jueves, 9 de octubre de 2014

Aniversario 146 del inicio de la lucha independentista del pueblo cubano

Por Roberto Pérez Betancourt
 

Este año se celebra en Cuba el aniversario 146 del  10 de octubre de 1868, fecha gloriosa en la historia patria, cuando en el ingenio La Demajagua se dio el grito de libertad para los esclavos y se proclamó la voluntad de luchar con las armas en las manos en pro de la liberación del yugo colonial de España.

Los esclavos de la hacienda amanecían ese día en la penumbra de los barracones para disponerse a emprender la diaria faena en los campos de caña, cuando se sorprendieron ante el  inusual tañido de la gran campana del central que los convocaba.

En el sitio exacto, el amo  Carlos Manuel de Céspedes hizo un anuncio diferente ese día. Con la pasión contenida en su verbo alto y resuelto exclamó: “Ciudadanos, ese sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino  viene a alumbrar el primer día de Libertad e Independencia de Cuba”.

Repiquetearon las campanas al convite de la insurrección armada. Los negros se miraron unos a otros, sorprendidos. Los blancos miraron a los negros y quizás por vez primera, para algunos, la emoción  de aquel instante borró los pigmentos  de la piel para ver a  seres  semejantes, igualados en el despertar de la conciencia libertaria.

Lo cierto es que ese momento histórico marcaba el inicio de la gran lucha que a lo largo de muchas décadas conduciría a un primero de enero de 1959, cuando Fidel Castro, al frente del relevo de la tropa alzada aquel día en el alto oriente cubano, proclamaría el triunfo definitivo de las armas de la Revolución  frente al despotismo y al neocolonialismo para emprender  otra gran batalla en la que aún los cubanos estamos enfrascados: la consolidación de la victoria, hacia un estado de plena justicia social.

Hechos y motivaciones

Han transcurrido 146 años del alzamiento insurreccional en La Demajagua.   En rigor, aquel empeño de Céspedes de  estallido cristalizaba  anteriores esfuerzos  de quienes, en diferentes escenarios dentro de Cuba, y en el exterior,  laboraban para lograr de  España un reconocimiento que les permitiera participar de manera activa de la vida política y económica de la Isla.

La expulsión de los cubanos de las Cortes Españolas, había  demostrando la  imposibilidad de llegar a acuerdos por la vía de las negociaciones y abría al entendimiento la única vía que quedaba: la lucha armada.

Correspondió a Carlos Manuel  de Céspedes,  hacendado bayamés, romper las hostilidades frente al colonialismo español, anticipándose al momento  conciliado entre los conspiradores, quienes buscaban una salida a la opresión económica que la metrópolis imponía a la Isla, sumiéndola en el estancamiento y el inmovilismo, factores propiciatorios del yugo, derivados de la experiencia ibérica ante la insurrección y liberación colonial de otras naciones americanas.

En el documento programa firmado por Céspedes donde se  exponían las razones del levantamiento armado, conocido también como  Manifiesto del 10 de Octubre, expresaba: “Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más  grandes naciones autoriza este último recurso”.

Iniciadas las acciones en la región que actualmente ocupa la provincia de Granma, posteriormente se extenderían  a Camagüey y  Las Villas.

Fue larga y cruenta aquella primera etapa de la lucha por la independencia: 10 años en los que el mundo asistió a la epopeya de los humildes reunidos en torno a los intereses surgentes de la burguesía cubana,  empeño inspirado en el fervor patriótico de la estrella refulgente sobre el fondo rojo, y en la ambición de ser por sí mismos dueños de sus destinos.

Tributo a Céspedes

El ejercicio de la real soberanía de la patria  es el mejor de los tributos que el pueblo cubano puede rendirle a Carlos Manuel de Céspedes.

Al destacar los méritos del bien llamado “Padre de la Patria Cubana”,  Eusebio Leal, historiador de la Ciudad de La Habana,  ha  afirmado que fue un hombre de profunda cultura, humanista, soldado, caballero y fundador.

Con la decisión de liberar a  sus esclavos en el ingenio La Demajagua y liderar el levantamiento armado frente al colonialismo español, el 10 de octubre de 1868, Céspedes inició el largo proceso  de Revolución  en Cuba, y devino símbolo de  la dignidad y la rebeldía del pueblo, constataron los panelistas    Para  el profesor Eduardo Torres, presidente de la Casa de altos estudios Fernando Ortiz, Céspedes fue un hombre de gran amplitud de pensamiento. Realizó estudios superiores de derecho en España, recorrió varios países de Europa y se nutrió del saber más avanzado de su época.
Venerable maestro de la logia masónica Buena Fe, en Manzanillo, Céspedes cultivó las relaciones conspirativas con jóvenes miembros de diferentes centros de esa fraternidad, inspirados en el pensamiento de libertad, igualdad y fraternidad, con una concepción democrática popular inclaudicable.

Desde el principio de su alzamiento, en la manigua Céspedes supo que la política del Gobierno de Estados Unidos se dirigiría a apoderarse de Cuba, por ello se opuso resueltamente a los movimientos anexionistas y alerto de que cada día el pueblo cubano tendría que valerse de sus propias fuerzas.

El temple indoblegable del patriota se puso a prueba cuando el enemigo español intentó el chantaje tras haber capturado a su hijo Oscar, pero Céspedes no cedió, y en viril gesto que trascendería al mundo, expresó: “Hijos míos son todos los que mueren por la independencia de Cuba”.

De ese ejemplo también se nutrió   la inspiración que José Martí, apóstol de la Independencia cubana,  organizar y desatar la guerra necesaria que en 1995 condujo a la derrota del colonialismo español.

Y entre los muchos méritos de Céspedes, quien fue capaz de amar intensamente, cultivar las artes y devenir pionero de la difusión ajedrecística en Cuba, destaca su fidelidad a los ideales y a la unión, incluso cuando fue depuesto como presidente de la República en Armas.

Con solo un revolver y seis balas, Carlos Manuel de Céspedes enfrentó a las huestes españolas en su combate final de San Lorenzo, Sierra Maestra, desde donde trascendió a la historia,  para seguir inspirando con su inmortal ejemplo de rebeldía al pueblo y a la nación que fundó.

Tomado de Radio 26, Matanzas