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jueves, 10 de septiembre de 2015

¿Los batistianos llegaron ya?

Iroel Sánchez y Luis Toledo Sande
Parte de la "obra" de Fulgencio Batista
Parte de la "obra" de Fulgencio Batista
Reproduzco un texto del escritor Luis Toledo Sande, publicado originalmente en la revista Bohemia, y añado al final varias preguntas y una reflexión.
Que no nos priven las palabras o Fulgencio Batista, ¿un santo constructor?
Cuando en vísperas del pasado 26 de Julio me dirigía al Centro de Estudios Martianos –situado en una de las esquinas de Calzada y 4, en El Vedado habanero– para hacer un trámite profesional, no imaginaba nada parecido a la sorpresa que me esperaba a pocos metros de esa institución. Extenuado por el viaje en una mañana de fuerte calor, sentí la necesidad de sumar algo al desayuno que había ingerido presurosamente, y recordé el timbiriche particular instalado a pocos metros de allí cuando el llamado cuentapropismo no vivía el apogeo que tendría años más tarde. Al acercarme, noté que le había surgido un rival colindante mucho mejor plantado, con entradas por la calle 4 y por Línea.

Cafetería-4
“Plan de obras del presidente Batista. Ministerio de Obras Públicas”. El mensaje lo enfatiza, al pie de la foto, una mesita adosada a la pared y en la cual se reproduce la franja donde aparece el cartel. Foto: Luis Toledo Sande/ Bohemia

La mitad superior muestra, en construcción, el trecho de la calle Línea desde cerca de la nueva cafetería hasta el túnel por donde se rebasa en automóvil la ría del Almendares. Foto: Luis Toledo Sande/ Bohemia
La mitad superior muestra, en construcción, el trecho de la calle Línea desde cerca de la nueva cafetería hasta el túnel por donde se rebasa en automóvil la ría del Almendares. Foto: Luis Toledo Sande/ Bohemia
Poco tiene que ver con los empeños iniciales para revitalizar, por vía privada, la gastronomía nacional. Es otra cosa. Higiene y recursos se unen a una oferta variada, bien servida y no mal cobrada. “Desconocía este sitio”, le dije a uno de los empleados, y me respondió con corrección: “Abrimos hace dos meses”.
No hay duda: aquello se hizo con dinero. ¿Acumulado de qué modo? ¿Dentro del país? Aunque el local es pequeño, con espacio para pocas mesas, se ve bien, confortable. Es un servicio tipo “paraditos”, pero acogedor. Pronto me percaté de la foto de apreciable tamaño con que el propietario, o los propietarios, decidieron personalizar –palabra de moda– su negocio. Bien tomada, bien impresa, bien montada en una estructura vítrea. Allí hay solvencia.
La mitad superior muestra, en construcción, el trecho de la calle Línea desde cerca de la nueva cafetería hasta el túnel por donde se rebasa en automóvil la ría del Almendares. La mitad inferior corresponde a la imagen del mismo tramo, pero con el empaque actual de la célebre arteria urbana. Su nombre –informa la enciclopedia EcuRed– rinde tributo a la vía por donde transitaron los trenes precursores del tranvía que existió hasta mediados del siglo XX, y que aún muchos añoran.
También rinde tributo, sobre todo, a la justa voluntad popular de borrar otros nombres con que los gobiernos de turno la bautizaron: primero, en 1918, Avenida del Presidente [Thomas Woodrow] Wilson, expresión del intervencionismo de los Estados Unidos; luego, en los años 50, Doble Vía General Batista, marrullería del criminal golpista a quien todavía algunos procuran enaltecer.
Me acerqué para ver, en el borde inferior, lo que supuse un recuadro añadido para indicar créditos: fuente documental, fotógrafo, diseñador del montaje… Pero forma parte de la imagen original, y es un cartel con texto en caracteres de apreciable puntaje: “Plan de obras del presidente Batista. Ministerio de Obras Públicas”. El mensaje lo enfatiza, al pie de la foto, una mesita adosada a la pared y en la cual se reproduce la franja donde aparece el cartel.
El texto, parco, parecería querer borrar años de historia. De hecho, voluntades aparte, se inscribe en maniobras dirigidas a idealizar a un tirano cuya ejecutoria abarca incontables y brutales asesinatos y torturas, y gran saqueo de las arcas de la nación. A ese tirano se alude, sin más, como si hubiera sido un gobernante a quien sería justo agradecer un plan de obras públicas, y cuyo Ministerio del ramo se ve exculpado de la gran corrupción que practicó.
En la Cuba actual se ha querido que no nos parezcamos a contextos donde el concepto de reformas y la introducción o crecimiento de modos de propiedad privada –que en determinadas circunstancias y para fines concretos puede ser necesaria, pero caracteriza al capitalismo, que la refuerza como dogma en su etapa neoliberal–, llevaron al desmontaje, programado, de todo afán de construir el socialismo. A este lo definen, entre otras cosas, el peso de la propiedad social en los medios fundamentales de producción y de servicios.
Los términos cuentapropismo y cuentrapropista, y sus derivados, que se han puesto en boga, designan formas de gestión administrativa y de propiedad correspondientes a lo privado y a la privatización. Si lo olvidáramos, acabaríamos con los sentidos privados por la “magia” de las palabras, y la desmemoria podría empujarnos a comportamientos, ideas y decisiones torpes, como pasar por alto quién fue Batista, y qué hizo.
Mucho habrá que seguir esclareciendo, y regulando, para el correcto funcionamiento de la propiedad privada que crece entre nosotros. Una vertiente concierne al movimiento sindical, que debe asegurar la protección a trabajadores y trabajadoras del sector privado, o de gestión no estatal, para quienes ya no será necesario vérselas precisamente con posibles errores, insuficiencias o deformaciones en un Estado erigido con la voluntad de velar por los intereses colectivos, del pueblo. Ahora necesitarán, cada vez más, protección frente a dueños que se enriquecen con la plusvalía extraída de la fuerza de trabajo que explotan, cualesquiera que sean los salarios que paguen, y a quienes voceros del imperio han declarado que ven como germen de una clase social en que tendrían aliados.
Por mucho que ganen quienes trabajan en ese sector, hay una realidad que deben conocer: sus empleadores –ojalá todos paguen escrupulosamente los debidos impuestos–, no tienen que construir ni mantener escuelas, centros de salud ni otros modos de servicios fundamentales para la población. Esto va dicho sin desconocer que quienes siguen trabajando en el ámbito de la propiedad social, administrada por el Estado, y básica para el socialismo, también necesitan que sus salarios crezcan en términos absolutos y en relación con el costo de la vida.
Ese tema requiere estudiarse a fondo, y los presentes apuntes se centran someramente en la foto ya comentada, y en sus alcances. No es una política de prohibiciones lo que urge tener: ellas pueden acabar siendo contraproducentes, si no lo son o lo han sido ya. Pero prohibiciones necesarias hay y habrá, y deben cumplirse al servicio de una adecuada cultura de civilidad y orden. (Tomado de Bohemia)
Mis preguntas:
¿Cuál es la postura ante lo que relata Toledo Sande de aquellas organizaciones donde militan víctimas de la dictadura de Fulgencio Batista? No estoy llamando a ninguna acción extrema ni a prohibiciones absurdas pero el silencio y la renuncia al debate son los mejores aliados de la desmovilización y la derrota, ¿no debería la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana del área donde está enclavada esta cafetería hacer llegar su parecer, en boca de algún combatiente de la clandestinidad o el hijo de algún mártir de la tiranía que se cuentan por miles en toda Cuba, a los dueños de este lugar donde se homenajea el "Plan de obras del Presidente Batista"?
¿Los revolucionarios cubanos vamos a continuar en silencio ante la reescritura de nuestra historia, la degradación de nuestros símbolos o su hibridación y sustitución nada ingenua por otros, como ya ha ocurrido recientemente más de una vez en nuestros medios de comunicación?¿Qué sucederá cuando no viva la generación que enfrentó a la dictadura batistiana?
¿Para defender la memoria de la Revolución hay que pedir permiso al organismo superior?¿Como los militantes del Partido Comunista de la Unión Soviética contemplaremos disciplinadamente las tareas de desmontaje del socialismo que ya empiezan a ejecutarse por sus referentes simbólicos?
¿Es casual que sitios como el Parque Lenin o el Coppelia, símbolos de la democratización de la recreación y el acceso de las mayorías al refinamiento, abierto por el proyecto colectivo de la Revolución, languidezcan entre el mal servicio y el deterioro estructural, mientras se asienta la idea de que lo bueno y lo bello son patrimonio exclusivo del pasado prerrevolucionario?¿Por qué cada vez más al Estadio Latinoamericano se le llama en nuestros medios el "Estadium del Cerro"?
¿Es una Habana para turistas la que va a esperar sus 500 años, reproduciendo las celebraciones con tufo colonial que a diferencia de lo sucedido con el medio milenio de Santiago de Cuba tuvieron lugar en buena parte de las villas fundadas por los españoles?¿O como en Santiago, los barrios hechos por la Revolución y hoy más o menos barbarizados (Camilo Cienfuegos, San Agustín, Alamar, Mulgoba, Reparto Eléctrico..) podrán renovar su (falta de) urbanismo y elevar la calidad de vida de cientos de miles de trabajadores habaneros que nunca han podido sentarse en una paladar?
¿Será el remozado Capitolio de La Habana vieja forma para una democracia nueva o un casacarón que entre mármoles y bronces, tan caros a las dictaduras y las plutocracias, olvide consagrar el nombre de Jesús Menéndez, el parlamentario negro y obrero que impuso a los yanquis y la burguesía cubana un trato justo para los trabajadores azucareros y por eso lo asesinaron sin que valiera su inmunidad parlamentaria en "el periodo más democrático de la historia contemporánea de Cuba", según dice el diario español El País bajo la firma de un "historiador" cubano?
Son algunas preguntas que me destraba este artículo de Luis Toledo Sande porque nuestro problema no es cómo decide ambientar el dueño de una cafetería su negocio sino por qué éste cree legítimo hacerlo con un tributo al que -enseñan nuestras escuelas y repite nuestra televisión- es el asesino de miles de cubanos,  y cómo funciona el resto de la sociedad en relación con ello.

jueves, 28 de agosto de 2014

No pasará el pasado

Silvio Rodríguez en su Blog Segunda Cita

 
Un día se para Fidel en la Universidad y dice que quienes pudiéramos acabar con la Revolución somos los revolucionarios. Muchos tenemos la misma percepción: es nuestra incapacidad para aprender de errores propios y ajenos, nuestra comodidad y a veces hasta nuestra desidia las que pueden extinguir el proyecto social más humano y trascendente de nuestra historia. Por eso aplaudimos la amarga honestidad de ese gran hombre y todo el que tiene un poco de vergüenza, desde el mínimo espacio que defiende, promete que por allí no pasará el pasado.
 
Otro día Fidel define lo que es Revolución:
 
“…sentido del momento histórico… cambiar todo lo que debe ser cambiado… igualdad y libertad plenas… ser tratado y tratar a los demás como seres humanos… emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos… desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional… defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio… modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo… luchar con audacia, inteligencia y realismo… no mentir jamás ni violar principios éticos… convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas...”
 
Y constatamos la coherencia con la primera frase suya que cuando niños nos aprendimos de memoria: “Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella; por eso nos parece que se hunde el mundo cuando oímos la verdad; como si no valiera la pena que el mundo se hundiera, antes que vivir en la mentira”.
 
Más que razones para volver a decir: por este pedacito mío no pasará el pasado.
 
Tiempo después Raúl se para en la Asamblea y se atreve a decir que su generación está ante la última oportunidad de enrumbar debidamente el proceso cubano, que hay que acabar con la corrupción, dar la batalla por la productividad, ahorrar y ser conscientes.  No caben dudas de que los pobres tenemos que saber administrar nuestras parcelas de sueños, es lo que una realidad de décadas nos restriega en los ojos. Y es por lo que uno repite en sus adentros: por el punto perdido en el mapa que me corresponde defender, no pasará el pasado.
 
Pero llevo tantos años defendiendo, cayendo, levantando, teniendo hijos, nietos, viendo al mundo emanciparse por momentos e hipotecándose por otros, y deduzco que quizá alguna parte mía, por muy entrañable que me fuera alguna vez, pudiera ya ser parte del pasado.
 
Entonces pienso que me faltan canciones como aquellas por las que me pegaban “con una soga y con un palo”, como diría Vallejo. Menos mal que todavía hay jóvenes que cantan nuestras duras realidades. Y me pregunto ¿qué puedo hacer para cantar con ellos?:
 
Entonces me sorprendo enumerando en voz alta, como un loco:
 
Seguir la gira interminable, mi Canción de barrio;
seguir Segunda cita (vocecita) en el éter inmenso;
seguir denunciando lo mal hecho, pésele al sietemesino que le pese.
 
En fin: seguir siguiendo, como dicen Tony Guerrero y Victoriano de las Causas.
 
Así que por último me digo: por el ínfimo espacio que me toca no pasará el pasado. Y que la parte de mi que sea inservible y yo no vea, que algún hermano nos haga el favor de tampoco dejarla pasar.

Canción del pasado
 
Se negaba una mujer,
con una mano, a ir a la cama;
con la otra entretenía
su pasión amordazada.
Y las sábanas tenían
el semblante del pasado
que, contento, sonreía.
 
El vendedor de ventanas
se negó a darme la mía,
porque a cambio no le daba
mis reservas de alegría.
El pasado estaba quieto
sobre el almacén del día.
Lo tenían bien sujeto.
 
Veo el pasado caminando
por casi toda la ciudad.
Lo veo en la gente
que se queda y que se va.
Lo veo en el rostro de mi hijo,
lo veo en la voz de mi mujer.
Lo veo a pesar de que lo veo
sin querer.
 
El pasado tiene nombre
de millones de sujetos,
bebe, come, se va al cine
y a veces no es tan viejo.
Tiene un poco de mi nombre
y otro poco del de ustedes,
aunque busquemos el hombre.
 
Veo el pasado caminando
por casi toda la ciudad.
Lo veo en la gente
que se queda y que se va.
Lo veo en el rostro de mi hijo,
lo veo en la voz de mi mujer,
Lo veo a pesar de que lo veo
sin querer.
 
El pasado es el espectro
de un bufón con triple cara:
fue de ayer, es de este día
y será de otra mañana.
El pasado es ese insecto
que la música no apaga.
El pasado es insurrecto.
 
Veo el pasado caminando
por casi toda la ciudad.
Lo veo en la gente
que se queda y que se va.
Lo veo en el rostro de mi hijo,
lo veo en la voz de mi mujer.
Lo veo a pesar de que lo veo
sin querer.
1970

sábado, 15 de junio de 2013

Los Templarios de la blogosfera


El sectarismo es una enfermedad peligrosa, cuando ataca hace daño al enfermo, a quienes lo rodean y por extensión a la sociedad. Fidel, ese gigante del pensamiento y la obra, lucha siempre contra los sectarios - esa palabra se parece a Templarios y sin ofender, tienen en común la fe ciega y armada de afiladas espadas.

Es muy conocida la respuesta de Fidel ante el intento de borrar la mención a Dios del testamento de José Antonio. Las campañas que enfrentó para que los comunistas forjados en luchas antiguas y duras interpretaran los sucesos que vivían en una revolución plural, inclusiva, diferente de la de los países europeos, ¡gracias al señor!
Fidel siempre nos defendió del escolasticismo rancio del marxismo de manuales, “lee, estudia, razona, cuestiona, duda, ten suspicacia, no te confíes en los datos. ¿Cuál es la anécdota más común de quienes comparten con él? La pregunta constante, el cálculo aún mental, la preparación permanente.  Fíjate si  fue efectiva esa defensa del sectarismo que cuando el “socialismo real” se vino abajo no nos arrastró al abismo.

Cada día veo demasiados sectarios veinteañeros para considerar que sea una enfermedad de adultos. Los veo aferrados a posiciones autosuficientes, los veo defendiendo estereotipos absurdos, los veo y los escucho hablando con vehemencia de lo que no vivieron, de lo que ni siquiera leyeron adecuadamente.


Por cierto Karina, ¿te fijas cuantos jóvenes arriban a la profesión y no tienen hábito de lectura?
Mira te pongo algunos ejemplos de opiniones sectarias. “Todo lo viejo es desechable”. “El Pasado de la revolución es de errores que ahora tenemos que rectificar” “los funcionarios son siempre burócratas atravesados en el camino prometedor de un intelectual rebelde” De hecho me dijo un pepillo de la blogósfera que no cree que un funcionario no pueda escribir novelas de amor, poemas o hacer acuarelas con amaneceres. “Los defensores del pasado usan la camisa por dentro” usar la camisa por dentro es ser “cheo”. “Usar palabras como revolución, imperialismo, socialismo te hace oficialista” “las blogosfera se divide entre oficialistas y conflictivos” “lo mío es solo la crítica”

Isván dice en su bitácora “cuando no hay lectura e intercambio, crece la vanidad de quienes a consecuencia de ser bloguero se creen dueños de espacios propios en la Web, de todas las soluciones y terminan ahogando  la misma diversidad por la que pregonan” Cuando pones a uno de esos bloguer@s contra sus insuficiencias termina saliendo por la tangente de los mediocres. “ese es mi blog, y escribo lo que me da la gana” que es como decir, “me da la gana ser un tarado”

Ser joven y lleno de hormonas no te convierte de facto en un abanderado del futuro. Pero siempre se puede acusar a la inexperiencia de los errores. O a los malos maestros que no le enseñaron historia por culpa de las teleclases, o a los papás obsesivos que condujeron al niño por una vida de complacencias y caprichos concedidos. O al periodo especial, y hasta a la carencia de vitaminas. Hay muchas derivas que sirven de cabeza de turco en este asunto.

Termino aquí. Necesito  estudiar, tengo ante mí un voluminoso  texto de Lenin, para concentrarme escucho a Fredi Mercury cantar Don't Stop Me Now

debes leer además:

Para La dueña de Un Espacio Libre

Up in the air o La soledad de bloguear.

El blog no es el NTV ni lo tiene que ser.

Fuente Turquinauta

sábado, 6 de agosto de 2011

La Cuba de ayer

Por  Nicolás Pérez Delgado



Continuamente oímos por la radio y televisión en español de Miami sobre la jacarandosa y desarrollada Cuba de antes de la revolución. Muestran esplendorosos club nocturnos, bares, casino, mujeres y hombres con elegancia parisién por las aceras de la calle  Galeano, la cámara recreando los lumínicos de El Encanto, La Época, Flogar, el edificio de CMQ y Radiocentro.

Muy lindo todo. Una Habana con la que quieren ejemplificar toda Cuba. Una ciudad que no suspiraba por la Quinta Avenida de Manhattan, en New York. El espectador oye lo que dice el locutor y recibe la impresión de que todo el país era ese tremendo vacilón antes del 1959. Las imágenes, por supuesto, son reales. Son ciertos también muchos de los datos que el locutor ofrece. Cuba no era un país del peor montón.

La Habana era una de las ciudades de más alegre vida nocturna de América. Nuestra música se escuchaba hasta en la Conchinchina. La capital se enorgullecía del mejor cabaret del mundo: Tropicana. En la costa había un elegante Habana Yatch Club, otro Miramar Yatch Club y más clubes y yates y veleros que con sus hinchadas velas blancas se lucían frente al Malecón.

En 1958 circulaban por las calles de la Isla 25 autos por cada mil habitantes. Sólo Venezuela superaba esa cifra. Había mansiones con cinco y seis automóviles. Teníamos más televisores por cada mil habitantes que el resto de América Latina.

Solo Argentina y Uruguay nos superaban en teléfonos.  Ya en los lejanos años de la presidencia de José Miguel Gómez, el famoso “Tiburón se baña, pero salpica”, únicamente los Estados Unidos superaban a Cuba en la red telefónica de larga distancia.

En época de la Colonia, en 1837, Cuba instaló su primer tramo de ferrocarril, de La Habana a Bejucal. Antes lo habían hecho Estados Unidos, primero, e Inglaterra después.  Mérito a nuestro ingenio fue el primer control remoto en televisión, cuando en 1954 el empresario Goar Mestre transmitió en vivo un juego de las Grandes Ligas desde un avión que hacía números ocho sobre el estrecho de La Florida.

Incluso no deja de ser orgullo algo que poco se cumplía, pero que era ley: desde 1939 las cubanas tenían derecho a tres meses de maternidad pagas sin perder el empleo.

Cifras, datos, que aceptamos sin recelo y que tomamos de un folleto contrarrevolucionario “Cuba: historia de un desastre económico”.

Era cierto que en muchos aspectos estábamos en los primeros lugares de América Latina. Pero hay que tener cuidado e imaginar la dramática situación de la América Latina con que nos comparan. Los datos que expondremos  pertenecen al  Censo de Población y Viviendas de 1953, realizado durante la dictadura de Fulgencio Batista. No son cifras del periódico Gramma, del comunista Blas Roca ni de La Historia me Absolverá.  Y como no tenemos el voluminoso documento a mano, tomamos los datos del libro Historiología Cubana,  tomo III, capítulo II, libro escrito por un destacado insurreccionalista e historiador, anticomunista desde la época del dictador Gerardo Machado y  radicado en Miami : José Duarte Oropesa.

Dice el censo que en Cuba las casas de mampostería y azoteas  llegaban solo al 44 % en las zonas urbanas y a un 1% en  las rurales. Los bajareques  o bohíos construidos con yagua o madera de palma real, techo de guano y piso de tierra constituían el 6% de las viviendas en las zonas urbanas.

El suministro de agua de acueducto por tuberías llegaba solamente al 35 por ciento de las viviendas. Es decir, más de la mitad de la población no tenía agua corriente.

El 43% de las casas de aquella Cuba carecían de inodoros interiores. En el campo era solo el 3%. Había que correr pal platanal o pal monte.

¿Y la luz eléctrica?  En la poblaciones, un 12% de las viviendas se iluminaban con velas, farolas y chismosas. En el  campo la cifra ascendía a un 88%.

¿Y la educación?  El antifidelista Duarte Oropesa la califica de “aterradora.” El 44% de los niños en edad escolar (de 6 a 14 años) no asistían a la escuela. El 23.6% de la población era analfabeta.

Datos elocuentes. Aparecen entre las páginas 269 y 273 del citado libro, según censo de población y vivienda de 1953. No es Fidel Castro arengando en el juicio por el ataque al cuartel Moncada.

Y hay más angustia todavía  si tomamos en cuenta que la población rural constituía casi la mitad de los cubanos: el 43%  de los 5 millones 820 mil 29 habitantes de la Isla.

La Agrupación Católica Universitaria hizo una investigación sobre el campesinado que fue publicada por el reaccionario Diario de la Marina en 1956. Resumiremos algunos datos.

La talla promedio del trabajador agrícolas era de 5 pies 4 pulgadas, con un peso 16 libras menor que el promedio teórico. Esto debido a la desnutrición.

El 15% trabaja después de los 60 años. Solo un 4% come carne, una vez a la semana. Sólo toma leche un 11.22% . El 14% ha padecido o padece tuberculosis. El 43% se halla parasitado. El 31% sufre de paludismo. Solo un 8% recibe atención médica del Estado. Únicamente el 6% de las viviendas tienen suministro de agua por cañería. El 86% trabaja manualmente y solo un 4% lo hace con aparatos mecánicos. El 6% recibe su salario en vales y un 2.5%  recibe parte de éste en comida.

¡Qué Cuba tan ideal esa con niños campesinos con las barrigas hinchadas por las lombrices y guajiras jóvenes que lucían como ancianas, desdentadas, los ojos y el cabello sin brillos.

Limpiabotas de 9 y 10 años dando betún y cepillo en los parques y esquinas de La Habana para llevar unos centavos a su casa.

Así era, pero en Tropicana hermosas coristas bailaban cha cha cha y el ganster norteamericano Meyer Lanski, dueño de casinos y del hotel Riviera, dejaba propinas de cien dólares.

 Aquella Cuba no era como Miami la quiere pintar.

Tomado de Discrepando

Imagen agregada RCBáez

martes, 2 de agosto de 2011

Espejismos, cifras y más de lo mismo

Por Luis Sexto



LA HABANA - Los que aún insisten en que Cuba poseía una de las economías “más envidiables” de América antes de 1959, se exponen  al destino de la mujer de Lot: convertirse en estatuas de sal. Pero la culpa no radicaría en voltear la cabeza, sino en no ver lo que deberían ver. Al mirar atrás, sólo una visión de clase media que habla de la feria según le fue en ella o una voz que resuene como caña hueca al batir del aire, desconocerían que aquella república se asfixiaba entre llamas.

Tal vez volvamos a repetir, acudir a ese “más de lo mismo” del que se quejan quienes nos ofrecen también “más de lo mismo” cuando responden empleando argumentos refritos  en la grasa agridulce de la fábula. Hablar, desde luego, no es escribir. Y a veces se escribe lo que se habla. Y por tanto en ese traslado maquinal de lo dicho a lo escrito, ese dejar correr que decía Luz y Caballero consistía el hablar, se da por supuesto que afirmar algo es suficiente para estar seguro de que se dice la verdad: no necesita demostrarse.  Por mi parte, prescindo del “yo creo”, “me parece”, para asegurar que la economía cubana de los 1950 y antes no era ni envidiable, ni envidiada. Y puedo alegarlo basándome en la experiencia: mi familia no pertenecía a la clase media, ni leía Life, ni Diario de la Marina, ni iba a Varadero, ni comía en un restaurante. Ni siquiera compraba una “media noche surtida”. Y si tuve educación fue gracias a una tía paterna cuya relación con los Padres Salesianos le facilitaron conseguir una beca de la Corporación de Asistencia Pública para su sobrino aficionado a la lectura.


Pero para evitar en mis confesiones los espejismos de la subjetividad, vayamos, pues, a los fundamentos documentales, para que se comprenda por qué aquel tiempo pasado no fue mejor. No seré original. Simplemente recordaré lo que se olvida con mucha premura, porque el enjuiciamiento del pasado también depende de la posición social de ayer, y la ideología y los intereses del presente. Citaré, pues, la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU), titulada Por qué reforma agraria aplicó entre la población rural de Cuba entre 1956 y 1957.


No agobiaré con cifras. Daré zancadas; aprehenderé esencias. Y la primera frase apodíctica que resume la encuesta de la ACU es la siguiente del doctor José Ignacio Lazaga, a quien conocí como psicólogo y en aquellos años sobresaliente laico católico. En una de las reuniones sobre el proyecto de la encuesta, dijo: “En todos mis recorridos por países de Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano”. La presentación de la encuesta –que se realizó para alertar sobre el peligro del comunismo si la situación de pobreza continuaba– describe en otro de sus párrafos: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer.” Y esa situación se ilustraba con el siguiente dato: “La población trabajadora agrícola que se puede calcular en 350,000 trabajadores y dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual de 190 millones de pesos. Es decir, que a pesar de constituir el 34 % de la población, sólo tiene el 10 % de los ingresos nacionales”.

Los organizadores de la encuesta –muchos de los cuales emigraron posteriormente, al triunfo de la revolución, confirmaron sus datos con los del censo de nacional de población y vivienda, de 1953. Por ejemplo el muestreo  de la ACU registró que el 89.84% de los encuestados se alumbraban con luz brillante, es decir kerosene, y en el censo aparecía 85.53%. Y si el 88.52% bebía agua de pozo, el censo rodaba la cifra con 83.59%.


En el aspecto de la alimentación basta estos números: “Solo un 4% menciona la carne como alimento integrante de su ración habitual. En cuanto al pescado es reportado por menos del 1%. Los huevos son consumidos por un 2.12% de los trabajadores agrícolas y solo toma leche un 11.22%. En cuanto a la salud, “presuntamente un 14 % padece o ha padecido de tuberculosis”.

Hasta ahí, el testimonio de la Agrupación Católica Universitaria. Los interesados en confirmarlo o ampliarlo que entren en esta dirección donde aparece, editado por José Álvarez, profesor de la Universidad de la Florida, el folleto de la ACU, que aparte de en mi biblioteca doméstica, estará también en la del Congreso de los Estados Unidos: http://rtvpress.com/Documents/Censo%20agrup%20catolica%20unic-Cuba.pdf


Y hay más. Porque son disímiles los textos que desmienten los  calificativos de envidiable, boyante, asignados a la economía cubana antes de l959. Las Memorias del censo agrícola de 1946, y medios de prensa como Bohemia, acusan la dependencia económica, la concentración de la propiedad y la injerencia extranjera en nuestra economía. El censo agrícola del 46 demuestra que “los propietarios de más de 500 hectáreas sólo representaban el 1,5 % del número de fincas y eran poseedores  del 41.7% de la superficie total”.


La economía cubana de esos años habrá que añadirle el monocultivo que convertía a Cuba en país monoexportador, pues en 1948, según escribió el experto Raúl Cepero Bonilla en el periódico Tiempo en Cuba, el azúcar componía el 80% de las exportaciones cubanas. En suma, supeditación a un producto, con todo lo que ello implicaba de retraso industrial y agrario, y el sometimiento al fundamental mercado de los Estados Unidos, con su secuela de dependencia política y económica.


Automóviles del último año, lujosos hoteles y casinos administrados por la mafia norteamericana – ¿o no lo confirman la residencia permanente de Meyer Lansky, George Raft, y hasta de Lucky Luciano por unos meses en Cuba?–, y 100 000 prostitutas sirviendo en todo el país las apetencias sexuales, no suponen una economía boyante. Más bien, como dije, esa valoración parte de la clase media y alta, compuesta por 550 grandes propietarios, según el diccionario Los propietarios en Cuba en 1958, de Guillermo Jiménez y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2008. Ellos, y sus empleados y los empleados de los ingenios azucareros u otras empresas extranjeras, y los  poseedores de laboratorios, talleres, publicitarias, tiendas, pequeñas fábricas, podrían hoy enjuiciar a aquella Cuba con una nostalgia que solo echa de menos el espacio individual y familiar y la inserción más o menos cómoda, en aquella economía distorsionada y controlada en sus resortes básicos por el capital extranjero.


Ahora bien, para hablar de política, como ha dicho el teólogo Leonardo Boff, hay que partir de una perspectiva ética, reconociendo la verdad. De otro modo, el debate no tendrá sentido. La revolución cubana quiso cambiar aquel cuadro. Y en parte lo hizo: al menos, en lo que respecta a la justicia social, enseñó a leer y a escribir a un 30% de analfabetos; trazó el 60% de las carreteras; elevó el promedio de vida a 76 años; eliminó enfermedades endémicas; graduó a más de medio millón de universitarios; diversificó la producción agrícola e industrial; electrificó el 95% del territorio del archipiélago. Mucho se deterioró o se construyó mal. Y no lo niego. Por la parte de acá, el modelo fue errado, un modelo impuesto por una circunstancia ineludible: Si Estados Unidos levantó el pie y alzó la mano amenazando miedo, el Gobierno Revolucionario tuvo que aceptar la mano que le echó  la Unión Soviética.

 
 
A mi parecer, el divorcio entre los que se oponen  a la persistencia de los ideales de la revolución y cuantos los apoyan,  se resuelve en esta operación: de aquel lado, exaltan un pasado que para ellos merece la vuelta atrás, y  para nosotros, impedirlo será siempre la gran conquista. Nosotros hablamos de reconstruir una economía próspera en justicia social e independencia. ¿Y los demás?

Tomado de
Progreso Semanal

Completaran su lectura, del propio autor:

Cuba: fábulas y fabuladores


De Giraldo Mazola /
Masacre en el Vivac

Y la Entrevista al doctor Arnaldo Silva León, Profesor Titular-Consultante de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana, por  Alina Martínez y Felipa Suárez

Cuba en los años 50: ¿Éramos un paraíso?