Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de septiembre de 2015

¿Por qué tres Papas en veinte años?

Por Manuel E. Yepe*

Papas que nos han visitado

En menos de veinte años, tres Papas han visitado Cuba. Algo realmente sorprendente, si se tiene en cuenta que la Isla es un país geográfica y demográficamente pequeño, y tiene un número de católicos relativamente reducido en comparación con otras naciones de América Latina.

Tras cuatro siglos de colonialismo durante los cuales la religión oficial, con total exclusividad, era el catolicismo, surgió en Cuba una república “independiente” bajo la protección y control de los Estados Unidos, en la que la sociedad cubana, de hecho, conservó ese signo confesional durante la primera mitad del Siglo XX.

Pese a que las Constituciones de 1902 y 1940 estipulaban la separación entre el Estado y la iglesia, en sus textos se identificaba la moral cristiana como normativa ética de lo social, en detrimento de cualquiera otra moralidad no cristiana, desconociendo la diversidad cultural, moral y religiosa que exigía una comunidad tan plural en términos de etnias, cultos y tradiciones.

El proceso de formación de la nacionalidad, la lucha por la independencia de España y las sucesivas etapas de construcción de un proyecto nacional independiente como el socialista actual, se han caracterizado por una orientación secular, hasta cierto punto anticlerical. Esto no significa que lo religioso haya estado ausente de las motivaciones de los patriotas, sino que los objetivos se han formulado siempre sobre bases laicas.

La primera vez que en Cuba se proclamó la separación entre el Estado y la Iglesia como principio constitucional fue durante la República en armas, cuando se luchaba contra el régimen colonial, español…y católico.

Las relaciones entre la iglesia católica y el gobierno de la revolución que tras cruenta lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista asumió el poder en 1959, han pasado por duras pruebas y tensos momentos.

Las transformaciones sociales generadas por la revolución y el desarrollo de su proyecto independentista y socialista, tuvieron gran impacto en el proceso de desacralización de la naturaleza. Por su carácter renovador de tradiciones, costumbres y de la cultura en general, la revolución tuvo un efecto secularizador de la sociedad.

Las acciones legislativas y prácticas de la revolución, como la ley de nacionalización de la enseñanza, limitaron el espacio social de la religión católica en Cuba, y lo ampliaron para otras -como las espiritistas, las asociadas a religiones de tipo africano y las pentecostales- que lograron acceso a espacios públicos a los que antes habían tenido muy pocas posibilidades de llegar por las condiciones de monopolio cristiano y católico.

Basta recordar que, antes de 1959, el Código penal cubano registraba como agravante de delito el practicar “brujería”, término con el que la cultura cristiana predominante identificaba a las religiones originadas en África, muy extendidas en Cuba, sobre todo en los sectores más empobrecidos.

En 1991 el IV Congreso el Partido Comunista de Cuba, rectificó errores sectarios cometidos al calor de los enfrentamientos iniciales y modificó sus estatutos declarándose una organización laica y no atea, al tiempo que eliminó las trabas al ingreso de personas con creencias religiosas en esa formación política.

Como resultado de todo ello, en medio de una situación de aparente contracción del espacio social de la religión, la revolución cubana creó condiciones legales y sociales básicas para un verdadero pluralismo religioso, sin distinción confesional ni institucional, y para algo que nunca antes había existido en el país y de lo que escasas naciones se pueden vanagloriar: una libertad religiosa real.

Hay que reconocer que el Vaticano ha promovido una política muy constructiva de relaciones con Cuba, luego de algunos episodios iniciales promovidos por la fuerte influencia del papa Pio XII y las ideas fascistas de clérigos españoles insertados en la jerarquía católica cubana.

Pero la positiva práctica actual no comenzó a resultas de la visita de Juan Pablo II en 1998, como se ha escrito algunas veces, sino después del Segundo Concilio del Vaticano (1962-1965), y en ello es justo reconocer que fue esencial el papel del entonces recién designado Nuncio Apostólico en La Habana, monseñor Cesare Sacchi, hoy considerado “arquitecto de la pacificación entre la iglesia y el Estado en Cuba”.

El magno recibimiento popular y oficial tributado a Francisco en La Habana parece confirmar pronósticos de que Latinoamérica y los pueblos humildes de todo el mundo podrán contar con el apoyo moral y ético de este carismático guía del catolicismo mundial dispuesto a limpiar y renovar a fondo la imagen de su iglesia acercándola a los pobres.

Ahora que las élites estadounidenses quieren hacer retroceder la historia en los países latinoamericanos que están en proceso de liberarse de la tutela del norte, este respaldo pudiera ser de mucha trascendencia.

Septiembre 19 de 2015.


*Periodista cubano, especializado en temas de política internacional
Publicado originalmente en su Blog Manuel Yepe ~ Opiniones desde Cuba, enviado por su autor para La Polilla Cubana


domingo, 20 de septiembre de 2015

El Papa Francisco y su compromiso con los gobiernos democráticos

 Por Lídice Valenzuela

En su segundo viaje a América Latina, el Papa Francisco viajó a Cuba, una pequeña y pobre nación del Caribe agobiada por el bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos por más de 50 años, pero con una población guiada por la Revolución, que es ejemplo de resistencia, heroicidad, y que —al igual que predica el Sumo Pontífice— hizo de la defensa de los pobres uno de sus principios.

Esta era una visita esperada por los millares de católicos que habitan en Cuba, e incluso por quienes no practican esa religión, dada su amplitud de criterios, coincidente casi siempre con los enunciados por la Revolución Cubana y defendida por sus dirigentes durante 56 años, y que el Santo Padre esgrime como su doctrina pastoral, en la que, sin ambages, ha criticado el sistema capitalista y consumista, las oligarquías, la explotación de las masas más vulnerables, la necesidad de proteger al planeta para evitar el cambio climático.

El Papa jesuita Mario Jorge Bergoglio —quien asumió el nombre de Francisco, el santo de los pobres—, nació en Buenos Aires, la capital argentina, el 17 de diciembre de 1936, hijo de emigrantes piamonteses y desde muy joven abrazó el sacerdocio, ocupando diversos cargos hasta la asunción del máximo cargo jerárquico de la Iglesia Católica.

El discurso papal trazó una diferencia respecto a sus antecesores sobre los pueblos de América Latina, con una franqueza que encantó a los feligreses, y con ellos logró recuperarlos en una región donde habita el mayor número de católicos del planeta, pero alejados de las doctrinas de una Iglesia que en los últimos años se vio envuelta en escándalos de pedofilia y corrupción.
Su visión sobre Latinoamérica quedó esclarecida desde que llegó a Quito, la capital de Ecuador, en julio pasado, primera tierra de América Latina en recibir su visita.

Las palabras de Francisco marcaron el apoyo de la Iglesia Católica al presidente Rafael Correa, cuyo gobierno era en esos momentos atacado por elementos de derecha que seguían órdenes de la oligarquía local y regional para darle un golpe de Estado —ahora denominados blandos— a la Revolución Ciudadana.

En Ecuador, el distinguido visitante ya desde su llegada se comprometió a trabajar —tal como hace el gobierno democrático de ese país— por las “minorías más vulnerables”, en lo que constituye un mensaje a los líderes derechistas que representan a las grandes familias adineradas de la llamada nación meridiana del mundo.

Incluso, dijo más. El papa Francisco comprometió la colaboración de la Iglesia con el presidente Correa, en el empeño por atender a “los más frágiles y las minorías más vulnerables, la deuda que toda América Latina tiene”.
Antes, el Papa Francisco —a quien sus enemigos de la Curia y otras corrientes tildan de comunista— había dirigido sus palabras a los gobernantes que se reunieron en la VII Cumbre de las Américas en Panamá, en abril último, en las que hacía alusión a la necesidad de redistribuir la riqueza para acabar con la pobreza y alcanzar la justicia social.

En Ecuador —tal como después hizo en Bolivia y en Paraguay, las otras dos naciones visitadas en esa primera gira— proclamo en sus ideas que “en el presente podemos encontrar en el Evangelio las claves que nos permitan afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación, sin exclusiones, para que los logros y el progreso se consoliden y garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles, y en las minorías más vulnerables que son la deuda que, todavía, toda América Latina tiene”.
Para que no quedaran dudas, desestimó a los derechistas contrarrevolucionarios y confirmó a Correa: “Señor Presidente, podrá contar siempre con el compromiso y la colaboración de la Iglesia para servir a este pueblo ecuatoriano que se ha puesto de pie con dignidad” y agradeció al mandatario “la consonancia con mi pensamiento”.

El mensaje de Francisco fue también claro, enarbolando los mismos principios que bajo su mandato rige en el Vaticano, y es el cambio que se está dando a nivel de Iglesia, y que por lógica tiene que repercutir en las grandes masas latinoamericanas, y es la doctrina que la hace volver a sus raíces de preocupación por los excluidos, buscar la justicia como era la Iglesia comprometida de los años 60 e inicios de los 70, en América. Lo dijo el Papa, apenas fue nombrado: “Quiero una Iglesia más pobre y para los pobres”.
El reconocimiento del papa Francisco de las luchas populares en Ecuador resultó un indicador de apoyo a ese pueblo y a todos los que viven en democracia, con gobiernos de inclusión social.

Ecuador, como Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Brasil, Argentina, entre otros, hace enormes avances en su política social. Especialmente, con las masas más pobres y los pueblos indígenas reprimidos y discriminados durante siglos. El Papa le dio a la Revolución Ciudadana un espaldarazo, como lo hizo después a Evo Morales en Bolivia, con un claro rechazo a los intentos desestabilizadores de la oligarquía y de Washington.

La apertura doctrinal de Francisco es sin dudas un golpe duro para los grandes capitales latinoamericanos, en tanto su sintonía espiritual y pastoral lo acerca —por los grandes compromisos asumidos con los pueblos— a los gobiernos democráticos electos en las urnas. Ello, por ende, desnuda a los ojos de las grandes masas a aquellos que perturban la paz de América Latina y trabajan para un regreso a su época más oscura de neoliberalismo dictatorial.

Francisco enfrenta los retos del siglo XXI con decisión y bastante originalidad. La cuestión sobre el capitalismo salvaje, la destrucción de la naturaleza, la creciente pobreza y las guerras son temas que a todos preocupa. Lo interesante de su discurso papal es que logra tocar las fibras de las personas más allá de los templos.

Ahora está en Cuba el Papa que en sus dos años de pontificado ha patentizado su compromiso social, su actitud contra las guerras y su ayuda directa a los inmigrantes que huyen de esos territorios de muerte.

Con su renovador mensaje contra los ricos y poderosos, el Papa trata de entregar una iglesia que sea signo de estos tiempos: una Iglesia pobre para los pobres, unida a los gobiernos progresistas que los defienden, cada parte desde su óptica, pero con un fin similar. (Cubahora)


martes, 8 de septiembre de 2015

Para entender la visita a Cuba del Papa Francisco

Por Salvador Capote*

“Lo que voy a publicar aquí va a irritar o escandalizar a aquellos a quienes no les guste Cuba o Fidel Castro. Eso no me preocupa. Si no ves el brillo de la estrella en la noche oscura, la culpa no es de la estrella sino tuya”.
Leonardo Boff (1).

con paloma3El 8 de julio de 2015, en el camino entre el aeropuerto de El Alto y la ciudad de La Paz, en Bolivia, el Papa Francisco se detuvo para orar cerca de Achachicala, sitio donde fue torturado y asesinado el sacerdote Luis Espinal en la noche del 21 de marzo de 1980, sólo dos días antes del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero en El Salvador y justo en el mismo año de la asamblea de obispos de Medellín, en la que sectores de la Iglesia elaboraron fundamentos teóricos y prácticos de una proximidad a las luchas de los pobres y oprimidos: la Teología de la Liberación. Luis Espinal (“Lucho” para los bolivianos), periodista y crítico de cine, además de sacerdote, fue asesinado por denunciar la situación miserable del pueblo boliviano y la represión militar. “Me detuve aquí –dijo el Papa a la muchedumbre reunida en el lugar- para saludarlos y sobre todo para recordar, recordar a un hermano, un hermano nuestro, víctima de intereses que no querían que se luchara por la libertad de Bolivia”.

Mucho se ha especulado con el regalo de Evo Morales al Papa de un crucifico tallado en el cual la cruz está formada por una hoz y un martillo. Los detractores de Morales creyeron ver la oportunidad para acusar al mandatario boliviano de burlarse del Papa regalándole un “crucifico comunista”. Sin embargo, la historia detrás del obsequio es que se trata de la copia de una talla realizada por el sacerdote Luis Espinal para expresar el anhelo común de cristianos y marxistas de una sociedad más humana y más justa. Además, después de recibir la Orden Nacional Cóndor de los Andes, el Papa fue condecorado con la Orden al Mérito que lleva el nombre del mártir jesuita. En esta última se encuentra también la imagen de Cristo sobre la hoz y el martillo.

Lucho era un jesuita, al igual que el Papa Francisco y su alineamiento con los oprimidos y con la justicia desde la fe cristiana estaba en armonía con el compromiso de la Compañía de Jesús definido en la Congregación General 32, a partir de la cual más de 50 jesuitas darían su vida, luchando al lado del pueblo, en diversos países, para defender una forma de fe concebida desde la comunión con los pobres, una fe ligada a la justicia.

La Congregación General 32 (1975) tuvo lugar en el espíritu del Concilio Vaticano II y de los Sínodos de Obispos que la precedieron con los temas: “La justicia en el mundo” (1971) y “La evangelización del mundo contemporáneo” (1975). Esta congregación redefinió la misión de los jesuitas, la cual se enfocaría en lo adelante en la consagración al servicio de la fe y a la promoción de la justicia. A ella asistió como Provincial de Argentina Jorge Mario Bergoglio, que más tarde sería Obispo y Cardenal de Buenos Aires y, por ultimo, elegido Papa con el nombre de Francisco. El Papa Francisco es pues, un sacerdote jesuita comprometido con el Decreto 4: “Nuestra misión hoy” de la CG 32 de la Compañía de Jesús, el cual contiene impresionantes pronunciamientos. En ella los jesuitas afirman clarividentemente que “no trabajarían por la promoción de la justicia sin pagar un precio”, y es ciertamente alto el precio que han tenido que pagar, regando con la sangre de numerosos mártires el suelo de América Latina y de otras regiones del mundo.

En el Decreto 4 se habla “[…] de la posibilidad evangélica, que es don de Dios, de una comunión entre los hombres basada sobre la participación y no sobre el acaparamiento, sobre la disponibilidad y la apertura y no sobre la busca de privilegios de castas, de clases o de razas, sobre el servicio y no sobre la dominación o la explotación” (4,16). Se afirma que “[…] no hay verdadero anuncio de Cristo, ni verdadera proclamación de su Evangelio, sin un compromiso resuelto por la promoción de la justicia” (4,27). Y sobre las estructuras de dominación explica: “Las estructuras sociales –de día en día se adquiere de ello más viva conciencia- contribuyen a modelar al mundo y al mismo hombre, hasta en sus ideas y sentimientos, en lo más íntimo de sus deseos y aspiraciones. La transformación de las estructuras en busca de la liberación tanto espiritual como material del hombre queda, así, para nosotros estrechamente ligada con la obra de evangelización […]” (4,40). El Decreto 4 no sólo define líneas de pensamiento y de acción que se sitúan inequívocamente al lado de los pobres y de los oprimidos sino que proclama la necesidad de transformar las estructuras de la sociedad.

En la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM), que tuvo lugar en el Santuario de Aparecida, en Brasil, el entonces Cardenal Jorge Bergoglio fue elegido para presidir el comité encargado de redactar el documento final. Su elección, por supuesto, no fue accidental sino en reconocimiento de su relevante protagonismo en eventos similares anteriores que conformaron una tradición teológica y pastoral en América Latina: “La opción preferencial por los pobres y los marginados”, que la Conferencia de Aparecida reafirmó y actualizó y en la cual se confirmó la decisión de dar la vida entera y llegar hasta el martirio en el ejercicio de este apostolado. Seguramente tampoco fue accidental que el encargado de revelar al público las palabras del futuro Papa Francisco durante su participación en la congregación general previa al cónclave fuese el cardenal cubano Jaime Ortega y Alamino. En ellas Bergoglio argumentó que la misión de la Iglesia debía ser “salir de si misma e ir a la periferia, que no es sólo geográfica, sino también existencial: donde hay pecado, dolor, injusticia, ignorancia e indiferencia religiosa, donde hay miseria humana”.

Fidel Castro, antiguo alumno jesuita, reconoció la influencia de los maestros del colegio de Belén, rigurosos en organización, disciplina y valores -sacerdotes que sabían inculcar un gran sentido de la dignidad personal- en ciertos elementos de su formación (2). En 1985 el teólogo brasileño Leonardo Boff visitó Cuba por invitación de Fidel. Afirma Boff que en el contexto de las conversaciones que sostuvo con el líder de la revolución, éste confesó: “Cada vez me convenzo más de que ninguna revolución latinoamericana será verdadera, popular y triunfante si no incorpora el elemento religioso” (3). Su hermano, el actual presidente de Cuba, Raúl Castro, después de reunirse con el Papa Francisco en su visita a Italia en mayo de 2015, expresó: “El es un jesuita y yo, de alguna manera también lo soy, siempre estuve en escuelas de jesuitas […]”.

Ahora se produce un reencuentro en Cuba con los jesuitas, pero esta vez con un papa latinoamericano que conoce, porque las ha vivido, las desigualdades extremas de la sociedad en el continente y que sueña con una iglesia pobre y de los pobres mientras denuncia proféticamente la injusticia de un sistema económico que pone el dinero por encima de la persona humana. No escapa a Fidel la base común que existe entre militantes religiosos y revolucionarios: “[…] Estoy seguro de que sobre los mismos pilares en que se pueda asentar hoy el sacrificio de un revolucionario, se asentó ayer el sacrificio de un mártir por su fe religiosa. En definitiva, la madera del mártir religioso, a mi juicio, estuvo hecha del hombre desinteresado y altruista, de la misma que está hecho el héroe revolucionario. Sin esas condiciones no existen, ni pueden existir, ni el héroe religioso ni el héroe político”(4). Esta base común es la que permite que el Papa Francisco pueda dialogar con el gobierno y el pueblo cubanos utilizando un mismo idioma ético compartido.

¿Mantiene vigencia la Teología de la Liberación? –La actualidad de una teología, como muy bien explica Gustavo Gutiérrez (5), “depende en gran parte de su capacidad para interpretar la forma como es vivida la fe en unas circunstancias y en una época determinadas”, es decir, de su contextualidad. La teología que comenzó a surgir en los tiempos del sacerdote Camilo Torres Restrepo, protomártir colombiano de la Teología de la Liberación, el de la famosa frase: “Si Cristo estuviera vivo sería un guerrillero”, pertenece a una época en que la lucha armada era seguramente la única opción viable para los pueblos oprimidos. Las circunstancias han variado mucho desde entonces, y Bergoglio, aclaremos, discrepó en ocasiones de algunos aspectos de esta teología, pero es incuestionable que la pobreza, la injusticia y la desigualdad, factores que se sitúan en el origen de la Teología de la Liberación, continúan, hoy más que nunca, como temas centrales de la reflexión teológica.

En el intervalo entre las Conferencias de Medellín (1968) y Puebla (1979), América Latina se convirtió no sólo en el centro demográfico del catolicismo sino también en su centro teológico y, dentro de este ámbito latinoamericano, Cuba ocupa una posición de extraordinario interés para los teólogos porque –digámoslo con palabras del dominico brasileño Frei Betto- “desde el punto de vista evangélico la sociedad socialista, que crea las condiciones de vida para el pueblo, está realizando ella misma, inconscientemente, aquello que nosotros, hombres de fe, llamamos los proyectos de Dios en la historia” (6). No por casualidad Cuba, un país de extensión territorial y población relativamente pequeñas, tendrá proximamente el privilegio de haber recibido la visita de tres papas en un corto período de tiempo.

El Papa Francisco visitará un país en el cual durante más de medio siglo se han exaltado los valores ético-morales; donde el precepto cristiano de amor al prójimo se traduce en igualdad, fraternidad, solidaridad e internacionalismo; donde la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre (Ochún en los cultos sincréticos) forma parte raigal de nuestra cultura; donde existe una amplia coincidencia entre el pensamiento cristiano y el pensamiento revolucionario. ¡Qué otra cosa ha sido el programa revolucionario cubano sino una “opción preferencial por los pobres”!. Pero téngase en cuenta que el “pobre” cubano no es igual al pobre de otras latitudes donde la pobreza no solamente es carencia de bienes materiales sino privación de servicios de salud, educación y asistencia social, donde la pobreza significa ignorancia, alienación, discriminación, opresión, desempleo, exclusión, violencia, enfermedad e injusta muerte prematura. El niño “pobre” cubano puede que no tenga juguetes electrónicos y quizás no posea más de un par de zapatos, pero tiene médico, maestro, alimentación y techo asegurado y, lo más importante, se cría en un entorno de protección y amor.

El término “socialismo”, como sabemos, abarca un amplio espectro semántico. El socialismo cubano es consecuente con una tradición revolucionaria que se puede seguir, sin solución de continuidad, desde los orígenes de nuestra nacionalidad, con la semilla sembrada por las enseñanzas del Padre Félix Varela a comienzos del siglo XIX y con gigantes del mundo ético-moral como Martí y Fidel. Si el bien común es la principal preocupación al definir la propiedad de los medios de producción, no debe haber dudas de que el socialismo cubano es el que mantiene más arraigo y solidez en los principios. Perfeccionar el socialismo cubano, hacerlo cada vez más participativo, más justo, más humano y, ¿por qué no?, más cristiano, debe ser la aspiración de todos y, en este sentido, estoy seguro de que la visita a Cuba del Papa Francisco, que se anuncia como pastoral, será también profética.

  1. Leonardo Boff: “Los 80 años de Fidel: confidencias”, CUBADEBATE, 24 de Agosto de 2006.
  2. Frei Betto: “Fidel y la Religión – Conversaciones con Frei Betto”, p. 155, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1985.
  3. Leonardo Boff: Artículo citado.
  4. Frei Betto: Idem, p. 157.
  5. Gustavo Gutiérrez: La Densidad del Presente, p. 89, Ed. Sígueme, Salamanca, 2003.
  6. Frei Betto: Idem, p. 261.

*Bioquímico cubano, actualmente reside en Miami. Es colaborador de Areítodigital.net; participa, con la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.
Enviado por su autor

miércoles, 20 de agosto de 2014

La vigencia de "Fidel y la religión" es incuestionable

Cubahora comparte una entrevista realizada al investigador Aurelio Alonso sobre la vigencia del libro "Fidel y la religión"...
Portada del libro Fidel y la Religión. Conversaciones con Frei Betto
En 1985 veía la luz el volumen Fidel y la religión, resultado de las veintitrés horas de diálogo entre el líder de la Revolución Cubana Fidel Castro y el escritor y periodista brasileño Frei Betto. Se iniciaba un proceso de reconciliación entre las ideas religiosas y revolucionarias; desaparecía así, a decir del fraile dominico, el prejuicio de los comunistas y el miedo de los cristianos.

Casi treinta años después, a propósito de su primera edición ebook como parte de la colección de ebooks de/sobre el líder cubano a cargo de Ruth Casa Editorial, el destacado sociólogo, docente, investigador y ensayista, Premio Nacional de Ciencias Sociales, Aurelio Alonso, habla sobre la vigencia del texto.

Releo la entrevista y me parece escucharlo; su prosa tiene voz propia. A medio camino entre el tono anecdótico y el reflexivo, el autor de Iglesia y política en Cuba revolucionaria (1998) hilvana un discurso coherente y lúcido salpicado por confesiones exclusivas.

Tiene la impresión de que no ha respondido como yo hubiera esperado; se equivoca y se lo hago saber. Aurelio, como cariñosamente le conocemos los que casi a diario tenemos el privilegio de verlo en su oficina de la Casa de las Américas, me regala su tiempo. Me guardo otros temas. Sus respuestas me han provocado otras preguntas. Pendiente queda un próximo encuentro.

—Dentro de sus estudios e investigaciones en el campo de las ciencias políticas, la llamada transición socialista y la sociología de la religión, ¿cuáles han sido sus principales intereses, temas, acercamientos?

—Creo que lo primero a señalar es que me eduqué en un colegio católico, pertenecí allí a la cruzada eucarística, y hacía una vida de compromiso religioso. Pero el paso por los cuestionamientos propios de la adolescencia me hacía dudar del dogma de fe. Desde el comienzo del bachillerato decidí cambiar hacia la enseñanza laica –lo decidí yo mismo, mis padres no intervinieron-- y mi alejamiento de la fe religiosa se consumó en esos años de estudiante. Pero debo reconocer que tuve una formación cristiana. Al final del bachillerato me impactó la lectura de Jean Paul Sartre, de su narrativa de intensa carga filosófica, y algo de su periodismo político, también en sintonía con mi irreligiosidad. Fue mi primera inclinación filosófica, la cual pienso que dejó huella en mí; me atrevería a decir incluso que estuvo en mi camino hacia el marxismo. Entonces lo percibía como el método para descubrir y conciliar las posibilidades que se abrieran a nuestra existencia personal, a nuestras circunstancias, a la inserción del individuo en el pedazo de historia que le haya tocado vivir.

Desde temprano el estudiante que ya experimentaba la transformación revolucionaria y buscaba respuestas a sus cuestionamientos, se introdujo en las lecturas marxistas, que se convirtieron en el componente definitivo de su vocación intelectual. Entraba en una perenne confrontación entre la reflexión que recibía del legado teórico y la realidad vivida en el proceso mismo de transición socialista iniciado. Así fueron aflorando mis aprendizajes, mis influencias, mis irreverencias, mis lealtades, conformando la convicción de que la coherencia no podía sostenerse en la renuncia a la necesidad de pensarlo todo con cabeza propia, de no rechazar la tentación de la duda ante una convicción confortable. Por el contrario, la coherencia deseable debía ser buscada sorteando caminos difíciles.

Para ser sincero, creo que nunca he escogido con mucho rigor especialidades profesionales, y si lo hice en algún momento, no puse obstáculo a las circunstancias que enrumbaron mis pasos dentro del proyecto revolucionario. Y en aquello en que me involucré lo acometí siempre con pleno sentido del compromiso. Quienes me conocen saben que mis circunstancias me hicieron dedicarme un par de años, a finales de los sesenta, a la ganadería lechera, y mientras cumplía las tareas que me tocaba, y sin abandonar del todo mis lecturas filosóficas, estudié sobre los suelos, los cultivos de pastos y forrajes, la alimentación del ganado, los controles y el manejo de la masa ganadera, etc., y no se me ocurriría decir, ni por asomo, que fue para mi formación tiempo perdido.

De hecho, también dentro del vasto campo de los estudios religiosos, con el cual se me suele identificar, mis intereses se movieron principalmente en torno a las perspectivas institucionales, la proyección y la doctrina social de la Iglesia, sus relaciones con el Estado y con la sociedad civil, las corrientes sociológicas y eclesiológicas vigentes. Una inclinación articulada al deseo de profundizar en las complejidades del proceso de transformación social, política y económica que me tocó vivir. Por eso evito la vaga calificación de especialista en temas religiosos que podría defraudar a quien busque mis trabajos. El contenido de las casi doscientas publicaciones que registra ya mi currículo es expresivo de esta diversidad temática, y de mi hoja de ruta en el período por el cual he andado.

Tengo la impresión de que no he respondido a tu pregunta como hubieras esperado pero esta es la respuesta que me inspiró.

—¿Cómo influyó en su obra el libro Fidel y la religión? ¿Cómo valora el aporte de ese texto en la comprensión de las relaciones entre la religión y la sociedad en Cuba? ¿Cree que el libro mantiene su vigencia después de 30 años?

—Ya había conocido yo a Frei Betto en 1980 en Nicaragua, y había leído algunos artículos suyos que lo mostraban como una de las figuras más atractivas en la línea de pensamiento abierta con la teología de la liberación, por la claridad del discurso y por su capacidad de comunicación. Cuando apareció Fidel y la religión, en 1985, yo me encontraba en misión diplomática en el exterior y recuerdo el impacto en la prensa, por lo novedosas que resultaban las revelaciones de Fidel en sus respuestas a las preguntas de Betto. Una anécdota simpática es que la primera edición en francés salía con una foto de Ramón Castro, como sabes el hermano mayor de Fidel, en la portada. Se habían confundido en la editorial, pero afortunadamente enviaron un ejemplar a la embajada cubana antes de ponerlo en circulación y pudieron desfacer el entuerto a tiempo.

Desde que lo leí me percaté de la importancia del libro. Por varias razones, pero principalmente por una. A mi juicio, la proyección abierta al entendimiento entre la fe religiosa y la ideología revolucionaria que Fidel había propugnado en su encuentro con los “cristianos por el socialismo” durante su visita al Chile de Allende en 1971, donde habló de “alianza estratégica” entre cristianos y marxistas, y de nuevo en Jamaica, en 1977, en un importante encuentro con líderes religiosos del Caribe, había padecido de una lectura equívoca durante muchos años. Incluso en el seno del propio partido cubano se interpretaba que existía una doble política en el reconocimiento del factor religioso: una de apertura y alianza hacia el exterior, explícita en dichos encuentros, y otra hacia el interior, orientada hacia el ateísmo y al debilitamiento de las iglesias, la cual se reflejaba incluso en los documentos rectores del primer congreso del PCC.

El propio Fidel daba a conocer en ese momento, a través de la edición de esas veintitrés horas de conversación concedidas a Frei Betto, que la superación completa de la discriminación por motivos religiosos era una tarea pendiente en el proyecto socialista cubano. El giro ideológico que requería la superación de lo que había sido reconocido hasta entonces como una cuestión de principio se produjo en el IV Congreso del PCC en 1991 y en la Reforma Constitucional de 1992, pero fue en Fidel y la Religión que el líder de la Revolución cubana lo dio a conocer, en el contexto de una larga reflexión sobre el espacio del hecho religioso en un proceso de transición socialista. Constituye, por lo tanto, un acontecimiento editorial sin precedente en la tradición socialista del siglo veinte, y yo me atrevería a afirmar que su vigencia no admite ya cuestionamiento. 

—¿Considera usted que las relaciones entre el estado y la iglesia en Cuba han mostrados signos de cambio? ¿Dónde radican entonces esos cambios y que representan dentro de un panorama que ha venido experimentando la transición socialista desde la década de los noventa?

—Creo que mi respuesta a tu pregunta anterior provee una importante muestra de movilidad. Pero habría que decir que también fue muestra de movilidad, en el plano de las proyecciones de la Iglesia católica, la prolongada reflexión que culminó en el Documento Final e Instrucción Pastoral de los Obispos, como resultados del Encuentro Nacional Eclesial Cubano de 1986. Del clima de avance en las relaciones que se produjo en los 80 surgió la iniciativa compartida de la jefatura de la Iglesia y la del Estado de invitar al papa Juan Pablo II a realizar una visita pastoral a Cuba. Ya el papa, que introdujo un estilo viajero en la conducción pastoral de la Iglesia, había estado en toda la América Latina, varias veces en algunos países, como México y Brasil. Sendas invitaciones –la estatal y la eclesiástica– se llegaron a entregar en el Vaticano y la visita se había previsto que sería programada para 1991 o 1992.

De manera inesperada, el sistema socialista soviético, que Gorbachov se había propuesto reformar, se desintegró entre sus manos y Cuba, carente de sostén económico internacional, entró en lo que llamamos “período especial”. Sobrevino entonces un aplazamiento sine die en la fijación de fecha para el viaje papal y, con la demora, el argumento de la conveniencia de “maduración de condiciones” para la visita. 

Me atrevería a decir las dos partes, Estado e Iglesia, necesitaban ahora del aplazamiento. La pastoral de los obispos cubanos fechada el 8 de septiembre de 1993, titulada El amor todo lo espera, con un reclamo de reformas de liberalización, en el momento más grave de la caída de los indicadores macroeconómicos en Cuba, provocó de nuevo una tensión que enfrío las relaciones hasta que la decisión de la visita pontificia volvió a cobrar forma hacia 1996 y se realizó en 1998 con un éxito incuestionable. Si aquí no se ve movilidad, habrá que cambiar de espejuelos.

Solo quiero ilustrar en algo la presencia de avances, desaceleración, vuelta a avanzar, acercamientos, distanciamientos, reacercamientos. En la última década se produjeron numerosos signos de fluidez en las relaciones entre la institución religiosa y la estatal, desatacándose la aceptación por parte del gobierno de la mediación de la Iglesia para la liberación de presos políticos y otras acciones, lo cual ha dado lugar a críticas al arzobispo de La Habana desde sectores hostiles al Estado cubano. Esto te puede indicar, a grandes trazos, los altibajos a través de los cuales se realiza un curso cuyo saldo de entendimiento y cooperación se muestra hoy favorable.

De modo que la normalidad en estas relaciones, diría yo, no puede concebirse como la resultante de una continuidad sin obstáculos. Sería del todo imposible explicársela desde una perspectiva inmovilista. Y con esta misma prevención habría que asomarse igualmente a su futuro, por optimistas que debamos ser.

—Partiendo del supuesto que las ideas de justicia social no necesariamente tienen por qué chocar con las creencias religiosas y acercándonos a la teología de la liberación, ¿cómo conciliar el proceso de reinvención del Socialismo o un socialismo del siglo XXI (si está de acuerdo con el tan discutido y polémico término)?

—Permíteme comenzar por el final de tu pregunta. No ignoro que entramos (los marxistas) en este siglo con varios dilemas teóricos colgando. Uno, tal vez escolástico, es el de definir si se utiliza la preposición “de” o la preposición “en” para conectar el concepto de socialismo, que el pensamiento neoliberal considera acabado como ideal en el siglo pasado, con los cambios estructurales que nos impone el presente siglo. No es un debate inocente si notamos que un extremo apunta a rescatar el modelo que fracasó, y el otro, a desecharlo del todo en la búsqueda del paradigma. Lo he tildado de debate escolástico porque parte de la colocación a priori de la verdad en uno u otro extremo.

Te voy a confesar –y nunca lo he dicho por pudor-- que fui uno de los primeros en usar el término, en una entrevista que me hiciera Carlos Torres sobre la situación de Cuba, que se publicó en el No. 641 del semanario Punto final, de abril de 2003, en Chile, con el título de “Hay que reinventar el socialismo del siglo XXI”, tomado literalmente de una de mis respuestas. Expresaba una cuestión que, como se dice, ya se caía de la mata. Después supe que en el año 2000 el sociólogo chileno Tomás Moulián había dado el título de Socialismo del siglo XXI: la quinta vía, a un libro suyo. Lo interesante es que yo utilizaba allí el término pensando en la profundidad del cambio que teníamos que realizar en Cuba, en tanto su uso por Hugo Chávez, y creo que por todos a quienes he visto usarlo, alude al paradigma relacionado con los procesos latinoamericanos emergentes que proclaman y procuran el socialismo en su propuesta de cambio. Si hacemos abstracción por un momento de lo histórico concreto, es decir, de los puntos de partida actuales del cambio, lo entiendo como un concepto expresivo de un denominador común en los objetivos de las transiciones deseables en Cuba y en el resto de nuestra América. Termino este aspecto de tu pregunta de una manera que algunos podrían estimar conciliatoria, pero te aseguro que no lo es: para mí el concepto puede considerarse válido con una preposición o con la otra, aunque conllevaría una connotación diferente en uno y otro caso.

Para entrar de lleno ahora en el resto de tu pregunta, es evidente que los propósitos de justicia social y equidad, centrales en los ideales del socialismo, incluso desde antes de Marx, son perfectamente compatibles con el ideal cristiano. En buena medida derivan de valores cristianos. En nuestra América, cuyos pueblos son tributarios de una marcada religiosidad católica, incluso a través de expresiones sincréticas se hace inconcebible verlo de otro modo. Lo cual no significa que todos los casos vayan a encontrar una correspondencia fácil con los intereses creados por la institución eclesiástica. Es imposible predecir las dificultades que pueda presentar este entendimiento. Pero es cierto que el derrumbe del proyecto estalinista aporta también la superación de la identificación del marxismo con un ateísmo. 

Ni como institución, lo que me parece algo universalmente aceptado ya, ni en el plano doctrinal, menos reconocido, pero que debe acabar por identificar al mal llamado “ateísmo marxista” con lo que es: un componente de la asunción dogmática del materialismo, incompatible con el ideal socialista. Estamos ante uno de los extremos del doctrinalismo que caracterizó al socialismo del siglo pasado, el cual sería un contrasentido, un verdadero disparate, tratar de revivir en la América Latina.

La teología de la liberación es, más que una teología, una corriente de pensamiento religioso cristiano nacida en la marea de apertura que propició el Concilio Vaticano II y la segunda conferencia del episcopado latinoamericano, celebrada en Medellín en 1968. La teología de la liberación centró la atención en la compatibilidad del pensamiento marxista con una proyección cristiana auténtica. En rigor quien primero se pronunció en esta dirección fue el teólogo presbiteriano Rubem Alves, que acaba de fallecer, aunque el acierto de Gustavo Gutiérrez al tocar los principales puntos de contacto teóricos con la comprensión marxista en un ensayo orgánico, hizo de su obra una referencia fundamental para el diseño de las comunidades eclesiales de base, para el desarrollo del sistema de educación popular y para muchas otras iniciativas, convirtiéndola en un clásico. También hay que recordar que el papado de Juan Pablo II la proscribió alegando su incompatibilidad con el rechazo eclesial del marxismo como ateísmo. Marx termina resultando la víctima de no pocas incomprensiones y condenas injustas. Puede que esto sea emblemático del costo de un descubrimiento tan relevante en el campo del conocimiento social: tanta verdad no podía ser revelada impunemente.

—Frei Betto expresó en Fidel y la religión: “Lo que falta a los obispos cubanos es una teología que les permita entender el socialismo como una etapa imprescindible en el camino hacia el Reino de Dios”. ¿Está de acuerdo? ¿Cree que han ocurrido cambios en este sentido y que los sacerdotes cubanos han incorporado las teorías del socialismo para practicar el cristianismo en las condiciones de un país como Cuba?

—Tiene razón Frei Betto en las dos afirmaciones que contiene este juicio. Esa teología ha faltado a los obispos y sacerdotes cubanos, que tampoco han sido capaces de generarla. Pero me pregunto si no falta también hoy esa teología a los obispos latinoamericanos. En sentido general, quiero decir, para no ser injustos con las excepciones.

No hay que olvidar que en su largo pontificado Juan Pablo II se cuidó mucho de ordenar obispos que pudieran ser afines, o incluso tolerantes, con posiciones políticas de izquierda en el clero de sus diócesis. Hace poco conversaba yo con un prelado amigo, de claro compromiso con los humildes, de posiciones teóricas abiertas al diálogo, y le preguntaba cómo se le pudo escapar al rasero papal al escogerlo. Él me comentó que en realidad se le escapó al nuncio, que lo propuso sin percatarse de cuáles eran sus posiciones. No se puede perder de vista que no estamos en los tiempos de Hélder Cámara, Marcos Mac Grath, Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Enrique Angelelli, Eduardo Pironio, Alberto Devoto, Antonio Brasca, Pedro Casaldáliga, Samuel Ruiz, Luis Luna Tobar, y Francisco Oves, que fue arzobispo de La Habana por pocos años antes de Jaime Ortega. Y seguramente otros que no conocí. Son los identificados como los obispos de Medellín y del papado de Pablo VI. La llegada de la restauración al Vaticano, con el largo pontificado de Karol Wojtila, cambió otra vez los tonos que habían comenzado a caracterizar al episcopado de nuestro continente bajo el reclamo de la “opción por los pobres”.

Fíjate como Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, una figura tan prominente del catolicismo cubano de la segunda mitad del siglo XX, que contribuyó como el que más al entendimiento que hoy se tiene entre Estado e Iglesia,nunca fue elevado a la jerarquía episcopal.

Con la otra afirmación, que entiende el socialismo como el camino al Reino de Dios, podría coincidir igualmente, pero si poco conozco del socialismo, menos puedo decir del Reino de Dios. Pienso que Betto lanza a los creyentes y a la institución la provocación legítima del modelo cristiano plausible.

Faltaría a la verdad si dijera que pienso que el clero cubano ha arribado al presente curado de la incomprensión eclesial del ideal socialista. Ha vivido la experiencia cubana, sin embargo, con sus virtudes y sus defectos, se ha formado probablemente con una mayor capacidad de análisis que sus antecesores. Hay hoy una mayor disposición al diálogo, y han aparecido incluso escenarios de cooperación, pero creo sinceramente que son menos que los que podían esperarse.
Ese progreso se ha hecho más evidente dentro de las posiciones del laicado comprometido, cuya revista insignia, Espacio Laical, se logró colocar entre las más importantes publicaciones cubanas en los años recientes. Pero no puede saberse aún si el cambio reciente en la redacción de la misma será capaz de valorizar el caudal acumulado por sus antecesores y el prestigio logrado. Tampoco es posible pronosticar si a la salida del cardenal Jaime Ortega del Arzobispado de La Habana, cuando se haga efectivo su retiro, prevalecerá en nivel de entendimiento logrado por él con las instituciones del Estado socialista.

—En el mundo actual, globalizado, con relaciones políticas mediatizadas y frecuentemente manipuladas o afectadas por factores económicos, ¿cómo cree que puedan integrarse la religión (entendiendo por religión tanto a los creyentes como a las instituciones) y el cambio social?  

—Es una verdadera decepción para el entrevistado llegar a la última pregunta y tener que confesar que no tiene idea de cómo responderte. Son muchos los factores que tienen que incidir en el curso futuro de esta articulación. A falta de respuesta intentaré asomarme de algún modo, con alguna pista efectiva, a la complejidad del problema.

Al proceso de globalización neoliberal capitalista correspondió un retroceso con relación al proyecto reformador al cual la Iglesia Católica había llegado en el Concilio Vaticano II, y el papado de de Pablo VI que le siguió y trató de hacer avanzar la aplicación de esa renovación que siempre citamos con el término italiano: el aggiornamiento. Pasado este nuevo Medioevo de aliento polaco, y puesta a flote en toda su magnitud la crisis institucional, al punto que Benedicto XVI decidió dimitir, la elección de Jorge Mario Bergoglio al pontificado parece traer al catolicismo un rescate del proyecto del Concilio. El éxito de esta propuesta sería clave para que se consume la conexión por la que te preguntas. Pero es demasiado temprano, de todos modos, para pronosticar si se logrará una transformación en el marco de su pontificado. La verdad es que no me atrevo a decirte más.

  • Fidel y la Religión. Libro que recoge la entrevista realizada por el fraile dominico Frei Betto a Fidel Castro en la cual surgieron conversaciones sobre el marxismo y la teología de la liberación. El libro fue editado por la Editorial Verde Olivo en Cuba.
  • Carlos Alberto Libânio Christo. 25 de agosto de 1944, Belo Horizonte, Brasil. Conocido como Frei Betto. Sacerdote de la Orden de los dominicos. Escritor de ideas progresistas que ha apoyado los movimientos de liberación en América Latina.

Fuente Rebelión, Tomado de CubAhora

viernes, 30 de marzo de 2012

FIDEL: La necesidad de enriquecer nuestros conocimientos

Reflexiones del Compañero FIDEL: La necesidad de enriquecer nuestros conocimientos

Las escenas fílmicas de la matanza en Libia, que comienzan a conocerse, indignan por la ausencia total de humanismo y las groseras mentiras que sirvieron de pretexto para invadir y apoderarse de los recursos naturales de aquel país.

Con más de 25 mil misiones de combate la aviación militar de la OTAN apoyó el monstruoso crimen.
Afirmaron que el Gobierno de Libia poseía fondos en el exterior que superaban los 200 mil millones de dólares. Nadie sabe en este instante dónde está y qué se ha hecho con ese dinero.

 Un proceso electoral fraudulento garantizó el despojo de la presidencia del país más poderoso a favor de George W. Bush, un alcohólico sin tratamiento médico ni los más elementales principios éticos, quien ordenó a los graduados de West Point estar listos para atacar sorpresivamente y sin previo aviso a 60 o más oscuros rincones del mundo.

 Semejante enajenado, a través de una maletica, podía decidir el uso de miles de armas nucleares; con un porcentaje mínimo de las mismas podía poner fin a la vida humana en el planeta.

 Es triste recordar que en el lado opuesto de la superpotencia yanqui, otro enajenado, con tres botellas de Vodka en el estómago, proclamó la desintegración de la URSS y el desmantelamiento de más de 400 emplazamientos nucleares a cuyo alcance estaban todas las bases militares que amenazaban a ese país.

 Aquellos acontecimientos no constituyeron una sorpresa.  A lo largo de muchos años de lucha, la experiencia adquirida, el contacto con los acontecimientos, las ideas y los procesos históricos no daban lugar a sorpresa alguna.

 Hoy los dirigentes rusos tratan de reconstruir aquel poderoso Estado que tanto esfuerzo y sacrificio costó crear.

 Cuando el Papa Juan Pablo II visitó nuestro país en 1998, más de una vez antes de su llegada conversé sobre variados temas con algún enviado suyo. Recuerdo particularmente la ocasión en que nos sentamos a cenar en una pequeña sala del Palacio de la Revolución con Joaquín Navarro Valls, Vocero del Papa, sentado frente a mí. A la derecha estaba un sacerdote amable e inteligente que venía con el Vocero y acompañaba a Juan Pablo II en las misas.

 Curioso por los detalles, le pregunto a Navarro Valls ¿Usted cree que el inmenso cielo con millones de estrellas se hizo para placer de los habitantes de la tierra cuando nos dignamos a mirar hacia arriba alguna noche?  “Absolutamente” -me respondió. “Es  el único planeta habitado del Universo”.

 Me dirijo entonces al sacerdote y le digo ¿Qué piensa usted de eso padre? Me responde: “A mi juicio hay un 99,9 por ciento de posibilidades de que exista la vida inteligente en algún otro planeta”. La respuesta no violaba ningún principio religioso. Mentalmente multipliqué no se sabe cuántas veces la cifra. Era el tipo de respuesta que yo consideraba correcta y seria.
Después aquel noble sacerdote fue siempre amistoso con nuestro país. Para compartir la amistad no hay que compartir las creencias.

 Hoy jueves, como ocurre con frecuencia creciente, una entidad europea de conocida solvencia sobre el tema expresa textualmente:

 “Podría haber miles de millones de planetas no mucho más grandes que la Tierra orbitando débiles estrellas en nuestra galaxia, de acuerdo con un equipo internacional de astrónomos.
 “Este número estimado de ’súper-Tierras’ -planetas con hasta diez veces la masa de la Tierra- se basa en detecciones ya realizadas y luego extrapoladas para incluir la población de las llamadas ‘estrellas enanas’ de la Vía Láctea.

 “‘Nuestras nuevas observaciones con Harps arrojan que alrededor del 40% de las estrellas enanas rojas tienen una ’súper-Tierra’ orbitándola en su zona habitable, donde puede existir agua en estado líquido en la superficie del planeta’, dijo Xabier Bonfills, jefe del equipo del Observatorio de Ciencias del Universo de Grenoble, Francia.

 “‘Debido a que las enanas rojas son tan comunes -hay como 160.000 millones de ellas en la Vía Láctea- esto nos lleva a los sorprendentes resultados de que hay decenas de millones de esos planetas solo en nuestra galaxia’”.

 “Sus estudios sugieren que hay ’súper-Tierras’ en zonas habitables en el 41% de los casos, con un rango del 28 al 95%.

 “‘40% de las estrellas enanas rojas tienen una  ’súper-Tierra’ orbitándola en su zona habitable, donde puede existir agua en estado líquido’”.

 “Eso lleva a la pregunta obvia, sobre si alguno de esos planetas no solamente es habitable sino que tiene vida”.

 “Pero estas estrellas son dadas a las erupciones estelares, que pueden bañar a los planetas cercanos con rayos X o radiación ultravioleta, lo que puede hacer menos probable la existencia de vida.

 “‘Tenemos idea de cómo encontrar rasgos de vida en esos planetas’, dijo el investigador del Observatorio de Génova, Stephane Udry”.

 “‘Si podemos ver trazas de elementos relacionados con vida como oxígeno en esa luz, entonces podríamos obtener indicios sobre si hay vida en ese planeta’”.

 La simple lectura de estas noticias demuestran la posibilidad y la necesidad de enriquecer nuestros conocimientos, hoy fragmentados y dispersos.

 Quizás nos lleve a posiciones más críticas acerca de la superficialidad con que abordamos problemas tanto culturales como materiales. A mí no me cabe la menor duda de que nuestro mundo cambia mucho más aceleradamente de lo que somos capaces de imaginar.







Fidel Castro Ruz
Marzo 29 de 2012
8 y 15 p.m.