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jueves, 26 de noviembre de 2015

Infancia y adolescencia en Cuba: derechos conquistados


Por Aileen Infante Vigil-Escalera 
 
La Organización de Pioneros José Martí realiza una jornada nacional por el aniversario 26 de la Convención de los Derechos del Niño y el Día de los Derechos Humanos
Regi García Ríos es muy feliz. Contra toda expectativa médica, este miércoles celebró sus 15 años de vida rodeado de amigos, familiares y profesores de la escuela especial para niños, niñas, adolescentes y jóvenes Sierra Maestra, en el municipio de Plaza de la Revolución, en la capital.

Varias afecciones detectadas en su infancia, más el Síndrome de Down con el que nació, no le auguraban llegar hasta la fecha, pero con el apoyo de muchos fue posible el milagro. En especial, su enorme familia de la institución docente le ha permitido adquirir las destrezas que hoy exhibe.


La escuela, de referencia por el trabajo que realiza con los jóvenes de entre seis y 21 años de varios municipios capitalinos (Plaza, Cerro, Playa, La Habana Vieja y Centro Habana), se unió la víspera a la jornada nacional por el aniversario 26 de la Convención de los Derechos del Niño y el Día de los Derechos Humanos, promovida por la Organización de Pioneros José Martí (OPJM) desde el pasado 20 de noviembre.

Allí, como pocos en el mundo, sus alumnos y trabajadores atestiguan los privilegios de la enseñanza especial cubana. Un matutino, la exposición de los talleres que se desarrollan en el centro, una muestra de actividades deportivas y el tan esperado cumpleaños, matizaron la jornada.

«En Cuba la infancia, adolescencia y juventud viven en estado de derecho», afirmó Aymara Guzmán Carrazana, presidenta de la OPJM, una de las invitadas de la jornada.

«Mostrar lo que se logra en instituciones como esta con el esfuerzo del país y los profesionales del sector es la mayor prueba del cumplimiento de los acuerdos de la Convención. Todas estas actividades, más la docencia que reciben rigurosamente nuestros alumnos, tributan a su mayor y completa formación profesional y personal», aseguró Pilar María Medina Fuentes, directora del centro.

Desde el triunfo de la Revolución, la escuela Sierra Maestra recibe a niños con discapacidades y, específicamente, con Síndrome de Down, autismo y retraso mental. Entre sus 50 docentes, médicos y trabajadores de servicios garantizan la atención personalizada de cada uno de los educandos, incluso después de cumplir los 18 y ser insertados en otras labores fuera de la institución.



Durante la jornada, la Presidenta de la OPJM explicó a nuestro diario que esta y otras actividades similares se celebrarán hasta el próximo 11 de diciembre en varios centros de enseñanza y espacios públicos del país, en saludo, además, al Día de los Derechos Humanos, el 10 de ese mes.





Más fotos en Juventud Rebelde, Roberto Ruiz

jueves, 20 de agosto de 2015

Equidad, igualdad e igualitarismo: A propósito del VII congreso del PCC

Por Darío Machado Rodríguez *

 

El debate acerca de la justicia social, la igualdad y el igualitarismo, ha sido, es y será algo permanente en la sociedad cubana y gozará de primera prioridad siempre que no se abandone la orientación socialista de la construcción social y económica.

No está de más recordar que el tema es asaz complejo y que apenas se pretende con este artículo participar en el intercambio de ideas, en el razonamiento colectivo.

En un trabajo publicado en el periódico Granma hace unos 20 años, el 19 de marzo de 1994, titulado Firmeza de principios y cambio de mentalidad, se plantea: “Las medidas económicas que se requieren para el funcionamiento cabal de este principio (se refiere al principio socialista que reza: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”) reclaman a su vez un cambio de mentalidad. Su aplicación hace emerger desigualdades reales, ya que las capacidades, habilidades, inteligencia y laboriosidad de la gente son objetivamente diferentes, aun cuando existan oportunidades iguales para todos.” Y más adelante: “Todos no podemos recibir lo mismo tanto porque no habría cómo hacerlo, como porque si lo pretendiéramos ello conduciría al inmovilismo y a la ineficiencia  (…) Debemos fijar en nuestras conciencias que las circunstancias han cambiado radicalmente y que el modo en que debemos continuar los objetivos socialistas y comunistas deben adaptarse a la nueva situación (1).”

Sean las circunstancias de mediados de la década de 1990, las de hoy ya adentrado el siglo XXI, como las futuras, el tema de la igualdad y de la justicia social,  debe ser objeto de sistemática atención.

La necesidad de esclarecer  el significado de los términos

En el debate sobre la igualdad social los contenidos adjudicados a los términos empleados son difusos. No pocas veces se identifica igualdad con igualitarismo, o equidad con igualdad. Por ejemplo, he leído la frase “trato equitativo” entendida como el enfoque que toma en cuenta el ámbito social y condiciones de existencia de cada individuo, lo que confunde en mi criterio su significado  con el de igualdad social.

La confusión de los términos, su carácter difuso, obedece a la cercanía de los contenidos que tratan, lo que obliga en primer lugar a la precisión de los significados que se tendrán en cuenta cuando se mencionen los conceptos de equidad, igualdad e igualitarismo. Y una vez aclarados los significados servirse desprejuiciadamente de ellos para el análisis.

El término equidad (equidad social), que se emplea hoy con mayor frecuencia en lugar del término igualdad (igualdad social), es un concepto que se ha tomado de la jurisprudencia, pertenece al terreno del derecho positivo, al significar originalmente el grado de discrecionalidad que tiene un juez para dictar sentencia en los marcos del ordenamiento jurídico real, existente y vigente en un determinado Estado, o sea, el derecho establecido, codificado.

En relación con los conceptos producidos en el terreno de la economía política en la época actual, la equidad social aparece efectivamente tomando distancia de la igualdad social en su contenido y significado ético y acercándolo a las normas del derecho. Desde el punto de vista de las realidades y el ideal, propongo aceptar la gradación siguiente: equidad, igualdad e igualitarismo.

Cuando se habla de distribuir equitativamente, el principio que rige es el de la equidad, es decir, de aquello a lo que hay, de últimas, derecho reconocido legalmente (2).  En un sentido significa igualdad, pero con los límites en la legalidad establecida, es igualdad en la aplicación de la equidad. De hecho cuando se profundiza en el origen etimológico del término en la lengua castellana, las raíces griegas refieren la equidad como un derivado de la igualdad, pero también existe otra interpretación vinculada a la raíz εικοσ que significa “razonable o justo”.

La distribución bajo el concepto de equidad no es contraria a la moral pública, antes bien responde a la moral predominante en la sociedad. Eso es precisamente lo que avistó Marx cuando hizo la crítica al programa de Gotha al referirse a la sociedad que enrumba por el camino socialista como una realidad emergente del capitalismo y mantiene en lo económico, así como en lo intelectual y lo moral el sello de esa sociedad.

Sin embargo, lo anterior no obsta para enfocar la igualdad social desde un punto de vista ético, como algo que está más allá de la equidad social y a lo que puede aspirarse cuando hay un consenso de la sociedad lo suficientemente consciente y amplio.

Fuera del debate acerca de los significados y evolución histórica del término, en la actualidad el concepto de distribución equitativa se refiere a lo que está regulado jurídicamente y lo que está regulado jurídicamente en materia económica son las relaciones económicas existentes. De modo que en este plano referiremos la equidad a los niveles de igualdad social que están jurídicamente codificados, a partir de las condiciones del desarrollo económico de la sociedad y de los entendidos prevalecientes, en particular la psicología y lógica del intercambio de equivalentes.

La equidad aparece en este enfoque como el principio que asegura que las aspiraciones a la igualdad no mermen la eficacia del esfuerzo productivo, dadas las actuales condiciones de la división social del trabajo, el desarrollo tecnológico y la prevaleciente psicología y lógica del intercambio de equivalentes.

Igualdad social es algo superior, tiene una carga no solo económica y jurídica, sino, y principalmente, ética. Cuando hablamos de igualdad estaremos refiriéndola a otros ámbitos de la actividad humana. Puede incluso verse como el ideal aceptable para el largo plazo en nuestra sociedad, lo que no quiere decir que no se pueda ejercer en los límites que la realidad impone y, como se dijo arriba, cuando se tiene el consenso.

En consecuencia, hablar de “igualdad social” requiere su enfoque global, que debe incluir lo ético, lo político, lo económico, lo cultural. Reducirla a su argumentación desde el metabolismo socioeconómico solamente es un vicio tecnicista.

El igualitarismo es la hipérbole de la igualdad. Y obviamente, como principio universal resulta disfuncional en condiciones de la división social del trabajo actualmente existente y en construcción en la sociedad cubana, cuando el modelo económico en curso y para el futuro es el de una economía mixta con diferentes formas de propiedad sobre los medios de producción y servicios, y cuando predomina una psicología de intercambio de equivalentes. Ello no significa que no se puedan establecer algunas formas de distribución bajo un concepto igualitario, no solo por la carga de humanismo y justicia social que tengan, sin también por lo conveniente que resultarán para el desarrollo equilibrado y eficiente de la actividad social incluyendo naturalmente la económica.

El ejemplo de lo anterior lo tenemos en Cuba donde los niveles de educación y salud de la población constituyen una fortaleza fundamental para enfrontar los desafíos del desarrollo económico.

No olvidar el pasado (3)

En Cuba pre revolucionaria existían algunas de estas vías de distribución que se sustraían a la lógica del mercado y se practicaban como modo de coadyuvar a la estabilidad social y al decurso “normal” del metabolismo socioeconómico vigente, sin que llegaran ni remotamente a cubrir las necesidades de la población. Pero ni siquiera aquellas vías de distribución quedaban totalmente protegidas, pues no pocas prestaciones (en el terreno de la educación y la salud pública, por ejemplo) se veían invadidas por las prácticas clientelares que reflejaban la lógica mercantil de modo más o menos directo.

Muy frecuentemente las familias quedaban huérfanas de apoyo para educar y proteger la salud de sus miembros, quedando como únicas responsables frente a una realidad que les resultaba hostil.

Por otra parte, y siguiendo con el ejemplo de la educación y de la salud pública, el predominio de la propiedad privada alcanzaba a estos sectores y con ello funcionaba en estas actividades básicas de la sociedad la lógica del intercambio de equivalentes. Como resultado las minorías pudientes tenían acceso a estos servicios pagados y los demás tenían que acudir a los públicos insuficientes y a menudo contaminados por el clientelismo.

La condición de país capitalista dependiente y subdesarrollado subordinaba la mayor parte del esfuerzo productivo de la sociedad a los intereses del capital estadounidense y de sus socios locales, mientras que los propietarios de los medios de producción y de servicios no vinculados a estos intereses controlaban los resultados de casi todo el esfuerzo productivo restante, si se exceptúa la economía natural y los trabajadores independientes, recibiendo así los restos del pastel económico del país.

Aquella sociedad generaba numerosas deformaciones estructurales: monocultivo, mono exportación, diferencias abismales entre la ciudad y el campo, infraestructura deficiente, profundas diferencias sociales que, a su vez, aprovechaban los políticos de turno, reduciendo aún más los derechos de los más pobres con el clientelismo y el abuso de poder.

Al cubano pobre y necesitado de entonces le resultaba muy difícil cuando no imposible ascender, mejorar en la propia escala social que pautaba el mercado capitalista dependiente del país. La movilidad social “hacia arriba” era lenta y tortuosa, predominaba la inercia cuando no el empeoramiento de la situación social de las mayorías. La tiranía batistiana resultó ser “la tapa al pomo” del entreguismo de la oligarquía criolla a los intereses de los EEUU.

En resumen, había en Cuba una minoría en posición social ventajosa y una mayoría presa del sistema con escasas posibilidades de mejorar sus condiciones de vida.

Las cifras a veces esgrimidas por algunos analistas sesgados acerca de la cantidad promedio de vehículos, televisores, transmisores de radio, etc. superior en la Cuba de entonces a la de muchos países de la región no puede ocultar la realidad de injusticia social que predominaba en el país.

Nada que no fuera ya explicado por Marx, cuando afirmaba en El Capital que el capitalismo –y más aún el subdesarrollado y dependiente- solo sabía desarrollar las tecnologías y los procesos productivos minando las fuentes originales de las riquezas: el ser humano y la naturaleza.

El principio que aportará la energía para mantener el rumbo socialista en Cuba, partirá de la realidad misma, de su constante esclarecimiento acerca del capitalismo que sufrimos y el que podríamos volver a sufrir si la sociedad deriva hacia el predominio en ella del mercado y de la propiedad privada. De regresar al predominio del mercado capitalista sobre nuestra sociedad, no se podrá esperar otra cosa como no sea la depauperación social, el deterioro del ecosistema y la pérdida de soberanía e independencia.

Ahí volvería indefectiblemente Cuba en los planos económico, social y finalmente político, si la sociedad a través del Estado revolucionario y de la participación social real no va solucionando paso a paso en función de mantener regulada la acción del mercado, las contradicciones entre la propiedad social y la privada, el mercado y la planificación, el interés individual y el interés social, el interés nacional y el del capital de las trasnacionales, contradicciones que pueden y deben convertirse en oportunidades para superar social y políticamente al mercado.

Obviamente, todas las políticas y acciones en general realizadas en esta dirección deben ser objeto del consenso de la sociedad, de ahí que sea tan importante la labor ideopolítica sistemática, capaz de resumir la inteligencia colectiva.

Si algo puede definir hoy a alguien en Cuba como revolucionario y como marxista, es la convicción de que se volverá a las condiciones del pasado si la ideología y la política no juegan su papel en la sociedad, en primer lugar orientando los cambios en el metabolismo socioeconómico.

Sobre el punto de partida actual

Primero despejar el tema desde lo económico:
La economía mixta como concepto estructural y dimensión jurídica reconoce la diversidad de intereses en la actividad económica y, por tanto, una desigualdad económica que se suma a desigualdad de rendimientos individuales. En condiciones de una economía mixta es natural reconocer determinados tipos, magnitudes y niveles de desigualdad social.

La necesidad de reconocer la relación mercantil, que parte de la realidad de la psicología y lógica del intercambio de equivalentes, radica en el reconocimiento primero de su capacidad para contribuir a ordenar y hacer funcionar el metabolismo socioeconómico de la sociedad y, a partir de su ordenamiento, la posibilidad de regularlo subordinando su funcionamiento al mandato de la sociedad.

La consideración de que es imposible regular al mercado, es el reconocimiento de la eternidad del sistema capitalista con sus nefastas y catastróficas consecuencias sobre los seres humanos y la naturaleza.

La consideración de que ello es posible es el fundamento del camino socialista.

Esa capacidad debe ser vista como un complejo de acciones combinadas: regulaciones jurídicas, económicas, organizativas, ideológicas, políticas, culturales, comunicacionales. No se trata solamente de una justa y proporcionada política impositiva sobre todo tipo de actividad económica, sino de la integración de acciones en una misma dirección: regular el mercado, con la fortaleza fundamental del predominio de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción de bienes y servicios.

Pretender que puede alcanzarse la justicia social del socialismo desde la redistribución de lo que se recaude por impuestos procedentes de la actividad económica privada, y que por ello no hay que poner límites a esta propiedad, porque “si producen más habrá más para todos”, no solo es nuevamente un enfoque economicista, reducido, sino que supone que los fundamentos jurídicos y políticos del Estado socialista cubano no terminarán minados y finalmente destruidos, bajo el impulso del afán de lucro y la corrupción, tanto externos como internos.

Es una realidad que la crisis económica en Cuba no ha generado una crisis política, pero no es un cheque en blanco respaldado por un capital inagotable. Es preciso ubicar en perspectiva política los cambios económicos en curso. Ese pensamiento que postula: “resolver primero el tema económico y después ver lo político” contiene la ingenuidad de separar la economía de la política.

La única garantía de poder aspirar a mantener una orientación socialista de la economía radica en el predominio de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción y servicios, una legalidad que lo ampare y un Estado que la articule eficientemente, junto con una regulación colectiva de los trabajadores en cada unidad productiva o de servicios. Todo ello con el correlato ideológico de la actividad política y cultural que postule y promueva los valores humanistas del socialismo (4).

Quiero recalcar que digo expresamente “garantía de poder aspirar”, ya que se necesita una capacidad organizativa y una vigilancia política anclada en la participación popular, porque no basta que predomine la propiedad social. Si predomina la privada, no hay posibilidades, pero si predomina la social no es automático que funcionará como miel sobre hojuelas el metabolismo socioeconómico socialista de modo eficiente.

Todo un entramado de formas organizativas diversas, normas legales, control político, vigilancia popular, serán indispensables. Pero sobre todo, control popular.

Sin un anclaje popular en cada lugar donde se generan las riquezas, en el que cobre real sentido la importancia social de la actividad económica y también la actividad sindical y política, donde se aprenda en la práctica a dirigir y a responsabilizarse colectivamente con las decisiones que deben tomarse con estricta observancia de las leyes, la actividad económica terminará gestionada con un sentido puramente técnico, administrativo, de ordeno y mando, burocrático y todo el edificio social terminaría manejado por una superestructura que dejará de mirar “hacia abajo”, hacia la sociedad, que mirará solo “a los lados” y “hacia arriba”, generándose una tecnocracia y una burocracia, que se alejarán cada vez más de los trabajadores, de quienes crean las riquezas, sustrayéndoles el derecho a representar al colectivo laboral ante la sociedad y a la sociedad ante el colectivo laboral.

Lo anterior no niega, sino presupone las estructuras necesarias de dirección, las responsabilidades individuales, las diferenciaciones en la remuneración en función de esas responsabilidades, pero regulada por el colectivo laboral en los marcos establecidos por la ley.

En la coyuntura actual y futura de la sociedad cubana no podrá llevarse adelante ningún proyecto de desarrollo que responda a los intereses de la nación, si no se hace más eficiente el papel del Estado, si no se mantiene la cohesión de la ciudadanía alrededor del poder político del pueblo trabajador, y si no se transfiere poder hacia las bases de la sociedad, sin por ello perder vitalidad en su cohesión. 

Lo anterior es lo que significa efectivamente la descentralización del poder, el empoderamiento real de los trabajadores.

El socialismo implica desarrollar las fuerzas productivas desde la auto-organización de los trabajadores y desarrollar la auto-organización de los trabajadores desde el desarrollo de las fuerzas productivas, dentro del principio de proteger la naturaleza y los seres humanos. La legalidad socialista debe encontrar el modo de codificar esta relación.

Sobre las otras dimensiones de la igualdad social

La sociedad es más que economía. Parece algo obvio, sin embargo, no pocos pretenden resolver los problemas sociales buscando soluciones económicas y olvidando las restantes variables. Es un tema que hemos discutido en otros trabajos (5) .

Una de esas variables y forma de la igualdad social es la igualdad política de los cubanos. Ella es una de las dimensiones más efectivas que tiene el país, sin ser, ni mucho menos, lo mejor que puede y podrá hacerse. Esa igualdad política se asienta en última instancia en la igualdad económica que significa ser copropietarios colectivos de los medios fundamentales de producción y servicios y demás propiedades socializadas, pero en primer término es un fundamento jurídico político codificado por la ley, una expresión de la institucionalidad y ciudadanía cubanas, un derecho conquistado por la revolución socialista una ética consustancial al socialismo en Cuba.

La igualdad social es un concepto que incluye una serie de variables cuya influencia forma parte del bienestar, la satisfacción y la felicidad de los individuos, variables que rebasan la equidad. La igualdad social se refiere esencialmente a la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades, el trato correcto, igual y sin discriminación, por motivo de sexo, género, etnia, raza, posición social, los derechos de participación en las decisiones, la libertad de palabra, la libertad de asociación.

No creo necesario abundar en porqué todo ello es posible en condiciones de existencia de un único partido en la sociedad cubana. Baste señalar que la existencia de múltiples partidos para nada es garantía de una real libertad de expresión y de asociación, que es lo generalizado en las democracias representativas del capitalismo, en las cuales se alinean detrás de intereses corporativos las diferentes formas de asociación política generadas o cooptadas por esos intereses, que amordazan y secuestran la democracia, violentan las leyes y su cumplimiento, manipulan la información y los medios de comunicación, impiden la justicia social.

A la vez, el pluralismo político, ese que permite todas las opiniones políticas no depende de si hay uno o más partidos, sino de si hay o no pluralismo político en la sociedad, si se ampara legalmente, si la libertad de expresarlo tiene espacio en la sociedad. Si lo que se dice tiene real valor para las decisiones trascendentales en el país. De ahí el llamado de Raúl a conquistar toda la democracia posible.

Todo ello también deberá ser objeto de discusión en el proceso de reconstrucción del consenso, urgente e imprescindible dado el grado avanzado de las decisiones en curso en materia económica y por su importancia política en la sociedad cubana.

La desaparición del conflicto Este – Oeste que influyó en los procesos sociales en el mundo entero con magnitudes y formas diferentes, dio lugar a la aparición de una conflictividad política mucho más compleja y difícil, pero a la vez también nos ha obligado a entendernos mejor a nosotros mismos, pasar balance de logros y carencias, quedarnos con lo más auténtico de nuestra experiencia social y política, y a proyectar nuestros análisis de modo más ágil  y con una responsabilidad mayor, dada la conciencia que tenemos hoy de las realidades y del valor de los principios.

La “cuadratura del círculo”

De nada vale “descubrir” y afirmar que la desigualdad es inevitable en la actualidad y en el futuro. Hay que definir dónde y en cuáles magnitudes está hoy esa desigualdad, cuán justificable es no solo económicamente, sino también jurídica y éticamente. Tampoco tiene sentido o utilidad alguna afirmar que esa desigualdad hay que minimizarla, que no se puede perder la orientación socialista hacia la igualdad social, todos esos planteamientos no pasarían de ser simplemente “declarativos”, actos de fe, posiciones que muchos compartimos, pero que no ofrecen enfoques útiles para encontrar las salidas.

Es cierto que no es sencilla la solución, sino muy compleja. De cara a los problemas del presente y a la proyección futura es preciso establecer criterios básicos y el modo de asegurarlos junto con toda la proyección de desarrollo de la sociedad porque, incluso compartiendo declarativamente esos criterios, pueden practicarse políticas contrarias totalmente a ellos.

Por tal razón hay llevar el debate hasta su concreción en postulados básicos que no deberían ser en ningún caso trasgredidos, los que deben mantenerse anclados en la nueva constitución del país y en las leyes, como límites a la búsqueda de rentabilidad y producción “a cualquier costo”.

Obviamente, la definición de esos postulados básicos no puede ser obra de un grupo de iluminados, sino que tiene que ser algo discutido con toda la población del país en un debate amplio, en el que tengan cabida todas las opiniones sea cual fuere su argumentación, que fomente del desarrollo de una subjetividad enriquecida y que termine expresando fielmente aquello que goza del mayor consenso de la sociedad.

Tal debate debería estar hace rato manifestándose en nuestros medios de comunicación, pero al menos es posible comenzarlo ya y debe procurarse que tenga el tiempo necesario para que madure en la conciencia de la sociedad, esto es de los trabajadores, las amas de casa, los jubilados, los estudiantes, los militantes del partido y de la juventud, las mujeres, los jóvenes, los dirigentes administrativos y políticos, las instituciones económicas, políticas, jurídicas, sociales y culturales, en fin la sociedad en su conjunto. Un asunto de tal envergadura requiere que se le trate como tal.

Concretar el debate

Obviamente los temas a incluir dependerán de cómo se enfoque su planteamiento. A continuación me referiré a algunos que considero no deben faltar.
El predominio de la propiedad privada es el predominio del capital sobre el trabajo y el predominio del mercado sobre la sociedad. En consecuencia, lo primero y fundamental es el establecimiento de límites a la propiedad privada

Si ello no se define, si se deja al arbitrio de las decisiones posteriores, se corre el peligro del crecimiento y empoderamiento del mercado y sus leyes en lugar de su limitación y regulación (6) .

Algunas vías de distribución del producto social se deberán regir entonces por el concepto de equidad social, otras por el concepto de igualdad social y otras incluso por el concepto igualitario de la igualdad.

El debate debe reafirmar que la educación y la atención médica universal y gratuita y la seguridad social básica, deben formar parte de un área que debe conservarse en términos socialmente igualitarios.

Hay que incluir el enfoque de la política impositiva como un elemento universal inherente a toda actividad económica.

Naturalmente, hay que definir lo que debe entrar en el concepto de seguridad social básica (7).  La seguridad social básica se refiere no solo al pago de las jubilaciones, la protección de las personas con discapacidad, la protección de la maternidad, la protección laboral, los ancianos sin amparo filial, los grupos vulnerables, sino también a los subsidios que se consideren necesarios y posibles en el terreno del suministro de agua, de electricidad, de alimentos básicos, de las medicinas, etc. y a las formas de organizar y canalizar ese subsidio, donde el concepto de universalidad no significa  ni mucho menos uniformidad en las formas de realizarlo.

Hay que concretar el debate alrededor de los ejes fundamentales de la proyección socioeconómica de la sociedad cubana para los próximos años, en particular en lo referido a las políticas sociales.

Para terminar

El enfoque científico de la construcción socialista en la sociedad cubana no puede pretenderse acabado, ni completo. Justamente su carácter científico parte de reconocer su esencia inacabada e inexacta. De ahí también la necesidad de su sistemática reelaboración y junto con ella de la constante reconstrucción del consenso.

Los cambios que se producen y producirán en la sociedad como resultado de la política económica, del desarrollo del conocimiento, de las capacidades productivas, de la cultura, de las diferentes vías de comunicación, las transformaciones del entorno internacional, los desafíos que impone la naturaleza, y muchos otros factores influyentes, exigirán su expresión en la teoría, confirmando y extendiendo las prácticas positivas y desechando las negativas, siempre con la mirada puesta en alcanzar toda la justicia social posible.

El crecimiento económico que se espera con la ampliación de las relaciones mercantiles en la sociedad cubana debe ser en cada momento acompañado desde la ideología socialista y la política revolucionaria, para dejar atrás algo del capitalismo en cada paso hacia delante en materia de desarrollo económico y tecnológico, porque puede ocurrir que mañana el país produzca más, pero acabemos siendo menos humanistas, menos socialistas.

NOTAS:
  (1)   Ver: Darío L. Machado Rodríguez, “Firmeza de principios y cambio de mentalidad”, Periódico Granma, 19 de Marzo de 1994, p.3.
  (2) “Equidad”, según el “Diccionario del Español Moderno” de Martín Alonso, Editorial Aguilar, Madrid, 1982, p.434, significa en primera acepción: igualdad de ánimo, en segunda acepción: entereza, en tercera acepción: benignidad”, en cuarta acepción: justicia natural y en quinta y última acepción moderación en el precio de las cosas. Un diccionario de expresiones y términos jurídicos define la equidad así: “Es lo general dentro de lo especial. Se califica como fuente de derecho mediata. Se dice que es igualdad de ánimo; propensión a dejarse guiar o fallar por el sentimiento del deber o la conciencia…” Marzio Luis Pérez Echemendía y José Luis Arzola Fernández, “Expresiones y términos jurídicos”, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009, pp. 141-142-
  (3) Quizá para muchos lectores lo que contiene este acápite sea innecesario por bien conocido. No obstante, y a riesgo de parecerles redundante, decidí incluirlo, sobre todo para quienes no tengan suficiente información y claridad acerca de cómo era la situación social anterior a 1959.
  (4) “El socialismo es la única alternativa de aprovechar el lado constructivo de las relaciones mercantiles en una fase de desarrollo de las fuerzas productivas en la que nos es posible asegurar a todo el mundo todas sus necesidades, ni la sociedad como un todo está subjetivamente preparada para ello, al reducir sus consecuencias sociales materiales y espirituales negativas, destructivas. Y tal relación es posible solamente si se tiene el dominio sobre la propiedad.” Ver Darío L. Machado Rodríguez, “¿Es posible construir el socialismo en Cuba?”, segunda edición, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2006, pp. 91-92. 
  (5) Ver: Darío Machado Rodríguez, “Economía…política, valga la redundancia”, Publicado en Rebelion el 2 de octubre de 2012.
  (6) “La necesidad de que el Estado no pretenda organizarlo ni administrarlo todo, la obligada tendencia a la descentralización no se puede confundir con la obligación de privatizar. Ese signo de igualdad tiene un sesgo ideológico signado por una suerte de condición de “varita mágica” que se sigue otorgando por algunos al carácter privado de la propiedad y con ello al individualismo y a la competencia capitalista. (Ver: Darío L. Machado Rodríguez, “¿Es posible construir el socialismo en Cuba?, Op. Cit. p.140.).
 (7) “En el socialismo, el criterio determinante para la distribución, fuera de la educación, la atención médica y la seguridad social básica, tiene que ser el aporte individual a la sociedad, es decir, la cantidad y calidad del trabajo que cada quien haga. De igual modo, la sociedad en su conjunto desarrollará sus capacidades y dispondrá de recursos y riquezas en dependencia de la capacidad y posibilidades de producción de sus integrantes.” (Ver: Darío L. Machado Rodríguez, “Firmeza de principios y cambio de mentalidad”, Periódico Granma, 19 de Marzo de 1994, p.3.).

*Licenciado en Ciencias Políticas. Diplomado en Teoría del proceso ideológico y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.
Enviado por su autor para La Polilla Cubana. Imagen agregada RCBáez; montaje sobre fotos de archivo

martes, 4 de febrero de 2014

Cuba: en busca de miradas no sexistas desde el audiovisual

Por Sara Más (SEMlac)

portada comunicacion no sexista Cuba: en busca de miradas no sexistas desde el audiovisualPropiciar el compromiso ético con los enfoques de igualdad y no discriminación por motivo de género entre periodistas y realizadores es una urgencia actual de los medios de comunicación en Cuba, confirmaron participantes en el curso “Género y audiovisual”, celebrado del 27 al 30 de enero en La Habana.

Una treintena de profesionales y realizadores de telecentros provinciales y municipales del país abogaron por la realización de productos comunicativos que contribuyan a la equidad entre mujeres y hombres, promuevan mensajes incluyentes y cuestionen los estereotipos sexistas.
Esta capacitación forma parte de las acciones del “Programa nacional de capacitación en género al personal vinculado a los medios de comunicación a nivel local en Cuba”, precisó Rafaela García Fernández, funcionaria de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) a cargo del proyecto.

Con apoyo de Mundubat y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), en articulación con el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) y la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el programa buscar dotar a periodistas, comunicadores y asesores de televisión de nuevas herramientas y conocimientos para la realización de audiovisuales con una perspectiva de género.

En opinión de Danae C. Diéguez, profesora de la Facultad de Medios Audiovisuales de la Universidad de las Artes, “los medios de comunicación tienen un papel fundamental en la construcción de una sociedad equitativa, donde ninguna persona sea discriminada ni maltratada y se respete la diversidad”.

Con esa idea coincidió Gemma García Oliva, responsable de Género y Desarrollo local de la Oficina Técnica de Cooperación de la AECID en La Habana, quien destacó el valor de la preparación en estos temas de periodistas, profesionales de la comunicación y de la realización audiovisual, quienes tienen la posibilidad de elaborar, socializar y multiplicar los mensajes entre los públicos más diversos.

Resaltó, además, la importancia que tiene generar el compromiso y la capacitación técnica y teórica que permitan ir llevando a las creaciones audiovisuales una mirada que muestre a la mujer como sujeto de su propio desarrollo y no como objeto de nadie.

Conceptos fundamentales acerca de la teoría y la perspectiva de género, los feminismos y su relación con la creación artística, se incluyeron en el programa del curso, que tuvo un carácter teórico práctico, en busca del análisis crítico.
Igualmente se abordaron temas relativos a las mediaciones estéticas para la representación de productos artísticos, el tratamiento en los audiovisuales del tema de la violencia de género y el sexismo en la historia del arte.

“Trabajamos en particular el punto de vista creativo que marca la diferencia y el compromiso ético con el tema de la igualdad y la no discriminación”, precisó Diéguez.

La especialista llamó la atención, además, acerca de la necesidad de seguir trabajando en los lenguajes visuales que acompañan a las propuestas discursivas de los productos comunicativos audiovisuales, “de modo que apuntalen los mensajes adecuadamente y no echen por tierra o contradigan lo que, mediante el mensaje, se quiere transmitir”.

Para el profesor Maikel José Rodríguez Calviño, especialista en género e Historia del Arte, lo más importante es la capacidad que tienen estos talleres y cursos de remover conciencia. “Aquí nos estamos replanteando no solamente nuestras profesiones y aprendizajes, sino también nuestros estilos de vida”, señaló.
El experto abundó acerca de la propia Historia del Arte y las prácticas culturales, que han sido contadas desde un canon machista, patriarcal.

En el taller se analizaron posibles proyectos de espacios, programas, anuncios, documentales y otras propuestas que se pueden insertar en la programación de los telecentros, con una nueva mirada y perspectiva incluyentes, no sexistas ni discriminatorias.

Tomado de Periodistas en español

sábado, 4 de enero de 2014

Grotesca réplica de EEUU a oferta cubana

Por Manuel E. Yepe*

 
“Estados Unidos está abierto a dialogar con Cuba si garantiza la protección de los derechos humanos” es el título que dio el diario El Nuevo Herald, vocero de la extrema derecha cubano-americana de Miami, a un despacho de la agencia de prensa francesa (AFP) de diciembre 24 de 2013. “El gobierno de Estados Unidos está abierto a forjar una nueva relación con Cuba cuando el pueblo cubano disfrute de las protecciones a los derechos humanos fundamentales y la habilidad de determinar libremente su propio futuro político”.

Tal fue la respuesta poco seria de Washington, formulada por “un funcionario de alto rango de la diplomacia estadounidense que pidió el anonimato” a una oferta de diálogo reiterada por el Presidente Raúl Castro al inquilino de la Casa Blanca en el discurso de clausura del Segundo Período Ordinario de Sesiones de la 8ª Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento cubano) el 21 de diciembre último.

En aquella ocasión, el Primer Mandatario de Cuba expresó que “si en los últimos tiempos hemos sido capaces de sostener algunos intercambios sobre temas de beneficio mutuo entre Cuba y los Estados Unidos, consideramos que podemos resolver otros asuntos de interés y establecer una relación civilizada entre ambos países como desea nuestro pueblo y la amplia mayoría de los ciudadanos estadounidenses y la emigración cubana.

“En lo que a nosotros respecta, -enfatizó el Presidente Raúl Castro- hemos expresado en múltiples ocasiones la disposición para sostener con Estados Unidos un diálogo respetuoso, en igualdad y sin comprometer la independencia, soberanía y autodeterminación de la nación. No reclamamos a Estados Unidos que cambie su sistema político y social ni aceptamos negociar el nuestro. Si realmente deseamos avanzar en las relaciones bilaterales, tendremos que aprender a respetar mutuamente nuestras diferencias y acostumbrarnos a convivir pacíficamente con ellas. Solo así; de lo contrario, estamos dispuestos a soportar otros 55 años en la misma situación”.

En la clausura del X Período Ordinario de la 7ª Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en diciembre 13 de 2012 el Presidente cubano había dicho, a pocas semanas de que se iniciara el segundo periodo de mandato del presidente Barack Obama, que “de la misma forma que Cuba jamás renunciará a la defensa de la independencia y la autodeterminación, reitera una vez más a las autoridades norteamericanas la disposición al diálogo respetuoso, basado en la igualdad soberana, sobre todos los problemas bilaterales, a la vez que continúan sobre la mesa nuestras ofertas de cooperación en cuestiones de interés común, sin precondiciones o gestos previos”.

La oferta de diálogo de parte del gobierno cubano no es nueva. De hecho puede decirse que esa ha sido una disposición invariable de La Habana desde que surgieron las primeras objeciones oficiales estadounidenses al proceso político cubano tras el triunfo de la revolución en 1959 y su líder, Fidel Castro, viajó a Washington para sostener conversaciones llamadas a dejar claras la disposición cubana de sostener una relación respetuosa, sin injerencias en los asuntos internos de las  partes.

Lo que sí ha variado una u otra vez ha sido el pretexto para rechazar la oferta.
Inicialmente fue el tema de la nacionalización de propiedades extranjeras en Cuba, un programa básico de la revolución que afectó a varios países con nacionales que poseían importantes industrias o grandes fincas en la Isla. Todos estos inversionistas – excepto los de Estados Unidos, a quienes les fue vedado por su gobierno negociar con el gobierno cubano una compensación mutuamente aceptable acorde con las normas del derecho internacional- arribaron a acuerdos satisfactorios de indemnización, hecho que demostró que Washington no buscaba arreglo sino confrontación.

Luego surgieron otros efugios en forma de objeciones de Estados Unidos que impedían el dialogo negociador entre las dos partes: las relaciones de Cuba con la Unión Soviética, la presencia militar soviética en Cuba, el apoyo cubano a los movimientos de liberación nacional en América Latina (varios de los cuales hoy son gobiernos), la presencia militar cubana en África en apoyo a los movimientos de liberación nacional y a la lucha contra el execrable apartheid.

Y, en los últimos tiempos, el gobierno de Estados Unidos ha recurrido al pretexto de una presunta violación de los derechos humanos en Cuba. Tan desatinada acusación promovida por el país que más sistemáticamente viola los derechos humanos en el mundo de hoy y que incluso opera un centro de tortura de detenidos sin condena en una base militar que opera ilegítimamente hace un siglo en territorio de la provincia cubana de Guantánamo es, cuando menos, grotesca.

Enero 4 de 2014

*Manuel E. Yepe Menéndez: Abogado, periodista, economista y politólogo. Profesor adjunto del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) . Entre otros importantes cargos, fungió como Director Nacional fundador del Sistema de Información Tecnológica (TIPS) del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Cuba y Secretario del Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos.
 Enviado por su autor a Cuba coraje; imagen agregada RCBáez

viernes, 26 de abril de 2013

Yo soy también una cubana negra y ¡a mucha honra!

Por Lohania Aruca Alonso *



  Nunca he practicado la demagogia, mucho menos en los escritos de opinión que entrego para publicar; mis colegas y lectores no me dejarán mentir. Me parece que ser cubana o cubano lo dice todo cuando se requiere de una autodefinición abarcadora. Pero, si debo especificar mi color de piel, de acuerdo con una clasificación biológica y social, no puedo negar que puesta entre los extremos, más que blanca soy negra; aunque generalmente me declaro “mestiza” ante los registradores de los censos de población.

  Nací en una familia blanca y pobre; me crié entre los barrios de San Leopoldo y Pueblo Nuevo - antiguamente el último era llamado despectivamente “barrio de negros”- allí corría libremente el ron, la droga, la prostitución, la rumba, se rendía culto a la Santería, y así vivíamos “todos mezclados” en la popular y populosa Habana (hoy municipio de Centro Habana) de la primera mitad del siglo XX. Sé lo que es vivir en un solo cuarto y compartir el baño entre varias familias, así como una sola pila de agua para lavar y fregar. Conocí el desdén con que me miraban otras personas, porque vivía en un “barrio de negros” (yo no los veía negros, de niña ni cuenta me daba del color de mis compañeras y amiguitas de la Escuela Pública), o porque no vestía ropas ni calzaba zapatos flamantes, lo verdadero e importante era que siempre estaban limpios y en buen estado, debido al rigor y la disciplina en que me educaron mis padres, sin timbres de gloria alguna. “Pobres, pero dignos, decentes y limpios” fue el lema de honor de nuestro blasón familiar.

  Conservo el justo orgullo de haber nacido y salido de la clase trabajadora, de uno de los estratos menos pudiente de la capital, y, sobre todo, de continuar perteneciendo a la misma clase, como parte de mi identidad personal, aún cuando los cambios que llegaron a mí con la Revolución del 1º de enero de 1959, me transformaron en una especie de “Cenicienta” (en una joven diplomática) militante y miliciana. Tuve y aproveché, con todo el ánimo posible (mis padres solamente cursaron parte de la primaria), la oportunidad de estudiar, y hasta hoy persisto en mis estudios, como investigadora científica y profesora jubilada.  

 Muchos de los ciudadanos y ciudadanas cubanos nacidos después de 1959, desconocen o ignoran, o pretenden hacerlo –a pesar de que se enseña la historia en las escuelas primaria, secundaria, etc.- cómo era la vida de la mayor parte de los jóvenes en la Cuba pre-revolucionaria, capitalista, burguesa, o, pequeño burguesa, pro-yanki (sin haber vivido en los Estados Unidos de América un solo día), llena de “sueños americanos”, que jamás se hacían realidad.

  El año 1953, unido al Centenario de José Martí, marcó la diferencia para muchos jóvenes pobres, o para los que abandonábamos la niñez precozmente, a los 12 años, para cargar directamente con la responsabilidad de mis actos. Entonces, se vislumbró el drama nacional con mayor intensidad que nunca antes, a través de nuestros propios maestros y maestras, que, en ciertos casos, eran perseguidos o quedaban sin trabajo, solamente por defender las ideas de José Martí y explicárnoslas, para que supiéramos que había una Patria por reconquistar y sintiéramos la angustia de lo que nos pertenecía y, todavía, no poseíamos realmente.

  Teníamos, sí, un dictador-asesino (Fulgencio Batista y Zaldívar), que perseguía con toda la fuerza de la represión estatal a los jóvenes inconformes sin distinguir cuál era su color de piel; los “indignados” de la época, que fueron víctimas inocentes de torturas, muertes violentas, y vivieron en medio del caos reaccionario, del terror gubernamental, de la anticultura que los rechazaba, sin obtener una oportunidad, ni una sola, para crear una familia en paz y en base a un trabajo honesto. Esta humilde aspiración se hizo realidad al costo de raudales de sangre, sudor y lágrimas, tras seis largos y duros años de lucha insurreccional. Fue por estas razones (arduamente simplificadas en estas pocas líneas) que el país, poblado en su mayoría por negros, mestizos y “blancos” pobres, urbanos y rurales, estalló de alegría, entusiasmo y esperanza un inolvidable 1º de enero.

  Teníamos adentro tantas lágrimas sin llorar, tanta angustia sufrida, tantos temores y resentimientos, que decidimos, en un instante, olvidarlos, y, a partir de aquel mismo instante, dedicarnos a hacer una Patria, una Cuba, distinta; ese era el homenaje que merecía José Martí y todos los que habían luchado por la independencia total; refundamos la República y a la par, casi -los dos primeros años del torbellino revolucionario fueron muy breves-, optamos por “construir el Socialismo”.

  Así comenzó la epopeya de un pueblo nuevo (conceptualizado, poco después, por Darcy Ribeiro), que fue refundado también, integrado por cubanos y cubanas -en constante revolución, en contradicción y ruptura entre ellos y con ellos mismos- que dura hasta hoy (más de medio siglo después), y que perdurará por muchos años más: ¡los que sean necesarios, hasta alcanzar toda la justicia!

  El hilo de la continuidad, el que une los hechos de nuestra historia patria, y nos une a quienes la amamos y deseamos su existencia feliz y próspera, está trenzado desde hace mucho tiempo, cuenta más de seis milenios, y sus cabos tienen el color de los aruacos, de los colonos europeos, de los africanos negros y blancos (los guanches y sus descendientes), de los yucatecos, de los chinos… Todavía la historia social de Cuba cocina el ajiaco –y está en pañales para las Ciencias Sociales y Humanas-, es una asignatura pendiente, que deberá contribuir con sus verdades irrebatibles a la discusión científica de muchos problemas de esta índole, cuya profundidad, en tiempo y espacio, jamás puede ser olvidada.

  No se trata de definir en blanco y negro para ubicarnos en posiciones sociales diferentes, precisamente porque en el “color cubano” esos colores están indisolublemente unidos, mezclados, en la sangre de cualquiera y todos los cubanos y cubanas. ¿Cómo podré separar en mi sangre, en mis recuerdos más queridos, a mis abuelos y abuelas, más o menos “blancos”, negros, indocubanos? ¿Cómo saber el color exacto de mi posible primer ascendiente Antonio Arucas, canario del siglo XVIII, que aparece entre los primeros pobladores del Señorío de San Juan de Jaruco, llegado a La Habana sin nada más que su “familia” (a veces la familia estaba compuesta por vecinos), labrador de tabaco en tierras de un Señor desconocido, a cambio de pagar un censo?¿Como procreó sus descendientes, los que cruzaron La Habana de norte a sur, que se asentaron en el Señorío de Santa María del Rosario, en Managua, y llegaron hasta el antiguo marquesado y Señorío de San Felipe y Santiago de Bejucal, siempre cultivando tabaco en tierras de otros?¿Quiénes fueron sus compañeras nacidas en Cuba, sin duda pobres como ellos, “blancas”, negras, mestizas…? Y qué decir de Blanca Rosa Bonet, mi abuela paterna, hija de un catalán perdido en tierras bejucaleñas, unido en matrimonio a… ¿blanca, negra o mestiza? Mi adorable y adorada abuela, que simplemente fue una obrera, escogedora y despalilladora de hojas de tabaco -había sido antes ama de casa, cuando llegó a La Habana de los 20´s, con tres niñas, un niño y una barriga, y su esposo (mi abuelo Daniel Arucas) la dejó sola en el cuarto de un solar y se fue a Tampa en busca de un salario (se fue solo diciendo que regresaría muy pronto, pero esto ocurrió 14 años después). ¿Cómo explicarme la belleza mestiza de mis tías Arucas, Dalila y Zenaida, tan distintas de su hermana mayor la blanquísima Francisca, costurera de la tienda “El Encanto”? No es fácil. Y así recorro las otras ramas de mi poco conocido árbol genealógico: Alonso (asturiano), Laborie (de Burdeos, Francia), y voy siempre haciendo preguntas, todas difíciles de contestar, porque hay una Historia pendiente de hacer.

 El problema del racismo en Cuba contemporánea, en lo esencial, se explica en gran parte por la ignorancia que padecemos acerca de nuestra Historia social. De otro modo sería imposible de comprender, pues no tiene fundamento concreto alguno. Recientemente historiadoras tan experimentadas como María del Carmen Barcia, o jóvenes como Aisnara Perera y su compañera María de los Ángeles Meriño, por mentar algunas de las tantas y tantos que se han unido para la reconstrucción de la historia de familias, o de la historia de géneros, u de otros temas similares (porque una historia de blancos y negros, por separado, no se puede hacer en Cuba seriamente, ni siquiera se puede pensar en ella, teniendo en cuenta las características histórico sociales de nuestro país y cultura). Los antes citados colegas transitan por caminos intrincados, difíciles de investigar, en los cuales la documentación de cada paso cuesta no sólo muchísimo trabajo, también muchísimos recursos, que no existen para facilitar y hacer más inmediatos los resultados, publicarlos y con ellos demostrar verdades y cambiar las mentalidades y las culturas que practicamos hoy día.

  Sin embargo, para los negros y negras que como yo, pensamos, vivimos y creamos para que Cuba socialista permanezca, se engrandezca con su verdadera Historia y Cultura, la Revolución que llegó con el primer día del año 1959, si fue y es un punto de partida fundamental y fundacional. Somos los mismos y las mismas, pero no lo somos. (Somos los padres y madres, abuelos y abuelas de las nuevas generaciones de cubanos.) Ganamos aquel día, “de un solo golpe” (como el Sastrecillo Valiente): la dignidad, el respeto y el orgullo de ser cubanos y cubanas, a pesar de que nada cambió nuestro color, y, más o menos reducido, se mantiene nuestro patrimonio material, tangible. En realidad, esto último, por suerte, es lo menos importante de nuestra pequeña historia.

La Habana, lunes, 22 de abril de 2013


*Periodista, investigadora histórica, Licenciada en Historia, especialista en Urbanismo. Miembro de la sección de literatura histórica y social de la UNEAC y de la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba. Fue profesora de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo.

Imagen agregada RCBáez sobre foto de Ismael Francisco

viernes, 7 de septiembre de 2012

Tan pobres como un rey…

Por Hugo Chinea Cabrera*

Una de estas tardes, entre el estruendo de un aguacero olímpico que hacía subir de tono las voces de una conversación, escuché decir a un niño: “…pero todo es muy pobre aquí, mamá…”, seguido de la voz de la madre: “…sí, pero tienen más igualdad…”.

Eran dos extranjeros, refugiados bajo un techo, que veían caer y correr el agua por el contén.

Me pareció sustancial ese simple diálogo que encerraba contenidos afectivos en los que están involucradas personas de carne y hueso, cubanos, y no meras abstracciones sobre las cuales se suelen organizar discursos, campañas mundiales de crítica y otras enjundias contra nuestro país con ínfulas, dicen ellos, “liberadoras, democráticas”, y demás…

En entrevistas concedidas a cierta prensa extranjera, crónicas y otros textos que ensayan sobre nuestra circunstancia, no es difícil advertir hoy en día, en algún autor del patio, la falta de equilibrio y la desmesura en la crítica, tanto de la realidad cotidiana que vive el país como de acontecimientos que, a lo largo de  los años transcurridos, han sido la revolución cubana.

Alguno miente y tergiversa, y las intenciones no están inclinadas, precisamente, para ayudar al país.

Súmese la oportunista manera de ciertos periodistas de ocasión, que no son cubanos, al enfocar nuestra cotidianidad, sesgándola, no pocas veces orientando qué deben hacer nuestras autoridades, echando en sus trabajos una de cal y otra de arena, pero con predominio de la cal, a veces sin arena, y siempre sin cemento, como aquello de “bañarse y guardar la ropa”.

Leyendo sobre el tema de la pobreza, uno se encuentra con abundante bibliografía y rápidamente con la generalización que refiere a ese concepto o categoría de la economía poblacional.

El patrón que determina la pobreza, a partir del cual se miden sus diferentes gradaciones, lo establece el “estilo de vida”, cuyo nivel más alto  corresponde, en cada país, a las clases y capas más adineradas o favorecidas.

En un país muy rico, puede ser considerado pobre aquel que carece de un automóvil o de una segunda casa de descanso o veraneo u otro bien suntuoso por el estilo. En consonancia con la posesión, se es clase rica, media, media alta o pequeña burguesía.

De carecer de automóvil, de acceso a la salud, a medicinas, comida, vestido, educación, vivienda, y sí también está privado del servicio eléctrico y agua potable, se situaría en el estrato más bajo de la pobreza, esto es, en la miseria.

La pobreza es resultado de un dilatado proceso histórico que, en cada periodo del desarrollo humano y país, se expresa con rasgos propios, siempre asociada a la desigualdad entre clases y capas sociales.

No es una enfermedad social que deba ser tratada como tal para combatirla con exhortaciones a los ricos, campañas universales para erradicarla ni otras apelaciones supuestamente medicinales.

La única cura posible, reconocida y probada hasta el momento en que vivimos, es una revolución social que transforme el orden de las cosas con el objetivo de alcanzar el bienestar de las mayorías, la suma de la mayor cantidad de bienestar y felicidad posibles. Mucho de Latinoamérica hoy, es un buen ejemplo.

A tal proyecto, con independencia de las diferentes formas y maneras en que se ejerza el poder para alcanzarlas,  denominamos comúnmente socialismo, al margen de los más rigurosos juicios teóricos.

En Cuba, pese a la presencia de errores y distorsiones en las que trabaja el país para erradicarlas, la Revolución ha propiciado un progreso sin precedentes de igualdad, verificable en la redistribución de la riqueza: un sistema de salud, educación y cultura gratuitos para todas las personas sin distinción de su situación económica y social, raza, filiación política y creencia religiosa; la electrificación (alrededor del 98 por ciento) y un techo.

 Pese al déficit de viviendas respecto a las necesidades, sus delicadezas y complejidades, ninguna familia cubana vive en las calles, carece de agua potable, ni se muere de hambre.

Otros beneficios están presentes en la protección y seguridad social, la igualdad de derechos de hombres y mujeres al empleo y su remuneración (en proceso de cambios para mejor), la ocupación de responsabilidades, e incluso en la administración de las tareas del hogar, entre otras.

Las cifras confirman la extraordinaria desigualdad existente entre seres humanos que en el mundo no disponen de los recursos básicos de la vida moderna como lo es la salud, considerada requisito fundamental por las organizaciones mundiales más calificadas, para asegurar el estado físico y psíquico de las personas y su propia sobrevivencia, incluso por encima de la satisfacción de los bienes materiales.

Unos 1,000 millones en el mundo carecen del servicio básico de salud y de acceso al agua potable, y 2,000 millones de los medicamentos esenciales. El 80% de la población mundial vive en la pobreza y miseria.

La globalización se ha encargado de mostrar las diferencias entre los niveles de vida alcanzados por países altamente desarrollados -como los Estados Unidos, el más cercano, difundido y conocido por los cubanos-, con las realidades de otros países de menor desarrollo, dejando instalada la ilusión del presumido “sueño americano” en el país del Norte.

Los cubanos no escapamos de esa influencia tan cercana y perniciosa. Eso es cierto. Y también lo es que el cubano, históricamente, ha asimilado y asimila esas diferencias que nos llegan a través de películas y otros medios provenientes de países con mejores condiciones de vida. Pero no por eso dejamos de sentir los efectos subterráneos de una lógica y humana aspiración al disfrute de un nivel de vida superior, en la que influyen y operan esos factores para comparar nuestra pobreza acentuada por el bloqueo y los errores cometidos en la política interna, especialmente en la economía, durante tantos años de penuria acumulada.

Los medios de difusión globalizados -en los que predomina la lógica de la ideología del capitalismo más desarrollado- se ocupan de que los recibidores no dispongan o estén dispuestos a utilizar sus facultades, para discernir y asimilar las diferencias y encontrar las explicaciones, ni tampoco observar, en la avalancha mediática, la coexistencia de los segmentos pobres y hasta miserables que comparten la población de los países supuestamente desarrollados.

Conversando sobre el tema, y especialmente sobre el carácter relativo de la pobreza, como lo es todo, un amigo me decía que si damos un corte en la historia y nos vamos a la Edad Media, tardía, por ejemplo, nos encontramos que un Rey carecía de muchos de los medios de confort de los que disfrutan, en nuestro caso, a pesar de todo, la inmensa mayoría de los cubanos.

Si desestimáramos como ejemplo tal comparación, no carente de una atractiva simpleza, en la que resulta que un cubano pobre vive hoy mejor que un rey, y relacionáramos la situación de un cubano pobre de ahora con uno de aquellos de los años anteriores al triunfo revolucionario, encontraríamos muchas y notables diferencias en la calidad de vida a favor de estos tiempos. Y una buena dosis de dignidad.

Recordando y recordando, recuerdo una respuesta al cuestionario de una publicación extrajera que se interesaba en saber el por qué defendíamos nuestro socialismo.  “Antes, éramos cinco hermanos, todos vivíamos en una misma casa, sin refrigerador, ni televisor, con un filtro de agua y una fiambrera como bienes más preciados. Hoy cada uno tiene televisión, refrigerador y otros artefactos de la comodidad moderna. Incluso alguno dispone de aire acondicionado y otros de automóvil y, como si fuera poco, bien que mal, cada cual tiene su vivienda y trabajo”, respondí.

Es cierto, pobres, sí, pero disfrutamos de una igualdad más equitativa. Y también de una confiada esperanza de que las reformas (no hay que temerle a la palabra) en curso nos permitan perfeccionar nuestro socialismo y la vida de cada uno de los cubanos.

Una percha: es curioso cómo nos hemos asimilado el concepto de comunicación por parte de los medios, cuando únicamente lo que hacen es difundir y, algunos, mal informar.

Toda comunicación, para que sea válida, implica la presencia de tres elementos: el emisor, el receptor y la retroalimentación, esto es, la relación biunívoca. Dicho de otro modo: la respuesta del sujeto. Y no se cumple en el caso de los medios, salvo a través de encuestas, sufragios u otra modalidad que la propicie.
Los medios capitalistas globalizados salen ganadores. Ellos “comunican”, es decir, se dan por auto-confirmados de la asimilación de sus mensajes por parte de los destinatarios. ¿No valdría la pena procurar revertir esto, al menos en nuestro lenguaje y referencias escritas?

No he visto, en los textos de Fidel Castro, una sola alusión en este sentido que no sea “medios de difusión”…

¿Pura imprecisión del Comandante?

*Sociólogo cubano; ejerció como periodista y dirigió algunos órganos de prensa nacionales fundamentalmente en su arista cultural. Jurado de diversos premios e instituciones culturales, significativamente podemos señalar el Premio Casa de las Américas. Durante casi una década, dirigió la Sección de Cultura del Departamento de Ciencia, Cultura y Centros Docentes del Comité Central. Parte de su obra narrativa ha sido publicada en antologías cubanas, latinoamericanas y en otros países. Recientemente obtuvo el Premio de Teatro del Concurso Literario Benito Pérez Galdós, auspiciado por el Gobierno de Canarias y la Asociación Canaria de Cuba.

Enviado por su autor a Cubacoraje
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sábado, 23 de abril de 2011

El sistema de justicia que condenó a los Cinco: La ley contra el negro (Segunda parte)

Por Salvador Capote

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¿Qué sistema de justicia es ése que declara inocente a un monstruo como el terrorista Luis Posada Carriles mientras mantiene injustamente en prisión a cinco hombres de excepcionales valores humanos, los Cinco de Cuba? Continuemos la disección mostrando cómo las leyes de Estados Unidos justificaron los horrores de la esclavitud primero, la segregación racista después y perpetuaron la discriminación del negro hasta nuestros días.

Cuando Thomas Jefferson escribió en la Declaración de Independencia: “Todos los hombres son creados iguales”, no estaba pensando, con absoluta seguridad, en los esclavos ni en las minorías, ni en los siervos bajo contrato (“indentured servants”), ni siquiera en las esposas e hijas de los blancos acaudalados a quienes la famosa frase se refería. En este contexto, la palabra “hombres” hay que entenderla literalmente y hombres blancos propietarios específicamente. Cuando Jefferson diseñó su señorial mansión de Monticello, de 43 habitaciones, situó bajo tierra las barracas de los esclavos para que su fealdad no fuese visible desde el palacio. Cuenta el escritor norteamericano Gore Vidal, en su novela histórica “Burr”, que a los visitantes de Monticelli les sorprendía el extraordinario parecido físico de todos los niños mulatos de la plantación con su amo Jefferson. Cuando se firmó la Declaración de Independencia había en Estados Unidos 600 000 esclavos negros y ninguno de ellos fue liberado. Tendría que transcurrir casi un siglo para que la esclavitud desapareciese como institución, aunque dejando profundas y permanentes secuelas.

La Sección 2 del Artículo 1 de la Constitución de Estados Unidos, conocida como “compromiso de los tres-quintos”, estipulaba que para la representación de los estados en el Congreso, el valor de un esclavo negro era el de 3/5 de una persona.

Todo el aparato jurídico e institucional de Estados Unidos fue diseñado para crear y mantener los privilegios de los propietarios blancos. El conjunto de las decisiones de la cortes de justicia de la época reflejan claramente la total carencia de derechos legales de los negros. Una decisión famosa de la Corte Suprema de Estados Unidos tuvo lugar en el caso Dred Scott v. Sandford, 1857. Scott, un negro nacido en Estados Unidos, que había obtenido su libertad en Illinois, reclamó la condición de ciudadano. La Corte rechazó la petición alegando que a los negros nunca se les consideró como parte del pueblo de Estados Unidos.

En los libros de texto de las escuelas se enseña que la Guerra de Secesión se libró para liberar a los esclavos. En realidad, tuvo causas y motivaciones mucho más complejas. La guerra se desató debido a las contradicciones insalvables entre el Sur aristocrático, con estructuras de tipo feudal, donde las haciendas trabajadas por esclavos eran la fuente de riqueza y de poder, y un Norte capitalista, surgido a consecuencia de la revolución industrial, que necesitaba grandes masas de trabajadores para sus fábricas y que, para continuar su desarrollo, exigía la creación en todo el país de un nuevo orden económico y social. La guerra, además, fue un gran negocio y de ella surgieron colosales fortunas como las de Rockefeller, Carnegie, Morgan, Armour, Mellon, y Gould.

Uno de los mitos fundamentales en la historia de Estados Unidos es la presentación de Abraham Lincoln como el Gran Emancipador. En un discurso en 1858 (1), poco antes de comenzar la guerra, Lincoln expresó: “No estoy y no he estado nunca en favor de forma alguna de igualdad social y política de las razas blanca y negra; no estoy y no he estado nunca en favor de que los negros voten o sirvan como jurados; ni de que califiquen para ocupar cargos, ni tampoco de matrimonios inter raciales con personas blancas; y diré, además, que hay una diferencia física entre las razas blanca y negra que considero impedirá para siempre que las dos razas vivan juntas en términos de igualdad social y política. Y puesto que no pueden vivir de esa manera, mientras permanezcan juntas tendrá que haber una posición superior y otra inferior, y yo estoy tanto como cualquier otro hombre, en favor de que la posición superior se le asigne a la raza blanca”.

Cuando se produjo la secesión de los estados del Sur, Lincoln prometió no interferir con la esclavitud en los estados donde la institución se encontraba establecida y prometió también mantener la ley que permitía la persecución de los esclavos fugitivos. La prioridad de Lincoln era restaurar la Unión, no abolir la esclavitud. De hecho, cuatro estados esclavistas continuaron formando parte de ella: Maryland, Delaware, Kentucky y Missouri.

En septiembre de 1862, Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación, pero ésta no liberaba todos los esclavos sino solamente aquellos de los territorios rebeldes no ocupados por el ejército de la Unión. Absurdamente, no liberaba a los esclavos en los territorios controlados por el gobierno.

Si hubo algún “Gran Emancipador” éste fue sin duda el dirigente negro estadounidense Frederick Douglass. Fue Douglass quien convenció a Lincoln de que no podría ganar la guerra sin liberar a los esclavos en el Sur y sin permitir a los negros en el Norte enrolarse en el ejército, y no fue hasta 1863 que el Congreso autorizó su enrolamiento. Sin los 200,000 negros que se alistaron como voluntarios en el ejército de la Unión (38,000 resultaron muertos o heridos) otro hubiera sido el curso de la guerra.

Douglass honró siempre a Lincoln como presidente mártir pero rechazó el mito del Gran Emancipador. En su “Oración en Memoria de Abraham Lincoln”, al inaugurar el Monumento a los “Freedmen” (hombres liberados de la esclavitud) en 1876, en Washington, afirmó: “Lincoln no fue nuestro hombre ni nuestro modelo. El fue, por encima de todo, el presidente de los blancos, dedicado enteramente al bienestar de los blancos. Ustedes [los blancos] son los hijos de Abraham Lincoln. Nosotros [los negros] somos, en el mejor de los casos, solamente sus hijastros”.

Terminado el conflicto y con la ratificación de la Decimotercera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, en diciembre de 1865, la esclavitud quedó abolida en todo el territorio de la nación. Los negros quedaron libres aunque sin derecho al voto. Sin embargo, los terratenientes del Sur no se resignaban a perder sus privilegios. En los estados sureños fueron promulgadas leyes que tenían como finalidad restablecer las relaciones de esclavitud. El conjunto de estas leyes se conoce como “The Black Codes” (Los Códigos Negros).

En 1866 el Congreso aprobó la primera ley de derechos civiles (“Civil Rights Act”) que otorgaba la ciudadanía a los afro-norteamericanos (pero no a los indios) y -en teoría- la igualdad de derechos ante la ley. No obstante, la aprobación tuvo que sobreponerse al veto del presidente Andrew Johnson y, para evitar que fuese declarada inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia, el Congreso aprobó también la 14a. Enmienda (1868) con el fin de incluir estos derechos en la Constitución.

La leyes aprobadas durante el periodo de Reconstrucción (1865-1876) incluyendo la 15a. Enmienda (1870), que otorgaba el derecho al voto a los negros (a los hombres, no a las mujeres, y con muchas limitaciones), y la ley de Derechos Civiles de 1875 (revocada posteriormente) que prohibía la discriminación racial, se enfrentaron a la resistencia de los blancos sureños quienes, además de los Códigos Negros, utilizaron todo tipo de violencia y terror. Fue por esta época que surgió el Ku Klux Klan. Por último, con las interpretaciones racistas de las cortes, estas leyes se convirtieron en muy poco tiempo en papel mojado.

Las leyes promulgadas en el Sur privaban a los negros de sus derechos ciudadanos. No podían votar, ejercer cargos públicos, servir como jurados ni testificar contra los blancos y estaban sujetos a estrictas normas de segregación. Por ley, tenían que asistir a escuelas, viajar en vehículos, comer en restaurantes, visitar parques, y ser enterrados en cementerios, sólo para negros. Se les negaba la oportunidad de participar en la vida económica de la nación y vivían, casi en su totalidad, en pobreza extrema.
En 1896, la decisión de la Corte Suprema en el caso Plessy v. Ferguson, colocó a nivel federal la segregación. La separación de razas adquiría de este modo un respaldo constitucional. Esta infamante decisión de la Corte Suprema legitimó la existencia de dos sociedades: una blanca, privilegiada; la otra negra, desposeída y humillada. Entre 1876 y 1965, multitud de leyes locales, estatales y federales, llamadas “Leyes de Jim Crow” (por el personaje cómico disfrazado de negro, con este nombre) reforzaron la segregación racial. Mientras los Códigos Negros tuvieron vigencia principalmente en el Sur, durante la etapa de Reconstrucción, las Leyes de Jim Crow se extendieron por todo el territorio de Estados Unidos. Estas leyes, basadas en la falacia de “separados pero iguales” sistematizaron las desventajas y desigualdades en todas las esferas económicas, políticas y sociales, y legitimaron la discriminación contra los negros.

Los que se oponían a las Leyes de Jim Crow arriesgaban sus empleos, sus hogares y sus vidas. Más de 5000 negros (3440 casos documentados) hombres y mujeres, fueron linchados entre 1882 y 1968, un promedio de 58 linchamientos por año. Los negros carecían de amparo legal completamente, pues todo el sistema de justicia criminal estaba integrado por blancos: policías, fiscales, jueces, jurados y oficiales a cargo de las prisiones.

Los movimientos por los derechos civiles que tuvieron lugar en las décadas de 1950 y 1960 alcanzaron éxitos notables como la decisión de la Corte Suprema en el caso “Brown v. Board of Education” (1954) que prohibió la segregación en las escuelas públicas; la “Civil Rights Act” (Ley de Derechos Civiles) de 1964; la “Voting Rights Act” (Ley de Derecho al Voto) de 1965, que eliminó obstáculos al voto negro que aún permanecían; y la “Fair Housing Act” (Ley de Derecho a la Vivienda) de 1968, que prohibió la discriminación en la venta o renta de casas. Sin embargo, estas conquistas, en la práctica, se han ido difuminando con el tiempo. Hoy, varias décadas después, puede afirmarse que los avances han sido demasiado modestos. La “Affirmative Action” (Acción Afirmativa) con el fin de promover a los negros a posiciones sociales más altas, es otro de los movimientos fracasados. En todos los casos, el fracaso se debe a que se dejan intactas las estructuras, principalmente económicas, de dominación y opresión.

En 1956, la “Interstate and Defense Highway Act” (Ley de Autopistas Interestatales y de Defensa) condenó a la destrucción a los vecindarios negros y pobres de las principales ciudades de Estados Unidos. Las cintas de asfalto y los muros de concreto de las autopistas cruzaron por el centro de los ghettos negros fragmentándolos e incomunicando los fragmentos entre sí. La construcción de vías de acceso rápido aceleró el proceso de suburbanización. Las clases alta y media de las ciudades pudieron trasladarse a viviendas confortables en zonas alejadas del centro de la ciudad, invirtiendo así el esquema tradicional: clases adineradas e instituciones vitales de la ciudad en el centro - pobres en los suburbios, por otro en que los negros y los pobres quedaron en un “downtown” abandonado y deteriorado.

No, el racismo y la discriminación en Estados Unidos están muy lejos de haber desaparecido y la demostración es muy sencilla: los negros siguen viviendo en los peores barrios, asistiendo a las peores escuelas, recibiendo los peores empleos, y abarrotando las cárceles del país, los centros de detención de juveniles y los corredores de la muerte. Los pasos previos imprescindibles para reparar las injusticias presentes y pasadas no ocurrirán mientras exista el “Establishment”: reconocer la verdad, disculparse ante las víctimas y ofrecerles las compensaciones y reparaciones a que tienen derecho.

Una inscripción, situada sobre las monumentales columnas del edificio de la Corte Suprema en Washington, reza: “Equal Justice Under Law” (Igual Justicia Ante la Ley), pero cuando la igualdad no existe y las leyes son creadas para mantener y reforzar los privilegios de la clase dominante, la justicia es imposible. (2)

  1. Debate at Charleston, Illinois, Sept. 18, 1858.
  2. Ver también en Areítodigital.net los artículos del autor: “Little Rock” y “Miami: Muros de Concreto y Segregación”.

*Bioquímico cubano, actualmente reside en Miami. Trasmite con cierta regularidad por Radio Miami el Programa “La Opinión del Día”, que aparece poco después en laradiomiami.com. Es colaborador de Areítodigital.net; participa, con la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.
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