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viernes, 12 de febrero de 2016

Sobre la actualidad del ideal socialista (1)

Por Darío Machado Rodríguez*

Con la mirada puesta en el congreso del partido.

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Es innegable que el ideal socialista sufrió un colapso en su prestigio, no solo en la desaparecida URSS y en los extintos países socialistas de Europa Oriental, sino también en Cuba, aunque los efectos más fuertes y duraderos del también catalogado como “desmerengamiento” se dieron aquí en el terreno económico; mientras, la identificación de la idea del socialismo como imagen de una sociedad mejor y más justa para Cuba se mantuvo y mantiene predominante en nuestros días.
Sin embargo, se produjo en estos años un debilitamiento de ese ideal y con ello una tendencia en la comunicación de contenido sociopolítico a no emplear el vocablo socialismo para acreditar la proyección social del país, mucho menos la frase “construcción del socialismo”, expresiones esenciales inherentes a la formulación del ideal socialista, vergonzantemente silenciados por algunos. En su lugar han surgido frases sustitutas como “proyecto social cubano”, “la sociedad que construimos” “proyecto de país”, etc., que de hecho son formulaciones válidas, pero obvian incluir en las expresiones el contenido socialista. Esa tendencia todavía hoy se revela y puede ser no solo el resultado de las vicisitudes mundiales del socialismo, sino también –hay que reconocerlo- de las dudas sobre su viabilidad por el desgaste que ha producido la tenaz acción de la guerra económica contra Cuba, el mencionado colapso del socialismo en Europa Oriental y la URSS, nuestros errores e insuficiencias y el hecho de continuar siendo un sendero ignoto requerido de mucha experimentación.
Pero si bien es un camino no desandado por completo en ningún lugar del mundo, no significa que el propio camino no sea socialista.
Siempre he afirmado que el socialismo en Cuba es simultáneamente realidad, ideal y experimentación. Es realidad por las transformaciones profundas ocurridas en la sociedad cubana y por las prácticas sociopolíticas y culturales que se mantienen, ideal porque en su horizonte hay propósitos considerados alcanzables y aún no realizados, y experimentación porque al ser efectivamente un camino ignoto, la experimentación es necesaria e inevitable.
Por ello sigue siendo válida la expresión construcción del socialismo o construcción social de orientación socialista, frase a la cual suelo acudir en un intento de caracterizar de modo resumido el proceso que constituye el tipo de sociedad cubana actual. Y lo es con todo derecho, porque predomina la propiedad social socialista sobre los medios fundamentales de producción de bienes y servicios y demás propiedades socializadas, por el papel de la planificación, por las normas socialistas de su gestión, por las pautas de distribución del producto social, por la cultura política predominante, por el poder político revolucionario, por las leyes vigentes, por las formas organizativas y por muchas otras razones.
Por otra parte, la descripción general de la sociedad cubana como una sociedad de orientación socialista, no solo incluye características socialistas fundamentales que son resultado de las transformaciones revolucionarias, así como su dirección, sino también su horizonte, su ideal y supera la discusión escolástica acerca de si Cuba es socialista o si no lo es. Lo es y no lo es a la vez.
De cualquier manera, disipada la polvareda de la implosión del campo socialista este-europeo, se comenzaron a ver con mucha claridad los efectos nocivos de la restauración capitalista en esa región del mundo y lo que ha significado la barbarie de los intentos de expansión hegemónica del imperialismo mundial en todos los órdenes (2).
Hoy, a las puertas del VII Congreso del PCC y en medio del mundo convulso y desafiante en que vivimos, es de particular interés incorporar al debate social el tema del ideal socialista.
Y es que el socialismo en Cuba, en tanto creación heroica, necesita hoy más que nunca levantar el ideal socialista, necesita enarbolarlo como finalidad estratégica, lo cual elementalmente requiere también el sustantivo y el adjetivo que mejor lo identifican: socialismo y socialista.
En otras palabras, tanto las acciones socialistas, como su teoría, ideología e ideal, forman parte de las fortalezas de la revolución socialista cubana.
Los ideales y el ideal del socialismo
Hay muchos modos de pensar qué es un ideal, realidad que se desprende lógicamente de la rica diversidad y complejidad de la vida social (3).
Cuando hablamos de ideal socialista, o ideal de socialismo, nos estaremos refiriendo al ideal social, al ideal sociopolítico y cultural, un ideal complejo y abarcador que se relaciona con la totalidad social, con los ideales que existen en la sociedad.
No pocas veces se ve el ideal social reducido al ideal político, de gobierno, y no se habla del ideal cultural, de ideal de bienestar, ni se desmenuzan los eslabones mediadores que enlazan la vida cotidiana con la política, el gobierno, los derechos.
El ideal social o ideal de sociedad es como todo proceso y realidad humana, un producto histórico concreto y en consecuencia cambiante.
En Cuba prerrevolucionaria existían diferentes ideales sociales, predominando en la sociedad el ideal democrático burgués. Éste, aunque fuertemente jaqueado por las contradicciones que reproducía y profundizaba el capitalismo dependiente (sin que ello alcanzara a constituirse en estado consciente en las mayorías acerca de sus causas profundas) y por el desprestigio que sufría a causa de los episodios dictatoriales como el existente en la década de 1950, era el que se reproducía en el mundo simbólico con mayor intensidad e influencia en la conciencia ciudadana.
El ideal socialista, asumido y defendido por un reducido grupo de convencidos, organizados o no políticamente, lograba solo una escasa influencia en la sociedad que estaba además confundida por la aviesa manipulación estereotipada de los conceptos de socialismo y comunismo.
Un ideal socialista cubano
Fueron las leyes revolucionarias de los primeros años generadas a partir de la destrucción del viejo Estado burgués dependiente, junto con las convicciones que reproducían los líderes de la revolución y muy especial el magisterio ideológico y político de Fidel, los que en su interacción lograron instalar en breves años el ideal socialista como concepto estratégico para la salvación de la nación cubana.
Un primer punto de partida al enfocar el tema del ideal socialista es definir si existe un único ideal socialista o tantos ideales socialistas como realidades sociohistóricas culturales existen en la humanidad.
El socialismo, en su calidad de sociedad nacida de las entrañas del capitalismo, donde quiera que emerja tendrá una serie de rasgos distintivos similares en la medida que se trate efectivamente de una superación del modo capitalista de producción y de vida. Pero el ideal socialista en tanto realidad social existirá en el mestizaje inevitable con las características sociohistóricas, culturales, presentes en cada sociedad humana.
El modo en que se visualiza, por ejemplo, el bienestar esperado en una sociedad socialista, el modo en que se valora la distribución del producto social, el modo en que se organiza la vida política, etc., como componentes del ideal socialista será obligadamente diferente en cada sociedad.
Esa misma relación realidad-ideal es la que explica que el ideal socialista sea un ideal obligadamente múltiple, que tiene una expresión en diferentes ámbitos de la realidad social, el ideal socialista no es una utopía, tampoco es una fe, sino la expresión consciente de un futuro posible.
Ideal, utopía y fe
Tanto los ideales, como las utopías y las distintas formas de la fe constituyen factores que influyen en las actitudes y acciones de los seres humanos y en ese aspecto tienen una similitud funcional, pero sus contenidos y significados difieren.
Utopía e ideal se parecen, pero no son lo mismo, si bien en el lenguaje propagandístico político el término utopía se emplea con reconocido éxito, eso no lo hace idéntico al ideal. Vale también recordar que el término utopía y el adjetivo que de este se deriva: utópico, utópica, son empleados para desautorizar determinados ideales tildados de irrealizables, aunque de hecho no lo sean, por lo que tales manejos solo procuran desvalorizarlos, precisamente por ser realizables. Es lo que ocurre con la desvalorización del ideal socialista cuando lo califican de “utopía”.
La utopía es expresión más de la imaginación que de la realidad, mientras que el ideal tiene un importante basamento en lo que es más cercanamente palpable y alcanzable con el esfuerzo individual y colectivo.
La utopía no necesita cambiar en períodos relativamente cortos de tiempo, el ideal está en constante transformación, es más flexible y práctico que la utopía. La utopía está más cerca de la fe, el ideal está más cerca de la razón.
La anterior distinción no resta fuerza al papel de la utopía en la sociedad, simplemente la distingue del ideal socialista.
El ideal socialista concita a la credibilidad consciente a partir de premisas reales, tangibles, en el sistema a cuya construcción colectiva se aspira por la sociedad.
En cuanto a la fe, esta denota la creencia en algo o alguien sin que medie una certeza consciente, sino solo la sensación de esa certeza. La palabra tiene un significado religioso, aunque se emplea hoy con otros significados: por ejemplo cuando un notario “da fe” de una firma, o en la frase “fe de erratas”, etc.
La fe no necesita la evidencia. Cuando una persona esta auto-imbuida de una determinada fe, obedece preceptos y mandamientos de la doctrina con la cual se identifica. Aunque la realidad en la que vive los cuestione, procura convencidamente encontrar la explicación que se avenga a la doctrina, a los preceptos, sobreseyendo las complejidades que cuestionen su fe.
El ideal socialista y la concepción del mundo
Por su amplitud, por los horizontes que abarcan los ideales sociales, estos se relacionan esencialmente con la concepción del mundo prevaleciente en las personas y grupos sociales, insertándose en esta última como parte coherente, afín, de la visión integral de unos y otros acerca de nuestra existencia en el planeta.
La persistencia espacial temporal de un ideal depende de los factores que lo condicionan, en cuyo conjunto el “ideal” aparece como la variable dependiente, que una vez surgida es esencial para pasar del conocimiento de la realidad social a jugar un papel mayor en la acción transformadora.
El fuerte debilitamiento del ideal socialista en las sociedades de los países ex-socialistas de Europa y en la desaparecida URSS puede explicarse principalmente por el debilitamiento y la in-funcionalidad de las condicionantes que lo sostenían, tanto las de orden material como las de orden espiritual y en especial por la desarticulación en lo ideológico, lo económico, lo político y lo organizativo entre ambos planos de la unidad material del mundo.
En el mundo de hoy en el que los medios de comunicación y las tecnologías asociadas han tenido un desarrollo cuantitativo exponencial y en muchos lugares se ha producido una deformación de la política que ha tendido cada vez más a ser función del mercado, los ideales pueden ser enarbolados desde intereses totalmente opuestos a lo que estos ideales argumentan y promueven, simplemente por su manipulación para obtener coyunturalmente apoyo popular.
Lo anterior es una razón más para no dejar el ideal socialista en fórmulas generales, vacías, sino rica y rigurosamente argumentadas.
Para promover el ideal socialista no basta con afirmar que se está por el socialismo, flaco favor le hace a la práctica esta simpleza.
El ideal socialista es un concepto complejo.
En la realidad cubana actual se pueden identificar no solo diferentes formas de existencia del ideal socialista, sino también formas de ideal capitalista. No hablo aquí de proporciones, sino de aspectos cualitativos.
Un ideal social es, como lo es la ideología que lo identifica, un producto histórico cultural, una generalización que resulta de la experiencia histórica, que visualiza, representa, resume el tipo de sociedad, las bases de su organización, las finalidades de su construcción, las pautas, leyes y normativas legales de su funcionamiento.
La fidelidad al ideal socialista en Cuba no puede ser una postura dogmática ni una declaración formal para no aparentar dejación de los propósitos originarios de la revolución, sino un eje capaz de resumir y articular voluntades, al que no se puede renunciar sin debilitar la única posibilidad de sostener y desarrollar el país en libertad, independencia y soberanía.
Para comprender el ideal socialista en la sociedad cubana actual, es preciso definir el conjunto de condicionantes que lo hacen vigente, ya que en la integración que significa el ideal se expresarán los valores presentes en estas condicionantes.
El ideal socialista tiene invariantes, que pueden relacionarse con su estructura básica, con los principios compartidos, a partir de los cuales evoluciona y se desarrollar el ideal. Relacionar los principios con las invariantes en modo alguno significa que los principios no cambian, que no se desarrollan. Aquí el término de invariante no hay que entenderlo como algo que no cambia, todo cambia, sino que se relaciona con la estabilidad. Se refiere al conjunto de principios que en su evolución y desarrollo mantienen una integración estable capaz de conservar el equilibrio y evolucionar enriqueciéndose en medio de las informaciones que aparecen continuamente desde la exterioridad del sistema “ideal socialista”.
Pero todo el asidero de ese sistema: “ideal socialista”, se encuentra en la conciencia de la sociedad cubana, incluyendo la presencia del sujeto que trabaja por su actualización y enriquecimiento, anclaje social y desarrollo armónico en la sociedad.
El ideal socialista cubano –repito- es como la ideología: un producto histórico cultural, es realidad en la conciencia social cubana y en el modo en que se expresa conscientemente en el mundo simbólico, mientras que la eficacia de su conceptuación está en razón directa con el grado en que el concepto que sobre ella se construye sea capaz de recoger lo esencial de esa realidad de modo articulado y coherente, explique su génesis, actualidad y proyección futura con valor práctico para la aceptación, convencimiento y movilización popular.
La construcción del ideal socialista, en tanto acto racional, resultado de la actividad humana, puede en cualquiera de sus formas y expresiones, estar más o menos identificado con la realidad social, y su eficacia como agente para movilizar la acción social estará también en dependencia de la calidad de su elaboración, de su formulación.
Las funciones del ideal socialista cubano, lo que es extensivo a cualquier otro ideal social, constituyen el elemento más dinámico del ideal socialista, están en la interfase ideal–sociedad y expresan precisamente la necesidad del ideal, y serán funcionales realmente a las necesidades sociales si las expresan.
Es ese precisamente el ámbito en el que las ciencias sociales en su integración con el centro de gravedad del sujeto político pueden realizar su mayor aporte, al proveer la información y los análisis más cercanos a la realidad social, contenidos que aporten la necesaria terrenalidad a la construcción de la expresión del ideal en un momento histórico dado.
La complejidad del ideal socialista emana precisamente de su terrenalidad. Después de ser enunciado el término, su pensamiento concreto se abre en numerosos ámbitos del acontecer ciudadano, donde radican esas condicionantes.
El ideal socialista sería una formulación vacía si se reduce a contenidos generales. Su explicación y argumentación tiene que abarcar esos disímiles ámbitos de la realidad social. Es ahí donde está lo principal en el debate acerca del ideal socialista en Cuba.
Si algún aporte de utilidad mayor pueden hacer las ciencias sociales, es el de estudiar y conocer como funcionan los eslabones mediadores entre los diversos ámbitos de la vida social en el que resulta significativo el funcionamiento del ideal socialista, lo que contribuirá a conocerlo y a conceptuarlo, y proponer programas de acción que afinen su funcionamiento armónico.
Naturalmente, no es ni puede ser la pretensión de este texto que solo aspira a estimular el debate en torno al ideal socialista, intentar una explicación medianamente exhaustiva sobre estos ámbitos y el modo en que en ellos funciona o debería funcionar el ideal socialista, sino apenas esbozar un panorama del conjunto, pero sí es dable ejemplificar con una aproximación en uno de ellos, el ámbito económico.
Al dirigir la mirada hacia la complejidad del ideal socialista, encontramos aspectos fundamentales que son principios de su existencia y finalidad social: la igualdad social, la justicia social, la cooperación, la emulación, el ideal económico, el ideal político, el ideal jurídico, el ideal ético, el ideal estético, el ideal organizativo, el ideal ciudadano, el ideal familiar, etc.
El ideal socialista debe contener también el criterio acerca de la estructura socioclasista y las reglas para incidir en la modelación de la movilidad social, de manera que las normativas, gratificaciones, reconocimientos, remuneraciones, etc. sean adecuadamente comprendidas y asumidas por la sociedad como justas, lógicas y aceptables, lo que sentará las bases para evitar que las diferencias sociales se perciban como indebidas, como privilegios espurios y para que no condicionen la estructuración de una imagen como pertenecientes a una clase ajena al ideal de toda la sociedad a quienes por sus capacidades y desempeño participen en mayor proporción del producto social, y específicamente a aquellos que ocupen posiciones en las estructuras de dirección económica, administrativa o política. De ello hay que hablar.
El ideal real y el ideal explicitado
El desarrollo del ideal socialista tiene lugar como resultado de las contradicciones, inequidades e injusticias del capitalismo y contra la inercia de la dominación y el poder hegemónico del modo capitalista de vida. Eso significa que el capitalismo seguirá funcionando y depredando a la humanidad y a la naturaleza mientras no exista un poder organizado que rompa su existencia inercial y perversa, de ahí que sin la acción política a favor de su superación, o lo que es igual a favor del socialismo, por más que resulte inicuo el accionar del capitalismo no podrá ser superado.
La influencia del capitalismo llega por múltiples vías, en el terreno económico, comercial, financiero, diplomático, militar, y muy especialmente a través de las guerras culturales y es preciso para su enfrentamiento renovar y fortalecer el ideal socialista desde bases realistas.
Para ello, es importante diferenciar entre el ideal que se ha consensuado y explicitado en un momento dado y el ideal real que está en permanente cambio y renovación, de donde se colige la importancia simbólica y práctica que tiene reverlo constantemente en sus disímiles aristas e integralmente.
El ideal socialista “vivo”, es decir, el que existe en sus disímiles formas y contextos complejos en la sociedad, vive en contraposición con todo el andamiaje práctico y simbólico de la influencia del capitalismo, del que está afuera y el que tenemos dentro, de ahí la importancia concreta e ineludible de su formulación y de la batalla de ideas por su divulgación, explicación, y continuo enriquecimiento.
Es precisamente en su formulación donde se pueden crear las premisas para alcanzar el máximo de eficiencia funcional del ideal socialista junto con el desarrollo cultural, en el proceso de retroalimentación desde el ideal formulado hacia la sociedad.
Esa formulación debe corresponderse en sus elementos básicos con lo que predomina realmente en la conciencia social. De ahí lo decisivo de aprenderlo para alcanzar una adecuada formulación del ideal que si bien nunca será igual a la realidad, no debe entrar en contradicción con lo que resulta socialmente entendible, asimilable y funcional, so pena de fracasar (4).
La explicación del ideal socialista desde la ciencia del ejemplo es un elemento fundamental para su extensión. En ella juegan un determinado papel los institutos ideológicos, la intelectualidad, los ideólogos, pero la expresión del ideal socialista en forma de planteo conceptual, tiene que evitar toda manipulación voluntarista o utópica para que empalme eficientemente en la conciencia ciudadana.
Si la formulación práctica del ideal no resulta efectiva para conmover y sumar conciencias será muy difícil cuando no imposible aspirar a convertirlo en una herramienta de promoción del sentimiento colectivista, del altruismo, la solidaridad y la justicia social.
De ahí que las aspiraciones generales del socialismo en una realidad sociocultural histórica concreta, expresadas en el ideal socialista, necesitan de su argumentación terrenal, de la explicación de las posibilidades concretas de su realización, de su identificación con los intereses de la gente, solo así el ideal se podrá afianzar y desarrollar.
El ideal socialista formulado “con los pies sobre la tierra” puede obtener los resultados prácticos que se requieren para demostrar la necesidad, posibilidad y viabilidad del modo socialista de producción y de vida y con ello una sólida identificación de la gente con ese ideal.
Un ciudadano puede tener conocimiento de un ideal, pero no identificarse con él, no compartirlo y, en consecuencia, carecer de influencia en su modo de pensar y actuar, salvo aquella influencia que sirve para reafirmar cualquier otro ideal o la ausencia de ideales. Por ello es dable hablar de “ideal asumido” o de “ideal compartido”, como calidad de la identificación con este de personas o grupos sociales.
El ideal compartido, asumido, incorporado, aparece como una síntesis modélica, pensada o imaginada de modo específico en cada coyuntura histórica, ejerciendo una influencia en la conducción de los caminos del pensamiento de las personas y en la orientación de sus acciones.
El ideal, como representación mental, es una abstracción que se forma bajo la influencia de una compleja serie de condicionamientos generados en la interrelación del sujeto con la realidad.
En tanto constructo subjetivo, el ideal en su conformación se va tejiendo desde los patrones, la información, la cultura de quienes lo sustentan, proceso en el cual los intereses juegan un papel transversal
El proceso de identificación de la persona con un ideal se ve influido y modelado desde edades tempranas, en el seno de la familia, la escuela, la comunidad, el grupo de amigos y en la sociedad en general, sobre todo a través de la acción de los medios de comunicación social, y de modo creciente en los medios que ofrecen las nuevas tecnologías de información y comunicación.
Los productos culturales (dibujos animados, novelas, anuncios, cortos, películas, el teatro, los show, los anuncios, y un largo etcétera) que ofrecen los medios en general, tradicionales y nuevos, reflejan de disímiles formas los ideales, bien alimentándolos, bien contrarrestándolos. Así, por ejemplo, la publicidad comercial del capitalismo, reproduce un ideal de bienestar que deriva en el confort hedonista afín a los intereses mercantiles de ese sistema y a su práctica habitual de crear en la gente necesidades artificiales, provocando estados mentales de carencia de algo que no necesitan para así estimular el consumismo.
Lo ético y lo estético están presentes en la conformación y afianzamiento de los ideales. El ideal estético de los seres humanos constituye uno de los principales factores de modelación de cualquier ideal, al acercarse a la perfección. Si bien el ideal socialista debe rechazar de plano el consumismo, la aspiración a su promoción y asimilación no puede presentar un socialismo feo y aburrido, que desilusiona, sino ser capaz de reconocer en él lo alegre, bello y esperanzador de la superación socialista de la realidad capitalista.
Sobre el papel del ideal
Cuando los individuos y grupos sociales se identifican con un ideal, este se traduce en convicciones que pautan los comportamientos humanos y refuerzan las actitudes transformadoras que significan ese ideal compartido, su búsqueda, su realización.
Al ser el ideal una realidad histórica concreta, es también cambiante, no solo a escala del individuo, sino en su dimensión social.
El hecho de ser el ideal una realidad cambiante significa que puede atemperarse o sublimarse, en dependencia de factores coyunturales, pero en ningún caso en su formulación puede perder su condición de constructo ideológico, de modelo que impulsa la realización de objetivos individuales y sociales.
De ahí que, independientemente de la existencia o no de generalizaciones conceptuales resultantes de diferentes conceptuaciones, el ideal socialista en la sociedad cubana ha existido por más de medio siglo, tanto en la ideología y la política de la revolución socialista, como en la subjetividad, en el modo en que han idealizado el socialismo los individuos y ha ejercido su influencia en la sociedad.
En otras palabras, el ideal socialista de hoy tiene como antecedentes la experiencia socialista en la sociedad cubana, las generalizaciones conceptuales expresadas por las instituciones ideológicas y políticas, por el liderazgo de la revolución socialista, por la intelectualidad, por la actividad cultural, las formas en que ha sido asumido socialmente y desde ahí expresado, reproducido y enriquecido en los más disímiles procesos y formas de la comunicación social.
En la medida en que los objetivos se van realizando en la sociedad los ideales se consolidan en la conciencia de las mayorías convirtiéndose en patrimonio subjetivo, cultural que puede ser conceptualizado y devuelto al torrente socializador fortaleciéndose culturalmente.
Si la ideología es el instrumento que permite un abordaje útil en la interpretación de la realidad social, el ideal como elemento de la ideología constituye el marco referencial general de esa interpretación, al constituir la proyección de mayor alcance en las metas estratégicas que entraña la ideología como proyecto de socialidad.
Al surgir como resultado de la necesidad de liberación frente a las condiciones que impone el capitalismo en el mundo, el ideal socialista implica una posición analítica crítica ante la realidad capitalista.
La realización del papel del ideal socialista responde al mismo conjunto de funciones de la ideología socialista. Además de la función analítica crítica, consustancial a su naturaleza de ideal anticapitalista, pueden reconocerse otras funciones fundamentales, todas interactuando y separables solo en la abstracción: la función aglutinadora (de identificación y cohesionadora), la función orientadora, la función educativa, la función reguladora, la función de dirección, la función de movilización y organización, la función valorativa. Puede considerarse también como una función del ideal socialista la de promover un sentimiento de seguridad en el porvenir, confianza en el futuro, esperanza de un mundo mejor.
En su función educadora, por ejemplo, el ideal socialista pone sus miras en un ser humano saludable, en armonía con sus semejantes, con la naturaleza, culto, instruido, colectivista, solidario, humanista, ajeno al consumismo hedonista, con altas necesidades culturales, es decir, muy diferente al tipo de “pieza de recambio del sistema” en que lo convierte el capitalismo.
En el ejercicio de la actividad política el ideal socialista actúa cohesionando, movilizando las voluntades, organizando, orientando, regulando la conducta, promoviendo el empoderamiento de la sociedad, la participación en el análisis de la situación y en las decisiones, etc.
Cuba no puede renunciar a la promoción del ideal socialista
En un artículo publicado en Cubadebate el 5 de octubre de 2015 titulado “El socialismo es ahora” abordé el ideal socialista: “No se oyen lo suficiente en nuestro mundo simbólico y político los conceptos de socialismo, construcción del socialismo, ética socialista y la discusión acerca de los desafíos que ello implica y el esclarecimiento de los caminos para superarlos, no tenemos una concreción del ideal socialista. Como todo ideal el propósito socialista está necesitado de la terrenalidad de la explicación que lo vincule a lo cotidiano en los diferentes ámbitos del acontecer social. Esa acción ideológica y política que encarne en la ofensiva de ideas que se necesita es pobre hoy y debe ser objeto de la atención del VII Congreso del Partido.”
Luego de 5 décadas de actividad política cultural de promoción del socialismo, en la imagen de sistema social existente en la gran mayoría del pueblo cubano persiste un conjunto de condicionantes que reafirman el ideal socialista entendido de las más disímiles formas dentro de un conjunto de conceptos, principios y códigos compartidos.
Trabajar en la actualización del ideal socialista, no renunciar a los términos que lo identifican y que forman parte de nuestras mejores tradiciones, no renunciar a la herencia del esfuerzo del pueblo por construir una sociedad socialista, justa, humanista, solidaria, constituye un arma para la defensa de la soberanía, la independencia, la identidad cultural y de un provenir de justicia social para todos.
*Licenciado en Ciencias Políticas. Diplomado en Teoría del proceso ideológico y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.
NOTAS
(1) El Instituto de Filosofía de Cuba ha emprendido una investigación en torno a este tema, de la cual tengo el honor de formar parte. El presente artículo ha sido inspirado en esa iniciativa.
(2) El socialismo como ideal social es producto de la reacción ante las injusticias y en ese contexto es necesario. En el caso cubano funciona como modelo eficiente para el desarrollo en un mundo dominado por el capitalismo transnacional lo que convierte en una posibilidad y una decisión, una vía eficiente para el desarrollo y con ello para el aseguramiento de una respuesta positiva a las necesidades básicas de la sociedad en su conjunto y una vía para la realización de las aspiraciones individuales y sociales más generales.
(3) De esta manera, por ejemplo, desde la perspectiva de la vida en pareja se forman distintos ideales de personas para compartirla, también se forman ideales de vivienda, de vestimenta, de tipo de trabajo, y muchos otros. Los ideales entrañan disímiles metas de vida.
(4) Sirva de ejemplo para aclarar lo anterior el concepto y práctica del igualitarismo. Si hoy en el ideal socialista formulado y esgrimido en la actividad ideológica política se incluye el igualitarismo como componente universal, en particular la generalización de la distribución igualitaria de bienes y servicios, no sería asimilable por la mayor parte de la ciudadanía.

Enviado por su autor para La Polilla Cubana

sábado, 12 de diciembre de 2015

Cuba: Sobrepasar como el Quijote los límites de la realidad con inteligencia

Palabras de Eugenio Martínez Enríquez, Embajador de Cuba en España el 10 de diciembre de 2015 en la Embajada de Cuba durante la jornada “La Utopía Social, un sueño posible. Martí y Cervantes”

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¡Buenas tardes!

Estimado Juan Gil Gutiérrez, Alcalde de El Bonillo; Embajadores, Concejales, Diputados, amigos e invitados:

Cuba fue el sexto país latinoamericano en publicar El Quijote. La primera vez en 1905, la segunda en 1960 y desde entonces otras 9 veces. Aquí las fechas y cifras no parecen casuales: la frustrada independencia a inicios del siglo XX lo trae primero y la apoteosis revolucionaria de hacer lo imposible por lograr la utopía, lo masifica en la primera publicación de la imprenta nacional revolucionaria con una tirada sobre papel de bagazo cubano de cuatrocientos mil ejemplares en cuatro tomos (cien mil de cada uno) y un precio de venta al público de 25 centavos.

El intelectual cubano Ambrosio Fornet diría que el Quijote era la primera novela de la Revolución cubana, no sólo por este simbólico gesto. Refería así que revolución cubana es un proceso quijotesco, en el sentido profundo y justo del gran personaje de Cervantes, en el de la lucha permanente, no en el de la lectura superficial que ciñe el Quijote con un iluso sin remedio.

Igual habría que leer en clave las transformaciones revolucionarias en Cuba con la metáfora cervantina de los Molinos de Viento. No la interpretamos en Cuba en el sentido anglosajón que leyó el Quijote y quedó como un fin que se estima imposible. Para nosotros esos gigantes o molinos, significan, los obstáculos y demonios que con la lucha y la fe en la victoria se pueden derrotar.

No solamente el primer libro publicado por la Revolución Cubana fue el Quijote, fue el primero en la historia de Cuba cuya edición fue decidida democráticamente. En una asamblea popular improvisada, entre trabajadores de los diarios El País y Excelsior que hacían huelga contra sus dueños, apareció el Líder de la Revolución Fidel Castro Ruz y propuso transformar las editoras de esos diarios en la primera imprenta revolucionaria y allí sugirió lanzar el Quijote aprobado por aclamación de los trabajadores.

Esa primera edición de 1960 declara:

“Nuestro pueblo hace revivir hoy el mito entrañable del caballero de la Mancha, con bríos de realidades y de esperanzas victoriosas para los sueños de los pueblos hermanos de la América Latina y para todos aquellos que tienen hambre y sed de justicia”.

Efectivamente el mito se convirtió en realidad. La utopía fue posible. Cuba consiguió altos niveles de desarrollo con énfasis en la justicia social y la equidad, incluso dentro de patrones de consumo austeros, pero suficientes.

Hoy que se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos y la creación del ALBA, me permito recordar que el programa de desarrollo cubano desde el principio, desafió, como El ingenioso Hidalgo, los conceptos en boga. Nuestro programa se montó sobre el derecho universal a la salud, de mejor calidad y gratuitos; el acceso igualitario a la educación de alto nivel científico; la protección social sin distinciones; la satisfacción permanente para todos de las necesidades básicas; el acceso ilimitado a todos por igual a la enseñanza artística, deportiva y científica y a la literatura de calidad, no la de moda mercantil.

No debe olvidarse que junto a la difusión del neoliberalismo se incrementaron las desigualdades en el mundo que lo aplicó y con ellas, ante las evidentes brechas y diferencias entre grupos y clases, se transformaron los enfoques que medían el desarrollo para aparecer el concepto de desarrollo humano, que hasta ese momento se denominada desarrollo económico, como si sólo el crecimiento del PIB garantizara el desarrollo social y que sabemos no es así. Bueno, esta visión moderna de medir la pobreza y la desigualdad, ya guiaba la estrategia de desarrollo cubana cuarenta años antes.

Es posible transformar el mundo, lo demuestra Cuba que estremeció los patrones establecidos en la derecha y en la izquierda, al fundar instituciones populares que eran inéditas donde sí hay participación, no el eufemismo parcial de elegir periódicamente a un selecto grupo de gobernantes que una vez en el poder se enajenan de su electorado. Y esas instituciones populares sirvieron para defender a Cuba con las armas unas veces ante agresiones militares y terroristas o para liberar a otros pueblos hermanos y otras para echar a andar decenas de fábricas paralizadas por las sanciones norteamericanas que constituyen el bloqueo que se nos aplica.

La igualdad y equidad en Cuba no fue sólo un ejercicio mecánico de distribución de los ingresos, fue y es, el acceso igualitario a las oportunidades; a la superación sin límites; a la seguridad y protección ciudadanas; a la liberación de la mujer que de 3% de graduadas universitarias que representaban en 1959 hoy alcanzan el 55 de los que obtienen ese nivel en Cuba.

Queridos amigos:

Fue y es para Cuba una necesidad imperiosa, lo que fue para El Quijote ignorar los límites que nos impone la realidad; sobrepasarlos con inteligencia y firmeza y sostenerlos más allá de lo que la misma realidad nos permite.
¡Muchas gracias!

Imagen agregada: Ilustración de Juan Moreira para edición cubana -posterior- del Quijote

miércoles, 26 de agosto de 2015

Cuba es humanidad

Por  Pablo González Casanova*

Entre los muchos problemas que enfrentamos a nivel mundial se encuentra el fin del cruel bloqueo de Cuba por Estados Unidos –un bloqueo que duró más de cincuenta años-. La reanudación de relaciones diplomáticas, familiares, turísticas, comerciales, culturales y financieras entre ambos países nos provoca una mezcla de júbilo por el cese de la agresiva medida y una natural preocupación sobre la mejor forma de seguir construyendo y luchando por la libertad, el socialismo y la emancipación.

Los avances de Cuba durante estos cincuenta años son por todo el mundo reconocidos. En medio del cerco y los incesantes asedios del imperio, la pequeña Isla del Caribe logró uno de los primeros lugares en la lucha contra la desigualdad y por la seguridad social; alcanzó los más altos índices de alfabetización y escolaridad, realizó la más profunda reforma agraria y dio uno de los más fuertes apoyos económicos y técnicos a los agricultores y trabajadores del campo; consiguió una reducción óptima del desempleo; redujo la criminalidad de delitos del orden común y dio un grado de seguridad interna a sus habitantes, poco común en otros países; alcanzó altos niveles en la educación universitaria así como en la preparación de técnicos, ingenieros, médicos y otros profesionales; impulsó las artes y las ciencias y realizó numerosos descubrimientos científicos reconocidos a nivel internacional, sobre todo en el terreno biológico y en la medicina. Música, ballet, teatro, cine y otras bellas artes, así como innumerables deportes, merecieron un fuerte impulso del Estado.

Pero si todos esos logros son innegables y realmente impresionantes, desde el punto de vista de la emancipación humana, para muchos no son de creer.
Hoy, en Cuba vive un pueblo cuya conciencia se ha convertido en voluntad, su voluntad en inteligencia y su inteligencia en organización. Y si semejante afirmación parece exagerada piénsese por qué Cuba, no sólo ha logrado resistir durante más de medio siglo el bloqueo y las numerosas agresiones de que ha sido objeto, sino en este año de 2015 en que todos los países del mundo son capitalistas, y en que ya todos los que fueron o se dijeron socialistas han restaurado abierta y hasta agresivamente el capitalismo, Cuba es el único que sobrevive en medio de esa tragedia humana. Y es que la Revolución Cubana, lejos de ser la última marxista-leninista (ya debemos acostumbrarnos) es la primera de un nuevo tipo de revoluciones que inició el “26 de Julio”. En ella, no fue sólo un decir que José Martí es el autor intelectual de la Revolución Cubana; es el impulsor histórico de la actual moral de lucha y cooperación, y de coherencia  impresionante entre lo que se dice y se hace.

La moral fuerza es, además, una fuente motriz que a partir del pensar de los actores, en lucha por su propio país, los lleva a seguir aquel otro precepto de inmenso valor: el de “Patria es Humanidad”.  Al postularlo enriquece el enlace del internacionalismo proletario y la inmensa cultura en que destacan Marx, Lenin, el Che y, a la cabeza ayer y hoy, el propio Fidel.

De la junta de humanismos surge una manifestación Latinoamericana del socialismo, que entre sus variadas fuentes cuenta con el liberalismo radical y otros humanismos que incluyen  al Padre Varela y al humanismo cristiano que más tarde, y por su parte, se expresa en la teología de la liberación. Esa es la realidad, si nos dejamos de mitos y de dogmas; esa es la esperanza, si ahora repensamos lo que pasó y por lo que se luchó y consideramos lo que puede pasar, y por lo que se debe luchar.

Los hechos son ciertos y las propuestas vienen de un futuro que ya llegó. El futuro que entrevemos nos permite explorar el qué hacer y el cómo hacerlo. Primero nos lleva a fijarnos en el momento que vivimos y a reparar en la política que sigue el complejo empresarial-militar-político y mediático de Estados Unidos de Norteamérica. De inmediato advertimos que en este mismo momento Estados Unidos está pasando más y más a la ofensiva en su proyecto globalizador neoliberal. Sus triunfos son innegables en la Unión Europea, donde ya es el jefe militar de la OTAN y en que con la lógica de “la eficiencia” hace que los Jefes de Estado impulsen por sentido común las empresas de la paz y la guerra, e impongan más y más la política neoliberal de la “acumulación por desposesión” o saqueo, que Estados Unidos encabeza.

Día a día más obsecuentes y sujetos a Estados Unidos. Los países dominantes en la Unión Europea no sólo se pliegan a su creciente fuerza financiera, militar, política y mediática, sino que destruyen su propio proyecto de una Europa Unida con sus presiones sobre Italia y España y su cruel maltrato de Grecia.

Desconocimiento y descalificación de la democracia en Grecia, acaban de convalidar su inexorable imperio financiero sobre los países endeudados a quienes habían ya impuesto una  política fiscal, financiera y monetaria que los llevaba al abismo de la deuda pública y a romper el compromiso de mantener un equilibrio presupuestal. Su creciente asedio a los partidos que proponen una política socialdemócrata está desprestigiando a éstos de tal manera que al “fin de las ideologías” se añade cada vez más el fin de los partidos que luchan por resolver los problemas sociales y nacionales y no cumplen en nada. Que esa responsabilidad es atribuible a la propia Europa y a sus clases dominantes, desde la tristemente famosa Thatcher mal llamada dama de hierro, no cabe duda, pero que seguir esa política primero impulsada por Estados Unidos con Pinochet en Chile, nos presenta un panorama en que el predominio de Estados Unidos es cada vez mayor, y en que ante el desprestigio de los partidos con membrete de izquierda  tiende a suceder --entre los desheredados, los pequeños propietarios y el “Lumpen”--el predominio de nuevos líderes y clientelas neofascistas, como ya ocurre en Francia y se manifiesta cada vez más en Estados Unidos.

En medio de una crisis a la vez financiera, económica, ideológica y política –en que no deja de tener un peso inmenso la restauración del capitalismo en Rusia y China, los demás países gran “campo socialista” y los gobiernos de la Trilateral y de Bandung-, los proyectos globalizadores adquieren un carácter particularmente violento con la resistencia que muestra Rusia a ser tratada como si fuera una república bananera y hace alarde para ello de su inmenso poderío nuclear.

Lejos de detenerse, la política de la globalización continúa y juega con el individualismo y con la lucha de clases para su cosecha. El “individualismo”, el clientelismo, el particularismo, el sectarismo constituyen un arma de muchos filos capaz de destruir las luchas de liberación y las de la clase obrera y los pueblos despojados y  oprimidos  o, las más amplias de los pueblos por sus soberanía y las de los trabajadores que se limitan a la defensa de sus derechos, o las de las de las comunidades por sus territorios y su autonomía,  o las más antiguas por la Patria Chica, la Patria Grande y la Humanidad,  a las que dividen y enfrentan para vencerlas.

Parecida fuerza a la del individualismo tiene otra arma que en términos genéricos es la corrupción. En ella destacan la colusión, la cooptación, el soborno, el cohecho, el mercado negro y sus mercaderes de mayoreo, y hasta llega a quienes usan la economía informal para resolver  problemas  apremiantes que los llevan a ceder y comprar artículos de primera necesidad y que no por ello dejan de desmoralizar a una parte de la población que tiene parecidas carencias y menos o ningún recurso. La profusa y seductora publicidad que al mismo tiempo hace la sociedad de consumo –sin aclarar que del mismo sólo goza una mínima parte de la población- llega a despertar sueños ilusos sobre todo entre los jóvenes que no vieron ni vivieron la inmensa miseria en que estaba Cuba antes de la Revolución, y la que vive la inmensa mayoría de la humanidad. La publicidad -con el individualismo y la corrupción-, es la mejor arma del Complejo empresarial militar.

Allí no queda todo. La globalización neoliberal está extendiendo y acentuando el uso de otra de sus armas principales: la privatización.

La privatización es −como el individualismo y la corrupción− un arma de muchos filos  que se utiliza en formas abiertas y encubiertas, legales e ilegales, y en este momento hegemónicas entre los dirigentes de los complejos y corporaciones dominantes,  y en los asociados a ellos y sus subalternos, o que  dependen de ellos y dominan  en todos los continentes del mundo.

Los promotores y protectores de la privatización, en este mismo momento, están proyectando −con los gobiernos de cincuenta países− aumentar todavía más el poder y la propiedad de los señores y dueños que tienen como móvil la maximización de utilidades y riquezas. Según la prensa, los gobiernos de cincuenta países se están reuniendo en secreto para elaborar un plan de privatización de todas las actividades económicas a su alcance. Quieren llevar al máximo y a la organización global un proyecto de por sí ya muy avanzado: que las corporaciones tengan a su cargo toda la producción, la distribución, el intercambio, los servicios y el consumo que en el mundo existe.

Imaginar cómo sería un mundo así sería pensar en un inmenso quiebre histórico en que sobre la contradicción entre las fuerzas y las relaciones de producción se montaría la contradicción entre las fuerzas de represión y las relaciones de represión, fenómeno que de por sí ya se está dando con la construcción de soldados que son robots y que tienen capacidad de distinguir (eso piensan sus productores) a quienes deben eliminar y a quienes deben respetar e incluso defender.

Pero no es necesario imaginar semejantes peligros para reconocer aquéllos a que ya nos enfrentamos y de que hay amplias y repetidas pruebas. No me refiero sólo al cambio climático y sus consecuencias para la vida en la Tierra, ni sólo me refiero a la gran cantidad de bombas nucleares y sistemas de lanzamiento que numerosos países tienen con muchos de sus gobernantes y ayudantes que rezuman una creciente cultura del odio, del sectarismo racial, religioso, machista, sádico, xenófobo, por lo demás bien armado y bien provisto de municiones y sustancias letales cuyos productores y proveedores gozan de buena salud y bella vida.

Todo ocurre en medio de supuestas religiones que ni sus rituales cumplen ni sus sagrarios dejan a salvo. Se da con un terrorismo natural y comercial que al amparo de las corporaciones y gobiernos rinde beneficios billonarios de que las huestes no gozan, empeñadas como están en destruirse unas a otras y en destruir sobre todo pueblos, presas, calles, casas, ciudades y zonas arqueológicas de sus propios antepasados.

Esos horrores acostumbrados, y muchos más, que hasta los científicos y especialistas de las comisiones intergubernamentales convalidan,  son mirados e incluso  negados, de la manera más irresponsable que quepa imaginar, por los ideólogos y apologistas del sistema y por sus víctimas subalternas en quienes también domina una especie de patología cognitiva,  que hasta los lleva a perseguir, con todos los descalificativos, y por todos los medios a su alcance a quienes no ven como inevitable el ecocidio antropogénico que amenaza la vida en la Tierra.

Crisis ecológica y crisis social plantean la inminente  necesidad de otra organización del trabajo y de la vida en el mundo, en que no predomine la lógica y la cultura de la maximización de utilidades y riquezas sino la que en busca de la libertad humana se desarrolló desde los inicios del capitalismo mercantil y usurario, y en la cultura, desde el  Renacimiento y la Ilustración hasta el nuevo pensamiento revolucionario, que con Cuba y los Zapatistas, encabeza hoy en Roma el Papa Francisco, y que es cultivada cada vez más por esa juventud que empezó a andar en 1968 y a la que hereda la que hoy no sólo va a prever el futuro sino va a vivir el futuro.

Es en estas condiciones como se advierte que Cuba no debe limitarse a una cultura de la resistencia, sino desempeñar como Estado Nación, un doble papel mundial que ningún otro país puede realizar, y es, en primer lugar, el de ser la  sede de encuentros entre las fuerzas que luchan en su tierra por un mundo mejor y que no por haber recurrido a las formas violentas porque les niegan el derecho de luchar en formas pacíficas, dejan de estar dispuestas a negociar y a defender en formas pacíficas el interés general de comunidades, ciudadanos, pueblos y trabajadores. La experiencia cubana en ese terreno –así como en la resistencia y construcción del socialismo y sobre todo la verdadera democracia y soberanía de esa nación- hace de ella la Isla de la Tierra más adecuada para dar hospitalidad a semejantes tareas.

A la enorme capacidad que tiene Cuba para contribuir a resolver ese proyecto se añade otro no menos sino igual o más importante. En Cuba puede darse la última tabla de salvación para la vida humana y emprender la creación de un organismo autónomo mundial en que los expertos más destacados y responsables de las variadas posiciones críticas y científicas que existen en el mundo diseñen los modelos de una transición pacífica a un modelo de organización de la vida y el trabajo que asegure la vida en la tierra y aleje los actuales peligros de destrucción de la biósfera y del ecocidio.

Que semejantes proyectos suenen a pura ilusión, ingenuidad y utopía es un juicio digno de reconsiderar ahora que se acaba un cruel bloqueo que duró más de medio siglo y más de veinte años de la restauración mundial de países que se decían socialistas y cuyos dirigentes han llevado a cabo la acumulación primitiva más cuantiosa de toda la historia.

Que la revolución cubana es del todo diferente es algo que no se necesita probar porque ya se probó. Sus nuevas relaciones con Estados Unidos se dan sin que la doblaran ni la quebraran.

Es hora de la utopía, del proyecto que no parece realista y que es el único que puede salvar --con la libertad-- la vida en nuestro planeta. Toda la historia de la emancipación y de la humanidad ha empezado con utopías. Esta no será la excepción.

Las utopías abrieron metas sin saber cómo seguir. Por eso y para pensar qué hacer y cómo hacer es necesario por lo pronto luchar por la paz y prepararse para la guerra defensiva, por si acaso. Y hacerlo sin esas divisiones de intereses que hicieron perder a Espartaco.


* Ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Tomado de Alainet
Imagen agregada: Foto de Ismael Francisco/Cubadebate

jueves, 28 de agosto de 2014

La cigarra y la hormiga: un remake al final del milenio

A pesar de tener más de una década de escrito, este texto de Abel Prieto mantiene una vigencia que nos lleva a más de una reflexión: gracias a Fraga por traerlo a la actualidad:
La cigarra y la hormiga: un remake al final del milenio
Por Abel Prieto*

… Dime, pues, holgazana, ¿qué has hecho en el buen tiempo?/
Yo, dijo la Cigarra, a todo pasajero cantaba alegremente sin cesar ni un momento.

 
Félix María de Samaniego publicó en 1781 la primera colección de sus fábulas, en lo que pudiera considerarse el estreno oficial del género en lengua castellana. Fábulas morales en verso castellano dedicadas “A los caballeros alumnos del Real Seminario Patriótico Vascongado”, institución educativa típica del “Despotismo ilustrado”, fundada en Vergara. Guipúzcoa, en 1776. Sus fuentes principales fueron Esopo, Fedro y sobre todo La Fontaine, y sus intenciones quedan explícitas en el prólogo: “las máximas morales, disfrazadas con el agradable artificio de la fábula”, son, nos asegura el propio autor, “el primer pasto con que se debe nutrir el espíritu de los niños”. El tema, los personajes y hasta la consabida moraleja de “La Cigarra y la Hormiga”, fueron tomados de La Fontaine, y éste a su vez los tomó de Esopo. (1)

 Esopo trató el tema en “El Escarabajo y la Hormiga” (el primero es el simple holgazán, y la segunda un emblema del Trabajo y la Previsión) y en “La Cigarra y las Hormigas”, es donde la fábula adquiere su matriz anticultural y el arte y la holgazanería se yuxtaponen. En La Fontaine la Cigarra es ya nombrada explícitamente como una “artista” que canta mientras la Hormiga acumula reservas para el invierno. Con el frío viene la moraleja, y la alegre cantante veraniega sufre hambre y privaciones por su irresponsabilidad.

 El apólogo llega oportunamente a la España de Carlos III, en medio de una tímida “modernización desde arriba”, que pretendió fomentar el comercio y la industria, renovar la agricultura y hacerla productiva, y reducir la influencia del clero y de la nobleza retardataria y feudalizante. La “Ilustración” española promovió la tesis de la “salvación nacional” a través de una pedagogía racional y científica que combatiera los modelos parasitarios de vida y de desdén tradicional hacia las profesiones útiles, y exaltó las funciones didácticas de la literatura, entendidas en su acepción más primaria. Así, en un clima intelectual de escasa hondura, en esa mezcla de didactismo y creación literaria, floreció una galería de mediocres versificadores, y murió la poesía en una tierra que le había sido tan propicia, y fue sepultada apresuradamente (y sin remordimientos) por Moratín, Iriarte, Samaniego y los demás.

 La Cigarra irresponsable que canta durante el verano, y la Hormiga industriosa que se afana y acumula reservas para el invierno, han protagonizado a lo largo de sus remakes sucesivos (y al parecer inevitables) las oposiciones entre el holgazán y el laborioso, el pródigo y el ahorrativo, el que vive-en-el-instante y el previsor, el trabajador intelectual y el manual y especialmente entre el artista y el burgués, o entre el artista y el obrero, según se quiera interpretar, entre el que canta y el que produce y acumula. En el contexto específico de Samaniego la oposición pudiera leerse como otro enfrentamiento de “dos Españas”: en el “bloque” de la Cigarra estarían las fuerzas conservadoras que se aferran a los códigos feudales, al espíritu de la Contrarreforma y rechazan todo cambio hacia una nación más “moderna” y “productiva”; y el “bloque” de la Hormiga estaría encabezado por la monarquía borbónica y su corte de intelectuales “ilustrados”, y bajo su emblema se agruparían las fuerzas “reformistas”.

 Cuando esta Gaceta empiece a circular, habrán quizás envejecido algunos de los aspectos de la controversia que se desató en torno al Festival de Teatro de Camagüey, celebrado en septiembre del pasado año. Otros, lamentablemente, debemos seguirlos discutiendo, como el sorpresivo remake de “La Cigarra y la Hormiga” al que asistimos al final del milenio. Me refiero obviamente a la oposición que se estableció en el programa Hablando claro del 30 de octubre de 1996 entre el “bloque” de la Cigarra y el de la Hormiga.

 En el primero está “la pequeña burguesía, gente urbana [...], profesionales, gente que no trabaja con sus manos, gente que no pertenece, digamos, a los trabajadores”. Usted puede pertenecer al “bloque” de la Hormiga si “es un hombre de campo, [...] un obrero humilde, [...] un trabajador [...], un hijo de trabajador que antes no podía estudiar y ahora estudió”. El “bloque” de la Cigarra siente además” que la Revolución no le ha dado nada”, el de la Hormiga “sabe que la Revolución le ha dado mucho” ¿Verá alguien aquí rivalidades personales o institucionales? Sería absurdo; pero no quisiera que estos compañeros, a quienes respeto, se sientan agredidos en lo personal. Tampoco debe equivocarse el enemigo: esta es una polémica entre revolucionarios. Las relaciones entre Radio Rebelde y la UNEAC no pueden ser mejores, y ahí está La rueda dentada para probarlo. De todos modos, aunque en el presente texto habrá más de una alusión a ese programa Hablando claro, quiero (como se verá) proponer algunas reflexiones sobre la cultura que van más allá de las opiniones que se movieron en aquel momento en una Cuba que, por fortuna, nada tiene que ver con la España del siglo XVIII: en una Cuba donde el que produce y el que canta se confunden en una misma trinchera, y acumulan reservas materiales, espirituales y morales para este invierno y para el próximo, y para todos los inviernos previsibles; donde aprendimos de Martí la importancia que para los pueblos tiene la poesía: “¿Quién es el ignorante [Se pregunta] que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental [añade], que creen que toda la fruta acaba en la cáscara”, y no comprenden cómo la poesía (la cultura) otorga sentido al conjunto social: es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquellas les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?

 Martí está escribiendo sobre Walt Whitman y en los Estados Unidos. Sus palabras constituyen un grito de alarma contra el modelo civilizatorio yanqui, cuyo influjo en “Nuestra América” hay que detener. Una “prosperidad”, un “desarrollo” sin poesía, sin arte, sin cultura, orientada sólo hacia el bienestar material, hacia el consumo, no hace crecer al hombre: daña, por el contrario, lo mejor de sus potencialidades. A la larga, profetiza Martí, esas masas degradadas “aturdirán con el bullicio de una prosperidad siempre incompleta la aflicción irremediable del alma, que sólo se complace en lo bello y grandioso”. Habrá algún día que evaluar la influencia del pragmatismo yanqui, del modelo de “prosperidad sin poesía”, de esa “prosperidad siempre incompleta”, en los prejuicios anticulturales que sobreviven en nuestro país.

Este concepto básico de Martí reaparece en Fidel, en pleno Período Especial: “la cultura es lo primero que hay que salvar”, dice, en el V Congreso de la UNEAC, en medio de la implacable guerra económica que nos hace el Imperio, cuando está en juego la supervivencia misma del país. Y es que para Fidel, como para Martí, toda “prosperidad” sin poesía es falsa, hueca, y está maldita. El propio concepto de “calidad de la vida”, tan envilecido por el consumismo, habría que asociarlo a la cultura: “Las actividades culturales pueden convertirse en una de las más altas expresiones del nivel de vida del pueblo…” (2)

Nada habríamos adelantado los revolucionarios cubanos si algún día, derrotado el bloqueo, salimos de la crisis, y alcanzamos cierta “abundancia” económica para descubrir entonces que se nos ha vaciado el alma: que tenemos hombres y mujeres “prósperos” y embrutecidos por ese “bullicio” zoológico que vio Martí en el modelo yanqui; hombres y mujeres sin cultura, sin coherencia ni densidad espiritual, sin memoria ni patria.

Es muy estimulante verificar que en ningún momento, ni en los peores años de esta crisis, se ha abandonado la misión estratégica de “salvar la cultura” y se ha salvado, la hemos ido salvando, y muestra ahora una notable fecundidad. “Se mueve”, crece, se renueva, a pesar de la gravísima escasez de recursos; cuenta con un público exigente y conocedor que la sigue, en todas sus manifestaciones, tanto en las llamadas “populares” como “de minorías”, y se extiende su prestigio internacional. He dicho en más de una ocasión (y me veo obligado a reiterarlo) que la vida cultural en estos últimos tiempos es uno de los frutos más notables de la voluntad de los revolucionarios cubanos, de su coraje, de su tenacidad, y ahí están como prueba irrefutable los festivales de ballet, cine, música, teatro, y las ferias del libro, y las bienales de artes plásticas, y (sobre todo: más allá de los eventos) el sistema de enseñanza artística y la proyección diaria de las instituciones: desde el museo, la biblioteca, la casa de cultura del municipio más remoto, hasta la Casa de las Américas.

 Me gustaría calificar de heroicos, porque lo son, los empeños de los artistas, promotores e instituciones por mantener la vida cultural sin cesar ni un momento, venciendo obstáculos y carencias materiales a veces inimaginables: son heroicos tales esfuerzos, y lo repito sin rubor, aunque reservemos a menudo la palabra para juzgar (con toda justicia) otras áreas de nuestra resistencia, de nuestra creación, y aunque a alguno pueda parecerle tecoso el adjetivo o desgastado-por-la-retórica-oficial. Tenemos así una “Cigarra heroica”, que sigue haciendo arte y literatura sin cuerdas de violín, sin papel ni vestuario, sin zapatillas ni locales para ensayar. Una Cigarra tan heroica como la Hormiga, una Cigarra y una Hormiga que se juntan y confunden en el mismo impulso, y construyen la supervivencia y la esperanza: esa es la Fábula que rescribe nuestro pueblo día a día, y no un remake del absurdo apólogo de Samaniego.

No sé si será necesario recordar que, cuando hablamos en cualquier circunstancia de “nuestro pueblo”, abarcamos a todos los trabajadores manuales e intelectuales del país, a maestros, científicos, artistas, obreros, campesinos. En La historia me absolverá “llamamos pueblo, si de lucha se trata”, también, y sin duda alguna, “a los treinta mil maestros y profesores tan abnegados [...] que tan mal se les trata y se les paga” y “a los diez mil profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinarios, pedagogos, dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etc., que salen de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida”. ¿Vamos a dividir artificialmente ese “pueblo” en Cigarras y Hormigas? Máxime “si de lucha se trata”, como en 1953, como en 1996.

Parecería una aclaración pueril, redundante, tan obvia que irrita (me irrita) su formulación a estas alturas: hagámosla, sin embargo. Sí, amigo Samaniego: “nuestro pueblo” es tan diverso como uno e indivisible, y está compuesto por Cigarras y Hormigas que nacen unas de otras, se cruzan y entremezclan, y hay Hormigas que cantan y Cigarras que cultivan la tierra, y los hijos de las Hormigas han llenado y siguen llenando las escuelas de arte, y ha surgido una masa de insectos nuevos, y ya en ellos no es posible separar qué tienen de Cigarra y qué de Hormiga, y va naciendo desde ahora ese “trabajador manual de altísima cultura”. La expresión es de Fidel en el Día del Educador, diciembre de 1996, con el que soñábamos en los días de la Campaña de Alfabetización: prefiguraciones incompletas, parciales, pero legítimas, del proyecto de emancipación humana que acompaña a las transformaciones sociales en Marx, y en Martí, el Che y Fidel. Es un pueblo que venció el analfabetismo en 1961, trabajó por ser “libre y culto”, y hoy sigue trabajando para proteger la poesía que otorga “significación y alcance” a nuestros actos, y que estará presente en cuanto hagamos por edificar la “prosperidad” socialista del futuro.

 Hay, por otra parte, una “zona de contradicciones” que no debemos eludir: se revelan con frecuencia en nuestro arte en nuestra literatura, las angustias, dudas y desgarramientos de un minuto como el presente, y muchas veces esto no se comprende, y “se le echa la culpa al termómetro de la fiebre del paciente”.  (3) Chocan entonces conceptos diversos, y hasta opuestos, de la cultura y de su papel, y se tiende a simplificar y a no evaluar el problema en todos sus matices y dimensiones. El Consejo Nacional de la UNEAC, en mayo de 1992, hizo el siguiente análisis del tema:

 "En nuestro contexto, se comprenden con facilidad algunas de las funciones del arte, como la recreativa y la educativa. No ocurre lo mismo en lo que respecta al arte como medio de conocimiento y en su papel crítico con respecto a la realidad. Varias manifestaciones artístico-literarias se dirigen, por su propia naturaleza, a la interpretación y evaluación de ese amplio mundo de relaciones que conforman la sociedad y la sicología social. La materialización de ese proceso de asimilación y reflejo del entorno pasa necesariamente por el mundo interior del artista y por un trabajo con elementos conceptuales y formales que le confieren a la obra la originalidad que expresa la individualidad del creador. Esa personal interpretación de la realidad y su consiguiente expresión artística, no siempre es transparente y sus alusiones se abren a más de un significado. Esa variedad de interpretaciones posteriores es, por cierto, una de las propiedades esenciales de la obra de arte, cuyo ciclo de desarrollo sólo concluye en el acto de recepción".

 A esto se debe sumar, como otro factor de capital importancia, el reconocimiento de que muchas creaciones artísticas se caracterizan por no ser, generalmente, comentarios pasivos ni ilustraciones imparciales de ciertos hechos e ideas, sino una reflexión, muchas veces polémica, acerca del hombre y su sociedad. No por azar, a través de la historia, el arte ha encontrado sus más prominentes fuentes de inspiración en las pasiones humanas, en el drama de la existencia y en las contradicciones sociales.

 Cuando a un artista o escritor empeñado en tratar los conflictos de la realidad, se le pide implícita o explícitamente que dé soluciones a los problemas que plantea, que busque la transparencia unívoca de sus mensajes, que le procure una finalidad directamente educativa a su labor, y que eluda el tratamiento de ciertos temas, se le está pidiendo, nada menos que renuncie a lo específico de su trabajo creador.

Ante tales prejuicios, verificados una y otra vez en la práctica, los escritores y artistas revolucionarios reclaman un espacio de confianza que levante una barrera ante aprensiones que se imponen, alentadas o permitidas por justificaciones paternalistas, coyunturales o desacertadas, que crean una fisura por donde podrían penetrar el resentimiento, la inseguridad o la falta de fe. Este documento circuló en forma de folleto con el título de La cultura cubana de hoy: temas para un debate.

 Ahora bien, en nuestras condiciones, en las condiciones que enfrenta la Revolución Cubana, ¿debemos promover un arte difícil, complejo y crítico? ¿Es practicable nuestra política cultural ante los intentos de rendir por hambre a la Revolución, y de fragmentar la sociedad cubana, y de hacernos la guerra por todas las vías? ¿Resulta posible (como diría Cintio) continuar fundando “un parlamento en una trinchera”? ¿Puede afectar ese arte la unidad del pueblo (nuestra arma más preciada) frente a un enemigo desmesurado y hostil, y capaz de todo, y frente a sus servidores, los anexionistas externos e internos?

A todas estas preguntas hay que seguir dando la única respuesta revolucionaria: no existe ninguna política cultural alternativa a la política martiana y fidelista que se inauguró en 1961 con Palabras a los intelectuales y que ya tenía (antes de ese discurso programático) expresiones institucionales tan ejemplares como el ICAIC y la Casa de las Américas. En esa política abierta, plural, anti dogmática, están las bases conceptuales y prácticas de la unidad del movimiento intelectual cubano.

 El “socialismo real” europeo logró liquidar aquella brillante fusión entre la vanguardia política y la vanguardia artística que caracterizó en los días de Lenin a la Revolución de Octubre. Represión, censura, “realismo socialista” y otros muchos métodos de mutilación, se emplearon sistemáticamente contra la libertad creativa, y se fue diseñando el espacio ideal para que florecieran el oportunismo, la simulación y un pensamiento antisocialista, reaccionario, hechizado por el “paraíso occidental”. También allí, como en la España del siglo XVIII, se ensayó la mezcla diabólica de arte y didactismo, y muchas veces trataron de enterrar la poesía bajo piedras, lápidas y moralejas.

 En Cuba, como sabemos, hubo errores y momentos “grises” y “oscuros”, pero oportunas y sucesivas rectificaciones impidieron que se rompiera el vínculo mutuamente fecundante entre los intelectuales que crean y fundan en el terreno de la política y los que lo hacen en el arte y las letras. ¿Cómo podría ser de otra manera si entre nosotros la vanguardia política y la artística provienen de la misma fuente, de Martí, del Héroe, del Poeta? Del que dijo: dos patrias tengo yo: Cuba y la noche; y añadió de inmediato: ¿O son una las dos? Son una, efectivamente: Cuba y esa patria de lo invisible, del enigma, de “lo otro”; Cuba y esa “Isla” innombrada e innombrable que sólo intuimos poéticamente. Son una también. Cuba y la poesía, Cuba y la cultura.

 Una de las tareas básicas de nuestras instituciones culturales consiste en preservar el diálogo entre la dirección revolucionaria y el movimiento intelectual, y en que se renueve, entre los escritores y artistas contemporáneos, esa superposición misteriosa de las dos patrias de Martí.

 Nuestros errores en la cultura no fueron estratégicos, de eso no hay dudas; pero no hemos dejado atrás un sinnúmero de prejuicios “morales” o “ideológicos”, donde se confunden estereotipos e imágenes torpes sobre el arte y los artistas, más propios de la “Ilustración” española, del “socialismo real” o del pragmatismo yanqui, que de herederos del legado martiano. Muchos de estos prejuicios nacen de la ignorancia, del machismo, del rechazo a todo refinamiento espiritual “afeminado”. Toman forma a menudo en alusiones peyorativas a los “culturosos” o a la “farándula” (esa tropa ambigua y sospechosa) o en una sorprendente jactancia: declarar con orgullo, cuando se habla de arte, que “no saben (ni entienden) nada de eso”, como si fuera necesario tomar distancia de eso, como si la incultura los hiciera más “duros”, más viriles, más revolucionarios. ¿Estarán preparados estos “duros” para leer a Martí, para leerlo y releerlo, para convivir con su pensamiento y su palabra? ¿O sólo pueden ya consumir películas de Rambo y de otros “duros” fabricados en serie por la industria de Hollywood? ¿Serán capaces de leer el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, o los Once ensayos martianos, o Retorno a la alborada, o El siglo de las Luces, o Calibán, o Ese sol del mundo moral? ¿O sólo aceptan a estas alturas el primitivo “lenguaje de adultos” en los letreritos de las películas yanquis? Desconocen también, naturalmente, cuánto vale la pena en la cultura norteamericana: desde Whitman a Faulkner, desde Orson Welles a Woody Allen.

¿Dónde puede crecer más fácilmente en Cuba el culto al american way of life y a las lentejuelas de la sociedad de consumo? ¿Entre los hombres y mujeres de la cultura? ¿Entre los que como creadores o receptores saben apreciar en todo su valor la riqueza espiritual del arte? ¿Entre los que emplean su tiempo y energías en la aventura silenciosa de la creación, tantas veces ingrata, que exaspera, desconcierta y desgasta? Creo honestamente que la cultura de verdad, la de raíz, nuestra cultura nacional y (con ella, siempre con ella) la que anticipa la Patria bolivariana y la auténticamente universal, es un antídoto insustituible frente a Rambo, Forrest Gump, Disneylandia y toda la superchería yanqui, y frente al modelo político, económico y social que tales símbolos representan. En la frivolidad del “colonizado cultural”, en la intemperie del lumpen, en el que sólo busca atontarse y “desconectar”, y ya renunció al placer de la inteligencia, y en la ignorancia presuntuosa, en los prejuicios de los “duros” contra el arte, por muy “revolucionarios” que pretendan ser: ahí están. Samaniego, “las partes blandas”, las más expuestas ideológica y culturalmente a la influencia de nuestros enemigos. No es posible ejercer un antimperialismo diurno y entregarse en la noche a la droga subcultural del Imperio: a la larga el Doctor Jekyll “duro” y antimperialista va a perder el control sobre ese Míster Hyde proyanqui, y asistiremos a un remake (bastante literal) de la fábula de Stevenson.

 El dogmático ignorante no se disfraza con la bandera yanqui, como el obtuso y frívolo “colonizado”, y habla en nombre del “pueblo trabajador”; pero corre el riesgo de ser “anexado” culturalmente por el Imperio, y de reunirse con apátridas, marginales y yancófilos en el círculo del Infierno que Dante imaginó para los anexionistas. Y es que el “problema ideológico” más grave que se nos presenta con relación a la cultura, es (precisamente) la falta de cultura.

Mientras no desterremos los prejuicios e imágenes incompletas y rígidas del arte, de los artistas y de su papel, la cultura no ocupará el lugar que merece entre nosotros, el lugar que necesitamos todos que ocupe. No sólo sufre el arte con tales postergaciones e inconsecuencias: sufre nuestra sociedad, que requiere hoy con urgencia de una sólida defensa cultural frente a la yanquización y el anexionismo. A veces, como decía Martí, sólo vemos la cáscara, la superficie, la anécdota, “el caso” o “el casito”, y se nos escapa la médula, la contribución decisiva que hacen los artistas a la Revolución, y somos incapaces de calcular cuánto más podrían hacer.
Detrás del “casito”, del incidente, se nos oculta a menudo la poderosa acumulación de cubanía que hay en el arte del presente: cómo aparece, en lo mejor de la obra de nuestros creadores, una búsqueda de los orígenes de la nación, de su destino, de sus símbolos, y encontramos allí un reclamo ético muy vigoroso, y un mensaje resistente, “afirmativo”, que no se expresa a través de moralejas o esquemáticos “héroes positivos”. No son fábulas ni “muñequitos rusos”. No es ese “primer pasto” para niños rumiantes que proponía Samaniego; no está todo claro en él, como no lo está en una realidad que ha cambiado dramáticamente: hay ambigüedades, claroscuros, incertidumbre, y emerge una y otra vez la Utopía, herida pero indispensable. Quien espere obras complacientes, seudopedagógicas, donde el Mal sea castigado y el Bien se lleve todos los premios en el último acto; quien busque “la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios” ( El Che: El socialismo y el hombre en Cuba), quien esté descalificado para percibir las peculiaridades del lenguaje artístico y los nexos entre el arte y los procesos sociales; quien no sepa diferenciar ese “sentido afirmativo” de un Final Feliz hollywoodense, quedará defraudado. Martí habló de “Cuba y la noche”, no de “Cuba y las fábulas”, o de “Cuba y la poesía pedagógica”, ni siquiera de “Cuba y la poesía optimista o patriótica”: habló de “la noche”, de la oscuridad genitora, donde se avanza tanteando, tropezando, donde Resuena la noche ancestral de Nicolás Guillén. (4)

 Habría que preguntarse ahora por “esa gente” a quien no debemos “dar un espacio”. ¿Es que no hay gente “agusanada” entre los artistas? ¿”Todo el mundo es bueno” en el campo de la cultura?

El relevante escritor y político que es Carlos Rafael Rodríguez, destacó en el IV Congreso de la UNEAC una de las principales lecciones de nuestra política cultural: cómo combinar los más depurados principios con la más amplia capacidad de convocatoria. Evocó los antecedentes inmediatos de Palabras a los intelectuales, y su contexto, y citó a Fidel: “La Revolución sólo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios.”

 Carlos Rafael subrayó las formas de participación social que se abren en Cuba para los escritores y artistas; descartó la vigencia entre nosotros del esquema del intelectual como “conciencia crítica”:

 Libres de las pretensiones de convertirse en el reservorio crítico de la sociedad, enriquecidos por su modestia histórica, nuestros escritores y artistas podrán acercarse más a ser “testigos de la verdad”. Nada más y nada menos que eso les pediríamos que fuesen. Al proponérselo, quedarán libres de caer en ese discurso artístico-literario de tono apologético y moralizante, carente de búsquedas y de problematización, basado en fórmulas rudimentarias de dudosa eficacia movilizativa del que el informe central ante el Congreso [de la UNEAC] se quejaba como síntoma de los malos momentos de nuestra cultura”.

 Carlos Rafael Rodríguez (Granma, 29 de enero de 1988) recordó que en determinada etapa se interpretó mal la política trazada “para imponer decisiones extemporáneas o criterios en nombre de la Revolución y del Partido”, y subrayó “las mayores responsabilidades” que adquiere un artista cuando ha obtenido la condición de militante:

 Pero no poseer el carné del Partido está muy lejos de ser denigratorio. La Revolución es mucho más amplia, mucho más heterogénea, mucho más complicada que el Partido. En el turbión revolucionario caben todos los que no están opuestos a nuestras aspiraciones, a nuestros postulados. Siguiendo esa concepción fidelista, la Revolución Cubana podía decir también que su divisa no es “los que no están con nosotros están contra nosotros” sino aquella otra: “los que no están contra nosotros están con nosotros”.

 No “todo el mundo es bueno” en la cultura; pero podemos sentirnos satisfechos: la mayoría de los escritores y artistas cubanos está definidamente “con nosotros”, es parte de “nosotros”, y ejercita un transparente y lúcido compromiso revolucionario. Y hay también, por supuesto, como en todos los sectores sociales, algunos que “no están contra nosotros” y que (aplicando “la concepción fidelista”) podemos considerar “con nosotros”; y hay gente amargada, como en todas partes, y confundida ante algunas de las contradicciones del presente, o que no entiende nada, y gente que se ha metalizado, o que ha hecho suya la filosofía del ir escapando, o que se ha visto abrumada por las carencias y dificultades, y se ha cansado, y se siente lejos de “nosotros”, en Cuba o fuera de Cuba, y tenemos emigrados definitivos y temporales, y “emigrados internos”, paralizados por la apatía, el escepticismo o el shock de la cotidianidad. Suman una cifra irrisoria, sin embargo, los artistas y escritores que en el transcurso de estos años tan difíciles se han dejado reclutar para el juego de la “disidencia” interna, o para “inflar” las exiguas plantillas de los grupúsculos. Han fracasado los enemigos de Cuba y sus agentes (yanquis o de otras nacionalidades) en sus aspiraciones de crear una quinta columna intelectual en el país: no ha habido ni hay un fermento propicio.

 En el “espacio gnóstico” de la cultura nacional, (5) son asimiladas, sin daño para el humus de la cubanía, las más dispares influencias: pero no “prenden” la yanquización y el anexionismo. Los ideales patrióticos, antimperialistas, de “resistencia”, han caracterizado y caracterizan a nuestro movimiento intelectual, desde Martí hasta hoy, por encima de las filiaciones políticas: quienes se apartan de esta tradición viva, actúan contra natura, y la obra sufre, la obra se resiente. No hay tendencias antisocialistas ni reaccionarias en nuestra intelectualidad, ni creo que prosperen nunca.

 Habría que reconocer, por el contrario, justamente en estos años, cómo se ha radicalizado el pensamiento de muchos de nuestros intelectuales. En las revistas culturales, en el debate, en el intercambio de criterios que estas publicaciones han propiciado, se ha ido articulando un pensamiento social y cultural muy revolucionario: un cuerpo de ideas que resiste la ofensiva del discurso “globalizador” de derechas, y contraataca, y puede ser muy provechoso para el conjunto del pensamiento político cubano, y para las búsquedas y tanteos de la izquierda en otras partes del mundo.

 El espacio generoso de nuestras instituciones culturales se abre para todos los artistas revolucionarios y para aquellos que están “con nosotros” porque no están “contra nosotros”. Todo creador honesto y valioso que quiera hacer su obra en Cuba y para los cubanos, y alcanzar desde aquí una merecida y limpia promoción internacional, tendrá el apoyo de instituciones que no exigen ningún carné a la entrada: sólo calidad artística.

 Muchos de los que trabajan temporalmente fuera del país, que también están “con nosotros”, quieren participar de la vida cultural cubana, y reencontrarse periódicamente con su público, con su pueblo, y su arte y su presencia son permanentemente bienvenidos.

 La obra de escritores y artistas emigrados se ha difundido de manera creciente, sobre todo en revistas y libros, y hemos aprendido a separar la posición política del individuo de sus aportes a una cultura nacional múltiple e integradora, que va definiendo sus contornos desde aquí, desde la Isla. Numerosos emigrados participan en eventos de nuestras instituciones, y han encontrado aquí una voluntad de consolidar esos intercambios y de alcanzar una “convivencia cultural”, y un clima apropiado para la discusión, respetuosa, seria, ajena a toda manipulación propagandística. Eso hacemos en Cuba, mientras el fascismo (bárbaro y anticultural por definición) sigue promoviendo en Miami métodos muy poco sutiles de censura: quema de cuadros, bombas en locales de actuación, insultos y pedradas. (6)

 Renunciamos sólo a esos pocos, poquísimos, que han vendido a los enemigos de la nación su imagen y su palabra: sabemos el precio que pagan en términos éticos y culturales, y cuánto cobran, o cuánto piensan cobrar por sus favores. Nadie, con un mínimo de objetividad y decoro, puede acusar a nuestras instituciones y a nuestra política cultural de ser “excluyente”. Ni creo que desde una supuesta “ultra izquierda” pueda criticarse esta política. La “concepción fidelista” que hemos venido aplicando en la cultura, siempre estará a la izquierda del dogma, del sectarismo, de la demagogia populista, de los “que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara”.

 Volvamos ahora a las obras específicas. ¿Cómo diferenciar la obra ética y estéticamente honesta, que indaga en los enigmas de hoy y de mañana, de la que busca interesar (digamos) a algún hipotético jurado extranjero, o hace guiños a un receptor que está a la caza de referencias políticas o de un “costumbrismo” muy directo? ¿Cómo atender institucionalmente esta “zona de conflicto” que provoca el diálogo polémico entre el arte y la realidad, entre el arte y los problemas y tensiones del presente, en nuestra sociedad y en nuestras circunstancias particulares? ¿Y si un creador que “no está entre nosotros” genera, por las razones que sean, una obra que traiciona sus convicciones y termina siendo una obra “contra nosotros”?

 Como mediadoras entre el creador y el receptor, las instituciones culturales desempeñan un papel insustituible en un proceso donde hay que desechar toda tentación autoritaria y vertical. Promotores y creadores, especialistas y críticos, [Un buen ejemplo de crítica “ideológica” desde el arte, desde el análisis especializado, es (en mi opinión) la realizada por Omar Valiño a la puesta en escena de Los equívocos morales. La Gaceta n. 6 de 1996], en un debate franco, abierto y culto, intervienen en la imprescindible labor de selección y análisis que acompaña a la promoción y difusión de una obra determinada.

 Nuestro programa cultural no se hizo bajo las banderas de la “Ilustración” ni del “realismo socialista”, ni se concibe y practica “desde arriba”. Debe excluir el esquema del censor en las alturas, en su enorme buró, y el creador abajo, en espera de la absolución o la condena. No se trata de que el censor sea “brusco” o “persuasivo”; no queremos censores de los que tanto daño hicieron en el “socialismo real”, ni los de Miami, con sus cocteles-molotov y sus turbas a sueldo, ni los menos “visibles” que funcionan al servicio del Poder en el mundo capitalista, y compran, anulan y corrompen, y reprimen sofisticadamente, y usan el mercado como una pavorosa guillotina: los que convierten a un subnormal como Sylvester Stallone en un fetiche cultural, en un fenómeno de masas, mientras relegan (por ejemplo) a Noam Chomsky, una de las inteligencias más lúcidas de los Estados Unidos, y lo reducen a circuitos- para-minorías, y evitan que pueda influir en sectores más amplios, en “la opinión pública”, en ese “buen salvaje” del consumo que es “el norteamericano promedio”.
 Los éxitos mayores de la cultura revolucionaria, desde el 59 hasta hoy, se concentran allí donde los creadores han tenido una participación determinante en el diseño de la política institucional y en la toma de las decisiones concretas, donde ha habido una relación transparente entre creadores y promotores, donde se han evitado los esquemas verticales y las deformaciones burocráticas y administrativas. Así se han gestado movimientos artísticos de vanguardia, en términos culturales y en términos políticos. Esas instituciones han gozado de prestigio y de una indiscutida autoridad moral e intelectual entre los mejores artistas del país: son las que han sabido traducir a proyectos específicos nuestra política cultural.

 En ese clima ajeno a suspicacias y a prejuicios, ha crecido de manera natural la conciencia y el compromiso revolucionario de creadores y promotores. Ese es el clima que nos permite ahora, en 1997, verificar que en una etapa tan difícil no ha habido fisuras políticas en la intelectualidad.

 Es vital que este clima se extienda y consolide, que se refuerce el ascendiente de las instituciones sobre el movimiento intelectual, y eso sólo es posible si los artistas y escritores las sienten suyas: si son escuchados y convocados sin paternalismos de ningún tipo, y se convierten en protagonistas reales del programa cultural del país; si ejercen su vocación participativa en los espacios de la Revolución, con la plenitud de quienes han asumido consciente y libremente los deberes y derechos del “estar con nosotros”. Hay que evitar las decisiones torpes, los juicios impensados: todo lo que enturbie ese clima de confianza, y afecte la comunicación entre los artistas y sus instituciones.

 El llamado Carril II de la Torricelli, reiterado en la Ley Helms-Burton, se propone desmantelar nuestro sistema institucional y fragmentar la Revolución “desde dentro”. Busca coberturas culturales para atentar la “disidencia” interna en los medios intelectuales: pretende alejar a los creadores de las instituciones revolucionarias y tentarlos con espejismos “alternativos”, y erosionar las bases, la razón de ser, la credibilidad, de nuestros espacios de promoción y participación. Los yanquis han encontrado dos tipos de colaboradores internos para impulsar el Carril II: el “colaborador consciente”, el anexionista, el apátrida que se presta al juego; y el “colaborador inconsciente”, aquel que (por dogmatismo u oportunismo, o ignorancia,  por pura estulticia) adultera nuestra política y siembra la división en el movimiento intelectual, y empuja hacia los brazos del enemigo a algunos que no están, que no quieren estar “contra nosotros”.

 En cuanto a ese arte que hemos llamado crítico, no se trata (que conste) de ser “tolerantes”: la “tolerancia” implica siempre una aceptación a medias, a regañadientes, de algo que nos resulta impropio, esencialmente “extraño”. Debemos asumir orgánicamente, como una necesidad social, las funciones cognoscitivas y críticas del arte, y entender que del ejercicio libre y comprometido de esas funciones se deriva (también) una posibilidad educativa, que estimula reflexiones impostergables y atañe a la formación indirecta de valores. Un arte que aborde nuestros conflictos de hoy con valentía, responsabilidad y profundidad, ayuda a la Revolución: puede señalarnos deformaciones en nosotros mismos y en nuestro entorno, e inquietar al acomodado, y actuar sobre la inteligencia y los sentimientos del que vive al día, y prepararlo para descubrir el sentido de la épica presente donde sólo está viviendo fragmentos dispersos y la agresividad de la vida cotidiana.

 Yo diría que el gran reto de nuestros creadores y de nuestras instituciones está en hacer esa reflexión más profunda, incisiva y revolucionaria, y en que logremos “desplazar” al receptor de la percepción epidérmica de nuestra resistencia y “moverlo” hacia otra percepción: más honda, más completa, y no por ello menos contradictoria. Desde esa percepción que sólo la experiencia artística puede ofrecer, nos aguarda (en la bruma) la gravitación y el sentido de lo que estamos haciendo en Cuba.

 Uso el verbo “mover” y no estoy satisfecho: me gustaría despojar ese verbo de todo carácter unidireccional, exhortativo o didáctico. Víctor Hugo habló de “un estremecimiento nuevo” ante la poesía de Baudelaire, y tal vez debemos aspirar a “un estremecimiento” (¿nuevo?) donde se sintetice lo más puro del patrimonio ético cubano, donde se restaure incesantemente, entre zigzagueos y recodos inéditos, la Utopía de la Isla. La clave está, por supuesto, en el enfoque mismo del que nace la obra: si el creador trabaja desde la Revolución, desde ese compromiso personal, hondísimo, que comparte la mayoría de los artistas y escritores cubanos, no hay tema que resulte escabroso. La obra va a ser útil a la manera (nunca inmediata ni mensurable pragmática) en que el arte lo es. De un entrañable “con nosotros” es imposible que nazca un mensaje artístico “contra nosotros”.

 Quiero hacer dos aclaraciones antes de terminar: no debe verse en estas líneas un rechazo gremial, defensivo, a toda crítica que se haga al arte y a los artistas desde sectores “no especializados”, o desde el punto de vista “ideológico” o “político”, ni como una descalificación del “análisis clasista” para entender los problemas de la cultura y de la sociedad. “Los pueblos [dijo Martí en Nuestra América] han de vivir criticándose, porque la crítica es salud; pero con un solo pecho y una sola mente”, y es una fórmula aplicable tanto a ese arte que hemos denominado crítico o del “estremecimiento” más o menos “nuevo”, como al debate en torno a la cultura que hemos estimulado siempre: es el tipo de debate que el Ministerio de Cultura ha estado promoviendo, con la presencia de distintos organismos y organizaciones de masas, de maestros y profesores universitarios; es el debate donde intercambian creadores, promotores, “especialistas” y representantes de los más variados sectores sociales, y donde se mezclan, inevitablemente, todos los puntos de vista que despierta la realidad y un arte que la “refleja”. (7)

 El papel social del arte se hace más evidente para todos en esta confrontación de ideas; son discusiones muy beneficiosas y “saludables” para los artistas y para el público, y en esa atmósfera los prejuicios retroceden, se acortan las distancias, y se afianza colectivamente ese “estar con nosotros” que debemos seguir renovando. La crítica se hace “con un solo pecho y con una sola mente” en el debate cultural que tanto necesitamos, y “es salud” para el arte, para los artistas y para el conjunto social. No encuentro esa plataforma martiana en el programa Hablando claro del 30 de octubre: sobresale, por el contrario, una intención divisionista, que debe combatirse dondequiera que asome. Todavía no me explico qué se pretende lanzando al aire, ante una audiencia masiva, esas “teorías” sobre una presunta separación entre “los intelectuales” y “el pueblo trabajador”. ¿Alertar a “los trabajadores”… acerca de este nuevo enemigo? Supongo que muchos de los miles de oyentes del espacio, desinformados… acerca de los hechos específicos, habrán “fijado” especialmente algunos términos (“contrarrevolución”, por ejemplo) y ese inconcebible remake de “La Cigarra y la Hormiga”, doscientos años después de su estreno en castellano.
 Sería muy provechoso, por otra parte, contar con estudios rigurosos del tejido social cubano, y de los cambios que ha venido sufriendo en los últimos años. No me refiero a análisis seudomarxistas, a vulgarizaciones más caricaturescas que aquellas de Konstantínov y de los peores manuales del “socialismo real”; sino a una verdadera investigación marxista. La simplificación, el maniqueísmo, las polarizaciones elementales, son pecados que no nos podemos permitir: hoy menos que nunca. Parafraseando a Carlos Rafael, subrayemos que la sociedad cubana de nuestros días es “mucho más heterogénea” y “mucho más complicada” que la esquemática propuesta de Hablando claro. (8)
 Hay conflictos desconocidos y más complejos: no asistimos al enfrentamiento clásico entre la Cigarra y la Hormiga, ni entre el Ratón Campestre y el Ratón de Ciudad, (9) ni entre “buenos” y “malos” o “indios” y “cowboys”. Es un mundo mucho más enrevesado; pero la Revolución no ha dejado de ser muy “amplia”: “caben” muchos “en el turbión revolucionario” que no estaban previstos en las fábulas, ni en las películas del Oeste, ni en los manuales.
 Pero sería inconveniente que este remake de “La Cigarra y la Hormiga” quedara sin moraleja. Acudamos de nuevo a la tan citada intervención de Carlos Rafael en el IV Congreso de la UNEAC. Allí destacó que en nuestro terreno, en la cultura, “aunque el liberalismo es peligroso y la complacencia inaceptable, más peligrosos todavía [...] son la intolerancia y el dogmatismo”. Pero si no vencemos el dogma [concluyó], nos corroerá y nos cerrará el camino hacia la amplia y noble cultura del socialismo, en la cual la de Hombre tiene que ser, como lo proclamaba Máximo Gorki, “una hermosa palabra”.
 El dogma es sinónimo de incultura, estrechez mental, sectarismo, rigidez antidialéctica, mediocridad intelectual, subvaloración de los ámbitos espirituales en que ese Hombre (con mayúsculas) se realiza. ¿Puede el dogma llevarnos a alguna parte? si no vencemos el dogma y los prejuicios contra la cultura, ¿tendremos éxito en la “campaña de alfabetización martiana” que propuso Cintio Vitier en 1994? Completemos nuestra moraleja con aquel texto estremecedor que publicó Cintio ante el espectáculo de los “balseros”. Según él, esos “que se van, asumiendo mortales riesgos, son cubanos a quienes la palabra de Martí no ha llegado”. Y decide renunciar a “una ingenuidad” para sugerir otra:
 No cometo la ingenuidad de aspirar a que cada ciudadano sea un especialista en la vida y la obra de José Martí, pero sí cometo la ingenuidad (fuerza del espíritu en que siempre he creído) de aspirar a que cada cubano sea un martiano. Y si llega a serlo aunque sólo haya alcanzado una escolaridad de noveno grado [...], y aunque se dedique a las tareas más disímiles, ¿llegará a ser algún día un marginal de la patria, un irresponsable, un antisocial? ¿No es Martí suficiente vacuna contra esos venenos ambientales? ¿No es Martí capaz de hacer de cada cubano, por humilde e iletrado que sea, un patriota? ¿No es capaz de inspirarle resguardo ético, amor profundo a su país, resistencia frente a la adversidad, limpieza de vida? [“Martí es la hora actual de Cuba”, Juventud Rebelde, 19 de septiembre de 1994]
 Para Samaniego, para Konstantínov, es perfectamente natural que a un poeta se le ocurra “una ingenuidad” y hasta un plan para materializarla: quizás les resulte más sorprendente que el Ministerio de Educación haya brindado un apoyo inmediato a tal “ingenuidad” y que ahora los CDR, la organización de masas que agrupa y representa a todo “nuestro pueblo”, esté recogiendo el aporte de Cigarras y Hormigas, y de tantísimos híbridos, para publicar los Cuadernos martianos: el primer paso hacia la “ingenua” Utopía que sugirió Cintio. En una Isla donde se siguen dando estos milagros, el divisionismo sectario, y el dogma, y los prejuicios contra la cultura, deben ser desterrados. Son impedimentos (reales, palpables) que se alzan frente a la Cuba y al Hombre del futuro.
 El dogma no es capaz de sembrar cultura ni de acumular reservas para el invierno, ni de acercarse a Martí, ni a su doble patria: no comprende la fertilidad de la noche, ni de la Cuba martiana (que no aparece en Konstantínov), ni el hecho irrefutable de que sean una las dos.
 Y no sólo obstaculiza el arribo a una cultura humanista, solidaria, socialista: el dogma puede cerrarnos el camino hacia ese socialismo renovado, marxista, leninista y martiano, al que no hemos renunciado ni renunciaremos. Un socialismo de ciudadanos “libres y cultos”, que disfruten de una “prosperidad” colmada de poesía.

La Habana, noviembre de 1996.
 NOTAS:

(1)  Quien seguramente lo tomó de otras fuentes.
(2)  Intervención de Fidel en el IV Congreso de la UNEAC, Trabajadores, 30 de enero de 1988.
(3)  He oído muchas veces esta incisiva frase, pero no sé a quién dar el copyright. Alguien la recordó recientemente, en un homenaje póstumo a Rine Leal, y se la atribuyó al autor de La selva oscura. Sea de Rine o de cualquier otro, resulta casi inmejorable para caracterizar esa tendencia a cerrar los ojos ante los “estados febriles” de la sociedad, que muy a menudo se nos revelan en un arte calificado entonces como “problemático”.
(4)  Hay una zona más explícitamente “nocturna” en la poesía de Nicolás Guillén, que se olvida en ocasiones: “Estar aquí encerrado, / el corazón latiendo; / aquí, sin saber nada, / con los ojos abiertos; / aquí como un sonámbulo, / manos rectas, de ciego, /buscando una salida, un gendarme, un potrero. // Yo aquí en la vida, solo, / viviendo”. Y en ella, en los jardines invisibles, en la noche insular de Lezama, en el arcano de la poesía genuina, con su penumbra y sus destellos, con todos sus secretos, se instala la segunda patria de Martí: o (mejor) la otra cara de la patria indivisa.
(5)  Lezama introdujo el concepto de “espacio gnóstico americano” (en La expresión americana, 1957) para describir, justamente, cómo el ámbito cultural de “Nuestra América” está abierto a los vientos llegados de todas partes, y a las lluvias, y es capaz de someter a una selección natural todos los diversos influjos: así “el cuerpo dañado” (lo nocivo) se disuelve en la atmósfera libre de ese espacio, y sólo permanece y fructifica la semilla sana.
(6)  Algunos escritores emigrados, residentes en España, obtuvieron financiamiento para fundar Encuentro de la Cultura Cubana, una revista dirigida por Jesús Díaz, que se anunciaba como de Línea Blanda frente a la Línea Dura de los grupos fascistas miamenses. El primer número, lamentablemente, se acercó en muchas de sus páginas a la carga difamatoria (y hasta a la adjetivación) de la radio terrorista de Miami. Hay señales que permiten augurar otros encuentros después de la apertura en Madrid de una filial de la Fundación de Mas Canosa: en un artículo reciente, Jesús Díaz hizo público un mensaje muy amplio de “unidad”, que parece tener realmente (por la estructura del discurso, por sus significativas reiteraciones) un solo destinatario. “Todos los cubanos”, dice, “debemos imaginar ese futuro [el de Cuba] e intentar adelantarlo: desde los que hoy viven y trabajan en la Isla, incluido el ejército y los militantes del partido comunista, hasta los miembros de la Cuban National American Foundation y de la Fundación Hispano-Cubana”; luego aconseja a la Fundación que se dirija “seriamente a los negros cubanos para garantizarles un programa riguroso de igualdad de oportunidades”, y termina repitiendo que “la democracia cubana del futuro [...] no puede ni debe prescindir de la inteligencia, el patriotismo y el capital del exilio, incluyendo, desde luego, a su derecha política y a sus líderes, a quienes no podemos seguir demonizando”. En “Una delicada bomba de tiempo”, El País, 30 de noviembre de 1996.
(7)  Marketing pudo convertirse en “un casito” por la complejidad del tema que trata: fueron muy útiles (para condicionar favorable y revolucionariamente la recepción de la obra) los debates organizados por el Centro de Promoción del Humor, en coordinación con la UJC, el Ministerio de cultura y la AHS, donde participaron periodistas, críticos, funcionarios y dirigentes juveniles. La contribución oportuna de la crítica (véase la de Rolando Pérez Betancourt en Granma) fue también muy provechosa. Así un “casito” potencial se convirtió en eficaz instrumento de reflexión colectiva.
(8)  A esta heterogeneidad social alude, evitando generalizaciones y simplismos, el Informe del Buró Político al V Pleno del comité Central.
(9)  Esopo trata la oposición campo-pobre-y-plácido frente a ciudad-rica-y-agitada en “El Ratón Campestre y el cortesano”. El tema evolucionará, y a la agitación ciudadana se le añadirá un costado “perverso y “corrupto”.

Fuente El Caimán Barbudo
Tomado de Cine Reverso


*Cuentista, escritor, editor y profesor. Ex Ministro de Cultura de la República de Cuba. Asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros. Nació en la ciudad de Pinar del Río el 11 de noviembre de 1950.
 Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de La Habana y posteriormente ejerció como profesor de Literatura. Fue director de la Editorial Letras Cubanas. Nombrado presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pasó luego a ser Ministro de Cultura de Cuba, cargo que ocupó desde 1997 hasta el 6 de marzo de 2012, tras ser designado Asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
 En 1999 publica la novela El vuelo del gato (Editorial Letras Cubanas) en la que se mueve entre la ficción y el ensayo. La novela fue ganadora del premio de la crítica en 2001, y más tarde publicada en España por Ediciones B.
 Abel Prieto ha escrito varias colecciones de relatos entre los que se destacan Los bitongos y los guapos (1980), y Noche de sábado (1989). En el campo de la ensayística se distingue por sus estudios sobre José Lezama Lima.
 A propósito de la XXI Feria Internacional del Libro se presentó el 13 de febrero de 2012 su segunda novela, “Viajes de Miguel Luna”, publicada por la editorial Letras Cubanas.
 Una Nota Oficial del Consejo de Estado de Cuba publicada el 6 de marzo de 2012 anunciaba su liberación del cargo de Ministro de Cultura tras 15 años en el cargo. Atendiendo a su experiencia y los resultados positivos obtenidos durante el tiempo que estuvo de Ministro fue designado asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.
 Condecorado con la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno de Francia, el reconocimiento se le otorga a las “personas que se distinguieron por su creación en el sector artístico y literario, y por la contribución que aportaron al esplendor de las artes y de las letras en Francia y en el mundo”.