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martes, 26 de enero de 2016

Frei Betto: Pocas naciones son tan ricas como Cuba en capital simbólico

 Fragmento de Intervención inaugural de Frei Betto en el II Encuentro Internacional de Con todos y Para el Bien de Todos.
El teólogo brasileño, Frei Betto, ofreció una conferencia magistral.
El teólogo brasileño, Frei Betto, ofreció una conferencia magistral.

Fue el programa martiano, organizador de este evento el que me propuso el tema de mi intervención: El papel de la ética en las políticas de desarrollo.

  Se trata de un tema de suma importancia, en especial para Cuba en un momento en el que el país establece sus relaciones con los Estados Unidos,  se abre a la inversión extranjera además de promover cambios sustanciales en su economía.

En las primeras páginas de la Biblia, La Génesis, se encuentra el tema de la ética, el cual estaba en el centro del bien y del mal. Esto es un símbolo obvio de que toda la organización de la vida humana debe planearse en torno a principios éticos.
Nacemos para la libertad, y si somos libres tenemos siempre ante los ojos una diversidad de opciones; podemos objetar por la opresión o por la liberación, por la mentira o por la verdad, por la competitividad o por la solidaridad. Cada una de esas opciones tanto personales como sociales, se fundamentan en una raíz ética o antiética, porque como subraya Santo Tomás de Aquino, todos sin excepción buscamos un bien mayor e incluso cuando practicamos el mal: y el bien mayor es la felicidad.

Pero la ética nos exige una respuesta: ¿busco en mi felicidad algo que sea a costa de la felicidad ajena? O busco la felicidad de todos aunque mi felicidad se vea coronada por el sacrificio de mi propia vida.

Sabemos que en este mundo capitalista globo-colonizado, el desarrollo, como bien analizó Marx, siempre ha significado mayor acumulación de riquezas en manos privadas, nunca se ha emprendido en función de las necesidades reales de la mayoría de la población.  Se abren calles asfaltadas e iluminadas en lotes de terrenos vacíos destinados a condominios de lujo, mientras que las calles populosas de las periferias de las ciudades no merecen ningún tipo de pavimentación y pasan por ellas canales de desechos humanos.

Tal vez el ejemplo más significativo de la lógica perversa que rige el desarrollo capitalista sea el hecho extraordinario de que el ser humano haya puesto los pies en la superficie lunar a un costo de 6 mil millones de dólares, mientras que aun no se ha logrado poner los nutrientes esenciales en los estómagos de millones de niños de América Latina, de Asia y de África, clamor que el Papa Francisco tanto repite.

La razón instrumental de la modernidad fracasó, porque cedió al pragmatismo del mercado y se distanció de los valores de la ética. En el capitalismo todo sistema axiológico constituye un estorbo; la ética solo existe como discurso para engañar a los ingenuos, como los sellos verdes que marcan la propaganda de las grandes empresas que devastan el medio ambiente como algunas compañías en Brasil que en noviembre del año pasado debido a la ruptura de una presa ocurrió el mayor desastre ecológico de la historia de Brasil al envenenar un río que beneficiaba 3.5 millones de personas, una de nuestras más importantes vías fluviales  y ha causado daños evaluables como mínimo en 4 mil millones de dólares.

En el mundo capitalista el desarrollo es un negocio y no un programa para el mejoramiento de la calidad de vida de la población; una prueba es la especulación inmobiliaria. Mientras que la tercera parte de la población de Río de Janeiro vive en Favelas, en la franja marítima miles de apartamentos permanecen cerrados durante todo el año y solo se abren en las vacaciones de sus propietarios, que coinciden con el período veraniego.

En el devenir del desarrollo capitalista hay un virus que parece imbatible que es la corrupción. Desgraciadamente Brasil sobresale hoy por ser un país donde la corrupción contaminó al gobierno y a nuestras mayores empresas como Petrobras. Hay que recordar que lo mismo ocurre en numerosos países, la diferencia para mérito de Brasil es que los gobiernos de Lula y Dilma no han movido un solo dedo para impedir que la policía federal y el ministerio público denuncien e investiguen a corruptos en los poderes públicos y la iniciativa privada, incluido presidentes de grandes empresas, ministros de gobiernos y dirigentes del Partido de los Trabajadores.

Toda la historia del desarrollo brasileño está marcada por el matrimonio de corrupción e impunidad, por suerte el gobierno del Partido de los Trabajadores ha promovido su divorcio, establecido la transparencia y ha favorecido prisiones y castigos en un proceso que desgraciadamente está lejos de llegar a su fin.

Cuba vive actualmente un momento histórico de grandes transformaciones. Su lógica revolucionaria del desarrollo centrada en los derechos de la mayoría de la población se abre a las asociaciones público-privadas.

La construcción del puerto del Mariel, el más importante de todo el Caribe y quizás de todo el Océano Atlántico, inaugura nuevas posibilidades para el desarrollo económico. El desarrollo turístico, incrementado por la excelencia de los servicios sobre todo en el área médica y alto nivel educacional  de la mano de obra y también la protección se encamina como prometedora estrategia de captación de divisa.

Todos sabemos que el gobierno de Cuba se empeña en resolver el problema de la doble moneda; en resumen estudia y pone a prueba una serie de nuevas medidas para impulsar el desarrollo de este país.

Lo que tiene de original la lógica de desarrollo de esta nación es justamente su capital simbólico, que tiene como bases valores espirituales  como el sentimiento de libertad e independencia, de cooperación y solidaridad que marca la historia de este país desde la lucha de los esclavos hasta la implantación del Estado socialista.
Muchos en el exterior apuestan a que Cuba será una mini China políticamente socialista y económicamente capitalista. Este peligro existiría si Cuba abandonara lo más preciado que posee, su capital simbólico.

Este país no posee grandes recursos naturales y los pocos que tiene han sido repartidos para garantizar a cada habitante su derecho a la dignidad como ser humano. Pero pocas naciones del mundo son ricas como Cuba en capital simbólico encarnados en figuras como el padre Félix Varela, José Martí, Ernesto Che Guevara, Raúl y Fidel Castro.

Este capital simbólico no es solo resultado de la Revolución victoriosa de 1959, la revolución lo potenció pero es consecuencia de siglos de resistencia del pueblo cubano de los dominadores españoles y estadounidenses.

Pero no seamos ingenuos, la corrupción no tiene ideología, se inmiscuye en la derecha y en la izquierda.  Es un virus que penetra cuando el revolucionario pierde su inmunidad ideológica. Y esto ocurre cuando se despersonaliza fascinado por las funciones que ocupa en la estructura de poder.

Entonces la corrupción se torna más importante que la persona y esta hace cualquier cosa para no perderla, como náufrago que se aferra al tronco en medio de la borrasca marina.

Corrupto no es solo el que facilite el logro de intereses que no son de la colectividad; corrupto es también quien se encierra en su burbuja de cristal y no admite críticas y mucho menos  que lo depongan de su supuesta posición de general para asumir el puesto de simple soldado en las trincheras de la Revolución.

El corrupto nace de una ambición desmedida, de la vanidad exagerada, del auto convencimiento de que es intocable e insustituible que se ampara en la certeza de la impunidad.

Si la revolución cubana tiene el propósito de perdurar como un sol del mundo moral, como la expresión de Luz y Caballero, perfeccionar el socialismo es un desafío, y la cuestión ética se torna central en los procesos de educación de este país.

Cada cubano debe preguntarse por qué Martí que vivió casi 15 años en los Estados Unidos no vendió su alma al imperialismo ascendente. Por qué Fidel y Raúl, hijos de latifundistas y educados en los mejores colegios de la alta burguesía cubana, no vendieron su alma al enemigo. Por qué Che Guevara, médico formado en Argentina, revolucionario consagrado en Cuba, decidió abandonar todas las obras políticas y las comodidades inherentes al ejercicio de las funciones de poder para internarse anónimamente en las selvas del Congo y de Bolivia, donde la muerte lo encontró. He aquí la respuesta: la vida de cada uno de nosotros se define por el sentido que le imprima. Este sentido solo se transforma en capital simbólico cuando hay sentido de la ética.

El capitalismo con su poderosa máquina de publicidad quiere que la humanidad solo tenga sentido a través del tener y no del ser. Quiere formar consumistas y no ciudadanos.
Tomado de Cubadebate

jueves, 22 de octubre de 2015

Derechos de la cultura cubana

 

Por Luis Toledo Sande*

Una fiesta holguinera de historia
Para que los derechos culturales en Cuba —más claramente: los que le corresponde a la ciudanía reclamar y ejercer en el disfrute, la difusión y la producción misma de los bienes de la cultura— tengan plena, segura y legítima consumación, lo primero es defender y salvaguardar los derechos de la cultura cubana. Ella es una realidad cuyo proceso de transformación, permanente e ineludible, debe conocerse y cuidarse para que no termine desnaturalizada por los efectos de la globalización neoliberal y su matriz rectora en el mundo, la dominación imperial, o imperialista. Tal matriz no es un brote nuevo: sobre una base de varios siglos de capitalismo se gestó en las postrimerías del siglo XIX y se consolidó en los inicios del XX.

El impulso para la transición medular entre aquellas dos centurias, histórica y política más que cronológica, lo dio la contradicción entre imperios: de manera señalada el español, decadente o ya entonces en ruinas, y el estadounidense. Este, hijo y superador putativo y práctico del británico, y sometedor de otros que —incluido el que en España conserva ínfulas y pretensiones de tal— siguen acompañándolo, emergía y hoy perdura en su soberbia, aunque atraviese una etapa de lo que va siendo su crisis permanente.

El acto visible en el despegue de ese raudal se dio en la intervención con que en 1898 el gobierno de los Estados Unidos frustró la independencia de Cuba y humilló a la corona española. Fue esa la propulsión ígnea para el desencadenamiento de las conflagraciones internacionales características del siglo XX, asociadas desde sus inicios a replanteos en la repartición de territorios y áreas de influencia.

Bien avanzado aquel siglo, un estudioso honrado y de izquierda, Eric Hobsbawn, condensó interpretativamente esta noción: el hito inicial de ese panorama, y, desde el punto de vista histórico —por lo que significó en la transformación política del orbe—, punto de partida para la nueva centuria, fue la denominada Primera Guerra Mundial. Al sostener ese juicio se basó en hechos, pero sería difícil negar que, además del alcance visible y simbólico de la mencionada conflagración, la perspectiva del historiador británico la condicionó el alminar europeo desde el cual observaba él la realidad.

Hacia finales del siglo XIX ya José Martí se había planteado hacer en Cuba una guerra de liberación nacional que impidiera la consumación de los planes de los Estados Unidos de apoderarse de Cuba, las Antillas y nuestra América toda, y avanzar con ello hacia el dominio del mundo, al cual le impondrían así un creciente y harto peligroso desequilibrado. La certeza de la previsión martiana la confirman los resultados que hoy continúa teniendo la frustración temporal del proyecto revolucionario que el héroe levantó para poner freno a la marcha imperial, propósito en el que reservaba un papel destacado a la insurgencia revolucionaria cubana. El pensador y guía fue capaz de ver que la guerra necesaria, en cuyos preparativos tuvo él una participación rectora, estaba llamada a un alcance que no terminaba en la independencia de Cuba y Puerto Rico.

La confirmación del acierto de Martí empezó a manifestarse, en hechos visibles, después de su temprana muerte en combate: desde el choque bélico en el cual se quiso ningunear a Cuba. A ese conflicto armado, con el cual los Estados Unidos frustraron la independencia que el pueblo cubano había probado merecer, la propaganda imperial lo denominó Guerra Hispano-Estadounidense. Gran parte de la historiografía y, en general, el pensamiento nacional del país ignorado ha insistido en reclamar algo que al menos parcialmente ha conseguido: que ese conflicto se rebautice como Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense. Además, se habrá notado aquí la sustitución de Norteamericana, y hasta de Américana, que abundan en textos sobre el tema, por Estadounidense, ceñido a la nación que desde su fragua como el país pluriestadual y voraz que es ha venido usurpando, entre otros patrimonios, el topónimo y los gentilicios del continente.

El peso fundador del proyecto martiano contra las maquinaciones imperialistas de los Estados Unidos lo ha tratado el autor de este artículo en “95 vs. 98”, recogido en su libro Ensayos sencillos con José Martí (2012) y antes en otras publicaciones. No pretende reproducir ahora argumentos y datos que allí pueden hallarse. Únicamente insiste en una consideración de carácter histórico y ético relativa al pensamiento de Martí, y que tiene profundas y cada vez mayores implicaciones culturales.

El fundador del Partido Revolucionario Cubano sabía cuán descomunal era el desafío que, en su desarrollo imperialista, la expansiva potencia formada a partir de las Trece Colonias inglesas representaba para nuestros pueblos, no solamente para Cuba. Era consciente de algo que el 11 de abril de 1895, navegando ya hacia la patria para incorporarse a la guerra, estampó en carta a Bernarda Toro Pelegrín, la esposa del general Máximo Gómez: “El mundo marca, y no se puede ir, ni hombre ni mujer, contra la marca que nos pone el mundo”.

En lo más directo, a la compañera del viejo combatiente le hablaría de las responsabilidades inmediatas en una lucha que implicaba sacrificios personales y familiares, individuales y colectivos; pero su pensamiento rebasaba siempre lo contingente. En él, ese “no se puede ir contra la marca que nos pone el mundo” podía significar que era inaceptable desatender los logros cosechados por la humanidad, o imitar al hombre asustado que creyó necesario salir corriendo para anunciar los males que, según sus miedos, acarrearía la locomotora, y este ingenio le pasó por el lado. Pero de ningún modo significaba aceptar resignadamente los males que se nos vinieran encima.

Lejos de toda pasividad, de todo fatalismo, con su voz y, sobre todo, con su ejemplo, Martí convocaba a luchar aunque hubiera que librarla contra la fuerza de un juggernaut, de un gigante de siete leguas, o concretamente del monstruo al que se refirió en su carta póstuma a Manuel Mercado el día antes de morir, y contra el cual alababa el coraje y la sabiduría del David que había sabido vencer a Goliat. El pensamiento martiano sigue aportando luz para encarar las maquinaciones de ese monstruo, que se ha transformado pero sigue siendo esencialmente el mismo, aunque proclame que cambia, actualice máscaras y, entre otras maniobras, acuda en la decoración de la Casa Blanca a lo que Fernando Ortiz, basándose en el ideario martiano, estudió y refutó como “el engaño de las razas”.

Hoy, frente al poder de los medios de información —o desinformación— con que cuenta el imperio es aún más urgente enfrentar sus maniobras y prevenir, impedir, confusiones. A los pueblos de nuestra América, a los que Martí señaló el deber de marchar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes, también los llamó a marchar con el mundo, no con una parte de él contra otra. En su perspectiva, eso no suponía asumir indiscriminadamente al mundo como un todo homogéneo.

Más aún que en los siglos XIX y XX, en las actuales circunstancias resulta posible que una parte del mundo —el imperio con sus designios— mediáticamente se las arregle para pasar como si fuera el mundo todo, en lo que tendrá el apoyo de “ignorantes” voluntarios. Eso es lo que de alguna manera está ocurriendo en la propagación de productos artísticos, cuando no seudoartísticos, atenidos a los peores requerimientos del mercado y enfilados a perpetuar, más allá y más acá de lo artístico y literario, pero también en esas vertientes, una cultura de la imitación, la pasividad y el sometimiento consciente e inconsciente.

A la cultura cubana le asiste el derecho de seguir cultivando su afán de amplitud universal, que incluye la debida relación con la cultura de los otros pueblos, como, entre ellos, el de Lincoln y Emerson. Dicho afán se opone raigalmente a las estrecheces del aldeano vanidoso, sin ceder a conceptos, tendencias y actitudes contrarios a su identidad, y a la dignidad y el sentido justiciero con que la nación cubana se fraguó en lucha frente a fuerzas imperiales. Nadie se sobresalte: exija tino el país a sus instituciones, y téngalo él, de conjunto, en el cuidado de sus valores culturales. Claro que no se habla aquí del país como un ente abstracto, sino como el órgano vivo que es, formado por la ciudadanía y por su sistema de instituciones: desde las más influyentes y abarcadoras, y, por tanto, de mayores responsabilidad y poder, hasta las más diminutas, si las hubiera. En todo le corresponde un papel de primer orden a la educación, a la persuasión, a la siembra de ideas, junto con las regulaciones necesarias.

Las fuerzas frente a las cuales la nación debe mantenerse lúcida y vigilante, sin cacerías ni criaderos de brujas, y sin dejarse minar y confundir por ellas, son variadas: desde el imperio mismo y los neoliberales y proanexionistas que se constituyen en avispero para hacerle a él el juego, pasando —o incluyéndolos— por presuntos “despolitizados”, hasta pragmáticos que vean en la eficiencia económica un fin en sí. En un proyecto como el que debe seguir siendo el cubano, la necesaria eficiencia económica solo tendrá verdadero valor si sirve para sustentar la justicia social, la decencia, el altruismo, la belleza y otras virtudes irreductibles a meras cuentas de ingresos, gastos y saldos. Se trata de una realidad de implicaciones, fondos y alcances de carácter profundamente cultural.

El reclamo es todavía mayor cuando al fomento de la propiedad privada se une el reinicio de relaciones diplomáticas con una potencia imperial de la que no hay por qué esperar voluntad de apoyar a Cuba en el fomento de la independencia, la soberanía política y el afán de equidad social que históricamente han tenido los mayores peligros, o enemigos, en imperios. Reclamar que esa realidad sea debidamente considerada no significa ni satanizar con generalizaciones prejuiciadas ninguna forma de propiedad, ni vivir cultivando odios. Tales satanización y cultivo intentan endilgar a las fuerzas revolucionarias algunos equivocados, cuando no abiertamente entregados a favorecer que a las fuerzas imperiales de la actualidad —con prosapia más que secular— se les abran las puertas para que reinstalen en Cuba fueros y desafueros que ellas le impusieron a este país de 1898 a 1958.

Van siendo visibles las señales de que a la nación cubana le salen por aquí y por allá defensores del acatamiento del imperio, y de modos de expresión que, en nombre del derecho personal, empiezan a propalar perspectivas y actitudes contrarias al derecho de la cultura cubana, de la nación cubana, a existir y defenderse. Hay quienes asumen como algo natural y aséptico el irrespeto a los símbolos de la patria, y la propagación de imágenes que no caben interpretarse sino como enaltecimiento del pasado neocolonial y oprobioso que la ideología contrarrevolucionaria, no otra, intenta presentar como el tramo más próspero y merecedor de imitarse que haya tenido Cuba.

El problema no es sencillo, ni lo serán, no lo son, los modos de enfrentarlo. Pero sería imperdonable cruzarse de brazos y de pensamiento, y dejarles libre el camino a “ingenuos” y a neoliberales proanexionistas, cuyas ideas, o carencia de ellas, sirve objetivamente a las pretensiones imperiales, o a la banalización que les allana a estas el camino. Si el peligro estuviera solamente representado en la estulticia, la chabacanería y la superficialidad, aliadas naturales de la improfesionalidad y las actitudes irresponsables, ya sería grave. Pero tampoco se debe descartar la participación de interesados conscientes. Y no olvidemos que la desidia acaba siendo tan nociva como la complicidad voluntaria, y hasta más peligrosa tal vez.

Con respecto a La cultura en el centro de la vida, artículo del autor de estos apuntes publicado en Bohemia —tanto en la edición digital como en la impresa, y reproducido en Cubadebate y otros órganos—, Silvio Rodríguez expresó en su Segunda Cita un punto de vista que el propio sitio Cubadebate acogió. Además de avalar las preocupaciones de aquel texto, añadió con tono de un reclamo ante el cual sería criminal renunciar a la prisa y permitirse más laxitudes y demoras: “llevamos medio siglo gastando saliva y papeles diciendo cómo queremos que sea la cultura, y la misma cantidad de tiempo dejando que los organismos que proyectan la cultura nos contradigan”. El criterio del trovador dará margen quizás para la discusión, para matizaciones, para discrepancias; pero sería un despropósito desconocer su valor y soslayar sus interrogantes, que condensan exigencias ineludibles: “¿Por qué? ¿Hasta cuándo?”

Las respuestas —conceptuales y prácticas— por las que con tantas razones y con tanta razón clama el autor de canciones fundamentales, propulsor de pensamiento lúcido y combativo, están entre los derechos que la cultura cubana tiene y la ciudadanía y sus instituciones deben cuidar y defender con la acción necesaria, que abarca una labor encaminada a la persuasión. Pero esta, aunque irrealizable sin repetir ideas y sin una tenacidad que puede calificarse de misional, no debe confundirse con el paliqueo estéril y esterilizante.

Tampoco es cosa de tratar de convencer a quienes no disimulan la rabiosa disposición con que están prestos, de antemano, a revolverse contra todo lo que huela a ideas revolucionarias y antimperialistas, y tienen preparado, aunque desmedulado y quebradizo, un arsenal de respuestas y actitudes con que tratan de poner en quiebra los argumentos que los desenmascaran y combaten. Ser defendida contra esos servidores del imperio —el mismo, aunque cambie de colores y máscaras, que frustró en 1898 la independencia de Cuba, y que hoy sigue bloqueándola— es en la actualidad el mayor derecho de la cultura cubana, y el mayor deber de quienes se propongan cultivarla, y, por supuesto, de quienes tienen la tarea de dirigir sus instituciones y aplicar su política cultural.

(Fuente Cubarte; Tomado de Cubadebate)

*Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Mantiene el blog http://luistoledosande.wordpress.com/

lunes, 17 de agosto de 2015

El camino a Nuestra América

Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

Para Ibrahim Hidalgo, en Labana,
sin cuya labor no podría yo realizar la mía

José Martí, fiel a la palabra de pase de su generación, no sólo creó una transformación en la conciencia de su tiempo, sino, y ante todo, un cambio radical en el sentido de las conductas sociales en la América Latina, que dejó abierta la posibilidad de una transformación profunda de la realidad en tiempos posteriores.

“Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. El nace como arroyo murmurante, crece airoso y gallardo como abierto río, y luego – a modo de gigante que dilata sus pulmones, se encrespa ciego, y se calma generoso - ¡genio espléndido de veras, que sacude sobre los hombros tan regio manto azul, que hunde los pies monstruosos en rocas transparentes y corales!; ¡genio híbrido y extraño que cuando se mueve se llama tormenta, y cuando reposa, noche de luna en el Océano, lluvia de plata, y plática de estrellas sobre el mar.”
José Martí[1]

_MARTI-Y-AMERICAComo un río, también, puede ser imaginado el proceso de formación y transformaciones del pensamiento de José Martí sobre la América nuestra, que viene a desembocar el 31 de enero de 1891 en la publicación - en México, en el periódico El Partido Liberal – del ensayo Nuestra América, que es como el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad. Allí están, en síntesis apretada y fecunda, los frutos de una experiencia vital que iba ya de la frustración del primer movimiento independentista cubano, entre 1868 y 1878, a la del proyecto de una Reforma Liberal de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, que Martí vivió, en carne propia, durante sus residencias de exilado político en México, Guatemala y Venezuela, entre 1875 y 1880.

Los textos que elabora a partir de 1884, en particular, nos conducen a lo largo de un río que crece – siempre en contrapunto con su descubrimiento de la entraña norteamericana – desde aquellos manantiales de origen hasta el delta cenagoso de la Conferencia continental convocada por el Secretario de Estado James G. Blaine en 1889, para desembocar –convertido en un Amazonas de razones y certezas sobre nuestra condición y nuestro destino – en el Océano de una historia aún en construcción.

En esta perspectiva, Nuestra América culmina y sintetiza, a un tiempo, el proceso de maduración de la pequeña burguesía cubana como clase nacional y, al propio tiempo, latinoamericana, en cuanto la crisis del colonialismo en Cuba coincide con el primer auge de la lucha contra los Estados oligárquicos en nuestra región. Así, hay en Nuestra América un fundamento vital de cubanía, como habrá en la guerra necesaria a la que convocará el Partido Revolucionario Cubano en 1895 un elemento de radical hispanoamericanidad.

La postura misma de quien convoca aquí a sus pares es la propia de un grupo social nuevo que, en las vísperas de la batalla por acceder al Estado, busca definir y promover su hegemonía mediante la sistematización de los intereses del conjunto de las capas subordinadas en un cuerpo único de doctrina, organizado en torno a una norma original de socialidad. En esa perspectiva, se busca aquí incitar a los pares hispanoamericanos de las capas medias cubanas en proceso de radicalización a adoptar un horizonte de visibilidad histórica nuevo, en el que se combinaban en un mismo proceso la lucha por la independencia nacional y por la revolución democrática.

En este sentido, Nuestra América es un documento de redefinición de la hasta entonces llamada América española en cuanto constituye una declaración de principios del independentismo liberal – radical cubano respecto del liberalismo oligárquico que había venido a ser dominante en las demás sociedades hispanoamericanas. Esa declaración, elaborada a partir de las peculiares condiciones que signaban al independentismo cubano en aquel momento histórico, vincula de manera original las contradicciones internas del Estado oligárquico, sus articulaciones externas con las estructuras de poder de un sistema mundial que ya evolucionaba hacia su fase imperialista de desarrollo, y los riesgos que ello planteaba para la independencia y el bienestar de nuestras sociedades, para llegar a un planteamiento de claro carácter programático:

A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no e el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno a de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.[2]

Aflora, aquí, una interpretación de la historia que caracteriza a la cultura nacional-popular latinoamericana en su sistematización martiana. Mientras la cultura oligárquica asumía la historia de América como una mera extensión de la europea, en Martí lo peculiar americano debe ser entendido en su especificidad, tal como se expresa en las capacidades de las sociedades que hacen esa historia. Aquí, el punto de referencia en el análisis es el que resulta de preguntarse

¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantados entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos jamás, en menos tiempo histórico se han cread naciones tan adelantadas y compactadas.[3]

En este planteamiento, la política es asumida como cultura en acto, que exige recuperar y reinterpretar el pasado, para superar el estancamiento de nuestro desarrollo natural provocado por tres siglos de violencia y explotación colonial, que tendían a prolongarse en las nuevas Repúblicas. Aquí, se nos dice, el problema de la independencia, dice, “no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”[4], que exigía llevar hasta sus últimas consecuencias los contenidos democráticos implícitos en las luchas de independencia como única garantía, además, para evitar una recolonización de nuevo tipo.

Esto, por otra parte, es concebido como una tarea a desarrollar por las masas mismas bajo la dirección de un grupo social nuevo, cuya ausencia de compromisos con el con el sistema de dominación le permitía avanzar en la definición de los intereses populares que afloraban en la creciente resistencia espontánea de los trabajadores del campo y de la ciudad al autoritarismo oligárquico, y de los medios que esos intereses requieren para ejercerse. Así, el programa político – cultural implícito en Nuestra América nos plantea la necesidad de conocer para resolver:

Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.[5]

De aquí se transita sin dificultad a la tesis central de Nuestra América en materia cultural. Entre nosotros, se afirma, “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”[6]

Más allá de la evidente referencia a Domingo Faustino Sarmiento – el más importante ideólogo del liberalismo oligárquico, que en 1845 había sintetizado su programa en el llamado a luchar contra la barbarie americana en nombre de la civilización europea –, cabe resaltar aquí, medio siglo después, la contradicción de fondo entre dos modalides antagónicas de pensamiento. El proceso de conocimiento martiano es básicamente dialéctico, y percibe y lleva al plano de la acción política las tendencias fundamentales del proceso social y económico que lo determinaba en última instancia. El de Sarmiento, en cambio, opera mediante rígidas antítesis que le obligan a moverse en un ámbito escindido entre lo que es – y que él percibe con notable intuición- y lo que “debería ser”, planteándose por ejemplo que “de eso se trata, de ser o no ser salvaje”.[7]

Esto explica la capacidad de Martí para trascender la dicotomía misma de Sarmiento, al cuestionar la perspectiva de análisis en que podía tener algún sentido, para rechazar la interpretación de la realidad en torno a la cual se organiza la cultura oligárquica dominante en su tiempo, y destacar su carácter particular e interesado. Universal, aquí, es la propuesta martiana de vincular la discusión de los problemas nuestros al análisis de los conflictos que desgarraban a las mismas sociedades Noratlánticas que el Estado oligárquico reclamaba como su modelo evolutivo.

Las proyecciones de aquellos conflictos en América, a través de las agresiones francesa y norteamericana a México, las pretensiones expansionistas del Secretario de Estado James Blaine, el interés siempre renovado de los Estados Unidos por apoderarse de Cuba, o la injerencia británica en la guerra chileno-peruano-boliviana de 1879, son puntos de luz que iluminan el análisis de la experiencia histórica que lleva a Martí a sostener la necesidad de crear las condiciones que hicieran posible una activa defensa de los intereses nacionales y populares de las repúblicas hispanoamericanas. Así, dice,

Con los oprimidos habría que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. […] La colonia continúo viviendo en la república; y nuestra América se esta salvando de sus grandes yerros – de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo [. . .] de la raza aborigen, - por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia.[8]

De este modo, Martí politiza de manera consciente el análisis cultural para echarlo “todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera”.[9] Por lo mismo, siendo la crítica “ejercicio del criterio”[10]es necesario dotar a ese criterio de los elementos de juicio que requiere para cumplir su misión mediante una transofrmación en la concepción misma y en los métodos y las formas del proceso de producción de conocimientos, planteados desde la más estrecha unidad entre práctica sociopolítica y conocimiento.

Aquí, el sentido práctico del conocimiento exige resultados prácticos; la cultura, popular por su origen, ha de serlo también por sus funciones, pues se debe a los intereses del sujeto que ha de realizarla en la práctica. Este sujeto es designado por Martí con el nombre genérico de hombre natural, para referirse al conjunto de las clases subordinadas y, en particular, a los trabajadores del campo. Así, el “hombre natural” se presenta ante nosotros como un sujeto histórico en proceso de desarrollo, la arcilla fundamental para la obra del “gobernante-creador” que debe dotarlo de la conciencia necesaria sobre sus propios objetivos y de las estructuras de trabajo intelectual capaces de expresarlos. Con ello se hace evidente que

en pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. […] ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. [11]

A partir de aquí, la interpretación de la historia en Martí alcanza uno de sus momentos más altos en la negociación-superación de la cultura dominante, al vincular el análisis de las contradicciones internas con los riesgos que emrgen de las transformaciones en curso en el sistema mundia. “Pero otro peligro, corre, acaso, nuestra América”,- dice – “que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”[12] Y eso lo lleva a dar un nuevo paso en la interiorización del análisis. La defensa, ante lo que no le viene de sí, debe surgir en nuestra América de sí misma, entendiendo que

El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita estará próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez. A poner en ella la codicia. Por el respeto. Luego que la conociese sacaría de ella las manos.[13]

El conocimiento al que se refiere Martí es, desde luego, el que resulta de una praxis histórica, y nunca de una mera actitud puramente reflexiva. Por lo mismo, la denuncia se fundamenta aquí en una comprensión general del movimiento histórico que permite derivar de ella la posibilidad de un papel activo para la América Latina en la escena mundial. Y, con ello, la cultura nacional-popular se revela como la única capaz, en este continente, de desempeñar un papel realmente universal.

Aquí, la historia de que se trata debe llevar a una situación que permita construir la cultura humana a través del aporte igualitario y original de todos los pueblos de la tierra, en cuanto la socialidad cordial es, en Martí, la norma por excelencia de lo humano. Por lo mismo, la prevención antiimperialista apunta a la preservación de derechos que no se niegan a otros y se sustenta en una profunda conciencia de la historia como devenir y del hombre como ser perfectible, como resulta evidente en la advertencia de que

se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Sino, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no le dice a tiempo la verdad [. . .] Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente [. . .] ni se han de esconder los datos patentes del problema que pueda resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental[14]

Una conclusión abierta.

De Nuestra América acá, lo que había sido un conjunto disperso de brotes espontáneos de resistencia popular al proceso de consolidación del Estado Liberal Oligárquico pasa a convertirse en una racional y coherente concepción del mundo, organizada en torno a un pensamiento social dotado de sentido propio y capaz, por tanto, de generar una ética acorde con su estructura. Desde esa concepción del mundo, la razón y a la historia son concebidas como ámbitos de un conflicto social más amplio que ellas mismas, que obliga a relativizar lo términos son que hasta entonces habían sido pensadas.

Si para la oligarquía la historia es vista como un pasado que concluye y se justifica en el presente de su dominación, para el movimiento nacional – popular se trata de un proceso en marcha hacia la superación de toda forma de dominación. Del mismo modo, si la cultura dominante es esencialmente mimética y contemplativa, y se asume a si misma como producción de objetos para un sujeto ya formado, la cultura nacional-popular es ante todo actividad productiva del sujeto histórico necesario para superar el presente, esto es, adecuado a un objetivo de transformación social que la misma praxis política va redefiniendo en sus contornos y su alcance. De aquí que, mientras la cultura dominante se ofrece como una vía de movilidad dentro de una estructura social y a conformada, la cultura nacional-popular es asumida como vía de movilización de masas para transformar esa estructura social.

José Martí, fiel a la palabra de pase de su generación, no sólo creó una transformación en la conciencia de su tiempo, sino, y ante todo, un cambio radical en el sentido de las conductas sociales en la América Latina, que dejó abierta la posibilidad de una transformación profunda de la realidad en tiempos posteriores. Gracias a ello, el pueblo cubano supo después de 1898 que si vivía en una república mediatizada, ello se debía a que esa república había nacido de una revolución inconclusa. Y esta lección era válida para el resto de la América Latina, que supo grabarla en lo más hondo de su conciencia y de su cultura, y la asume hoy, una vez más, como la más importante de sus tareas pendientes.

Ciudad del Saber, Panamá: 2010 - 2015


NOTAS:
[1] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIX, 15: “Apuntes”. [ c. 1875 – 1877]
[2] J. M.:”Nuestra América”, O. C. , t. 6, p. 17
[3] J. M. “Nuestra Améica”, O. C., t. 8, p. 16.
[4] Ibid., p. 19.
[5] J. M.: “Nuestra América”, O. C., t. 6, p. 18.
[6] Idem, p. 17.
[7] D. F. Sarmiento: op. cit., p. 12.
[8] J. M: “Nuestra América”, O. C., t. 6, p.19.
[9] J. M.: “La exhibición de pinturas del ruso Vereschagin”, O. C., t. 15, p . 433.
[10] J. M.: “Carta a Bartolomé Mitre y Vedia” de 19 de diciembre de 1882, O. C., t. 9, p. 16.
[11] Ibid., p. 17-18.
[12] Ibid., p. 20.
[13] Ibid., p. 22.
[14] J. M. : “Nuestra América”, O. C., t.6, p. 22-23.

Tomado de Con nuestra América

martes, 19 de mayo de 2015

José Martí: a 120 años del inicio de nuevas luchas


Por Wilkie Delgado Correa*

El 120 aniversario de la muerte en combate del Héroe Nacional José Martí nos convoca a la reflexión sobre su vida y su obra, ya que su caída en combate el 19 de mayo de 1895, más que muerte fue siembra fecunda para que su pueblo, bajo el influjo de sus virtudes y su ejemplo,  diera inicio a nuevas luchas

En 1895 se acerca el fin de la corta pero intensa vida de José Martí. En ese año fracasa, por delación a las autoridades norteamericanas, el  Plan de Fernandina. Remite a Juan Gualberto Gómez la orden de alza­miento armado. Se  inicia la llamada por él guerra necesaria contra España el 24 de febrero. Viaja a Santo Domingo y firma con Gómez, el 25 de marzo, el Manifiesto de Montecristi. Se produce su despedida para un largo viaje hacia la guerra, la muerte y la gloria. Escribe su carta a Federico Henríquez  y Carvajal, considerada su testamento político. Sale en compañía de Gómez, y otros cuatro patriotas hacia Cuba. Desembarca por Playitas de Cajobabo el 11 de abril. El 5 de mayo se produce el encuentro con Gómez y Maceo. En el período del 14 de febrero al 17 de mayo escribe  los Diarios conocidos como de Montecristi a Cabo Haitiano y de  Cabo Haitiano a Dos Ríos. Escribe el 18 de mayo su carta inconclusa a Manuel  Mercado, de carácter antiimperialista. El 19 de mayo cae en combate en Dos Ríos, y su cadáver es capturado por los españoles, que lo trasladan y entierran en Santiago de Cuba. Tenía cuarenta y dos años, tres meses y veintiún días de edad.

En las misivas de Martí durante los cinco meses que le quedan para dar remate a la obra cardinal de su vida, desfilan todas las grandes ideas y los sentimientos que han sostenido la armazón comple­ja de su existencia. Se pone de manifiesto su trabajo febril de organización de  la Revolución en todos sus detalles, la fe y confianza que trata de transmitir a sus compañeros, la declaración de su  voluntad  de servir y de cumplir con su deber, que constituyen la razón de ser de toda su vida.  He aquí las confesiones de Martí:

A  Antonio Maceo, convocado con Gómez, para el inicio de la guerra, escribe a principios de enero: "[ Y así  le cumpliré lo que le dije: a nada lo expondré a que no me exponga yo. Siempre estaremos de la misma parte en la pelea por levantar a los cubanos al decoro de la libertad".

A Juan Gualberto Gómez, patriota encargado de transmitir la fecha del alzamiento en el interior de Cuba, escribe: "[...] Ese es mi primer pensamiento. Ayudar, sí. Oprimir, o encabezar a la fuerza, no. No teman desmayos, ni esperas injustas. Andaremos como la luz".

¡Qué hermosa imagen literaria y simbólica sobre sus pasos de preparación  de  las batallas por la redención del hombre y del pueblo! ¡Qué hermoso símil para describir la  misión  de  los hombres generosos: "¡Andaremos como la luz!"

En cartas diversas manifiesta confesiones claves sobre su estado de ánimo y su apreciación de cómo  marchan los preparativos revolucionarios. Un hombre necesitado de amor confiesa  al final de su vida: "Siento cariño justo". Un  hombre que encabeza el movimiento libertador cubano, afirma: "Estoy levantando la Patria a manos puras". Un hombre que arde en  sus ansias  por echar  a andar la "guerra  necesaria", convoca  con palabras de profeta: "Si es preciso, háganlo todo, den la  casa. No me  pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje".”

En medio de las dificultades naturales que encuentra la  Revolución en su camino, y la conmoción lógica que esto produce en los hombres que la llevan adelante, Martí alienta con optimismo y argumentos contundentes "en estos días de deber y de honor", en que  le han dado pruebas de las virtudes más extraordinarias. Y lanza su reclamo decisivo: "Júntense".

Entre el cúmulo de las actividades de alta responsabilidad política, de la tarea colosal de unir a las personas y a sus voluntades en  un objetivo común, Martí halla tiempo para comunicarse con las niñas María  y Carmen Mantilla, a quienes quiere como a hijas. A  María envía  una declaración de principios humanos que se sintetiza  en la  frase: "Quiere y sirve.".  Por otra parte, a Carmen, enfatiza: "Tú  sabes que la pureza y la lealtad son la dicha única".

En carta a Gonzalo de Quesada, de fecha 3 de febrero, que bien pudiera considerarse su testamento íntimo, se conjugan sus querencias personales con los destinos supremos de su existencia. En ella están implícitas las ideas del mejoramiento humano y en forma realista y  presentida, las alternativas a la que aboca su propia vida en forma  inminen­te: "Si vuelvo,  para nuevas luchas,  recíbanme con una sonrisa. Si no vuelvo, será la hora de enseñar a la niña a que junte sus manecitas para que vuelva a los cobardes el valor…”
    
"Si no vuelvo", fue la parte cumplida del vaticinio, tras su muerte en combate, o sea, la hora de dar valor,  paciencia y piedad a los hombres.

Pero ahora es la nostalgia de cariño familiar,  de hacerse presen­te en el corazón y el recuerdo de sus seres  queridos, de dar noticias de sus nuevos encuentros,  de querer extender la bondad a fuerza de cariño: "Haz algo bueno cada día en nombre mío", escribe a la niña María Mantilla.

Se acerca el inicio de la guerra, los días de la guerra  que  ha soñado, planificado y organizado,  y que está a punto de  desatar. Y barrunta en estos caminos sangrientos, "la pelea rabiosa de los hombres", o sea,  los conflictos que puedan ocurrir y teme. Pero en medio  de  los presagios azarosos, pronuncia  y  reafirma  la opción victoriosa, cualquiera que sea la alternativa: "Bien, si nos vemos. Y si no, bien también. Para nosotros no hay  derrota".

Y ha comenzado la guerra el 24 de febrero. A impulsos de sus jefes, el  pueblo de Cuba abraza de nuevo a su causa  santa,  la revolución, para  hacer realidad su aspiración de ser libre e independiente. Martí está convencido de que  "sólo  empujan  el ejemplo, y el éxito". Por eso insta y alienta el próximo y pla­neado arribo  a  tierras cubanas de Gómez, de Maceo y de él mismo. Y deja una consigna para los grandes tiempos de  peligros  con  el enemigo acechándolos a cada paso y justo al frente. "Hoy es el gran trabajo: unanimidad, solemnidad,  magnanimidad, preci­sión. Que en todo vaya esto".

Al  fin llega la hora de la despedida más dolorosa de todas.  Es el 25 de marzo en víspera de un largo viaje”. El adiós a su madre es un acto de infinito amor filial: "Yo sin cesar pienso en Ud." También es un acto de inmensa lealtad con su destino: "El deber de un hombre está allí donde es más útil". Bella y doliente carta, arrancada a un corazón impaciente en los trascendentales momentos en que se dispone a viajar hacia la patria y la gloria.

Y a la hora de la despedida, también llega la oportunidad a  los hermanos.  Al  dominicano Federico Henríquez y Carvajal va su carta-testamento político, una declaración de principios  humanos y políticos que universaliza su obra. "Yo alzaré el mundo.  Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir, callado. Para mí ya es hora", escribe. También  a Gonzalo de Quesada, a Benjamín Guerra y a Estrada  Palma  hace llegar  sus previsiones y su valoración sobre las  circunstancias personales que prevalecen en medio del torbellino de los aconte­cimientos históricos que están en marcha. "Voy con la  justicia", afirma.  Y  es como si marchara con un talismán  invisible  que  le abrirá los valladares físicos o espirituales.

Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el  honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”

Y, al fin, también la carta desgarradora a su hijo. Corta como un beso y  un abrazo que las circunstancias le ponen apuros. Y al principio y final de un adiós que será para siempre, dos pedidos paternos conminatorios: uno, velado, contenido en su "salgo sin ti cuando debieras estar a mi lado". Y otro manifiesto en  su escueta frase: "Sé justo". Con los dos mandatos cumplió su hijo, que más tarde se incorpora­ría a la guerra.

Y  cuando se trata de confesar querencias,  de hablar con  dulzura de las cosas de este mundo, de soñar despierto mientras recorre un camino a la vez placentero y escabroso, va regando cariños con las artes de un mago y va cosechando cariños con la tenacidad  de un agricultor.

A la niña María Mantilla, escribe: [...] Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro -el libro que te pido- sobre la sepultura. O sobre tu pecho,  porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres.-Trabaja."

Y cuando ya está cerca de ver cumplidos sus sueños de  pisar  la tierra cubana y alzar a su pueblo hacia la conquista de su liber­tad e independencia,  Martí escribe a Benjamín J. Guerra y Gonzalo de Quesada.

"[...] A mi alrededor,  como van viendo todo se encariña y unifica y ese es alivio grande. Estos días han sido útiles y me siento creído... Quiero, y  veo con creciente ternura, el  sacrificio pleno  y sencillo que me acompaña.”

Ha puesto los pies en Cuba el 11 de abril. Es un lugar  inhóspito  Playitas de Cajobabo en Baracoa, pero los seis expedicionarios llegan al fin al paraíso terrenal que es parte de sus sueños libertarios. Martí comienza  a vivir su vida más plena. "Hasta hoy no me  he sentido hombre", confiesa. Y a partir de ahí va trasmitiendo las noticias  de sus ánimos acrecidos, de sus alegrías desbordantes, de sus sueños realizados, de sus actos, hechos y propósitos. Son los días que llevan su vida como en alas por sobre de las caminatas, los encuentros, los combates, el paisaje agreste y la  cali­dez acogedora de la campiña insurrecta y su gente.

 Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete  y revólver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro,  en un gran tubo, los mapas de Cuba,  y a la  espalda  mi mochila, con  sus  dos arrobas de medicina y ropa  y  hamaca  y frazada y libros, y al pecho tu retrato.”

En circular a los hacendados expresa con firmeza algo que debe ser también legado consustancial para  la patria con todos y para el bien de todos” que ha decidido fundar: "Duele tener que hacer la guerra para conquistar la independen­cia y la honra de la noble Nación Cubana, y hacerla poniendo en vigor leyes penosas, pero necesarias.” Y afirma sin titubeos ni medias tintas:  Todo el que respete la revolución será respetado por  ella. Todo lo que sirva a los enemigos de la revolución, será  destruido por ella."

Y ha seguido su marcha, con Gómez al lado, insuflando vida a la Revolución, agitando el proceso de desarrollo de esos momentos  y planeando con celo y previsión su rumbo futuro.

En  las líneas escritas para la intimidad en su Diario de Campaña, como en las cartas escritas en este período, se nos presenta  la figura del  hombre que presiente como cercanos, posibles y  reales, los sueños  e ideales que han guiado toda su vida. Y marcha hacia la guerra, hacia el corazón de su pueblo, hacia la muerte y hacia la inmortalidad.

Y  en un alto del camino es la hora de conversar con su  hermano mejicano Manuel Mercado. Y en esta carta inconclusa que  iniciara un día antes de su muerte, vuelca las ideas que han sido norte y han dado sentido a su vida. Es una carta al estilo  de  la  que hiciera dos meses  antes al dominicano  Federico  Henríquez  y Carvajal,  y junto con ésta debe formar parte de su  testamento político. Aunque inconclusa es  concluyente el  pensamiento expresado sobre su visión de la Revolución Cubana como instrumen­to formidable  de la liberación de Cuba y de América y  de  su carácter antiimperialista  y de su papel personal dentro  de la Revolución. Sobre todos estos temas medita y escribe el 18 de mayo, la víspera de su caída en combate, ocurrida el 19 de mayo de 1895.

 "[...];  ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por  mi país  y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos  con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de  Cuba que  se extiendan por las Antillas  los Estados Unidos y  caigan   con  esa fuerza más sobre nuestras tierras de  América.  Cuanto hice  hasta hoy  y haré  es para eso. En silencio ha  tenido  que ser  y como indirectamente, porque hay cosas que para  lograrlas han de andar ocultas y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin".”

Ese día, en Dos Ríos, cayó el líder de la revolución independentista, ascendido por sus méritos acumulados, en reunión de Jefes de la Guerra, al grado militar de Mayor General, poco después de su desembarco. Allí cayó después de librar su primer y único combate en la guerra necesaria que organizara y dirigiera con las manos de un artista, la inteligencia de un genio, la pasión y estoicismo de un espíritu indomable de guerrero, y la visión y predicción de un visionario de los tiempos futuros de su patria y del mundo.

Cuando el hombre tiene a su patria como madre, cuando la ama más allá de todo interés o temor, cuando asume el significado del Himno Nacional de Cuba de que  morir por la patria es vivir, el destino de su pueblo se convierte en su propio destino. Por eso Martí razona:

 Pero cuando se está dispuesto a morir, se piensa poco en la muerte, ni en la propia ni en la ajena. Con el dolor y la sangre, lo mismo que los hombres, nacen los pueblos.”

Tal como había confesado en carta a un amigo, apenas dos años y meses antes, el l4 de febrero de 1893, pudo convertir en realidad su sueño de "pisar suelo patrio que es mi almohada la muerte, y Cuba mi sueño.  Yo creo que podemos ir a Cuba sin que se sepa hasta después de haber llegado. ¿Me alcanzará la vida para ir?”

La vida le alcanzó con creces para ver el sueño convertido en realidad montado en un brioso corcel y con arma en mano en lucha frontal contra el enemigo. La muerte significó el otro viaje humano hacia la gloria y la inmortalidad, librando junto a su pueblo las nuevas luchas del pasado, presente y futuro.

 

*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba

Mariana Grajales en la visión de José Martí: La tarea que nos queda por hacer

Por Felipe de J. Pérez Cruz

 Los 120 años de la caída en combate del Héroe Nacional José Martí Pérez (1853-1895), el 19 de mayo de 1895, se celebran con no pocas actividades de pensamiento. En justicia, alrededor de Martí y su obra, trabaja a lo largo de la geografía del país, un nutrido y talentoso colectivo de cientistas  y activistas, y esta es hoy por hoy, una  de las esferas de la historia y cultura cubana, que mejor se ha preparado para sistematizar y organizar su aporte a la educación y la construcción de la memoria, y la conciencia histórica de las presentes y futuras generaciones de cubanos y cubanas. Es legítimo entonces el que desde las fortalezas martianas, nos propongamos avanzar en otros campos de menor fertilidad. Este es el caso del debate alrededor de la honorífica revolucionaria, en vísperas de conmemorar el Bicentenario del nacimiento de la Madre de la Patria Mariana Grajales Cuello.

 Frente a la propuesta de que el Consejo de Estado de la República de Cuba, otorgue a Mariana el título honorífico de Madre de la Patria, hay opiniones contrarias que pretenden sustentarse desde la declaración de Madre, hecha por Martí en homenaje póstumo.

El rescata del pasado-presente heroico

José Martí, quien se auto reconoció continuador de la gesta bolivariana (1810.1830), y en tanto articulador por excelencia de un proyecto-país que se abría a lo político desde el ámbito ético, ideológico y cultural; comprendió la trascendencia educativa y formativa de los panteones heroicos,  tanto en lo que a la consolidación de la identidad patria se refiere, como al aporte de universalidad que cada pueblo tributa a su época y mundo.
 El fundador del primer Partido Revolucionario Cubano en 1892, se dio a la tarea de rescatar, estudiar y sistematizar, la historia del proceso histórico revolucionario recién transcurrido (1). La Historia debía escribirse para  que "... perdurase y valiese, para que inspirase y fortaleciese", afirmaba (2).

 No fue una tarea fácil, se trataba de una epopeya reciente, plagada de contradicciones y desencuentros, donde supo  hallar la medida del mérito, la reflexión que ayudara a la prospectiva, y sobre todo, la fundamentación y estímulo para educar en solidaridad, justicia, igualdad y dignificación humanas, como bases indispensables de la unidad política de todos los revolucionarios, de su intransigencia e ímpetu en el combate emancipador.  Rendir tributo a los héroes y continuar su ejemplo, para arrastrar tras de sí a la nueva generación junto con los veteranos, será uno de los ejes de labor histórica martiana. En estos propósitos afirmará: "... aquella década magnífica, llena de épicos arranques y necesarios extravíos, renace con sus héroes, con sus hombres desnudos, con sus mujeres admirables, con sus astutos campesinos, con sus sendas secretas, con sus expedicionarios valerosos. Ya las armas están probadas, y lo inútil se deshecha, y lo aprovechable se utiliza...Ya fructifican nuestras miserias, que los errores son una utilísima semilla. La intuición se ha convertido ya en inteligencia: los niños de la revolución se han hecho hombres".

 Martí prestará especial atención a significar el aporte femenino en la Revolución. El modelo de mujer mambisa, que promocionan los combatientes de la guerra, era el de la abnegación, el sacrificio, y la fortaleza en la adversidad de las mujeres cubanas. Las mambisas se caracterizaban como hijas y novias devotas, esposas ejemplares, madres admirables, deber ser que se constituiría en tradición heroica sustentada en los hechos, pero que llevaba implícita las limitaciones sexistas y machistas consustanciales a la cultura de dominación predominante. La tradición espartana grecolatina, asumida desde la doctrina del martirologio cristiano, enfatizaba en el tema del sacrificio y la entrega.  La visión martiana, parte del imaginario existente, para trascenderlo, y aportar un novedoso enfoque de la equidad de géneros: (...) las campañas de los pueblos –afirma- sólo son débiles, cuando en ellas no se alista el corazón de la mujer; pero cuando la mujer se estremece y ayuda, cuando la mujer, tímida y quieta de su natural, anima y aplaude, cuando la mujer culta y virtuosa unge la obra con la miel de su cariño- la obra es invencible” (4)Para Martí "(...) las ideas (...) no están seguras hasta que las mujeres no las aman” (5). Para el: "Nada perdura sin la gracia. La mujer, de instinto, divisa la verdad y la precede" (6).

 Hay en la profusa obra martiana, un significativo seguimiento a la historia de las mujeres mambisas, para resaltar el protagonismo de  la  mujer en función de las diversas tareas patrióticas que cumplió, como combatiente, enfermera, pilar del aseguramiento de retaguardia, mensajera, agente de la inteligencia mambisa, activista de propaganda y financiación en la emigración;  todas para el Apóstol, labores heroicas, que desempeñaron las féminas cubanas en el movimiento de liberación nacional.

 El epistolario martiano da cuenta del amplio abanico de caracteres femeninos, que logró aunar como sus amistades personales, para dar continuidad a la guerra revolucionaria, entre las que se destacan las esposas y madres de los jefes y combatientes de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), así como una amplia red de colaboradoras que logró articular a los fines de la fundación de clubes, la propaganda y el trabajo secreto del Partido Revolucionario Cubano. En esta obra martiana Mariana Grajales Cuello tuvo un lugar cimero.

Mariana Grajales

 Para el Héroe Nacional, entre las numerosas mujeres que jalonaron la historia del movimiento de liberación nacional cubano en el siglo XIX, Mariana fue síntesis, esplendor y leyenda.

 La historia-leyenda de Mariana Grajales en la Guerra de los Diez Años, se había extendido por en un exilio patriótico, que siguió con pasión los andares del General Antonio Maceo Grajales , devenido en figura principal de cuanto plan o conspiración se tejió para reiniciar la guerra independentista. Conoce Martí que de todos los hijos de Mariana Grajales, 12 participaron en las gestas independentistas del siglo XIX (7), y que allí en la manigua, durante los diez años de guerra, había estado la madre defendiéndoles la vida, al frente de una unidad sanitaria del Ejército Libertador, alentándolos y exigiéndoles disciplina, constancia, altura ética. Marcos, su esposo, es quien primero cae en combate. Le seguirían Justo Germán, Fermín, Julio y Miguel. Firmada la paz del Zanjón, desde las montañas guantanameras, Mariana alentó la rebeldía indomable del General Antonio en la  histórica Protesta de los Mangos de Baraguá, de Felipe y José, mientras atendía a la recuperación de sus hijos Rafael y Tomás, heridos en combate (8).

 Sobre esta epopeya de Mariana, el propio Martí narraría: ¿Su marido, cuando caía por el honor de Cuba no la tuvo al lado? ¿No estuvo ella de pie, en la guerra entera,rodeada de sus hijos? ¿No animaba a sus compatriotas a pelear,y luego,cubanos o españoles, curaba alos heridos? ¿No fue,sangrándole los pies,por aquellas veredas, detrás de lacamilla de su hijo moribundo, hecha de ramas de árbol? ¡Y si alguno temblaba, cuando iba a venirle al frente el enemigo de su país,veía a la madre de Maceocon su pañuelo a la cabeza,y se le acababa el temblor! ¿No vio a su hijolevantarse de la camilla adonde perecía de cinco heridas, y con una manosobre las entrañas deshechas y la otra en la victoria,echar monte abajo,con suescolta de agonía,a sus doscientos perseguidores? (9).

 Martí sabía de la participación conspirativa de Mariana cuando se reinicia la lucha, con la llamada Guerra Chiquita (1879-1880), donde participan José, Rafael y Felipe. Una vez concluida la contienda, luego del acuerdo de paz, el mando español, traiciona y apresa en alta mar a los tres hermanos combatientes, y los envía como prisioneros a las mazmorras españolas en tierras africanas, junto con la esposa  de José y un hijo de este. Mariana peleará con todos sus recursos de madre por la liberación de sus hijos, y el regreso de la nuera y el nieto. El 2 de mayo de 1882, muere enfermo Rafael, como consecuencia de los malos tratos acumulados en prisión, pero su desaparición le será ocultada a madre por la familia, para no hacerla sufrir más.  En agosto del  propio 1882 se da la primera fuga de José, y su apresamiento en Gibraltar. Dos años después volvería a intentarlo, ahora con éxito. Felipe, el mayor de los hijos, regresará tras nueve años de presidio, ya frisando los 60 años, para incorporarse a las tareas de la emigración patriótica

 La familia Maceo-Grajales, extendida en el Caribe y Centro América,  tenía por centro vital la casa de Mariana en Kingston, Jamaica, parada obligada de cuanto patriota llegaba a la vecina isla. Martí visita a Mariana por primera vez el 12 de septiembre de 1892. La conoce por historia y sin dudas se preparó para el encuentro, pero la vivencia personal de la heroína y la empatía  que los  concertó, sobrepasó toda expectativa.  Vio en la recia mujer, madre y mulata, el símbolo de todo el heroísmo y la entrega de las patriotas  cubanas. El Apóstol escribe sobre ella, con “entrañable afecto, con la suavidad de hijo”, como si tratara con “la raíz del alma”.

 Martí en su precursora labor de exaltar sus méritos y aportes,enfatiza en “esa Madre de los Maceo que quería a todos los cubanos que luchaban por la independencia. Y abría las puertas de su hogar a todos, como madre de todos”(10). Es en esta visita que también conoce a María Magdalena Cabrales Fernández,  esposa del General  Antonio y a otros familiares, que vivían con Mariana (11). El joven líder conquista el amor de la madre y de la familia que la acompaña.No ha pasado un mes del feliz encuentro, y el 6 de octubre publica en Patria su primera semblanza de la madre de los Maceo: Ya estáyéndosele la madre, cayéndosele está ya la viejecita gloriosa en elindiferente rincón extranjero, y todavía tiene manos de niña paraacariciar a quien le habla de la patria” (12). El  24 de octubre, se funda en Kingston,el club “José Martí’ el primero femenino del Partido Revolucionario Cubano fuera del territorio estadounidense, que eligió como su Presidenta a María Cabrales. 

 Mariana para Martí trascendía en lo ideológico. La sintió simiente de la poderosa retórica antirracista que, comenzó a florecer durante la primera rebelión anticolonialista, y para quien situaba la igualdad racial como base de la nación cubana, este valor resultaba trascendental. Comprometido Martí con la emancipación femenina, Mariana le modelaba la mujer que rompió en su tiempo con el esquema mental sexista y machista. No es casual que el General Antonio Maceo, comparta el reducido grupo de jefes mambises, que premiaron los méritos de guerra de las mujeres, concediéndoles grados militares.

 Martí –como afirma Joel Mourlot Mercaderes-, fue quien más caló en su alma, el valor de la imagen, de la significación de Mariana Grajales para Cuba, desde que la conoció (13). Comprendió con su superior sensibilidad humanista y fina agudeza política, cuánto valor y representatividad encerraba la madre de los Maceo, cuánto podía aportar su historia y prestigio, a la obra de unidad y rescate de la epopeya mambisa que se había propuesto. Y multiplicó en el más amplio teatro de la nación en construcción, lo que ya se había revelado a los combatientes que la conocieron y aquilataron en la guerra. Presentó el Apóstol  a Mariana, con la precisión del ideólogo, la pasión del propagandista revolucionario, y el verbo hermoso del poeta, y lo hizo en Patria, el órgano del Partido Revolucionario Cubano, que llegaba a todos los y las patriotas en la emigración, y se introducía clandestinamente en Cuba.

 Martí en Patria, inmortalizó la leyenda y la historia de Mariana, y narró para todas las épocas la entrega de la madre amantísima, destacada en la retaguardia mambisa. Retrató con su prosa fuerte y hermosa el día en que con la tumba recién abierta de uno de sus hijos, con dos de ellos heridos graves y Antonio herido en el pecho, ensangrentado y moribundo,  no solo supo exigir sosiego y salvar al Titán, sino que con todo el dramatismo del momento, le ordenó a su hijo Marcos, que ya era hora de que se incorporara al combate armado (14).

 Martí subrayaba cómo ya muy anciana, Mariana seguía forjando valores en sus descendientes, contaba las hazañas de sus hijos, y continuaba conminando a la joven generación, a asumir su deber de continuar la lucha por la emancipación nacional: “Con su pañuelo de anciana a la cabeza, con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con fuego inextinguible, en la mirada y en el rostro todo, cuando se hablaba de las glorias de ayer, y de las esperanzas de hoy…”(15).

 En vísperas de la nueva guerra, Mariana Grajales Cuello fallece el 27de noviembre de 1893, para convertirse de inmediato en estandarte ideológico, en ejemplo que moviliza, realidad que José Martí asume como prototipo de mujer y madre patriota. Al dar la noticia de la desaparición física de la excelsa combatiente revolucionaria en el periódico Patria, el 12 de diciembre de 1893, el Apóstol escribió: ¿Qué, sino la unidad del alma cubana, hecha en la guerra, explica la ternura unánime y respetuosa, y los acentos de indudable emoción y gratitud, con que cuantos tienen pluma y corazón han dado cuenta de la muerte de Mariana Grajales, la madre de nuestros Maceo?Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma…Patria en la corona que deja en la tumba de Mariana Maceo, pone una palabra: ¡MADRE!”(16).

 En carta al General Antonio Maceo, escrita tres días después de la crónica de honor en Patria, le dice, refiriéndose a Mariana: “Vi a la anciana dos veces, y me acarició y miró como a hijo, y la recordaré con amor toda mi vida”(17) “De león y de leona”(18)vino Antonio Maceo enfatizará Martí, con su amplia visión integrativa de género.
Trascender y emular el 1893

 Se afirma que Mariana no necesita que hoy se le reconozca institucionalmente Madre de la Patria, porque ya lo hizo José Martí en su propia época. Sin dudas Martí conoce la tradición heroica de nacionalismo latinoamericano. Ha vivido en México y sabe de la designación de Leona Vicario  como Madre de la Patria, incluso menciona a la patriota mexicana en sus apuntes (19). No es casual que al concluir su crónica de homenaje, la signifique como MADRE. Pero no basta dejar el tema en el año 1893.

 Venimos de la crítica a una enseñanza y divulgación de la Historia  que -como otras disciplinas sociales-, fueron obligadas a partir de los años setenta del pasado siglo, a ser siervas de la filosofía política, y no sus compañeras en dignidad de ciencia, práctica revolucionaria y pronóstico. Se explica entonces el rechazo prejuicioso que produce en no pocos profesionales de la Historia y de las ciencias sociales, a todo aquello que se perciba como una “intervención” desde “la política”. Probablemente ahí está la raíz de las incomprensiones y la subvaloraciones que existen alrededor de la disciplina premial, y el sentir anti estatista como ente “contaminador” del juicio y la dignidad histórica, que subyace en algunas de las posturas que se manifiestan en contra del otorgamiento por el Consejo de Estado, del título de Madre de la Patria a Mariana Grajales. Pero la psicología del rechazo a las supra autoridad de “lo políticamente correcto”, hoy ha sumado nuevos mimetismos acríticos, tan empobrecedores o más, que los ya criticados procedentes del modelo burocrático partidista soviético. No muchos compañeros y compañeras se percatan, de que los vacíos provocados por la acción combinada del no-conocimiento, la devaluación del marxismo y su lenta recuperación como teoría y método revolucionario, y el prejuicio a “lo político”, los están llenando cada vez más el liberalismo y varias mesclas eclécticas de la peor especie. 

 En el caso que nos ocupa, los colegas y las colegas que están detenidos en 1893, olvidan que la proclamación martiana, incluyó y nos dejó una tarea para este tiempo. Martí como líder político tenía ante sí la inmensa y compleja obra de la unidad nacional, y no podía permitirse dar paso a ninguna acción que pudiera ser manipulada por los intereses contrarios. En la crónica de referencia a la muerte de Mariana, precisa esta situación: “Por compasión a las almas de poca virtud, que se enojan y padecen del mérito de que no son capaces, y por el decoro de la grandeza más bella –refiere Martí-,en el silencio,sujetaremos aquí el elogio de la admirable mujer, hasta que el corazón, turbado hoy en la servidumbre,  pueda, en la patria que ella no vio libre, dar con el relato de su vida, una página nueva a la epopeya". Las cubanas y cubanos de hoy tenemos esa deuda con Martí.

 Hoy no tenemos “que sujetar el elogio”. Nuestro corazón no está “turbado en la servidumbre”. Vivimos en la patria libre “que ella no vio”.Tenemos entonces que cumplir la tarea que el Apóstol nos dejó, para este preciso momento:Hacer del relato de su vida, una página nueva a la epopeya revolucionaria cubana. ¿Y quién mejor que el Estado revolucionario, junto con sus ciudadanos y ciudadanas, para cumplir tal demanda martiana?

 ¿Por qué “sujetar el elogio, cuando podemos hacer valer nuestro derecho constitucional y la Ley de condecoraciones y títulos honoríficos que muy bien nuestro Estado en tanto Poder del pueblo, en servicio del propio pueblo,(20) se ha dictado?

Notas:
(1)       Ver: Olivia Miranda Francisco: Historia, cultura y política en el pensamiento revolucionario martiano, Editorial Academia, La Habana, 2002; Ibrahím Hidalgo Paz: "Notas sobre la concepción de la Historia" en: Revista Honda. Rev. De la Sociedad Cultural José Martí. No. 6. 2002; Marlene Portuondo Pajón: La educación histórica en Patria: una visión estratégica de Martí, Cuba, Una identità in movimiento, http://www.archivocubano.org/portuondo_01.html
(2)       José Martí: Carta a Manuel de la Cruz, 3. junio. 1892. Epistolario. CEM-Editorial de Ciencias Sociales, tomo 2, La Habana, 1993, p. 204.
(3)       José Martí. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo. IV, pp. 184-185.
(4)       José Martí, Patria, 7 de mayo de 1892, Obras Completas, t. I, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1975, p 17.
(5)       Ibíd., p 18.
(6)       Ibíd.
(7)       María Dolores muere recién nacida y Manuel Regüeyferos Grajales  también fallece antes de iniciado el proceso insurreccional.
(8)      José Luciano Franco: Ob. cit., p 125.
(9)       José Martí Pérez: “Mariana Maceo” Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, tomo  V, p. 26
(10)     José Martí Pérez: La madre de los Maceo, Patria, 6 de enero de 1894, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo III, p. 27
(11)     Ver: Nydia Sarabia: Historia de una familia mambisa. Mariana Grajales. Secretaría de Trabajo Ideológico, Comisión Nacional de Historia, La Habana, UJC, Instituto Cubano, Editorial Orbe, 1975, 112. El encuentro de Martí con la heroína Mariana ha sido tratado recientemente por Damaris Torres Elers. Ver: 120 años del encuentro de José Martí en Jamaica con Mariana Grajales y María Cabrales, Sierra Maestra, Santiago de Cuba, 14 de octubre de 1912, p 4
(12)     José Martí Pérez: Antonio Maceo, Patria, 6 de octubre de 1893, Ob. cit., tomo IV, p. 451.
(13)     Joel Mourlot Mercaderes: La “Madre de Cuba”, la “Madre de la Patria”, Periódico Sierra Maestra, Santiago de Cuba, 27 de Noviembre de 2012.
(14)     José Martí Pérez: La madre de los Maceo, Ob. cit.
(15)     José Martí Pérez: Mariana Maceo, Patria, 12 de diciembre de 1893, en Obras Completas, Ob. cit., tomo V, p 26.
(16)     Ident. ant.
(17)     José Martí Pérez: Ob.  Ci.t,  t. 3, p. 48
(18)     José Martí Pérez:Antonio Maceo,
(19)     José Martí Pérez: Fragmentos, Ob. cit., tomo XXII, p 158.
(20)    Ver: Artículo No. 9, inciso b) de la Constitución de la República de Cuba. Gaceta Oficial de la República de Cuba, edición Extraordinaria número 3 de 31 de enero de 2003.


*Doctor en Ciencias Pedagógicas,  Profesor e investigador y Presidente en La Habana de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC)