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jueves, 27 de noviembre de 2014

La mano amiga



Si caigo en el camino como puede suceder
Que siga el canto mi amigo cumpliendo con su deber
Silvio Rodríguez

Corría el año 1980. La universidad de San Andrés, en Bolivia, extendió una invitación para que una delegación de músicos del Movimiento de la Nueva Trova fuera a ofrecer un concierto en esa casa de altos estudios, que luego se extendió a otros sitios. El pequeño grupo de jóvenes trovadores lo integraban Augusto Blanca, Lázaro García y Vicente Feliú. Con ellos iba también la joven Sareska Pantoja, hija del guerrillero Olo Pantoja, uno de los valientes acompañantes del Ché Guevara caídos en Bolivia. La muchacha tenía todo el derecho del mundo de conocer la tierra donde había caído su padre. Y hacia allá se fueron.

En aquel año ocupaba interinamente la presidencia de Bolivia Lidia Guiler. Se respiraba en esa nación un aire de inestabilidad política que presagiaba un golpe de estado. No obstante, los jóvenes trovadores —guitarra en mano— cantaron en varias ciudades, y terminaban sus actuaciones con la épica guajira de Carlos Puebla Hasta siempre.

Por la televisión se enteraron de los sucesos acaecidos en la embajada de Perú en La Habana, donde murió el joven custodio Pedro Ortiz Cabrera. Con anterioridad, los jóvenes habían sido advertidos de que si se armaba un tiroteo o se sentían explosiones, fueran para la embajada de Panamá donde iban a encontrar seguridad.

Una noche, cuando estaban en casa de un amigo, sonó una fuerte explosión y pensaron que el golpe de estado se había producido. Se marcharon entonces para la sede diplomática panameña. No pudieron llegar, porque la policía los detuvo en el trayecto.

Fueron acusados de agitadores comunistas. A culatazos y golpes llevaron a una unidad policíaca a los tres trovadores y a la muchacha cubana. Se trataba de una vil patraña para confundir a la opinión pública internacional.

La noticia llegó a La Habana y, por supuesto, Haydeé Santamaría, Presidenta de Casa de las Américas, se enteró de lo que estaba sucediendo y del peligro que corrían los jóvenes cubanos.

Cuando Tony Pinelli —miembro de la dirección nacional del Movimiento de la Nueva Trova— se enteró, llamó enseguida a Casa de las Américas. La propia Haydeé (Yeyé, como le decían con inmenso cariño) lo convocó para ese lugar, donde se había establecido algo así como un “puesto de mando”.
La opinión era que se corría el riesgo de que fueran asesinados. La propia ¨Yeyé¨ comenzó a contactar con amigos intelectuales vía telefónica.

Así se enteró Gabriel García Márquez, que también se sumó a movilizar a otros intelectuales. Miguel Otero Silva habló con la presidenta boliviana y le dijo que iban a mandar un avión con periodistas del diario El Nacional si no soltaban a los muchachos. La campaña de reclamo por la liberación de los trovadores comenzó a sentirse con fuerza. Eduardo Ramos y Tony Pinelli fueron a avisarle a Silvio Rodríguez, que estaba de vacaciones en Santa María del Mar. Enseguida se unió al reclamo, con su enorme prestigio y amor a la causa revolucionaria.

Cuando regresaron a Casa de las Américas se enteraron de que ya Fidel lo sabía. Se comenzó entonces a respirar con más tranquilidad. Estando en casa de Haydeé Santamaría se supo la noticia de que ya estaban los jóvenes rumbo a Panamá. Durante su prisión habían sufrido maltratos y torturas. Incluso los llevaron con extrema violencia a un paredón donde les dijeron que serían fusilados. Augusto Blanca se violentó e insultó a uno de los guardias que lo emprendió a culatazos rompiéndole la cabeza. Vicente Feliú salió en su defensa y también fue agredido.

Cuando los situaron en el paredón de fusilamiento y el piquete de tiradores aprestaban los fusiles esperando la orden de disparar, los tres jóvenes trovadores se tomaron de las manos como una manera de firmeza ideológica de ofrendar sus vidas juntas. Pero los disparos eran un burdo y cobarde intento de amedentrarlos. Ninguno se quejó ni se acobardó.

Ya en Panamá, el embajador cubano Miguel Bruguera del Valle los recibió, y luego de llevarlos para ser atendidos en un hospital, los puso al teléfono para que hablaran con Cuba y se supiera que estaban a salvo.

Del aeropuerto José Martí, en La Habana, fueron directamente para la Casa de las Américas. Allí todos queríamos abrazarlos y besarlos. La primera, claro que así tenía que ser, fue "Yeyé".

Poco tiempo después, Augusto Blanca compuso una canción que es como un canto a la amistad y a la firmeza revolucionaria.

Vale la pena reproducir el texto de esa maravillosa composición titulada La mano amiga.

Una mano amiga es como un río
como un pedazo de pan
como una ceiba del monte,
es como un oasis verde claro
como cristal de colores
como paloma volando.

Una mano amiga
a fin de viaje
cuando ya todo termina,
cuando al minuto siguiente
habremos dado el latido
el último de los latidos.

Una mano amiga
se hace necesaria
para comenzar otro camino
ese otro camino interminable.

Morir así le da sentido a la sonrisa adolescente,
morir así le fertiliza la canción a los poetas
morir así levanta un hospital en el Uvero
que salvará el latido a un niño nuevo
al nuevo corazón que nacerá.

Morir así abre a la tierra
otro surco a la semilla
impulsa el azadón, florece al árbol
endulza más al fruto y lo hace miel.

Aquí detrás
detrás  de nuestras manos apretadas,
aquí detrás
detrás como le cabe a los cobardes,
aquí detrás
revueltos en sus propias repugnancias
sin poder detener el canto, tratan
de enmudecernos
y nos crece más la voz.

Aquí detrás
vencidos miserables humillados
sin entender que damos bienvenida
a un: ¡hasta siempre!
un hasta siempre
¡!que nos mantiene de pie
que nos mantiene de pie!!


—Pinelli, Tony: “El caso Bolivia”. Publicado en Cubarte, S/F
—Conversación de Lino Betancourt con Augusto Blanca.
Fuente: CUBARTE

sábado, 31 de mayo de 2014

¿Cuánto vale eso?

Por Darío Machado Rodríguez


Las medidas socioeconómicas que se están desarrollando en la sociedad cubana a partir de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución implican un espacio mucho mayor para las relaciones mercantiles como nunca antes en el más de medio siglo de experimento socialista en Cuba.

Se fundamentan en la necesidad de recuperar y fomentar en la conciencia de los cubanos el trabajo como un valor social a partir de la recuperación del valor del propio trabajo, cuya ponderación se basa en el intercambio de equivalentes entre personas y grupos diferentes, que ocupan distintas posiciones en la división social del trabajo.

La división social del trabajo representa entonces la estructura de las diferentes posiciones de las personas en el sistema de producción y reproducción de la vida, estructura que es relativamente independiente del movimiento en ella de quienes participan en los procesos de trabajo.

La división social del trabajo existente en la sociedad cubana actual, es ya radicalmente distinta de la heredada del capitalismo dependiente de la etapa prerrevolucionaria, tanto por sus contenidos como por sus formas, pero al igual que la anterior representa la estructura socioeconómica del aparato productivo de la sociedad y en el proceso de interacción de sus diferentes componentes prima también un acuerdo tácito, inercial, natural entre sus elementos referido a la aceptación práctica de las normas que rigen sus relaciones, ya que la interdependencia múltiple e integral de estos componentes es factor básico de la reproducción vital de la sociedad. Estas normas pueden estar codificadas o no, y su existencia no significa que de hecho serán cumplidas en cada circunstancia tal como exigen la ley y la moral.

Es algo elemental que el desarrollo ulterior de la división social del trabajo no hará sino reproducir y ampliar estas relaciones de interdependencia, de ahí que sea un factor esencial para el desarrollo socialista que esta ampliación mantenga el predominio decisivo de la propiedad social y el papel del plan y del control social en sus diversas vías y formas (estatal, popular participativo, mediático, político institucional, etc.) y la educación basada en los valores socialistas.

El propósito de lograr un socialismo próspero y sustentable, como sintetiza la consigna hoy generalizada, requiere promover a través de la práctica social y la educación una nueva ciudadanía capaz de valorar mejor el significado de las conquistas sociales, la importancia de cuidarlas y renovarlas y el imperativo de conservar los valores que representa la justicia social en el socialismo, de entender la importancia del aporte de cada quien a la sociedad, para que la sociedad pueda retribuirle la tranquilidad y seguridad que significan directa e indirectamente las políticas sociales del país.

La necesidad de un cambio de mentalidad hoy convertida en un reclamo generalizado no puede venir sino de la mano de cambios en la estructura y organización del sistema socioeconómico del país, pero es algo particularmente presente en la sociedad cubana desde los tiempos del proceso de rectificación de errores y tendencias negativas y luego revelada con mayor urgencia con los esfuerzos para superar el período especial.

En un trabajo publicado en el periódico Granma el 19 de marzo de 1994, titulado Firmeza de principios y cambio de mentalidad, se plantea: “Las medidas económicas que se requieren para el funcionamiento cabal de este principio (se refiere al principio socialista que reza: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”) reclaman a su vez un cambio de mentalidad. Su aplicación hace emerger desigualdades reales, ya que las capacidades, habilidades, inteligencia y laboriosidad de la gente son objetivamente diferentes, aun cuando existan oportunidades iguales para todos.”[i]
 
Se trata entonces de valorar mejor las conquistas sociales de la revolución, valorar mejor el patrimonio que tiene hoy en sus manos la sociedad, valorar mejor la importancia del trabajo, y naturalmente crecer económicamente en la medida en que ese crecimiento estructuralmente respaldado cubra las necesidades de la sociedad desde una perspectiva racional, saludable y responsable, que preserve el equilibrio ecosocial, o sea, “próspero y sustentable”..

Sobre el valor

Cuando un maestro de primaria va al mercado agropecuario y pregunta al vendedor “¿Cuánto vale eso?”, la persona que está detrás del mostrador no pregunta quién es, cuáles son sus ingresos, qué problemas tiene, qué importancia social tiene la labor que realiza, preguntas que de hecho tampoco hace el maestro de primaria al vendedor. En ese acto de compra – venta entre dos personas desiguales lo que media es el intercambio de equivalentes.

Pero habitualmente cuando preguntamos así “¿Cuánto vale?” no nos estamos refiriendo al “valor”, sino al precio, y este -que juega el papel de medida- no siempre es una representación que pueda asimilarse como justa para el valor real que tiene el objeto que es portador de esa relación.[ii]

El valor de algo y el precio de las cosas son conceptos y contenidos diferentes, solo que en el mercado, en el intercambio de equivalentes, el precio aceptado o no por aquél a quien corresponde pagarlo, es lo que en ese momento y en esa relación aparece como medida del valor y obviamente, a escala de la sociedad en su conjunto para ámbitos diferentes de la economía (y del comercio) o para toda la actividad económica y comercial en su conjunto, pueden encontrarse promedios.

El término valor es polisémico. Su comprensión depende del contexto en que se revela en un momento dado el fenómeno tangible o intangible que denomina, y dentro de ello, de los diferentes esquemas de apreciación que le otorgarán sentidos diferenciados a su significado, a su valor.

Ahora bien, cuando hablamos del valor de algo, ya sea tangible o intangible, aún dentro de un mismo concepto general, por ejemplo, el valor de una mercancía o el valor cultural de una obra plástica, hay que diferenciar el valor en sí como concepto de la intensidad con que ese valor concreto (en su expresión y sentido social) existe para personas diferentes.
Significa entonces que los objetos tangibles e intangibles tienen propiedades que aportan significados diferentes a diferentes personas y grupos humanos, pero solo en el medio social es donde único esas propiedades se convierten en valores. Suele afirmarse, por ejemplo, que el agua es indispensable para la vida, pero ¿cómo se pondera el valor del agua en una zona desértica y en otra donde esta es abundante?

La seguridad ciudadana que se ha mantenido en la sociedad cubana -un importantísimo valor social que es preciso preservar y afianzar evitando que la ampliación de las relaciones mercantiles en el país lo desafíe y debilite- constituye un elemento fundamental de la calidad de vida del cubano, un valor presente en su cotidianidad.

Si se trata de una mercancía, su valor de uso es tal no solo en virtud de sus propiedades generadas a partir del carácter concreto del trabajo, sino y fundamentalmente porque media prácticamente en las relaciones entre las personas. El valor de uso se realiza al servir para satisfacer necesidades humanas.[iii]

Hay valor porque hay subjetividad humana vinculada con los objetos tangibles e intangibles, pero en ambos está presente en su propia esencia la subjetividad, la conciencia, los valores, la orientación de las personas como componente inseparable de su existencia. Los propios objetos tangibles, tanto los que hay en la naturaleza como los generados culturalmente y en los que por tanto hay presentes valores incorporados, existen en un universo complejo en el que no pueden aislarse de la subjetividad, de los valores.[iv]

La actividad humana genera también valores intangibles que son subjetivos por su contenido, pero cobran existencia material en las acciones de las personas a partir de sus decisiones, asociadas naturalmente a sus intereses, estos últimos determinados por su práctica social, por su cultura.[v]

El valor del trabajo es diferente también en dependencia del contexto en el cual tiene significado. Un experimentado cirujano, un hábil pelotero o un inspirado músico que realizan su actividad con una calidad reconocida, más allá del valor cultural y humano de su desempeño, pueden obtener diferente retribución monetaria en diferentes contextos socioeconómicos, en dependencia de cómo se valora la cultura artística, el deporte y la salud en cada uno. Cómo aprecia su trabajo ese cirujano, ese pelotero o ese músico dependerá de su escala propia de valores, de lo que consideren importante, de cuáles son sus aspiraciones personales y cómo procuran satisfacerlas, pero compete a la sociedad en su conjunto cultivar valores solidarios y humanistas, misión en la que la ideología, la política, la organización, la juridicidad y la economía deben marchar en armónica articulación.

De lo anterior se desprende la relatividad del valor de los objetos tangibles e intangibles, en dependencia de los contextos y condiciones en que existen y se manifiestan y que la racionalidad que debe acompañar el desarrollo de una sociedad de orientación socialista no puede ser igual que la racionalidad capitalista, y que, por tanto, la ley del valor no puede dejarse librada a su propia dinámica.

La cultura socialista es imprescindible

La sociedad cubana de orientación socialista no puede girar sus conceptos sobre el significado del trabajo y de los bienes y servicios que éste produce para sintonizarlos con los prevalecientes en el mundo capitalista; y tal principio implica la acción política, organizativa, jurídica normativa, cultural, revolucionaria, la educación y la defensa de los valores solidarios del socialismo. Hay que trabajar de un modo socialista y vivir de un modo socialista.

Los fundamentos de la racionalidad económica del capitalismo tardío siguen siendo los mismos: la propiedad privada y la ganancia. Esa racionalidad que impulsó el desarrollo socioeconómico y científico tecnológico ha desembocado hoy en catastróficas consecuencias  para la naturaleza y el ser humano, no solo ha mantenido y consolidado la psicología del intercambio de equivalentes instaurada por las relaciones mercantiles y vigente hoy, sino que ha incrementado el afán de lucro, la desconfianza entre los seres humanos, la intolerancia, la desigualdad y la jerarquización social en dependencia del poder económico.

El sistema capaz de superar esa racionalidad del capitalismo no puede evitar la psicología del intercambio de equivalentes por lo que no puede hacer sino procurar conciliar la persistencia de esa psicología con la acción consciente para evitar que se imponga la lógica general capitalista. En efecto, las acciones políticas, jurídicas, económicas y organizativas del sujeto de la transformación socialista de la sociedad pueden controlar la amplitud de la propiedad privada, poner límites a las ganancias, alcanzar altos niveles de igualdad social, pero no pueden en el corto plazo eliminar la psicología del intercambio de equivalentes, ni pueden lograr sus objetivos sin educación, sin la ideología revolucionaria. Lo prueba el hecho de que esa psicología no ha podido ser superada luego de más de medio siglo de transformaciones socialistas, como demuestra también la relativa rapidez con la que han surgido y siguen surgiendo los pequeños emprendimientos privados y las cooperativas y asociaciones que ahora permite la ley en correspondencia con los Lineamientos.

A la racionalidad económica sembrada en la humanidad por el capitalismo hay que enfrentarla con una racionalidad social, humanista y ecológica orientada por la ideología de la transformación revolucionaria de la sociedad cubana, cuyo concepto del valor del trabajo y del producto del trabajo humano se fundamenta en su papel para el bienestar y la felicidad de las personas, aun reconociendo que en ese proceso jugará un papel fundamental por mucho tiempo el intercambio de equivalentes.

Las relaciones mercantiles generan y reproducen inevitablemente los sujetos que les resultan funcionales, o sea, con las propiedades y características que su accionar necesita.
En el marco de las relaciones mercantiles capitalistas, el valor de uso interesa solamente en la medida en que este permite acumular más valor en forma de ganancias. La contabilidad y el dinero se convierten aquí en instrumentos de una finalidad en sí misma: incrementar el patrimonio individual; de ahí el individualismo, la discriminación, el egoísmo, el afán de lucro, la promoción ilimitada e irresponsable del consumo y otras nefastas consecuencias sociales y ecológicas.

Las relaciones mercantiles en una sociedad de orientación socialista deben funcionar a la inversa, la contabilidad y el dinero deben ser instrumentos para una más justa distribución del producto social y para generar valores de uso para satisfacer necesidades de los seres humanos a través de un consumo que debe ser saludable, responsable y racional.
Para no caer presa de la fuerza centrípeta del mercado y de sus patrones consumistas es imprescindible la educación en una vida sana, culta, humanista y solidaria que contrarreste el encantamiento perverso del modo de vida que promociona el capitalismo tardío. No se trata, naturalmente, de un rechazo a los adelantos científicos y tecnológicos que ha logrado y logra el intelecto humano, sino de no asumir sus productos mercantiles de modo acrítico, sino teniendo en cuenta su impacto en la salud humana, en la sociedad y en la naturaleza.
El desarrollo tecnológico es un elemento principal de la vida humana moderna, es una realidad insoslayable y determinante, pero eso en modo alguno significa una fe ciega en las tecnologías como panacea para todos los males, como fin en sí misma, como un demiurgo ante el cual el ser humano, que es su creador, está condenado a quedar sin defensa, sin capacidad de control.

Los mayores avances científicos y tecnológicos los tienen los países del llamado primer mundo que amasaron sus fortunas a costa de la miseria del resto del planeta y muchas veces se objeta que para alcanzar el desarrollo y la excelencia tecnológica no hay otro modo que caer en la órbita de las transnacionales, pero si bien esta es una realidad del mundo de hoy, ello no significa que no haya poder de negociación con el capital transnacional, siempre y cuando haya en la sociedad cubana, y en otras, la capacidad política para asegurar la unidad de la ciudadanía en torno a los intereses mayoritarios, es decir, mientras se preserve y fortalezca el poder del pueblo.

El crecimiento de los pequeños emprendimientos privados, de las cooperativas y asociaciones, tiene lugar en un entorno en el que persiste la protección de toda la ciudadanía por las prestaciones sociales universales en materia de educación, atención médica y hospitalaria y seguridad social, y por las diferentes formas de subsidio que persisten en el país (por ejemplo en las viviendas, la energía eléctrica, la distribución normada de alimentos, el pago de los círculos infantiles, etc.).

En el contexto de la lógica socialista, los sujetos, los emprendimientos privados, las cooperativas, las asociaciones, que generan ingresos diferenciados en condiciones de la acción de la ley del valor y cuyos integrantes reciben los beneficios universales de la solidaridad socialista institucionalizada deben tener límites razonables a su crecimiento y en esa condición formar parte del plan de toda la sociedad, en el que la columna vertebral debe seguir siendo el predominio de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción de bienes y servicios, su actividad planificada y formas socialistas de distribución del producto social.

La necesidad del plan capaz de imponer una racionalidad social y no simplemente económica, exige a la vez a la planificación un nivel de flexibilidad que nunca se ha logrado eficientemente en los países que han emprendido el experimento del socialismo, y que cuando han intentado su flexibilización han caído a la larga dentro de la fuerza centrípeta del mercado capitalista mundial. Ahí radica uno de los mayores desafíos para la política, la ideología revolucionaria y la educación ciudadana.

El plan en consecuencia no debe verse como algo “técnico”, como un asunto de “especialistas”. Sin negar que el plan necesite de esos técnicos y especialistas, la planificación tiene un lado cultural que compete a toda la sociedad, a los colectivos laborales, a las comunidades, a los diversos nodos organizativos de la división social del trabajo y sus objetivos deben ser, primero que todo, sociales. Sin esa participación real de los trabajadores, sin ese poder  y responsabilidad reales no podrán prosperar y consolidarse las convicciones socialistas, escudo y espada de la defensa de la justicia social del socialismo.
Por ello no es posible avanzar en dirección al socialismo, o lo que es lo mismo, dejar atrás en cada nuevo paso algo del capitalismo, si no se apela a la educación desde los fundamentos ideológicos y políticos del cambio revolucionario de la sociedad, para entender que ese intercambio de equivalentes no es absoluto y que la sociedad misma que lo reconoce está llamada también a imponer fórmulas consensuadas de redistribución del producto social que vayan gradualmente compensando las desigualdades en los ingresos, proceso que el sujeto de la transformación revolucionaria está llamado a sintetizar, explicar y explicarse sistemáticamente, en cada momento.

Si no se actúa con una nueva racionalidad, podremos el año entrante y los siguientes avanzar económicamente, pero ser menos socialistas, menos solidarios.

La desconfianza, la discriminación, el individualismo, el afán de lucro que vienen de la mano del mercado necesitan de la educación cívica de la ciudadanía, de construir una ciudadanía responsable con valores humanos que consideren el significado de la existencia humana de modo radicalmente diferente a como la ha deformado el capitalismo, que tenga conciencia de la importancia de su aporte a la sociedad en la cual vive y el imperativo de ser como diría el poeta: “…un poco menos egoísta”.
…………
Notas.

[i] Ver Darío L. Machado Rodríguez, “Firmeza de principios y cambio de mentalidad”, Periódico Granma, 19 de Marzo de 1994, p.4. En este mismo trabajo se plantea más adelante: “Todos no podemos recibir lo mismo tanto porque no habría cómo hacerlo, como porque si lo pretendiéramos ello conduciría al inmovilismo y a la ineficiencia… Debemos fijar en nuestras conciencias que las circunstancias han cambiado radicalmente y que el modo en que debemos continuar los objetivos socialistas y comunistas deben adaptarse a la nueva situación.”
[ii]El mercado, la práctica de las relaciones mercantiles a lo largo de siglos ha ido asimilando ambos términos al punto que en el uso habitual valor y precio se emplean como sinónimos. Cuando alguien dice “Eso es algo no tiene precio” está asimilando el concepto de valor al de precio; cuando se dice que una mujer es preciosa se alude a un valor estético; la primera de una larga lista de acepciones del término “valor” que da un prestigioso diccionario de la lengua castellana es “Grado de utilidad o estimación de las cosas, en cuya virtud se da por poseerlas un precio”; tal es el grado de sedimentación social de la igualación precio-valor. (Ver Martín Alonso, Diccionario del Español Moderno, Editorial Aguilar S.A., Madrid, 1982, p. 1038).
[iii]Sin embargo, un objeto puede tener un escaso valor mercantil, pero significar para alguien un importante valor sentimental, relación en la cual ese objeto es apenas su medio tangible y esa particularidad hacer que esa persona esté dispuesta a realizar un cambio nada equivalente en términos mercantiles.
[iv] Una montaña es un objeto tangible en el paisaje, cuya existencia no se debe a la existencia de la sociedad humana, pero la montaña no es solo un objeto material con propiedades, es también un accidente geográfico, un valor patrimonial, un valor estético, un valor ambiental, etc.
[v] Un litro de leche es un objeto con determinado valor de uso y valor. En Cuba se asegura a cada niño hasta los 7 años un litro diario cuyo valor mercantil es muy superior al que representa el precio de venta al por menor a la familia cubana, precio que es prácticamente simbólico. Constituye, sin embargo, un importante valor social, moral y material incomparablemente superior a su valor mercantil, tanto por su significado fisiológico para la salud y el crecimiento corporal y desarrollo mental del infante, como por la carga de justicia social que entraña como medida universal de protección a la niñez sin distinción alguna, y se sustenta en la cultura solidaria de la sociedad cubana que ha desligado por décadas de las reglas del mercado ese producto considerando su valor social por encima de su valor económico. Tal relación constituye hoy un valor cultural de la sociedad cubana, expresado en el consenso casi universal que respalda esa prestación.

* Licenciado en Ciencias Políticas, Diplomado en teoría del proceso ideológico, Doctor en ciencias filosóficas, investigador y profesor titular, preside la cátedra de periodismo de investigación y es vicepresidente de la cátedra de comunicación y sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.
FOTO RCBáez

sábado, 22 de junio de 2013

La prensa en el centro de la cultura, de la vida

Por Luis Toledo Sande*
 

 
Que los medios encargados de hacerlo no informen con pleno vigor sobre las reuniones en que los trabajadores de la prensa defienden revolucionariamente que ella afiance sus virtudes y -como ha exigido la máxima dirección del país- se libre de déficits que menguan su efectividad, no significa que dichas reuniones no sean vigorosas. En ellas, acaso más que en la brega cotidiana, donde pudieran predominar formas de una “inercia” que viene de lo establecido vuelto costumbre, trabajadores del sector expresan ideas y actitudes contrarias felizmente a la debilidad, la grisura, la resignación y la parálisis.

Lo hacen porque saben que se necesitan conceptos válidos para perfeccionar -como parte de la sociedad en su conjunto- la información, que es un bien público y debe ser de ley, exista o no exista una ley de la información. Los obstáculos en ese camino son disímiles y pueden tener gran peso. Pero no enfrentarlos con la decisión de vencerlos sería funesto para el país, cuyo perfeccionamiento no debe reducirse a la economía. Si prevalecieran resortes capaces de frenar los ideales socialistas, a los que deben servir los cambios económicos necesarios, las conquistas del socialismo estarían en peligro junto con él.

Sería ingenuo creer que el logro de aspiraciones semejantes resultará fácil. La prensa debe estar atenta a los obstáculos que lo dificulten, porque le toca informar acerca de ellos para que sean revertidos, y porque atentan contra el desarrollo que ella misma necesita alcanzar. Entre los obstáculos figuran las carencias económicas del país, inseparables de deficiencias internas que se agravan por el férreo bloqueo económico, financiero y comercial que el imperio le ha impuesto al país durante medio siglo, y cuyo cese no se vislumbra.

No cabe desconocer tales escollos, pero el líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, ha dicho que, no obstante el enorme asedio lanzado contra ella desde el exterior, lo que podría derrocarla serían sus propios errores y en especial la corrupción, objetivamente contrarrevolucionaria. Esperar a que el bloqueo expire para luego erradicar esos males, y esperar a que esté asegurada la eficiencia económica para entonces perfeccionar el funcionamiento social cotidiano, pudiera favorecer el advenimiento de una sociedad que estaría harto lejos de representar los ideales por los que se ha vertido sudor y sangre.

No hay que ilusionarse con un pronto levantamiento del bloqueo, y menos aún esperar que el imperio lo suspenda con el ánimo de facilitarle a Cuba la construcción del socialismo. Luchar contra el bloqueo es un deber político y moral; aunque, de levantarse, quizás sería porque el imperio hubiera decidido librarse ya de la influencia de la camarilla -de origen cubano en gran parte- que ha hecho de la contrarrevolución un negocio altamente lucrativo. Pero tal camarilla no es una adherencia anómala del poder en los Estados Unidos, sino parte de él, en el que tiene peso, y en sus tendencias dominantes la gran potencia no parece encaminarse a la apertura comercial como un medio más eficaz que la abierta hostilidad para influir en Cuba y torcerle el camino.

Si el bloqueo es una forma particularmente visible de la reacción imperialista contra una Cuba que molesta porque decidió alcanzar y defender su soberanía, y buscar la justicia social, hay razón para vaticinar que el imperio solamente dejaría de reaccionar contra ella si dejara de resultarle incómoda y no mereciera ya el honor de ser objeto de su tirria. Tal vez no estén descaminados quienes ven el bloqueo como parte de un conflicto histórico que viene del siglo XIX y, en cuanto a persistencia, pudiera tener derivaciones comparables con las que median entre el Israel sionista y la Palestina agredida.

Uno de los propósitos -y no el menos malvado- que con mayor o menor conciencia animan a los promotores de la hostilidad imperialista contra Cuba, pudiera ser que en ésta se generalizase una mentalidad defensiva capaz de conducirla a un autobloqueo letal. En ello tendría su parte una prensa que, atascada en la idea de no permitir que el enemigo le trace su agenda, evada dar al pueblo toda la información que éste necesita, reclama y merece, y eternice prácticas como las que hace décadas Fidel Castro llamó síndrome del silencio o del misterio, y en años recientes Raúl Castro ha tildado de secretismo y enfáticamente ha llamado a erradicarlas.

En la resistencia que parece actuar contra ese llamamiento se yerguen a veces las sombras de la perestroika y la glásnot, nombres de aspiraciones -en ruso, como se sabe, transformación y transparencia, respectivamente- que en la otrora Unión Soviética eran necesarias, pero terminaron manipuladas como recursos para desmontar el socialismo llamado real y desintegrar la propia URSS. Ante fantasmas como esos, lejanos ya para nuevas hornadas de periodistas y ciudadanos en general -muchos nacidos cuando la URSS ya no era presentada como el modelo a seguir-, es necesario ir a la historia, a la vida, en busca de verdades rotundas.

Frente a lo que parece ser la tendencia a olvidarlo, se debe insistir en una máxima sostenida por Lenin: la verdad es revolucionaria, no porque los hechos que ella expresa sean necesariamente revolucionarios, sino porque ninguna práctica revolucionaria puede triunfar cuando la verdad se desconoce, se enmascara o se falsea.

Si la perestroika y la glásnot fueron inicialmente consignas capaces de movilizar y entusiasmar a poblaciones enteras y a partidos que debían ser comunistas de verdad -en los hechos y con la actitud de sus militantes, empezando por los dirigentes- pero estaban desmovilizados en la rutina de la obediencia verdadera o simulada, no se debió al poder mágico de palabra alguna, sino a que la sociedad necesitaba cambios. Ninguna supuesta o real transparencia informativa dio al traste con el socialismo: lo demolieron la inercia y las deformaciones acumuladas en el funcionamiento cotidiano de la sociedad, y, sobre todo, las mafias que en torno al poder político o en él, se formaron al amparo de ocultamientos, misterios, silencios y secretos avalados o impuestos.

Ignorar esos hechos puede servir para calzar autocomplacencias, pero no para encontrar vías y actitudes necesarias cuando se quiere transformar acertadamente la realidad. Si de voluntad marxista se trata, el camino errado puede conducir a que se echen por la borda las luces del materialismo histórico, y a dictaminar que un traidor más o menos taimado y otro adicto al alcohol pueden echar abajo la obra de todo un partido. No se menosprecie el papel de las personalidades, pero tampoco se olvide que ellas por sí solas no hacen la historia ni echan abajo partidos numerosos y bien pertrechados de ideas, de buenos ejemplos y de una claridad ideológica difícil de imaginar allí donde falte la transparencia indispensable. La convocatoria a lograrla puede tropezar, más que con fantasmas, con hechos asociables formalmente a la subjetividad, pero objetivos por su peso y por sus efectos prácticos.

Realidades como las que vivieron la URSS y en general el denominado campo socialista europeo aportan lecciones a los movimientos revolucionarios en el mundo: no para impedir las transformaciones necesarias y la debida y legítima claridad en la información, sino para asumirlas resueltamente y con lucidez. Además de que en Cuba sería suicida posponerlas al levantamiento del bloqueo o a la solución de problemas económicos que en efecto urge vencer, la solución de éstas ni siquiera depende por completo de la voluntad nacional: también el afán socialista sufre los efectos de la crisis sistémica global del capitalismo.

Es necesario impedir que al amparo de calamidades provocadas o reforzadas por el asedio imperialista prosperen justificaciones y se afiancen cortinas a cuyo amparo -fueran ellas de hierro o de silencio- surja o crezca la corrupción generadora de mafias, como hemos recordado que ocurrió en los países europeos llamados socialistas. De igual modo, que las desigualdades sociales resulten inevitables no es razón para abandonar el ideal de justa igualdad -por muy inalcanzable que esta resulte o parezca ser-, ni para olvidar que las desigualdades pueden ser aliadas de la corrupción y de otros males, sobre todo si las autoridades y la prensa no cumplen su papel esclarecedor, un papel que en particular a la segunda es necesario exigirle y permitirle.

Habrá problemas materiales que resolver en la prensa, como en otros sectores. Pero sería calamitoso esperar a tener todas las computadoras y la conectividad necesarias -¡ojalá se tuvieran pronto!-, la capacidad editorial y poligráfica convenientes y los cambios salariales apremiantes no solo en ella, para luego buscar la soltura informativa ineludible en la brega revolucionaria. Se puede ver con ojeriza y devaluar de antemano a quienes critiquen los déficits de la prensa; pero si las críticas tienen una determinada cantidad de razones, de aciertos, lo sensato no es limitarse a ignorarlas, repudiarlas o negarles valor. Lo que el país necesita es eliminar los hechos que dan razones a la impugnación de la realidad.

Antonio Machado, quien tenía en mente la España que él representaba y defendía -un ideal aplastado por la sedición fascista que se adueñó del poder durante décadas-, podía desear para ella una república cristiana, democrática y liberal, virtudes de las cuales a una república como la Cuba de hoy, laica y no guiada por prédicas liberales, le corresponde cultivar para sí la democracia: una democracia verdadera y basada en la plena participación popular. Pero algo enseña lo que el machadiano Juan de Mairena sostiene con otro personaje: “En una república […] conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión del pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas”.

El poeta sevillano -hombre que era, “en el buen sentido de la palabra, bueno”- creó heterónimos, especialmente Juan de Mairena, para desplegar debates dialécticos en sus textos. En ese juego tan serio asumió como lo demoníaco fértil “la emisión del pensamiento” y como práctica útil, eso que en la sabiduría colectiva se ha definido como ejercer de abogado del diablo. Se trata de confrontar ideas, de propiciar la polémica orientada a iluminar los caminos por donde triunfe el bien, una aspiración que incluye saber que el Demonio no tiene la razón, pero conviene oírle sus razones, para dejarlo sin ellas, no reduciéndolas al silencio, sino transformando la realidad que les dé base.

La discusión sería estéril o no del todo fértil, si se limitara a hacer trizas lo dicho por el enemigo, aunque también eso es necesario, como en las circunstancias en que, buscando para Cuba una revolución verdadera y victoriosa, vivió antes de 1959 el Fidel Castro que publicó en aquellos años, en La Habana: “¡Mientes, Chaviano!” y otros artículos similares. El citado fue parte de una labor para la cual el líder halló en Bohemia el espacio por el cual, pensando también -no solamente- en aportes de esa revista posteriores a 1959, pudo calificar a dicha publicación como “nuestro más firme baluarte”.

La franqueza y el coraje son necesarios asimismo dentro de la obra revolucionaria, para enfrentar responsablemente actitudes y hechos en que de algún modo haya motivos para ver obstáculos opuestos a la Revolución. Siempre será preferible la necesidad de hacer rectificaciones justas -para eso sirven el diálogo y la polémica- antes que apoyar errores con la connivencia del silencio. Debe preocupar que quien practique el secretismo lo haga sabiendo que no corre por ello ningún peligro, y que lo costoso sea no observar la prudencia capaz de conducir al falseamiento o la ocultación de la realidad.

A varios ejemplos se ha referido este articulista en otros textos, y habría más. Hace décadas Fidel Castro reaccionó enérgicamente ante una poda hecha en el testamento político de José Antonio Echeverría para ocultar su religiosidad, y más recientemente Raúl Castro reaccionó también con ardor contra la discriminación de una trabajadora religiosa. Pero aún alguien puede suprimir en un texto la alusión a la religiosidad de un héroe, sin que nada le ocurra por ello, como, que sepamos, ningún riesgo corre quien frena la información sobre hechos inocultables que el pueblo acaba conociendo por rumores (o por medios enemigos).

Si la intensidad y la honradez de los debates que protagonizan trabajadores de la prensa no son reflejadas vigorosamente, para favorecer su buen efecto, por órganos que pueden o deben hacerlo, ¿no será porque prevalecen prácticas que la dirección del país ha llamado a erradicar? Cuanto más persistan -en la prensa pueden sobrevivir como “prerrogativas de quien dirige” y “líneas editoriales”-, mayor será el peligro de que la nación no logre a tiempo y bien los cambios que le urgen. No es cuestión de fantasmas, ni de imitaciones.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.


Atiende Luis Toledo Sande: artesa de este tiempo

Fuente: CUBARTE; (Detalles en el órgano, XV)
 Fecha: 2013-06-21


Imagen agregada RCBáez

martes, 11 de septiembre de 2012

14 años de soñar a mano y sin permiso

Por Marlene Caboverde Caballero*


El 12 de septiembre de mil 998 cinco cubanos fueron arrestados en los Estados Unidos: Ramón Labañino, Gerardo Hernández, Fernando González, Antonio Guerrero y René González. Inmediatamente la prensa los convirtió en espías y el Gobierno en un peligro para la seguridad nacional. Desde entonces transcurrieron 14 años.

14 años en que unos hijos crecieron sin sus padres, 14 años en que unas esposas debieron convertirse en amantes a la antigua y conformarse con los te quiero de tinta y los abrazos de papel, 14 años en que unas madres acumularon más fotografías que caricias.

Pero han sido 14 años de distancia, no de ausencia. Un tiempo de luces, jamás de soledades. El encierro ha sido solo una palabra para nuestros Cinco en este tiempo porque sus voces se multiplicaron y sus brazos devinieron alas y asombros.

La prisión los convirtió en maestros, poetas, hechiceros. Los muros los hicieron más libres y el silencio los cantó más alto. A ellos, que quisieron desterrarlos de la realidad y sepultarlos en el pasado, los conocen millones, los aman de todas partes, los quieren en mil lenguas diferentes.

En cuanto a mí, les confieso que los Cinco me convirtieron en una mejor persona. Gracias a ellos tengo el tesoro de la amistad de La Polilla, de Alicia, de Wafy, de Graciela, de Ania.

A mis Cinco debo una fortaleza edificada sobre la ternura de Mirtha y Magalis, la audacia de Elizabeth, la valentía de Rosa Aurora y la paciencia de Adriana y Olguita. Por ellos la verdad escaló las cumbres más altas y las cartas se trocaron en puentes y abrazos. Por ellos, como dice Silvio, sueño a mano y sin permiso.


*Periodista cubana, trabaja en la emisora Radio Jaruco, y una de las fundadoras del Comité “Alas de Libertad” de esa emisora, por la Libertad de los 5

sábado, 5 de marzo de 2011

La pelea

Por Nuria Barbosa León*
 
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Fue en la Ciudad de New York donde se programó un tope bilateral de boxeo entre Cuba y Estados Unidos allá por la década del 70.

Las personas se agruparon espontáneamente en la calle, se esperaba la salida del equipo cubano desde el hotel hasta el Coliseo.

Los custodios estadounidenses temieron alguna agresión física y decidieron el traslado de los atletas a través de un túnel.

La llegada del equipo causó conmoción en el público, todas las lunetas estaban colmadas y en las gradas no cabía otra persona más. Todo se volvió grito, chiflidos, frases, coros, aplausos, luces, sonidos.

Presentan las escuadras, con los nombres de los boxeadores por división. Los altos parlantes anuncian el nombre de “José Gómez” y el público no aplaudes, sino abuchea. Proliferan palabrotas y se nota una inconformidad total. El favorito en la división es Alex Ramos y para él, la aprobación unánime de los espectadores en el centro deportivo.

Se hace una demostración de tiro de balón hacia una canasta de baloncesto, al concluir, otra presentación. Una vez más el publico demuestra su simpatía por el estadounidense Alex Ramos y rechazo para el cubano José Gómez.

Hora del gran combate de los 75 kilogramos. Suena la campana y en primer asalto ambos boxeadores se estudian para ganar puntos en el marcaje de golpes de gancho. Buscan encontrar el lado débil del contrario para hacer la pelea deseada.

Un descuido del cubano y cae a la lona con un golpe conectado por el norteamericano. Retumba la alegría en el Coliseo y entre gritos y chiflido se incorpora el cubano para reanudar la pelea y esperar el campanazo del final del primer tiempo.

En la esquina de Cuba, los entrenadores echan agua y buscan la ira del boxeador. Una frase lo hizo reaccionar:

-Vas a perder la pelea, cojones.

Con esa frase en los oídos de José Gómez, regresa al segundo asalto. El puño chocó varias veces en el cuerpo de Alex Ramos, hasta que un golpe seco hizo temblar la cabeza del norteamericano que perdió la estabilidad y queda tendido entre las doce cuerdas.

En un instante el país se paralizó, el silencio cundió en el conteo de un árbitro que decreto el fin de la pelea y coronó al cubano como triunfador.

A partir de ese momento el público entendió que Cuba llegó para ganar.

* Periodista de Radio Progreso y Radio Habana Cuba