se tienen muchas menos posibilidades de que el arte de ganarse el pan de cada día entre en conflicto con el Derecho, es decir, con la policía.

Tras la guerra del Golfo de 1991, Arabia Saudí entregó a Egipto, en concepto de “ayuda humanitaria”, un millón de coranes. Era obvio: si los egipcios querían ser tan ricos como los sauditas, lo que tenían que hacer era respetar tanto como ellos los preceptos del Islam, así es que, en lugar de mandarles pan o petróleo, les mandaron coranes. Igualito igualito es lo que hacemos nosotros cuando nos paseamos por el mundo dando lecciones de Democracia y Estado de Derecho desde nuestras tribunas de opinión. Si los habitantes de las favelas de Río y de los suburbios de Bogotá quieren sentirse ciudadanos, si quieren sentir tan vivamente como si estuvieran en La Moraleja que la policía está ahí para proteger los derechos de la gente y para traer a casa a los niños que se pierden en los centros comerciales, lo que tienen que hacer es aprender de nuestros sistemas constitucionales. ¡No de nuestra historia de genocidios, matanzas y expolios, no! ¡No de nuestros privilegios económicos! ¡De nuestras constituciones, que dan un resultado bárbaro, y gracias a las cuales no cabe duda de que somos todo lo que somos!

Es repugnante la manera en que, en una especie de ritual supersticioso, celebramos todos los días como obra del Derecho lo que en realidad nos han regalado el Mercado y la Historia. Repugnante, pero eficaz. Porque así, utilizando esa misma confusión, podemos recomendar a los demás que, si quieren Derecho, dejen pasar a la Historia y obrar al Mercado. Así es este mundo, en el que el Estado de Derecho no lo trae el Derecho, sino el capital. Flexibilizar el mundo para las necesidades del capital tiene que ser, forzosamente, la mejor manera de extender el Derecho. No importa que toda la historia del siglo XX haya demostrado lo contrario. Los capitalistas de los países capitalistas no se llevan mal con el Derecho, viven en Estado de Derecho, como prueba el hecho de que nunca van a parar a la cárcel. Es más, cuanto más capitalista eres, menos problemas tienes con el Derecho ¿o alguien se imagina a Georges Soros atracando un estanco? Claro que a algunos se nos ocurren siempre maneras de exprimir el Derecho mediante el desarrollo legislativo de ciertos artículos capaces de meter en la cárcel a gente como ésa; pero no hay cuidado, no estamos a punto de ganar las elecciones y si lo estuviéramos, sería tonto pensar que serían ellos y no nosotros los primeros en visitar la cárcel. En tales condiciones, extender el capitalismo o extender el Derecho es prácticamente lo mismo, y si en el reparto final, algunos países en Estado de Derecho, como, por ejemplo, Guatemala, acaban siendo pobres como ratas, pues será, por tanto, porque no tenían derecho a ser ricos. Quizás les faltó iniciativa, trabajo, ahorro, quizás fue debido a la corrupción, o quizás esas gentes no se estudiaron bien nuestros ordenamientos constitucionales y cometieron algún fallo al aplicarlos. ¡Así razona hasta sus ultimas consecuencias una intelectualidad que ha sido capaz nada menos que de soportar a un Rorty!

La cruda verdad es que como nuestra sociedad “en estado de derecho” no ha sido obra ni de la razón ni de la ley, es inútil pretender extenderla por el mundo a base de leyes y de razones. Sin embargo, igual que los pastores de Belén debieron sentirse la mar de satisfechos al contemplar que la razón y la carne –según dicen- coincidían en un recién nacido (cuando pasó eso de que “el logos se hizo carne” que contaba San Juan), la satisfacción que nos produce a nosotros asistir a ese milagro sin igual de la democracia constitucional y la división de poderes, la enorme satisfacción que nos produce el contemplar cómo, día tras día, el curso cotidiano de las cosas y las exigencias del derecho coinciden en La Moraleja, en el Club de Golf del Pardo y en la punta de la polla de Emilio Botín, toda esa satisfacción ante tamaña buena nueva, nos empuja a predicarla por el mundo, cantando las alabanzas de la democracia y la libertad. Resulta un poco ingenuo pensar que eso vaya a levantar las monedas de Argentina, México, Egipto o Senegal, pero qué más da. Nosotros a lo nuestro: mientras se predica en el desierto la buena nueva, lo que efectivamente hacemos es cerrar las fronteras, legislar extranjerías, edificar murallas y fortalezas en las que conservar inmaculada nuestra feliz coincidencia con las exigencias del Derecho. Puesto que es en La Moraleja y no en San Blas o en Getafe donde coinciden de natural la realidad y el derecho, lo lógico es preservar ese bendito lugar de toda contaminación exterior. De este modo, La Moraleja que representa el 15 % de la población mundial se ha encerrado en una fortaleza inexpugnable, a la espera de que los 4.000 millones de personas que, en el exterior, subsisten con menos de dos dólares diarios, terminen de estudiarse la Constitución y aprendan a ser ciudadanos mayores de edad respetuosos de la división de poderes, la libertad de expresión, el pluripartidismo y todo eso. Aunque Oriana Fallaci ya nos ha advertido que esa gente, por mucho que estudie, no tiene remedio… Quizás algún día haya que seguir su consejo (y el de Gabriel Albiac), convertir al 80 % del planeta en un campo de exterminio y gasear a toda esa gentuza. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta las proporciones de la tarea, sale más barato encerrarnos nosotros en La Moraleja y gasear el resto del planeta que llenarlo todo de prisiones y cámaras de gas. La verdad es que la tarea hace ya tiempo que se inició utilizando el arma de destrucción masiva más potente que haya conocido la humanidad: la economía capitalista. Hace ya mucho tiempo que –sin necesidad de leer a Hannah Arendt- dejó de ser un misterio cómo fue eso de que la población alemana conviviera normalmente con Auschwitz, sin hacerse demasiadas preguntas o sin que aflorara escrúpulo alguno que turbara su conciencia ciudadana: probablemente había, entre ellos, periodistas parecidos a los nuestros e intelectuales que cumplían el mismo papel que la plantilla de PRISA. Si esto es posible, nada tiene de extraño que fuera posible aquello.

El que haya una coincidencia entre cómo van las cosas y cómo exige el derecho que vayan no indica para nada que la cosa en cuestión esté en “estado de derecho”. Para que haya Estado de Derecho hace falta que las cosas estén en “estado de derecho” por obra del derecho (y no, por ejemplo, a consecuencia de haber construido un club de golf sobre el campo de una sangrienta batalla). A causa de todas las carnicerías de la historia, se han venido a constituir algunos recintos tan privilegiados que en ellos no queda ya motivo alguno para meterse en líos con la Ley, de tal modo que, siendo la Ley casi superflua no hay ningún problema en configurarla según todas las florituras de la división de poderes, las libertades, la seguridad jurídica y todo el resto de la cantinela. Pero, para que haya derecho a llamar Estado de Derecho a una realidad política, hace falta algo más; hace falta que el sistema político consista, precisamente, en conferir a las leyes la capacidad de modificar, influir o coartar el curso de las cosas. Y no vale decir, cada vez que el curso de las cosas coincide con lo que dicen las leyes que es porque las leyes han obrado o legislado así. En las condiciones capitalistas de producción el gobierno no está atado de pies y manos por la legislación vigente (como exigiría una sana mentalidad ilustrada que, además, remitiría esa legislación, en último término y a través de tribunales competentes, a la Declaración de los Derechos del Hombre); más bien está vendido e hipotecado de por vida a las necesidades de un sistema económico que respira a sus espaldas según designios propios, enfriándose y calentándose según ritmos febriles para los que no hay medicina política, para los que –como dicen siempre en Chicago- la política es muchas veces peor remedio que la propia enfermedad. En esas condiciones el poder económico es el que decide sobre el curso de las cosas y no lo hace precisamente consultando a políticos y jueces, sino, más bien al contrario, haciéndose consultar por ellos sobre el margen de actuación que les queda. El bienintencionado gobierno de Zapatero, por ejemplo, no ha podido aún ni bajar el IVA de los libros de texto y si logra legislar sobre el matrimonio de los homosexuales, será sólo en la medida en que el ministro de economía certifique que eso no será malo para la Bolsa. Resulta patético, pero de lo más esclarecedor, comprobar cómo algunas promesas electorales que parecían anecdóticas han sido ya declaradas imposibles de cumplir por el Ministro de Economía. Nuestro flamante Parlamento, nuestro poderoso gobierno constitucional, democrático y de derecho, respaldado por la soberanía popular y con el tajante veredicto de las urnas aún caliente ¡no ha podido reducir de doce a ocho el número de domingos que abren las Grandes Superficies Comerciales! Según parece, aunque eso sería obviamente muy bueno para los pequeños comerciantes que han hecho esa reivindicación (y a los que se les prometió contemplarla a cambio de su voto) y aunque nadie puede creer que eso fuera terrible para unas Multinacionales forradas hasta los dientes, Solbes ya ha advertido que sería muy malo para la Economía (1). Más claro el agua. Lo mismo pasó con el intento de reformar el impuesto sobre las plusvalías. ¿Y alguien espera alguna Ley que aborde de cara el problema de la vivienda? ¿Sería posible –no digo si conveniente o no, digo si sería posible- una Ley que expropiara todas las segundas viviendas, o al menos las terceras, o al menos las quintas? ¿O que, al menos, obligara a venderlas a un precio justo consensuado en un Parlamento? No, el ministerio de economía dicta lo que es posible y lo que no. Un precio justo tendría que ser un precio legislado y eso es incompatible con los precios de mercado que son la salud de nuestro sistema económico. Ya se ha dicho que, en el asunto de la vivienda, habrá que jugar con el difícil equilibrio de la oferta y la demanda. Quizás, por ejemplo, si se suben las hipotecas, haya menos demanda y bajen los precios… o algo de ese tipo.

Dos palabras, aún, para evitar posibles equívocos, que ya me sé lo que alguno estará pensando. Lo que no estoy pretendiendo decir es algo así como “¿que en Cuba no hay Estado de Derecho? ¿y dónde hay Estado de Derecho?”. No es que esté mal esa línea argumental, pero no es la que viene al caso. Estoy, más bien, intentando llamar la atención sobre el tipo de experimento teórico que sería pertinente para juzgar cuándo una realidad está en Estado de Derecho y cuándo no. Lo que no vale es pasearse por el mundo como hacen nuestros periodistas y comentaristas políticos plantando la medalla del Estado de Derecho, por una parte, a todas las realidades lo suficientemente privilegiadas para no tener que darse de bofetadas con la ley y, por otra parte, a todos los rincones del planeta en los que las libertades políticas son tan impotentes que ni siquiera hace falta reprimirlas. El experimento correcto para decidir sobre el nivel de Derecho en el que está una realidad social tiene que venir a preguntarse si las cosas estarían en otro estado sin el concurso del Derecho. Haría falta, en suma, algún experimento que pudiera mostrarnos en qué medida la Ley ha sido algo más que un papel mojado, en qué medida, en efecto, ha sido un límite del poder ejecutivo y un modelo capaz de conformar la realidad y corregir el curso histórico de las cosas.

Cuba es uno de esos experimentos. Una de las cosas que más llama la atención en Cuba es hasta qué punto –para nosotros insospechado- las leyes son ahí responsables de cómo van las cosas. No hay problema que en Cuba no pudieran remediar las leyes. Es precisamente por esa responsabilidad de la ley en la marcha de las cosas por lo que hay a quienes Cuba les parece una dictadura. Eso ocurre porque nosotros estamos acostumbrados a que la realidad coincida con la ley no por eficacia de la ley, sino por privilegio de la realidad. Es por lo que nosotros tampoco solemos pensar que las malas leyes sean responsables de cómo nos van las cosas y solemos confiar más en otros indicadores, como el estado de la Bolsa o el índice de inflación. No reconocemos ni certificamos un “estado de derecho” más que ahí donde el Derecho es superfluo. Lo mismo pasa con la Política. No reconocemos que haya libertades políticas más que ahí donde la política es impotente. De lo contrario, la política nos parece sospechosa, y su misteriosa eficacia síntoma de oscuras posibilidades totalitarias. Nos negamos a ver que la eficacia de la política (es verdad que característica del fascismo y el totalitarismo, pero, precisamente, porque el fascismo y el nacionalsocialismo fueron la opción política del capital para salvarse del capitalismo ahí donde el capitalismo ya no respetaba ni al capitalismo) es, antes que nada, el presupuesto elemental del pensamiento ilustrado y la base de todo sistema republicano y que es a partir de ahí y no antes desde donde cobra sentido la distinción entre dictadura y libertad. Es solamente ahí donde se ha vencido el totalitarismo de lo económico, donde se abre la posibilidad política de optar entre fascismo o democracia. Pero el gran truco ideológico del siglo XX ha sido el de poner por un lado lo político y lo estatal, presentándolo como lo potencialmente totalitario, y contraponerlo al mundo sin ley de la economía, ahí donde la política es impotente, como el espacio propio de la libertad. Es de este modo como se ha llegado a considerar evidente que no hay libertades políticas más que ahí donde no hay en absoluto política.

En Cuba no ocurre nada de esto. Ocurre más bien todo lo contrario. Una mala ley o una mala decisión política es capaz de hacer adelgazar a la gente a ojos vistas. Hasta tal punto Cuba depende de su Derecho y de su Política que una decisión legislativa o política llega a marcar la estatura de las personas. “Es que ésos son los que nacieron durante el período especial, por eso son bajitos”, se oye decir. En el período especial de principios de los noventa comenzó a faltar de todo en Cuba, no, desde luego, a causa de un error político o legislativo, sino a causa de que, al hundirse la URSS, Cuba vio desaparecer, de golpe, el 85 % de su comercio exterior y evaporarse la única línea de crédito de la que disponía. Pero frente a ese terremoto internacional, Cuba no tuvo, como en tantas otras ocasiones desde el 59, más que un arma disponible: las leyes y la política. Ni las leyes ni la política son todopoderosas; no son capaces, desde luego, de impedir los terremotos, los ciclones o los hecatombes históricas, pero es muy diferente, llegados a estos casos, tenerlas o no tenerlas a mano. Demasiado sabemos lo que ocurre en Haití, o en Guatemala, o en Argentina ante hecatombes bastante menos espectaculares que la desaparición del 85 % de su comercio exterior. Las venas de Latinoamérica se han abierto hasta desangrarse por un derrumbe de un punto en el precio del café o por la desaparición de un arancel del 0,1 %, mientras que, ante semejantes fatalidades, la Ley y la Política no podían hacer otra cosa que cruzarse de brazos rumiando su impotencia. Ya lo dicen el FMI y el BM: lo mejor que puede hacer política y legislativamente el Tercermundo en general es no hacer nada políticamente, suprimir todas sus inoportunas legislaciones y abrirse de piernas frente a los planes de ajuste estructural, que son los buenos y, quién sabe por qué, los legítimos (como demuestra el hecho de que quien no los cumple acaba siendo acusado de terrorismo). Primero la Economía, que después ya habrá tiempo para la Polis. Esos planes de ajuste, por supuesto, no son decididos en la Asamblea general de la ONU, ni en Parlamento alguno del planeta, sino en reuniones herméticas celebradas en búnkeres policiales, en cumbres de altas montañas o, si se llega a terciar, en plataformas submarinas, donde no haya que lidiar con los movimientos antiglobalización. Así se lleva siglos reprimiendo toda intervención política o legislativa y aguardando a que las vías económicas del desarrollo conduzcan a otro sitio que al basurero.

Muy distinta es la cosa en Cuba. Frente a un terremoto natural o histórico, los ojos en Cuba no se vuelven hacia la Bolsa, para leer ahí el destino, sino hacia la legislación y la política. En estas ocasiones, algunos opinan que Cuba entera se convierte en un inmenso Parlamento, en lo que se ha llamado “la parlamentarización” de la sociedad; otros opinan que toda esa hirviente actividad democrática no es sino aparente y que, al final, será desde arriba desde donde se decidirá la política a aplicar. Ahora bien, los cubanos que nacieron en el periodo especial están muy seguros o bien de que son más bajitos de lo normal porque algo no se hizo bien políticamente, o bien de que, habida cuenta de lo que se venía encima, tienen que agradecer a la política el simple hecho de continuar vivos. Quizás había que haber prohibido más eficazmente el sacrificio de reses, quizás, por el contrario, había que haber liberalizado el mercado de vacuno; quizás había que haberse dado más prisa en levantar las prohibiciones sobre el pequeño comercio de subsistencia, quizás había que haber hecho esto o lo otro. Los problemas de Cuba podían y pudieron en todo momento ser discutidos, argumentados, explicados y reflexionados en el Parlamento, en lo que es su Parlamento.

Sea lo que sea a lo que podamos llamar Parlamento en Cuba (5 ), lo más curioso es que siempre se asemejará más que nuestros Parlamentos a lo que nuestros Parlamentos pretenden ser: un lugar en el que la política, la argumentación y la contrargumentación, el consenso, el uso público de la palabra, en suma, puede aspirar a tomar las riendas del curso de las cosas mediante una actividad legisladora. La actividad parlamentaria cubana puede presentar muchas deficiencias. Fundamentalmente, es enteramente deficiente debido no a una escasez de democracia, sino a causa de una carencia de división de poderes. En general, en Cuba no falta democracia, sino Derecho. Ya hemos visto antes que eso no es porque los cubanos no tengan el privilegio de vivir en un Estado de Derecho como el nuestro, sino porque en Cuba, al contrario que entre nosotros, el Derecho no es ni impotente ni superfluo. Nosotros nos podemos permitir el lujo de una actividad parlamentaria intachable, pero sólo mientras la actividad parlamentaria no pretenda meterse donde no le llaman, es decir, en cualquier cosa de importancia. Nuestros políticamente intachables Parlamentos sólo tienen un problema: que no están situados en el lugar de la política; que, bajo condiciones capitalistas de producción, la política no está al alcance de la actividad parlamentaria, sino de la negociación de las grandes corporaciones económicas. Protegidos por su superfluidad, nuestros Parlamentos se pueden permitir la casi completa perfección formal y, en cualquier caso, los defectos pasan desapercibidos; en Cuba, por el contrario, no hay déficit del Derecho que no resalte hasta dañar la vista. Pero, no nos engañemos: si en Cuba se ven muchos defectos es porque en Cuba los defectos son importantes.

Ocurre con estos asuntos algo parecido a lo que pasa cuando se están corrigiendo exámenes de filosofía, o mejor aún, cuando se está intentando explicar a un alumno las razones de un suspenso. La mayor parte de los exámenes que merecen suspender no es porque estén mal. Al contrario, algunos, cuando nos encontramos un examen que está mal le ponemos casi siempre notable alto, o por lo menos, aprobado. Los exámenes que merecen el suspenso son aquellos que no logran siquiera alcanzar ese nivel en el que las cosas pueden estar mal. Para que un argumento esté mal hecho tiene que ser un argumento o, como mínimo, parecerlo. Los exámenes suspensos no están ni bien ni mal, sencillamente no tienen la forma en el que las cosas pueden ser verdaderas o falsas. Las equivocaciones, los errores, en filosofía, como en general ha ocurrido en la historia de la ciencia, son siempre fecundos y, a veces, tremendamente difíciles. Lo que para la teoría es impresentable no es el error, sino la ambigüedad, la falta de rigor, la opinión subjetiva, el cambio de tema, la divagación. Por eso es tan difícil explicar a un alumno que ha suspendido por qué ni siquiera merecía suspender, por qué ni siquiera alcanza ese nivel en el cual el aprobado o el suspenso tienen sentido.

Pues bien, a mí no me cabe duda de que en cuestiones de Estado de Derecho, la humanidad en general está suspendida sin vacilación. Pero mientras que Cuba representa un suspenso de esos merecidos, de los que –a la luz de las circunstancias atenuantes- uno acaba por archivar como notables, la realidad parlamentaria española, por ejemplo, representa uno de esos otros suspensos que ni siquiera merecen suspender. Nuestro Estado de Derecho, en efecto, ni siquiera llega a ese nivel en el cual es posible equivocarse.

Así pues, en lugar de pasarse el día, con tanta suficiencia, señalando con el dedo los defectos del régimen político cubano, la humanidad del siglo XX debería haber tenido la decencia de admirar con asombro, perplejidad y respeto, el espectáculo inigualable de una realidad social que dependía a vida o muerte de sus buenas o de sus malas leyes. Nunca como en Cuba se había hecho carne este milagro que condensa el conjunto de aspiraciones de todo el Proyecto Ilustrado desde Sócrates hasta nosotros.

Al declarar la guerra a Cuba, mediante el bloqueo y el terrorismo, lo que se hacía era ponerla en una situación en la que, en general, las leyes tenían que ser bastante malas, o mejor dicho, una situación lo suficientemente inestable como para que las leyes no pudieran nunca asentarse y tuvieran que ser suplidas por caprichosos decretos ejecutivos. Todavía hoy se hacen demasiadas leyes en Cuba como para que puedan ser vividas como leyes. El curso histórico mundial ha obligado a Cuba a acomodarse, defenderse y transigir constantemente mediante revoluciones legislativas continuas. Eso naturalmente es una calamidad para cualquier pretensión de estado de derecho. Las leyes no pueden cambiar a diario, de tal manera que haya que estar muy al tanto leyendo el Granma para ver si hoy es legal esto o lo otro. De hecho, como bien advirtió con contundencia desde el primer momento el lado reaccionario de la Ilustración, una mala ley que dura es siempre mejor que una buena ley reciente. Cuba no se ha podido permitir jamás el lujo de dar tiempo a sus leyes. Y así, desde el principio (y tal y como ocurre invariablemente en todos las situaciones de guerra), los decretos han ocupado el lugar de las leyes y el poder ejecutivo ha sepultado la división de poderes.

Es lo mismo que ocurrió con las jóvenes repúblicas soviéticas, que nacieron en el seno de una guerra mundial y pasaron sus primeros años combatiendo en una guerra mal llamada civil en la que se volcaron todas las potencias del capitalismo internacional. El experimento soviético navegó en realidad, desde entonces, en una guerra permanente, hasta su rendición final con Gorbachov, cuando este creyó tan ingenuamente que al fin se le iba a permitir al Derecho estacionarse sobre la fabricación de mantequilla en lugar de convulsionarse bajo la fabricación de misiles. Ningún país en guerra puede permitirse la división de poderes. El experimento soviético duró, en realidad, un abrir y cerrar de ojos, setenta años, marcados por tres guerras mundiales y decenas de millones de muertos. Es hacer gala de un sorprendente cinismo pretender que en esas condiciones el socialismo podría haber sido compatible con un Estado de Derecho. Pero el verdadero y más rebuscado cinismo se oculta tras la famosa alegación de que los países capitalistas sí lograron, en cambio, funcionar como Estados de Derecho en las mismas condiciones de guerra permanente. El capitalismo se puede permitir el Derecho –cuando se lo puede permitir y donde se lo puede permitir, que suele ser en un 10 % de las ocasiones y de los lugares- porque, normalmente, bajo sus condiciones –y siempre en el aludido 10 %-, el totalitarismo económico que garantiza los privilegios económicos que hacen innecesario violar la ley, convierte, a su vez, en innecesarias a las dictaduras de corte político. La sociedad capitalista no depende de sus leyes, sino de su capitalismo. En el socialismo, en cambio, la sociedad depende por entero de sus leyes. Nada tiene de extraño, así pues, que los países capitalistas más privilegiados se hayan podido permitir el disfrute de una intachable división de poderes, pues lo han hecho en unas condiciones en las que lo que se dividía no era el poder, sino una apariencia de poder. Aquí reside el mito tribal más persistente de lo que llamamos Occidente. Está bien eso de inventar toda suerte de dispositivos para dividir un poder imaginario, mientras el poder real circula de forma salvaje por otros cauces indomeñables. Lo que mueve al vómito es constatar la gran cantidad de buenos cerebros que de Habermas a Enzensberger o Savater se han aplicado en hacer pasar por filosofía la justificación tribal de este mito.

La tarea ilustrada de la división de poderes es bastante más difícil de lo que uno puede llegar a creer leyendo a esos señores. La humanidad no se ha enfrentado en serio a la dificultad real de ese problema más que bajo el experimento de lo que se llamó “socialismo real”. Y el fracaso fue, desde luego, estrepitoso. Y por supuesto que no se reparó en gastos para provocar que lo fuera. Pensemos por ejemplo en la Nicaragua sandinista. Para poner al ejecutivo sandinista en condiciones en las que se viera obligado a censurar unos cuantos artículos de prensa, dañando así la consistencia del Estado de Derecho, fue necesario poner el mundo entero patas arriba, montando una guerra con Irangate incluido y volcando todas los malas artes del Imperio sobre un país pobre y pequeño, en el que no había un solo ascensor que funcionara. Demasiados ejemplos parecidos se podrían poner, pero bastará en los próximos meses con estar atentos a lo que ocurra en Venezuela, en donde todavía no se ha censurado nunca la prensa ni se ha puesto jamás en cuestión la división de poderes, pese a que, en efecto, el mundo entero se ha confabulado para forzar a Chávez a cometer algún desliz de este tipo.

La humanidad no tiene todavía la menor idea de lo difícil que es la división de poderes, ni tampoco de lo apasionante que puede llegar a ser esa aventura a la que llamamos Ilustración. Cuba es pionera en este campo de experimentación política. En Cuba no hay Estado de Derecho, pero a lo mejor algún día nos veremos obligados a reconocer –cuando la historia del siglo XX empiece a contarse bien de una vez- que con ella comenzó para este mundo miserable y mentiroso, la aventura de una vida política conforme a derecho. Para que haya la posibilidad de un espacio político en el que vivir es, ante todo, necesario que la totalidad de las posibilidades humanas no se gasten o se consuman en la aventura de la supervivencia. Hasta el momento, y aunque resulte increíble a la luz del desarrollo tecnológico que hemos alcanzado los seres humanos, supervivir nos ha impedido vivir. No existen posibilidades políticas sin tiempo libre, como se sabe bien desde los tiempos de Pericles. La revolución tecnológica ininterrumpida en la que vivimos tendría que tener por efecto una reducción de la jornada laboral que liberara más y más tiempo para actividades políticas. Pero eso es imposible bajo condiciones capitalistas de producción, como bien demostró Marx hace ya tiempo. El capitalismo ha condenado a la humanidad a la aventura de la supervivencia en condiciones tecnológicas crecientemente más y más privilegiadas. La vida política es incompatible con un sistema económico como el capitalista que se caracteriza por mantener constantemente a los hombres en condiciones mínimas de supervivencia, para concentrar así cualquier adelanto tecnológico en la producción de más adelantos tecnológicos, de modo que la revolución de las condiciones de producción sea siempre máxima. Como decía Wallerstein, el capitalismo produce más para poder producir más. El hambre económica del capitalismo por el máximo de producción ha acogotado a la humanidad con más eficacia que antes lo hiciera el hambre biológica, obligando a la vida social a conformarse con la supervivencia y denigrando toda posibilidad de descanso y tiempo libre bajo la figura abyecta del parado.

El socialismo real fue la punta de lanza de una nueva época para la humanidad, en la que la Política y el Derecho tenían la posibilidad de reinar sobre la Economía y, por tanto, legislar y decidir sobre todos los asuntos humanos de importancia. El socialismo no fue, en este sentido, sino la propia Ilustración, una vez que se había reparado en el imprevisto de un capitalismo al que nadie había invitado y al que no se podía simplemente guillotinar en una plaza pública. Se trata de la aventura más heroica y la causa más verdadera que la humanidad haya emprendido desde que Sócrates, Platón y Aristóteles lanzaran al mundo el reto de una vida política a todos los seres racionales del futuro. La Ilustración que recogió ese guante sólo tuvo una verdadera posibilidad histórica de triunfar bajo el proyecto de las economías socialistas y ya hemos visto lo mal que salió la cosa y la mucha voluntad que se puso en que saliera así de mal. Así, fue como si, bajo el socialismo, la humanidad se hubiera empeñado en demostrar hasta qué punto podía liberarse del chantaje económico a costa de sujetarse a malas leyes y malas políticas. Pero la pura verdad es que, en las ocasiones en que se intentaron hacer las cosas mejor, como con Allende en Chile o con el sandinismo en Nicaragua, los esfuerzos de la política tuvieron que consumirse en la tarea de resistir al sabotaje, el bloqueo y la guerra, en una correlación de fuerzas desigual y condenada de antemano.

Hoy, Cuba es el único testigo que queda de todo aquello por lo que lucharon los esfuerzos de la Ilustración desde la muerte de Sócrates. Cuba es el único testigo de esa posibilidad humana que es el Estado de Derecho. Naturalmente que eso no la convierte ni mucho menos en un Estado de Derecho. Pero, aunque Cuba no es un Estado de Derecho, se sostiene constantemente en esa posibilidad y bastaría con que la dejaran en paz para que las leyes fueran corrigiendo a las leyes hasta instituir un verdadero régimen constitucional. Cuba no es un Estado de Derecho, pero podría serlo, y, además, no dice que lo sea, lo que siempre es un buen comienzo para el Derecho. Cuba es más bien la prueba de hasta qué punto es difícil en este jodido mundo capitalista arrancar una mísera isla de las garras de la Historia, para que la Ley y la Política puedan tomar por una vez la palabra. Cuba es la prueba de la dificultad de introducir una obra de la libertad en el curso fatal de las cosas.

Mucho peor es, desde luego, lo que nos ocurre a nosotros, que no sólo no somos un Estado Derecho sino que tampoco sabemos que no lo somos y, antes bien, nos creemos la encarnación misma del Derecho sobre la tierra, así sea protegidos tras el muro de Sharon. En Cuba tienen la posibilidad de tener malas leyes. Por eso no tienen ninguna necesidad de llamar Ley a la ausencia de Ley, como ocurre entre nosotros. Por lo menos en Cuba no se llama Estado de Derecho a los rincones más privilegiados de esa salvaje carnicería en la que veinticinco multinacionales se arrancan a mordiscos la carne de sus ciudadanos.

1 Acabo de escuchar en la radio que se acaba de iniciar un anteproyecto de revolución legislativa que permitirá a cada Comunidad autónoma pedir permiso por separado a las respectivas multinacionales que operen en su territorio para hacer realidad tan asombrosa utopía. 


*Fragmento del libro A quien corresponda. Sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo, publicado en 2005. Texto íntegro en La Jiribilla
 

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