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domingo, 5 de octubre de 2014

¡Me quedo en Venezuela!

Este texto es sobre Venezuela… pero suscribiría casi totalmente lo que el autor escribe… léelo tú también, cubano: "lo que queremos ser, todavía puede ser posible, si cada uno trata de ser lo que queremos que el país sea"
 
¡Me quedo en Venezuela!
Por Carlos Dorado

 Siento que tengo una gran deuda con el país. ¡Me ha dado todo lo que soy!

En la abadía de Westminster, está enterrado un obispo anglicano, cuya tumba tiene la siguiente inscripción: "Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar al mundo. Al hacerme mayor y más sabio, descubrí que no se podía y me resigné a cambiar a mi país. También resultó imposible. En mis últimos años, intenté desesperadamente cambiar al menos a mi familia más cercana, pero fue igualmente inútil. Ahora en mi lecho de muerte, caigo en la cuenta de que, si simplemente hubiera cambiado yo mismo en primer lugar, mi ejemplo habría transformado a mi familia. Con su inspiración y su apoyo, habría podido mejorar mi país y, ¿quién sabe?, tal vez habría cambiado el mundo".

 Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. ¡Todos quisiéramos una Venezuela mejor, pero no queremos ser un venezolano mejor! Que cambie el gobierno, que cambie la oposición, que cambien todo, ¡menos yo! ¿Cómo vamos a tener otros resultados, si estamos haciendo siempre lo mismo? ¡Un mundo diferente, no puede ser construido por personas indiferentes!

 Podemos pasar toda la vida, echándole la culpa al pasado o al presente, pero lamentablemente lo que tenemos por vivir es el futuro. Lo que no fuimos, ya no lo seremos. Pero lo que queremos ser, todavía puede ser posible, si cada uno trata de ser, lo que queremos que el país sea.

 Jamás me permitiré criticar a los que se fueron, o a los que se quedan, porque las razones de cada uno son difíciles de entender en el contexto de otro, y cada uno sabe de su propio dolor y de sus renuncias. A los que se fueron (siendo yo un hijo de emigrantes), entiendo y admiro su valentía, su tristeza, su soledad y sus añoranzas, y estoy seguro de que muchas veces, como solía hacer mi madre, "lloran en silencio", lejos de su gente, lejos de Venezuela.

 A ellos, sólo les pido, sean honestos, trabajen duro, sacrifíquense, logren un futuro y cuando eso suceda, porque sucederá si ustedes quieren que así sea, levántense con el orgullo de ser venezolanos; ese venezolano que es buena gente, alegre, espontáneo, trabajador, familiar, pacífico, decente y noble. Alcen la verdadera bandera de nuestro país, esa forjada por gente que dio ejemplo de trabajo, visión, sacrificio; y sobre todo de honestidad en la lucha por sus principios y creencias.

 Ese día será un gran día y se sentirán orgullosos de ustedes mismos, y de ser venezolanos. Ese día, nada ni nadie los puede parar. Ustedes pasarán a ser el mejor ejemplo de que el trabajo de Simón Bolívar no fue en vano, y el verdadero testimonio de Venezuela en el mundo.

 Yo me disculpo, ¡pero me quedo en Venezuela! Siento que tengo una gran deuda con el país. ¡Me ha dado todo lo que soy! Yo no la elegí, ella me eligió a mí, pero con el tiempo aprendí a quererla. ¡Siento que la traicionaría! Venezuela me tocó en el corazón, y las cosas más bellas del mundo no pueden verse, ni siquiera tocarse. ¡Sólo se sienten en el corazón!

 Mi padre solía decirme: "Carlos, la única forma de predicar es con el ejemplo". Cómo podría yo, un muchacho criado en una pensión en la zona de El Cementerio, mirar a los ojos a mis empleados (más de dos mil) y decirles: "me voy, porque Venezuela no está bien".

 "Lo que la oruga llama el fin del mundo, el maestro lo llama mariposa", solía decirme mi madre. Yo moriré tratando de que algún día, con mi trabajo, mis sueños y mi sacrificio; en el vuelo de esa mariposa llamada Venezuela, esté también dibujada mi sonrisa, mi entusiasmo y mi ejemplo.

Tomado de El Universal
Imagen agregada de Internet, sin crédito

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Disfruten su freedom


Tristeza siento por los que se han ido sin ver más allá. Me causa desconsuelo la imagen en los ojos de quienes todavía tienen tatuada La Habana, pero no los juzgo. Entiendo las razones, pero insisto, no vieron más allá.

Crecí en el barrio de Buena Vista, de los más modestos de la capital cubana en pleno Periodo Especial. Algunas mañanas partía a la escuela con tan sólo un pan con aceite y un agua con azúcar en la barriga, pero iba contento.  


José Martí se llama la primaria que me forjó en el amor a mi país y a mis compañeros. Mercedes fue mi maestra de Historia y Lengua Española, quien además alimentó con hazañas y aventuras mi infantil delirio. Eso no puedo olvidarlo.

Era difícil esa época, pero tuve la suerte de conocer otras realidades que me sirvieron para contrastar y lo hice, no con la conciencia de un adulto contaminada de intereses, sino con la pureza de mis primero años.

Tuve la fortuna de estar un tiempo en Bolivia gracias al trabajo de mi papá. Allí pude abrir los ojos en otra realidad. Ya no iba a la escuela con un pan con aceite y un agua con azúcar, pero entre mis compañeros habían quienes ni siquiera iban con bocado alguno. Disfruté esos años porque me llené de juegos y códigos nuevos. Aprendí cómo se relacionaban los niños felices “que en la falda de los cerros iban a jugar”. Pero no puedo sacar de mi memoria la anécdota aquella cuando mi madre vio a una niña de 5 o 6 años en la calle descalza y se llenó de espanto. 

Mi madre, cubana al fin, jamás había visto eso, así que cargó con la niña hasta nuestra casa, la bañó, le dio ropas nuevas y unos 50 bolivianos y la dejó en el Mercado Rodríguez, donde la habíamos encontrado. Al otro día unos diez pequeñines estaban en la puerta de mi casa para que mi madre los ayudara a ellos también.

Algunos dirán que yo soy fatal, como “Chicho”, por haberme ido a Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, pero están equivocados. Bolivia es uno de los países más ricos de América, tiene selva, llano, montaña, frutas, ganado, gas y muchos minerales. En La Paz, ciudad donde vivía, no todos andaban con los pies desnudos. Quien ha ido a esa bella ciudad sabrá que La Paz tiene tres realidades: el Alto, el Centro y la Zona Sur. El primero es un lugar pobre y desgarrador, las imágenes del Alto son fuertes, a veces de niños en los latones de basura buscando sobras de comida o lamiendo los paquetes de galletas buscando desesperados la última miga perdida en el sobre; el Centro es la zona de oficinas y comercial donde nosotros vivíamos y que está llena de barrios acomodados, modestos y pobres; y abajo, lejano de todos está la Zona Sur, llena de calles bellas, edificios altos, de una arquitectura exquisitamente moderna, donde nadie va la escuela descalzo, ni en bus escolar, sino en el auto del padre que lo va a dejar, un auto del año.

En mi Cuba no existen esos contrastes. No puedo negar que si hay diferencias, pero es falso decir que la sociedad cubana es una sociedad de ostentaciones.

Jamás olvidaré a Elizabeth, la compañerita más bonita de José Martí, quien recibía mes a mes la remesa de su padre, un hombre que llevaba años en “la otra orilla”.  Ella llevaba una latica de Tukola, un sándwich de la tienda, mientras que otros nos teníamos que fajar con el diminuto pan de la bodega. El tema, es que con Elizabeth tuvimos la oportunidad de compartir un buchito de su Tukola, porque ella no vivía en la Zona Sur, sino en Buena Vista, a una cuadra de mi casa. Ambos éramos compañeros de la misma escuela y juntos, con nuestras pañoletas bien atadas al cuello, prometíamos cada mañana ser como el Che.

Al pasar de los años descubrí nuevos amores, la literatura, la poesía, la trova y el rock. Me hice cientos de amigos en el mundo de los frikis, como le decimos en Cuba al mundo del rock, y con ellos aprendí nuevas visiones. En la calle G teníamos horas de halagos a la música de Pink Floyd, de Led Zeppelin, pero también nos poníamos a discutir sobre la realidad y “lo dura que estaba la cosa”. Nadie en esa discusión negaba que “la cosa” estaba fea, pero el debate que algunos planteábamos, era poder descubrir el origen del problema. Hablar del Bloqueo sonaba a poner el disco rayado, al discurso repetitivo que sonaba en la radio y la televisión, eso parecía ser verdad. Era tanta la reiteración del mensaje ese, que ya no era tema y pocos prestaban atención a las nuevas medidas que podían aplicar Clinton, Bush u Obama. Tuvimos que ser insidiosos y eso nos ayudó a no ser tan sólo críticos y mucho menos automarginados, como sucedió con algunos, quienes se restaron del debate y decidieron reclamar en los tumultos donde nadie los escuchaba. Muchas quejas se gritaron al vacío, pero quienes se restaron, no participaban en las discusiones de las asambleas locales y mucho menos en las juntas de los CDR.

Por un tiempo la cosa se contaminó seriamente, porque había mucha necesidad. Nacieron los cuenta propistas, que hoy tienen su auge, pero al mismo tiempo nacieron quienes alimentaron la desvergüenza regalando propinas por aquí y por allá, alimentando el oportunismo.
A pesar de esto y de aquello, de las necesidades y alguna que otra carencia, era feliz con mi guitarra vieja, descargando con el piquete en el malecón, sonando “Lágrimas negras” en el parque del Amadeo Roldan o divirtiéndonos un rato en la Casona de la Trova. Esas madrugadas eran libres. La confronta siempre estaba antes que nosotros, pero nos íbamos cantando alegres hasta “El Niágara”, mientras que el eco de las calles nos hacía el coro. Allí pedíamos un refresco dispensado, un disco con queso crema y a esperar que llegara la guagua. Al final nos montábamos en la 222 hasta la calle 58, lugar donde me dejaba caer rumbo a 60 y 25. Luego entraba a mi casa, tiraba los zapatos, vacilaba un poco la noche y me dormía con la música de los grillos.

Otra vez, por las circunstancias de la vida, tuve la oportunidad de conocer el país de mi padre, Chile. Mi viejo me pidió que estudiara aquí junto a él, para recuperar todos los años que estuvimos alejados, pero la condición a eso, era que al final retornaría a Cuba.

Todos los días en Chile han sido de añoranza. Me he sumado a las luchas de los estudiantes y los trabajadores del que es también mi país, porque mi padre me enseñó que antes que cubano, soy latinoamericano, pero a pesar de ello, no puedo zafarme de mi tierra. Cada mañana me levanto, pongo Radio Reloj por Internet y trato de inventarme una rutina como si estuviera en La Habana.

A veces me da tristeza cuando “pregunto por un viejo amigo” y me cuentan “que nos lo ha podrido el enemigo” o que “degollaron su alma en nuestras manos”. Más desazón me da cuando converso con aquellos que se han ido y me hablan de oportunidades, de progreso, de buena vida. Yo aquí estoy rodeado de objetos que sólo me dan soledad. No hallo en el computador un amigo con el cual descargar, ni con el cual esperar infinitas horas la guagua; no hallo las madrugadas calurosas, ni los mosquitos; pero tampoco el sabor del mamocillo, ni de la guayaba.

Hay otros que me hablan de la desilusión, de Martí, de la cita aquella donde critica el socialismo y los veo tan lejanos al apóstol aunque lo citen mil veces. La lejanía la siento porque desconocen ellos que Martí y Fidel tuvieron como impulso el mismo motor humanista; desconocen que ambos se equivocaron alguna vez. He conocido algo a Martí y siento que me falta un millón, pero conciencia tengo de que este hijo de la sociedad feudal, al conocer el capitalismo, sintió admiración porque supo de la meritocracia, el emprendimiento y una sociedad sin esclavitud, pero no pocos años pasaron para que descubriera la política Monroe, la ambición imperialista, la gula insaciable de los monopolios, la desdicha de los trabajadores, hechos que lo llevaron a escribir sobre Marx cuando falleció:

“Karl Marx estudió los modos de enseñar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos”.

“Aquí están buenos amigos de Carlos Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los obreros europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer el bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha”.

No critico a nadie que se haya marchado por temas económicos o de otra índole, pero permítanme ser como soy, construir el país que quiero, permítanme llamarle autonomía a ese sentimiento que llevo en el pecho. Pido humildemente que nadie venga de afuera a decirme cuál es mi camino y a quienes lo hagan desde el país que más agrede a mi bastión, que disfruten su freedom. Yo soy feliz con mi libertad, que la puedo compartir porque es inmensa y a la vez “cabe en un grano de maíz”.

Tomado de Mauricio Leandro: Blog cubano no financiado por el gobierno de Estados Unidos

viernes, 16 de marzo de 2012

Cuando el amor a Cuba aflora

Por Wilkie Delgado Correa

Cuando se arriba a un nuevo año muchas cosas pueden suceder, y todo el mundo puede, a nivel personal o colectivo, desear o vaticinar una miríada de alternativas que luego la realidad tozuda, mezcla del azar y las posibilidades, se encargará de poner en su sitial más evidente. Este 2012 no escapa a esa aseveración.

Por ejemplo, ya es una realidad el anuncio de que el Papa visitará a Cuba del 26 al 28 de marzo, y en torno a ello han surgido y surgirán los más variados juicios, las más discrepantes opiniones, los más controvertidos análisis y, en fin, lo que cualquier persona convertida en pitonisa quiera pronosticar como realidad posible en el contexto de una visita normal de un jefe de estado, en este caso del Vaticano, y guía supremo de la Iglesia Católica. Es como si lo trascendente y extraordinario no coexistiese siempre con lo normal y cotidiano en un pueblo cualquiera del planeta, y, por lo tanto, el cubano no es una excepción.

Tanto los enemigos de Cuba y su Revolución, externos como internos, maquinan para entorpecer o deslucir la visita pastoral, como el pueblo cubano y su gobierno aprestan sus mejores sentimientos para recibirle en forma respetuosa, amable y cariñosa, tal cual ha sido tradicional en la recepción de visitantes a nuestro país, especialmente de los jefes de estado.    

Comparto con los lectores dos historias breves -representativas de un anecdotario infinito en el que malintencionados e ingenuos de toda laya acostumbran a intercambiar con los cubanos- pero que tienen en sí mismas una gran riqueza espiritual…

Hace cierto tiempo el profesor titular y profesor consultante de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba, doctor Raúl Rizo, se encontró casualmente con un joven cubano residente en Miami a quien conocía. Parece que como una manera de halagarle personalmente y ponerle de manifiesto la valoración sobre el precio material de su labor profesional, le preguntó:

-¿Profesor, Ud. sabe que en Miami Ud. podría ser millonario?

El profesor le miró con una ligera sonrisa. Resaltaba en él todo el cabello cano, y la mirada vivaz a través de los espejuelos. Tenía la existencia cargada de satisfacciones plenas y también de necesidades como cualquier mortal de nuestra tierra. La respuesta fue dictada por sus convicciones, en las que se mezclaban todas las experiencias y acontecimientos de su vida, y fue tan inmediata como escueta y contundente, aunque condescendiente con aquel joven médico que había sido su alumno años atrás.

 - Sí, lo sé. Pero aquí en Cuba tengo todo lo que amo.

Su interlocutor pareció no comprender ni sentirse satisfecho con la respuesta. Y es que algunos no están aptos, por naturaleza o por reflejo condicionado propio de amaestrados, para comprender el valor de la virtud como escudo de resistencia de los ciudadanos de la nación cubana, con sus grandezas y pequeñeces, y, por supuesto, con sus abundancias y escaseces

Esta fue una simple confrontación entre dos concepciones, dos vivencias, dos ópticas, dos caminos, dos escogencias, entre dos personas que se encuentran e intercambian casualmente, y que es algo que ocurre muy frecuentemente dentro y fuera de Cuba.

La otra historia ocurrió fuera de Cuba, precisamente en Miami, y tuvo mayor connotación pública porque se trataba de una actuación por TV.

Este fue el pie forzado que pretendió poner en aprieto al cantor sonero y  excelente repentista Cándido Fabré, en su visita a Estados Unidos el pasado año: “A Cuba yo no regreso”.

Al respecto el cantor ha confesado: “Viví un momento de gran tensión, pero tranquilo. Era el tiempo justo para descargar mi capacidad de improvisar ante lo inesperado, sobre todo con un tema cargado de intencionalidad.”

Finalmente la ovación prolongada del público asistente aprobó el mensaje del cantor, que enumeró los elementos queridos que entrañaría olvidar y renunciar para escoger la opción de no regresar a su patria. Citó en primer lugar a su madre Sixta, en segundo lugar al terruño natal San Luis, y luego en una sucesión coherente los paradigmas de su nación, como su Héroe Nacional José Martí, de su cultura, con nombres señeros y sus manifestaciones artísticas autóctonas, y finalmente su convicción de fe patriótica y estima de sí mismo. He aquí la improvisación referida:

Si olvido a mi vieja Sixta / Si me olvido de San Luis / Si yo me olvido del Benny, / Si me olvido de Martí / Si yo me olvido del son, / De las claves y el bongó, / Si me olvido de la rumba / Y olvido este guaguancó, / Si olvido a Sindo Garay, / A Matamoros y a Chepín, / Si olvido a Enrique Jorrín / Y también a Rafael Lay, / Si me olvido del Compay / Y acaso pierdo la fe / Si me olvido de Fabré / Y que yo vengo en progreso / Entonces diré que: a Cuba yo no regreso.

En una entrevista para la prensa en Cuba reflejó en forma brillante su opinión sobre la identidad y la cubanía. Estas fueron las preguntas y respuestas.

-¿Qué es para ti identidad?

-No dar pie a la duda, exteriorizar los valores con los cuales te educaron, nunca renunciar a tus principios ni a tus rasgos distintivos. Tener sentido de pertenencia, el modo de entregarte a la vida durante la vida, de proyectarte como persona dondequiera que estés, en el mayor sentido de la palabra: es ser original.

-¿Y la cubanía?

-Son los patrones que rigen y tipifican el pensamiento del cubano, los elementos naturales que definen nuestro paisaje. La palma, la mariposa, el tocororo... Es tener presente la representatividad, la gracia y el sabor de donde provienes. No existe identidad sin cubanía, ambas categorías se encuentran estrechamente unidas.

Es una realidad que tanto los cubanos de la Isla como miles de cubanos residentes fuera de su país son capaces de vibrar por ese sentimiento filial de amor a Cuba. Y aspiran lo mejor para su patria, incluyendo la paz y la prosperidad. Sólo en las personas de espíritu canijo y vil, obnubilados por el odio y la ruindad, se manifiesta un antagonismo tal que les lleva a desearle la peor a su tierra de origen.  

Pero en fin, este mes que recibiremos en Cuba al Sumo Pontífice, 265º Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI, podremos mantener un diálogo sintético con él como éste, utilizando dos frases de las historias narradas. El Papa nos dirá de muchas formas: “A Cuba yo la visito”. Y comprobará lo que nosotros le diremos: “En Cuba tenemos todo lo que amamos.”

*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

Enviado por su autor

Imagen agregada RCBáez