viernes, 5 de junio de 2015

Emilio Bacardí: un diamante de múltiples facetas

Olvidado por unos, estigmatizado por otros, es imposible contar la historia de Santiago de Cuba, de la misma Cuba, sin mencionar su nombre y su legado:
Emilio Bacardí: un diamante de múltiples facetas
Por Igor Guilarte Fong*
Emilio-Bacardi-MoreauEmilio Bacardí Moreau constituye un auténtico orgullo de Santiago de Cuba. No debiera hablarse de la historia local sin evocar su ejemplar existencia. De ahí la necesidad ciudadana que las actuales generaciones conozcan sobre lo que hizo y entregó este ilustre patricio por su tierra natal, y por Cuba toda.
 Nacido en 1844, Bacardí perteneció a la séptima generación de santiagueros. Pléyade heroica: protagonista de las guerras independentistas, y destinada a construir, sobre el espíritu de las patrias chicas, la nación cubana. Él encarnó una especie de cacique urbano, un Quijote criollo; siendo el adalid en el proceso de tránsito de Colonia a República en su ciudad. De ahí que sea considerado como el arquitecto del Santiago contemporáneo.
 Fue patriota, industrial, escritor, periodista, historiador, mecenas, político, pero por encima de todo: cubano. Sus valores humanos, morales y patrióticos lo dotaron de un blasón que pocos mortales atesoran, y como tal fue venerado por sus contemporáneos.
[...]
Introducción
 En el entierro de Emilio Bacardí Moreau, expresó conmovedoras palabras el dominicano Federico Henríquez y Carvajal –amigo de José Martí- con las que definió al finado como "un diamante de múltiples facetas"[1].
 Basado en esta hermosa metáfora, nace el presente artículo titulado "Emilio Bacardí: un diamante de múltiples facetas", y que es derivado de un Trabajo de Diploma en opción a la licenciatura en Periodismo. No ambiciona esta ponencia constituir una biografía del prestigio mártir, digno de un libro soberbio que perpetúe el ejemplo edificante de su vida. Sirvan estas páginas para rendirle beata ofrenda al gran Emilio Bacardí, figura que en muy pocas ocasiones ha sido estudiado en toda su dimensión biográfica. Además intenta este autor realizar un nuevo aporte a la historiografía local a partir del acercamiento a sus múltiples facetas; que estimule la atención de aquellos apasionados de la historia y de las instituciones encargadas de velar por la preservación del patrimonio histórico.
 Esclarecidos estos aspectos, podemos declarar que parte esta investigación de la apremiante necesidad de reconocer a Emilio Bacardí como una figura histórica de singular renombre, y formula como objetivo general: realizar un recorrido biográfico por la vida y la obra de este notable santiaguero. Estudio conducente a su justipreciación como figura emblemática regional y aun nacional, pero que actualmente yace entre hojarascas.
 Nos basamos en un diseño de investigación cualitativa, y queda insertado el trabajo en el campo de las ciencias históricas. Está supeditado a los resultados obtenidos mediante la aplicación de referentes epistemológicos y métodos como los siguientes: Hermenéutico, Fenomenológico-Etnográfico y Biográfico. Fueron empleadas además otras técnicas de investigación como: el análisis de contenido, la entrevista y la revisión documental (cartas, fotografías, biografías y publicaciones periódicas). De la implementación de estos instrumentos metodológicos y la revisión de la bibliografía, logramos acumular una vasta información que nos facilitó el ordenamiento cronológico y crítico de los hechos que hicieron de su vida un evento relevante; y digno objeto de estudio, para que sirva de estímulo a las generaciones contemporáneas.
El Hombre y Patriota
 Entre 1828 y 1832 arribaron a Santiago de Cuba algunos miembros de la familia Bacardí Massó. Procedentes de Sitges, Barcelona: Los hermanos Bacardí, jóvenes, solteros y ávidos de riquezas, venían con la idea –como la mayoría de los peninsulares- de trabajar para hacer fortuna y así regresar a España cuanto antes. Sin embargo, muchos de estos impetuosos catalanes vivirían hasta el final de sus días en la isla caribeña. Uno de ellos depositó todas sus energías en un negocio que con el paso de los años llegaría a convertirse en una de las industrias de mayor fama a nivel mundial.
 Facundo Bacardí Massó se dedicó a la destilería de caña para el año 1838. Contrajo matrimonio con Lucía Victoria Moreau, veinte añera de ascendencia francesa y natural de El Caney, poblado situado a pocos kilómetros al este de la ciudad de Santiago. Aproximadamente un año después de la boda tendrían su primogénito. De sus padres heredaría la tenacidad, el brío indomable de su carácter y el amor exaltado por el terruño. Nacido en la calle Jagüey # 8 (actual Cornelio Robert) el 5 de junio de 1844, Emilio Bacardí Moreau se convertiría en uno de los hombres más prestigiosos de su época y conquistador, por méritos propios, de la distintiva corona de la inmortalidad.
Entre septiembre de 1852 y enero de 1853, se desató en la villa la epidemia del cólera morbos, que diezmó a la población en más de 2700 almas. Ante la temible enfermedad, Don Facundo decidió buscar refugio para su familia en Cataluña, la tierra de sus orígenes. Ya en Barcelona, la populosa metrópoli del Mediterráneo español, el pequeño Emilio realizó primeros estudios y bajo la guía de su padrino Daniel Costa recibió conocimientos de artes plásticas. Allí obtuvo primer premio en un concurso convocado por una fábrica para escoger el mejor diseño de estampado.
 Para 1857, ya de regreso en suelo natal, el joven santiaguero matricula en las clases nocturnas del Colegio San José –en la calle San Pedro baja # 17, actual Lacret- bajo la tutela del ilustre profesor Francisco Martínez Betancourt. Mientras, y como hermano mayor, debe trabajar durante el día para contribuir a la manutención de la ya numerosa prole. En 1862, Don Facundo compró un primitivo alambique al inglés John Nunes, donde Emilio labora desde temprana edad. Esto le impone abandonar los estudios para en lo adelante continuar una educación eminentemente autodidacta.
 Los hombres que nacen en Cuba, particularmente en las décadas de 1840 y 1850, tuvieron ante sí una encrucijada histórica: dar solución a las contradicciones cada vez más enconadas entre criollos y españoles. El régimen político impuesto por la Corona mantenía a la Isla estancada en su progreso y vejada en sus derechos. Este ha de ser el compromiso generacional de las promociones cubanas de la segunda mitad del siglo XIX: iniciar un largo proceso de luchas por conquistar la independencia.
 Producto a los repetidos fracasos, las tentativas anexionistas y reformistas fueron disminuyendo en número de adeptos. Se anteponen para entonces dos corrientes ideológicas fundamentales: los que defienden el autonomismo, posición que pretendía el mejoramiento de la situación cubana desde la órbita hispánica; y por otro lado, los partidarios de la independencia, defensores radicales de las doctrinas emancipadoras.
 El 10 de octubre de 1868, en su ingenio La Demajagua, el terrateniente Carlos Manuel de Céspedes, en gesto heroico liberó a su dotación de esclavos y convocó a los cubanos todos a luchar unidos por la libertad. Aquel hecho, inmortalizado en la historia nacional como el levantamiento de Yara, encontró a Emilio con 24 años nimbados de anhelos patrios y gestos viriles. Así terminó enrolándose en un movimiento que en diciembre de 1868, pretendió tomar el Palacio de Gobierno de Santiago, deponer al Jefe del Departamento Oriental y constituir una Junta de Gobierno, pero la acción fracasó prematuramente. Aun corrió peligro de muerte, cuando se vio acorralado en los portales del café La Venus, aledaño a la Plaza de Armas (hoy Parque Céspedes), por los policías montados; quienes blandían sus sables furiosamente contra aquellos valientes que desafiaron a las autoridades en pleno centro urbano.
 Desde aquellos tiempos de peligro y por el resto de sus días, dedicaría el patriota todas sus energías a la causa cubana. A pesar de su juventud y de su posición social relativamente acomodada, Bacardí no se mantuvo ajeno a las exigencias de su tiempo. Su espíritu indomable lo llevó a brindar el apoyo de su inteligencia y de sus esfuerzos: deliberadamente conspiró contra el dominio colonial en clubes separatistas, logias masónicas y con cuántas vías tuviera para alcanzar los objetivos motrices de la causa encendida por Céspedes.
 Fracasada la llamada Guerra Grande en 1878, los cubanos bien pronto reiteraron su inconformidad ante la continuada explotación hispana. Los bravos gladiadores Guillermón Moncada, José Maceo y Quintín Banderas lanzan un nuevo grito de libertad en Oriente, hecho que quedaría inscrito en los anales patrios como la Guerra Chiquita, malogrado intento de alcanzar la soberanía. El fracaso de este movimiento se debió a la falta de unidad y de elementos directrices, no obstante sirvió para patentizar el propósito irreversible de los cubanos. La nueva proeza encontró a Bacardí –como siempre- en el puesto de honor.
 Convencidas de su acendrado patriotismo, las autoridades locales dispusieron su detención, en represalia a las protestas formuladas por Bacardí, ante el maltrato dado a los prisioneros de guerra. El 9 de septiembre de 1879 fue sacado por la policía de su propia casa, sita en la calle Trinidad baja # 12, y conducido a la Real Cárcel de la ciudad (actual Oficina de la Historiadora de la Ciudad) y de allí remitido al Castillo del Morro. Estas jornadas de confinamiento en la tenebrosa fortaleza debieron ser de constante amargura, pues periódicamente aparecían frente a las mazmorras las temidas cuadrillas encargadas de siniestras ejecuciones.
 Días después, el 4 de noviembre, el general Camilo Polavieja, a la sazón comandante de la provincia, dictó orden de deportación para los ciudadanos desafectos al gobierno e implicados en la insurrección. En el vapor Villaverde fueron enviados hacia Puerto Rico y de allí reembarcados en el vapor Antonio López, para realizar el viaje hasta España. Sería una fatigosa travesía de 14 jornadas, bajo las ofensas de los centinelas, entre las náuseas, deyecciones y el hacinamiento infrahumano de unos cincuenta reos, sepultados en la sentina de la nave.
 Por su inagotable amor a la Patria y por defender los intereses colectivos, Bacardí fue destinado al purgatorio del exilio: primero tuvo la ciudad andaluza de Cádiz como prisión, allí permaneció bajo estrecha vigilancia; luego fue confinado a las remotas cárceles que tenía España en las Islas Chafarinas, posesión próxima a las costas de Marruecos; y por último, fue trasladado a Sevilla, hasta excomulgar su pena en 1884.
 Para el patriota santiaguero no había más religión que profesar el bien en cualquier circunstancia. Aun en medio de la desgracia personal practicó la solidaridad con el necesitado. En el penal organizó junto a otros exiliados una escuela para impartir clases a los iletrados, en varias ocasiones costeó con recursos personales la adquisición de materiales y alimentos para otros. En más de una oportunidad, por su innata rebeldía y su enfrentamiento a las injusticias cometidas en su presencia contra otros detenidos, sufrió el castigo de las galeras subterráneas. "La tiranía política, las desigualdades sociales, el orgullo humano, la ignorancia, la miseria, el vicio, para él cada una de estas lacras tenía un apóstrofe, un gesto de rebelión."[2]
 Devuelto a la libertad luego de cuatro años de penurias, Emilio se dedicó a viajar por varias regiones de España. Por estos lares fecundos su alma adicta a la sabiduría absorbió cuanto pudo y robusteció su pensamiento con ideas nuevas sobre el imperio político que mantenía atropellada a su distante y amada tierra, por la cual ya había sufrido muchas angustias.
 De territorio ibérico pasó a la luminosa Francia, pero un trágico suceso puso fin a la excursión devolviéndolo a Cuba: el 13 de mayo de 1885 había fallecido víctima de fiebre infecciosa, la señora María Lay, quien fuera su primera esposa. Esta pérdida abrió profunda herida en su alma, dolor acrecentado con la decadencia del negocio familiar. Se vio tan afectado el ánimo de Emilio, que sus amigos llegaron a temer por su vida. Ante tal consternación, se fue a reponer energías en el próspero cafetal Simpatía, el cual administraba un cuñado y debió apelar a aquella filosofía estoica que le mereció entre sus íntimos, el alias de Epicteto.
 Bacardí contrajo nuevas nupcias el 12 de julio de 1887, en el poblado de Alto Songo, con Elvira Cape Lombard. Con el transcurso del tiempo, esta joven de 25 años se convertiría en la inseparable compañera en la vida y la acción. Ella brindó siempre su colaboración abnegada y fiel en las múltiples empresas del cónyuge, ya fueran actividades revolucionarias o acciones en bien público. Doña Elvira fue la resurrección de las potencias espirituales del esposo, símbolo de la fémina progresista y magnífico ejemplo de la mujer cubana.
 En esta etapa Bacardí militó en el Grupo Librepensadores "Víctor Hugo", núcleo integrado por hombres con inquietudes políticas y filosóficas, los que se reunían para discutir temas y documentos de carácter progresista, y donde figuraron nombres como Federico Capdevila (el viril defensor de los ocho estudiantes de medicina fusilados en 1871) el eminente médico Felipe Hartmann y el patriota Federico Pérez Carbó. Bacardí no se dio reposo: propagandista incansable llevó a las conciencias adormecidas la fiebre separatista, aprovechó tertulias literarias y círculos espiritualistas para promover el credo libertario. En aquellas reuniones so pretexto de alimentar al amor por las letras, estrechaba relaciones con hombres que sostenían sus mismos ideales. Dichas veladas culminaban la mayoría de las veces en homenajes a José Antonio Saco, José María Heredia y otros cubanos esclarecidos. Donde él estaba presente, surgían las perspectivas de la libertad, pues manifestó un culto desmedido por Cuba.
 Como miembro de acaudalada familia y empresario de recursos económicos, no padeció las carencias materiales que agobiaban a gran parte de la sociedad. No obstante su vida fue como de eterna agonía y compromiso, pues su Patria era esclava. A su amigo Federico Pérez Carbó expresó en una ocasión: "tengo que ir siempre corriente arriba"[3], haciendo referencia con ello a luchar contra los grandes males colectivos. No sintió Bacardí placer fuera del sacrificio útil y del cumplimiento del deber.
 Siempre correspondió a cuantas empresas patrióticas solicitara su concurso, tanto material como moral. Por eso al aproximarse el inicio de una nueva gesta, una vez más su bolsa y su corazón estuvieron con Cuba. A mediados de 1893 acudió a Puerto Príncipe, capital de Haití, al encuentro del máximo organizador de la Revolución del 95, José Martí. Grata impresión debió dejar el santiaguero en el Apóstol cubano cuando este lo privilegió con el calificativo de "amigo querido"[4]. A su regreso, Bacardí amplió sus actividades conspirativas.
 El 24 de febrero de 1895 se produjo el estallido glorioso de la llamada Guerra Necesaria, preparada por Martí. Volvía a brillar en los campos de Cuba Libre, gallarda y redentora, la estrella solitaria de la bandera. Mientras en la manigua, los mambises guiados por los magnos caudillos Antonio Maceo y Máximo Gómez mellan la espada de Castilla, en la ciudad santiaguera Emilio Bacardí se convierte en uno de los más sobresalientes jefes de la clandestinidad en Oriente y eficaz colaborador del ejército mambí.
 Como uno de los directivos del Club Patriótico Moncada realizó acopios y envíos de armamento, pertrechos, medicinas, colectas y avituallamientos; contribuyó a la incorporación de nuevos soldados a las filas insurrectas, y sirvió de enlace entre la manigua y el exilio. Con el seudónimo Phoción, formó parte del espionaje mambí, y como responsable de las comunicaciones en Santiago; estableció epistolario con notables paladines locales como José Maceo. Una carta de Phoción al citado General Maceo, con fecha 2 de octubre de 1895, refleja algunas de las misiones que cumplía como agente secreto, entre las que estaban el estala conformación de un sistema de recaudaciones y envío encubierto de remesas hacia New York para la compra de armas; así como la ayuda a los compañeros de ideales que estaban confinados en el Castillo del Morro. Asimismo sostenía correspondencia con su compadre, el coronel Pérez Carbó, y con su hijo mayor Emilio Bacardí Lay, quien militaba en el Estado Mayor del Lugarteniente Antonio Maceo.
 Conocidas sus diligencias comprometidas con la causa separatista, le fue practicado un registro y hallaron en su poder una carta del Delegado del Partido Revolucionario Cubano, Tomás Estrada Palma, dirigida a Plutarco (seudónimo del patriota José Mestre Preval) en cuyo sobre figuraban unos números escritos a grafito que según afirmaron, formaban su nombre. Alegada su complicidad con la insurrección, Bacardí fue detenido el 31 de mayo de 1896 por el jefe de la policía en persona y sometido a proceso penal. Meses después, el 19 de octubre fue trasladado con destino transitorio a La Habana, de allí salió en el vapor Buenos Aires hacia Cádiz y finalmente enviado, por segunda oportunidad, al exilio-cautiverio de Chafarinas, donde estuvo recluido un año.
 En abril de 1898 el gobierno norteamericano de William Mc Kinley decidió su intromisión en la guerra hispano-cubana, conflicto que sin dudas terminaría con la victoria de las armas mambisas. So pretexto de ayudar a los cubanos a conquistar su soberanía, Estados Unidos intervino con los verdaderos intereses de anexarse la ansiada Perla de las Antillas. El 16 de julio de 1898, bajo frondosa ceiba en las Lomas de San Juan, a las afueras de la ciudad santiaguera, fue firmada la capitulación entre el ejército norteamericano y el español, procediéndose a la entrega de la plaza. Tristemente se produjo este acuerdo sin la presencia de los cubanos, aquellos que habían derramado su sangre durante treinta años de lucha contra el colonialismo español.
 Proclamado oficialmente el cese de la dominación hispánica, los cubanos desterrados o exiliados en otras naciones regresan a suelo patrio. El 6 de agosto de 1898 retorna Emilio Bacardí, quien luego de salir de prisión, había permanecido emigrado en Jamaica junto a su familia. Como preclaro defensor del culto a los héroes, trajo consigo dos lápidas de mármol para ser colocadas en las respectivas tumbas de Carlos Manuel de Céspedes y José Martí. Este empeño constituyó el primer acto genuinamente cubano por la veneración de los dos grandes de la Patria.
El Industrial
 Entre sus singulares facultades tuvo Emilio –siguiendo la tradición familiar- la de activo e inteligente industrial. Bajo su pupila, lo que antaño fuera un primitivo alambique se transformó en un consorcio del ron que daría crédito mayor a Santiago y al país a nivel internacional.
 Cuenta la historia que el intrépido catalán Facundo Bacardí, padre de Emilio, con muy pocos recursos pero con mucha ilusión fundó el 4 de febrero de 1862 la primitiva fábrica. Se trataba de una pequeña destilería con techo de hojalata, donde se guardaban un antiguo alambique de hierro fundido, algunos tanques de fermentación y otros tantos barriles de añejamiento.
 Lo que sí abundaba en aquel lugar eran los murciélagos. Así, cuando doña Amalia Moreau, la esposa de Facundo, observó que en el techo vivía una colonia de los mamíferos alados propuso que fueran adoptados como emblema del naciente negocio. Por entonces estas criaturas tenían un singular significado, pues se alegaba que para los aborígenes taínos –los ya desaparecidos pobladores primitivos de Cuba- los murciélagos eran símbolo de sabiduría. Además, entre la población local estaba extendida la creencia de que los murciélagos traían salud, fortuna y unidad familiar.
 Desde ese momento, el murciélago se convertiría en el icono que llevaron las botellas de un ron casi milagroso. Quizás la mitología popular ayudó al destino futuro de la industria. Pero lo cierto es que la fama que alcanzó en lo adelante, el Ron Bacardí, fue resultado de sus sorprendentes características como bebida fácil de ingerir.
 Prontamente adquirió fama la pequeña empresa de Bacardí en el mercado de licores. Esto se debió a una fórmula muy particular de producir la bebida, a tal punto que trascendería prácticamente como un secreto de familia. A todos llamaba la atención aquel ron suave y fino pero fuerte y agradable a la vez; aguardientes cuidadosamente envejecidos, gratos al paladar y sofisticados.
 Muchos atribuyeron las extraordinarias cualidades del ron a las aguas de la ciudad o a las mieles de la caña de azúcar criolla, otros a los barriles de roble o a la técnica de añejamiento, y no faltaron quienes dieron fe a la buena fortuna y poderes mágicos aportados por los murciélagos. Lo cierto fue que por sus peculiares características se convirtió el Ron Bacardí, en una bebida sumamente apetecida. Sería este aspecto esencial para que en el transcurso del tiempo, con la inclusión de nuevas tecnologías y una mayor expansión comercial, aquella destilería arcaica y aparentemente poco rentable, se transformara en una poderosa industria.
 Luego de la muerte de Don Facundo, por su condición de primogénito, Emilio tomó las riendas del negocio familiar. Sin embargo, debido a su labor conspirativa en contra del dominio español, en más de una ocasión la fábrica sufrió atentados y otros intentos de sabotajes, para perjudicar su desarrollo. Además, Emilio fue enviado al exilio en dos ocasiones, circunstancias en la que la atención del negocio recayó en sus hermanos menores.
 Durante el período que fungió como presidente de la empresa, en las primeras décadas del pasado siglo XX, Emilio le impregnó al negocio sus ardores incontenibles y su espíritu renovador. A pesar de desenvolverse en un medio donde primaban las relaciones de producción arcaicas y reñidas, implantó un sistema por el cual participaban de las ganancias todos aquellos que laboraban bajo el techo de la fábrica.
 Él sostenía que la prosperidad de la formidable entidad dependía de las relaciones con los subordinados, por eso mantuvo la paz y la armonía entre sus trabajadores. No fue el típico patrón ceñudo e inflexible, sino el amigo sincero y colega de afanes, que supo ganarse la admiración y el respeto de todos. Según la opinión del historiador Francisco Ibarra Martínez:
 "Don Emilio era grande para enjugar las lágrimas de sus obreros en sus tribulaciones; era grande para aconsejar; grande con la benevolencia y tolerancia en sus desaciertos. Su inagotable caridad le hacía una imagen divina y majestuosa, imponente de verdadero amor a sus semejantes. Su personalidad era verdaderamente el tipo ideal del noble capitalista."[5]
 Durante toda su vida, demostró Bacardí ser un adelantado a su tiempo, particularmente al operar semejante revolución en su industria, y es que poseyó una cualidad poco frecuente en hombres de negocios: su grandeza moral. Otros patronos más acostumbrados al materialismo absoluto y al enriquecimiento ambicioso lo tildaron de insensato. Pero ante la insidia siempre tuvo digna respuesta: "Hay tanto mal en el mundo, por la falta de corazón de muchos ricos."[6]
 El mundo no tuvo fronteras para recibir su exquisito elixir. El Ron Bacardí llegó hasta los más diversos confines y más exigentes paladares. Tiene en su historia múltiples condecoraciones en exposiciones y concursos que avalan su fama internacional: alcanzó medallas de oro en Philadelphia (1876), Madrid (1877), Chicago (1893), París (1889 y 1900), Buffalo (1901) y Charleston (1902). Obtuvo Gran Premio en Saint Louis (1904), y aun la mayor distinción Diploma de Oro en Bordeaux (1895), La Habana (1911), Panamá (1915) y Barcelona (1918). Sin dudas que supo imponerse entre las bebidas de mayor consumo entre los más fervientes "mascavidrios" de la época y hasta la actualidad. Esta copla a modo de anuncio sintetizó de manera simpática el sentir popular:
 "Desengáñate Vicente,
 que para estar gordo y sano,
 hay que estar constante
 con el BACARDÍ en la mano.
 Destruye cualquier gusano
 o microbio que haya en caja;
 con todo licor se faja
 y no lo pueden vencer
 por lo tanto hay que creer
 que es ron de rompe y raja." [7]
 Bajo la imperecedera guía de su fundador, la fábrica prosperó increíblemente a principios del siglo XX, por lo que durante esos años serían construidos una nueva fábrica y modernos edificios que fungieron como oficinas o centros de negocios. Asimismo el consorcio Bacardí llegó a Barcelona, New York, Puerto Rico y México, entre otras partes del mundo, donde fueron abiertas sucursales y fábricas para expandir su poderío comercial. Por entonces ocurrió el lanzamiento de la famosa cerveza Hatuey, la cual venía a reafirmar a la Compañía Bacardí, como una de las más afamadas y vigorosas empresas de bebidas dentro del mercado internacional.
El Político
 En febrero de 1878 fue firmado el Pacto del Zanjón, con este hecho se puso fin a la insurrección iniciada por Céspedes, el Padre de la Patria; gesta que había significado diez años de cruenta guerra entre mambises y españoles. Sin embargo, la firma de ese tratado tuvo consecuencias funestas para los cubanos, pues no contempló la independencia de la Isla, objetivo supremo por el cual se habían lanzado a la armas.
 Una vez conciliado dicho acuerdo, Emilio Bacardí se inició en la carrera política como Concejal del Ayuntamiento, elegido por el Partido Liberal. Desde este puesto que asumió en enero de 1879, dejó huellas de sus preocupaciones ciudadanas: presentó un proyecto para la colonización agrícola, propuso frenar y evitar manifestaciones de incultura comunes en festejos populares, trabajó por reducir la vagancia, reglamentó la venta de billetes de lotería con el fin de que este negocio no fuera realizado por hombres saludables, sino más bien restringido a viudas, ancianos e impedidos físicos, que no pudieran ganarse la subsistencia de otro modo.
 Luego de la llamada Guerra Hispano-cubano-americana, conflicto acontecido en 1898 y que tuvo como escenario principal, precisamente a la ciudad de Santiago de Cuba, se materializó el despojo a los cubanos de la verdadera independencia. Así los norteamericanos comenzaron a manejar los hilos del país al antojo de sus fines ocultos: crear condiciones para agenciarse los recursos económicos de la nación. Por ello, el gobierno interventor declaró disuelto el Ayuntamiento de Santiago de Cuba y suprimido el gobierno de la provincia de forma temporal; e incluso nombraron a un oficial norteamericano como alcalde municipal.
 Para agosto de 1898, Bacardí junto a otros delegados del Club Moncada viajaron a Santa Cruz del Sur, en Camagüey, sede por entonces de la Asamblea de Representantes de la República en Armas. Personificaba esta asamblea el órgano representativo de los intereses emancipadores del pueblo cubano, y por ello acudió Bacardí allá, para intercambiar impresiones sobre la nueva situación y buscar indicaciones.
 De regreso en su ciudad, los emisarios santiagueros solicitaron al mando interventor la creación de un consejo consultivo local, encargado de aportar los conocimientos que contribuyeran a la dirección estable y coherente de la localidad. Quizás con el propósito de congraciarse con los cubanos, el gobierno de ocupación promovió una serie de nombramientos de oficiales del Ejército Libertador y civiles de elevado prestigio, para hacerse cargo de la administración local.
 El 25 de noviembre de 1898 por sus crecidos méritos fue designado por el mando norteamericano, el señor Emilio Bacardí como alcalde municipal de Santiago de Cuba. La proclama que inmediatamente dirigió al pueblo constituía un plan mínimo de gobierno. Entre sus principales propósitos estaban: fomentar el desarrollo comunitario, brindar trabajo hasta donde fuera posible a aquellos que lo merecieran y atender con todos sus esfuerzos los intereses locales; en tal sentido advirtió: "Cada habitante encontrará en mí un amigo" y concluía: "La unión de todos será la mejor garantía de nuestro porvenir."[8]
 En la noche del 30 de noviembre, Bacardí fundó la llamada Asamblea de Vecinos. Nacía bajo la sombra de siglos de dominación española, que habían enraizado la incapacidad del criollo para autogobernarse y ante las indecisas pretensiones norteamericanas de anexarse la Isla. A través de esta organización, los propios santiagueros eran quienes planteaban medidas y ejecutaban proyectos en pos del florecimiento de la urbe. Aquella junta local constituyó una irrefutable demostración de que pese a las convulsas circunstancias, tenían los cubanos plenas capacidades para ejercer gobierno propio.
 Desde su puesto como alcalde, Don Emilio puso a prueba su dignidad y capacidad de trabajo, pues recibió la compleja tarea de reanimar una ciudad devastada por la guerra, plena de necesidades, convertida en inmenso foco de insalubridad, abatida por las epidemias de cólera y fiebre amarilla. Teniendo como normas de conducta la honestidad y la justicia, realizó una extraordinaria gestión: fundó instituciones culturales, abrió escuelas y bibliotecas para pobres, hospederías y casa de beneficencia para desamparados, mejoró el estado de sanidad, reparó y construyó calles, restableció servicios públicos, emprendió un plan de mejoras en la urbanización y todo, con un celoso control del erario público.
 En apenas ocho meses que duró su mandato, el ejemplar político moralizó la administración e impulsó numerosas obras y disposiciones que dieron un vuelco total a la situación de la urbe. Todo lo ordenó, trazando el trillo generoso del humanismo; fiel a su admirable principio de que: "[…] Gobernante es servidor del pueblo y no el amo."[9] Por su carácter antidogmático tuvo contradicciones con el entonces gobernador provincial y renunció a tan alta responsabilidad, dejando una huella ejemplarizante de talento y vergüenza.
 En gesto memorable, el 1ro de junio de 1901, Bacardí resultó electo en votaciones populares, para el cargo de alcalde, con el 61% de los sufragios. De esta manera el pueblo santiaguero ratificaba su grandeza, coronaba sus virtudes y premiaba su amor por el suelo natal. Aprovechó este nuevo mandato, aunque esta vez de cuatro años, para llevar a cabo los proyectos inconclusos de su período anterior, y que con urgencia reclamaba la urbe.
 Así ordenó los servicios comerciales, reabrió la Academia de Telegrafía, promovió la construcción de aceras, dictó bandos contra el derroche de agua, la marginalidad y los habitantes callejeros, hizo preservar y embellecer sitios importantes, firmó leyes a favor de la disminución del ruido ambiental y el desorden, electrificó parte de la ciudad, y manifestó especial desvelo por elevar la educación y cultura del pueblo.
 Una vez más, Emilio Bacardí depositó todos sus empeños y al concluir su cargo como Mayor de la ciudad, dejaba pautas imborrables dentro de la política nacional, por su honradez suprema, elevado patriotismo y sus rectos procedimientos. No comulgó con actos de corrupción e indecencia, enfrentó con valentía a los partidarios del desenfreno y se opuso rotundamente al menoscabo de las correctas normas cívicas. Él que tenía firmeza moral suficiente y estaba respaldado por una vasta hoja de servicios a la Patria, acostumbraba a aconsejar: "Opongamos al valor de los malos, que es el cinismo, el valor de los buenos que es el civismo."[10]
 Por ejercer fielmente sus principios, recibió los dardos ponzoñosos de algunos que lo tildaron de violento e impulsivo, por tomar medidas en contra de todo aquello que lesionara la decencia y los intereses ciudadanos. Su contesta lo enaltece ante la historia: "Pienso que no es verdad. Pero si alguno para hacerme desistir usara ese argumento con este fin, habré de responderle: Bendita violencia que me permite amar mi tierra, más que mis intereses propios."[11]
 En 1906 Bacardí recibió su nombramiento como senador de la República. Durante el cumplimiento de sus deberes legislativos continuó laborando por el bienestar social: propuso proyectos de leyes para proteger a los obreros y sus familiares en caso de accidentes, para aceptar la validez del matrimonio civil y para el funcionamiento de asilos infantiles. Ante la gravedad de los acontecimientos de la llamada "Guerrita de agosto" de 1906, Bacardí fue uno de los pocos congresistas que solicitó la renuncia del presidente Tomás Estrada Palma para evitar la segunda intervención norteamericano. Como buen cubano que era se opuso al nuevo gobierno de injerencia y explicó su postura en una proclama, donde manifestó su tradicional pensamiento nacionalista. El eclipse de la nación motivó su renuncia del escaño senatorial, y vuelve al ejercicio de la militancia en partidos de su ciudad natal, hasta que en el año 1909, decide retirarse de la actividad política. Pasa a dedicarse entonces al fomento de otras de sus pasiones: la literatura y la historia.
El Literato y artista
 Como hombre de letras Emilio Bacardí dejó varias obras escritas que no han recibido justa valoración y que por tanto, bien merecen la atención pública y especializada. Aunque se da a conocer como narrador a la avanzada edad de 66 años, ya había incursionado en el mundo de las letras desde 1867, cuando con apenas 23 años, obtiene mención con la memoria "Conveniencias de reservar a la mujer ciertos trabajos", en certamen convocado por el Liceo de Puerto Príncipe (actual Camagüey). Además de haber colaborado en numerosas publicaciones periódicas de su época.
 En su novela Vía Crucis, salida a la luz en dos partes: Páginas del Ayer (1910) y Magdalena (1914) Bacardí recrea la guerra separatista de los Diez Años y los efectos negativos que esta significa para el desarrollo de la hacienda cafetalera del linaje Delamour. Constituye esta obra un auténtico cuadro de la tétrica situación social de entonces, pues el autor establece paralelismos entre la decadencia de la familia de origen francés y las desgracias que padece la ciudad.
 Doña Guiomar, publicada en dos tomos entre 1916 y 1917, representa una viñeta colonial donde se narran sucesos acontecidos en el Santiago del siglo XVI. Basada en la viuda de un tesorero de la corte, se interrelacionan personajes reales y ficticios que revelan las ambiciones y virtudes de los hombres de la conquista, destacan las crueldades a que eran sometidos los aborígenes y negros esclavos, se describe el ambiente natural de la aldea; así como la situación turbia, los localismo, odios y chismorreos comunes de una villa emergente de ultramar.
 Otro de sus ingenios espirituales es la novela Filigrana (publicada completa en Cuba, en1999, con su segunda parte El doctor de Beaulieu). Esta es una historia de amor e incesto, cuya trama se desarrolla en el Santiago del 1800 y que refleja la inserción de los emigrados franco-haitianos en el concierto local; además evidencia elementos románticos y el telón costumbrista. Una entrega más, llena de valores éticos y estéticos, de ese insigne hombre que según el literato cubano Ricardo Repilado: "[…] fue un espléndido creador de personajes. Su técnica de caracterización nada tiene que envidiar a los más renombrados narradores cubanos que fueron sus coetáneos."[12]
 Mucho menos referida es la incursión de Don Emilio en la dramaturgia. En este difícil arte tiene obras como "¡A las armas!", juguete cómico en un acto, con tono de arenga independentista, ubicada en la vertiente del teatro mambí y representada en 1898 durante la estancia del autor en Jamaica. "¡Al Abismo!" es un drama naturalista en tres actos, estrenado en febrero de 1912 por la compañía de la actriz mexicana Virginia Fábregas, en el Teatro Oriente. Según la crítica especializada esta obra verifica que: "[…] Bacardí llegó a dominar el lenguaje escénico de su momento, asumiendo creativamente la dramaturgia europea de su época."[13] Otras piezas de este tipo fueron "Casada, virgen y mártir" (escenificada por una compañía española en el Teatro Aguilera, el 26 de enero de 1920, con el subtítulo "La Mártir") y "La Vida", entre otras.
 Frutos también de sus fruiciones literarias son: Florencio Villanova y Pío Rosado, apuntes biográficos sobre dos revolucionarios santiagueros, sus amigos y compañeros de ideales; De Cuba a Chafarinas, testimonio de su odisea como prisionero político y los sinsabores del destierro; Hacia tierras viejas, relato hermoso de su viaje por regiones de Europa, Medio Oriente y Egipto; Cuentos de todas las noches, compilación de instructivas fábulas dedicadas a los niños; y La Condesa de Merlín, trabajo que le valió su ingreso a la Academia Nacional de Artes y Letras, en 1920.
 Pero a pesar de su prolija creación, la obra más celebrada ha sido Crónicas de Santiago de Cuba, compilación en diez valiosos volúmenes del devenir histórico de la ciudad y sus hijos, desde los tiempos de su fundación por Diego Velázquez hasta la instauración de la etapa republicana. Gracias a su sensible intuición, Bacardí rescata en estas páginas cantos, poemas, leyendas, hechos y personajes, valores de identidad local, testimonios de nuestras raíces, que hubieran desaparecido irremediablemente. De ahí que por sus características particulares, haya sido considerado como texto fundacional de la historiografía santiaguera.
 Latente en toda la obra bacardiana está el arraigo patriótico. Con exagerada modestia quizás, manifiesta en sus prólogos y advertencias que no son sus obras tan refinadas como las de un consagrado, sino que el mayor aporte de su quehacer literario radica en haber legado a la posteridad, los protagonistas y perfiles del ayer, como aporte al patrimonio histórico-cultural.
 Por su exquisita sensibilidad todo lo vio desde la órbita del artista y en todo puso su entusiasmo e innata vocación de creador. Desde joven fue cultivador del dibujo, en ocasiones se le veía inmerso en agradables trazos. Llegó a pintar celebrados óleos y acuarelas –como La Giralda y La torre de Don Fadrique- que si bien no hicieron gala de la calidad de un profesional, al menos demostraron las grandes dotes del aficionado. Esta pasión por las artes plásticas la ejerció mayormente en sus horas de exilio; así durante, durante su estancia en Sevilla aprendió el modelado de la cerámica, destacando por sus habilidades y buen gusto.
 Aunque opacada, es cierta su incursión en el periodismo. Emilio Bacardí colaboró en importantes publicaciones periódicas de su época, y no solo en Santiago, sino que trabajos suyos aparecieron publicados en La Habana, Camagüey y Manzanillo. Así, artículos suyos vieron la luz en periódicos como: El Oriente (1867), La Aurora Literaria, El Bejuco (1869 y fungió como director), El Espíritu del Siglo (1887) y El Deportado (1897, manuscrito elaborado en la prisión de Chafarinas). Durante las dos primeras décadas del siglo XX colaboró para los periódicos La Independencia, El Álbum y El Cubano Libre; así como para revistas de importancia, entre las que estuvieron: Revista Bimestre Cubano, Social y Cuba Contemporánea.
 Era Bacardí periodista de fácil pluma, impregnaba a sus artículos un acento mordaz, sabía ejecutar la crítica oportuna, conservando los valores éticos pero tratando de llegar a las entrañas del problema. Cumplía así con el papel que debe desempeñar el profesional de la prensa dentro de la sociedad. Sin dudas fue él un admirable exponente del periodismo de su época, y como tal fue congratulado con el título de Presidente de Honor de la Asociación de Reporters de Santiago de Cuba. Así lo calificó el historiador Ibarra: "Sus artículos como sus discursos adoptaban un tono irónico, con esa ironía que llega a lo profundo, sin que se sufra para nada la corrección y la cultura del que sabe exponer con elegancia y maestría."[14]
El Mecenas
 Alentado por su frenético espíritu de cultura y progreso, encaminó muchos de sus esfuerzos a levantar el alma pública a través del rescate y conservación para las próximas generaciones, de los valores patrimoniales tangibles e intangibles; por lo que ha sido considerado uno de los arquetipos de promotor cultural. Consagrada su existencia a la percepción de las necesidades y pulsaciones de su pueblo, Bacardí ejecutó e impulsó iniciativas que aún perviven para orgullo y beneplácito de toda la nación.
 Al concluir la epopeya del 95, se le vio sirviendo una vez a Cuba, esta vez por medio de la consagración de hombres y hechos con monumentos. De ellos el más edificante y simbólico fue el Museo Municipal, primero de su tipo en el país, con una biblioteca adjunta. La institución socio-cultural quedó inaugurada el 12 de febrero de 1899 en la calle Santo Tomás # 25, con asistencia del propio Leonard Wood (a la sazón Gobernador Militar del Departamento Oriental) y demás autoridades territoriales.
 Gracias a su paciente entrega y esmerada labor de mecenas, hoy se conservan valiosas reliquias pertenecientes a los protagonistas de nuestras guerras independentistas, objetos antiquísimos de los primeros años de la conquista española, piezas arqueológicas de las culturas aborígenes, documentación histórica de incalculable valor. Existen además objetos exóticos, representativos de milenarias civilizaciones, siendo de ellos el más deslumbrante, una momia de princesa, traída desde la mítica tierra de faraones y pirámides. Completa la majestuosa colección, una preciosa exposición de artes plásticas, entre la que destacan algunas obras provenientes del afamado Museo del Prado y firmadas por ilustres pintores europeos.
 En diciembre de 1900, el museo fue trasladado para los altos del inmueble número 13, de la calle San Francisco. Allí radicó hasta finales del año 1903, cuando pasó a Enramadas # 25, aledaño al reputado Teatro Oriente. Ninguno de estos locales reunía las condiciones adecuadas para la preservación de esas colecciones de tanto valor, las cuales para esa fecha se habían visto considerablemente aumentadas. Por ley fatídica del destino, Don Emilio no pudo ver materializado su sueño de dotar al museo con un inmueble moderno y adecuado a sus fines culturales; proyecto que fue ejecutado bajo la celosa tutela de su esposa Elvira Cape, y llegó a feliz término el 20 de mayo de 1928, cuando quedó abierto el imponente edificio que ocupa en la actualidad. Desde entonces ha destacado el museo como un centro de educación y cultura, y como expresión permanente de gratitud al insigne fundador.
 Hombre noble y humanitario, Emilio Bacardí practicó el bien por puro placer, sin ambicionar más recompensa que la satisfacción de su conciencia y el beneficio de sus conciudadanos. Por ello, por su estirpe altruista ha trascendido como una de las figuras cimeras de la promoción cultural en Cuba. Bajo la pupila del gran filántropo fueron fundadas la Academia de Bellas Artes y la Banda Municipal, las que alcanzaron enorme repercusión dentro de la sociedad local por sus magníficas representaciones artísticas.
 Ya en 1889, como miembro de la Junta Heredia, había realizado ingentes esfuerzos por salvar la casa natal del poeta José María Heredia y para cambiar el nombre de la calle en donde estaba ubicada, por el del Cantor del Niágara. Esta sería la primera calle en Cuba, que llevaría el nombre de un patriota. En sentido general, Bacardí promovió la creación de instituciones orientadas al desarrollo cultural e intelectual de la población, y especialmente de la juventud.
 Cual recompensa a sus elevadas cualidades intelectuales y humanas, tuvo también el mérito de pertenecer a distinguidas instituciones sociales y culturales de su tiempo. Además de la Academia de Artes y Letras, fue miembro de la Academia de Historia de Cuba, fue directivo durante varios años del Ateneo Cultural de Santiago de Cuba, presidente de Honor de la Juventud Nacionalista de Oriente; así como Presidente del Comité Pro Santo Domingo, en defensa de la causa emancipadora de la hermana nación, intervenida entonces por Estados Unidos.
 Fruto de su amor por las más auténticas costumbres nacionales es la instauración –aunque por idea original de su coterráneo Ángel Chichí Moya- de la Fiesta de la Bandera. De una generación a otra ha perdurado felizmente, esta tradición de izar la enseña nacional en el Ayuntamiento, frente al céntrico Parque Céspedes, como símbolo de renovación del amor y el compromiso del pueblo santiaguero con la Patria, ante el advenimiento de cada nuevo año.
 Asimismo inmortalizó hombres y hechos con recuerdos imborrables: erigió monumentos, develó tarjas y placas en distintos sitios vinculados a personalidades y sucesos de relevancia histórica, encabezó homenajes a héroes y efemérides importantes. Él insistía: "Los pueblos necesitan para ser cultos y grandes […] la consagración por el arte de aquellos que, por amor a nosotros, no vacilaron un solo instante en sacrificarlo todo por nuestro futuro bienestar."[15]
 En fin, prestó su servicio denodado en toda actividad encaminada al embellecimiento de la ciudad y al enaltecimiento intelectual de sus habitantes. Él ejecutó e impulsó iniciativas que aún perviven para orgullo y beneplácito no solo de Santiago, sino de toda la nación cubana. Esos principios quedaron manifiestos en estas palabras: "Para mí, con toda sinceridad se lo digo, no hay más que una religión: La Patria y después de esta mi ciudad natal siempre tan mal juzgada y tan condenada."[16]
 Tanto dentro como fuera del gobierno, Bacardí se entregó en tesonero empeño a engrandecer la tierra de su devoción. Él lo dio todo por su ciudad y el pueblo sufrido. Profesó por esta causa un amor insuperable, aun mayor que sus propios intereses. Amigo de todos, cultor de las correctas normas de vida y encendedor del patriotismo regional, Bacardí encarnó una especie de cacique urbano, de Quijote criollo. Por ello, en virtud a sus merecimientos y servicios por la ciudad, el 21 de marzo de 1906, fue declarado por el Ayuntamiento como Hijo Predilecto de Santiago de Cuba.
El Hijo Predilecto
 Sus últimos días los vivió en su pintoresca finca de recreo, cuyas puertas estuvieron siempre abiertas para quien demandara conocerlo. Allí todo peregrino halló gentil hospitalidad y deleitó un placentero concierto entre arte y naturaleza, conformado por las esculturas y fuentes decoradas a las sombras de los árboles de mangos. En su regazo campestre el venerable septuagenario compartía la alegría de vivir rodeado de sus nietos, gustaba de comer guisados en las tardes de ocio y compraba ocasionalmente un billete de la lotería para invertir en obras públicas aquello que el azar estimara concederle.
 El lunes 28 de agosto de 1922, cuando el sol se ocultaba entre el lomerío, expiró el benemérito patricio Emilio Bacardí Moreau. Quizás temeroso de que le sorprendiera la muerte lejos de la tierra de sus amores, había rechazado viajes al extranjero con el fin de reponer su quebrantado estado de salud. En su quinta Villa Elvira, en el poblado de Cuabitas, a los 78 años era vencido por una dolencia cardiaca. Al abandonar la existencia terrenal dejaba un hermoso legado de altruismo, pulcritud, modestia, dignidad ciudadana, de coraje y audacia, de magnánimos sentimientos humanos.
 La infausta noticia trascendió rápidamente, llenando de consternación y tristeza a todos. Desde los más humildes hasta los más encumbrados sectores de la sociedad santiaguera experimentaron un profundo dolor ante la terrible pérdida. El pueblo conmovido se volcó a las calles para acompañarlo hasta su última morada, protagonizando una de las más grandes manifestaciones de duelo vistas en esta ciudad en todos los tiempos. Sin distinciones de razas, religiones ni banderas, los santiagueros todos se quitaron los sombreros y humedecieron sus pañuelos, en merecida despedida a su primer alcalde. La ciudad sin consuelo lloraba la partida del Hijo Predilecto, como viuda de afectos y protección.
 Según reseñó el periódico local Diario de Cuba, una exclamación de dolor inmenso fue lanzada unánimemente por todo el pueblo ante el cadáver amado, el sentimiento estalló como pocas veces, de manera uniforme e idéntica en todos los corazones. Emilio Bacardí era idolatrado y venerado cual reliquia viviente. Fue bajado al sepulcro entre una lluvia de lágrimas y flores.[17] ¿Pero cómo fue visto el santiaguero desde la óptica de sus compatriotas? He aquí expresiones de su trascendencia.
 "Él tenía derecho a esta gigantesca manifestación, reveladora de una extraordinaria sensación de público dolor.
 Por su alma sencilla, por sus elevados y generosos sentimientos, por su vocación altruista y filantrópica; por su acendrado patriotismo y su amor insuperable a ésta, su ciudad natal; por la tesonera persecución de propósitos que ennoblecieran la tierra de su devoción, puso a contribución sus actividades, y así lo vimos en sus muchos aspectos, como gran industrial y comerciante, novelista, benefactor, dramaturgo, cronista, político, y por encima de todas esas prendas valiosas patriota excelso e inmaculado."[18]
 Estas palabras del abogado santiaguero Lic. Antonio Bravo Correoso en la despedida del duelo, resumen la valía de aquel hombre íntegro, que bien supo desempeñar un rol protagónico en el difícil contexto que le tocó vivir; y logró sobresalir como el mayor velador del escenario local. La voz del licenciado hacía eco del sentimiento de pena popular. También en el acto de inhumación dedicó sentidas líneas al finado, el dominicano amigo de Martí, Federico Henríquez y Carvajal, quien definió a Bacardí como "un diamante de múltiples facetas."
 A la mañana siguiente de su deceso, los periódicos locales dedicaron sus ediciones al tratamiento de la lamentable noticia. Con grandes titulares el periódico El Cubano Libre refirió el suceso: "Emilio Bacardí será inmortal en el corazón de sus compatriotas", "A la memoria del gran patricio y benefactor", "Homenaje póstumo de Cuba a su egregio hijo." Por su parte el Diario de Cuba reseñaba en mayúsculas: "HA MUERTO UN GRANDE DE LA PATRIA." También publicaciones de otras provincias dedicaron planas al suceso, como: los capitalinos Diario de la Marina, La Libertad y El Mundo; los periódicos manzanilleros La Montaña y La Tribuna, entre otros. Durante el mes de septiembre los rotativos publicaron mensajes de condolencias y artículos necrológicos, testimonios de admiración y homenaje, llegados desde distintos lugares del país y el extranjero. Los cubanos todos estaban de luto.
 Sin dudas, fue Bacardí una de las personalidades más distinguidas del período finisecular e inicios de la etapa republicana. De ahí que notables figuras de la intelectualidad nacional emitieran sus criterios y sentimientos sobre el multifacético santiaguero. Por ejemplo, el prestigioso hombre de letras Fernando Ortiz, amigo y discípulo del viejo Don Emilio, le dedicó una conmovedora crónica donde expresaba:
 "Bacardí fue sapiente sin petulancia, erudito sin arideces, novelista sin espejismos, enérgico sin exhibiciones, libre pensador sin cautelas, constante sin tozudeces, paterno sin flaquezas, y cubano, siempre cubano…
 ¡Morir ahora, cuando en Cuba apenas si hay ya cubanos!
 ¡Qué desconsuelo! ¡Qué soledad!"[19]
 Para el también renombrado intelectual Fernando Portuondo, Bacardí fue: "(…) un hombre bueno, que supo ser generoso, patriota y optimista en la hora en que la generosidad, el patriotismo y el optimismo parecían otras tantas utopías (…)"[20]
 Durante aquellos años de República mediatizada, de gobiernos corruptos y subordinados a intereses foráneos, la figura de Emilio Bacardí sería exaltada por muchos como símbolo de virtudes y patriotismo. Su amigo y compatriota Pérez Carbó manifestó la importancia de su trascendencia en aquellas horas de eclipse de la Patria: "¡Que tenga muchos imitadores; que sirva su desinteresada ejecutoria de norma y guía en el pecho de cada cubano, y Cuba será rehabilitada!"[21]
 Para la década de 1950, sentimiento análogo fue expresado por el historiador Francisco Ibarra Martínez:
 "Hombres de sus virtudes, de sus principios y de su firmeza moral son los que nos hacen falta. Para indicar o insinuar lo que ansiamos indudablemente que tenemos que poner como ejemplo valioso y excepcional el de este patriota honesto, capaz y valiente, que en todas las circunstancias puso sobre los intereses materiales sus anhelos de gloria y grandeza para Cuba, pero muy especialmente para su querido Santiago."[22]
 La existencia terrenal de Emilio dejó una impronta edificante. Su accionar incansable le aseguró la admiración y el respeto de sus contemporáneos. Por todos ellos fue visto como genuino exponente de aquella pléyade de padres forjadores de nuestra cubanía. Y es que Bacardí fue un verdadero hombre de su tiempo y aun más allá:
 "Bacardí era un hombre de todos los tiempos. Jamás admitió claudicaciones en sus ideas: las profesó libremente y abiertamente, poniéndose frente a todos los convencionalismos. Fue la virtud personificada y el bien hecho verbo y hecho carne. Fue un patriota sin tacha y sin miedo. Y su corazón de hombre libre supo palpitar junto al de todos los oprimidos, rebelarse contra todas las tiranías, y defender el derecho de los más débiles. Sírvanos su ejemplo de norte y de guía, e inspirémonos en sus virtudes."[23]
 He aquí la egregia figura de Emilio Bacardí: patriota inclaudicable, hombre desprendido, alcalde modelo, literato, periodista, cronista, industrial, filántropo. Un auténtico orgullo santiaguero, por sus magníficas virtudes, sus convicciones ciudadanas, su infinito amor a la tierra natal que se perfiló en idolatría. Su ciudad natal fue para él una preocupación constante, la verdadera y obsesionante pasión de su admirable existencia, una esperanza perenne, una joya preciosa. Él esperaba un mañana hermoso, de sol fecundo, tenía fe en un futuro de ciencia y de virtud.
 Lamentablemente en los tiempos actuales, pese a sus numerosos méritos para ser valorado cual piedra preciosa, el nombre del Hijo Predilecto de Santiago de Cuba es apenas conocido entre hojarascas; y su vida y obra vagamente tratadas desde perspectivas especializadas. ¿Acaso hombre tan excelso no merece el reconocimiento de las presentes generaciones?
 Cabe a las nuevas promociones situarlo en el panteón de nuestros héroes sagrados. Por eso siempre hablo con orgullo y devoción de aquel santiaguero universal, que jamás realizó acto alguno que no significara honra y prez para Santiago de Cuba. Su larga y fecunda trayectoria fue una ofrenda perenne ante el ara de la Patria. Es deber de las presentes hornadas de cubanos el deber de justipreciar y rescatar tan notable figura histórica, situar en el lugar que le corresponde por su honor y gloria, a la imperecedera humanidad de Emilio Bacardí Moreau.
Conclusiones
 El presente análisis nos permite aseverar que fue Emilio Bacardí Moreau un verdadero hombre de su tiempo, y aun más allá. Insigne patriota, ciudadano ejemplar, mecenas, promotor cultural, historiador apasionado, escritor atractivo, periodista mordaz, político modelo y célebre empresario. Dejó un hermoso legado de pulcritud, honradez, modestia, moral ciudadana, de elevados y generosos sentimientos, de coraje y audacia; venciendo las hostiles circunstancias de su época y cumpliendo a plenitud con la misión de todo humano durante su existencia, para que después de la muerte, sea recordado su nombre con admiración y respeto.
 He aquí las múltiples facetas y valores que hicieron de Bacardí un hombre virtuoso. Auténtico orgullo de esta región oriental, por sus magníficas virtudes, por sus convicciones ciudadanas, por manifestar un amor ilimitado a su ciudad natal, que se perfiló en idolatría. Él encarnaba una especie de joya preciosa, de reliquia viviente, fue una suerte de talismán para Santiago de Cuba. Por eso, mucho más debieran las actuales generaciones conocer sobre la vida y la obra de este egregio santiaguero, para que les sirva de guía su ejemplar trayectoria.
 Al concluir el presente trabajo podemos aseverar que lamentablemente, en los tiempos actuales es Bacardí una figura desestimada por la historiografía cubana. ¿Acaso merece semejante afrenta quien tanto obró por el bien de sus compatriotas y de las futuras generaciones? Por eso, es deber de la nueva hornada de cubanos, con decoro y justicia, pues consolidar y elevar hasta el pedestal sagrado que le corresponde al venerable patricio.
 Por lo anteriormente expuesto, recomendamos que sea reconocido, el benemérito Emilio Bacardí Moreau, por sus indiscutibles méritos y aportes, como uno de los grandes héroes de la Patria, y en correspondencia, debiera aparecer su nombre con letras doradas, en cada libro que reseñe con imparcialidad, las hermosas páginas de la Historia de Cuba.
*Periodista e investigador santiaguero
 Referencias bibliográficas
 [1] Federico Pérez Carbó: en periódico El Cubano Libre, 13 de septiembre de 1922, p.1.
 [2] _________________: "Carta a Eduardo Abril Amores" (Director) en periódico Diario de Cuba, 3 de septiembre de 1922, p.1.
 [3] Ibidem.
 [4] Ver: José Martí: "Carta a Emilio Bacardí", Obras Completas, Tomo 20, p.470. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
 [5] Francisco Ibarra Martínez: "Don Emilio Bacardí Moreau" en Revista El Caserón #3, junio de 1967, p.6.
 [6] _____________________: "Don Emilio Bacardí Moreau" en Revista Rotaria, mayo de 1952, p.16.
 [7] Carlos Forment Rovira: Crónicas de Santiago de Cuba. Era republicana. Tomo I, p.182. Editorial Arroyo, Santiago de Cuba, 1953.
 [8] "A los habitantes de Santiago de Cuba", Apud Emilio Bacardí Moreau: Crónicas de Santiago de Cuba, Tomo 9, p.125. Tipografía Hermanos Arroyo, Santiago de Cuba, 1925.
 [9] Mario Romaguera y Sara Inés Fernández: Santiago de Cuba, Ciudad Bravía, p.160. (Compilación). Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1983.
 [10] Francisco Ibarra Martínez: "Don Emilio…" Revista Rotaria. Op. Cit.
 [11] Miguel Ángel Gaínza: "El primer alcalde", en Periódico Sierra Maestra, 3 de junio de 2006, p.6.
 [12] Ricardo Repilado: Cosecha de dos parcelas, p.126.
 [13] Antonio Vázquez: "¡A las armas! Texto teatral de Emilio Bacardí", en Revista SiC # 22 abril-mayo- junio de 2004, p.26.
 [14] Francisco Ibarra Martínez: "Don Emilio…" en Revista El Caserón Op. Cit.
 [15] Emilio Bacardí: "A los Concejales del Ayuntamiento" (manuscrito s.f.) Archivo Museo Emilio Bacardí
 [16] ____________: "Carta a Fernando Freyre de Andrade", 14 de septiembre de 1905.
 [17] Max Henríquez Ureña: en El Cubano Libre, 3 de septiembre de 1922, p.1.
 [18] Antonio Bravo Correoso: "Oración fúnebre del Lic. Antonio Bravo Correoso ante el sepulcro de Don Emilio Bacardí" en periódico El Cubano Libre, 18 de septiembre de 1922, p.1.
 [19] Fernando Ortiz: "La muerte de Bacardí" en El Cubano Libre, 18 de septiembre de 1922, p.1.
 [20] Fernando Portuondo: "Los funerales de Bacardí" en El Cubano Libre, 13 de septiembre de 1922, p.1.
 [21] Discurso de Federico Pérez Carbó leído por Enrique Cazade en velada homenaje del Group Catalunya a Emilio Bacardí el 28 de octubre de 1922, publicado en El Cubano Libre, 9 de septiembre de 1922, p.1.
 [22] Francisco Ibarra Martínez: "Don Emilio…" Revista Rotaria. Op. Cit.
 [23] Max Henríquez Ureña: Op. Cit.

Tomado de Monografías punto com