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domingo, 5 de octubre de 2014

¡Me quedo en Venezuela!

Este texto es sobre Venezuela… pero suscribiría casi totalmente lo que el autor escribe… léelo tú también, cubano: "lo que queremos ser, todavía puede ser posible, si cada uno trata de ser lo que queremos que el país sea"
 
¡Me quedo en Venezuela!
Por Carlos Dorado

 Siento que tengo una gran deuda con el país. ¡Me ha dado todo lo que soy!

En la abadía de Westminster, está enterrado un obispo anglicano, cuya tumba tiene la siguiente inscripción: "Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar al mundo. Al hacerme mayor y más sabio, descubrí que no se podía y me resigné a cambiar a mi país. También resultó imposible. En mis últimos años, intenté desesperadamente cambiar al menos a mi familia más cercana, pero fue igualmente inútil. Ahora en mi lecho de muerte, caigo en la cuenta de que, si simplemente hubiera cambiado yo mismo en primer lugar, mi ejemplo habría transformado a mi familia. Con su inspiración y su apoyo, habría podido mejorar mi país y, ¿quién sabe?, tal vez habría cambiado el mundo".

 Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. ¡Todos quisiéramos una Venezuela mejor, pero no queremos ser un venezolano mejor! Que cambie el gobierno, que cambie la oposición, que cambien todo, ¡menos yo! ¿Cómo vamos a tener otros resultados, si estamos haciendo siempre lo mismo? ¡Un mundo diferente, no puede ser construido por personas indiferentes!

 Podemos pasar toda la vida, echándole la culpa al pasado o al presente, pero lamentablemente lo que tenemos por vivir es el futuro. Lo que no fuimos, ya no lo seremos. Pero lo que queremos ser, todavía puede ser posible, si cada uno trata de ser, lo que queremos que el país sea.

 Jamás me permitiré criticar a los que se fueron, o a los que se quedan, porque las razones de cada uno son difíciles de entender en el contexto de otro, y cada uno sabe de su propio dolor y de sus renuncias. A los que se fueron (siendo yo un hijo de emigrantes), entiendo y admiro su valentía, su tristeza, su soledad y sus añoranzas, y estoy seguro de que muchas veces, como solía hacer mi madre, "lloran en silencio", lejos de su gente, lejos de Venezuela.

 A ellos, sólo les pido, sean honestos, trabajen duro, sacrifíquense, logren un futuro y cuando eso suceda, porque sucederá si ustedes quieren que así sea, levántense con el orgullo de ser venezolanos; ese venezolano que es buena gente, alegre, espontáneo, trabajador, familiar, pacífico, decente y noble. Alcen la verdadera bandera de nuestro país, esa forjada por gente que dio ejemplo de trabajo, visión, sacrificio; y sobre todo de honestidad en la lucha por sus principios y creencias.

 Ese día será un gran día y se sentirán orgullosos de ustedes mismos, y de ser venezolanos. Ese día, nada ni nadie los puede parar. Ustedes pasarán a ser el mejor ejemplo de que el trabajo de Simón Bolívar no fue en vano, y el verdadero testimonio de Venezuela en el mundo.

 Yo me disculpo, ¡pero me quedo en Venezuela! Siento que tengo una gran deuda con el país. ¡Me ha dado todo lo que soy! Yo no la elegí, ella me eligió a mí, pero con el tiempo aprendí a quererla. ¡Siento que la traicionaría! Venezuela me tocó en el corazón, y las cosas más bellas del mundo no pueden verse, ni siquiera tocarse. ¡Sólo se sienten en el corazón!

 Mi padre solía decirme: "Carlos, la única forma de predicar es con el ejemplo". Cómo podría yo, un muchacho criado en una pensión en la zona de El Cementerio, mirar a los ojos a mis empleados (más de dos mil) y decirles: "me voy, porque Venezuela no está bien".

 "Lo que la oruga llama el fin del mundo, el maestro lo llama mariposa", solía decirme mi madre. Yo moriré tratando de que algún día, con mi trabajo, mis sueños y mi sacrificio; en el vuelo de esa mariposa llamada Venezuela, esté también dibujada mi sonrisa, mi entusiasmo y mi ejemplo.

Tomado de El Universal
Imagen agregada de Internet, sin crédito

martes, 2 de septiembre de 2014

¿Banderas nada más?: Portadores de realidades y conceptos, los símbolos no existen al margen de la historia y el entorno social

Texto y fotos por Luis Toledo Sande
En un acto de contenido patriótico.
Cada día se ven por todas partes más banderas de distintos países o referencias visuales a ellas, usadas unas y otras como “adornos” en ropa y en artículos disímiles. Abundan en vehículos, desde rastras hasta bicitaxis, pasando por ómnibus, autos de paseo y tractores, hasta como forro de asientos. Tal proliferación viola normas establecidas para su uso.

El modo como se asumen las banderas tiene raíces, motivaciones y alcances significativos. Han tenido alto valor en la representación y la movilización de colectivos humanos, y lo han aprovechado religiones y poderes, como las Cruzadas, que, en el fondo, el expansionismo colonialista europeo extendió. Diferente es el influjo irradiador que para los pueblos de nuestra América, y para otros de similar historia, tienen sus banderas nacidas en las luchas por la independencia, proceso contrario a los designios de los conquistadores y sus herederos directos.

Entre los conceptos vinculados con las banderas descuellan otros que florecieron en el siglo XIX y han llegado por caminos varios a nuestra época, asociados también con ideas de hoy, o con ausencia relativa de pensamiento. El internacionalismo, que calzó principios sembradores, en el auge de la lucha de clases propagó asimismo el criterio de que los obreros no tenían patria.

Ese aserto, en pueblos para los cuales el patriotismo ha sido un valor básico, puede escocer; pero se erigió sobre bases: la emergente burguesía –que llegó al poder usando a los trabajadores como tropas armadas–, y aquellas otras clases que mantuvieron sus privilegios feudales, eran las dueñas de todo: de una totalidad que incluía, junto con los símbolos que los representaban, los estados nacionales regidos por ellas.

Metrópolis van, metrópolis vienen

La bandera británica sobresale entre
las usadas para cubrir cualquier parte
del cuerpo
Así se llegó a la realidad propia de las potencias opresoras, tanto las coloniales de viejo sello como las imperialistas, a menudo también con colonias a la antigua usanza. Contra una potencia del primer grupo, España –que José Martí calificó de filicida y todavía hoy en la estela colonialista algunos siguen llamando “la madre patria”–, le tocó a Cuba protagonizar una intensa y larga lucha de liberación. La victoria que merecía se la arrebató en 1898 la intervención de una potencia de nuevo tipo, los Estados Unidos, hija putativa de la Gran Bretaña colonialista que había pugnado exitosamente con su rival ibérica.

Desde hace tiempo España tiene menor poderío que esas dos potencias, pero sigue siendo, como las otras dos, una nación que se constituyó haciendo uso del llamado “derecho de conquista”.

Sobre esa historia existen estudios diversos, y conocimiento más o menos generalizado, aunque se oculte, o se quiera ignorar.

Razones de peso explican que las banderas de las tres naciones mencionadas, y las de otras, se sientan asociadas a saqueos de pueblos, y a genocidios. Para la generalidad de los respectivos pobladores que ellas representan oficialmente, carecen del valor afectivo que para los suyos guardan las que se distinguen por encarnar sacrificios en pos de la libertad.

Para conocer esa realidad –en general, y concretamente la de aquellas tres potencias– el mundo tiene una fuente de primer orden en un legado que para cubanas y cubanos ofrece, además, comunicación especialmente familiar: los textos de Martí. Aportan una interpretación luminosa de los nexos entre Cuba y España, de la historia de las potencias colonialistas europeas en su conjunto, y de sus acciones contra otros pueblos. Con especial claridad previsora esas páginas muestran la emergencia, en Norteamérica, del poder imperialista que ya se aprestaba a apoderarse de Cuba y de nuestra América toda, y a romper el equilibrio del mundo.

Símbolos y realidades


Con respecto a las insignias, en particular, de los Estados Unidos y de España, ambos de directa significación para su patria, Martí legó consideraciones cardinales, como suyas. En el pórtico de Versos sencillos se refirió a las maniobras del primero de esos países en “aquel invierno de angustia” de 1889-1890, cuando sesionó, en Washington, la conferencia internacional que marcó el nacimiento, a gran escala, del panamericanismo imperialista. En ese texto plasmó su crispación ante la imagen del águila estadounidense apretando “en sus garras los pabellones todos de la América”.

El águila, que en ese caso simboliza, más que altura, voracidad, no está en la bandera de los Estados Unidos, pero sí en su escudo, y en su relación con el mundo. Las realidades de aquel foro, ocultas para otros, él las denunció en crónicas, discursos y cartas, y le provocaron el malestar físico por el que tuvo que hacer el reposo durante el cual escribió el citado poemario.

Sus estrofas entregan un recuento autobiográfico del revolucionario que en 1895 llegaría con documentación haitiana a Cuba para incorporarse a la guerra que él contribuyó decisivamente a preparar. Al recrear el espectáculo, que él disfrutó en Nueva York, de la célebre bailarina española, testimonia en ese libro: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera;/ Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”.
De la que algunos llaman “la madre
patria”
 La historia de las potencias y su actitud hacia pueblos oprimidos por ellas no acabó en el pasado: vive y se manifiesta de disímiles formas. Encima de quien lo señale caerá, entre otros, el avispero de cosmopolitas ultramodernos apasionados de la globalización, quienes rabiarán contra lo que huela a patriotismo revolucionario reverenciarán la aldea global diseñada por los poderosos.

 Tal es la imagen del mundo que quieren vender, ayudados por sus cómplices, los cabecillas de maniobras encaminadas a dominar –desde sus bases comerciales, militares y mediáticas instaladas también en aldeas, aunque sean de gran tamaño– las aldeas todas del planeta. En sus ardides son capaces de revolver aviesamente, o buscar que otros los esgriman, hasta los postulados de un internacionalismo contrario a ellos desde la médula.

Diversidad sí, desarraigo no

Aunque en profunda crisis sistémica, el capitalismo conserva fuerza para sobornar y confundir. No es casual que por todas partes pululen las banderas de países poderosos, señaladamente la británica y la estadounidense, y también la española, no la de la república asesinada por el nacionalismo fascista y terrorista, sino la del león colonialista y monárquico.

Los juegos olímpicos celebrados en Londres en 2012 sirvieron, entre otras cosas, para producir enormes cantidades de banderas británicas. En Cuba su arribazón podía parecer una forma de celebrar los 250 años de la toma de La Habana por los ingleses. La presencia de esas banderas en todo tipo de objetos perdura, y quizás refuerza la multiplicación de otras.

Salvo las excepciones señaladas, las fotos que ilustran el presente artículo fueron tomadas en seis provincias cubanas, aunque no se indique la procedencia, pues no se trata de señalar particularidades, sino una realidad que se generaliza. El texto no intenta agotar el tema, que daría para una investigación multidisciplinaria.

El fin principal de la indagación no debe ser la validación de prohibiciones. Quede eso dicho en previsión del avispero anunciado, aunque toda sociedad necesita controles y restricciones. Urge propiciar y fomentar el adecuado pensamiento ante la marcha del mundo en general, y en esa tarea corresponde un papel insustituible a la información y a la educación. No todo puede fiarse a proscripciones, ni dejarse a la espontaneidad y la inercia.
 
Para pueblos como el cubano el concepto de patria tiene una significación vital. La legitimidad de sus luchas por la independencia la avaló la propia incorporación a ella del incipiente movimiento obrero. Hasta el anarquismo dio aquí pruebas de comprender que, si los obreros no tenían patria, su mejor alternativa sería conquistarla. Esa fue una de las mayores lecciones dadas por el gesto de activistas obreros como José Dolores Poyo, Serafín Bello y otros que, seguidos por numerosos compatriotas, colaboraron con Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano, apoyo en el que también sobresalieron el marxista Carlos Baliño y el socialista Diego Vicente Tejera.
 Dignificación de un símbolo

La enseña nacional en servicios brindados por cuentapropistas
–apláudase tal uso si abona sentimientos patrióticos–
Lúcidamente en guardia contra el autonomismo y el anexionismo, Martí señaló el derrotero seguido por la enseña que llegó a encarnar los ideales de la verdadera independencia. En “El 10 de abril”, artículo de 1892 publicado en Patria, se refirió a la Asamblea de Guáimaro, de la que en 1869 nació nuestra primera República en Armas, y dijo que allí “el pabellón nuevo de Yara”, “la bandera nueva que echó al mundo Céspedes”, cedió, “por la antigüedad y por la historia, al pabellón, saneado por la muerte de López y de Agüero”. Sí, porque enarbolando esa bandera se había echado “a morir con los Agüeros el Camagüey”.

En el pórtico de Versos sencillos había repudiado Martí el anexionismo de Narciso López. Sabía que la muerte de este, a raíz de la expedición en que trajo la bandera a Cárdenas en 1851, fue una de las que sanearon esa enseña, de la que dijo Martí en su discurso del 17 de abril de 1892 en el Hardman Hall neoyorquino, recién fundado el Partido Revolucionario Cubano: “No levantamos aquí bandera nueva, sino que ondeamos otra vez la bandera de los padres”. La dignificaron definitivamente los patriotas que habían confirmado y seguirían confirmando que el rojo del triángulo honra la sangre derramada para lograr la plena independencia.

Para Cuba su bandera está indisolublemente asociada al sacrificio y el heroísmo, como el Himno Nacional, surgido del independentismo indoblegable. Es un deber cultivar el respeto amoroso hacia ambos, y ello conduce a fomentar también el respeto a los símbolos de otros pueblos, si se sienten representativos de estos, y a no rendir culto, ni en apariencia, a los que puedan verse como emblemas de fuerzas conquistadoras.


Las reglamentaciones sobre el uso de los símbolos patrios deben acendrar el respeto que ellos merecen, no propiciar que, de tan intocables, acaben resultando ajenos. No se estimule que cubanos exitosos se sientan con derecho a estampar su firma sobre la bandera. Pero alegra ver que personas jóvenes, y no tan jóvenes, llevan al cuello escarapelas que la representan y, aunque no sean de óptima factura –mejorarlas sería una meta útil–, recuerdan la que traía Martí al caer en combate y, según lo sabido, había pertenecido a Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.
 Patria y humanidad

Tan injusto y frustrante como convertirlos en dogma y justificación de aislamiento sería olvidar los versos en que, ante la imagen del pabellón estadounidense impuesto por la interventora potencia norteamericana, Bonifacio Byrne exclamó: “Que no deben flotar dos banderas/ Donde basta con una: ¡la mía!” De ella dice: “Orgullosa lució en la pelea,/ Sin pueril y romántico alarde;/ ¡Al cubano que en ella no crea/ Se le debe azotar por cobarde!”.

Cuba ha dado pruebas de un internacionalismo ejemplar. Pero antes que ver a cubanas y cubanos vistiendo camisetas y otras piezas con banderas británicas, estadounidenses o españolas que por distintas vías inundan el país, ¿no sería más estimulante que llevaran la enseña nacional? “Patria es humanidad”, escribió Martí, y añadió: “es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer”. Su sentido de universalidad venía del subsuelo, no de la atmósfera.

No nos confundan los cosmopolitas que, aunque diciendo otra cosa, vengan a proponer una diversidad desarraigada. Más atendible es el disgusto de una compañera latinoamericana ante jóvenes de Cuba envueltos en la bandera de Alemania para celebrar, en el coliseo de la Ciudad Deportiva habanera, el triunfo de aquel país en el reciente campeonato de fútbol dirimido en Brasil.

Además de las banderas foráneas ya mencionadas, otra que abunda en nuestro entorno es la canadiense. En el caso de las latinoamericanas, una apreciación que podría someterse a prueba estadística sugiere que la de Venezuela ha tenido el atractivo que le viene del proyecto bolivariano y la relación de este y su líder Hugo Chávez con Cuba, su pueblo y su Revolución.

Más allá de los goles

Fuera de esos ejemplos, quizás la presencia que alcanzan otras banderas latinoamericanas se relaciona, en especial, con el prestigio que los países respectivos tienen en el reino del futbol. Y este, más que el deporte que debe y merece seguir siendo, parece constituir crecientemente una forma de opio de los pueblos: un opio que remite a las alucinaciones de la globalización y al culto del dinerismo, en dimensiones que difícilmente se expliquen por la importancia de los goles para la humanidad, y con esperanzas que actualizan a gran escala aquella ilusión propulsada con un lema comercial y político: “Usted sí puede tener un Buick”.

Ahora un héroe del futbol –otros deportes requerirían comentarios similares–, un crack africano, pero triunfador en Europa, se puede establecer en Londres y –no es metáfora ni hipérbole– comprar varios Mercedes Benz para su uso personal. ¿Y qué queda para la generalidad de los jóvenes del mundo, entre ellos también futbolistas? Lo de siempre, el encantador capitalismo tiene una sola cosa mala: no todos pueden ser burgueses y tener un Mercedes.

En lo relativo a las banderas entre nosotros, si se van a violar impune y masivamente las normas que regulan su uso, ¿no sería preferible que proliferasen las cubanas? Para eso, desde luego, su producción tendría que alcanzar las cantidades necesarias, y una distribución adecuada a tal fin, con precios asequibles para el pueblo trabajador.


Mercados vacíos de banderas cubanas favorecen el uso indiscriminado o la invasión de banderas de cualquier otro país, llegadas ya se sabe cómo. Pero no son de cualquier nación precisamente, sino de las poderosas, que con recursos variopintos venden su imagen, su discreto encanto. En el mar de banderas que pululan, ¿se ven acaso algunas de países de África, donde están muchas de nuestras raíces? Frente a excesos y déficits, estimula ver que una joven –pudiera ser también un joven– en una institución del país pinta o hace pintar en su rostro la bandera patria, y no de otras naciones, o de equipos deportivos de otros países.
 Tampoco se trata de que la bandera cubana se convierta en imagen para diseñar chancletas y ropa interior, o toallas para secarse todo. Eso se hace en países donde el mercado manda mucho más que el espíritu, mucho más que los valores patrióticos y la emancipación humana, mientras la manipulación del patriotismo justifica masacres “en cualquier oscuro rincón del mundo”.

Melodías celestes

Hace pocos años circuló la imagen de una aspirante de extrema derecha a la vicepresidencia de los Estados Unidos, que posó vistiendo un biquini estampado con la bandera de su país, y apuntando con un fusil. No se trata de apostar a la pudibundez: símbolos son símbolos.

Cuba no está libre del culto a “lo de afuera”, que, propio de excolonias, se refuerza en épocas de crisis material, económica. En ese contexto alcanza un significado específico el hecho de que un establecimiento privado se “engalane” con un pedazo de bandera británica –tal vez porque los propietarios no consiguieron una completa–, y se haga llamar Txiringuito. Así asume la versión en eusquera, lengua vasca, de chiringuito, vocablo que atendibles acarreos lingüísticos identifican como nacido en Cuba, y llevado de aquí a España. En otros lares pueden adaptarlo a distintos idiomas; pero, para nosotros, es natural que siga siendo chiringuito.

Pero acaso más alarmante que transformar sin necesidad esa palabra sea que un hotel cubano, no precisamente de propiedad privada, ostente numerosas banderas y por ningún lado aparezca entre ellas la del país. Hoy en La Habana el blasón del Futbol Club Barcelona (el Barça) puede verse lo mismo en un almendrón particular, compartiendo espacio con la bandera británica, o con otra, que ondeando en la antena de un automóvil estatal. Son signos visuales que no cabe considerar al margen del pensamiento; y, si respondieran a la ausencia de él, requerirían mayor atención aún.
 No sobra insistir en que la llamada desideologización no es tal: ninguna persona normal vive sin ideología, aunque lo pretenda.

Los promotores del desarraigo procuran desmontar todo pensamiento de raíz y alcance nacionales, emancipador, y sustituirlo por el que conviene a los intereses de la transnacionalización imperialista.

Esta dispone de recursos poderosos para colarse en todas partes, y pasar, ante desprevenidos e incautos, como “el pensamiento moderno”, el conjunto de ideas que no parecen tales, sino melodías celestes válidas para poner en el reino de la moda, también regido por los poderosos, a quien pueble con ellas su cabeza.


*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

Tomado de su página cultural en Bohemia, donde encontrará estás y otras imágenes que por razones técnicas no agregamos acá

viernes, 16 de marzo de 2012

Cuando el amor a Cuba aflora

Por Wilkie Delgado Correa

Cuando se arriba a un nuevo año muchas cosas pueden suceder, y todo el mundo puede, a nivel personal o colectivo, desear o vaticinar una miríada de alternativas que luego la realidad tozuda, mezcla del azar y las posibilidades, se encargará de poner en su sitial más evidente. Este 2012 no escapa a esa aseveración.

Por ejemplo, ya es una realidad el anuncio de que el Papa visitará a Cuba del 26 al 28 de marzo, y en torno a ello han surgido y surgirán los más variados juicios, las más discrepantes opiniones, los más controvertidos análisis y, en fin, lo que cualquier persona convertida en pitonisa quiera pronosticar como realidad posible en el contexto de una visita normal de un jefe de estado, en este caso del Vaticano, y guía supremo de la Iglesia Católica. Es como si lo trascendente y extraordinario no coexistiese siempre con lo normal y cotidiano en un pueblo cualquiera del planeta, y, por lo tanto, el cubano no es una excepción.

Tanto los enemigos de Cuba y su Revolución, externos como internos, maquinan para entorpecer o deslucir la visita pastoral, como el pueblo cubano y su gobierno aprestan sus mejores sentimientos para recibirle en forma respetuosa, amable y cariñosa, tal cual ha sido tradicional en la recepción de visitantes a nuestro país, especialmente de los jefes de estado.    

Comparto con los lectores dos historias breves -representativas de un anecdotario infinito en el que malintencionados e ingenuos de toda laya acostumbran a intercambiar con los cubanos- pero que tienen en sí mismas una gran riqueza espiritual…

Hace cierto tiempo el profesor titular y profesor consultante de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba, doctor Raúl Rizo, se encontró casualmente con un joven cubano residente en Miami a quien conocía. Parece que como una manera de halagarle personalmente y ponerle de manifiesto la valoración sobre el precio material de su labor profesional, le preguntó:

-¿Profesor, Ud. sabe que en Miami Ud. podría ser millonario?

El profesor le miró con una ligera sonrisa. Resaltaba en él todo el cabello cano, y la mirada vivaz a través de los espejuelos. Tenía la existencia cargada de satisfacciones plenas y también de necesidades como cualquier mortal de nuestra tierra. La respuesta fue dictada por sus convicciones, en las que se mezclaban todas las experiencias y acontecimientos de su vida, y fue tan inmediata como escueta y contundente, aunque condescendiente con aquel joven médico que había sido su alumno años atrás.

 - Sí, lo sé. Pero aquí en Cuba tengo todo lo que amo.

Su interlocutor pareció no comprender ni sentirse satisfecho con la respuesta. Y es que algunos no están aptos, por naturaleza o por reflejo condicionado propio de amaestrados, para comprender el valor de la virtud como escudo de resistencia de los ciudadanos de la nación cubana, con sus grandezas y pequeñeces, y, por supuesto, con sus abundancias y escaseces

Esta fue una simple confrontación entre dos concepciones, dos vivencias, dos ópticas, dos caminos, dos escogencias, entre dos personas que se encuentran e intercambian casualmente, y que es algo que ocurre muy frecuentemente dentro y fuera de Cuba.

La otra historia ocurrió fuera de Cuba, precisamente en Miami, y tuvo mayor connotación pública porque se trataba de una actuación por TV.

Este fue el pie forzado que pretendió poner en aprieto al cantor sonero y  excelente repentista Cándido Fabré, en su visita a Estados Unidos el pasado año: “A Cuba yo no regreso”.

Al respecto el cantor ha confesado: “Viví un momento de gran tensión, pero tranquilo. Era el tiempo justo para descargar mi capacidad de improvisar ante lo inesperado, sobre todo con un tema cargado de intencionalidad.”

Finalmente la ovación prolongada del público asistente aprobó el mensaje del cantor, que enumeró los elementos queridos que entrañaría olvidar y renunciar para escoger la opción de no regresar a su patria. Citó en primer lugar a su madre Sixta, en segundo lugar al terruño natal San Luis, y luego en una sucesión coherente los paradigmas de su nación, como su Héroe Nacional José Martí, de su cultura, con nombres señeros y sus manifestaciones artísticas autóctonas, y finalmente su convicción de fe patriótica y estima de sí mismo. He aquí la improvisación referida:

Si olvido a mi vieja Sixta / Si me olvido de San Luis / Si yo me olvido del Benny, / Si me olvido de Martí / Si yo me olvido del son, / De las claves y el bongó, / Si me olvido de la rumba / Y olvido este guaguancó, / Si olvido a Sindo Garay, / A Matamoros y a Chepín, / Si olvido a Enrique Jorrín / Y también a Rafael Lay, / Si me olvido del Compay / Y acaso pierdo la fe / Si me olvido de Fabré / Y que yo vengo en progreso / Entonces diré que: a Cuba yo no regreso.

En una entrevista para la prensa en Cuba reflejó en forma brillante su opinión sobre la identidad y la cubanía. Estas fueron las preguntas y respuestas.

-¿Qué es para ti identidad?

-No dar pie a la duda, exteriorizar los valores con los cuales te educaron, nunca renunciar a tus principios ni a tus rasgos distintivos. Tener sentido de pertenencia, el modo de entregarte a la vida durante la vida, de proyectarte como persona dondequiera que estés, en el mayor sentido de la palabra: es ser original.

-¿Y la cubanía?

-Son los patrones que rigen y tipifican el pensamiento del cubano, los elementos naturales que definen nuestro paisaje. La palma, la mariposa, el tocororo... Es tener presente la representatividad, la gracia y el sabor de donde provienes. No existe identidad sin cubanía, ambas categorías se encuentran estrechamente unidas.

Es una realidad que tanto los cubanos de la Isla como miles de cubanos residentes fuera de su país son capaces de vibrar por ese sentimiento filial de amor a Cuba. Y aspiran lo mejor para su patria, incluyendo la paz y la prosperidad. Sólo en las personas de espíritu canijo y vil, obnubilados por el odio y la ruindad, se manifiesta un antagonismo tal que les lleva a desearle la peor a su tierra de origen.  

Pero en fin, este mes que recibiremos en Cuba al Sumo Pontífice, 265º Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI, podremos mantener un diálogo sintético con él como éste, utilizando dos frases de las historias narradas. El Papa nos dirá de muchas formas: “A Cuba yo la visito”. Y comprobará lo que nosotros le diremos: “En Cuba tenemos todo lo que amamos.”

*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

Enviado por su autor

Imagen agregada RCBáez