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domingo, 31 de enero de 2016

Líneas en la arena

Por Pedro González Munné*
Cuba arena

No creo en los culpables, me hastían las excusas y me dan rabia los cómplices. Ese tiempo precioso en este planeta, del cual apenas somos efímeros pasajeros, no lo podemos desperdiciar en tretas y discursos vanos de políticos. Pasó la hora de los manuales y las mentiras: llegó el momento de los pueblos, de las palabras honestas abiertas al viento feraz como multicolores banderas de fervor.

Basta ya de muros, carceleros y sospechas. Es hora del amor: abierto, doloroso y a plena luz, como parto maravilloso que es de la vida. Quien no lo entienda, que simplemente se sume a la marea olorosa a trabajo, preñada de tierra fecunda, preciosa en su acerada valentía… lo conducirá hacia el futuro que es hoy, tras los papeles falaces, los retumbantes altavoces y las pantallas heladas de los mensajes, púlpito de vida.

Siempre he creído en la hermosa parquedad de los héroes, de aquellos a quienes, por nosotros y por todos, se les oxidó la vida en las fronteras del odio y espero por la aprobación en la mirada limpia de los nuevos, con esa esperanza infinita de que los protegeremos de maldad y dolor.

Es hora de cambios, de estremecedora valentía de amaneceres, no de recelos y coartadas: si de algo sirve mi voz, mi incansable pedantería de adepto, les digo a todos: hay una sola vida, no nos permitamos venderla por tan poco.

*Escritor, editor, periodista. Publica La Nacion cubana

viernes, 27 de febrero de 2015

José Martí y la Guerra Necesaria

Por Luis Toledo Sande
“Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”
Patria libre, cordialidad entre pueblos y equilibrio del mundo

Martí visto por Ernesto García Peña
Así vio en 1990 a José Martí el artista
Ernesto García Peña. (Fotocopia: E.C.L.)
Cuando el 25 de marzo de 1895 José Martí le escribe al dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Yo alzaré el mundo”, no incurre en un exabrupto de vanidad contrario a su ética y su conducta, sino que resume el sentido con que ha preparado la guerra iniciada el anterior 24 de febrero. En la misma carta refuerza ideas que ha venido expresando desde tiempo atrás, incluso en textos relacionados directamente con el Partido Revolucionario Cubano, cuya fundación se proclama en Nueva York el 10 de abril de 1892.
En las Bases de esa organización, llamadas a prudencia ante graves obstáculos que deben vencerse para preparar y hacer una contienda eficaz, apunta que se actuará “sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”, y sin “atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales”.
Saber que el Partido se ha creado y tendrá base operativa entre compatriotas emigrados en los Estados Unidos -desde donde se extiende a otras tierras de América y trenza redes conspirativas en Cuba, centro de su programa- da luz sobre una cautela que no es indiferencia irresponsable o cómplice.
El reclamo, en las Bases citadas, de fundar “la nueva República indispensable al equilibrio americano”, remite a textos anteriores suyos, y lo explicitan, entre otros, aquel de Patria del 17 de abril de 1894 en el cual saluda la entrada del Partido en su tercer año de vida, y desde el subtítulo expone que la organización encarna “el alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”.
El primer artículo de las Bases precisa el fin de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Ello conduce al fondo de ideas pilares expuestas en El tercer año del Partido Revolucionario Cubano, como esta: “las Antillas esclavas acuden a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.
El entorno
Federico Henríquez y Carvajal
En la citada carta a Federico Henríquez y Carvajal,
Martí, en marcha hacia la guerra, afirma: “Ahora
hay que dar respeto y sentido humano, y amable,
al sacrificio”. (Foto: INTERNET)
No habla desde las nubes. Ha residido por más de una década en los Estados Unidos, y el trienio 1889-1891 le ha mostrado la necesidad de acelerar los preparativos de la guerra. En los dos primeros de esos años sesiona el Congreso Internacional de Washington, como fruto del cual tiene lugar en el último de ellos la Comisión Monetaria Internacional, en la misma ciudad. Con ambos intenta el poder anfitrión romper en beneficio propio el equilibrio mundial. Martí combate al primero en la prensa, en la tribuna y en numerosas cartas, y contra la Conferencia actúa desde dentro, como representante de Uruguay.
El poderoso país procura lograr en todo el continente pactos comerciales que le resulten ventajosos, calzados con la circulación dominante del dólar. No impulsa un panamericanismo sano, sino el imperialista que ha llegado al siglo XXI y ha empleado tanto argucias económicas y políticas como violencia armada, a tono con su política internacional, contra la que resisten y luchan pueblos, y gobiernos dignos.
Para espigar, en lo dicho por Martí sobre aquellos foros, unos pocos de los desentrañamientos que alumbren su concepción de la guerra para liberar a Cuba, recordemos advertencias como esta, acerca del primero: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.
A los países de América ya independientes de España se les presenta un reto decisivo: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” No se trata de una forma de dominio accidental, sino de todo un sistema, que no tardará en llamarse neocolonialismo.
Junto a compatriotas, en un antiguo fuerte de Cayo Hueso, en prácticas de tiro. NOTA: La foto es de interés, y ya está visto con Diseño cómo destacar el rostro de Martí para que se distinga
José Martí, junto a compatriotas emigrados, durante una práctica
de tiro (hoy diríamos preparación combativa) en un antiguo
fuerte de Cayo Hueso, 1893. (Foto: ICONOGRAFÍA MARIANA)
Pero Cuba y Puerto Rico, todavía colonias, no están representadas en el Congreso, ni lo estarán en la Comisión Monetaria. Lo que para ellas reservan los planes estadounidenses lo pronostica Martí en particular con respecto a su patria. Se aprecia en cartas a su colaborador Gonzalo de Quesada, quien, secretario de la delegación argentina en el Congreso Internacional mencionado, será secretario suyo en el Partido Revolucionario Cubano.
Es conocida la previsión que estampa en una de esas cartas: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”. Los sucesos de 1898 certificarán la claridad de la visión martiana.
Un mundo
Para preparar la guerra y los cimientos de la república futura, funda Martí el Partido Revolucionario Cubano, y sabe que este sería nulo, “aunque entendiese los problemas internos” de Cuba y quisiera resolverlos, si ignorase “la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal. Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”.
Para estos últimos, a inicios del siglo XIX, aunque el sembrador Simón Bolívar y otros intuyeran el peligro que se gestaba en los Estados Unidos, ese país no representaba la amenaza que en las postrimerías de la centuria significaba, con implicaciones más graves aún, para territorios dominados por el coloniaje español: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,–mero fortín de la Roma americana;–y si libres–y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.
A Manuel mercado Martí envió la carta que se considera su testamento politico
Manuel Mercado, presente en los Versos
sencillos
de José Martí: “yo tengo/
Allá en México un amigo”
,
recibió la carta que se considera por
excelencia el testamento político
del héroe.
(Foto: Cortesía de ALFONSO HERRERA
FRANYUTTI)
Por qué está en juego el honor de esa república lo expone Martí con una advertencia increpante y nutrida de realidad: “en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles–hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. De semejante política -Martí lo advierte claramente de diversas maneras- se derivarán males hasta para el mismo pueblo de la voraz nación.
Frente a desafíos colosales, tarea colosal: “Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Declara que “la verdadera grandeza” radicará en “asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”. El calificativo innecesario es tenue ante los intereses en juego.
Encrucijada
Lo que se decide es vital: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. En la carta a Henríquez y Carvajal, donde ratifica su voluntad -de alcance planetario- de “servir a este único corazón de nuestras repúblicas”, dice en términos rotundos: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Con hechos como el saqueo a México, y los planes de dominar la economía y la política del continente, el honor de la potencia ya estaba lastimado. Con el aumento de sus prácticas expansivas, generadoras de desequilibrio mundial, se quebrantaría aún más.
El mismo día en que escribe aquella carta, fecha Martí el texto que se conoce con el título de Manifiesto de Montecristi, primer programa público de la gesta que ya arde en Cuba. No lo mueven ni prudencias mal entendidas ni entusiasmos infundados, sino el conocimiento de los conflictos medulares que el independentismo tiene ante sí: “En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos”.
Caída de martí en Dos Ríos
La tragedia de Dos Ríos, imaginada en 1917 por el pintor
Esteban Valderrama. (Fotocopia: E.C.L.)
La contienda tiene una enorme significación: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. Para salvar ese equilibrio se necesita crear “un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”, afirma.
A Henríquez y Carvajal le dice: “De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y [Máximo] Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?” Líneas más adelante convoca: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.
Deber mayor
Otro texto epistolar refuerza el sentido con que el revolucionario cubano concibe la guerra. Ya en Cuba, entre las prisas y contingencias de la contienda, le escribe al mexicano Manuel Mercado, su confidente por excelencia, la carta fechada 18 de mayo de 1895. La muerte lo sorprende al siguiente día y tensa el carácter testamentario del texto, cumbre de lo que ha sostenido durante años.
A Mercado le resume conversaciones que ha tenido, en campaña, con Eugene Bryson, corresponsal en Cuba de The New York Herald, de las cuales nace el mensaje que el patriota dirige a ese diario estadounidense, donde se publica, en traducción mutilada y adulterada, el mismo día en que él muere. El texto se conoce en su plenitud gracias a que el original, en español, se salvó.
El mismo corresponsal le confiesa que el militar y político español Arsenio Martínez Campos, con quien se ha entrevistado, le ha dicho que el gobierno español se entenderá con el estadounidense antes que aceptar la victoria cubana. Eso le confirma a Martí sus previsiones sobre el tema. A Mercado empieza por decirle: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber–puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo–de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.
Monumento a martí en el cementerio de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba
El Mausoleo que guarda los restos del héroe en el cementerio
de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba, es venerado sitio de
peregrinación. (Foto: EDUARDO PALOMARES)
No es resolución de última hora, sino decisión pensada y madura: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, afirma, y añade: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.
Lo que Martí, y no del todo, ha mantenido “en silencio y como indirectamente”, no es su pensamiento antimperialista, sino el hecho de que, en su proyecto, la lucha armada no se dirige ya en lo fundamental contra el poder de España, aunque todavía este no ha sido derrotado, sino contra los planes de los Estados Unidos. Proclamarlo habría sido una torpeza en quien, por sus mismas labores conspirativas, se ha visto obligado a vivir largamente en ese país.
A ello alude en la carta: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:–y mi honda es la de David”, palabras ubicadas entre el relato de su plática con Bryson y estas otras sobre la gesta cubana y su contexto: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos–como ese de Vd. y mío,–más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia,–les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos”.
Con la masa creadora
Martí advierte a Mercado hasta sobre la pretensión de la emergente potencia norteña de elevar a presidente de México a un político más fácil para ella de manejar que el caudillo Porfirio Díaz. La actitud entonces de este último explicará que Martí –quien abandona México a finales de 1876 ante el levantamiento anticonstitucional de ese político–, al parecer se entrevista con él en 1894 en pos de apoyo para la revolución cubana. Se sabe que lo intentó.
Urge allegar recursos para una contienda que debe vencer grandes valladares. El anexionismo y el autonomismo se agitan en la isla y sus cúpulas se apiñan entre los más opulentos. A las dos tendencias pudiera aplicar Martí la caracterización que en el texto destina a la segunda: “especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.
Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre, en La Habana. NOTA: Si no funcionara para la edición impresa, pudiera mantenerse para la digital
José Martí: palmas, bandera y sol en la Plaza
de la Revolución que lleva su nombre.
(Foto: L.T.S.)
Aunque “la actividad anexionista” le resulta igualmente repudiable, Martí aprecia que es “menos temible por la poca realidad de sus aspirantes”. En otras palabras: ansiarán que Cuba se convierta en un estado más de la federación norteña, pero no es lo que interesa a los gobernantes de esta, que se proponen someterla. En tales circunstancias el anexionismo, como el autonomismo, pero plegado más explícitamente que este a los designios de la nación del Norte, abona un ambiente favorable a los planes que la rigen desde el gobierno.
La revolución está en los inicios de su etapa armada, y se le oponen obstáculos enormes. No ignora Martí la posibilidad del fracaso; pero sabe que la guerra es necesaria para preservar el espíritu independentista y, en todo caso, dejar trazada la senda hacia futuros afanes liberadores.
La historia no es el simulacro o farsa en que quisieran tornarla ciertos representantes de una academia promovida desde el poderoso Norte, sino un conjunto de fuerzas actuantes, materiales y morales, que no se borran con maniobras deshonrosas para exterminar el pensamiento liberador y sustituirlo por la ideología del sometimiento.
Cultivando la vocación de dignidad y soberanía, el pueblo cubano se mantiene fiel a un legado que le reclama su constante mejoramiento en la utilidad de la virtud, y solidaridad con otros pueblos, empezando por los de nuestra América. Olvidarlo sería una mayúscula deslealtad a cuanto Martí hizo y, de no haber caído en combate, habría seguido haciendo. Como siguen haciéndolo su ejemplo y su ideario.

lunes, 23 de febrero de 2015

La espada que levantó la previsión martiana

Por Armando Hart Dávalos
En los próximos años, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrá que tener, como garantía decisiva, la unidad alcanzada hasta aquí, la cual se ha nutrido de las ideas y los sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo.
 
El 24 de febrero es una fecha de gran significación martiana, ya que marca el comienzo en 1895, de la «guerra necesaria, humanitaria y breve» que organizó y convocó el Apóstol para alcanzar la ansiada independencia de España. Refiriéndose a lo sucedido en la guerra del 68, Martí afirmó: «Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos». Aludía así a las divisiones y pugnas entre los patriotas que condujeron al fracaso de aquel esfuerzo heroico mantenido durante diez años.
Enfrentado a las frustraciones y el desánimo que dejó aquella primera contienda, Martí extrajo como conclusión esencial que la nueva guerra había que dirigirla de otro modo. Y para ello concibió y organizó el Partido Revolucionario Cubano, eficaz instrumento para forjar la necesaria e imprescindible unidad y para dirigir la guerra con criterio político. Ese partido, constituido en las filas de la emigración en los Estados Unidos primero, y con representación, más tarde, en suelo cubano, se propuso alcanzar no solo la independencia de Cuba, sino también la de Puerto Rico. La primera conclusión, por tanto, que puede extraerse es que, desde sus inicios, el objetivo esencial de la Revolución Cubana no obedece, exclusivamente, a intereses locales ni se reduce a objetivos nacionales; la Revolución Cubana, especialmente después que aparece la figura de Martí, es un suceso de interés y connotación universales.
Consagrado por entero a la causa de la independencia, en el seno del imperialismo naciente, vislumbró antes que nadie, los peligros que se avecinaban para alcanzarla y venciendo incomprensiones y reveses, firmó junto a Mayía Rodríguez, como representante personal del mayor general Máximo Gómez, nombrado por Martí jefe del nuevo Ejército Libertador, y a Enrique Collazo, representando a la Junta Revolucionaria de La Habana, la orden del alzamiento para Cuba, el 29 de enero de 1985, en Nueva York. Esa orden especificaba que el alzamiento se haría con la mayor simultaneidad posible en la segunda mitad del mes de febrero y no antes, y fue dirigida a Juan Gualberto Gómez como representante de Martí en Cuba. Fue precisamente en la reunión de los jefes que habrían de encabezar el alzamiento en el Occidente que acordaron la fecha del 24 de febrero, aceptada también por los jefes de la región oriental y de Las Villas. El Camagüey se comprometió a secundarlo poco después de iniciado.
El cable de Juan Gualberto a Martí, confirmándole la conclusión del período preparatorio con el texto «Giros aceptados» recuerda mucho al enviado por Fidel a Duque de Estrada en Santiago de Cuba, con «Obra agotada», para el alzamiento del 30 de noviembre de 1956, en apoyo al desembarco de los expedicionarios del yate Granma.
Poco después de iniciada la contienda, el 25 de marzo de 1895, desde Montecristi, pueblo de Santo Domingo donde residía Máximo Gómez, se daba a conocer el Manifiesto: El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, firmado por Martí y Gómez, exponiendo los fundamentos de la revolución que se iniciaba.
Desde las primeras líneas del Manifiesto de Montecristi se destaca que el propósito inmediato de la revolución, iniciada casi 30 años antes en Yara, era el «saneamiento y emancipación del país para el bien de América y del mundo». Este objetivo, de interés universal, aparece como lo más sustantivo del ideario martiano y está presente a lo largo del texto que suscribió con Gómez; en dicho texto se plantea asimismo que:
La guerra de independencia de Cuba, nudo de haz de islas donde se han de cruzar, en plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno el heroísmo juicioso que las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y el  equilibrio aún vacilante del mundo.
Más adelante se subraya:
La revolución cumplirá mañana el deber de explicar de nuevo al país y a las naciones las causas locales, y de ideas de interés universal, con que para el adelanto y servicio de la humanidad reanuda el pueblo emancipador de Yara y Guáimaro una guerra digna del respeto de sus enemigos y el apoyo de los pueblos por su rígido concepto del derecho del hombre, y su aborrecimiento de la venganza estéril y la devastación inútil.
Tal interés se fundamenta y enlaza con los propósitos que se exponen en los Estatutos de Partido Revolucionario Cubano de Martí, de «Auxiliar y apoyar la independencia de Puerto Rico» y, además, como se recoge en el propio Manifiesto, alcanzar y asegurar unas Antillas libres, que a su vez, garanticen y protejan a una América libre.
La pregunta que debemos hacernos es por qué Martí quería una Cuba libre, unas Antillas libres y una América libre; ello lo expresó de una manera tan diáfana que no debería dar lugar a dudas o confusiones. En su artículo con motivo de la conmemoración del segundo aniversario del Partido Revolucionario Cubano, publicado en 1894, señaló:
En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, mero fortín de la Roma americana; —y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, de la independencia para la  América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.
Se observa aquí cómo el Apóstol no pretendía agudizar el conflicto, al que calificó de innecesario, entre la América mestiza y la América sajona. Martí hubiera preferido buscar una solución al conflicto que no condujera a un antagonismo feroz. Pretendía que surgieran unas Antillas libres para servir a los pueblos de nuestra América, e incluso, al propio pueblo de los Estados Unidos que según expresa, «hallará en el desarrollo de su territorio más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores». Y aspiraba, como queda dicho, a garantizar de esta forma, el equilibro del mundo. En el propio Manifiesto de Montecristi, Gómez y Martí agregan:
Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral de América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.
A 120 años de aquel 24 de febrero de 1895, podemos extraer algunas enseñanzas para el presente y el porvenir; recordemos que la existencia y fortaleza de la nación cubana ha estado siempre fundamentada en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural, y Fidel Castro, al evitar que «el Apóstol muriera en el año de su centenario» (1953) —como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país—. Fidel hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la Patria.
En los próximos años, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrán que tener, como garantía decisiva, la unidad alcanzada hasta aquí, la cual se ha nutrido de las ideas y sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura a lo largo de toda nuestra historia. Ahora la tarea consiste en interpretar y actualizar  el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones de cubanos, para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución Cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y, desde luego, mucho más complejo que en el que vio la luz en 1959 nuestra histórica Revolución Cubana.

Tomado de Juventud Rebelde

sábado, 3 de enero de 2015

Bastiones de la Cubanía ante el "smart power" de Obama

Por Ernesto Wong Maestre, @ProfeWong *

Después de violar por cinco décadas y media los principios y normas del derecho internacional público, con el férreo bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por diez gobiernos delincuentes de Estados Unidos contra el pueblo cubano, sin haber podido vencerlo, doblegarlo o subordinarlo, el actual gobernante estadounidense Barack Obama ha decidido emprender una nueva estrategia de relacionamiento con el gobierno revolucionario y socialista de Cuba que ha asumido el reto.

 Esa dinámica alcanzó su máxima expresión este miércoles 17 de diciembre en horas del mediodía cuando desde la Casa Blanca en Washington y desde el Palacio de la Revolución en La Habana sendas alocuciones del más alto nivel político, cautivaron la atención mundial, desde las cumbres bolivianas hasta las estepas siberianas.

 La sorpresa para la gran mayoría de los millones de habitantes que se asombraron del anuncio del “restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos” es resultado directo de la asimetría y desequilibrio histórico entre el caudal de mentiras que las transnacionales imperiales de las noticias y las informaciones han vertido sobre Cuba  y la difusión modesta, pero creciente, de la “verdad verdadera”, como nos decía el Comandante Supremo Hugo Chávez, que la Isla de la Libertad logró mostrar sistemáticamente, aunque con reducidos recursos, por todo el mundo, junto a millones de amistades y cientos de movimientos sociales, en los últimos veinticinco años, practicando la solidaridad internacional mutua y mostrando por diferentes vías la realidad concreta de la sociedad cubana y sus posiciones de principios inclaudicables.

 A pesar de la asimetría y del desequilibrio mediático, del vigente bloqueo anticubano, y de las presiones de las fuerzas ultraderechistas estadounidenses partidarias del “poder duro” en política exterior, la voluntad política de las fuerzas progresistas mundiales se impusieron parcialmente en la larga batalla, y todas apreciaron el retroceso y reacomodo imperial ante la resistencia y avance de Cuba y de sus aliados estratégicos, como Venezuela, China, Rusia, los hermanos del ALBA, y los aliados del Caricom, de los africanos de la SADC y de otras lejanas tierras.

 A partir de 2015 Cuba se seguirá enfrentando también a otras y diversas operaciones generadas por el “smart power” o “poder inteligente” de Obama con el cual continúa desconociendo el derecho del pueblo cubano a la autodeterminación y pretende seguir inmiscuyéndose en los asuntos internos cubanos, ahora “diplomáticamente” desde la Isla, como él mismo lo expresó el pasado 17 de diciembre cuando trató de justificar su decisión de restablecer las relaciones diplomáticas con el gobierno cubano. Solo le faltó decir públicamente que para introducirse abiertamente en Cuba debió liberar a los tres Héroes cubanos a quienes debió haberle pedido perdón por haberles hecho pasar prisión sin haber cometido los delitos imputados en juicios amañados y corruptos, donde las propias autoridades del ejecutivo estadounidense expresaron que ninguno de los Cinco cometieron espionaje ni causaron daños a esa Nación.

 Esas cinco décadas de prepotencia imperial, de sabotajes, terrorismo y asesinatos contra el pueblo cubano; de bloqueo que le ha costado a Cuba un millón de millones de dólares, y los más de medio millar de intentos de magnicidio contra el máximo líder cubano, son ahora objeto del olvido de las transnacionales de la noticia y tratados de minimizar en la campaña diseñada por el equipo del “smart power” para alcanzar sus renovados objetivos contrarrevolucionarios desde Cuba, sobre todo en esta época de pérdida acelerada de la hegemonía estadounidense y de condiciones económicas inapropiadas para aplicar unilateralmente “el poder duro”...

 La fortaleza con que Cuba arriba a la incipiente  normalización de las relaciones con EEUU tiene su gran base en esa cubanía, síntesis de la cultura cubana revolucionaria y socialista, rescatada y fortalecida por la Revolución, la cual ha sido el componente principal del bastión defensivo para vencer a ese Complejo Militar-Financiero-Comunicacional imperial.

 La cubanía junto a la extraordinaria inteligencia del pueblo, han sido y serán escudos y lanzas  de la revolución socialista, en la “Llave del Golfo” como antaño se le decía a Cuba. Sin dudas, esa posición de alto significado geopolítico, tanto para Cuba como para Estados Unidos lo es también para Rusia y para China, para Brasil y para México, para el resto de las Antillas Mayores y Menores, en fin, para todo aquel actor interesado en que Cuba siga siendo la independiente “Cubita la Bella”, soberana y libre como la logró convertir el Comandante en Jefe Fidel.

 Los tres maravillosos atributos de la cubanía en el campo de la política: la unidad integral pueblo-gobierno, la solidaridad internacionalista y los principios justos, constituyen lo esencial de ese bastión inexpugnable para que “el monstruo revuelto y brutal” no caiga –como alertó José Martí- con esa fuerza más, sobre el resto de las naciones hermanas de América Latina y el Caribe.
 
Enviado por Barometro Internacional

 *Nace en Cuba en 1948; desde 1994 reside en Venezuela desde 1994, donde ejerce la docencia en diversas universidades. Ha ejercido diversos cargos diplomáticos, y también ha colaborado en varios órganos de prensa: fue Editor-Jefe de Internacionales en la Agencia Venezolana de Noticias (AVN) durante cuatro años y ha publicado más de ciento cincuenta artículos, ensayos y comentarios de política internacional y sobre la Revolución Bolivariana

jueves, 17 de julio de 2014

José Martí: variaciones en tiempo de actualidad


Por Luis Toledo Sande*

Se nos convoca, propósito nada menudo, a ver cómo el legado de José Martí puede iluminarnos en nuestra realidad de hoy. En estos apuntes —ordenados según surgieron, ad líbitum, para seguir el tino musical anunciado en el título— no busco ser exhaustivo, ni rozar originalidad alguna. Incluso en asuntos que haya tratado en otras páginas, eludo autorreferencias, y cuando quizás pudiera apuntar algo original, tampoco empleo acotaciones del tipo de “a mi entender” o “según mi modesto juicio”, frecuentes en intervenciones que no están mal por recrear verdades sabidas, sino por presentarlas como si fueran descubrimientos.

1

Uno de los mayores “problemas” que ocasiona José Martí, y marcan el modo como se asume su legado, es su grandeza. Tanto ingenuos como pícaros, y tendenciosos de toda índole, han querido o siguen intentando arrimar a su sardina el fuego del héroe. No pocas veces se trata de maniobras dolosas, pero a menudo el procedimiento se inscribe en el camino de las buenas intenciones.

2

Para hacer justicia a la aspiración de equidad que caracterizó al héroe, no hay que presentarlo como un socialista o comunista inconfeso. Su pensamiento y, sobre todo, su conducta son fuentes vivas para quienes de veras se planteen defender la justicia social y echar su suerte con los pobres de la tierra, ser uno de ellos. Por eso tampoco debe pretender ninguna persona o institución honrada utilizarlo contra reales o supuestos igualitarismos.
Los límites entre campañas de esa índole y la renuncia al ideal justiciero pueden ser, o son, borrosos, y Martí en uno de sus apuntes desbordó la cuestión llamada racial y afirmó: “así se va, por la ciencia verdadera, a la equidad humana: mientras que lo otro es ir, por la ciencia superficial, a la justificación de la desigualdad, que en el gobierno de los hombres es la de la tiranía”. No poco habría que añadir sobre su pensamiento al respecto y, en particular, sobre su relación con las ciencias, pero se requeriría un espacio mucho mayor.

3

Quizás entre los textos de Martí que más lecturas deficientes han sufrido sobresalga el discurso del 26 de noviembre de 1891, conocido como “Con todos, y para el bien de todos”. Durante la República neocolonial se usó politiqueramente, y —para devaluar la razón moral del héroe y privilegiar la razón instrumental propia del positivismo y el pragmatismo— en fecha cercana algún neoautonomista ha dicho que Martí aspiraba a una totalidad imposible.
El discurso conocido como “Los pinos nuevos”, que pronunció al día siguiente de aquel, es más abarcador. Con la imagen titular definió a quienes, cualquiera que fuese su edad, abrazaban un proyecto que se erguía por entre los errores y los reveses del pasado como por entre un pinar devastado por el fuego lo hacía el racimo gozoso de pinos sobrevivientes o nacidos de las cenizas. En contraposición, “Con todos, y para el bien de todos” tal vez sea su texto más excluyente, no porque él lo quisiera, sino porque, desde los cimientos de la fundación del Partido Revolucionario Cubano, señaló fuerzas que se autoexcluían de la brega independentista o buscaban que esta no lograra un triunfo de radicalidad y alcance bastantes para transformar de veras el país.

A esas fuerzas se refirió al desmentir a quienes propalaban miedos que se hacían depender de “las tribulaciones de la guerra”, o del supuesto peligro que representaban “el que más ha sufrido en Cuba por la privación de la libertad” (el “negro generoso”, el “hermano negro”), y el español honrado. La andanada martiana alcanzó, sigue alcanzando, a quienes el orador llamó lindoros, olimpos de pisapel y alzacolas. Unos y otros recuerdan a los sensatos patricios —anexionistas o autonomistas— que repudió en El Diablo Cojuelo, de 1969, y en la víspera de su caída en combate llamó celestinos, porque preferían “un amo, yanqui o español” que les asegurase sus privilegios y despreciaban a “la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

4

Entre su comienzo y su final, unitarios, ese discurso lo recorre el enfrentamiento a quienes se autoexcluían de la revolución. El orador no obedecía puntillismos de índole académica: fijaba una visión que sigue siendo clave para interpretar el rumbo y el destino de la nación. No está el horno para pastelitos de ingenuidad, aunque los voceros conscientes o inconscientes de la llamada desideologización pretendan otra cosa. Esa tendencia, promovida al servicio de un pretenso pensamiento único, y calzada por la desmovilización de gran parte de las izquierdas del planeta, no consiste en eliminar la ideología, sino en desmontar toda expresión ideológica revolucionaria y sustituirla por la ideología que calzan la pasividad y la resignación convenientes a las fuerzas imperiales, que no descansan en la defensa de sus intereses.

Para Cuba, invitada de distintos modos y desde diferentes plazas de la ideología imperial a una totalidad acrítica, el asunto es de la mayor envergadura. Hay contradicciones que resolver, y no pocas de ellas tienen en su centro la escisión producida a partir de 1959, migración o permanencia en el país por medio. Aunque odiosas, las comparaciones pueden ser útiles como recurso para el conocimiento. A diferencia de otros casos, como la España de la República asesinada, en Cuba después de aquel año se quedaron los revolucionarios, a quienes tocó y sigue tocando enfrentar la hostilidad imperial, mientras que, sobre todo en los primeros años después de aquel hito, el núcleo más influyente o distintivo de la emigración lo formaron los beneficiarios y defensores de la tiranía derrocada.

Con financiamiento del imperio, las cúpulas de esas fuerzas han hecho de la contrarrevolución un negocio altamente lucrativo, mientras que los revolucionarios, si lo son de veras, se distinguen por hacer de la vida un hecho moral, o por intentarlo, y debido a las virtudes y a las insuficiencias que sean, no parecen especialmente dotados para los negocios. En general —y ello debe llamar a profunda meditación—, no cosechan los recursos indispensables para competir en inversiones y ganancias, de las cuales se pueden ver excluidos. Quizás tengan habilidad de negociantes algunos que, amparados por su poder y por el silencio de la prensa, pueden convertirse en futuras mafias victoriosas.

5

La gran transformación experimentada por la humanidad desde su surgimiento y a lo largo de las eras puede considerarse interminable, o, al menos —para decirlo con versos del “Soneto de la fidelidad”, de Vinícius de Moraes—, será infinita mientras dure. Pero para ello debe existir su único soporte posibe, la especie humana, y esta, que no siempre valida su proclamada condición de exponente más alto de la inteligencia, tampoco pinta para ser eterna. Y basta una ojeada a la historia para sostener que los tramos de sacudimientos nombrados revoluciones no son eternos, aunque lo generado en ellos siga presente o repercuta de distintos modos, quién sabe hasta cuándo, en los tiempos que les suceden.

En eso último se piensa al recordar un texto publicado en Patria el 5 de abril de 1894, en el cual Martí dio cabida explícita a la posibilidad de que la guerra revolucionaria que él preparaba fracasara. Lo hizo con la mesura de quien desafiaba graves obstáculos para fraguar una contienda necesaria, y no debía permitirse ningún gesto que lo hiciera comparable con el miedo a la guerra y el derrotismo propalados por otros. Desde el título, “Crece”, el autor calificó la brega revolucionaria que él mismo orientaba, tarea en la cual no podía sucumbir al pesimismo. Por ello empezó con estas afirmaciones: “La revolución se salva. Le faltaba tesis y orden, y ya tiene una y otro. Se conoce, y obra. Lo primero es conocerse; porque sin fin fijo y viable, y sin medios correspondientes a él, solo se echan a andar los ambiciosos, esos grandes criminales,—y los locos”. Había que afrontar con lucidez los escollos, empezando por los internos.

Lo que faltaba por hacer en Cuba no es precisamente lo que está por hacerse hoy, pero las perspectivas del revolucionario en quien Fidel Castro ha visto un “guía eterno de nuestro pueblo” aportan lecciones válidas para todos los tiempos. En el centro conceptual de aquel artículo expresó: “La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería”.

Abrazaba la realidad por lo más complejo: “De esta ciencia, estricta e implacable—y menos socorrida por más difícil—de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan”.

Nada se presentaba como un paseo. Estaba por delante el nudo gordiano de los desafíos: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución”, escribió, para añadir: “Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana. Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.

Tenía en cuenta la inmediatez concreta; pero, lejos de atenerse al empirismo propio de pragmáticos, la sometía a indagación de largo alcance: “Las sociedades mueren o viven conforme a su composición y a sus antecedentes: si se salen de ellas, si viven siglos enteros fuera de su armonía natural, y de la obra ineludible, por penosa que sea, de su propio desarrollo, al cabo de siglos reaparecen, cuando se pudre el cuerpo ajeno que viciaron, y recomienzan la labor interrumpida. Ni hombres ni pueblos pueden rehuir la obra de desarrollarse por sí,—de costearse el paso por el mundo. En este mundo, todos, pueblos y hombres, hemos de pagar el pasaje”.

La seriedad de sus preocupaciones la confirma el hecho de que apenas doce días después publicó, en el mismo Patria, el artículo “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, que, desde el subtítulo, “El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, ratificó la grandeza de los propósitos y la gravedad de los escollos que el proyecto cubano tenía en un medio complicado por el naciente imperialismo estadounidense. No es casual que en “Crece” previera el revés como una posibilidad que no cabía conjurar ignorando la realidad con entusiasmos pasajeros o ciegos llamados al sacrificio colectivo.

6

En su lealtad a una tradición combativa alimentada decisivamente por el legado de Martí, Cuba estuvo cerca de lograr sobre el colonialismo español un triunfo que le arrebató en 1898 la intervención con que el gobierno de los Estados Unidos sustituyó a España en la dominación del país antillano. Afincada en dicha tradición, la victoria de 1959 puso fin al dominio neocolonial impuesto por la potencia del Norte, y abrió el camino para rendir un profundo homenaje práctico al ideal justiciero, de equidad, que Martí le dejó como parte de su herencia política y ética.

En un mundo dominado por el capitalismo imperialista, máxime tras la debacle del llamado socialismo real, Cuba no abandonó la aspiración de construir un socialismo verdadero. Se convirtió así en una digna anomalía sistémica, o se ratificó como tal. No es fortuito que ese hecho le haya granjeado una empecinada hostilidad por parte del imperio y sus aliados, y a la vez le haya valido la admiración de los pueblos del mundo.

Hoy, a pesar de los replanteamientos vividos por varios pueblos en nuestra América, y de la crisis sistémica del capitalismo, este conserva un poderío que le permite imponer su llamado “pensamiento único”, no solo con su poderío económico y militar, sino también con los grandes recursos mediáticos que dan apoyo a sus armas y su economía. En esas circunstancias Cuba necesita replanteamientos —económicos, pero la economía no se mueve sola en ninguna comarca de este mundo— que le permitan sobrevivir y crecer, y lograr un funcionamiento válido para que la población tenga una vida más amable.

Para algunos, ese es el camino por donde llegar a ser un “país normal”, o dicho de otro modo, para dejar de ser la anomalía sistémica que la ha honrado ser. Algo semejante se puede oír no solo en ámbitos como el de la reciente reunión, en Miami, de grupos contrarrevolucionarios interesados en facilitar el advenimiento de la Cuba que, según ellos, “queremos todos”. El reclamo de que Cuba se vuelva “normal” se oye incluso en lares mucho más cercanos.

Frente a ilusiones de tal corte se han levantado numerosas voces, y algunas están representadas en este encuentro. Contra los fantasmas también hallamos aliento en Martí, quien en “Crece”, luego de decir que la revolución ya tenía tesis y orden, y se conocía y obraba, añadió: “Era ambiente la revolución, y hoy es plan. Era un sentimiento inútil y cómodo: como corona de adelfas era, y de laurel, que no hay derecho a arrancarse de la frente para sazonar, con sus hojas ensangrentadas, la olla de la comodidad: ¡infeliz, en la memoria de los hombres, quien eche el laurel en la olla!” Cuidemos el nuestro.

7

Martí, quien no desconocía peligros, ni se arrodillaba ante ellos, plasmó en “Con todos, y para el bien de todos” previó, o ya veía, obstáculos como este: “Por supuesto que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir,—y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina. ¿Y qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina”.

Esas palabras, ¿no recuerdan aquello de “la verdad es revolucionaria”? No lo dijo un menchevique torpe ni un perestroiko ebrio, sino un bolchevique sabio, aunque no tan recordado, que no idealizaba la realidad pero sabía insoslayable contar con ella, sin sometérsele blandamente, para poder transformarla. Por su parte, Martí sabía necesario distinguir entre lo verdadero y lo aparente, entre la atmósfera y el subsuelo, y, en la fragua de un nuevo proyecto revolucionario para Cuba, en aquel discurso advirtió claramente contra “la mano de la colonia que no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la república. ¡Y cuidado, cubanos, que hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural! A todo el que venga a pedir poder, cubanos, hay que decirle a la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano o guante?”

No pretendía purezas inalcanzables ni convertir la cordura en parálisis. Por eso añadió: “Pero no hay que temer en verdad, ni hay que regañar. Eso mismo que hemos de combatir, eso mismo nos es necesario. Tan necesario es a los pueblos lo que sujeta como lo que empuja”. Había que contar con todo, pero no otorgar a todo el mismo espacio ni iguales derechos. Mano era mano, y guante era guante. Así sigue siendo hoy, y ha de saberse, para evitar desviaciones y sorpresas costosas. Es necesario saber qué entiende cada quien por normalizar, pues “la norma” hace tiempo que la impone el capitalismo, como se debe saber qué entiende cada quien por actualizar, cuando el Meridiano de Greenwich de la economía mundial pasa por el capitalismo. No es cuestión de palabras, pero tampoco se debe ignorar su importancia como representación de significados.

8

A menudo se cita el criterio plasmado por Martí en la carta del 10 de abril de 1895, desde Cabo Haitiano, a Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada, sus colaboradores en la delegación del Partido Revolucionario Cubano, en Nueva York. Se trasladaba hacia Cuba, donde el 24 de febrero había comenzado la contienda armada, y escribió: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”. En lo más directo se refería al papel que debía desempeñar y estaba desempeñando ya el Manifiesto de Montecristi, pero la idea, que no era nueva en él, desbordaba ese campo referencial.

En su Lectura del 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino, braceando entre el ser y el deber ser, insistió en que la revolución había pasado de ser una revolución de la cólera a serlo de la reflexión. No es un grito aislado el de “Nuestra América”, ensayo publicado a inicios de 1891 y en el cual él —que preparaba una guerra, no meramente una hermosa metáfora de la lucha— sostuvo: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”.

9

No es aleatorio que, por lo menos desde 1889, intentara fundar un periódico para la revolución. No lo consiguió hasta que el 14 de marzo de 1892 circuló el número inicial de Patria, antes de proclamarse el Partido Revolucionario Cubano. Como se ha dicho, esa antelación le permitía plantearse que el periódico no se limitara a ser el órgano de aquel cuerpo político, el cual, público y clandestino a la vez, y con seria responsabilidad ante el concierto o desconcierto mundial, se regiría por sus propias normas de funcionamiento, y no tendría en su totalidad, ni acaso en su promedio, la radicalidad ideológica que Patria podía defender libremente como soldado y vocero de la revolución.

Se han hecho valiosos estudios sobre el periodismo de José Martí, y quizás todavía esté por verse plenamente el alcance de una práctica informativa que, promovida y en gran parte protagonizada por él —no solo en la prensa, sino también en discursos y en cartas, y en conversaciones diarias—, no se esterilizó silenciada por la discreción que la guerra exigía. Algunos de los mayores secretos de su plan revolucionario no tardaron en hacerse públicos contra su voluntad. Los Estatutos secretos del Partido, por ejemplo, fueron muy pronto publicados por Enrique Trujillo, tal vez enemigo político embozado, o, cuando menos, caricatura de un Salieri minado por la envidia. Y el plan de enviar armas a Cuba por el puerto de Fernandina lo descubrió un colaborador indiscreto, o traidor, para conveniencia de los Estados Unidos y de España.

A pesar de todo, la conspiración revolucionaria, bien hecha, prosperó, y el levantamiento del 24 de Febrero estalló, no en todas las localidades previstas, pero sí en varias, aunque una errónea tradición le dio el nombre de una sola. Todavía el Código de trabajo que recientemente aprobó la Asamblea Nacional y se lee en la Gaceta Oficial de la República de Cuba, reconoce entre las conmemoraciones nacionales de carácter oficial aquella efeméride, que ese texto denomina Grito de Baire. Nuestra televisión y otros medios repiten asiduamente el mismo error, perpetuado probablemente en áreas de la docencia. Pero la simultaenidad del alzamiento no fue hecho menudo ni casual, sino opción de profundas implicaciones tácticas y estratégicas.

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El periodismo de Martí sigue siendo un modelo no superado en un país donde va para años que se combaten, con llamamientos que merecerían mayor éxito, síndromes de silencio y secretismos que han llegado a niveles imprudentes de prudencia. Esa realidad recuerda versos de Garcilaso de la Vega: “¡Oh, más dura que mármol a mis quejas/ y al encendido fuego en que me quemo […]!” Romper la pétrea barrera no es cuestión de gusto profesional, sino de vida o muerte, para cumplir con una verdad que Martí definió y ya fue citada en estas notas: “Lo primero es conocerse; porque sin fin fijo y viable, y sin medios correspondientes a él, solo se echan a andar los ambiciosos, esos grandes criminales,—y los locos”.

La población necesita estar informada, para saber cómo actuar, y hasta para alimentar ideas y esperanzas. No es homogénea la población, ni hay que idealizarla, pero mal informada no será mejor. Si se ven señales de cansancio, piénsese que cuando un héroe de estirpe martiana, el Che, negó el derecho a cansarse, se refería a la vanguardia, no a la población común. Martí, luego de decir que “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”, añadió: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

Él, ejemplo de austeridad y sacrificio que los más fieles al proyecto estarían dispuestos a seguir, no identificaba prosperidad con opulencia, y comprendía que la generalidad de las personas —“lo común de la naturaleza humana”, dijo— desean una vida materialmente decorosa, y la necesitan para no buscarla por caminos inmorales. Incluso quienes tengan la decisión de defender las más elevadas aspiraciones colectivas, deben tener claras y firmes las ideas con que fortalecer sus trincheras, y esas ideas se nutren de la información, y de la prueba de la verdad, o se debilitan sin ellas.

Es justo aplaudir cuanta buena información se dé, por ejemplo, sobre un proyecto como el grandioso fomentado en el puerto de Mariel, y es necesario que se vean en la vida diaria de la población los buenos frutos esperados de él. Otros proyectos bien intencionados no han traído lo que el país esperaba y merecía, y el de Mariel suma a su importancia económica un particular significado simbólico. Es preciso velar para que por allí le entren a la nación, al pueblo trabajador, los beneficios necesarios, y que no reingrese en la patria todo lo malo que creíamos salido en 1980 por aquel puerto.

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No hay que confundir información con sobrecarga de datos parcializados, ni creer que se honra a Martí con meras y abundantes citas de su obra, descontextualizadas. No se trata de renunciar a textos fundamentales y alumbradores que además proporcionan el goce estético de la mejor escritura; pero, más que citarlos o glosarlos, la aspiración debe ser aprender de ellos, de las ideas que el autor plasmó y refrendó con su vida, no solo con su muerte. Más productivo que buscar complaciente aprobación en sus escritos, sería indagar en qué nos impugna, aunque la realidad no nos permita hoy actuar como él habría querido.

En general, ni él ni su pueblo merecen que en torno a su obra se genere sobresaturación con una propaganda textual desmedulada o cansona. Por eso —y ruego que se me perdone repetir algo que he contado en otros textos—, cuando hace algunos años, al final de una conferencia, alguien me preguntó qué sugería para estimular la necesaria y placentera lectura de la obra martiana, dije: prohibirla. Claro que eso sería inaceptable, pero lo dije pensando en la pasión generada en torno a autores y obras que se han incluido en índices de interdicción que solo ha servido para promoverlos. Ojalá una pasión similar a esa estimulara hoy, amorosamente, el conocimiento del legado de Martí, y, para no ir más lejos, del marxismo, hoy poco mencionado.

12

Hay una dimensión, o pilar, del pensamiento de Martí que no puede pasarse por alto, y que tiene para nosotros un significado vital: la ética. En él fue, mucho más que de ciencia, cuestión de conciencia y actitud. Podrían citarse numerosas pruebas de ello, pero basta su sólido criterio de que servir a la patria, sacrificarse por ella, no da ningún derecho especial sobre ella ni sobre sus recursos. La decisión de echar la suerte con los pobres de la tierra no fue para él una consigna, sino la definición de un modo de vivir, y, en particular, de asumir la política. Lo ratificó en la manera como vivió y como se encargó de poner límites institucionales a la autoridad —que recaería en él por limpia elección— del máximo dirigente, con cargo de delegado, del Partido que él mismo fundó.

Ese Partido se constituyó para asegurar, junto con la independencia de Cuba, otros fines fundamentales llamados a sentar las bases de la república futura, para la cual urgía “fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia”, como se lee en sus Bases. Era natural que, en la guerra preparada por esa organización política, el héroe se mostrase aprensivo con lo que pudiera parecerle indicio de ostentación, de opulencia, aunque fuera la silla de montar sobre la cual un héroe formidable luchaba por la patria y moriría por ella.

La austeridad de Martí expresaba su lealtad a los principios que defendía, y era parte de su capacidad de sacrificio, que para él no representaba una condena, sino un acto volitivo consciente. De ahí que, “en el pórtico de un gran deber”, le expresara a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”. Va más allá de lo contingente el hecho de que su carta póstuma a Manuel Mercado —testamentaria en tantos órdenes, incluida su ética— se interrumpiera en la palabra honestidad.

Su legado vale también para informar la nueva lucha contra bandidos a que está llamado el país: el enfrentamiento a la corrupción y a los corruptos. En esa realidad reverdecen los versos en que un discípulo moral del Apóstol pidió “una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las revoluciones”. Esa era y sigue siendo una meta indispensable para “cumplir el sueño de mármol de Martí”.

13

Cardinal fue, o es, la actitud del Maestro en relación con las fuentes de pensamiento a su alcance, y con sus maestros inspiradores. Fue un lector voraz, y pensaba que si “Napoleón nació en una alfombra donde estaba la guerra de Europa”, él debió haber nacido “sobre una pila de libros”. Pero asimismo escribió: “el libro que más me interesa es el de la vida, que es también el más difícil de leer, y el que más se ha de consultar en todo lo que se refiere a la política, que al fin y al cabo es el arte de asegurar al hombre el goce de sus facultades naturales en el bienestar de la existencia”.

Muchos textos le serían útiles, pero su grandeza estuvo en la capacidad creativa, en el poder de buscar y hallar respuestas raigales para la realidad a la cual se enfrentaba. Pensar por sí propio era, para él, el primer deber de un ser humano, y lo cumplió señeramente. De ahí la dificultad con que han tropezado los intentos de hallarle ubicación, o clasificarlo, en una corriente de pensamiento determinada. Su actitud crítica la mostró asimismo ante sus grandes inspiradores, aunque fuera Simón Bolívar, su mayor maestro americano.

En 1893, en el centro de su discurso de homenaje al Libertador por el aniversario 110 de su nacimiento, situó entre grandes elogios lo que entendía necesario superar del maestro. Apreciaba que este “no pudo, por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito ni de la casta, conocer la fuerza moderadora del alma popular”. El fiel continuador procuraba que se entendiera con precisión lo que la herencia de Bolívar —que tenía, y tiene, mucho que hacer en América y no solo en ella— podía seguir aportando al independentismo y a la transformación en nuestros pueblos, y qué correspondía plantearse, a finales del sigloIX y hacia el futuro, en una revolución profundamente popular.

Su actitud crítica devalúa desde la base cierta lectura que a menudo se ha hecho de “Tres héroes”, semblanza incluida como escudo y brújula en el número inicial de La Edad de Oro, julio de 1889. Refiriéndose especialmente a Bolívar, sostuvo que “el sol tiene manchas” y “quema con la misma luz con que calienta”, y “los hombres no pueden ser más perfectos que el sol”. Frente a eso expresó que “los desagradecidos no hablan más que de las manchas”, pero, en contraposición, añadió: “los agradecidos hablan de la luz”. No dijo que ven o deben ver solamente la luz. Lo que proponía no era incondicionalidad, sino lealtad reflexiva, sin la cual ninguna causa digna estará del todo bien defendida.

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Es mucho lo que en cada una de las presentes notas se podría añadir, y muchas las notas que faltan para un esbozo que pudiera estimarse mínimamente completo de lo que Martí representa para nosotros. Su pensamiento y su palabra deberían servirnos, entre otros fines que debemos alcanzar, para no seguir satanizando el concepto de república, lo que habitualmente se hace cuando se le regala el rótulo la República a la Cuba de 1902 a 1958, y se contrapone a ella la Revolución, aunque la Cuba revolucionaria sigue siendo república y como tal debe perfeccionarse, para lo que debe cultivar una civilidad que parece perderse.

Si se quisiera ser exhaustivo, no pararíamos de señalar cuánto nos enseña Martí. Ni palabra sin esencia ni detalle banal hay en una obra signada por la trascendencia. Una coma puede tener significado especial. Como todo autor, tenía sus preferencias y se permitía opciones estilísticas que pueden gustarnos más o menos. Así, por ejemplo, en el cierre de uno de los grandes poemas de Versos libres se lee: “Sólo el amor, engendra melodías”, imagen que asimiló Silvio Rodríguez en la canción que afirma: “sólo el amor engendra la maravilla”.
El poema de Martí figura en un libro que no llegó a depurar totalmente para su edición, por lo cual caben dudas puntillosas. Pero él tenía en general un prodigioso y fundacional dominio del idioma. Para algunos puristas, la coma en el verso citado sería comparable con la que usó en una afirmación hecha en un texto revisado por él y publicado en su cercanía física: “El carácter de la Revista Venezolana”, donde se lee algo que de distintos modos planteó en varios escritos: “Hacer, es la mejor manera de decir”.

Lecturas puristas, y a veces descuidadas, suprimen la coma; pero ¿es que la pausa que ella pide no le da al verbo hacer la doble función de reclamo imperativo y de protagonista del predicado que le sigue? Es como si después de la convocatoria, hacer, en la que se siente incluso un énfasis exclamativo, se añadiera una oración donde ese verbo puede ser a la vez sujeto implícito, para evitar una repetición indeseable, en un contexto donde cabría percibir el siguiente mensaje: “¡hacer!, esa es la mejor manera de decir”.

Es apenas una propuesta, basada en el reconocimiento de la importancia de los signos de puntuación para Martí. Sobre ellos esbozó un sistema propio, personal, impracticable tal vez, pero revelador del cuidado con que los asumía y es indispensable tener en cuenta al interpretar sus textos. Desde lo más profundo de su legado, de su ejemplo vital, nos llama a hacer, y a hacer bien, porque esa es la mejor manera de decir.

*  Intervención en el panel que, sobre el tema José Martí y la Revolución Cubana hoy, sesionó el 10 de julio de 2014 en la Casa Cultural del ALBA de La Habana, organizado por el programa FLACSO-Cuba en su ciclo Balcón Latinoamericano.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.  Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
 Publicado en Cubadebate

martes, 11 de febrero de 2014

Nueva cita con los libros, y más

Por Luis Toledo Sande*
 
A menos de dos meses de haber sido sede y organizadora de la Segunda Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, da vida Cuba a su Vigésima Tercera Feria Internacional del Libro, cita que desde hace algunos años, una vez clausurada en la capital, se extiende a las otras provincias del país, incluso en zonas montañosas. No es necesario embriagarse en el hermoso simbolismo de esos hechos para disfrutar lo que ellos confirman y aquí apenas se roza por su vinculación más directa con el tema de los presentes apuntes: el experimento político cubano ratifica en las actuales circunstancias la conciencia de lo responsabilizado que está con seguir siendo fiel a los ideales cultivados durante la lucha por la independencia y la liberación nacional de la patria.

El tramo de esa historia iniciado el 26 de julio de 1953 se proclamó acto de homenaje, en el año de su centenario, a José Martí, quien fue concentración de los ideales encarnados en dicha lucha, y fuerza impulsora para darles continuidad hacia el futuro. En el legado martiano se reconoció desde aquella fecha ígnea lo que años después de triunfar el 1 de enero de 1959 la etapa llamada por antonomasia Revolución Cubana, su líder histórico, Fidel Castro, llamó el fundamento moral de las transformaciones emprendidas en el país. Para llevarse a cabo debían ellas comenzar —y comenzaron, atendiendo a la vez otros propósitos medulares— por la consumación de la independencia que desde 1898 el naciente imperialismo estadounidense frustró, durante seis décadas, con su intervención en la guerra que el pueblo cubano alzado en armas libraba contra el colonialismo español.

La gesta iniciada el 10 de octubre de 1868 sufrió casi diez años después la interrupción contra la cual se levantó, encabezada por Antonio Maceo, la Protesta de Baraguá. En lo que esa década tuvo de honor y de gloria fundó Martí el proyecto revolucionario en virtud del cual se desató, el 24 de febrero de 1895, una nueva etapa de empeño bélico liberador. Este no se dirigía ya solamente contra el colonialismo español, sino —a la vez, o sobre todo— contra los planes del voraz imperialismo que desde los Estados Unidos amenazaba con extenderse por toda nuestra América, y con romper cada vez más, para provecho de sus arcas, el equilibrio del mundo. Mercado y guerras serían sus recursos para conseguirlo.

La lealtad de la Revolución Cubana a los ideales emancipadores abonados por esa historia —durante la cual se sembraron las luces de una civilidad republicana burlada por la injerencia imperial y sus secuelas, con la complicidad de celestinos vernáculos— se probó en la equidad social que desde los primeros momentos estuvo entre sus principales afanes, y ha de seguir estando. No fue obra de la casualidad el hecho de que en 1961, poco más de dos años después del triunfo de la Revolución, Cuba protagonizara dos victorias indisolublemente vinculadas entre sí: del 17 al 19 de abril enfrentó y aplastó, en Playa Girón y sus inmediaciones, la invasión de tropas mercenarias que reforzó los actos terroristas que el país siguió sufriendo y encarando junto con un férreo bloqueo comercial, económico y financiero; y el 22 de diciembre, con una concentración multitudinaria en la Plaza de la Revolución José Martí, celebró la erradicación del analfabetismo, gracias a una Campaña Nacional, masiva, que ya estaba en marcha al producirse la invasión mercenaria.

Seguirían caracterizando a Cuba la firmeza antimperialista y el tesón por desarrollar, entre otros logros públicos, una obra educacional que beneficiaría a todo el pueblo, incluidos los miles y miles de personas alfabetizadas por aquella Campaña, que hoy sigue mereciendo la admiración del mundo: a comarcas de distintos continentes se han extendido frutos de la experiencia que en ella se fraguó. Para entonces la Revolución había dado pasos decisivos hacia el logro de un movimiento editorial sin precedentes en el país. En marzo de 1959 se fundó la Imprenta Nacional, que en 1960 tuvo su gran bautismo con la publicación de cien mil ejemplares de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha comercializados a un precio simbólico.

Quedó abierto así el camino que llevó sucesivamente a la fundación de la Editorial Nacional y del Instituto Cubano del Libro, y que desde los primeros momentos dio un creciente apoyo a empeños que —elevando en índices cualitativos y cuantitativos afanes similares pero aislados que habían tenido lugar antes de 1959— se consumaron en los Festivales del Libro. Estos constituyeron antecedentes directos del apogeo ferial que se aproxima a un cuarto de siglo.

El valor de las Ferias como promotoras del hecho editorial y de la lectura, y la importancia que el país ha sabido ver en ellas, se aprecian con solo apuntar que el tamaño y el peso de su historia se decidió en un contexto marcado por el desmontaje del campo socialista europeo. De golpe, la desaparición de este representó para Cuba la pérdida de la mayor parte —para no decir de casi todo— su mercado internacional, y de las ventajas que le venían del tipo de transacciones mantenidas con aquellos países.

La repercusión de tales pérdidas se agravó porque la debacle del llamado socialismo real alimentó en el mundo la euforia de los capitalistas. Aunque contrariada en parte por la crisis sistémica del capitalismo, y por el surgimiento de proyectos emancipatorios en varios países, señaladamente en nuestra América —donde se renuevan las banderas del socialismo, asociado a la creación heroica, como reclamó en su tiempo José Carlos Mariátegui, no al dogma estancadizo—, esa euforia dio paso al presunto éxito irreversible de un pensamiento único, frenesí del pragmatismo.

No por gusto esa corriente ideológica es la expresión distintiva de las prácticas imperialistas, y como corriente filosófica tiene certificado de nacimiento en los Estados Unidos. Desde esa potencia, infundido por ella y por instrumentos suyos como el Fondo Monetario Internacional, se propalan orgánicamente concepciones y prácticas neoliberales que arruinan a pueblos y refuerzan el sometimiento de gobiernos a las redes del imperio.
Que en medio de esa realidad Cuba haya mantenido empeños de los cuales forman parte las Ferias del Libro, habla de la importancia que el país reconoce a la formación y al cuidado de valores culturales. Con ello ratifica su fidelidad al ideario de Martí. Él, en un artículo de 1884 —“Maestros ambulantes”, que pudiera tomarse como plataforma de la revolucionaria Campaña de Alfabetización de 1961—, sostuvo que, “en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”. Intuía, o sabía, que las penurias materiales pueden generar deformaciones indeseables en el plano moral; pero la significación de sus palabras se entiende rectamente si se conoce que él, lejos de sucumbir al culto de la riqueza, renunció a la que pudo haber alcanzado con su laboriosidad y su talento proverbiales, y echó de veras su suerte con los pobres de la tierra. Es necesario valorar aquella cita en su contexto, donde está inmediatamente precedida por máximas cardinales que encarnan el pensamiento y la actitud de Martí: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”.

Cuando Cuba se empeña en alcanzar la eficiencia económica necesaria, y se lo propone enarbolando las banderas de un socialismo próspero y sustentable, no puede hacerlo al margen de un legado que la responsabiliza con saber que, si bien no cabe ignorar el mercado, tampoco se le debe brindar el servicio de someterse resignadamente a él. La economía, en proyectos como el que esta nación debe seguir abrazando, defendiendo, en correspondencia con su historia, no es un fin en sí misma. 

Los esfuerzos que en torno al hecho económico aspiren a tener plena validez, se acometerán para garantizar la existencia de una sociedad caracterizada por un funcionamiento de veras humano, signado por la vocación de equidad, a la que sería criminal renunciar porque se reconozca la inviabilidad práctica del igualitarismo, que no todos entienden y repudian con las mismas motivaciones y perspectivas.

Solo con tales premisas la finalidad de salvar los logros alcanzados con el afán de construcción socialista —que no se ha consumado en ningún paraje del planeta—, podrá contribuirse a mantener viva la posibilidad de llegar al socialismo, que será un fruto profundamente cultural, o no será. De ahí que a Cuba no le esté dada, y menos aún como derecho, la comodidad de la desprevención ante los peligros del pragmatismo, un mal que en determinadas circunstancias, sobre todo si lo auxilian la inercia y la resignación, no digamos ya la manipulación dolosa, pudiera enmascararse como inocente o aséptico, e insoslayable, sentido práctico.

Al Martí que en su discurso del 10 de octubre de 1890 sentenció “el verdadero hombre [cabe leer ser humano] no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber; y ese es el verdadero hombre, el único hombre práctico, cuyo sueño de hoy será la ley de mañana”, rinde homenaje en hechos la CELAC. En medio de una diversidad compleja y retadora, esa organización ha situado los ideales martianos de integración continental, opuestos a los designios imperiales, en planos de realización nunca antes alcanzados —a fines del siglo XIX podían parecer un sueño—, y para su Segunda Cumbre, en La Habana, escogió comenzar sus sesiones el 28 de enero, natalicio del héroe de nuestra América.

También le rinde homenaje a Martí la Feria del Libro, que, además de asumir su legado en el determinante plano conceptual, iniciará su nueva cita habanera, preludio de su marcha por el resto de la nación, el 13 de febrero, y la terminará en la víspera del 24 de febrero. En esa fecha de 1895 se levantó en varias localidades del país el plan insurreccional que, en medio de severas adversidades, preparó Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano.

Mucho habría que decir sobre las Ferias del Libro, llamadas a perfeccionarse como contribuciones para asegurar la permanencia del hábito de la lectura, no solo con textos impresos. De ahí que también dé cabida a soportes digitales. Pero lo que ellas significan en el fomento de prácticas y valores culturales, en la siembra de la espiritualidad y en concepciones que, como norma, pueden ser datos carentes de interés para pragmáticos, basta para dar la bienvenida entusiasta a la Feria Internacional del Libro Cuba 2014.
*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Atiende el Blog “Luis Toledo Sande: artesa en este tiempo”
 Publicado originalmente en Cubarte
Imágenes agregadas RCBáez