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viernes, 10 de julio de 2015

El 20 de julio de 2015 ¡se romperá el corojo!

Por Lohania Aruca Alonso*

  RCBaez_ante un nuevo Baragua
Y he dejado bien claro que también seguiremos teniendo diferencias muy serias. Que incluyen el apoyo duradero de Estados Unidos por los valores universales, como la libertad de expresión y asociación y el acceso a la información. Y no dudaremos en protestar cuando veamos que se actúa de manera contradictoria a esos valores. 
Barack H. Obama (1)

     El título de este artículo parodia la histórica frase criolla: “Muchachos, ¡el 23 [de marzo, 1878] se rompe el corojo!”, fue dicha por alguno de los cubanos presentes al final de la conocida Protesta de Baraguá, 15 de marzo de 1878, cuando el General Antonio Maceo Grajales confirmó a su contrincante español, el General Arsenio Martínez Campos, que las hostilidades continuarían, porque sus fuerzas no aceptaban los acuerdos del Pacto del Zanjón (2).

Ese gesto de firmeza ideológica y de coraje combativo por la independencia total de Cuba, trascendió a la Historia como un símbolo y paradigma, inobjetables, de la resistencia de los cubanos y cubanas en su irrenunciable aspiración detener una nación libre, soberana y feliz. “¡Con todos y para el bien de todos!”, dijo Martí.

    Sin embargo, aquí nos referiremos a otro tipo de desafío -semejante pero diferente-, al de los enfrentamientos entre patrones económicos, políticos y culturales socialistas y capitalistas, en la Cuba del 2015. La fecha aludida en el título es la de la reapertura oficial de las sedes diplomáticas y consulares de la República de Cuba en Washington y de los Estados Unidos de América en La Habana. 

     Aunque para ambos países este “acercamiento” será por  igual un gran desafío político, no se pueden ignorar las distintas magnitudes geográficas, demográficas y de riquezas,  que cada uno posee: se trata, una vez más, de encarar la pugna, casi mítica, entre el David tropical y el Goliat norteño.

A pesar de ello, los cubanos y las cubanas no se arredran ante el futuro reencuentro; muy al contrario, presenciaremos los ceremoniales diplomáticos convencidos de los beneficios que esta nueva etapa histórica nos depara a dos naciones vecinas. Desde luego, sin hacer concesiones a las ingenuidades y/o a las trampas políticas que hacen más escabroso el nuevo camino a emprender, para dominar “el arte de la convivencia civilizada”.

 Somos nosotros, el pueblo que ha sufrido por más de 54 años las constantes agresiones de parte de quienes pronto se reinstalarán en el moderno edificio de los años 50 ,(3) junto al malecón habanero, los que tenemos el deber de cuidar y defender la integridad de nuestro país, de su sistema económico,  político y cultural.  

     Para ello contamos con experiencias propias y ajenas. La Historia nos advierte, y dan fe del peligro ciertos “viejos” métodos y teorías “infalibles” (que nada tienen que envidiar a los de Maquiavelo), explicitadas en documentos que provienen de fuentes oficiales estadounidenses, como el citado a continuación:

"Sembrando el caos en la Unión Soviética, sustituiremos sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos. 
Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreductible pueblo en la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia.

De la literatura y el arte, por ejemplo, haremos desaparecer su carga social. Deshabituaremos a los artistas, les quitaremos las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad. Literatura, cine, teatro, deberán reflejar y enaltecer los más bajos sentimientos humanos. Apoyaremos y encumbraremos por todos los medios a los denominados artistas, que comenzarán a sembrar e inculcar en la conciencia humana el culto del sexo, de la violencia, el sadismo, la traición. En una palabra: cualquier tipo de inmoralidad.

En la dirección del estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas, innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos, y ante todo el odio al pueblo ruso; todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor.

Sólo unos pocos acertaran a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarles, desacreditarles y señalarles como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos.
(Traducción de: El Arte de la Inteligencia, Allen W. Dulles, fundador e ideólogo de la CIA en la década de los 50. Los subrayados en negritas fueron hechos por la Autora de este artículo.)

¡Tanta bajeza y maldad enemigas del pueblo fue y es política real!

Cuba, por su parte, en este intercambio brindará a los visitantes estadounidenses la ocasión de relacionarse con nuestras modestas ciudades -sin rascacielos, ni edificios inteligentes. Con nuestros hospitales, teatros, museos y escuelas, estas últimas llenas de niños y niñas de colores mezclados, sanos, sonrientes y amorosos.

    Somos un pueblo cuya historia es radicalmente diferente de la que originó el imperio capitalista actual; aquí el esfuerzo de construir una nueva sociedad próspera y sostenible se realiza cotidianamente, educando, transformando hábitos y conductas negativos por otros que aporten al colectivo donde se vive y trabaja mayor seguridad y dignidad humana. ¿Habrá sólo “idealismo” de la parte cubana?

    Muchos de nuestros conciudadanos se han radicado en los EE. UU., no obstante, reconocen y defienden los logros socialistas – aún limitados por el bloqueo yanqui, la mala administración consciente o inconsciente de los escasos recursos que poseemos, y hasta por el vicio y la corrupción –penalizados- de los burócratas no revolucionarios.

      Esas tristes realidades y personajes sin escrúpulos son nuestra verdadera amenaza interna y requieren de una mayor prevención. ¿Por qué y cómo se corrompen los funcionarios?¿A qué modelo  de sociedad y cultura responden específicamente?¿Quién o quienes facilitan la entrada y copia al modelo erróneo?¿Cuáles son los medios a través de los cuales se divulga tal modelo/s acríticamente entre la población, sin referenciar los modelos culturales propios?¿Cuáles son los auténticos modelos que ofrecen la cultura nacional, cómo se promueven, que valores los identifican?¿Cuáles son los posibles motores impulsores de su aceptación y desarrollo?

Ahora mismo es tiempo de reflexión y acción.  En las grandes batallas que se nos avecinan a pasos agigantados no debemos fallar por imprevisión o inacción. Hay que cambia todo lo que debe ser cambiado, dijo Fidel Castro. Hay un gran porcentaje de población joven que en Cuba ha obtenido un grado alto de escolarización, y que sinceramente aspira a vivir en un país de gente honesta y digna. Justamente esta es nuestra mayor fortaleza.

     La memoria histórica de lo que hemos soñado, vivido y sufrido muchas generaciones, es un capital acumulado de valores cívicos y morales que se deben visibilizar, por todos en todos los espacios. Las calles, parques y plazas son museos a cielo abierto con monumentos dedicados a personalidades históricas; poseen un extraordinario valor patrimonial; cuentan, a nacionales y extranjeros, fragmentos gloriosos de la Historia de Cuba. ¡Atendámoslos! Así, los integramos a nuestra vida cotidiana.

    Hay que lograr el rescate de esos espacios públicos en las capitales del país, e igualmente en las provincias y los municipios. El desarrollo de las localidades, el fomento de su singular potencial, específicamente de la cultura de  base popular, es y será siempre un acicate para  acrecentar nuestra riqueza y prosperidad nacional. Es el fundamento y legado de cubanía que se traslada de una a otras generaciones. Profundicemos en su conservación.

     Vivimos inmersos en cambios aún inimaginables. Soñamos con un mundo mejor que, poco a poco, vamos conquistando, y que le arrancaremos  al futuro. Seamos conscientes y coincidentes con la grandeza de los desafíos que enfrentamos. Preparémonos infatigablemente para la lucha por un país todavía más cubano, más nuestroamericano, ¡más humano!

 La Habana, miércoles, 08 de julio de 2015
 Notas 
 
(1) “Declaraciones del Presidente de los Estados Unidos sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba”, Granma, Nacionales, Julio 2015, jueves 2, p. 3.)
(2) Pacto del Zanjón (11 de febrero de 1878): acuerdo de paz entre los ejércitos cubano y español que marcó el final de la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Fue aceptado por el gobierno cubano en armas, que realizó la capitulación general el 28 del propio mes y año. No obstante, los jefes insurrectos orientales bajo el mando del General Antonio Maceo y Grajales no reconocieron el trato, ni se rindieron, expresando sus posiciones en la Protesta de Baraguá.
(3) Embajada de los Estados Unidos de América, dirección M entre Malecón y 7, fecha de construcción 1952; autores: arquitectos Harrison y Abramovitz (EUA) Mira y Rosich (Cuba). Remodelada en 1997 según proyecto de Caballero Architects, solo conservó su estructura original de hormigón armado y parte de sus cierres exteriores; fue un ejemplo destacado del diseño racionalista en La Habana moderna. Datos tomados de: Martín Z., Ma. Elena y Rodríguez F., Eduardo, La Habana Guía de Arquitectura Havana, Cuba, An Architectural Guide, La Habana- Sevilla, 1998, p. 204, incluye foto de fachada actual.



*Periodista e investigadora histórica y cultural cubana. Licenciada en Historia, con especialidad en Urbanismo. Máster en Ciencias Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba Miembro de la UNEAC, la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción y la UPEC. Cumplió tareas como funcionaria del Servicio Exterior del MINREX en Cuba

sábado, 31 de enero de 2015

Con José Martí: raíces y luz*

Por Luis Toledo Sande**

Concisión y sonoridad pudieran explicar que el topónimo Yara se haya sobrepuesto con facilidad a Radiocentro, nombre que identificó durante años a un céntrico cine habanero, y tal vez explique asimismo que en el habla popular se use como sinónimo del adverbio ya. Pero hasta en esas sustituciones debe considerarse el prestigio y la familiaridad de Yara en la tradición patriótica del país. En enero de 1869, poco más de tres meses después de comenzar la Guerra de los Diez Años, José Martí, erguido en las señales de su entorno, plasmó el dilema que en su tiempo tenía ante sí la nación cubana en formación: “O Yara o Madrid”.

Tal ha sido la significación de Yara que, entre muchos aciertos, ha dado lugar a una confusión histórica: se ha suplantado la realidad que fue el Grito de Demajagua por una de nombre más fácil de pronunciar, Grito de Yara. El error está presente en documentos fundamentales de la patria, y se implantó con firmeza pétrea y crédito de nombre oficial en la chimenea de un central azucarero. Como en el justo afán de revertir la infundada identificación del levantamiento del 24 de febrero de 1895 como Grito de Baire, con lo que se rinde homenaje a una sola entre las localidades envueltas en el estallido simultáneo de aquella fecha, poco éxito han tenido los reclamos de recordar correctamente los hechos: el 10 de octubre de 1868 el grito de independencia de Cuba se dio en el ingenio Demajagua, y lo sucedido en Yara, el bautismo de fuego de las tropas mambisas, tuvo lugar el 11.

Era natural que una tropa irregular, escasa en experiencia militar y pertrechos, no pudiera derrotar a representantes de un ejército que gozaba de ventaja. Para los independentistas el valor de aquella vivencia fue moral: no se rindieron ante el enemigo poderoso, y ello hizo de Yara un símbolo que remite por derecho a la voluntad de lucha del pueblo cubano, a su afán de triunfar con la justicia y convertir los reveses en victoria, por lo menos desde el período que José Martí llamó “de preparación gloriosa y cruenta”, la antesala del estallido del 68, arrancada patente de una nación que braceaba por dejar de ser colonia.

En el camino se ubicaron el propio estancamiento de la gesta iniciada entonces y la heroica Protesta de Baraguá, que no tuvo la repercusión práctica merecida: revertir los designios del Pacto del Zanjón, como tampoco lo consiguió la Guerra Chiquita entre 1879 y 1880. Sobreponerse a golpes y alcanzar metas mayores estuvo en la médula del afán que llevó hasta el alzamiento del 24 de febrero de 1895, preparado por Martí. Los fanáticos del pragmatismo, corriente de pensamiento que no por gusto surgió con signo capitalista, y no se debe confundir con el espíritu práctico sano, serán quienes supongan que el triunfo material certifica la razón de los actos.

Otras han sido y serán la actitud y las perspectivas de quienes en Cuba seguirían las luces del 68 y del 95. Recordemos los ejemplos de las vanguardias representadas por Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y Antonio Guiteras; los afanes más esclarecidos de quienes, en la luz encendida por Mella, abrazaron juntas las lecciones de Martí y las del marxismo; los actos de lo que ha pasado a la historia como generación del centenario martiano, una avanzada capaz de acometer proezas como las emblemáticas del 26 de julio de 1953, y movilizar crecientemente al pueblo hasta el triunfo de 1959.

En el centro de las frustraciones sufridas por Cuba operaba la herencia, o presencia viva, de la realidad implantada desde que en 1898 las crecientes fuerzas imperiales de los Estados Unidos intervinieron en la guerra que el patriotismo cubano libraba contra el colonialismo español, e impidieron el triunfo de los mambises y la instauración de la república moral con que soñó y por la cual luchó y murió Martí. Él había logrado un movimiento unitario sin precedentes en nuestra historia, y nos legó el fundamento moral —así lo ha llamado el líder histórico Fidel Castro— de lo que nuestra patria ha hecho después, y está convocada, por su deber y su honor, a seguir haciendo.

El héroe a quien rendimos tributo por el aniversario 162 de su nacimiento y en el año en que se cumplirán 120 de su muerte en combate, sigue vivo como guía motor en ese fundamento, porque pensó y actuó a la altura de sus circunstancias, con resolución y luz válidas para entonces, para hoy y para el porvenir. Preparó una guerra cuyos fines mayores no terminaban en la liberación nacional de Cuba: incluían asegurar la independencia de las Antillas, como afirmó en su carta póstuma a Manuel Mercado, para que los Estados Unidos no se apoderasen de ellas, lo que le permitiría a la emergente potencia caer, “con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

La contienda recién empezaba, estaba por delante la necesidad de derrotar al ejército colonialista español, y el héroe expresaba rotundamente su voluntad de impedir que se consumaran los planes del poderoso vecino: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Liberar a la patria significaba también impedir que se hiciera realidad la teoría de la “fruta madura”. Ese engendro —resumen de una apetencia que venía de los fundadores de una nación voraz y expansionista— tuvo su bautismo textual en los Estados Unidos en 1823, treinta años antes de que naciera José Martí, y más de un siglo antes que Fidel Castro.

El afán imperial de apoderarse de Cuba hallaría la complicidad de anexionistas y autonomistas, especies políticas que no han desaparecido. A lo sumo se han fundido en una misma actitud antipatriótica, con ideólogos o ideologuillos abrazados a la “razón instrumental”, no a la guía moral que Martí continúa encarnando. En la carta citada repudió ambas tendencias, y dijo que la primera era “menos temible”, pero no porque fuera mejor que la otra, sino “por la poca realidad de sus aspirantes”, quienes soñaban con que Cuba fuera un estado más en una federación imperialista cuyos gobernantes lo que buscaban era sustituir a España en su dominación colonial. Por su parte, los cabecillas del autonomismo preferían tener “un amo, yanqui o español”, que les asegurase sus privilegios de “prohombres” que, tanto como sus primos anexionistas, despreciaban a “la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

Las señales decisivas sobre el peligro que venía de los Estados Unidos se las había dado al agudo veedor el Congreso Internacional de Washington, celebrado en lo que el autor de Versos sencillos definió como “aquel invierno de angustia” de 1889-1890. El foro le confirmó su previsión sobre los planes que el Norte urdía para los pueblos de nuestra América ya entonces independientes. De ahí su pregunta increpante: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?”

Denuncia así el inicio visible del panamericanismo imperialista, contra el cual todavía es necesario seguir luchando en nuestra América, y se han dado pasos tan importantes como la creación del ALBA y la CELAC, impensables sin la resistencia de la Revolución Cubana frente a la agresividad imperialista. Sin esa resistencia sería difícil explicar la fuerza emancipadora impulsada, junto a Cuba, por países como Venezuela, Ecuador, Bolivia y otros. Y esa Cuba de la resistencia revolucionaria se hizo revirtiendo la tragedia histórica iniciada en 1898.

Con aquel Congreso Internacional de 1889-1890 a la vista, para Martí quedó claro que a Cuba, todavía colonia y, por tanto —como Puerto Rico—, ni siquiera representada en el temible foro, las fuerzas dominantes en los Estados Unidos le reservaban un destino aún peor: “Sobre nuestra tierra […] hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”, escribió Martí a su colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui.

Ve la trampa que se urde, y añade a lo citado: “¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!” Pero también, o sobre todo, es consciente de la necesidad de hacer la guerra para librar a Cuba, en lo inmediato, del poderío español. La opción será, pues, hacerla de modo que no conviniera a los planes estadounidenses.
Siete años antes, en carta del 20 de julio de 1882, le había expresado a Máximo Gómez que la patria necesitaba tener “en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país”, e impedir que este se vuelva “a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces”. A inicios de 1895, fundado desde el 10 de abril de 1892 ese cuerpo con la creación del Partido Revolucionario Cubano, habrá llegado la hora de poner en pie a las tropas independentistas para librar la guerra necesaria, que debía ser bien organizada y dirigida, para conjurar las aspiraciones injerencistas del poderoso vecino.

El 5 de abril de 1894 había publicado en Patria el artículo “Crece”, donde se refiere a la posibilidad de que las fuerzas revolucionarias no triunfaran. Habría sido funesto insistir en esa posibilidad cuando urgía allegar recursos y hallar combatientes para la guerra, pero el líder expone resueltamente: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución. Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana. Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.

Doce días después de aparecer “Crece” —donde su concepción del deber científico se opone a males como el pragmático positivismo de la cúpula autonomista—, en el mismo periódico Patria circula “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, artículo más conocido que aquel, y donde resume grandes desafíos que urge vencer: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,—mero fortín de la Roma americana;—y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte”.

Ante circunstancias tales, afirma, “es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Ello recuerda cómo define el artículo inicial de las Bases del Partido el propósito inmediato de la organización: “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Él, que ha calado en las entrañas de los foros de 1889-1890 y 1891, acelera desde entonces los preparativos de la guerra.

En la fase final de esos preparativos la revolución sufre un duro golpe, que no podría verse como un mero acontecimiento aislado. Es enero de 1895, y en el puerto floridano de Fernandina autoridades estadounidenses, apoyadas por un cubano algo más que sospechoso de traidor a la patria, descubren un plan expedicionario cuidadosamente preparado por Martí, quien había actuado en secreto. Lo sabía necesario para imprimir fuerza a la guerra desde el inicio con un levantamiento que, además de simultáneo en las localidades comprometidas, fuera sorpresivo. La contienda debía ser “breve y directa como el rayo”, según él había señalado en uno de sus textos sobre Cuba y Puerto Rico, y de distintas formas en otros, no solo para que el derramamiento de sangre fuera el menor posible, sino también para no dar tiempo y ocasión a los pretextos intervencionistas de los Estados Unidos.

El factor sorpresa lo frustra el golpe de Fernandina; pero en aquellas circunstancias no hay marcha atrás, ni Martí desea que la haya: la guerra indispensable se hace a tiempo, o no se hace. Lo revelado en Fernandina era obra grande, y el líder desplegó su capacidad de persuasión, el respeto y la confianza que se había ganado entre sus seguidores, y logró que el revés no impidiera el levantamiento necesario.

Lo que vino después se conoce. El fundador murió prematuramente, sin que la República en Armas tuviera la estructura necesaria, en función de la cual había concebido él —en términos y realidades que expresan, incluso en las condiciones de la guerra, su sentido de la sincera democracia defendida en las Bases del Partido— “la Asamblea de Delegados de todo el pueblo cubano visible”. Este, en su concepto, lo formaban “todas las masas cubanas alzadas”, de las cuales los jefes serían parte. Circunstancias adversas, y señaladamente su muerte, a la que se unió el 7 de diciembre de 1896 la de Antonio Maceo, obstaculizaron la eficacia de las fuerzas patrióticas, y en 1898 se consumó la intervención estadounidense.

Sesenta años después de ese violento acto injerencista, el imperio no perdonaría la decisión cubana de hacer realidad, con el triunfo de 1959, el proyecto de liberación, soberanía y república plena heredado de Martí. Tras el triunfo de la Revolución, el Norte puso en marcha contra Cuba la hostilidad que incluiría una invasión armada y actos terroristas varios, junto a un férreo bloqueo económico, financiero y comercial.

La resistencia del pueblo cubano en la defensa de sus ideales haría fracasar tales prácticas agresivas, que acabaron aislando a los Estados Unidos en el concierto de países latinoamericanos y en la comunidad internacional. Si a inicios de los años 60 del siglo pasado aquella nación —OEA mediante, y con la complicidad de casi todos los gobiernos del área— consiguió instalar contra Cuba el acoso y el aislamiento, distinta es la realidad de un continente que reclama la presencia de este país en las Cumbres de las Américas. Y durante más de dos décadas, año tras año, la Asamblea General de las Naciones Unidas se convierte en escenario de una aplastante votación contra el bloqueo. Ahora el anuncio de que ese engendro será levantado no debe verse como suficiente para sacarlo de la agenda de la mencionada Asamblea.

El aislamiento de Cuba se ha revertido más allá del continente. La Rusia de hoy, en la que nada apunta al afán de crear una nueva Internacional Comunista, y una China que crece como una de las mayores economías del planeta, intensifican sus vínculos con Cuba, y con el conjunto de nuestra América, donde el influjo de la Revolución Cubana se mantuvo contra la voluntad del imperio. Para este no es solo una isla el área donde necesita mantener o reforzar su influencia, sino todo un continente, como parte de su afán por seguir capitalizando el desequilibrio mundial.

A finales del siglo XX las fuerzas imperiales supondrían que ese desequilibrio estaba alcanzando su culminación. Desmontado el socialismo europeo —lo cual representó un duro golpe para Cuba no solo en términos económicos—, los ideólogos y voceros del imperio creyeron que se consolidaba un mundo unipolar coyundeado por el pensamiento único propio de la pretensa unipolaridad. Pero la realidad va siendo otra, con los cambios experimentados en nuestra América desde los mismos finales del siglo XX y, sobre todo, en lo que va del XXI.

* El presente artículo y “Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria”, que le dará continuidad en esta sección, provienen de las cuartillas que el autor preparó para cumplimentar, con un resumen de ellas, la invitación a participar el pasado 21 de enero en Dialogar, dialogar, espacio que auspicia la Asociación Hermanos Saíz y sesiona en el habanero Pabellón Cuba. El encuentro de esa fecha se dedicó al tema José Martí en la actualidad cubana.
**Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
Tomado de Cubadebate

martes, 27 de enero de 2015

El camino de la Revolución martiana

Por Armando Hart Dávalos
 En medio de las complejidades y los desafíos que entraña la situación actual se impone una interrogante: ¿Cuál es nuestro deber con las generaciones que vivirán bien entrado el siglo XXI para la preservación y transmisión del legado del Héroe Nacional?
  
Para el pueblo cubano la conmemoración del natalicio del Apóstol, así como de otras efemérides relacionadas con su vida y obra, siempre han tenido una gran relevancia. Desde luego que al rememorar estos aniversarios lo hacemos con un gran sentimiento de responsabilidad, por la significación que esa entrañable figura tiene, no solo para nuestro pueblo, sino también para los pueblos de nuestra América y el mundo. Se trata de una tradición que nos viene de la Escuela cubana, de los maestros y de muchas figuras intelectuales y políticas que la mantuvieron viva y actuante en sus pensamientos, a lo largo del pasado siglo XX.

 Como bien conocemos, en el presente año se cumplirán 120 años del inicio de la Guerra necesaria que él organizó y convocó; del Manifiesto de Montecristi; de su desembarco en Playita de Cajobabo, en el extremo oriental del país; de su nombramiento como Mayor General y de su caída en combate en Dos Ríos, entre otras significativas fechas, por lo que la evocación de cada una de estas trascendentales efemérides es, del mismo modo, una ocasión propicia para reflexionar sobre el camino recorrido por nuestra martiana Revolución y su proyección hacia el futuro.

 Por otra parte, recordemos que en Cuba sucedió un milagro desde el punto de vista filosófico, porque aquí se lograron articular «creadoramente» las ideas del marxismo consecuente, antidogmático y forjador con el pensamiento martiano; de ahí que nuestro Partido se pudo definir como marxista-leninista y martiano. Por lo que, del mismo modo, la dirección del Partido, en su Primera Conferencia Nacional, en enero de 2012, orientó profundizar en el legado ético, humanista y antiimperialista del pensamiento del Apóstol cubano, como fundamento esencial de nuestra práctica revolucionaria.

 De igual modo, no olvidemos que en la larga evolución de las ideas cubanas, desde los tiempos del padre José Agustín Caballero, Varela, Luz y Martí, hasta hoy, está presente el método electivo del conocimiento. El pensamiento filosófico y político, social y cultural en general de nuestro país forjó la síntesis mejor lograda de las ideas del llamado occidente, sobre el que Fernando Ortiz —considerado el tercer descubridor de Cuba por sus estudios sociológicos y etnográficos—, al analizar el fenómeno de la transculturación y de los factores humanos en la cubanidad, utiliza la metáfora del ajiaco para caracterizar la cultura cubana. Y es «en efecto» un ajiaco con sabor a justicia en su alcance más universal y lo que sustantiva ese maravilloso ajiaco está en José Martí.

 Precisamente hace 120 años, en nota publicada en el periódico Patria, el 26 de enero de 1895, Martí formuló un concepto que tiene un significado cardinal en nuestros días: «Patria es Humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer»; esta definición la podemos relacionar con su toma de partido en aquel verso memorable: «Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar».

 Para los cubanos, en medio de las complejidades y los retos que nos impone la situación actual, siguen vigentes las siguientes interrogantes: ¿Cuál es nuestro deber con las generaciones que vivirán bien entrado el siglo XXI para la preservación y transmisión del legado martiano? ¿Cómo debemos insertarnos de manera creativa y eficaz en el esfuerzo que involucra a todo el país para alcanzar una cultura integral y masiva? ¿Qué debemos hacer hoy para que el sagrado legado martiano sea investigado con profundidad y podamos extraerle las lecciones válidas para hacer frente a los desafíos del siglo XXI?

 Estamos comprometidos con la defensa de la tradición democrática, revolucionaria y socialista de la nación cubana y de los valores que están en lo que podemos llamar el ADN de Cuba, es decir, de nuestra identidad. Desde luego que nuestras responsabilidades se han acrecentado, pues no solo estamos defendiendo la cultura cubana, sino también la cultura latinoamericana, caribeña e incluso mundial. Sobre todo en el día de hoy, momento en el que se ha entablado un combate a escala continental entre los pueblos que quieren profundizar los cambios económicos, políticos y sociales que han tenido y tienen lugar en la región y las oligarquías sometidas «históricamente» a los designios imperiales. No olvidemos que se trata de una lucha en la que nuestra región latinoamericana y caribeña, con una dilatada historia de saqueo, subdesarrollo y depredación por parte de metrópolis antiguas y modernas, con un destino de liberación y una tradición espiritual que sirve de fundamento a una vocación de integración regional, ya se encuentra en condiciones favorables para hacer un aporte sustantivo y salvar a la especie humana y al planeta que habitamos de su extinción definitiva.

 Es un imperativo alentar a los jóvenes a que se preparen y tomen conciencia de la necesidad de enfrentar el drama, porque la familia humana enfrenta mortales peligros; tenemos que hacer conciencia del nefasto carácter de esta crisis que vive la humanidad. Por primera vez en la milenaria historia del hombre se han acumulado fuerzas técnicas y recursos materiales capaces de extinguir no solo a la especie humana, sino a todas las especies.

 Esto se relaciona estrechamente con el tema del imperialismo en su fase actual y específicamente la situación en Estados Unidos. Martí fue el pensador extranjero que mejor conoció la sociedad norteamericana de su tiempo y sus ideas constituyen hoy una sólida base para relacionarnos con ese país; por eso sus ideas son un recurso muy necesario para vincularnos y relacionarnos más estrechamente con la sociedad norteamericana. Porque el imperialismo de hoy no es el imperialismo del siglo XX, se trata del imperialismo en proceso de decadencia y, recordemos, todos los imperios, en el momento de fenecer o en el proceso final de su existencia, emprenden acciones desesperadas para tratar de detener lo inevitable. El imperio hegemónico, ansioso de perpetuar su dominación «a toda costa» sigue acudiendo a flagrantes violaciones del Derecho Internacional, a la amenaza, al uso de la fuerza, y no vacila en emprender agresiones a gran escala con el propósito de asegurar la explotación y el saqueo de los recursos naturales en todo el mundo.

 En cuanto a Cuba, se inicia una etapa de mayor sutileza y rigor en el combate, etapa en la que nuestro pueblo tendrá que luchar y darlo todo por la plena integridad e independencia de la nación.

 No hay dudas de que el imperio yanqui seguirá cambiando sus maneras de intentar imponer sus designios a la nación cubana, pero, en esencia, mantendrá el mismo propósito. También las nuevas formas revolucionarias de luchar en defensa de Cuba tomarán nuevos alcances y sutilezas, estarán cargadas de peligros, pero estos riesgos «como ya hemos visto» no son solo para Cuba, sino también para el mundo.

 Partiendo de la cosmovisión martiana, estamos comprometidos a colaborar con los centros de investigaciones sociales del país, con las instituciones martianas, en especial con el Movimiento Juvenil Martiano, para preservar, profundizar en el estudio y divulgar lo más ampliamente posible el legado martiano, como garantía de la continuidad histórica de la Revolución.

 Como ha señalado el General de Ejército Raúl Castro, para garantizar esa continuidad «contamos con la pujanza y compromiso patriótico de la gran masa de intelectuales, artistas, profesores y maestros revolucionarios, así como con la firmeza de nuestros centros de investigaciones sociales, universidades y de su estudiantado, aún sin utilizar plenamente sus potencialidades».

 El pensamiento martiano sigue brindando hoy un sólido sustento a los procesos de integración latinoamericana y caribeña. Ha llegado, como señaló Martí, la hora de proclamar la segunda y definitiva independencia de nuestros pueblos, apoyándonos en la herencia bolivariana y martiana y de una pléyade de próceres y pensadores latinoamericanos y caribeños que soñaron con esa integración. No es casual que la referencia a sus ideas aparezca de manera frecuente en los discursos de presidentes y jefes de Gobierno de los países de la región. La cultura que representan Bolívar y Martí, Hugo Chávez y Fidel tiene responsabilidades universales.

 Frente a las amenazas que se ciernen sobre la especie humana y sobre la vida misma en la Tierra no podemos permanecer impasibles, y como martianos debemos luchar contra aquellos que por codicia y por estrechez de miras actúan de manera insensata y están conduciendo a la humanidad hacia un callejón sin salida.

 Cada persona cuenta en esta lucha y por eso invito a todo ser humano, cualquiera sea su edad, raza, sexo, ideología o creencia religiosa, a que haga uso de su «facultad de asociarse», como dijo José Martí, para que nos unamos y pasemos a la acción a fin de salvar a la humanidad de esa catástrofe que sería irreversible y abramos el camino a soluciones sensatas que propicien un mundo mejor en el que el bienestar, la justicia social y la equidad tengan un verdadero alcance universal.

 No se trata de un mero ejercicio teórico, sino de abrir cauce a la más amplia movilización de la sociedad para enfrentar los retos que significan la salvación de la especie humana y promover la lucha contra la pobreza, la marginalidad, la exclusión social, la violencia y la depredación de los recursos naturales; para lograr un mundo mejor, caracterizado por la paz, el desarrollo sustentable, la justicia social, la solidaridad y el respeto a la dignidad plena del hombre. El legado intelectual de José Martí, con el carácter visionario de su pensamiento y su carga de espiritualidad, se ha convertido en un referente ético y político para la consecución de ese mundo mejor al que aspiramos para las presentes y venideras generaciones.

 Tenemos la responsabilidad enorme de promover y dar a conocer de la manera más amplia la figura de José Martí; por eso, la conmemoración en este 2015, como ya señalamos, del aniversario 120 de importantes acontecimientos vinculados a su batallar por la independencia de su amada Cuba y de la guerra iniciada en 1895, debe servir de acicate para desarrollar acciones que contribuyan a destacar la vigencia de sus ideas y de los valores éticos y jurídicos que él defendiera con pasión y una belleza literaria sin par.

Tomado de Juventud Rebelde

Imagen agregada Pintura Fabelo

sábado, 22 de noviembre de 2014

Diez años del ALBA

Por Luis Britto García
 
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 Durante nuestras guerras de independencia todos los próceres formularon proyectos de unidad latinoamericana y caribeña, pero durante los doscientos años consecutivos  todas las iniciativas de integración fueron manejadas por nuestros adversarios. Resumamos una larga historia. En 1826 se van disipando  los dos proyectos claves del Libertador: el Congreso Anfictiónico de Panamá, y el plan de liberación de las Grandes Antillas del Caribe. Hay una vital conexión entre ambos. Bolívar prevé desde mucho antes el trazado de un canal de Panamá, donde, en su concepto “bien podría situarse la capital del mundo”. Ese canal habría colocado la llave de la conexión entre los océanos Pacífico y Atlántico, primero, en manos de la Gran Colombia; en definitiva, en poder de la confederación americana que se forjara precisamente en Panamá. El dominio de ese prodigioso paso de comunicación entre las dos mitades del mundo requería un Caribe independiente, una Cuba, un Puerto Rico, un Santo Domingo, un Haití, unas Antillas menores libres, que no sirvieran de instrumento a la Santa Alianza ni a ninguna otra potencia para bloquear la comunicación entre mundos. 
 
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 Contra este proyecto latinoamericanista y caribeño opone Estados Unidos desde ese entonces la doctrina del Destino Manifiesto: Cuba y las Antillas deben caer como por gravitación en poder de la potencia norteña. Para ello, la Guerra de Independencia de Cuba ha de ser intervenida en 1898 para colocar a la isla bajo el protectorado de la Enmienda Platt, y a Puerto Rico en la condición de Estado Libre Asociado, vale decir, colonia; y otra intervención estadounidense favorece en 1903 la independencia de Panamá. Poco antes, en 1890, comienza  Estados Unidos el proceso de creación de la Unión Panamericana, una organización para mantener bajo su hegemonía a  los países latinoamericanos y caribeños  cuya sede, significativamente, es instalada en Washington en 1905, y cuyo edificio, más significativamente todavía, es ocupado por la Organización de Estados Americanos desde su creación en 1948. Las Conferencias Interamericanas sirven desde entonces para legitimar las intervenciones estadounidenses, como la que se lanza contra Guatemala en 1954. A partir de allí,  casi todas las organizaciones de integración latinoamericanas están bajo la influencia y el financiamiento, cuando no la directa autoridad estadounidense. Así transcurren dos siglos. Apenas  en 1991 el Mercosur, constituido actualmente por Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Bolivia y Ecuador, plantea algún desafío a la hegemonía económica de la potencia norteña. 
 
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 El presidente Hugo Chávez Frías propuso  en la III Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe, realizada en Margarita en 2001, los principios rectores de una integración de América Latina y el Caribe fundamentada en la justicia y la solidaridad entre los pueblos, con el auspicioso nombre de ALBA o Alternativa Bolivariana para las Américas. Según expresó el mandatario venezolano, "Es hora de repensar y reinventar los debilitados y agonizantes procesos de integración subregional y regional, cuya crisis es la más clara manifestación de la carencia de un proyecto político compartido. Afortunadamente, en América Latina y el Caribe sopla viento a favor para lanzar el ALBA como un nuevo esquema integrador que no se limita al mero hecho comercial sino que sobre nuestras bases históricas y culturales comunes, apunta su mirada hacia la integración política, social, cultural, científica, tecnológica y física" (Colussi, Marcelo: “ALBA: Una alternativa real para Latinoamérica: de la integración neoliberal a la integración popular y solidaria”; Rebelión, 30-3-2005). 
 
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 El primer paso del ALBA se concreta tres años más tarde con la suscripción de una “Declaración sobre el Alba” y de un “Acuerdo entre el presidente de la República Bolivariana de Venezuela y el presidente del Consejo de Estado de Cuba para la aplicación de la Alternativa Bolivariana para las Américas” en La Habana el 14 de diciembre de 2004. Hace una década, dos hombres se reúnen para asumir los planes de integración latinoamericana y caribeña de nuestros próceres bajo “un proyecto político compartido”. Son los mandatarios, significativamente, del primero y del último de nuestros países en obtener su Independencia. De la colaboración entre Fidel Castro Ruz  y Hugo Chávez Frías surge la Alternativa Bolivariana para Nuestra América, hoy Alianza Bolivariana de los pueblos de  América. En ese entonces podría parecer un desafío desesperado, como el de los patriotas que enfrentaron al que había sido el más grande imperio del mundo. Por lo pronto, el ALBA es un amanecer de la esperanza. Bajo su inspiración, es derrotado en 2005 el ALCA, el Área de Libre Comercio para las Américas, que pretendía reservar para Estado Unidos el tráfico con la Cuarta Parte del Mundo. Es la más grande derrota diplomática de la Gran Potencia del Norte, pero no la última.   
 
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 De inmediato, el ALBA parece constituirse en preámbulo de organismos de integración tales como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, (CELAC) constituida en 2010 con todos los países americanos, a excepción de Canadá y Estados Unidos; una Comunidad de 33 países latinoamericanos y del Caribe, con 540 millones de personas sobre 20 millones de kilómetros cuadrados; una unión regional que posee los mayores recursos naturales del mundo y en su conjunto podría ser considerada como la tercera economía del mundo. También el ALBA es prólogo de la Unión de Naciones del Sur, Unasur, constituida en 2011 con 14 países de América del Sur,  El sueño de Bolívar de una América Latina y el Caribe integrados está en vías de cumplimiento. 
 
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 Parecería el ALBA sobrepasada por estas uniones colosales a las cuales ha servido de prólogo. Examinemos algunas cifras para contemplar la situación en perspectiva. ALBA es una unión de 9 países, con dos más en proceso de incorporación; casi la tercera parte de los 33 que integran la extensa CELAC. Su territorio cubre en total 2.513.337 kilómetros cuadrados poco más de un décimo de los 22.222.000 que abarcan toda América Latina y el Caribe. Actualmente, la población de la Alianza Bolivariana es de 69.513.221 habitantes; bastante más de la décima parte de los 605.353.428 que pueblan el total de Nuestra América. 
 
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 Estas cifras encierran una muestra significativa de la caribeñidad y la latinoamericanidad. En los países de la región distinguió Darcy Ribeiro entre sociedades testimonio, con significativos grupos de la población ligados a los idiomas y los usos precolombinos; sociedades trasplantadas, en las cuales una mayoría descendiente de inmigrantes europeos intenta mimetizar la cultura del Viejo Mundo, y sociedades nuevas, en las cuales el mestizaje étnico y cultural infunde una poderosa dinámica abierta al cambio, a la renovación y por momentos a las revoluciones. En el ALBA hay por lo menos dos sociedades testimonio, Ecuador y Bolivia, con significativos porcentajes de población indígena que conservan sus culturas y formas de vida. El resto, incluidas Cuba, Nicaragua, Venezuela y las naciones caribeñas, son sociedades nuevas, con dinámicos procesos de mestizaje y transformación social. No es raro que por lo menos en cuatro de ellas avancen procesos revolucionarios que han cambiado, no sólo los órdenes internos, sino las orientaciones de la política de la región. 
 
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 Igualmente significativa es la geografía de la Alianza. El ALBA incluye por lo menos tres países andinos, Venezuela, Ecuador y Bolivia, con participación en los problemas y oportunidades que plantea la región cordillerana, alguna vez unida bajo la Comunidad Andina de Naciones, hoy desbaratada por los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos. Esos tres países son asimismo amazónicos, con extensos territorios, recursos e intereses en la Amazonia, que acumula parte significativa del bosque tropical, la biodiversidad y los recursos hídricos del planeta. Tres de ellos, Venezuela, Ecuador y Bolivia, poseen el potencial nada despreciable de significativos recursos de energía fósil, gerenciados por empresas de propiedad nacional; Venezuela dispone de las mayores reservas del planeta. Dos países, Ecuador y Nicaragua, pertenecen a la vertiente del Pacífico, nuevo eje de la economía mundial, y otro de ellos, Bolivia, mantiene una justiciera reclamación por la recuperación de la salida a dicho Océano. Nicaragua ostenta una privilegiada situación, con costas en el Atlántico y el Caribe: es la sede prevista para un segundo canal interoceánico, cuya importancia estratégica y económica sería equiparable al de Panamá, y rompería el virtual dominio sobre el paso entre océanos hasta el presente ejercido en forma directa o indirecta por Estados Unidos. Honduras, miembro del ALBA entre 2008 y 2009, también presenta salidas a ambos océanos. Los restantes países del ALBA son caribeños. Sus votos han sido decisivos en varias conflictivas discusiones en los organismos internacionales. Sus puertos pueden ser enormes emporios cuando el segundo canal interoceánico amplíe y potencie el tráfico marítimo con el Pacífico y con las economías dominantes del mundo, ahora con costas en él.
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 Esto replantea el gran proyecto geopolítico de Bolívar. Un nuevo paso entre océanos, al servicio de países progresistas y productores de energía fósil situados estratégicamente entre ambos cuerpos de agua constituye un bloque de poder de decisiva  influencia en la nueva configuración del mundo. En estos diez años, prestando oídos a repetidos llamamientos de Hugo Chávez Frías y de los restantes mandatarios de la unión, el ALBA ha integrado casi un país por año. Sus relaciones con las grandes organizaciones regionales, Mercosur, la Celac, Unasur, son más que cordiales. El ALBA es en la actualidad factor decisivo en las relaciones del hemisferio.
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 Si son innegables los poderes económicos y estratégicos del ALBA, no es menos significativa su proyección política y cultural. Por lo menos en cuatro de sus países, Cuba, Bolivia, Ecuador y Venezuela, avanzan procesos revolucionarios que han abierto perspectivas para la autonomía y la independencia de Nuestra América. En otro de sus países, Honduras, el avance de un proceso progresista fue interrumpido en 2009 por un brutal golpe de Estado manejado desde la base estadounidense de Palmasola. El ALBA es el patente ejemplo de que se puede promover exitosamente proyectos revolucionarios en democracia, con impresionantes avances en el campo económico y social, y rompiendo el bloqueo que el imperialismo usualmente impone a tales proyectos.
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 Puesto que hay una simetría entre los proyectos socialistas comprendidos en el ALBA y la política exterior que éstos proponen en su Alianza. Largo sería detallar sus propósitos, principios y logros. Reiteremos apenas algunos puntos básicos.
Para alcanzar sus objetivos, el Alba se guía por los siguientes principios y bases cardinales:
 1.- El comercio y la inversión no deben ser fines en sí mismos, sino instrumentos para alcanzar un desarrollo justo y sustentable, pues la verdadera integración latinoamericana y caribeña no puede ser hija ciega del mercado, ni tampoco una simple estrategia para ampliar los mercados externos o estimular el comercio. Para lograrlo, se requiere  una efectiva participación del Estado como regulador y coordinador de la actividad económica
 2.- Trato especial y diferenciado, que tenga en cuenta el nivel de desarrollo de los diversos países y la dimensión de sus economías, y que garantice el acceso de todas las naciones que participen en los beneficios que se deriven del proceso de integración.
 3.-La complementariedad económica y la cooperación entre los países participantes y no la competencia entre países y producciones, de tal modo que se promueva una especialización productiva, eficiente y competitiva que sea compatible con el desarrollo económico equilibrado de cada país, con las estrategias de lucha contra la pobreza y con la preservación de la identidad cultural de los pueblos
 4.- Cooperación y solidaridad que se exprese en planes especiales para los países menos desarrollados en la región, que incluya un Plan Continental contra el Analfabetismo, utilizando modernas tecnologías que ya fueron probadas en Venezuela; un plan latinoamericano de tratamiento gratuito de salud a ciudadanos que carecen de tales servicios y un plan de becas de carácter regional en las áreas de mayor interés para el desarrollo económico y social.
 5.- Creación del Fondo de Emergencia Social, propuesto por el Presidente Hugo Chávez en la Cumbre de los Países Sudamericanos, celebrada recientemente en Ayacucho.
 6.- Desarrollo integrador de las comunicaciones y el transporte entre los países latinoamericanos y caribeños, que incluya planes conjuntos de carreteras, ferrocarriles, líneas marítimas y aéreas, telecomunicaciones y otras.
 7.- Acciones para propiciar la sostenibilidad del desarrollo mediante normas que protejan el medio ambiente, estimulen un uso racional de los recursos e impidan la proliferación de patrones de consumo derrochadores y ajenos a las realidades de nuestros pueblos.
 8.- Integración energética entre los países de la región, que asegure el suministro estable de productos energéticos en beneficio de las sociedades latinoamericanas y caribeñas, como promueve la República Bolivariana de Venezuela con la creación de Petroamérica.
 9.- Fomento de las inversiones de capitales latinoamericanos en la propia América Latina y el Caribe, con el objetivo de reducir la dependencia de los países de la región de los inversionistas foráneos. Para ello se crearían, entre otros, un Fondo Latinoamericano de Inversiones, un Banco de Desarrollo del Sur, y la Sociedad de Garantías Recíprocas Latinoamericanas.
 10.- Defensa de la cultura latinoamericana y caribeña y de la identidad de los pueblos de la región, con particular respeto y fomento de las culturas autóctonas e indígenas. Creación de la Televisora del Sur (TELESUR) como instrumento alternativo al servicio de la difusión de nuestras realidades.
 11.- Medidas para que las normas de propiedad intelectual, al tiempo que protejan el patrimonio de los países latinoamericanos y caribeños frente a la voracidad de las empresas transnacionales, no se conviertan en un freno a la necesaria cooperación en todos los terrenos entre nuestros países.
 12.- Concertación de posiciones en la esfera multilateral y en los procesos de negociación de todo tipo con países y bloques de otras regiones, incluida la lucha por la democratización y la transparencia en los organismos internacionales, particularmente en las Naciones Unidas y sus órganos.
 En virtud de lo cual, el ALBA se organiza en función de un conjunto de principios rectores, que, citados in extenso, son los siguientes:
1. La integración neoliberal prioriza la liberalización del comercio y las inversiones.
2. La Alternativa Bolivariana para América Latina (ALBA) es una propuesta que centra su atención en la lucha contra la pobreza y la exclusión social.
3. En la propuesta del ALBA se le otorga una importancia crucial a los derechos humanos, laborales y de la mujer, a la defensa del ambiente y a la integración física.
4. En el ALBA, la lucha contra las políticas proteccionistas y los ruinosos subsidios de los países industrializados no puede negar el derecho de los países pobres de proteger a sus campesinos y productores agrícolas.
5. Para los países pobres donde la actividad agrícola es fundamental, las condiciones de vida de millones de campesinos e indígenas se verían irreversiblemente afectados si ocurre una inundación de bienes agrícolas importados, aún en los casos en los cuales no exista subsidio.
6. La producción agrícola es mucho más que la producción de una mercancía. Es la base para preservar opciones culturales, es una forma de ocupación del territorio, define modalidades de relación con la naturaleza, tiene que ver directamente con la seguridad y autosuficiencia alimentaria. En estos países la agricultura es, más bien, un modo de vida y no puede ser tratado como cualquier otra actividad económica.
7. ALBA tiene que atacar los obstáculos a la integración desde su raíz, a saber:
 a. La pobreza de la mayoría de la población;
 b. Las profundas desigualdades y asimetrías entre países
 c. Intercambio desigual y condiciones inequitativas de las relaciones internacionales
 d. El peso de una deuda impagable
 e. La imposición de las políticas de ajuste estructural del FMI y el BM y de las rígidas reglas de la OMC que socavan las bases de apoyo social y político
 f. Los obstáculos para tener acceso a la información, el conocimiento y la tecnología que se derivan de los actuales acuerdos de propiedad intelectual; y,
 g. Prestar atención a los problemas que afectan la consolidación de una verdadera democracia, tales como la monopolización de los medios de comunicación social
8. Enfrentar la llamada Reforma del Estado que solo llevó a brutales procesos de desregulación, privatización y desmontaje de las capacidades de gestión pública.
9. Como respuesta a la brutal disolución que éste sufrió durante más de una década de hegemonía neoliberal, se impone ahora el fortalecimiento del Estado con base en la participación del ciudadano en los asuntos públicos,
10. Hay que cuestionar la apología al libre comercio per se, como si sólo esto bastara para garantizar automáticamente el avance hacia mayores niveles de crecimiento y bienestar colectivo.
11. Sin una clara intervención del Estado dirigida a reducir las disparidades entre países, la libre competencia entre desiguales no puede conducir sino al fortalecimiento de los más fuertes en perjuicio de los más débiles.
12. Profundizar la integración latinoamericana requiere una agenda económica definida por los Estados soberanos, fuera de toda influencia nefasta de los organismos internacionales  (http://www.alternativabolivariana.org/).
De lo expuesto se concluye que el ALBA no está planteada en forma alguna como un espacio libre de trabas para la acción de las fuerzas del capital, sino como un ámbito en el cual los Estados de manera deliberada harán valer sus potestades como representantes de los pueblos para garantizar a éstos las mejores condiciones para un desenvolvimiento económico, social y cultural integrado. Y en efecto, hemos visto que la mera integración comercial produce irremisiblemente el avasallamiento de las economías de menor tamaño y grado de desarrollo por las mayores y más desarrolladas. La implantación del TLC significó la subordinación de las economías de Canadá y México a la de Estados Unidos; la creación del Mercosur reportó decisivas ventajas a la economía brasileña en comparación con la de Argentina, y así sucesivamente. Si América Latina y el Caribe quieren unirse, deben  romper este circuito en el cual integración significa subordinación e intensificación de las asimetrías.
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 La respuesta estadounidense no se hace esperar. Marcelo Colussi cita la expresión del ex secretario de Estado adjunto para asuntos del Hemisferio Occidental Otto Reich, quien en 2005 califica a Fidel Castro y a Chávez como “los dos terribles de América Latina” en la derechista National Review, y especifica que “Hay una alianza izquierdista y populista en la mayor parte de América del Sur. Esta es una realidad que los políticos de Estados Unidos deben enfrentar, y nuestro mayor desafío es neutralizar el eje Cuba-Venezuela” (Colussi, Marcelo: “ALBA: Una alternativa real para Latinoamérica: de la integración neoliberal a la integración popular y solidaria”; Rebelión, 30-3-2005).
Imposible le ha sido al Imperio durante medio siglo neutralizar a Cuba: podría encontrar más difícil neutralizar una alianza que comprende el decisivo poderío energético venezolano, ecuatoriano y boliviano y las poderosas fuerzas sociales que emergen en el continente,  que en definitiva podrían consolidar las restantes potencialidades latentes de América Latina y el Caribe.