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miércoles, 11 de noviembre de 2015

El pozo sin fondo de las justificaciones

Por Leydis María Labrador Herrera 
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La defensa es permitida. No se puede juzgar a un ser humano sin antes escuchar sus razones y argumentos. Así lo establecen los principios elementales de justicia social y nadie está en desacuerdo con eso, pues de cierta forma en el transcurso de la vida, todos pasamos por el papel de jueces y acusados indistintamente.

 Sin embargo, más allá de marcos legales y derecho ciudadano, creo que la posibilidad de defenderse, vista incluso como instinto de conservación, ha pasado a un ámbito un poco ambiguo, que pudiera confundirse perfectamente con un mal que aqueja a nuestra sociedad: la justificación. En otras palabras, ese vicio pernicioso de no aceptar la culpa y tratar de pasar la responsabilidad a alguien más, como papa caliente.

 Sin importar el rol que desempeñemos en el entorno que nos rodea, todos tenemos deberes inaplazables y nos gusta que se reconozca lo que hacemos bien, pero, raras veces, aceptamos nuestros errores. Lo preocupante del caso, es que esa actitud afecta de forma directa el funcionamiento y desarrollo de nuestra sociedad. Supone un obstáculo para el logro de las más elevadas metas y los más complejos objetivos.

 Lo cierto es que sin pensar en nada más que en sacudirse, muchas personas al ser interpeladas por una violación determinada, comienzan a trazar todo un laberinto de causales que al final no conducen a la raíz del problema. El análisis de una problemática se convierte en una cadena interminable, donde raras veces aparece la aguja oculta en el pajar. Como es de esperar, a las dificultades les salen canas y se complejiza la búsqueda de soluciones.

 Situaciones ilustrativas pudieran citarse muchas, pues chocamos a diario con ellas. Por ejemplo, es más fácil decir que una empresa no cumplió su plan de producción porque los recursos no llegaron en tiempo, porque la documentación tenía errores o porque faltaba capacitación al personal, que reconocer limpiamente, por encima de esas dificultades, que hubo falta de exigencia y control, o que no existió sistematicidad en el seguimiento al proceso productivo.

 Decía Ernesto Guevara que hay que eliminar los errores que cometen los hombres y no a los hombres que cometen los errores, y ese ha sido un principio por el que se ha caracterizado nuestro sistema social. Para equivocarse, basta con ser humano, pero de ahí a salvar responsabilidades a toda costa, va un trecho bastante grande.

 Es inadmisible que en medio del proceso de actualización que vive nuestro modelo económico, o del combate contra el delito y las indisciplinas sociales, aún nos demos el lujo de aceptar justificaciones vacías, que no conducen a ninguna parte y se abra espacio así para actitudes pasivas y conformistas. Acostumbrarnos a lo mal hecho, verlo sin sentir indignación y para colmo, permitir que se camufle, aun a sabiendas de lo que hay tras la madeja, es la forma más fácil de liberar al peligroso fantasma de la enajenación.

 Diariamente nos enfrentamos a problemáticas que pudieran resolverse, como indica la sabiduría popular, dándole los palos al burro cuando se cae. Lamentablemente, a veces se confunde ser considerados con ser al extremo permisivos, sin darnos cuenta de las consecuencias que sobrevienen a los ojos ciegos y los oídos sordos.

 La sociedad cubana vive momentos cruciales y todos de una forma u otra somos protagonistas de esos procesos. No podemos cruzarnos de brazos y aceptar que la culpa no la tenga nadie, cuando sabemos a ciencia cierta que no es así. Justificación, es en la vida práctica más que en la lengua materna, el antónimo de solución. Si todos lo sabemos, ¿por qué seguimos permitiéndolo?

Tomado de Periódico Granma

viernes, 20 de junio de 2014

¡Viva la UNEAC!

Por Luis Toledo Sande*

En la clausura de una reciente asamblea gremial, el principal orador calzó ideas propias citando algo que le había contado la dirigente política de una provincia cubana. Ella —pudo haber sido él: no tiene aquí el género, que es factual, otra intención que mostrar el avance de la mujer en la vida del país— le expresó su desconcierto por un hecho: en una reunión de la filial de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) en su territorio, las intervenciones giraron mayoritariamente sobre otras entidades. Solo una pequeña parte abordó cuestiones internas de dicha organización.

Al oír la anécdota, alguien desde el fondo del salón pronunció el viva que da título a este artículo, y que expresó el reconocimiento de algo inocultable: durante décadas la UNEAC ha sido un espacio de discusión sobre problemas fundamentales del país, con las miras centradas en salvar no solo las conquistas del socialismo, sino el sistema justiciero que estas encarnan y sin él podrían venirse abajo, y el espíritu democrático, participativo, sin el cual no habrá socialismo que valga. Semejantes ímpetus se explican porque la vanguardia de la intelectualidad literaria, artística y de pensamiento de la nación está mayoritariamente identificada con el destino de su pueblo, del cual se sabe parte. Y si bien esa vanguardia no está solo en la UNEAC y sus foros, sobresale en una y en otros, que no por gusto han tenido el aval de la presencia de los guías de la Revolución, empezando por Fidel Castro.

Esa proyección de la UNEAC difiere de cierta tendencia según la cual cada centro de trabajo o de estudio, cada institución, se limitaría a valorar sus respectivas áreas, y que puede estar animada por el deseo de que cada pedazo del país resuelva sus problemas internos. Pero por ese camino los centros y las instituciones se desentenderían de la realidad nacional, y terminarían desconociéndose a sí mismos. Felizmente, nada hasta ahora ha posibilitado el triunfo de tal tendencia, y es de esperar que se le mantenga a raya, sin renunciar a la superación interna de las distintas porciones administrativas o funcionales.

Habría que hacer consideraciones concretas sobre la voluntad de los miembros de la UNEAC de ir más allá de sus fronteras. Después de todo, en su mayoría integran, a la vez, otros centros e instituciones, ni siquiera solo de la llamada gremialmente cultura. El aludido desbordamiento de linderos lo han reforzado, o lo han hecho necesario, los déficits funcionales de instituciones responsabilizadas con un desempeño más abarcador y activo: díganse, para no mencionar más que dos de ellas, el sistema de organismos del Poder Popular —desde la base hasta la cúspide— y también, si es que no sobre todo, la prensa. Contra deficiencias de aquel y de esta se ha pronunciado reiteradamente la dirección del país, de manera señalada Fidel Castro y Raúl Castro, y se pronuncia asiduamente, con seria preocupación asimismo, la generalidad del pueblo.

En vez de lamentar el desbordamiento crítico protagonizado por la UNEAC —cuyas posibles fallas internas tampoco habrá que desconocer— se debería apreciar lo mucho que hay de positivo en él, y procurar que los organismos alcanzados por sus análisis se perfeccionen y cumplan cabalmente su papel. Todo eso es necesario para asegurar que el experimento cubano siga un buen camino, sin desviaciones que lo alejarían de la brújula afianzada en la justicia social. Sería ingenuo pensar, por ejemplo, que todas las críticas lanzadas contra el igualitarismo tienen la mejor orientación.

Es plausible que, gracias a cambios necesarios, felices, en la política migratoria del país, niños y niñas ajedrecistas puedan competir en el exterior. Pero si ello se afinca en que el equipo cubano no lo formen precisamente los mejores talentos, los que mejor juegan, sino que entre los más destacados se escogen los niños y las niñas cuyos familiares puedan pagarles el viaje —acaso sin que se sepa de dónde sale el dinero, y aunque se supiera y su origen fuese el más limpio del mundo—, no solo se arrincona el igualitarismo, sino que se le da un golpe demoledor a la justa equidad. El mensaje iría directamente, en primer lugar, a personas que, por su edad, están llamadas a reproducir lo que se les trasmita, lo que se les enseñe, y por una senda como la esbozada es obvio que tendríamos un funcionamiento social menos igualitario, pero ni remotamente más justo. Tal dinámica satisfaría, eso sí, a fanáticos y beneficiarios del pragmatismo economicista, orientación propia del capitalismo.

Muchos riesgos puede abonar el exceso de confianza, la ausencia de la percepción que debe fomentarse rigurosamente por igual contra epidemias biológicas —dígase el cólera, por ejemplo— y contra torceduras de índole social. No pueden dejarse las cosas a la inercia, a la confianza ciega en la buena voluntad de nadie, ni a la fatalidad, por muy buenos que se crea que pueden ser los resultados de esas actitudes. Insístase en que ya, además de saberse —y nunca debió ignorarse— que el socialismo es reversible, se conoce asimismo que su triunfo no es un acto inevitable, ni siquiera donde se crea que existen o pudieran crearse las mejores condiciones para que sea próspero y sustentable. Hay lúcidas reflexiones revolucionarias, socialistas —como la hecha recientemente por Darío Machado—, sobre qué deben significar para nosotros conceptos como prosperidad, avance y desarrollo. Y habrá que insistir seguramente en el significado de socialismo. No basta el comodín de decir que aún no se ha construido en parte alguna y no se sabe cómo se hace.

Todo eso se debe debatir, en la UNEAC y en todas partes, con el mayor orden posible, pero sin coyundas frustrantes. Se trata de buscar y encontrar un buen funcionamiento en la nación, en la sociedad, en el pueblo, que no es monolítico ni homogéneo, pero debe ser el beneficiario principal de cuanto se haga para bien de la patria. Esta se ha de entender como un pedazo de la humanidad, y además valorarse en sí misma, para beneficio de sus pobladores, pues ningún todo podrá marchar bien si no lo hacen sus componentes.

No se trata de complacer a nadie que, aunque siga viviendo de lo que pueda sacarle al capitalismo, condene cuanto Cuba haga en busca de bienestar para su pueblo, para no hundirse y pasar a ser, si acaso —porque los medios dominantes no facilitarían otra cosa—, un mero tema escarnecido en textos donde se hable de intentos frustrados de fundar un tipo de sociedad no capitalista. Conozco, en varios países, ejemplos de verdadera solidaridad con Cuba, compañeras y compañeros que sinceramente la apoyan, aunque objetivamente no tengan para sí más alternativa que seguir viviendo bajo el capitalismo, a veces con monarquías que ni siquiera tendrían que ser corruptas para ser repudiables: bastaría su condición de régimen arcaico incompatible con la democracia y asentado sobre bases cuya demolición ha costado mucha sangre a la humanidad como para que sobrevivan impunemente en espectáculos zarzueleros (dicho sea con perdón de las buenas zarzuelas).

Las críticas endiabladas contra Cuba, contra todo cuanto ella haga para subsistir en medio de un bloqueo que no cesa, de deficiencias internas y de penurias insufribles aun en medio de los grandes esfuerzos del Estado por mantener los mayores logros de la voluntad socialista, no vienen precisamente de esas personas solidarias. Vienen de algunas que se atrincheran en atalayas de sabiduría teoricista —no teórica, que es otra cosa— y certifican que en Cuba ningún cambio busca salvar la justicia social, sino conducirla al capitalismo. De ser esto cierto, el pueblo cubano tendría la misión histórica de impedirlo, y en ello podría contar, aunque no fuera más ni menos que en el plano moral, con el apoyo de personas honradas, cualesquiera que sean sus nacionalidades y plazas de residencia.

Difícilmente esos luchadores se encuentren entre quienes acudan a los seudónimos, aunque tuvieran —y a veces hasta de eso carecen— el talento necesario para conseguir que sus textos parezcan obras de distintos autores, y no de uno solo “multiplicado” en busca de que las críticas contra Cuba parezcan hechas por varias personas. De poco vale que se quieran disfrazar de obreros aguerridos como se disfraza de Caperucita Roja el lobo: la oreja peluda, los colmillos y las uñas se les ven por debajo del antifaz y de la vestimenta. No importa la pasión que simulen para reclamarles a cubanas y cubanos lo que cierta “Solidaridad de barro” refutada hace años en un textículo escrito y publicado en este país: “Hermano, resiste, por ti y por mí / las privaciones. / Yo volveré bien firme a la faena / de ingerir, por los dos, buenos jamones”.

Son los mismos que calumnian soezmente, que dicen y se desdicen, y, después de despotricar contra Cuba, de condenarla con magistral vehemencia usando como pretexto el restablecimiento de una pequeña propiedad privada que tal vez no debió haber suprimido nunca, se van a un bar para refrescarse a golpe de cerveza, y pagan con un dinero que por esa vía engrosa como norma las arcas de la propiedad privada, no las de una congregación justiciera. Ni Cuba ni ellos se hallan en un planeta regido por el más puro comunismo, sino en el mundo que es, dominado por una realidad contra la cual, hasta donde sabemos, nada concreto hacen los más feroces críticos de Cuba. ¿Hacen algo?

En el afán por despojar a Cuba de toda fuerza que le dé aliento, ponen ellos en duda que existan los jóvenes de vocación anticapitalista mencionados por algún científico social cubano. Invitado por el Movimiento Juvenil Martiano, que está adscrito a la Unión de Jóvenes Comunistas, frecuentemente participo en un plan de animación ideológica llamado Diálogo de Generaciones. Lo he hecho varias veces en La Habana, y —va para unas semanas, tomando para eso parte de mis vacaciones— en un recorrido por las cinco provincias orientales, una cada día, y con tres o cuatro encuentros en cada una de ellas.

No he recibido remuneración material alguna, ni he aspirado a ella. He tenido, sí, una remuneración mucho más importante: el gusto de ver la cifra y la calidad de personas que abogan por mantener el camino socialista e impedir el regreso del capitalismo, un retorno que no está en los planes del Estado y el Partido, y que el pueblo tiene el deber de impedir que llegue a estar en ellos, porque alguien logre colarlo en las líneas trazadas. Habrá otros componentes del pueblo, pero aquí se habla del fraguado en Baraguá y en el Partido Revolucionario Cubano; en la lucha contra un imperio presto ayer y hoy al zarpazo; en la gesta del 26 de Julio y su continuación en la Sierra Maestra. Ese pueblo ratificó su voluntad justiciera en vísperas de la agresión imperialista por Playa Girón y sus inmediaciones, y en la derrota infligida en menos de setenta y dos horas a los mercenarios invasores.

Ese pueblo existe. No hay que perder tiempo intentando convencer de ello a supercríticos y sabios empeñados en negarlo a toda costa. Los intelectuales que forman parte de ese pueblo no son dos ni tres; aunque también eso negarán aquellos sabios que se disfrazan de obreros puros, rojos hasta los tuétanos. Esos quieren que Cuba desparezca, y borrar a cuanta persona defienda el derecho de este país a tomar las medidas necesarias para no perecer. Si pereciera, lo menos grave sería que tales sabios saldrían a vociferar su “convicción” de que ninguna otra cosa es posible, y a festejar, refrescándose con cerveza, su triunfo como agentes de la sabiduría, y quién sabe si de otras formas de inteligencia.

Ellos arremeten contra todo el que —con limpia conciencia de lucha más que con los remilgos de andar creyéndose intelectual o artista: serlo es un hecho y no da ningún derecho especial— defienda la posibilidad de Cuba de mantenerse viva en su camino, y busque alumbrar opciones válidas para este empeño. Contra quienes así actúan es curioso que aquellos críticos concentren su rabia, expresada a veces de manera que da asco. No es un procedimiento nuevo: en él han coincidido la derecha más recalcitrante y lo que suele llamarse extrema izquierda, sin ser siquiera una izquierda cierta.

De ello ha habido antecedentes en el afán de dejar a Cuba sin raíces históricas: no han faltado maniobras para desprestigiar a héroes como Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara, e incluso para negar a José Martí, a quien ya apareció alguien que le rindiera, aunque involuntariamente, un homenaje reservado a grandes: ese alguien sostuvo que la obra martiana, de tan colosal que es, no puede haber sido escrita por una sola persona, sino por todo un equipo; y ya antes hubo quien mereciera ser puesto de vuelta y vuelta por haber intentado ridiculizar al héroe. Si contra gigantes se han lanzado fantoches que dan náusea, ¿qué puede quedar para el resto del mundo? Pero Cuba marcha —por ello, aunque la cita no venga del Quijote, hay perros que le ladran—, y tiene instituciones que corren la suerte del pueblo al cual pertenecen. Es justo que se les den sus vivas. Para los fantoches, aunque se disfracen de obreros con lengua aguerrida, aplíquese lo de César Vallejo: ¡Allá ellos!

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
    Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Publicado originalmente en Portal Cubarte

¿Y qué pasa con los pobres de Cuba?

Sin ánimo de polemizar ni de desmentir lo que acá expresa Juan Manuel (con mucho, a mi modesto entender, de los que mejor retratan nuestra realidad) quería puntualizar algunas ideas que me surgen con la lectura de este texto... ¿Existen diferencias entre los distintos sitios habitacionales de mi Patria? Evidentemente sí, cuando conozco casos en las zonas en las que he vivido los ultimos 25 años o más, en que los casos sociales son tratados a través de la trabajadora social del Policlínico Gregorio Ortiz, ubicandolos en asilos de ancianos, o son atendidas en comedores al efecto, personas que no mantienen vinculo laboral por enfermedad u otras causas. Donde vecinos sin dicho vínculo recibieron su ATEC-Panda a pagar en modestísimas cuotas, donde otros en igual condición fueron beneficiados por los módulos de cocina, o cambiaron sus ventiladores y refrigeradores...

¿De qué iría la historia, entonces? De garantizar que dichos servicios, instituidos por nuestro gobierno, sean ofrecidos a todos los que lo necesitan, por supuesto. Pero también de que aquellos que forman parte de esa masa poblacional en desventaja, sea receptiva de este esfuerzo: y me refiero a aquellos que -pudiendo hacerlo- no han cumplido sus compromisos de pago, a aquellos que re-vendieron esos artículos sin siquiera concluir sus pagos, a aquellos que rechazan ayuda médica y continúan sumidos en el vicio del alcohol... Si como bien dice Juan Manuel " la maravillosa herejía" les dio las oportunidades, veamos por qué no las aprovecharon y no permitamos la repetición de tan nefastos hechos.
Con todos y para el bien de todos, dijo el Maestro. Y ese todos también nos engloba. NO cerremos los ojos ni miremos, cómplices, hacia otro lado. Y no permitamos, efectivamente, que estos temas se los robe el enemigo. Porque somos nosotros los que hemos de resolverlos.

¿Y qué pasa con los pobres de Cuba?

Por  Juan Manuel Alvarez Tur (@Alvarez_Tur)

Tenemos una masa importante de cubanos y cubanas viviendo en condiciones de pobreza. No se publicitan los estudios académicos al respecto, pero de manera empírica lo puedo afirmar, porque he visto el fenómeno. Pobreza de todo tipo. Esto es: gente que no tiene capacidad pecuniaria para mejorar las condiciones de su vivienda, comer y vestirse de manera básica, ni posibilidades reales tampoco para acceder a la cultura. 



A veces encontramos personas con estas características agrupadas en una misma ubicación geográfica, y otras tantas, con cierta tonalidad oscura en su piel como denominador común.

Cuando la pobreza toma color. Foto: Lilian Cid (Cubaxdentro)
¿Una manifestación de vulnerabilidad social? Foto: Lilian Cid (Cubaxdentro)

¿Cuándo tendremos datos oficiales sobre el tema? ¿Cuándo estará en las agendas de las reuniones del Consejo de Ministros y las sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular? ¿La zona de desarrollo del Mariel y el ingreso por los servicios profesionales en el exterior permitirán diseñar acciones afirmativas para esas personas y zonas económicamente más vulnerables? ¿Y qué pasa con aquellos que mueren hoy, ahora, bajo esas condiciones de vida? ¿Qué significa “no quedar desamparado”? Si nos atenemos a que los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución marcan de algún modo esa agenda de problemas fundamentales a resolver, hay que tener en cuenta entonces que ella se preocupa más por las aperturas económicas que por fijar acciones concretas e integrales para desterrar la inopia de los más retrasados en la reproducción de la vida material. Ahora se discute mucho sobre los salarios, el fin de la dualidad monetaria, si las aprobaciones de nuevas cooperativas y licencias para particulares avanzan muy lento, o si los automóviles, el acceso a Internet y las líneas móviles se tasan en precios excesivamente altos.

Los pobres pueden, por ejemplo, abrazar un proyecto de trabajo por cuenta propia, ¿pero pueden entrar con éxito todos a ese mercado laboral? Esas posibilidades están jerarquizadas. No es lo mismo un cartel anunciando “pan con croqueta” escrito a lápiz que uno digital, bien rimbombante y moderno, promocionando “pizzas”. Estamos entrando de lleno en el mundo de la competencia, que es desleal y abrumadoramente discriminatorio. Esta realidad, subliminal, viene escondida dentro de la noción de “sentido común”, que como decía recientemente en la Universidad de las Ciencias Informáticas, el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia, no ha dejado de ser burgués. Imagino que alguno dirá que el pobre tendrá otro igual o más pobre que él para que le compre su pan con croqueta. ¿Así vamos a construir socialismo en Cuba?

La explotación entre las personas vuelve a enseñorearse, ahora en un campo quizás más fértil, porque va resultando extemporáneo recordar a un hombre que ayudó mucho a entender de qué iba el asunto, como Carlos Marx.

Recientemente la prensa digital cubana se hacía eco de una nota de The New York Times que alababa las reformas económicas cubanas. Yo creo que debemos preocuparnos cuando desde el Norte celebran lo que hacemos. Me parece que lo medido en verdad por ellos es cuánto capitalismo le estamos inyectando a la vida cubana. Nos están evaluando con su vara y nos estamos tragando el “elogio”.

Existen prácticas para subsidiar servicios y productos a ciudadanos que viven en contacto directo y permanente con la carencia de ciertas oportunidades de índole material, pero ni es suficiente ni llega a todos. Cuba ha sido y es un ejemplo para muchos en el mundo porque fue más allá de lo que parecía posible, como plantea Martínez Heredia. Él también afirma que se debe tener conciencia de lo que está mal, y yo digo también que hacerla pública, sobre todo desde la dirección del país, para palpar  la implicación de éste con los problemas fundamentales, y tener definida una línea base, que estará supeditada al influjo de nuestras dificultades propias y el bloqueo estadounidense fundamentalmente.

Tenemos guetos donde las personas viven sumidas en el alcohol y tienen que hacer lo indecible para sobrevivir. Tampoco me llamo a cuento. A mi juicio la mayoría de la población, por la izquierda o por la derecha, se las arregla. Yo me refiero a esos que llamamos “casos sociales críticos”. Eso da para otra pregunta, ¿qué metodología determina un caso social crítico? Hay indigentes, individuos que piden limosnas y otros que no bucean precisamente en abisales y limpias aguas. Eso es incompatible con el socialismo, y no hay que esperar a que los ricos produzcan muchas riquezas, para que entonces tributen más y después, y solo después, sea posible rescatar a mucha gente del área subterránea en que se encuentran. ¿Y las voluntades? ¿Y la capacidad para convocarlas? ¿La perdimos totalmente? ¿Y la presión de los ciudadanos para resolver esas realidades?

Es una gran deficiencia decir que los que van ahora arrastrándose por la vida “se lo merecen”, “que no estudiaron”, o como escucho decir sobre los que piden limosnas, que “son descarados” que “hacen mucho dinero así”. Tiene que haber penetrado una cantidad notable de miseria moral y material en una persona para que asuma ese modus vivendi. Y si bien es cierto que por la vida le pasaron oportunidades dentro de la maravillosa herejía que ha significado hasta hoy la Revolución Cubana, también lo es que fue una incapacidad de todas las estructuras de nuestra sociedad el que no las aprovechara.

Para seguir siendo una Revolución lo que triunfó en Cuba en 1959, no puede desistir en el empeño de hacer realidad, de verdad, aquello de que ella es de los, por los, y para los humildes, que no saben qué es Internet, que no tienen cuentas en CUC como para preocuparse por el Día Cero, ni piensan en un carro y tampoco les interesa cuándo viene la televisión digital porque ni televisor tienen. Quisiera que nos ocupáramos más por eso, hasta donde podamos, aunque sólo sea para poner en claro como mínimo cuál es el umbral de la pobreza. 

No podemos regalar el tema a los enemigos del proceso revolucionario. Al mismo tiempo la sociedad civil debe utilizar todos los mecanismos existentes, y crear otros nuevos para reducir progresivamente ese lastre social tan injusto. No podemos continuar indiferentes. Hagámosle caso a uno de los hombres más grandes que ha dado este país, el General Antonio Maceo, cuando decía: “El que baja para subir al caído, enaltece su nombre colocándose por encima de todos”.

Publicado en su Blog CubaxDentro