Mostrando entradas con la etiqueta Caridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caridad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de marzo de 2012

La visita del Papa a Cuba y la Virgen de la Caridad

Por Wilkie Delgado Correa

En la visita del Papa a Cuba se ha acentuado la celebración del cuatrocientos aniversario de la aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba y bautizada con el título de la Virgen Mambisa, y a la cual Su Santidad otorgó la Rosa de Oro, máxima distinción que otorga el Jefe del Estado del Vaticano a las advocaciones de la Virgen María.

Tanto en la pasada visita a Cuba de Juan Pablo II, hace catorce años, como en la presente de Benedicto XVI, los líderes católicos han enfatizado el tradicional acompañamiento en las luchas del pueblo cubano de esta Virgen, cuya imagen apareciera a la deriva en las aguas de la bahía de Nipe en 1612, según refiere la tradición, y luego conducida hasta el actual sitio del Santuario del Cobre, en el que se la venera desde siglos.

Independientemente del complejo entramado religioso del país, la Revolución Cubana ha ido profundizando y perfeccionando las relaciones con las autoridades de todas las religiones, y junto con éstas se ha avanzado en el respeto inter-religioso y el fomento de lazos que permitan intercambios y acciones mutuas entre las religiones de los más variados signos, con el fin de lograr una mejor y más provechosa comunicación entre ellas, y entre las mismas y el Partido Comunista y el Gobierno Revolucionario de Cuba. El trato respetuoso y el diálogo fructífero han forjado unas relaciones que son armónicas y que se basan en propósitos comunes en los ámbitos sociales, éticos y espirituales.

El respeto a la libertad de creencias religiosas, amparada en la Constitución y las leyes, y en el hecho real de que en las en filas del Partido Comunista de Cuba hoy ingresan y militan hombres y mujeres creyentes y no creyentes, refleja una política que reconoce que no existe incompatibilidad de principios ni discriminación entre su membrecía con creencias disímiles o sin ellas. Ha sido difícil lograr ese clima de confianza absoluta a pesar de prejuicios y conflictos pasados, pero se ha logrado crear increíblemente la convicción, a través de la persuasión, el diálogo fraterno y los hechos incontrovertibles, de que sólo la unidad fundamental garantiza la vida exitosa de un proyecto socio-político, ya que en política la división es la muerte.

No es ocioso señalarlo: la división y fragmentación social irreconciliable, incluyendo la religiosa, conlleva a las crisis sociales, como lo demuestran los conflictos pasados y presentes en sociedades civilizadas y desarrolladas, así como en las subdesarrolladas, en que, sin embargo, las diferencias confesionales los han retrotraídos a las más salvajes confrontaciones sangrientas y fratricidas.

La intolerancia religiosa sigue siendo hoy una causa de inestabilidad social y un atentado a la vida pacífica de las personas y las naciones. Así que no basta con condenarla, es necesario, por el contrario, fomentar la tolerancia y las relaciones amistosas y cimentarlas mediante las acciones coherentes de las autoridades de los Estados y de las Iglesias, hasta logar una convivencia armónica, y sobretodo respetuosa, y por qué no, amorosa.

Cuba tiene una historia que, tergiversada por una guerra mediática irracional en los tiempos presentes, ha demostrado, sin embargo,  la madurez original de un proceso revolucionario que tiene una herencia desde los albores de los actos fundadores de nuestra independencia. Al incorporar a los esclavos como iguales en las filas de nuestro ejército emancipador, se cimentó la conjunción de razas, culturas y creencias en las filas mambisas.

Este ejemplo sirve como modelo de una cultura particular en el ámbito de la creencia individual. Carlos Manuel de Céspedes, líder máximo del levantamiento independentista de 1868, investido con el cargo de primer Presidente de la República de Cuba en Armas en 1869 e inmortalizado más tarde con el título de Padre de la Patria, y, además, con alta jerarquía en la masonería de su tiempo, escribió  en su Diario un apunte significativo, el sábado 7 de febrero de 1874, veinte días antes de su caída en combate, el 27 de febrero :  “Hoy al salir para el baño, noté que se había podrido y roto el cordón de seda negro con que traigo al cuello la medalla de la “Caridad” que mi Anita me mandó de N. York. A no ser por esa casualidad tal vez la hubiera perdido en el baño. Le até otro cordón igual que tenía prevenido con ese objeto”.  

Así que aquel día 7 de febrero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes, primer Presidente de la República de Cuba en Armas, no perdió la medalla de la “Caridad” que traía en su cuello, y seguramente murió con ella, atada con cordón nuevo, veinte días después en San Lorenzo, un sitio de la Sierra Maestra, para convertirse en el Padre de la Patria.

Enviado por su autor
Imagen agregada Virgen sobrepuesta a Foto Ladyrene Pérez Pérez

martes, 27 de marzo de 2012

La primera misa en la Plaza de la Revolución...

Dentro de pocas horas, en la Plaza de la Revolución, los cubanos creyentes y no creyentes, estaremos en la gran misa que oficiará su Santidad Benedicto XVI. Todos recordamos la grandiosa y emotiva misa oficiada en esta plaza por el papa Juan Pablo II. Fue el domingo 25 enero de 1998, hace apenas 14 años. Sin embargo, muchos desconocen que, el 28 de noviembre de 1959, ese histórico lugar, entonces conocido como Plaza Cívica, transformado en un gran templo al aire libre, fue escenario de una misa memorable, la primera misa:

La primera misa en la Plaza de la Revolución...
Por Eugenio Suárez Pérez

Hace 53 años, pocos meses después del triunfo revolucionario, la jerarquía católica cubana convocó a un Congreso Católico Nacional para los días 28 y 29 de noviembre. Varias fueron las actividades religiosas programadas para esos dos días, pero el acto cumbre del Congreso era una grandiosa misa en homenaje a la Virgen de la Caridad del Cobre. Las expectativas fueron diversas. Los enemigos, como también lo hacen hoy, trataron de interferir la ejecución del evento. Primero dijeron que el Congreso no podría ser celebrado o que sería dificultado por las obstrucciones de un régimen al que se trataban de pintar como enemigo de la religión. Cuando esos infundios fueron desmentidos por los hechos, acudieron a otra versión: la de que el evento sería una demostración de repulsa al Gobierno Revolucionario. Esta última maniobra fue desvirtuada a tiempo, gracias a las oportunas aclaraciones del episcopado, los dirigentes de Acción Católica y la comisión organizadora del Congreso.

La revista Bohemia, en un editorial, denunció que el Congreso Católico Nacional estaba “siendo centro de numerosas suspicacias, de tendenciosos comentarios por parte de aquellos que pretenden parcializar la multitudinaria demostración de fe que hará el pueblo de Cuba, en beneficio de su particular criterio político, de interesado enfoque de la actualidad nacional”.

En la Universidad de La Habana, durante la velada solemne de homenaje a los estudiantes de Medicina asesinados el 27 de noviembre de 1871, el propio Comandante en Jefe, explicó como la contrarrevolución había intentado utilizar la celebración en Cuba del Congreso Católico Nacional para enfrentar la religión a la Revolución:

"Incapaces de comprender el profundo sentido humano y justo del pensamiento cristiano, sobre todo con lo que entraña de prédica a favor de los pobres y de los humildes, y que por lo tanto no puede ser de la devoción de los egoístas y de los avaros y que sí puede caber dentro de una Revolución justa y de un pueblo justo, pero jamás en las mentalidades inescrupulosas de los explotadores de los humildes y de los pobres, para que pueda estarles rondando la idea de enfrentar el sentimiento religioso al sentimiento revolucionario de una manera inescrupulosa, porque con los sentimientos religiosos del hombre no se comercia ni se juega.

Lamentable es que tengamos que salir al paso a las maniobras, y que sentemos bien claro, que los elementos latifundistas y garroteros y especuladores de toda laya, elementos sin escrúpulos, incapaces de comprender el sentido revolucionario de las prédicas de Cristo, elementos inescrupulosos que quieren herir el tradicional sentimiento religioso y la devoción de nuestro pueblo noble hacia la propia virgen de la Caridad, porque esa imagen es de todos los cubanos, es incluso de la Sierra Maestra, y surgió en la fe de los cubanos, [...] entendemos que no es justa ni es honesta la maniobra de querer aprovechar el congreso, que es un acto legítimo de los creyentes cubanos, como es un acto legítimo y respetado para las demás religiones; de haber querido aprovechar esa fe de nuestro pueblo, las decenas y los cientos de miles de devotos de nuestro pueblo, que van a ir allí a rezar por Cuba y por las leyes revolucionarias; porque estamos en la calle y son miles las personas que en estos meses y durante la guerra se nos han acercado para darnos alguna estampa, para exclamar algún deseo cristiano, para expresarnos alguna bendición, porque esa forma abierta de la naturaleza espiritual de nuestro pueblo, que está con la Revolución porque es justa, porque es humana y porque en ella caben todos los sentimientos nobles del hombre. Y los que no cabrán ¬jamás en ella son los sentimientos egoístas e inhumanos. Y bueno es que no se ande tratando nadie de alzar con la fe sana y la devoción honesta de nuestro pueblo, porque ese sentimiento no servirá ¬jamás para encubrir actos que van contra la caridad cristiana, y que van contra los sentimientos humanos". (Revolución. 28 de noviembre de 1959, p. 13.)

En vísperas del evento, el Monseñor Evelio Díaz, entonces Administrador Apostólico de La Habana y Pinar del Río, declaró: “Nunca un gobierno, en el tiempo que llevamos de prelado, ha dado tantas facilidades a la Iglesia”. Y por su parte, el Monseñor Pérez Serantes [En la foto, al arribar a la Misa en la entonces Plaza Cívica] afirmó que recibía de las autoridades oficiales incondicional apoyo para la celebración de su Primer Congreso Nacional y “nos sentimos deudores de las autoridades por las facilidades brindadas a este evento”.

El Ministerio de Obras Públicas, trabajó intensamente para que en la fecha de inauguración del Congreso estuvieran terminadas varias calles cercanas a la Plaza Cívica; el de Transporte facilitó el arribo a la capital de cubanos procedentes de otras provincias y puso, a disposición del Congreso, un servicio de ómnibus entre la noche del sábado y la mañana del domingo; la Policía Nacional Revolucionaria cooperó estrechamente con la comisión de parqueo, integrada por cien estudiantes de la Agrupación Católica Universitaria; y el Ministerio de Gobernación tramitó sin demora todos los permisos necesarios.

Además, la Iglesia recibió el apoyo de las Fuerzas Aéreas Rebeldes para transportar, en el avión Sierra Maestra, a la venerada Virgen de la Caridad desde su Santuario a La Habana y de su regreso a El Cobre en la tarde del domingo 29. Las acciones del Gobierno Revolucionario echaron por tierra los infundios lanzados en torno al Congreso con ánimos de enfrentar el catolicismo a la Revolución.

El sábado 28 de noviembre, comenzaron las actividades del Congreso Católico Nacional. A las ocho de la noche, desde Prado y Neptuno partió el desfile de antorchas que, tras recorrer varias calles habaneras, acompañando a la Virgen, llegó a la Plaza Cívica para participar en la misa convocada para la medianoche.

Alrededor de la una de la madrugada, poco antes de llegar la Virgen de la Caridad del Cobre, las exclamaciones del público aumentaron, anunciando la llegada de Fidel Castro. Numerosos feligreses se disputaban el acceso a Fidel quien se aproximaba acompañado del presidente Osvaldo Dorticós, los comandantes Juan Almeida y Efigenio Ameijeiras, varios ministros y otros altos oficiales rebeldes. En la Plaza Cívica se confundían los comandantes del Ejército Rebelde con los eclesiásticos y devotos.

La escolta del Comandante en Jefe luchaba en vano por abrirse paso, chocando contra la muralla del entusiasmo popular. Al fin, el líder de la Revolución consiguió avanzar, llegando hasta donde se hallaban su madre y sus hermanas. Seguidamente, cambió impresiones con altos dignatarios de la Iglesia y con el sacerdote, comandante del Ejército Rebelde, Guillermo Sardiñas, quien vestía su tradicional sotana verde olivo.

A pesar de la inclemencia del tiempo, la lluvia y el viento no hicieron mella en el entusiasmo cristiano y patriótico. Nadie se movió de su puesto, nadie se quejó, nadie desertó. En medio de la noche llegó la Virgen a los acordes del Himno Nacional.

La Misa de Pontifical, fue oficiada por monseñor Pérez Serantes quien agradeció emocionado la firmeza y sacrificio del pueblo y repitió sus manifestaciones, hechas a todo lo largo del desfile, de reconocimiento a las autoridades revolucionarias “que nos han ofrecido mucho más de lo que hubiéramos podido solicitar”.

Terminó su oración con las siguientes palabras:

-Bendice a las autoridades de tu pueblo…

Los micrófonos y altavoces llevaron después a toda la Isla las palabras de Monseñor Evelio Díaz en su ofrenda de homenaje a la patrona de Cuba. Otro momento de gran emoción fue cuando se escuchó la voz del pontífice Juan XXIII, trasmitida por la Radio Vaticana, dirigiéndose al pueblo de Cuba, y muy especialmente a la feligresía católica cubana.

La palabra clara y firme de Juan XXIII, en perfecto castellano, se escuchó a través de los micrófonos de la Federación de Radioemisores de Cuba. El papa concluyó su mensaje exclamando: “¡Cómo queremos en estos momentos poner a Cuba entera a los pies de su amada Patrona, María Santísima de la Caridad del Cobre, para que reine su amor en el alma de cada cubano, para que bendiga sus hogares, para que brillen sin nubes días de paz y tranquilidad sobre esa querida Isla!”

En horas de la mañana del domingo 29, tuvo lugar el segundo acto del Congreso en el Estadio de la Tropical, con la Asamblea del Apostolado Seglar y clausura del evento. En la tarde, la Virgen de la Caridad, regreso a su sitial permanente en el Santuario del Cobre.

Enviado por su autor

domingo, 25 de marzo de 2012

Benedicto XVI: unir justicia y caridad

Por Salvador Capote*

Aunque los cambios en la estrategia social de la Iglesia se remontan a 1918 con la Encíclica del Papa León XIII “Rerum Novarum”, no fue hasta que Juan XXIII recibió la tiara a finales de 1958 y coincidiendo -se diría que providencialmente- con el triunfo de la Revolución Cubana, que se inicia para la Iglesia un periodo de transformaciones radicales.

En la primera mitad del siglo XX se había dado un primer paso importante: el impulso a la atención pastoral a los pobres, a los obreros,  incluso la identificación con ellos. Una de las experiencias más notables la protagonizaron los “curas obreros” en Francia y España principalmente. Pero es a partir del Concilio Vaticano II que se realiza el segundo paso, el más revolucionario: el enfrentamiento a las raíces estructurales de la pobreza, la explotación y la opresión. En esta etapa surge la Teología de la Liberación con sus Comunidades Eclesiales de Base.

Juan XXIII heredó una Iglesia organizada en forma de fortaleza medieval, con mando centralizado y jerarquía obediente a un papa infalible. Recordemos que su antecesor, Pío XII, reforzó, con la Encíclica “Munificentissimus Deus”,  el dogmatismo de la infalibilidad papal, que había sido definida en el Concilio Vaticano I.

Sin embargo, habían surgido ya los catalizadores de un profundo cambio en la sociedad. El capital, sobre todo el financiero, se expandía cada vez más, abarcando espacios transnacionales, mientras que la tecnología se desarrollaba aceleradamente. Con el avance científico-técnico  aumentó la productividad y se crearon las condiciones para el surgimiento de la sociedad de consumo. El mundo se convirtió en bipolar con dos cosmovisiones antagónicas representadas por la Unión Soviética y Estados Unidos.

El Papa Roncalli, sin dejar de ser conservador y tradicionalista, respondió a estos cambios de la sociedad con una nueva estrategia. El 25 de enero de 1959, sólo tres meses después de su elección, convoca a un concilio general que tendría como objetivo principal la renovación pastoral de la Iglesia. Entonces, al igual que ahora, los cambios se producirían dentro de una enconada lucha dialéctica entre lo arcaico que se resistía a morir y lo nuevo que pugnaba por nacer.

Juan XXIII enfrentó a la fuerte oposición dentro del Vaticano –atrincherados en la ortodoxia- con la tesis del “aggiornamento” (actualización): la Iglesia necesitaba imperiosamente responder a  los cambios en la sociedad y al ritmo acelerado de la historia.

El Concilio Vaticano II produjo transformaciones sustanciales en la liturgia, el ecumenismo, los estudios bíblicos y otros aspectos, pero el núcleo duro de los cambios, el que daba un carácter más renovador al Concilio, era la propuesta de “colegiatura” que respondía a la necesidad de compartir la autoridad entre los obispos y el Papa. Se trataba, por tanto, de romper la rígida estructura centralizada de la Iglesia –rezago medieval- con el Papa como monarca absoluto e infalible. Lamentablemente, Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963 sin haber logrado una victoria decisiva  sobre el sector más reaccionario de la Curia, y el sueño democrático de un poder colegiado quedó como una obligación moral  pero sin  mecanismos institucionales para su implementación.

Contradictoriamente, Pablo VI (1963-1978),  que era mucho más abierto a las ideas progresistas que su antecesor, en la pugna entre tradicionalistas y progresistas cedió a favor de los primeros y su papado significó un regreso a los métodos autocráticos. Impuso su Encíclica “Humanae vitae” (1968) en contra de la opinión de la mayoría de los obispos del mundo, que se habían manifestado a favor de autorizar la píldora anticonceptiva bajo ciertas condiciones. La encíclica frustró las esperanzas de cientos de millones de católicos y abrió todavía más la brecha entre la teoría y la práctica que el Concilio Vaticano II pretendió cerrar.

A pesar de todo, la Iglesia seguía cambiando, pues el cambio no dependía de la jerarquía eclesiástica sino de las profundas transformaciones socio-económicas que en el mundo se operaban aceleradamente. Hecho significativo: Pablo VI  fue el último de los pontífices coronado con la tiara papal.

A Juan Pablo II (1978-2005) le tocó clausurar el Concilio Vaticano II y heredó una iglesia dividida entre los que se aferraban a un pasado en desmoronamiento y los que aspiraban a una iglesia con opción preferencial por los pobres, asumida no como actitud paternalista sino como transformación radical de toda la sociedad. Una nueva iglesia no sólo para los pobres sino desde los pobres.

El pontificado de Wojtyla fue tan autocrático en el manejo de la Iglesia como el de Montini pero su estilo fue muy diferente, muy apartado del tradicional de los papas-emperadores. Campechano y carismático, se acercó mucho más a la masa de fieles católicos que todos sus antecesores y recordó incansablemente a los dirigentes políticos del mundo su obligación moral con los pobres y los oprimidos. El presidente de Cuba, Fidel Castro, percibió esta diferencia y ella explica la empatía que se observó entre ambos grandes líderes desde el primer momento.

Benedicto XVI continúa la lista de papas conservadores, pero ya hemos visto que esta condición no fue obstáculo al progreso de una doctrina social cada vez más cercana a la opción preferencial por los pobres.

En el próximo mes de abril Benedicto XVI cumplirá siete años como Pontífice. Su labor se ha centrado principalmente en reavivar la fe en las enseñanzas morales tradicionales y en contrarrestar la influencia del secularismo. En las cuestiones morales, por consiguiente, es de esperar que continúe aferrándose a la ortodoxia aún a costa de frustraciones de la feligresía. No es sorprendente esta actitud de quien dedicó una gran parte de su vida a defender la pureza de la fe católica como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio). Se muestra,  sin embargo, en favor de una Iglesia militante en contra de las injusticias económicas y sociales, que continúa la obra de Juan Pablo II y sigue el hilo conductor de las transformaciones iniciadas por Juan XXIII.

Benedicto XVI visita Cuba como “Peregrino de la Caridad” en el aniversario 400 de la aparición de la imagen de la Virgen en aguas de la bahía de Nipe. Ninguna ocasión mejor para quien, en lejana pero reveladora entrevista con Vittorio Messori [1] afirmó que “si el lugar ocupado por María ha sido esencial para el equilibrio de la Fe, en pocas épocas de la historia de la Iglesia redescubrir su lugar ha sido tan urgente como hoy”. Para Benedicto XVI la devoción a María es el remedio a la crisis de moralidad que atraviesa el mundo.

En sus encíclicas establece el principio de que la caridad comienza con la justicia. En Caridad en la Verdad (“Caritas in Veritate”) escribe que “la justicia es inseparable de la caridad,  y es intrínseca a ella. La justicia es la forma primaria de la caridad”. Y en Dios es Amor (“Deus Caritas Est”) afirma que “El amor –la caridad- será siempre necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay ordenamiento tan justo del Estado que pueda prescindir de la necesidad de servir con amor”.

Su actitud de censura frente a la Teología de la Liberación y el silencio impuesto a  teólogos como Hans Küng y Leonardo Boff, no significan que se oponga a los cambios. Por el contrario, Benedicto XVI es y fue siempre un promotor de cambios. Lo fue durante el Concilio Vaticano II y lo demuestra a través de su amplia obra escrita. En la sección “El sermón de la montaña” de su libro “Jesús de Nazaret”, concluye que “el cristianismo tiene constantemente que reformar y reformular las estructuras sociales y la enseñanza social cristiana”.

Promotor de cambios, sí, pero siempre que éstos sean generados por la Santa Sede y dentro de la ortodoxia de sus rígidas normas morales.

Estamos pues ante un papa muy conservador en la esfera de la moral tradicional de la Iglesia pero lo suficientemente progresista (o “misionero”, el término que prefiere) en lo que atañe a lo económico-social para que podamos augurar comprensión y simpatía –bien correspondidas- en esta segunda visita de un Papa a la rebelde isla del Caribe.
 
 
[1] “The Ratzinger Report”, an exclusive interview on the state of the church, Joseph Cardinal Ratzinger with Vittorio Messori, Ignatius Press, San Francisco, 1985.

*Bioquímico cubano, actualmente reside en Miami. Trasmite con cierta regularidad por Radio Miami el Programa “La Opinión del Día”, que aparece poco después en laradiomiami.com. Es colaborador de Areítodigital.net; participa, con la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.