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domingo, 20 de septiembre de 2015

El Papa Francisco y su compromiso con los gobiernos democráticos

 Por Lídice Valenzuela

En su segundo viaje a América Latina, el Papa Francisco viajó a Cuba, una pequeña y pobre nación del Caribe agobiada por el bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos por más de 50 años, pero con una población guiada por la Revolución, que es ejemplo de resistencia, heroicidad, y que —al igual que predica el Sumo Pontífice— hizo de la defensa de los pobres uno de sus principios.

Esta era una visita esperada por los millares de católicos que habitan en Cuba, e incluso por quienes no practican esa religión, dada su amplitud de criterios, coincidente casi siempre con los enunciados por la Revolución Cubana y defendida por sus dirigentes durante 56 años, y que el Santo Padre esgrime como su doctrina pastoral, en la que, sin ambages, ha criticado el sistema capitalista y consumista, las oligarquías, la explotación de las masas más vulnerables, la necesidad de proteger al planeta para evitar el cambio climático.

El Papa jesuita Mario Jorge Bergoglio —quien asumió el nombre de Francisco, el santo de los pobres—, nació en Buenos Aires, la capital argentina, el 17 de diciembre de 1936, hijo de emigrantes piamonteses y desde muy joven abrazó el sacerdocio, ocupando diversos cargos hasta la asunción del máximo cargo jerárquico de la Iglesia Católica.

El discurso papal trazó una diferencia respecto a sus antecesores sobre los pueblos de América Latina, con una franqueza que encantó a los feligreses, y con ellos logró recuperarlos en una región donde habita el mayor número de católicos del planeta, pero alejados de las doctrinas de una Iglesia que en los últimos años se vio envuelta en escándalos de pedofilia y corrupción.
Su visión sobre Latinoamérica quedó esclarecida desde que llegó a Quito, la capital de Ecuador, en julio pasado, primera tierra de América Latina en recibir su visita.

Las palabras de Francisco marcaron el apoyo de la Iglesia Católica al presidente Rafael Correa, cuyo gobierno era en esos momentos atacado por elementos de derecha que seguían órdenes de la oligarquía local y regional para darle un golpe de Estado —ahora denominados blandos— a la Revolución Ciudadana.

En Ecuador, el distinguido visitante ya desde su llegada se comprometió a trabajar —tal como hace el gobierno democrático de ese país— por las “minorías más vulnerables”, en lo que constituye un mensaje a los líderes derechistas que representan a las grandes familias adineradas de la llamada nación meridiana del mundo.

Incluso, dijo más. El papa Francisco comprometió la colaboración de la Iglesia con el presidente Correa, en el empeño por atender a “los más frágiles y las minorías más vulnerables, la deuda que toda América Latina tiene”.
Antes, el Papa Francisco —a quien sus enemigos de la Curia y otras corrientes tildan de comunista— había dirigido sus palabras a los gobernantes que se reunieron en la VII Cumbre de las Américas en Panamá, en abril último, en las que hacía alusión a la necesidad de redistribuir la riqueza para acabar con la pobreza y alcanzar la justicia social.

En Ecuador —tal como después hizo en Bolivia y en Paraguay, las otras dos naciones visitadas en esa primera gira— proclamo en sus ideas que “en el presente podemos encontrar en el Evangelio las claves que nos permitan afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación, sin exclusiones, para que los logros y el progreso se consoliden y garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles, y en las minorías más vulnerables que son la deuda que, todavía, toda América Latina tiene”.
Para que no quedaran dudas, desestimó a los derechistas contrarrevolucionarios y confirmó a Correa: “Señor Presidente, podrá contar siempre con el compromiso y la colaboración de la Iglesia para servir a este pueblo ecuatoriano que se ha puesto de pie con dignidad” y agradeció al mandatario “la consonancia con mi pensamiento”.

El mensaje de Francisco fue también claro, enarbolando los mismos principios que bajo su mandato rige en el Vaticano, y es el cambio que se está dando a nivel de Iglesia, y que por lógica tiene que repercutir en las grandes masas latinoamericanas, y es la doctrina que la hace volver a sus raíces de preocupación por los excluidos, buscar la justicia como era la Iglesia comprometida de los años 60 e inicios de los 70, en América. Lo dijo el Papa, apenas fue nombrado: “Quiero una Iglesia más pobre y para los pobres”.
El reconocimiento del papa Francisco de las luchas populares en Ecuador resultó un indicador de apoyo a ese pueblo y a todos los que viven en democracia, con gobiernos de inclusión social.

Ecuador, como Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Brasil, Argentina, entre otros, hace enormes avances en su política social. Especialmente, con las masas más pobres y los pueblos indígenas reprimidos y discriminados durante siglos. El Papa le dio a la Revolución Ciudadana un espaldarazo, como lo hizo después a Evo Morales en Bolivia, con un claro rechazo a los intentos desestabilizadores de la oligarquía y de Washington.

La apertura doctrinal de Francisco es sin dudas un golpe duro para los grandes capitales latinoamericanos, en tanto su sintonía espiritual y pastoral lo acerca —por los grandes compromisos asumidos con los pueblos— a los gobiernos democráticos electos en las urnas. Ello, por ende, desnuda a los ojos de las grandes masas a aquellos que perturban la paz de América Latina y trabajan para un regreso a su época más oscura de neoliberalismo dictatorial.

Francisco enfrenta los retos del siglo XXI con decisión y bastante originalidad. La cuestión sobre el capitalismo salvaje, la destrucción de la naturaleza, la creciente pobreza y las guerras son temas que a todos preocupa. Lo interesante de su discurso papal es que logra tocar las fibras de las personas más allá de los templos.

Ahora está en Cuba el Papa que en sus dos años de pontificado ha patentizado su compromiso social, su actitud contra las guerras y su ayuda directa a los inmigrantes que huyen de esos territorios de muerte.

Con su renovador mensaje contra los ricos y poderosos, el Papa trata de entregar una iglesia que sea signo de estos tiempos: una Iglesia pobre para los pobres, unida a los gobiernos progresistas que los defienden, cada parte desde su óptica, pero con un fin similar. (Cubahora)


Homilía de Francisco en la Plaza de la Revolución: "Quien quiera ser grande que sirva a los demás"

 
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El Papa Francisco llega a la Plaza de la Revolución este domingo. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

El Evangelio nos presenta a Jesús haciéndole una pregunta aparentemente indiscreta a sus discípulos: «¿De qué discutían por el camino?». Una pregunta que también puede hacernos hoy: ¿De qué hablan cotidianamente? ¿Cuáles son sus aspiraciones? «Ellos –dice el Evangelio– no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante». Los discípulos tenían vergüenza de decirle a Jesús de lo que hablaban. En los discípulos de ayer, como en nosotros hoy, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?

Jesús no insiste con la pregunta, no los obliga a responderle de qué hablaban por el camino, pero la pregunta permanece no solo en la mente, sino en el corazón de los discípulos.

¿Quién es el más importante? Una pregunta que nos acompañará toda la vida y en las distintas etapas seremos desafiados a responderla. No podemos escapar a esta pregunta, está grabada en el corazón. Recuerdo más de una vez en reuniones familiares preguntar a los hijos: ¿A quién querés más, a papá o a mamá? Es como preguntarle: ¿Quién es más importante para vos? ¿Es tan solo un simple juego de niños esta pregunta? La historia de la humanidad ha estado marcada por el modo de responder a esta pregunta. Jesús no le teme a las preguntas de los hombres; no le teme a la humanidad ni a las distintas búsquedas que ésta realiza. Al contrario, Él conoce los «recovecos» del corazón humano, y como buen pedagogo está dispuesto a acompañarnos siempre. Fiel a su estilo, asume nuestras búsquedas, aspiraciones y les da un nuevo horizonte. Fiel a su estilo, logra dar una respuesta capaz de plantear un nuevo desafío, descolocando «las respuestas esperadas» o lo aparentemente establecido. Fiel a su estilo, Jesús siempre plantea la lógica del amor. Una lógica capaz de ser vivida por todos, porque es para todos.

Lejos de todo tipo de elitismo, el horizonte de Jesús no es para unos pocos privilegiados capaces de llegar al «conocimiento deseado» o a distintos niveles de espiritualidad. El horizonte de Jesús, siempre es una oferta para la vida cotidiana también aquí en «nuestra isla»; una oferta que siempre hace que el día a día tenga sabor a eternidad.

¿Quién es el más importante? Jesús es simple en su respuesta: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás.

He ahí la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado, quién estaría exceptuado de la ley común, de la norma general, para destacarse en un afán de superioridad sobre los demás. Quién escalaría más pronto para ocupar los cargos que darían ciertas ventajas.

Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo.
La invitación al servicio posee una peculiaridad a la que debemos estar atentos. Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. Amor que se plasma en acciones y decisiones. Amor que se manifiesta en las distintas tareas que como ciudadanos estamos invitados a desarrollar. Las personas de carne y hueso, con su vida, su historia y especialmente con su fragilidad, son las que estamos invitados por Jesús a defender, a cuidar, a servir. Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta a los más frágiles.

Hay un «servicio» que sirve; pero debemos cuidarnos del otro servicio, de la tentación del «servicio» que «se» sirve. Hay una forma de ejercer el servicio que tiene como interés el beneficiar a los «míos», en nombre de lo «nuestro». Ese servicio siempre deja a los «tuyos» por fuera, generando una dinámica de exclusión.

Todos estamos llamados por vocación cristiana al servicio que sirve y a ayudarnos mutuamente a no caer en las tentaciones del «servicio que se sirve». Todos estamos invitados, estimulados por Jesús a hacernos cargo los unos de los otros por amor. Y esto sin mirar al costado para ver lo que el vecino hace o ha dejado de hacer. Jesús nos dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos». No dice, si tu vecino quiere ser el primero que sirva. Debemos cuidarnos de la mirada enjuiciadora y animarnos a creer en la mirada transformadora a la que nos invita Jesús.

Este hacernos cargo por amor no apunta a una actitud de servilismo, por el contrario, pone en el centro de la cuestión al hermano: el servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la «padece» y busca su promoción. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas.

El santo Pueblo fiel de Dios que camina en Cuba, es un pueblo que tiene gusto por la fiesta, por la amistad, por las cosas bellas. Es un pueblo que camina, que canta y alaba. Es un pueblo que tiene heridas, como todo pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con esperanza, porque su vocación es de grandeza. Hoy los invito a que cuiden esa vocación, a que cuiden estos dones que Dios les ha regalado, pero especialmente quiero invitarlos a que cuiden y sirvan, de modo especial, la fragilidad de sus hermanos. No los descuiden por proyectos que puedan resultar seductores, pero que se desentienden del rostro del que está a su lado. Nosotros conocemos, somos testigos de la «fuerza imparable» de la resurrección, que «provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo» (cf. Evangelii gaudium, 276.278).

No nos olvidemos de la Buena Nueva de hoy: la importancia de un pueblo, de una nación; la importancia de una persona siempre se basa en cómo sirve la fragilidad de sus hermanos. En eso encontramos uno de los frutos de una verdadera humanidad.

«Quien no vive para servir, no sirve para vivir».
Tomado de Cubadebate