Mostrando entradas con la etiqueta vigencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vigencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2015

El camino a Nuestra América

Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

Para Ibrahim Hidalgo, en Labana,
sin cuya labor no podría yo realizar la mía

José Martí, fiel a la palabra de pase de su generación, no sólo creó una transformación en la conciencia de su tiempo, sino, y ante todo, un cambio radical en el sentido de las conductas sociales en la América Latina, que dejó abierta la posibilidad de una transformación profunda de la realidad en tiempos posteriores.

“Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. El nace como arroyo murmurante, crece airoso y gallardo como abierto río, y luego – a modo de gigante que dilata sus pulmones, se encrespa ciego, y se calma generoso - ¡genio espléndido de veras, que sacude sobre los hombros tan regio manto azul, que hunde los pies monstruosos en rocas transparentes y corales!; ¡genio híbrido y extraño que cuando se mueve se llama tormenta, y cuando reposa, noche de luna en el Océano, lluvia de plata, y plática de estrellas sobre el mar.”
José Martí[1]

_MARTI-Y-AMERICAComo un río, también, puede ser imaginado el proceso de formación y transformaciones del pensamiento de José Martí sobre la América nuestra, que viene a desembocar el 31 de enero de 1891 en la publicación - en México, en el periódico El Partido Liberal – del ensayo Nuestra América, que es como el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad. Allí están, en síntesis apretada y fecunda, los frutos de una experiencia vital que iba ya de la frustración del primer movimiento independentista cubano, entre 1868 y 1878, a la del proyecto de una Reforma Liberal de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, que Martí vivió, en carne propia, durante sus residencias de exilado político en México, Guatemala y Venezuela, entre 1875 y 1880.

Los textos que elabora a partir de 1884, en particular, nos conducen a lo largo de un río que crece – siempre en contrapunto con su descubrimiento de la entraña norteamericana – desde aquellos manantiales de origen hasta el delta cenagoso de la Conferencia continental convocada por el Secretario de Estado James G. Blaine en 1889, para desembocar –convertido en un Amazonas de razones y certezas sobre nuestra condición y nuestro destino – en el Océano de una historia aún en construcción.

En esta perspectiva, Nuestra América culmina y sintetiza, a un tiempo, el proceso de maduración de la pequeña burguesía cubana como clase nacional y, al propio tiempo, latinoamericana, en cuanto la crisis del colonialismo en Cuba coincide con el primer auge de la lucha contra los Estados oligárquicos en nuestra región. Así, hay en Nuestra América un fundamento vital de cubanía, como habrá en la guerra necesaria a la que convocará el Partido Revolucionario Cubano en 1895 un elemento de radical hispanoamericanidad.

La postura misma de quien convoca aquí a sus pares es la propia de un grupo social nuevo que, en las vísperas de la batalla por acceder al Estado, busca definir y promover su hegemonía mediante la sistematización de los intereses del conjunto de las capas subordinadas en un cuerpo único de doctrina, organizado en torno a una norma original de socialidad. En esa perspectiva, se busca aquí incitar a los pares hispanoamericanos de las capas medias cubanas en proceso de radicalización a adoptar un horizonte de visibilidad histórica nuevo, en el que se combinaban en un mismo proceso la lucha por la independencia nacional y por la revolución democrática.

En este sentido, Nuestra América es un documento de redefinición de la hasta entonces llamada América española en cuanto constituye una declaración de principios del independentismo liberal – radical cubano respecto del liberalismo oligárquico que había venido a ser dominante en las demás sociedades hispanoamericanas. Esa declaración, elaborada a partir de las peculiares condiciones que signaban al independentismo cubano en aquel momento histórico, vincula de manera original las contradicciones internas del Estado oligárquico, sus articulaciones externas con las estructuras de poder de un sistema mundial que ya evolucionaba hacia su fase imperialista de desarrollo, y los riesgos que ello planteaba para la independencia y el bienestar de nuestras sociedades, para llegar a un planteamiento de claro carácter programático:

A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no e el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno a de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.[2]

Aflora, aquí, una interpretación de la historia que caracteriza a la cultura nacional-popular latinoamericana en su sistematización martiana. Mientras la cultura oligárquica asumía la historia de América como una mera extensión de la europea, en Martí lo peculiar americano debe ser entendido en su especificidad, tal como se expresa en las capacidades de las sociedades que hacen esa historia. Aquí, el punto de referencia en el análisis es el que resulta de preguntarse

¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantados entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos jamás, en menos tiempo histórico se han cread naciones tan adelantadas y compactadas.[3]

En este planteamiento, la política es asumida como cultura en acto, que exige recuperar y reinterpretar el pasado, para superar el estancamiento de nuestro desarrollo natural provocado por tres siglos de violencia y explotación colonial, que tendían a prolongarse en las nuevas Repúblicas. Aquí, se nos dice, el problema de la independencia, dice, “no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”[4], que exigía llevar hasta sus últimas consecuencias los contenidos democráticos implícitos en las luchas de independencia como única garantía, además, para evitar una recolonización de nuevo tipo.

Esto, por otra parte, es concebido como una tarea a desarrollar por las masas mismas bajo la dirección de un grupo social nuevo, cuya ausencia de compromisos con el con el sistema de dominación le permitía avanzar en la definición de los intereses populares que afloraban en la creciente resistencia espontánea de los trabajadores del campo y de la ciudad al autoritarismo oligárquico, y de los medios que esos intereses requieren para ejercerse. Así, el programa político – cultural implícito en Nuestra América nos plantea la necesidad de conocer para resolver:

Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.[5]

De aquí se transita sin dificultad a la tesis central de Nuestra América en materia cultural. Entre nosotros, se afirma, “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”[6]

Más allá de la evidente referencia a Domingo Faustino Sarmiento – el más importante ideólogo del liberalismo oligárquico, que en 1845 había sintetizado su programa en el llamado a luchar contra la barbarie americana en nombre de la civilización europea –, cabe resaltar aquí, medio siglo después, la contradicción de fondo entre dos modalides antagónicas de pensamiento. El proceso de conocimiento martiano es básicamente dialéctico, y percibe y lleva al plano de la acción política las tendencias fundamentales del proceso social y económico que lo determinaba en última instancia. El de Sarmiento, en cambio, opera mediante rígidas antítesis que le obligan a moverse en un ámbito escindido entre lo que es – y que él percibe con notable intuición- y lo que “debería ser”, planteándose por ejemplo que “de eso se trata, de ser o no ser salvaje”.[7]

Esto explica la capacidad de Martí para trascender la dicotomía misma de Sarmiento, al cuestionar la perspectiva de análisis en que podía tener algún sentido, para rechazar la interpretación de la realidad en torno a la cual se organiza la cultura oligárquica dominante en su tiempo, y destacar su carácter particular e interesado. Universal, aquí, es la propuesta martiana de vincular la discusión de los problemas nuestros al análisis de los conflictos que desgarraban a las mismas sociedades Noratlánticas que el Estado oligárquico reclamaba como su modelo evolutivo.

Las proyecciones de aquellos conflictos en América, a través de las agresiones francesa y norteamericana a México, las pretensiones expansionistas del Secretario de Estado James Blaine, el interés siempre renovado de los Estados Unidos por apoderarse de Cuba, o la injerencia británica en la guerra chileno-peruano-boliviana de 1879, son puntos de luz que iluminan el análisis de la experiencia histórica que lleva a Martí a sostener la necesidad de crear las condiciones que hicieran posible una activa defensa de los intereses nacionales y populares de las repúblicas hispanoamericanas. Así, dice,

Con los oprimidos habría que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. […] La colonia continúo viviendo en la república; y nuestra América se esta salvando de sus grandes yerros – de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo [. . .] de la raza aborigen, - por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia.[8]

De este modo, Martí politiza de manera consciente el análisis cultural para echarlo “todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera”.[9] Por lo mismo, siendo la crítica “ejercicio del criterio”[10]es necesario dotar a ese criterio de los elementos de juicio que requiere para cumplir su misión mediante una transofrmación en la concepción misma y en los métodos y las formas del proceso de producción de conocimientos, planteados desde la más estrecha unidad entre práctica sociopolítica y conocimiento.

Aquí, el sentido práctico del conocimiento exige resultados prácticos; la cultura, popular por su origen, ha de serlo también por sus funciones, pues se debe a los intereses del sujeto que ha de realizarla en la práctica. Este sujeto es designado por Martí con el nombre genérico de hombre natural, para referirse al conjunto de las clases subordinadas y, en particular, a los trabajadores del campo. Así, el “hombre natural” se presenta ante nosotros como un sujeto histórico en proceso de desarrollo, la arcilla fundamental para la obra del “gobernante-creador” que debe dotarlo de la conciencia necesaria sobre sus propios objetivos y de las estructuras de trabajo intelectual capaces de expresarlos. Con ello se hace evidente que

en pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. […] ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. [11]

A partir de aquí, la interpretación de la historia en Martí alcanza uno de sus momentos más altos en la negociación-superación de la cultura dominante, al vincular el análisis de las contradicciones internas con los riesgos que emrgen de las transformaciones en curso en el sistema mundia. “Pero otro peligro, corre, acaso, nuestra América”,- dice – “que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”[12] Y eso lo lleva a dar un nuevo paso en la interiorización del análisis. La defensa, ante lo que no le viene de sí, debe surgir en nuestra América de sí misma, entendiendo que

El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita estará próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez. A poner en ella la codicia. Por el respeto. Luego que la conociese sacaría de ella las manos.[13]

El conocimiento al que se refiere Martí es, desde luego, el que resulta de una praxis histórica, y nunca de una mera actitud puramente reflexiva. Por lo mismo, la denuncia se fundamenta aquí en una comprensión general del movimiento histórico que permite derivar de ella la posibilidad de un papel activo para la América Latina en la escena mundial. Y, con ello, la cultura nacional-popular se revela como la única capaz, en este continente, de desempeñar un papel realmente universal.

Aquí, la historia de que se trata debe llevar a una situación que permita construir la cultura humana a través del aporte igualitario y original de todos los pueblos de la tierra, en cuanto la socialidad cordial es, en Martí, la norma por excelencia de lo humano. Por lo mismo, la prevención antiimperialista apunta a la preservación de derechos que no se niegan a otros y se sustenta en una profunda conciencia de la historia como devenir y del hombre como ser perfectible, como resulta evidente en la advertencia de que

se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Sino, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no le dice a tiempo la verdad [. . .] Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente [. . .] ni se han de esconder los datos patentes del problema que pueda resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental[14]

Una conclusión abierta.

De Nuestra América acá, lo que había sido un conjunto disperso de brotes espontáneos de resistencia popular al proceso de consolidación del Estado Liberal Oligárquico pasa a convertirse en una racional y coherente concepción del mundo, organizada en torno a un pensamiento social dotado de sentido propio y capaz, por tanto, de generar una ética acorde con su estructura. Desde esa concepción del mundo, la razón y a la historia son concebidas como ámbitos de un conflicto social más amplio que ellas mismas, que obliga a relativizar lo términos son que hasta entonces habían sido pensadas.

Si para la oligarquía la historia es vista como un pasado que concluye y se justifica en el presente de su dominación, para el movimiento nacional – popular se trata de un proceso en marcha hacia la superación de toda forma de dominación. Del mismo modo, si la cultura dominante es esencialmente mimética y contemplativa, y se asume a si misma como producción de objetos para un sujeto ya formado, la cultura nacional-popular es ante todo actividad productiva del sujeto histórico necesario para superar el presente, esto es, adecuado a un objetivo de transformación social que la misma praxis política va redefiniendo en sus contornos y su alcance. De aquí que, mientras la cultura dominante se ofrece como una vía de movilidad dentro de una estructura social y a conformada, la cultura nacional-popular es asumida como vía de movilización de masas para transformar esa estructura social.

José Martí, fiel a la palabra de pase de su generación, no sólo creó una transformación en la conciencia de su tiempo, sino, y ante todo, un cambio radical en el sentido de las conductas sociales en la América Latina, que dejó abierta la posibilidad de una transformación profunda de la realidad en tiempos posteriores. Gracias a ello, el pueblo cubano supo después de 1898 que si vivía en una república mediatizada, ello se debía a que esa república había nacido de una revolución inconclusa. Y esta lección era válida para el resto de la América Latina, que supo grabarla en lo más hondo de su conciencia y de su cultura, y la asume hoy, una vez más, como la más importante de sus tareas pendientes.

Ciudad del Saber, Panamá: 2010 - 2015


NOTAS:
[1] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIX, 15: “Apuntes”. [ c. 1875 – 1877]
[2] J. M.:”Nuestra América”, O. C. , t. 6, p. 17
[3] J. M. “Nuestra Améica”, O. C., t. 8, p. 16.
[4] Ibid., p. 19.
[5] J. M.: “Nuestra América”, O. C., t. 6, p. 18.
[6] Idem, p. 17.
[7] D. F. Sarmiento: op. cit., p. 12.
[8] J. M: “Nuestra América”, O. C., t. 6, p.19.
[9] J. M.: “La exhibición de pinturas del ruso Vereschagin”, O. C., t. 15, p . 433.
[10] J. M.: “Carta a Bartolomé Mitre y Vedia” de 19 de diciembre de 1882, O. C., t. 9, p. 16.
[11] Ibid., p. 17-18.
[12] Ibid., p. 20.
[13] Ibid., p. 22.
[14] J. M. : “Nuestra América”, O. C., t.6, p. 22-23.

Tomado de Con nuestra América

martes, 19 de mayo de 2015

José Martí: a 120 años del inicio de nuevas luchas


Por Wilkie Delgado Correa*

El 120 aniversario de la muerte en combate del Héroe Nacional José Martí nos convoca a la reflexión sobre su vida y su obra, ya que su caída en combate el 19 de mayo de 1895, más que muerte fue siembra fecunda para que su pueblo, bajo el influjo de sus virtudes y su ejemplo,  diera inicio a nuevas luchas

En 1895 se acerca el fin de la corta pero intensa vida de José Martí. En ese año fracasa, por delación a las autoridades norteamericanas, el  Plan de Fernandina. Remite a Juan Gualberto Gómez la orden de alza­miento armado. Se  inicia la llamada por él guerra necesaria contra España el 24 de febrero. Viaja a Santo Domingo y firma con Gómez, el 25 de marzo, el Manifiesto de Montecristi. Se produce su despedida para un largo viaje hacia la guerra, la muerte y la gloria. Escribe su carta a Federico Henríquez  y Carvajal, considerada su testamento político. Sale en compañía de Gómez, y otros cuatro patriotas hacia Cuba. Desembarca por Playitas de Cajobabo el 11 de abril. El 5 de mayo se produce el encuentro con Gómez y Maceo. En el período del 14 de febrero al 17 de mayo escribe  los Diarios conocidos como de Montecristi a Cabo Haitiano y de  Cabo Haitiano a Dos Ríos. Escribe el 18 de mayo su carta inconclusa a Manuel  Mercado, de carácter antiimperialista. El 19 de mayo cae en combate en Dos Ríos, y su cadáver es capturado por los españoles, que lo trasladan y entierran en Santiago de Cuba. Tenía cuarenta y dos años, tres meses y veintiún días de edad.

En las misivas de Martí durante los cinco meses que le quedan para dar remate a la obra cardinal de su vida, desfilan todas las grandes ideas y los sentimientos que han sostenido la armazón comple­ja de su existencia. Se pone de manifiesto su trabajo febril de organización de  la Revolución en todos sus detalles, la fe y confianza que trata de transmitir a sus compañeros, la declaración de su  voluntad  de servir y de cumplir con su deber, que constituyen la razón de ser de toda su vida.  He aquí las confesiones de Martí:

A  Antonio Maceo, convocado con Gómez, para el inicio de la guerra, escribe a principios de enero: "[ Y así  le cumpliré lo que le dije: a nada lo expondré a que no me exponga yo. Siempre estaremos de la misma parte en la pelea por levantar a los cubanos al decoro de la libertad".

A Juan Gualberto Gómez, patriota encargado de transmitir la fecha del alzamiento en el interior de Cuba, escribe: "[...] Ese es mi primer pensamiento. Ayudar, sí. Oprimir, o encabezar a la fuerza, no. No teman desmayos, ni esperas injustas. Andaremos como la luz".

¡Qué hermosa imagen literaria y simbólica sobre sus pasos de preparación  de  las batallas por la redención del hombre y del pueblo! ¡Qué hermoso símil para describir la  misión  de  los hombres generosos: "¡Andaremos como la luz!"

En cartas diversas manifiesta confesiones claves sobre su estado de ánimo y su apreciación de cómo  marchan los preparativos revolucionarios. Un hombre necesitado de amor confiesa  al final de su vida: "Siento cariño justo". Un  hombre que encabeza el movimiento libertador cubano, afirma: "Estoy levantando la Patria a manos puras". Un hombre que arde en  sus ansias  por echar  a andar la "guerra  necesaria", convoca  con palabras de profeta: "Si es preciso, háganlo todo, den la  casa. No me  pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje".”

En medio de las dificultades naturales que encuentra la  Revolución en su camino, y la conmoción lógica que esto produce en los hombres que la llevan adelante, Martí alienta con optimismo y argumentos contundentes "en estos días de deber y de honor", en que  le han dado pruebas de las virtudes más extraordinarias. Y lanza su reclamo decisivo: "Júntense".

Entre el cúmulo de las actividades de alta responsabilidad política, de la tarea colosal de unir a las personas y a sus voluntades en  un objetivo común, Martí halla tiempo para comunicarse con las niñas María  y Carmen Mantilla, a quienes quiere como a hijas. A  María envía  una declaración de principios humanos que se sintetiza  en la  frase: "Quiere y sirve.".  Por otra parte, a Carmen, enfatiza: "Tú  sabes que la pureza y la lealtad son la dicha única".

En carta a Gonzalo de Quesada, de fecha 3 de febrero, que bien pudiera considerarse su testamento íntimo, se conjugan sus querencias personales con los destinos supremos de su existencia. En ella están implícitas las ideas del mejoramiento humano y en forma realista y  presentida, las alternativas a la que aboca su propia vida en forma  inminen­te: "Si vuelvo,  para nuevas luchas,  recíbanme con una sonrisa. Si no vuelvo, será la hora de enseñar a la niña a que junte sus manecitas para que vuelva a los cobardes el valor…”
    
"Si no vuelvo", fue la parte cumplida del vaticinio, tras su muerte en combate, o sea, la hora de dar valor,  paciencia y piedad a los hombres.

Pero ahora es la nostalgia de cariño familiar,  de hacerse presen­te en el corazón y el recuerdo de sus seres  queridos, de dar noticias de sus nuevos encuentros,  de querer extender la bondad a fuerza de cariño: "Haz algo bueno cada día en nombre mío", escribe a la niña María Mantilla.

Se acerca el inicio de la guerra, los días de la guerra  que  ha soñado, planificado y organizado,  y que está a punto de  desatar. Y barrunta en estos caminos sangrientos, "la pelea rabiosa de los hombres", o sea,  los conflictos que puedan ocurrir y teme. Pero en medio  de  los presagios azarosos, pronuncia  y  reafirma  la opción victoriosa, cualquiera que sea la alternativa: "Bien, si nos vemos. Y si no, bien también. Para nosotros no hay  derrota".

Y ha comenzado la guerra el 24 de febrero. A impulsos de sus jefes, el  pueblo de Cuba abraza de nuevo a su causa  santa,  la revolución, para  hacer realidad su aspiración de ser libre e independiente. Martí está convencido de que  "sólo  empujan  el ejemplo, y el éxito". Por eso insta y alienta el próximo y pla­neado arribo  a  tierras cubanas de Gómez, de Maceo y de él mismo. Y deja una consigna para los grandes tiempos de  peligros  con  el enemigo acechándolos a cada paso y justo al frente. "Hoy es el gran trabajo: unanimidad, solemnidad,  magnanimidad, preci­sión. Que en todo vaya esto".

Al  fin llega la hora de la despedida más dolorosa de todas.  Es el 25 de marzo en víspera de un largo viaje”. El adiós a su madre es un acto de infinito amor filial: "Yo sin cesar pienso en Ud." También es un acto de inmensa lealtad con su destino: "El deber de un hombre está allí donde es más útil". Bella y doliente carta, arrancada a un corazón impaciente en los trascendentales momentos en que se dispone a viajar hacia la patria y la gloria.

Y a la hora de la despedida, también llega la oportunidad a  los hermanos.  Al  dominicano Federico Henríquez y Carvajal va su carta-testamento político, una declaración de principios  humanos y políticos que universaliza su obra. "Yo alzaré el mundo.  Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir, callado. Para mí ya es hora", escribe. También  a Gonzalo de Quesada, a Benjamín Guerra y a Estrada  Palma  hace llegar  sus previsiones y su valoración sobre las  circunstancias personales que prevalecen en medio del torbellino de los aconte­cimientos históricos que están en marcha. "Voy con la  justicia", afirma.  Y  es como si marchara con un talismán  invisible  que  le abrirá los valladares físicos o espirituales.

Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el  honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”

Y, al fin, también la carta desgarradora a su hijo. Corta como un beso y  un abrazo que las circunstancias le ponen apuros. Y al principio y final de un adiós que será para siempre, dos pedidos paternos conminatorios: uno, velado, contenido en su "salgo sin ti cuando debieras estar a mi lado". Y otro manifiesto en  su escueta frase: "Sé justo". Con los dos mandatos cumplió su hijo, que más tarde se incorpora­ría a la guerra.

Y  cuando se trata de confesar querencias,  de hablar con  dulzura de las cosas de este mundo, de soñar despierto mientras recorre un camino a la vez placentero y escabroso, va regando cariños con las artes de un mago y va cosechando cariños con la tenacidad  de un agricultor.

A la niña María Mantilla, escribe: [...] Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro -el libro que te pido- sobre la sepultura. O sobre tu pecho,  porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres.-Trabaja."

Y cuando ya está cerca de ver cumplidos sus sueños de  pisar  la tierra cubana y alzar a su pueblo hacia la conquista de su liber­tad e independencia,  Martí escribe a Benjamín J. Guerra y Gonzalo de Quesada.

"[...] A mi alrededor,  como van viendo todo se encariña y unifica y ese es alivio grande. Estos días han sido útiles y me siento creído... Quiero, y  veo con creciente ternura, el  sacrificio pleno  y sencillo que me acompaña.”

Ha puesto los pies en Cuba el 11 de abril. Es un lugar  inhóspito  Playitas de Cajobabo en Baracoa, pero los seis expedicionarios llegan al fin al paraíso terrenal que es parte de sus sueños libertarios. Martí comienza  a vivir su vida más plena. "Hasta hoy no me  he sentido hombre", confiesa. Y a partir de ahí va trasmitiendo las noticias  de sus ánimos acrecidos, de sus alegrías desbordantes, de sus sueños realizados, de sus actos, hechos y propósitos. Son los días que llevan su vida como en alas por sobre de las caminatas, los encuentros, los combates, el paisaje agreste y la  cali­dez acogedora de la campiña insurrecta y su gente.

 Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete  y revólver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro,  en un gran tubo, los mapas de Cuba,  y a la  espalda  mi mochila, con  sus  dos arrobas de medicina y ropa  y  hamaca  y frazada y libros, y al pecho tu retrato.”

En circular a los hacendados expresa con firmeza algo que debe ser también legado consustancial para  la patria con todos y para el bien de todos” que ha decidido fundar: "Duele tener que hacer la guerra para conquistar la independen­cia y la honra de la noble Nación Cubana, y hacerla poniendo en vigor leyes penosas, pero necesarias.” Y afirma sin titubeos ni medias tintas:  Todo el que respete la revolución será respetado por  ella. Todo lo que sirva a los enemigos de la revolución, será  destruido por ella."

Y ha seguido su marcha, con Gómez al lado, insuflando vida a la Revolución, agitando el proceso de desarrollo de esos momentos  y planeando con celo y previsión su rumbo futuro.

En  las líneas escritas para la intimidad en su Diario de Campaña, como en las cartas escritas en este período, se nos presenta  la figura del  hombre que presiente como cercanos, posibles y  reales, los sueños  e ideales que han guiado toda su vida. Y marcha hacia la guerra, hacia el corazón de su pueblo, hacia la muerte y hacia la inmortalidad.

Y  en un alto del camino es la hora de conversar con su  hermano mejicano Manuel Mercado. Y en esta carta inconclusa que  iniciara un día antes de su muerte, vuelca las ideas que han sido norte y han dado sentido a su vida. Es una carta al estilo  de  la  que hiciera dos meses  antes al dominicano  Federico  Henríquez  y Carvajal,  y junto con ésta debe formar parte de su  testamento político. Aunque inconclusa es  concluyente el  pensamiento expresado sobre su visión de la Revolución Cubana como instrumen­to formidable  de la liberación de Cuba y de América y  de  su carácter antiimperialista  y de su papel personal dentro  de la Revolución. Sobre todos estos temas medita y escribe el 18 de mayo, la víspera de su caída en combate, ocurrida el 19 de mayo de 1895.

 "[...];  ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por  mi país  y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos  con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de  Cuba que  se extiendan por las Antillas  los Estados Unidos y  caigan   con  esa fuerza más sobre nuestras tierras de  América.  Cuanto hice  hasta hoy  y haré  es para eso. En silencio ha  tenido  que ser  y como indirectamente, porque hay cosas que para  lograrlas han de andar ocultas y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin".”

Ese día, en Dos Ríos, cayó el líder de la revolución independentista, ascendido por sus méritos acumulados, en reunión de Jefes de la Guerra, al grado militar de Mayor General, poco después de su desembarco. Allí cayó después de librar su primer y único combate en la guerra necesaria que organizara y dirigiera con las manos de un artista, la inteligencia de un genio, la pasión y estoicismo de un espíritu indomable de guerrero, y la visión y predicción de un visionario de los tiempos futuros de su patria y del mundo.

Cuando el hombre tiene a su patria como madre, cuando la ama más allá de todo interés o temor, cuando asume el significado del Himno Nacional de Cuba de que  morir por la patria es vivir, el destino de su pueblo se convierte en su propio destino. Por eso Martí razona:

 Pero cuando se está dispuesto a morir, se piensa poco en la muerte, ni en la propia ni en la ajena. Con el dolor y la sangre, lo mismo que los hombres, nacen los pueblos.”

Tal como había confesado en carta a un amigo, apenas dos años y meses antes, el l4 de febrero de 1893, pudo convertir en realidad su sueño de "pisar suelo patrio que es mi almohada la muerte, y Cuba mi sueño.  Yo creo que podemos ir a Cuba sin que se sepa hasta después de haber llegado. ¿Me alcanzará la vida para ir?”

La vida le alcanzó con creces para ver el sueño convertido en realidad montado en un brioso corcel y con arma en mano en lucha frontal contra el enemigo. La muerte significó el otro viaje humano hacia la gloria y la inmortalidad, librando junto a su pueblo las nuevas luchas del pasado, presente y futuro.

 

*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba

viernes, 27 de febrero de 2015

José Martí y la Guerra Necesaria

Por Luis Toledo Sande
“Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”
Patria libre, cordialidad entre pueblos y equilibrio del mundo

Martí visto por Ernesto García Peña
Así vio en 1990 a José Martí el artista
Ernesto García Peña. (Fotocopia: E.C.L.)
Cuando el 25 de marzo de 1895 José Martí le escribe al dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Yo alzaré el mundo”, no incurre en un exabrupto de vanidad contrario a su ética y su conducta, sino que resume el sentido con que ha preparado la guerra iniciada el anterior 24 de febrero. En la misma carta refuerza ideas que ha venido expresando desde tiempo atrás, incluso en textos relacionados directamente con el Partido Revolucionario Cubano, cuya fundación se proclama en Nueva York el 10 de abril de 1892.
En las Bases de esa organización, llamadas a prudencia ante graves obstáculos que deben vencerse para preparar y hacer una contienda eficaz, apunta que se actuará “sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”, y sin “atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales”.
Saber que el Partido se ha creado y tendrá base operativa entre compatriotas emigrados en los Estados Unidos -desde donde se extiende a otras tierras de América y trenza redes conspirativas en Cuba, centro de su programa- da luz sobre una cautela que no es indiferencia irresponsable o cómplice.
El reclamo, en las Bases citadas, de fundar “la nueva República indispensable al equilibrio americano”, remite a textos anteriores suyos, y lo explicitan, entre otros, aquel de Patria del 17 de abril de 1894 en el cual saluda la entrada del Partido en su tercer año de vida, y desde el subtítulo expone que la organización encarna “el alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”.
El primer artículo de las Bases precisa el fin de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Ello conduce al fondo de ideas pilares expuestas en El tercer año del Partido Revolucionario Cubano, como esta: “las Antillas esclavas acuden a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.
El entorno
Federico Henríquez y Carvajal
En la citada carta a Federico Henríquez y Carvajal,
Martí, en marcha hacia la guerra, afirma: “Ahora
hay que dar respeto y sentido humano, y amable,
al sacrificio”. (Foto: INTERNET)
No habla desde las nubes. Ha residido por más de una década en los Estados Unidos, y el trienio 1889-1891 le ha mostrado la necesidad de acelerar los preparativos de la guerra. En los dos primeros de esos años sesiona el Congreso Internacional de Washington, como fruto del cual tiene lugar en el último de ellos la Comisión Monetaria Internacional, en la misma ciudad. Con ambos intenta el poder anfitrión romper en beneficio propio el equilibrio mundial. Martí combate al primero en la prensa, en la tribuna y en numerosas cartas, y contra la Conferencia actúa desde dentro, como representante de Uruguay.
El poderoso país procura lograr en todo el continente pactos comerciales que le resulten ventajosos, calzados con la circulación dominante del dólar. No impulsa un panamericanismo sano, sino el imperialista que ha llegado al siglo XXI y ha empleado tanto argucias económicas y políticas como violencia armada, a tono con su política internacional, contra la que resisten y luchan pueblos, y gobiernos dignos.
Para espigar, en lo dicho por Martí sobre aquellos foros, unos pocos de los desentrañamientos que alumbren su concepción de la guerra para liberar a Cuba, recordemos advertencias como esta, acerca del primero: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.
A los países de América ya independientes de España se les presenta un reto decisivo: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” No se trata de una forma de dominio accidental, sino de todo un sistema, que no tardará en llamarse neocolonialismo.
Junto a compatriotas, en un antiguo fuerte de Cayo Hueso, en prácticas de tiro. NOTA: La foto es de interés, y ya está visto con Diseño cómo destacar el rostro de Martí para que se distinga
José Martí, junto a compatriotas emigrados, durante una práctica
de tiro (hoy diríamos preparación combativa) en un antiguo
fuerte de Cayo Hueso, 1893. (Foto: ICONOGRAFÍA MARIANA)
Pero Cuba y Puerto Rico, todavía colonias, no están representadas en el Congreso, ni lo estarán en la Comisión Monetaria. Lo que para ellas reservan los planes estadounidenses lo pronostica Martí en particular con respecto a su patria. Se aprecia en cartas a su colaborador Gonzalo de Quesada, quien, secretario de la delegación argentina en el Congreso Internacional mencionado, será secretario suyo en el Partido Revolucionario Cubano.
Es conocida la previsión que estampa en una de esas cartas: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”. Los sucesos de 1898 certificarán la claridad de la visión martiana.
Un mundo
Para preparar la guerra y los cimientos de la república futura, funda Martí el Partido Revolucionario Cubano, y sabe que este sería nulo, “aunque entendiese los problemas internos” de Cuba y quisiera resolverlos, si ignorase “la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal. Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”.
Para estos últimos, a inicios del siglo XIX, aunque el sembrador Simón Bolívar y otros intuyeran el peligro que se gestaba en los Estados Unidos, ese país no representaba la amenaza que en las postrimerías de la centuria significaba, con implicaciones más graves aún, para territorios dominados por el coloniaje español: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,–mero fortín de la Roma americana;–y si libres–y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.
A Manuel mercado Martí envió la carta que se considera su testamento politico
Manuel Mercado, presente en los Versos
sencillos
de José Martí: “yo tengo/
Allá en México un amigo”
,
recibió la carta que se considera por
excelencia el testamento político
del héroe.
(Foto: Cortesía de ALFONSO HERRERA
FRANYUTTI)
Por qué está en juego el honor de esa república lo expone Martí con una advertencia increpante y nutrida de realidad: “en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles–hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. De semejante política -Martí lo advierte claramente de diversas maneras- se derivarán males hasta para el mismo pueblo de la voraz nación.
Frente a desafíos colosales, tarea colosal: “Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Declara que “la verdadera grandeza” radicará en “asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”. El calificativo innecesario es tenue ante los intereses en juego.
Encrucijada
Lo que se decide es vital: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. En la carta a Henríquez y Carvajal, donde ratifica su voluntad -de alcance planetario- de “servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, dice en términos rotundos: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Con hechos como el saqueo a México, y los planes de dominar la economía y la política del continente, el honor de la potencia ya estaba lastimado. Con el aumento de sus prácticas expansivas, generadoras de desequilibrio mundial, se quebrantaría aún más.
El mismo día en que escribe aquella carta, fecha Martí el texto que se conoce con el título de Manifiesto de Montecristi, primer programa público de la gesta que ya arde en Cuba. No lo mueven ni prudencias mal entendidas ni entusiasmos infundados, sino el conocimiento de los conflictos medulares que el independentismo tiene ante sí: “En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos”.
Caída de martí en Dos Ríos
La tragedia de Dos Ríos, imaginada en 1917 por el pintor
Esteban Valderrama. (Fotocopia: E.C.L.)
La contienda tiene una enorme significación: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. Para salvar ese equilibrio se necesita crear “un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”, afirma.
A Henríquez y Carvajal le dice: “De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y [Máximo] Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?” Líneas más adelante convoca: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.
Deber mayor
Otro texto epistolar refuerza el sentido con que el revolucionario cubano concibe la guerra. Ya en Cuba, entre las prisas y contingencias de la contienda, le escribe al mexicano Manuel Mercado, su confidente por excelencia, la carta fechada 18 de mayo de 1895. La muerte lo sorprende al siguiente día y tensa el carácter testamentario del texto, cumbre de lo que ha sostenido durante años.
A Mercado le resume conversaciones que ha tenido, en campaña, con Eugene Bryson, corresponsal en Cuba de The New York Herald, de las cuales nace el mensaje que el patriota dirige a ese diario estadounidense, donde se publica, en traducción mutilada y adulterada, el mismo día en que él muere. El texto se conoce en su plenitud gracias a que el original, en español, se salvó.
El mismo corresponsal le confiesa que el militar y político español Arsenio Martínez Campos, con quien se ha entrevistado, le ha dicho que el gobierno español se entenderá con el estadounidense antes que aceptar la victoria cubana. Eso le confirma a Martí sus previsiones sobre el tema. A Mercado empieza por decirle: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber–puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo–de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.
Monumento a martí en el cementerio de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba
El Mausoleo que guarda los restos del héroe en el cementerio
de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba, es venerado sitio de
peregrinación. (Foto: EDUARDO PALOMARES)
No es resolución de última hora, sino decisión pensada y madura: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, afirma, y añade: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.
Lo que Martí, y no del todo, ha mantenido “en silencio y como indirectamente”, no es su pensamiento antimperialista, sino el hecho de que, en su proyecto, la lucha armada no se dirige ya en lo fundamental contra el poder de España, aunque todavía este no ha sido derrotado, sino contra los planes de los Estados Unidos. Proclamarlo habría sido una torpeza en quien, por sus mismas labores conspirativas, se ha visto obligado a vivir largamente en ese país.
A ello alude en la carta: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:–y mi honda es la de David”, palabras ubicadas entre el relato de su plática con Bryson y estas otras sobre la gesta cubana y su contexto: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos–como ese de Vd. y mío,–más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia,–les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos”.
Con la masa creadora
Martí advierte a Mercado hasta sobre la pretensión de la emergente potencia norteña de elevar a presidente de México a un político más fácil para ella de manejar que el caudillo Porfirio Díaz. La actitud entonces de este último explicará que Martí –quien abandona México a finales de 1876 ante el levantamiento anticonstitucional de ese político–, al parecer se entrevista con él en 1894 en pos de apoyo para la revolución cubana. Se sabe que lo intentó.
Urge allegar recursos para una contienda que debe vencer grandes valladares. El anexionismo y el autonomismo se agitan en la isla y sus cúpulas se apiñan entre los más opulentos. A las dos tendencias pudiera aplicar Martí la caracterización que en el texto destina a la segunda: “especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.
Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre, en La Habana. NOTA: Si no funcionara para la edición impresa, pudiera mantenerse para la digital
José Martí: palmas, bandera y sol en la Plaza
de la Revolución que lleva su nombre.
(Foto: L.T.S.)
Aunque “la actividad anexionista” le resulta igualmente repudiable, Martí aprecia que es “menos temible por la poca realidad de sus aspirantes”. En otras palabras: ansiarán que Cuba se convierta en un estado más de la federación norteña, pero no es lo que interesa a los gobernantes de esta, que se proponen someterla. En tales circunstancias el anexionismo, como el autonomismo, pero plegado más explícitamente que este a los designios de la nación del Norte, abona un ambiente favorable a los planes que la rigen desde el gobierno.
La revolución está en los inicios de su etapa armada, y se le oponen obstáculos enormes. No ignora Martí la posibilidad del fracaso; pero sabe que la guerra es necesaria para preservar el espíritu independentista y, en todo caso, dejar trazada la senda hacia futuros afanes liberadores.
La historia no es el simulacro o farsa en que quisieran tornarla ciertos representantes de una academia promovida desde el poderoso Norte, sino un conjunto de fuerzas actuantes, materiales y morales, que no se borran con maniobras deshonrosas para exterminar el pensamiento liberador y sustituirlo por la ideología del sometimiento.
Cultivando la vocación de dignidad y soberanía, el pueblo cubano se mantiene fiel a un legado que le reclama su constante mejoramiento en la utilidad de la virtud, y solidaridad con otros pueblos, empezando por los de nuestra América. Olvidarlo sería una mayúscula deslealtad a cuanto Martí hizo y, de no haber caído en combate, habría seguido haciendo. Como siguen haciéndolo su ejemplo y su ideario.

lunes, 23 de febrero de 2015

La espada que levantó la previsión martiana

Por Armando Hart Dávalos
En los próximos años, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrá que tener, como garantía decisiva, la unidad alcanzada hasta aquí, la cual se ha nutrido de las ideas y los sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo.
 
El 24 de febrero es una fecha de gran significación martiana, ya que marca el comienzo en 1895, de la «guerra necesaria, humanitaria y breve» que organizó y convocó el Apóstol para alcanzar la ansiada independencia de España. Refiriéndose a lo sucedido en la guerra del 68, Martí afirmó: «Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos». Aludía así a las divisiones y pugnas entre los patriotas que condujeron al fracaso de aquel esfuerzo heroico mantenido durante diez años.
Enfrentado a las frustraciones y el desánimo que dejó aquella primera contienda, Martí extrajo como conclusión esencial que la nueva guerra había que dirigirla de otro modo. Y para ello concibió y organizó el Partido Revolucionario Cubano, eficaz instrumento para forjar la necesaria e imprescindible unidad y para dirigir la guerra con criterio político. Ese partido, constituido en las filas de la emigración en los Estados Unidos primero, y con representación, más tarde, en suelo cubano, se propuso alcanzar no solo la independencia de Cuba, sino también la de Puerto Rico. La primera conclusión, por tanto, que puede extraerse es que, desde sus inicios, el objetivo esencial de la Revolución Cubana no obedece, exclusivamente, a intereses locales ni se reduce a objetivos nacionales; la Revolución Cubana, especialmente después que aparece la figura de Martí, es un suceso de interés y connotación universales.
Consagrado por entero a la causa de la independencia, en el seno del imperialismo naciente, vislumbró antes que nadie, los peligros que se avecinaban para alcanzarla y venciendo incomprensiones y reveses, firmó junto a Mayía Rodríguez, como representante personal del mayor general Máximo Gómez, nombrado por Martí jefe del nuevo Ejército Libertador, y a Enrique Collazo, representando a la Junta Revolucionaria de La Habana, la orden del alzamiento para Cuba, el 29 de enero de 1985, en Nueva York. Esa orden especificaba que el alzamiento se haría con la mayor simultaneidad posible en la segunda mitad del mes de febrero y no antes, y fue dirigida a Juan Gualberto Gómez como representante de Martí en Cuba. Fue precisamente en la reunión de los jefes que habrían de encabezar el alzamiento en el Occidente que acordaron la fecha del 24 de febrero, aceptada también por los jefes de la región oriental y de Las Villas. El Camagüey se comprometió a secundarlo poco después de iniciado.
El cable de Juan Gualberto a Martí, confirmándole la conclusión del período preparatorio con el texto «Giros aceptados» recuerda mucho al enviado por Fidel a Duque de Estrada en Santiago de Cuba, con «Obra agotada», para el alzamiento del 30 de noviembre de 1956, en apoyo al desembarco de los expedicionarios del yate Granma.
Poco después de iniciada la contienda, el 25 de marzo de 1895, desde Montecristi, pueblo de Santo Domingo donde residía Máximo Gómez, se daba a conocer el Manifiesto: El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, firmado por Martí y Gómez, exponiendo los fundamentos de la revolución que se iniciaba.
Desde las primeras líneas del Manifiesto de Montecristi se destaca que el propósito inmediato de la revolución, iniciada casi 30 años antes en Yara, era el «saneamiento y emancipación del país para el bien de América y del mundo». Este objetivo, de interés universal, aparece como lo más sustantivo del ideario martiano y está presente a lo largo del texto que suscribió con Gómez; en dicho texto se plantea asimismo que:
La guerra de independencia de Cuba, nudo de haz de islas donde se han de cruzar, en plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno el heroísmo juicioso que las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y el  equilibrio aún vacilante del mundo.
Más adelante se subraya:
La revolución cumplirá mañana el deber de explicar de nuevo al país y a las naciones las causas locales, y de ideas de interés universal, con que para el adelanto y servicio de la humanidad reanuda el pueblo emancipador de Yara y Guáimaro una guerra digna del respeto de sus enemigos y el apoyo de los pueblos por su rígido concepto del derecho del hombre, y su aborrecimiento de la venganza estéril y la devastación inútil.
Tal interés se fundamenta y enlaza con los propósitos que se exponen en los Estatutos de Partido Revolucionario Cubano de Martí, de «Auxiliar y apoyar la independencia de Puerto Rico» y, además, como se recoge en el propio Manifiesto, alcanzar y asegurar unas Antillas libres, que a su vez, garanticen y protejan a una América libre.
La pregunta que debemos hacernos es por qué Martí quería una Cuba libre, unas Antillas libres y una América libre; ello lo expresó de una manera tan diáfana que no debería dar lugar a dudas o confusiones. En su artículo con motivo de la conmemoración del segundo aniversario del Partido Revolucionario Cubano, publicado en 1894, señaló:
En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, mero fortín de la Roma americana; —y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, de la independencia para la  América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.
Se observa aquí cómo el Apóstol no pretendía agudizar el conflicto, al que calificó de innecesario, entre la América mestiza y la América sajona. Martí hubiera preferido buscar una solución al conflicto que no condujera a un antagonismo feroz. Pretendía que surgieran unas Antillas libres para servir a los pueblos de nuestra América, e incluso, al propio pueblo de los Estados Unidos que según expresa, «hallará en el desarrollo de su territorio más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores». Y aspiraba, como queda dicho, a garantizar de esta forma, el equilibro del mundo. En el propio Manifiesto de Montecristi, Gómez y Martí agregan:
Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral de América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.
A 120 años de aquel 24 de febrero de 1895, podemos extraer algunas enseñanzas para el presente y el porvenir; recordemos que la existencia y fortaleza de la nación cubana ha estado siempre fundamentada en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural, y Fidel Castro, al evitar que «el Apóstol muriera en el año de su centenario» (1953) —como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país—. Fidel hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la Patria.
En los próximos años, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrán que tener, como garantía decisiva, la unidad alcanzada hasta aquí, la cual se ha nutrido de las ideas y sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura a lo largo de toda nuestra historia. Ahora la tarea consiste en interpretar y actualizar  el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones de cubanos, para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución Cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y, desde luego, mucho más complejo que en el que vio la luz en 1959 nuestra histórica Revolución Cubana.

Tomado de Juventud Rebelde

miércoles, 20 de agosto de 2014

La vigencia de "Fidel y la religión" es incuestionable

Cubahora comparte una entrevista realizada al investigador Aurelio Alonso sobre la vigencia del libro "Fidel y la religión"...
Portada del libro Fidel y la Religión. Conversaciones con Frei Betto
En 1985 veía la luz el volumen Fidel y la religión, resultado de las veintitrés horas de diálogo entre el líder de la Revolución Cubana Fidel Castro y el escritor y periodista brasileño Frei Betto. Se iniciaba un proceso de reconciliación entre las ideas religiosas y revolucionarias; desaparecía así, a decir del fraile dominico, el prejuicio de los comunistas y el miedo de los cristianos.

Casi treinta años después, a propósito de su primera edición ebook como parte de la colección de ebooks de/sobre el líder cubano a cargo de Ruth Casa Editorial, el destacado sociólogo, docente, investigador y ensayista, Premio Nacional de Ciencias Sociales, Aurelio Alonso, habla sobre la vigencia del texto.

Releo la entrevista y me parece escucharlo; su prosa tiene voz propia. A medio camino entre el tono anecdótico y el reflexivo, el autor de Iglesia y política en Cuba revolucionaria (1998) hilvana un discurso coherente y lúcido salpicado por confesiones exclusivas.

Tiene la impresión de que no ha respondido como yo hubiera esperado; se equivoca y se lo hago saber. Aurelio, como cariñosamente le conocemos los que casi a diario tenemos el privilegio de verlo en su oficina de la Casa de las Américas, me regala su tiempo. Me guardo otros temas. Sus respuestas me han provocado otras preguntas. Pendiente queda un próximo encuentro.

—Dentro de sus estudios e investigaciones en el campo de las ciencias políticas, la llamada transición socialista y la sociología de la religión, ¿cuáles han sido sus principales intereses, temas, acercamientos?

—Creo que lo primero a señalar es que me eduqué en un colegio católico, pertenecí allí a la cruzada eucarística, y hacía una vida de compromiso religioso. Pero el paso por los cuestionamientos propios de la adolescencia me hacía dudar del dogma de fe. Desde el comienzo del bachillerato decidí cambiar hacia la enseñanza laica –lo decidí yo mismo, mis padres no intervinieron-- y mi alejamiento de la fe religiosa se consumó en esos años de estudiante. Pero debo reconocer que tuve una formación cristiana. Al final del bachillerato me impactó la lectura de Jean Paul Sartre, de su narrativa de intensa carga filosófica, y algo de su periodismo político, también en sintonía con mi irreligiosidad. Fue mi primera inclinación filosófica, la cual pienso que dejó huella en mí; me atrevería a decir incluso que estuvo en mi camino hacia el marxismo. Entonces lo percibía como el método para descubrir y conciliar las posibilidades que se abrieran a nuestra existencia personal, a nuestras circunstancias, a la inserción del individuo en el pedazo de historia que le haya tocado vivir.

Desde temprano el estudiante que ya experimentaba la transformación revolucionaria y buscaba respuestas a sus cuestionamientos, se introdujo en las lecturas marxistas, que se convirtieron en el componente definitivo de su vocación intelectual. Entraba en una perenne confrontación entre la reflexión que recibía del legado teórico y la realidad vivida en el proceso mismo de transición socialista iniciado. Así fueron aflorando mis aprendizajes, mis influencias, mis irreverencias, mis lealtades, conformando la convicción de que la coherencia no podía sostenerse en la renuncia a la necesidad de pensarlo todo con cabeza propia, de no rechazar la tentación de la duda ante una convicción confortable. Por el contrario, la coherencia deseable debía ser buscada sorteando caminos difíciles.

Para ser sincero, creo que nunca he escogido con mucho rigor especialidades profesionales, y si lo hice en algún momento, no puse obstáculo a las circunstancias que enrumbaron mis pasos dentro del proyecto revolucionario. Y en aquello en que me involucré lo acometí siempre con pleno sentido del compromiso. Quienes me conocen saben que mis circunstancias me hicieron dedicarme un par de años, a finales de los sesenta, a la ganadería lechera, y mientras cumplía las tareas que me tocaba, y sin abandonar del todo mis lecturas filosóficas, estudié sobre los suelos, los cultivos de pastos y forrajes, la alimentación del ganado, los controles y el manejo de la masa ganadera, etc., y no se me ocurriría decir, ni por asomo, que fue para mi formación tiempo perdido.

De hecho, también dentro del vasto campo de los estudios religiosos, con el cual se me suele identificar, mis intereses se movieron principalmente en torno a las perspectivas institucionales, la proyección y la doctrina social de la Iglesia, sus relaciones con el Estado y con la sociedad civil, las corrientes sociológicas y eclesiológicas vigentes. Una inclinación articulada al deseo de profundizar en las complejidades del proceso de transformación social, política y económica que me tocó vivir. Por eso evito la vaga calificación de especialista en temas religiosos que podría defraudar a quien busque mis trabajos. El contenido de las casi doscientas publicaciones que registra ya mi currículo es expresivo de esta diversidad temática, y de mi hoja de ruta en el período por el cual he andado.

Tengo la impresión de que no he respondido a tu pregunta como hubieras esperado pero esta es la respuesta que me inspiró.

—¿Cómo influyó en su obra el libro Fidel y la religión? ¿Cómo valora el aporte de ese texto en la comprensión de las relaciones entre la religión y la sociedad en Cuba? ¿Cree que el libro mantiene su vigencia después de 30 años?

—Ya había conocido yo a Frei Betto en 1980 en Nicaragua, y había leído algunos artículos suyos que lo mostraban como una de las figuras más atractivas en la línea de pensamiento abierta con la teología de la liberación, por la claridad del discurso y por su capacidad de comunicación. Cuando apareció Fidel y la religión, en 1985, yo me encontraba en misión diplomática en el exterior y recuerdo el impacto en la prensa, por lo novedosas que resultaban las revelaciones de Fidel en sus respuestas a las preguntas de Betto. Una anécdota simpática es que la primera edición en francés salía con una foto de Ramón Castro, como sabes el hermano mayor de Fidel, en la portada. Se habían confundido en la editorial, pero afortunadamente enviaron un ejemplar a la embajada cubana antes de ponerlo en circulación y pudieron desfacer el entuerto a tiempo.

Desde que lo leí me percaté de la importancia del libro. Por varias razones, pero principalmente por una. A mi juicio, la proyección abierta al entendimiento entre la fe religiosa y la ideología revolucionaria que Fidel había propugnado en su encuentro con los “cristianos por el socialismo” durante su visita al Chile de Allende en 1971, donde habló de “alianza estratégica” entre cristianos y marxistas, y de nuevo en Jamaica, en 1977, en un importante encuentro con líderes religiosos del Caribe, había padecido de una lectura equívoca durante muchos años. Incluso en el seno del propio partido cubano se interpretaba que existía una doble política en el reconocimiento del factor religioso: una de apertura y alianza hacia el exterior, explícita en dichos encuentros, y otra hacia el interior, orientada hacia el ateísmo y al debilitamiento de las iglesias, la cual se reflejaba incluso en los documentos rectores del primer congreso del PCC.

El propio Fidel daba a conocer en ese momento, a través de la edición de esas veintitrés horas de conversación concedidas a Frei Betto, que la superación completa de la discriminación por motivos religiosos era una tarea pendiente en el proyecto socialista cubano. El giro ideológico que requería la superación de lo que había sido reconocido hasta entonces como una cuestión de principio se produjo en el IV Congreso del PCC en 1991 y en la Reforma Constitucional de 1992, pero fue en Fidel y la Religión que el líder de la Revolución cubana lo dio a conocer, en el contexto de una larga reflexión sobre el espacio del hecho religioso en un proceso de transición socialista. Constituye, por lo tanto, un acontecimiento editorial sin precedente en la tradición socialista del siglo veinte, y yo me atrevería a afirmar que su vigencia no admite ya cuestionamiento. 

—¿Considera usted que las relaciones entre el estado y la iglesia en Cuba han mostrados signos de cambio? ¿Dónde radican entonces esos cambios y que representan dentro de un panorama que ha venido experimentando la transición socialista desde la década de los noventa?

—Creo que mi respuesta a tu pregunta anterior provee una importante muestra de movilidad. Pero habría que decir que también fue muestra de movilidad, en el plano de las proyecciones de la Iglesia católica, la prolongada reflexión que culminó en el Documento Final e Instrucción Pastoral de los Obispos, como resultados del Encuentro Nacional Eclesial Cubano de 1986. Del clima de avance en las relaciones que se produjo en los 80 surgió la iniciativa compartida de la jefatura de la Iglesia y la del Estado de invitar al papa Juan Pablo II a realizar una visita pastoral a Cuba. Ya el papa, que introdujo un estilo viajero en la conducción pastoral de la Iglesia, había estado en toda la América Latina, varias veces en algunos países, como México y Brasil. Sendas invitaciones –la estatal y la eclesiástica– se llegaron a entregar en el Vaticano y la visita se había previsto que sería programada para 1991 o 1992.

De manera inesperada, el sistema socialista soviético, que Gorbachov se había propuesto reformar, se desintegró entre sus manos y Cuba, carente de sostén económico internacional, entró en lo que llamamos “período especial”. Sobrevino entonces un aplazamiento sine die en la fijación de fecha para el viaje papal y, con la demora, el argumento de la conveniencia de “maduración de condiciones” para la visita. 

Me atrevería a decir las dos partes, Estado e Iglesia, necesitaban ahora del aplazamiento. La pastoral de los obispos cubanos fechada el 8 de septiembre de 1993, titulada El amor todo lo espera, con un reclamo de reformas de liberalización, en el momento más grave de la caída de los indicadores macroeconómicos en Cuba, provocó de nuevo una tensión que enfrío las relaciones hasta que la decisión de la visita pontificia volvió a cobrar forma hacia 1996 y se realizó en 1998 con un éxito incuestionable. Si aquí no se ve movilidad, habrá que cambiar de espejuelos.

Solo quiero ilustrar en algo la presencia de avances, desaceleración, vuelta a avanzar, acercamientos, distanciamientos, reacercamientos. En la última década se produjeron numerosos signos de fluidez en las relaciones entre la institución religiosa y la estatal, desatacándose la aceptación por parte del gobierno de la mediación de la Iglesia para la liberación de presos políticos y otras acciones, lo cual ha dado lugar a críticas al arzobispo de La Habana desde sectores hostiles al Estado cubano. Esto te puede indicar, a grandes trazos, los altibajos a través de los cuales se realiza un curso cuyo saldo de entendimiento y cooperación se muestra hoy favorable.

De modo que la normalidad en estas relaciones, diría yo, no puede concebirse como la resultante de una continuidad sin obstáculos. Sería del todo imposible explicársela desde una perspectiva inmovilista. Y con esta misma prevención habría que asomarse igualmente a su futuro, por optimistas que debamos ser.

—Partiendo del supuesto que las ideas de justicia social no necesariamente tienen por qué chocar con las creencias religiosas y acercándonos a la teología de la liberación, ¿cómo conciliar el proceso de reinvención del Socialismo o un socialismo del siglo XXI (si está de acuerdo con el tan discutido y polémico término)?

—Permíteme comenzar por el final de tu pregunta. No ignoro que entramos (los marxistas) en este siglo con varios dilemas teóricos colgando. Uno, tal vez escolástico, es el de definir si se utiliza la preposición “de” o la preposición “en” para conectar el concepto de socialismo, que el pensamiento neoliberal considera acabado como ideal en el siglo pasado, con los cambios estructurales que nos impone el presente siglo. No es un debate inocente si notamos que un extremo apunta a rescatar el modelo que fracasó, y el otro, a desecharlo del todo en la búsqueda del paradigma. Lo he tildado de debate escolástico porque parte de la colocación a priori de la verdad en uno u otro extremo.

Te voy a confesar –y nunca lo he dicho por pudor-- que fui uno de los primeros en usar el término, en una entrevista que me hiciera Carlos Torres sobre la situación de Cuba, que se publicó en el No. 641 del semanario Punto final, de abril de 2003, en Chile, con el título de “Hay que reinventar el socialismo del siglo XXI”, tomado literalmente de una de mis respuestas. Expresaba una cuestión que, como se dice, ya se caía de la mata. Después supe que en el año 2000 el sociólogo chileno Tomás Moulián había dado el título de Socialismo del siglo XXI: la quinta vía, a un libro suyo. Lo interesante es que yo utilizaba allí el término pensando en la profundidad del cambio que teníamos que realizar en Cuba, en tanto su uso por Hugo Chávez, y creo que por todos a quienes he visto usarlo, alude al paradigma relacionado con los procesos latinoamericanos emergentes que proclaman y procuran el socialismo en su propuesta de cambio. Si hacemos abstracción por un momento de lo histórico concreto, es decir, de los puntos de partida actuales del cambio, lo entiendo como un concepto expresivo de un denominador común en los objetivos de las transiciones deseables en Cuba y en el resto de nuestra América. Termino este aspecto de tu pregunta de una manera que algunos podrían estimar conciliatoria, pero te aseguro que no lo es: para mí el concepto puede considerarse válido con una preposición o con la otra, aunque conllevaría una connotación diferente en uno y otro caso.

Para entrar de lleno ahora en el resto de tu pregunta, es evidente que los propósitos de justicia social y equidad, centrales en los ideales del socialismo, incluso desde antes de Marx, son perfectamente compatibles con el ideal cristiano. En buena medida derivan de valores cristianos. En nuestra América, cuyos pueblos son tributarios de una marcada religiosidad católica, incluso a través de expresiones sincréticas se hace inconcebible verlo de otro modo. Lo cual no significa que todos los casos vayan a encontrar una correspondencia fácil con los intereses creados por la institución eclesiástica. Es imposible predecir las dificultades que pueda presentar este entendimiento. Pero es cierto que el derrumbe del proyecto estalinista aporta también la superación de la identificación del marxismo con un ateísmo. 

Ni como institución, lo que me parece algo universalmente aceptado ya, ni en el plano doctrinal, menos reconocido, pero que debe acabar por identificar al mal llamado “ateísmo marxista” con lo que es: un componente de la asunción dogmática del materialismo, incompatible con el ideal socialista. Estamos ante uno de los extremos del doctrinalismo que caracterizó al socialismo del siglo pasado, el cual sería un contrasentido, un verdadero disparate, tratar de revivir en la América Latina.

La teología de la liberación es, más que una teología, una corriente de pensamiento religioso cristiano nacida en la marea de apertura que propició el Concilio Vaticano II y la segunda conferencia del episcopado latinoamericano, celebrada en Medellín en 1968. La teología de la liberación centró la atención en la compatibilidad del pensamiento marxista con una proyección cristiana auténtica. En rigor quien primero se pronunció en esta dirección fue el teólogo presbiteriano Rubem Alves, que acaba de fallecer, aunque el acierto de Gustavo Gutiérrez al tocar los principales puntos de contacto teóricos con la comprensión marxista en un ensayo orgánico, hizo de su obra una referencia fundamental para el diseño de las comunidades eclesiales de base, para el desarrollo del sistema de educación popular y para muchas otras iniciativas, convirtiéndola en un clásico. También hay que recordar que el papado de Juan Pablo II la proscribió alegando su incompatibilidad con el rechazo eclesial del marxismo como ateísmo. Marx termina resultando la víctima de no pocas incomprensiones y condenas injustas. Puede que esto sea emblemático del costo de un descubrimiento tan relevante en el campo del conocimiento social: tanta verdad no podía ser revelada impunemente.

—Frei Betto expresó en Fidel y la religión: “Lo que falta a los obispos cubanos es una teología que les permita entender el socialismo como una etapa imprescindible en el camino hacia el Reino de Dios”. ¿Está de acuerdo? ¿Cree que han ocurrido cambios en este sentido y que los sacerdotes cubanos han incorporado las teorías del socialismo para practicar el cristianismo en las condiciones de un país como Cuba?

—Tiene razón Frei Betto en las dos afirmaciones que contiene este juicio. Esa teología ha faltado a los obispos y sacerdotes cubanos, que tampoco han sido capaces de generarla. Pero me pregunto si no falta también hoy esa teología a los obispos latinoamericanos. En sentido general, quiero decir, para no ser injustos con las excepciones.

No hay que olvidar que en su largo pontificado Juan Pablo II se cuidó mucho de ordenar obispos que pudieran ser afines, o incluso tolerantes, con posiciones políticas de izquierda en el clero de sus diócesis. Hace poco conversaba yo con un prelado amigo, de claro compromiso con los humildes, de posiciones teóricas abiertas al diálogo, y le preguntaba cómo se le pudo escapar al rasero papal al escogerlo. Él me comentó que en realidad se le escapó al nuncio, que lo propuso sin percatarse de cuáles eran sus posiciones. No se puede perder de vista que no estamos en los tiempos de Hélder Cámara, Marcos Mac Grath, Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Enrique Angelelli, Eduardo Pironio, Alberto Devoto, Antonio Brasca, Pedro Casaldáliga, Samuel Ruiz, Luis Luna Tobar, y Francisco Oves, que fue arzobispo de La Habana por pocos años antes de Jaime Ortega. Y seguramente otros que no conocí. Son los identificados como los obispos de Medellín y del papado de Pablo VI. La llegada de la restauración al Vaticano, con el largo pontificado de Karol Wojtila, cambió otra vez los tonos que habían comenzado a caracterizar al episcopado de nuestro continente bajo el reclamo de la “opción por los pobres”.

Fíjate como Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, una figura tan prominente del catolicismo cubano de la segunda mitad del siglo XX, que contribuyó como el que más al entendimiento que hoy se tiene entre Estado e Iglesia,nunca fue elevado a la jerarquía episcopal.

Con la otra afirmación, que entiende el socialismo como el camino al Reino de Dios, podría coincidir igualmente, pero si poco conozco del socialismo, menos puedo decir del Reino de Dios. Pienso que Betto lanza a los creyentes y a la institución la provocación legítima del modelo cristiano plausible.

Faltaría a la verdad si dijera que pienso que el clero cubano ha arribado al presente curado de la incomprensión eclesial del ideal socialista. Ha vivido la experiencia cubana, sin embargo, con sus virtudes y sus defectos, se ha formado probablemente con una mayor capacidad de análisis que sus antecesores. Hay hoy una mayor disposición al diálogo, y han aparecido incluso escenarios de cooperación, pero creo sinceramente que son menos que los que podían esperarse.
Ese progreso se ha hecho más evidente dentro de las posiciones del laicado comprometido, cuya revista insignia, Espacio Laical, se logró colocar entre las más importantes publicaciones cubanas en los años recientes. Pero no puede saberse aún si el cambio reciente en la redacción de la misma será capaz de valorizar el caudal acumulado por sus antecesores y el prestigio logrado. Tampoco es posible pronosticar si a la salida del cardenal Jaime Ortega del Arzobispado de La Habana, cuando se haga efectivo su retiro, prevalecerá en nivel de entendimiento logrado por él con las instituciones del Estado socialista.

—En el mundo actual, globalizado, con relaciones políticas mediatizadas y frecuentemente manipuladas o afectadas por factores económicos, ¿cómo cree que puedan integrarse la religión (entendiendo por religión tanto a los creyentes como a las instituciones) y el cambio social?  

—Es una verdadera decepción para el entrevistado llegar a la última pregunta y tener que confesar que no tiene idea de cómo responderte. Son muchos los factores que tienen que incidir en el curso futuro de esta articulación. A falta de respuesta intentaré asomarme de algún modo, con alguna pista efectiva, a la complejidad del problema.

Al proceso de globalización neoliberal capitalista correspondió un retroceso con relación al proyecto reformador al cual la Iglesia Católica había llegado en el Concilio Vaticano II, y el papado de de Pablo VI que le siguió y trató de hacer avanzar la aplicación de esa renovación que siempre citamos con el término italiano: el aggiornamiento. Pasado este nuevo Medioevo de aliento polaco, y puesta a flote en toda su magnitud la crisis institucional, al punto que Benedicto XVI decidió dimitir, la elección de Jorge Mario Bergoglio al pontificado parece traer al catolicismo un rescate del proyecto del Concilio. El éxito de esta propuesta sería clave para que se consume la conexión por la que te preguntas. Pero es demasiado temprano, de todos modos, para pronosticar si se logrará una transformación en el marco de su pontificado. La verdad es que no me atrevo a decirte más.

  • Fidel y la Religión. Libro que recoge la entrevista realizada por el fraile dominico Frei Betto a Fidel Castro en la cual surgieron conversaciones sobre el marxismo y la teología de la liberación. El libro fue editado por la Editorial Verde Olivo en Cuba.
  • Carlos Alberto Libânio Christo. 25 de agosto de 1944, Belo Horizonte, Brasil. Conocido como Frei Betto. Sacerdote de la Orden de los dominicos. Escritor de ideas progresistas que ha apoyado los movimientos de liberación en América Latina.

Fuente Rebelión, Tomado de CubAhora